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Authors: Arthur Koestler

El cero y el infinito

 

RUSBASHOV, miembro de la vieja guardia bolchevique y héroe de la Revolución Soviética, ha sido encarcelado acusado de traición al gobierno de Moscú. Es incitado a autoinculparse de una serie de delitos y traiciones que no ha cometido, pero termina por confesar a fin de salvar la Revolución. Esta obra cumbre de la literatura política nos ofrece un testimonio excepcional de la angustia que sufrieron cientos de antiguos miembros del Partido que desaparecieron, fueron encarcelados y juzgados o llegaron a autoinmolarse para salvarlo.

Arthur Koestler

El cero y el infinito

ePUB v1.0

rosmar7114.05.12

Título original:El cero y el infinito

Arthur Koestler, 1940

Editor original: rosmar71 (v1.0)

ePub base v2.0

Los personajes de este libro son ficticios, pero las circunstancias históricas que determinaron sus actos son reales. La vida de N. S. Rubashov es una síntesis de la vida de algunos de los hombres que fueron víctimas de los llamados Procesos de Moscú. Varios de ellos fueron conocidos personalmente por el autor.

Este libro está dedicado a su memoria

PARÍS, Octubre de 1938-Abril de 1940

Aquel que instaura una dictadura y no mata a Bruto, o aquel que funda una república y no mata a los hijos de Bruto, sólo gobernará un corto tiempo.

MAQUIAVELO: Discursos.

Hombre, hombre, no se puede vivir enteramente sin piedad.

DOSTOIEWSKI: Crimen y Castigo.

PRIMER INTERROGATORIO

Nadie puede gobernar sin culpas.

SAINT-JUST

1

Rubashov permaneció unos segundos apoyado en la puerta que se acababa de cerrar violentamente a sus espaldas, y encendió un cigarrillo. A su derecha, sobre la cama, había dos frazadas bastante limpias y un colchón de paja que parecía recién rellenado. A su izquierda, el lavabo carecía de tapón, aunque el grifo funcionaba, y el balde que se encontraba a su lado había sido desinfectado recientemente y no despedía mal olor. Las paredes eran de ladrillos macizos y capaces de ahogar el ruido producido por cualquier golpe, aunque el lugar por donde entraban los tubos de la calefacción y del agua había sido revocado con yeso y resonaba bien. Por otra parte, el caño mismo de la calefacción parecía ser buen conductor del sonido. La ventana comenzaba a la altura de los ojos, y se podía ver el patio sin necesidad de encaramarse. Aparentemente, todo estaba en orden.

Rubashov bostezó, quitóse el abrigo, lo enrolló y lo colocó como almohada sobre el colchón.

Luego se asomó al patio, donde la nieve rielaba amarillenta bajo la doble iluminación de la luna y de las lámparas eléctricas. En todo el contorno del patio, a lo largo de las paredes, habían limpiado una estrecha vereda destinada a los ejercicios diarios. No había amanecido aún, y las estrellas brillaban todavía, claras y frías, a pesar de los focos.

Sobre la plataforma del muro exterior, frente a la celda de Rubashov, se paseaba un soldado con el fusil al hombro, marcando cada paso como en un desfile. De cuando en cuando, la luz amarillenta de las lámparas destellaba en su bayoneta.

Sin apartarse de la ventana, Rubashov se quitó los zapatos, apagó el cigarrillo, y después de dejar la colilla en el suelo junto a la cabecera de la cama, permaneció sentado en el colchón unos minutos. Luego se levantó y volvió a asomarse a la ventana: el patio continuaba en calma, y el centinela acababa de dar media vuelta; sobre la torrecilla de la ametralladora se veía un trozo de la Vía Láctea.

Se tendió sobre el camastro y se envolvió en la manta de arriba. Eran las cinco de la mañana y parecía improbable que, en invierno, alguien se levantase allí antes de las siete.

Tenía mucho sueño. Pensando en ello, consideró que era difícil que le sometiesen a un interrogatorio antes de tres o cuatro días. Se quitó los lentes y los puso en el suelo embaldosado, junto a la colilla, sonrió y cerró los ojos; la manta lo envolvía con su calor y se sentía protegido. Por primera vez en muchos meses, no temía a sus sueños.

Cuando unos minutos después el carcelero apagó la luz desde afuera, mirando antes por la mirilla de la puerta, Rubashov, ex comisario del Pueblo, dormía con la espalda vuelta a la pared, la cabeza apoyada en el brazo izquierdo, que, extendido, salía rígidamente fuera del lecho, dejando caer la mano, que colgaba suelta y se contraía a veces durante el sueño.

2

Una hora antes, cuando los dos oficiales del Comisariato del Interior habían llamado a su puerta con el propósito de arrestarlo, Rubashov estaba soñando justamente qué venían a detenerlo.

Los golpes redoblaban, y Rubashov se esforzaba en despertarse, con la práctica que ya tenía de desprenderse de las pesadillas producidas por su primer encarcelamiento, pesadillas que se repetían periódicamente a través de los años, con la regularidad de un mecanismo de relojería.

A veces, mediante un poderoso esfuerzo de voluntad, conseguía detener el mecanismo, arrancándose del sueño por su propia decisión; pero esta, vez no pudo lograrlo. Las últimas semanas lo habían dejado exhausto, y por más que se agitaba y transpiraba dormido, el reloj continuaba marchando y la pesadilla seguía.

Soñaba, como de costumbre, que estaban martillando la puerta, y que afuera había tres hombres que venían a detenerlo. Podía verlos a través de la puerta cerrada, de pie y dando golpes, con sus flamantes uniformes del tipo elegante que usaban los guardias pretorianos de la dictadura alemana; en las gorras y en las mangas llevaban la insignia del partido, la agresiva cruz gamada; con sus manos libres empuñaban pistolas, grotescamente grandes, y sus correajes olían a cuero fresco.

Después entraban en la habitación, y se ponían junto a su cabecera; dos de ellos eran muchachos campesinos, prematuramente desarrollados, con gruesos labios y ojos de pescado; el tercero era bajo y rechoncho. Se quedaban de pie al lado de la cama, con la pistola en la mano, y respirándole encima con fuerza. Era tal la quietud, que se oía claramente el jadeo asmático del oficial grueso.

Luego alguien, en el piso de arriba, quitaba el tapón de un desagüe, y el agua corría suavemente hacia abajo por las tuberías de las paredes.

El mecanismo de relojería se iba deteniendo; el martilleo en la puerta de Rubashov se hizo más fuerte; los dos hombres que habían venido a prenderlo daban golpes alternativamente y se soplaban en las manos heladas. Pero Rubashov no llegaba a despertarse, aunque sabía que la escena que iba a seguir en el sueño era particularmente dolorosa; los tres hombres alrededor de su cama, y él, tratando de ponerse la bata sin poder conseguirlo, porque una de las mangas estaba al revés y no podía meter el brazo; luchaba inútilmente hasta que una especie de parálisis se apoderaba de él. No podía moverse, aunque todo dependía de que pudiera introducir a tiempo el brazo en la manga; y esta atormentadora impotencia persistía unos segundos, durante los cuales Rubashov gemía dolorosamente mientras sentía que un sudor frío le bañaba las sienes, y oía el golpeteo de la puerta, que penetraba en su sueño como un lejano redoble de tambores; el brazo que tenía debajo de la almohada se retorcía en febril esfuerzo para encontrar la-manga de la bata, hasta que, por último, se sentía aliviado por el primer golpe que le asestaban, encima de una oreja, con la culata de una pistola...

Con la sensación familiar, repetida y vivida una y otra vez, más de cien veces, de ese primer golpe —desde el cual databa su sordera— solía, ordinariamente, despertarse. Durante unos momentos continuaba estremeciéndose, y la mano, trabada debajo de la almohada, seguía buscando la manga de la bata; pero, por regla general, todavía le quedaba por sufrir la última y peor etapa antes de despertarse del todo: una vertiginosa e informe sensación de que este despertar era el verdadero sueño, y que realmente se encontraba tendido en el húmedo suelo de piedra del oscuro calabozo, con el balde a sus pies, y, junto a su cabeza, un jarro con agua y unas cortezas de pan...

Esa vez también, durante unos segundos, siguió con la mente entorpecida, y en la incertidumbre de si su mano tropezaría con el conmutador de la luz o con el balde.

Luego se encendió la luz y las nieblas se disiparon. Rubashov respiró profundamente varias veces, como un convaleciente, con las manos replegadas sobre el pecho, gozando la deliciosa sensación de la libertad y la seguridad. Se secó con la sábana la frente y la calva que tenía en la parte posterior de la cabeza, y pestañeó, mirando con renovada ironía el grabado en color del Número Uno, el jefe del Partido, que colgaba sobre su lecho en la pared del cuarto; y en las paredes de todas las habitaciones próximas, por encima o por debajo de la suya, y en todas las paredes de la casa, de la ciudad, de todo el enorme país por el cual había combatido y sufrido, y que ahora había vuelto a ampararlo en su regazo protector. Ya estaba completamente despierto, pero los golpes en la puerta continuaban.

3

Los dos hombres que habían venido a detener a Rubashov estaban afuera, en el oscuro rellano de la escalera, consultándose mutuamente. El portero Vassilij, que los había acompañado hasta allí, permanecía junto a la abierta puerta del ascensor, jadeante de temor; era un hombre viejo y delgado, y por encima del roto cuello del antiguo capote militar que se había puesto sobre el camisón, aparecía una ancha cicatriz rojiza que le daba un aspecto escrofuloso. Era la consecuencia de una herida en el cuello que había recibido cuando pertenecía al regimiento de voluntarios que mandaba Rubashov. Con el tiempo, Rubashov había sido enviado al extranjero, y Vassilij había oído de él sólo en forma ocasional y siempre por el periódico que su hija le leía por las noches, y que traía los discursos que Rubashov pronunciaba en los congresos. Esos discursos eran largos y difíciles de entender, y Vassilij nunca podía encontrar en ellos el tono de voz del pequeño y barbado jefe de voluntarios que pronunciaba juramentos tan hermosos que hasta la propia Santa Virgen de Kazán hubiera tenido que sonreír al oírlos. De ordinario, el portero se dormía en medio de la lectura de estos discursos, pero siempre se despertaba cuando su hija, elevando solemnemente la voz, llegaba a los párrafos finales y a los aplausos. A cada una de las exclamaciones de ritual: "¡Viva la Internacional!", "¡Viva la Revolución!", "¡Viva el Número Uno!", Vassilij agregaba un sentido "Amén" para sus adentros, sin que su hija pudiera oírlo; luego se quitaba la chaqueta, se persignaba secretamente, y con conciencia culpable se iba a la cama. Sobre su cabecera también colgaba un retrato del Número Uno, y al lado una fotografía de Rubashov vestido de jefe de voluntarios, la que habría determinado su prisión también, si hubiese sido hallada.

En la escalera hacía frío y estaba muy oscuro y silencioso. El más joven de los dos funcionarios del Comisariato del Interior propuso romper a tiros la cerradura de la puerta.

Vassilij se apoyaba contra la puerta del ascensor; no había tenido tiempo de calzarse bien las botas y el temblor de las manos le impedía atarse los cordones. El mayor de los dos hombres no dió su conformidad a los tiros, pues la detención debía llevarse a cabo discretamente. Los dos se soplaban las heladas manos y empezaron otra vez a golpear la puerta; el más joven daba con. la culata del revólver. Unos pocos pisos debajo, una mujer empezó a gritar con voz penetrante, y el oficial joven dijo a Vassilij: "Dígale que se calle". "¡Silencio!" —gritó Vassilij—. "Es la autoridad", y la mujer se calló en seguida. El guardia efnpezó entonces a golpear la puerta con los pies, haciendo un ruido que llenó toda la escalera. Por fin, la puerta cedió.


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Los tres entraron. y se colocaron alrededor de la cama de Rubashov; el joven, con la pistola en la mano, mientras, el más viejo se mantenía rígidamente cuadrado. Vassilij se quedó unos pasos detrás de ellos, apoyado en la pared. Rubashov estaba todavía secándose el sudor de la nuca, y los miró con o os miopes y soñolientos. Entonces el oficial joven dijo: "Ciudadano Nicolás Salmanovich Rubashov, queda arrestado en nombre de la ley". Rubashov buscó los lentes debajo de la almohada y se enderezó un poco; con los lentes puestos, sus ojos tenían la expresión que Vassilij y el oficial más antiguo conocían de las viejas fotografías y grabados, y esto hizo que el guardia se cuadrase aun más rígidamente, mientras el joven, que había crecido bajo nuevos héroes, dió un paso en dirección al lecho, y los tres advirtieron que iba a hacer o decir algo brutal para disimular su torpeza.

—Sáqueme de encima esa pistola, camarada —dijo Rubashov—, y díganme qué desean de mí. —¿No ha oído que está arrestado? —dijo el muchacho—. Vístase y no haga bulla. —¿Tienen alguna orden? —preguntó Rubashov.

El oficial más antiguo sacó un papel del bolsillo, se lo entregó, y se quedó otra vez en posición de firme.

Rubashov lo leyó con atención.

—Muy bien —dijo—; nunca acaba uno de saber cosas. Pueden irse al diablo.

—Póngase sus ropas y dése prisa —repitió el muchacho, cuya brutalidad se veía que no era fingida, sino natural.

"Hermosa generación hemos producido", pensó Rubashov, recordando los carteles de propaganda en los cuales siempre se pintaba a la juventud con caras sonrientes. Se sentía muy cansado.

—Déme la bata, en lugar de hacer tonterías con el revólver —le dijo al muchacho, que se sonrojó sin contestar.

El oficial más viejo le dió la bata a Rubashov, que empezó a introducir el brazo en la manga.

—Esta vez entra, por fin —dijo con una sonrisa forzada; los otros tres no entendieron, limitándose a mirarlo mientras se iba levantando lentamente de la cama y recogía su arrugada ropa.

La casa había quedado en silencio después de los chillidos de la mujer, pero tenían la sensación de que todos los vecinos estaban despiertos en sus camas, conteniendo el aliento.

Entonces oyeron el ruido del agua que corría suavemente por las cacerías al quitar alguien, en uno de los pisos superiores, el tapón de un desagüe.

4

Delante de la puerta principal estaba el automóvil en que habían venido los guardias: un modelo americano reciente. Todavía era de noche y el chofer encendió los faros; la calle estaba dormida o pretendía estarlo. Subieron al auto, primero el joven, luego Rubashov y, por último, el oficial más antiguo. El chofer, que también vestía uniforme, puso el coche en movimiento. Al volver la esquina terminó el pavimento de asfalto; a pesar de que estaban todavía en el centro de la ciudad y los edificios que se veían alrededor eran grandes y modernos, con nueve y diez pisos, las calles carecían de pavimentación y se rodaba sobre el barro helado, con una delgada capa de nieve acumulada en las grietas. El chofer conducía a paso de hombre y el coche, a pesar de sus magníficos elásticos, crujía como una carreta de bueyes.

—Más rápido —dijo el joven, que no podía soportar el silencio en el vehículo.

El chofer se encogió de hombros sin volver la cabeza. Había mirado a Rubashov con indiferencia y antipatía cuando éste subió al auto, lo que recordó a Rubashov un accidente que había sufrido hacía algún tiempo, y cómo el conductor de la ambulancia lo había mirado de la misma manera. El lento y vacilante recorrido, a través de las calles muertas, con la oscilante luz de los faros delante, era difícil de soportar. —¿Está muy lejos?... —preguntó Rubashov sin mirar a sus compañeros, y casi iba a agregar: "el hospital".

—Algo más de media hora —contestó el uniformado más antiguo.

Rubashov sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo, se llevó uno a la boca y ofreció automáticamente a los demás; el guardia joven rehusó bruscamente, pero el viejo tomó dos y le dió uno al chofer, que se llevó la mano a la gorra y ofreció fuego a los demás mientras conducía con una sola mano. Rubashov se sintió aliviado, y al mismo tiempo molesto consigo mismo. "Vaya un momento para sentirse sentimental", pensó, pero no pudo resistir a la tentación de hablar y de despertar un poco de simpatía en torno.

—Lástima de coche —dijo—. Los autos extranjeros cuestan un dineral, y al cabo de medio año de rodar en nuestras carreteras están inservibles.

—Tiene usted razón; nuestros caminos están en muy mal estado —afirmó el oficial viejo, y por su tono comprendió Rubashov que se daba cuenta de su angustia. Esto le hizo sentirse como un perro al que han echado un hueso, y decidió no hablar más. Pero de pronto, el guardia joven exclamó agresivamente: —¿Son mejores los caminos en los países capitalistas?

Rubashov sonrió burlonamente. —¿Ha estado alguna vez en el extranjero? —le preguntó.

—Sé muy bien lo que pasa sin haber estado, y no necesita usted contarme historias. —¿Por quién me toma? —replicó Rubashov con mucha calma. Pero sin poder evitarlo añadió—:

En realidad, debería usted estudiar un poco la historia del Partido.

El guardia joven guardó silencio, mirando fijamente la espalda del conductor, y nadie habló más. Por tercera vez, el chofer desahogó el motor, y volvió a lanzarlo de nuevo, al mismo tiempo que soltaba unas palabrotas. Traquetearon por los suburbios; todas las míseras casuchas de madera eran del mismo estilo, y sobre sus siluetas contrahechas brillaba la luna, pálida y fría.

5

En cada uno de los pasillos de la nueva cárcel modelo, la luz eléctrica estaba encendida. Su resplandor se extendía pálidamente por las galerías de hierro, sobre las desnudas paredes blanqueadas, en las puertas de las celdas con las tarjetas con los nombres, y sobre los negros agujeros de las mirillas. Esa luz descolorida y el extraño sonido sin eco de sus pasos en el enlosado pavimento eran tan familiares a Rubashov, que durante unos segundos se forjó la ilusión de que estaba soñando otra vez. Hizo un esfuerzo por creer que todo aquello no era real. "Si llego a convencerme de que estoy soñando, esto se convertirá en un sueño", se decía.

Y llegó a pensar con tal intensidad que casi se creyó mareado, pero inmediatamente se avergonzó de sí mismo. "Hay que acabar con esto —pensó—, y llegar hasta el fin." Se detuvieron delante de la celda número 404; encima de la mirilla había una tarjeta con su nombre: "Nicolás Salmanovich Rubashov". "Todo lo han preparado primorosamente", pensó, pero la vista de su nombre en la tarjeta le hizo una pavorosa impresión.

Se le ocurrió pedir una manta más, pero antes de poder expresar su deseo, la puerta se cerró tras él, con estrépito.

6

A intervalos regulares, el carcelero atisbaba por la mirilla de la celda de Rubashov, que estaba echado en el camastro; Sólo su mano se contraía, de vez en cuando, durante el sueño. Al lado de la cabecera estaban los lentes y la colilla que había dejado sobre las baldosas.

A las siete de la mañana, dos horas después de su encierro en la celda 404, despertó a Rubashov un toque de clarín. Había dormido sin sueños, y tenía la cabeza despejada. El toque se repitió tres veces, y cuando los ecos temblorosos se apagaron, reinó un silencio de mal augurio.

Todavía no era día claro, y los contornos del balde y del lavabo se entreveían vagamente; la reja de la ventana formaba un dibujo negro que se destacaba sobre los vidrios empañados, y en el lado superior izquierdo, un cristal roto había sido sustituido por un parche de papel de diario.

Rubashov se sentó en la cama, recogió los lentes y la colilla del cigarrillo y volvió a tenderse; se puso los lentes y encendió la colilla. El silencio continuaba. En todas las celdas blanqueadas de ese gran panal de hormigón, los hombres se levantaban simultáneamente de sus camastros, maldiciendo y buscando a tientas sobre las baldosas, pero en las celdas para incomunicados no se oía nada, excepto, de vez en cuando, los pasos de alguien que transitaba por el pasillo. Rubashov sabía que estaba en un calabozo de incomunicados, y que permanecería en él hasta el momento de ser fusilado. Se pasó los dedos por la corta barba puntiaguda, siguió fumando la colilla y permaneció tendido.

"De modo que me fusilarán", pensaba Rubashov, mientras seguía con un parpadeo el movimiento del dedo gordo del pie, que sobresalía verticalmente en el extremo del camastro. Se sentía tibio, seguro y muy fatigado; y no se habría opuesto a tener que ir así, con esa somnolencia, hacia la muerte, si sólo lo dejaban permanecer acostado bajo la frazada caliente.

"De manera que te fusilarán", se decía a sí mismo. Al mover lentamente los dedos del pie dentro del calcetín, recordó un verso en el que se comparaban los pies de Cristo con una corza blanca dentro de un matorral. Limpió los lentes en la manga con el gesto familiar a sus amigos. En el calor de la cama se sentía casi perfectamente feliz, y no temía más que una cosa: tener que levantarse y moverse. "De modo que serás destruido", se dijo a sí mismo a media voz, y encendió otro cigarrillo, aunque no le quedaban más que tres. Los primeros cigarrillos le causaban a veces en el estómago vacío una ligera sensación de embriaguez; se encontraba ya en ese peculiar estado de excitación que le era tan familiar como consecuencia de sus anteriores experiencias en la proximidad de la muerte. Se daba cuenta, al mismo tiempo, que ese estado era censurable y, desde cierto punto de vista, inadmisible, pero en aquel momento no sentía inclinación alguna a colocarse en ese punto de vista. En lugar de ello, se dedicaba a observar el movimiento de sus dedos dentro del calcetín, y sonreía. Una cálida ola de simpatía por su propio cuerpo, que de ordinario no le producía atracción alguna, lo invadía, y el sentimiento de su propia aniquilación lo llenaba de una autopiedad deliciosa.

"La vieja guardia ha muerto —se decía a sí mismo—; somos los últimos y vamos a ser destruídos".

"La juventud dorada, muchachos y muchachas, se convierte en polvo, igual que los deshollinadores". Procuraba recordar la melodía de la canción, pero sólo la letra acudíale a la memoria. "La vieja guardia ha muerto", se repetía, y trataba de recordar sus caras, pero únicamente unas pocas acudían al recuerdo. Del primer presidente de la Internacional, que había sido ejecutado como traidor, sólo podía recordar un trozo de su chaleco a cuadros, estirado por un vientre abultado. Nunca llevaba tiradores, sino un cinturón de cuero. El segundo primer ministro del Estado Revolucionario, también ejecutado, se mordía las uñas en los momentos de peligro... "La historia te rehabilitará", pensaba Rubashov, sin particular convicción. ¿Qué sabe la historia de comerse las uñas? Seguía fumando y pensando en los muertos, y en las humillaciones que habían precedido a su muerte. Pero, a pesar de eso, no podía llegar a odiar al Número Uno como debiera. Con frecuencia miraba el grabado en colores que colgaba sobre su cama, y procuraba excitar el odio contra la persona allí representada, a la que habían dado muchos nombres, de los cuales solamente había prevalecido el de Número Uno. El horror que emanaba de él consistía, sobre todo, en la posibilidad de que tuviese razón, y de que todos aquellos a quienes había mandado ejecutar tuviesen que admitir, ya con la bala que había de matarlos tocándoles la nuca, que su condena era justa. No existía ninguna certidumbre; únicamente la apelación a es oráculo burlón llamado Historia, que daba su sentencia cuando el apelante se ha convertido en polvo.

Rubashov tenía la impresión de que lo estaban espiando a través de la mirilla, y, aun sin mirar, se daba cuenta de que una pupila pegada al agujero estaba atisbando la celda; a los pocos momentos la llave rechinó en la pesada cerradura, tardando algún tiempo en abrirse la puerta. El carcelero, un viejo en zapatillas, se asomó: —¿Por qué no se ha levantado? —preguntó.

—Estoy enfermo —dijo Rubashov. —¿Qué le pasa? El doctor no lo puede ver antes de mañana.

—Dolor de muelas —dijo Rubashov.

—Conque dolor de muelas, ¿eh? —repuso el carcelero, y salió rápidamente, cerrando la puerta con violencia.

"Ahora por lo menos me dejarán tranquilo", pensó Rubashov, pero la idea ya no le producía ningún placer. El olor rancio de la manta empezó a molestarle, y se la quitó de encima.

Procuró otra vez seguir los movimientos de los dedos de los pies, pero le aburría. En el talón de cada media había un agujero, y aunque hubiera querido zurcirlos, se lo impedía la idea de tener que llamar al carcelero y pedirle hilo y aguja, sabiendo que esta última se la negarían de todos modos. Le entró de pronto un salvaje anhelo de tener un periódico, y el deseo era tan grande que casi podía oler la tinta de imprenta y oír el crujido de las páginas; tal vez había estallado una revolución la noche última, o el jefe de Estado había sido asesinado, o un americano había descubierto el medio de contrarrestar la fuerza de la gravedad. Su arresto no podía haberse publicado todavía; dentro del país lo mantendrían secreto durante un tiempo, pero en el extranjero la noticia se filtraría pronto y empezarían a publicar antiguas fotografías suyas, sacadas de los archivos de los diarios, juntamente con una serie de tonterías acerca de él y del Número Uno. Ya no deseó el periódico, pero en cambio deseó saber con igual vehemencia lo que pasaba en el cerebro del Número Uno. Lo veía sentado, grave y sombrío, con los codos apoyados en el escritorio dictando lentamente a un taquígrafo. Otras personas, al dictar, se paseaban, lanzando anillos de humo al fumar o jugaban con una regla. El Número Uno no se movía, no jugaba, no echaba anillos de humo... Rubashov se dió cuenta súbitamente de que había estado paseando de un extremo a otro de la celda durante los últimos cinco minutos; se había levantado de la cama sin darse cuenta, y seguía su vieja manía de no pisar en los recuadros de las baldosas, cuyo dibujo ya se había aprendido de memoria. Pero sus pensamientos no abandonaban al Número Uno ni por un segundo; al Número Uno, que, sentado ante su escritorio y dictando, inconmovible, se había convertido, poco a poco, en el bien conocido grabado que colgaba sobre todos los techos y alacenas del país, y que clavaba a todo el mundo sus ojos helados.

Rubashov se paseaba a lo largo de la celda, desde la puerta a la ventana y vuelta, entre el balde, el lavabo y el camastro, seis pasos y medio para allá, seis pasos y medio para acá; al llegar a la puerta se volvía a la derecha, y al llegar a la ventana, a la izquierda. Era una vieja costumbre de la cárcel; si no se cambia la dirección de las vueltas es fácil marearse. ¿Qué habría en el cerebro del Número Uno? Se pintaba a sí mismo, en su imaginación, con acuarela de color gris sobre una hoja de papel estirada en un tablero de dibujo y sujeta con alfileres, una sección transversal de ese cerebro. Las circunvoluciones se henchían como entrañas, enlazándose unas con otras como culebras musculares, hasta que se esfumaban, vagas y brumosas, como las espirales de las nebulosas en las cartas astronómicas... ¿Qué pasaría en las inflamadas circunvoluciones? Se tiene conocimiento de todo lo que sucede en las lejanas nebulosas de los cielos, pero nada se sabe de las circunvoluciones cerebrales; ésta es, probablemente, la causa de que la historia tenga más de oráculo que de ciencia. Quizás algún día, mucho más tarde, se enseñe esto por medio de tablas estadísticas, juntamente con las secciones transversales. El maestro escribirá en la pizarra una fórmula algebraica que represente las condiciones de vida de las masas de una nación dada, en un particular período: "Aquí tienen ustedes, ciudadanos, los factores objetivos que condicionan este proceso histórico". Y señalando con el puntero un paisaje gris brumoso, entre el segundo y tercer lóbulo del cerebro del Número Uno: "Y aquí ven ustedes la reflexión subjetiva de esos factores: esto fue lo que, en el segundo cuarto del siglo XX determinó el triunfo de las ideas totalitarias en la Europa Oriental". Hasta que no se llegue a este nivel científico, la política no será más que puro diletantismo, simple superación y magia negra...


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Rubashov oyó el ruido de varias personas que marchaban a paso redoblado por el pasillo, y su primer pensamiento fué: "Ahora empezarán los castigos". Se detuvo en medio de la celda, escuchando, con el mentón inclinado hacia adelante. Los pasos militares hicieron alto frente a una de las celdas próximas, se oyó una voz baja de manda, y sonaron las llaves. Después, silencio.

Rubashov se quedó inmóvil, de pie entre el camastro y el balde, conteniendo la respiración y esperando el primer grito. Recordaba que ese primer grito de dolor, en el que el terror todavía predominaba sobre el daño físico, era generalmente el peor; lo que seguía era ya más soportable, porque uno se acostumbraba a ello, y después de cierto tiempo se llega incluso a deducir el método de tortura por el tono y ritmo de los alaridos. Hacia el final, casi todos se conducían del mismo modo, aunque los temperamentos y la expresión de las voces fuesen distintos: los chillidos se debilitaban y se iban transformando en gemidos y sollozos; casi inmediatamente se oía un portazo.

Las llaves tintineaban otra vez, y el primer alarido de la próxima víctima era proferido, con frecuencia, antes que lo tocasen, a la simple vista de los hombres en el umbral.

Rubashov permaneció de pie en medio de la celda, esperando el primer grito. Se limpió los lentes en la manga, y se afirmó a sí mismo que rro gritaría esta vez, sucediera lo que sucediese; se repitió la frase como si estuviera rezando un rosario. Seguía de pie y esperando, pero el grito no llegó. Oyó luego un ligero sonido metálico, una voz murmuró algo, y la puerta se cerró; los pasos siguieron hasta la celda contigua.

Rubashov se acercó a la mirilla y atisbó el pasillo, en el que los hombres estaban parados casi enfrente de su celda, en la número 407. Allí estaba el viejo carcelero con dos ordenanzas que llevaban un recipiente con té, otro que cargaba una canasta con trozos de pan negro, y dos oficiales uniformados, con pistolas; no eran los castigos, era el desayuno.

Al número 407 le estaban dando el pan, pero Rubashov no podía verlo, pues estaría probablemente en posición reglamentaria, un paso detrás de la puerta. Sólo podía ver sus brazos y manos; los primeros, desnudos y muy delgados, como dos varillas paralelas, salían de la puerta hacia el corredor. Las palmas de las manos del invisible número 407 estaban vueltas hacia arriba, ahuecadas en forma de tazón, y cuando tomó el pan, cerró las manos y se retiró a la oscuridad del calabozo. La puerta se cerró de golpe.

Rubashov se retiró de la mirilla y reanudó el paseo. Dejó de limpiar los lentes con la manga, se los puso, y respiró profundamente con sensación de alivio; empezó a silbar una melodía y esperó el desayuno. Recordaba con un vago sentimiento de malestar aquellos brazos flacos y las retorcidas manos, que le traían a la memoria algo que no podía definir. El contorno de aquellas manos extendidas y aun las sombras que caían sobre ellas le eran familiares, pero se le había ido del recuerdo como se desvanece una vieja melodía o el olor de una callejuela estrecha de un puerto.

7

La procesión en el pasillo había abierto y cerrado una fila de puertas pero no la suya.

Rubashov volvió a la mirilla para ver si por fin venían. Sentía un gran deseo de tomar té caliente. El recipiente estaba humeando, y se veían flotar en la superficie finas rebanadas de limón. Se quitó los lentes y pegó un ojo a la mirilla, con lo que su alcance de visión llegaba a cuatro de las celdas opuestas: las que tenían los números 401 al 407.

Por encima de las celdas corría una estrecha galería de hierro; detrás había más celdas en el piso segundo. La procesión volvía justamente a lo largo del corredor desde la derecha; evidentemente, servían primero a los número impares y después a los pares. Ahora estaban frente al número 408. Rubashov sólo veía las espaldas de los dos hombres de uniforme con cartucheras en las cintura; los demás quedaban fuera de su ángulo visual. Se oyó el portazo, y pasaron al número 406.

Rubashov volvió a ver el recipiente humeante y al asistente con la cesta del pan donde sólo quedaban algunos trozos. La puerta del número 406 se cerró en seguida; la celda estaba vacía. La procesión se aproximó, pasó, por delante de su puerta, y se detuvo en la celda número 402.

Rubashov empezó a golpear la puerta con los puños. Vió cómo los dos asistentes con el recipiente se miraban el uno al otro y luego a su puerta. El carcelero estaba entretenido abriendo la cerradura del número 402 e hizo como que no oía; los dos hombres de uniforme estaban de espaldas a la mirilla de Rubashov; dieron el pan al habitante de la celda 402, la procesión empezó a moverse y Rubashov golpeó más fuerte. Se quité un zapato y empezó a dar golpes con él en la puerta.

El más grande de los dos hombres con uniforme se volvió, miró sin expresión hacia la puerta de Rubashov, y dió la vuelta otra vez en dirección contraria. El carcelero cerró de golpe la puerta del número 402, y los ordenanzas que llevaban el caldero se detuvieron indecisos. El hombre de uniforme que se había vuelto dijo algo al viejo carcelero, que se encogió de hombros y con las llaves sonando se acercó a la puerta de Rubashov. Los ordenanzas con el caldero lo siguieron, mientras el que llevaba el pan dijo algo por la mirilla al número 402.

Rubashov dió un paso atrás, y esperó que la puerta se abriese. La tensión, interior que sentía cesó súbitamente; ya no le importaba tomar té o no tomarlo; el té del caldero ya no humeaba, y las rodajas de limón que flotaban sobre el líquido pálido-amarillento parecían arrugadas y recocidas.

La llave giró en la cerradura, luego una pupila miré a través de la mirilla, desapareció, y la puerta se abrió.

Rubashov estaba sentado en el camastro poniéndose otra vez el zapato, y el carcelero mantuvo abierta la puerta para que pasase el hombre grande uniformado, de cabeza redonda, con el cráneo afeitado y ojos inexpresivos. Crujían sus botas al andar y también el uniforme; Rubashov pensó que podía oler el cuero de la cartuchera. Se detuvo cerca del balde, y miró alrededor de la celda, que parecía haberse empequeñecido con su presencia.

—No ha limpiado usted la celda —le dijo a Rubashov—; seguramente conoce el reglamento. —¿Por qué no me han traído el desayuno? —preguntó Rubashov, examinando al oficial a través de los cristales de sus lentes.

—Si quiere discutir conmigo, empiece por ponerse de pie —ordenó el oficial.

—No tengo el más mínimo deseo de discutir, ni aun de hablar con usted —contestó Rubashov, mientras continuaba atándose el zapato.

—Entonces no aporree la puerta la próxima vez, o le serán aplicadas las medidas disciplinarias.

—Miró alrededor de la celda y continuó, dirigiéndose al viejo carcelero—: El preso no tiene trapo para limpiar el piso.

El carcelero dijo algo al asistente que llevaba el pan, y el asistente desapareció corriendo por el corredor; los otros dos asistentes estaban en la puerta contemplando la escena con curiosidad. El segundo oficial, vuelto de espaldas, permanecía en el pasillo con las piernas abiertas y las manos cruzadas por detrás de la espalda.

El preso tampoco tiene plato para comer —dijo Rubashov, todavía ocupado en atarse el zapato—. Me figuro que quieren ustedes evitarme el trabajo de una huelga de hambre. Admiro sus nuevos métodos.

—Está usted equivocado —dijo el oficial, mirándole sin expresión. Tenía una ancha cicatriz eh el afeitado cráneo, y llevaba la cinta de la Orden Revolucionaria en el ojal.

"Después de todo, eso quiere decir que estuvo en la guerra civil" —pensó Rubashov, "pero eso fue hace mucho tiempo y ahora no tiene importancia." —Está equivocado. Se le dejó sin desayuno porque usted informó que estaba enfermo.

—Dolor de muelas —dijo el viejo carcelero, que estaba apoyado en la puerta. Aún llevaba zapatillas y tenía el uniforme arrugado y salpicado de grasa.

—Como usted quiera —concedió Rubashov. Tuvo en la punta de la lengua la pregunta de si la última palabra del régimen era tratar a los enfermos con una dieta obligatoria, pero se contuvo.

Estaba ya harto de la escena.

El asistente encargado del pan regresó corriendo, resollando, y agitando un trapo sucio que entregó al carcelero, y que éste tiró en un rincón junto al balde. —¿Tiene usted alguna otra petición que hacer? —preguntó el oficial sin ironía.

—Que me dejen solo y termine esta comedia —dijo Rubashov.

El oficial se volvió para retirarse, y el carcelero agitó su manojo de llaves, mientras Rubashov se dirigió hacia la ventana volviéndoles la espalda. Cuando la puerta se cerró, recordó que había olvidado lo principal, y de un salto volvió a la puerta. —¡Papel y lápiz! —gritó junto a la mirilla, y quitándose los lentes pegó un ojo al agujero para ver si volvían. Había gritado muy fuerte, pero la procesión siguió adelante como si no le hubiese oído.

Lo último que vió fue la espalda del oficial con el cráneo afeitado, y el ancho cinturón de cuero del que pendía la funda del revólver.

8

Rubashov reanudó su paseo por la celda, seis pasos y medio hasta la ventana, seis pasos y medio de vuelta hasta la puerta. La escena lo había irritado, y recapituló sus menores detalles mientras limpiaba los lentes con la manga. Procuró mantener vivo el odio que durante unos pocos minutos había sentido hacia el oficial de la cicatriz, pensando que podría darle vigor para la lucha que se avecinaba. En lugar de ello, volvió a caer en la familiar y fatal posición de ponerse él mismo en lugar de su oponente, y contemplar la escena con los ojos del otro. Allí estaba sentado, ese hombre Rubashov, pequeño, barbudo y arrogante, atándose el zapato de la manera más provocativa sobre el transpirado calcetín.

Desde luego, este Rubashov tenía sus méritos y un gran pasado, pero una cosa era verlo en la tribuna de un congreso y otra sentado en el camastro del calabozo. "De manera que éste es el legendario Rubashov" —pensaba Rubashov poniéndose en lugar del oficial de los ojos inexpresivos—;

"chilla por el desayuno como un escolar y ni siquiera se avergüenza de ello; no ha limpiado la celda; tiene agujeros en los calcetines. No cabe duda de que es un intelectual quejumbroso, que ha conspirado contra la ley y el orden, sea por dinero o por principios, lo mismo da. Nosotros no hicimos la revolución para que se aprovechen de ella cuatro maniáticos, y aunque él ayudó a hacerla y en aquellos tiempos era un hombre, ahora es viejo y se las da de virtuoso, así que está maduro para la liquidación. Tal vez también entonces lo estaban; en la revolución hubo muchas burbujas que reventaron después. Si aún tuviera un vestigio de autorrespeto, habría limpiado su celda."

Durante unos segundos, Rubashov estuvo dudando entre limpiar realmente el calabozo o no hacerlo, y quedó en medio del cuarto sin saber qué decidir; luego volvió a ponerse los lentes y se apoyó en la ventana.

El patio estaba ahora iluminado por la luz del día, una luz grisácea teñida de amarillo, no del todo hostil y que anunciaba más nieve. Era alrededor de las ocho, y sólo habían transcurrido tres horas desde su llegada a la cárcel. Los muros que rodeaban el patio parecían los de un cuartel; había rejas de hierro en todas las ventanas, y detrás estaba tan oscuro que no era posible ver nada, ni siquiera si había alguien asomado a las rejas para mirar, como lo estaba haciendo él mismo, la nieve del patio. Era una nieve limpia, ligeramente endurecida,.que hubiese crujido al andar sobre ella. A los dos lados de la vereda que corría alrededor del patio, a unos diez pasos de los muros, había montículos de nieve, hechos para despejar el camino. En la plataforma opuesta del muro se paseaba un centinela; al volverse, escupió y se inclinó para mirar dónde y cómo había caído.

"La vieja enfermedad" —pensé Rubashov—. "Los revolucionarios no deben pensar a través. de las mentes de los otros.

"O tal vez sí deben, o por lo menos, debieran.

"¿Cómo puede uno cambiar el mundo identificándose con todo el mundo?

"¿Y de qué otro modo puede uno cambiarlo?

"Aquel que comprende y perdona, ¿dónde puede encontrar una razón para obrar?

"¿Y dónde puede no encontrarla?

"Me fusilarán" —pensaba Rubashov—; "mis motivos no les interesan." Y apoyó la frente en los vidrios de la ventana. El patio estaba blanco e inanimado.

Así permaneció un momento sin pensar, sintiendo el fresco del vidrio sobre la frente. Luego, poco a poco, tuvo conciencia de un ruido leve, pero persistente en la celda.

Se volvió entonces para escuchar. Los golpes eran tan suaves, que al principio no pudo distinguir de qué pared provenían. De pronto, cesaron. Comenzó entonces él mismo a golpear en la pared opuesta al balde, en dirección al número 406, pero no obtuvo respuesta. Probó en la otra pared, que lo separaba del número 402, cerca del camastro. Allí le contestaron. Rubashov se sentó cómodamente en la cama, desde donde podía vigilar la mirilla, con el corazón agitado. El primer contacto era siempre emocionante.

El número 402 estaba ahora dando golpecitos regularmente: tres veces con cortos intervalos, luego una pausa, después otras tres veces y otra pausa, y así sucesivamente.

Rubashov repitió las mismas señales para indicar que le oía; estaba ansioso por saber si el otro conocía el alfabeto "cuadrático", porque de otra manera hubiera sido engorroso enseñárselo.

La pared era gruesa, con muy poca resonancia, y tenía que pegar la cabeza al muro para oír mejor, sin perder de vista la mirilla. El número 402 tenía evidentemente mucha práctica; transmitía distintamente y sin apresuramiento, con algún objeto duro, tal vez con un lápiz. Mientras Rubashov iba recordando los números, procuraba representarse el cuadrado de las letras con sus veinticinco compartimientos, cinco líneas horizontales con cinco letras cada una. El número 402 dió cuatro golpes, indicando la fila cuarta: de la P a la T; luego dos, es decir, la columna segunda de la hilera: la letra Q. Dejó transcurrir una pausa y marcó cinco golpes: quinta fila, de la U a la Z, y, tras un intervalo, uno más: U. Otra pausa. Dos —F a J— y cuatro— I. Uno —A a E— y cinco: E. Tres —L a O— y tres: N.

Los golpes cesaron:

—¿QUIÉN?

"Es una persona práctica" —pensó Rubashov—. "necesita saber desde el principio con quién habla." Según la etiqueta de los revolucionarios deberían haber empezado con un ligero comentario político, haber dado después las novedades, luego hablar de comidas y de tabaco, y solamente mucho después, pasados unos días, presentarse. Pero había que tener presente que, hasta entonces, las experiencias de Rubashov se extendían a países en los que el Partido era el perseguido, no el perseguidor, y los miembros del Partido, por razones de conspiración, se conocían unos a otros únicamente por sus nombres de pila, cambiándolos con tanta frecuencia que aun los nombres llegaban a perder toda significación. Aquí, evidentemente, era distinto, y Rubashov dudó entre dar o no su nombre.


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El número 402 se impacientaba y volvió a transmitir otra vez:

—¿QUIÉN?

"Bien, ¿por qué no?", pensó Rubashov, y transmitió su nombre completo: NICOLÁS SALMANOVICH RUBASHOV, después de lo cual esperó el resultado.

Durante largo rato no hubo respuesta, y Rubashov se sonreía pensando en la sorpresa que había dado a su vecino. Esperó un minuto y luego otro. Finalmente se encogió de hombros y se levantó del camastro, volviendo a sus paseos a lo largo de la celda, pero a cada vuelta se detenía para escuchar si sonaban los golpes en la pared; ésta permanecía muda.

Se limpió los lentes con la manga, y continuó lentamente, con pasos cansados, hasta la puerta, asomándose a la mirilla pata ver el pasillo.

El corredor estaba vacío; las lámparas eléctricas esparcían su luz gastada y descolorida, y no se oía el más ligero sonido. ¿Por qué se habría quedado mudo el número 402?

"Probablemente por miedo; está asustado y no quiere comprometerse", pensaba Rubashov.

Tal vez el número 402 era un preso no político, un doctor o ingeniero que temblaba al pensar en su peligroso vecino; y, ciertamente, carecía de experiencia política; no hubiera preguntado, si no, el nombre desde el principio. Presumiblemente, estaría mezclado en algún asunto de sabotaje, y era indudable que ya llevaba mucho tiempo preso, dada la perfección de su transmisión por golpecitos.

"Está devorado por el deseo de probar su inocencia. Todavía no se ha dado cuenta de lo poco que influye para su libertad que sea realmente culpable o no lo sea. No tiene idea de los intereses más altos que están en juego. Lo más probable es que esté en este momento sentado en su camastro, escribiendo su centésima protesta a las autoridades, que éstas no leerán jamás, o la centésima carta a su mujer, que nunca recibirá; se ha dejado crecer la barba en su desesperación (una barba negra a lo Pushkin), ha tomado la costumbre de no lavarse, de morderse las uñas y tiene sueños eróticos en pleno día. Nada es peor, en la cárcel, que la conciencia de la propia inocencia, porque impide la aclimatación y mina la moral..." De pronto, empezaron otra vez los golpecitos.

Rubashov se sentó rápidamente en el camastro, pero había perdido ya las dos primeras letras; el número 402 estaba ahora transmitiendo rápidamente y con menos claridad; evidentemente, estaba muy excitado:

"...DIERON TU MERECIDO."

"Te dieron tu merecido."

Esto era inesperado. El número 402 era un conformista. Odiaba a los heréticos opositores, como él, y creía que la historia corría sobre rieles tras un plan infalible y un infalible conductor: el Número Uno. Creía que su propio arresto era el resultado de un error, y que todas las catástrofes de los últimos, años (desde China a España, desde el hambre al exterminio de la vieja guardia) eran o bien accidentes lamentables, o hechos originados por los diabólicos enredos de Rubashov y sus amigos de la oposición. La barba a lo Pushkin del número 402 se desvaneció; lo veía ahora con una cara de fanático, completamente afeitada; mantenía su celda escrupulosamente limpia y estrictamente de acuerdo con el reglamento. No tenía sentido discutir con él; esta categoría carecía en absoluto de comprensión. Pero tampoco tenía sentido cortar las relaciones con lo que sería su único y quizás último contacto con el mundo.

—¿QUIÉN? —preguntó Rubashov, transmitiendo muy clara y lentamente.

La respuesta llegó en forma agitada e irregular:

—NO LE IMPORTA.

—COMO USTED QUIERA —transmitió Rubashov, y se puso de pie para continuar sus meditaciones por la celda, dando la conversación por terminada.

Pero los golpecitos empezaron nuevamente, esta vez más audibles y sonoros; evidentemente, el número 402 se había quitado un zapato para dar más énfasis a sus palabras:

—¡VIVA S. M. EL EMPERADOR!

"Así que es eso" —pensó Rubashov—. "Todavía existen contrarrevolucionarios auténticos. Y nosotros creíamos que a estas alturas solamente existían en los discursos del Número Uno, que los empleaba para dar una explicación a sus fracasos. Pero aquí tenemos uno de carne y hueso, una real coartada para el Número Uno, que acaba de gritar con toda su alma: ¡Viva el Emperador!...

—AMÉN —transmitió Rubashov con sonrisa burlona.

La respuesta vino inmediatamente, todavía más sonora que antes:

—¡CERDO!

Rubashov se divertía. Se quitó los lentes y empezó a transmitir con el aro metálico a fin de cambiar el tono, dándole uno más lento y distinguido.

—NO ACABO DE ENTENDER.

El número 402 parecía frenético, y empezó a transmitir, PERR..., pero la "O" no llegaba. En lugar de eso, la furia se le aplacó súbitamente, y preguntó:

—¿POR QUÉ LO HAN ENCERRADO?

Qué conmovedora simplicidad... La cara del número 402 sufrió una nueva transformación, y se convirtió en la de un joven oficial de la Guardia Imperial, hermoso y estúpido; tal vez hasta usase monóculo. Rubashov continuó transmitiendo con sus lentes:

—DIVERGENCIAS POLÍTICAS.

Siguió una corta pausa. Evidentemente, el número 402 se estaba devanando el cerebro para encontrar una respuesta irónica, que llegó, por último:

—¡BRAVO! LOS LOBOS SE DEVORAN ENTRE SÍ.

Rubashov no contestó, pues ya estaba cansado de este entretenimiento, y empezó otra vez sus divagaciones. Pero el oficial del número 402 se había vuelto conversador, y transmitió:

—RUBASHOV...

Bien, ya iba marginando lo familiar.

—¿QUÉ? —contestó Rubashov.

El número 402 parecía dudar, pero luego llegó una frase bastante extensa:

—¿CUÁNDO SE ACOSTÓ POR ÚLTIMA VEZ CON UNA MUJER?.

Con seguridad que el número 402 llevaba un monóculo, y probablemente estaba transmitiendo con él, mientras el ojo donde lo encajaba de ordinario se contraía en un tic nervioso, pero eso a Rubashov no le resultaba repelente. Al contrario, el hombre se mostraba tal cual era, y eso era más agradable que si se hubiese dedicado a transmitir proclamas monárquicas. Rubashov meditó un momento, y luego contestó:

—HACE TRES SEMANAS.

La respuesta llegó inmediatamente

—CUÉNTEME TODOS LOS DETALLES.

Bueno, eso era ir realmente un poco lejos, y el primer impulso de Rubashov fue dar por terminada la conversación, pero recordó que el hombre podía ser muy útil como un eslabón de enlace con el número 400 y las celdas subsiguientes.

La celda de la izquierda estaba evidentemente vacía, y allí se rompía la cadena. Buscando qué contestar, Rubashov recordó un viejo cuplé de preguerra que había oído cuando era estudiante, en algún cabaret, donde unas señoritas con medias negras bailaban el cancán francés. Suspiró con resignación y empezó a transmitir con el aro de los lentes:

—PECHOS BLANCOS COMO LA NIEVE, EN FORMA DE COPA DE CHAMPAÑA...

Esperaba que esto fuese lo que el otro quería, y así era, aparentemente, porque el número 402 urgió:

—SIGA, SIGA, DÉ MÁS DETALLES.

Esta vez, con seguridad, se estaba retorciendo nerviosamente los bigotes, que debían ser recortados, con pequeñas puntas. "Que el diablo se lleve a este individuo", pensaba Rubashov, pero era la única conexión, y había que contemporizar. ¿De qué hablan los oficiales durante el rancho? De mujeres y caballos. Rubashov se limpió los lentes en la manga, y transmitió cuidadosamente:

—MUSLOS COMO LOS DE UNA YEGUA SALVAJE.

Se detuvo, agotado. Con la mejor buena voluntad del mundo no podía hacer ya más. Pero el número 402 estaba muy satisfecho.

—¡BUEN MUCHACHO! —transmitió con entusiasmo, y seguramente se estaba riendo a carcajadas, aunque nada se oía, y se golpeaba los muslos y se retorcía el bigote, aunque nada se veía. La abstracta obscenidad de aquella pared embarazaba a Rubashov.

—SIGA —urgió el número 402.

Rubashov no podía más. Eso es TODO, le transmitió, e inmediatamente se arrepintió. No había que disgustar al número 402. Pero por fortuna el número 402 no se ofendió, sino que siguió transmitiendo obstinadamente con su monóculo:

—SIGA, SIGA, POR FAVOR...

Rubashov había adquirido ya suficiente práctica en la transmisión, para no tener que contar los signos, sino que los transformaba automáticamente en percepción acústica, y le parecía que realmente oía la voz del número 402 pidiendo más material erótico. La lastimosa petición se repetía:

—POR FAVOR, POR FAVOR...

El número 402 era a no dudarlo joven todavía; probablemente se había criado en el destierro, en el seno de una antigua familia de soldados; había vuelto a su país con un pasaporte falso... y se estaba atormentando a sí mismo. Con seguridad se tiraba del pequeño bigote, se había encajado el monóculo, y miraba desconsoladamente a la blanqueada pared.

—MÁS, POR FAVOR, POR FAVOR... ...Mirando sin esperanza a la muda y blanqueada pared, contemplando las manchas causadas por la humedad, que poco a poco empezaban a tomar la forma de una mujer, con los pechos como copas de champaña y los muslos como los de una yegua salvaje...

—DÉME MÁS DETALLES, POR FAVOR.

Tal vez se había arrodillado en el camastro con las manos ahuecadas como el preso del número 407 las había puesto para recibir su pedazo de pan.

Y ahora, por último, Rubashov recordó qué experiencia le había traído a la memoria aquel ademán, el ademán implorante de unas manos flacas, extendidas. Pietà...

9

Pietà... La galería de pinturas de una ciudad de Alemania meridional, un lunes por la tarde.

No había un alma en el museo, a excepción de Rubashov y el joven a quien había ido a buscar, y la conversación tuvo lugar en un redondo sofá, forrado de felpa, situado en el centro de-una habitación vacía, de cuyas paredes colgaban toneladas de opulentas carnes femeninas, pintadas por los maestros flamencos. Ello sucedía en el año 1933, durante los primeros meses de terror, poco antes del arresto de Rubashov. El movimiento había sido derrotado, sus miembros declarados fuera de la ley, y perseguidos y apaleados a muerte. El Partido no era ya una Organización política, sino una masa informe y sanguinolento con mil brazos y mil cabezas. Lo mismo que el pelo y las uñas de un hombre continúan creciendo después de muerto, el movimiento continuaba esporádicamente en las células individuales, músculos y nervios del Partido. A lo largo de todo el país existían pequeños grupos de hombres y mujeres que habían sobrevivido a la catástrofe y continuaban conspirando clandestinamente, reuniéndose en cuevas, en bosques, en estaciones de ferrocarril, en los museos y en algunas sociedades deportivas. Estas personas tenían que cambiar constantemente de domicilio, y también de nombre y de hábitos, conociéndose unos a otros solamente por sus nombres de pila, e ignorando los domicilios. Cada uno tenía que confiar su vida en el otro, y no daban más detalles que los estrictamente necesarios. Se dedicaban a imprimir folletos por medio de los cuales procuraban convencerse a sí mismos y a los demás de que aún estaban vivos. Por la noche se deslizaban por las callejuelas estrechas de los barrios bajos, y escribían en las paredes viejos lemas y consignas para probar que aún vivían. Muy poca gente leía o veía los folletos, y los arrugaban rápidamente, estremeciéndose ante esos mensajes de los muertos. Se subían de noche a las chimeneas de las fábricas e izaban la vieja bandera, siempre con la misma intención de hacer patente su existencia, pero los letreros y las banderas desaparecían rápidamente, para volver a aparecer al día siguiente. A través de todo el país existían pequeños grupos de gente que se denominaban a sí mismos "los muertos en vacaciones" y que dedicaban su vida a demostrar que todavía seguían viviendo.

Estos grupos no tenían comunicación entre sí; el sistema nervioso del Partido estaba destrozado, y cada grupo se las arreglaba por sí mismo. Pero, gradualmente, empezaron a lanzar nuevos tentáculos, en forma de respetables viajantes de comercio que venían del extranjero con falsos pasaportes y baúles de doble fondo; eran los correos.

De ordinario los prendían, torturaban y decapitaban, pero otros ocupaban su lugar, y aunque el Partido permanecía muerto y no podía moverse ni respirar, su pelo y sus uñas continuaban creciendo; los jefes enviaban desde el exterior corrientes eléctricas que galvanizaban los miembros muertos, y ocasionaban convulsiones espasmódicas en el cuerpo del cadáver.

Pietà... Rubashov se olvidó del número 402, y reanudó sus paseos de seis pasos y medio; se veía otra vez sentado en el sofá de felpa en la galería de pinturas, que olía a polvo y a cera de limpiar pisos. Había ido directamente de la estación, al lugar de la cita, y había llegado unos pocos minutos antes de la hora. Estaba bastante seguro de que no lo habían seguido; su maleta, que contenía un muestrario de instrumental para dentistas, las últimas novedades de una casa holandesa, estaba en el guardarropa; y él, sentado en el sofá redondo, mirando a través de sus lentes hacia las masas de carne opulenta, colgadas de las paredes, esperaba.

El joven, a quien conocía por el nombre de Ricardo, y que era en aquel entonces jefe del grupo del Partido en esa ciudad, llegó con unos minutos de retraso. Nunca había visto a Rubashov, ni tampoco éste a él. Ya había recorrido dos galerías vacías, cuando vió a Rubashov sentado en el sofá, y en la rodilla de éste un libro: el Fausto de Goethe, de la edición universal de Reclam. El joven vió el libro, miró apresuradamente alrededor, y tímidamente se sentó sobre el borde del sofá, a más de medio metro de Rubashov, con la gorra en las rodillas. Era cerrajero de oficio y llevaba un traje negro de domingo, sabiendo que su blusa de trabajo resultaría extraña en el museo.

—Bueno —le dijo—, le ruego me perdone la tardanza.

—Bien —repuso Rubashov—, ocupémonos primero de su gente. ¿Tiene usted una lista?

El joven llamado Ricardo movió la cabeza.

—Yo no llevo listas —dijo—, todo lo llevo en la cabeza, direcciones y demás.

—Bien —dijo Rubashov—, pero ¿qué ocurriría si lo prendieran a usted?

—Para tal caso —dijo Ricardo— he dado una lista a Anny. Anny es mi esposa.

Se detuvo y tragó saliva, moviendo de arriba abajo la nuez y, por vez primera, miró a Rubashov cara a cara. Tenía los ojos inflamados, con el globo ligeramente prominente y cubierto por una red de venas rojizas; la barba de varios días se hacía más visible sobre el cuello negro del traje de domingo.

—Detuvieron a Anny anoche —dijo, y se quedó mirando a Rubashov, mientras éste leía en sus ojos la infantil esperanza de que él, el enlace del Comité Central, hiciese un milagro y le ayudase.


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—¿De veras? —dijo Rubashov, frotando los lentes con la manga—. Así que la policía tiene la lista.

—No —contestó Ricardo—, porque mi cuñada estaba en la casa cuando vinieron por ella y pudo esconderla. Mi cuñada es de entera confianza; está casada con un policía, pero es de las nuestras.

—Bueno —dijo Rubashov—, ¿dónde estaba usted cuando detuvieron a su mujer?

—Así fue como pasó —contestó Ricardo—. No duermo en mi casa desde hace tres meses.

Tengo un amigo que es operador en un cine, y cuando se acaba la función me quedo a dormir en la cabina, desde la que se puede salir directamente a la calle por la salida de emergencia, y cine gratis...

—Hizo una pausa y tragó saliva—. Usted sabe, Anny tenía siempre entradas gratuitas que le daba mi amigo; cuando se apagaban las luces miraba al aparato de proyección, y si bien no me podía ver, yo sí la veía a ella algunas veces cuando la pantalla estaba muy iluminada...

Se detuvo. Justamente enfrente había colgado un cuadro que representaba El juicio Final: una serie de querubines de cabellos rizados y rotundos traseros, revoloteando en medio de una tormenta, mientras tocaban largas trompetas. A la izquierda de Ricardo había un dibujo a pluma de un maestro alemán, del que Rubashov sólo podía ver una parte, pues el resto lo ocultaban el respaldo del sofá y la cabeza de Ricardo. Las delgadas manos de la Virgen, vueltas hacia arriba, tomaban la forma de una taza, y encima se veía un trozo de cielo vacío cubierto con líneas horizontales a pluma. No podía ver más porque mientras hablaban, la cabeza de Ricardo permanecía inconmovible en la misma posición sobre el cuello rojizo, encorvado ligeramente.

—Lo siento —dijo Rubashov—; ¿cuántos años tiene su mujer?

—Diecisiete —repuso Ricardo.

—¿De veras? Y usted, ¿cuántos años tiene?

—Diecinueve —contestó Ricardo.

—¿Tienen hijos? —preguntó Rubashov, y alargó la cabeza a un lado, pero no podía ver más del dibujo.

—El primero viene en camino —contestó Ricardo, que estaba sentado sin hacer movimiento, como si fuera de plomo.

Hubo después un intervalo, y luego Rubashov le pidió que le dijera la lista, que consistía en unos treinta hombres, de los miembros del Partido. Hizo algunas preguntas y anotó varias direcciones en su libro de pedidos para la casa holandesa de instrumental, mezclados con los nombres y serías de una larga lista de dentistas locales, respetables ciudadanos sacados de la guía de teléfonos. Cuando terminaron, Ricardo dijo:

—Ahora me gustaría darle un corto informe sobre nuestro trabajo, camarada.

—Bueno —dijo Rubashov—, escucho.

Ricardo dió su informe; seguía sentado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, separado más de medio metro de Rubashov sobre el estrecho sofá de felpa, con sus grandes manos sobre las rodillas del traje dominguero, y sin cambiar de posición ni un solo instante mientras hablaba. Contó lo de las banderas en las chimeneas, los letreros en las paredes y los folletos que dejaban en los retretes de las fábricas, inflexible y objetivo como un tenedor de libros. Enfrente, los rollizos ángeles tocaban las trompetas en la tormenta y, detrás de su cabeza, una invisible Virgen María extendía sus delgadas manos; a lo largo de todas las paredes, pechos, muslos y caderas colosales los estaban contemplando.

Rubashov se acordó de los pechos en forma de copas de champaña, y se quedó parado en la tercera losa negra contada a partir de la ventana, escuchando si el número 402 continuaba aun con sus golpes. Nada se oía. Entonces se acercó a la mirilla y contempló la celda 407, cuyo ocupante había alargado las manos hacia afuera para coger el pan, y vió la puerta gris de acero con su pequeña mirilla negra. Como siempre, la luz eléctrica alumbraba el pasillo, que estaba helado y silencioso; resultaba difícil creer que vivieran seres humanos detrás de aquellas puertas.

Mientras el joven llamado Ricardo estaba dando su informe, Rubashov no lo interrumpió. De los treinta hombres y mujeres que se habían agrupado con Ricardo luego de la catástrofe, sólo quedaban diecisiete. Dos, un obrero de una fábrica y su amiga, se habían arrojado por la ventana cuando fueron a buscarlos. Otro había desertado, saliendo de la ciudad y desapareciendo. Otros dos se sospechaba que estaban al servicio de la policía, pero no era seguro. Tres habían abandonado el Partido como protesta contra la política del Comité Central: dos de ellos habían formado otro grupo de oposición, y el tercero se había unido a los moderados. Cinco habían sido detenidos la última noche, juntamente con Anny, y se sabía que por lo menos dos de estos cinco ya no vivían. Así, sólo quedaban diecisiete, que continuaban repartiendo folletos y poniendo letreros en las paredes.

Ricardo dijo todo esto con el más minucioso detalle, para que Rubashov pudiera darse cuenta de todas las conexiones particulares y causas que eran especialmente importantes; ignoraba que el Comité Central tenía destacado un hombre en el grupo, que había comunicado hacía tiempo casi todos estos hechos a Rubashov, e ignoraba que este hombre era precisamente el amigo del cine en cuya cabina dormía y que había sido durante bastante tiempo el amante de su mujer, Anny, detenida la noche anterior. Nada de esto sabía Ricardo, pero Rubashov sí lo sabía. El movimiento estaba en ruinas, pero todavía funcionaba el departamento de información y control, probablemente lo único que marchaba, y en aquella fecha Rubashov estaba a la cabeza de ese departamento. El muchacho con el cuello de toro, vestido con su traje de domingo no sabía nada de eso; sólo sabía que Anny había sido detenida y que era preciso seguir distribuyendo folletos y pintando letreros, y que Rubashov era un camarada del Comité Central del Partido, en el que había que confiar como en un padre; también sabía que no se debe demostrar este sentimiento, ni mostrar ninguna debilidad.

Aquel que era blando y sentimental no servía para la tarea y tenía que ser separado del movimiento, echado a un lado en oscura soledad.

Se oyeron pasos que se aproximaban por el pasillo. Rubashov se acercó a la puerta, se quitó los lentes y pegó un ojo a la mirilla. Dos guardias con correajes y revólver conducían a un joven campesino a lo largo del corredor, y detrás venía el viejo carcelero con su manojo de llaves. El mozo tenía un ojo hinchado y sangre seca en el labio superior, y al pasar se iba limpiando con la manga la nariz sangrante, pero su cara, carecía de expresión. Más allá, en el pasillo, fuera del alcance de visión de Rubashov, abrieron la puerta de una celda y la cerraron de golpe; seguidamente, los guardias y el carcelero regresaron solos.

Rubashov siguió paseándose en su calabozo. Se veía a sí mismo sentado en el sofá de felpa al lado de Ricardo, sintiendo el silencio que reinó cuando éste acabó su informe. Ricardo no se movió, siguió sentado con las manos en las rodillas y esperando, tal como si se hubiese confesado, a un sacerdote y esperase de éste la sentencia. Durante largo rato Rubashov tampoco dijo nada. Luego exclamó:

—Bien, ¿eso es todo?

El muchacho asintió. La nuez se le movía de arriba abajo.

—Hay algunas cosas que no están claras en su informe —continuó Rubashov—. Habla usted de folletos que redactan, y que ya conocemos. Usted sabe que su contenido ha sido objeto de críticas, por contener frases que son inaceptables para el Partido.

Ricardo lo miró con temor y se sonrojó; Rubashov veía cómo la piel que cubría sus pómulos se encendía y la red de venillas que surcaba los globos de sus inflamados ojos se hacía más densa.

—Por otra parte —continuó Rubashov—, les hemos enviado repetidamente material impreso para su distribución, entre el cual figuraba la edición especial en tamaño pequeño del órgano oficial del Partido. Usted recibió ese material.

Ricardo asintió, pero el acaloramiento no desaparecía de su rostro.

—Pero ustedes no lo han distribuido, y ni siquiera lo menciona en su informe. Y en vez de él, hacen circular un material redactado por ustedes mismos, sin el control y la aprobación del Partido.

—Pe... pero tenemos que hacerlo así —dijo Ricardo con gran esfuerzo.

Rubashov lo miró atentamente a través de sus lentes; no se había dado cuenta antes de que el muchacho tartamudeaba. "Es curioso" —pensó; "éste es el tercer caso en dos semanas. Tenemos un número sorprendente de gente con defectos físicos y mentales en el Partido, sea a causa de las circunstancias en las cuales trabajamos, o bien porque el mismo movimiento provoca una selección al revés..."

—De... debe usted co... comprender, compañero —decía Ricardo con creciente angustia—, que el tono de la propaganda que envían ustedes n... no es el apropiado, p... porque...

—Hable con tranquilidad —ordenó Rubashov súbitamente en tono severo—, y no vuelva la cabeza hacia la puerta.

Un hombre joven, de elevada estatura, con el uniforme negro de los guardaespaldas del régimen, había entrado en el salón con una muchacha, una rubia exuberante, a quien traía abrazada por las caderas, con el brazo de ella sobre su hombro. No se fijaron en Rubashov ni en su acompañante, y se detuvieron frente a los ángeles trompeteros, con las espaldas vueltas hacia el sofá.

—Siga hablando —dijo Rubashov en voz baja y calmosa, y automáticamente sacó la cigarrera del bolsillo, pero recordó que no se debía fumar en los museos y se la volvió a guardar. El muchacho estaba como paralizado y miraba fijamente a la pareja—. Siga hablando —repitió Rubashov con tranquilidad—. ¿Por qué tartamudea como un chiquillo? Conteste y no mire para allá.

—A... algunas veces —logró decir Ricardo con gran esfuerzo.

La pareja siguió andando a lo largo de la hilera de cuadros, y se detuvo frente al desnudo de una mujer gorda, que estaba echada en un— lecho de raso mirando al espectador. El hombre dijo algún chiste, porque la muchacha trató de contener la risa, y miró de pasada a las dos figuras del sofá; avanzaron luego un poco, para contemplar una naturaleza muerta, con faisanes y frutas.

—¿D... deberíamos irnos? —preguntó Ricardo.

—No —contestó Rubashov, quien temía que si se levantaban la agitación del muchacho iba a desatarlos—. Pronto se irán, y como estamos vueltos de espaldas a la luz no nos pueden ver con claridad. Respire profundamente y con lentitud varias veces. Eso ayuda.

La muchacha siguió riéndose, y la pareja se acercó lentamente a la salida, volviendo la cabeza al pasar al lado del sofá. Iban justamente a salir cuando la muchacha señaló con el dedo el dibujo de la Pietà, y se detuvieron para contemplarlo.

—¿E... es muy fastidioso cu... cuando e... empiezo a tar... tartamudear? —preguntó Ricardo en voz baja mirando al suelo.

—Hay que aprender a dominarse —replicó Rubashov secamente, pues no podía ahora permitir que ningún sentimiento de intimidad se introdujera en la conversación.

—D... dentro de un minuto estaré mejor —dijo Ricardo mientras la nuez le subía y bajaba convulsivamente—. Anny siempre se reía de mí, sabe usted.

Mientras la pareja permaneció en el salón, Rubashov no pudo dirigir la conversación, y la espalda del hombre de uniforme lo, clavaba al lado de Ricardo. El peligro común ayudó al muchacho a vencer su timidez, y se acercó un poco a Rubashov.

—A p... pesar de eso me quería —continuó muy bajito, cayendo en otra clase de agitación—. Nunca sabía cómo entenderla. N... no quería t... tener el niño, pero tampoco s... se atrevía a a... abortar. Quizás no le hagan nada por estar embarazada. ¿Cr... cree usted que p... pegan también a las m... mujeres que s... se encuentran en ese estado?

Con la barbilla, le indicó al guardia de uniforme, que en aquel instante volvía la cabeza hacia Ricardo, y durante un segundo se miraron uno al otro. El guardia dijo algo en voz baja a la muchacha, que también volvió la cabeza. Rubashov cogió de nuevo la pitillera, pero esta vez no la llegó a sacar del bolsillo. La muchacha dijo algo a su acompañante, y tiró de él hacia afuera; salieron los dos, mientras el hombre hacía alguna resistencia; por último se oyó la risa de la muchacha, y los pasos que se alejaban.

Ricardo volvió la cabeza, siguiéndolos con los ojos, y al moverse, Rubashov pudo mirar mejor el dibujo; vió al fin los delgados brazos de la Virgen, hasta el codo; eran unos brazos flacos, casi de niña que se elevaban ingrávidos hacia la invisible cruz.

Rubashov miró el reloj, y el muchacho se movió un poco en el sofá separándose de él.

—Debemos llegar a una conclusión —dijo Rubashov—. Si le entiendo bien, usted dice que, deliberadamente, no distribuyeron ese material de propaganda porque no estaban conformes con su contenido. Pero tampoco nosotros aprobamos el contenido de sus libelos, y usted debe comprender, camarada, que ciertas consecuencias se han de derivar de esto.

Ricardo volvió hacia él sus enrojecidos ojos y bajó la cabeza.

—Usted sabe que el material que nos enviaron estaba lleno de insensateces —dijo con voz opaca y sin tartamudear.

—A mí no me parece —repuso Rubashov secamente.

—Ustedes escriben como si nada hubiera pasado —continué Ricardo con la misma voz cansada— . El Partido está hecho trizas, pero continúan escribiendo frases acerca de nuestra voluntad inquebrantable de victoria..., la misma clase de embustes que traían los comunicados de la Gran Guerra. A cualquiera que se lo enseñamos le dan ganas de escupir, y ustedes deben saberlo.

Rubashov se quedó mirando al muchacho, que ahora estaba sentado con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en sus puños rojos, y replicó secamente:

—Por segunda vez me adjudica una opinión que no comparto, y me veo obligado a pedirle que no continúe haciéndolo.

Ricardo lo miró con una expresión de incredulidad en los inflamados ojos. Rubashov continuó:

—El Partido está sufriendo una prueba severa, pero otros partidos revolucionarios han pasado por pruebas aun más arduas. El factor decisivo es nuestra inquebrantable voluntad, y todo aquel que se ablande en estos momentos no puede continuar en nuestras filas. Todo el que contribuya a infundir pánico hace el juego a nuestros enemigos, y no nos importa cuáles pueden ser sus motivos, sino el hecho de que su posición constituye un peligro para nuestro movimiento y tiene que ser tratado como tal.

Ricardo continuaba sentado con la barbilla entre las manos y la cara vuelta hacia Rubashov.

—De modo que soy un peligro para el movimiento —dijo—y estoy haciendo el juego a nuestros enemigos. Probablemente me pagan por hacerlo. Y a Anny también...


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—En sus folletos —continuó Rubashov en el mismo tono seco de voz—, que usted reconoce haber escrito, aparecen con frecuencia frases como ésta: "Hemos sufrido una derrota, una catástrofe ha caído sobre el Partido, hay necesidad de empezar de nuevo cambiando radicalmente de táctica."

Todo esto es derrotismo. Las consecuencias son desmoralizadoras y embotan el espíritu combativo del Partido.

—Yo sólo sé —repuso Ricardo— que se debe decir la verdad a la gente, que, además, la conoce en cualquier caso. Es ridículo pretender lo contrario.

—En el último congreso del Partido —siguió diciendo Rubashov— se votó— una resolución que hacía ver que el Partido no había sufrido derrota alguna, y que únicamente había llevado a cabo una retirada estratégica; desde entonces no hay ninguna nueva razón que aconseje un cambio de política.

—Pero eso es idiota —afirmó Ricardo.

—Si sigue usted hablando en ese tono —dijo Rubashov—, temo mucho que tengamos que dar por terminada nuestra conversación.

Ricardo se quedó silencioso por algún tiempo, y el salón empezó a oscurecerse. Los contornos de los ángeles y las mujeres de las paredes se volvieron más suaves e imprecisos.

—Lo siento mucho —dijo Ricardo—. Quiero decir que la orientación del Partido es equivocada.

Usted habla de una retirada estratégica cuando la mitad de la gente ha sido asesinada, y los que quedan están tan contentos de hallarse todavía vivos que se pasan al otro lado en cantidad. Esas resoluciones que ustedes fabrican en el extranjero no las entienden aquí...

Las facciones de Ricardo se hacían cada vez más vagas en la creciente oscuridad. Hizo una pausa, y luego añadió:

—Supongo que Anny hizo también una "retirada estratégica" anoche. Por favor, usted debe entenderme. Aquí todos vivimos en la selva...

Rubashov esperó hasta ver si tenía algo más que añadir, pero Ricardo no dijo nada. La oscuridad caía ahora rápidamente y Rubashov se quitó los lentes y los limpió en la manga.

—El Partido no puede equivocarse nunca —afirmó—. Si usted o yo podemos equivocarnos, el Partido no. El Partido, camarada, es más que usted y que yo, y que miles de otros como usted o como yo. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la historia, y la historia no sabe de escrúpulos ni de vacilaciones. Inerte e infalible, continúa su camino hacia la meta, y en cada vuelta de su órbita suelta el fango que ha recogido y los cuerpos de los ahogados. La historia conoce su destino y nunca se equivoca, y el que no tiene absoluta 'fe en la historia no pertenece al Partido.

Ricardo no dijo nada; con la cara vuelta hacia Rubashov y la cabeza apoyada en las manos, continuó inconmovible. Como continuaba callado, éste prosiguió:

—Usted ha impedido la distribución del material de propaganda, es decir, ha suprimido la voz del Partido, y en cambio ha repartido folletos en los que cada una de las palabras era falsa y perjudicial. Usted ha escrito: "Los restos del movimiento revolucionario tienen que reagruparse, y todas las fuerzas hostiles a la tiranía deben unirse; tenemos que suspender todas nuestras discordias internas y empezar de nuevo el combate todos juntos." Esto es un error. El Partido no debe unirse con los moderados, porque éstos, incluso admitiendo su buena fe, han traicionado el movimiento innumerables veces, y lo volverán a hacer la próxima vez, y la otra, y la que venga después de ésa.

El que llega a un compromiso con ellos entierra la revolución. Usted escribió: "Cuando hay fuego en la casa todos deben ayudar a apagarlo, y si continuamos nuestras disputas sobre puntos de doctrina, pronto quedaremos convertidos en cenizas." Esto es falso, porque nosotros combatiremos el fuego con agua, mientras que los otros combaten arrojando aceite sobre él. Por consiguiente, hay que decidir primordialmente cuál es el mejor método, el agua o el aceite, antes de unificar una brigada de incendios... De esta manera no se puede dirigir la política; es imposible tomar como normas la desesperación y las pasiones. La órbita del Partido está claramente definida, como una estrecha senda a través de las montañas. El menor paso en falso, a la derecha. o a la izquierda, lo lleva a uno al precipicio. El aire está enrarecido en la altura, y el que se marca está perdido.

La oscuridad era ya tan intensa que Rubashov no podía distinguir las manos del dibujo; súbitamente una campana sonó dos veces, aguda y penetrante: en un cuarto de hora se cerraría el museo. Miró el reloj; tenía aún que decir la palabra decisiva y entonces todo habría concluido.

Ricardo seguía inmóvil a su lado, con los codos en las rodillas.

—Sí, no tengo nada que contestar a todo eso —dijo finalmente, y otra vez su voz sonaba opaca y muy fatigada—. Lo que usted dice es indudablemente verdad, y el símil acerca del camino en la montaña muy apropiado. Pero yo sé que estamos derrotados y los pocos que quedan están desertando continuamente. Tal vez hace demasiado frío en nuestro sendero de montaña. Los contrarios tienen siempre música y banderas llamativas, y se sientan alrededor de un buen fuego; quizás han ganado por eso. Y también porque nos están machacando los huesos.

Rubashov escuchaba en silencio, esperando saber si el muchacho tenía algo más que decir, antes de pronunciar la sentencia definitiva. Dijese Ricardo lo que dijera, ya no podía influir en la resolución en forma alguna; pero a pesar de ello seguía aguardando.

La pesada silueta de Ricardo estaba cada vez más envuelta en la oscuridad; se había movido un poco más lejos sobre el redondo sofá y allí estaba sentado, con los hombros doblados y la cara casi oculta entre las manos. Rubashov, sentado derecho en el sofá, seguía esperando; sentía un ligero dolor en la mandíbula superior, probablemente la raíz de algún diente cariado. Después de un rato oyó la voz de Ricardo, que preguntaba:

—¿Qué me va a pasar a mí ahora?

Rubashov se tocó con la lengua el diente que le dolía; sentía necesidad de tocarlo con el dedo antes de pronunciar las palabras decisivas, pero se dominó, y dijo con serenidad:

—Tengo que informarle, Ricardo, en cumplimiento de un acuerdo del Comité Central, que ha dejado de ser miembro del Partido.

Ricardo no se movió, y Rubashov continuó esperando un momento antes de levantarse.

Ricardo permaneció sentado, levantó solamente la cabeza, lo miró y preguntó:

—¿Para eso vino usted?

—Principalmente —contestó Rubashov, que a pesar de sentir la necesidad de irse, continuaba enfrente de Ricardo, esperando.

—¿Qué va a ser de mí, ahora? —preguntó Ricardo. Rubashov no contestó. Después de un rato, Ricardo continuó: —Supongo que tampoco podré seguir durmiendo en la cabina de mi amigo.

Después de un momento de vacilación, Rubashov contestó:

—Será mejor que no lo haga.

Y se sintió disgustado consigo mismo por haberlo dicho, aunque no estaba seguro de que Ricardo hubiese entendido el significado de la frase. Y siguió mirando a la figura sentada en el sofá.

—Será mejor que salgamos separados. Adiós.

Ricardo se enderezó un poco, pero continuó sentado. En la semioscuridad, Rubashov sólo podía adivinar la expresión de sus ojos inflamados, ligeramente prominentes, pero fue en realidad esta imagen imprecisa y brumosa de la figura sentada la que se estampó en su memoria para siempre.

Salió de la habitación y atravesó la inmediata, que estaba igualmente oscura y vacía. Sus pasos hacían crujir el piso, y sólo cuando hubo llegado a la salida recordó que había olvidado mirar el cuadro de la Pietà, del que únicamente conocía el detalle de las manos dobladas en forma de copa y parte de los delgados brazos, hasta el codo.

Se detuvo en los escalones que daban acceso a la puerta; el diente le dolía cada vez más, y en la calle hacía frío. Se ajustó la bufanda de color gris descolorido que llevaba alrededor del cuello; las lámparas de la calle ya estaban encendidas en la gran plaza cuadrada donde estaba el museo, que a esas horas se hallaba muy tranquila, con pocos transeúntes, y, más lejos, la campana de un estrecho tranvía resonaba en la avenida bordeada de olmos. Se preguntó si podría encontrar un taxi en las cercanías.

En el último escalón lo alcanzó Ricardo, jadeante, y Rubashov siguió derecho sin acortar ni apresurar el paso, y sin volver la mirada. Ricardo le llevaba media cabeza y era mucho más ancho, pero caminaba con los hombros encogidos, agachándose a la altura de Rubashov y acortando el paso.

Al cabo de un momento, le preguntó: —¿Fué una advertencia la que usted me hizo cuando le pregunté si podía seguir viviendo con mi amigo y usted me contestó: "Será mejor que no lo haga"?

Rubashov vió un taxi con los faros encendidos que venía por la avenida, se detuvo en el borde de la acera esperando que se acercase. Ricardo estaba de pie a su lado.

—No tengo nada más que decirle, Ricardo —dijo Rubashov, y llamó al taxi.

—Camarada, p... pero usted n... no puede d... denunciarme, camarada... —dijo Ricardo. El taxi disminuyó su velocidad y no se hallaba ya más que a unos veinte pasos. Ricardo estaba agachado delante de Rubashov, le había cogido por la manga y hablaba a la altura de su cara, haciéndole sentir su aliento y una ligera humedad en la frente.

—Yo no soy un enemigo del Partido —decía Ricardo—; usted no puede echarme a los lobos, c... camarada...

El taxi se detuvo junto a la acera, y el chofer debía seguramente haber oída la última palabra.

Rubashov calculó con rapidez que no había manera de echar a Ricardo. Un policía estaba parado en la otra esquina. El chofer, un viejezuelo, vestido con una chaqueta de cuero, los miraba con ojos inexpresivos.

—A la estación —dijo Rubashov, y subió al taxi. El chofer cerró la portezuela. Ricardo se quedó en el borde de la acera con la gorra en la mano, y la nuez subiéndole y bajándole rápidamente. El taxi arrancó y pasó al lado del policía. Rubashov prefería no mirar atrás, pero sabía que Ricardo continuaba en el cordón de la acera mirando las luces rojas del automóvil.

Durante unos minutos rodaron por calles concurridas, y el chofer volvió la cabeza varias veces como si quisiese asegurarse de que su pasajero continuaba en el interior del taxi; Rubashov no conocía la ciudad lo suficiente como para estar seguro de que iban camino de la estación. Poco a poco las calles se iban quedando desiertas, y al final de una avenida apareció un edificio macizo, con un gran reloj iluminado: estaban en la estación.

Rubashov salió del automóvil y le preguntó al chofer cuánto le debía, pues en aquella ciudad los coches de alquiler no llevaban taxímetro aún.

—Nada —contestó el chofer. Tenía la cara vieja y arrugada, y extrajo un sucio trapo del bolsillo de su chaqueta de cuero, sonándose las narices con ceremonia.

Rubashov lo miró atentamente a través de los lentes; estaba seguro de que no había visto antes aquella cara. El chofer guardó el pañuelo.

—A las personas como usted, señor, no les cobro nada —dijo, y se agachó para coger el freno de mano. De pronto le alargó una mano con gruesas venas seniles y uñas negras—. Buena suerte, señor —le dijo sonriendo tímidamente a Rubashov—; si su joven amigo necesita alguna vez algo, ya sabe que mi parada está enfrente del museo. Puede usted anotar mi número, señor, y enviárselo.

Rubashov observó que a su derecha había un mozo de estación, apoyado en un poste, que los estaba mirando, y no tomó la mano del chofer, sino que depositó una moneda en ella y entró en la estación sin decir palabra.

Tuvo que esperar una hora hasta la salida del tren, y entretanto tomó una taza de mal café en la cantina; el diente le seguía doliendo. En el tren se quedó dormido y soñó que tenía que ir corriendo delante de la locomotora, mientras Ricardo y el chofer del taxi estaban subidos en ella y querían que la máquina le pasase por encima porque no había pagado el taxi. Las ruedas venían rechinando cada vez más próximas y sus piernas se negaban a moverse. Se despertó con náuseas y sintió un sudor frío en la frente, mientras sus compañeros de compartimiento lo miraban con ligero asombro.

Afuera era de noche, el tren corría en la oscuridad por un país enemigo, el asunto con Ricardo estaba terminado, y el diente le seguía doliendo. Una semana después estaba en la cárcel.

10

Rubashov apoyó la frente en la ventana y miró hacia abajo, al patio. Tenía las piernas cansadas y estaba mareado de tanto paseo en redondo; miró el reloj; faltaba un cuarto de hora para las doce, así que había estado paseando en su celda casi cuatro horas sin parar, desde que el primer recuerdo de la Pietà le vino a la mente. Esto no le sorprendía, pues estaba bien al tanto del modo de soñar despierto en las cárceles, de la intoxicación que emana de las paredes blanqueadas. Recordó a un camarada más joven, que era ayudante de peluquero, y que le contaba cómo en su segundo y peor año de confinamiento solitario había llegado a soñar durante siete horas seguidas, con los ojos abiertos. Mientras lo hacía había andado veintiocho kilómetros en una celda que no alcanzaba a dos metros de largo, y se había llenado los pies de ampollas sin darse cuenta.

Esta vez el hábito se había manifestado muy rápidamente; y el primer día habíase entregado a ese vicio, que en sus experiencias previas había tardado siempre algunas semanas. Otra cosa extraña era que había estado soñando con el pasado, mientras que los soñadores crónicos de las cárceles casi siempre lo hacían con el porvenir, y si recordaban lo pasado era únicamente para pensar en cómo pudo haber sido, y nunca en cómo fue realmente.

Rubashov se preguntaba qué otras sorpresas le podía tener reservadas su mecanismo mental, sabiendo por experiencia que la confrontación con la muerte siempre lo altera y provoca las reacciones más sorprendentes, como le ocurre a la aguja de una brújula cuando se acerca al polo magnético.

El cielo estaba cargado de una inminente nevada, y en el patio dos hombres daban su paseo diario por la vereda abierta en la nieve. Uno de ellos miraba repetidamente a la ventana de Rubashov. Por lo visto, la noticia de su detención ya se había extendido. Era un hombre flaco y extenuado, con la piel amarilla y labio leporino, con un delgado impermeable que aferraba a la altura de los hombros como si estuviera helándose. El otro paseante era más viejo y estaba arropado con una manta. No se hablaban durante el paseo, y al cabo de diez minutos, fue a buscarlos un oficial de uniforme, armado con una cachiporra de goma y un revólver. La puerta donde el oficial los esperaba estaba justamente enfrente de la celda de Rubashov, y antes de que se cerrase, el hombre del labio leporino miró una vez más hacia su ventana. Seguramente no podía ver a Rubashov, que quedaba en la sombra visto desde el patio, pero a pesar de eso sus ojos se detuvieron en la ventana como si lo buscase. "Te veo y no te conozco, tú no me ves y es evidente que me conoces", pensaba Rubashov. Se sentó en la cama y llamó al número 402.


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—¿QUIÉNES SON?

Se le ocurrió que el número 402 estaría probablemente ofendido y que no le contestaría.

Pero el oficial parecía no ser rencoroso y le respondió inmediatamente:

—POLÍTICOS.

Rubashov se quedó sorprendido, porque se había figurado que el hombre del labio leporino tenía aspecto de criminal.

—¿DE SU CLASE? —preguntó.

—NO; DE LA SUYA —transmitió el número 402, seguramente sonriendo con cierta satisfacción. La siguiente frase sonó más fuerte; tal vez los golpes los daría con el monóculo.

—LABIO LEPORINO, MI VECINO, EL NÚMERO 400, FUÉ TORTURADO AYER.

Rubashov se quedó silencioso durante un minuto, limpiando los lentes en la manga, aunque sólo los usaba para transmitir. Quería haber preguntado: ¿por qué?"; pero, en vez de ello, transmitió:

—¿Cómo?

El número 402 respondió lacónicamente:

—BAÑO DE VAPOR.

Rubashov había sido apaleado repetidamente durante su último encarcelamiento, pero de ese procedimiento de tortura no sabía más que lo que había oído. Había aprendido que todos los dolores físicos eran soportables si uno sabía de antemano exactamente lo que le iba a pasar; eran algo así como una operación quirúrgica; por ejemplo, la extracción de una muela. Lo que resultaba realmente malo era lo desconocido, que no daba lugar a prever las propias reacciones, y sin una escala para calcular la capacidad de resistencia. Y lo peor era el temor de que en esas circunstancias se podía hacer o decir algo de lo que no había manera de arrepentirse ni volverse atrás.

—¿POR QUÉ? —preguntó Rubashov.

—DIVERGENCIAS POLÍTICAS —transmitió el número 402 con ironía.

Rubashov se colocó otra vez los lentes y buscó en el bolsillo el paquete de cigarrillos; vió que sólo le quedaban dos. Entonces transmitió:

—¿CÓMO VAN LAS COSAS CON USTED?

—MUY BIEN, GRACIAS... —respondió el número 402, y concluyó la conversación.

Rubashov se encogió de hombros, encendió su penúltimo cigarrillo, y continuó sus paseos.

Era extraño, pero la idea de lo que le aguardaba lo hacía casi feliz, sintiéndose abandonado por su antigua melancolía, con la cabeza más clara y los nervios tensos. Se lavó cara, brazos y pecho en el agua fría del lavabo, se enjuagó la boca, y se secó con el pañuelo. Luego silbó unos pocos compases y sonrió. Lo hacía siempre lamentablemente fuera de tono, y recordó que pocos días antes alguien le había dicho: "Si el Número Uno fuese entendido en música, ya habría encontrado hace tiempo un pretexto para fusilarlo."

"Lo hará de todos modos", había contestado, sin creerlo realmente.

Encendió su último cigarrillo y, con la cabeza despejada, se puso a pensar en la línea de conducta que debía seguir cuando lo interrogasen, sintiendo la misma confianza tranquila y serena que experimentaba cuando daba un examen en sus épocas de estudiante. Empezó a tratar de recordar todos los pormenores que conocía respecto al "baño de vapor", imaginándose la situación en detalle, y procurando analizar las sensaciones físicas que debería esperar, con el objeto de hacerlas menos temibles. Lo más importante era que no le tomasen desprevenido, y estaba seguro de que no lo conseguirían, del mismo modo que tampoco los otros lo habían conseguido; sabía que no diría nada que no quisiese decir, y lo único que deseaba era empezar de una vez.

Volvió a acordarse del sueño de antes: Ricardo y el chofer del taxi persiguiéndole porque no les había pagado y los había traicionado.

"Ahora voy a pagar por todas", pensó con una sonrisa desmañada.

El último cigarrillo estaba llegando a su fin. Le quemaba ya las puntas de los dedos y lo dejó caer al suelo.

Iba a aplastarlo, pero lo pensó mejor: se agachó, recogió la colilla y la apagó lentamente, contra el revés de la mano, apoyándola sobre las venas azules. Aguantó el dolor por espacio de medio minuto, que contó con el reloj, y quedó satisfecho consigo misma, porque no había movido la mano ni una sola vez durante los treinta segundos. Después continuó su paseo.

El ojo que lo había estado observando durante varios minutos a través de la mirilla, se retiró.

11

La comitiva del almuerzo pasó por el corredor. La celda de Rubashov fue nuevamente dejada atrás. Como quería ahorrarse la humillación de observar a través de la mirilla, no pudo enterarse de lo que llevaban, pero el olor de la comida llenó su celda, y era bueno.

Sintió un gran deseo de fumar otro cigarrillo. Debía procurarse cigarrillos de algún modo, para poder concentrarse. Eran para él más importantes que la comida. Esperó media hora después del reparto del almuerzo, y empezó a golpear la puerta. Al cabo de un cuarto de hora el viejo carcelero se acercó arrastrando los pies.

—¿Qué desea? —le preguntó con su tono agrio habitual.

—Que me traigan cigarrillos de la cantina —contestó Rubashov.

—¿Tiene vales de la cárcel?

—Me quitaron el dinero al entrar contestó Rubashov.

—Entonces tiene que esperar a que se lo cambien por los vales.

—¿Cuánto tarda eso en este establecimiento modelo? preguntó Rubashov.

—Puede usted escribir una carta de queja dijo el viejo.

—Sabe usted muy bien que no tengo papel ni lápiz replicó Rubashov.

—Para comprar material de escribir necesita tener vales repuso el carcelero.

Rubashov sentía que iba perdiendo los estribos, por la sensación familiar de opresión en el pecho y ahogo en la garganta, pero pudo dominarse. El viejo vió las pupilas de Rubashov relucir vivamente a través de los lentes, lo que le recordaba los grabados en color con el retrato de Rubashov vestido de uniforme, que, en los años pasados, se veían en todas partes; sonrió con despecho senil y retrocedió un paso.

—Es usted una... basura recalcó Rubashov lentamente, volviéndole la espalda y aproximándose a la ventana.

—Daré parte de que usted emplea un lenguaje insultante dijo la voz del viejo carcelero a sus espaldas, y cerró dando un portazo.

Rubashov limpió los lentes en la manga y esperó hasta que su respiración se hiciera más serena. Tenía que conseguir esos cigarrillos; de lo contrario, no podría seguir conteniéndose. Se impuso una espera de diez minutos, y luego llamó al número 402:

—¿TIENE USTED TABACO?

Tuvo que esperar un poco la contestación, que llegó clara y espaciada:

—NO PARA USTED.

Rubashov volvió lentamente a la ventana. Se imaginaba al joven oficial con su pequeño bigote y el monóculo encajado, mirando con una sonrisa estúpida la pared que los separaba; el ojo detrás del cristal era vidrioso, con el rojizo párpado levantado. Probablemente pensaba: "¿Puedes esperarlo?. Y también: "Canalla, ¿a cuántos de los míos has fusilado?" Rubashov miraba hacia la pared blanqueada, sintiendo que el otro estaba de pie tras ella, con la cara vuelta hacia él; creía oírlo respirar agitadamente. "Sí, ¿a cuántos de los tuyos habré fusilado? Me gustaría saberlo." No podía recordarlo, ya que eso había pasado hacía muchos años, durante la guerra civil, pero calculaba que serían entre setenta y un centenar. ¿Qué importaba eso? Era una cosa natural, colocada en un plano completamente distinto del caso de Ricardo, y lo volvería a hacer otra vez hoy. ¿Hasta en el caso de que hubiese podido prever que la revolución iba a elevar al poder al Número Uno? Sí. Aun así.

"Contigo" —pensaba Rubashov mirando a la pared blanqueada detrás de la cual estaba el otro (que mientras tanto seguramente habría encendido un cigarrillo y estaría echando el humo contra la pared)—, "contigo no tengo cuenta alguna que ajustar. A ti no te debo nada. Entre los dos no hay ni lenguaje ni moneda comunes... Bueno, ¿qué quieres ahora?"

Porque el número 402 había empezado a transmitir otra vez, y Rubashov volvió a la pared...

"LE VOY A MANDAR TABACO", oyó, y luego, más débilmente, cómo el número 402 golpeaba su puerta para llamar la atención del carcelero.

Rubashov contuvo el aliento; a los pocos minutos oyó el chancleteo del anciano aproximándose por el pasillo.

El carcelero no abrió la puerta del 402, sino que le preguntó por la mirilla:

—¿Qué desea?

Rubashov no pudo oír la respuesta, aunque le hubiese gustado oír la voz del número 402.

Luego el viejo dijo en voz alta, de modo que Rubashov lo oyese:

—No está permitido. Es contra el reglamento.

Tampoco Rubashov pudo oír la contestación. Luego el carcelero añadió:

—Lo denunciaré por usar un lenguaje insultante.

Y sus pasos se perdieron sobre las baldosas del corredor.

Durante algún tiempo reinó el silencio. Después, el número 402 transmitió:

—MALA SUERTE.

Rubashov no contestó. Se paseaba de un lado a otro, sin su seca garganta. Pensó en el número 402. "A pesar de todo, tiendo que el ansia de fumar le cosquilleaba las membranas de lo volvería a hacer" —se dijo a sí mismo—. "Era necesario y justo. Pero tal vez tenga también alguna deuda contigo. ¿Debe uno también pagar por los actos que fueron justos y necesarios?"

La sequedad de la garganta aumentaba, y sentía opresión en la frente. Siguió incansablemente sus paseos, y al par que pensaba, sus labios empezaron a moverse.

"¿Debe uno pagar también por los actos justos? ¿Existirá otra regla además de la regla de la razón?"

"¿Pesará más intensamente la deuda sobre el hombre justo cuando se lo juzgue por esta otra regla? ¿Acaso se habrá duplicado su deuda, porque los otros no sabían lo que hacían?..."

Rubashov se quedó parado en la tercera baldosa negra a contar de la ventana. ¿Qué era esto? ¿Un soplo de locura religiosa? Se percató de que hacía varios minutos que estaba hablando solo, a media voz. Y a pesar de que se observaba, sus labios, independientes de su voluntad, se movían y decían:

—Yo pagaré.

Por primera vez desde su arresto, Rubashov estaba asustado. Buscó sus cigarrillos. Pero no le quedaba ninguno.

Y entonces oyó otra vez el delicado golpeteo en la pared, sobre su cama. El número 402 tenía un mensaje para él:

—LABIO LEPORINO LE ENVÍA SUS SALUDOS.

Reprodujo en su mente la cara amarilla del hombre, vuelta hacia su ventana. El mensaje le hacía sentir desasosiego.

Transmitió:

—¿CÓMO SE LLAMA?

El número 402 contestó:

—NO LO QUIERE DECIR; PERO LE ENVÍA SUS SALUDOS.

12

Durante la tarde, Rubashov se encontró aún peor; experimentó un intermitente ataque de escalofríos. Otra vez le había empezado a doler el diente, uno de los incisivos superiores, conectado al nervio orbitario. No había comido nada desde su detención, mas no por eso sentía hambre.

Procuraba reconcentrar su pensamiento, pero los estremecimientos que sufría y la comezón y el cosquilleo de la garganta se lo impedían. Sus pensamientos giraban alternativamente entre dos polos: el desesperado deseo de fumar y la frase: "Yo pagaré."

Los recuerdos se le sobreponían, zumbando y susurrando en sus oídos. Las caras y las voces iban y venían, y cuando trataba de retener alguna, le lastimaba; todo su pasado estaba en carne viva y cada contacto le dolía. Su pasado era el movimiento, el Partido; el presente y el futuro también pertenecían al Partido, estaban inseparablemente enlazados con su destino, pero su pasado era idéntico a él. Y era este pasado el que se veía súbitamente puesto en tela de juicio. El cuerpo del Partido, caliente y animado, se le aparecía cubierto de llagas, de llagas venenosas, de estigmas sangrientos. ¿Cuándo y dónde han existido en la historia santos con tantas imperfecciones? ¿Cuándo una buena causa había estado peor representada? Si el Partido encarna la voluntad de la historia, entonces la misma historia era defectuosa.

Rubashov contempló las manchas de humedad en las paredes de su celda. Tiró después de la frazada de la cama y se la envolvió alrededor de los hombros; apresuró el paso, marchando con pasitos cortos y rápidos, dando súbitas vueltas al llegar a la puerta y a la ventana, pero los estremecimientos seguían corriendo hacia abajo por su espalda. El zumbido en sus oídos continuó, mezclado con voces vagas y suaves; no podía distinguir si venían del pasillo o si estaba sufriendo alucinaciones: "Es el nervio orbitario" —se decía—, "todo esto viene de la carie de la raíz de ese diente. Se lo diré al médico mañana, pero mientras tanto hay mucho que hacer. Hay que encontrar la causa del fracaso del Partido. Todos los principios de que partíamos eran exactas, pero nuestros resultados han sido fallidos. Éste es un siglo enfermo, y aunque nosotros diagnosticamos la enfermedad y sus causas can una exactitud microscópica, cada vez que aplicamos el bisturí aparece un nuevo tumor. Nuestras intenciones eran fuertes y puras y el pueblo debería habernos amado.

Pero nos odia. ¿Por qué somos tan odiados y detestados?

"Les trajimos la verdad, y en nuestra boca sonó a mentira; les trajimos la libertad, y en nuestras manos pareció un látigo; les trajimos la vida plena, y donde se oyó nuestra voz, los árboles se secaron, con un susurra de hojas muertas; les trajimos la promesa del porvenir, pero nuestra, lengua tartamudeó y salieron ladridos de nuestros labios..."

Rubashov se estremeció. Un cuadro se le presentó ante los ojos, una gran fotografía en un marco de madera: los delegados al primer congreso del Partido. Se sentaban a una larga mesa de pino, algunos con los codos apoyados en ella y otros con las manos en las rodillas, barbudos y entusiastas, mirando hacia la lente del fotógrafo. Encima de cada cabeza había un pequeño círculo con un número, que correspondía a un nombre impreso al pie del retrato. Todos tenían un aspecto solemne, con excepción del anciano que presidía, que tenía una expresión socarrona y divertida en los oblicuos ojillos tártaros. Rubashov estaba sentado en el segundo lugar a su derecha, con los lentes sobre la nariz. El Número Uno se encontraba casi al final de la mesa, con su aspecto pesado y cuadrado. Parecía una reunión del consejo municipal de una ciudad, y la realidad era que estaban preparando la más grande revolución en la historia de la humanidad. En aquel tiempo, ese puñado de hombres constituía una especie enteramente nueva: la de los filósofos militantes, y les eran tan familiares las cárceles de todas las ciudades europeas como a un viajante de comercio le son sus hoteles. Soñaban con el poder con el objeto de abolir el poder; soñaban con dominar al pueblo para apartarlo poco a poco del hábito de ser dominado. Todos sus pensamientos se convertían en realidades y veían cumplidos todos sus sueños. ¿Dónde estaban ahora esos hombres? Sus cerebros, que habían cambiado el curso de la historia del mundo, habían recibido una carga de plomo. Unos en la frente, otros en la nuca. De ellos, sólo dos o tres sobrevivieron, dispersos por el mundo, acabados. Y él mismo; y el Número Uno.


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Sentía mucho frío y deseó con vehemencia un cigarrillo. Se veía a sí mismo otra vez en el viejo puerto belga, escoltado por el alegre y pequeño Loewy, que era un poco jorobado y fumaba una pipa de marinero. Olía de nuevo el olor del puerto, mezcla de algas podridas y de petróleo, y oía la música del carillón en la torre del viejo edificio consistorial; veía las estrechas callejas con las ventanas salientes, de cuyas rejas las prostitutas del puerto colgaban durante el día la ropa lavada.

Eso ocurría dos años después del caso de Ricardo. No habían logrado probar nada contra él. Se había mantenido callado mientras le pegaban, había permanecido silencioso en tanto le arrancaban los dientes a golpes, le destrozaban el oído y le rompían los lentes. Había guardado silencio y lo había negado todo, mintiendo de un modo frío y circunspecto. Se había paseado en su calabozo, y se había arrastrado sobre las baldosas de la oscura celda de castigo; había tenido miedo, pero había continuado pensando en la manera de defenderse, y cuando lo sacaban de su desmayo con un balde de agua fría, encendía un cigarrillo y seguía mintiendo En aquellos días no le sorprendía el odio de los que le torturaban, ni adivinaba por qué les era tan detestable. Todo el mecanismo legal de la dictadura lo trituró entre sus dientes, pero no pudieron probar nada contra él. Cuando lo pusieron en libertad, lo expulsaron, llevándole en aeroplano a su país, hacia el hogar de la Revolución. Hubo recepciones, jubilosas manifestaciones populares y brillantes desfiles militares. Hasta el Número Uno apareció frecuentemente en público junto a él.

No había vivido en su país natal desde hacía años y encontraba que todo había cambiado mucho. La mitad de los hombres barbudos de la fotografía ya no existían, y sus nombres no podían mencionarse sin maldecir su memoria, con excepción del anciano de los oblicuos ojillos.tártaros, el antiguo jefe, que había muerto a tiempo. Las masas lo reverenciaban como a Dios Padre, y al Número Uno como al Hijo; pero de él se murmuraba que había alterado el testamento del anciano jefe para quedarse con la herencia. Los pocos de los hombres barbudos de la vieja fotografía que quedaban vivos no eran reconocibles; habíanse afeitado la cara y estaban gastados y desilusionados, llenos de cínica melancolía. De tiempo en tiempo, el Número Uno sacrificaba una nueva víctima entre ellos. Entonces todos se golpeaban el pecho y, a coro, se arrepentían de sus pecados. A los quince días de su llegada, cuando todavía tenía que andar con muletas, Rubashov solicitó una nueva misión en el extranjero. "Parece que tiene usted mucha prisa por irse", le dijo el Número Uno, mirándolo a través de una nube de humo. A pesar de haber estado veinte años juntos en los puestos directivos del Partido, se trataban con puntillosa ceremonia. Sobre la cabeza del Número Uno estaba colgado el retrato del viejo jefe; al lado había estado el grupo con las cabezas numeradas, pero ya había desaparecido. La conversación fue corta; no duró más que unos minutos, y al despedirse, el Número Uno le estrechó la mano con efusión singular. Mucho tiempo después Rubashov dedicó largas horas a interpretar el significado de aquel efusivo apretón de manos, y también el de la irónica mirada que el Número Uno le lanzó desde tras de las nubes de humo. Luego Rubashov salió de la habitación cojeando, apoyado en las muletas; el Número Uno no lo acompañó hasta la puerta. Al día siguiente salía de su país con rumbo a Bélgica.

A bordo del barco mejoró ligeramente, y meditó sobre la tarea que lo aguardaba. El pequeño Loewy, con su pipa de marinero, fue a recibirlo; era el jefe local de la sección del Partido de los trabajadores del muelle, y le gustó a primera vista. Fue guiando a Rubashov a través de los muelles y de las estrechas calles serpenteantes, tan orgulloso como si los hubiera construído él mismo. En todas las tabernas tenía conocidos, trabajadores del puerto, marineros y prostitutas, que le ofrecían un trago, mientras él saludaba levantando la pipa a la altura de la oreja. Hasta el policía de tránsito de la plaza del mercado le guiñaba un ojo al pasar, y los marineros camaradas de los barcos extranjeros, que no podían hacerse comprender, le daban cariñosas palmadas en el hombro deforme. Rubashov veía todo eso con moderada sorpresa. No, el pequeño Loewy no era odioso ni detestable. La sección de los trabajadores del puerto en esta ciudad era una de las secciones del Partido mejor organizadas en el mundo.

Por la noche, Rubashov, el pequeño Loewy y algunos camaradas se sentaron en una de las tabernas del puerto, y entre ellos, un cierto Paul, secretario de organización de la sección. Era un ex luchador, calvo, picado de viruelas, con grandes orejas salientes. Llevaba una negra tricota marinera debajo del abrigo, y un gorro oscuro en la cabeza. Tenía la habilidad de mover las orejas hasta el punto de levantar el gorro y dejarlo caer después. Con él estaba un tal Bill, un ex marinero que había escrito una novela sobre la vida en los barcos; fue famoso durante un año y luego cayó en el olvido; ahora escribía artículos para los periódicos del Partido. Los otros eran pesados trabajadores del puerto, aficionados a beber fuerte. Llegaban nuevos parroquianos que se sentaban o quedaban de pie junto a la mesa, pagaban una vuelta y se iban. El grueso tabernero se acercaba a hacerles compañía en cuanto tenía un momento libre. Sabía tocar una especie de armónica. Mucha gente estaba borracha.

Rubashov había sido presentado a la concurrencia por el pequeño Loewy como un "compañero del otro lado", sin más comentario. El pequeño Loewy era el único que conocía su identidad, y como las personas que se sentaban a la mesa vieron que Rubashov no era de humor comunicativo, o que tenía razones para no serlo, no le hicieron muchas preguntas. Las pocas que le hacían se referían a las condiciones materiales de vida en el Otro Lado, los salarios, el problema de la tierra y el desarrollo de la industria. Todo lo que le decían revelaba un sorprendente conocimiento de los detalles técnicos, juntamente con una ignorancia igualmente sorprendente de la situación general y la atmósfera política del Otro Lado. Hacían preguntas sobre el desarrollo de la producción en la industria metalúrgica ligera, como niños que preguntaran acerca del tamaño exacto de las uvas de Canaán. El viejo cargador del muelle que había estado de pie junto al bar sin tomar nada durante un rato, hasta que el pequeño Loewy lo llamó y le ofreció una copa, le dijo a Rubashov, después de haberle dado la mano:

—Usted se parece mucho al viejo Rubashov.

—No es la primera vez que me lo dicen —contestó Rubashov.

—Rubashov, ése sí que es un hombre —afirmó, el viejo obrero, vaciando de un trago su vaso.

No hacía más que un mes que habían soltado a Rubashov, y no hacía seis semanas que sabía que iba a escapar con vida. El grueso tabernero siguió tocando su armónica, Rubashov encendió un cigarrillo y mandó traer bebida para todos; bebieron a su salud y a la salud del pueblo del Otro Lado, y el secretario Paul hizo bailar su sombrero de arriba abajo con las orejas.

Poco después, Rubashov y el pequeño Loewy estuvieron un rato juntos en un café, cuyo dueño había cerrado ya las puertas, apilado las sillas sobre las mesas y permanecía dormido apoyado en el mostrador. El pequeño Loewy le contó la historia de su vida, sin que Rubashov se lo hubiese pedido. Éste preveía complicaciones para el día siguiente; no podría evitar que todos los camaradas le quisiesen referir su historia. Verdaderamente habría deseado irse, pero se sintió súbitamente muy cansado; había exagerado su resistencia física, después de todo, así que se quedó y escuchó.

Resultó que el pequeño Loewy no era natural del país, aunque hablaba el idioma como si lo fuera y conocía a todo el mundo. Realmente había nacido en una ciudad de Alemania meridional; aprendió el oficio de carpintero; tocó la guitarra y dió lecciones sobre el darwinismo en las excursiones domingueras del club revolucionario de la juventud. Durante los agitados meses que transcurrieron antes de que la dictadura asaltase el poder, cuando el Partido estaba necesitando armas con urgencia, se llevó a cabo en aquella ciudad un atrevido plan, que consistió en transportar, un domingo por la tarde, cincuenta fusiles, veinte pistolas y dos ametralladoras livianas, con municiones, en un carro de mudanzas, desde la estación de policía situada en el barrio más populoso de la ciudad. La gente que iba en el furgón había enseñado una orden escrita, cubierta de sellos oficiales, y estaba acompañada por dos falsos policías vestidos de uniforme. Las armas se encon— traron después en otra ciudad al hacer un registro en el garage de un miembro del Partido. El asunto nunca se aclaró del todo, y el día siguiente al suceso el pequeño Loewy desapareció de la ciudad. El Partido le había prometido un pasaporte y documentos de identidad, pero nunca los recibió, porque el emisario de las altas esferas de la organización que le iba a traer el pasaporte y el dinero para el viaje, no concurrió al lugar de la cita.

—Siempre pasa lo mismo con nosotros —agregó el pequeño Loewy filosóficamente. Rubashov no contestó.

A pesar de eso, el pequeño Loewy se las arregló para escapar y, eventualmente, cruzar la frontera. Pero como existía una orden de arresto contra él, y su fotografía con el hombro deformado era exhibida en todos los puestos de policía, el conseguirlo le costó varios meses de vagabundeo a través del país. Cuando fracasó la cita con el camarada de las "altas esferas", sólo le quedaba en el bolsillo dinero para tres días. "Había creído siempre que sólo en los libros la gente se alimenta con cortezas de árboles —subrayó—. Los plátanos silvestres cuando son jóvenes saben mejor." El recuerdo le impelió a levantarse y a traer un par de salchichas del mostrador. Rubashov recordó la sopa de la cárcel y las huelgas de hambre, y las compartió con él.

Por último, el pequeño Loewy consiguió atravesar la frontera francesa, pero como no tenía pasaporte fue detenido al cabo de pocos días; antes de soltarlo le dijeron que tenía que irse a otro país. "Lo mismo me podían haber dicho que me fuera a la luna", observó. Pidió ayuda al Partido, pero como no lo conocían le dijeron que tenían que indagar primero en su país de origen. Siguió vagabundeando y al poco tiempo fue detenido otra vez y condenado a tres meses de cárcel.

Cumplió la sentencia, y, entretanto, le dió a su compañero de calabozo, que era un mendigo profesional, un curso sobre las resoluciones del último congreso del Partido. En recompensa, el otro le enseñó una manera de ganarse la vida cazando gatos y vendiendo las pieles.

Cuando terminaron los tres meses, lo llevaron de noche a un bosque en la frontera belga. Los gendarmes le dieron pan, queso y un paquete de cigarrillos franceses. "Sigue derecho" —le dijeron—, "y en media hora estarás en Bélgica. Si te sorprendemos otra vez aquí, te machacaremos la cabeza."

Durante varias semanas el pequeño Loewy vagabundeó por Bélgica; acudió otra vez al Partido en busca de ayuda y recibió la misma respuesta que en Francia. Como ya estaba harto de cortezas de plátano, trató de vivir con el negocio de los gatos; era bastante fácil cazar un gato, y por la piel daban, si el gato era joven y no tenía sarna, dinero suficiente para comprar medio pan y un paquete de tabaco para pipa. Pero entre la captura y la venta se intercalaba una serie de opera— ciones desagradables. Se hacía más rápido si uno tomaba las orejas con una mano y con la otra la cola y se le partía el espinazo con la rodilla. Las primeras veces daba náuseas, pero pronto uno se acostumbraba. Desgraciadamente, lo detuvieron al cabo de unas pocas semanas, porque también en Bélgica se presupone, que uno debe tener papeles de identidad, y siguió.otra vez la misma historia: detención, orden de expulsión, reincidencia, segundo. arresto, cárcel. Y luego, dos gendarmes belgas, una noche lo llevaron a la frontera francesa. Le dieron pan, queso y un paquete de cigarrillos belgas. "Sigue derecho —le dijeron—, y en media hora estarás en Francia. Si te sorprendemos otra vez aquí, te machacaremos la cabeza."

En el transcurso del siguiente año, lo pasaron de contrabando tres veces de uno a otro país, con la complicidad de les autoridades belgas y francesas, según fuera el caso. Le dijeron que este juego lo habían practicado durante años con algunos de su clase.

Una vez y otra apeló al Partido, ya que su principal ansiedad era la pérdida del contacto con el movimiento. "No hemos recibido notificación de su llegada de la organización a que dice pertenecer" —le contestaba siempre el Partido—. "Tenemos que esperar que respondan a nuestra consulta. Si es verdad que es usted miembro del Partido, tiene que guardar su disciplina."

En el ínterin, el pequeño Loewy continuó su comercio gatuno, y se dejó contrabandear de cuando en cuando a uno y otro lado de la frontera. Por último, la dictadura se estableció en su país, y un año después el pequeño Loewy, a quien esos repetidos viajes no le sentaban bien, empezó a escupir sangre y a soñar con gatos; le parecía que todo lo que tocaba tenía olor a gato: la comida, la pipa, y hasta las bondadosas prostitutas viejas que de vez en cuando le daban cobijo. "Aún no hemos recibido contestación a nuestro pedido", le decía el Partido. Y al cabo de otro año se puso en claro que los camaradas que podían haber dado informes sobre el pequeño Loewy habían sido asesinados, encarcelados o habían desaparecido. "Sentimos mucho no poder hacer nada por usted" —dijo el Partido—. "Usted no ha venido con autorización oficial, y es probable que lo haya hecha contra la opinión del Partido. ¿Cómo lo vamos a saber? Una colección de espías y de agentes provocadores tratan de introducirse en nuestras filas. El Partido tiene que tomar precauciones."

—¿Para qué me cuenta usted todo esto? —preguntó Rubashov, que sintió no haberse ido antes.

El pequeño Loewy se sirvió un vaso de cerveza del barril y saludó con la pipa.

—Porque es instructivo —le dijo—. Porque es un ejemplo típico. Le podría citar a usted cientos.

Durante muchos años los mejores de nosotros se han visto destruidos de esa manera.

El Partido se está fosilizando cada vez más; tiene gota y várices en todos los miembros. No se puede hacer una revolución de este modo.

"Algo más podría decir sobre eso", pensó Rubashov; pero no dijo nada.

Sin embargo, la historia del pequeño Loewy tuvo un final inesperado y feliz. Mientras estaba cumpliendo una de sus innumerables condenas, se encontró con el ex luchador Paul como compañero de celda. Paul trabajaba por aquel entonces en los muelles, y estaba en la cárcel por haber recordado durante una trifulca en una huelga su antiguo oficio, y hecho uso de la llave "doble Nelson" contra un guardia. Esta llave consiste en pasar un brazo por debajo de la axila del contrario, tomándolo por detrás, y en doblarle la cabeza con el otro hasta que las vértebras del cuello empiezan a crujir. Esto siempre era muy aplaudido en la lucha libre, pero tuvo que aprender, a su costa, que en la lucha de clases no se permite la "doble Nelson".


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El pequeño Loewy y el ex luchador Paul se hicieron amigos, y como resultó que Paul era el secretario administrativo de la sección del Partido en el Sindicato de Trabajadores del Puerto, en cuanto salieron le procuró los documentos necesarios y le buscó trabajo; de modo que Loewy pudo obtener su reingreso en el Partido. En consecuencia, el pequeño Loewy pudo continuar dando conferencias sobre el darwinismo y sobre el último congreso del Partido a los obreros del muelle, como si nada hubiese pasado. Era feliz, y se olvidó de los gatos y de su rabia contra los burócratas del Partido, y al cabo de seis meses lo eligieron Secretario Político de la sección local. Todo está bien cuando termina bien.

Y Rubashov deseaba con todo su corazón, viejo y cansado como se sentía, que aquello acabara bien. Pero sabía para qué había sido enviado allí, y todavía le faltaba adquirir una virtud revolucionaria, la virtud de la autodecepción. Miró con tranquilidad a su interlocutor a través de los lentes; el pequeño Loewy no comprendió el significado de la mirada, se azoró un poco y sonriendo saludó con la pipa. Rubashov estaba pensando en los gatos, y notaba con horror que no podía dominar los nervios y que quizás había bebido demasiado, porque no podía desprenderse de la obsesión de agarrar al pequeño Loewy por las orejas y las piernas y romperle el espinazo contra la rodilla, con su hombro deformado y todo. Se estaba sintiendo mal, y se levantó para irse. El pequeño Loewy lo acompañó hasta su casa; suponía que Rubashov estaba sufriendo un súbito ataque de depresión y permaneció respetuosamente silencioso. Una semana después, el pequeño Loewy se ahorcaba.

Entre aquella noche y la muerte del pequeño Loewy se realizaron varias dramáticas reuniones en la célula del Partido. Los hechos eran simples.

Hacía dos años que el Partido había ordenado a todos los trabajadores del mundo que combatieran la nueva dictadura que se acababa de establecer en el corazón de Europa, por medio de un bloqueo económico y político. No se podía comprar mercancías procedentes del país enemigo, ni tampoco dejar pasar los cargamentos consignados a su enorme industria de guerra. Las secciones del Partido ejecutaron estas órdenes con entusiasmo, y los trabajadores del muelle de aquel pequeño puerto se negaron a cargar o descargar mercancías con destino a ese país o procedente de él. Otros sindicatos se les unieron. La huelga era difícil de llevar. Hubo conflictos con la policía, con muertos y heridos.

El resultado final de la lucha estaba todavía indeciso, cuando arribó al puerto una pequeña flota compuesta de cinco curiosos y anticuados barcos de carga; cada uno llevaba pintado en la popa el nombre de un gran héroe de la Revolución en el extraño alfabeto que se usaba en el Otro Lado; en las proas flameaba la bandera de la Revolución. Los trabajadores en huelga los recibieron con entusiasmo y empezaron inmediatamente la descarga de las bodegas. Después de varias horas se dieron cuenta de que el cargamento consistía en ciertos minerales raros, que venían consignados a la industria de guerra del país boicoteado.

La sección del Partido de los trabajadores del muelle convocó inmediatamente una reunión del comité, que acabó a golpes, y las acaloradas disputas se esparcieron a través del movimiento por todo el país. La prensa reaccionaria explotó el suceso con escarnio. La policía cesó de oponerse a la huelga, proclamando su neutralidad y dejando que los trabajadores del puerto decidiesen por sí mismos si iban o no a continuar descargando los barcos de la curiosa flotilla negra. Los jefes del Partido dieron órdenes para que cesase la huelga y se descargasen los barcos. Dieron explicaciones razonables y argumentos sutiles para justificar, la conducta del País de la Revolución, pero pocos fueron los convencidos. La sección se dividió renunciando la mayoría de los miembros más antiguos.

Durante muchos meses el Partido fue casi inexistente, pero poco a poco, a medida que se acentuaba la crisis industrial del país, volvió a ganar su fuerza y popularidad.

Habían pasado dos años. Otra voraz dictadura en el sur de Europa, empezó otra guerra de saqueo y conquista en África, y otra vez el Partido ordenó un boicot, que recibió una respuesta aún más entusiasta que la pasada. En esta ocasión los gobiernos de casi todos los países del mundo habían decidido impedir el suministro de materias primas al país agresor.

Sin materias primas, y particularmente sin petróleo, el agresor estaría perdido. Éste era el estado de cosas cuando otra vez la curiosa flotilla negra hizo su aparición. El más grande de los barcos llevaba en la popa el nombre de un hombre que había alzado su voz contra la guerra y que había sido asesinado; en sus mástiles ondeaba la bandera de la Revolución y en las bodegas llevaban petróleo para el agresor. Un día antes de que arribasen al puerto, ni el pequeño Loewy ni sus amigos sabían nada de su llegada. La misión de Rubashov era prepararlos para ello.

El primer día no había dicho nada, limitándose a tantear el terreno. Pero a la mañana del día siguiente la discusión comenzó en la sala de reuniones del Partido.

Era una habitación enorme, desnuda, sucia, y amueblada con esa falta de cuidado que hace que las oficinas del Partido se parezcan unas a otras en todas las ciudades del mundo. Esto era, en buena parte, el resultado de la pobreza, pero principalmente consecuencia de una tradición ascética y sombría. Las paredes estaban cubiertas con viejos cartelones electorales, frases hechas de intención política, y comunicados escritos a máquina. En un rincón había un viejo mimeógrafo cubierto de polvo; en otro, un montón de ropas usadas destinadas a las familias de los huelguistas, y cerca de ellas, una pila de volantes y folletos. La larga mesa la constituían dos tablas paralelas apoyadas en caballetes, y las ventanas aparecían embadurnadas de pintura, como si el edificio estuviese a medio acabar. Sobre la mesa colgaba una bombilla eléctrica cuyo cordón pendía del techo, y al lado varias tiras de papel matamoscas. Alrededor de la mesa se sentaban el contrahecho, pequeño Loewy, el ex luchador Paul, el escritor llamado Bill y otros tres más.

Rubashov habló durante un rato. El ambiente le era familiar; su fealdad tradicional le hacía sentirse como en su casa. Se encontraba plenamente convencido de la necesidad y utilidad de su misión, y no llegaba a comprender cómo, en la ruidosa taberna, la noche anterior, había experimentado un sentimiento de desasosiego. Explicó objetivamente, y no sin cierto calor, el real estado de las cosas, aunque sin mencionar todavía el verdadero objetivo de su venida. El bloqueo mundial contra, el agresor había fracasado a causa de la codicia e hipocresía de los gobiernos europeos, algunos de los cuales guardaban aún la apariencia de continuar el boicot, mientras otros ni siquiera eso conservaban. El Estado agresor necesitaba petróleo. Durante los últimos años el País de la Revolución había cubierto gran parte de esta necesidad. Si ahora interrumpía los envíos, otros países aprovecharían para arrebatarle ese mercado; en verdad, no podían pedir nada mejor para expulsar al País de la Revolución de los mercados mundiales. Rasgos románticos de esta clase hubieran perjudicado el desarrollo de la industria del Otro Lado, y con ello el movimiento revolucionario en todo el mundo. Las deducciones eran claras.

Paul y los tres obreros del puerto asentían. Pensaban con lentitud, y todo lo que el camarada del Otro Lado les decía les sonaba de modo completamente convincente, siendo un discurso más bien teórico, sin consecuencias inmediatas para ellos. No podían ver hacia dónde se dirigía, puesto que nada sabían de la flotilla negra que se acercaba al puerto. Sólo el pequeño Loewy y el escritor de la cara torcida, cambiaron una mirada rápida; Rubashov los observó, y terminó más secamente, sin ningún calor en la voz:

—Esto es realmente todo lo que tenía que, decir es, en cuestión de principios. Esperamos que cumplan las instrucciones del Comité Central y que expliquen el pro y el contra del asunto a los demás camaradas menos evolucionados políticamente en caso de que alguno de ellos guarde alguna duda. Por el momento, no tengo nada más que decir.

Hubo un silencio que duró un minuto. Rubashov se quitó los lentes y encendió un cigarrillo. El pequeño Loewy dijo en un tono de voz indiferente:

—Damos gracias al orador. ¿Hay alguien que quiera hacer,alguna pregunta?

Nadie habló. Al cabo de un rato uno de los obreros del puerto dijo torpemente:

—No hay que decir mucho sobre eso. Los camaradas del Otro Lado deben saber bien de qué se trata. Nosotros, desde luego, continuaremos trabajando por el boicot. Pueden confiar en nosotros. En este puerto no se mandará nada a esos cerdos.

Los otros dos compañeros asintieron, y el luchador Paul lo confirmó: "Aquí, no"; hizo un ademán belicoso y movió las orejas.

Durante un momento, Rubashov creyó que sólo se le opondría una fracción, pero poco a poco se dió cuenta de que no lo habían entendido. Miró al pequeño Loewy, con la esperanza de que aclarara la cuestión, pero éste mantuvo los ojos bajos y guardó silencio. De pronto, el escritor exclamó, acentuando su tic nervioso:

—¿No podrían elegir esta vez otro puerto para sus pequeños negocios? ¿Siempre debe ser el nuestro?

Los obreros del muelle lo miraron con sorpresa, sin entender lo que quería decir por "negocios"; la idea de la flotilla negra que se iba aproximando a sus costas estaba más lejos que nunca de su imaginación. Pero Rubashov había esperado esta pregunta:

—Es a la vez política y geográficamente conveniente —dijo—; las mercancías se llevarán desde aquí por tierra. No tenemos, naturalmente, ninguna razón para guardar nada secreto, pero nos parece más prudente evitar una algarada, que la prensa reaccionaria aprovecharía para sus fines.

El escritor volvió a cambiar una mirada con el pequeño Loewy. Los obreros del puerto miraron a Rubashov sin comprender; se podía ver el esfuerzo que hacían por enterarse. De pronto, Paul dijo con voz cambiada y ronca:

—¿De qué estamos tratando aquí?

Todos lo miraron. Su cuello estaba rojo, y miraba a Rubashov con ojos salientes. El pequeño Loewy dijo con cierto trabajo:

—¿Ahora te enteras?

Rubashov los miró alternativamente, y luego dijo con calma:

—No he entrado todavía en detalles. Se espera que los cinco barcos de carga enviados por el Comisariato de Asuntos Extranjeros lleguen mañana por la mañana, si el tiempo no lo impide.

Aun así, todavía, transcurrieron algunos minutos antes de que todos comprendieran. Nadie dijo una palabra; todos miraban a Rubashov. Luego Paul se levantó lentamente, tiró la gorra al suelo, y salió de la habitación. Dos de sus compañeros se quedaron mirándolo. Nadie hablaba. Entonces el pequeño Loewy se aclaró la garganta y dijo:

—El camarada ha explicado las razones de este negocio; si ellos no entregan la mercancía otros lo harán. ¿Alguien desea hacer uso de la palabra?

El cargador que ya había hablado se removió en la silla y dijo:

—Ya conocemos esa canción. En una huelga hay gente que dice: "Si yo no hago ese trabajo algún otro lo hará." Ya hemos oído bastante de eso. Así es como hablan los esquiroles.

Hubo otra pausa. Se oyó un portazo en la calle al salir Paul. Entonces Rubashov dijo:

—Camaradas, los intereses de nuestro desarrollo industrial del Otro Lado son antes que todo.

El sentimentalismo no nos lleva a ninguna parte. Piensen en ello.

El obrero del muelle echó adelante la barbilla y dijo:

—Ya hemos pensado y hemos oído bastante. Ustedes, los del Otro Lado deben dar el ejemplo. El mundo entero está pendiente de ello. Hablan de solidaridad, de sacrificio, de disciplina, y al mismo tiempo están utilizando su flota para sabotear la huelga.

Entonces el pequeño Loewy levantó la cabeza súbitamente; estaba pálido. Saludó a Rubashov con la pipa y dijo en voz baja y rápida:

—Lo que el camarada ha dicho es también mi opinión. ¿Tiene alguien algo más que añadir? Se suspende la reunión.

Rubashov salió de la habitación apoyado en sus muletas. Los acontecimientos siguieron su curso previsible e inevitable. Mientras la anticuada flotilla entraba en el puerto, Rubashov cambió unos cuantos telegramas con la autoridad competente del Otro Lado. Tres días después los dirigentes de la sección de trabajadores del muelle fueron expulsados del Partido, y el pequeño Loewy denunciado en el órgano oficial de prensa del Partido como un agente provocador. Al cabo de tres días, el pequeño Loewy se había ahorcado.

13

La noche fue aún peor. Rubashov no pudo dormir hasta la aurora. Los escalofríos le recorrían el cuerpo a intervalos regulares, el diente le latía. Tenía la sensación de que todos los centros nerviosos estaban sensibles e inflamados, y a pesar de eso, se veía forzado a evocar dolorosamente escenas y voces. Pensaba en el joven Ricardo con su traje negro dominguero y los ojos inflamados.

"'Pero usted no puede echarme a los lobos, camarada... " Pensaba en el pequeño contrahecho Loewy: "¿Alguien desea hacer uso de la palabra?" Había tantos que hubieran deseado hablar, verdaderamente. Pero el movimiento carecía de escrúpulos, y continuaba su camino imperturbablemente hacia la meta, depositando en cada meandro de su curso los cadáveres de los ahogados. Su curso tenía muchas vueltas y revueltas, porque tal era la ley de su misma existencia, y quienquiera que no fuera capaz de seguirlo en su tortuoso camino, era arrojado a la orilla: tal era la ley. Los motivos de cada individuo le tenían sin cuidado, y no le importaba su conciencia, ni se preocupaba de lo que pasaba en su cabeza ni en su corazón. El Partido no conocía más que un delito: apartarse del camino señalado; y un solo castigo: la muerte. La muerte no constituía ningún misterio para el movimiento, ni había nada exaltado en relación con ella: no era más que la solución lógica para las divergencias políticas.

Hasta poco antes de las primeras horas de la mañana no logró Rubashov conciliar el sueño, cayendo agotado en el camastro, y otra vez lo despertó el toque de corneta que anunciaba un nuevo día; poco después el viejo carcelero y dos guardias lo condujeron al médico.

Rubashov esperaba poder leer los nombres escritos en las tarjetas de la puerta de las celdas del número 402 y de Labio Leporino, pero 'se lo llevaron en dirección opuesta. La celda de su derecha estaba vacía. Era una de las últimas de ese extremo del pasillo; el ala de las celdas de incomunicados estaba cerrada por una pesada puerta de hormigón armado que el carcelero abrió con algún trabajo. Entraron entonces en una larga galería, Rubashov detrás del carcelero y luego los dos guardias de uniforme. Aquí todas las tarjetas clavadas en las puertas de las celdas llevaban varios nombres, y se oía hablar, reír y aun cantar dentro de ellas, Rubashov advirtió que se hallaban en la sección de detenidos de menor cuantía. Pasaron delante de la peluquería, cuya puerta estaba abierta; un preso con la aguda cara de pájaro de viejo presidiario, se estaba haciendo afeitar, y a dos labriegos les estaban cortando el pelo al rape; los tres volvieron con curiosidad las cabezas para ver pasar a la comitiva. Llegaron a una puerta que tenía pintada una cruz roja; el carcelero llamó respetuosamente y entró con Rubashov, quedándose los guardias afuera.


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La enfermería era pequeña y mal ventilada. Olía a ácido fénico y a tabaco. Un balde y dos recipientes estaban llenos hasta el borde de trozos de algodón y vendas sucias. El médico se hallaba sentado ante una mesa, de espaldas a ellos, leyendo el periódico y masticando pan con grasa; el periódico estaba sobre un montón de instrumentos quirúrgicos, pinzas y jeringas. Cuando el carcelero cerró la puerta, el doctor volvió lentamente la cabeza, de cráneo excepcionalmente pequeño, y recubierto de una pelusilla blanca que recordaba el plumón de un avestruz.

—Dice que tiene dolor de muelas comunicó el carcelero.

—¿Dolor de muelas? —dijo el médico, mirando más allá de Rubashov—; abra la boca, pronto.

Rubashov lo miró a través de sus lentes.

—Debo indicarle dijo con tranquilidad— que soy un preso político y tengo derecho a un tratamiento correcto.

El médico volvió la cabeza hacia el viejo.

—¿Quién es este pájaro?

El carcelero dio el nombre de Rubashov. Durante un segundo sintió los redondos ojos de avestruz clavados en él, y luego el doctor dijo:

—Tiene usted la cara hinchada. Abra la boca.

A Rubashov no le dolía el diente en aquel momento, pero abrió la boca.

—No tiene usted ningún diente en todo el lado izquierdo de la mandíbula superior dijo el doctor, tocando con el dedo el interior de la boca de Rubashov. De pronto, éste se puso pálido y tuvo que apoyarse contra la pared.

—Aquí está —dijo el médico—; la raíz del segundo diente de la derecha está rota y ha quedado dentro de la encía.

Rubashov respiró profundamente varias veces. Los latidos del dolor le pasaban de la mandíbula al ojo, y de éste al dorso de la cabeza; sentía cada pulsación aisladamente y a intervalos regulares. El médico se sentó y cogió el periódico.

—Si quiere dijo— puedo extraerle esa raíz y se llevó a la boca un trozo de pan pringado—. Pero aquí no tenemos anestésicos, desde luego. La operación dura entre media hora y una hora.

Rubashov oía la voz del médico como a través de una niebla. Se apoyó contra la pared y respiró profundamente.

—Gracias dijo—, ahora no. Se acordó de Labio Leporino, del "baño de vapor" y de su ridícula actitud del día anterior, cuando se había aplicado el cigarrillo en el revés de la mano. "Las cosas irán mal", pensó.

Cuando regresó a la celda se dejó caer en el camastro y se durmió en seguida.

A mediodía, cuando llevaron la sopa ya no lo pasaron por alto, y a partir de entonces recibió sus raciones regularmente. El dolor se hizo más tolerable. Rubashov tuvo la esperanza de que el absceso se abriera por sí mismo.

Tres días después lo llevaron a sufrir el primer interrogatorio.

14

Eran las once de la mañana cuando fueron a buscarlo. Por la solemne expresión del carcelero, Rubashov adivinó inmediatamente hacia dónde se dirigían. Lo siguió con la serena indiferencia que siempre había sentido en los momentos de peligro, como un regalo inesperado de misericordia.

Fueron por el mismo camino que tres días atrás habían recorrido para la visita al médico. La puerta de hormigón armado nuevamente se abrió y se cerró con un chirrido. "Es extraño" —pensaba Rubashov— "lo rápidamente que se acostumbra uno a un ambiente cargado"; parecíale que hacía años que estaba respirando el aire de ese pasillo, como si la atmósfera enrarecida de todas las cárceles que había conocido se hubiese acumulado allí.

Pasaron delante de la barbería y de la puerta del doctor, que estaba cerrada: tres presos estaban fuera esperando su turno, custodiados por un soñoliento guardián.

Más allá de la puerta del médico, era terreno desconocido para Rubashov. Pasaron al lado de una escalera de caracol que bajaba a las profundidades del edificio. ¿Qué habría allí? ¿Almacenes, calabozos de castigo? Rubashov procuraba adivinar con el interés de un experto. No le gustaba el aspecto de aquella escalera.

Cruzaron un patio estrecho y sin ventanas, una especie de túnel ciego, bastante oscuro, por sobre el cual se veía un trozo de cielo abierto. Al otro lado del patio los corredores eran más brillantes; las puertas ya no eran de hormigón, sino de madera pintada, con manijas de bronce, y se veía pasar por ellas a ocupados funcionarios; detrás de una puerta se oía una radio, y detrás de otra el ruido de una máquina de escribir. Se encontraban en el departamento administrativo.

Se detuvieron en la última puerta, al final del pasillo; el carcelero llamó. Alguien estaba adentro hablando por teléfono, y una voz calmosa contestó: "Un minuto, por favor", y siguió pacientemente diciendo "sí" y "de acuerdo", en el aparato. La voz parecía familiar a Rubashov, pero no acababa de identificarla; era una voz agradable, masculina, ligeramente ronca, que él había oído con seguridad en alguna parte. "Entre", dijo la voz; el carcelero abrió la puerta y la cerró inmediatamente detrás de Rubashov. Éste vió un escritorio; detrás de él se sentaba su antiguo amigo de colegio y comandante de batallón, Ivanov, que lo miraba sonriendo mientras colgaba el receptor.

—De modo que estamos aquí otra vez dijo Ivanov.

Rubashov permaneció junto a la puerta.

—Qué agradable sorpresa repuso secamente.

—Siéntate dijo Ivanov con un ademán cortés. Se había levantado, y de pie le llevaba media cabeza a Rubashov. Lo miró sonriendo. Los dos se sentaron, Ivanov detrás de la mesa y Rubashov enfrente. Se miraron uno al otro con curiosidad durante un momento: Ivanov con su sonrisa casi tierna. Rubashov expectante y en guardia. Su mirada se dirigió a la pierna derecha de Ivanov, debajo de la mesa.

—Oh, eso está bien dijo Ivanov—. Pierna artificial con coyunturas automáticas e inoxidables de lámina cromada; puedo nadar, montar a caballo, conducir un auto y bailar. ¿Quieres un cigarrillo?

Y le alargó una cigarrera de madera.

Rubashov se quedó mirando los cigarrillos, y pensó en la primera visita que había hecho al hospital después que le habían amputado la pierna a Ivanov. Éste le había pedido que le procurase veronal, y en una discusión que duró toda la tarde había tratado de convencerlo de que todos los hombres tienen derecho al suicidio. Rubashov le había pedido algún tiempo para reflexionar, y aquella misma noche fue transferido a otro sector del frente. Pasaron unos años antes de que volviera a encontrarse con Ivanov. Miraba los cigarrillos en la caja de madera, hechos a mano con tabaco rubio americano.

—¿Es esto todavía un preludio no oficial, o han empezado ya las hostilidades? —preguntó Rubashov—. En el último caso, no tomaré ninguno; ya conoces la etiqueta.

—Tonterías —dijo Ivanov.

—Bueno, llamémoslas tonterías —dijo Rubashov, y encendió un cigarrillo, empezando a inhalar profundamente, pero procurando no dejar traslucir su satisfacción—. ¿Y cómo sigue el reumatismo del hombro? —preguntó.

—Bien, gracias —dijo Ivanov—. ¿Y cómo sigue tu quemadura?

Se sonreía, y señalaba inocentemente hacia la mano izquierda de Rubashov, en cuyo revés, entre las venas azuladas, en el lugar donde tres días antes había aplastado la colilla de su cigarrillo, había una ampolla del tamaño de una moneda de cobre. Durante un minuto, la mirada de ambos se fijó en esa mano, que yacía sobre la rodilla. "¿Cómo sabe eso?", pensó Rubashov. "Me ha hecho espiar", y sentía más vergüenza que rabia. Dio una chupada más al cigarrillo y lo tiró.

—En lo que a mí se refiere, ha terminado la parte no oficial —dijo.

Ivanov seguía fumando, haciendo anillos con el humo, y lo miraba con la misma irónica sonrisa.

—No te pongas agresivo —le dijo.

—¿En qué quedamos? —dijo Rubashov—. ¿He sido yo el que te ha detenido o ha sido tu gente la que me ha detenido?

—Te hemos detenido —repuso Ivanov. Apagó el cigarrillo, encendió otro y alargó la cigarrera a Rubashov, que no se movió—. El diablo te lleve —dijo Ivanov—, ¿has olvidado ya la historia del veronal? —Se inclinó hacia adelante y echó el humo en la cara de Rubashov—. No quiero que te fusilen —dijo lentamente. Se reclinó otra vez en el sillón—. El diablo te lleve —repitió sonriendo.

—Muy enternecedor, viniendo de ti —dijo Rubashov—. ¿Y por qué razón quieren fusilarme tus amigos?

Ivanov dejó transcurrir unos segundos. Seguía fumando y dibujaba figuras con un lápiz en el papel secante. Parecía estar buscando las palabras exactas.

—Escucha, Rubashov —dijo finalmente—; hay una cosa que quisiera indicarte. Tú has dicho repetidamente "ustedes", refiriéndote al Estado y al Partido, como algo opuesto a "yo", esto es, Nicolás Salmanovich Rubashov. Para el público se necesita, desde luego, una justificación legal con pruebas. Para nosotros, lo que te he dicho debiera ser suficiente.

Rubashov meditó sobre esto; y se quedó algo desconcertado. Por un momento fue como si Ivanov hubiese hecho resonar un diapasón con el cual su mente estuviese sincronizada, y al que respondiese con su propio acorde. Todo lo que él había creído, aquello por lo que había combatido, y que había predicado durante los últimos cuarenta años acudió a su imaginación con fuerza irresistible. El individuo no era nada, el Partido lo era todo, la rama que se desgaja del árbol tiene que secarse... Rubashov se limpió los lentes en la manga. Ivanov estaba sentado erguido en su sillón; ya no sonreía. De pronto, la mirada de Rubashov se fijó en una mancha cuadrada que había en la pared, una mancha de color un poco más claro que el resto del empapelado. Se dio cuenta instantáneamente de que el cuadro con las cabezas barbadas y los nombres numerados había estado colgado allí. Ivanov siguió su mirada sin cambiar de expresión.

—Tu argumentación es algo anacrónica —dijo Rubashov—. Como has observado correctamente, nosotros estábamos acostumbrados a usar siempre el plural, evitando en todo lo que fuera posible la primera persona de singular. Yo casi he perdido el hábito de esa forma de expresarme; tú todavía la conservas. Pero ¿quién es ese "nosotros" en cuyo nombre hablas tú hoy? Sería preciso volver a definirlo. Ésta es la cuestión.

—Ésa es enteramente mi propia opinión —repuso Ivanov— y me alegro de que hayamos llegado al corazón del asunto tan pronto. Dicho en otras palabras: tú estás convencido de que "nosotros", es decir, el Partido y las masas que hay detrás, no representan ya los intereses de la Revolución.

—Yo dejaría fuera a las masas —dijo Rubashov. —¿Desde cuándo tienes ese supremo desprecio por la plebe? repuso Ivanov—. ¿Tiene ello algo que ver con el cambio gramatical a la primera persona del singular?

Se inclinó sobre la mesa con un aspecto de burlona benevolencia. Ahora su cabeza tapaba la mancha clara en la pared, y, de pronto, Rubashov recordó la escena de la galería de pinturas, cuando la cabeza de Ricardo se interponía entre él y las plegadas manos de la Pietà. Y en el mismo instante, un espasmo de dolor le corrió de la mandíbula a la frente y el oído. Durante un segundo cerró los ojos. "Ya he empezado a pagar", pensó. Un instante más tarde no recordaba si había dicho en voz alta esas palabras. —¿Qué quieres decir? preguntó la voz de Ivanov, que sonaba inmediata a sus oídos, un poco burlona y ligeramente sorprendida.

El dolor fue disminuyendo y una quietud pacífica invadió su mente.

—Dejemos fuera a las masas —repitió—. Tú no entiendes nada de ellas. Probablemente, yo tampoco. Hubo un tiempo cuando el grandioso "nosotros" aún existía, en el que comprendimos a las masas como quizá nadie las haya comprendido jamás; penetramos en sus profundidades y trabajamos con la amorfa materia prima de la historia misma...

Sin darse cuenta, había tomado un cigarrillo de la cajita de Ivanov, que estaba abierta sobre la mesa. Ivanov se inclinó hacia adelante y se lo encendió.

—En aquellos tiempos —siguió Rubashov—, nos llamaban el Partido de la Plebe. ¿Qué sabían los demás de historia? Ondulaciones pasajeras, pequeños remolinos y olas que se rompen. Todos se extrañaban de las formas cambiantes de la superficie sin poder explicarlas. Pero nosotros bajamos a las profundidades, llegando a las entrañas de las masas anónimas y amorfas, que en todos los tiempos constituyeron la sustancia de la historia, y fuimos los primeros en encontrar las leyes de sus movimientos. Habíamos descubierto las leyes de su inercia, del lento cambio de su estructura molecular y de sus repentinas erupciones. Esto fue lo que constituyó la grandeza de nuestra doctrina.

Los jacobinos eran moralizantes; nosotros éramos empíricos. Excavamos en el fango primitivo de la historia y allí descubrimos sus leyes. Llegamos a saber más de lo que los hombres han sabido nunca acerca del género humano, y por eso nuestra revolución triunfó. Y ahora todo lo han vuelto a enterrar...

Ivanov seguía sentado con el cuerpo echado hacia atrás y las piernas estiradas, escuchando y dibujando figuras en el papel secante.

—Sigue —dijo—, tengo curiosidad por saber hacia dónde te diriges.

Rubashov fumaba con delicia. Sentía que la nicotina lo mareaba ligeramente después de su larga abstinencia.

—Como puedes observar, me estoy condenando yo mismo con lo que digo —continuó, y miró sonriendo a la mancha clara en la pared, donde había estado la fotografía de la vieja guardia. Esta vez Ivanov no siguió su mirada—. Bien —continuó Rubashov—, uno más o menos no importa mucho. Todo está enterrado: los hombres, sus conocimientos y sus esperanzas. Han matado el "nosotros"; lo han destrozado. ¿Se atreven a sostener sinceramente que las masas aún están detrás de ustedes? Otros usurpadores en Europa pretenden lo mismo con igual razón.

Tomó otro cigarrillo y lo encendió él mismo esta vez, pues Ivanov no se movió.

—Perdona el tono pomposo —continuó—, pero ¿es que realmente creen que el pueblo está detrás de ustedes? Los soporta, callado y resignado, igual que soporta a otros en otros países, pero no hay ninguna respuesta en sus entrañas. Las masas se han vuelto otra vez sordas y mudas, se han convertido en la gran incógnita silenciosa de la historia, tan indiferente a los sucesos como lo es el mar a los barcos que surcan su superficie. Cada luz que pasa se refleja en sus ondas, pero debajo hay oscuridad y silencio. Hace mucho tiempo, "nosotros" removimos esas profundidades, pero eso se acabó. Dicho en otras palabras —hizo una pausa y se puso los lentes—, en aquellos días hacíamos historia, ahora ustedes hacen política. En esto se compendia toda la diferencia.

Ivanov se recostó en su sillón y siguió soplando anillos con el humo de su cigarrillo.

—Lo siento mucho, pero no alcanzo a comprender la diferencia —dijo—. Quizá seas tan amable como para explicarla.


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—Ciertamente —repuso Rubashov—. Una vez hubo un matemático que dijo que el álgebra era una ciencia para la gente perezosa, puesto que uno no conoce el valor de X, pero opera él como si lo conociese. En nuestro caso, X representa a las masas anónimas, al pueblo. La política es el arte de hacer operaciones con esta X sin preocuparse por conocer su naturaleza real, mientras que hacer historia consiste en dar a X el valor exacto que debe tener en la ecuación.

—Muy bonito —dijo Ivanov—. Pero, desgraciadamente, algo abstracto. Para volver a cosas mas tangibles, tú dices, en consecuencia, que "nosotros", es decir, el Partido y el Estado, ya no representamos los intereses de la Revolución, ni de las masas, o, si quieres, el progreso de la humanidad.

—Esta vez has comprendido —dijo Rubashov sonriendo; Ivanov no respondió a su sonrisa. —¿Desde cuándo tienes esta opinión?

—Se ha ido formando gradualmente durante los últimos años —contestó Rubashov. —¿No me lo podrías decir con más precisión? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres años?

—Esa es una pregunta estúpida —repuso Rubashov—. ¿A qué edad te convertiste en adulto? ¿A los diecisiete años? ¿A los dieciocho y medio? ¿A los diecinueve?

—Quien se hace pasar por estúpido eres tú —dijo Ivanov—. Cada paso en el desarrollo espiritual es el resultado de una experiencia definida. Si tienes interés en saberlo, yo me hice hombre a los diecisiete años, la primera vez que fuí desterrado.

—Entonces eras realmente una buena persona —dijo Rubashov—; olvidémoslo —y otra vez miró a la mancha de la pared y tiró el cigarrillo.

—Te repito mi pregunta —insistió Ivanov inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿Desde cuándo has pertenecido a la oposición organizada?

Sonó el timbre del teléfono. Ivanov levantó el receptor, contestó: "Estoy ocupado", y lo volvió a colgar. Se echó atrás en el sillón, estiró las piernas y aguardó la respuesta de Rubashov.

—Sabes tan bien como yo que nunca he pertenecido a ninguna organización de oposición.

—Como quieras —siguió Ivanov—; me pones en la desagradable obligación de tener que actuar como un burócrata. —Y abrió un cajón, del que sacó un legajo de papeles ordenados en carpetas—. Empecemos con el año 1933 —dijo, esparciendo los papeles delante de él—. Establecimiento de la dictadura y aplastamiento del Partido en el país donde la victoria parecía más segura. Tú fuiste enviado allí clandestinamente, con la misión de hacer una purga y reorganizar las filas...

Rubashov se había acomodado en la silla, mientras escuchaba su biografía. Pensó en Ricardo y en la media luz de la avenida enfrente del museo, donde había parado el taxi.

—...Tres meses después te detienen. Dos años de cárcel. Conducta ejemplar: no te pueden probar nada. Te sueltan; regreso triunfal...

Ivanov hizo una pausa, lo miró rápidamente y continuó:

—Mucho te festejaron a tu vuelta. Entonces no nos vimos; probablemente, estabas demasiado. ocupado... No lo tomé a mal, dicho sea de paso. Después de todo, no se podía esperar que te acordaras de todos los viejos amigos. Pero te vi dos veces en los mítines, arriba, en la tribuna; todavía andabas con muletas y parecías muy agotado. Lo lógico habría sido que te hubieras ido a un sanatorio por unos cuantos meses a reponerte, para ocupar después algún puesto en el Gobierno, ya que te habías pasado cuatro años en misiones en el extranjero. Pero apenas habían transcurrido quince días, cuando ya estabas pidiendo que te mandaran fuera otra vez...

Se echó bruscamente hacía adelante poniendo la cara cerca de Rubashov:

—¿Por qué?... —preguntó, y por primera vez su voz era dura—. ¿Quizás no te sentías a gusto aquí? Durante tu ausencia habían ocurrido en el país ciertos cambios, que tú, evidentemente, desaprobabas.

Esperó la contestación de Rubashov, pero éste permaneció sentado tranquilamente en la silla, limpiando los lentes en la manga, sin responder.

—Eso pasaba poco después que la primera hornada de la oposición había sido convicta y liquidada. Tú tenías amigos íntimos entre ellos. Cuando se supo a qué grado de degeneración había llegado la oposición, hubo en todo el país una explosión de indignación. Tú no dijiste nada. Y al cabo de una quincena, te marchaste otra vez al extranjero, aunque no podías aún caminar sin muletas...

A Rubashov le parecía que olía otra vez el olor de los muelles del pequeño puerto, una mezcla de algas y de petróleo; veía al luchador Paul meneando las orejas; al pequeño Loewy saludando con su pipa... Se había ahorcado colgándose de una viga en su bohardilla. El arruinado caserón temblaba cada vez que un camión pasaba por la calle, y le contaron a Rubashov que cuando encontraron al pequeño Loewy, su cuerpo giraba lentamente sobre sí mismo; de manera que creyeron, por un momento, que aún se movía...

—Terminada con éxito tu misión, fuiste nombrado jefe de la delegación comercial de nuestro país en B. También esta vez cumpliste tu tarea irreprochablemente; el nuevo tratado comercial con B. constituyó un éxito completo. En apariencia tu conducta seguía siendo ejemplar y sin tacha. Pero seis meses después de haber tomado posesión de tu cargo, dos de tus más cercanos colaboradores, uno de ellos tu secretaria, Arlova, tuvieron que ser llamados por ser sospechosos de conspirar en la oposición. Esta sospecha quedó confirmada en la investigación judicial. Se esperaba que los condenaras públicamente. Permaneciste silencioso...

"Pasados otros seis meses, recibiste orden de volver; entretanto, continuaban los preparativos para la segunda audiencia, ante los tribunales, de los acusados de pertenecer a la oposición. Tu nombre suena repetidamente en las audiencias; Arlova se refiere a ti para justificarse. En estas circunstancias, la prolongación de tu silencio podía parecer una confesión de culpabilidad; tú lo sabías, y sin embargo te negaste a hacer una declaración pública hasta que el Partido te mandó un ultimátum. Solamente entonces, cuando tu cabeza estaba en juego, te dignaste hacer una protesta de lealtad, que, automáticamente, selló la suerte de Arlova. Su destino, ya sabes, fué...

Rubashov guardaba silencio y notaba que el diente le empezaba a doler otra vez. Sí; conocía el final de Arlova. Y también el de Ricardo, y el del pequeño Loewy. Y también el suyo propio.

Miró a la mancha en la pared, única señal que habían dejado los hombres con la cabeza numerada.

También sabía cuál había sido su destino. Por una sola vez, la Historia había tomado un curso que, al menos, prometía una forma de vida más digna para la humanidad; ahora todo se había acabado.

Entonces..., ¿a qué venía toda esta conversación y toda esta ceremonia? Si algo sobrevivía a la destrucción de los seres humanos, esa muchacha, Arlova, estaría ahora en algún lugar del gran vacío, mirando aún con sus mansos ojos de vaca al camarada Rubashov, que había sido su ídolo, y que la había enviado a la muerte... El diente le dolía cada vez mas. —¿Quieres que te lea la declaración pública que hiciste entonces? —preguntó Ivanov.

—No, gracias —contestó Rubashov, y observó que su voz sonaba ronca.

—Como recuerdas, tu declaración, que también pudiera llamarse confesión, terminaba con una rotunda condena a la oposición, al mismo tiempo que hacía patente tu adhesión incondicional tanto a la política del Partido como a la persona del Número Uno.

—¡Basta! —dijo Rubashov con voz apagada—; tú bien sabes cómo se obtienen esa clase de declaraciones, y si no lo sabes, mejor para ti. Por el amor de Dios, acabemos esta comedia.

—Casi hemos terminado —continuó Ivanov—; hemos llegado a una fecha dos años anterior a la presente. Durante estos dos años has sido presidente del Trust Estatal del Aluminio. Hace un año, en ocasión de la tercera serie de juicios contra la oposición, el acusado principal mencionó tu nombre repetidamente, en forma harto oscura. Nada tangible sale a la luz, pero la sospecha cunde en las filas del Partido. Entonces haces una nueva declaración pública en la que proclamas una vez más tu devoción a la política seguida, y condenas el crimen de la oposición en términos todavía más contundentes... Eso ocurrió hace seis meses. Y ahora acabas de reconocer que durante años habías considerado la política seguida como equivocada y perjudicial...

Hizo una pausa y se acomodó confortablemente en el sillón.

—Tus primeras declaraciones de lealtad —continuó— eran, por consiguiente, simples medios para conseguir un fin. Te ruego que te des cuenta de que no estoy predicando moral. Nos hemos educado los dos en la misma tradición y tenemos el mismo concepto sobre la materia. Tú estabas convencido de que nuestra política estaba equivocada y de que tu orientación era la verdadera.

Decir esto abiertamente en aquella época hubiera significado tu expulsión del Partido, con la consiguiente imposibilidad de continuar trabajando en pro de tus propias ideas. De manera que tuviste que arrojar lastre para poder servir a la política que, en tu opinión, era la única justa. Desde luego, en tu lugar, yo hubiera procedido de la misma manera. Hasta aquí, todo está en regla.

—¿Y lo que sigue? —preguntó Rubashov.

Ivanov le sonrió de nuevo amablemente.

—Lo que yo no entiendo —dijo— es esto: admites ahora, abiertamente, que durante años has tenido la convicción de que nosotros estábamos llevando la Revolución a la ruina, y al mismo tiempo niegas que hayas pertenecido a la oposición, y que hayas conspirado contra nosotros. ¿Esperas verdaderamente que pueda creer que hayas permanecido con los brazos cruzados en tanto que, según tu creencia, estábamos conduciendo al país y al Partido a su destrucción?

Rubashov se encogió de hombros y dijo:

—Tal vez estaba ya demasiado viejo y derrotado..., pero puedes creer lo que quieras.

Ivanov encendió otro cigarrillo y su voz se hizo tranquila y penetrante:

—¿Es que realmente quieres que crea que sacrificaste a Arlova y negaste a ésos —y señaló con su barbilla la mancha de la pared—, únicamente para salvar tu propia cabeza?

Rubashov estaba silencioso. Pasó bastante tiempo, y la cabeza de Ivanov se inclinaba cada vez más sobre el escritorio.

—No te entiendo —dijo—. Hace media hora me hiciste un discurso lleno de los ataques más apasionados contra nuestra política; con sólo una mínima parte de tus palabras sobraría para condenarte. Y ahora niegas la simple deducción lógica de que has pertenecido a un grupo de la oposición, cosa de la que, dicho sea de paso, tenemos todas las pruebas necesarias.

—¿De veras? dijo Rubashov—. Y si tienen todas las pruebas ¿para qué necesitan mi confesión? ¿Pruebas de qué, a propósito?

—Entre otras —afirmó Ivanov lentamente—, pruebas de un plan para atentar contra la vida del Número Uno.

Otra vez siguió un silencio, y Rubashov se puso los lentes.

—Permíteme hacerte una pregunta a mi vez —dijo—. ¿Crees verdaderamente esa estupidez, o sólo aparentas creerla?

En los ojos de Ivanov apareció la misma casi tierna sonrisa de antes:

—Ya te lo he dicho. Tenemos pruebas. Para ser más exacto, tenemos confesiones. Para ser más exacto aún, la confesión del hombre que iba a cometer personalmente el atentado, a instigación tuya.

—Te felicito —dijo Rubashov—. ¿Cómo se llama ese hombre?

Ivanov siguió sonriendo.

—Ésa es una pregunta indiscreta.

—¿Puedo leer esa confesión? ¿O tener un careo con ese hombre?

Ivanov sonrió. Con amistosa burla, echó el humo del cigarrillo a la cara de Rubashov. A éste no le era agradable la broma, pero no movió la cabeza.

—¿Recuerdas el veronal? —dijo lentamente—. Me parece que te lo he preguntado ya una vez.

Ahora se han invertido los papeles; hoy eres tú quien está a punto de arrojarse al precipicio; no cuentes con mi ayuda para eso. Tú me convenciste entonces de que el suicidio era un gesto de romanticismo pequeño burgués. Y ahora yo evitaré que tú te suicides. Entonces estaremos en paz.

Rubashov seguía silencioso. Meditaba sobre si Ivanov estaba mintiendo o era sincero, y al mismo tiempo sentía el impulso, un impulso casi físico de tocar con los dedos la mancha de la pared... "Nervios" —pensó—, "obsesiones." Se acordó de sus manías de no pisar sobre las losetas negras, de frotar los lentes con la manga... y vió que lo estaba haciendo otra vez.

—Tengo curiosidad de saber —dijo en alta voz— qué es lo que proyectas hacer para mi salvación. La forma en que me estás interrogando me parece que tiende justamente a todo lo contrario.

La sonrisa de Ivanov se hizo más amplia todavía.

—Eres un viejo tonto —le dijo, y alargando la mano por encima de la mesa agarró un botón de la chaqueta de Rubashov—. Tengo que obligarte a hacer explosión, no sea que se te ocurra estallar en el peor momento. ¿No te has dado cuenta de que no hay ningún taquígrafo en la habitación?

Tomó un cigarrillo de la pitillera y se lo metió a la fuerza en la boca a Rubashov, sin soltar el botón de la chaqueta.

—Te conduces como un chiquillo —le dijo—, como un chiquillo romántico. Ahora vamos a componer una pequeña y bonita confesión y habremos acabado por hoy.

Rubashov consiguió finalmente desprenderse de los dedos de Ivanov, y lo miró con fijeza a través de los lentes:

—¿Y qué vamos a manifestar en esa confesión...? —preguntó.

Ivanov no se dejó abatir y continuó con viveza:

—La confesión dirá que tú admites que desde tal y cual año has pertenecido a tal y cual grupo de oposición; pero que niegas categóricamente y con todo énfasis haber planeado u organizado un asesinato; y que, por el contrario, te retiraste del grupo cuando conociste los propósitos terroristas y criminales que proyectaba la oposición.

Por primera vez desde el comienzo de la conversación, Rubashov sonrió también.

—Si ése es el objeto de toda esta palabrería —dijo—, la podemos dar por terminada ahora mismo.

—Déjame terminar lo que iba a decirte —repuso Ivanov sin demostrar impaciencia—. Sabía, desde luego, que te ibas a oponer. Vamos a considerar primero el lado sentimental o moral del asunto. Puedes estar seguro de que no vas a entregar a nadie con lo que declares. Todos ellos fueron detenidos hace tiempo, mucho antes de que tú lo fueses, y la mitad ha sido liquidada; tú lo sabes muy bien. De los demás nosotros podemos conseguir otras confesiones un poco mejores que estas inofensivas fruslerías; más aún: cualquier confesión que deseemos... Me parece que te hablo claro y que mi franqueza te convencerá.

—Dicho de otra manera: tú no crees la historia de ese misterioso atentado o complot contra el Número Uno —dijo Rubashov—. Entonces, ¿por qué no me careas con el individuo X, autor de la supuesta confesión?


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—Piensa en ello un poco —repuso Ivanov—; ponte tú mismo en mi lugar. Después de todo, nuestras posiciones pudieran muy bien estar invertidas, así que encuentra la respuesta por ti mismo.

Rubashov lo pensó.

—Has recibido desde arriba instrucciones precisas sobre el modo de conducir mi caso —dijo.

Ivanov sonrió:

—Eso es plantear la cuestión demasiado crudamente. En realidad, no se ha decidido todavía si tu caso pertenece a la categoría A o a la categoría P. ¿Conoces los términos?

Rubashov asintió; los conocía.

—Ahora empiezas a comprender —dijo Ivanov—. A, significa caso de resolución administrativa, y P, quiere decir juicio público ante un tribunal. En su gran mayoría, los casos políticos se juzgan administrativamente, es decir, todos aquellos que no se considera conveniente que se oigan en vista pública... Si te clasifican en la categoría A, sales de mi jurisdicción. El procedimiento administrativo es secreto y, como tú sabes, bastante sumario. No hay ocasión para hacer careos ni nada de esas cosas. Recuerda a... —e Ivanov citó tres o cuatro nombres, lanzando una fugitiva mirada a la mancha sobre la pared.

Cuando se volvió a Rubashov de nuevo, éste observó por primera vez un cierto aire atormentado en su cara, una fijeza en sus ojos como si no mirara a él, sino a alguien a cierta distancia detrás de él.

Ivanov repitió otra vez, en tono más bajo, los nombres de sus antiguos amigos.

—Los conocía tan bien como tú —continuó—. Pero debes concederme que nosotros estamos tan convencidos de que ellos y tú significan el fin de la Revolución, como tú lo estás de lo contrario.

Éste es el punto esencial. Los procedimientos se deducen por lógica pura, y no podemos permitirnos el lujo de perdernos en sutilezas judiciales. ¿Las tuvieron ustedes mismos, en su tiempo?

Rubashov no contestó.

—Todo depende —continuó Ivanov— de que te clasifiquen en la categoría P, y de que tu caso continúe en mis manos. Sabes bien cuál es el criterio con que se seleccionan los casos que se llevan a audiencia pública. Yo tengo necesidad de demostrar que existe una cierta voluntad de tu parte. Es para eso que necesito tu declaración en la que incluyas una confesión parcial. Si actúas como héroe, e insistes en dar la impresión de que no se puede conseguir nada de ti, serás liquidado sobre la base de la confesión de X. Por el contrario, si haces una confesión parcial, hay una base para continuar el examen y hacerlo más completo. Sobre esta base, me será posible obtener un careo; refutaremos los peores puntos de la acusación y admitiremos la culpabilidad dentro de límites cuidadosamente definidos. Aun así, no esperes sacar menos de veinte años, pero eso significa, de hecho, dos o tres años y luego una amnistía. De modo que en cinco años, estarás otra vez en la palestra. Ahora, ten la bondad de meditar con calma antes de contestarme.

—Lo he pensado ya —contestó Rubashov—, y no acepto tu proposición. Lógicamente, puedes estar en lo cierto. Pero ya he tenido bastante de esta clase de lógica. Estoy cansado, y no tengo ganas de seguir este juego más tiempo. Hazme el favor de ordenar que me conduzcan a mi celda.

—Como quieras —dijo Ivanov—. Nunca supuse que aceptarías inmediatamente. De ordinario, esta clase de conversación produce un efecto retardado. Tienes quince días por delante. Cuando lo decidas, pide que te traigan nuevamente ante mí o envíame una declaración escrita. No dudo que lo harás.

Rubashov se levantó, e Ivanov también, destacándose media cabeza sobre el otro. Tocó un timbre que había al lado de la mesa, y mientras esperaban que llegase el carcelero para buscar a Rubashov, le dijo:

—En tu último artículo, hace pocos meses, escribiste que en la próxima década se decidirá la suerte de la humanidad en nuestra era. ¿No deseas estar aquí para entonces?

Y sonrió otra vez a Rubashov.

En el pasillo se oían pasos que se aproximaban, y la puerta se abrió. Dos guardianes entraron y saludaron. Sin una palabra, Rubashov se colocó entre ellos, y empezaron a andar hacia su celda.

Los ruidos en el corredor habían cesado; de algunas celdas llegaban suaves ronquidos, que sonaban como gemidos. Por todo el edificio, las luces eléctricas, pálidas, amarillentas, seguían alumbrando.

SEGUNDO INTERROGATORIO

Cuando la existencia de la Iglesia se ve amenazada, deja de estar sujeta a los mandamientos de la moral. Cuando la unidad es el fin, todos los medios están santificados: engaño, traición, violencia, simonía, prisión y muerte. Porque el orden es para el bien de la comunidad, y el individuo debe ser sacrificado al bien común.

DIETRICH VON NIEHEIM, Obispo de Verden, De schismate libri III, A. D., 1411.

1

EXTRACTO DEL DIARIO DE N. S. RUBASHOV, EN EL QUINTO DIA DE SU CAUTIVERIO.

La última verdad ha sido siempre la penúltima falsedad. Aquel que demuestra tener razón al final, parece equivocado y dañino al principio.

Pero ¿quién demostrará que está en lo cierto? Ello sólo se sabrá después. Mientras tanto, está obligado a actuar a crédito y a vender su alma al diablo, en espera de la absolución de la historia.

Se dice, que el Número Uno tiene constantemente El Príncipe de Maquiavelo en su mesa de noche. Debiera tenerlo, porque desde que ese libro se escribió nada importante se ha dicho acerca de las reglas de la ética política. Nosotros fuimos los primeros que cambiamos la ética liberal de¡ siglo diecinueve del "juego limpio" por la ética revolucionaria del siglo veinte.

También en eso tuvimos razón; una revolución conducida según las reglas del cricquet es un absurdo. La política puede ser relativamente limpia en los períodos tranquilos de la historia, pero en los momentos críticos la única regla posible es la vieja norma de que el fin justifica los medios. Nosotros introdujimos un neo-maquiavelismo en este siglo; los otros, las dictaduras contrarrevolucionarias, no han hecho más que imitarnos torpemente. Nosotros éramos neomaquiavelistas en nombre de la razón universal, y en eso residía nuestra grandeza; los otros lo hacían en nombre de un romanticismo nacionalista, y ése era su anacronismo. Por ello es, que al fin, la historia nos absolverá; pero no a ellos...

A pesar de todo, estamos, por el momento, actuando y pensando a crédito. Como hemos tirado por la borda todas las convenciones y reglas de una moral de cricquet, nuestro único principio-guía es el de la lógica consecuente. Estamos bajo la terrible obligación de seguir nuestro pensamiento hasta sus últimas consecuencias y de actuar de acuerdo con él.

Navegamos sin lastre; por lo tanto, cada golpe en el timón es cuestión de vida o muerte.

Hace poco tiempo, nuestro principal experto en cuestiones agrícolas, B..., fue fusilado con treinta de sus colaboradores porque sostenía que el abono compuesto con nitrato artificial era superior a la potasa. El Número Uno es partidario de la potasa, por consiguiente, B... y los otros treinta tenían que ser fusilados como saboteadores. En un país donde la agricultura está nacionalmente centralizada, la alternativa de potasa o nitrato es de capital importancia: puede decidir el resultado de la Próxima guerra. Si el Número Uno tuvo razón, la historia lo absolverá y la ejecución de los treinta y un hombres será una simple bagatela. Pero si estaba equivocado...

Esto sólo es lo que importa: quién está en lo cierto de manera objetiva. Los moralistas de cricquet están agitados por un problema muy distinto: el de si B. actuaba subjetivamente de buena fe cuando recomendaba el nitrato. Si no era así, de acuerdo con la ética sustentada, B. debería ser fusilado, aunque después se comprobara, con todo, que el nitrato hubiera sido mejor. Si obraba de buena fe, hubiera debido ser absuelto y se le debería permitir que continuase haciendo propaganda para el empleo del nitrato, aunque después resultara que el país se había arruinado por ello...

Esto es, desde luego, una completa estupidez. Para nosotros, la cuestión de la buena fe subjetiva no presenta ningún interés. El que se equivoca, debe pagar; el que tiene razón será absuelto. Tal es la ley del crédito histórico; ésa era nuestra ley.

La historia nos ha enseñado que con frecuencia las mentiras son más útiles que la verdad, porque el hombre es un ser perezoso y hay que guiarlo a través del desierto durante cuarenta años, antes que adelante un paso en el camino de su desarrollo. Y hay necesidad de llevarlo por el desierto con amenazas y mesas, por medio de terrores imaginarios y de imaginarios consuelos, de forma que no se siente prematuramente a descansar y se entretenga adorando becerros de oro.

Nosotros aprendimos la historia de modo más completo que los otros, y nos diferenciamos de ellos en nuestra consistencia lógica. Sabemos que las virtudes no cuentan en la historia, que los crímenes quedan sin castigo, pero también sabemos que todo error tiene sus consecuencias, que se pagan hasta la séptima generación. Por consiguiente, concentramos todo nuestro esfuerzo en prevenir los errores, arrancando hasta su última raíz y destrozando la semilla. Nunca en la historia como en nuestro caso se ha concentrado en tan pocas manos un poder tan grande para actuar sobre el futuro de la humanidad. Cada idea equivocada que seguimos es un crimen contra las futuras generaciones. Por lo tanto, tuvimos necesidad de castigar las ideas equivocadas con la misma pena con que otros castigan los crímenes: con la muerte.

Fuimos tomados por locos porque seguimos cada pensamiento hasta su consecuencia final, y obramos de acuerdo con ello. Fuimos comparados con la Inquisición, porque, como ella, sentíamos constantemente el peso de la responsabilidad por la superindividual vida futura, y, realmente, nos parecíamos a los grandes inquisidores en que perseguíamos las semillas del mal no solamente en las acciones de los hombres, sino en sus pensamientos. No admitíamos ninguna esfera privada, ni aun dentro del cráneo del hombre. Vivíamos bajo la coacción de continuar lo empezado hasta su conclusión final, y nuestra mente estaba cargada hasta tal punto, que la más ligera colisión ocasionaba un corto circuito mortal. Esto nos condenaba a una destrucción mutua.

Yo fui uno de ellos. Yo he pensado y actuado como debla hacerlo; he destrozado personas a las que quería, y dado poder a otras que no me gustaban. La Historia me colocó en el puesto que tuve, y he agotado el crédito que me concedió; si acerté, no tengo nada de que arrepentirme; si cometí errores, pagaré.

Pero ¿cómo se puede decidir en el presente lo que se juzgará como verdad en el futuro?

Estamos haciendo el papel de profetas sin tener el don de la profecía, reemplazando la visión por deducciones lógicas; pero aunque todos hemos arrancado del mismo punto de partida, los resultados a que llegamos son divergentes. La prueba se opone a la prueba, y finalmente tenemos que recurrir a la fe, a una fe axiomático en la exactitud del propio razonamiento.

Este es el punto crucial. Hemos tirado todo el lastre por la borda, y estamos pendientes de una sola ancla: la fe en nosotros mismos. La geometría es la realización más pura de la razón humana, pero los axiomas de Euclides no se pueden demostrar, y aquel que no crea en ellos ve derrumbarse todo el edificio.

El Número Uno tiene fe en sí mismo: rudo, lento, sombrío e inconmovible. La cadena de su ancla es la más sólida de todas. La mía se ha desgastado mucho en los últimos años...

El hecho es que ya no creo en mi infalibilidad. Y por esto estoy perdido.

2

Al día siguiente del primer interrogatorio de Rubashov, el magistrado examinador, Ivanov, y su colega Gletkin, estaban sentados en la cantina después de comer. Ivanov se sentía cansado y apoyaba su pierna artificial en una segunda silla; se había aflojado el cuello de su uniforme. Se sirvió un poco del vino barato que suministraba la cantina, y miró sorprendido a Gletkin, que se sentaba derecho en su silla, apretado en su uniforme almidonado que crujía a cada uno de sus movimientos.

No se había quitado ni siquiera el cinturón del revólver, aunque debía estar también bastante cansado. Gletkin vació su vaso; la visible cicatriz que tenía en la cabeza afeitada había enrojecido ligeramente. Un poco más allá, otros tres oficiales estaban sentados a otra mesa, dos jugando al ajedrez, y el tercero mirando.

—¿Qué sucede con Rubashov? —preguntó Gletkin.

—Sigue un camino equivocado contestó Ivanov—; pero como continúa tan dialéctico como siempre, acabará por capitular.

—No lo creo —repuso Gletkin.

—Lo hará —dijo Ivanov—. Cuando lo haya pensado todo y alcance la conclusión lógica, capitulará. Por consiguiente, lo mejor que se puede hacer con él es dejarlo en paz. He dado orden de que le lleven papel, lápiz y cigarrillos, con el objeto de acelerar el proceso de su pensamiento.

—Creo que es una equivocación —dijo Gletkin.

—A ti no te es simpático —dijo Ivanov—. Creo que tuviste una escena con él hace pocos días, ¿verdad?

Gletkin recordó la escena de Rubashov sentado en el camastro y poniéndose el zapato sobre el calcetín agujereado.

—Eso no viene al caso —dijo—. No importa su personalidad. El procedimiento es el que yo considero inadecuado. Nunca se entregará por esos medios.

—Cuando Rubashov capitule —afirmó Ivanov—, nunca será por cobardía, sino por razonamiento lógico. No vale la pena emplear con él los sistemas brutales. Está hecho de un material especial, que se endurece a medida que se le golpea.

—Eso sólo son palabras —dijo Gletkin—. No existe un ser humano que pueda resistir una cantidad indefinida de opresión física; nunca he visto ninguno que sea capaz de ello. La experiencia me demuestra que la resistencia del sistema nervioso del hombre está limitada por la naturaleza.

—No me gustaría caer en tus manos —dijo Ivanov sonriendo, pero con una pizca de inquietud—. De cualquier modo, eres una viva refutación a tu teoría.

Su mirada sonriente se dirigió por espacio de un segundo a la rojiza cicatriz en el cráneo de Gletkin. La historia de esa cicatriz era bien conocida. Durante la guerra civil, Gletkin cayó en manos del enemigo, y para sacarle ciertas informaciones lo torturaron, atándole una mecha encendida en la cabeza afeitada. Pocas horas después se recapturó la posición y lo encontraron desmayado: la mecha había ardido hasta el fin: Gletkin había guardado silencio.

Miró a Ivanov con sus ojos sin expresión.

—Eso son también palabras —dijo—. Yo no cedí porque perdí el sentido; si llego a seguir consciente otro minuto, seguramente hubiera hablado. Es un problema de naturaleza física —Vació el vaso con el ademán deliberado. Los puños de la camisa crujieron cuando lo volvió a colocar en la mesa, y continuó—: Cuando volví en mí, al principio estaba convencido de que "había" hablado; pero los dos suboficiales que fueron liberados conmigo aseguraron lo contrario. Por lo tanto, me condecoraron. Es totalmente una cuestión física; el resto no es más que cuento de hadas.


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Ivanov estaba bebiendo también —ya había consumido bastante del vino barato— y se encogió de hombros.

—¿Desde cuándo has elaborado esa notable teoría sobre la resistencia física? Después de todo, durante los primeros años esos procedimientos no existían, y es que, en aquel tiempo, estábamos aún llenos de ilusiones. Abolición de la pena y de las represalias por el crimen; sanatorios-jardines llenos de flores para los elementos asociales. ¡Cuánta farsa!

—No creo que lo sea —dijo Gletkin—. Tú eres un cínico. Dentro de cien años habremos alcanzado todo eso. Pero primero tenemos que ganarlo. Cuanto más rápido, mejor. La única ilusión fue creer que ya había llegado la hora. Cuando me destinaron aquí por primera vez, yo también tenía esa ilusión, y la mayor parte de los demás, casi todos, por decirlo así, también creían en ella; y quisimos empezar en seguida con los jardines de flores. Fue una equivocación. Dentro de cien años será posible investigar las razones y los instintos sociales de los delincuentes. Pero hoy no hay más remedio que trabajar con su constitución física y aplastarlos, física y mentalmente, si es necesario.

Ivanov se preguntaba si Gletkin estaba borracho, pero veía por sus ojos tranquilos e inexpresivos que no lo estaba. Le sonrió algo vagamente y sentenció:

—En una palabra, yo soy el cínico y tú eres el moralista.

Gletkin no contestó. Se sentaba tieso en la silla, con su uniforme almidonado; el cinturón y la funda del revólver olían a cuero fresco.

—Hace varios años —dijo por fin—, me trajeron a un pequeño campesino para que lo interrogase. Eso fue en provincia, cuando todavía creíamos en la teoría de los jardines de flores, como tú la llamas. El interrogatorio se llevó a cabo en forma absolutamente caballeresca. El campesino había enterrado su cosecha; era en los comienzos de la colectivización de la tierra. Yo me atuve estrictamente a lo que el reglamento prescribía, y le expliqué, de modo amistoso, que nosotros necesitábamos el grano para alimentar a la cada vez más creciente población de las ciudades, y también para la exportación, a fin de reconstruir nuestras industrias. Le pedí, pues, que hiciese el favor de decirme dónde tenía enterrada su cosecha. El campesino había hundido la cabeza entre los hombros desde su llegada a mi despacho, esperando una paliza. Conocía bien su casta, puesto que yo mismo he nacido en el campo. Cuando, en lugar de pegarle, empecé a razonar con él, a hablarle como a un igual y a llamarle "ciudadano", me tomó por un tonto, y así lo vi en la expresión de sus ojos. Le estuve hablando por espacio de media hora, y no abrió la boca una sola vez: alternativamente, se hurgaba la nariz y se rascaba las orejas. Seguía hablando, aunque me daba cuenta de que todo aquello le parecía una magnífica broma y de que no me escuchaba. Los argumentos no penetraban en sus oídos, estaban taponados por la cera secular de una patriarcal parálisis mental. Me atuve estrictamente a los reglamentos, y ni siquiera se me ocurrió que pudiera haber otros procedimientos...

"En aquellos meses tuve entre veinte y treinta casos como ése todos los días, y a mis colegas les pasaba igual. La Revolución estaba en peligro de zozobrar ante esos gordos campesinos. Los obreros estaban desnutridos, y distritos enteros se veían asolados por el hambre y la fiebre tifoidea; no teníamos crédito para levantar nuestra industria de armamentos y esperábamos ser atacados de un mes a otro. Más de doscientos millones en oro permanecían ocultos en los calcetines de lana de esos individuos y la mitad de las cosechas estaba enterrada. Y cuando los interrogábamos los llamábamos "ciudadanos", mientras ellos pestañeaban con ojos estúpidos y socarrones, creían que aquello era broma y se hurgaban las narices.

"El tercer, interrogatorio de mi hombre tuvo lugar a las dos de la madrugada, y yo había estado trabajando dieciocho horas seguidas. Acababan de despertarlo; estaba borracho de sueño y asustado... y se traicionó. Desde entonces, interrogo a mi gente, con preferencia, a altas horas de la noche. Una vez se me quejó una mujer de que la había tenido aguardando de pie, delante de mi despacho, toda la noche, esperando que le llegara el turno. Le temblaban las piernas y estaba completamente agotada; se durmió en medio del interrogatorio. La desperté y siguió hablando, con voz ininteligible, sin darse plena cuenta de lo que decía, y se volvió a dormir otra vez. La volví a despertar, y se conformó con todo, firmando su declaración sin leerla, con tal que la dejaran dormir. Su marido había escondido dos ametralladoras en el pajar, y había persuadido a los labradores a que quemaran el grano, porque se le había aparecido el Anticristo en sueños. Aquella mujer había estado toda la noche de pie por un descuido de mi sargento, pero desde entonces procuro que se repitan tales descuidos. Hay casos testarudos que necesitan estar de pie sin moverse durante cuarenta y ocho horas. Después de eso, la cera se les funde en los oídos y uno puede hablar con ellos.

Los dos jugadores de ajedrez que estaban en el otro rincón del salón terminaron una partida y empezaron otra. El tercero ya se había ido. Ivanov miraba fijamente a Gletkin mientras éste hablaba.

Su voz era tan sobria e inexpresivo como siempre.

—Las experiencias de mis colegas eran parecidas, y se convencieron de que ése era el único modo de obtener resultados. El reglamento se cumplía, y no se tocaba a ningún preso, pero ocurría a veces que presenciaban, desde luego accidentalmente, la ejecución de algún condenado. El efecto de esas escenas era en parte mental y en parte físico. Otro ejemplo: había baños y duchas por razones de higiene, pero en invierno, no funcionaban a veces las cacerías del agua caliente, debido a dificultades técnicas, y la duración de los baños dependía de los encargados. Otras veces, por el contrario, el agua caliente marchaba demasiado bien, cosa que también dependía de los encargados, que eran todos viejos camaradas que no necesitaban instrucciones detalladas; se daban cuenta perfectamente de lo que estaba en juego.

—Con esto basta —dijo Ivanov.

—Me has preguntado cómo llegué a elaborar mi teoría, y te lo estoy explicando —dijo Gletkin—. Lo que importa es que uno tenga presente la necesidad lógica de todo eso, pues de otro modo se hace uno cínico, como tú. Se está haciendo tarde y tengo que irme.

Ivanov vació su vaso y acomodó su pierna artificial sobre la silla, pues otra vez sentía dolores reumáticos en el muñón. Estaba disgustado consigo mismo por haber iniciado la conversación.

Gletkin pagó, y cuando el mozo de la cantina se hubo alejado, preguntó: —¿Qué se va a hacer con Rubashov?

—Ya te he dicho mi opinión —le contestó Ivanov—, hay que dejarlo en paz.

Gletkin se puso de pie, y sus botas crujieron; se apoyó en la silla donde Ivanov tenía la pierna artificial.

—Reconozco sus méritos pasados —dijo—, pero hoy se ha convertido en un ser tan dañino como lo era mi rollizo campesino; sólo que más peligroso.

—Le he dado quince días de plazo para reflexionar dijo Ivanov mirando los ojos inexpresivos de Gletkin—, y hasta entonces quiero que se le deje en paz.

Ivanov había hablado en tono oficial y Gletkin era su subordinado; éste saludó y salió de la cantina haciendo crujir las botas.

Ivanov permaneció sentado; se bebió otro vaso, encendió un cigarrillo y sopló el humo enfrente de él. Al cabo de un momento se levantó y cojeó hacia los dos oficiales para observar la partida de ajedrez.

3

Desde su primer interrogatorio, el nivel de vida de Rubashov había, mejorado milagrosamente. Ya a la mañana siguiente el viejo carcelero le había llevado papel, lápiz, jabón y una toalla. También le dió vales por la cantidad de dinero que tenía en su poder cuando fue detenido, y le explicó que con eso tenía derecho a pedir tabaco y un suplemento de comida de la cantina de la cárcel.

Rubashov pidió sus cigarrillos y algún alimento. El viejo seguía tan agrio y lacónico como siempre, y, aunque de mala manera, llevó rápidamente lo que Rubashov le había pedido. Durante un momento Rubashov pensé en hacer llamar un médico de afuera, pero lo olvidó, pues el diente ya no le dolía, y en cuanto pudo lavarse y tuvo algo que comer, se sintió mucho mejor.

Habían limpiado la nieve del patio, y los presos salían en grupos para hacer su ejercicio diario.

El paseo había estado interrumpido a causa de la nieve, y solamente a Labio Leporino y a su compañero les concedían diez minutos al día, tal vez por orden especial del médico; cada vez que entraban o salían al patio, Labio Leporino miraba a la ventana de Rubashov. El gesto era tan claro que excluía toda posibilidad de duda.

Cuando no estaba trabajando en sus notas o paseando en la celda, se asomaba a la ventana, apoyaba la frente contra el vidrio y contemplaba a los presos durante sus rondas de ejercicio. Iban en grupos de doce, y caminaban, por parejas, a una distancia de diez pasos unos de otros. En medio del patio había cuatro guardias de uniforme, que vigilaban que los presos no hablasen, y formaban el centro de un círculo cuya circunferencia recorrían aquéllos lentamente por espacio de veinte minutos exactos. Después eran conducidos otra vez al edificio por la puerta de la derecha, mientras que, simultáneamente, otro grupo de doce entraba por la puerta de la izquierda, y comenzaban las mismas monótonas vueltas durante el mismo tiempo.

Los primeros días, Rubashov había buscado alguna cara familiar, pero no vió ninguna. Eso lo alivió, pues por el momento necesitaba evitar todos los recuerdos posibles a fin de no distraerse de la tarea que se había impuesto, que consistía en llegar a una conclusión en sus ideas, que le pusiese de acuerdo con el pasado y con el porvenir, con los vivos y con los muertos. Todavía le quedaban diez días de plazo que le había concedido Ivanov.

No podía ordenar sus pensamientos más que escribiéndolos, pero el escribir lo agotaba tanto, que lo más que podía dedicar a esa tarea, era una o dos horas al día. El resto del tiempo el cerebro trabajaba por su propia cuenta.

Rubashov había creído siempre conocerse bastante bien. Carente de prejuicios morales, no se hacía ilusiones sobre el fenómeno llamado "primera persona del singular", y daba por hecho, sin particular emoción, que este fenómeno estaba dotado de ciertos impulsos que la gente se resiste generalmente a admitir. Ahora, cuando se quedaba con la frente apoyada en la ventana, o se paraba de pronto en la tercera baldosa negra, hacía inesperados descubrimientos. Descubría que esos procesos comúnmente conocidos como monólogos, son en realidad diálogos de clase especial; diálogos en los cuales un interlocutor permanece silencioso, mientras el otro, contra todas las reglas gramaticales, se dirige a él empleando el pronombre "yo", en vez del "tú", para deslizarse dentro de su confianza y sondear sus intenciones; pero el silencioso interlocutor sigue callado, rehuye la observación, y hasta se niega a ser localizado en el tiempo y en el espacio.

Ahora, sin embargo, le parecía a Rubashov que el interlocutor habitualmente silencioso hablaba algunas veces, aunque sin dirigirse a él y sin ningún pretexto visible; su voz sonaba totalmente extraña a Rubashov, que escuchaba con sincera sorpresa, encontrando que sus propios labios se estaban moviendo. Estas experiencias no tenían nada de místico ni misterioso, sino que eran de carácter bien concreto; y a través de su observación se fue convenciendo poco a poco de que existía un componente por entero tangible en esta primera persona del singular, que había permanecido silencioso durante tantos años, y que ahora había decidido hablar.

Este descubrimiento preocupaba a Rubashov más intensamente que los detalles de su conversación con Ivanov. Consideraba como cosa resuelta no aceptar la proposición de Ivanov, y negarse a seguir el juego; en consecuencia, no le quedaba más que un tiempo muy limitado de vida, y esta convicción formaba la base de sus reflexiones.

No pensaba en absoluto sobre la absurda historia de un complot contra la vida del Número Uno; estaba mucho más interesado en la personalidad de Ivanov.]este decía que sus papeles hubieran podido estar invertidos, y en eso tenía indudablemente razón. El desenvolvimiento de ambos había sido gemelo, y aunque no procedieran del mismo óvulo, se habían nutrido por el mismo cordón umbilical de una convicción común; el ambiente intenso del Partido había moldeado y grabado el carácter de ambos durante los años decisivos del desarrollo. Ambos tenían los mismos patrones morales, la misma filosofía y pensaban en los mismos términos. Sus posiciones podían evidentemente estar cambiadas. Entonces Rubashov hubiera estado sentado en el sillón detrás del escritorio, e Ivanov en la silla delante, y desde esa posición, Rubashov hubiera utilizado probablemente los mismos argumentos que Ivanov. Las reglas del juego eran fijas. Sólo admitían variaciones de detalle.

Se había apoderado de él el viejo impulso de pensar con la mente de los demás. Se sentaba en el sillón de Ivanov viéndose a sí mismo con los ojos de éste en situación de acusado, como él había mirado a Ricardo y al pequeño Loewy. Veía un Rubashov envilecido, la sombra de un antiguo compañero, y comprendía la mezcla de ternura y desprecio con que Ivanov lo había tratado.

Durante la discusión se había preguntado repetidas veces si Ivanov era sincero o hipócrita, si estaba armando una trampa o si realmente deseaba mostrarle un camino de escape. Ahora, puesto en el lugar de Ivanov, se daba cuenta de que éste había sido sincero, tan sincero —o tan poco— como él en los casos de Ricardo y del pequeño Loewy.

Estas reflexiones tomaban también la forma de un monólogo, pero siguiendo líneas familiares; el ente recién descubierto, el interlocutor silencioso, no participaba en él. Aunque se suponía que era la persona a la que se dirigían todos los monólogos, siempre permanecía mudo, y su existencia se limitaba a una abstracción gramatical llamada "primera persona del singular". Las preguntas directas y las meditaciones lógicas no le inducían a hablar; sus frases venían sin causa visible y, cosa por demás extraña, siempre acompañadas de un violento dolor de diente. Su esfera mental parecía limitarse a unas cuantas partes desconectadas y diversas, tales como las manos ahuecadas de la Pietà, los gatos del pequeño Loewy, la música de la canción con el estribillo de "se convierte en polvo", o una frase particular que Arlova había pronunciado en una ocasión particular. Sus medios de expresión eran igualmente fragmentarios: por ejemplo, el impulso de limpiar los lentes en la manga, los deseos de tocar la mancha de la pared en el despacho de Ivanov, los involuntarios movimientos de los labios que murmuraban expresiones sin sentido, tales como: "Yo pagaré", y el estado semiconsciente provocado por los sueños con que se representara, despierto, los episodios pasados de su vida.


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Rubashov procuraba estudiar esta recién descubierta entidad lo mejor que le era posible, durante los paseos que daba en la celda, y con la reserva innata en el Partido de no emplear la primera persona del singular, la había bautizado con el nombre de "ficción gramatical".

Probablemente, no le quedaban más que unas semanas de vida, y sentía una especial urgencia por aclarar este asunto, "en pensar sobre él hasta llegar a su conclusión lógica". Pero la esfera de acción de la "ficción gramatical" parecía empezar justamente donde acababa el "pensar hasta llegar a una conclusión". Constituía evidentemente una parte importante de su ser el permanecer fuera del alcance del pensamiento lógico, y tomarlo a uno desprevenido, como en una emboscada, y atacarle con dolores de muelas y sueños estando despierto. De esta manera pasó Rubashov el séptimo día de su cautiverio, el tercero después del primer interrogatorio, reviviendo un período pasado de su existencia; sus relaciones con la muchacha Arlova, la que había sido fusilada.

Establecer el momento exacto en que empezaba a soñar despierto, era tan imposible como determinar el instante en que uno se queda dormido. Durante la mañana del séptimo día había estado trabajando en sus notas. Luego, presumiblemente, se había levantado para estirar las piernas, y sólo cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura se dió cuenta de que era ya mediodía, y de que había estado paseando durante un gran número de horas. Se había puesto la manta sobre los hombros sin darse cuenta, porque, probablemente, también durante bastantes horas, había estado rítmicamente sacudido por una especie de escalofrío, sintiendo las pulsaciones de dolor del diente subir hasta las sienes. Sin darse cuenta, fue tomando a cucharadas la sopa con que los guardianes le habían llenado el plato, y continuó sus paseos. El carcelero, que lo observaba de tiempo en tiempo por la mirilla, veía que tiritaba con los hombros encogidos y que sus labios se movían.

Una vez más Rubashov respiró el aire de su antigua oficina de la delegación comercial, impregnada del olor, particularmente familiar, del cuerpo de Arlova, lento, pesado y bien formado; una vez más veía la curva de su inclinado cuello sobre la blusa blanca, la cabeza doblada sobre el cuaderno de notas mientras él dictaba, y sus redondos ojos siguiendo sus paseos a través de la habitación en los intervalos entre las frases. Usaba siempre blusas blancas, de la misma clase que habían usado las hermanas de Rubashov en su hogar bordadas con Morcillas en el cuello alto, y siempre los mismos aros baratos que sobresalían un poco de sus mejillas cuando inclinaba la cabeza sobre el cuaderno. Por sus maneras lentas y pasivas parecía estar hecha para ese trabajo, y, ejercía un extraño efecto sedante sobre los nervios de Rubashov, cuando éste se había excedido en su tarea. Se había hecho cargo de ese puesto de jefe de la delegación comercial en B. inmediatamente después del incidente con el pequeño Loewy, y se había lanzado de cabeza al trabajo, muy agradecido al Comité Central por haberle proporcionado esta actividad burocrática. Era rarísimo que las primeras figuras del movimiento internacional fuesen empleadas en servicios, diplomáticos. El Número Uno, presumiblemente, tenía intenciones especiales respecto de él, porque de ordinario las dos jerarquías se mantenían estrictamente separadas, sin que se les permitiera tener contacto a una con otra, y a veces hasta seguían políticas opuestas. Sólo cuando se la! miraba desde un punto de vista más elevado, ya en la proximidad del Número Uno, se resolvían las aparentes contradicciones, y los motivos se aclaraban.

Rubashov necesitó algún tiempo para acostumbrarse a ese nuevo modo de vida, y le divertía tener un pasaporte diplomático que hasta era auténtico y con su verdadero nombre; le divertía también tomar parte en las recepciones oficiales vestido de etiqueta, así como que los policías se cuadrasen delante de él o lo saludasen, mientras otros, inconfundiblemente vestidos de negro, y que en otro tiempo lo seguían, buscando un pretexto para echarle mano, lo hiciesen ahora impulsados únicamente por el deseo de velar por su seguridad.

Al principio se sentía extraño en la atmósfera de la delegación comercial, que estaba adjunta a la Legación. Se daba cuenta de que en un ambiente burgués hay que ser representativo y hacer su papel en el juego, y veía que el juego estaba tan bien ensayado que era difícil distinguirlo de la realidad. Cuando el primer secretario de la Legación llamó la atención de Rubashov sobre la conveniencia de ciertos cambios en su manera de vestir y género de vida (este primer secretario, antes de la Revolución, había sido monedero falso en interés del Partido), no lo hizo en tono de camaradería y con buen humor, sino con tanto tacto y razones tan minuciosas que la escena llegó a serle embarazosa y le crispó los nervios.

Rubashov tenía a sus órdenes doce personas, cada una con una categoría claramente definida: había un primer y un segundo ayudante, un primero y un segundo contador, secretarios y secretarios adjuntos. Rubashov tenía la impresión de que entre ellos lo consideraban como una mezcla de héroe nacional y capitán de bandidos. Lo trataban con un respeto exagerado y al mismo tiempo con una tolerancia indulgentemente superior. Cuando un secretario de la Legación tenía que informarlo acerca de un documento, hacía un esfuerzo por expresarse en los términos más simples, como si tratara con un salvaje o con un niño. La secretaria privada, Arlova, era la que menos le atacaba los nervios; lo único que no podía entender era cómo usaba zapatos de charol con tacones tan ridículamente altos, al mismo tiempo que sus simples graciosas blusas y faldas.

—¿Por qué nunca dice nada, camarada Arlova? —preguntó, en una ocasión, y se arrellanó en el cómodo sillón que había detrás de la mesa del despacho.

—Si usted quiere —dijo ella con su voz soñolienta—, le repetiré cada vez la última palabra de la frase que usted me dicta.

Todos los días se sentaba enfrente de la mesa, con su blusa bordada, su pesado y bien proporcionado busto indinado sobre su cuaderno de notas, con la cabeza doblada y los aros colgando paralelos a las mejillas. La única nota que desentonaba eran los zapatos de charol con los empinados tacones, pero en cambio nunca cruzaba las piernas, como la mayoría de las mujeres que Rubashov, conocía. Casi siempre la veía por detrás o medio de perfil, a causa de su costumbre de dictar paseándose, y lo que recordaba de ella con más claridad era la curva de su cuello doblado, con la nuca ni afeitada ni cubierta de vello, y la piel blanca y estirada sobre las vértebras; debajo se veían los bordados del cuello de la blusa blanca.

En su juventud, Rubashov no había tenido tiempo de ocuparse de mujeres, que casi siempre eran camaradas, y sus pocas aventuras se iniciaban de ordinario en una discusión que se prolongaba hasta tan tarde que el que era invitado del otro perdía el último tranvía para volver a su casa.

Después de la poco afortunada tentativa para iniciar una conversación pasaron otros quince días. Al principio Arlova había repetido realmente la última palabra de cada frase con su voz soñolienta, y luego lo había ido dejando, así que cuando Rubashov hacía una pausa, la habitación quedaba otra vez silenciosa y saturada de su perfume hogareño.

Una tarde, con gran sorpresa suya, Rubashov se detuvo detrás de su silla, le puso las manos ligeramente sobre los hombros, y le preguntó si querría salir con él por la noche. Ella no rehuyó el contacto, asintió silenciosamente y ni siquiera volvió la cabeza. No era costumbre de Rubashov hacer frívolos juegos de palabras, pero aquella misma noche no pudo evitar decirle con una sonrisa:

"Cualquiera podía haber dicho que aún seguías tomando el dictado."

El contorno de sus grandes y bien formados pechos se recortaba tan familiar en la oscuridad del cuarto, que parecía que ella había estado siempre allí. Sólo que ahora los aros reposaban sobre la almohada. Sus ojos tenían la misma expresión de siempre en el momento de pronunciar la frase que habría de quedar grabada en la memoria de Rubashov de manera tan indestructible como las manos plegadas de la Pietà, o el olor a algas de la pequeña ciudad portuaria:

—Tú siempre podrás hacer de mí lo que desees.

—Pero ¿por qué? —preguntó Rubashov, sorprendido y ligeramente alarmado.

Ella no contestó. Probablemente estaría ya dormida. En su sueño, la respiración era tan inaudible como cuando despierta. Rubashov nunca había podido notar si respiraba en realidad; jamás la había visto con los ojos cerrados, y eso le hacía aparecer extraña la cara, que encontraba mucho más expresiva que con los ojos abiertos; también le extrañaban las sombras oscuras de las axilas, y la barbilla, que siempre había visto inclinada junto al pecho, y que ahora tenía erguida, como la de un muerto.

Pero el ligero y casto perfume del cuerpo le seguía siendo familiar, aun estando dormida.

Al día siguiente, y todos los días siguientes, se sentó otra vez en su despacho con su blusa blanca, inclinada sobre el cuaderno; la noche siguiente, y todas las noches siguientes, el contorno de sus pechos se destacó sobre el fondo oscuro de las cortinas de la cama. Rubashov vivía, tanto de día como de noche, en la atmósfera de su cuerpo grande y perezoso. Su conducta durante el trabajo no cambió, y tanto su voz como-la expresión de sus ojos continuaron siendo las mismas: nunca se permitió ni la más leve sombra de una alusión.

De tiempo en tiempo, cuando Rubashov se cansaba de dictar, se detenía detrás de su silla y le ponía las manos en los hombros, sin decir una palabra, sintiendo cómo debajo de la blusa los cálidos hombros seguían inmóviles; luego, habiendo encontrado la frase buscada, reanudaba su paseo por la habitación, como de costumbre, y continuaba dictando.

A veces agregaba sarcásticos comentarios a lo que dictaba, y entonces ella suspendía su trabajo y esperaba, lápiz en mano, a que terminase, pero jamás, sonreía ante sus ironías, y Rubashov nunca supo qué opinaba sobre ellas. Sólo una vez, luego de una broma particularmente peligrosa sobre ciertos hábitos personales del Número Uno, le dijo de pronto, con su voz soñolienta: "No deberías decir esas cosas delante de la gente, deberías ser más cuidadoso..." Pero de vez en cuando, especialmente cuando llegaban circulares o instrucciones de arriba, él sentía la necesidad de desahogarse con alguna ingeniosa herejía.

Por entonces se estaba preparando el segundo gran proceso contra la oposición, y el aire de la Legación se había enrarecido en alto grado. De la noche a la mañana, fotografías y retratos que habían estado durante años colgados en las paredes, desaparecieron dejando sólo las manchas claras, que saltaban a la vista. El personal limitaba sus conversaciones a los asuntos de servicio, y se hablaban unos a otros con exagerada y reservada urbanidad. En las comidas en la cantina de la Legación, cuando era inevitable cambiar algunas palabras, se atenían al cuestionario de frases oficia s, o que, en la atmósfera familiar, resultaba grotesco y producía cierta inquietud; después de pedirse mutuamente el salero o la mostaza, se decían unos a otros las palabras solemnes del manifiesto del último congreso del Partido.

Ocurría con frecuencia que alguno protestaba contra una supuesta interpretación, a su juicio falsa, de algo que acababa de decir, y pedía a sus vecinos que fueran testigos, con exclamaciones precipitadas, tales como: "Yo no he dicho eso" o bien: "Eso no es lo que yo quería decir." La cosa en su conjunto daba a Rubashov la impresión de una extraña y ceremoniosa pantomima con figuras animadas, moviéndose sobre alambres, en la que cada una decía las frases hechas que correspondían al papel que representaba únicamente Arlova, con su manera de ser silenciosa y adormilada, parecía no haber cambiado.

No sólo desaparecieron los retratos de las paredes, sino que también los estantes de libros sufrieron una curiosa "purga", desapareciendo discretamente ciertas obras y folletos, ordinariamente después de la llegada de un nuevo mensaje de Allá. Mientras dictaba, Rubashov' hacía sobre todo eso sarcásticos comentarios que Arlova recibía en silencio. Muchos de los libros sobre comercio exterior y hacienda se quitaron de los estantes, por haber sido detenido su, autor, el Comisario del Pueblo de Hacienda; también casi todos los informes de los antiguos congresos del Partido sobre estas materias. Muchos libros y referencias de libros acerca de la historia y antecedentes de la Revolución; gran parte de las obras de autores contemporáneos sobre jurisprudencia y filosofía; todos los folletos que trataban del control de la natalidad; los manuales sobre la estructura de las fuerzas armadas del Partido; tratados sobre los sindicatos y el derecho a la huelga en el Estado del Pueblo; prácticamente todos los estudios de los problemas político-constitucionales que tuviesen más de dos años de escritos, y, finalmente, hasta los volúmenes de la Enciclopedia publicada por la Academia Nacional, ya que habían prometido enviar en breve una nueva edición revisada.

Llegaron también nuevos libros, y los clásicos de ciencias sociales aparecieron con otras notas marginales y distintos comentarios; las antiguas historias fueron reemplazadas por historias nuevas; y los viejos recuerdos de los jefes revolucionarios muertos se cambiaron por otros recuerdos diferentes de los mismos difuntos. Rubashov recalcaba con ironía a su secretaria que, lo único que les faltaba por hacer eran nuevas ediciones revisadas de los números atrasados de todos los periódicos.

Mientras tanto, unas semanas antes había llegado de Allá una orden para designar un nuevo bibliotecario que asumiría la responsabilidad política del contenido de los estantes de la Legación; y designaron a Arlova para este puesto. Al principio Rubashov se había limitado a murmurar algo sobre un "jardín de infantes", y creía que todo aquello no era más que una imbecilidad hasta la noche en que, en la reunión semanal de la célula de la Legación, Arlova fue objeto de repetidos ataques de diversos sectores. Tres o cuatro oradores, entre ellos el primer secretario, se levantaron para quejarse de que algunos de los más importantes discursos del Número Uno no se encontrasen en la biblioteca, de que, por el contrario, ésta estuviese atestada de obras de oposición, y de que figurasen en ella muchos libros cuyos autores estaban acusados de espías, de traidores y de agentes de potencias extranjeras; a tal punto, que era difícil evitar la sospecha de una premeditada intención.

Los oradores hablaban seca y desapasionadamente, como de asuntos de negocios. Usaban frases escogidas con cuidado y parecía que se daban unos a otros las claves de los argumentos previamente convenidos. Todos los discursos concluían con que el principal deber del Partido era estar en guardia y denunciar los abusos, sin consideración; los que no cumpliesen con este deber se hacían cómplices de los viles saboteadores. Arlova, llamada para declarar, dijo con su habitual ecuanimidad que estaba muy lejos de abrigar ningún mal propósito, y que había seguido todas las instrucciones recibidas; pero mientras hablaba con su voz profunda, ligeramente confusa, se quedó mirando durante unos momentos a Rubashov, cosa que nunca había hecho en presencia de otros.


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La reunión concluyó imponiendo a Arlova una "seria amonestación".

Rubashov, que conocía demasiado bien los procedimientos que últimamente empleaba el Partido, se inquietó. Presumía que reservaban algo para Arlova, y se sentía impotente, por no tener algo tangible contra qué combatir.

El ambiente de la Legación se enrareció aún más, Rubashov dejó de hacer comentarios personales mientras dictaba y eso le produjo un singular sentimiento de culpabilidad. No hubo aparentemente cambio alguno en sus relaciones con Arlova, pero esa curiosa sensación de culpabilidad, debida únicamente al hecho de que no se atrevía a repetir sus ingeniosas frases al dictar, le impedía también detenerse detrás de la silla de Arlova y poner las manos sobre sus hombros, como acostumbraba hacerlo antes. Después de una semana, Arlova no fue al cuarto de Rubashov por la noche, ni tampoco las noches siguientes. Pasaron tres días antes de que Rubashov se atreviera a preguntarle las razones. Ella, con su voz soñolienta, respondió algo sobre neuralgias, y Rubashov no insistió. A partir de entonces no volvió más, con una sola excepción.

Fue tres semanas después de la reunión de la célula en que se había acordado hacerle "una seria amonestación", y quince días después de la interrupción de sus visitas. Su conducta fue casi la de siempre, pero, durante toda la noche, Rubashov tuvo la sensación de que ella esperaba palabras decisivas. Lo único que pudo decirle, sin embargo, fue que estaba muy contento de que hubiese vuelto, y que se sentía cansado y extenuado, lo que era verdad. Durante la noche observó que estaba despierta, mirando, en la oscuridad con los ojos abiertos. No podía desprenderse de esa atormentadora sensación de culpabilidad, y, además, le dolía otra vez el diente. Ésa fue su última visita.

Al día siguiente, antes de que Arlova llegase a la oficina, el secretario dijo a Rubashov, en un tono que quería ser confidencial, pero con cada frase cuidadosamente formulada, que el hermano y la cuñada de Arlova habían sido detenidos Allá. El hermano de Arlova se había casado con una extranjera, y los dos estaban acusados de mantener conexiones desleales con el país natal de la mujer, en beneficio de la oposición.

Unos minutos después llegó Arlova a la oficina, y se sentó, como siempre, en la silla situada enfrente de la mesa, con su blusa bordada, inclinándose ligeramente hacia adelante. Rubashov se paseó detrás de ella, y durante todo el tiempo tuvo delante de sus ojos su cuello doblado, con la piel ligeramente estirada sobre las vértebras. No podía separar la vista de aquel trozo de piel, y sentía una inquietud que llegaba a convertirse en malestar físico. No podía abandonar el pensamiento de que Allá, a los condenados a muerte, se los fusilaba por la espalda.

En la siguiente reunión de la célula del Partido, sé destituyó a Arlova de su cargo de bibliotecaria por falta de confianza política, de acuerdo con una propuesta del primer secretario.

Nadie hizo comentario alguno y no hubo discusión. Rubashov, que por entonces sufría intolerables dolores de muelas, se excusó de acudir a la reunión. Unos días después, llegó la orden de regreso para Arlova y otro funcionario. Sus antiguos colegas no volvieron a mencionar sus nombres, pero durante los meses que continuó en la Legación, antes de que a él mismo lo hicieran regresar, el casto perfume de su cuerpo grande y perezoso se mantuvo adherido a las paredes de su cuarto, sin dejarlo jamás.

4

ARRIA LOS POBRES DEL MUNDO.

A partir de la mañana del décimo día después de la detención de Rubashov, su nuevo vecino de la izquierda, el ocupante de la celda número 406, transmitía las mismas palabras a intervalos regulares, siempre con el mismo error al deletrear: "Arria" en vez de "Arriba". Rubashov había tratado varias veces de empezar una conversación con él, y mientras Rubashov transmitía, su nuevo vecino escuchaba en silencio, pero la única respuesta que lograba era un montón de letras inconexas que terminaban siempre con el verso mal escrito:

—ARRIA LOS POBRES DEL MUNDO.

El nuevo vecino fue traído a la celda la noche anterior. Rubashov se había despertado, pero sólo oyó sonidos apagados y el ruido de la cerradura de la puerta del número 406. Por la mañana, después del primer toque de diana, el número 406 había empezado a transmitir: ARRIA LOS POBRES DEL MUNDO. Transmitía con rapidez y destreza, empleando la técnica de un virtuoso, de manera que sus equivocaciones con la palabra ARRIBA y la falta de sentido del resto, debían de ser originadas por causas mentales y no técnicas. Probablemente, el nuevo vecino tenía alteradas las facultades mentales.

Después del desayuno, el joven oficial del número 402 dió la señal de que quería conversar: entre él y Rubashov se había establecido una especie de amistad. El oficial con el monóculo y el pequeño bigote levantado debía debatirse en un estado de aburrimiento crónico, porque siempre estaba muy agradecido a Rubashov, hasta por los más pequeños ratos de charla que le dedicaba.

Cuatro o cinco veces al día, llamaba humildemente y le pedía:

—HÁBLEME.

Rubashov rara vez estaba de humor para hacerlo, y, además, no sabía de qué hablar con el número 402. Generalmente, éste transmitía clásicas anécdotas de casino de oficiales. Luego de su desenlace sucedía siempre un silencio doloroso. Eran viejas historias, de una obscenidad patriarcal, y uno podía imaginarse cómo, después de haberlas dicho, el número 402 esperaría oír los rugidos de risa de su interlocutor, y cómo encararía desesperadamente a la pared sorda y blanqueada.

Tanto por simpatía como por buena educación, Rubashov transmitía de vez en cuando un fuerte ¡JA! ¡JA! con el aro de sus lentes, como un sustitutivo de la risa, y entonces el número 402 no podía contenerse, e imitando un acceso de alegría, golpeaba la pared con los puños y los zapatos, transmitiendo ¡JA! ¡JA!, y haciendo pausas de vez en cuando para estar seguro de que Rubashov lo acompañaba en sus carcajadas. Si éste permanecía silencioso, le reprochaba: "¿POR QUÉ NO SE RÍE...?" Para que lo dejase en paz, Rubashov transmitía uno o dos ¡JA! ¡JA!, y entonces el número 402 le comunicaba:

—CÓMO NOS ESTAMOS DIVIRTIENDO.

Algunas veces insultaba a Rubashov. Ocasionalmente, si no obtenía respuesta, le transmitía todos los versos de una vieja e interminable canción militar; llegó a ocurrir que Rubashov, que se paseaba sin hacerle caso, se sorprendía tarareando el estribillo de la antigua marcha, que sus oídos habían registrado de modo completamente inconsciente.

A pesar de todo eso, el número 402 era útil. Llevaba allí más de dos años, conocía a las autoridades, estaba en comunicación con varios vecinos y oía todas las murmuraciones, así que parecía informado de todo lo que pasaba dentro del recinto de la cárcel.

A la mañana siguiente de la llegada del número 406, cuando el oficial inició la conversación acostumbrada, Rubashov, le preguntó cómo se llamaba el nuevo vecino, a lo que el número 402 replicó:

—RIP VAN WINKLE.

El número 402 era aficionado a las adivinanzas, que daban, según él, un elemento de interés a la conversación. Rubashov hurgó en su memoria. Recordó entonces la historia del hombre que habiendo dormido durante veinticinco años, se encontró con un mundo desconocido al despertar.

—¿HA PERDIDO LA MEMORIA? —preguntó.

El número 402, satisfecho de su habilidad, le dijo a Rubashov lo que sabía. El número 406 había sido profesor de sociología en un pequeño Estado del sudeste de Europa. Terminada la primera guerra tomó parte en la revolución que estalló en su país, como ocurrió en muchos países de Europa por esas fechas. Se organizó una "Comuna", que vivió románticamente algunas semanas y tuvo el usual y sangriento final. Los jefes del movimiento revolucionario habían sido simples aficionados, pero la represión que siguió se llevó a cabo con una competencia más que profesional, y el número 406, a quien la Comuna había dado el sonoro título de "secretario de Estado para el esclarecimiento del Pueblo", fue condenado a la horca. La ejecución se retrasó un año, y entonces le conmutaron la sentencia por la de cadena perpetua, de la que cumplió veinte años en la cárcel.

La mayor parte de la pena la pasó en confinamiento solitario, sin comunicación con el mundo exterior y sin poder leer un solo periódico. Se habían olvidado completamente de él, en aquel país sudorientas en el que la administración de justicia tenía un carácter más bien patriarcal. Por fin, alrededor de un mes atrás, lo habían puesto en libertad por una amnistía, y, lo mismo que Rip van Winkle, después de veinte años de sueño, se encontró otra vez sobre la tierra.

Sin pensarlo mucho, tomó el primer tren para la tierra de sus sueños y justamente catorce días después de haber llegado, estaba otra vez en la cárcel. Quizá, después de veinte años de soledad, se había vuelto demasiado locuaz. Tal vez le había dicho a la gente lo que, pensando noche y día en su calabozo, él se había imaginado que debiera ser la vida aquí. Es probable que hubiera preguntado por las serías de sus viejos amigos, los héroes de la Revolución, ignorando que no habían sido más que traidores y espías. Quién sabe si había llevado una corona de flores a una tumba a la que era poco razonable hacerlo, o deseado hacer una visita a su ilustre vecino de celda, el camarada Rubashov.

Ahora se podría preguntar qué era mejor: dos décadas de sueños sobre el camastro de una celda oscura, o dos semanas de realidad a la luz del día. Tal vez no estaba ya enteramente en su juicio. Ésa era la historia de Rip van Winkle...

Poco tiempo después que el número 402 acabó de transmitir su largo informe, Rip van Winkle empezó otra vez, repitiendo cinco o seis veces su mutilado verso, ARRIA LOS POBRES DEL MUNDO, y luego calló.

Rubashov se tiró en la tarima y cerró los ojos. La "ficción gramatical" se hizo sentir una vez más, no expresándose con palabras, sino con una vaga inquietud que quería decir:

"También tendrás que pagar por eso, porque también de eso eres responsable; porque tú actuabas mientras él soñaba."

La misma tarde llevaron a Rubashov a que lo afeitaran.

Esta vez la comitiva se componía solamente del viejo carcelero y de un guardián uniformado; el primero arrastraba los pies dos pasos delante de Rubashov, y el soldado marchaba dos pasos detrás. Pasaron frente a la puerta del número 406, pero no había tarjeta con el nombre. En la peluquería sólo estaba uno de los dos presos que desempeñaban el oficio: era evidente el deseo de evitar que Rubashov estableciera demasiadas relaciones.

Se sentó en el sillón. La habitación estaba relativamente limpia, y hasta tenía un espejo; se quitó los lentes y se miro: no encontró ningún cambio, excepto la maraña en las mejillas.

El peluquero trabajó en silencio, rápida y cuidadosamente. La puerta de la habitación permaneció abierta; el carcelero se había ido y el guardia presenciaba la operación apoyado en el quicio. La espuma tibia del jabón hacía feliz a Rubashov, y sentía una ligera tentación de añorar los pequeños placeres de la vida. Le hubiera gustado charlar con el barbero, pero sabía que eso estaba prohibido y no quería comprometerlo, siéndole agradable su cara, ancha y abierta, que más bien le hubiera hecho pasar por un herrero o un mecánico. Cuando terminó la enjabonada y le pasó la navaja por la cara, le preguntó si la hoja arañaba, dirigiéndose a él como "ciudadano Rubashov".

Era ésta la primera frase que oía desde su entrada en la habitación, y a pesar del tono corriente que el peluquero le había dado, adquiría para él una significación especial. Luego volvió el silencio. El soldado encendió un cigarrillo y el peluquero recortó el cabello y la perilla de Rubashov con movimientos rápidos y precisos; mientras se mantenía inclinado, sus miradas se cruzaron un instante, y el preso, con dos dedos, bajó el cuello de la camisa de Rubashov, como queriendo cortar el pelo con más facilidad. Cuando retiró la mano, Rubashov sintió el contacto de una pequeña bolita de papel dentro del cuello. Unos minutos después había terminado la operación, y lo condujeron otra vez a su celda. Se sentó en la cama, con los ojos en la mirilla para estar seguro de no ser observado; sacó la bolita de papel, la estiró y la leyó. No contenía más que tres palabras, aparentemente escritas con prisa:

"Muere en silencio."

Rubashov arrojó el pedazo de papel en el balde y empezó otra vez sus reflexiones. Era el primer mensaje que recibía del exterior. Cuando estaba preso en país enemigo recibía con frecuencia recados, que lograban hacerle llegar a la prisión, y en los que ordinariamente le pedían que levantase su voz de protesta, devolviendo sus acusaciones a sus acusadores. ¿Habría también momentos en la historia en los que el revolucionario tenía el deber de guardar silencio? ¿Habría también recodos en el curso de la historia donde una sola cosa se requería de él; una sola cosa había que hacer: morir en silencio?

Los pensamientos de Rubashov fueron interrumpidos por las llamadas del número 402, que había empezado sus golpes inmediatamente después de su vuelta. Estaba lleno de curiosidad y quería saber a dónde había ido Rubashov en aquella salida.

—A AFEITARME —explicó.

—YA ME TEMÍA LO PEOR —repuso el número 402 con interés.

—DESPUÉS DE USTED — transmitió Rubashov.

Como de costumbre, el número 402 era un oyente agradecido.

—¡JA! ¡JA! —se expresó—. USTED ES UN DEMONIO...

Aunque parezca extraño, este viejo cumplido dió cierta satisfacción a Rubashov. Envidiaba al número 402, cuya casta poseía un rígido código del honor, donde se prescribía cómo vivir y cómo morir, al que podía uno aferrarse. Para su propia clase no había reglas establecidas; todo tenla que improvisarse.

Ni aun para morir había etiqueta. ¿Qué era más honorable morir en silencio, o retractarse públicamente para continuar sus propósitos? Él había sacrificado a Arlova, porque consideraba su propia existencia más valiosa para la. Revolución. Ése fue el argumento decisivo que sus amigos utilizaron para convencerle; el deber de quedar en reserva para después era un deber más importante que los mandamientos de la moral; no había más deber que el de permanecer en el país y el de estar preparado. "Puedes hacer de mí lo que quieras", le dijo Arlova, y él lo había hecho. ¿Por qué debía de tratarse él mismo con más consideración? "En la próxima década se decidirá el destino de nuestra era", había glosado Ivanov. ¿Podría evadirse de su obligación por un mero disgusto personal por cansancio y vanidad? ¿Y si, después de todo, el Número Uno tuviera razón? ¿Y si aquí, entre inmundicia, sangre y mentiras se estuviera colocando, al fin y al cabo, los grandiosos cimientos del futuro? ¿No había sido siempre la historia una constructora inhumana y sin escrúpulos, mezclando en su mortero sangre, lágrimas y fango?


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Morir en silencio, desvanecerse en sombras, eso era fácil de decir...

Rubashov se detuvo súbitamente en la tercera baldosa negra, y se escuchó a sí mismo repetir varias veces: "morir en silencio", en un tono de irónica desaprobación, como si estuviera subrayando su total absurdo...

Y sólo entonces se dió cuenta de que su resolución de no aceptar el ofrecimiento de Ivanov no era tan inquebrantable como había creído. Ahora hasta le parecía discutible que hubiese pensado seriamente en rehusar el plan propuesto y en retirarse de la escena sin pronunciar una palabra.

5

El nivel de vida de Rubashov siguió mejorando, y en la mañana del undécimo día lo sacaron por primera vez al patio para hacer ejercicios.

El viejo carcelero fue a buscarlo poco después del desayuno, acompañado por el mismo guardián que lo había escoltado a la peluquería, y le informó que, desde aquel día en adelante, se le permitiría hacer diariamente veinte minutos de ejercicio en el patio. Rubashov fue agregado a la "primera ronda", que empezaba poco después del desayuno, y el carcelero le leyó las prescripciones del reglamento: estaba prohibido hablar con el compañero de ronda, o cualquier otro preso; hacer señas, cambiar mensajes escritos o salirse de la línea; cualquier infracción a estas reglas estaba castigada con la inmediata privación del paseo; y otras faltas más graves, con el encierro por cuatro semanas en un calabozo oscuro. Luego el carcelero cerró la celda con un portazo, y los tres empezaron a andar. Después de unos pasos, el viejo se detuvo y abrió la puerta del número 406.

Rubashov, que se había quedado detrás, al lado del guardia, y a cierta distancia de la puerta, vió el interior de la celda de Rip van Winkle, que estaba acostado en el camastro. Llevaba botas negras, abotonadas, y pantalones ceñidos, desgastados en los fondillos, pero bien cepillados y todavía en buen uso. El carcelero leyó otra vez los artículos del reglamento; las piernas en los pantalones ceñidos se arrastraron con algún trabajo fuera de la cama, y un viejecillo apareció en la puerta guiñando los ojos. Tenía la cara cubierta por una enmarañada barba gris; con su notable pantalón usaba un chaleco negro con una cadena de reloj, de metal, y una chaqueta de tela negra.

Se quedó parado en la puerta contemplando a Rubashov con cierta curiosidad; saludó luego de manera amistosa, y los cuatro comenzaron la marcha.

Rubashov esperaba encontrarse con una persona que no estaba en su sano juicio, pero entonces cambió de opinión. A pesar del tic nervioso de una de sus cejas, originado probablemente por los años de confinamiento solitario en un calabozo oscuro, los ojos de Rip van Winkle eran claros y estaban llenos de una amistosa y algo infantil ternura. Andaba con cierto trabajo, pero con pasos decididos, aunque cortos, y dirigía a Rubashov de vez en cuando una mirada amigable; al bajar las escaleras el hombrecillo tropezó, y se hubiera caído de no agarrarlo el guardián por un brazo. Rip van Winkle murmuró unas palabras, en voz demasiado baja para que Rubashov las entendiera, pero con las que evidentemente daba gracias cortésmente, y el guardia replicó con una sonrisa estúpida. Luego, pasando por una ancha puerta, llegaron al patio, donde los demás presos estaban ya ordenados por parejas y, en medio del patio, los cuatro guardias; sonaron dos cortos silbidos y la ronda empezó.

El cielo estaba claro, de un curioso color azul pálido, y el aire impregnado del peculiar aspecto que le da la nieve. Rubashov había olvidado traer su manta, y temblaba de frío. Rip van Winkle se había liado a los hombros una vieja y gastada manta de color gris, que el carcelero le alargó al entrar en el patio. Andaba en silencio detrás de Rubashov, con pasitos firmes y cortos, guiñando de vez en cuando al pálido azul del cielo que se extendía sobre su cabeza; la manta gris le llegaba a la rodilla, envolviéndolo como una campana. Rubashov procuraba adivinar cuál era la ventana de su celda y dió con ella, sucia y oscura como las otras, sin que se pudiera ver nada detrás. Fijó los ojos durante un momento en la ventana del número 402, pero todo lo que alcanzaba a ver eran los vidrios detrás de las rejas; al número 402 no lo autorizaban a salir para hacer ejercicio, ni tampoco lo llevaban a la peluquería, ni era interrogado; en, realidad, nunca lo había oído salir de la celda.

Andaban en silencio, describiendo lentos círculos alrededor del patio. Entre la enmarañada barba gris, los labios de Rip van Winkle se movían imperceptiblemente, como si murmurase algo para sí mismo que Rubashov no llegaba a entender. Al fin comprendió que estaba susurrando la melodía de: ARRIBA LOS POBRES DEL MUNDO. No estaba loco, pero en los siete mil días y noches que había durado su encarcelamiento, se había vuelto, evidentemente, algo raro. Rubashov lo observaba de costado y procuraba darse cuenta de lo que significaba el estar apartado del mundo durante dos décadas. Veinte años antes, los automóviles eran raros y tenían formas extrañas; no había radio y los nombres de los jefes políticos actuales eran completamente desconocidos. Nadie preveía los movimientos de masas, los grandes derrumbamientos políticos, ni los serpenteantes caminos, los asombrosos cambios y etapas que el Estado revolucionario iba a recorrer; en aquel tiempo se creía que las puertas del reino de Utopía estaban abiertas, y que el género humano se hallaba en sus umbrales.

Rubashov advirtió que por mucho que forzase la imaginación no llegaría a darse cuenta de lo que pasaba en la mente de su vecino, a pesar de toda su práctica de pensar con "la mente de los demás". Podía hacerlo sin. mucho esfuerzo en el caso de Ivanov, o del Número Uno, y hasta del oficial con el monóculo, pero en el caso de Rip van Winkle fallaba; lo miraba de reojo, y en aquel momento el viejo volvió la cabeza hacia él y sonrió; con la manta, agarrada con ambas manos alrededor de los hombros, andaba a su lado con pasitos cortos, tarareando de manera casi inaudible los compases de ARRIBA LOS POBRES DEL MUNDO.

Cuando los condujeron de vuelta al edificio, al llegar a la puerta de su celda, el viejo se volvió y saludó a Rubashov, guisando los ojos con una expresión completamente cambiada, aterrorizada y sin esperanza; Rubashov creyó que lo iba a llamar, pero el carcelero había cerrado ya la puerta de la celda número 406. Cuando Rubashov quedó encerrado en la suya, fue derecho a la pared y empezó a llamar, pero Rip van Winkle no contestó.

El número 402, en cambio, que los había estado mirando desde su ventana, quería le contara hasta el más mínimo detalle sobre el paseo. Rubashov tuvo que informarle del olor del aire, si hacía mucho frío o solamente fresco, si se había encontrado con otros presos en el pasillo y, si, después de todo, le había sido posible cambiar algunas palabras con Rip van Winkle. Rubashov contestó pacientemente todas las preguntas. Si se comparaba con el número 402, a quien no se le permitía salir, casi se consideraba un ser privilegiado; lo compadecía con toda el alma y casi experimentaba un sentimiento de culpabilidad.

Los días siguientes, los guardias fueron a buscar a Rubashov para su paseo, a la misma hora después del desayuno. Rip van Winkle fue siempre su compañero de ronda. Daban vueltas lentamente uno al lado del otro, cubiertos con sus mantas y en silencio; Rubashov sumido en sus pensamientos, mirando atentamente a través de sus lentes a los otros presos o las ventanas del edificio; el viejo, con la barba un poco más crecida y su bonachona e infantil sonrisa, tarareando su eterna canción.

Ya habían salido tres veces juntos sin hablarse una sola palabra, aunque Rubashov veía que los guardias no se preocupaban seriamente de que se cumpliese la regla del silencio; había otras parejas en el círculo que hablaban sin cesar: mirando fijamente al frente y modulando las palabras con la técnica de las prisiones, tan familiar a Rubashov, de no mover los labios.

El tercer día, Rubashov se llevó el libro de notas y el lápiz, metidos en el bolsillo exterior izquierdo de su abrigo y sobre saliendo un poco. Al cabo de diez minutos, el viejo lo notó, y se animaron sus ojos; miró de soslayo a los guardias que estaban hablando animadamente y no parecían interesarse en los presos, y entonces, sacó rápidamente el cuaderno y el lápiz del bolsillo de Rubashov y empezó a escribir algo al amparo de su manta acampanada. Lo terminó con rapidez, arrancó la hoja y se la pasó a Rubashov, quedándose con el cuaderno y e lápiz. Rubashov se aseguró de que los guardias no lo veían y miró la hoja. Nada escrito aparecía sobre ella; sólo era un dibujo, un croquis geográfico del país donde estaban, dibujando con sorprendente exactitud, con las ciudades principales, los ríos y las montañas, con una bandera plantada en medio llevando el emblema de la Revolución.

Cuando dieron otra media vuelta, el número 406 arrancó una segunda hoja y se la puso en la mano a Rubashov. Contenía el mismo dibujo de antes, un mapa exactamente idéntico del país de la Revolución. El número 406 se le quedó mirando, esperando sonriente el efecto. Rubashov se sentía ligeramente embarazado bajo su mirada, y murmuró algo. El viejo, entonces, le guiñó:

—También puedo hacerlo con los ojos cerrados —le dijo. Rubashov asintió.

—Usted no me cree —dijo el viejo sonriendo—, pero lo he estado practicando veinte años.

Miró rápidamente hacia los guardias, cerró los ojos y, sin alterar el paso, empezó a dibujar en una nueva página escondida en la manta. Tenía los ojos apretados con fuerza, y andaba con la barbilla saliente, como un hombre ciego. Rubashov miraba con ansiedad a los guardias, temerosos de que el viejo tropezase o se saliese de la fila. Pero en otra media vuelta el dibujo estaba acabado, quizás algo menos seguro que los anteriores, pero igualmente exacto; sólo que el emblema de la bandera estaba dibujado en un tamaño desproporcionadamente grande. —¿Ahora me cree? —susurró el número 406, sonriendo feliz.

Asintió Rubashov, y entonces la cara del viejo se oscureció; Rubashov reconoció la expresión de temor que ponía cada vez que lo encerraban en la celda.

—No lo pude evitar —murmuró a Rubashov—. Me hicieron tomar un tren equivocado.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Rubashov.

—Me llevaron a otra estación —dijo sonriendo gentil y tristemente—; creyeron que no lo notaría. No le diga a nadie que lo sé —susurró otra vez, indicando a los guardias con un guiño.

Rubashov hizo un gesto afirmativo. Poco después sonó el silbato que anunciaba el fin del paseo.

Al pasar por la puerta de entrada, hubo otro momento en que no los observaban. Los ojos del número 406 otra vez lucían claros y amistosos.

—¿Tal vez le ocurrió a usted lo mismo? —le preguntó con simpatía, Rubashov asintió.

—No hay que abandonar la esperanza; algún día llegaremos a pesar de todo... —dijo Rip van Winkle señalando el mapa arrugado en la mano de Rubashov.

Entonces metió el lápiz y el cuaderno en el bolsillo de Rubashov. Al subir las escaleras estaba otra vez tarareando su canción.

6

Llegó la víspera del fin del plazo concedido por Ivanov, y, al servírsele la cena, Rubashov tuvo la sensación de que había algo desusado en el aire, sin poder explicarse qué. El alimento se distribuyó con arreglo a la rutina, y el melancólico toque de trompeta sonó puntualmente a la hora prescripta, pero, a pesar de eso, Rubashov tenía la impresión de que la atmósfera estaba tensa.

Quizás uno de los ordenanzas lo había mirado más expresivamente que de costumbre, o tal vez la voz del viejo carcelero tenía una resonancia curiosa. Rubashov no lo sabía, pero no podía trabajar, sintiendo la tensión en los nervios, como los reumáticos presienten una tormenta.

No bien hubo cesado el toque de silencio, se puso a mirar al pasillo, en el que las lámparas eléctricas estaban a media luz por falta de corriente, iluminando débilmente las baldosas; el silencio en el corredor parecía más profundo y desesperanzado que nunca. Rubashov se acostó en el camastro, volvió a levantarse, se esforzó por escribir unas cuantas líneas, apagó el cigarrillo y encendió otro. Se asomó al patio, donde había empezado a fundirse la nieve, que aparecía sucia y blancuzca bajo el cielo nublado; en el parapeto opuesto, el centinela se paseaba con su fusil. Volvió a observar el corredor a través de la mirilla: silencio, desolación y luz eléctrica.

Contra su costumbre, y a pesar de la hora tardía, llamó al número 402.

—¿ESTÁ USTED DORMIDO? —le preguntó.

Durante un momento no hubo contestación, y Rubashov esperó desilusionado, hasta que empezaron los golpes de respuesta, algo más lentos y suaves que de costumbre:

—No. ¿LO SIENTE USTED TAMBIÉN?

—SENTIR, ¿QUÉ? —preguntó Rubashov, mientras respiraba con trabajo, acostado en el camastro y transmitiendo con los lentes.

Otra vez el número 402 pareció dudar, y cuando contestó lo hizo tan débilmente que daba la impresión de hablar con voz baja:

—MÁS VALE QUE SE VAYA A DORMIR...

Rubashov seguía acostado en el camastro, le avergonzaba que el número 402 le hablase en aquel tono paternal. Estaba de espaldas en la oscuridad, y dirigía los ojos a los lentes que tenía en la mano medio levantada. El silencio era tan penoso que lo sentía zumbar en sus oídos. De pronto, empezó a sonar la pared:

—ES CURIOSO QUE USTED LO SIENTA TAMBIÉN.

—¿SENTIR QUÉ? ¡EXPLÍQUESE! —transmitió Rubashov, sentándose en la cama.

El número 402 pareció pensarlo otra vez; después de un momento dijo:

—ESTA NOCHE VAN A LIQUIDAR ALGUNAS DIFERENCIAS POLÍTICAS.

Rubashov entendió, y se apoyó contra la pared, esperando oír más, pero el número 402 no continuó. Al cabo de algún tiempo preguntó: 

—¿EJECUCIONES?

—Sí —contestó lacónicamente el número 402.

—¿CÓMO LO SABE USTED? —preguntó Rubashov con interés.

—ME LO HA DICHO LABIO LEPORINO.

—¿A QUÉ HORA SERÁ?

—NO LO SÉ —y después de una pausa—: PRONTO.

—¿SABE LOS NOMBRES?

—NO —contestó el número 402, y después de otra pausa agregó—: DE SU CLASE. DIVERGENCIAS POLÍTICAS.

Rubashov se dejó caer bruscamente y esperó. Luego de un momento se puso los lentes y colocó un brazo bajo la nuca. Nada se oía de afuera. Cada uno de los movimientos y ruidos en el edificio le llegaba embotado y helado en la oscuridad.

Rubashov no había sido nunca testigo de una ejecución, exceptuando una que estuvo a punto de ser la suya; pero eso había sido durante la guerra civil. No se podía imaginar bien que la misma cosa sucediese en circunstancias normales, formando parte de la rutina diaria. Sabía vagamente que las ejecuciones se llevaban a cabo de noche, en las celdas, y que mataban al condenado de un balazo en la nuca, pero desconocía los detalles. En el seno del Partido la muerte no constituía ningún misterio, ni tenía aspecto romántico, sino que era una consecuencia lógica, un factor con el que había que contar, y que más bien tenía un carácter abstracto. No se hablaba con frecuencia de la muerte, ni se empleaba la palabra "ejecución", siendo la expresión acostumbrada "liquidación física". Y estas palabras, "liquidación física", no evocaban tampoco más que una idea concreta: la cesación de la actividad política. El acto de morir, en sí mismo, no era más que un detalle técnico que no presentaba interés; la muerte, como factor de una ecuación lógica, había perdido todas sus características corporales.

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