El cortejo de la princesa leia

 

Darth Vader y el Emperador Palpatine han muerto. Sim embargo, el Imperio permanece, y los miembros de la Alianza Rebelde deben continuar su lucha, enfrentándose a la escasez de recursos y a dificultades de financiación tanto como a sus implacables enemigos.

La princesa Leia, buscando aliados ricos y poderosos que pudieran incorporarse a la Alianza Rebelde, así como un nuevo planeta que pudiera convertirse en el hogar de los influyentes refugiados de Alderaan, se ve enfrentada a una proposición que podría decidir el resultado de la inacabable contienda con el Imperio. El cúmulo de Hapes, un grupo de sesenta y tres mundos muy avanzados tecnológicamente, está regido por la Reina Madre, y ésta desea que Leia se prometa en matrimonio con su hijo, el príncipe Isolder, un joven tan apuesto como poderoso.

Cuando Han Solo recibe la noticia de las inminentes nupcias de la princesa Leia, queda totalmente sorprendido. Han siempre había soñado con llegar a casarse con Leia, pero a pesar de todas sus proezas y heroicidades, piensa que ella sólo lo ve como a un pirata corelliano y un rufián sin escrúpulos. En un último intento desesperado por recuperarla, Han engaña a Leia para que le acompañe y huye con ella a Dathomir, un planeta salvaje y paradisíaco en el que espera ser capaz de conquistar su corazón.

Por su parte, Luke Skywalker teme la posible reacción airada de la Reina Madre y decide aliarse con el prícipe Isolder para localizar a los fugitivos. Luke ha estado viajando por los confines más remotos de la galaxia en busca del desperdigado legado de los Caballeros Jedi. Cuando parte hacia Dathomir en compañía de Erredós e Isolder, poco puede imaginar que se avecina el principio de una nueva aventura que le conducirá al descubrimiento de un asombroso tesoro: un grupo de "brujas" adiestradas en los caminos de la Fuerza, pero también al enfrentamiento con un enemigo invencible.

El Cortejo de la Princesa Leia contiene una mezcla explosiva de emoción, aventuras y nuevos peligros a los que se enfrentan los personajes más queridos de la pantalla grande. Su acción transcurre un tiempo después de los acontecimientos narrados en La Tregua de Bakura y antes de los descritos en la trilogía de Timothy Zahn.

Dave Wolverton

El cortejo de la Princesa Leia

ePUB v1.0

LittleAngel02.11.11

Título Original:The Courtship of Princess Leia

1994, Editorial Martínez Roca

Traducción: Alberto Solé

Capítulo 1

El general Han Solo estaba inmóvil ante la consola de mandos del visor principal del crucero estelar de Mon CalamariMon Remonda.Los sonidos de advertencia tintineaban como campanillas agitadas por el viento mientras la nave se preparaba para salir del hiperespacio y llegar a la capital de la Nueva República en Coruscant. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez en que vio a Leia: cinco meses, cinco meses persiguiendo alPuño de Hierro,el Super Destructor Estelar del señor de la guerra Zsinj.... Hacía cinco meses, la Nueva República parecía controlar firmemente la situación. Bien, elPuño de Hierroya no existía, y eso quizá hubiera supuesto un grave golpe para Zsinj y tal vez se pudiese esperar que todo iría mejor en lo sucesivo. Han ardía en deseos de perder de vista el calor y la humedad de la nave calamariana, y anhelaba todavía más el sabor de los besos de Leia y sentir la caricia de su mano sobre su frente. Había visto demasiada oscuridad durante los últimos tiempos.

La blancura del panorama estelar que mostraba la pantalla cambió cuando los motores hiperespaciales dejaron de funcionar, y Chewbacca lanzó un rugido de alarma: el terciopelo azul del espacio sobre el que las luces de las ciudades de Coruscant ardían entre la noche del planeta, estaba tachonado por docenas de enormes naves espaciales en forma de platillo que Han reconoció inmediatamente como Dragones de Batalla hapanianos. Entre ellos había docenas de siluetas gris pizarra, Destructores Estelares imperiales.

—¡Salgamos de aquí! —gritó Han. Hasta aquel momento sólo había visto una vez a un Dragón de Batalla, pero había sido más que suficiente para él—. ¡Escudos a plena potencia! ¡Acción evasiva!

Clavó la mirada en los tres cañones iónicos dorsales del Dragón de Batalla más próximo, esperando verlos entrar en acción de un momento a otro para borrarle del espacio. Todas las torretas de cañones desintegradores de la circunferencia del platillo giraron hacia él.

ElMon Remondaalteró bruscamente su curso y se lanzó en picado hacia el planeta y las luces de Coruscant. Han sintió el repentino vacío de la tensión en su estómago. Su piloto de Mon Calamari estaba muy bien adiestrado y sabía que no podían salir huyendo hasta haber fijado un nuevo curso, por lo que se había lanzado hacia el grueso de la flotilla de navios de combate hapanianos de tal manera que no pudieran disparar sin correr el riesgo de darse los unos a los otros.

Al igual que toda la tecnología de la nave de Mon Calamari, el visor principal era excepcional y se lo podía considerar una auténtica obra de arte, por lo que cuando pasaron a toda velocidad junto al puente de mando de un Dragón de Batalla hapaniano, Han pudo ver con toda claridad los rostros perplejos de tres oficiales de Hapes y los nombres bordados con hilos de plata en los cuellos de sus guerreras. Han nunca había visto a nadie de Hapes. Su sector estelar era famoso por su riqueza, y los hapanianos vigilaban celosamente sus fronteras. Han ya sabía que eran humanos —pues los seres humanos se habían esparcido por la galaxia proliferando como las malas hierbas—, pero le sorprendió descubrir que las tres oficiales —pues las tres eran mujeres— eran asombrosamente hermosas. Parecían soberbios adornos vivos de una delicada fragilidad.

—¡Cesen la acción evasiva! —gritó el capitán Onoma, un oficial calamariano de piel color rosa salmón que estaba sentado ante una consola de control ocupándose de los sensores.

—¿Qué? —exclamó Han, muy sorprendido al ver que aquel calamariano de rango tan inferior se atrevía a revocar sus órdenes.

—Los hapanianos no están disparando, y todas las emisiones suyas que recibimos son amistosas —respondió Onoma volviendo un gran ojo dorado hacia Han.

El crucero calamariano interrumpió su loca huida a toda máquina y empezó a reducir la velocidad.

—¿Amistosas? —preguntó Han—. ¡Son del cúmulo de Hapes! ¡Los hapanianos nunca son amistosos!

—Aun así, parece ser que han venido para negociar un tratado de alguna clase con la Nueva República. Los Destructores Estelares que los acompañan son suyos, y fueron capturados a los imperiales. Como puede ver, nuestras fuerzas de defensa planetaria siguen estando intactas...

El capitán Onoma alzó la cabeza señalando un Destructor Estelar en otro cuadrante, y Han reconoció sus emblemas. Era la nave insignia de Leia, elSueño Rebelde.Cuando lo capturaron arrebatándoselo a los imperiales había parecido increíblemente gigantesco, pero al lado de aquella flota de Hapan parecía pequeño e insignificante. Agrupados a su alrededor y a poca distancia delSueño Rebelde,Han vio una docena de naves más pequeñas, acorazados de la República en cuyos cascos aún estaban pintados los emblemas de la vieja Alianza Rebelde.

Cuando vio por primera vez un navio de combate hapaniano, Han estaba haciendo contrabando de armas con un pequeño convoy bajo el mando del capitán Rula. Hapes aún no había sucumbido al poder del Imperio, por lo que los contrabandistas habían estado utilizando una avanzadilla en territorio neutral cerca de las fronteras del cúmulo estelar de Hapes, con la esperanza de que su proximidad a los hapanianos mantendría alejado al Imperio de ellos. Pero un día emergieron del hiperespacio y se encontraron con un Dragón de Batalla hapaniano inmóvil en pleno centro de su ruta. Estaban en territorio neutral y no emprendieron ninguna acción agresiva, pero aun así sólo tres de las veinte naves de los contrabandistas consiguieron sobrevivir al ataque hapaniano.

—General Solo, estamos recibiendo una llamada de la embajadora Leia Organa —dijo un oficial de comunicaciones.

—Iré a mi camarote y responderé desde allí —dijo Han.

Salió a toda prisa para teclear el código de aceptación de la llamada. La imagen de Leia apareció en la pequeña pantalla.

Leia sonreía y estaba eufórica, y había una expresión soñadora en sus ojos oscuros.

—Oh, Han —dijo con voz entrecortada y en un tono lleno de dulzura—. Me alegra tanto que estés aquí...

Vestía el uniforme totalmente blanco de los embajadores alderaanianos, y llevaba la cabellera suelta. Durante los últimos meses le había crecido mucho el cabello, y Han nunca se lo había visto tan largo. Llevaba los prendedores que le había regalado, hechos con plata y ópalos extraídos de las minas de Alderaan antes de que el gran almirante destruyera el planeta convirtiéndolo en cenizas y polvo espacial con la primera Estrella de la Muerte.

—Yo también te he echado de menos —dijo Han con voz enronquecida.

—Ven a la Gran Sala de Recepción de Coruscant —dijo Leia—. Los embajadores de Hapes están a punto de llegar.

—¿Qué quieren?

—No se trata de lo que quieren, sino de lo que están ofreciendo —dijo Leia—. Hace tres meses fui a Hapes y hablé con la Reina Madre. Le pedí ayuda en nuestra lucha con el Señor de la Guerra Zsinj. Parecía muy distante y nada dispuesta a comprometerse, pero me prometió que pensaría en ello. La única respuesta que se me ocurre es que han venido a prestarnos esa ayuda.

Últimamente Han había empezado a comprender que ganar la guerra contra los restos del Imperio exigiría años de lucha, y quizá incluso décadas. Zsinj y unos cuantos señores de la guerra de segunda fila estaban sólidamente instalados en más de un tercio de la galaxia, pero los señores de la guerra parecían haber decidido entrar en acción, y estaban saqueando sistemas estelares enteros mientras avanzaban como una marea incontenible hacia los mundos libres. La Nueva República no podía patrullar un frente tan grande. Al igual que el viejo Imperio había luchado para rechazar a la Alianza Rebelde, la Nueva República se enfrentaba al poderío de los señores de la guerra y sus grandes flotas. Han no quería que Leia se hiciera demasiadas ilusiones sobre una alianza con Hapes.

—No esperes demasiado de los hapanianos —le dijo—. Que yo sepa, nunca le han dado nada a nadie..., salvo problemas y quebraderos de cabeza.

—¡Pero si ni siquiera les conoces! Limítate a venir al Gran Salón de las Recepciones —replicó Leia en un tono repentinamente seco, como si tuviera muchas cosas que hacer y ni un instante que perder—. Oh, y bienvenido.

Le dio la espalda y cortó la transmisión.

—Sí —murmuró Han—. Yo también te he echado de menos.

Han y Chewbacca recorrieron a toda prisa las calles que llevaban al Gran Salón de las Recepciones de Coruscant. Se encontraban en una parte bastante antigua de Coruscant en la que la ciudad que ocupaba toda la superficie del planeta no había sido construida encima de las ruinas, por lo que los edificios de plastiacero los rodeaban por todas partes alzándose como las paredes de un cañón. Las sombras proyectadas por los edificios eran tan grandes y oscuras que las lanzaderas, que iban y venían a gran velocidad por los huecos que había entre los edificios, se veían obligadas a circular con las luces de navegación encendidas incluso de día, lo cual creaba un gigantesco tapiz luminoso. Cuando Han y Chewie llegaron al Gran Salón de las Recepciones, la banda procesional ya estaba interpretando una marcha extrañamente delicada y estridente utilizando tintineadores y cuernos woot.


Page 2

El Gran Salón de las Recepciones era un edificio enorme que tenía más de mil metros de longitud, con catorce niveles para asientos, pero cuando Han fue hacia una entrada descubrió que todos los accesos estaban obstruidos por grupos de curiosos que habían acudido para ver a los hapanianos. Han pasó corriendo junto a las cinco primeras entradas, y de repente vio un androide de protocolo dorado que daba saltitos nerviosos y se ponía de puntillas intentando ver algo por encima de la multitud. Muchas personas afirmaban que todos los androides de un modelo dado tenían el mismo aspecto, pero Han reconoció a Cetrespeó al instante: por mucho que se esforzara, ninguna otra unidad de protocolo conseguiría jamás parecer tan nerviosa o excitada.

—¡Cetrespeó, montón de hojalata! —gritó Han intentando hacerse oír por encima del ruido de la multitud.

Chewbacca lanzó un rugido de saludo.

—¡General Solo! —respondió Cetrespeó con un perceptible alivio en la voz—. La princesa Leia me ha pedido que le localice y le escolte hasta el palco del embajador de Alderaan. ¡Estaba empezando a temer que nunca conseguiría dar con usted entre la muchedumbre! Tiene suerte de que yo haya sido lo suficientemente previsor como para esperarle en este lugar... ¡Por aquí, señor, por aquí!

Cetrespeó les guió a través de una calle muy ancha y por una rampa lateral, pasando junto a varios centinelas.

Subieron por un largo pasillo serpenteante en el que fueron dejando atrás muchas puertas, y Chewbacca olisqueó el aire y gruñó. Doblaron una esquina y Cetrespeó se detuvo al lado de la entrada a un palco. En el palco había unas cuantas personas inmóviles delante de la gran cristalera contemplando el desfile que se iba desarrollando debajo de ellas. Han reconoció a unas cuantas: Carlist Rieekan, el general de Alderaan que había estado al mando de la base de Hoth;

Threkin Horm, presidente del poderoso Consejo de Alderaan, un hombre inmensamente gordo que prefería desplazarse sentado en un sillón repulsor a tratar de transportar su peso de un lado a otro; y Mon Mothma, gobernante de la Nueva República, al lado de un gotal barbudo y canoso que contemplaba con expresión impasible la explanada interior y tenía la cabeza inclinada y los cuernos sensores apuntando a Leia.

Todos los diplomáticos estaban hablando en voz baja mientras escuchaban los susurros de sus comunicadores y observaban a Leia, quien estaba sentada sobre un estrado contemplando con majestuosa tranquilidad a la lanzadera diplomática de Hapes que se había posado sobre una pequeña pista instalada en la gran sala abierta al aire libre. Unos quinientos mil seres se habían congregado allí con la esperanza de poder echar un vistazo a los hapanianos. Decenas de miles de guardias de seguridad habían despejado la alfombra dorada que se extendía entre la lanzadera y Leia, y Han alzó la mirada hacia los palcos. Casi todos los sistemas estelares del antiguo Imperio tenían su propio palco, con el estandarte de la nación al lado de cada uno. Más de seiscientos mil estandartes colgaban de los viejos muros de mármol, indicando la pertenencia a la Nueva República. La lanzadera bajó sus rampas de descarga, y el silencio se adueñó de la explanada.

Han fue hacia Mon Mothma.

—¿Qué está pasando? —preguntó—. ¿Por qué no está en el estrado con Leia?

—No se me ha invitado a conocer a los embajadores de Hapes —replicó Mon Mothma—. Dijeron que sólo querían hablar con Leia. Durante los tres mil últimos años, incluso la Vieja República mantuvo contactos muy limitados con la monarquía de Hapes, por lo que me pareció mejor mantenerme alejada hasta que se me invitara.

—Muy considerado por su parte —dijo Han—, pero usted ha sido elegida líder de la Nueva República...

—Y la Reina Madre, la Ta'a Chume, parece sentirse un poco amenazada por nuestras costumbres democráticas. No, si eso sirve para que se sienta un poco más a gusto, me pareció que sería preferible permitir que los embajadores de la Ta'a Chume hablaran a través de Leia... ¿Ha contado el número de Dragones de Batalla que hay en la flota hapaniana? Pues hay sesenta y tres..., uno por cada planeta habitado del cúmulo estelar de Hapes. Los hapanianos nunca habían iniciado un contacto a tan gran escala con nosotros. Sospecho que éste es el contacto más importante que nuestros pueblos han establecido durante los últimos tres milenios.

Han no lo dijo, pero se sentía un poco agraviado por no estar sentado al lado de Leia. El hecho de que Mon Mothma hubiera sido tratada de manera similar sólo servía para agravar la ofensa. Sólo tuvieron que esperar un momento más antes de que los hapanianos empezaran a desembarcar de la lanzadera.

La primera figura que salió de la lanzadera era una mujer de larga cabellera oscura y ojos color ónice que reflejaban la luz con un sinfín de destellos. Llevaba un traje de una delgada tela iridiscente color melocotón que dejaba al descubierto sus largas piernas. El palco tenía una conexión con los micrófonos de la explanada, y Han pudo oír el suspiro que pareció ondular de un extremo a otro de la multitud cuando aquella hermosa mujer se dirigió al estrado.

Fue hacia Leia e hincó grácilmente una rodilla en el suelo sin apartar los ojos de ella.

—Ellene sellibeth e Ta'a Chume—dijo en hapaniano con voz potente y límpida—.'Shakal Leia, ereneseth a'apelle seranel Hapes. Rennithelle saroon.

Después giró sobre sí misma y dio seis palmadas, y docenas de mujeres vestidas con trajes de una tela iridiscente color oro empezaron a salir de la lanzadera corriendo ágilmente y tocando flautas plateadas o tambores, mientras otras repetían una y otra vez «Hapes, Hapes, Hapes» con voces agudas y cristalinas.

Mon Mothma se acercó el comunicador a la oreja y escuchó atentamente mientras un traductor repetía las palabras en básico, pero Han no pudo oír su voz.

—¿Hablas esta jerga? —preguntó volviéndose hacia Cetrespeó.

—Domino con fluidez más de seis millones de formas de comunicación, señor —dijo Cetrespeó con voz abatida—, pero creo que debo estar sufriendo una avería. La embajadora de Hapes no puede haber dicho lo que he oído. —Cetrespeó giró sobre sí mismo y empezó a alejarse—. ¡Malditos circuitos lógicos oxidados...! Tendrá que disculparme, señor, pero he de ir a que me reparen.

—¡Espera! —exclamó Han—. Olvídate de las reparaciones. ¿Qué ha dicho?

—Creo que debo haberlo entendido mal, señor —dijo Cetrespeó.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Han con voz más seca y apremiante, y Chewbacca lanzó un gruñido de advertencia.

—Bueno, si se lo va a tomar así... —respondió Cetrespeó en un tono claramente ofendido—. Bien, si mis sensores han captado correctamente sus palabras, la delegada ha transmitido un mensaje de la Reina Madre: «Noble Leia, te ofrezco regalos de los sesenta y tres mundos de Hapes. Regocíjate en ellos».

—¿Regalos? —preguntó Han—. Pues creo que está muy claro, ¿no?

—Desde luego que sí. Los hapanianos nunca solicitan un favor sin ofrecer un regalo del mismo valor antes —le explicó Cetrespeó con condescendencia—. No, lo que me preocupa es el uso de la palabrashakal,«noble»... La Reina Madre nunca tendría que utilizar esa palabra refiriéndose a Leia, pues los hapanianos sólo la emplean cuando se dirigen a un igual.

—Bueno, las dos son de la realeza, así que... —sugirió Han.

—Cierto —dijo Cetrespeó—, pero los hapanianos prácticamente adoran a su Reina Madre. De hecho, uno de los nombres que le dan esEreneda,«la que no tiene igual». En consecuencia, no me parece lógico que la Reina Madre se refiera a Leia llamándola su igual.

Han bajó la mirada hacia la rampa de descarga y un negro presentimiento se adueñó de él haciéndole estremecer. Los tambores retumbaron con un redoble atronador. Tres mujeres vestidas con sedas de colores tan vivos que resultaban casi chillones salieron rápidamente de la lanzadera llevando un gran recipiente del color de la madreperla. Cetrespeó seguía hablando consigo mismo, y murmuraba que debía hacer reparar de una vez sus circuitos lógicos cuando las tres mujeres esparcieron el contenido del recipiente sobre el suelo. Un jadeo ahogado de sorpresa y estupor escapó de la boca de todos los presentes.

—¡Gemas arco iris de Gallinore!

Las gemas ardían con su propio fuego interno, brillando en docenas de matices que iban desde el destello rojo rubí hasta la llama verde de la esmeralda. En realidad, aquellas gemas de valor incalculable no eran tales, sino una forma de vida basada en el silicio que resplandecía con su brillante claridad interior. Las criaturas, que solían ser llevadas en medallones, necesitaban millares de años para alcanzar su madurez. Una sola gema bastaba para adquirir un crucero calamariano, y sin embargo la delegación de Hapan acababa de arrojar centenares de parejas que hacían juego sobre el suelo. Leia no mostró la más mínima sorpresa.

Un segundo trío de mujeres mucho más altas que las primeras que iban vestidas con prendas de cuero de color canela y ocre oscuro salió de la lanzadera diplomática. Bailaron grácilmente al son de las flautas y los tambores, y por entre ellas avanzó una plataforma flotante sobre la que había un arbolito de tronco nudoso y retorcido con frutos de un marrón rojizo. Dos luces flotaban sobre él, brillando con un suave resplandor como si fueran los soles gemelos de un planeta desértico. La multitud empezó a murmurar en voz baja hasta que la embajadora explicó la naturaleza del regalo.

—Selabah, terrefel n lasarla(«Un árbol de la sabiduría de Selab con sus frutos.») —dijo.

La multitud prorrumpió en gritos y vítores de deleite, y Han quedó perplejo. Hasta aquel momento había creído que los árboles de la sabiduría de Selab no eran más que una leyenda. Se decía que el fruto de los árboles de la sabiduría aumentaba considerablemente la inteligencia de quienes habían entrado en la ancianidad.

Han sintió que la sangre le palpitaba en las venas, y empezó a sentirse un poco mareado. Un hombre avanzó acompañado por la música de las flautas y los tambores: era un guerrero ciborg casi tan alto como Chewbacca, y llevaba una armadura hapaniana completa, negra con orlas plateadas. Fue con paso decidido hacia el estrado, sacó un artefacto mecánico de su brazo y lo dejó en el suelo delante de Leia.

—Charubah endara, mella n sesseltar(«Del mundo de alta tecnología de Charubah, ofrecemos una Pistola de Mando»).

Han se apoyó en el cristal. La Pistola de Mando había hecho casi irresistibles a las tropas de Hapes en los combates librados con armamento ligero, pues emitía un campo de onda electromagnética que dejaba virtualmente neutralizados los procesos del pensamiento voluntario de los enemigos. Quienes recibían el impacto de la Pistola de Mando quedaban tan impotentes e indefensos como un inválido, dejaban de ser conscientes de lo que les rodeaba y tendían a obedecer cualquier orden que se les diera, pues no podían distinguir la orden procedente de un enemigo de los pensamientos fruto de su propia voluntad. Han empezó a sudar. «Cada uno de sus mundos... Cada planeta del sistema de Hapes está ofreciendo sus mayores tesoros —comprendió—. ¿Qué pueden esperar obtener con ello? ¿Qué querrán a cambio de esos regalos?»

Han pasó la hora siguiente contemplando el desfile. La música de los tambores y las flautas, y las voces agudas y cristalinas de las mujeres que repetían el cántico «Hapes, Hapes, Hapes» una y otra vez, parecían palpitar en sus venas y en sus sienes. Doce de los planetas más pobres regalaron a Leia otros tantos Destructores Estelares capturados al Imperio, y otros ofrecieron objetos que encerraban un valor más esotérico. De Arabanth llegó una anciana que sólo pronunció unas cuantas palabras sobre la importancia de abrazar la vida mientras se aceptaba la muerte, ofreciendo un «pensamiento enigma» que su pueblo consideraba era de un gran valor. Ut envió a una mujer que cantó una canción tan hermosa que el sonido pareció llevar hasta su planeta a Han flotando sobre una cálida brisa.

—Sabía que Leia había pedido dinero para ayudar a financiar la lucha contra los señores de la guerra —oyó que susurraba Mon Mothma en un momento dado—, pero nunca había imaginado...

Y el coro dejó de cantar y los tambores dejaron de sonar, y una parte de la riqueza de los mundos ocultos de Hapes permaneció esparcida sobre el suelo de la Gran Sala de Recepciones. Han descubrió que estaba respirando de manera entrecortada, pues había estado conteniendo el aliento sin darse cuenta mientras eran ofrecidos los regalos.

El silencio que se había adueñado de la gran explanada parecía pesado y ominoso. Había más de doscientas embajadoras de los mundos de Hapes inmóviles delante del estrado, y Han las contempló con expresión asombrada y volvió a sentirse impresionado ante su gracia, su belleza y su fuerza. Jamás había visto una mujer de Hapes con anterioridad, pero después de aquel día ya no las olvidaría jamás.

Las hapanianas siguieron en silencio y nadie habló. Han estaba esperando con impaciencia oír qué pedirían a cambio. Sintió que se le aceleraba el pulso, pues comprendió que sólo podían querer una cosa: un pacto con la República. Hapes pediría a la República que uniera sus fuerzas a las suyas en una guerra sin cuartel y a gran escala contra el poderío combinado de los señores de la guerra que eran los últimos restos del Imperio.

Leia se inclinó hacia adelante en su trono y contempló los regalos con expresión aprobadora.

—Dijiste que traías regalos de vuestros sesenta y tres mundos —dijo mirando a la embajadora—, pero aquí sólo veo regalos de sesenta y dos de ellos. No me has ofrecido nada del mismo Hapes.

Sus palabras dejaron perplejo a Han. Ya hacía mucho rato que había perdido la cuenta de los regalos, pues había quedado aturdido ante toda la riqueza que estaba ofreciendo la delegación de Hapes, y el comentario de Leia le pareció una inadmisible muestra de codicia. Han pensó que la delegación hapaniana le reprocharía sus malos modales, lo recogería todo y se iría sin perder ni un instante.

Pero la embajadora de Hapes sonrió afablemente, como si le complaciera mucho que Leia se hubiera percatado de que faltaba el regalo del mismo Hapes, y alzó la cabeza y la miró a los ojos. Después habló.

—Eso se debe a que hemos reservado el más grande de nuestros regalos para el final —tradujo Cetrespeó.

La embajadora movió una mano y toda la delegación hapaniana se apartó dejando vacío el pasillo. Su último regalo fue traído sin fanfarrias y sin la música de los clarines, acompañado únicamente por el silencio.


Page 3

Dos mujeres modestamente vestidas de negro con anillos de plata adornando sus oscuras cabelleras salieron de la nave flanqueando a un hombre. El hombre llevaba una tiara de plata que sostenía un velo negro delante de su rostro, y su larga cabellera rubia caía en libertad sobre sus hombros. Llevaba el pecho desnudo salvo por una pequeña media capa de seda sujeta con broches de plata, y sus musculosos brazos sostenían una gran caja de ébano adornada con complejas incrustaciones de plata.

El hombre avanzó con la caja hasta el estrado y la dejó en el suelo. Después dobló las rodillas y se sentó sobre las piernas con las manos apoyadas en las rodillas, y las mujeres apartaron su velo negro. Debajo de él había el rostro masculino más increíblemente apuesto que Han había visto en toda su vida. Sus ojos de mirada profunda y escrutadora eran de un azul grisáceo, como el color del mar en el horizonte, y prometían ingenio, humor y sabiduría, y sus poderosos hombros y su firme mandíbula estaban llenos de fuerza. Han comprendió que debía ser algún alto dignatario de la casa real de Hapes.

—Hapesah, rurahsen Ta'a Chume, elesa Isolder Chume'da(«De Hapes, la Reina Madre ofrece a su mayor tesoro, su hijo Isolder, el Chume'da, cuya esposa gobernará como reina.») —dijo la embajadora.

Chewbacca gruñó, y en la multitud que se extendía debajo de ellos todo el mundo pareció hablar al mismo tiempo, creando una conmoción que resonó en los oídos de Han como el primer retumbar de una tormenta.

Mon Mothma se quitó los auriculares y observó a Leia con expresión pensativa, uno de los generales del palco lanzó un juramento y sonrió, y Han retrocedió apartándose del ventanal.

—¿Qué...? —preguntó Han—. ¿Qué significa eso?

—La Ta'a Chume quiere que Leia se case con su hijo —respondió Mon Mothma en voz baja.

—Pero Leia no lo hará, ¿verdad? —preguntó Han.

Y de repente su seguridad inicial de que no lo haría empezó a vacilar. Sesenta y tres de los planetas más ricos de la galaxia. Gobernar como matriarca a miles de millones de personas, con aquel hombre a su lado...

Mon Mothma alzó la mirada hacia los ojos de Han como si le estuviera evaluando en silencio.

—Con la riqueza de Hapes para ayudar a financiar la guerra, Leia podría acabar rápidamente con los últimos restos del Imperio, y de paso evitaría que se perdieran miles de millones de vidas —le dijo—. Sé lo que ha sentido por ella en el pasado, general Solo, pero aun así, creo que hablo por todos en la Nueva República cuando digo que espero que Leia acepte la oferta por el bien de todos nosotros.

Capítulo 2

Luke captó la proximidad de las ruinas del hogar del antiguo Maestro Jedi antes de que el wífido que le servía como guía le llevara hasta ellas. Al igual que el mismo paisaje de Toóla —una llanura árida y desolada donde los raquíticos líquenes purpúreos brotaban de las delgadas láminas de hielo invernal—, las ruinas emitían una sensación de limpieza refrescante y, al mismo tiempo, de vacío, casi como si jamás hubieran sido visitadas por seres humanos. Esa sensación de limpia pureza garantizaba a Luke que las ruinas habían sido la morada de un Jedi bueno.

El inmenso wífido avanzaba sobre el musgo purpúreo sosteniendo una vibro-hacha en su manaza mientras las brisas primaverales agitaban su pelaje color marfil. De repente se detuvo y alzó su largo hocico de tal forma que las puntas de sus enormes colmillos quedaron enfiladas hacia un distante sol púrpura, y después emitió un silbido trompeteante y escrutó la lejanía con sus ojillos negros.

Luke echó hacia atrás la capucha de su traje para la nieve y pudo distinguir el peligro del horizonte. Una bandada de demonios de las nieves estaba descendiendo desde el refugio de las nubes, y sus alas peludas se movían con destellos grises bajo los rayos del sol que caían siguiendo una trayectoria oblicua. El wífido silbó un grito de batalla temiendo que les atacaran, pero Luke extendió su mente y captó el hambre de los demonios de las nieves. Estaban persiguiendo a un rebaño de motmots de hirsuto pelaje que avanzaban como colinas heladas en el horizonte, buscando una cría lo suficientemente pequeña como para poder matarla.

—Paz —dijo Luke y extendió la mano para rozar el codo del wífido—. Muéstrame las ruinas.

Luke intentó utilizar la Fuerza para calmar al guerrero, pero el wífido se estremeció y apretó con más fuerza la empuñadura de su vibro-hacha anhelando la batalla.

El wífido silbó una larga réplica mientras señalaba el norte, y Luke tradujo lo que había dicho mediante el poder de la Fuerza. «Busca la tumba del Jedi si debes hacerlo, pequeño, pero yo he de ir a cazar. He divisado a un enemigo, y mi honor exige que lo ataque. Esta noche mi clan se dará un banquete de demonio de las nieves...» El wífido llevaba un cinturón de armas como única prenda, y escogió una maza a la que iba unida una bola de pinchos de hierro ennegrecido del despliegue de armamento que colgaba de su cinturón. Después se lanzó a la carga sosteniendo un arma en cada puño enorme, moviéndose más deprisa de lo que Luke jamás hubiese creído posible en una criatura de su tamaño.

Luke meneó la cabeza y compadeció a los demonios de las nieves. Erredós silbó a su espalda pidiendo a Luke que no avanzara tan deprisa mientras el pequeño androide se deslizaba sobre una lámina de hielo particularmente traicionera. Luke y Erredós siguieron avanzando en dirección norte hasta llegar a las tres grandes rocas en forma de losa que surgían del suelo para formar el techo y los lados de un túnel. El túnel olía a sequedad, y Luke cogió una minilinterna de su cinturón de herramientas y empezó a avanzar por él. El túnel se había derrumbado a poca distancia de la superficie, y un peñasco gigantesco obstruía el camino. El hollín que manchaba el peñasco indicaba el lugar en el que un detonador térmico lo había desprendido hacía muchísimo tiempo, ocultando lo que hubiera al otro lado.

Luke cerró los ojos y envió su mente hacia adelante hasta que la Fuerza se canalizó a través de él. Movió la roca, la levantó y la mantuvo flotando en el aire.

—Adelante, Erredós —susurró Luke.

El androide avanzó a toda velocidad y lanzó un silbido de preocupación al pasar por debajo de la roca suspendida. Luke se encogió para pasar por debajo del peñasco, y volvió a dejar que se posara en el suelo detrás de él.

Descubrió huellas dejadas por las botas de las tropas de asalto imperiales en el suelo de tierra inmediatamente detrás de la roca, perfectamente conservadas a pesar de todos los años que habían transcurrido desde que fueron hechas. Luke estudió las huellas y se preguntó si alguna de ellas pertenecería a su padre. Darth Vader probablemente habría tenido que estar presente, ya que era el único capaz de matar al Maestro Jedi que había vivido en aquellas cavernas; pero las huellas no le dijeron nada.

El túnel iba bajando en un continuo serpenteo a través de cámaras de almacenamiento abiertas a gran profundidad por debajo del suelo. La atmósfera estaba impregnada por el olor a rancio de los excrementos y el pelaje de los roedores. Un androide de suministro energético no muy grande y de forma cuadrada yacía muerto en un pasadizo, su energía agotada por completo hacía ya mucho tiempo. Otra cámara estaba casi totalmente ocupada por un calentador térmico, cuyos cables de alimentación habían sido roídos por los dientes de pequeñas alimañas. Luke fue siguiendo el túnel dirigiéndose hacia la sensación de limpieza que había dejado el Jedi, y acabó llegando a la habitación del Maestro muerto. El cuerpo había desaparecido, disipado tal como había ocurrido con los de Yoda y Ben, pero Luke pudo sentir el residuo de la fuerza del Maestro Jedi, y descubrió un traje para la nieve lleno de tajos y quemaduras cerca del que había una espada de luz. Luke cogió la espada y la conectó. Un chorro de energía opalescente brotó de la empuñadura cuando la espada cobró vida con un zumbido.

Luke pensó durante unos momentos en el hombre al que había pertenecido la espada, y la desconectó. Sabía muy poco sobre él aparte de que el Maestro Jedi había servido a la Vieja República durante sus últimas horas. Luke llevaba meses siguiendo su pista. El Maestro Jedi había sido conservador de archivos de los Jedi en Coruscant y, como tal, parecía no ser más que un funcionario subalterno que no merecía atraer la atención de los imperiales que invadieron el planeta, pero había huido de Coruscant con los archivos de un millar de generaciones de Jedi.

Luke albergaba la esperanza de que esos archivos serían algo más que un mero catálogo de los actos de los Jedi. De hecho, cabía la posibilidad de que contuvieran la sabiduría de los antiguos Maestros Jedi, sus pensamientos y sus aspiraciones. Como joven Jedi que no había sido educado a fondo en las peculiaridades de la Fuerza, Luke esperaba poder descubrir en ellos los misterios más profundos de cómo los Jedi habían adiestrado a sus guerreros, sus videntes y sus médicos.

La mirada de Luke recorrió la habitación iluminada por la débil claridad de su minilinterna, buscando cualquier cosa que pudiera proporcionarle una pista. Erredós se había metido en un pasadizo lateral y estaba abriéndose paso a través de la oscuridad gracias a sus focos. Un instante después Luke le oyó lanzar un silbido quejumbroso y le siguió por el pasadizo.

El pasadizo llevaba a cámaras de paredes ennegrecidas que habían sido abiertas en la roca viva y en las que se habían almacenado hilera tras hilera de células de holovídeos, pero las grabaciones habían sido reducidas a cenizas. Los cilindros de ordenador se habían convertido en montones de escoria a medio fundir, y sus núcleos de memoria estaban calcinados. Los detonadores térmicos habían derretido las grabaciones, pero Luke también encontró fragmentos de granadas de pulso electromagnético. Quien destruyó los holovídeos había hecho cuanto estaba en sus manos para borrar los datos que contenían antes.

Luke fue por el túnel y dejó atrás docenas y docenas de células, echando un rápido vistazo a cada una cuando pasaba junto a ella. No quedaba nada. Todo había desaparecido. El conocimiento y las obras de un millar de generaciones de Jedi se habían esfumado.

—Es inútil, Erredós —dijo Luke.

Sus palabras parecieron ser engullidas por la oscuridad y el silencio de los túneles vacíos. Erredós lanzó un silbido melancólico y siguió rodando por el pasadizo, levantándose sobre sus ruedas para echar un vistazo por encima del borde de cada célula.

Ya no quedaba nada. Luke comprendió que todo había desaparecido. El Emperador no se había conformado con perseguir y matar a los Jedi. Quería obtener el control absoluto de la galaxia, y le había parecido necesario no sólo extinguir su fuego eliminándolo del universo, sino aplastar sus ascuas y dispersar sus cenizas para que los Jedi no volvieran a surgir jamás de ellas. La consecuencia era que después de meses de búsqueda, Luke sólo había encontrado cenizas.

Luke se sentó en el suelo y se tapó los ojos con una mano mientras se preguntaba qué debía hacer a continuación. No cabía duda de que habían existido otros archivos y otras copias, desde luego. Tendría que volver a Coruscant e iniciar la búsqueda allí.

De repente Erredós empezó a lanzar nerviosos silbidos desde el otro extremo de la cámara, cerca del final del túnel.

—¿Has encontrado algo? —preguntó Luke.

Se puso en pie, se limpió las cenizas que se habían adherido a su traje para la nieve y se obligó a caminar despacio. Erredós había encontrado una célula en la que los registros no estaban derretidos.

El detonador térmico había fallado, y aún estaba encima de ella. La granada de pulso electromagnético se había fragmentado, pero Luke se preguntó hasta qué punto habría sido efectiva. Cogió un cilindro de ordenador de la parte superior de la célula y lo introdujo en Erredós. El androide silbó y se inclinó hacia adelante preparándose para proyectar el holograma, pero pasado un momento expulsó el cubo con un siseo ahogado.

—Vamos, vamos... —murmuró Luke con voz esperanzada.

Hurgó en el fondo del montón y extrajo de él un segundo cilindro que introdujo en el androide, y Erredós le mostró el holograma de un hombre que vestía una túnica verde pálido muy holgada cuyos pliegues ondulaban a su alrededor; pero la interferencia estática era tan considerable que la imagen holográfica no tardó en disgregarse. Erredós expulsó el cilindro y la luz de sus faros volvió a brillar sobre la célula, apremiando a Luke a que hiciese un nuevo intento.

—De acuerdo —suspiró Luke.

Buscó un cilindro que estuviera lo más alejado posible de la granada de pulso electromagnético. Hurgó en el montón y encontró uno en una esquina de la cámara, y se disponía a sacarlo cuando sintió que la Fuerza tiraba de él en otra dirección. Siguió buscando a tientas entre los cilndros hasta que sus dedos rozaron uno de ellos, y de repente experimentó una clara e inconfundible sensación de paz.

—«Éste, éste... —pareció susurrar una voz—. Éste es el que andas buscando.»

Luke lo cogió, lo sacó del montón y retrocedió un par de pasos. No hubiese podido explicar cómo lo sabía, pero tenía la seguridad de que continuar registrando las cavernas no serviría de nada. Si había alguna respuesta que encontrar allí, la tenía en la mano.

Introdujo el cilindro en Erredós y éste captó una señal casi inmediatamente. Las imágenes aparecieron en el aire delante del androide mostrando una antigua sala del trono en la que los Jedi se iban presentando uno por uno delante de su gran maestro para exponer sus informes. Pero el holograma estaba fragmentado, y había sufrido un borrado tan concienzudo que Luke sólo obtuvo briznas y pequeños fragmentos de información: un hombre de piel azulada dando detalles sobre una terrible batalla espacial contra unos piratas, un twi'lek de ojos amarillos y coletas ondulantes que contaba cómo había descubierto la existencia de una conspiración para asesinar a un embajador... Una fecha y una hora parpadeaban durante unos momentos en la imagen antes de cada informe. El holograma tenía casi cuatrocientos años estándar de antigüedad.

Y de repente Yoda apareció en la imagen y alzó la mirada hacia el trono. Su color era más vibrantemente verde de lo que recordaba Luke, y no utilizaba su bastón. El Yoda de la madurez tenía un aspecto casi jovial y despreocupado, y no se parecía en nada al Jedi viejo y encorvado que Luke había conocido. Casi toda la banda de audio estaba borrada, pero Luke pudo oír con toda claridad unas cuantas palabras a través del siseo de fondo.


Page 4

—Chu'unthor en Dathomir... Lo intentamos... —dijo Yoda—, pero fuimos rechazados por las brujas..., escaramuza con los maestros Gra'aton y Vulatan... Cuatrocientos acólitos muertos... Volvimos para recuperar...

La banda de audio se borró del todo con un último siseo, y la imagen holográfica no tardó en disolverse dejando paso a una estática azulada salpicada de pequeños chispazos.

Otros Jedi dieron sus informes, pero ninguna de sus palabras parecía ofrecer la más mínima esperanza. Luke se encontró pensando una y otra vez en las palabrasChu'unthoryDathomir,y se preguntó si la primera habría sido una sola persona —quizá un líder político— o si podía haber sido toda una raza. Y Dathomir... ¿Dónde estaba?

—Erredós, repasa tus ficheros de astrogación y dime si encuentras alguna referencia a un lugar llamado Dathomir —dijo Luke—. Podría ser un sistema estelar, un planeta...

«Quizá incluso una persona», pensó con repentino abatimiento.

Erredós permaneció en silencio durante un momento y después emitió un silbido de negativa.

—Ya me lo imaginaba —dijo Luke—. Yo tampoco he oído hablar nunca de Dathomir...

Había tantos planetas que fueron destruidos o convertidos en inhabitables durante las Guerras Clónicas... Dathomir quizá fuera uno de ellos, un mundo tan devastado que había acabado siendo olvidado; o quizá fuera un lugar pequeño, una luna en algún planeta del Borde Exterior, tan alejada de la civilización que el dato de su existencia había terminado desapareciendo de los archivos. Quizá incluso fuera menos que una luna... ¿Un continente, una isla, una ciudad? Fuera lo que fuese Dathomir, Luke estaba seguro de que lo encontraría en algún momento y en algún lugar.

Volvieron a la superficie y descubrieron que había anochecido mientras investigaban los subterráneos. Su guía wífido no tardó en volver arrastrando el cuerpo de un demonio de las nieves abierto en canal y ya limpio. Las garras blancas del demonio se curvaban en el aire, y su larga lengua púrpura brotaba como una serpiente de entre sus enormes colmillos. A Luke le asombró que el wífido pudiera remolcar a semejante monstruo, pero el wífido se había limitado a agarrar la larga cola peluda del demonio con una mano y había conseguido llevarlo hasta el campamento.

Luke pasó la noche con los wífidos en un enorme refugio construido con el costillar de un motmot que había sido recubierto de pieles para proteger del viento a sus ocupantes. Los wífidos hicieron una gran hoguera en la que asaron al demonio de las nieves, y los jóvenes bailaron mientras los ancianos tocaban sus arpas de garras. Luke permaneció sentado contemplando las llamas que se retorcían ante él y escuchando el tañir de las arpas, y se dedicó a meditar. «Verás el futuro y el pasado. Viejos amigos olvidados hace mucho tiempo...» Eran las palabras que le había dicho Yoda cuando estaba adiestrando a Luke para que pudiera ver lo que se ocultaba tras las neblinas del tiempo.

Luke alzó la mirada hacia el costillar del motmot. Los wífidos habían tallado letras en los huesos que se alzaban diez o doce metros por encima de sus cabezas, escribiendo el linaje de sus antepasados en ellos. Luke no podía leer las letras, pero le pareció que bailaban a la luz de la hoguera, como si fueran palos y piedras que caían del cielo. Las costillas del motmot se curvaban hacia él, y Luke fue siguiendo la curva de los huesos con la mirada. Los palos y las rocas que se precipitaban de las alturas parecían girar, y todos caían hacia él como si quisieran aplastarle. Las fosas nasales de Luke se dilataron de repente, y ni siquiera el frío de Toóla pudo impedir que una delgada capa de sudor perlara su frente, y Luke tuvo una visión.

Estaba en una fortaleza de piedra de las montañas contemplando una llanura más allá de la que se extendía el mar oscuro de un gran bosque, y una tormenta surgió de la nada impulsada por un vendaval de terrible potencia que trajo consigo muros inmensos de nubes negras y polvo, y los árboles se lanzaron hacia él y giraron locamente por el cielo. Las nubes atronaban sobre su cabeza, llenas de llamas púrpura, ocultando hasta el último rayo del sol, y Luke pudo sentir una malevolencia oculta en aquellas nubes y supo que habían sido creadas mediante el poder del lado oscuro de la Fuerza.

El polvo y los guijarros silbaban en el aire flotando en él como hojas de otoño. Luke intentó agarrarse al parapeto de piedra desde el que se dominaba la llanura para no ser arrancado de los muros de la fortaleza. El vendaval palpitaba en sus oídos como el rugido de un océano, aullando salvajemente.

Era como si una tormenta de pura Fuerza oscura se hubiera desencadenado sobre la tierra, y de repente Luke pudo oír carcajadas entre las inmensas nubes de oscuridad que avanzaban retumbando hacia él, el dulce sonido de mujeres que reían. Alzó la mirada hacia las negras nubes, y vio a las mujeres que flotaban en el aire arrastradas junto con las rocas y los escombros como si fueran motas de polvo, y las mujeres no paraban de reír.

Y una voz pareció susurrar «Las brujas de Dathomir...».

Capítulo 3

Leia se quitó la conexión del comunicador del oído y contempló a la embajadora de Hapes con expresión de perplejidad. Tratar con los hapanianos siempre resultaba bastante difícil: la distancia cultural era muy grande, y podían llegar a ofenderse con mucha facilidad. El rugido de los centenares de miles de personas que formaban la multitud empezó a incrementarse, y Leia alzó la mirada hacia las ventanas del palco de Alderaan mientras se preguntaba qué respuesta debía dar. Han se había vuelto de espaldas al cristal y estaba hablando con Mon Mothma.

—Di a la Ta'a Chume que sus regalos son exquisitos y su generosidad ilimitada —le dijo Leia a la embajadora alzando la voz para hacerse oír por encima del estrépito—, pero aun así necesito tiempo para pensar en la oferta.

Después hizo una pausa y se preguntó durante cuánto tiempo tenía derecho a retrasar su respuesta. Los hapanianos eran un pueblo muy decidido y enérgico. La Ta'a Chume tenía la reputación de tomar decisiones de importancia monumental en cuestión de horas. ¿Podría Leia tomarse un día para decidir? Se sentía aturdida, casi mareada.

—¿Puedo hablar, por favor? —preguntó el príncipe Isolder hablando en básico con un marcado acento.

Leia le miró, muy sorprendida al ver que Isolder era capaz de hablar su lenguaje. Contempló sus ojos grises y se acordó de los negros nubarrones cargados de lluvia cálida que se alzaban sobre las montañas tropicales de Hapes.

Isolder sonrió como pidiéndole disculpas. Había una fuerza indefinible en su rostro, una cualidad curtida y enérgica.

—Sé que vuestras costumbres difieren de las nuestras. Así es como acordábamos nuestros matrimonios reales entre los antiguos, pero quiero que te sientas cómoda con cualquier decisión. Te ruego que te tomes el tiempo necesario para conocer Hapes, nuestros mundos, nuestras costumbres... Tómate el tiempo necesario para llegar a conocerme.

Algo en su manera de hablar hizo que Leia comprendiese que se trataba de una oferta inusual.

—¿Treinta días, quizá? —preguntó—. Si de mí dependiera solicitaría menos tiempo, pero he de partir hacia el sistema de Roche dentro de un par de días. Es una misión diplomática.

El príncipe Isolder bajó los ojos en señal de aceptación.

—Por supuesto —dijo—. Una reina siempre debe estar a la disposición de su pueblo... Si partes en una misión diplomática —añadió con un tono de pedir disculpas—, ¿tendré tiempo de verte antes de tu marcha, y bajo circunstancias menos formales?

Leia pensó a toda velocidad. Tenía muchos temas que estudiar y examinar antes de su partida: acuerdos comerciales, quejas presentadas, estudios de exobiología... Al parecer los verpines, una raza de insectos, habían incumplido docenas de contratos para construir navios de combate encargados por los barabels, una raza de carnívoros, y quebrantar un contrato hecho con un barabel siempre resultaba altamente nocivo para la salud. Los verpines, por su parte, afirmaban que una de sus madres de colmena había enloquecido y se había quedado con las naves, y no creían tener ninguna obligación de emplear la fuerza para conseguir que la madre de colmena devolviera la mercancía. Todo el asunto se había complicado todavía más debido a ciertos rumores procedentes de fuentes bastante dignas de confianza, según los cuales los barabels habían iniciado negociaciones para vender verpines despedazados a los chefs de los kubazis, una raza a la que le encantaba comer insectos. Leia acabó decidiendo que no podía permitir que su vida personal interfiriese con su trabajo, por lo menos no en aquellos momentos.

Alzó la mirada hacia la cubierta de observación del palco. Han se había marchado con Chewbacca, y Mon Mothma estaba de cara al cristal con el comunicador pegado al oído. Mon Mothma no se movió, pero Threkin Horm, el presidente del Consejo de Alderaan, estaba sentado a su lado. Threkin asintió con la cabeza indicando a Leia que debía aceptar la petición.

—Sí, por supuesto —dijo Leia—. Si dispones de algún momento libre para verme antes de la misión...

—Mis días y mis noches son tuyos —dijo el príncipe sonriéndole amablemente.

—Entonces te ruego que cenes conmigo esta noche en mi camarote a bordo delSueño Rebelde—dijo Leia.

Isolder volvió a bajar los ojos, y después utilizó el pulgar y el índice de cada mano para alzar el velo negro delante de su rostro. Leia se había maravillado ante la hermosura de los hombres y mujeres de Hapes durante su visita, pero sintió una punzada de pena al ver que Isolder ocultaba su cara, y también se sintió un poco culpable por desear poder contemplarla durante unos momentos más.

Leia salió de la Gran Sala de las Recepciones, y su marcha fue observada por miles de asistentes a la ceremonia. Estaba nerviosa y un poco preocupada, y en aquellos momentos lo único que quería era encontrar a Han. Fue a sus aposentos de la embajada con la esperanza de que Han estaría allí, pero las habitaciones estaban vacías. Eso la dejó perpleja, y Leia utilizó su comunicador para sintonizar la frecuencia militar, y descubrió que Han se había marchado de Coruscant y que se dirigía hacia elSueño Rebelde.Eso era una mala señal. ElHalcón Milenariohabía estado atracado a bordo delSueño Rebeldeesperando el regreso de Han. Cuando Han se sentía preocupado o frustrado, siempre le gustaba trabajar en elHalcón.Utilizar sus manos para resolver problemas con los que estaba familiarizado parecía relajarle, y cuando no se sentía a gusto siempre tenía que ir corriendo a su nave y su trabajo. La propuesta de la delegación hapaniana debía haberle afectado y trastornado profundamente, probablemente de una manera tan profunda que ni el mismo Han sabía reconocer. Leia estaba agotada, pero podía comprender muy bien qué había puesto de tan mal humor a Han, y solicitó que le enviaran su lanzadera personal.

Encontró elHalcónen el muelle de atraque número noventa. Han y Chewie estaban en la cabina principal delante de los paneles de control, muy ocupados con el enredo de cables que establecían las conexiones con los escudos protectores contra ataques mediante armas energéticas y de proyectiles. Chewie alzó la mirada hacia Leia y lanzó un rugido de saludo, pero Han siguió donde estaba, dándole la espalda con un soplete de plasma en la mano. Apagó el soplete, pero no hizo girar la silla del capitán hacia ella para mirarla.

—Hola —dijo Leia en voz baja y suave—. Esperaba encontrarte esperándome en mi habitación en Coruscant.

—Sí, ya... Bueno, tenía que ocuparme de unas cuantas cosas —dijo Han. Chewbacca se puso en pie y abrazó a Leia presionando el pelaje leonado de su estómago contra su rostro, y después bajó a la cubierta inferior dejándoles a solas. Han se volvió hacia Leia. Tenía la frente cubierta de sudor, aunque Leia sabía que no podía llevar trabajando el tiempo suficiente como para transpirar de aquella manera—. Bueno... Eh... ¿Qué tal ha ido todo por ahí abajo? ¿Qué les dijiste a los hapanianos?

—Les pedí que me dieran unos cuantos días para pensarlo —respondió Leia.

No se atrevía a decirle que Isolder la visitaría a bordo delSueño Rebeldeaquella noche.

—Hmmmmm...

Han asintió.

Leia tomó sus manos cubiertas de grasa y suciedad entre las suyas.

—No podía decirles que se fueran —le explicó con dulzura—. Habría sido una descortesía intolerable... Aunque no quiera casarme con su príncipe, no puedo echar a perder nuestra oportunidad de establecer una relación con ellos. Los hapanianos son muy poderosos. Fui a Hapes por la única razón de que quería averiguar si estaban dispuestos a ayudarnos en nuestra lucha contra los señores de la guerra.

—Lo sé. —Han suspiró—. Harías prácticamente cualquier cosa para poder vencerles...

—¿Qué se supone que significan esas palabras?

—Odiabas al Imperio, pero ahora Zsinj y los señores de la guerra son lo único que queda de él. Has arriesgado tu vida una docena de veces para combatirles... Darías tu vida por la Nueva República si eso llegara a ser necesario, ¿verdad? Lo harías sin pensarlo dos veces, sin lamentarte...

—Por supuesto que sí —respondió Leia—. Pero...

—Entonces sospecho que ahora darás tu vida por ella —dijo Han—. Se la entregarás a los hapanianos, pero en vez de morir por ellos lo que harás será vivir por ellos.

—Yo... Yo nunca podría hacer eso —le aseguró Leia.

Han la miró fijamente. Estaba respirando de manera entrecortada, y cuando volvió a hablar todo el dolor y la acusación anteriores se habían esfumado de su voz.

—Por supuesto que no. —Suspiró y dejó el soplete de plasma en el suelo—. No sé por qué se me han metido esas ideas en la cabeza. Yo sólo...

Leia le acarició la frente. Había pasado cinco meses lejos de él, y no sabía muy bien cómo tratarle. Supuso que en circunstancias normales Han se habría tomado la propuesta de los hapanianos como una mera broma, pero estaba muy callado. No, estaba ocurriendo algo más, algo que le estaba hiriendo en lo más profundo de su ser.

—¿Qué pasa? No pareces el de siempre, Han...

—No lo sé —susurró Han—. Es... Bueno, es la última misión. El haber vuelto a todo esto... Estoy tan cansado, Leia... Ya viste lo que elPuño de Hierrohizo en Selaggis. Convirtió toda la colonia en escombros. Lo estuve siguiendo durante meses, y fuera donde fuese todo era lo mismo: estaciones estelares desintegradas, astilleros destruidos... Y todo eso por un solo Super Destructor Estelar con un asesino sentado delante del tablero de mandos.


Page 5

»Cuando el Emperador murió, creí que habíamos vencido; pero a cada momento que pasa vuelvo a darme cuenta de que estamos luchando con algo tan enorme, tan monstruoso... Cada vez que parpadeo, otro gran almirante anuncia otro grandioso plan de unificación, o un general de sector del que nadie había oído hablar hasta ese momento levanta su fea cabeza. Algunas noches sueño que estoy luchando con una bestia entre la niebla, una bestia enorme que ruge y devora... No puedo ver su cuerpo, pero su cabeza emerge de repente de la niebla, con los ojos llameantes, y yo me enfrento a ella con un hacha, y por fin consigo cortarle la cabeza. Unos momentos después oigo rugidos entre la niebla, y eso quiere decir que a la bestia le ha crecido una nueva cabeza. No puedo ver de dónde viene, no puedo ver el cuerpo... Sé que está ahí, pero es invisible. Hemos perdido tantas cosas y a tantos, y seguimos sufriendo pérdidas a cada momento...

—¿Te refieres a la guerra? —preguntó Leia—. Sí, supongo que en el frente debe producir esa impresión —dijo intentando calmarle—. Los señores de la guerra se alimentan del miedo y la codicia, al igual que el Imperio al que servían antes; pero como diplomática, casi todo lo que veo son victorias. A cada día que pasa, otro mundo se une a la Nueva República. Cada día hacemos algún pequeño progreso... Puede que estemos perdiendo unas cuantas batallas, pero estamos ganando la guerra.

—¿Y si el Imperio estuviera perfeccionando sus sistemas de camuflaje para aplicarlos a sus Destructores Estelares? —preguntó Han—. No paramos de oír rumores al respecto... ¿Y si Zsinj o algún otro gran almirante construye otra nave como elPuño de Hierro,o una flota entera de ellas?

Leia tragó saliva.

—Entonces seguiríamos luchando —dijo—. Un Super Destructor Estelar de ese tamaño necesita mucha energía para funcionar. Zsinj nunca podría permitirse utilizar más de uno o dos al mismo tiempo... Los costos son demasiado altos, y al final acabaríamos dejándole sin recursos.

—Esta guerra no ha terminado —dijo Han—. Puede que no termine durante nuestras vidas.

Leia nunca había visto a Han tan sombrío y abatido, tan agotado y falto de energías.

—Si no podemos conseguir la paz para disfrutarla nosotros mismos, entonces lucharemos por nuestros hijos —respondió.

Han se echó hacia atrás y apoyó la cabeza sobre los senos de Leia, y Leia comprendió que estaba pensando. Había dicho «nuestros hijos», y Han estaría pensando en los hapanianos.

—He de admitir que hoy los hapanianos han hecho una oferta muy tentadora —dijo Han—. Siempre oyes rumores sobre las riquezas de los «mundos escondidos», pero... ¡Uf! ¿Viste una parte muy grande de Hapes cuando estuviste allí?

—Sí —respondió Leia con firmeza—. Deberías ver lo que las Reinas Madres han ido construyendo a lo largo de los siglos, Han. Sus ciudades son preciosas: tranquilas, majestuosas... Pero no se trata sólo de las casas o de las fábricas. Es su gente, sus ideales... Se respira una sensación de..., de paz.

Han alzó la mirada hacia los ojos de Leia, que habían adoptado repentinamente una expresión soñadora.

—Estás enamorada —dijo.

—No, no lo estoy —replicó Leia.

Pero Han se retorció de repente y la agarró por los hombros.

—Sí, lo estás. —La miró fijamente—. Escucha, cariño, puede que no estés enamorada de Isolder, ¡pero te has enamorado de su mundo! Cuando el Emperador destruyó Alderaan, destruyó todo lo que amabas, todo aquello por lo cual estabas luchando... No puedes borrar eso, Leia. ¡Echas de menos tu hogar!

Leia contuvo el aliento y comprendió que Han tenía razón. Sí, era verdad. Nunca había dejado de llorar Alderaan y los amigos perdidos, y la gracia y la sencillez de la arquitectura de Hapes hacía que existiera una cierta similitud entre los dos mundos. Los habitantes de Alderaan habían sentido un respeto tan grande hacia la vida que se negaron a construir sus ciudades en las llanuras porque quienes vivieran en ellas pisotearían la hierba. Sus majestuosas ciudades se alzaban hacia el cielo desde las cimas de acantilados de caliza entre las extensiones ondulantes de los campos, o se incrustaban como cuñas en las cañadas bajo el hielo polar, o eran sostenidas por soportes gigantescos en los poco profundos mares de Alderaan.

Leia se tapó los ojos con la mano. Las lágrimas habían empezado a acumularse en ellos. Aquéllos habían sido tiempos mucho más sencillos.

—Vamos, vamos... —murmuró Han, y le apartó la mano de los ojos y se la besó—. No hay por qué llorar.

—Todo es tan complicado y difícil... —dijo Leia—. Esta misión diplomática ante los verpines, las batallas con los señores de la guerra... He estado trabajando muy duro, y me he encargado de una misión detrás de otra; y mientras hacía todo eso albergaba la esperanza de que encontraríamos un mundo que pudiera servirnos de hogar, pero nada parece salir bien.

—¿Qué hay del Nuevo Alderaan? Los Servicios de Mantenimiento te han encontrado un lugar muy bonito.

—Y hace cinco meses fue descubierto por algunos de los agentes de Zsinj. Tuvimos que evacuarlo, al menos temporalmente.

—Estoy seguro de que ya aparecerá algún otro sitio.

—Quizá, pero aun suponiendo que encontremos algo, no será como el hogar —dijo Leia—. Nos hemos estado reuniendo cada mes con el Consejo de Alderaan. Hemos discutido la posibilidad de terraformar uno de los planetas de nuestro propio sistema, crear una estación espacial o comprar otro mundo, pero la gran mayoría de refugiados de Alderaan son comerciantes pobres o diplomáticos que se encontraban fuera del planeta cuando el Imperio atacó. No disponemos de las enormes cantidades de dinero que se necesitan para comprar un planeta o terraformarlo. Eso nos dejaría en la miseria durante generaciones... Y mientras tanto los exploradores están buscando algún planeta del confín de la galaxia que no figure en los mapas, pero nuestros comerciantes no están de acuerdo con esa solución y tienen muchas razones para no estarlo. Ya han establecido rutas comerciales a otros planetas, y no podemos pedirles que se aislen de sus fuentes de ingresos. Nos estamos aproximando a un callejón sin salida, y algunos miembros del consejo están a punto de rendirse.

—¿Y qué hay de los regalos que te entregaron hoy los hapanianos? Podrían serviros de mucho como cuota de pago inicial en la compra de un planeta.

—No conoces a los hapanianos. Sus costumbres son muy estrictas, Han. Si acepto sus regalos, estoy accediendo a un trato de la variedad todo-o-nada... Si no me caso con Isolder, tendré que devolver todo lo que me han regalado.

—Pues entonces devuélveselo todo —dijo Han—. Creo que no deberías tener nada que ver con los hapanianos, Leia. Son mala gente.

—Ni siquiera les conoces —respondió Leia, asombrada al ver que Han era capaz de decir cosas semejantes sobre una cultura que abarcaba docenas de sistemas estelares.

—Y supongo que tú sí, ¿verdad? —contraatacó Han—. ¿Es que una semana de lavado de cerebro a cargo de sus jefes de propaganda en Hapes te ha convertido en una experta sobre su civilización?

—Estás hablando de todo un cúmulo estelar —dijo Leia—. Hablas de miles de millones de personas... Hasta el día de hoy nunca habías visto a un hapaniano. ¿Cómo puedes hablar así de ellos?

—Los hapanianos han mantenido cerradas sus fronteras durante más de tres mil años —dijo Han—. He visto con mis propios ojos lo que ocurre cuando te acercas demasiado a ellos. Créeme, Leia, están ocultando algo...

—¿Ocultando algo? No tienen nada que ocultar. Lo único que tienen es una forma de vida tranquila y apacible que creen está amenazada por las influencias exteriores.

—Si esa Reina Madre suya es tan fantástica, ¿por qué iba a sentirse amenazada por nosotros? —le preguntó Han—. No, princesa... Está escondiendo algo. Está asustada.

—No puedo creerlo —dijo Leia—. ¿Cómo puedes llegar a pensar algo semejante? Si la situación fuera realmente tan terrible en el cúmulo de Hapes, ¿no crees que veríamos desertores o refugiados? Nadie se marcha nunca de allí.

—Quizá se deba a que no pueden salir de allí —dijo Han—. Puede que esas patrullas hapanianas hagan algo más que mantener alejados a los que podrían crearles problemas...

—Eso es absurdo —dijo Leia—. Te estás volviendo paranoico.

—Paranoico, ¿eh? ¿Y tú, princesa? ¿Es que unas cuantas baratijas te han cegado hasta el extremo de que eres incapaz de ver lo que tienes delante de los ojos?

—Oh, pareces tan seguro de ti mismo... ¿Realmente te sientes tan amenazado por Isolder?

—¿Amenazado? ¿Por esa montaña de músculos? ¿Yo? —Han se señaló el pecho—. ¡Por supuesto que no!

Leia sabía que estaba mintiendo.

—Entonces no te importará que cene a solas con él esta noche, ¿verdad?

—¿Vas a cenar con él? —preguntó Han—. ¿Por qué debería importarme que Isolder vaya a cenar con la mujer a la que amo, la mujer que afirma estar enamorada de mí?

—Oh, eres realmente encantador... —dijo Leia con sarcasmo—. Había venido aquí para invitarte a esa misma cena, pero ahora pienso que quizá, y fíjate que he dicho quizá, será mejor que te deje seguir sentado en tu rincón para que disfrutes royendo tus mezquinas fantasías de celos.

Leia salió de la sala de control delHalcón Milenariohecha una furia.

—Bueno, estupendo... ¡Te veré en la cena! —le gritó Han mientras se iba, y después golpeó una pared con el puño.

Después de que Leia se hubiera marchado, Han se concentró en elHalcóny siguió trabajando en la nave hasta que su mente se entumeció y el sudor chorreó por su cara. Utilizó unos cuantos trucos que había aprendido para mejorar los escudos deflectores de energía traseros elevando su eficiencia en un catorce por ciento sobre el índice de eficiencia máxima anterior, y después se metió debajo de la nave para trabajar en las torretas giratorias mientras Chewie se quedaba a bordo y sacaba las lentes de centrado principal de los desintegradores ventrales. Dos horas de duro trabajo más tarde, una delegación con el gordo y viejo Threkin Horm al frente entró en el muelle de atraque. El presidente del Consejo de Alderaan avanzó flotando sobre su sillón repulsor y guió al príncipe Isolder, las guardaespaldas del príncipe y media docena de políticos de segunda fila llenos de curiosidad por el hangar.

—Como pueden ver, éste es uno de nuestros muelles de reparaciones —dijo Threkin Horm con su inconfundible voz nasal mientras introducía firmemente un pulgar entre su tercera y su cuarta papada—. Y éste es nuestro estimado general Han Solo, un héroe de la Nueva República, que está trabajando en su nave..., eh..., uh..., particular, elHalcón Milenario.

El príncipe Isolder contempló con gran atención elHalcóny recorrió con la mirada el oxidado casco exterior y la extraña panoplia de componentes. Han no habría sabido explicar por qué, pero nunca se había sentido tan incómodo y avergonzado en todos los años que llevaba siendo capitán delHalcón.La nave parecía un auténtico montón de chatarra depositado sobre el reluciente suelo negro de un Destructor Estelar. Isolder era más alto que Han, y su robusto pecho y musculosos brazos resultaban vagamente intimidantes, pero no tanto como su majestuoso porte o la tranquila energía de su rostro, los ojos color gris mar, la nariz impecablemente recta y la abundante cabellera que se desparramaba sobre sus hombros. Se había cambiado de ropa, y llevaba una media capa de seda distinta de la anterior sobre un peto blanco muy ceñido que no ocultaba los músculos que parecían esculpidos en su estómago ni el intenso bronceado del príncipe. Isolder parecía un dios bárbaro que hubiese cobrado vida.

—Han es un viejo amigo de Su Alteza la Princesa Leia Organa —añadió Threkin Horm—. De hecho, y si no estoy equivocado, le ha salvado la vida en varias ocasiones...

Isolder concentró su atención en Han y le sonrió afablemente.

—Así que no sólo es usted el amigo de Leia, sino también su salvador, ¿verdad? —preguntó, y Han creyó ver auténtica gratitud en sus ojos—. Nuestro pueblo ha contraído una gran deuda con usted.

La voz potente y suave de Isolder tenía un acento bastante extraño. Las vocales largas quedaban muy marcadas, como si el príncipe temiera no pronunciarlas con suficiente claridad al hablar.

—Oh, supongo que se podría decir que soy más que su salvador —respondió Han—. Para ser exactos, ella y yo estamos enamorados.

—¡General Solo! —balbuceó Threkin, pero el príncipe Isolder alzó una mano.

—No, no... —dijo Isolder—. Leia es una mujer muy hermosa, y me parece muy comprensible que se haya sentido atraído hacia ella. Espero que mi aparición aquí no haya resultado demasiado... perturbadora.

—La palabra adecuada es «irritante» —replicó Han—. Quiero decir que... Bueno, no es que desee verle muerto ni nada por el estilo, príncipe. Neutralizado... Sí, eso quizá sí, pero no muerto.

—¡Os pi-pido dis-disculpas, príncipe Isolder! —tartamudeó Threkin, y después fulminó con la mirada a Han—. Esperaba más educación de un general de la Nueva República. Pensaba que al menos sabría cómo debe comportarse...

El fruncimiento de ceño de Threkin sugería que si tuviera algún grado de control sobre ese tipo de decisiones, Han estaría corriendo un serio peligro de perder su rango.

Isolder contempló en silencio a Han durante unos momentos y después se inclinó levemente ante él, con lo que los mechones de su larga cabellera rubia bailaron sobre sus hombros, y le sonrió.

—Le aseguro que no me siento ofendido —dijo—. El general Solo es un guerrero, y desea luchar por la mujer a la que ama. Ésa es la forma de ser del guerrero...

»Bien, general Solo, ¿tendría la bondad de enseñarme el interior de su nave?

—Será un placer, Alteza —respondió Han, y precedió a Isolder por la pasarela de acceso.

Threkin Horm emitió un balbuceo ininteligible e intentó seguirles, pero dos de las mujeres que actuaban como guardaespaldas de Isolder se interpusieron en su camino. Una hermosa pelirroja dejó caer su mano sobre la culata de su desintegrador como en un gesto casual, y una alarma silenciosa sonó en la mente de Han. Había visto a personas como ella con anterioridad, personas muy seguras de sí mismas y tan familiarizadas con sus armas que el desintegrador casi parecía una extensión de sus cuerpos. Aquella mujer era peligrosa. Threkin Horm también debió comprenderlo, pues detuvo inmediatamente su sillón repulsor.


Page 6

Mientras subía hacia la nave Han esperaba que Isolder le golpeara por detrás en cualquier momento, pero el príncipe se limitó a seguirle. Después escuchó con atención a Han mientras éste le mostraba su unidad hiperimpulsora, los motores sublumínicos y el armamento y las defensas que había ido acumulando lentamente a lo largo de los años.

Cuando Han hubo terminado de enseñarle la nave, Isolder se inclinó hacia él.

—¿Quiere decir que realmente es capaz de volar? —le preguntó poniendo cara de perplejidad.

—Oh, sí —respondió Han mientras se preguntaba si el príncipe estaba realmente asombrado o si se trataba de mera insolencia—. Y es muy rápida.

—El hecho de que consiga mantener unidos todos estos componentes dice mucho en favor de su habilidad. Es una nave de contrabandista, ¿verdad? Velocidades muy altas, compartimentos secretos, armamento oculto, ¿no?

Han se encogió de hombros.

—Estoy familiarizado con los contrabandistas. Cuando era joven abandoné mi hogar y fui corsario durante unas cuantas estaciones —dijo Isolder—. ¿Ha visto alguno de nuestros cruceros de batalla de la clase Nova?

—No —respondió Han.

Observó con más atención al príncipe, y sintió curiosidad y un repentino respeto hacia él.

El príncipe juntó las manos detrás de la espalda.

—Tienen más de cuatrocientos metros de eslora —dijo con voz pensativa—, pueden funcionar sin necesidad de reavituallarse durante más de un año, son muy rápidos y podrían convertir esta nave en polvillo espacial antes de que usted tuviera tiempo de gritar.

—¿Me está amenazando? —preguntó Han.

—No —replicó Isolder—. Le entregaré uno si me promete que lo utilizará para irse muy, muy lejos de aquí —añadió después en un murmullo de conspirador.

Han se inclinó hacia adelante.

—No hay trato —le respondió con un susurro en el mismo tono que había empleado Isolder.

Isolder sonrió y la admiración brilló en sus ojos.

—Bien, así que es un hombre de principios, ¿verdad? Entonces permita que apele a esos principios... General Solo, ¿qué puede ofrecerle realmente a Leia?

Han no estaba preparado para responder a esa pregunta y vaciló durante unos momentos antes de hablar.

—Me ama y yo la amo —dijo por fin—. Eso es suficiente.

—Si la ama, entonces déjeme el campo libre —replicó Isolder—. Leia quiere la seguridad que Hapes ofrece a su gente. Pero amarle a usted sólo serviría para crearle obstáculos, y acabaría proporcionándole una vida mucho más pequeña y miserable que la que se merece.

Isolder se dispuso a marcharse pasando junto a Han por el angosto pasillo, pero Han le agarró por el hombro e hizo girar al príncipe en redondo.

—¡Un momento! —exclamó—. ¿Qué está pasando aquí? Pongamos todas nuestras armas sobre la mesa.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Isolder.

—Quiero decir que hay un montón de princesas en el universo, y que quiero saber qué le ha traído hasta aquí. ¿Qué razón impulsó a su madre a escoger a Leia? No tiene riquezas, no tiene nada que ofrecer a Hapes... Si quiere obtener un tratado con la Nueva República, hay formas más fáciles de conseguirlo.

Isolder bajó la mirada hacia los ojos de Han y sonrió.

—Tengo entendido que Leia le ha invitado a cenar con nosotros esta noche —dijo—. Creo que quizá será mejor que los dos oigan lo que tengo que decirles...

Capítulo 4

Cuando Han entró en el camarote de Leia para cenar, vestido con su uniforme más elegante y llevando todas las condecoraciones y galones que exigían las circunstancias, los comensales ya iban por el segundo plato. Resultaba evidente que Leia no esperaba que Han aceptara su invitación. El príncipe Isolder estaba sentado a la izquierda de Leia vestido con un traje de etiqueta de corte muy clásico y nada llamativo, y sus guardias-amazonas permanecían inmóviles detrás de él. Han no pudo evitar contemplar a las mujeres durante un momento: las dos vestían trajes muy seductores de seda color rojo fuego, y cada una iba armada con un desintegrador de cachas plateadas enfundado en una cadera y una espada vibratoria cubierta de complejos adornos en la otra. Threkin Horm estaba sentado en su sillón repulsor a la derecha de Leia. Los sirvientes se apresuraron a preparar un cubierto para Han, y mientras tanto Leia le presentó a Isolder.

—Ya se han conocido —dijo Threkin Horm en un tono bastante gélido.

Leia miró a Threkin, cuyo rostro estaba empezando a enrojecer de ira.

—Sí —dijo Han—, el príncipe vino a charlar un rato conmigo mientras yo estaba trabajando en elHalcón Milenario.Descubrimos que..., eh..., que tenemos algunas cosas en común.

Han se dio la vuelta bastante deprisa mientras se sentaba, esperando que Leia no percibiría su incomodidad.

—Oh, ¿de veras? Bueno, me encantaría saberlo todo sobre esa charla...

El tono de Leia sugería que estaba pensando en tomar represalias.

—Sí, general Solo... ¿Por qué no se lo cuenta todo? —gruñó Threkin.

Hubo un silencio bastante incómodo que acabó siendo roto por el príncipe Isolder.

—Bueno, para empezar me fascinó enterarme de que tanto el general Solo como yo fuimos corsarios durante un tiempo —dijo—. Realmente, no cabe duda de que el universo es un pañuelo...

—¿Corsarios? —preguntó Threkin con suspicacia.

Han dejó escapar un suspiro de alivio.

—Sí —dijo Isolder—. Cuando era un muchacho, unos corsarios atacaron el navio insignia real y mataron a mi hermano mayor. Fue entonces cuando me convertí en el Chume'da, el heredero... Era joven y estaba lleno de idealismo, así que me marché en secreto de mi mundo y asumí una nueva identidad. Pasé dos años recorriendo las líneas comerciales a bordo de una nave corsaria detrás de otra, persiguiendo al pirata que había matado a mi hermano.

—Qué historia tan interesante... —dijo Leia—. ¿Y lograste dar con él?

—Sí —dijo Isolder—, logré dar con él. Se llamaba Harravan. Le arresté, y le encerramos en una prisión de Hapes.

—Trabajar con piratas debió de resultar muy peligroso —dijo Threkin—. Vaya, si hubieran llegado a descubrir vuestra identidad...

—Los piratas no eran tan peligrosos como podría pensarse —dijo Isolder—. La mayor amenaza procedía de las fuerzas navales de mi madre. Tuvimos frecuentes... encuentros.

—¿Quieres decir que tu madre no sabía dónde estabas? —preguntó Leia.

—No. Los medios de comunicación creían que el miedo me había impulsado a esconderme, y como mi madre no sabía dónde había ido, intentó quitar toda la importancia que pudo a mi desaparición con la esperanza de que volvería algún día.

—Y el pirata al que capturó, Harravan... ¿Qué fue de él? —preguntó Han.

—Fue asesinado en la cárcel mientras esperaba ser juzgado —respondió secamente Isolder—, antes de que hubiera podido revelar los nombres de sus cómplices.

Hubo un silencio bastante tenso que se prolongó durante unos momentos, y Leia miró a Han. Resultaba obvio que se había dado cuenta de que Isolder había cambiado de tema para proteger a Han de su ira. Han carraspeó.

—¿Tienen muchos problemas con los corsarios en el cúmulo estelar de Hapes?

—No, la verdad es que no —dijo Isolder—. El interior del cúmulo es notablemente seguro, pero siempre tenemos problemas en la periferia sin importar lo muy a fondo que la patrullemos. Nuestros encuentros en la periferia son frecuentes, y frecuentemente sangrientos.

—Yo sobreviví a uno de esos encuentros cuando me dedicaba al contrabando —dijo Han—. Después del infierno por el que pasamos, me asombra que haya piratas dispuestos a operar en su cúmulo.

Han estaba empezando a hacerse algunas preguntas sobre Isolder. Había sido corsario, había arriesgado su vida contra el poderío de la flota de su misma madre, y había corrido el riesgo de que los piratas con los que vivía y actuaba pudieran llegar a descubrir su verdadera identidad. Isolder era apuesto y rico, y por sí solos esos rasgos ya lo convertían en una amenaza, pero Han empezó a comprender que aquel príncipe extranjero debía ocultar bastante dureza y oscuridad debajo de su impecable y cuidado exterior. No era la clase de hombre que necesitara esconderse detrás de unas amazonas adiestradas para servirle de guardaespaldas.

Isolder se encogió de hombros.

—El cúmulo estelar de Hapes es muy rico, y eso siempre atrae el interés del exterior; pero estoy seguro de que ya conoce nuestra historia. Algunos jóvenes tienden a glorificar el antiguo estilo de vida...

—¿Qué pasa con su historia? —preguntó Han.

Leia sonrió.

—¿Es que no aprendiste nada en la academia?

—Aprendí a pilotar un caza —dijo Han—. En cuanto a la política, se la dejo a los diplomáticos.

—El cúmulo estelar de Hapes fue colonizado originalmente por piratas que formaban un grupo llamado Incursores de Lorell —dijo Leia—. Acecharon durante centenares de años en las rutas comerciales de la Vieja República, atacando naves y robando cargamentos. Y cuando encontraban a una mujer hermosa, algún incursor se la llevaba a los mundos ocultos de Hapes como trofeo... En resumen, Han, que te habrías llevado estupendamente con esos incursores.

Han se dispuso a protestar, pero la cálida sonrisa de Leia le indicó que estaba bromeando.

—Y las mujeres de Hapes criaron a sus hijos lo mejor que pudieron —dijo Threkin Horm con voz estridente—. Los piratas se llevaban a los chicos y los convertían a su vez en piratas. Pasaban varios meses fuera del cúmulo, y luego volvían a él para descansar.

Han alzó la mirada. Threkin Horm estaba observando a las guardaespaldas de Isolder con tanto interés como el que demostraba normalmente hacia la comida, y Han comprendió de repente por qué la belleza física era tan corriente en el cúmulo estelar de Hapes: sus habitantes llevaban muchas generaciones reproduciéndose con la hermosura como objetivo.

—Cuando los Jedi, por fin, consiguieron acabar con los Incursores de Lorell, las flotas piratas no volvieron jamás —dijo el príncipe Isolder—. Los mundos de Hapes quedaron olvidados durante un tiempo, y las mujeres de Hapes asumieron el control de sus destinos y juraron que ningún hombre volvería a gobernarlas nunca. Las Reinas Madres se han mantenido fieles a ese juramento desde hace miles de años.

—Y han hecho un trabajo magnífico con sus mundos —dijo Leia.

—Por desgracia, algunos de nuestros jóvenes siguen sintiéndose impotentes y atrapados en nuestra sociedad —añadió Isolder—, y la consecuencia de ello es que glorifican las viejas costumbres. Cuando se rebelan, suelen convertirse en piratas, y eso nos crea un problema que nunca acaba de resolverse.

Han engulló unos cuantos bocados de su plato, que contenía una variedad de carne cuyo sabor resultaba entre anfibio y demasiado cargado de especias, y se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba comiendo.

—Pero nos hemos apartado del tema —dijo Threkin Horm—. Me parece recordar que hace unos minutos la princesa Leia preguntó de qué había hablado hoy con el general Solo... —añadió mientras miraba fijamente a Han.

—Ah, sí —dijo el príncipe Isolder—. Han me formuló una pregunta que creo merece ser respondida. Se preguntó por qué habiendo tantas princesas en la galaxia, entre ellas muchas que son considerablemente más ricas que Leia, qué razón había impulsado a mi madre a elegirla.

»La verdad es que la Reina Madre no escogió a Leia —siguió diciendo Isolder con voz firme y tranquila mientras miraba a Leia—. Fui yo quien la escogió. —Threkin Horm debía haberse atragantado con un bocado de comida, pues empezó a toser en su servilleta. Isolder se volvió hacia Leia—. Cuando la lanzadera de Leia se posó en Hapes, mi madre la invitó a una celebración en los jardines. Estaban tan rodeadas de dignatarios procedentes de todos los mundos de Hapes que Leia no habló conmigo, y es posible que ni siquiera llegase a verme. De hecho, creo que ni siquiera sabía que yo existía, pero me enamoré de ella. Nunca había hecho algo así, y nunca había sido tan impulsivo. Ninguna otra mujer me ha cautivado jamás de esta manera... Concertar el matrimonio con Leia no ha sido idea de mi madre. Se limitó a acceder a mi petición.

Isolder tomó la mano de Leia y la besó. Leia se ruborizó, y contempló al príncipe Isolder en silencio.

La mirada de Han se posó en los ojos grises de Isolder, en la cascada de cabellos dorados que caía sobre sus hombros y en su rostro enérgico y apuesto, y de repente estuvo horriblemente seguro de que Leia nunca podría resistirse a un hombre semejante.

La mente se le quedó en blanco, y lo siguiente que supo fue que se estaba levantando de la mesa y que se tambaleaba intentando empujar su silla hacia atrás. Los ojos de todos los presentes se volvieron hacia él, y Han se sintió tan torpe y estúpido como un niño pequeño. La lengua parecía habérsele vuelto de trapo, y Han volvió a sentarse. Sus pensamientos giraban a toda velocidad en un torbellino tan alocado que no dijo nada, y prácticamente no oyó nada durante el resto de la cena.

Cuando se prepararon para marcharse una hora después, Han dio un rápido beso de buenas noches a Leia y después se preguntó qué le habría parecido el beso a Leia, como si el haberla besado fuera una prueba atlética en la que ella debiera ejercer de juez. Threkin Horm se despidió de Leia con un cálido apretón de manos y fue el primero en marcharse, mientras el príncipe Isolder se quedaba hablando con ella durante unos momentos y le agradecía la cena y el tiempo que había pasado con él. Hizo alguna broma y Leia dejó escapar una suave carcajada. El príncipe le dio un beso de buenas noches justo cuando Han se daba cuenta de que a Isolder le estaba costando mucho despedirse de Leia. Isolder y Leia estaban muy cerca el uno del otro, y el beso empezó siendo un beso amistoso del tipo que solían intercambiar los dignatarios, pero Isolder lo prolongó primero un segundo y luego otro más. Después retrocedió un paso y Leia le miró a los ojos.

Isolder volvió a agradecerle aquella maravillosa velada, miró a Han, y un momento después Han e Isolder estaban al otro lado de la puerta del camarote de Leia y el príncipe ya empezaba a alejarse seguido por sus guardaespaldas.

—Voy a luchar contigo por ella —dijo Han con los ojos clavados en la espalda del príncipe.

Eran unas palabras tan groseras como estúpidas e inadecuadas, pero Han sentía que la cabeza le daba vueltas y no se le había ocurrido otra cosa.

El príncipe se envaró y giró sobre sí mismo.


Page 7

—Lo sé, general Solo —dijo—. Pero le prometo que Leia acabará siendo mía. Hay mucho en juego aquí..., mucho más de lo que usted sabe.

Su cena con el príncipe Isolder ya había terminado hacía mucho rato, y Leia estaba en la cama. Había estado a punto de quedarse dormida, pero la despertó el zumbido de los motores de la nave cuando los técnicos probaron el hiperimpulsor. Las gemas arco iris de Gallinore estaban sobre su tocador envueltas en los suaves destellos de sus luces internas, y el árbol de Selab emitía un exótico olor a nuez moscada que había ido impregnando la atmósfera de la habitación. Threkin había insistido en guardar los tesoros en el camarote de Leia, pero Leia intentaba no acordarse demasiado de todas aquellas riquezas. En vez de ellas, era Isolder quien ocupaba sus pensamientos. Pensaba en la cortesía con que había tratado a Han durante la cena, en sus continuas atenciones, sus bromas y la facilidad con que reía y, finalmente, en su declaración de amor.

Leia se levantó de la cama en pleno ciclo de sueño normal. Se sentó delante de una consola de ordenador y estudió a los verpines en un intento de expulsar de su mente a Isolder. Aquella raza de insectos de gran tamaño llevaba ya mucho tiempo viajando por el espacio, y había colonizado los cinturones de asteroides de Roche antes de que surgiera la Vieja República. Los verpines habían desarrollado una forma de gobierno muy extraña. Se comunicaban mediante ondas de radio utilizando un curioso órgano de su pecho, con el resultado de que un verpine podía hablar con toda la raza en cuestión de segundos, y eso les había permitido desarrollar una especie de mente comunal. A pesar de ello, cada verpine se consideraba totalmente independiente del grupo y no estaba controlado por la colmena. Un verpine que tomara una decisión que pudiera acabar siendo considerada «equivocada» por el grupo nunca era castigado o condenado. Los actos de la madre de colmena «loca» que había saboteado los contratos con los barabels no eran percibidos como un crimen que debía ser rectificado, sino meramente como el resultado de una enfermedad que debía inspirar compasión.

Leia inspeccionó los archivos, y encontró considerables evidencias de la existencia de criminales en los libros de historia que hablaban de los verpines, y que dejaban claro que la raza de insectos había tenido sus asesinos y sus ladrones. Leia también hizo un descubrimiento muy interesante. Casi todos ellos tenían algo en común: unas antenas dañadas. Ese hecho hizo que Leia se preguntara si los verpines no habrían ido más lejos en el proceso evolutivo que llevaba al desarrollo de una mente comunal de lo que ellos mismos creían. Un verpine sin antenas estaba condenado a la soledad eterna, y no se podía llegar hasta él.

Fuera cual fuese la razón de la conducta de los verpines, los barabels estaban lo suficientemente irritados como para acabar con toda la especie, hacerla picadillo y servirla como entremeses. Leia sabía que no encontraría una respuesta hasta que llegara al sistema de Roche y se reuniera con los verpines. Probablemente no comprendería toda la verdad ni aun suponiendo que pudiera ver a la reina de colmena que había enloquecido.

Leia se frotó sus cansados ojos, pero estaba demasiado tensa para poder conciliar el sueño, y en vez de irse a acostar lo que hizo fue recorrer los largos pasillos hasta llegar a la sala de holovisión.

—Quiero hablar con Luke Skywalker —le dijo—. Debería poder localizarle en la embajada de la Nueva República en Toóla.

El operador asintió, estableció la conexión y habló con un operador de la embajada.

—Skywalker se encuentra en una zona despoblada —dijo—. Si se trata de una emergencia, podemos tenerle delante de la holopantalla dentro de una hora.

—Hágalo, por favor —dijo Leia—. Le esperaré aquí. De todas maneras no consigo dormir...

Se sentó cerca del operador y esperó a que Luke estableciera la conexión. Cuando apareció, Luke estaba en un gran edificio y llevaba un sobretodo de lana oscura. Detrás de él había una gigantesca ventana de cristal tallado. Un sol rojo pálido brillaba con fría claridad a través de la ventana, esparciendo luz alrededor de Luke y envolviéndole en lo que parecía un halo de fuego.

—¿En qué consiste la emergencia? —preguntó Luke con voz entrecortada y jadeante.

Leia se sintió repentinamente muy avergonzada, y tuvo que hacer un considerable esfuerzo para hablar. Le contó todo lo referente a Isolder, y le habló de los tesoros que se amontonaban en su habitación y de la propuesta de Hapes. Luke la escuchó sin inmutarse, y estudió su rostro en silencio durante unos momentos cuando Leia hubo terminado de hablar.

—¿Isolder te asusta? Puedo sentir tu miedo...

—Sí —dijo Leia.

—Y sientes ternura hacia él, algo que incluso podría llegar a convertirse en amor. Pero no quieres herir a Han y tampoco quieres herir al príncipe, ¿verdad?

—Sí —dijo Leia—. Oh, estoy empezando a lamentar haberte llamado para hablar de algo tan trivial.

—No, esto no es trivial —dijo Luke, y de repente sus pupilas azul claro parecieron mirar más allá de ella y centrarse en algo que se encontraba a una gran distancia—. ¿Has oído hablar alguna vez de un planeta llamado Dathomir?

—No —respondió Leia—. ¿Por qué me lo preguntas?

—No lo sé —dijo Luke—. Es una especie de presentimiento... Voy a reunirme contigo. Capto una sensación de urgencia. Debería llegar a Coruscant en cuatro días.

—Dentro de tres estaré en el sistema de Roche.

—Bien, entonces me reuniré contigo allí.

—Estupendo —dijo Leia—. Me gustaría tenerte cerca.

—Mientras tanto, tómate las cosas con calma y no te apresures —le aconsejó Luke—. Averigua cuáles son tus verdaderos sentimientos. No tienes que decidirte por uno o por otro en un día. Ah, y olvídate de las riquezas de Isolder... No te estarías casando con sus planetas, te estarías casando con él. Piensa en todo esto como lo harías si se tratara de cualquier otro hombre en vez de Isolder, ¿de acuerdo?

Leia asintió, y fue súbitamente consciente de los muchos créditos que iba a costar aquella llamada.

—Gracias —dijo—. Te veré pronto.

—Te quiero —dijo Luke, y su imagen se desvaneció.

Leia volvió a su camarote, y permaneció despierta durante mucho tiempo en la cama hasta que acabó quedándose dormida.

Las campanillas de la puerta la despertaron a primera hora de la mañana. Cuando abrió vio a Han con una planta de corola solar en las manos.

—He venido a pedirte disculpas por lo de ayer —dijo Han ofreciéndole la planta.

Las flores amarillas que brillaban al extremo de sus tallos oscuros se abrían y cerraban continuamente en lo que parecían otros tantos guiños. Leia aceptó la planta y le sonrió con ternura, y Han la besó.

—Bien, ¿qué opinas de la cena? —le preguntó.

—Me pareció magnífica —dijo Leia—. Isolder se comportó como un perfecto caballero.

—Espero que no estuviera demasiado perfecto —dijo Han, pero Leia no rió su broma—. Después de cenar fui a mi camarote y me entretuve un rato royendo mis mezquinas fantasías de celos —se apresuró a añadir.

—¿Y qué sabor tenían? —preguntó Leia.

—Oh, ya sabes... Acabé en una de las cocinas de la nave a las tantas de la madrugada buscando algo más sabroso que roer. —Leia se rió y Han le acarició la mejilla—. Ah, por fin veo esa sonrisa... Te quiero, ¿sabes?

—Lo sé.

—Me alegro —dijo Han y tragó una honda bocanada de aire—. Bien, ¿qué opinas de la cena?

—No piensas rendirte, ¿verdad? —preguntó Leia.

Han se encogió de hombros.

—Bueno, Isolder me pareció bastante agradable —respondió Leia—. He pensado invitarle a que nos acompañe hasta el sistema de Roche.

—¿Que tú qué...?

—Voy a invitarle a que se quede a bordo.

—¿Por qué?

—Porque sólo estará aquí unas semanas, y luego se irá y nunca volveré a verle, por eso.

Han empezó a menear la cabeza.

—Oye, espero que no te creyeras eso de que se enamoró locamente de ti al verte desde la lejanía —dijo alzando un poco la voz— y que luego le suplicó a su madre que le diera permiso para pedirte en matrimonio.

—¿Te molesta?

—¡Pues claro que me molesta! —gritó Han—. ¿Por qué no debería molestarme? —Su mirada se volvió pensativa y apretó los puños—. Voy a decirte una cosa, Leia: en cuanto vi a ese tipo, comprendí que su presencia significaba problemas. Hay algo muy raro en ese tipo, algo que... —Han alzó la mirada de repente, como si acabara de acordarse de que Leia estaba en la habitación—. Majestad, ese tipo es... Eh... No sé cómo decirlo, pero... Bueno, creo que ese tipo es basura.

—¿Que es...? —exclamó Leia—. ¿Estás llamando basura al príncipe de Hapes? Vamos, Han... ¡Lo único que te ocurre es que estás celoso!

—¡Tienes razón! ¡Quizá estoy celoso! —admitió Han—. Pero eso no cambia mis sentimientos. Aquí ocurre algo muy raro, Leia... No consigo librarme de la sensación de que algo anda mal. —La expresión distante y pensativa de hacía unos momentos volvió a aparecer en sus ojos—. Créeme, Alteza. He pasado la mayor parte de mi vida en las cloacas. He vivido rodeado de basura, y casi todos mis amigos se sienten muy a gusto en ella. ¡Y cuando llevas tanto tiempo entre la basura como yo, aprendes a reconocerla desde muy lejos!

Leia no entendía cómo podía estar diciéndole cosas semejantes. Primero la insultaba diciendo que le parecía sospechoso que otro hombre pudiera encontrarla atractiva, y luego insultaba a ese otro hombre llamándole «basura». Todo aquello iba contra sus creencias más enraizadas de cómo debían comportarse las personas en sus relaciones con los demás.

—¡Creo que quizá deberías llevarte esa ridicula planta tuya y dársela al príncipe junto con tus disculpas! —dijo Leia temblando de ira—. Algún día esa cabeza tan dura y esa lengua tan suelta que tienes te meterán en un lío muy serio, Han.

—¡Ah, veo que has estado escuchando demasiado a Threkin Horm! Resulta obvio que está intentando empujaros al matrimonio sea como sea... Bien, ¿sabías que tu maravilloso príncipe me ofreció un crucero de batalla recién salido del astillero si prometía largarme en él y dejaros solos? ¡Te repito que ese tipo es basura!

Leia le fulminó con la mirada, alzó una mano y agitó un dedo delante de su cara.

—Quizá... ¡Bueno, quizá deberías aceptar su oferta ahora que aún puedes obtener algún beneficio del trato!

Han retrocedió un paso. Las arrugas de su frente indicaban la frustración que sentía ante la manera en que se estaba desarrollando la conversación.

—Eh, Leia, escucha, yo... —dijo intentando disculparse—. Yo... No sé qué está pasando aquí. No estoy intentando crear dificultades, créeme... Ya sé que Isolder parece ser un buen tipo, pero... Bueno, anoche en la cocina oí hablar a la gente. Todo el mundo está hablando. En lo que a ellos concierne, es como si ya os hubierais casado. Y yo estoy aquí intentando no perderte y cuanto más me aferró a ti, más te me escurres entre los dedos.

Leia reflexionó unos momentos antes de responderle. Han estaba intentando pedirle disculpas, pero no parecía comprender que en aquellos momentos Leia encontraba increíblemente ofensivo todo lo que hacía y decía.

—Mira, no tengo ni idea del porqué la gente puede creer que me voy a casar con el príncipe —dijo por fin—. De todas maneras, puedo asegurarte que no he hecho nada para producir esa impresión en nadie, así que no les escuches y escúchame a mí. Te amo por lo que eres... ¿Lo recuerdas, Han? Eres un rebelde, un bribón, un bravucón que siempre anda metido en líos, y eso no cambiará jamás; pero creo que necesito estar a solas unos cuantos días para pensar. ¿De acuerdo?

El silencio que siguió a sus palabras fue interrumpido por el tintineo del comunicador. Leia fue hacia la pequeña unidad holográfica que había en un rincón de la estancia y la conectó.

—¿Sí?

Una imagen en miniatura de Threkin Horm apareció y se expandió en el aire delante de ella. El viejo embajador estaba recostado en un gigantesco sofá que soportaba su enorme peso, y los pliegues de grasa casi ocultaban sus ojos azul claro.

—Hemos acordado celebrar una sesión especial del Consejo de Alderaan mañana, princesa —dijo Threkin con voz jovial—. Ya me he tomado la libertad de hablar con las celebridades habituales.

—¿Una sesión especial del consejo? —preguntó Leia—. Pero ¿por qué? ¿Hay algún problema?

—¡No hay ningún problema! —exclamó Threkin—. Todo el mundo se ha enterado de la buena noticia... Me refiero a la petición de mano de Hapes, naturalmente. El matrimonio de la princesa de Alderaan con una de las familias más ricas de la galaxia afectará a todos los refugiados, y hemos pensado que sería preferible convocar al consejo para poder discutir los detalles de vuestro inminente matrimonio.

—Muchas gracias —replicó Leia con irritación—. Puede tener la seguridad de que asistiré a la reunión.

Pulsó el botón que cortaba la conexión con una mueca desdeñosa. Han le lanzó una mirada cargada de sobrentendidos, giró sobre sí mismo y salió de la habitación hecho una furia.

Han se detuvo en uno de los pasillos delSueño Rebelde,una extensión de blancura tan limpia que parecía desinfectada, se apoyó en una pared y consideró las opciones que le quedaban. Su intento de disculparse había fracasado lamentablemente, y Leia probablemente tuviera razón respecto a Isolder. El príncipe parecía un buen tipo, y las preocupaciones de Han probablemente sólo fueran fruto de los celos.

Y sin embargo Han había visto brillar el anhelo en los ojos de Leia cuando le había hablado de los hermosos y tranquilos mundos de Hapes, y además Isolder tenía razón. Aun suponiendo que Han consiguiera que Leia fuera suya, ¿qué podía darle en realidad? La clase de riqueza que ofrecían los hapanianos no, desde luego... Si Han convencía a Leia de que se casara con él, los refugiados de Alderaan acabarían saliendo muy perjudicados, y Threkin Horm siempre estaba allí para susurrar al oído de Leia recordándole ese hecho a cada momento. La lealtad de Leia hacia su pueblo no conocía límites.

Han soltó una risita ahogada. Leia le había dicho que necesitaba estar a solas unos cuantos días para poder pensar. Oh, sí, Han ya había oído esas mismas palabras con anterioridad, y unos cuantos días después siempre eran seguidas por un adiós y el cariñoso deseo de que todo te fuera bien en la vida.

Sólo se le ocurría una manera de poder igualar la oferta de riquezas hecha por Isolder, pero sólo pensar en ello le aceleraba el pulso y hacía que se le secara la boca. Descolgó el comunicador portátil de su cinturón, tecleó un número y se puso en contacto con un viejo conocido. La imagen de un hutt inmenso de piel marrón y aspecto gomoso apareció en la pantalla, y sus oscuros ojos enturbiados por las drogas se clavaron en Han.


Page 8

—¡Dalla, viejo ladrón! —exclamó Han con falso entusiasmo—. Necesito tu ayuda. Verás, me gustaría conseguir un préstamo con elHalcón Milenariocomo garantía, y quiero que me introduzcas en una partida de cartas esta noche..., y quiero que se trate de una partida donde las apuestas sean muy altas.

La capitana Astarta, la guardaespaldas personal del príncipe, fue al dormitorio de Isolder y le despertó. Era una mujer asombrosamente hermosa de largos cabellos rojo oscuro y ojos tan azules como los cielos de Terefon, su planeta natal.

—¿Flarett a reliaren?(«¿Estaba bien condimentada la cena?») —le preguntó en un tono casi despreocupado.

Isolder la observó desde la cama, y vio cómo los ojos de Astarta se movían de un lado a otro sometiendo a la habitación a una inspección más concienzuda que de costumbre. El escrutinio pasó del vestidor a la cama primero y a los armarios después. Los movimientos de la capitana Astarta eran fluidos y casi felinos.

—La cena estaba bien condimentada —respondió Isolder—. Descubrí que la princesa es encantadora, y su compañía me resultó muy agradable. ¿Qué ocurre?

—Hace una hora recibimos un mensaje codificado. Fue enviado a todas las naves de nuestra flota. Sospechamos que era una orden de asesinato.

—¿La señal vino de Hapes?

—No. Fue enviada a nuestra flota desde Coruscant.

—¿Quién ha de ser asesinado?

—La orden no daba el nombre del objetivo, ni el tiempo o el lugar —respondió la capitana Astarta—. El texto completo del mensaje es el siguiente: «La tentadora parece demasiado interesada. Actuad». Ya sé que suena un poco críptico, pero me parece que el significado está muy claro.

—¿Has notificado al Departamento de Seguridad de la Nueva República que Leia corre peligro?

Astarta titubeó unos momentos antes de responder.

—No estoy convencida de que la princesa Leia sea el objetivo.

Isolder no dijo nada. Si moría, el linaje real pasaría a la hija de su tía Secciah. Isolder había tenido una prometida, la dama Elliar, y había sido asesinada. La habían encontrado ahogada en un estanque espejo. Isolder nunca pudo obtener pruebas de lo que creía había sucedido, pero estaba seguro de que su tía Secciah se encontraba detrás del asesinato, al igual que estaba seguro de que su tía había pagado a los piratas que asesinaron a su hermano mayor después de haber atacado y saqueado el navío insignia real. Los piratas tenían que estar enterados del inmenso valor que el Chume'da poseía para su madre, y aun así habían matado al chico sin tratar de obtener un rescate por él.

—¿Y crees que esta vez el objetivo soy yo?

—Eso creo, mi señor —respondió Astarta—. Vuestra tía podría culpar a algún agente del exterior: una facción interna de la Nueva República, algún caudillo guerrero que temía la unión matrimonial..., incluso podría culpar al general Solo.

Isolder se irguió en la cama, cerró los ojos y empezó a pensar. Sus tías y su madre... Todas eran mujeres temibles, astutas y llenas de argucias y engaños. Isolder había albergado la esperanza de que contraer matrimonio fuera del linaje real de Hapes le permitiría encontrar a alguien como Leia, alguien que no estuviera contaminado por la plaga de la avaricia que hacía estragos en todas las mujeres de su familia. Le dolía terriblemente pensar que alguien había conseguido introducir asesinos en su propia flota.

—Advertirás a la Nueva República de la amenaza —dijo por fin—. Si mi tía ha conseguido introducir un asesino en esta nave, quizá puedan ayudar a descubrir su identidad. Ah, y también quiero que la mitad de mi guardia personal se dedique a proteger a Leia.

—¿Y quién os protegerá a vos, mi señor? —preguntó Astarta.

Isolder captó el brillo dolorido de la traición en los ojos de Astarta. La capitana le amaba, y no podía dejarle expuesto al peligro. Isolder siempre lo había sabido. Era lo que hacía que fuera tan buena en su trabajo. Astarta quizá incluso albergaba una débil esperanza de que Leia muriese, pero Isolder sabía que la capitana Astarta obedecería sus órdenes. Por encima de todo, Astarta era una soldado excelente.

Sacó un desintegrador de debajo de la sábana, y vio el fugaz destello de sorpresa en los ojos de Astarta al comprender que no había sido capaz de detectar la presencia de un arma apuntada hacia su pecho.

—Yo vigilaré mi propia espalda, como siempre —dijo Isolder.

Capítulo 5

La noche encontró a Han en un local de bastante mala reputación del submundo de Coruscant, un casino que literalmente no había visto la luz del sol desde hacía más de noventa mil años porque se habían ido edificando capa tras capa de edificios y calles por encima de él, hasta que el casino acabó quedando tan atrapado como un fósil incrustado en su capa de sedimentos. El aire húmedo que se respiraba a aquellas profundidades olía a podredumbre, pero había muchas razas de la galaxia, sobre todo aquellas que habían ido evolucionando con vistas a vivir debajo de la superficie, a las que el submundo proporcionaba un habitat en el que podían encontrarse muy a gusto. Han pudo distinguir muchos pares de ojos enormes que le observaban furtivamente desde la penumbra un poco amenazadora del casino.

Han había solicitado tomar parte en una partida de cartas con apuestas muy altas y había ido abriéndose paso, poco a poco, hacia ella a través de tres partidas de menor categoría, pero en ningún momento había estado preparado para enfrentarse a algo semejante. A su izquierda estaba sentado un consejero columiano, provisto de un arnés antigravitatorio, cuya cabeza era tan grande que las palpitantes venas azules parecidas a gusanos que serpenteaban alrededor de su cerebro eran mucho más largas que sus flacas piernas, que no le servían de nada. El vasto intelecto del columiano lo había convertido en uno de los más temibles oponentes de los juegos de azar que podían encontrarse en toda la galaxia. Enfrente de Han estaba sentada Omogg, una señora de la guerra drackmariana conocida por su increíble riqueza. Sus escamas azul pálido habían sido frotadas hasta conseguir que brillaran, y las nubes de metano que flotaban dentro de su casco ocultaban su hocico y sus temibles dientes. El asiento de la izquierda de Omogg estaba ocupado por el embajador de Gotal, a quien Han había visto el día anterior, una criatura de piel grisácea y barba canosa que jugaba con los ojos cerrados, confiando en los dos enormes cuernos sensoriales que coronaban su cabeza para que captaran e interpretaran las emociones de los otros jugadores, con la esperanza de poder leer así sus pensamientos.

Han nunca había jugado al sabacc con adversarios como aquellos. De hecho, Han llevaba años sin jugar al sabacc, y el sudor había empezado a brotar de su cuerpo y estaba empapando su uniforme. Jugaban a una variación del sabacc que ya tenía varios milenios de antigüedad, y que era conocida con el nombre de sabacc de la Fuerza. En el sabacc normal, un sistema de aleatoriedad incorporado a la mesa alteraba periódicamente los valores de las cartas, con lo que proporcionaba una intensidad y una emoción que habían mantenido vivo al juego durante generaciones. Pero las reglas del sabacc de la Fuerza eran distintas, y no se utilizaba ningún sistema de aleatoriedad. En esa variante, eran los otros jugadores los que proporcionaban la dosis de aleatoriedad. Después de haber sacado la primera carta para una mano, cada jugador tenía que anunciar si su mano iba a ser de luz u oscura. El jugador que tuviera la mano de luz o la mano oscura más potente ganaría, pero sólo en el caso de que la potencia combinada del bando que hubiera escogido ganara también. Por ejemplo, si Han decidía jugar una mano oscura mientras todos los demás jugaban manos de luz, perdería con toda seguridad. Han clavó la mirada en sus cartas. Le había tocado una mano mixta compuesta por el dos de espadas, el Maligno y el Idiota. En conjunto era una mano oscura bastante débil y Han no creía que sus cartas fueran lo suficientemente buenas, y había ganado las últimas manos jugando cartas de los arcanos de la luz. Quizá fuese meramente superstición, pero Han tenía la vaga sensación de que aquél no era el momento más recomendable para pasarse al bando de la oscuridad. A pesar de ello, no le quedaba más remedio que aceptar las cartas que le habían entregado.

—Veo tu apuesta —le murmuró el gotaliano a Han sin abrir sus ojos ribeteados de rojo— y subo a cuarenta millones de créditos.

Chewbacca dejó escapar un gemido a espaldas de Han, y Cetrespeó se inclinó sobre él.

—Señor, ¿me permite recordarle que las probabilidades de que alguien gane seis manos seguidas son de una entre sesenta y cinco mil quinientas treinta y seis? —le susurró al oído.

No tuvo que decirlo en voz alta, pero Han se encargó de terminar por él. «Y son significativamente inferiores cuando tienes estas cartas», pensó.

—Los veo —dijo, y empujó hacia adelante la concesión de los derechos de explotación minera de un sistema estelar muerto cuyo nombre sólo podía ser pronunciado por un columiano—. Y subo a ochenta millones.

Empujó hacia adelante una ficha de memoria que contenía un considerable porcentaje de interés en las minas de especias de Kessel. El nerviosismo de Han debió de resultar abrumador para el gotaliano, porque el embajador se tapó de repente el cuerno sensorial izquierdo con una mano.

Los otros jugadores captaron la manera en que el gotaliano había reaccionado a lo que era pura desesperación por parte de Han, y se apresuraron a igualar la apuesta.

—¿Alguien quiere ver las cartas ahora? —preguntó Han.

Tenía la esperanza de que esperaran hasta que se hubiese repartido otra mano.

—Yo quiero verlas —dijo el gotaliano.

Cada jugador puso sus cartas sobre la mesa. El gotaliano estaba jugando una mano oscura, pero hasta el momento la suya era más débil que la de Han. Los otros dos jugaban manos de luz y podían vencer a Han. Todos esperaron a que el androide que repartía las manos, que estaba atornillado al techo y suspendido encima de la mesa, entregara una última carta a cada uno.

Los engranajes chirriaron sobre sus cabezas cuando los brazos del androide, un modelo ya muy antiguo, giraron para colocar una carta delante del columiano. El columiano la tocó. El calor de su cuerpo activó los microcircuitos de la carta haciendo que ésta mostrara su figura, y faltó muy poco para que el corazón de Han dejara de latir. El señor de las monedas, el señor de las vasijas y la reina del aire y la oscuridad... Eso daba veintidós puntos, con el resultado de una mano casi invencible. La única esperanza que le quedaba a Han era que la potencia combinada de las manos oscuras fuese capaz de superarla.

El androide entregó la última carta a la drackmariana. Una imagen de un caballero jedi apareció bajo sus dedos: la Moderación, cabeza abajo. El hecho de que el androide hubiera entregado la carta de la Moderación cabeza abajo invertía la mano de luz de la drackmariana, alterándola de manera radical con el resultado de que su potencia quedaba añadida a las manos de Han y el gotaliano. Han sintió que el corazón le daba un vuelco. Sí, aquello podía cambiar el curso de toda la partida... Pero las reglas de la variante del sabacc a la que estaban jugando eran muy claras, y la drackmariana tenía la opción de rechazar una carta. La drackmariana apartó la carta de la Moderación cabeza abajo, con lo que mantuvo su mano de luz en un total de dieciséis puntos.

Los brazos mecánicos se movieron hacia el gotaliano y dejaron caer un siete de báculos delante de él. Era una carta menor, pero servía para reforzar la mano oscura. El gotaliano tenía la reina del aire y la oscuridad, el Equilibrio y la Eliminación. El total de su mano era de diecinueve puntos negativos. Han sintió un nuevo júbilo, y comprendió que las manos oscuras probablemente iban a ganar. El gotaliano debió captar el alivio de Han, y lo malinterpretó pensando que Han creía haber obtenido una victoria personal. El gotaliano contempló las ganancias de Han con evidentes celos, y después rechazó su siete de báculos. El nuevo total de su mano oscura quedaba por debajo de los veintitrés puntos negativos, por lo que fue declarada fallida. Eso significaba que los arcanos oscuros perderían automáticamente..., a menos que Han tuviera la suerte de obtener un veintitrés, ya fuera positivo o negativo.

Han volvió a estudiar sus cartas. El Idiota no valía nada y el dos de espadas valía dos puntos, mientras que el Maligno valía quince puntos negativos. Su mejor probabilidad de ganar sería un despliegue de idiota: podía conservar la carta del Idiota, más el dos de espadas más un tres de cualquier palo, con lo cual conseguiría un veintitrés literal. Han supuso que las probabilidades de obtener un tres eran bastante reducidas, aproximadamente una entre quince, pero era la única salida.

Los brazos mecánicos giraron sobre la cabeza de Han y su chirriar se volvió repentinamente más estridente. Los manipuladores cogieron la primera carta del mazo y la colocaron sobre la mesa, y Han extendió la mano con vacilante lentitud hacia ella y la tocó. La imagen de la segunda carta de Resistencia apareció bajo sus dedos. Ocho puntos negativos. Han contempló sus cartas con incredulidad, y dejó las dos sobre la mesa. Tenía un veintitrés negativo, lo cual quería decir que había obtenido un sabacc natural.

—¡Ha ganado! —gritó Cetrespeó.

El embajador de Gotal se derrumbó sobre la mesa y empezó a emitir una especie de ladridos ahogados que Han supuso sólo podían ser sollozos. El columiano contempló a Han con sus enormes ojos negros de mirada gélida e impasible.

—Felicitaciones, general Solo —dijo secamente—. Lamento que este juego se haya vuelto demasiado caro para mi gusto.

Los motores de su unidad antigravitatoria se activaron y el columiano empezó a maniobrar cautelosamente para salir de la sala, moviéndose con todas las precauciones posibles para impedir que su gigantesco cerebro chocara con algún adorno.

El embajador de Gotal se levantó de la mesa y se perdió entre las sombras del submundo.

—Errrres rrrrrico, humano —dijo la voz siseante y gutural de la drackmariana desde el sistema de comunicación de su casco mientras ponía dos manazas gigantescas encima de la mesa, y sus garras chirriaron al deslizarse sobre el viejo metal negro—. Demasiaaaaaa-do rrrrico. Quizáaaaa no consigaaaaas salirrrr del submundo con vi-daaaaa.

—Correré ese riesgo —dijo Han.

Dio una palmada al desintegrador que colgaba de la funda de su costado y clavó la mirada en el casco de la drackmariana. Podía distinguir unos ojos oscuros que relucían como guijarros mojados por entre las nubes de gas verdoso. Han recogió todas sus fichas de crédito, certificados de acciones, derechos y concesiones formando un enorme montón con sus ganancias. Más de ochocientos millones de créditos, más créditos de los que jamás había soñado poseer... Y sin embargo seguía sin ser suficiente.


Page 9

La drackmariana alargó un brazo y sus garras se hundieron unos milímetros en la muñeca de Han.

—Quieeeeeto —siseó—. Otrrrra maaaaaaano.

Han pensó a toda velocidad mientras intentaba fingir calma. Tenía la boca y la lengua resecas, pero en vez de lamerse los labios lo que hizo fue apurar una jarra de cerveza corelliana sazonada con especias.

—¿Doble o nada? —preguntó por fin.

La drackmariana asintió y los tubos de metano que se introducían en su casco oscilaron. De entre todos los adversarios contra los que había estado jugando Han, ella era la única que podía poseer lo que quería obtener. Han quería un mundo. Había tanto dinero encima de la mesa que Omogg no podía ofrecer nada de menos valor que un planeta habitable.

Omogg habló en susurros con un androide de seguridad que estaba medio oculto entre las sombras detrás de ella, y el androide giró sobre sí mismo enfilando su armamento hacia Han. Después abrió una bóveda que había disimulada en su parte central, y la drackmariana metió una manaza dentro de ella y extrajo un holocubo.

—Lleeeeeva muchas generrrrrraciones siendo propiedaaaaad de la famiiiiilia —dijo—. Vale dos mil cuatrrrrrrocientos millones de crrrrrréditos, y estoy dispuesta a venderte un interrrrrrés de un terrrrcio. Si gaaaaanas la próxima maaaaano, el planeeeeeeta serrr-rrá tuyo. Si yo gano, taaaaanto el planeta como los crrrrrréditos serrrrraaaaaán míos.

Una garra arañó el botón activador del holocubo, y la imagen de un planeta apareció de repente en el aire. Era un mundo de clase M, con atmósfera de nitrógeno y oxígeno, y tres continentes en un vasto océano. El holograma empezó a rotar mostrando una serie de imágenes de rebaños de bestias de dos patas que se inclinaban para pastar en una inmensa llanura purpúrea, un sol azulado poniéndose sobre una jungla tropical, y una bandada de pájaros de colores deslumbrantes que volaban a toda velocidad sobre el océano haciendo pensar en un montón de cuentas de cristal multicolor desparramadas sobre un suelo de baldosas azules. Todo era perfecto y maravilloso.

Han estaba empezando a sudar de nuevo.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Daaaaaathommmmirrrrrr —jadeó la drackmariana.

—¿Dathomir? —repitió Han, fascinado.

Chewbacca lanzó un gruñido de advertencia y puso una garra sobre el brazo de Han suplicándole que no corriera riesgos.

Cetrespeó se inclinó sobre Han, y la dicción impecable de sus circuitos vocalizadores se abrió paso a través de las nubes de humo.

—Señor, ¿me permite recordarle que las probabilidades de que alguien gane nueve manos seguidas son de una entre ciento treinta y una mil setenta y dos?

Cuando Leia respondió al tintineo de la campanilla de su puerta en el consulado de Alderaan, se encontró con Han, bañado en sudor, el cabello revuelto y la ropa llena de arrugas. Apestaba a humo, y en cuanto la vio le dirigió una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos inyectados en sangre estaban llenos de alegría. En su mano había una cajita envuelta en papel dorado.

—Oye, Han, si has vuelto para disculparte te perdono, pero la verdad es que ahora estoy ocupadísima y no tengo ni un segundo libre. Se supone que he de reunirme con el príncipe Isolder dentro de unos minutos, y un espía de los barabels quiere hablar conmigo.

—Ábrelo —dijo Han poniendo la caja en su mano—. Venga, ábrelo...

—¿Qué es? —preguntó Leia.

De repente se dio cuenta de que lo que envolvía la caja no era papel dorado para regalos, sino una delgada lámina de oro flexible.

—Es tuyo —dijo Han.

Leia deshizo el nudo del cordel y apartó la lámina de oro. Era una ficha de registro, de la variedad antigua que llevaba un holocubo incorporado. Leia pulsó el interruptor, y vio como el planeta se materializaba en el aire delante de ella en una imagen registrada desde el espacio que mostraba todo el globo: unas delgadas nubes rosáceas brillaban en el borde del terminador, separando el día de la noche, y grandes nubarrones de tormenta se arremolinaban surgiendo del océano. Al fondo flotaban cuatro pequeñas lunas. Leia estudió los continentes cubiertos por el verdor de la vida, las inmensas sabanas purpureas y los exquisitamente diminutos casquetes polares.

—Oh, Han... —murmuró con voz entrecortada por la emoción. Todo su rostro parecía haberse iluminado como bajo los efectos de una claridad interior—. ¿Cómo se llama?

—Dathomir.

—¿Dathomir? —Leia frunció el ceño en un visible esfuerzo de concentración—. He oído hablar de él..., en algún sitio. ¿Dónde se encuentra? —añadió, convirtiéndose en la mujer práctica y decidida que podía ser cuando era necesario.

—En el sistema de Drackmar. Lo gané jugando a las cartas con una señora de la guerra llamada Omogg.

Leia contempló el holograma y fue siguiendo la secuencia hasta que volvió a mostrar la primera imagen: unos gigantescos animales verdes, posiblemente reptiles, que pastaban en una llanura púrpura.

—No puede estar en el sistema de Drackmar —dijo, muy segura de sí misma—. Sólo tiene un sol.

Leia fue hasta su consola, tecleó el código de la red de ordenadores de Coruscant y pidió las coordenadas de Dathomir. Los gigantescos bancos de datos debieron necesitar algún tiempo para localizar los archivos, pues tuvieron que esperar casi un minuto antes de que las coordenadas aparecieran en la pantalla. Leia se volvió hacia Han, y vio cómo su alegría casi frenética desaparecía para ser sustituida por un fruncimiento de ceño.

—Pero... ¡Pero eso no puede ser! —exclamó—. Esas coordenadas están en el sector de Quelii... ¡Es territorio del señor de la guerra Zsinj!

Leia sonrió con tristeza y le revolvió los cabellos con la mano como si fuera un niño.

—Oh, mi encantador y despeinado pastor de nerfs... Sabía que era demasiado bueno para ser verdad. Aun así, ha sido muy amable por tu parte ofrecérmelo. ¡Siempre eres muy bueno conmigo, Han!

Le dio un rápido beso en la mejilla.

Han retrocedió un paso. Parecía perplejo.

—¿Está en..., en el sector Quelii?

—Ve a dormir un rato —le dijo Leia, como si estuviera un poco preocupada por Han—. Pensar en ello no te hará ningún bien. Esto debería enseñarte que nunca hay que jugar a las cartas con un habitante de Drackmar.

Le escoltó hasta la puerta del consulado de Alderaan, y Han se quedó inmóvil junto a la entrada durante un momento frotándose los ojos e intentando mantenerse despierto y pensar al mismo tiempo. Después levantó la vista hacia los gigantescos edificios que se alzaban sobre su cabeza, y vio que los rayos de luz que se deslizaban entre ellos eran tan pálidos y débiles como si el sol estuviera atrapado bajo el grueso dosel de una jungla.

Se había imaginado que a Leia le encantaría su nuevo mundo, y había imaginado cómo se derrumbaría en sus brazos abrumada por la alegría. Había planeado esperar hasta ese momento, y luego pedirle que se casara con él; pero lo único que había obtenido de la partida era una propiedad inmobiliaria que no valía absolutamente nada, y, además, Leia le había revuelto el pelo como si Han fuera su hermanito pequeño. «Probablemente tenga un aspecto bastante estúpido en estos momentos —pensó Han—. Sí, parezco un estúpido y además estoy hecho un desastre...» Metió la mano en el bolsillo y agitó el dinero que había dentro haciéndolo tintinear. Tenía una cantidad de fichas de crédito suficiente para poder recuperar elHalcón,ya que afortunadamente Chewbacca había sido lo bastante previsor como para sacar un puñado de fichas de sus ganancias antes de la última partida. Casi dos mil millones de créditos ganados y perdidos... Han se sentía demasiado viejo para llorar, pero le faltó muy poco para hacerlo. Empezó a caminar con paso tambaleante por las calles grises de Coruscant para volver a un pequeño apartamento que tenía en el planeta, y esperó poder dormir un rato en cuanto llegara a él.

—No tendrías que acudir a esa cita —dijo Isolder—. No me gusta nada la idea de que viajes sola por el submundo.

Leia miró al príncipe y le sonrió con afable tolerancia. Después de todo, lo único que deseaba era protegerla, pero Leia había pasado los dos últimos días tropezando a cada momento con sus guardaespaldas, y estaba empezando a preguntarse si Isolder no se estaría excediendo en la protección.

—No me ocurrirá nada —le dijo—. Ya he tenido que vérmelas con tipos parecidos en otras ocasiones.

—Si su información es tan importante, ¿por qué no te la ha proporcionado ya? —le preguntó Isolder—. ¿Por qué insiste en verte?

—Es un barabel. Ya sabes lo paranoicos que pueden llegar a ponerse los depredadores cuando están convencidos de que alguien anda detrás de ellos, ¿no? Además, si realmente tiene información sobre las fechas de ataque y los planes de batalla, voy a necesitar esa información antes de que vayamos al sistema de Roche. Hay que advertir a los verpines.

Isolder la estudió con su mirada límpida y profunda. Llevaba una media capa amarilla, un enorme cinturón dorado y gruesos brazaletes dorados que acentuaban el color bronce de su piel. Dio un paso hacia adelante y le puso las manos sobre los hombros con mucha delicadeza, y el contacto hizo que Leia sintiera un cosquilleo en la piel.

—Si insistes en ir al submundo, entonces iré contigo. —Leia se dispuso a protestar, pero Isolder le rozó los labios con un dedo—. Te ruego que me lo permitas... Sospecho que tienes razón. Sospecho que no ocurrirá nada, pero si te ocurriera algo no me lo perdonaría nunca y no podría seguir viviendo.

Leia le miró a los ojos y sintió el deseo de protestar, pero lo cierto era que se habían producido amenazas contra su vida. Isolder había dado a entender que ciertas facciones de Hapes no estarían de acuerdo con el matrimonio, y Leia ya había recibido informes de las redes de espionaje de la Nueva República en los que se aseguraba que los señores de la guerra del otro confín de la galaxia estaban haciendo esfuerzos para sabotear la unión matrimonial. No querían que las flotas hapanianas añadieran sus naves a las de la Nueva República. Leia ya estaba empezando a hacerse una idea de lo que significaría ser como la Reina Madre y contar con su poder.

—De acuerdo, puedes acompañarme —dijo.

Leia admiraba a Isolder por haber tenido la cortesía de pedirle permiso para acompañarla. Han se lo habría exigido. Se preguntó si los magníficos modales de Isolder eran una parte natural de su personalidad, o si los había adquirido sencillamente por haber sido criado en una sociedad matriarcal donde se mostraba mucho más respeto hacia las mujeres. Fuera cual fuese la razón, a Leia le parecían encantadores.

Isolder la cogió del brazo, y fueron hacia la acera flanqueados por las amazonas-guardaespaldas de éste para esperar debajo de la gran puerta de mármol de entrada y salida de vehículos a que llegara el aerodeslizador de Leia. El viejo Threkin Horm apareció por la calle sentado sobre su sillón repulsor y fue hacia ellos acompañado por el zumbido de los motores. Las espaciosas calles de esa parte de la ciudad estaban casi desiertas a aquella hora de la mañana, y sólo se veía a una pareja de ishi tibs dando un paseo y a un viejo androide que estaba pintando las farolas. Threkin les saludó jovialmente, como si su encuentro hubiera sido fruto de la casualidad, pero después no sólo no dio ninguna señal de querer marcharse, sino que presionó el botón que desactivaba su sillón y se quedó junto a ellos esperando la llegada del aerodeslizador.

—He oído comentar que arriba hace un día tan precioso que casi siento la tentación de tomar un baño de sol —dijo moviendo la cabeza hacia los edificios que se alzaban sobre ellos y los aerodeslizadores que iban y venían por entre los rayos de sol que caían en ángulo sobre la ciudad—. No sé, quizá lo haga... —añadió.

Los dedos de Isolder se curvaron con ternura sobre el brazo de Leia, y de repente Leia se encontró deseando que Threkin se esfumará lo más deprisa posible. Alzó la mirada hacia Isolder, y él le sonrió como si estuviera compartiendo su pensamiento.

—¡Ah, aquí viene su vehículo! —exclamó Threkin.

Un aerodeslizador negro avanzó por la calle, redujo la velocidad y giró para ir hacia ellos. El cristal ahumado de la ventanilla lateral se hizo añicos de repente al ser atravesado por el cañón de un desintegrador.

—¡Al suelo! —gritó una de las guardaespaldas de Isolder.

La mujer saltó colocándose delante de Leia justo cuando la primera salva de rayos rojizos hendió el aire. Un rayo chocó contra su pecho, la levantó del suelo y la hizo salir despedida hacia atrás. Una rociada de gotitas de sangre brilló en el aire, y Leia pudo oler la pestilencia familiar del ozono y la carne calcinada.

Threkin Horm lanzó un gemido ahogado y presionó un botón de su sillón repulsor, y un instante después salió disparado en dirección sur tan deprisa como si el sillón fuera un dardo de superficie mientras gritaba con toda la fuerza de sus pulmones.

Isolder empujó a Leia poniéndola a cubierto detrás de una de las grandes columnas de la puerta de vehículos, y pareció convertirse en un torbellino de movimientos. Se quitó su cinturón de un manotazo y sostuvo una parte de él —un pequeño escudo dorado— en su mano izquierda mientras en su mano derecha aparecía un pequeño desintegrador. Leia oyó un zumbido y una segunda andanada surgió del aerodeslizador, pero los rayos rojizos hicieron impacto en el aire delante de ellos y estallaron sin causarles ningún daño.

Una delgada calina iridiscente de forma circular con los bordes blancos había surgido de la nada y chisporroteaba delante de Isolder, como un anillo alrededor de una luna en una noche fría. «Un escudo personal», comprendió Leia, y fue repentinamente consciente de que la segunda amazona-guardaespaldas estaba detrás de ella y que aprovechaba la protección del escudo para gritar por un comunicador portátil solicitando refuerzos.

Un torbellino de energía desintegradora pasó silbando junto a la cabeza de Leia para estrellarse contra el mármol por encima de ellos, y Leia giró sobre sí misma. El androide que había estado pintando las farolas en la esquina les estaba disparando con un desintegrador.

—¡Acaba con el androide, Astarta! —gritó Isolder.

El escudo del príncipe no podía protegerles del fuego cruzado, y las columnas de mármol no les ofrecían mucha cobertura. Leia se lanzó sobre el desintegrador de la amazona muerta y disparó dos rayos que bastaron para hacer que el androide se escondiera detrás de la farola que había estado pintando. Sólo entonces se fijó en el torso extrañamente erguido, la cabeza en forma de bala y la longitud de las piernas. Era un androide asesino, un modelo Eliminador 434. Astarta también empezó a disparar contra él.


Page 10

El aerodeslizador se detuvo y dos hombres salieron de él disparando. Leia sabía que el escudo personal de Isolder no podría aguantar más de un par de segundos. Los escudos personales siempre tendían a proporcionar una protección mínima, porque no se podía ir provisto de una fuente de energía lo suficientemente potente como para desviar el fuego enemigo y que funcionase más de un instante. El segundo peligro procedía del mismo escudo: el campo de energía se calentaba hasta tal extremo que quienes lo utilizaban corrían el riesgo de freírse a sí mismos si lo tocaban por accidente. Isolder mantuvo el escudo delante de él y avanzó hacia sus atacantes.

Dos rayos más pasaron silbando sobre su cabeza, y Astarta disparó. Leia volvió la mirada justo a tiempo de ver cómo el único disparo de la amazona acertaba al androide asesino en el centro del torso. Pequeños fragmentos de metal salieron despedidos en todas direcciones y volaron por los aires, y fueron seguidos por una potente explosión cuando la unidad energética del androide estalló.

El príncipe movió su escudo como si fuese un arma, y el campo de energía obligó a retroceder a sus atacantes. Hubo una erupción de chispas azules en el aire al establecerse el contacto. Un atacante gritó y dejó caer su desintegrador para taparse el rostro quemado con las manos. Isolder alzó el escudo sobre su cabeza, lo hizo girar y lo lanzó contra el segundo atacante. El escudo golpeó al asesino en el pecho, atravesándole con tanta limpieza como si fuera una espada de luz, y un instante después Isolder era el único de los tres que seguía en pie y apuntaba con su desintegrador al asesino superviviente, el cual lanzaba gritos de agonía mientras se aferraba el rostro. Leia pensó que debía haber sido un hombre muy apuesto. De hecho, demasiado apuesto... El asesino era un hapaniano.

—¿Quién te ha contratado? —preguntó Isolder.

—¡Llarel! ¡Remarme!—gritó el asesino.

—¿Teba illarven?—le preguntó Isolder en la lengua de su cúmulo.

—¡At! ¡Remarme!—suplicó el asesino.

Isolder siguió apuntando al asesino con su desintegrador un segundo más, y el hombre volvió a gritar. Un fragmento de carne quemada se desprendió de su rostro. El asesino saltó hacia la cuneta en busca de su arma, y el príncipe vaciló. El asesino cogió el desintegrador, apuntó el cañón hacia su rostro y apretó el gatillo.

Leia se dio la vuelta. Un instante después la guardaespaldas de Isolder estaba tirando de su brazo y le gritaba «¡Adentro, adentro!», y el príncipe agarró a Leia del brazo y la hizo entrar en el edificio. Junto a la puerta había una pequeña habitación en la que los invitados podían colgar sus abrigos o capas. Isolder llevó a Leia hasta la habitación y se quedó junto a ella, protegiéndola. Estaba jadeando y no apartaba la mirada del vestíbulo. Astarta, la guardaespaldas, había cerrado la puerta con llave. Como casi todos los consulados, la puerta del de Leia consistía en un fragmento de ultraplaca antigua, y podía resistir incluso un ataque prolongado. La guardaespaldas estaba volviendo a gritar por su comunicador portátil. Leia no entendía su idioma, pero Astarta estaba haciendo mucho ruido.

—¿Quién les ha enviado? —preguntó Leia.

—No quiso decirlo —respondió Isolder—. Me suplicó que le matara, y no dijo nada más.

Leia ya podía oír los gritos de las fuerzas de seguridad de la Nueva República a través de las paredes mientras intentaban controlar la zona.

Isolder estaba jadeando y parecía haber concentrado toda su atención en el sentido del oído. Probablemente estaba intentando escuchar al mismo tiempo a su guardaespaldas y a los agentes del exterior, y asegurarse de que Leia no corría ningún peligro. Había abrazado a Leia con delicada suavidad para protegerla, y Leia pudo sentir el palpitar ensordecedor de la sangre en sus venas.

—Gracias por salvarme —le dijo mientras le empujaba suavemente para que la soltara.

El príncipe Isolder estaba tan absorto en los sonidos de los alrededores que al principio pareció no darse cuenta de que Leia le estaba apartando. Después bajó la vista y la miró a los ojos. Le levantó el mentón y la besó imperiosa y apasionadamente, y se acercó un poco más a ella de tal manera que Leia sintió todo su cuerpo unido al de él.

Su mente pareció quedar en blanco, y tuvo la sensación de que una poderosa descarga eléctrica la recorría desde la cabeza hasta los pies. Le temblaba la mandíbula, pero le besó despacio y sin pensar en el tiempo, y los segundos fueron transcurriendo mucho más despacio que el palpitar en su pecho. Con cada segundo que pasaba Leia sólo podía pensar que estaba traicionando a Han y que no quería hacerle daño, pero un instante después la voz de Isolder resonó en su oído hablándole en un susurro apremiante.

—¡Ven conmigo a Hapes! —le dijo—. ¡Ven a ver los mundos que gobernarás!

Leia descubrió que estaba llorando. Nunca había imaginado que sería capaz de permitir que algo semejante llegara a ocurrir, pero en ese momento lo que hubiera sentido por Han —fuera lo que fuese— pareció convertirse de repente en algo tan insustancial como la niebla, como una hilacha impalpable de calina blanca, y el príncipe Isolder era el sol que la quemaba y la disipaba haciéndola desaparecer para siempre.

—¡Vendré contigo! —le prometió mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, y rodeó a Isolder con sus brazos.

Capítulo 6

—No sé por qué te he pedido que vinieras aquí —dijo Han mirando a Cetrespeó mientras movía la mano como queriendo abarcar todo lo que les rodeaba.

Estaban sentados en un reservado de una cantina de Coruscant, un local tranquilo y selecto en todos los aspectos: la atmósfera estaba limpia, y había unas cuantas parejas bailando lentamente al son de unas flautas de nariz ludurianas.

Chewbacca alzó la cabeza apartándola de su bebida, le miró con ojos entre cansados y melancólicos y gruñó. Chewie sabía que Han estaba mintiendo, y también sabía por qué había pedido a Cetrespeó que fuera allí.

Cetrespeó les miró, y su circuito lógico le indicó que debía obtener más datos sobre la situación.

—¿Puedo ayudarle en algo, señor?

—Bueno, verás... Durante los dos últimos días tú has estado más cerca de Leia que yo —dijo Han encorvando los hombros—. No parece sentirse muy a gusto conmigo..., y está pasando todo el tiempo con ese príncipe, y después de lo que les ocurrió esta mañana, están rodeados por tal cantidad de guardaespaldas que apenas se los puede ver. Y... Bueno, Leia acaba de dejarme un holomensaje en el que me dice que quizá vaya a Hapes.

Cetrespeó analizó y sopesó las palabras de Han durante 3’12 segundos, examinando todas sus capas de tono, matices y significados no verbales.

—¡Comprendo! —exclamó en cuanto hubo terminado—. ¡Ustedes dos están teniendo problemas diplomáticos! —Como traductor, Cetrespeó contaba con algunos de los programas más soberbios existentes en la galaxia, pero sus amigos humanos rara vez recurrían a sus talentos cuando tenían que vérselas con sus complejos enredos emocionales. Cetrespeó percibió inmediatamente que Han estaba colocando una nada usual cantidad de confianza en sus capacidades. Era una rara oportunidad de demostrar su valía—. ¡Puede tener la seguridad de que ha acudido al androide adecuado! ¿Cómo puedo ayudarle?

—No sé... —dijo Han—. Tú les ves juntos con mucha frecuencia. Me preguntaba... En fin, ya sabes... Me preguntaba qué tal van las cosas. ¿Es verdad que están intimando tanto? ¿Están empezando a..., a acercarse el uno al otro?

Cetrespeó accedió inmediatamente a todos los registros visuales en los que había visto a Isolder y Leia juntos durante los dos últimos días: cenas durante tres noches seguidas, reuniones del consejo en las que los dos examinaron las dificultades que podían surgir a la hora de negociar un acuerdo entre los verpines y los barabels, simples paseos, bailes en una fiesta celebrada en honor de un dignatario menor...

—Bien, señor, durante el primer día que estuvieron juntos, el príncipe Isolder mantuvo una distancia promedio de cero coma cinco seis dos decímetros entre él y Leia —dijo Cetrespeó—, pero esa distancia está disminuyendo rápidamente. Sí, yo diría que los dos se están acercando a gran velocidad...

—¿Hasta qué punto? —preguntó Han.

—Durante las últimas ocho horas estándar, ha existido algún tipo de contacto físico durante casi el ochenta y seis por ciento de ese período de tiempo. —Los sensores ópticos infrarrojos de Cetrespeó captaron un ligero aumento de luminosidad en esa longitud de onda cuando la sangre afluyó al rostro de Han, y el androide se apresuró a disculparse—. Lamentaría mucho que el saberlo le afectara, señor.

Han apuró de un trago su vaso de ron corelliano. Era el segundo que se había tomado durante los últimos minutos, por lo que Cetrespeó calculó rápidamente la masa corporal de Han y el contenido de alcohol del ron, y llegó a la conclusión de que Han empezaba a estar bastante bebido; pero a pesar de ello la manifestación primaria de la intoxicación parecía limitarse a que hablaba un poco más despacio que antes.

Han puso una mano sobre el brazo metálico de Cetrespeó.

—Eres un buen androide, Cetrespeó. Sí, eres un buen androide... No hay muchos androides que me caigan tan bien como tú, créeme. Yo... Bueno, ¿qué harías si un príncipe androide lleno de músculos estuviera intentando conquistar a la mujer que amas y te estuviera echando a patadas del escenario?

Los sensores de Cetrespeó captaron considerables emanaciones de alcohol procedentes del aliento de Han, y el androide se echó un poco hacia atrás para evitar cualquier peligro de corrosión de sus procesadores.

—Lo primero que haría sería evaluar la oposición a la que me enfrentaba, y averiguar qué podía ofrecer que no pudiera ofrecer la parte contraria —dijo—. Cualquier buen androide asesor le diría lo mismo, señor.

—Ya —dijo Han—. Bueno, ¿qué puedo ofrecerle a Leia que Isolder no pueda ofrecerle?

—Bien, veamos... Isolder es extremadamente rico, generoso, cortés, educado y atractivo, al menos según los patrones humanos. En consecuencia, ahora lo único que debemos hacer es averiguar qué puede ofrecer usted qué él no esté en condiciones de ofrecer.

Cetrespeó examinó sus archivos durante unos momentos con tanto entusiasmo que acabó produciendo un recalentamiento en sus circuitos de memoria.

—¡Oh, vaya! —gimió por fin—. ¡Ya veo en qué consiste su problema, señor! Bien, supongo que siempre está la relación emocional... ¡Estoy seguro de que Leia no le olvidará meramente porque un hombre mucho mejor que usted haya aparecido de repente en su vida!

—La amo —declaró enfáticamente Han—. La amo más que a mi propia vida, más que al aire que respiro... Cuando me toca siento como si... No sé cómo expresarlo, Cetrespeó.

—¿Se lo ha dicho? —preguntó Cetrespeó.

—Bueno, tal y como acabo de decirte, la verdad es que no sé muy bien cómo decírselo —murmuró Han, y suspiró—. Tú eres un androide asesor. —Se sirvió otro ron y después lo contempló en silencio durante unos momentos sin tomar ni un sorbo—. ¿Sabes cómo decírselo? ¿Conoces alguna canción, algún poema que...?

—¡Desde luego que sí! Mis bancos de memoria contienen obras maestras de cinco millones de culturas. Voy a recitarle una de mis favoritas, procedente del mundo natal de los tchuukthais:

Shah rupah shantenar

shan erah pathar

thulath entarpa

Utah, emarrah spar thane

arratha urr thur shaparrah

Uta, Uta, sahvarahhhh

harahn sahvarauul e thutha

res tarra hah durrrr...

Han escuchó en silencio la delicada música de las palabras, el suave gorgoteo de los gruñidos guturales y su retumbar apagado como de trueno lejano.

—Sí, suena bastante bien —admitió cuando Cetrespeó hubo terminado—. ¿Qué significa?

Cetrespeó le proporcionó una traducción lo más aproximada posible.

Cuando el rayo galopa sobre las llanuras del atardecer,

vuelvo a mi fría madriguera

con una rata thula entre mis fauces.

Cuando llego allí, huelo la fragancia de tus excrementos

esparcidos sobre los huesos que hay junto a la entrada de la cueva.

Después las aletas de mi cabeza empiezan a temblar,

y mi cola ondula majestuosamente mientras mi aullido de apareamiento

llena el vacío de la noche...

Han le hizo callar con un gesto de la mano.

—De acuerdo, de acuerdo. Ya me hago una idea...

—Hay mucho, mucho más —le aseguró Cetrespeó—. Ah, no cabe duda de que es un poema épico maravilloso... ¡No hay ni una sola de sus quinientas mil líneas a la que pueda encontrársele un defecto!

—Vale, vale, muchas gracias —dijo Han.

Parecía más abatido y triste que nunca. Siguió sentado escuchando a un cuarteto de recién llegados que acababa de sentarse en otra mesa, y Cetrespeó se dio cuenta de que durante el último minuto Han había estado concentrando su atención en ellos. Cetrespeó accedió a sus registros auditivos y escuchó la grabación de la conversación de la mesa contigua para averiguar qué era lo que tenía tan intrigado a Han.

PRIMERA MUJER: «¡Oh, mira, es el general Solo!»

SEGUNDA MUJER: «Vaya, qué mal aspecto tiene... Fíjate en esas bolsas debajo de sus ojos.»

PRIMER HOMBRE: «Bueno, si queréis saber mi opinión, creo que no le iría nada mal lavarse y cambiarse de ropa.»

SEGUNDA MUJER: «Desde luego... Me pregunto qué vio Leia en él.»

PRIMERA MUJER: «Ese príncipe de Hapes, en cambio... ¡Es tan apuesto! Los comerciantes callejeros de Coruscant han empezado a vender pósters con su cara.»

SEGUNDO HOMBRE: «Sí, he comprado uno para mi hermana.»

PRIMER HOMBRE: «Pues sus guardaespaldas tampoco están nada mal.»

PRIMERA MUJER: «Mataría a quien fuese para convertirme en guardaespaldas del príncipe. Con un cuerpo como el suyo...»

SEGUNDA MUJER: «Bueno, puedes proteger ese cuerpo todo lo que quieras... Yo prefiero ser su masajista. ¿Te imaginas lo qué sería pasarse el día entero amasando y acariciando todos esos músculos?»

—Oye, Cetrespeó, ¿te importaría vigilar discretamente a Leia en todo momento? —preguntó Han con voz irritada—. Si pregunta por mí, dile que la echo de menos. ¿De acuerdo?

Cetrespeó archivó la petición en sus bancos de memoria.


Page 11

—Como desee, señor —dijo poniéndose en pie para salir del bar.

Chewbacca se despidió del espía con un gruñido. Cetrespeó salió a la calle y fue bajando nivel tras nivel hasta llegar a uno de los ordenadores centrales de Coruscant, que al parecer tenía una considerable reputación como chismoso. Un ordenador con ese pequeño defecto estaría encantado de que un androide le pidiera información, y le revelaría secretos que nunca hubiese revelado a una forma de vida biológica. Bien, así que Han necesitaba un asesor diplomático... ¡Iba a ser una oportunidad maravillosa para que Cetrespeó demostrara su valía! ¡Oh, sí, no cabía duda de que era una oportunidad realmente maravillosa!

Threkin Horm ofrecía un aspecto magnífico. Llevaba un sobretodo verde oscuro y pantalones blancos, y su ya no muy abundante cabellera había sido meticulosamente rizada de tal forma que los pequeños tirabuzones danzaban sobre sus orejas. Leia se dio cuenta de que cuando se mantenía en pie por sus propios medios no parecía tan gordo, y en aquellos momentos estaba en pie sobre el estrado.

—Como ya saben todos, he convocado esta reunión del Consejo de Alderaan para poder discutir los preparativos del matrimonio entre la princesa Leia y el príncipe Isolder, el Chume'da de Hapes.

La multitud prorrumpió en vigorosos aplausos. La sala del consejo era un recinto espacioso y de hermosas líneas con las paredes ocultas por cortinajes y sillones color cereza, y podía acoger a casi dos mil personas, pero sólo había presente un centenar de miembros del consejo. El resto de los sillones estaban ocupados por curiosos, y los cuerpos metálicos de los androides de los medios de comunicación habían convertido toda la parte de atrás de la sala en un bosque reluciente. Leia estaba sentada en su sillón de la primera fila, a sólo un par de metros del estrado detrás del que se encontraba Threkin. Han estaba sentado en una de las filas de atrás. Había escogido un atuendo informal de chaleco y camisa blanca, y tenía un aspecto muy parecido a cuando Leia le había visto por primera vez años antes. Chewbacca estaba sentado junto a él.

Leia había acudido con la intención de hablar abiertamente de sus planes, pero no estaba preparada para enfrentarse a semejante atención por parte de los medios de comunicación. Durante el día anterior se había encontrado repentinamente con que toda su vida se hallaba expuesta bajo los focos: el intento de asesinato de aquella mañana había sido filmado desde ocho ángulos distintos, y la filmación estaba siendo repetida una y otra vez por todas las emisoras. Los agentes de inteligencia de la Nueva República habían registrado la embajada buscando sensores ocultos aquella mañana, y habían descubierto micrófonos con canales abiertos a quince cadenas de emisoras. Al parecer sólo había una cosa que fascinara más al público que una boda entre miembros de la realeza, y era el que alguien intentara matar a un miembro de la realeza. Los sabuesos de los medios de comunicación habían enloquecido, y el único consuelo que le quedaba a Leia era que si otro asesino o asesina intentaba eliminarla, antes tendría que abrirse paso a tiros por entre los cámaras para poder llegar hasta ella.

Ah, bueno... Cuanto más pronto terminara con aquello, mejor.

—Threkin, miembros del consejo —dijo Leia poniéndose en pie—, me gustaría agradecerles a todos que hayan venido aquí, pero... Bueno, ¿no creen que todo esto resulta un poquito prematuro? Estoy de acuerdo en que la oferta parece maravillosa, pero aún no he accedido a casarme con el príncipe Isolder.

Leia volvió a sentarse.

—Oh, Leia... —dijo Threkin con una sonrisa condescendiente—. En el pasado tu cautela y tu buen juicio te han sido muy útiles, pero en este caso determinado... —Se encogió de hombros—. He visto cómo os miráis el uno al otro, y has accedido a acompañar a Isolder en un recorrido por los mundos de Hapes que durará seis meses. ¡Bien, creo que es una gran idea! Ese recorrido os proporcionará un poco de tiempo para iros conociendo mejor, ¡y además así la casa real de Hapes tendrá la oportunidad de ver qué bien le sienta una corona a esa hermosa cabecita tuya! —La broma hizo que la multitud soltara risitas nerviosas—. Expongamos el asunto ante el consejo. —Threkin movió una mano en un gesto que abarcó todas las filas de sillones—. ¿Acaso no opinan todos que Isolder y Leia hacen una pareja maravillosa?

Muchos de los políticos profesionales mantuvieron expresiones un tanto sombrías, pero casi todos los comerciantes se rieron, y los representantes de los medios de comunicación y los curiosos aplaudieron y lanzaron vítores. Leia pensó que aquello no parecía una reunión normal del consejo, sino más bien un carnaval improvisado.

—¡No podéis planear mi boda sin mí! —gritó mientras se levantaba de su sillón, asombrada ante la audacia de Threkin—. Isolder comprende que no estamos comprometidos ni formal ni informalmente, y estoy segura de que todos deben comprenderlo también. Voy a Hapes únicamente para...

Y sólo entonces percibió la verdad. Isolder quería llevarla a Hapes para que los dignatarios de los planetas a los que algún día quizá gobernara pudieran observarla y averiguar si era digna de llevar la corona, y Leia había accedido a ir con él para disponer de un período de tiempo a solas con Isolder e irse enamorando de él. Threkin tenía razón. Fuera cual fuese la forma en que Leia intentara negarlo, en toda la galaxia no había nadie que no pudiera ver lo que estaba ocurriendo. Se volvió hacia Han, y vio que parecía terriblemente abatido. Leia se sentó intentando no ruborizarse, intensamente consciente de que aquella reunión del consejo estaba siendo transmitida en directo por docenas de cadenas informativas. Sabía que debería tratar de rebatir los argumentos de Threkin y enfrentarse a él aunque sólo fuese para no quedar en ridículo y conservar algo de su dignidad, pero en aquellos momentos se sentía sencillamente incapaz de pensar. Por primera vez en su vida, Leia se había quedado sin palabras.

—Desde luego, desde luego... No podemos celebrar tu boda sin ti —le aseguró Threkin desde el estrado—. Te aseguro que esa idea jamás se nos ha pasado por la cabeza y que nunca llegará a ocurrirsenos. Nos estamos limitando a hacer planes para la eventualidad de que acabes casándote con Isolder...

—Consejero Horm... —La voz de Cetrespeó resonó en la sala del consejo. Leia se dio la vuelta y vio al androide dorado. Cetrespeó se había puesto de puntillas y estaba agitando nerviosamente la mano al fondo de la sala—. Oh, consejero Horm, ¿puedo dirigirme al consejo?

—¿Cómo? —exclamó Threkin con voz desdeñosa—. ¿Permitir que un androide se dirija al consejo?

Leia sonrió para sus adentros. Los grupos de defensa de los derechos de los androides se lanzarían sobre el comentario de Threkin y le sacarían el máximo provecho posible. De hecho, había muchas probabilidades de que aquellas palabras acabaran siendo el primer clavo en el ataúd donde se enterraría la carrera política de Horm. Leia se apresuró a levantarse.

—¡Puede que sólo sea un androide asesor, pero creo que deberíamos dejarle hablar!

Hubo un gruñido de asentimiento general, que fue acompañado por vítores ensordecedores del bosque de androides de los medios de comunicación que ocupaba todo el fondo de la sala.

—Yo... Yo... ¡Bueno, no veo que haya nada de malo en ello! —balbuceó Horm moviendo frenéticamente los brazos de un lado a otro—. Cedo el estrado a ese..., a ese..., ¡a ese androide!

Los androides de los medios de comunicación prorrumpieron en un nuevo estallido de vítores, y Cetrespeó fue hacia el estrado volviendo la cabeza a derecha e izquierda para observar a la multitud mientras caminaba. Leia nunca había visto a un androide tomando semejante iniciativa, y se preguntó qué podía querer. Cetrespeó llegó al estrado y se volvió para dirigirse a la multitud.

—Bien —dijo—, me gustaría presentar la propuesta de que el consejo debería empezar a planear la boda de Leia... ¡con el general Han Solo!

—¡Qué! —gritó Horm—. Pero... Pero esto... ¡Pero esto es ridículo! ¡El general Solo ni tan siquiera pertenece a la realeza! No es más que un..., un...

Horm debió darse cuenta de que más le valía no decir nada que pudiera considerarse insultante o difamatorio, pero se encogió de hombros con evidente disgusto. Una oleada de gruñidos y murmullos ahogados empezó a recorrer la multitud, y Leia se preguntó si no habría cometido un grave error de juicio permitiendo que el pobre Cetrespeó se dirigiera al consejo.

—¡Con todo el respeto debido, he de declarar que no estoy de acuerdo! —respondió Cetrespeó—. He pasado toda la mañana comunicándome con diversos ordenadores de la red de Coruscant, y he descubierto algunos hechos asombrosos que todos ustedes parecen haber pasado por alto..., posiblemente porque el general Solo ha hecho cuanto estaba en sus manos para ocultarlos. Corellia se convirtió en república hace casi tres siglos, ¡pero Han Solo es rey de Corellia por derecho de nacimiento!

Un rugido ahogado resonó en toda la sala, y los androides de los medios de comunicación empezaron a enfocar sus reflectores sobre Han Solo. La voz nasal de Threkin Horm se abrió paso a través del parloteo generalizado con un chorro de «¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?». Leia estaba perpleja. Giró sobre sí misma y volvió la mirada hacia el fondo de la sala. Las últimas filas de sillones del auditorio formaban una pendiente gradual, y pudo ver con toda claridad a Han ruborizándose e intentando desaparecer en su asiento. La expresión de su cara le indicó que Han realmente estaba intentando esconder algo, y Leia sabía que la programación como androide asesor que había recibido Cetrespeó hacía que fuese incapaz de mentir. Han se tapó los ojos con la mano y bajó la mirada hacia el suelo. «Hace años que nos conocemos... ¿Por qué no me lo ha dicho?», se preguntó Leia.

Luke estaba contemplando el holovídeo con gran interés. Se encontraba a bordo de la nave consejera bithThpffffft,y le sorprendía que incluso en un planeta tan remoto y poco desarrollado como Toóla resultase evidente que los actos de Isolder y Leia —y parecía que en lo sucesivo también ocurría lo mismo con los de Han— despertaban el interés suficiente como para justificar el enorme coste de enviar los programas informativos a través del hiperespacio. Bueno, Leia era la fantasía de toda mujer convertida en realidad, desde luego, ya que había conseguido atraer el interés de un príncipe apuesto e increíblemente rico; y además la aureola de misterio que envolvía al intento de asesinato había hecho aumentar el valor de la noticia de tal manera que Luke podía ver a su hermana en una transmisión en directo, a pesar de que se encontraba a casi trescientos años luz de ella.

El plan de vuelo de la nave bith había fijado su entrada en el hiperespacio para dentro de unos momentos, y Luke siguió viendo el holovídeo con creciente interés. Las cámaras de holovisión habían vuelto sus objetivos hacia Han, y Solo estaba inmóvil y encogido en su sillón con una mano sobre el rostro. Incluso Chewbacca, que estaba sentado al lado de Han, tenía los ojos muy abiertos a causa de la sorpresa y un rugido gutural de asombro escapaba de entre sus caninos.

Luke sonrió para sus adentros. «Han es un rey, naturalmente —pensó—. Tendría que haberme dado cuenta antes... Pero ¿por qué lo ha ocultado?» A pesar de la sonrisa, Luke se sentía un poco inquieto y preocupado. Captaba la existencia de algo extraño, algo lejano y oscuro que había empezado a removerse lentamente. En la galaxia había demasiada gente que se opondría a la unión entre Isolder y Leia. Luke podía sentir la fuerza de sus intenciones malévolas, y deseó en silencio que los técnicos biths se apresurasen al máximo y terminaran sus comprobaciones de equipo y sus pruebas de sistemas antes de dar el salto hiperespacial. Luke tenía que llegar al sistema de Roche lo más pronto posible, y toda la prisa que se diera sería poca.

—¡Sí, Han es el heredero real! —siguió diciendo Cetrespeó—. Los archivos de nacimientos indican que el linaje paterno de Han se remonta hasta Berethron e Solo, quien introdujo la democracia en el Imperio de Corellia. La genealogía se puede seguir sin ninguna dificultad durante las seis generaciones siguientes hasta llegar a Korol Solo, pero los archivos del período de Korol fueron destruidos durante las Guerras Clónicas y el linaje se perdió a partir de entonces.

»Pero Korol Solo se casó y engendró a su primer hijo en Duro hace casi sesenta años, y las guerras y la agitación generalizada de esa época hicieron que el hijo no volviera nunca a casa. Se llamaba Dalla Solo, pero cambió su nombre por el de Dalla Suul para ocultar su identidad durante las Guerras Clónicas. Su primogénito se llamó Jonash Suul, y el primer hijo de Jonash Suul recibió el nombre de Han Suul..., y cambió su nombre por el de Han Solo. Resulta obvio que Han estaba enterado de que pertenecía a un linaje real, pero por razones que se encuentran más allá de mi comprensión, ¡también manipuló los registros de Corellia en un esfuerzo para ocultar ese linaje!

La multitud emitió un jadeo ahogado de sorpresa, y Threkin Horm empezó a gritar pidiendo orden. Han se levantó moviéndose muy despacio y salió del auditorio. Leia estaba medio incorporada en su asiento y vio salir a Han, y en aquel momento el estrépito de la multitud se calmó lo suficiente para que Threkin pudiera hacerse oír.

—Pero Dalla Suul también era conocido como Dalla el Negro, ¿verdad? —gritó—. Estamos hablando del famoso asesino, ¿no?

—Bueno, sí, supongo que sí —admitió Cetrespeó—, aunque los textos de historia dan una descripción mucho más exacta de él al decir que era un secuestrador y un pirata.

—Ya —dijo Threkin Horm—. Y... En fin, ¿qué clase de linaje es ése? Lo que quiero decir es que... ¡Bueno, Dalla Suul fue uno de los jefes del crimen organizado más conocidos y temidos de su época! No se puede esperar que las personas respetables den ningún crédito a la pretensión de Han de que tiene un linaje real.

—Bueno, yo no soy más que un androide ignorante, y confieso que en realidad no comprendo qué efecto de aumento o disminución de la respetabilidad de una persona pueden tener las acciones de un antepasado —se disculpó Cetrespeó—. Esos conceptos se encuentran más allá de la capacidad de procesado de un Verbocerebro modelo AA-Uno, pero dado que su madre era hija ilegítima de Dalla Suul, supongo que usted está infinitamente más familiarizado con la lógica de ese tipo de argumentos que yo. ¿No es así, consejero Horm?

El rostro de Threkin Horm palideció y todo su inmenso cuerpo empezó a temblar.


Page 12

El holovídeo llegó a su fin, y un androide locutor inició su comentario. Luke apagó el holovisor, se recostó en un sillón de grueso respaldo y juntó las manos sobre su regazo. El linaje de Han se había ido degradando desde la realeza hasta una jefatura del crimen organizado en sólo un par de generaciones. No tenía nada de extraño que Han hubiera ocultado su linaje, hubiera dado la espalda al Consejo de Alderaan y hubiera salido del auditorio a toda prisa antes de que su secreto fuera revelado. ¡Pobre Han!

Capítulo 7

Aquella tarde Isolder y Leía dieron un paseo por un bosquecillo de los jardines botánicos de Coruscant, una gran extensión de verdor donde florecían especies vegetales de centenares de miles de mundos de la Nueva República. Leia estaba enseñando a Isolder los bosques oro de Alderaan, donde los gráciles árboles de esbeltos troncos subían hacia el cielo hasta alcanzar más de un centenar de metros de altura, y en los que hasta el último centímetro cuadrado de corteza de los árboles estaba cubierto por colonias de liqúenes iridiscentes que brillaban y relucían con tonos cinabrio, violeta y amarillo, haciendo pensar en una profusión de arco iris. Los blancos cuerpos de los pájaros cairoka revoloteaban velozmente de una rama a otra, y gamos diminutos color rojo fuerte cruzado por franjas doradas pastaban entre la espesura. En Alderaan los bosques oro eran muy escasos y sólo podían encontrarse en una docena de islitas, y Leia sólo había estado en ellos una vez cuando era pequeña; pero el ver que un pequeño fragmento de su mundo natal seguía vivo y prosperaba llenó de alegría su corazón.

Isolder caminaba junto a ella, e iban cogidos de la mano.

—Hablé con mi madre por holovisión —le dijo—. Le complació que planearas venir a hacernos una visita. Va a traer su propio vehículo personal para llevarte a Hapes.

—¿Vehículo? —preguntó Leia, un poco extrañada ante la palabra que había escogido emplear Isolder—. ¿Quieres decir que va a traer su nave particular?

—En este caso, creo que la palabra «vehículo» resulta más apropiada —dijo Isolder—. Tiene miles de años de antigüedad, y su diseño es bastante excéntrico; pero de todas maneras estoy seguro de que te gustará.

Los bosques estaban sumidos en el silencio más absoluto. Las guardaespaldas de Isolder se habían dispersado entre los árboles con la única excepción de Astarta, que caminaba detrás de ellos.

Leia sonrió y se detuvo para oler la fragancia de una flor violeta con el cáliz en forma de trompeta. Aquella flor no había sido muy común en las llanuras de su mundo natal, y emitía un perfume un poco acre.

—Es una aralute —dijo—. Las leyendas afirmaban que si una recién casada encontraba una creciendo en su jardín, eso era señal de que pronto tendría un bebé. Naturalmente, la madre y las hermanas de la chica siempre plantaban una aralute en el jardín de los recién casados después de la boda, y tenían que hacerlo de noche, claro está. Se consideraba de muy mala suerte que les sorprendieran haciéndolo... —Isolder sonrió y rozó la flor con los dedos—. Cuando se seca —siguió diciendo Leia—, los pétalos se curvan hacia dentro y las semillas quedan atrapadas dentro de la flor. Entonces las madres dan las flores secas a sus pequeños para que las utilicen como sonajeros.

—Qué encantador —dijo Isolder, y suspiró—. Es terrible saber que todo eso ha desaparecido, que fue destruido... Sólo queda lo que hay ahora en Coruscant.

—Cuando nuestros refugiados encuentren un nuevo hogar, planeamos llevarnos unos cuantos especímenes con nosotros y establecer otro jardín en un nuevo mundo —dijo Leia.

El campanilleo del comunicador sonó de repente, y Leia lo activó de mala gana.

—Leia, aquí Threkin Horm. ¡Tengo grandes noticias! ¡La Nueva República ha cancelado tu misión al sistema de Roche!

—¿Qué? —exclamó Leia, perpleja. Nunca había sido retirada de una misión—. ¿Cómo es posible que...?

—Parece ser que las relaciones entre los verpines y los barabels se están desintegrando bastante más deprisa de lo que preveíamos —respondió Threkin—. Mon Mothma ha aumentado el nivel de intervención con la esperanza de poder evitar una guerra. El general Han Solo se pondrá al mando de una flotilla de Destructores Estelares e irá al sistema de Roche para proteger a los verpines hasta que la crisis se haya solucionado. Mientras tanto, Mon Mothma se encargará personalmente de todo lo referente a la crisis junto con un equipo de sus asesores de mayor confianza.

—¿De qué crisis me hablas? —preguntó Leia.

—Unos agentes de aduanas abordaron una nave mercante de los barabels esta mañana, cerca del sistema de Roche, y encontraron todo lo que nos temíamos.

Leia sintió que se le revolvía el estómago al pensar en las hileras de congeladores llenos de verpines despedazados, trozos de cuerpos helados en las profundidades del espacio. Leia había hecho repetidos intentos de superar sus prejuicios, pero cuanto más trataba con especies de reptiles carnívoros, más esperaba acabar encontrándose con atrocidades de ese estilo. Aun así, se dijo que no se podía juzgar a toda una especie por los actos de unos cuantos individuos.

—¿Y qué hay de Mon Mothma? ¿No necesitará mi ayuda?

—Tanto ella como yo opinamos que hay..., que hay formas mejores en las que puedes servir a la Nueva República —dijo Threkin—. Mon Mothma te ha relevado temporalmente de tus deberes durante los próximos ocho meses estándar. Confío en que sabrás sacar el máximo provecho posible a ese tiempo. —El tono de su voz indicaba con toda claridad cuáles eran los deseos de Threkin, pero a pesar de ello el viejo consejero decidió expresarlos con palabras—. Puedes partir hacia Hapes en cuanto estés lista, y esperamos que sea lo más pronto posible.

La imagen de Threkin desapareció de la pantallita del comunicador de Leia. Isolder le apretó la mano. Leia pensó en lo que acababa de oír, y comprendió que no tenía ningún argumento que oponer a Horm. Los verpines estarían mucho mejor con una flota de la Nueva República a su lado, y Leia se había sentido un poco abrumada por la misión desde el primer momento. Poseía grandes dotes de asesora diplomática, pero los barabels nunca se dejaban impresionar por discursos conmovedores o argumentaciones sólidas y bien construidas. Los barabels habían evolucionado como una comunidad de depredadores dominada por un líder de la jauría, y respetarían a Mon Mothma por haber decidido encargarse personalmente del asunto. El simple hecho de que la «líder de la jauría» de toda la Nueva República tomara parte en la refriega desorientaría a los barabels, y les obligaría a reagruparse y a reflexionar con más detenimiento en la situación a la que se enfrentaban.

De hecho, apenas pensó un poco en ello, Leia comprendió que Mon Mothma no necesitaba su ayuda para nada. Leia había sentido una gran curiosidad y había intentado comprender qué motivos podían existir para permitir que una madre de colmena verpine se comportase como un animal salvaje, y la consecuencia de todo ello era que había estado planeando enfrentarse al problema desde un ángulo equivocado. Lo que tendría que haber hecho desde el principio era concentrar su atención en los barabels.

Quizá lo único que no tenía mucho sentido era la decisión de enviar una flota de la Nueva República al sistema de Roche. Los verpines podía proteger sus colmenas. Dada su capacidad para comunicarse mediante las ondas de radio, el hecho de que sus colonias habían sido construidas en un cinturón de asteroides no navegable (al menos por pilotos humanos) y el estilo de ataque en formación de enjambre con bombarderos de alta velocidad que empleaban, no cabía duda de que los verpines podían llegar a ser un enemigo realmente formidable.

Isolder se le acercó un poco más.

—¿Por que frunces el ceño, pequeña?

—Oh, estaba pensando en algo.

—No, estás preocupada —dijo Isolder—. ¿No crees que Mon Mothma tenga controlada la situación, quizá?

—Creo que la tiene demasiado controlada —dijo Leia, y alzó la mirada hacia los mares tempestuosos de sus ojos grises.

—Todavía no estás preparada para marcharte, ¿verdad? —le preguntó Isolder. Leia abrió la boca para responder, pero Isolder se le adelantó—. No, no... Está bien, no importa —siguió diciendo—. Dejar todo esto —y movió una mano señalando los bosques oro que se alzaban a su alrededor— supondrá un gran paso para ti. Sentirás como si lo estuvieras abandonando para siempre..., y si así lo decides, quizá acabes dejando estos mundos y esta vida para no volver nunca.

Le cogió las manos y Leia sonrió melancólicamente.

—Tómate unos cuantos días —dijo Isolder—. Pasa algún tiempo con tus amigos. Despídete de ellos, si crees que es lo que debes hacer... Lo comprendo. Y si eso te hace sentir un poco mejor, entonces limítate a repetir lo que dijiste en la reunión del Consejo de Alderaan. Vas a Hapes de visita, y nada más. No hay ninguna obligación oculta, ningún compromiso con el que debas cargar...

Las palabras de Isolder se deslizaron sobre ella como una inmensa ola de agua cálida e hicieron que Leia se sintiera mucho más animada.

—Oh, Isolder, gracias por ser tan comprensivo... —Se apoyó en su pecho, y el príncipe la rodeó con sus brazos.

Durante un momento Leia sintió la tentación de añadir «Te amo», pero sabía que era demasiado pronto para pronunciar aquellas palabras y que el hacerlo significaría comprometerse de una manera irreparable.

—Te amo —murmuró Isolder en su oído.

Han Solo estaba sentado delante de la consola de mandos delHalcón Milenariopracticando maniobras evasivas a través de un basurero espacial lleno de escombros y desperdicios situado junto a la luna más pequeña de Coruscant. Llevar a cabo comprobaciones de todos los sistemas de vuelo de la nave mediante el ordenador era una cosa, pero Han había decidido ya hacía mucho tiempo que sólo una prueba en condiciones reales podía proporcionar la auténtica seguridad de que todo iba bien.

Volar a través de un basurero espacial resultaba muy parecido a abrirse paso por un campo de asteroides, con la única diferencia de que los desperdicios acumulados en un basurero tendían a ser casi todos de metales pesados, lo que lo diferenciaba de aquellos encantadores y blandos asteroides carbonáceos. Encontrar un camino por entre los desperdicios parecía tranquilizar a Han y relajarle poco a poco. Pasó por debajo del ala estabilizadora de un caza TIE medio destrozado que giraba lentamente sobre sí mismo, y después se fue acercando al esqueleto metálico en que se había convertido el casco de un viejo Destructor Estelar de la clase Victoria, destripado ya hacía mucho tiempo para volver a utilizar todos los componentes y piezas que aún estuvieran en condiciones de ser aprovechados.

«Justo lo que quiero», pensó. A bordo delHalcónhabía instalados algunos sistemas que era sencillamente imposible poner a prueba en una zona de espacio no hostil, y Han no esperaba encontrar ningún amigo en el lugar al que se dirigía. Redujo la velocidad para igualarla con la del Destructor Estelar, enfiló el morro delHalcónhacia el conjunto de toberas principales que en tiempos habían alojado el generador de turboimpulso, y después fue haciendo descender cautelosamente alHalcón Milenario.

Han conectó su Transductor Imperial FRI modificado y tecleó la opción número catorce. Las señales de radio de su nave rebotaron en el blindaje metálico de la cámara de fisión, y los indicadores de proximidad de Han aullaron advirtiéndole de la proximidad de naves de pasajeros Incom Y-4 enemigas que se acercaban desde todas las direcciones, y sus imágenes de un gris azulado destellaron en el holograma. Han había obtenido el código del transductor de un transporte militar asignado a las fuerzas de marines de Zsinj. El transporte llevaba a un equipo de doce hombres de los Devastadores de Zsinj, una organización de fuerzas especiales que se suponía tenía como misión averiguar todo lo posible sobre los sistemas de defensa planetarios, infiltrarse en los planetas y destruir los sistemas defensivos desde el interior; pero que también estaba adquiriendo una reputación como brazo armado de la policía secreta de Zsinj. Ya había muchos mundos gobernados por los Devastadores de Zsinj.

Han ya sabía que la nueva señal de su transductor identificaría elHalcóncomo una de las naves de Zsinj, y activó sus generadores de interferencias..., y los sensores quedaron inundados por tal cantidad de estática y ruido general de tráfico que las naves fantasma desaparecieron al instante del holograma. Han sonrió. Tanto el nuevo transductor como los generadores de interferencias de alta potencia funcionaban a la perfección, y los dos sistemas le serían muy útiles cuando se encontrara en espacio hostil.

Ya había terminado con las comprobaciones del equipo, por lo que conectó los motores sublumínicos y fue maniobrando cautelosamente para sacar elHalcónde las entrañas oxidadas del viejo destructor. El circuito auditivo recibió la llamada que Han había estado esperando mientras la nave avanzaba por entre los desperdicios y la basura espacial.

—Me he enterado de que esta noche partirá con una flota hacia el sistema de Roche, general Solo —dijo Leia.

—Sí, eso es lo que me han dicho —replicó Han.

—Lamentaré que se marche. Tenía la esperanza de que podríamos estar juntos durante unas horas antes de que se fuera.

¿Una flota? ¿Leia creía que estaba al mando de una flota? Un Destructor Estelar difícilmente podía ser considerado una flota, ¿no? Han sabía quién se encontraba detrás de las órdenes, y sabía quién le había apuñalado por la espalda. Todo era obra de Threkin Horm. Han había subestimado al gordo, y el resultado de su error era que planeaban enviarle lejos, muy lejos para que Leia se olvidara de él.

—Sí —dijo Han—. Sería muy agradable, pero en estos momentos me encuentro bastante ocupado... Tengo algunos asuntos que resolver. No puedo bajar al planeta. A lo mejor... Oye, ¿podría reunirme contigo a las quince horas a bordo delSueño Rebelde?Quizá podríamos charlar un rato, ir a tomar una copa...

—Parece una buena idea. Te veré a esa hora.

Leia cortó la comunicación.

Han echó un vistazo al cronómetro de la consola. Se suponía que Chewbacca y Cetrespeó debían reunirse con él a bordo delHalcón Milenarioa las diecisiete horas. El tiempo se estaba agotando.

Cuando se presentó ante la puerta de Leia, Han sonreía pero parecía cansado. Dio un rápido abrazo a Leia, y fue por el pasillo que llevaba hasta sus habitaciones sin dejar de lanzar miradas nerviosas a su alrededor. Leia retrocedió un poco para poder verle mejor. Han tenía el cabello revuelto, y los ojos llenos de fatiga. Parecía muy abatido y preocupado.


Page 13

—¿Puedo servirte una copa o...? —preguntó Leia.

Han meneó la cabeza.

—Eh... No, gracias.

No dijo nada más y se limitó a quedarse inmóvil contemplando los cuadros, y después echó un rápido vistazo a la zona del dormitorio y el cuarto de baño. La suave claridad de las gemas de Gallinore amontonadas sobre su tocador iluminaba el dormitorio de Leia. Los soles gemelos que flotaban sobre el árbol de Selab habían dejado de emitir luz, como si estuvieran pasando por un ciclo nocturno.

—No te hace ninguna gracia que te envíen al sistema de Roche, ¿verdad? —preguntó Leia.

—Bueno... Eh... La verdad es que no voy a ir allí—admitió Han.

—¿No vas a ir allí? —preguntó Leia.

—He presentado mi dimisión.

—¿Cuándo ocurrió eso? —preguntó Leia.

Han se encogió de hombros.

—Hace cinco minutos.

Entró en el dormitorio de Leia y contempló la cama, el montón de gemas que había sobre el tocador, y los tesoros de Hapes esparcidos por todos los rincones. Una parte de Leia seguía sorprendida de que estuvieran allí, y se dijo que si tuviera una pizca de sentido común ya habría hecho que lo guardaran todo en un lugar seguro.

—Bien, ¿adonde irás? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer?

—Voy a Dathomir —dijo Han.

Leia se quedó boquiabierta durante un momento.

—No puedes ir allí —dijo en cuanto se hubo recuperado de su estupor—. Dathomir está en territorio de Zsinj. Es demasiado peligroso...

—Antes de dimitir ordené que elIndomableatacara algunos de los puestos avanzados de Zsinj, en la frontera con el espacio de la Nueva República, causándoles el máximo de daños posible, y que se retirara a toda velocidad después. Zsinj se verá obligado a fortificar esos puestos avanzados y tendrá que retirar todas las naves de Dathomir, y eso debería bastar para que pueda escabullirme por alguna rendija. Ni siquiera sabrá que estoy allí.

—¡Eso es un abuso de autoridad! —exclamó Leia.

Han apartó su atención de las gemas, alzó la mirada hacia ella y sonrió.

—Ya lo sé.

Leia no dijo nada. Sabía que cuando Han estaba pasando por una de sus fases de tozudez, cualquier intento de hablar o de razonar con él era una pérdida de tiempo. Han volvió a encogerse de hombros.

—No le ocurrirá nada a nadie, Leia —dijo—. Ordené que llevaran a cabo el ataque con unidades teledirigidas de largo alcance. Nuestros soldados no correrán ningún peligro... Verás, creo que he pasado demasiado tiempo contemplando el holograma de ese planeta. Anoche soñé con él: estaba corriendo por la playa, el viento me acariciaba el rostro y el agua me salpicaba los tobillos... Todo era muy hermoso, ¿sabes? Así que cuando recibí las órdenes hoy, tomé una decisión. Me voy.

—¿Y qué harás allí?

—Si el planeta me gusta, quizá me quede en Dathomir. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez en que sentí arena debajo de mis pies..., demasiado tiempo.

—Estás cansado, y te has hartado de todo —dijo Leia—. No presentes tu dimisión. Tiraré de unos cuantos hilos, y recuperarás tu rango. Puedes tomarte unas cuantas semanas de descanso y...

Han había estado mirando el suelo, pero de repente concentró su atención en ella y clavó los ojos en su cara.

—Los dos estamos cansados —dijo—. Los dos estamos hartos de todo, Leia. ¿Por qué no vienes conmigo? Podrías huir conmigo, Leia...

—No puedo hacer eso —replicó Leia.

—Es justo lo que estás planeando hacer con Isolder. Vas a huir con él. ¿Por qué no puedes darme el mismo tiempo que le vas a dar a él? Chewie y Cetrespeó van a reunirse conmigo a bordo delHalcóndentro de una hora. Podrías venir con nosotros, Leia. Quién sabe, quizá te enamorarías de Dathomir... Quizá volverías a enamorarte de mí.

Han parecía tan desesperadamente triste y daba tanta pena que Leia se sintió culpable por haberle ignorado y dejado abandonado durante los últimos días. Se acordó de lo que había sentido el día en que Vader dejó atrapado a Han en la carbonita y lo envió a Jabba el Hutt, y de la alegría que habían compartido cuando el Emperador fue derrotado. Entonces Leia le amaba. «Pero ya hace mucho tiempo de eso», se dijo.

—Escucha, Han, siempre te apreciaré mucho —se encontró diciendo de repente—. Ya sé que resulta difícil, pero...

—Pero adiós y esperas que me vaya bien durante el resto de mi vida, ¿no? —preguntó Han.

Leia descubrió que estaba temblando. Han fue hacia su tocador, y Leia se dio cuenta de que estaba contemplando el reluciente metal negro de la Pistola de Mando.

—¿Funciona de verdad? —preguntó.

Han alargó la mano hacia el arma, y Leia comprendió lo que planeaba hacer.

—¡No la toques! —gritó.

Han cogió el arma, giró sobre sí mismo moviéndose más deprisa de lo que Leia jamás hubiese creído posible y la apuntó.

—¡Ven conmigo a Dathomir!

—¡No puedes hacer esto! —le suplicó Leia, alzando una mano como si pudiera desviar el haz de energía del arma con ella.

—Creía que te gustaban los tipos que viven al margen de la ley —dijo Han.

Un chorro de chispas azules brotó del cañón del arma, y trajo consigo el olvido y la noche.

—¿Estás seguro de que el general Solo ha secuestrado a la princesa? —preguntó la Reina Madre.

La imagen de su madre llegaba hasta él mediante la holovisión, pero aun así Isolder no se atrevía a alzar la mirada hacia su rostro velado.

—Sí, Ta'a Chume —respondió—. Una cadena de emisoras colocó un mini-ojo espía en el pasillo que llevaba a sus habitaciones, y la cámara filmó a Leia saliendo de ellas con el general. Caminaba como una sonámbula, y Solo iba armado con la Pistola de Mando.

—Bien, ¿y qué piensas hacer para recobrar a la princesa?

Isolder podía sentir el peso de la mirada de la Ta'a Chume. La Reina Madre le estaba poniendo a prueba. En Hapes las mujeres que ocupaban posiciones de autoridad solían hablar despectivamente de la «ineptitud de los hombres», y de su aparente incapacidad de hacer nada bien fueran cuales fuesen las circunstancias.

—La Nueva República ya ha reunido a un millar de sus mejores detectives para que sigan la pista de Han Solo. Astarta recibe informes sobre sus progresos cada hora, y hemos enviado mensajes a varios cazadores de recompensas.

—Mírame a los ojos —dijo la Ta'a Chume en voz baja y suave, y en un tono lleno de amenaza.

Isolder alzó la mirada hacia ella e intentó relajarse. Su madre llevaba una tiara de oro y un delgado velo amarillo oscurecía sus rasgos. Las luces que había a su alrededor se reflejaban en el oro de tal manera que la tiara casi parecía generar una aureola de energía y poder palpables. Isolder centró su mirada más allá del velo y en los ojos oscuros que parecían taladrarle.

—El general Solo es un hombre desesperado —dijo la Ta'a Chume—. Sé qué estás pensando. Quieres rescatar a la princesa Leia de sus garras personalmente, ¿verdad? Pero debes recordar el deber que has contraído ante tu pueblo: eres el Chume'da. Tu esposa y tus hijas deben reinar algún día. Si haces cualquier cosa que ponga en peligro tu vida, estarás traicionando las esperanzas y los sueños de tu pueblo. Debes permitir que nuestros asesinos se encarguen del general Solo. ¡Prométemelo!

Isolder clavó la mirada en el rostro de su madre e intentó ocultar sus intenciones, pero el esfuerzo no le sirvió de nada. Su madre le conocía demasiado bien. Su madre conocía demasiado bien a todo el mundo.

—Perseguiré al general Solo hasta dar con él y traeré a mi novia a casa —dijo Isolder.

Isolder esperó el estallido de furia de su madre, y esperó oír la ira ardiente de su voz derramándose sobre él como un torrente de magma. Podía sentirla en el silencio que siguió a sus palabras, pero la Ta'a Chume no era la clase de mujer que muestra su irritación.

—Cometes una ligera desobediencia hacia mí —dijo con calma, y su voz casi parecía un suspiro—, pero pienses lo que pienses, tu tendencia a la heroicidad altruista no es ninguna virtud. Si pudiera te curaría de ella. —Después guardó silencio durante unos momentos mientras Isolder esperaba a que dictara su castigo—. Supongo que te pareces demasiado a tu padre... El general Solo probablemente buscará refugio en los dominios de algún señor de la guerra, alguien que tenga alguna posibilidad de mantener a raya al poderío de la Nueva República. Reuniré a mis asesinos y llevaré una flota a Coruscant inmediatamente. Naturalmente, si doy con Solo antes que tú, le mataré.

Isolder permitió que su mirada bajara hacia el suelo. Había albergado la loca esperanza de que el secuestro de Leia hiciera que su madre se olvidara de su viaje y se mantuviera lejos. Pero en el fondo su reacción tenía mucho sentido, ya que Solo había secuestrado a la sucesora de la Ta'a Chume. El honor exigía que su madre adoptara todas las medidas necesarias para rescatar a la princesa.

—Sé que estás disgustada, pero cuando era un niño solías decirme que Hapes sólo sería tan fuerte como aquellos que lo guiaran. He reflexionado a menudo en tus palabras, y he acabado creyendo en ellas y las he convertido en mi guía.

Isolder puso fin a la comunicación, se reclinó en el asiento y empezó a pensar. Casi compadecía a Han. El general Solo no podía imaginar la clase de recursos que su madre emplearía contra él.

El cabo Reezen había conseguido pasar siete años de vida militar envuelto en una relativa oscuridad, sin atraer jamás los elogios o la atención de que se creía merecedor. Eso era algo que ocurría con mucha frecuencia en los departamentos de inteligencia militar. Luchabas y sudabas durante años para resolver un gran caso, con la esperanza de que el azar te proporcionaría una brizna de información que acabaría resultando ser de utilidad.

Por eso planeaba enviar su informe directamente al señor de la guerra Zsinj para que fuera visto únicamente por sus ojos, y firmar los documentos con su nombre para que ninguno de sus superiores pudiera atribuirse el mérito. Era lo justo, ¿no? El cabo Reezen era la única persona que se había percatado de que los tres ataques seguidos por retiradas a toda velocidad producidos durante un período de nueve días eran maniobras concebidas para alejar a la flota de Zsinj de sus posiciones actuales. Estaba claro que la Nueva República planeaba alguna clase de ataque a gran escala, con la esperanza de abrir un agujero lo bastante grande como para poder enviar una flota a través de él. Y tenía que tratarse de una flota —algo más importante que una mera nave espía—, pues de lo contrario nadie habría gastado tanto dinero intentando asegurarse de que las naves conseguirían recorrer el pasillo sin sufrir daños.

Reezen estaba totalmente convencido de que pronto ocurriría algo de grandes dimensiones. El presentimiento era tan fuerte que se había convertido en certeza, y Reezen había actuado en consecuencia calculando los vectores y evaluando los posibles objetivos militares hasta reducir su lista a seis, que luego había clasificado por orden de posibilidad. Había tanto territorio que cubrir, y tantos factores inciertos... Reezen meditó por última vez en los objetivos posibles, y de repente decidió mirar más allá de las posibilidades obvias. Allí, muy lejos en sus mapas, estaba Dathomir, y Reezen estudió el planeta y empezó a sentir un extraño cosquilleo en los huesos.

Dathomir ya estaba bien protegido, y se encontraba tan lejos de las fronteras del territorio de Zsinj que la Nueva República no podía estar al corriente de las operaciones que el señor de la guerra desarrollaba allí. ¿El astillero? ¿Sería posible que la Nueva República estuviera planeando lanzar un ataque contra el astillero? No, su sexto sentido le decía que no se trataba de eso. Querían algo que se encontraba en el planeta. Dathomir era un lugar tan inhóspito, tan duro y peligroso... Había cierto número de prisioneros a los que la Nueva República podía querer liberar —suponiendo que la Nueva República estuviera enterada de la existencia de la colonia penal—, pero nadie podía ser lo suficientemente estúpido como para tratar de llegar hasta allí. Reezen había conocido a los nativos, y la sola idea de posarse en Dathomir bastó para que un escalofrío recorriera su columna vertebral de un extremo a otro. Aun así, el planeta parecía estar haciéndole señas. «Aquí, aquí... ¡Vendrán aquí!»

Cuando era un adolescente Reezen había asistido a un desfile militar en Coruscant con su padre, y durante el desfile Darth Vader, Señor Oscuro del Sith, había pasado muy cerca de él. De hecho, Lord Vader había ordenado detener el desfile, se había parado para mirar a Reezen y le había dado una palmadita en la cabeza. Reezen recordaba cómo su rostro asustado se había reflejado en el casco del Señor Oscuro, y recordaba el terror helado que había sentido cuando aquel guantelete metálico le había dado una palmadita en la cabeza, pero Vader se había limitado a decirle «Cuando sirvas al Imperio, confía en tu sensibilidad», en voz baja y suave, y luego se había alejado con el desfile.

Reezen redactó una tímida sugerencia de enviar refuerzos a Dathomir a pesar de su creencia de que la Nueva República no atacaría, y después se volvió hacia su terminal de ordenador y tecleó la secuencia que enviaría la advertencia codificada a Zsinj.

El señor de la guerra era un hombre muy concienzudo. Zsinj se encargaría del resto.

Capítulo 8

Leia despertó en la oscuridad. Llevaba mucho rato totalmente inmóvil y con los ojos clavados en la negrura. Se había estado concentrando en permanecer lo más quieta posible, y el esfuerzo de concentración había sido tan grande que le dolía la cabeza y tenía calambres musculares. Las últimas palabras de Han habían sido «Acuéstate y no te muevas», y Leia se había esforzado por obedecerlas con toda su voluntad.

La repentina comprensión de la traición cometida por Han hizo que gritara su nombre e intentara sentarse. Su cabeza chocó con algo duro, y tuvo que volver a acostarse. Sintió una rejilla debajo de ella, y oyó el familiar gruñido ahogado de los motores hiperespaciales delHalcón Milenario.Habían pasado cinco años desde que Leia se escondió por última vez en el compartimento para el contrabando delHalcón,y el compartimento seguía oliendo exactamente igual que entonces.

«Voy a matarte, Han Solo —se dijo—. No, pensándolo mejor, tendrás mucha suerte si me conformo con matarte...» Buscó a tientas en la oscuridad que la rodeaba intentando encontrar el pestillo, dio con él e intentó correrlo. El pestillo se negaba a moverse. Leia lo examinó con las puntas de los dedos y descubrió que estaba roto. Giró sobre sí misma, encontró algo pequeño y metálico y empezó a golpear el techo con el objeto.


Page 14

—¡Déjame salir de aquí ahora mismo, Han Solo! —gritó.

Sintió que el objeto que sostenía en la mano vibraba y emitía una especie de siseo. Leia se lo acercó a la oreja. «¡Oh, estupendo! Un intercambiador de aire... Bueno, al menos no quería que me asfixiara.» Sacudió el intercambiador, y escuchó los chasquidos y crujidos que brotaban de las muy atareadas entrañas del aparato.

—Bien, Solo, ya es suficiente... ¡Sácame de aquí! ¡Ésta no es forma de tratar a una princesa!

Volvió a golpear el techo del compartimento y siguió golpeándolo, pero no obtuvo ninguna respuesta.

El aire empezó a calentarse, y Leia se preguntó si Han podía oírla. ¿Y si el ruido de fondo estaba ahogando sus gritos? Se recostó al lado del núcleo de energía Quadex, la fuente de energía principal de la nave, y pudo oír los silbidos que brotaban de las cañerías que había encima de su cabeza cada vez que el líquido refrigerante se dirigía hacia el núcleo en un ciclo de varios segundos de duración que se repetía continuamente. Los compartimentos no eran muy grandes, pero trazaban un círculo alrededor de un tercio del interior de la nave yendo desde la rampa de entrada y pasando por encima del pasillo de la cabina para curvarse alrededor de las literas del pasaje. Leia cerró los ojos y empezó a pensar. Han y Chewie solían dormir junto al puesto de control técnico, al lado de la sala de reposo. Había una pared separándola del puesto de control técnico, pero si Han estuviese allí tendría que haber oído sus golpes. Cabía la posibilidad de que siguiera en la cabina, a unos siete u ocho metros de distancia. Si se encontraban en la cabina y la puerta del mamparo estaba cerrada, Han o Chewie no podrían oír sus gritos y golpes.

Y se le estaba empezando a acabar el aire. Leia cogió el intercambiador de aire averiado y volvió a golpear el techo con más fuerza que antes, pero resistió el impulso de gritar por miedo a que eso hiciese que se le acabara el oxígeno todavía más deprisa. Pasados unos minutos los brazos ya le ardían de fatiga, y Leia dejó de golpear el techo y descansó un poco. Sentía deseos de llorar. Han sabía que Leia no confiaba demasiado en aquel rompecabezas metálico que había montado con piezas y componentes sacados de vertederos olvidados y especialistas en saldos. Oh, no cabía duda de que elHalcónera una nave rápida y bien armada, pero siempre se estaba cayendo a pedazos por un sitio u otro. Han tenía tres cerebros androide a cargo del control y mantenimiento de todos sus sistemas modificados e improvisados, y Leia estaba segura de que todos sus problemas técnicos no podían producirse por puro accidente. Han decía que los cerebros no se llevaban muy bien entre sí y que tenían pequeños problemas de coordinación, pero la única respuesta lógica era que cada cerebro androide debía estar saboteando los sistemas de los otros. Algún día uno de ellos haría algo realmente grave, y toda la nave volaría en pedazos. Era una mera cuestión de tiempo. Leia volvió a golpear el techo.

La escotilla que había sobre su cabeza se abrió unos centímetros. Chewbacca gruñó.

—¿Qué quieres decir con eso de que el sonido no puede proceder de aquí? —preguntó Cetrespeó. Su voz quedaba un poco ahogada por la escotilla—. Estoy seguro de que he oído golpes justo aquí debajo. ¡Oh, nunca entenderé por qué no tiráis este montón de desperdicios espaciales al cubo de la basura!

La escotilla se abrió del todo y Chewie y Cetrespeó se inclinaron sobre el compartimento. Chewie se sorprendió tanto que faltó poco para que se le salieran los ojos de las órbitas, y Cetrespeó retrocedió tambaleándose. Después Chewie lanzó un aullido.

—Princesa Leia Organa... ¿Por qué se ha escondido ahí? —preguntó Cetrespeó.

—He venido a matar a Han —respondió Leia— y no había otra forma de introducirme en la nave sin ser detectada. ¿Qué crees que estoy haciendo aquí, retrasado mental de cerebro turboenergético? ¡Han me secuestró!

—¡Oh, vaya! —murmuró Cetrespeó.

El androide y Chewie se miraron el uno al otro, y después se apresuraron a ayudarla a salir del compartimento.

Leia se levantó sintiéndose un poco mareada, y Chewbacca fue a la cabina. Sus pupilas ardían con un gélido brillo metálico, y tenía el vello de la nuca erizado. Dejó escapar un gruñido amenazador, y durante un momento Leia estuvo segura de que Chewie actuaría a la manera típica de los wookies y le arrancaría los brazos a Han. Chewie siguió avanzando hacia la cabina, y Leia echó a correr detrás de él gritándole que esperase un momento.

Han estaba sentado en el sillón del capitán y sus dedos volaban sobre los paneles de instrumentos. Las estrellas aparecían en las pantallas bajo la forma de una continua oleada blanca, lo que significaba que estaban avanzando por el hiperespacio a la velocidad máxima delHalcón,un 0,6 por encima de la velocidad de la luz. Chewie gruñó, y Han no se volvió hacia ellos.

—Bueno, ¿ya has averiguado qué eran esos golpes? —preguntó Han.

—¡Puedes apostar a que sí! —dijo Leia.

—¡Sugiero que devuelva inmediatamente a la princesa antes de que todos acabemos entre rejas! —gritó Cetrespeó detrás de ella. Han se volvió hacia ellos sin inmutarse, haciendo girar lentamente su sillón de pilotaje, y se puso las manos detrás de la cabeza.

—Me temo que aún no podemos volver —dijo—. Vamos hacia Dathomir, y el rumbo está fijado, así que el timón no responderá a ninguna otra orden que no sea la de seguir avanzando hacia Dathomir.

Chewbacca corrió hacia el asiento del copiloto, tecleó una secuencia de códigos, se volvió hacia Leia y lanzó un gruñido interrogativo que Cetrespeó se encargó de traducir.

—Chewbacca quiere saber si le gustaría que le diera una paliza a Han en su nombre —dijo.

Leia miró al wookie, sabiendo lo mucho que debía haberle costado formular esa pregunta. Chewbacca tenía una deuda de vida contraída con Han, y su código de honor le obligaba a proteger a Solo; pero las circunstancias actuales eran tan extremas que el wookie quizá estaba pensando que Han necesitaba un pequeño correctivo.

Han alzó una mano en un gesto de advertencia.

—Si quieres puedes pegarme, Chewie, y dudo mucho que pudiera impedírtelo —dijo—. Pero antes de que me dejes sin sentido, quiero que pienses en una cosa: se necesitan dos personas para sacar esta nave del hiperespacio, y no puedes hacerlo sin mí.

Chewie miró a Leia y se encogió de hombros.

—Te crees muy listo, ¿eh? —dijo Leia—. Crees tener todas las respuestas, ¿verdad? Chewie, mantenle aquí. Trajo una Pistola de Mando hapaniana a bordo, y voy a dispararle con ella.

Han sacó un arma de su funda y Leia enseguida vio que no era su desintegrador habitual. Era el arma hapaniana..., pero Han había destrozado el circuito del cañón.

—Lo siento, princesa. Me parece que ya no funciona.

Han dejó caer el arma al suelo.

—De acuerdo, ¿qué es lo que quieres de mí? —preguntó Leia sintiéndose derrotada.

—Siete días —contestó Han—. Quiero que pases siete días conmigo en Dathomir. Ni siquiera te estoy pidiendo el mismo tiempo del que ha dispuesto Isolder, sino meramente siete días. Después de que hayan transcurrido esos siete días..., te llevaré de regreso a Coruscant.

Leia se cruzó de brazos y golpeó nerviosamente el suelo con el pie. Después bajó la vista, se obligó a dejar quieto el pie y volvió a alzar la mirada hacia Han.

—¿Y de qué servirá eso?

—No estoy seguro, princesa, pero hace cinco meses me dijiste que me amabas y no era la primera vez que me lo decías. Antes me amabas. Lo creías, y conseguiste que yo lo creyera. Pensé que nuestro amor era algo especial, algo por lo que no me importaría morir, ¡y no voy a permitir que destruyas nuestro futuro sólo porque ha aparecido otro príncipe!

Han había empleado las palabras «otro príncipe». Leia empezó a golpear el suelo con el pie, y después tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad consciente para dejar de hacerlo.

—¿Entonces lo admites? —preguntó—. ¿Eres el rey de Corellia?

—Yo nunca he dicho eso.

Leia lanzó una rápida mirada de soslayo a Cetrespeó y después se volvió nuevamente hacia Han.

—¿Y qué pasa si ya no te amo? ¿Qué ocurrirá si realmente he cambiado de parecer?

—Las cadenas de informativos ya están informando de que te he secuestrado —dijo Han—. Empezaron a emitir la noticia justo antes de que despegáramos. Si no me amas, entonces te llevaré de vuelta cuando hayan transcurrido los siete días y cumpliré mi condena en prisión. Pero si me amas... —Han hizo una pausa—. Si me amas, entonces quiero que le digas adiós para siempre a Isolder y que te cases conmigo —y curvó el pulgar señalándose el pecho.

Leia descubrió que estaba meneando la cabeza de pura frustración.

—Nunca había conocido a nadie tan descarado y presuntuoso —dijo.

Han la miró a los ojos.

—No tengo nada que perder.

Han lo estaba arriesgando todo, tal como había hecho una y otra vez en el pasado por ella. Hacía unos años Leia había pensado que Han era osado y valeroso, y quizá un poquito imprudente. Volver a pensar en ello hizo que Leia comprendiera que la única razón de que Han le hubiese parecido imprudente era que había arriesgado su vida por ella con tanta frecuencia. Han casi parecía dispuesto a llegar al extremo de perder la vida si Leia se lo pedía. Lo que en un tiempo le había parecido un coraje inhumano, en realidad no era más que una señal de la devoción imperecedera que sentía hacia ella; y Leia descubrió que el pensar que alguien podía amarla tanto le daba miedo y le aceleraba el pulso.

—Muy bien, Han —dijo tragando saliva—. Trato hecho...

—¡Princesa Leia! —exclamó Cetrespeó con voz consternada.

—... pero espero que te guste la comida de la cárcel —añadió Leia.

Luke comprendió que había problemas en cuanto la nave bith emergió del hiperespacio en las proximidades del torbellino de rocas y restos espaciales que daba vueltas alrededor del sistema de Roche. Ya no podía sentir la presencia de Leia en ningún lugar cercano. Fue a su habitación, se puso en contacto con el embajador de la Nueva República ante los verpines mediante la radio subespacial, y sacó al anciano de la cama.

—¿Qué es tan importante como para despertarme? —preguntó secamente el embajador.

—¿Qué le ha ocurrido a la princesa Leia Organa? —preguntó Luke—. Se suponía que debía reunirme con ella aquí.

El embajador frunció el ceño.

—Fue secuestrada por el general Solo hace un par de días. Veo los noticiarios de la holovisión cuando puedo, ¡pero soy un hombre muy ocupado! No dispongo de mucho tiempo para esas tonterías. Si tan importante es para usted, siempre le queda el recurso de llamar a Coruscant.

Luke frunció el ceño. Su posición como héroe de guerra no le proporcionaba la autoridad suficiente para hacer llamadas hiperespaciales mediante la holovisión, y además una llamada no le acercaría más a Leia. Tenía que volver a Coruscant, y empezar desde cero partiendo de ahí.

—¿Tiene alguna idea de dónde podría encontrar a Han y Leia? —preguntó.

El embajador bostezó y se rascó su calva cabeza.

—¿Quién se cree que soy, el jefe del departamento de espionaje? Nadie sabe dónde están. Testigos oculares afirman haber visto a Solo en un centenar de planetas como mínimo, pero invariablemente siempre acaba resultando ser un rumor o acaban deteniendo a alguien que se le parece un poco. Lo siento, hijo, pero no puedo serle de ninguna ayuda.

El embajador cortó la comunicación, y Luke permaneció inmóvil donde estaba sintiéndose bastante perplejo. Rara vez era tratado con tanta rudeza por nadie, y mucho menos por un dignatario. Luke acabó suponiendo que el operador no había informado al embajador de quién le llamaba.

Cerró los ojos y desplegó sus sentidos forzándolos al máximo. A veces soñaba con Leia y normalmente si se encontraba en el mismo sistema estelar que él, Luke podía captar su presencia. Leia no estaba en ningún lugar de los alrededores. Luke decidió que sacaría su caza del hangar de almacenamiento y pondría rumbo a Coruscant.

Han estaba trabajando en la cocina delHalcónintentando preparar su cuarta cena a la luz de las velas en otros tantos días. El olor de la lengua de aric sazonada estaba empezando a impregnar la atmósfera, y Han estaba muy ocupado esparciendo un poco de pudding sobre unas conchas de cora cuando de repente el cuenco del pudding se volcó y su contenido manchó las paredes y una pernera del pantalón de Han. Chewbacca estaba de pie delante de la mirilla, y el wookie giró sobre sí mismo y se rió.

—Adelante, cerebro de pelo, ríete todo lo que quieras —dijo Han—. Pero permíteme que te diga una cosa: cuando este viaje haya llegado a su fin, Leia habrá comprendido que me ama. Por si no te has dado cuenta, sólo han pasado cuatro días y ya está empezando a mostrarse mucho más amable y cariñosa conmigo.

Chewbacca dejó escapar un gruñido despectivo.

—Tienes razón —dijo Han con voz abatida—. Hay muchas más probabilidades de que Hoth se caliente que de que Leia deje de odiarme... Y supongo que en el sitio del que vienes los rituales de apareamiento son mucho más sencillos, ¿no? Cuando te enamoras de una hembra de wookie, probablemente te limitas a darle un mordisco en el cuello y luego la arrastras hasta tu árbol; pero en el sitio del que vengo hacemos las cosas de una manera distinta. Preparamos magníficas cenas para nuestras mujeres, les decimos cosas agradables, las tratamos como a reinas...

Chewie soltó una risita burlona.

—De acuerdo, disparamos contra ellas y las llevamos a rastras hasta nuestra nave espacial —admitió Han—. Vale, quizá no soy mucho más civilizado que tú, pero lo estoy intentando. De veras, Chewie, te aseguro que lo estoy intentando...

—¡Haaaan, oh, Haaaan! —gritó Leia desde la sala-comedor—. Me estaba preguntando si por casualidad no habrías acabado de preparar el primer plato... Me está entrando mucha hambre, y ya sabes lo irritable que me pongo cuando tengo hambre.

—¡Marchando, princesa! —replicó Han con voz melosa.

Abrió la puerta del horno e intentó sacar la fuente llena de lengua de aric sazonada cogiéndola con la parte inferior de su delantal, y se quemó los dedos. Soltó un chillido y se metió los dedos en la boca, y después cogió un mitón acolchado y vació la fuente sobre una bandeja. La lengua tenía un color un poco más azulado del que habría debido tener, y Han no estaba muy seguro de si la había mantenido demasiado tiempo dentro del horno, si se trataba sencillamente de que la lengua estaba en malas condiciones, o si se le había ido la mano con el polvo de ju.


Page 15

—¿Has acabado? —preguntó Leia.

—¡Voy enseguida! —gritó Han.

Le llevó la lengua. Había colocado un hermoso mantel rojo sobre el tablero proyector de hologramas, y las velas de todos los candelabros estaban encendidas. Leia estaba espectacular con un mono blanco y un collar de perlas, y las llamas bailaban en sus ojos oscuros. Han colocó la bandeja sobre el mantel.

—La cena está servida —anunció.

Leia le lanzó una mirada interrogativa y enarcó una ceja.

—¿Qué? —preguntó Han—. ¿De qué se trata esta vez?

—¿No me la vas a cortar? —preguntó Leia.

Han bajó la mirada hacia la vibro-hoja que había encima de la mesa. Había visto cómo Leia se abría paso a través de la jungla con un machete al que apenas le quedaba filo. Había visto cómo cortaba cuerdas y se desataba las manos con un trozo de cristal, y en una ocasión incluso había visto cómo liquidaba a una especie de monstruo de los pantanos con un palo puntiagudo, y la vibro-hoja estaba infinitamente más afilada que aquel palo.

—Pues claro que te la cortaré —dijo Han—. Será un gran placer para mí.

Cogió la vibro-hoja y empezó a cortar la lengua en porciones.

Llevaba cortada la mitad cuando decidió tratar de averiguar si había hecho algún progreso.

—¿Están a tu gusto? —preguntó—. ¿Te gustarían más gruesas, más delgadas o cortadas a lo largo en vez de a lo ancho?

—Las porciones están perfectamente —dijo Leia.

Han acabó de cortar la lengua, se sentó a la mesa y cogió una servilleta.

Leia carraspeó y alzó la mirada hacia él.

—¿Qué ocurre ahora, cachorrito mío? —preguntó Han.

—¿Vas a sentarte a la mesa llevando puesto ese delantal tan sucio? —preguntó Leia—. Quiero decir que... Bueno, da un poquito de asco.

Han se acordó de un momento en el que habían compartido raciones de campaña rancias en un campo de batalla de Mindar, con cadáveres de soldados de las tropas de asalto imperiales rodeándoles por todos lados.

—Tienes razón —dijo—. Me lo quitaré.

Se levantó, se quitó el delantal y lo colgó de un gancho en una pared de la cocina. Después volvió y se sentó. Leia carraspeó.

—¿Y ahora qué? —preguntó Han.

—Te has olvidado del vino —dijo Leia mirando su copa.

Han echó un vistazo a su plato y vio que Leia ya había empezado a comer sin esperarle.

—¿Qué vino prefieres? ¿Blanco, tinto, verde o púrpura?

—Tinto —respondió Leia.

—¿Seco o dulce?

—¡Seco!

—¿Temperatura?

—A la temperatura ambiente, por supuesto.

—Bueno, supongo que esta noche tampoco vas a permitirme cenar contigo, ¿verdad?

—No —replicó Leia con firmeza.

—No lo entiendo —dijo Han—. Ya han pasado cuatro días, y aparte de darme órdenes y hacer que vaya corriendo de un lado a otro sin parar, no me has dicho ni una sola palabra. Sé que estás enfadada conmigo. Tienes derecho a estarlo. Quizá lo he estropeado todo y nunca podrás llegar a quererme, o quizá has empezado a estar tan acostumbrada a verte rodeada de sirvientes que sólo quieres convertirme en tu esclavo. Pero suponiendo que todo esto no sirva para nada más, espero que al menos todavía me seguirás apreciando como amigo.

—Quizá me estás pidiendo demasiado —dijo Leia.

—¿Te estoy pidiendo demasiado? —exclamó Han—. Oye, soy el tipo que ha estado cocinando y haciendo la limpieza y ocupándose de tu ropa y haciéndote la cama y pilotando esta nave. Bien, ahora te ruego que me respondas a una pregunta, y lo único que quiero es que respondas a ella y que lo hagas con sinceridad... ¿Es que ya no hay nada en mí que te guste? ¿No hay alguna cosita que...? En fin, algo, lo que sea...

Leia no respondió.

—Quizá debería invertir el rumbo —dijo Han.

—Quizá deberías hacerlo —dijo Leia.

—Pero no lo entiendo —murmuró Han—. Accediste a acompañarme en este viaje, aunque admito que estabas sometida a una cierta presión cuando lo hiciste —añadió encogiéndose de hombros—, pero estás mucho más enfadada de lo que deberías estar. Si quieres desahogarte conmigo, adelante: estoy aquí, soy Han Solo en carne y hueso... —Inclinó su rostro hacia ella—. Adelante, abofetéame. O bésame. O háblame.

—Tienes razón —dijo Leia—. No lo entiendes.

—¿Qué es lo que no entiendo? —casi gritó Han—. Venga, ¿qué es? ¡Dame una pista!

—¡Muy bien! —gritó Leia—. Te lo voy a deletrear para que lo entiendas de una vez: puedo perdonarte. Sí, puedo perdonar a Han Solo, al hombre; pero cuando me trajiste a esta nave traicionaste a la Nueva República a la cual servimos. Ahora ya no eres meramente Han Solo, el hombre. Eras Han Solo, el héroe de la Alianza Rebelde, Han Solo, el general de la Nueva República; y no puedo perdonar a ese Han Solo, y además me niego a perdonarle. A veces lo que representas es tan importante que no puedes permitirte el lujo de tener fallos. Eres respetado como un símbolo sagrado, y eres respetado tanto por lo que eres como por quién eres.

—Eso no es culpa mía —dijo Han—. Me niego a dejarme atar por las imágenes preconcebidas de mi persona que puedan haberse formado los demás.

—Estupendo —dijo Leia—. Quizá no pienses que el universo debería funcionar de esa manera. Quizá quieres ser libre para poder salir corriendo y volver a ser un pirata o andar jugueteando por ahí como si fueras un niño pequeño, ¡pero el universo no funciona así! Tendrás que enfrentarte a esa realidad.

—¡Estupendo! —dijo Han, y arrojó su servilleta sobre la mesa—. Bueno, entonces me enfrentaré a ella... Lo haré después de la cena. Me dirás lo que quieres que haga y cómo quieres que actúe. Cambiaré..., para siempre. Lo prometo. ¿De acuerdo?

Leia alzó la mirada hacia él, y la expresión de sus rasgos se suavizó un poco.

—De acuerdo.

Cuatro días después elHalcón Milenariosalió del hiperespacio sobre la vertical de Dathomir, y los indicadores de proximidad aullaron su advertencia. Leia fue corriendo a la cabina y se inclinó sobre el sillón de pilotaje de Han para echar un vistazo: el cielo estaba repleto de Destructores Estelares, y las barcazas y las lanzaderas subían lentamente desde una pequeña luna roja formando una línea sólida que se dirigía hacia una inmensa masa de cañerías, cables y soportes metálicos, diez kilómetros de andamiaje resplandeciente que flotaba en el espacio en una órbita que lo mantenía inmóvil con relación al planeta. Parecía un insecto gigante, pero atracados a su alrededor había docenas de naves: un Super Destructor Estelar, docenas de viejos modelos de la clase Victoria y fragatas de escolta, miles de barcazas con forma de caja... Han las contempló en silencio durante un momento, claramente impresionado.

—¡Intrusos! —jadeó por fin con irritación.

Leia tragó una honda bocanada de aire.

—Bueno, Han, no cabe duda de que esta vez te ha tocado el premio gordo... Vaya, en este planeta debe haber más cazas enemigos que piojos en un hutt.

Han se volvió hacia Chewie. El wookie tecleaba frenéticamente intentando obtener las cartas de navegación del sistema estelar de Ottega. Dos cazas rojos empezaron a ascender desde un Destructor Estelar en el holograma.

—Guárdate los sarcasmos para otro momento, princesa, y ve al pozo de armamento —dijo—. Tenemos compañía.

Han movió la cabeza señalando los interceptores TIE que se dirigían hacia ellos acompañados por un aullido de aire desgarrado. Leia conocía lo suficientemente bien las capacidades delHalcóncomo para preguntarle si no podía dejarlos atrás. Han no podía hacerlo.

—En serio, Leia, será mejor que vayas allí —dijo Han—. En cuanto estén lo suficientemente cerca para poder ver que no somos un Incom Y-4, empezarán a disparar sin perder ni un momento.

Leia fue corriendo por el pasillo hacia la escalera de caracol.

La voz de un controlador de tráfico empezó a resonar en el sistema de radio delHalcón.

—Devastador Incom Y-4, identifiqúese e informe de su destino, por favor —ordenó—. Devastador Incom, identifiqúese e informe de su destino, por favor.

—Capitán Bróvar, transportando un equipo de inspección para los sistemas de defensa planetarios —respondió Han.

Han se limpió el sudor de la frente. Ésa era la parte que más odiaba, el tener que esperar hasta averiguar si se habían tragado su historia.

Transcurrieron cuatro segundos, y Han comprendió que el controlador de tráfico estaba consultando con su supervisor. Eso siempre era mala señal.

—Eh... —dijo el controlador pasados unos momentos más—. Este planeta no tiene sistema de defensa.

Chewbacca fulminó con la mirada a Han, y Han activó el micrófono.

—Ya lo sé —dijo—. Venimos a inspeccionar los lugares para instalar un sistema de defensa planetario. —El controlador guardó silencio durante demasiado tiempo, y Han decidió añadir algo más—. Tenemos uno extra, o partes de uno extra... Quiero decir que... Bueno, esos sistemas de defensa tienen que estar guardados en algún sitio, ¿verdad?

—Devastador Incom Y-4, ¿se han efectuado alguna clase de modificaciones extrañas en su nave? —preguntó secamente una voz grave y un poco gutural por la misma frecuencia.

Los interceptores ya estaban entrando en la zona de alcance visual, y Han no podía seguir confiando en el sigilo. Alargó una mano para conectar los generadores de interferencias, y Chewie torció el gesto.

—Tranquilo, Chewie. Esta vez no nos freirán los circuitos... —le prometió Han—. Hice una prueba antes de que despegáramos.

Han movió el interruptor y rezó. Chewbacca lanzó un rugido de miedo y Han se volvió hacia él. El ordenador de la nave había dejado de funcionar. Han vio apagarse las luces indicadoras del motivador hiperespacial junto con las del ordenador de puntería de popa. Ya era tarde para hacer algo al respecto, pero Han comprendió que no había probado los generadores de interferencias con el ordenador de navegación en funcionamiento. Tendría que transcurrir bastante tiempo antes de que la nave pudiera volver a saltar al hiperespacio.

Chewie dejó escapar un gruñido de terror, y Han bajó el morro delHalcónhacia la masa resplandeciente del astillero y se lanzó hacia una fragata de escolta Kuat. Todo ese metal tenía que causar un considerable caos en los sensores del enemigo, y aunque los interceptores TIE eran técnicamente más rápidos y más maniobrables que elHalcón,Han estaba dispuesto a medir su pericia de piloto con la de aquellos chicos recién salidos de la academia de vuelo en cualquier momento y circunstancias.

Rayos azulados de energía desintegradora centellearon sobre la proa delHalcóny rebotaron en el casco.

—¡Están a tiro! —gritó Leia por su radio.

Cetrespeó estaba inmóvil detrás del sillón de pilotaje contemplando el fuego de los cañones desintegradores mientras gritaba «¡Ooooh, aaaah!» y se agachaba con cada rebote de un haz.

Han oyó el maravillosoblam, blam, blamprocedente de la torreta cuádruple de cañones desintegradores indicador de que Leia había empezado a devolver el fuego. ElHalcónavanzó a toda velocidad hacia el andamiaje metálico y la fragata atracada más allá de él. Inmensas vigas de plastiacero pasaron junto a ellos y quedaron atrás en un instante, y Han colocó elHalcónde lado para pasar por entre el andamiaje. Centró su ordenador de puntería de proa en el conjunto sensor primario de la fragata. Sin los escudos activados, la enorme fragata no era más que otro montón de desperdicios espaciales, y el primer disparo de Han dejó envuelto el conjunto sensor en una nube de relámpagos azules. Después disparó sus torpedos de protones en rápida sucesión, y el resultado fue una bola de luz tan brillante que le habría freído los ojos si Han no se hubiera apresurado a desviar la mirada.

Han invirtió el impulso motriz mientras atravesaban las nubes en forma de hongo que se iban volviendo cada vez más brillantes, y disparó dos cohetes de alta potencia explosiva contra el delgado tallo de la fragata, las pasarelas que conectaban los monstruosos motores de la nave con su arsenal delantero. ElHalcónredujo la velocidad y se lanzó hacia la brecha abierta en el casco de la fragata, y los trocitos de metal chocaron contra el escudo antiimpactos delantero como una ráfaga de metralla.

Chewie rugió y se protegió el rostro con las manos. ElHalcónentró en el enorme espacio del hangar de la fragata y las sirenas de alarma empezaron a aullar. Los paneles de control se oscurecieron al sobrecargarse el escudo antipartículas, y volvieron a iluminarse en cuanto el escudo se esfumó. El panel de Chewie había empezado a desprender humo, y el wookie soltó un gruñido.

—Shhhh... —siseó Han, y puso una mano sobre la boca de Chewie.

Los dos interceptores TIE entraron a toda velocidad en la fragata y estallaron. El pasillo en el que se había metido elHalcónse llenó de luz y fuego.

«Ése es el gran problema que tienen las ventanillas de transpariacero de los cazas TIE —pensó Han—. Esos malditos trastos se oscurecen cuando detectan una explosión, y durante los dos segundos siguientes se vuelven totalmente inútiles porque no puedes ver nada.» Han ya había contado con eso.

Han desconectó los generadores de interferencias y empezó a desactivar los sistemas delHalcón.Leia llegó corriendo por el pasillo.

—¿Qué infiernos crees que estás haciendo? —preguntó—. ¡Casi has conseguido que nos mataran!

—¡Escucha!

Han alzó una mano pidiéndole silencio. Las detonaciones de los torpedos y las explosiones de los cazas, unidas a unos cuantos impactos iónicos en los puntos adecuados, ya habían empezado a desestabilizar la órbita de la fragata. La nave se estaba alejando de los muelles del astillero a medida que el pozo gravitatorio de Dathomir tiraba de ella.

—¡Oh, estupendo! —dijo Leia—. ¿Se supone que debo alegrarme mucho porque vamos a estrellarnos contra el planeta en vez de estallar en el espacio?

—No —dijo Han—. Nuestro escudo antiimpactos habrá protegido elHalcónlo suficiente como para que no haya averías demasiado graves, y ahora que he desconectado los generadores de interferencias antisensores, Chewie no debería tener demasiados problemas para conseguir que el ordenador de navegación vuelva a funcionar. Mientras tanto, la flota de Zsinj cree que todos nos hemos estrellado, y el lento descenso de la fragata hacia el planeta hará que estemos fuera de su radio de intercepción durante unos diez minutos... Eso es tiempo más que suficiente para que podamos trazar un curso. Después saldremos de aquí sin ningún problema y volveremos a casa. Confía en mí, Leia. ¡No es la primera vez que hago esto!


Page 16

Han tragó una honda bocanada de aire y rezó en silencio.

—Adelante, Chewie —dijo—. Vuelve a conectar el ordenador de navegación. Venga, demuéstrale que sé lo que me hago...

Chewie gruñó, lanzó una mirada feroz a Han y movió el interruptor. La pantalla permaneció apagada, y Chewie empezó a probar suerte frenéticamente con otros interruptores. El motivador del impulso hiperespacial se negó a funcionar, al igual que los escudos deflectores de popa. Cetrespeó había estado observándolo todo desde detrás del sillón de pilotaje y empezó a gesticular nerviosamente, pero se abstuvo de hablar hasta que vio que los motivadores no se encendían.

—¡Estamos condenados! —gritó entonces.

Han se levantó de un salto.

—No pasa nada, no pasa nada... Que nadie se deje dominar por el pánico, ¿entendido? Tenemos un pequeño problema de circuitos quemados, nada más. Lo arreglaré enseguida.

Apartó a Cetrespeó de un empujón, fue corriendo por el pasillo hasta el control de ingeniería y levantó una placa para tener acceso a los circuitos del motivador. Han podía vivir sin el ordenador de la nave..., durante diez minutos. Lo único que necesitaba era un salto rápido para salir de aquel sistema solar, y después unos cuantos días para arreglar los circuitos con calma y sin apresurarse en las frías inmensidades del espacio. Pero para eso necesitaba los motivadores, y esa necesidad era inmediata.

Se sacó el chaleco, se envolvió el puño con él y tiró de la placa. Un diluvio de chispas y llamitas brotó del metal fundido en el interior de la caja, y Leia apareció detrás de Han con un extintor en la mano. Empezó a rociar los circuitos con espuma, y Han comprendió que no había forma de repararlos y retrocedió un paso.

—No pasa nada, no pasa nada... —murmuró, y volvió corriendo a la cabina. Activó todos los circuitos y dejó que el ordenador de diagnóstico empezara una lectura general. Los sensores de proa habían quedado aplastados por la colisión—. Bueno, no importa... No necesito sensores mientras pueda ver dónde voy —dijo, y su voz casi parecía un gemido.

El escudo antiimpactos no funcionaba. Los platos de la parte superior de la nave habían sido arrancados de cuajo. Dejando aparte eso, casi todo lo demás tenía bastante buen aspecto. Si el diagnóstico del ordenador era correcto, podían salir de la fragata..., suponiendo que consiguieran librarse del amasijo de restos metálicos en que se habían convertido los mamparos como resultado del choque, suponiendo que nadie disparara contra ellos o les alcanzase, y suponiendo que no intentaran alejarse del planeta, naturalmente.

Han sintió que le empezaba a dar vueltas la cabeza, y comprendió que la fragata debía estar girando sobre sí misma mientras caía hacia Dathomir.

—Aguantad, chicos —murmuró—. ¡Me temo que vamos a tener un descenso un poquito movido!

Se volvió hacia Leia, y vio que no estaba enfadada y que no le estaba lanzando reproches o insultos. Su rostro estaba muy pálido y lleno de miedo, y tenía los ojos muy abiertos. Se le habían puesto los pelos de punta. Han nunca la había visto tan asustada.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó mientras examinaba frenéticamente la pantalla de diagnóstico.

—Siento algo ahí abajo —dijo Leia—. Está en el planeta... Algo que...

—¿Qué? —preguntó Han.

Leia cerró los ojos. Aún no poseía la sensibilidad de Luke, pero Han sabía que tenía el potencial necesario para alcanzarla algún día.

—Veo... gotas de sangre sobre un mantel blanco. No... Son más bien como manchas solares, negrura sobre un fondo de claridad. Pero los puntos negros son como más sucios..., son aborrecibles, repugnantes...

Leia frunció el ceño en un gran esfuerzo de concentración, y tragó aire en una serie de aspiraciones profundas y entrecortadas. Le temblaba el labio inferior.

Después abrió los ojos de repente, y su rostro volvía a estar muy pálido y lleno de terror.

—¡Oh, Han, no podemos bajar a ese mundo!

Capítulo 9

Luke tocó las paredes del apartamento de Han en Coruscant. Era un apartamento extraño, sin adornos y sin calor, la clase de sitio que una persona habita de vez en cuando, pero en el que no vive. El edificio había sido saqueado. Los uniformes militares de Han estaban esparcidos sobre el suelo entre un colchón desgarrado y almohadas rotas. Había montones de cosas tiradas por el suelo de las habitaciones. El apartamento ya había sido registrado y examinado por docenas de personas, pero no de la manera en que Luke planeaba hacerlo.

Puso las manos sobre la almohada y cerró los ojos. Podía sentir la desesperación de Han en la almohada, y algo más antiguo y extraño que la desesperación: una huella casi imperceptible de alegría salvaje y de esperanza.

Luke se puso en pie. Las emociones que son tan potentes están impregnadas de un aroma único, y Luke deslizó los dedos a lo largo de la pared, captó todo lo que había en ellas, y fue siguiendo el rastro del olor por las largas avenidas de Coruscant. De vez en cuando el olor se le escapaba en una esquina, y entonces Luke se detenía durante unos momentos y se concentraba.

Después de haber pasado horas siguiendo el sabor de aquella esperanza frenética, se encontró en las capas superiores del submundo, en una vieja sala de juego. Se quedó inmóvil y contempló la mesa en la que un trío de roedores jugaban al sabacc mientras un androide dejaba caer cartas en sus manos.

Fue a ver al encargado, un ri'dar con aspecto de murciélago que estaba observando su dominio con los ojos entreabiertos mientras se agarraba a un cable colocado encima de él con los dedos de los pies.

—¿Hay algún tipo de registro visual de las partidas para asegurarse de que no se hacen trampas? —preguntó.

—¿Por qué me pregunta essssso? —replicó el ri'dar—. Dirijo un essstablecimiento honesssto. ¿Essssstá intentando sssssugerir que missss androidesssss hacen trampassss?

Luke sintió la tentación de reaccionar a las palabras del ri'dar poniendo los ojos en blanco. La paranoia era algo típico en su especie, y podía acabar provocando graves problemas si Luke no aplacaba rápidamente a la criatura.

—Por supuesto que no —dijo—. Le aseguro que esa idea jamás se me ha pasado por la cabeza, pero tengo razones para creer que un amigo mío estuvo aquí hace poco y que jugó a las cartas en la mesa del rincón. Si hay grabaciones de vídeo disponibles, me gustaría verlas. Podría pagarle.

Un destello fugaz ardió en los ojos oscuros del ri'dar y miró furtivamente a su alrededor. Después extendió un ala terminada en una mano, se agarró al cable y se dejó caer al suelo.

—Por aquí.

Luke le siguió hasta una habitación en la parte de atrás del local, y el ri'dar le contempló con suspicacia.

—Primero el dinero —dijo.

Luke le entregó una ficha de cien créditos. El ri'dar se la guardó en un bolsillo oculto de su chaqueta, y mostró a Luke cómo se manejaba la unidad de vídeo, que debía tener un mínimo de cien años de antigüedad. Estaba empezando a oxidarse y se encontraba cubierta por una gruesa capa de polvo seco, pero podía rebobinar a una velocidad increíble. Luke dio con lo que buscaba en unos momentos, paró la cinta, la hizo avanzar a la velocidad normal y vio cómo Han ganaba su planeta. No había sonido, sólo el holograma del planeta resplandeciendo sobre la mesa. Así que ésa era la fuente de su alegría.

—¿Quién es la drackmariana? —preguntó Luke.

El ri'dar contempló a la drackmariana, y sus ojos fueron velozmente de la imagen a Luke y de nuevo a la imagen.

—Essss difícil decirlo... Todossss me parecen igualessss.

Luke sacó otra ficha de crédito.

—Sssssí, ahora me acuerdo —dijo el ri'dar—. Es la señora de la guerra Omogg.

Luke conocía el nombre.

—Claro. Sólo ella podría llegar a perder un planeta en una partida de cartas... ¿Dónde puedo encontrarla?

—Essssstará jugando y haciendo apuessstassss —dijo el ri'dar—. Cuando no esssstá aquí, juega en otro ssssitio. Los drackamarianossss no duermen.

Luke obtuvo los nombres de los locales de juego que frecuentaba Omogg, cerró los ojos y dejó que su dedo índice fuera bajando por la lista. El dedo se detuvo en el tercer nombre, un local que estaba cerca de allí y que se encontraba cuatro niveles más abajo.

Luke se envolvió en su capa y acarició la espada de luz que colgaba junto a su costado. Algo indefinible que flotaba en el aire le advirtió de que debía estar preparado, y Luke sacó la espada del cinturón y se la guardó en un bolsillo.

El trayecto sólo le exigió unos cuantos minutos, pero en cuanto llegó allí fue como si hubiera entrado en un mundo distinto. La atmósfera de aquel nivel olía a rancio y las luces eran más tenues que arriba. Centenares de niveles más abajo había lugares del submundo en los que ni siquiera los humanos más valientes se atrevían a poner los pies. En aquel nivel ya vivían alienígenas de razas que Luke no había visto jamás: un enorme anfibio bioluminiscente de color azul turquesa pasó junto a él contoneándose sobre sus pies palmeados mientras su gran boca masticaba lo que parecía alguna clase de fungosidad. Algo inmenso con tentáculos se deslizó sobre los adoquines mojados. Luke no sabía si era consciente o si se trataba de alguna variedad de alimaña. Encontró el lugar que estaba buscando gracias a la débil luz que brillaba sobre su puerta y permitía entrever el cartel con su nombre, «El Almacén».

Luke cruzó el umbral y entrecerró los ojos intentando distinguir algo en la penumbra. La única luz que había en el local procedía de los reflectores de la cabeza de un androide de limpieza y de anfibios bioluminiscentes como el que Luke había visto en la calle. Los seres vivos no utilizaban las luces artificiales a esas profundidades.

Y de repente Luke oyó sollozos ahogados que sólo podían ser gritos de agonía resonando entre las sombras.

Sacó su espada de luz del bolsillo, la activó y su brillante resplandor azulado se abrió paso a través de las sombras. Docenas de alienígenas gritaron y se taparon los ojos mientras hacían muecas de dolor, y muchos lanzaron alaridos de sorpresa y corrieron hacia la puerta. Una docena de seres-rata echó a correr y se escondió en las sombras para observar la inminente pelea con sus ojillos relucientes.

En el otro extremo de la sala de juegos había una mesa y tres hombres que se alzaban sobre la drackamariana caída encima de ella. Dos de ellos la mantenían inmovilizada con la espalda pegada a la mesa, y el tercero hacía desesperados esfuerzos para arrancarle el casco y exponerla a la atmósfera de oxígeno que era veneno para ella. La drackmariana se resistía hundiendo sus garras en los brazos que la sujetaban y haciéndolos sangrar, intentando darles patadas con las uñas de sus pies y golpeándoles con su cola. Ya había dos humanos caídos en el suelo, pero la drackmariana se estaba quedando sin fuerzas. Los hombres por fin consiguieron dominarla del todo. Los tres llevaban gafas infrarrojas, lo cual indicaba que no estaban acostumbrados a la vida en el submundo.

—Soltadla —les ordenó Luke.

—No te metas en esto —dijo uno de los hombres en básico, usando un acento muy extraño que Luke no había oído nunca con anterioridad—. Tiene información.

Luke dio un paso hacia adelante, y el interrogador que había estado tirando del casco de Omogg para arrancárselo desenfundó un arma y disparó contra él. Un chorro de chispas azules brotó del arma y envolvió a Luke, y durante una fracción de segundo Luke sintió que se le quedaba la mente en blanco. Era como si le hubieran sumergido la cabeza en un cubo lleno de agua helada. Parpadeó y dejó que la Fuerza fluyera a través de él. Los tres hombres habían vuelto a concentrar su atención en Omogg, aparentemente seguros de que la confrontación con Luke había terminado.

—Soltadla —repitió Luke en voz más alta.

El interrogador alzó la mirada hacia él con evidente sorpresa y volvió a desenfundar su arma. Luke movió una mano y usó la Fuerza para arrancársela de los dedos.

—Marcharos de aquí ahora mismo —les advirtió.

Los hombres permanecieron inmóviles durante unos momentos y después retrocedieron un paso alejándose de la drackmariana. Omogg yacía sobre la mesa y jadeaba intentando superar los efectos del oxígeno que había logrado atravesar los cierres de su casco.

—Esta criatura tiene información que podría llevarnos hasta una mujer que ha sido secuestrada —dijo uno de los hombres—. Obtendremos esa información.

—Esta mujer es una ciudadana de la Nueva República —replicó Luke— y si no le quitáis las manos de encima, os dejaré sin manos.

Luke movió la espada de luz en un círculo amenazador.

Los hombres se miraron nerviosamente los unos a los otros y empezaron a retroceder. Uno de ellos sacó un comunicador de un bolsillo y empezó a hablar rápidamente en un lenguaje desconocido para Luke. Estaba claro que pedía refuerzos. Los roedores del rincón decidieron que la situación se había vuelto demasiado peligrosa y se marcharon a toda prisa, y la habitación pareció quedar extrañamente silenciosa, con el zumbido ahogado de los procesadores de comida que había al fondo como único sonido audible.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz femenina detrás de Luke diez segundos después.

Los tres hombres que habían atacado a Omogg cruzaron los brazos delante del pecho e inclinaron la cabeza.

—Gran Reina Madre, hemos encontrado a la señora de la guerra drackmariana tal como nos habías pedido que hiciéramos, pero no ha querido responder a nuestras preguntas. No hemos podido obtener ninguna información de ella.

Luke se volvió hacia la líder de los tres hombres. Era una mujer alta con un tiara de oro y un velo dorado que le ocultaba el rostro, y hasta el último centímetro de su persona hablaba de majestuosidad y riqueza. Llevaba un vestido largo de grandes pliegues que no conseguían ocultar su hermosa figura. Detrás de ella había por lo menos una docena de guardias armados, con sus desintegradores desenfundados preparados para hacer fuego.

—¿Habéis torturado a una dignataria extranjera? —preguntó la Reina Madre.

Sus ojos echaban chispas detrás del velo. Luke pudo sentir su ira, pero no estuvo seguro de si iba realmente dirigida hacia sus hombres o si estaba irritada porque habían fracasado.

—Sí —murmuró uno de los hombres—. Nos pareció que era lo más adecuado.

La Reina Madre dejó escapar un leve gruñido de disgusto.

—Salid de aquí..., los tres. Consideraos bajo arresto.


Page 17

Durante un momento Luke se preguntó si todo aquello no sería una farsa, y sondeó un poco más la Fuerza de la recién llegada. Las acciones de sus hombres no la habían sorprendido ni escandalizado, pero eso le decía muy poco a Luke. Los líderes tienden a endurecerse y a perder la sensibilidad.

—He contraído una deuda de gratitud contigo por tu intervención —le dijo la Reina Madre.

Movió una mano y dos de sus guardias corrieron hacia la drackmariana derrumbada encima de la mesa y se aseguraron de que su respirador estaba bien encajado sobre su hocico. Omogg todavía jadeaba, pero parecía estar recuperándose por momentos. Movió los brazos, y su cola osciló débilmente de un lado a otro. Los guardias la levantaron dejándola sentada sobre la mesa, ajustaron las válvulas de su mochila y aumentaron la cantidad de metano que llegaba a su casco. Omogg tragó una honda bocanada de gases.

—Lo lamento muchísimo —dijo la Reina Madre volviéndose hacia la drackmariana—. Soy la Ta'a Chume, reina de Hapes, y pedí a mis hombres que dieran contigo, pero no les ordené que te interrogaran de esta manera. Ya están arrestados. Di qué castigo te parece más justo para ellos.

—Haaaz que rrrespirren metaaaano —siseó Omogg.

La Reina Madre inclinó levemente la cabeza en señal de aceptación.

—Se hará —dijo, y guardó silencio durante unos momentos antes de seguir hablando—. Ya sabes por qué he venido. Necesito averiguar dónde está Han Solo. Se dice que estás organizando un grupo privado para seguir su rastro. Pagaré cualquier precio razonable que me pidas. ¿Sabes dónde está?

Omogg estudió a la Ta'a Chume durante un momento. Los drackmarianos eran famosos por su generosidad, pero eran un pueblo independiente y no se les podía obligar a que hicieran nada en contra de su voluntad. Habían sido intrépidos oponentes del Imperio, y después de su derrota sólo se les podía considerar aliados de la Nueva República de nombre. Eran capaces de resistir las presiones hasta la muerte. Omogg miró a Luke.

—¿Tú también quierrressss essssto?

—Sí —respondió Luke.

La drackmariana vaciló, y Luke comprendió enseguida el motivo por el que dudaba. Le diría donde había ido Han, pero no quería hablar en presencia de la Ta'a Chume. A pesar de eso, Luke podía captar una emanación emocional procedente de la Reina Madre. ¿Confianza? Si Omogg realmente planeaba enviar un grupo en persecución de Han —y la Nueva República ofrecía una recompensa lo suficientemente elevada como para justificar esa acción—, entonces la Ta'a Chume probablemente ya había hecho algunas investigaciones preliminares. Sabría en qué nave viajaría Omogg, y quizá incluso había interrogado a algunos miembros de la tripulación e instalado algún localizador en la nave para poder seguirla.

—Como recompensa, te pido que me dejes ocuparme del general Han Solo y que no reveles el nombre del planeta a nadie, sino que me mires a los ojos y pienses el nombre.

Omogg alzó la mirada y los globos oscuros de sus ojos brillaron detrás de las nubéculas verdosas de metano que flotaban en el interior de su casco. Luke dejó que la Fuerza le uniera a ella, y oyó con toda claridad el nombre del planeta en su mente. «Dathomir...»

El nombre despertó ecos en su memoria, y durante un segundo se acordó del holograma en el que aparecía un Yoda con un color de piel verde más claro y juvenil, y volvió a oír sus palabras. «Chu'unt-hor en Dathomir... Lo intentamos»

—¿Qué sabes de ese lugar? —preguntó Luke.

—Tiene mmmmmuy poco valor para un sssser que rrrrrespira mmmmmetano —dijo Omogg.

—Gracias, Omogg —dijo Luke—. Veo que la reputación de generosidad de que gozan los drackmarianos es más que merecida. ¿Necesitas un médico, alguna cosa...?

Omogg movió una mano rechazando su ofrecimiento y empezó a toser de nuevo.

La Ta'a Chume estudió a Luke de una manera tan franca y desapasionada como si fuera un esclavo y estuviera pensando en comprarlo, y Luke acabó captando su nerviosismo. La Reina Madre quería algo de él.

—Gracias por haber aparecido cuando lo hiciste —le dijo por fin—. Supongo que eres alguna clase de cazador de recompensas y que andas buscando ganar dinero, ¿no?

—No —replicó Luke poniéndose a la defensiva—. Se podría decir que soy amigo de Leia..., y de Han.

La Reina Madre asintió. Parecía no querer separarse de él.

—Nuestra flota partirá esta noche... —sus ojos recorrieron la habitación en la que sólo estaban ella, sus guardias, Luke y Omogg— con rumbo a Dathomir. —Debió percibir la sorpresa de Luke cuando pronunció el nombre, pues cuando volvió a hablar había un nuevo matiz de confianza en su voz—. Omogg cometió el error de hacer una comprobación de curso en su ordenador de navegación. En cuanto nos enteramos de que planeaba hacer ese viaje, no tuvimos ninguna dificultad para averiguar dónde podía ir; pero no veo ninguna razón para que Han escogiera ir a un mundo como Dathomir.

—Quizá encierre un..., un valor sentimental para él —dijo Luke.

—Por supuesto —dijo la Ta'a Chume—. Una elección muy probable para un enamorado enloquecido que acaba de secuestrar a una compañera... Bien, ¿estás de acuerdo conmigo en que las probabilidades de que esté allí son lo bastante elevadas como para ir a Dathomir?

—No estoy seguro —dijo Luke.

—Iré allí y averiguaré si Han Solo está en Dathomir —dijo la Ta'a Chume con voz pensativa—. No había visto a un Jedi desde que era pequeña, e incluso entonces el Jedi al que conocí era un anciano que se estaba quedando calvo. No se parecía en nada a ti..., pero me interesas. Me gustaría que vinieras a mi nave dentro de un par de horas para cenar conmigo. Vendrás esta noche.

Su tono no invitaba a rechazar la oferta, aunque Luke se dio cuenta de que estaba permitido rechazarla. Pero también se había dado cuenta de otra cosa que le había impresionado, y era la despreocupación con la que aquella mujer permitía seguir viviendo o imponía la muerte, y la forma en que aceptaba la ejecución de sus propios hombres. Aquella mujer era peligrosa, y Luke quería saber algo más sobre lo que se ocultaba en su mente.

—Me sentiría muy... honrado —dijo Luke.

Capítulo 10

ElHalcón Milenarioseguía precipitándose hacia Dathomir. Chewbacca lanzó un rugido de miedo y se agarró a su asiento. Los continuos giros de la nave estaban haciendo que Leia empezara a marearse, pero el wookie se había criado en los árboles, y la caída libre quizá le resultara todavía más inquietante que a ella.

—Está empezando a hacer mucho calor aquí dentro —dijo Leia, expresando lo obvio en voz alta. Ya habían entrado en contacto con la atmósfera, y la carencia casi absoluta de escudos atmosféricos haría que la gran fragata no tardara en arder—. ¡Han, no sé cómo pude permitir que me convencieras para ir contigo! ¡No me importa que vayas a la cárcel, pero llévame a casa ahora mismo!

Han se inclinó sobre su panel de control.

—Lo lamento, princesa, pero me parece que Dathomir va a ser tu nuevo hogar..., al menos hasta que consiga arreglar este trasto.

Han pulsó el botón que conectaba el compensador de aceleración delHalcóny la sensación de caída desapareció de repente. Después empezó a pulsar más botones y tiró de varias palancas. Los motores cobraron vida con un rugido.

—Salgamos de aquí —dijo.

ElHalcónfue subiendo poco a poco y se oyeron estrepitosos crujidos y chirridos cuando algo metálico arañó el techo. Han empezó a avanzar en reversa, sacando elHalcónde la fragata con un continuo acompañamiento de ruidos de metal que se rompía.

—No hay ningún motivo de preocupación —dijo—. Sólo son nuestras antenas, que están siendo arrancadas una detrás de otra... Tenemos que salir muy despacio y mantenernos cerca de la fragata para que no puedan captar el rastro de nuestras emisiones de energía. Creo que cuando la fragata haga impacto, el calor de la explosión bastará para escondernos prácticamente del todo durante un momento. Aun así, tendremos que posarnos cerca.

ElHalcónemergió de la masa metálica de la fragata, y Leia vio que aún se encontraban a varios miles de kilómetros por encima del suelo. ElHalcónsiguió dando vueltas sobre sí mismo mientras descendía, y durante un momento podían ver las estrellas y los planetas que parecían muy lejanos, y al siguiente volvían a divisar el planeta.

Abajo era de noche. «Bueno, por lo menos estamos bajando hacia una masa de tierra en vez de caer hacia el agua», pensó Leia. Se encontraban encima de lo que parecía una zona de clima templado, una inmensa área de colinas y montañas que se ondulaban junto a un mar de dunas. No parecía demasiado hospitalaria, pero quizá se pudiera sobrevivir en ella. Las montañas estaban oscurecidas por el arbolado. Leia había sobrevolado centenares de planetas, y los que eran como Dathomir siempre le daban escalofríos. Sin la alegre animación de las luces de las ciudades todo parecía tan oscuro, tan solitario...

El ver lo desolado que era aquel lugar hizo que sintiera un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

—Han, estabilízanos antes de que sigamos bajando —dijo Leia— y consigue una lectura de los sensores. Busca cualquier señal de vida.

Han pulsó unos cuantos botones.

—No nos queda ni un solo sensor —dijo.

—¡Debemos tener sensores! —gritó Leia—. ¿De dónde vas a sacar los repuestos necesarios para reparar este cacharro?

—¡Ahí! —gritó Cetrespeó de repente—. ¡Veo una ciudad por ahí!

—¿Dónde? —preguntó Leia.

Siguió el vector del dedo de Cetrespeó con la mirada. Había algo en el horizonte, una débil luminosidad que se encontraba a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia.

—¡Llévanos en esa dirección! —gritó Leia.

—¡No puedo volar hasta ahí! —replicó Han—. Tenemos que posarnos a medio kilómetro del lugar del impacto como máximo, o de lo contrario los detectores infrarrojos de esos Destructores Estelares captarán nuestra presencia.

—¡Pues entonces llévanos medio kilómetro en esa dirección! —gritó Leia.

Han dejó escapar un gruñido ahogado y masculló algo sobre las malditas princesas que siempre estaban dando órdenes. El suelo subía a toda velocidad hacia ellos, y unos segundos después ya estaban cayendo por entre los picachos de unas montañas increíblemente altas. El cielo nocturno estaba despejado, y las lunas daban la claridad suficiente para que Leia pudiera distinguir bosques de árboles muy altos y de formas retorcidas.

Ya casi estaban al nivel del suelo cuando Han interrumpió su caída. El cielo se llenó de un brillante resplandor blanco cuando la fragata chocó con la superficie de Dathomir, y elHalcónse deslizó sobre las copas de los árboles durante una fracción de segundo, pasó por encima de un lago de montaña y descendió metiéndose bajo el dosel del bosque. La nave resbaló sobre una gruesa capa de vegetación y acabó deteniéndose entre sacudidas y vibraciones. Una bola de fuego se alzó detrás de ellos y desparramó su luz por encima del lago.

Han volvió la cabeza hacia la pantalla y contempló los árboles.

—Bueno, éste es el lugar —dijo, y empezó a desactivar los sistemas delHalcón.

—Oh, Han —dijo Leia—. Aunque consigamos piezas para reparar elHalcón,ya has visto todos esos circuitos quemados... ¿Cómo vamos a transportar las piezas hasta aquí?

—Para eso están hechos los androides y los wookies, ¿no? —replicó Han.

Chewbacca soltó un gruñido y lanzó una mirada feroz a Han.

—Estoy totalmente de acuerdo —le dijo Cetrespeó a Chewbacca—. Nadie culparía a un wookie por comerse a un piloto perezoso.

—¿Crees que lo hemos conseguido? —preguntó Leia—. ¿Estás seguro de que no nos han detectado en sus pantallas?

—No estoy seguro de nada —dijo Han—. Pero si los hombres de Zsinj siguen las reglas de campaña imperiales, bajarán al planeta para echar un vistazo al montón de metal fundido en que se ha convertido la fragata apenas se haya enfriado un poco. Tendremos que salir y borrar las señales que hemos dejado, esconder elHalcóny...

—Discúlpeme, señor —le interrumpió Cetrespeó—, pero quizá debería observar que los hombres de Zsinj no son imperiales, al menos no en el sentido estricto del término, ya que el Imperio ha sido vencido y ya no gobierna la galaxia.

—Cierto, cierto —Han torció el gesto, y no insistió en algo tan obvio como que la gran mayoría de los hombres de Zsinj habían sido adiestrados por el Imperio—. Pero míralo de esta forma, Cetrespeó: ¿qué piloto espacial podría pasar por alto la oportunidad de bajar a un planeta y echar un vistazo a unos restos tan magníficos? Créeme, no tardaremos en tener montones de compañía, y a menos que quieras ofrecerles una merienda campestre será mejor que nos pongamos a trabajar.

Bajaron a la bodega y sacaron las redes de camuflaje de su compartimento. Las redes funcionaban en dos fases: una red metálica muy delgada cubriría elHalcónpara ocultar sus sistemas electrónicos de la detección por los sensores, y después una segunda red de camuflaje sería colocada encima de la primera red para ocultar la nave de la inspección visual.

Salieron de la nave. El aire estaba más caliente de lo que Leia había esperado, y las estrellas destellaban en el cielo. La noche parecía tener una extraña cualidad casi líquida, como si pudiera derretir los nudos que se habían ido formando en los tensos músculos de la espalda y el cuello de Leia. El bosque estaba sumido en el silencio más absoluto. Podían oír el chisporroteo de las llamas en los restos de la fragata al otro lado del risco, pero no había llamadas de pájaros ni gritos ahogados de animales acosados. El olor de las hojas, los liqúenes y la savia viva era muy potente e impregnaba sus fosas nasales. En conjunto, Dathomir no parecía un sitio muy desagradable.

Desplegaron rápidamente la red metálica y la colocaron sobre elHalcón,y después cogieron la red de camuflaje. La red medía treinta y cinco metros de longitud y estaba unida a una tira activadora. Arrancaron la tira activadora, y luego extendieron la red sobre el suelo lleno de hojas durante un minuto para que registrara una imagen del terreno. Después desplegaron la red sobre elHalcón.Generalmente, la capacidad camaleónica de la red bastaría para ocultar la nave incluso si era sobrevolada desde muy cerca. Incluso se habían dado casos en los que los miembros de un grupo de búsqueda habían trepado por una nave posada en una depresión del terreno, sin darse cuenta en ningún momento de que se encontraban encima de lo que andaban buscando.


Page 18

Cuando hubieron terminado taparon las señales que había dejado el deslizamiento con hojas, y después cortaron algunos de los arbustos que estaban más maltrechos y aplastados y los escondieron. Hacia el amanecer Leia se sentía muy cansada. Estaba en la espesura junto al laguito, y alzó la mirada hacia las estrellas que parecían arder en el cielo. Las aguas del lago desprendían hilachas de vapor, una tenue neblina serpenteaba por entre los troncos del bosque, y una suave brisa empezó a mover las hojas de los árboles que se alzaban sobre las cimas de las montañas.

Estaba agotada. Han apareció detrás de ella y le dio masaje en la espalda.

—Bien, ¿qué opinas de mi planeta hasta el momento? —le preguntó—. ¿Te gusta?

—Creo... que me gusta más que tú —dijo Leia bromeando.

—Bueno, pues entonces debes estar enamoradísima de él —le murmuró Han al oído.

—No quería decir eso —replicó Leia, y se apartó un poco—. No estoy segura de si he de estar furiosa contigo por haberme traído aquí, o si debería darte las gracias porque seguimos con vida.

—Así que estás confusa, ¿eh? —dijo Han—. No sé por qué será, pero al parecer produzco ese efecto en muchas mujeres.

—¿Es verdad que ya habías utilizado esa misma táctica con anterioridad? —preguntó Leia—. Me refiero a lo de chocar con una nave mucho más grande que elHalcón ypermitir que los restos te arrastren hasta un planeta sometido a un bloqueo militar...

—Bueno, en aquella ocasión el truco no funcionó tan bien como ahora —dijo Han.

—¿Y a esto le llamas tú funcionar bien?

—Es preferible a la alternativa. —Han alzó la cabeza señalando el cielo—. Será mejor que nos ocultemos. Ya vienen.

Leia alzó la mirada. Cuatro estrellas parecían estar cayendo al unísono en el horizonte. Las estrellas giraron de repente en el cielo y fueron hacia ellos. Pasaron el resto del día siguiente escondidos en elHalcónsin tener ninguna manera de averiguar el tamaño del grupo de búsqueda enviado, o si había un grupo de tropas de asalto rodeando elHalcónmientras los fugitivos se alimentaban con raciones frías. Han mantuvo el cañón desintegrador automático bajado, por si acaso. Durante la mañana oyeron docenas de veces el ruido de los cazas, que sobrevolaban la zona a tan poca altura que debían estar rozando las copas de los árboles, y hacia el mediodía un diluvio de proyectiles cayó del cielo durante una hora destrozando la fragata estrellada. Las explosiones hicieron temblar el casco delHalcón ylos cuatro permanecieron en silencio, aturdidos y asombrados al ver que los hombres de Zsinj se tomaban tantas molestias para machacar una nave que nunca volvería a volar mientras se preguntaban si algún proyectil acabaría cayendo sobre ellos.

En cuanto el bombardeo hubo cesado todo quedó en silencio, pero media hora después oyeron a otro grupo de cazas trazando círculos por encima de la zona.

—¡Nos están buscando! —conjeturó Cetrespeó.

Han se irguió, alzó la mirada hacia el techo y aguzó el oído esperando detectar el regreso de los cazas. Algunos de esos aparatos iban equipados con sensores tan sofisticados que eran capaces de captar un susurro a un millar de metros de distancia. Leia cerró los ojos y forzó sus sentidos al máximo. Ya no podía captar la presencia de los seres oscuros que había percibido antes. De hecho, no captaba absolutamente nada, y se preguntó si no habría sido una alucinación.

Los cazas parecieron abandonar la búsqueda a primera hora de la tarde, pero Leia se preguntó si realmente habían dejado de buscarles. Si los hombres de Zsinj creían que habían logrado bajar al planeta, seguramente no se rendirían con tanta facilidad. Una cosa estaba clara y era que si hubieran sabido que un general y una embajadora de la Nueva República viajaban en la nave nunca se habrían rendido. Así pues, eso quería decir que no sabían que elHalcónhabía logrado bajar sin sufrir daños y que ignoraban la identidad de sus pasajeros. Pero un instante después un pensamiento mucho más inquietante pasó por la mente de Leia: los hombres de Zsinj podían haber dejado de buscarles porque no creían que el grupo fuera capaz de sobrevivir en aquel planeta salvaje. Después de todo, tenía que haber alguna razón por la que un planeta aparentemente tan acogedor no había sido colonizado.

Han se levantó y se desperezó cuando el sol ya había empezado a bajar hacia el horizonte. Se puso una chaqueta protectora y un casco, y cogió un rifle desintegrador.

—Voy a salir a echar un vistazo para asegurarme de que los hombres de Zsinj se han marchado.

Leia, Cetrespeó y Chewie esperaron a bordo de la nave. Pasada media hora Chewbacca empezó a ponerse nervioso, y el wookie acabó dejando escapar un gemido quejumbroso.

—Chewbacca sugiere que vayamos en busca de Han —dijo Cetrespeó.

—No, esperad un momento —dijo Leia—. Un wookie enorme y un androide dorado son dos blancos demasiado fáciles de detectar. Yo iré a buscarle.

Se puso un mono de combate, cogió una chaqueta acolchada y un casco y salió de la nave con el desintegrador preparado para disparar a plena potencia. Empezó a avanzar por un sendero que llevaba hacia el lago, manteniéndose alerta para captar cualquier señal indicadora de que hubiese tropas de asalto cerca. Como mínimo esperaba alguna patrulla en motos voladoras, pero lo único que encontró fue a Han a unos cien metros de la nave. Estaba inmóvil junto a la orilla fangosa, y contemplaba cómo el sol se iba ocultando entre un torrente de brillantes rojos y amarillos salpicado de púrpuras apagados.

Han cogió una roca, la arrojó al lago y vio cómo rebotaba cinco veces en las aguas antes de hundirse. Alguna criatura de la fauna local gritó en la lejanía. Todo parecía tranquilo y apacible.

—¿Qué estás haciendo aquí donde todo el mundo puede verte? —preguntó Leia, furiosísima al haberle encontrado absorto en aquellos juegos.

—Oh, estaba contemplando el paisaje.

Han bajó la mirada hacia el charquito de barro que había a sus pies y dio una patada a otra piedra plana.

—¡Ponte a cubierto ahora mismo!

Han se metió las manos en los bolsillos y se dedicó a observar la puesta de sol.

—Bueno, supongo que esto es el final de nuestro primer día en Dathomir —dijo—. Ha resultado bastante tranquilo... ¿Aún me quieres? ¿Estás preparada para casarte conmigo?

—Oh, Han, por favor, basta ya... ¡Y entra en la nave de una vez!

—Tranquilízate —dijo Han—. Tengo razones para creer que las tropas de Zsinj se han marchado.

—¿Qué puede haberte inducido a pensar eso?

Han señaló la orilla fangosa del lago con la puntera de una bota.

—Que nunca se quedarían en Dathomir de noche con esas cosas acechando por ahí.

Leia ahogó un grito. Lo que había tomado por un charco de agua embarrada era en realidad una huella que medía casi un metro de longitud y había sido dejada por una criatura increíblemente grande cuyo pie tenía cinco dedos.

Isolder estaba cenando con su madre y con Luke, y se sentía abatido y desilusionado. Su madre había llegado aquella mañana a bordo delHogar Estelar,y en sólo unas cuantas horas había conseguido algo que Isolder había sido incapaz de lograr en toda una semana: averiguar dónde había llevado Han a Leia. Su razonamiento de que la existencia de muchas recompensas distintas por Solo —ofrecidas tanto por la Nueva República, que le quería vivo, como por varios señores de la guerra, que le querían muerto— hacía que las ofertas resultaran demasiado tentadoras había demostrado ser correcto. En vez de conformarse con una parte del premio proporcionando información, todos los que tenían una pista sobre el paradero de Solo se dedicarían a perseguirle en persona. En consecuencia, los espías de la Ta'a Chume se habían concentrado en la tarea de rastrear la trayectoria de las naves que habían partido del planeta, y habían seguido a varios pilotos cuya reputación no era demasiado buena. Omogg había cometido el error de adquirir un nuevo sistema de armamento pesado para su yate privado, y daba la casualidad de que se trataba precisamente de la clase de sistema que sólo se utilizaría para una misión muy peligrosa.

Isolder estaba esperando que su madre disfrutara de su victoria y emitiera alguna observación aparentemente casual pero llena de malicia concebida para demostrar la superioridad del intelecto femenino sobre el de los varones. Las mujeres de Hapes tenían una vieja máxima: «Nunca permitas que un hombre se engañe a sí mismo hasta el punto de creer que es el igual intelectual de una mujer. Eso sólo puede inducirle al mal.» Y la Ta'a Chume nunca haría nada que pudiera inducir a su hijo al mal, pero a pesar de eso se mantuvo notablemente cordial durante la cena. Habló con Luke Skywalker, y rió de manera encantadora en todos los momentos adecuados. No se quitó el velo en ningún momento, pero aun así se las arregló para resultar muy seductora. Isolder se preguntó si el Jedi se acostaría con su madre. Resultaba obvio que ella le deseaba y, al igual que todas las Reinas Madres que la habían precedido en el trono, estaba admirablemente bien conservada para su edad. Era muy hermosa.

Pero Skywalker parecía no percatarse de su belleza ni de sus velados intentos de seducción. Sus ojos azul claro no paraban de recorrer la nave, como si observarla le permitiera averiguar todos sus detalles y especificaciones técnicas. La primera Reina Madre había empezado a construir elHogar Estelarcasi cuatro mil años antes, y había concebido los planos de la nave basándose en su castillo. Los muros interiores de plastiacero estaban totalmente recubiertos de piedra oscura, y todos los minaretes y torres almenadas se hallaban coronados por cúpulas de cristal. El castillo delHogar Estelarse alzaba sobre una gigantesca masa de basalto esculpido por el viento que había sido ahuecada en la antigüedad para que pudiera esconder las docenas de motores gigantes y los centenares de armas que formaban su arsenal.

ElHogar Estelarno podía enfrentarse a uno de los nuevos Destructores Estelares imperiales, pero era único y a su manera resultaba más impresionante y, desde luego, mucho más hermoso. Tendía a dejar abrumados a los forasteros, especialmente en momentos como aquel, en los que estaban cenando apaciblemente cerca de algún planeta y la brillante claridad danzarina de las estrellas se refractaba en las viejas cúpulas de cristal.

—Hacer esa clase de trabajo debe resultar fascinante —le dijo la Ta'a Chume a Luke mientras terminaban el último plato—. Siempre he sido muy provinciana y me he mantenido muy cerca de casa, pero tú... Viajar a través de toda la galaxia en busca de los archivos de los Jedi ha de ser apasionante.

—La verdad es que no llevo mucho tiempo haciéndolo —replicó Luke— y sólo me he dedicado a ello durante los últimos meses. Me temo que no he encontrado nada de valor, y estoy empezando a sospechar que nunca lo encontraré.

—Oh, estoy segura de que hay archivos y datos en docenas de mundos. Vaya, pero si recuerdo que cuando era más joven, en una ocasión mi madre concedió refugio a unos cuantos Jedi... Creo que eran aproximadamente una cincuentena. Se escondieron en las viejas ruinas de uno de nuestros planetas durante un año, y organizaron una pequeña academia. Después Lord Vader y sus Caballeros Oscuros llegaron al cúmulo de Hapes —siguió diciendo, y su voz se volvió más ronca y áspera— y buscaron a los Jedi hasta dar con ellos. Vader los mató, y he oído contar que después se limitó a dejar sus restos entre las ruinas de Reboam. Quizá tenían algún registro de las actividades que llevaron a cabo allí, pero no puedo asegurarlo.

—¿Reboam? —preguntó Luke con repentina atención—. ¿Dónde están esas ruinas?

—Es un mundo pequeño de clima bastante duro y relativamente deshabitado... De hecho, se parece bastante a tu Tattoine.

Isolder pudo ver como un repentino anhelo que no parecía obedecer a ninguna razón ni lógica iluminaba los ojos de Luke, como si lo que más deseara en aquellos momentos fuese seguir hablando del tema.

—Ven a Hapes cuando todo haya terminado y hayas rescatado a Leia —sugirió la Ta'a Chume—. Uno de mis consejeros, que ya es de edad bastante avanzada, podría enseñarte las cavernas. Se te permitiría quedarte con todo lo que encontraras en ellas.

—Gracias, Ta'a Chume —dijo Luke, y se puso en pie. Estaba claro que se sentía demasiado nervioso para poder comer—. Creo que será mejor que me prepare para la partida, pero antes de que lo haga... ¿Puedo pediros otro pequeño favor?

La Ta'a Chume asintió invitándole a hablar.

—¿Puedo ver vuestra cara?

—Me halagas —dijo la Ta'a Chume, y dejó escapar una suave risita.

Su belleza quedaba oculta detrás del velo dorado, y en Hapes ningún hombre jamás habría osado pedirle que mostrara su rostro. Pero Luke no era más que un bárbaro, e ignoraba que acababa de pedir algo que estaba totalmente prohibido. Para gran sorpresa de Isolder, su madre se levantó el velo.

Durante un momento eterno el Jedi contempló sus asombrosos ojos verde oscuro y las cascadas de cabello rojizo, y contuvo el aliento. En todo Hapes había muy pocas mujeres que pudieran rivalizar con la belleza de la Ta'a Chume. Isolder se preguntó si Skywalker no habría percibido las discretas insinuaciones de su madre a pesar de todo. Después la Ta'a Chume dejó caer su velo.

Luke se inclinó ante ella, y su rostro pareció endurecerse de repente mientras lo hacía, como si sus ojos hubieran sido capaces de ir más allá del hermoso rostro de la Ta'a Chume y no le hubiera gustado demasiado lo que habían visto.

—Ahora comprendo por qué vuestro pueblo os venera —dijo en voz baja, y se marchó. Isolder sintió que se le erizaba el vello de la nuca, y comprendió que acababa de ocurrir algo muy importante y que no había sido capaz de captar en qué consistía.

—¿Por qué le contaste esa mentira sobre la academia al Jedi? —preguntó cuando Luke ya estaba lo suficientemente lejos como para no poder oírle—. Tu madre odiaba a los Jedi tanto como el mismísimo Emperador, y nada le habría gustado más que perseguirles hasta acabar con ellos.

—La gran arma del Jedi es su mente —le advirtió la Ta'a Chume—. Cuando un Jedi está distraído, cuando pierde la concentración... Es entonces, y sólo entonces, cuando se vuelve vulnerable.

—¿Planeas matarle?

La Ta'a Chume puso las manos sobre la mesa.

—Representa lo último que queda de los Jedi —dijo—. Escúchale cuando habla de sus preciosos registros... No queremos ver cómo los Jedi surgen de sus tumbas, ¿verdad? El primer grupo ya nos dio bastantes problemas. No voy a permitir que nuestros descendientes se inclinen ante los suyos, y que acaben siendo gobernados por una oligarquía de lectores de auras capaces de doblar cucharillas con la mente. No tengo nada contra el chico en el aspecto personal, pero debemos asegurarnos de que quienes estamos mejor adiestrados para gobernar podamos seguir gobernando.


Page 19

La Ta'a Chume fulminó a Isolder con la mirada, como desafiándole a que se opusiera a sus razonamientos.

Isolder asintió.

—Gracias, madre. Creo que será mejor que empiece a prepararme para mi viaje...

Se puso en pie, abrazó a su madre y la besó a través del velo.

Sabía que debía marcharse delHogar Estelarinmediatamente y volver a su nave, pero en vez de eso lo que hizo fue ir corriendo al hangar de invitados y encontró a Skywalker junto a su caza X, preparándose para desembarcar.

—Príncipe Isolder —le saludó Luke—. Me estaba preparando para la partida, pero no consigo encontrar a mi androide astromecánico. ¿Lo habéis visto?

—No —dijo Isolder, mirando nerviosamente a su alrededor.

Un técnico apareció de repente por un corredor lateral, acompañado por el androide.

—Un androide empezó a soltar chispas —dijo el técnico—. Hemos descubierto que había un cortocircuito en su motivador.

—¿Estás bien, Erredós? —preguntó Luke.

Erredós lanzó un silbido afirmativo.

—Señor Skywalker, yo... Bueno, quería hacerle una pregunta —dijo Isolder—. ¿A qué distancia se encuentra Dathomir? ¿Sesenta, setenta parsecs?

—A unos sesenta y cuatro parsecs —respondió Luke.

—ElHalcón Milenariotendrá que seguir un curso bastante tortuoso a través del hiperespacio para dar esa clase de salto —dijo Isolder—. ¿Qué clase de hombre es Solo? ¿Tomará la ruta más directa?

Calcular un salto a través del hiperespacio era una tarea muy laboriosa. Los ordenadores de navegación tendían a seguir rutas «seguras» en las que todos los agujeros negros, cinturones de asteroides y sistemas estelares estuvieran registrados en los mapas; pero esas rutas solían ser muy largas y estar llenas de giros y desvíos. Aun así, una ruta larga resultaba preferible a un viaje corto y peligroso a través de una zona del espacio que aún no había sido cartografiada.

—Si yo estuviera en su lugar... Sí, Han podría seguir una ruta más corta —dijo Luke—. Pero nunca pondría en peligro a Leia, al menos no de manera voluntaria y sabiendo que correría riesgos.

Luke había empleado un tono un poco extraño, como si se estuviera guardando una parte de lo que sabía.

—¿Cree que Leia corre peligro? —insistió Isolder.

—Sí —dijo Luke con voz enronquecida.

—Oí hablar de los caballeros Jedi cuando era pequeño —dijo Isolder—. Me contaron que tenían poderes mágicos. Incluso he oído afirmar que un caballero Jedi es capaz de pilotar naves estelares a través del hiperespacio sin necesitar la ayuda de un ordenador de navegación, y que puede seguir las rutas más cortas. Pero nunca he creído en la magia.

—No hay ninguna magia en lo que hago —replicó Luke—. El único poder del que dispongo es el que extraigo de la Fuerza que está a nuestro alrededor. Puedo captar la energía inherente a los soles, las lunas y los mundos incluso cuando me encuentro en el hiperespacio.

—¿Sabe con certeza que Leia está en peligro? —preguntó Isolder.

—Sí. He experimentado una apremiante sensación de nerviosismo y preocupación centrada en ella, y por eso he venido.

Isolder tomó una decisión.

—Creo que eres un buen hombre, Luke Skywalker. ¿Me llevarás hasta Leia? Quizá podrías reducir nuestro salto en unos cuantos parsecs, e incluso cabe la posibilidad de que llegáramos a Dathomir antes que Solo.

Luke estudió en silencio al príncipe durante unos momentos.

—No sé... —dijo por fin con voz pensativa—. Han nos lleva una ventaja bastante grande.

—Aun así, si pudiéramos ser los primeros en llegar hasta él...

—¿Los primeros?

Isolder se encogió de hombros, y movió una mano señalando la flota de Destructores Estelares y Dragones de Batalla que se encontraban al otro lado del campo de energía.

—Si mi madre alcanza a Solo antes que nosotros, le matará.

—Sospecho que tienes razón —dijo Luke—. Y en cuanto a mí... Bueno, se ha mostrado muy afable conmigo, pero creo que me reserva un destino bastante parecido al de Han —añadió.

Sus palabras sorprendieron a Isolder. Así que el Jedi había captado las intenciones ocultas de su madre...

—Cuídate mucho, Jedi, y reúnete conmigo en mi nave —susurró Isolder, sabiendo que lo más probable era que su madre se enterase de su traición antes de que hubiese transcurrido una hora.

—Tendré mucho cuidado —dijo Luke.

Después dio una cariñosa palmadita a su androide R2, y lo miró tan fijamente como si sus ojos pudieran atravesar las placas metálicas.

Capítulo 11

Leia entró en elHalcón Milenariohecha una furia y arrojó su casco al suelo con tanta fuerza que rebotó haciendo mucho ruido y fue a parar a un rincón. Han subió por la rampa detrás de ella y la siguió hasta la sala en la que Chewbacca y Cetrespeó se entretenían echando una partida en el tablero de hologramas.

—¡Estupendo, Solo, estupendo! —gritó Leia—. ¿En qué lío nos has metido ahora? Te diré por qué los hombres de Zsinj han dejado de buscarnos. ¡Piensan que vamos a morir, así que no hay ninguna razón para que se molesten en perseguirnos!

—¡Oye, yo no tengo la culpa de todo esto! —gritó Han—. Son intrusos en mi planeta. ¡Están cometiendo un delito! Ah, y en cuanto hayamos salido de aquí, te aseguro que daré con alguna forma de echarles a patadas a todos.

Chewbacca lanzó un gruñido interrogativo.

—Oh, no es nada grave —replicó Han.

—¿Como que no es nada grave? —gritó Leia—. Ahí fuera hay monstruos. ¡Por lo que sabemos, el planeta podría estar lleno de ellos!

—¿Monstruos? —gimió Cetrespeó y se levantó de su asiento—. Oh, vaya... No comerán metal, ¿verdad? —preguntó, y las manos le temblaban tanto que los dedos hacían ruido al entrechocar.

—No lo creo —dijo Han con sarcasmo—. Dejando aparte a las orugas espaciales, nunca he oído hablar de algo tan grande que coma metal.

Chewbacca gruñó.

—¿Qué tamaño tienen? —preguntó Cetrespeó.

—Bueno, permíteme expresarlo de la manera siguiente —dijo Leia—. Todavía no hemos visto ninguno, pero a juzgar por sus pisadas, uno de ellos probablemente podría devorarnos a los tres como desayuno y después utilizaría una de tus piernas para limpiarse los dientes.

—¡Oh, cielos! —gritó Cetrespeó.

—Ah, vamos, vamos —dijo Han—. No asustes al androide. ¡Por lo que sabemos, podrían ser herbívoros totalmente inofensivos!

Han intentó deslizar un brazo sobre los hombros de Leia para calmarla, pero Leia se apartó y agitó un dedo delante de su cara.

—Espero que no —dijo—, porque si esa huella fue dejada por un herbívoro, entonces puedes apostar a que ahí fuera hay algo todavía más grande que se alimenta de esas criaturas. —Le dio la espalda y desvió la mirada—. No sé por qué he permitido que me trajeras aquí... ¿Cómo he podido llegar a ser tan estúpida? Tendría que haberte convencido de que te entregaras. Señores de la guerra, monstruos y quién sabe qué más... Lo que quiero decir es... Bueno, ¿qué se puede esperar de un planeta que ganaste en una partida de cartas?

—Oye, Leia, estoy haciendo todo lo que puedo —dijo Han, y volvió a tocarle el hombro intentando conseguir que se volviera hacia él y se dejara consolar.

Leia giró sobre sí misma y se encaró con él.

—¡No! —le gritó—. No voy a dejarme convencer por tu palabrería, Han. Esto no es un juego, y no es una excursión de placer. Nuestras vidas corren peligro, y en estos momentos el que me ames y quieras casarte conmigo o el que yo ame a Isolder y quiera casarme con él... Bien, la verdad es que ahora todo eso ha dejado de importar. Tenemos que salir de aquí. ¡Y ahora mismo!

Han recordaba muy pocos momentos en los que hubiera visto tan enfadada a Leia, y siempre habían coincidido con situaciones en que su vida corría peligro. Había pensado en más de una ocasión que su despreocupación y su manera relajada de enfrentarse a las cosas hacían que disfrutara más de la vida que ella, pero cuando vio cómo su apasionamiento salía a la luz, Han comprendió que Leia amaba la vida con una pasión más profunda de lo que jamás podría llegar a amarla él. Quizá fuera su herencia alderaaniana que estaba emergiendo a la superficie, el legendario respeto hacia cualquier clase de vida que impregnaba su cultura y que Leia se había visto obligada a hacer a un lado durante su lucha contra el Imperio. Pero siempre acababa volviendo a aparecer, y Han seguía descubriendo una y otra vez que Leia era así: ocultaba sus pensamientos a una gran profundidad, y los escondía tan bien que Han sospechaba que ni siquiera ella era consciente de lo que sentía.

—De acuerdo, te sacaré de aquí —dijo—. Lo prometo. Vamos a necesitar algunas armas, Chewie... Cogeremos la artillería pesada y las mochilas de supervivencia. Vimos una ciudad que debe estar a unos cuantos días de marcha atravesando las montañas, y donde hay una ciudad tiene que haber algún medio de transporte. Robaremos la nave más rápida disponible y saldremos de aquí a toda velocidad.

Chewbacca expresó la preocupación que le producía la idea de abandonar elHalcónlanzando un gemido.

—Sí —respondió Han—. Lo dejaremos todo bien cerrado, y quizá algún día pueda volver aquí y sacarlo de Dathomir.

Tragó saliva. Se sentía incapaz de pronunciar ni una sola palabra más. Dos o tres estaciones en las montañas soportando la lluvia y la nieve, y el cableado acabaría tan oxidado y lleno de cortocircuitos que elHalcónsería prácticamente inservible; y además había muchas probabilidades de que la Nueva República no consiguiera volver a internarse tanto en el territorio de Zsinj durante diez años.

Leia le miró con incredulidad.

—Siempre has dicho que elHalcónera mi juguete favorito —dijo Han—. Quizá ha llegado el momento de renunciar a él.

Fue al armario de almacenamiento, y sacó de él un casco extra y un mono elástico de camuflaje para ocultar el exterior dorado de Cetrespeó. Después fue en su busca para vestirle, pero el androide ya estaba inmóvil al final de la pasarela. Sus ojos dorados brillaban mientras contemplaba el bosque sumido en la penumbra. Leia y Chewie estaban desconectando los sistemas delHalcón,preparando la nave para la inactividad.

—Tengo algo para ti —dijo Han, y le mostró el mono—. Espero que no supondrá un obstáculo para tus sensores y que no disminuirá tu capacidad de movimientos ni nada por el estilo.

—¿Ropas? —preguntó el androide—. Pues no sé... Nunca he llevado ropas, señor.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —dijo Han.

Se colocó detrás de Cetrespeó para ponerle el mono de combate. No hubiese podido explicar por qué, pero se sentía un poco incómodo. En algunas mansiones de gente muy rica, los androides se encargaban de vestir a sus propietarios, pero Han nunca había oído hablar de nadie que hubiera vestido a un androide.

—Creo que sería mejor que me dejara a bordo de la nave, señor —sugirió Cetrespeó—. Mi superficie metálica podría atraer a los depredadores.

—Oh, no te preocupes por eso —replicó Han—. Tenemos desintegradores. Ahí fuera no hay nada de lo que no podamos ocuparnos.

—Me temo que no he sido diseñado para viajar por esta clase de terreno —protestó Cetrespeó—. Es demasiado abrupto y hay demasiada humedad. En diez días mis articulaciones harán ruidos más estridentes que el chillido de un roonat, eso suponiendo que no se hayan congelado y quedado totalmente agarrotadas.

—Cogeré un poco de aceite.

—Si los hombres de Zsinj vienen en nuestra búsqueda, podrán detectarnos mediante mis circuitos —dijo Cetrespeó—. No estoy equipado con ninguna clase de contramedidas electrónicas que me permitan ocultar mi presencia.

Han se mordió el labio. Cetrespeó tenía razón. Su sola presencia podía ser la causa de que todos acabaran muriendo, y no se podía hacer absolutamente nada para evitarlo.

—Oye, tú y yo llevamos mucho tiempo juntos —dijo Han—. Nunca le doy la espalda a un amigo.

—¿Un amigo, señor? —preguntó Cetrespeó.

Han pensó en lo que acababa de decirle. Era muy probable que aquel viaje significara el fin del androide, y aunque nunca habían sido amigos la verdad era que tampoco odiaba tanto a Cetrespeó. Un animal gritó en la oscuridad. El sonido resultaba apacible y no tenía nada de amenazador, pero por lo que Han sabía de Dathomir, podía ser la llamada de un depredador gigante anunciando que acababa de oler su cena.

—No te preocupes por nada —dijo mientras acababa de vestir al androide. Colocó el casco sobre la cabeza de Cetrespeó, y el androide se volvió hacia él. El abultado mono le daba un aspecto un tanto triste y abandonado, y Han intentó pensar en alguna manera de conseguir que Cetrespeó dejara de preocuparse—. Eres un androide de protocolo, y si realmente quieres ser útil, entonces me ayudarás a descubrir una forma de que Leia se enamore de mí.

—Ah —dijo Cetrespeó, obviamente interesado por la idea—. No se preocupe, señor. Estoy seguro de que se me ocurrirá algo.

—Estupendo, estupendo... —murmuró Han.

Empezó a subir por la pasarela justo cuando Leia salía de la nave con una mochila y un rifle, y antes de doblar la esquina pudo oír a Cetrespeó.

—Vaya, ¿se ha fijado en lo elegante que está el rey Solo esta noche? —le estaba diciendo a Leia—. ¿No le parece que es increíblemente apuesto?

—Oh, cállate de una vez —gruñó Leia.

Han soltó una risita y cogió su mochila, un rifle desintegrador pesado, una tienda hinchable, gafas infrarrojas y un puñado de granadas que pensó podían resultar especialmente efectivas si las arrojaba al interior de la garganta de algún depredador gigante. Después salió de la nave e izaron la pasarela, activaron los cierres delHalcóny fueron hacia la masa oscura del bosque, donde la luz de la luna hacía brillar la corteza blanca de los árboles con reflejos plateados. Las ramas que colgaban sobre sus cabezas delineaban la hierba y los matorrales en un tramado de penumbra y claridad donde la luz jugaba furtivamente al escondite con las sombras.

El bosque olía a limpio, como a comienzos de verano cuando la savia todavía está fresca y las hojas nuevas, y la sequedad del verano detiene la putrefacción de los mohos y liqúenes de los troncos; pero a pesar de la tranquilizadora familiaridad del bosque, Han era agudamente consciente de que se hallaba en un planeta desconocido. La gravedad era demasiado débil y añadía una nueva elasticidad a su paso, y le hacía experimentar una sensación de poder tan intensa que se aproximaba a la invencibilidad. Han pensó que la baja gravedad quizá había impulsado el curso de la evolución de Dathomir en una dirección que había acabado haciendo aparecer criaturas de gran tamaño. En aquellos planetas los sistemas circulatorios de los animales de grandes dimensiones no tenían problemas para impulsar la sangre, y los huesos no se rompían bajo el peso del animal. Han también podía percibir las extrañas diferencias que había en los árboles. Los troncos eran demasiado altos y esbeltos, y se alzaban hasta ochenta metros por encima de su cabeza, balanceándose lentamente de un lado a otro impulsados por la cálida brisa nocturna.


Page 20

Vieron muy pocos animales. Unos cuantos roedores bastante parecidos a los cerdos se escondieron entre la maleza en cuanto se acercaron a ellos, y se abrieron paso por entre el follaje a tal velocidad que Han se rió y dijo que debían tener unidades de hiperimpulsión en el trasero.

Avanzaron durante cuatro horas, y acabaron llegando al punto más alto de un paso de montaña donde las rocas se abrían paso a través de una delgada capa de hierba. Una vez allí descansaron un rato y contemplaron su destino, el halo de una ciudad iluminada. Unas nubes marrones habían aparecido en el cielo, y relámpagos de un púrpura azulado crujían y destellaban en la lejanía. El trueno se deslizó sobre las estribaciones de las montañas, y su estrépito casi parecía el rugir de unos cañones muy antiguos.

—Parece que se aproxima una tempestad —dijo Leia—. Será mejor que nos apresuremos a bajar de este risco y busquemos algún sitio donde refugiarnos.

Han estudió las nubes durante un momento, y un relámpago azul oscuro parpadeó de repente entre ellas con un resplandor estroboscópico.

—No es una tempestad —dijo—. Más bien parece una tormenta de polvo, o quizá de arena del desierto.

El que toda la tormenta estuviera concentrada en un solo lugar resultaba bastante extraño. Era como si un tornado gigante hubiera surgido del desierto y estuviera dejando caer todo su peso sobre las estribaciones de las montañas.

—Sí, bueno, pero sea lo que sea no quiero que me atrape —dijo Leia.

Empezaron a bajar por el risco con la gravilla chirriando bajo sus pies.

Han se sintió un poco más protegido en cuanto estuvieron debajo del dosel de los árboles. Decidieron acampar al lado de un tronco caído, entre un sinfín de peñascos que habían sido alisados gradualmente por un arroyo de montaña. El tamaño de los peñascos —muchos de ellos eran más altos que un hombre— proporcionaba un mudo testimonio de la ferocidad de las riadas que debían atravesar toda aquella zona durante la estación de las lluvias. Acampar allí no parecía muy prudente con una tormenta en camino, pero era un riesgo calculado. Los inmensos peñascos que se alzaban en todas direcciones a su alrededor hacían que Han experimentara una cierta sensación de seguridad. En caso de ser atacada, una persona podía esconderse con gran facilidad.

Desplegaron sus tiendas, consumieron una cena ligera sacada de sus mochilas y esterilizaron un poco de agua.

—Tú y Chewie haréis la primera guardia —dijo Han, y le arrojó un rifle desintegrador a Cetrespeó. El androide estuvo a punto de no lograr coger el arma y la sujetó como si no supiera qué hacer con ella.

—Pero usted ya sabe que mi programación no me permite dañar a un organismo vivo, señor —dijo.

—Si ves algo, dispara junto a sus pies y haz el máximo ruido posible —dijo Han.

Después se fue a dormir. Había planeado acostarse sobre su colchón neumático y pensar un rato, pero estaba tan cansado que su mente se hundió en un abismo de negrura apenas hubo cerrado los ojos.

Despertó cuando le parecía que sólo habían transcurrido unos momentos al oír disparos de rifle desintegrador que hacían añicos las rocas y los alaridos de Cetrespeó.

—¡Eh, general Solo, le necesito! —estaba gritando frenéticamente el androide—. ¡Despieeeeerte! ¡Le necesito!

Han cogió su desintegrador y salió de la tienda justo cuando Leia salía de la suya. Algo muy grande y metálico crujió. Había un caminante imperial del modelo biplaza conocido como explorador a una docena de metros. Estaba posado sobre una roca como un gran pájaro de acero de largas patas, y sus dos desintegradores gemelos apuntaban a Han y Leia. Han se preguntó cómo demonios habría conseguido llegar hasta allí sin ser detectado por el androide, pero se olvidó enseguida del enigma.

El piloto y su artillero les observaban desde el otro lado de la lámina de transpariacero, con los rostros visibles gracias a la débil claridad verdosa de los paneles de control. El piloto alzó un micrófono.

—¡Eh, vosotros dos! —gritó con una voz ronca y gutural—. ¡Tirad las armas y poned las manos encima de la cabeza!

Han tragó saliva y miró a su alrededor. No había ni rastro de Chewbacca y su arco de energía.

—¿Hay alguna clase de problema? —preguntó—. Hemos salido a pescar. Tengo una licencia.

El piloto y el artillero se miraron el uno al otro, y esa fracción de segundo bastó. Han agarró a Leia del brazo y tiró de ella mientras saltaba detrás de un peñasco y disparaba contra la ventanilla de transpariacero, esperando que el rayo de su desintegrador la atravesaría y acertaría al piloto o, por lo menos, que cegaría al artillero durante unos momentos. El disparo rebotó en la ventanilla. Su pequeño desintegrador manual no tenía la potencia de fuego que Han necesitaba en aquellas circunstancias, y un instante después se dio cuenta de que se había dejado las granadas en la tienda. Han y Leia se agazaparon detrás del peñasco intentando protegerse lo mejor posible.

—¡Salid de ahí o dispararemos contra vuestro androide! —gritó el piloto.

—¡Corran! —gritó Cetrespeó—. ¡Sálvense!

El artillero lanzó un diluvio de fuego desintegrador que envolvió a Han en una nube de fragmentos de roca. La atmósfera se llenó de ozono y polvo. Un trozo de roca rebotó en un peñasco a su espalda, y el impacto hizo salir despedida una astilla que se incrustó en la mano de Han. Leia se asomó al otro lado del peñasco, disparó su rifle desintegrador y volvió a esconderse enseguida.

Han buscó frenéticamente alguna señal de Chewie, y de repente vio una sombra que se movía junto a las ramas inferiores de un tronco plateado y que estaba trepando sigilosamente por ellas. Chewie estaba allí con su arco de energía. El wookie se agazapó y disparó un haz de energía que chocó con el casco del caminante imperial rociándolo de fuego verde. El metal emitió un estridente chirriar de protesta.

El piloto intentó hacer girar su cabina para mirar hacia atrás. Leia volvió a asomarse, y lanzó tres rápidos disparos de rifle desintegrador contra el vulnerable mecanismo hidráulico de las articulaciones inferiores del caminante. Trozos de metal salieron despedidos del caminante y la máquina tembló y se retorció sobre el peñasco, y acabó cayendo de lado. Las gigantescas piernas metálicas siguieron moviéndose espasmódicamente.

Han fue hacia Cetrespeó, cogió su desintegrador pesado y corrió hacia las ventanillas. Los cañones desintegradores del caminante no podían alcanzarle.

—Ahora quiero que salgáis de ahí muy despacio —dijo—. No vais a ir a ningún sitio dentro de ese trasto, a menos que sea a vuestra muerte.

El piloto frunció el ceño y levantó las manos. El artillero abrió la escotilla que había encima de su cabeza, y los dos hombres salieron de la cabina. Han les empujó sin miramientos haciendo que se pusieran uno al lado del otro, y después alzó su desintegrador hasta dejar pegado el cañón a la nariz del piloto.

—¡El acceso a este planeta está prohibido! —les gritó el artillero—. ¡Será mejor que os vayáis de aquí!

—¿Prohibido? —preguntó Leia—. ¿Por qué?

—A los nativos no les gustan mucho los forasteros —dijo el piloto. Leia y Han intercambiaron una rápida mirada—. ¿Cómo, es que no lo sabíais? —preguntó el piloto con voz asombrada.

—Correremos el riesgo —gruñó Han.

—Esos nativos no tendrán por casualidad cinco dedos en cada pie y dejarán huellas de un metro de longitud, ¿verdad? —preguntó Leia.

El rostro del piloto se endureció.

—Ésos no son más que sus animalitos domésticos, señora.

Una voz brotó de repente de la radio del caminante volcado.

—Caminante siete, informe de su situación actual. Ruego verificación. ¿Ese hombre al que han capturado es realmente el general Solo?

Chewie emergió de entre las sombras que proyectaba un peñasco, disparó su arco de energía contra la radio del caminante imperial y después agarró a los prisioneros por la cabeza e hizo entrechocar sus cascos con la fuerza suficiente para que el ruido creara ecos por todo el bosque. Después soltó un gruñido y alzó la mirada hacia la colina en lo que estaba claro era una muda petición de que se dieran prisa.

Leia ya había empezado a recoger las tiendas.

Capítulo 12

El Dragón de Batalla de Isolder, elCántico de Guerra,se estaba preparando para salir del hiperespacio, y el príncipe se sentía lleno de esperanzas. Luke había conseguido pilotar la nave llevándola hasta Dathomir en siete días, reduciendo en diez días la ruta más corta que habían podido trazar los ordenadores de astrogación hapanianos. De hecho, Isolder comprendió que incluso cabía la posibilidad de que llegaran a Dathomir antes que Han Solo.

Pero cuando salieron del hiperespacio el abatimiento se adueñó de él al instante. Los diez kilómetros de muelles del astillero estaban protegidos por dos Destructores Estelares imperiales, y había toda una flotilla de naves atracada.

Las alarmas automáticas empezaron a sonar, y los tripulantes corrieron a sus puestos de combate en todo el Dragón Estelar.

Luke Skywalker estaba inmóvil delante del visor del puente, y de repente alzó la mano hacia una fragata que se había alejado del sistema de muelles y estaba precipitándose hacia la atmósfera de Dathomir con chorros de llamas brotando de las torres de sus sensores.

—¡Allí! —gritó—. ¡Leia está dentro de esa nave que arde!

Isolder se apresuró a estudiar el monitor.

—¿Está a bordo de esa fragata? —preguntó con expresión asombrada.

«Hemos venido lo más deprisa posible —pensó—, y aun así quizá sólo hayamos conseguido llegar a tiempo de ver cómo se estrella contra el planeta...»

—¡Está viva! —dijo Luke con firmeza—. Y está aterrorizada, pero no ha perdido las esperanzas... Puedo sentirlo. ¡Van a tratar de posarse en Dathomir! He de bajar ahí...

Salió corriendo del puente para ir a su caza. Isolder ya podía ver docenas de viejos cazas TIE del Imperio que salían a toda velocidad de los Destructores Estelares de Zsinj, con puntitos de luz cegadora emergiendo de sus motores.

—¡Lanzad todos los cazas! —ordenó Isolder—. Acabad con ese Super Destructor Estelar de los muelles y causad el máximo de destrucción posible en esa zona. ¡Quiero ver los mayores daños posibles!

Los cañones iónicos delCántico de Guerraabrieron fuego y los torpedos salieron aullando de sus tubos de lanzamiento. Los Destructores Estelares imperiales eran tres veces más grandes que un Dragón de Batalla hapaniano y estaban mejor armados, pero los imperiales habían diseñado sus naves utilizando emplazamientos de armas estacionarios que ya estaban muy anticuados. Después de que un cañón iónico o desintegrador hiciera fuego, los gigantescos capacitadores del cañón necesitaban varios milisegundos para llevar a cabo la recarga. El efecto global resultante de ello era que el arma pasaba un ochenta por ciento del tiempo inactiva.

Eso era algo que no ocurría en el Dragón de Batalla hapaniano, porque los Dragones de Batalla habían sido diseñados como inmensos platillos y los emplazamientos de las armas rotaban rápidamente alrededor del borde del platillo, con el resultado de que las armas que ya habían disparado podían recargarse mientras otras armas listas para hacer fuego ocupaban su lugar.

Los dos Destructores Estelares se retiraron inmediatamente del enfrentamiento. Isolder se volvió hacia Luke y sólo vio su espalda. El Jedi ya estaba saliendo del puente de mando. El Dragón de Batalla hapaniano era un oponente temible, pero en cuanto los Destructores Estelares hubieran desplegado sus enjambres de cazas no podría aguantar mucho tiempo. Los cazas lograrían atravesar los escudos e irían acabando con los emplazamientos de armas rotatorios. Los cazas de Isolder podían mantener a raya a los pájaros de guerra de Zsinj durante algún tiempo, pero los pilotos hapanianos no conseguirían rechazarlos indefinidamente.

—Asuma la dirección del ataque, capitana Astarta —dijo Isolder volviéndose hacia su guardaespaldas—. Voy a bajar al planeta.

—¡Mi trabajo es protegeros, mi señor! —protestó Astarta.

—Pues entonces haga bien su trabajo —replicó Isolder—. Necesito que haya una confusión lo bastante grande como para cubrir mi huida. La flota de mi madre no llegará hasta dentro de diez días.

Adviértales de lo que se encontrarán aquí, y vuelva al combate con ellos. Yo estaré detectando las señales de radio del planeta. Si puedo, me reuniré con la flota a la primera señal de su ataque.

—Y si no habéis llegado cuando hayan pasado cinco minutos desde el inicio del ataque —dijo Astarta con voz enronquecida por la emoción—, mataré a todos los hombres de Zsinj que haya en este sistema solar, y después registraremos el planeta hasta encontraros.

Isolder sonrió y le puso la mano en el hombro. Después salió corriendo de la sala de control y fue por los pasillos delCántico de Guerra.Los sistemas de armamento estaban absorbiendo una parte tan grande del suministro energético de la nave que la iluminación de los pasillos se había debilitado mucho, y el príncipe llegó a las cubiertas de vuelo guiándose por las boyas de las luces de emergencia. El contingente de cazas ya había despegado, y las cubiertas estaban casi desiertas.

Skywalker ya estaba activando los sistemas de un caza X preparándose para despegar. Isolder se dio cuenta de que no era el suyo. Una docena de técnicos de lanzamiento estaban comprobando el armamento y bajaban lentamente su androide de astrogación hacia su asiento.

—¿Tienes problemas con tu caza? —gritó Isolder desde el otro extremo del hangar.

Luke asintió.

—Había algo que no funcionaba en los sistemas de armamento —dijo—. ¿Puedo coger prestado uno de los tuyos?

—Desde luego —dijo Isolder.

Isolder cogió una chaqueta y un casco de sus colgadores y aseguró su desintegrador personal en el cinturón. El equipo de lanzamiento le vio y empezó a preparar su caza personal, elTormenta.Una cálida y reconfortante sensación de orgullo se adueñó de Isolder cuando contempló su caza. Lo había diseñado y construido personalmente.

Isolder experimentó un sorprendente momento de claridad y comprendió que se parecía mucho a Solo..., quizá demasiado. Solo tenía suHalcón,Isolder tenía elTormenta.Los dos habían sido piratas, y los dos amaban a la misma mujer decidida y valerosa; y durante todo el viaje hasta Dathomir, Isolder no había parado de preguntarse ni un solo instante por qué iba allí. Su madre sabía hacia donde se estaba dirigiendo Han, y las flotas de Hapes podían rescatar a Leia. Isolder no necesitaba arriesgar su vida en aquel encuentro insensato.


Page 21

Pero cuando pensó en ello, Isolder se dio cuenta de que una parte de su ser quería obtener una victoria total sobre Solo y, sin embargo, también quería algo más. Solo le había lanzado un desafío que Isolder no podía rechazar. Mientras estaba en la cubierta de vuelo del hangar, Isolder comprendió que había ido hasta allí para arrebatarle Leia a Solo, y que se la llevaría incluso a punta de pistola si llegaba a ser necesario.

Luke ya estaba en su asiento.

—¡Voy a ir contigo, Skywalker! —gritó Isolder—. ¡Vigilaré tu cola!

Isolder sintió que la adrenalina inundaba su organismo y cruzó corriendo la cubierta de vuelo. Subió de un salto a la cabina delTormentay conectó el panel de control. Los técnicos de vuelo bajaron la burbuja de transpariacero sobre su cabeza mientras Isolder activaba los turbogeneradores y armaba sus proyectiles y desintegradores. Los técnicos se estaban tomando su tiempo y habían iniciado una nueva comprobación de los sistemas de su caza, y el príncipe aumentó la salida de energía de los generadores como si se dispusiera a despegar. Los técnicos se alejaron a toda prisa en busca de refugio, y un instante después elTormentasalió despedido al espacio.

Isolder conectó su transductor para identificarse como un caza hapaniano, y después pasó a toda velocidad sobre elCántico de Guerra.

Desde el espacio podía ver mejor cómo se estaba desarrollando la batalla. Los Destructores Estelares habían retrocedido y se habían separado para que Astarta se viera obligada a escoger uno como objetivo primario, pero Astarta había lanzado el Dragón de Batalla contra los muelles del astillero y había empezado a machacar al indefenso Super Destructor Estelar que esperaba ser reparado, causando más daños a esa carísima maquinaria en una sola pasada de castigo del que jamás habría podido causarle en todo un encarnizado combate.

Ninguno de los destructores en activo parecía tener muchos deseos de detenerla.

Dos de los destructores de la clase Victoria atracados en los muelles debían estar en condiciones de operar aunque no fuese al cien por cien de su capacidad, pues sus cubiertas estaban lanzando escuadrillas de cazas TIE y viejos Z-95 Cazadores de Cabezas. Los cielos no tardaron en quedar repletos de enjambres de cazas, fragmentos de metralla retorcida y restos de las naves destruidas que se dispersaban formando nubes.

Isolder movió un interruptor de su radio y dejó que el sistema de búsqueda automática fuera examinando las frecuencias imperiales para poder oír el parloteo de los cazas enemigos. Luke Skywalker ya estaba dejando atrás la curva del Dragón de Batalla hapaniano, y elTormentasiguió al Jedi y se pegó a su cola.

—Rojo Uno a Rojo Dos —le llegó la voz de Luke por la radio—. Hay muchos restos desprendiéndose del astillero... —Apenas acababa de pronunciar aquellas palabras cuando una sección de andamiaje de un kilómetro de longitud recibió un impacto directo y cayó girando por el pozo gravitatorio mientras otros segmentos salían despedidos de la órbita—. Voy a desconectar mis motores y seguiré algún resto en su descenso dentro de un minuto, pero antes de hacerlo quiero acabar con un par de cazas enemigos.

Isolder se lo pensó durante unos momentos. Él y Luke no podían posarse en Dathomir sin ser detectados. Tendría que eyectarse y permitir que su nave se estrellara.

—Estoy contigo, Rojo Uno —respondió por fin.

Luke aceleró hasta alcanzar la velocidad de ataque y viró lanzándose hacia una falange de veinte Cazadores de Cabezas que se aproximaba y que aparecía en los sensores bajo la forma de puntitos rojos, como otras tantas gemas llameantes. Isolder le siguió pegado a su ala derecha. Duplicó el suministro de energía a los escudos delanteros, y escuchó el continuo fluir de los códigos estratégicos de los Cazadores de Cabezas que llegaban por las bandas imperiales. Después activó sus generadores de interferencias y los pilotos de los Cazadores dejaron de hablar. Isolder echó una mirada a su monitor delantero y vio algo extraño.

—¡Luke, tus escudos deflectores no están activados! —gritó.

Los generadores de interferencias de los Cazadores de Cabezas lanzaron chorros de estática contra él.

—¡Luke, tus escudos! —volvió a gritar Isolder.

—¡Mis escudos están activados! —oyó que respondía Luke por entre los crujidos y chisporroteos de la estática.

—¡No, no lo están! —gritó Isolder.

Pero Luke intentó calmarle levantando un pulgar hacia él, y un instante después los Cazadores de Cabezas Cebra ya estaban sobre ellos y el fuego de los desintegradores iluminaba los cielos. Isolder escogió un blanco, disparó simultáneamente sus cañones iónicos y un proyectil autoguiado e inclinó la palanca de control hacia la derecha. Vio por el rabillo del ojo cómo el caza de Skywalker sufría un impacto en el ala superior derecha, empezaba a caer girando sobre sí mismo y recibía un nuevo impacto en el conjunto sensor de proa. La nave de Skywalker empezó a precipitarse por el espacio y el androide de astrogación salió despedido del vehículo. El Cazador de Cabezas que se encontraba delante de Isolder estalló, y cuatro o cinco rayos desintegradores se estrellaron contra los deflectores frontales de su caza. Los escudos cayeron. Isolder no podía seguir combatiendo.

Luke oscilaba locamente de un lado a otro dentro de su nave atrapada en una caída irremediable, y era arrojado una y otra vez contra el transpariacero como si fuese un muñeco. Isolder rezó en silencio, y después enfiló sus sensores de signos vitales hacia la cabina. Nada. Skywalker estaba muerto.

Isolder lanzó una maldición ahogada, y comprendió que lo único que podía hacer era fingir que también había muerto. Lanzó un detonador térmico por la popa y contó hasta uno. Una explosión cegadora atravesó el cielo detrás de él. Isolder desconectó su transductor, fue reduciendo la salida de energía de los motores y permitió que elTormentafuera a la deriva y empezara a caer junto al caza de Luke. La explosión tendría que haber engañado a los sensores del enemigo, y con una batalla tan encarnizada en curso los hombres de Zsinj no dispondrían de tiempo para examinar con demasiada atención los restos.

El caza de Isolder contaba con una zona de almacenamiento situada debajo de la consola visora. Isolder sacó una manta reflectante de ella, la desplegó y le dio la vuelta para que mantuviera atrapado el calor de su cuerpo. Cualquier sensor que estuviera lo bastante cerca como para detectarle indicaría que su cuerpo se había enfriado, y mostraría su muerte. Isolder contempló durante un momento cómo el cadáver de Skywalker seguía moviéndose de un lado a otro dentro de la cabina de su caza, y fue como si una serie de pequeñas explosiones resonara en su cerebro. Luke le había ayudado mucho, y el Jedi había muerto delante de sus ojos.

Isolder le había advertido de que sus escudos estaban desactivados, y Luke no le había creído. Aquel tipo de averías nunca podían ser resultado de meros errores técnicos. El caza X había tenido que sufrir alguna clase de sabotaje. Isolder estaba seguro de que la Ta'a Chume había asesinado al joven Jedi.

Tensó las mandíbulas hasta que le rechinaron los dientes, se tapó la cabeza con la manta como si fuera un sudario y esperó mientras su caza iba descendiendo hacia el planeta.

Leia se abrió paso a través de un amasijo de enredaderas protegida por la oscuridad, y alzó la mirada hacia la pendiente y la meseta que había en la cima. La luz de las lunas dobles le permitió distinguir varias enormes losas rectangulares de piedra negra. En el centro aproximado de cada rectángulo se había tallado un agujero con forma de ojo, y dentro de cada cuenca había un gran peñasco redondo colocado allí para que hiciera de pupila del ojo. Las losas rectangulares se hallaban colocadas a distintas alturas, de tal manera que ojos distintos quedaban enfilados hacia media docena de direcciones a la vez.

Leia se detuvo y contempló durante unos momentos aquel extraño espectáculo con expresión asombrada. Algo rugió en la meseta entre la espesura que se encontraba más allá de su campo visual, cruzó corriendo la extensión de piedra moviéndose sobre pies enormes que golpeaban el suelo con un ruido ahogado, saltó desde el otro lado de la colina y aterrizó sobre la espesa maleza para desaparecer casi al instante entre los árboles. Leia siguió donde estaba. El corazón le latía a toda velocidad.

—¿Qué era eso? —preguntó Han, que se había parado unos momentos para recuperar el aliento.

Chewie y Cetrespeó se habían detenido junto a Leia.

—Algo vivo..., y yo diría que más o menos tan grande como elHalcón Milenario.—Leia suspiró y agradeció que la gigantesca criatura hubiese huido—. Apostaría a que su pie tenía cinco dedos.

—Bueno, al menos no iba armado con un desintegrador. —Han movió el suyo señalando las esculturas que se alzaban sobre la cima de la colina—. ¿Qué crees que significan? Me refiero a todos esos ojos dirigidos hacia varias direcciones...

—No lo sé —dijo Leia, y se volvió hacia Chewie y Cetrespeó—. ¿Alguna idea?

Chewie se limitó a dejar escapar un gimoteo, pero Cetrespeó contempló las colinas que les rodeaban.

—Si se me permite decirlo —respondió el androide—, creo que es alguna variedad de escritura simbólica utilizada para instruir a criaturas de inteligencia limitada.

—¿En qué te basas para decir eso? —preguntó Leia.

—Mis bancos de datos contienen referencias a estructuras similares encontradas en otros dos planetas. Verá, un observador se coloca en un lugar determinado y vigila en cada dirección indicada por un ojo. En este caso, los ojos parecen apuntar hacia distintos valles y pasos de montaña. Utilizando este método, criaturas de inteligencia superior pueden emplear a seres de inteligencia inferior a la suya como observadores.

—Estupendo —dijo Han—. En ese caso, fuera lo que fuese esa cosa que se largó antes de que llegáramos, habrá ido a decirle a su jefe que estamos aquí, ¿verdad?

—Eso parece, señor —dijo Cetrespeó.

Han tragó saliva y bajó la mirada hacia el valle del que habían venido. El bosque era muy frondoso, y acababan de abrirse paso por un grueso lecho de plantas con tallos muy altos y gruesos y enormes hojas redondas.

—Estupendo... Bien, no he oído ningún caminante imperial desde que atravesamos esa zona de jungla. Creo que quizá les haya obligado a ir más despacio.

—Llevamos horas corriendo —dijo Leia, y se limpió la transpiración que le cubría la frente—. Pronto tendremos que parar y descansar un rato.

Chewie gruñó una pregunta.

—Quiere saber por qué aún no nos hemos encontrado con ninguna moto aérea —tradujo Cetrespeó.

Han asintió.

—Sí, yo tampoco lo entiendo... Si Zsinj quiere capturarnos, podría enviar motos aéreas y serían una manera muy efectiva de atravesar esos bosques; pero hasta el momento se han limitado a usar los caminantes. No es que tenga mucho sentido. ¿Por qué perseguirnos con caminantes?

—Puede que los hombres de Zsinj piensen que necesitan el blindaje o el armamento pesado —dijo Leia.

—O las dos cosas a la vez —dijo Han. Señaló la cima del risco y las viejas estatuas de piedra cuyos ojos parecían contemplarlo todo con expresión cansada desde las alturas—. Quiero subir hasta allí.

Empezó a trepar por la pendiente agarrándose a raíces y a los troncos de los arbolillos para ir subiendo.

—¡Han, espera! —gritó Leia.

Pero era demasiado tarde. Han ya había recorrido una tercera parte de la distancia. Leia echó a correr detrás de él y se abrió paso a través de unos espesos zarzales que le habrían destrozado las manos si no los hubiera visto a tiempo.

Cuando llegó a la cima de la pequeña colina iluminada por la luna, Han estaba en el puesto de observación. Se encontraban en la base de una montaña donde se encontraban tres valles, y aquella pequeña colina con forma de meseta consistía en una sola roca pulimentada por el viento. Una estrella tallada en la piedra indicaba el sitio en el que debía colocarse el vigía y, tal como había dicho Cetrespeó, si Leia se ponía allí y miraba a su alrededor, cada ojo apuntaba hacia un paso o un valle que debía ser vigilado. Eran unas instrucciones muy simples, y lo único que resultaba un poco inquietante era que un rápido cálculo de triangulación informó a Leia de que el vigía debía medir entre doce y quince metros de altura. Un agujero tallado en la piedra estaba lleno de agua de lluvia, y Leia bebió un sorbo.

Han recorrió el perímetro de la meseta con el desintegrador desenfundado y escudriñó las laderas mediante sus gafas infrarrojas.

—No sé qué clase de ser había aquí arriba, pero se ha ido —dijo por fin—. De todas maneras, en un sitio así no hay mucho que ver... Un ejército entero podría atravesar esos bosques y no ser detectado en ningún momento.

—Quizá no estén demasiado interesados en vigilar todos los pasos —dijo Leia—. Puede que este valle ocupe una posición estratégica, y sea más importante estar aquí para vigilar este punto que el vigilar todos esos riscos.

Un rugido lejano flotó hasta ellos transportado sobre las montañas por una leve brisa, y un estremecimiento recorrió todo el cuerpo de Leia dejándola helada hasta los huesos.

—Está volviendo —afirmó Han—. Yo diría que está a dos o tres kilómetros de distancia...

Leia salió corriendo de la meseta y bajó la pendiente de una docena de zancadas. Chewie y Cetrespeó ya habían iniciado el descenso, y Han fue detrás de ellos.

—¡Vamos, chicos, vamos! —gritó—. Quiero una retirada organizada, ¿de acuerdo?

—Me parece una idea estupenda, señor —replicó Cetrespeó—. Dedíquese a organizarla mientras yo me retiro.

El androide descendió hacia un valle abriéndose paso a través de la espesura tan deprisa como podían llevarle sus piernas de metal. Chewie volvió la cabeza para lanzar una rápida mirada a Han y Leia, y después siguió a Cetrespeó.

Han echó a correr dejando atrás a Leia, y oyó que murmuraba con voz irritada «¡Menudo héroe estás hecho!». Logró alcanzar a Chewie y Cetrespeó y trató de que fueran más despacio, pero los dos estaban muy asustados y siguieron corriendo. Leia no quería quedarse atrás y no paró de mirar por encima de su hombro mientras bajaban por una pendiente, llegaban a un valle y empezaban a seguir el curso de un arroyo que serpenteaba entre un bosquecillo de gruesos troncos. En un momento dado Leia estuvo segura de haber oído un gruñido gutural a su espalda, pero las sombras que se agazapaban debajo de los árboles eran tan espesas y oscuras que podía haberlo imaginado.


Page 22

Leia se preguntó cuánto duraría el ciclo nocturno de Dathomir, y cayó en la cuenta de que no sabía nada sobre la rotación del planeta, la inclinación de su eje y sus estaciones. Tenía la impresión de que ya no podía faltar mucho para que amaneciese.

Estaban corriendo cuesta arriba hacia dos columnas de piedra que se alzaban hacia el cielo como un par de caninos mellados. Chewbacca abría la marcha, pero se detuvo tan de repente que se tambaleó y estuvo a punto de caer. Llevaban algunos minutos corriendo en grupo, tan asustados que ninguno de ellos se había atrevido a dar un paso sin los demás, y eso resultó ser su perdición.

Detrás de las columnas de piedra había cuatro caminantes imperiales.

Los focos les cegaron, y los cuatro quedaron como paralizados donde estaban.

—¡Alto! —gritó una voz por el sistema de megafonía de un caminante, y la orden fue acompañada por el retumbar de los cañones desintegradores que lanzaron sus rayos delante de los pies de Chewie—. Tirad las armas y poned las manos encima de la cabeza.

Leia dejó caer su rifle desintegrador y se sintió casi aliviada al ver a los caminantes imperiales. Chewie y Han la imitaron. Un campamento de prisioneros siempre sería mejor que lo que vivía en aquellas montañas, fuera lo que fuese.

Dos caminantes rodearon las columnas. Los haces de sus reflectores se deslizaron por entre los árboles y después se volvieron hacia Leia y los demás.

—Androide, recoge las armas y tíralas al lado del camino.

Cetrespeó recogió las armas de Han, Chewie y Leia.

—Lamento terriblemente todo esto —se disculpó mientras iba amontonando las armas sobre sus brazos.

Después las llevó hasta el lado del camino y las arrojó entre la maleza.

Los ojos de Han echaban chispas mientras contemplaba a los caminantes. Los cuatro eran del modelo biplaza utilizado para misiones de exploración, el único que era lo suficientemente pequeño para poder maniobrar en aquel terreno tan montañoso.

—¡Daros la vuelta y volved por donde habéis venido! —gritó un piloto por el altavoz—. ¡Venga, moveos y no intentéis ningún truco! Si alguno de vosotros intenta echar a correr, dispararemos primero contra sus camaradas.

—¿Dónde nos lleváis? —preguntó Han—. ¿Qué derecho tenéis a detenernos? ¡Este planeta es mío, y tengo un título de propiedad para demostrarlo!

—Ahora está en territorio del señor de la guerra Zsinj, general Solo —dijo el piloto por su micrófono—, y todos los planetas de este sector pertenecen a Zsinj. Si no está conforme con esa situación y quiere presentar alguna protesta formal, estoy seguro de que a Zsinj le encantará discutirla durante su ejecución.

—¿General Solo? —preguntó Han—. ¿Crees que soy el general Solo? Oye, ¿qué iba a estar haciendo aquí si realmente fuera un general de la Nueva República?

—Nos encantará arrancarle ese tipo de respuestas, junto con las uñas de sus pies, durante su interrogatorio —dijo el piloto—. ¡Pero ahora daros la vuelta y empezad a caminar!

Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Leia, y empezaron a bajar por la pendiente hacia el bosque y los troncos de corteza plateada que brillaban con hermosos destellos bajo los rayos de la luna. La deslumbrante luz blanca de los focos de los caminantes, que subían y bajaban a cada paso de los vehículos, creaba un sendero irreal. Los restos de hojas podridas que pisaban parecían ondular y danzar.

Pasado un rato Leia se dio cuenta de que los hombres de Zsinj no habían concentrado toda su atención en sus prisioneros. Dos caminantes los mantenían cubiertos con sus desintegradores, y los otros dos no paraban de mover los haces de sus focos a los lados y sobre el camino por el que avanzaban. Las luces de sus paneles de control permitían que Leia pudiera distinguir los rostros de los pilotos y artilleros, y vio que parecían niños asustados. Sus ojos se movían velozmente en todas direcciones, y el sudor goteaba por sus frentes.

—Estos tipos están más asustados que yo —le susurró Han al oído mientras caminaban el uno al lado del otro.

—Quizá se deba a que saben algo que tú ignoras —replicó Leia.

Ya llevaban dos horas caminando cuando Leia empezó a preguntarse en qué momento amanecería. El roce del aire nocturno en su nuca era muy frío, y sentía como si tuviera los ojos llenos de arenilla. Las sombras de los árboles se alzaban a su alrededor como centinelas inmóviles.

Y entonces llegó el ataque: en un momento dado estaban caminando, y al siguiente Leia oyó las estruendosas pisadas de algo que se aproximaba muy deprisa a su espalda. Los dos caminantes de los flancos fueron sorprendidos desde atrás por criaturas que superaban con mucho los siete metros de altura de los vehículos imperiales. Los caminantes del centro giraron para hacer fuego con sus cañones desintegradores, y los disparos brillaron como relámpagos durante un momento.

Leia vio a una de las enormes bestias que habían lanzado el ataque por sorpresa, y tuvo un fugaz atisbo de caninos como sables que rasgaban el aire.

Algo inmenso destrozó un caminante detrás de Leia utilizando un gigantesco garrote, y después agarró el caminante que había estado disparando a su lado y arrojó las tres toneladas de su casco blindado contra una roca con tanta fuerza que el impacto las convirtió en un montón de metal retorcido. Un artillero siguió disparando al aire mientras una bestia atacaba su caminante con su garrote golpeándolo una y otra vez, y Leia pudo ver a la bestia con toda claridad gracias a los cegadores relámpagos actínicos azulados de los cañones y faltó poco para que su corazón dejara de latir. La criatura medía diez metros de altura y llevaba una especie de chaleco protector hecho con cuerdas entrelazadas a las que había unidos fragmentos de armaduras de las tropas de asalto; pero a pesar de su atuendo aquellos brazos extrañamente grotescos, los colmillos curvados y la postura medio encogida del cuerpo cubierto de verrugas con placas de hueso en la cabeza resultaban inconfundibles. Leia ya había visto un ser así con anterioridad. Aquél había sido más pequeño que los que tenía delante de los ojos y quizá fuera un espécimen joven, pero en aquellos momentos había parecido enorme incluso estando atrapado en la prisión oculta debajo del palacio de Jabba el Hutt. Eran rancors.

Han chilló, giró sobre sí mismo para echar a correr y tropezó. Chewbacca huyó a grandes saltos por el bosque, y un rancor dio tres pasos en su persecución y arrojó una red lastrada con pesos. La red acertó al wookie y le hizo caer al suelo. Chewbacca lanzó un rugido de dolor y permaneció donde había caído apretándose las costillas con los brazos.

Leia se había quedado inmóvil. Su corazón latía tan ruidosamente como un tambor y estaba paralizada de miedo, pero lo que la asustaba no era el espectáculo de aquellas bestias enormes y su feroz ataque.

Los desintegradores de los caminantes imperiales quedaron reducidos al silencio en menos de diez segundos, y las máquinas se convirtieron en ruinas humeantes a sus pies. Leia alzó la mirada hacia los tres rancors gigantes, cada uno de más de diez metros de altura. Había jinetes humanos sentados sobre los cuellos de las criaturas.

Un jinete se inclinó hacia el suelo y el gesto reveló que era una mujer. La claridad que brotaba de los caminantes que habían empezado a arder creó reflejos iridiscentes en su cabellera oscura. Llevaba una túnica de cuello alto hecha de relucientes escamas rojizas, y una capa flexible hecha de cuero o de una tela bastante gruesa encima de ella. Se cubría la cabeza con un yelmo con alas que se desplegaban a los lados, y cada ala estaba adornada con cuentas y abalorios que oscilaban a cada movimiento. Empuñaba una pica de Fuerza muy antigua de mango tallado y adornado con piedras blancas cuya vibro-hoja hacía bastante ruido y parecía estar necesitando un ajuste.

Por si la montura y el atuendo no fueran lo bastante impresionantes, la sola presencia de la mujer produjo en Leia un impacto tan físico y tangible como el de un disparo de desintegrador en las costillas. Aquella mujer parecía irradiar poder, como si su cuerpo fuese un mero cascarón bajo el que se ocultaba una criatura de luz deslumbrante y terrible. Leia comprendió que se hallaba en presencia de alguien con un gran conocimiento de la Fuerza. La mujer hizo girar su pica sobre la cabeza indicando a Leia y a los demás que permanecieran donde estaban, y gritó algo en una lengua desconocida.

-—¿Quién eres? —preguntó Leia.

La mujer se inclinó un poco más hacia las sombras del suelo y canturreó suavemente en su lengua, y después habló con cautela, como si estuviera escuchando su propia voz e intentara descifrar el significado de lo que decía.

—¿Es así como formas tus palabras, mujer de otro mundo?

Leia asintió, y comprendió que la mujer estaba utilizando la Fuerza para comunicarse.

Después dirigió breves órdenes a las otras dos mujeres. Una de ellas bajó de su rancor y empezó a recoger armas de los cadáveres de los soldados de Zsinj, mientras la otra hacía avanzar su rancor hacia Chewie. El rancor liberó al wookie herido de la red y lo alzó en vilo con una sola mano. Chewbacca gritó e intentó morder al rancor, pero Han se apresuró a calmarle.

—¡Todo va bien, Chewie! —gritó—. Son amigas..., espero.

La mujer de la pica se inclinó sobre Leia y señaló a Han y Cetrespeó.

—Haz que tus esclavos sigan caminando, mujer de otro mundo —dijo—. Te llevaremos ante las hermanas para que seas juzgada.

Capítulo 13

Isolder apretó los dientes y vio como el desierto venía hacia él haciéndose más y más grande mientrasTormentacontinuaba su descenso hacia el planeta. No podía hacer nada para salvar su nave. Encender los motores sólo serviría para hacer inevitable su detección por las fuerzas de Zsinj, por lo que la única esperanza de Isolder era que pudiese eyectarse en el último instante y dejar que su paracaídas se abriera durante unos momentos y le llevara hasta el suelo, y esperar que eso reduciría la velocidad de su caída lo suficiente como para que no se rompiera ningún hueso.

A lo lejos, una pequeña ciudad iluminaba la oscuridad ochenta kilómetros hacia el oeste. Aparte de eso, no había ningún punto de claridad en el desierto, ni siquiera los faros de un vehículo dando una señal de que estuviera habitado.

Isolder deslizó una mano por debajo del panel de control de su caza y sacó un equipo de supervivencia. El paracaídas incorporado al asiento de eyección de Erredós se abrió por encima de Isolder, y tiró del androide hacia arriba. El caza X de Luke, ya casi totalmente destruido, seguía cayendo y dando tumbos a través de la atmósfera. Isolder desactivó los cierres de la burbuja de transpariacero de su caza y permitió que el viento se encargara de abrirla. Después se quitó el arnés de seguridad, comprobó la pequeña mochila que contenía su paracaídas para asegurarse de que estaba tenso y recogido adecuadamente, cerró la funda de su desintegrador y saltó de la nave precipitándose en caída libre hacia el planeta.

El viento silbaba por entre las ranuras de su máscara de oxígeno, y contempló cómo el suelo subía velozmente hacia él. La luz de dos pequeñas lunas le permitía distinguir con toda claridad cada roca, cada árbol de tronco retorcido por el viento, cada risco y cañada.

Isolder aguardó hasta que no pudo seguir esperando por más tiempo, y entonces activó el detonador que haría estallar las cargas explosivas que desplegarían su paracaídas.

Y no ocurrió nada. Tiró del cordón de emergencia y siguió cayendo. Movió frenéticamente los brazos, gritó..., y milagrosamente algún tipo de campo repulsor de elevación le envolvió de repente y redujo la velocidad de su descenso hasta hacer que cayera tan suavemente como una pluma. Isolder estaba tan desconcertado que su mente aturdida concibió la loca idea de que eran los movimientos de sus brazos los que le estaban sosteniendo, y no se atrevió a dejar de moverlos hasta que llegó al suelo. El casco destrozado del caza X cayó a varios centenares de metros de distancia y se estrelló contra el suelo convirtiéndose en una bola de fuego.

Cuando sus pies entraron en contacto con la roca, las rodillas le temblaban tanto que apenas era capaz de mantenerse en pie y el corazón le latía a toda velocidad. Isolder se quitó el casco de un manotazo, aspiró el cálido aire de la noche y contempló las rocas y los escasos árboles del desierto que le rodeaban.

Tormentatambién se había posado en el suelo sin hacer ningún ruido, pero aunque miró en todas direcciones Isolder no pudo ver ni rastro de ningún mecanismo repulsor de elevación, generadores o platos de antigravedad que apuntaran hacia el cielo. Escudriñó todo el desierto y acabó viendo algo sobre su cabeza: era Luke Skywalker sentado con las piernas cruzadas, los brazos doblados ante el pecho y los ojos cerrados, sumido en una profunda concentración, y estaba bajando lentamente hacia el suelo. «Skywalker... —pensó Isolder—. Quizá así es como sus antepasados llegaron a ser conocidos con ese nombre.»[1]

El Jedi siguió bajando poco a poco hasta estar a unos centímetros del suelo, y entonces abrió los ojos y saltó como si se estuviera dejando caer del alféizar de una ventana.

—¿Cómo has conseguido hacer eso? —preguntó Isolder.

Tenía el vello de los brazos erizado. Hasta aquel momento nunca había sentido adoración hacia ninguna persona o cosa.

—Ya te dije que la Fuerza es mi aliada —replicó Luke.

—¡Pero estabas muerto! —exclamó Isolder—. ¡Lo vi en mis sensores! No respirabas, y tu piel estaba fría...

—Eso era un trance Jedi —dijo Luke—. Todos los Maestros Jedi aprenden a parar sus corazones y hacer bajar su temperatura corporal. Tenía que engañar a los soldados de Zsinj.

Luke recorrió el desierto con la mirada como si estuviera orientándose y acabó alzando los ojos hacia la noche. Isolder siguió la dirección de su mirada. Podía distinguir las naves a gran altura por encima de sus cabezas: los fogonazos de los desintegradores eran como alfilerazos luminosos, y las naves diminutas estallaban en llamas como estrellas lejanas que se convirtieran en novas.

—Cuando era un chico en Tattoine —dijo Luke—, me encantaba quedarme levantado hasta muy tarde con mis binoculares para observar a los gigantescos cargueros espaciales que llegaban al puerto. Vi mi primera batalla espacial desde el porche de la granja de humedad de mi tío Owen. Por aquel entonces ya sabía que allí había hombres que luchaban por sus vidas, pero no sabía que era la nave de Leia o que yo acabaría involucrado en esa misma lucha. Pero recuerdo lo emocionante que me pareció, y cómo anhelé estar allí arriba y poder tomar parte en la batalla.


Page 23

Isolder alzó la vista y sintió la mordedura de ese deseo. Una parte de él se preguntó si el curso de la batalla estaría siendo favorable a Astarta y sus tropas, y deseó poder estar en el cielo protegiendo la nave desde su caza. El enorme disco rojo que era elCántico de Guerrase alejó de repente a toda velocidad, se volvió borroso y se esfumó al activarse los hiperimpulsores.

—Tú también has sentido el tirón, la sed de sangre, la llamada de la cacería.. —dijo Luke, y empezó a quitarse su traje de vuelo. Debajo vestía una holgada túnica que tenía el color rojo de la piedra arenisca del desierto—. Es el lado oscuro de la Fuerza que te habla en susurros y que te llama. —Isolder retrocedió un paso temiendo que Skywalker hubiera conseguido leerle la mente de alguna manera, pero Luke se apresuró a seguir hablando—. ¿Cuál es la presa que persigues? Dímelo, Isolder...

—Es Han Solo —murmuró Isolder con irritación.

Luke asintió pensativamente.

—¿Estás seguro? —le preguntó—. Ya has perseguido a otros hombres antes. Puedo sentirlo... ¿Cómo se llamaba ese hombre? ¿Cuál era su crimen?

Isolder tardó unos momentos en responder, y Luke caminó a su alrededor observándole con gran atención y viendo a través de él.

—Se llamaba Harravan —dijo Isolder por fin—. Capitán Harravan...

—¿Y qué te arrebató? —preguntó Luke.

—A mi hermano. Mató a mi hermano mayor.

Estar siendo interrogado de aquella manera por un hombre al que había creído muerto hacía tan solo unos momentos era una experiencia tan increíble que Isolder se sintió aturdido, y le pareció que le daba vueltas la cabeza.

—Sí, Harravan —dijo Luke—. Querías mucho a tu hermano. Puedo oíros cuando erais niños, intentando conciliar el sueño en la misma gran sala... Tu hermano te cantaba por la noche, y te hacía sentir a salvo cuando estabas asustado.

Isolder se sintió muy confuso, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Cuéntame cómo murió tu hermano —dijo Luke.

—Le dispararon... —dijo Isolder—. Harravan le disparó en la cabeza con un desintegrador.

—Comprendo —dijo Luke—. Debes perdonarle. Tu ira arde dentro de ti, y es como una mancha negra en tu corazón. Debes perdonarle y servir al lado luminoso de la Fuerza.

—Harravan está muerto —dijo Isolder—. ¿Por qué debería tomarme la molestia de perdonarle?

—Porque todo está volviendo a ocurrir ahora —dijo Luke—. Alguien ha vuelto a arrebatarte una persona a la que amas. Han, Harravan... Leia, tu hermano... La rabia y el dolor resultado de ese acto malvado que se cometió hace mucho tiempo siguen tiñendo tus emociones ahora. Si no les perdonas, el lado oscuro de la Fuerza siempre gobernará tu destino.

—¿Qué importa eso? —preguntó Isolder—. No soy como tú. No tengo ningún poder... Nunca aprenderé a flotar por los aires o a volver de entre los muertos.

—Tienes poder —respondió Luke—. Debes aprender cómo servir a la luz que hay dentro de ti sin importar lo débil que pueda parecer.

—Te vi en la nave —dijo Isolder, y pensó en la conducta de Luke durante su viaje. Luke había parecido estar lleno de curiosidad y de preguntas, pero siempre se había mantenido a una cierta distancia—. No hablas así con todo el mundo.

Luke le contempló en silencio, y las sombras dobles creadas por los rayos de la luna se deslizaron sobre su rostro. Isolder se preguntó si Luke estaba intentando convertirle a su causa porque era el Chu-me'da, el consorte de la mujer que llegaría a ser reina.

—Te hablo así porque la Fuerza nos ha unido y porque ahora estás intentando servir al lado luminoso de la Fuerza —dijo—. ¿Por qué otra razón ibas a arriesgar tu vida viniendo a Dathomir conmigo para salvar a Leia? ¿Por venganza? No lo creo.

—Pues en eso te equivocas, Jedi. No he venido para salvar a Leia. He venido a arrebatársela a Han Solo.

Luke dejó escapar una suave carcajada, como si Isolder fuera un colegial que no se conocía en lo más mínimo a sí mismo. El sonido era peculiarmente desconcertante.

—Bien, que sea como tú quieras... Pero vendrás conmigo a rescatar a Leia, ¿verdad?

Isolder extendió los brazos en un gesto que abarcaba todo el desierto.

—¿Dónde buscamos? Podría estar en cualquier parte. Podría estar a mil kilómetros de aquí...

Luke movió la cabeza señalando las montañas.

—Está por esa zona, a unos ciento veinte kilómetros de distancia. —Sonrió como si estuviera pensando en un secreto conocido únicamente por él—. Te advierto que el viaje no resultará fácil. Cuando has decidido caminar bajo la luz, tu sendero te llevará a lugares a los que no quieres ir. Las fuerzas de la oscuridad ya se están reuniendo contra nosotros.

Isolder estudió en silencio al Jedi. El corazón le latía muy deprisa. No estaba acostumbrado a pensar en el mundo empleando términos como fuerzas de la oscuridad y fuerzas de la luz, y ni siquiera estaba muy seguro de si creía en la existencia de tales fuerzas. Pero tenía delante de sus ojos a un Jedi no mayor que él que había bajado flotando del cielo como un vilano, que parecía leer sus pensamientos y que afirmaba conocer a Isolder mejor de lo que éste se conocía a sí mismo.

Luke volvió la mirada hacia el horizonte. Su androide descendía lentamente colgado de un paracaídas a un par de kilómetros de donde se encontraban.

—¿Vienes?

Hasta aquel momento Isolder había actuado casi sin pensar en lo que hacía, pero de repente se sintió más asustado de lo que nunca hubiese creído posible. Sus rodillas amenazaban con doblarse de un momento a otro, y descubrió que le ardía el rostro de pura vergüenza. Algo le asustaba, y sabía qué era. Luke estaba pidiéndole algo más que el que le siguiera a las montañas. Luke le estaba pidiendo que siguiera sus enseñanzas y su ejemplo, y le prometía que Isolder iría adquiriendo detractores y enemigos a lo largo de ese proceso de la misma manera en que lo hacían todos los Jedi. Isolder se lo pensó, pero sólo durante un momento.

—Deja que saque unas cuantas cosas de mi nave —dijo—. Vuelvo enseguida, y nos iremos juntos.

Mientras buscaba otro desintegrador en los compartimentos delTormenta,Isolder descubrió que se iba calmando poco a poco, y comprendió que en realidad todo lo que le había dicho el Jedi y que tanto le había asustado no significaba nada. Quizá no había fuerzas de la oscuridad acechando a su alrededor, y en realidad seguir a Luke por las montañas tampoco significaba nada. Eso no quería decir que Isolder tuviera que comprender los misterios de la Fuerza. De hecho, Luke podía estar engañándose a sí mismo y no ser más que un chiflado inofensivo. «Pero bajó flotando del cielo...»

—Estoy listo —dijo Isolder.

El terreno que recorrieron durante la primera parte de su viaje era increíblemente abrupto, y consistía básicamente en cañadas creadas por las riadas que serpenteaban por entre un sinfín de riscos y hondonadas. Las hondonadas solían contener los huesos de herbívoros enormes, criaturas con las patas traseras muy largas, colas cortas y gruesas, cabezas triangulares y achatadas y unas patas delanteras minúsculas. Los esqueletos demostraban que habían sido bestias muy grandes, quizá de cuatro metros de longitud desde el hocico hasta la cola. Muchos huesos estaban rodeados por montones de resecas escamas grises, pero no encontraron ningún animal vivo. De hecho, casi parecía como si todas aquellas criaturas hubiesen muerto en un pasado reciente, probablemente dentro de los últimos cien años.

Había muy poca vida vegetal capaz de crecer en aquel desierto calcinado, y sólo se veían árboles achaparrados de troncos retorcidos y corteza parecida al cuero alzándose entre retazos de una hierba purpúrea tan flexible como el cabello.

El viaje apenas presentó dificultades para Luke, pues a veces bajaba de un salto diez metros para llegar hasta el fondo de una cañada que obligaba a Isolder a un agotador descenso. Isolder no tardó en quedar empapado de sudor, pero el Jedi no sudaba mucho, no jadeaba y no daba ninguna señal de ser ni remotamente humano. Sus rasgos estaban inmóviles en una expresión pensativa. Necesitaron casi toda la noche para llegar hasta el androide, y Luke no quiso marcharse sin él y mostró una devoción nada común hacia la pequeña masa de circuitos y engranajes.

Como consecuencia tuvieron que ir hacia las montañas siguiendo una ruta larga y agotadora lo bastante llana como para que pudiera ser recorrida por el androide, hasta que acabaron llegando a una parte del desierto menos abrupta que fluía por entre pequeñas colinas.

No había ni rastro de agua, y el sol empezó a alzarse sobre el desierto proyectando una etérea claridad azulada.

—Será mejor que encontremos algún cobijo para pasar el día —dijo Luke—. Vayamos por allí.

Señaló una de las últimas grandes grietas del suelo, bajó a Erredós hasta el fondo y después saltó.

Isolder les siguió al fondo de la grieta. Se puso en cuclillas sobre el suelo arenoso y bebió la mitad de su agua. Luke tomó un sorbito, se sentó y cerró los ojos.

—Deberías dormir un rato —le dijo—. Va a ser un día muy largo, y esta noche tendremos que caminar mucho.

El Jedi pareció quedarse dormido después de haber pronunciado esas palabras, y su respiración se volvió profunda y regular.

Isolder le lanzó una mirada de irritación. Había sido despertado de su ciclo de sueño a primera hora de la mañana, y en lo que a él concernía sólo era mediodía. Siempre había tenido bastante dificultad para alterar sus períodos de sueño, por lo que se quedó inmóvil con los brazos cruzados intentando fingir el sueño o, por lo menos, demostrar que tenía un cierto control de sí mismo digno de un discípulo Jedi.

Isolder oyó el terremoto casi media hora después, justo cuando el sol estaba empezando a iluminar todo el desierto. Empezó como un retumbar ahogado que bajaba de las montañas y que se fue haciendo más y más potente a cada momento que pasaba. La tierra empezó a temblar, y pellas de tierra se desprendieron de los lados de la grieta. El androide Erredós lanzó un silbido y un pitido de alarma, y Luke se levantó de un salto.

—¿Qué ocurre, Erredós? —preguntó.

—¡Un terremoto! —gritó Isolder.

Luke escuchó los sonidos durante un momento.

—¡No es un terremoto! —gritó después.

Y de repente una sombra enorme pasó a toda velocidad por encima de sus cabeza, y después surgió otra y otra más. Grandes reptiles de escamas azul claro estaban saltando sobre la grieta. Uno de ellos tropezó y faltó muy poco para que cayera sobre ellos, pero consiguió utilizar sus diminutas patas delanteras para recobrar el equilibrio y se alejó al galope.

—¡Es una estampida! —gritó Isolder, y se protegió la cabeza con las manos.

Erredós silbó y sus ruedas le impulsaron en un rápido círculo buscando algún refugio. Centenares de reptiles pasaron saltando sobre la cañada.

El rugir atronador de la manada se fue desvaneciendo pasados unos momentos, y de repente un enorme reptil saltó al fondo de la grieta cayendo a unos cinco metros de ellos. La criatura les observó sin moverse. Estaba jadeando, y su respiración entrecortada hacía oscilar los grandes pliegues de carne azul claro de su garganta. El último de sus congéneres se alejó de un salto.

La bestia tenía los ojos rojos como la sangre y dientes negros en forma de hoja de pala. Las escamas de la parte superior de su cabeza brillaban con un débil resplandor iridiscente. Su aliento olía a rancio y vegetación putrefacta, y el herbívoro permaneció muy quieto observándoles con curiosidad desde arriba.

—No te preocupes, no te haremos daño —le dijo Luke mirándole a los ojos. La criatura fue hacia él, pegó las fosas nasales a su mano extendida y la olisqueó—. Eso es, chica... Somos tus amigos.

Luke echó un poco de agua de su cantimplora en la palma de su mano y dejó que la lamiese con su larga lengua negra. La criatura emitió una especie de eructos a los que siguieron unos gimoteos quejumbrosos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Isolder—. Esa cosa se está bebiendo toda nuestra agua...

—Hay ochenta kilómetros de desierto hasta llegar a las montañas —replicó Luke—. Es un viaje duro y difícil incluso para un Jedi, y entre el sitio en el que estamos y nuestra meta no hay agua, sólo arena. Pero estas criaturas corren hacia las colinas cada anochecer para alimentarse, y vuelven corriendo aquí cada mañana para esconderse de los depredadores y del sol del día. Por eso vimos tantos esqueletos en las hondonadas y las cañadas... Son el sitio donde han muerto sus antepasados. Se llaman a sí mismos el Pueblo Azul del Desierto, y esta noche nos llevarán a las montañas. No necesitaremos tanta agua.

—¿Quieres decir que son inteligentes? —preguntó Isolder, no muy convencido.

—No mucho más que la gran mayoría de los animales —dijo Luke mirando a Isolder—, pero sí lo suficiente. Cuidan los unos de los otros y poseen su propia clase de sabiduría.

—¿Y puedes hablar con ellos?

Luke asintió y acarició el hocico del reptil.

—La Fuerza está dentro de todos nosotros. Tú, yo, ella... Todos la llevamos dentro. Es lo que nos une a todos, y a través de la Fuerza puedo captar sus deseos e intenciones y hacerle conocer las mías.

Isolder les observó durante un momento y después volvió a sentarse, inquieto por alguna razón que no era capaz de expresar y que no lograba definir del todo. Durmió parte del día, comió de las raciones de su mochila y bebió su agua. La criatura pasó todo el día durmiendo al lado de ellos, con la cabeza apoyada en el suelo para poder olisquear los pies de Luke.

La criatura alzó la cabeza por la tarde justo cuando el sol estaba a punto de iniciar su declive, y emitió una especie de graznido ahogado. Unas cuantas bestias respondieron a él y acudieron a su llamada.

—Es hora de irse —dijo Luke.

Isolder salió de la cañada mientras Luke cerraba los ojos y hacía levitar a Erredós hasta dejarle en el suelo del desierto, después de lo cual le siguió.

El Pueblo Azul del Desierto estaba por todas partes. Las criaturas salían de sus agujeros, lanzando ruidosos resoplidos y contemplando la puesta de sol. No parecían estar dispuestas a iniciar el viaje hasta que el sol se hubiera ocultado detrás de las montañas, o quizá algún recuerdo genético hacía que fueran realmente incapaces de ponerse en marcha hasta ese momento.

Luke ayudó a Isolder a instalarse sobre la grupa de un macho de gran tamaño, y después se colocó justo debajo de sus brazos. Cuando la criatura se hubo incorporado la posición se volvió bastante precaria, pero Luke llevó a Erredós hasta el mismo sitio en un macho aún más grande y el androide pareció quedar perfectamente equilibrado. El borde inferior del disco solar rozó la cima de las montañas y el Pueblo Azul del Desierto gritó al unísono, y todos los animales alzaron la cabeza, extendieron su cola detrás de ellos dejándola totalmente recta para que sirviera como contrapeso equilibrándoles, y echaron a correr sobre la arena impulsados por sus potentes patas traseras.


Page 24

En cuanto su bestia hubo bajado la cabeza, Isolder descubrió que su posición era muy estable y que incluso resultaba cómoda, aunque al principio Erredós no paró de quejarse mediante gemidos y silbidos. El Pueblo Azul del Desierto recorrió en un galope atronador ochenta kilómetros de planicie desértica y grandes dunas. Sus ojos rojizos parecían brillar con centelleos negros en la oscuridad, y sus bocas gruñían y bufaban continuamente. Isolder les escuchó hablar y comprendió que los gruñidos y bufidos procedían de animales que se encontraban en el perímetro externo de la manada, y que estaban dando instrucciones. Si los reptiles bufaban dos o tres veces en un lado de la manada, todas las criaturas se desviaban; pero si emitían gruñidos de conformidad, entonces la manada seguía avanzando en la misma dirección.

A primera hora de la noche llegaron a un ancho río de aguas fangosas en cuyos bajíos crecían matorrales y juncos. Pájaros de largo cuello y alas de apariencia correosa se lanzaban sobre el río planeando bajo la luz de la luna para beber de sus aguas. El Pueblo Azul del Desierto se detuvo allí para abrevar y alimentarse entre los cañaverales.

—Aquí es donde nos bajamos —dijo Luke.

Desmontaron, y Luke acarició el hocico de cada una de sus monturas y les agradeció lo que habían hecho por ellos hablándoles en voz baja y suave.

—¿No puedes hacer que nos lleven más lejos? —preguntó Isolder—. Aún nos queda mucha distancia por recorrer.

Luke le lanzó una mirada de irritación.

—Yo no obligo a hacer nada a nadie —dijo—. No he hecho que Erredós me siguiera, de la misma manera que tampoco he hecho que me siguieras. El Pueblo Azul del Desierto accedió a traernos hasta aquí, y ahora que tenemos agua nuestras piernas bastarán para recorrer el resto del trayecto.

Isolder comprendió de repente por qué la conducta de Luke hacia el Pueblo Azul del Desierto le resultaba tan incómoda y extraña, y la razón era que la familia real de Hapes no trataba tan bien a sus sirvientes. Las mujeres eran más respetadas que los hombres, los industriales más que los granjeros y la realeza más que todos ellos. Pero Luke estaba tratando a su androide y a aquellos animales estúpidos como si fueran los iguales de Isolder, o como si fueran hermanos de Luke y eso alarmaba a Isolder. Pensar que el Jedi le veía como no más importante que un androide o un animal le alarmaba y le preocupaba, y sin embargo Luke trataba con tal ternura al Pueblo Azul del Desierto que de repente Isolder se encontró sintiendo celos de ellos.

—¡No deberías comportarte así! —se encontró diciendo de repente—. ¡El universo no funciona de esta manera!

—¿Qué quieres decir? —preguntó Luke.

—Tú estás... ¡Estás tratando a esas bestias como si fueran tus iguales! ¡Muestras el mismo grado de cordialidad ante mi madre, la Ta'a Chume del Imperio de Hapes, que cuando estás tratando a un androide!

—Este androide y estas bestias contienen una porción similar de la Fuerza en su interior —dijo Luke—. Si sirvo a la Fuerza, ¿cómo puedo no respetarlas, igual que respeto a la Ta'a Chume?

Isolder meneó la cabeza.

—Ahora comprendo por qué mi madre quería matarte, Jedi. Tienes ideas muy peligrosas.

—Quizá son peligrosas para los déspotas —replicó Luke, y sonrió—. Dime, Isolder, ¿tú sirves a tu madre y a su imperio por encima de todo lo demás?

—Por supuesto —dijo Isolder.

—Bueno, pues si la sirvieses no estarías aquí —afirmó Luke—. Te habrías conformado con casarte con alguna déspota local y engendrar sus herederos, pero tu corazón se encuentra dividido. Te dices a ti mismo que has venido a rescatar a Leia, pero crees que en realidad has venido a Dathomir para aprender los caminos de la Fuerza.

Un escalofrío de emoción recorrió a Isolder al comprender que aquello podía ser verdad, y sin embargo la mera idea sonaba absurda. Luke estaba diciendo que hasta el más pequeño impulso de Isolder y cada una de sus locas decisiones podían ser tomadas como evidencia de que Isolder era su discípulo, un servidor de algún poder más alto de cuya existencia ni siquiera estaba convencido.

Cierto, Luke había flotado por los aires y había llevado la nave de Isolder hasta el suelo sin que sufriera ningún daño, pero ¿acaso no era posible que ese poder hubiera surgido de la misma mente alterada de Luke, en vez de proceder de una Fuerza mística? En Thrakia había una raza de insectos con recuerdos transmitidos genéticamente que adoraban su propia capacidad de hablar. Al parecer, todos los insectos se acordaban de que en un pasado relativamente reciente se habían comunicado únicamente a través de los olores, y de repente un día descubrieron que poseían la capacidad de comunicarse entre sí haciendo chasquear sus mandíbulas. Ya habían transcurrido trescientos años desde entonces, pero aún seguían estando impresionados por el hecho de que pudieran comunicarse de aquella forma, y todos ellos lo tomaban como una señal de que habían recibido un don procedente de un ser superior a ellos. ¡Pero en realidad todo se reducía a los chasquidos que hacían con sus estúpidas mandíbulas!

Mientras se alejaban por las colinas siguiendo el curso del río, Isolder contempló al Jedi y empezó a hacerse preguntas. ¿Sería verdad que Luke estaba guiado por alguna Fuerza mística, o se limitaba a seguir los dictados de su propia conciencia y se había engañado a sí mismo hasta creer que sus extraños poderes y sus locas ideas procedían de alguna influencia exterior?

Con cada metro que avanzaban hacia las montañas Isolder tenía que preguntarse si sus pasos eran guiados por el lado luminoso de la Fuerza y, en el caso de que fuera así, dónde acabaría llevándole aquella Fuerza.

Fuera cual fuese la respuesta que encontrara a esa pregunta, Isolder sabía que cambiaría todos los momentos del futuro de su existencia.

Capítulo 14

Al amanecer, la neblina matinal que brotaba de las fangosas aguas del río oscureció la visión de Luke impidiéndole ver a más de pocos metros de distancia. Habían estado siguiendo la orilla y el suelo se había vuelto pantanoso, lo que obstaculizaba considerablemente el avance de Erredós. Todos los árboles que se alzaban a lo largo del río estaban quemados y podridos, y las ramas asomaban de entre la neblina como dedos retorcidos trazados en una amplia gama de ébano y hielo. Grandes lagartos que tenían el cuerpo lleno de motas se aferraban a los árboles, y a veces había hasta una docena en una misma rama que observaban los cañaverales envueltos en el sudario de la neblina buscando presas o depredadores.

Isolder avanzaba en silencio detrás de Luke, quien se volvía de vez en cuando para verle sumido en sus pensamientos y con el ceño fruncido. Luke sabía muy bien qué debía estar pensando el joven príncipe. No hacía muchos años, Luke había seguido a Obi-Wan Kenobi en una loca empresa similar para llevar unos planos robados hasta Alderaan.

Luke estaba pensando que durante los últimos meses había deseado desesperadamente dar con los archivos de los antiguos Jedi, y encontrar algunos estudiantes dotados de talento y enseñarles la Fuerza; pero también era consciente de la verdad y la verdad era que Isolder le había buscado, a pesar de que hasta el momento el príncipe no había dado muestras de tener mucho talento.

Eso ofrecía a Luke una ocasión de practicar y de enseñar a alguien a seguir el lado luminoso de la Fuerza, y de hacerlo sin la presión que supondría el tener que preocuparse pensando en la posibilidad de que el estudiante acabara convirtiéndose en otro Vader.

Avanzó cautelosamente a través del barrizal manteniéndose alerta para detectar posibles zonas de arenas movedizas, y se preguntó si era así como había ocurrido todo con Obi-Wan Kenobi. Luke siempre había imaginado que el anciano había estado esperando a que Luke madurase, igual que un granjero que cuida su campo de grano; pero en aquel momento se preguntó si su repentina intrusión en los asuntos de Obi-Wan no habría sido una sorpresa tan grande para Obi-Wan como la intrusión de Isolder acababa de serlo para Luke.

Estaba claro que Isolder se sentía muy impresionado por la Fuerza. Luke podía darse cuenta de ello, pero no podía captar ningún poder en el príncipe. Quizá el poder fuese tan nuevo y tan pequeño que ni el mismo Isolder era capaz de notar su existencia.

Luke llegó a una bifurcación en el camino que habían estado siguiendo. De los dos senderos uno sobresalía de las ciénagas y daba la impresión de resultar más seguro, pero el sendero embarrado parecía atraerle. Luke siguió sus instintos y avanzó por él.

Mientras caminaba pensó que quizá nunca había existido una academia Jedi. No cabía duda de que la Ta'a Chume le había mentido respecto a la existencia de una academia en uno de sus planetas, y Luke había captado la mentira en cuanto la oyó.

Quizá la Fuerza dirigía a los acólitos hacia sus Maestros cuando eran necesitados. Quizá el único adiestramiento dotado de algún valor que un Jedi podía llegar a recibir se obtenía únicamente cuando se enfrentaba a la oscuridad.

Si eso era cierto, no cabía duda de que Dathomir sería la academia perfecta. Luke podía sentir tremendas perturbaciones en la Fuerza, inmensos pozos de oscuridad que abrían sus fauces para tragárselo todo. Nunca se había tropezado con nada que fuese ni remotamente parecido a aquello. La caverna de Yoda había contenido una oscuridad semejante, pero aquí Luke la sentía rodeándole por todas partes.

Unas aves reptilianas graznaron por delante de ellos y se remontaron hacia el cielo impulsadas por sus alas correosas. Luke se detuvo, y se dio cuenta de que acababa de llegar al extremo de una península que se adentraba en el río. No podía seguir avanzando, y el agua fangosa y negruzca burbujeaba por toda aquella zona. Se encontraba ante un pozo de brea, y Luke miró a su alrededor buscando un sitio en el que poner los pies.

—¿Qué es eso? —preguntó Isolder de repente.

Luke alzó la mirada. Sobresaliendo de la neblina que flotaba sobre el río había una enorme plataforma de metal que se inclinaba en un ángulo muy pronunciado. Las bandadas de aves reptilianas revoloteaban nerviosamente alrededor de la plataforma. El sol naciente proyectó sus rayos dorados sobre el metal oxidado volviéndolo de color bronce, y más allá de la plataforma había un gigantesco conjunto de toberas medio consumida por la intemperie, de tal manera que Luke podía ver partes de los enormes turbogeneradores que aún seguían estando intactos.

—Parece como si una vieja nave espacial se hubiera estrellado aquí —dijo Luke.

Apenas hubo hablado se dio cuenta de que los restos eran muy grandes, más incluso que los de uno de los antiguos destructores de la clase Victoria; pero debían llevar miles de años allí.

Una leve brisa sopló sobre el río agitando la neblina, y Luke tuvo un fugaz atisbo de una cúpula que se alzaba al otro lado del conjunto de toberas. El transpariacero seguía intacto.

Había empezado a darse la vuelta para irse cuando el nombre escrito sobre el metal oxidado de las toberas atrajo su atención:Chu'unthor.

Fue como si la mente le diera un vuelco. Lo que había llevado a Yoda hasta aquel planeta hacía centenares de años no era una raza, sino la nave espacial que Luke tenía delante de los ojos; y en todo ese tiempo, nadie había logrado sacarla del planeta.

—Tenemos que sacarla de aquí —dijo Luke con la voz enronquecida por la excitación.

—¿Para qué? —preguntó Isolder—. No es más que un montón de viejos restos.

Luke miró a su alrededor intentando encontrar un camino que llevara a la nave por entre la neblina. Volvieron por la península y avanzaron trazando un círculo por las ciénagas durante casi un kilómetro hasta que encontraron dos viejas balsas de madera hechas con troncos unidos mediante tiras de cuero ya medio podrido. Parecían dos juguetes para entretener a los niños. Había señales recientes en la orilla allí donde habían atado las balsas.

—Alguien ha estado aquí recientemente —observó Isolder.

—Sí —dijo Luke—. Bueno, ¿quién podría pasar por alto la oportunidad de echar un vistazo a un naufragio tan magnífico?

—Yo podría hacerlo —replicó Isolder—. En realidad no necesitamos ir hasta allí, ¿verdad? Quiero decir que,.. Bueno, hemos venido a rescatar a Leia.

Erredós indicó que estaba de acuerdo con un silbido, y después emitió un torrente de chasquidos y pitidos para recordar a Luke que cada vez que un androide se metía en el agua había un monstruo en ella.

Isolder volvió la mirada hacia las montañas, y Luke se dio cuenta de que el príncipe no quería más retrasos en su viaje. Pero Luke había sido llevado hasta allí por el impulso de la Fuerza, y se había dejado guiar por ella igual que permitía que le guiara durante la batalla. Sabía que debía confiar en sus presentimientos y emociones, y en aquel momento le estaban diciendo que fuera a aquellos restos.

—Sólo serán unos minutos —dijo Luke, y saltó a una balsa—. ¿Quién viene conmigo?

—Yo esperaré aquí —dijo Isolder.

El ojo de Erredós giró para observar al príncipe. El androide estaba temblando de miedo, pero emitió un ruido rechinante dirigido a Isolder y rodó hasta la balsa.

Luke llevó la balsa hacia los restos de la nave impulsándola con la pértiga. Enormes peces marrones flotaban perezosamente en las tranquilas aguas tomando el sol. Los rayos matinales ya habían empezado a disipar la neblina, y en cuanto estuvo un poco más cerca Luke pudo distinguir casi toda la nave: colonias de cúpulas para habitáculos, la sección de ingeniería... El casco de la zona de los motores de hiperimpulso se había oxidado hasta tal extremo que estaba lleno de agujeros. La nave parecía tener dos kilómetros de longitud, uno de anchura y ocho niveles de altura. El espacio que había entre las ventanillas de la sección habitable indicaba que elChu'unthorhabía transportado a muchos pasajeros y que casi había sido una ciudad flotante, quizá alguna clase de embarcación de recreo. No cabía duda de que la nave había sido fabricada para alojar personas. La inclinación de la nave parecía indicar que la mayor parte de ella estaba hundida a bastante profundidad por debajo de los pozos de brea, con sólo las cubiertas superiores visibles, y éstas se hallaban bastante oxidadas.

Pero no se trataba de unos restos corrientes. No había señales de detonaciones que mostraran signos de una batalla, agujeros abiertos que indicaran una explosión o estructuras retorcidas que hablaran de un descenso violento. Más bien parecía como si la nave hubiera sufrido un problema técnico, hubiera descendido hasta la superficie de Dathomir flotando apaciblemente y luego hubiera intentado posarse en los pozos de brea.

Advertising Download Read Online
Other books
scarred by amber lynn natusch
inside girl by j. minter
blindside by gj moffat
full circle by avery beck
a winter affair by minna howard
my wishful thinking by shel delisle
the gunsmith 387 by j. r. roberts
safe by brandon, b j