El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

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Dos historias paralelas se desarrollan en escenarios de nombre evocador: una transcurre en el llamado «fin del mundo», una misteriosa ciudad amurallada; la otra, en un Tokio de un futuro quizá no muy lejano, un frío y despiadado país de las maravillas.

En la primera, el narrador y protagonista, anónimo, se ve privado de su sombra, poco a poco también de sus recuerdos, e impelido a leer sueños entre unos habitantes de extrañas carencias anímicas y unicornios cuyo pelaje se torna dorado en invierno.

En la segunda historia, el protagonista es un informático de gustos refinados que trabaja en una turbia institución gubernamental, enfrentada a otra organización no menos siniestra en una guerra por el control de la información; sus servicios son requeridos por un inquietante científico que juguetea con la manipulación de la conciencia y de la mente y vive aislado en la red de alcantarillado, una red poblada por los tinieblos, tenebrosas criaturas carnívoras.

Haruki Murakami

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

世界の終りとハードボイルド・ワンダーランド

ePUB v1.2

Mística08.10.11

T. Original:世界の終りとハードボイルド・ワンダーランド

Traducción:Lourdes Porta Fuentes

¿Cómo es que el sol continúa brillando?

¿Cómo es que los pájaros todavía cantan?

¿Acaso no lo saben?

¿No saben que ha llegado el fin del mundo?

1EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASAscensor. Silencio. Obesidad

El ascensor se elevaba con extrema lentitud. Vaya, debía de estar subiendo, imaginé. No lo sabía a ciencia cierta. Porque ascendía tan despacio que yo había perdido el sentido de la dirección. Es posible que bajara y es posible, asimismo, que no se moviera en absoluto. Yo me había limitado a decidir arbitrariamente, haciéndome una composición de lugar, que el ascensor subía. Pero era una simple hipótesis. Sin fundamento. Tal vez hubiese ascendido hasta el duodécimo piso y bajado hasta el tercero, o quizá estuviera de regreso tras dar una vuelta alrededor de la Tierra. No lo sabía.

Aquel ascensor nada tenía que ver con la máquina barata y funcional, similar a un cubo de pozo evolucionado, que había en mi apartamento. Ambos aparatos eran tan distintos que costaba imaginar que se denominaran de igual modo y que tuvieran idéntica estructura y función. Porque los separaba una distancia tan grande que excedía mi comprensión.

En primer lugar, estaba su tamaño. El ascensor donde me hallaba era tan amplio que habría podido utilizarse como una oficina pequeña. Lo suficiente como para que sobrara espacio tras poner una mesa, una taquilla y un armario, e instalar, además, una pequeña cocina en su interior. Quizá incluso hubieran cabido tres camellos y una palmera de tamaño mediano. En segundo lugar, estaba la pulcritud. Se veía tan limpio como un ataúd nuevo. Tanto las paredes como el techo eran de un reluciente acero inoxidable, sin mácula, sin un resto de vaho que los empañara, y una tupida alfombra de color verde musgo cubría el suelo. En tercer lugar, era terriblemente silencioso. Cuando entré, las puertas se cerraron deslizándose sin hacer el menor ruido —literalmente, el menor ruido— y reinó un silencio absoluto. Tan denso que ni siquiera podía discernir si el ascensor estaba detenido o en marcha. Un río profundo que fluía en silencio.

Todavía más: estaba desprovisto de la mayoría de accesorios con los que suele contar un ascensor. Para empezar, faltaba el panel con botones e interruptores de diversa índole. No había ningún botón que indicara el número de la planta, ni el de abrir y cerrar las puertas, ni el dispositivo de parada de emergencia. Vamos, que no había nada de nada. Eso me hacía sentir tremendamente inseguro. Y no sólo se trataba de los botones. Tampoco estaban los paneles luminosos que indican la planta, ni había información alguna sobre la capacidad del ascensor, ni las consabidas advertencias. Tampoco aparecía por ninguna parte la placa con el nombre del fabricante. Y a saber dónde se hallaba la salida de emergencia. Aquello era un verdadero ataúd. Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había conseguido el permiso del Cuerpo de Bomberos. Porque también habrá algún reglamento para los ascensores, supongo.

Mientras mantenía la mirada clavada en aquellas cuatro insondables paredes de acero inoxidable, me acordé del gran mago Houdini, del que, de niño, había visto una película. Inmovilizado por vueltas y vueltas de cuerdas y cadenas, embutido en un enorme baúl rodeado, a su vez, de pesadas cadenas y cerrojos, Houdini era arrojado desde lo alto de las cataratas del Niágara o enterrado en los hielos del Mar del Norte. Tras aspirar una profunda bocanada de aire, intenté comparar con calma mi situación con la de Houdini. El hecho de que mi cuerpo estuviera libre de ataduras era una ventaja, pero mi desconocimiento de los trucos de magia no dejaba de jugar en mi contra.

Pensándolo bien, no sólo ignoraba los trucos, sino que ni siquiera sabía si el ascensor estaba en marcha o detenido. Me aventuré a carraspear. Pero el resultado fue algo peculiar. Mi carraspeo no sonó a carraspeo. Únicamente se oyó un sonido sordo, extraño, como si hubiera lanzado un puñado de blanda arcilla contra una lisa pared de cemento. No podía creer, bajo ningún concepto, que ese sonido lo hubiera emitido yo. Por si acaso, carraspeé de nuevo, pero el resultado fue el mismo. Descorazonado, decidí dejar de carraspear.

Permanecí largo tiempo de pie, inmóvil, en la misma posición. Aguardé y aguardé, pero las puertas continuaron cerradas. El ascensor y yo permanecimos mudos, como si fuésemos una naturaleza muerta tituladaEl hombre y el ascensor.La inquietud fue apoderándose de mí.

Tal vez la máquina estuviese averiada o quizá el operario que la manejaba —en caso de que alguien desempeñara tal función— hubiese olvidado que yo estaba dentro de aquella caja. Me sucede a veces, que la gente se olvide de que existo. Pero, en ambos casos, el resultado no variaba: yo estaba encerrado en aquella caja hermética de acero inoxidable. Agucé el oído, pero no me llegó ningún ruido. Probé a pegar la oreja a las paredes de acero inoxidable, pero seguí sin oír nada, como era previsible. Únicamente dejé la impronta blanca de mi oreja sobre la superficie. Por lo visto, aquel ascensor era una caja metálica de un modelo especial fabricado para absorber todos los sonidos. Probé a silbar la melodía deDanny Boy,pero sólo salió de mis labios una especie de suspiro de perro aquejado de pulmonía.

Descorazonado, me recosté en la pared del ascensor y decidí matar el tiempo contando la calderilla que llevaba en los bolsillos. Claro que, por más que hable de matar el tiempo, para un hombre de mi profesión contar calderilla es un entrenamiento tan valioso como puede serlo para un boxeador profesional tener siempre una pelota de goma entre las manos. En sentido estricto, no se trata de matar el tiempo. Porque sólo mediante la reiteración de un acto es posible corregir la tendencia a la distribución desigual.

En todo caso, procuro llevar siempre mucha calderilla en los bolsillos del pantalón. En el de la derecha meto las monedas de cien y de quinientos yenes; en el de la izquierda, las de cincuenta y las de diez. Las de uno y cinco yenes las llevo en el bolsillo de la cintura, aunque tengo como norma no usarlas jamás en mis cálculos. Introduzco ambas manos en los bolsillos y, con la derecha, calculo la suma total de las monedas de cien y de quinientos yenes mientras, con la izquierda, cuento las de cincuenta y las de diez.

Tal vez sea difícil de imaginar para quien nunca la haya realizado, pero esta operación aritmética, al principio, es harto complicada. Los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro efectúan un cálculo completamente distinto y, al final, las dos partes deben unirse como si fuera una sandía partida por la mitad. Si no estás acostumbrado, cuesta.

No sé con certeza si realmente utilizo los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro por separado o no. Un especialista en fisiología cerebral tal vez emplee otra terminología. Pero no soy experto en fisiología cerebral y lo cierto es que, mientras cuento, tengo la impresión de que estoy utilizando las dos partes por separado. También la fatiga que experimento al finalizar mis cálculos es intrínsecamente distinta al cansancio que siento al concluir un cálculo normal. Así que, de modo arbitrario, he decidido que me valgo del hemisferio derecho para calcular la suma del bolsillo derecho y del hemisferio izquierdo para la suma del bolsillo izquierdo.

Me pregunto si no seré una de esas personas que conciben a su conveniencia los diversos fenómenos del mundo, las cosas y la existencia. No es porque posea un carácter acomodaticio —aunque reconozco que cierta tendencia al respecto sí la tengo, claro está—, sino porque múltiples ejemplos en este mundo me han demostrado que una aproximación ecléctica a las cosas nos acerca más a la comprensión de su esencia que una interpretación ortodoxa de las mismas.

Decidamos, por ejemplo, que la Tierra no es un cuerpo esférico sino una enorme mesa de café. ¿Nos causa eso algún inconveniente en el plano de la vida cotidiana? Evidentemente, éste es un caso extremo y no se trata de ir cambiándolo todo a nuestro capricho. Sin embargo, la concepción arbitraria según la cual la Tierra es una enorme mesa de café eliminaría de un plumazo la infinidad de pequeños problemas —sin ir más lejos, la fuerza de gravedad, las líneas de demarcación horaria o el ecuador, entre otras futilidades— derivados de la condición esférica del globo terráqueo. Porque, a una persona normal y corriente, ¿cuántas veces va a preocuparle a lo largo de su vida la línea del ecuador?


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Por ese motivo intento, en lo posible, tomarme las cosas como me convienen. Lo que yo pienso es que el mundo está constituido de forma que contiene varias —o, para decirlo sin ambages, infinitas— posibilidades. Y la elección entre éstas reside, hasta cierto punto, en cada uno de los individuos que lo componen. Lo que llamamos «mundo» es una enorme mesa de café producto de un compendio de posibilidades.

Volviendo al tema que nos ocupa, no es fácil efectuar de manera paralela un cálculo diferenciado entre la mano derecha y la mano izquierda. A mí, sin ir más lejos, me llevó mucho tiempo aprender. Sin embargo, una vez dominas la técnica o, dicho de otro modo, en cuanto coges el tranquillo, no pierdes la habilidad de la noche a la mañana. Es como nadar o ir en bicicleta. Eso no significa que no sea necesario practicar, por supuesto. Sólo mediante un entrenamiento regular logras aumentar la capacidad y refinar la técnica. Precisamente por eso llevo siempre mucho dinero suelto en los bolsillos y, en cuanto tengo un momento libre, efectúo el cálculo.

En aquel instante llevaba en los bolsillos tres monedas de quinientos yenes, dieciocho de cien, siete de cincuenta y dieciséis de diez. Lo cual ascendía a un total de 3.810 yenes. Ese cálculo no requería esfuerzo alguno. Una operación aritmética de ese nivel es más sencilla que contar los dedos de la mano. Satisfecho, me recosté en la pared de acero y contemplé la puerta que tenía ante mis ojos. Seguía cerrada.

¿Por qué tardaba tanto en abrirse? No lograba entenderlo. Pensándolo con detenimiento, concluí que podía descartar la posibilidad de que estuviese averiado o de que el operario se hubiese distraído y olvidado de mí. Porque ambas carecían de verosimilitud. No es que no puedan producirse averías o distracciones, claro está. Muy al contrario, esos percances ocurren con frecuencia, estoy convencido. Lo que quiero decir es que, en esa realidad singular —me refiero, por supuesto, a ese estúpido y liso ascensor—, la falta de toda singularidad posiblemente deba ser eliminada de modo arbitrario como una paradójica singularidad. Alguien tan negligente como para descuidar el mantenimiento del ascensor, u olvidarse de efectuar las maniobras pertinentes una vez que un visitante montara en el mismo, ¿podría construir una máquina tan sofisticada y excéntrica como aquélla?

La respuesta, evidentemente, era «no».

Eso era imposible.

Por lo que había podido constatar,elloseran sumamente neuróticos, precavidos, meticulosos. Prestaban gran atención al menor de los detalles, como si midieran cada paso con una regla. No bien había penetrado en el vestíbulo, me habían detenido dos guardias de seguridad, me habían preguntado a quién iba a ver, habían buscado mi nombre en la lista de visitantes, habían examinado mi carné de conducir, habían verificado mi identidad en el ordenador central y, tras pasarme el detector de metales, me habían metido de un empujón en el ascensor. No me habían sometido a un control tan estricto ni siquiera cuando efectué una visita formativa a la Casa de la Moneda. Era impensable que hubiesen bajado, así de pronto, la guardia.

Así pues, la única posibilidad que quedaba era que me hubieran puesto adrede en aquella situación. Tal vez no quisieran que adivinara los movimientos del ascensor. Por eso hacían que se desplazara tan lentamente que era imposible saber si subía o bajaba. Quizá hubiera una cámara de televisión. En el cuarto de control de la entrada se alineaban, una tras otra, las pantallas de los monitores; no sería de extrañar que en una de ellas se viera el interior del ascensor.

Para pasar el rato, se me ocurrió localizar la cámara, pero después lo pensé mejor y me dije que nada ganaría si la encontraba. Sólo conseguiría ponerlos sobre aviso y, si eso sucedía, tal vez ralentizaran aún más la marcha del ascensor. Y entonces llegaría tarde a la cita.

Finalmente, opté por relajarme y no hacer nada en especial. De hecho, yo sólo había acudido allí para desempeñar un trabajo legal. No tenía nada que perder, ¿para qué ponerse nervioso?

Recostado en la pared, hundí las manos en los bolsillos y empecé a contar de nuevo la calderilla. Había 3.750 yenes.

¿3.750 yenes?

Algo no cuadraba.

Sin duda había cometido algún error.

Noté cómo las palmas de las manos se me humedecían de sudor. En los tres últimos años, nunca había fallado al contar la calderilla de los bolsillos. Jamás. Se viera como se viera, era una mala señal. Tenía que recuperar el terreno perdido antes de que el mal presagio se materializara en algún desastre.

Cerré los ojos y, como quien limpia los cristales de las gafas, dejé en blanco los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro. Después me saqué las manos de los bolsillos del pantalón, extendí las palmas, dejé que se secara el sudor. Llevé a cabo todos estos ritos preparatorios, similares a los de Henry Fonda antes de batirse en duelo en la películaEl hombre de las pistolas de oro.No es que tuvieran una gran importancia en sí mismos, pero es que a mí me gusta mucho esa película.

Tras comprobar que tenía las palmas de las manos completamente secas, volví a introducirlas en los bolsillos e inicié la operación por tercera vez. Sólo con que esta tercera suma coincidiera con una de las dos anteriores, el tema quedaría zanjado. Un error lo comete cualquiera. Me hallaba en una situación excepcional y estaba nervioso; también debía reconocer que había pecado de un exceso de confianza en mí mismo. Por eso había cometido un error de principiante. En todo caso —porque la salvación me llegaría por esa vía—, tenía que verificar la cifra correcta. Sin embargo, antes de que se me concediera la salvación, se abrieron las puertas del ascensor. Sin previo aviso y sin el menor ruido, ambas hojas se deslizaron suavemente hacia los lados.

Como la suma de la calderilla acaparaba toda mi atención, al principio no me di plena cuenta de que las puertas se abrían. O tal vez sería más exacto decir que, aunque vi que se abrían, de momento no alcancé a comprender su significado concreto. El hecho de que las puertas se hubieran abierto significaba que se habían acoplado de nuevo las dos porciones del tiempo a las que las puertas se habían sustraído, rompiendo la continuidad. Y, al mismo tiempo, quería decir que el ascensor había llegado a su destino.

Dejé de mover los dedos en los bolsillos para mirar al exterior. Más allá de la puerta había un pasillo y, en el pasillo, de pie, había una mujer. Una joven gorda con un traje chaqueta de color rosa y unos zapatos de tacón de color rosa. El traje era de buena hechura, de tela lisa y brillante. El rostro de la joven era tan liso como la tela. Tras lanzarme una mirada, supuestamente para verificar mi identidad, esbozó un gesto con la cabeza que parecía indicar: «Venga conmigo». Abandoné mis sumas, me saqué las manos de los bolsillos y salí del ascensor. En cuanto puse los pies fuera, las puertas, como si hubieran estado aguardando ese momento, se cerraron a mis espaldas.

En el pasillo, dirigí una mirada circular a mi alrededor, pero no hallé ni una sola pista que arrojara luz sobre la situación en la que me encontraba. Sólo saqué en claro que aquello era el pasillo del interior de un edificio, pero eso lo habría adivinado incluso un estudiante de primaria.

En todo caso, era el interior de un edificio con una falta de personalidad sorprendente. Los materiales empleados, al igual que sucedía con el ascensor, eran de alta calidad, pero sin peculiaridad alguna. El suelo era de un mármol reluciente, pulido con esmero; las paredes, de un color blanco amarillento parecido al de los bollos que tomaba todas las mañanas para desayunar. A ambos lados del corredor se sucedían recias y pesadas puertas de madera, cada una con un número en una placa de metal, pero la numeración no poseía ninguna lógica. Al lado del «936» estaba el «1213»; a éste lo sucedía el «26». Jamás había visto una alineación tan disparatada. Allí había algo que no iba bien.

La joven apenas abrió la boca. Se dirigió a mí y me indicó: «Por aquí, por favor», pero se limitó a mover los labios, sin emitir sonido alguno. Antes de dedicarme a ese trabajo, yo había asistido durante dos meses a un cursillo de lectura de labios, por eso entendí lo que me había dicho. Al principio creí que algo malo les ocurría a mis oídos. El ascensor no producía ruido, los carraspeos y silbidos no resonaban con normalidad: empezaba a dudar de mi capacidad auditiva.

Probé a carraspear. El sonido del carraspeo era aún un poco sordo, pero mucho más normal que cuando había carraspeado en el ascensor. Suspiré de alivio y recobré cierta confianza en mis oídos. «¡Uf! No es que oiga mal. Mis oídos están bien. El problema está en su boca.»

Caminé detrás de la joven. «¡Tac, tac, tac!» Los afilados tacones de sus zapatos resonaban por el pasillo desierto con un martilleo de cantera a primera hora de la tarde. Sus pantorrillas, enfundadas en medias, se reflejaban con nitidez en el mármol.

La muchacha estaba muy rolliza. Era joven y hermosa, pero estaba entrada en carnes. Era curioso que una muchacha guapa estuviera tan gorda. Mientras la seguía, no aparté los ojos de su cuello, de sus brazos, de sus piernas. Su cuerpo era tan rechoncho como un montón de silenciosa nieve caída a lo largo de la noche.

Siempre me siento algo turbado en presencia de una mujer joven, hermosa y gorda. Ni siquiera yo sé la razón. Tal vez sea porque aflora espontáneamente a mi mente la imagen de sus hábitos alimenticios. Al mirar a una mujer gorda, a mi cabeza acuden de manera automática escenas donde mordisquea los crujientes berros de guarnición que le quedan en el plato o rebaña con pan, con gesto glotón, hasta la última gota de crema de leche. No puedo evitarlo. Y cuando eso ocurre, la escena de la comida va ocupando toda mi mente, igual que un ácido corroe el metal, hasta impedirle efectuar cualquier otra función.

Si la mujer sólo está gorda, aún. Una mujer que sólo sea obesa es como una nube en el cielo. Se limita a permanecer allí, flotando, y me deja indiferente. Pero cuando la mujer es joven, hermosa y gorda, la cosa cambia. Me siento impelido a adoptar cierta actitud hacia ella. Vamos, que es posible que acabe acostándome con la chica. Y yo diría que ahí reside la causa de mi turbación. Porque no es fácil acostarse con una mujer cuando tu cabeza no funciona con normalidad. Eso no quiere decir que aborrezca a las gordas. Una cosa es turbarse y otra muy distinta aborrecer. Hasta el momento, me he acostado con algunas mujeres gordas, jóvenes y hermosas, y la experiencia, en términos generales, no ha sido mala. Bien conducida, la turbación puede dar unos hermosos frutos que de ordinario jamás se obtendrían. También puede salir mal, claro está. El acto sexual es algo muy delicado, una cosa muy distinta a acercarse un domingo a unos grandes almacenes a comprar un termo. Incluso entre mujeres jóvenes, hermosas y gordas por igual, existen diferencias en cuanto al tipo de obesidad, y a mí hay un tipo de grasas que me lleva por el buen camino y otro que me sume en una ligera confusión.

En este sentido, acostarme con una mujer obesa es, para mí, un desafío. Porque las maneras de engordar de las personas, al igual que las de morir, son innumerables.

Reflexioné sobre eso mientras recorría el pasillo detrás de aquella joven hermosa y gorda. Llevaba un pañuelo blanco alrededor del cuello de su elegante traje chaqueta de color rosa. En los lóbulos regordetes de las orejas lucía unos pendientes rectangulares de oro que despedían destellos, como señales luminosas, a cada paso que daba. En conjunto, para lo gorda que estaba, sus andares eran muy ágiles. Tal vez llevara una recia ropa interior que le marcara las líneas y la favoreciera, pero, aunque así fuera, el contoneo de sus caderas me atraía. Me gustó. Aquella gordura era de mi agrado.

No pretendo justificarme con ello, pero a mí no hay muchas mujeres que me atraigan. Más bien al contrario: pocas veces me siento atraído. Por eso, en las raras ocasiones en que me sucede, me entran ganas de poner a prueba esta atracción. Quiero comprobar a mi manera si se trata o no de verdadera atracción y, en caso de que lo sea, cómo funciona.

Así que me coloqué a su lado y me disculpé por haber llegado ocho o nueve minutos tarde a la cita.

—No sabía que me retendrían tanto rato en la entrada —dije—. Tampoco imaginaba que el ascensor fuese tan lento. Y eso que he llegado con los diez minutos de antelación obligados.

La joven hizo un conciso gesto de asentimiento, como diciendo: «Ya lo sé». Su nuca despedía fragancia a agua de colonia. Olía como si me encontrara en medio de un melonar una mañana de verano. Ese olor me produjo una curiosa sensación. Incoherente y nostálgica a la vez, como si dos recuerdos de naturaleza distinta se hubieran unido en algún lugar desconocido. A veces me embarga esa sensación. Y, en la mayoría de las ocasiones, es un olor el que desencadena ese proceso. Pero ni yo mismo puedo explicar por qué.

—Qué pasillo tan largo, ¿verdad? —le dije con el propósito de entablar conversación.

Ella me miró sin detenerse. Le eché unos veinte o veintiún años. Tenía las facciones bien dibujadas, la frente ancha y la piel bonita.

Mirándome de frente, dijo: «Proust».

De hecho, no había pronunciado exactamente la palabra «Proust», sólo me había dado la impresión de que la había dibujado con el movimiento de sus labios. Seguía sin oírse ningún sonido. Ni siquiera el silbido del aire al ser expulsado. Era como si me hablara desde el otro lado de un grueso cristal.

¿Proust?

—¿Marcel Proust? —le pregunté.

Ella me miró extrañada. Y repitió: «Proust». Desalentado, volví a situarme a sus espaldas y, mientras la seguía, me enfrasqué en la búsqueda de una palabra que coincidiera con el movimiento de sus labios. «Pus»... «bus»... Fui musitando palabras, sin sentido en ese contexto, pero ninguna se ajustaba por completo a la forma de sus labios. Habría jurado que había dicho «Proust». Sin embargo, no comprendía qué relación había entre aquel largo pasillo y Marcel Proust.

Tal vez hubiese citado a Marcel Proust como metáfora de la longitud del pasillo. Sin embargo, aun en este caso, la formulación había sido demasiado brusca y efectuada de un modo poco correcto. Si se hubiera referido a aquel largo corredor como una metáfora del conjunto de la obra de Proust, habría tenido su lógica. Pero a la inversa me parecía muy extraño.

¿Un pasillo largo como Marcel Proust?

Sea como sea, la seguí por aquel largo pasillo. Parecía que no iba a acabarse nunca. Doblamos varias esquinas, subimos y bajamos cortos tramos de escalera de cinco o seis peldaños. Tal vez habíamos recorrido ya cinco o seis veces la longitud de un pasillo de un edificio normal. O tal vez nos limitáramos a ir y venir por un lugar semejante a un grabado de Escher. En todo caso, pasáramos por donde pasásemos, el entorno no variaba lo más mínimo. Suelo de mármol, paredes amarillo pálido, puertas de madera con numeración disparatada y pomos de acero inoxidable. No se veía ninguna ventana. Los altos tacones de la joven repiqueteaban por el corredor con un martilleo regular y constante, mientras mis zapatillas de deporte producían un ruido pegajoso, como de goma fundida, a sus espaldas. El ruido gomoso de mis zapatillas resonaba más de lo habitual, y acabé por preguntarme seriamente si las suelas habían empezado a fundirse. Lo cierto era que caminaba por primera vez en mi vida sobre mármol con zapatillas de deporte, y por tanto no podía juzgar si aquel sonido era normal o anormal. Imaginé que debía de ser medio normal y medio anormal. Y es que me daba la impresión de que allí todo se regía por una proporción similar.


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Cuando ella se detuvo de repente, yo estaba tan absorto en el sonido de las suelas de las zapatillas que, sin darme cuenta, la embestí con el pecho. Su espalda era suave y mullida como un nubarrón de contornos bien definidos y su nuca exhalaba aquel olor a agua de colonia con fragancias de melón. Con el ímpetu del choque, la lancé hacia delante y tuve que echarla hacia atrás agarrándola precipitadamente por los hombros.

—Lo siento —me disculpé—. Es que estaba distraído, pensando.

La joven gorda me miró con el rostro ligeramente enrojecido. No puedo asegurarlo, pero diría que no estaba enojada.

«¿Ketaseru?», dijo esbozando una sonrisa. Y se encogió de hombros. «Sera», añadió. Pero no lo pronunciaba, claro está. Ya sé que me repito, pero ella se limitó a formar esta palabra con los labios.

—¿Ketaseru? —dije en voz alta, como si hablara conmigo mismo—, ¿Sera?

«¿Sera?», repitió ella, convencida.

A mí aquello me sonaba a turco, aunque no dejaba de ser un problema el hecho de que yo jamás hubiera oído una palabra en aquel idioma. Así que quizá no fuera turco. Cada vez me sentía más aturdido y, al final, renuncié a conversar con ella. Aún estaba muy verde en la técnica de lectura de labios. Leer los labios es una operación muy delicada, no es algo que puedas dominar a la perfección con un cursillo municipal de dos meses.

La joven se sacó una pequeña llave electrónica ovalada del bolsillo de la chaqueta y la encajó en la cerradura de la puerta que lucía la placa «728». Con un clic, la cerradura se desbloqueó. Un mecanismo notable.

Ella abrió la puerta. De pie en el umbral, sosteniendo la puerta abierta con una mano, se volvió hacia mí y dijo:

«Somu to, sera».

Y yo asentí y entré, claro está.

2EL FIN DEL MUNDOLas bestias doradas

Al irrumpir el otoño, las bestias se revestían de un largo pelaje de color dorado. Dorado en el más puro sentido de la palabra. En aquel color no se mezclaba ningún otro. Su dorado nacía como el color del oro en este mundo y existía en este mundo como tal. Y entre todos los cielos y todas las tierras, las bestias se teñían del más puro color del oro.

Cuando llegué a la ciudad —sucedió en primavera—, las bestias lucían pelambres de distintos colores. O negro, o castaño, o blanco, o caoba. También las había que combinaban varios colores en sus pieles moteadas. Y revestidas de pelajes de diversas tonalidades, las bestias vagaban en silencio y soledad, como arrastradas por el viento, por la superficie de la tierra cubierta de vegetación joven. Eran tan sosegadas que casi podía calificárselas de meditabundas. Incluso su aliento era discreto como la neblina matinal. Pacían la hierba verde sin el menor ruido y, al saciarse, doblaban las patas, se tumbaban en el suelo y descabezaban un corto sueño.

La primavera pasó, acabó el verano y, en el momento en que la luz adquiría ya una tenue transparencia y el primer viento de otoño comenzaba a rizar el agua estancada de los ríos, las bestias sufrieron una metamorfosis. Pelos dorados empezaron a aparecer en su pelaje, al principio de forma dispersa, como fruto del azar, igual que una planta brota a veces fuera de temporada, pero pronto se convirtieron en innumerables tentáculos que fueron enzarzándose en el corto pelo hasta acabar recubriéndolo por entero de un brillante color dorado. La metamorfosis de las bestias duró, de principio a fin, una semana escasa; empezó de manera casi simultánea y acabó casi al mismo tiempo. A lo largo de una semana, todas, sin excepción, mudaron en bestias de color de oro. Y al ascender el sol y teñir el mundo de una nueva luz dorada, el otoño descendió sobre la superficie de las cosas.

Sólo el largo cuerno que les crecía en medio de la frente era de un delicado color blanco. Su frágil finura hacía pensar, más que en un cuerno, en una esquirla de hueso que hubiese rasgado la piel por accidente y se hubiese enquistado. Con la excepción del blanco cuerno y del azul de los ojos, las bestias se metamorfosearon por entero en el color del oro. Y, como si desearan probar su nuevo traje, sacudían la cabeza arriba y abajo infinitas veces y punzaban el cielo alto de otoño con la punta de los cuernos. Remojaban las patas en el agua ya fresca de los ríos y tendían la cabeza hacia los frutos rojos de los árboles otoñales y los devoraban con avidez.

Cuando el crepúsculo empezaba a teñir las calles de azul, subí a una de las atalayas situadas en la zona oeste de la muralla a contemplar el ritual del guardián agrupando a las bestias al son del cuerno. Un toque largo y tres cortos. Era la señal convenida. Cuando oía sonar el cuerno, yo siempre cerraba los ojos y dejaba que su dulce sonido se infiltrara calladamente en mi cuerpo. El eco del cuerno era distinto a cualquier otro sonido. Atravesaba en silencio las calles del crepúsculo como un pez transparente con una ligera pincelada de azul e iba impregnando las piedras redondas del pavimento y las paredes de piedra de las casas y las tapias de las calles que bordeaban el río. Su reverbero se escurría a través de las fallas del tiempo que se hallaban en la atmósfera y penetraba calladamente en todos los rincones de la ciudad.

Cuando el cuerno resonaba por las calles, las bestias alzaban la cabeza, enfrentadas de súbito a recuerdos ancestrales. Las bestias, en un número que excedía el millar, alzaban la cabeza al unísono hacia donde sonaba el cuerno adoptando, todas, idéntica postura. Algunas dejaban de mordisquear fatigosamente las hojas de la aulaga; otras, tumbadas sobre el pavimento de piedra, dejaban de golpear el suelo con sus cascos; otras despertaban de su siesta bajo los últimos rayos de sol de la tarde, y todas alargaban sus cuellos hacia el cielo.

En ese instante, todo se detenía. Si algo se movía era sólo el pelaje dorado de las bestias, dulcemente mecido por el viento del anochecer. No sé qué pensarían en aquellos momentos ni dónde clavarían la mirada. Se quedaban inmóviles, los cuellos doblados en un mismo ángulo e idéntica dirección, los ojos fijos en el espacio. Luego, aguzaban el oído hacia los reverberos del cuerno. Poco después, cuando las pálidas tinieblas del anochecer ya habían absorbido los últimos ecos, las bestias se erguían, como si se acordaran súbitamente de algo, e iniciaban la marcha en una dirección determinada. El efímero hechizo se había roto, el ruido de innumerables cascos cubría la ciudad. Aquel ruido evocaba siempre en mí la imagen de incontables burbujitas efervescentes brotando de las profundidades de la tierra. Las burbujas envolvían las calles, trepaban por las tapias de las casas y acababan cubriendo por entero incluso la torre del reloj.

Sin embargo, eso no era más que una ilusión del crepúsculo. Al abrir los ojos, las burbujas se esfumaban en el acto. No era más que el golpeteo de los cascos: en la ciudad, nada había cambiado. La columna de bestias se deslizaba como un río por las tortuosas calles empedradas. Nadie iba a la cabeza, nadie la conducía. Con la mirada baja y las espaldas sacudidas por un leve temblor, las bestias se limitaban a seguir el curso del río del silencio. A pesar de ello, todas parecían unidas por un estrecho lazo, invisible pero innegable, de íntimos recuerdos.

La columna que bajaba del norte cruzaba el Puente Viejo, confluía con la fila de sus compañeras que venían del este a lo largo de la ribera sur del río, y juntas atravesaban el área industrial que bordeaba el canal, se dirigían hacia el oeste por el camino que atravesaba la fábrica de fundición de hierro y aparecían más allá del pie de la Colina del Oeste. En la pendiente de la Colina del Oeste les aguardaban las bestias viejas y las de corta edad que no podían alejarse mucho de la puerta. En este punto, la columna torcía hacia el norte, cruzaba el Puente del Oeste y caminaba hasta alcanzar el portal.

Cuando las bestias que iban en cabeza llegaban ante la Puerta del Oeste, el guardián la abría. Era, a todas luces, una puerta pesada y maciza, reforzada a lo largo y a lo ancho con gruesas planchas de hierro. Tenía de cuatro a cinco metros de altura y estaba coronada por agudos y afilados clavos, como una montaña de agujas, insertados en la parte superior para que nadie pudiera saltarla. El guardián, tirando hacia sí, abría sin dificultad la pesada puerta y hacía salir a las bestias. La puerta tenía dos hojas, pero el guardián sólo abría una. El batiente izquierdo permanecía siempre cerrado a cal y canto. Cuando todas las bestias habían atravesado el portal, el guardián volvía a cerrar la puerta y echaba el cerrojo.

La Puerta del Oeste, al menos que yo supiera, era la única vía de acceso a la ciudad. Esta estaba rodeada por una larga y ancha muralla de siete u ocho metros de alto que sólo podían franquear los pájaros.

Al llegar la mañana, el guardián abría de nuevo la puerta, tocaba el cuerno y hacía entrar a las bestias. Y cuando todas habían penetrado en el interior de la ciudad, volvía a cerrar la puerta y echaba el cerrojo.

—La verdad es que no hace falta echar el cerrojo —me explicó el guardián—. Porque sólo yo puedo abrir esa puerta tan pesada. Ni siquiera podrían moverla varias personas juntas. Lo hago porque así está establecido.

Tras pronunciar estas palabras, el guardián se caló la gorra de lana justo hasta encima de las cejas y enmudeció. Era un gigante: yo jamás había visto a nadie de un tamaño igual. Era muy corpulento, y la camisa y la chaqueta amenazaban con estallar bajo la presión de sus músculos. Pero, de vez en cuando, cerraba los ojos sin más y se sumía en un profundo silencio. Yo era incapaz de juzgar si era presa de la melancolía o si, por una razón u otra, se había producido un colapso en sus actividades vitales. En todo caso, cuando el manto del silencio caía sobre él, lo único que podía hacer era aguardar a que volviera en sí. Y cuando al fin recobraba la conciencia, abría los ojos lentamente, me observaba largo rato con mirada vaga y se frotaba repetidas veces los dedos sobre las rodillas como tratando de comprender la razón de mi presencia allí.

—¿Por qué, al anochecer, agrupas las bestias y las haces salir de la ciudad y luego, por la mañana, vuelves a meterlas? —le pregunté en cierta ocasión, cuando volvió en sí.

El guardián me clavó una mirada desprovista de emoción.

—Porque así está establecido —dijo—. Porque es así. De la misma manera que el sol sale por el este y se pone por el oeste.

El guardián destinaba la mayor parte del tiempo que le dejaba libre su tarea de abrir y cerrar la puerta al cuidado de sus objetos cortantes. En su cabaña se alineaban hachas, destrales y cuchillos de diferentes tamaños y, en cuanto disponía de un instante, los afilaba cuidadosamente en una piedra. Los filos aguzados de los cuchillos despedían inquietantes y gélidos destellos blancos y, más que reflejar la luz del exterior, a mí me daba la impresión de que ocultaban en su interior algo que irradiaba luz propia.

Mientras los contemplaba, el guardián me observaba con cautela torciendo las comisuras de los labios en un amago de sonrisa satisfecha.

—¡Cuidado! Sólo con tocarlos podrías cortarte. —El guardián me señaló la hilera de cuchillos con un dedo sarmentoso como una raíz—. Son muy distintos de los que puedes ver por ahí. Yo he forjado todas las hojas, una a una. Antes era herrero, los he hecho todos yo. Están bien afilados, el equilibrio es perfecto. Y no es fácil elegir un mango que se ajuste a la perfección al peso muerto de la hoja. Coge uno, ¡vamos! El que quieras. Pero ¡cuidado!, no te vayas a cortar.

Entre todos los objetos cortantes que se alineaban sobre la mesa, yo elegí el hacha de menor tamaño y la blandí varias veces en el aire con cautela. Sólo con conferir un poco de fuerza a la torsión de la muñeca —o sólo con pensar siquiera en conferírsela—, la hoja reaccionaba con viveza, como un perro de caza bien adiestrado, y rasgaba el aire con un silbido seco. El guardián tenía razones suficientes para enorgullecerse de ellas.

—Los mangos también los he tallado yo, con la madera de fresnos de diez años. Para los mangos, todo el mundo tiene sus preferencias, pero a mí me gusta el fresno de diez años. Antes, es demasiado joven y no sirve; y si el árbol ha crecido demasiado, tampoco vale. A los diez años la madera está en su punto. Fuerte, con el grado de humedad exacto, flexible. En los bosques del este crecen muchos fresnos.

—¿Y para qué utilizas todos esos cuchillos?

—Para varias cosas —dijo el guardián—. Al llegar el invierno son muy útiles. Cuando eso suceda, podrás comprobarlo por ti mismo. Porque el invierno aquí es muy largo, ¿sabes?

Al otro lado de la puerta está el recinto de las bestias. Durante la noche duermen. Por allí discurre un riachuelo y pueden beber agua. Más allá, en lo que alcanza la vista, se extienden los manzanos. Los árboles se suceden hasta el infinito como un mar de vegetación.

En la parte oeste de la muralla se alzaban tres atalayas a las que se accedía por escalas. Las torres tenían ventanas enrejadas, provistas de sencillos sobradillos para protegerlas de la lluvia, desde donde podía observarse, allá abajo, a las bestias.

—Sólo tú vienes a verlas, ¿sabes? —dijo el guardián—. Bueno, es lógico. Es porque acabas de llegar. Cuando lleves cierto tiempo aquí, te acostumbrarás y harás como todo el mundo. Dejarán de interesarte, ya lo verás. Porque sólo durante la primera semana de primavera las cosas son distintas, ¿sabes?

El guardián me contó que, sólo durante la primera semana de primavera, la gente subía a las atalayas a contemplar cómo luchaban las bestias. Sólo durante ese periodo —únicamente una semana antes de que las hembras empezaran a parir, justo cuando mudaban el pelo—, los machos olvidaban su placidez habitual para desplegar una brutalidad sin límites y herirse unos a otros. Y de la gran cantidad de sangre vertida sobre la tierra nacía un nuevo orden y una nueva vida.


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Pero en otoño las bestias, acurrucadas unas junto a otras en silencio, dejaban relucir su largo pelaje dorado al sol del ocaso.

Sin ejecutar un solo movimiento, como esculturas pétreas sobre la tierra, la cabeza enhiesta, aguardaban inmóviles a que los últimos rayos de sol se hundieran en el mar de manzanos. Poco después, cuando el sol se ponía y las tinieblas azuladas del anochecer envolvían sus cuerpos, las bestias dejaban caer la cabeza, bajaban el blanco cuerno hacia el suelo y cerraban los ojos.

Y así concluía el día en la ciudad.

3EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASImpermeable. Tinieblos. Lavado

Me había introducido en una habitación grande y vacía. Paredes blancas, techo blanco, moqueta de color café: todos los tonos eran elegantes y de buen gusto. Y es que, por más que uno simplifique diciendo: «blanco», nada tiene que ver un blanco sofisticado con otro vulgar. Los cristales de las ventanas eran opacos y no permitían ver el exterior, pero la luz difusa que penetraba en la estancia era, sin duda, la del sol. Vamos, que aquello no era un subterráneo, lo que significaba que el ascensor había estado subiendo. La constatación de este hecho me tranquilizó. Había acertado en mis suposiciones. La joven me indicó que me acomodara, así que me senté en el sofá de piel que se encontraba en el centro de la habitación y crucé las piernas. En cuanto me senté, ella salió por una puerta distinta de aquella por la que habíamos entrado.

En la estancia apenas había muebles propiamente dichos. Sobre la mesa del tresillo se alineaban un encendedor, un cenicero y una cigarrera de cerámica. Al destapar la cigarrera, vi que no contenía cigarrillos. Ningún cuadro, calendario o fotografía colgaba de las paredes. Una ausencia total de detalles superfluos.

Junto a la ventana había un gran escritorio. Me levanté del sofá, me acerqué a la ventana y, al pasar, miré lo que había sobre el escritorio. La mesa consistía en un macizo tablero de madera con grandes cajones a ambos lados. Encima había una lámpara, tres bolígrafos Bic, un calendario de mesa y, junto a éste, algunos clips esparcidos. Eché una ojeada a la fecha del calendario y comprobé que era correcta. Era la fecha del día.

En un rincón se alineaban tres taquillas metálicas de esas que se encuentran en cualquier parte. No casaban en absoluto con el ambiente de la estancia. Eran demasiado funcionales, demasiado sencillas. Yo hubiera colocado un taquillón de madera más elegante, más en consonancia con el conjunto, pero, en definitiva, no se trataba de mi habitación. Yo sólo había acudido allí a realizar un trabajo y no era de mi incumbencia si había una taquilla metálica de color gris o unjuke-boxde color rosa pálido.

En la pared de la izquierda había un armario ropero empotrado. Las puertas eran de acordeón, de tablillas largas y estrechas. Ése era todo el mobiliario. No había ni reloj ni teléfono ni afilador de lápices ni jarra de agua. Tampoco librerías, ni estantes en la pared para la correspondencia. Imposible adivinar a qué estaría destinado aquel cuarto, no tenía ni idea sobre cuál sería su función. Volví al sofá, crucé de nuevo las piernas y bostecé.

A los diez minutos, regresó la joven. Sin dedicarme siquiera una mirada, abrió una de las hojas de la taquilla, cogió algo negro y liso que había en su interior y lo depositó sobre la mesa del tresillo. Se trataba de un impermeable plastificado y de unas botas de goma, todo cuidadosamente doblado. Encima del fardo había incluso unas gruesas gafas como las que llevaban los pilotos de la Primera Guerra Mundial. No entendía en absoluto qué estaba sucediendo.

La mujer se acercó a mí y me dijo algo, pero movía los labios demasiado rápido y no la entendí.

—¿Podrías hablar más despacio? Es que leer los labios no se me da muy bien, ¿sabes? —dije.

Esta vez habló despacio, abriendo mucho la boca.

«Póngaselo encima de la ropa», dijo.

Por gusto, no me lo hubiese puesto, pero como no quería complicarme la vida protestando, opté por seguir sus instrucciones sin rechistar. Me quité las zapatillas de deporte y las sustituí por las botas de goma, y me puse el impermeable encima de mi camisa informal.

Aunque el impermeable pesaba lo suyo y las botas eran uno o dos números mayores que el mío, seguí sin objetar nada. La joven se puso frente a mí, me abotonó el impermeable hasta los tobillos y me cubrió la cabeza con la capucha. Cuando me la puso, la punta de mi nariz rozó su frente lisa.

—Hueles muy bien —dije yo. Le alabé el agua de colonia.

«Gracias», dijo ella, y fue abrochándome, uno a uno, los corchetes de la capucha hasta debajo de la nariz. Después me colocó las gafas por encima de la capucha. Gracias a ello, cobré el aspecto de una momia en un día lluvioso.

Entonces abrió un batiente del armario y, tras introducirme en él llevándome de la mano, encendió una luz y cerró la puerta a nuestras espaldas. Estábamos dentro de un ropero empotrado. Claro que, por más que lo denomine «ropero», allí no había ropa alguna, sólo colgaban algunas perchas y bolas de alcanfor. Imaginé que no se trataba de un simple ropero, sino que allí debía de nacer algún pasaje secreto o algo por el estilo. De lo contrario, ¿qué sentido tenía que me hubiera hecho poner el impermeable y me hubiese hecho entrar en él?

La joven manipuló un asa metálica que había en un rincón del ropero y, de pronto, como era de esperar, un panel del tamaño del portaequipajes de un coche pequeño se abrió hacia dentro. Vi un agujero oscuro como boca de lobo y percibí claramente en mi piel una corriente de aire húmedo y frío procedente de allí. Un aire que producía una sensación muy poco agradable, por cierto. También se oía un gorgoteo incesante, como de fluir de agua.

«Por ahí dentro pasa un río», dijo.

Gracias al rumor del agua, me dio la sensación de que su insonora manera de hablar cobraba cierto realismo. Parecía que ella hablara de verdad y que la corriente ahogara sus palabras. Tal vez fuese simple sugestión, pero lo cierto es que sus palabras se me hicieron más comprensibles. Si quieren, llámenlo extraño, porque, en efecto, lo era.

«Remonta la corriente y, al final, encontrarás una gran cascada. Pasa por debajo. Al fondo está el laboratorio de mi abuelo. Cuando llegues, él te dirá lo que tienes que hacer.»

—Cuando llegue allí, ¿tu abuelo me estará esperando?

«Sí», dijo la joven y me entregó una gran linterna a prueba de agua que colgaba de una correa. No me apetecía en absoluto sumergirme en aquella negrura, pero me dije que no era momento de hacer objeciones y, resignado, introduje una pierna en las negras tinieblas que se abrían ante mí. Después, encorvándome, pasé la cabeza y los hombros y, finalmente, arrastré la otra pierna dentro. No era fácil moverse envuelto en aquel rígido impermeable, pero, de un modo u otro, logré desplazar mi cuerpo desde el armario al otro lado de la pared. Y, desde allí, dirigí una mirada a la joven gorda, de pie dentro del armario ropero. Vista a través de las gafas desde el fondo del negro agujero, me pareció muy bonita.

«Ten cuidado. No te alejes del río. Y no tomes ningún desvío», dijo ella, inclinada, mirándome fijamente.

—¡Todo recto hasta la cascada! —dije yo a voz en grito.

«Todo recto hasta la cascada», repitió ella.

Para probar, dibujé con los labios la palabra «sera» sin emitir ningún sonido. Ella sonrió y me dijo, asimismo, «sera». Y cerró la puerta de golpe.

Cuando la puerta se cerró, me encontré inmerso en la oscuridad más absoluta. Era, literalmente, una oscuridad absoluta en la que ni siquiera brillaba una luz diminuta, tan pequeña como la punta de una aguja. No veía nada. Ni la palma de mi mano cuando me la aproximé a la cara. Durante unos instantes me quedé clavado, lleno de desconcierto, sobre mis pies, como si me hubiesen atizado un golpe. Presa de una fría impotencia, me sentí como un pescado envuelto en celofán que ve cómo lo arrojan dentro del frigorífico y cierran la puerta a sus espaldas. Me habían abandonado, sin preparación mental alguna, en la oscuridad más absoluta: no era de extrañar que, de repente, experimentara una enorme lasitud. Si la joven pensaba cerrar la puerta, al menos podría haberme avisado.

Pulsé a tientas el interruptor de la linterna y un chorro de familiar luz amarillenta se proyectó, en línea recta, a través de las tinieblas. Primero iluminé el suelo, bajo mis pies, y luego dirigí el haz de luz a mi alrededor. Me hallaba en una plataforma de cemento de unos tres metros cuadrados, y, a dos pasos de mí, caía a pico un abrupto precipicio sin fondo. Ni barrera ni valla. «Esto también podría habérmelo dicho antes», pensé con cierta indignación.

En un extremo de la plataforma había una escalera de aluminio para bajar. Me colgué la linterna en bandolera y fui descendiendo, uno tras otro, los resbaladizos peldaños apoyando los pies con mucha precaución. A medida que descendía, el rugido de la corriente ganaba en claridad e intensidad. ¡Un precipicio oculto en una oficina de un edificio bajo el que discurría, en el abismo, un río! Jamás había oído nada parecido. ¡Y en pleno centro de Toldo! Cuanto más lo pensaba, más me dolía la cabeza. Primero, aquel inquietante ascensor. A continuación, la joven gorda que hablaba sin palabras. Y luego, aquello. Quizá debía rechazar el trabajo y volver a casa. Era demasiado peligroso, delirante de principio a fin. Con todo, me resigné y seguí bajando hacia el abismo. Por una parte, estaba mi orgullo profesional y, por otra, la rolliza joven del traje chaqueta de color rosa. Por una razón u otra, ella me había gustado y no me apetecía rechazar el trabajo e irme.

Tras descender veinte peldaños, me tomé un descanso; bajé dieciocho peldaños más y llegué al fondo. Una vez al pie de la escalera, dirigí medrosamente el haz de luz en torno a mí. Me hallaba sobre una dura y lisa plataforma rocosa y, un poco más allá, corría un río de unos dos metros de ancho. A la luz de la linterna vi cómo la superficie de las aguas se agitaba como una bandera al viento. El curso de la corriente parecía muy rápido, pero no pude aventurar nada sobre la profundidad del río o el color de sus aguas. Lo único que descubrí fue que corría de izquierda a derecha.

Alumbrando justo delante de los pies, avancé por la superficie rocosa, siempre junto al río y remontando su curso. De vez en cuando notaba la presencia de algo cerca de mi cuerpo y dirigía velozmente el haz de luz en esa dirección, pero no logré descubrir nada. Sólo la corriente de agua y las escarpadas paredes de roca irguiéndose a ambos lados. Posiblemente, las negras tinieblas que me rodeaban habían acabado crispándome los nervios.

Tras cinco o seis minutos de marcha, el gorgoteo del agua me indicó que el techo descendía bruscamente. Iluminé sobre mi cabeza, pero las tinieblas eran tan densas que me impidieron distinguir el techo. En las paredes de ambos lados, vislumbré los desvíos sobre los que me había advertido la joven. De hecho, en lugar de «desvíos» sería más adecuado denominarlas «hendiduras en la roca» y, del fondo de éstas, fluía un hilillo de agua que formaba un pequeño riachuelo que desembocaba en el río. A fin de inspeccionar un poco, me aproximé a una de las hendiduras y la alumbré con la linterna, pero no vi nada. Sólo descubrí que, a diferencia de su angosta boca de entrada, el interior parecía inesperadamente amplio. Pero no me seducía lo más mínimo penetrar en ellas.

Con la linterna asida con fuerza en la mano derecha, remonté la corriente del río; me sentía a punto de transformarme en un pez. La plataforma rocosa era húmeda y resbaladiza, por lo que tenía que avanzar paso a paso con extrema precaución. Sumido en aquella negra oscuridad, si resbalaba y me caía a la corriente, o si se me rompía la linterna, me hallaría en un brete. Tanta atención prestaba al suelo bajo mis pies que, al principio, no me di cuenta de que ante mí oscilaba una débil luz. Al alzar los ojos vi, unos siete u ocho metros más adelante, una pequeña luz que se aproximaba. En un acto reflejo, apagué la linterna, introduje una mano por la abertura del impermeable y saqué una navaja del bolsillo trasero del pantalón. Desplegué la hoja a tientas. El rugido de la corriente me envolvía por completo.

Cuando apagué la linterna, la débil luz amarillenta se detuvo de golpe. Después describió dos grandes círculos en el aire. La señal parecía indicar: «¡Tranquilo! ¡No te preocupes!». No obstante, no bajé la guardia y me mantuve en la misma posición, esperando la reacción del otro. Acto seguido, la luz empezó a oscilar de nuevo. Parecía un enorme insecto luminoso dotado de un sofisticado cerebro que se dirigiese hacia mí flotando oscilante en el espacio. Con la navaja asida con fuerza en la mano derecha y la linterna apagada en la izquierda, clavé los ojos en aquella luz.

La luz se aproximó hasta unos tres metros de distancia, se detuvo, se alzó y volvió a detenerse. Era tan débil que al principio no logré descubrir qué estaba alumbrando, pero, al aguzar la vista, vislumbré lo que parecía un rostro humano. Al igual que yo, aquel rostro llevaba unas gruesas gafas y se ocultaba por completo bajo una capucha negra. Lo que llevaba en la mano era un pequeño farol portátil de esos que venden en las tiendas de artículos deportivos. Mientras se iluminaba el rostro con el farol, el hombre se desgañitaba tratando de decirme algo, pero el rugido del agua ahogaba sus palabras, y como además la oscuridad me impedía verle la boca, me era imposible leer el movimiento de sus labios.

—... así que... por eso... lo siento... y... —decía el hombre, pero yo no tenía ni la más remota idea de a qué se estaba refiriendo. De todos modos, no parecía existir ningún peligro, así que encendí la linterna, me iluminé la cara de lado y me señalé la oreja con el dedo indicándole que no oía nada.


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Convencido, el hombre asintió varias veces y, acto seguido, bajó el farol, se embutió las manos en los bolsillos y empezó a removerse con gesto inquieto: de súbito, el rugido del agua a mi alrededor fue disminuyendo rápidamente de intensidad, como si descendiera de pronto la marea. Creí que estaba a punto de desmayarme. Que mis sentidos flaqueaban y que, por ello, el sonido se iba apagando dentro de mi cabeza. Entonces —aunque no entendía por qué tenía yo que perder la conciencia— tensé todos los músculos del cuerpo preparándome para la caída.

Sin embargo, el tiempo transcurría y yo no me desplomaba; además, era plenamente dueño de mis sentidos. Lo único que ocurría era que el sonido había disminuido. Nada más.

—He venido a buscarle —dijo el hombre, y esta vez distinguí su voz con claridad.

Sacudí la cabeza, me puse la linterna bajo el brazo, plegué la hoja de la navaja y me metí ésta en el bolsillo. Tenía el presentimiento de que me esperaba un día absurdo.

—¿Qué le ha pasado al sonido? —le pregunté al hombre.

—¡Ah! ¿El sonido? Había mucho ruido, ¿verdad? Lo he bajado. Lo siento mucho. Ya no le molestará más —dijo el hombre asintiendo repetidas veces. El rugido de la corriente había bajado de volumen hasta convertirse en el murmullo de un riachuelo—, ¿Qué? ¿Vamos?

El hombre me dio la espalda y se encaminó río arriba con paso seguro. Yo lo seguí, iluminando el suelo bajo mis pies.

—¿Ha bajado usted el sonido? Entonces, ¿era artificial? —grité dirigiéndome a lo que parecía ser su espalda.

—No. El sonido era natural.

—¿Y cómo puede bajar un sonido natural?

—Para ser exactos, no lo he bajado —respondió—. En realidad, lo he quitado.

Dudé unos instantes, pero opté por dejar de inquirir. No estaba en situación de acribillarlo a preguntas. Yo sólo había ido a desempeñar un trabajo, y no era asunto mío si la persona que requería mis servicios apagaba el sonido, lo quitaba o lo mezclaba como si fuera un vodka con lima. Lo seguí en silencio sin añadir una palabra más.

De todos modos, gracias a la desaparición del ruido, el silencio reinaba ahora en los alrededores. Incluso distinguía el roce de las suelas de goma sobre el pavimento. Por encima de mi cabeza, oí dos o tres veces un sonido extraño, como si alguien frotara dos guijarros, pero luego cesó.

—Había indicios de que los tinieblos rondaban por aquí, ¿sabe? Y estaba preocupado. Por eso he venido a buscarle. No suelen llegar hasta esta zona, pero cabe esa posibilidad. Son un verdadero problema, ¿sabe usted? —dijo el hombre.

—¿Los tinieblos? —pregunté.

—¡Vaya susto se llevaría usted si se topara de pronto con alguno por aquí! —dijo, y soltó una gran risotada.

—Pues sí, la verdad —dije yo, tratando de contemporizar con mi interlocutor. Ni tinieblos ni nada. No me apetecía lo más mínimo toparme con cosas raras en la oscuridad.

—Por eso he venido a buscarle —repitió el hombre—. Los tinieblos son un verdadero problema.

—Se lo agradezco —dije.

Tras avanzar un poco, empecé a oír un ruido similar al de un chorro de agua saliendo del grifo. Era la cascada. Sólo la enfoqué un instante con la linterna y no pude verla al detalle, pero parecía bastante grande. Si no hubiera eliminado el sonido, posiblemente el rugido sería considerable. Al llegar ante el salto de agua, las salpicaduras me empaparon completamente las gafas.

—¿Tenemos que pasar por debajo? —pregunté.

—Sí —repuso el hombre. Y, sin agregar nada más, se dirigió con paso rápido hacia la cascada y desapareció por completo en su interior. No me quedó más remedio que seguirlo a toda prisa.

Por fortuna, el pasaje por donde atravesamos la cascada era el punto donde el chorro era menos caudaloso, pero, pese a todo, el agua poseía la fuerza suficiente para aplastarnos contra el suelo. Aunque el hombre fuera con impermeable, tener que sufrir el azote de aquel chorro de agua cada vez que entraba o salía del laboratorio me parecía, por más que lo mirara con buenos ojos, una imbecilidad. Posiblemente abrigaba el propósito de salvaguardar algún secreto; aun así, sin duda había maneras un poco más refinadas de conseguirlo. Una vez bajo la cascada, me caí y me golpeé con fuerza la rótula contra una roca. Al desaparecer el sonido, se había alterado por completo el equilibrio entre éste y la realidad que lo producía, lo que me provocaba un gran desconcierto. Una cascada debe estar dotada del volumen de sonido que le corresponde.

Detrás del salto de agua se abría una caverna que permitía apenas el paso de una persona y, recto, al fondo había una puerta de hierro. El hombre extrajo del bolsillo del impermeable algo parecido a una pequeña calculadora y, al aplicarla a la ranura de la puerta y manipularla, la puerta se abrió hacia dentro sin ruido.

—Ya hemos llegado. Adelante —dijo cediéndome el paso. Acto seguido, entró él y cerró la puerta—. Ha sido muy duro, ¿verdad?

—La verdad es que sí, no se lo negaré —respondí con discreción.

Todavía con el farol colgado del cuello, la capucha en la cabeza y las gafas puestas, el hombre se rió. Tenía una risa extraña. Era algo así como: «¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!».

Habíamos penetrado en un cuarto grande y frío como el vestuario de una piscina y, en un estante, se alineaban cuidadosamente doblados media docena de impermeables, negros como el mío, con sus botas de goma y gafas correspondientes. Me quité las gafas, me desprendí del impermeable y lo colgué en una percha, y dejé las botas de goma en la estantería. Por último, colgué la linterna de un gancho metálico de la pared.

—Siento haberle causado tantas molestias —dijo—. Pero no puedo descuidar las medidas de seguridad. Debo extremar las precauciones a causa de esos tipos que merodean por ahí.

—¿Los tinieblos? —aventuré con intención de sonsacarle.

—Exacto. Entre otros, los tinieblos —dijo el hombre asintiendo para sí.

Me condujo hasta el fondo del vestuario y entramos en una sala. Bajo el impermeable, apareció un anciano bajito y de porte distinguido. Sin ser grueso, era de complexión fuerte y robusta. Tenía la tez sonrosada y, al ponerse unas gafas sin montura que sacó del bolsillo del impermeable, cobró el aire de un importante político de la época de preguerra.

Me invitó a sentarme en el sofá y él, a su vez, tomó asiento tras el escritorio. La estancia era igual a aquella en la que me habían introducido hacía un rato. El color de la moqueta, las luces, el color de las paredes, el sofá: todo era idéntico. Sobre la mesa del tresillo descansaba un juego de fumador. Sobre el escritorio había una agenda de mesa idéntica a la otra y un montón de clips esparcidos de manera similar. Tanto que me dio la sensación de que, tras dar una vuelta, había regresado a la misma habitación. Tal vez fuera así o tal vez no. Por lo que a mí respecta, no recordaba con exactitud cómo estaban esparcidos los clips sobre el escritorio.

El anciano me observó unos instantes. Después tomó un clip, lo enderezó y se retiró la cutícula de una uña. La cutícula de la uña del dedo índice de la mano izquierda. Tras rasparse la cutícula unos instantes, lanzó el clip desdoblado al cenicero. Me dije que, si me reencarnaba en algo, no quería hacerlo en clip. No me satisfacía demasiado servir para retirar las cutículas de las uñas de un anciano extravagante y ser arrojado luego al cenicero.

—Según mis informaciones, los tinieblos se han unido a los semióticos —dijo el anciano—. Claro que una alianza entre ellos no puede ser muy sólida: los tinieblos son extremadamente precavidos y los semióticos, por el contrario, demasiado lanzados. Pero es una mala señal. Y que los tinieblos ronden por las inmediaciones cuando jamás deberían llegar hasta aquí es muy mal asunto. Si las cosas siguen así, tarde o temprano la zona se llenará de tinieblos. Y yo me veré en un gran aprieto.

—Sí, desde luego —dije yo. No tenía la menor idea de qué diablos eran los tinieblos, pero si los semióticos se habían aliado con alguna otra fuerza, era posible que las cosas tomaran mal cariz incluso para mí. Me refiero a que nuestra rivalidad con los semióticos descansaba sobre un equilibrio muy frágil y que la entrada en liza de otra fuerza, por pequeña que ésta fuera, podía provocar un vuelco en la situación. Para empezar, el simple hecho de que yo nunca hubiera oído hablar de los tinieblos y de que aquellos tipejos sí, ya indicaba que el equilibrio se había roto. Claro que tal vez yo no supiera nada porque era un trabajador autónomo de categoría inferior y que, en cambio, quizá los capitostes de la organización conocieran su existencia desde hacía mucho tiempo.

—Bueno, sea como sea, me gustaría que se pusiera a trabajar enseguida. ¿Qué le parece?

—Perfecto —dije.

—Le pedí a mi agente que me enviara al mejor calculador. Por lo visto, goza usted de una reputación excelente. Todo el mundo canta sus excelencias. Dicen que es usted muy competente, audaz, responsable en el trabajo. Exceptuando ciertas dificultades para el trabajo en equipo, nada que reprochar.

—Me abruma usted —dije. Soy una persona modesta.

El anciano volvió a carcajearse.

—En realidad, su capacidad para trabajar en equipo me interesa muy poco. Lo que importa es la audacia. La iniciativa es imprescindible para convertirse en un calculador de primera categoría. En fin, su sueldo va a ser tan alto como corresponde a sus servicios.

No había nada que decir, así que permanecí en silencio. El viejo volvió a reírse y después me condujo a la estancia contigua: su cuarto de trabajo.

—Soy biólogo —dijo el anciano—. Bueno, más que la biología en sí, mi trabajo abarca un campo muy amplio, difícil de resumir en una palabra. Va desde la fisiología cerebral hasta la acústica, la filología y la teología. No tengo empacho en decirle que estoy llevando a cabo una investigación muy original, de gran valor. Últimamente he centrado mis estudios en el paladar de los mamíferos.

—¿En el paladar?

—Sí, en la boca. En la constitución de la boca. Cómo se mueve, cómo se emite la voz: eso es lo que investigo ahora. Mire allá.

Tras pronunciar esas palabras, accionó un interruptor de la pared y encendió la luz del cuarto. Una estantería ocupaba por entero la pared del fondo, y en sus estantes se alineaban, muy juntos, los cráneos de todo tipo de mamíferos. Desde la jirafa, el caballo y el panda hasta la rata, había reunidas allí todas las cabezas de mamífero imaginables. Hablando en cifras, habría de trescientas a cuatrocientas. También había calaveras humanas, claro está. Cabezas de raza blanca, negra, asiática, de indios americanos, cada una de ellas con sus cráneos masculino y femenino correspondientes.

—Los cráneos de ballena y de elefante los tengo en un depósito del subterráneo. Como comprenderá, ocupan demasiado espacio —dijo el anciano.

—Sí, por supuesto —dije. Ciertamente, con la cabeza de una ballena ya se hubiera llenado la habitación.

Como si se hubiesen puesto de acuerdo, todos los animales tenían la boca abierta de par en par y con las cuencas de los ojos vacías miraban hacia la pared opuesta. Por más que las calaveras estuvieran destinadas a un uso científico, no era muy agradable verse rodeado de tantos huesos. En otra estantería se alineaban —aunque su número no era tan elevado como el de los cráneos— todo tipo de lenguas, orejas, labios, laringes y paladares conservados en formol.

—¿Qué le parece? Una colección estupenda, ¿verdad? —dijo el anciano, contento—. En este mundo hay quien colecciona sellos o discos. También hay quien almacena botellas de vino en la bodega, y ricos que disfrutan decorando sus jardines con tanques. Pues yo colecciono cráneos. En este mundo hay de todo. Ahí radica su interés. ¿No le parece?

—Tiene usted razón —dije.

—Desde una edad relativamente temprana ya sentía un gran interés por los cráneos de los mamíferos y los he ido coleccionando poco a poco. Empecé hace casi cuarenta años. Comprender los huesos requiere más tiempo del que se imagina. En este sentido, es mucho más sencillo comprender al ser humano cuando está dotado de un cuerpo con carne. Estoy plenamente convencido de ello. Claro que usted es joven y supongo que le interesará más la carne, ¿me equivoco? —Prorrumpió de nuevo en carcajadas—. He tardado treinta años en comprender el sonido que emiten los huesos. ¡Y treinta años no son moco de pavo!

—¿Sonido? —pregunté—. ¿El sonido que emiten los huesos?

—En efecto —dijo el anciano—. Cada hueso tiene un sonido propio. Es, como si dijéramos, la señal secreta de los huesos. Y no digo que los huesos hablen en un sentido metafórico, sino literal. La investigación que realizo en estos momentos tiene como objeto analizar esa señal. Porque si llegáramos a descodificar esas señales, podríamos controlarlas artificialmente.

—Hum... —gruñí. Los detalles se me escapaban, pero si era como decía el anciano, no cabía duda de que se trataba de una investigación de gran valor.

—Parece una investigación muy valiosa —dije.

—Lo es, en efecto —dijo el anciano y asintió con un movimiento de cabeza—. Precisamente por eso van detrás de mis estudios. Porque esa gente tiene el oído muy fino. Y quieren hacer un mal uso de mis investigaciones. Porque si, por ejemplo, pudieran obtenerse los recuerdos a través de los huesos, ya no haría ninguna falta torturar a nadie. Bastaría con matar a la persona, arrancarle la carne y limpiar los huesos.

—¡Qué espanto!

—Para bien o para mal, mis investigaciones todavía no han llegado hasta ese punto. En el estadio en que se encuentran actualmente, para obtener recuerdos precisos es mejor extraer el cerebro.

—¡Estamos apañados! —exclamé. Extraer los huesos o extraer el cerebro: no veía una gran diferencia entre una cosa y otra.

—Por eso necesito sus cálculos. Para que los semióticos no puedan piratear los datos de mis experimentos —dijo el anciano muy serio—. La ciencia, se utilice para fines malvados o buenos, ha puesto a la civilización contemporánea en una situación crítica. Yo creo que la ciencia debe existir por y para sí misma.

—En cuestión de creencias, yo ni entro ni salgo —repuse—, Pero sí querría aclararle algo. Es un asunto práctico. Esta vez no han sido ni la oficina central del Sistema ni ningún agente oficial los que han requerido mis servicios, sino usted quien ha contactado directamente conmigo. Eso es algo excepcional. Hablando con franqueza, existe la posibilidad de que esté contraviniendo las normas. Y, en caso de infracción, pueden sancionarme, e incluso podría llegar a perder la licencia. ¿Me comprende?


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—Le comprendo muy bien —dijo el anciano—. Su preocupación es muy lógica. Pero yo he cursado una solicitud formal al Sistema. Sólo que, a fin de preservar el secreto, me he puesto en contacto directamente con usted sin seguir la vía administrativa normal. Usted no será sancionado ni nada por el estilo.

—¿Puede garantizármelo?

El anciano abrió un cajón del escritorio, sacó una carpeta y me la entregó. La hojeé. Contenía la solicitud oficial al Sistema. No cabía la menor duda: el formulario y la firma eran correctos.

—Está bien, supongo —dije y le devolví la carpeta a mi interlocutor—, Mi categoría es escala doble, ¿le parece bien? La escala doble implica...

—El doble de la tarifa ordinaria. No hay problema. Esta vez, con la inclusión de la prima, ascenderá a escala triple.

—Es usted muy generoso.

—Se trata de unos cálculos muy valiosos y, además, ha tenido que pasar por debajo de la cascada —dijo el anciano y volvió a reírse.

—Por lo pronto, muéstreme los valores numéricos. La fórmula la decidiré después de verlos. ¿Quién se encargará de los cálculos informáticos?

—De la informática me ocuparé yo. Usted puede encargarse del trabajo previo y del posterior. ¿Le parece bien?

—Perfecto. Así se agiliza el proceso.

El anciano se levantó de la silla, palpó el muro que había a sus espaldas y lo que parecía ser una simple pared se abrió de repente de par en par. Todo muy bien pensado. El anciano sacó otra carpeta y cerró la puerta. Al cerrarla, el muro volvió a convertirse en una pared blanca sin peculiaridad alguna. Cogí la carpeta y leí las detalladas cifras que atiborraban siete páginas. Los valores numéricos no presentaban en sí mismos ningún problema. Eran simples cifras.

—Para algo de este nivel, bastará un simple lavado —dije—. Con una analogía de frecuencia como ésta, no hay que temer la instalación de ningún puente provisional. Ya sé que teóricamente existe esa posibilidad, pero no podría demostrarse la validez del puente provisional en cuestión y, al no ser posible acreditarla, tampoco se podrían controlar todos los errores que conllevaría. Eso equivaldría a cruzar el desierto sin brújula. Moisés lo logró, pero...

—Moisés logró incluso atravesar el mar.

—De eso hace ya mucho tiempo. Por lo que a mí respecta, no conozco ningún precedente de que los semióticos hayan logrado introducirse a este nivel.

—¿Me está diciendo que basta con una conversión simple?

—Es que una conversión doble comportaría un riesgo demasiado elevado. Ya sé que reduciría a cero la posibilidad de introducción de un puente provisional, pero, en esa etapa, es un malabarismo. El proceso de conversión aún no se ha fijado. La investigación todavía no ha concluido.

—No estoy hablando de una conversión doble —dijo el anciano y empezó de nuevo a retirarse la cutícula con un clip. Ahora, la del dedo corazón de la mano izquierda.

—¿A qué se refiere, entonces?

—A unshuffling.Estoy hablando de unshuffling.Quiero que haga unshufflingy un lavado de cerebro. Por eso lo he llamado. Para un simple lavado de cerebro, no habría sido necesario hacerlo venir.

—No lo entiendo —dije, descruzando las piernas y volviéndolas a cruzar—. ¿Cómo es que conoce usted elshuffling?Es información estrictamente confidencial. Nadie ajeno al programa debería conocerlo.

—Pues yo lo conozco. Tengo un canal de información directo con las altas esferas del Sistema, ¿comprende?

—En ese caso, indague a través de ese canal. Porque resulta que ahora el sistemashufflingestá cancelado. No sé por qué. Posiblemente haya surgido algún problema. En fin, no importa. Lo cierto es que ahora está prohibido utilizar elshuffling.Y si se descubriera que yo lo he hecho, el asunto no acabaría en una simple sanción.

El anciano volvió a tenderme la carpeta.

—Mire con atención la última hoja. Tiene que haber adjunta una autorización de uso del sistemashuffling.

Tal como me pedía, abrí la última hoja y eché un vistazo al documento. No cabía duda de que contenía una autorización para usar el sistemashuffling.La releí repetidas veces, pero era oficial. Contenía cinco firmas. ¿En qué estarían pensando los capitostes de la organización? No lograba entenderlo. Excavas un hoyo y, acto seguido, te dicen que lo rellenes; y lo haces, aplanas la tierra, y entonces te dicen que vuelvas a excavarlo. Y los que sufren las molestias son los mandados como yo.

—Hágame fotocopias en color de todos los documentos de solicitud. Si no los tengo, podría verme en un aprieto.

—¡Oh, claro! —exclamó el anciano—. Claro que sí. Usted no debe preocuparse por nada. Todos los trámites se han realizado en la más absoluta legalidad. Y respecto al sueldo, ahora le pagaré la mitad, y el resto se lo entregaré cuando termine el trabajo. ¿Le parece bien?

—Perfecto. El lavado de cerebro lo haré ahora mismo. Después volveré a casa con los valores numéricos lavados y allí realizaré elshuffling.Para ello son necesarios diversos preparativos. Y cuando estén listos los datos que obtenga delshuffling,se los traeré.

—Lo necesito sin falta para dentro de tres días al mediodía.

—Es suficiente —aseguré.

—Le suplico que no se retrase —urgió el anciano—. Si se retrasara, sucedería algo terrible.

—¿Se hundiría el mundo, tal vez? —pregunté.

—Pues,en cierto sentido, sí—dijo el anciano con aire de misterio.

—No se preocupe. Siempre he respetado los plazos —dije—. Si es posible, desearía un termo con café caliente y agua con hielo. También querría una cena ligera. Porque creo que me espera una larga sesión de trabajo.

Tal como suponía, fue una larga sesión de trabajo. La ordenación de los valores numéricos fue, en sí, una tarea relativamente sencilla, pero, dado el alto número de variables, el cálculo requirió más tiempo del esperado. Introduje los valores numéricos resultantes en el hemisferio derecho del cerebro y, tras codificarlos y convertirlos en valores totalmente diferentes, los pasé al hemisferio izquierdo, extraje de éste unos valores numéricos completamente distintos y los imprimí en papel. En eso consiste el lavado de cerebro, expresado de una manera muy simple. Las cifras convertidas varían según el calculador. Estos valores numéricos difieren de la tabla de números aleatorios en el sentido de que son susceptibles de ser representados en un diagrama. Y la clave radica en la partición del hemisferio derecho e izquierdo del cerebro (ésta es una terminología arbitraria, por supuesto. En realidad, no existe una división neta entre las partes derecha e izquierda). Si lo dibujásemos, vendría a ser algo así:

En resumen, si los bordes mellados no se acoplan a la perfección, es imposible devolver los valores numéricos a su forma original. Sin embargo, los semióticos intentan descodificarlos tendiendo puentes provisionales desde su ordenador a las cifras pirateadas. Es decir, que analizan los valores numéricos y reproducen la melladura en un holograma. Unas veces lo logran, y otras veces no. Si nosotros perfeccionamos el nivel técnico, ellos contraatacan perfeccionándolo a su vez. Nosotros protegemos los datos; ellos los roban. La clásica historia de policías y ladrones.

Los semióticos transfieren al mercado negro gran parte de la información que consiguen de manera ilícita y obtienen con ello pingües beneficios. Y lo que es peor: se reservan para ellos la información más valiosa y la utilizan en beneficio propio de un modo muy eficaz.

Nuestra organización es conocida generalmente como el Sistema, y la organización de los semióticos, la Factoría. En sus inicios, el Sistema era un conglomerado de empresas privadas, pero a medida que crecía su importancia, se fue invistiendo de un carácter semigubernamental. Funciona de manera parecida a la Bell Company estadounidense. Los calculadores estamos en la base de la organización y somos trabajadores autónomos, igual que los asesores fiscales y los abogados, pero necesitamos una licencia oficial expedida por el Estado y sólo podemos aceptar trabajo del Sistema o de los agentes oficiales acreditados por éste. Esa medida cautelar tiene como objeto impedir que la Factoría haga un uso ilícito de la técnica, y a quienes la contravienen se les impone una sanción y les retiran la licencia. Sin embargo, no tengo muy claro si es o no una medida acertada. Porque los calculadores que pierden la acreditación oficial suelen ser absorbidos por la Factoría, se pasan al terreno de la ilegalidad y acaban convirtiéndose en semióticos.

No sé cómo está estructurada la Factoría. Al principio surgió como una empresa de alto riesgo de pequeña envergadura, pero creció de forma acelerada. Hay quien habla de una «mafia de datos», y lo cierto es que su manera de ramificarse en organizaciones clandestinas de diversa índole tal vez sea propia de la mafia. Sin embargo, la Factoría únicamente trata con información, y en este aspecto difiere de la mafia. La información es limpia, rentable. Ellos vigilan los ordenadores a los que han echado el ojo y piratean la información.

Proseguí el lavado de cerebro mientras me bebía un termo entero de café. Trabajar una hora y descansar media: ésta es mi norma. Si no lo hago así, la juntura entre el hemisferio derecho y el izquierdo pierde precisión y los valores numéricos se emborronan.

Durante la media hora de descanso estuve charlando con el anciano. No importa sobre qué, pero mover los labios y hablar es la mejor manera de recobrarse de la fatiga mental.

—¿De qué son esos datos? —le pregunté.

—Son las cifras de las mediciones de mi experimento —dijo el anciano—. Los frutos de mi trabajo de este último año. La combinación de la conversión en cifras de las imágenes tridimensionales de la capacidad de los cráneos y paladares de cada uno de los animales junto con el producto de la descomposición en tres elementos de sus voces. Ya le he dicho antes que he tardado treinta años en comprender el sonido propio de cada hueso, pero cuando concluya los cálculos, seremos capaces de extraer el sonido, no de formaempírica,sinoteórica.

—¿Y podremos controlarlo de forma artificial?

—En efecto —dijo el anciano.

—Y cuando lo controlemos artificialmente, ¿qué ocurrirá?

El anciano permaneció en silencio; mientras, se pasaba la lengua por el labio superior.

—Muchas cosas —dijo poco después—. La verdad es que sucederán muchas cosas. No puedo decírselo, pero ocurrirán cosas que ni usted puede imaginar.

—¿La eliminación del sonido es una de ellas? —pregunté.

El anciano rió, divertido.

—Sí. Exacto. Ajustándose a las señales propias del cráneo del ser humano, se podrá eliminar o reducir el sonido. Dado que la forma del cráneo de cada persona es distinta, el sonido no podrá eliminarse del todo, pero sí reducirse considerablemente. Para resumir, se trata de acoplar la vibración del sonido a la del antisonido y hacer que suenen de manera conjunta. La eliminación del sonido es uno de los logros más inofensivos de mi investigación.

Si aquello era inofensivo, figúrense el resto. Al imaginar a todo el mundo apagando o bajando el sonido a su antojo, experimenté cierto fastidio.

—La eliminación del sonido puede efectuarse en su producción o en su recepción —dijo el anciano—. Es decir, que puede eliminarse el sonido no oyéndolo, como antes ha ocurrido con el ruido del agua, o no emitiéndolo. En el caso de la emisión de voz, al ser algo personal, la efectividad es del cien por cien.

—¿Tiene usted la intención de hacerlo público?

—¡En absoluto! —El anciano agitó las manos—. No tengo la menor intención de enseñar a los demás una cosa tan interesante. Lo hago para entretenerme.

Volvió a prorrumpir en carcajadas. Yo también me reí.

—Mi investigación se limita a un campo muy especializado, y la fonética no interesa a casi nadie —prosiguió—. Además, me extrañaría que los asnos del mundo académico entendieran algo de mi teoría. Ningún científico me hace caso, ¿sabe usted?

—Sí, pero los semióticos no son idiotas. Son unos genios analizando. Seguro que entenderían muy bien su investigación.

—Por eso extremo las precauciones. Mantuve en secreto los datos y los procedimientos, y publiqué sólo la teoría en forma de hipótesis. De ese modo, no hay peligro de que lo descifren. Puede que el mundo científico me ignore, pero dentro de cien años se probará mi teoría. Con eso me basta.

—Hum...

—Precisamente por eso, todo depende de su lavado y de sushuffling.

—Ya veo —dije.

Después, volví a concentrarme una hora más en los cálculos. Y me tomé otro descanso.

—Me gustaría hacerle una pregunta —dije.

—¿Sobre qué? —dijo el anciano.

—Sobre la joven de la entrada, una chica rellenita con un traje chaqueta de color rosa... —dije.

—Es mi nieta —dijo el anciano—. Una chica muy inteligente. Pese a lo joven que es, ya me ayuda en los experimentos.

—Verá, quería preguntarle si es muda de nacimiento o si la han sometido a alguna prueba de eliminación del sonido, porque...

—¡Oh, no! —exclamó el anciano dándose una fuerte palmada en la rodilla—. ¡Se me había olvidado por completo! Hice con ella un experimento de eliminación del sonido y me olvidé de devolverla a su estado natural. ¡Qué desastre, qué desastre! Tendré que ir enseguida y restablecer su sistema de sonido.


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—Sí, es una buena idea —dije yo.

4EL FIN DEL MUNDOLa biblioteca

El centro de la ciudad lo constituía una plaza semicircular que se extendía por el lado norte del Puente Viejo. La otra mitad del círculo, es decir, su parte inferior, estaba en el lado sur, separada por el río. Aunque a ambos semicírculos se los denominaba la Plaza Norte y la Plaza Sur, y eran concebidos como una unidad, de hecho eran tan distintos que casi podía decirse que causaban una impresión diametralmente opuesta. En la Plaza Norte reinaba una atmósfera extraña, densa y asfixiante, como si en ella confluyera el silencio de las calles circundantes. En la Plaza Sur, por el contrario, había poco que sentir; sobre ella flotaba una vaga sensación de pérdida. En comparación con la zona que se extendía al norte del puente, al sur los edificios escaseaban y las piedras redondas del pavimento y los parterres estaban poco cuidados.

En el centro de la Plaza Norte se erguía alta, apuntando al cielo, la gran torre del reloj. En lugar de torre del reloj, en realidad tal vez hubiera sido más exacto decir que tenía la forma de una torre del reloj. Porque, un día, sus agujas se inmovilizaron y el reloj perdió por completo su función.

Aquella torre cuadrada de piedra, con sus cuatro aristas apuntando a los cuatro puntos cardinales, se iba estrechando conforme ganaba en altura. En su cima había cuatro esferas, una en cada cara, con las ocho agujas señalando, para toda la eternidad, las diez y treinta y cinco minutos. Por los ventanucos que se vislumbraban un poco más abajo cabía suponer que la torre estaba hueca y que se podía ascender a la cima por una escalera o algo similar, pero no se veía entrada alguna. La torre era altísima, tanto que, para distinguir la hora que señalaban las agujas, era necesario cruzar el río y pasar al lado sur.

La plaza estaba rodeada de varias hileras de edificios de piedra y ladrillo dispuestos en forma de abanico. Sin adornos ni indicaciones, sin nadie que entrara o saliera por sus puertas cerradas a cal y canto, nada distinguía un edificio de otro. Tal vez fuesen oficinas de correos que hubieran perdido sus cartas, o compañías mineras que hubiesen perdido a sus mineros, o crematorios que hubiesen perdido a sus difuntos. Sin embargo, extrañamente, aquellos edificios mudos, desiertos, no suscitaban una sensación de abandono. Cada vez que atravesaba esas calles, me daba la impresión de que, en su interior, personas desconocidas contenían el aliento mientras realizaban labores que yo ni sospechaba.

La biblioteca se encontraba en una de esas calles desiertas. Para tratarse de una biblioteca, era un edificio de piedra normal y corriente, sin nada que lo diferenciase del resto. Ningún distintivo o rasgo externo indicaba que lo fuese. Con sus viejos y descoloridos muros de piedra de lúgubres tonalidades, sus ventanas con barrotes y estrechos sobradillos y su puerta maciza, habría podido confundirse con un granero. Si el guardián no me hubiera anotado detalladamente el camino en un papel, tal vez jamás la hubiese hallado ni reconocido.

—En cuanto te hayas instalado, irás a la biblioteca —me había dicho el guardián el día de mi llegada a la ciudad—. Hay allí una chica, ella sola se encarga de vigilarla. Y esa chica me ha dicho que la ciudad desea que leas los viejos sueños.

El guardián, que, con un cuchillo pequeño, tallaba una cuña redonda de un pedazo de madera, se detuvo, recogió las virutas desparramadas sobre la mesa y las echó a la basura.

—¿«Viejos sueños»? —solté sin pensar—, ¿Y eso qué es?

—Los viejos sueños son... viejos sueños. En la biblioteca los hay a montones. Tú coge tantos como quieras y léelos con calma.

El guardián estudió detenidamente el trozo de madera cuya punta acababa de pulir y, convencido al fin, lo depositó en un estante que había a sus espaldas. En éste se alineaban una veintena de objetos de madera tallados y afilados de la misma forma.

—Tú eres libre de preguntar y yo soy libre de responderte —dijo el guardián cruzando las manos detrás de la nuca—. También hay cosas a las que no puedo contestar. Sea como sea, a partir de ahora irás todos los días a la biblioteca y leerás viejos sueños. Este será tu trabajo. Te presentarás allí a las seis de la tarde y leerás sueños hasta las diez o las once de la noche. La cena te la preparará la chica. El resto del tiempo podrás emplearlo como quieras. Sin limitaciones de ningún tipo. ¿Comprendido?

—Comprendido —dije—. Por cierto, ¿hasta cuándo tendré que realizar ese trabajo?

—¡Vete a saber! Tampoco lo sé yo. Hasta que llegue el momento —dijo el guardián. Y extrajo otro trozo de madera de un montón de leña y empezó a tallarlo de nuevo con el cuchillo.

—Esta es una ciudad pequeña y pobre. No puede permitirse mantener a ociosos. Todo el mundo debe desempeñar la tarea que le corresponde. Tú leerás viejos sueños en la biblioteca. Supongo que no vendrías aquí con la idea de pasarte los días ocioso, ¿verdad?

—Para mí trabajar no representa ningún sacrificio. Es más agradable hacer algo que estar mano sobre mano —dije.

—Muy bien —asintió el guardián sin despegar los ojos de la punta del cuchillo—. Entonces, será mejor que empieces a trabajar cuanto antes. A partir de ahora, te llamarás «el lector de sueños». Ya no tendrás otro nombre. Tú serás «el lector de sueños», igual que yo soy «el guardián». ¿Comprendido?

—Comprendido —contesté.

—Y de la misma forma que sólo hay un guardián en la ciudad, sólo habrá un lector de sueños. Porque, para serlo, hay que cumplir ciertos requisitos. Y yo ahora voy a facilitarte las cosas para que los cumplas.

Tras decir eso, el guardián sacó de la alhacena un platito plano de color blanco, lo depositó sobre la mesa y vertió aceite en él. Después, prendió una cerilla e hizo arder el aceite. Acto seguido, entre los objetos cortantes que se alineaban en el estante, tomó un peculiar cuchillo, de punta achatada, parecido a un cuchillo para la mantequilla, y calentó largamente la punta. Después apagó el fuego de un soplo y lo dejó enfriar.

—Es para marcarte —dijo el guardián—. Pero no va a dolerte en absoluto. No debes tener miedo. Además, terminaré en un abrir y cerrar de ojos.

Me alzó con un dedo el párpado del ojo derecho, lo abrió y me pinchó el globo ocular con la punta del cuchillo. Sin embargo, tal como me había anunciado, no me dolió; tampoco sentí, extrañamente, ningún temor. El cuchillo mordió mi globo ocular de forma dulce y callada, como si su punta fuera de gelatina. Acto seguido, repitió la misma operación con el ojo izquierdo.

—Cuando dejes de ser lector de sueños, la herida cicatrizará por sí misma —dijo el guardián retirando el plato y el cuchillo—. Porque, en definitiva, esta herida es la marca del lector de sueños. Pero hay algo que debes tener en cuenta: con esos ojos no puedes mirar la luz del sol. Si lo haces, recibirás el merecido castigo. Así pues, a partir de ahora sólo podrás salir de noche o cuando esté nublado. Los días soleados procura mantener la habitación a oscuras y enciérrate en ella.

El guardián me entregó unas gafas de cristales oscuros y me indicó que las llevara siempre puestas, excepto mientras dormía. Y así fue como perdí la luz del sol.

Unos días después, al atardecer, empujé la puerta de la biblioteca. La pesada puerta de madera se abrió con un chirrido: detrás se extendía, en línea recta, un largo pasillo. El aire estaba enrarecido y polvoriento, como si llevara largos años estancado. Las tablas del entarimado se habían desgastado por el roce de las suelas de los zapatos y las paredes de yeso habían adquirido la misma tonalidad amarillenta que la luz de la lámpara.

A ambos lados del pasillo había varias puertas, pero una blanca capa de polvo cubría las cadenas que colgaban de sus pomos. La única puerta sin cadena era la del fondo del pasillo, una puerta de delicada hechura, con un cristal esmerilado detrás del cual se vislumbraba la luz de una lámpara. Llamé varias veces con los nudillos, pero nadie me abrió. Apoyé la mano en el pomo y lo giré con suavidad: la puerta se abrió hacia dentro sin un sonido. En la habitación no había un alma. Una estancia simple y desierta, mayor que la sala de espera de una estación de tren, sin ventana alguna, sin objetos decorativos. Sólo una mesa tosca y tres sillas, una vieja estufa de hierro de carbón. Y un reloj de pared, y el mostrador. Sobre la estufa, una cafetera negra con el esmalte desconchado de la que se alzaba una nube blanca de vapor. Al otro lado del mostrador había una puerta con cristal esmerilado, idéntica a la de la entrada, y detrás de ésta se vislumbraba, como era de esperar, la luz de una lámpara. Dudé si llamar a la puerta o no, pero al final decidí no hacerlo y esperar a que apareciera alguien.

Sobre el mostrador había esparcidos unos clips plateados. Los cogí y, tras juguetear con ellos unos instantes, me senté en la silla que había frente a la mesa.

La chica apareció por la puerta de detrás del mostrador unos diez o quince minutos más tarde. En la mano llevaba una especie de carpeta. Me miró con fijeza, ligeramente sorprendida, y sus mejillas se arrebolaron unos instantes.

—Perdone —dijo ella—. No sabía que hubiera entrado alguien. Tendría que haber llamado a la puerta. He estado todo el rato en la habitación del fondo, ordenando las cosas. Es que está todo patas arriba, ¿sabe?

Permanecí largo tiempo inmóvil, sin decir nada, contemplando su rostro. Me daba la sensación de que, de un momento a otro, su cara iba a recordarme algo. Poseía algo que removía con suavidad un blandopososepultado en el fondo de mi conciencia. Pero era incapaz de calibrar qué significaba, y las palabras se hundían en lejanas tinieblas.

—Como sabrá, ya no viene nadie por aquí. Lo único que queda son viejos sueños. Nada más.

Sin apartar la mirada de su rostro, esbocé un pequeño gesto de asentimiento. Intenté obtener alguna información a partir de sus ojos, de sus labios, de su frente ancha, de su cabello negro recogido atrás, pero, cuanto más me concentraba en los detalles, más se desdibujaba, más lejana se me antojaba la imagen de conjunto. Descorazonado, cerré los ojos.

—Perdone, pero ¿no se habrá confundido usted de edificio? Todos se parecen —dijo ella depositando la carpeta sobre el mostrador, junto a los clips—. El único que puede entrar aquí y leer los viejos sueños es el lector de sueños. No se permite la entrada a nadie más.

—Yo he venido a leer los sueños —afirmé—. La ciudad me ha dicho que lo haga.

—¿Le importaría quitarse las gafas?

Me quité las gafas oscuras y la miré de frente. Ella fijó la vista en mis dos pupilas, que habían adquirido la pálida tonalidad de la marca del lector de sueños. Me dio la impresión de que su mirada me atravesaba la carne hasta penetrar en la médula de mis huesos.

—Muy bien. Vuelva a ponerse las gafas —dijo—, ¿Le apetece un café?

—Sí, gracias.

Ella trajo dos tazas de la habitación del fondo, las llenó de café de la cafetera y tomó asiento al otro lado de la mesa.

—Aún no he terminado de prepararlo todo. Empezaremos a leer sueños mañana —me dijo ella—. ¿Te parece bien leerlos aquí? La sala de lectura está cerrada, pero, si lo prefieres, la abriré.

Repuse que me parecía bien allí, y pregunté:

—¿Me ayudarás tú?

—Sí. Mi trabajo consiste en guardar los viejos sueños y en ayudar a leerlos.

—¿Es posible que nos hayamos visto antes en alguna parte?

Ella alzó los ojos y me miró fijamente. Rebuscó en su memoria, tratando de encontrar algún vínculo conmigo, pero al final desistió y sacudió la cabeza.

—Como sabes, en esta ciudad los recuerdos son muy poco precisos, terriblemente inciertos. Hay cosas que podemos recordar y cosas que no. Al parecer, tú perteneces al segmento de las cosas imposibles de recordar. Lo siento.

—No importa —repliqué—. No tiene la menor importancia.

—Es posible que nos hayamos visto antes. Yo he vivido siempre en la ciudad y no es muy grande.

—Sí, pero yo he llegado hace sólo unos días.

—¿Unos días? —se sorprendió—. Entonces, seguro que me confundes con otra persona. Yo he vivido aquí toda mi vida, jamás he salido de la ciudad. Debe de tratarse de alguien parecido a mí.

—Es posible —dije. Y tomé un sorbo de café—. Pero a veces lo pienso, ¿sabes? Me pregunto si, hace tiempo, no habremos vivido todos en un lugar completamente distinto, si no habremos llevado todos, una vida completamente diferente. Y si, por una razón u otra, estas vivencias no se han borrado de nuestra memoria y vivimos ignorándolas. ¿No lo has pensado nunca?

—Nunca —dijo ella—, Pero es posible que se te ocurran estas cosas porque eres el lector de sueños. El lector de sueños piensa y siente de una manera muy distinta a los demás.

—No sé —dije yo.

—Entonces, ¿tú sabes qué hacías y dónde?

—No, no me acuerdo —dije. Me dirigí al mostrador, cogí uno de los clips que estaban desparramados por encima y lo contemplé durante unos instantes—. Pero siento que hay algo. Tengo la certeza. Y también me da la impresión de que a ti te he conocido antes en algún otro lugar.

El techo de la biblioteca era alto, la estancia estaba tan silenciosa como el fondo del mar. Con el clip en la mano, sin pensar en nada, barrí la sala con ojos distraídos. Sentada ante la mesa, ella seguía tomándose el café sola, con calma.

—Tampoco sé por qué he venido aquí —dije.

Al posar la vista en el techo, vi cómo las partículas de luz amarillenta de la lámpara que descendían desde lo alto se hinchaban y encogían. Posiblemente se debiera a mis pupilas heridas. El guardián me había transformado los ojos para que pudiera ver cosas excepcionales. En la pared, un reloj grande y viejo desmenuzaba el tiempo lentamente, sin hacer el menor ruido.


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—Tal vez haya venido a la ciudad por algún motivo, pero no consigo recordar cuál —añadí.

—Esta ciudad es muy tranquila. Si has venido en busca de paz, seguro que te gustará.

—Sí, seguro que sí —repuse—. ¿Y qué tengo que hacer hoy aquí?

Ella hizo un ademán negativo con la cabeza, se levantó con movimientos pausados y recogió las dos tazas vacías.

—Hoy no puedes hacer nada aquí. Empezaremos a trabajar mañana. Mientras, vuelve a casa y descansa.

Alcé de nuevo los ojos hacia el techo y luego volví a clavarlos en su rostro. Sin duda aquel rostro estaba estrechamente ligado a algo del fondo de mi corazón. Y ese algo me producía una emoción suave y dulce. Cerré los ojos y rebusqué dentro de mi mente confusa. Al cerrar los ojos, sentí cómo el silencio, semejante a un fino polvo, iba cubriendo mi cuerpo.

—Vendré mañana a las seis —dije.

—Adiós —dijo ella.

Al salir de la biblioteca, me acodé en la barandilla del Puente Viejo y, mientras escuchaba el murmullo del agua, contemplé la ciudad, que las bestias ya habían abandonado. Las primeras y pálidas sombras de la noche teñían de azul la torre del reloj, los muros de piedra que circundaban la ciudad, las hileras de edificios que bordeaban el río y la Sierra del Norte. Mis oídos percibían sólo el murmullo del agua. Incluso los pájaros se habían ido ya a alguna parte.

Ella me había dicho: «Si has venido en busca de paz...».

Pero yo no podía jurar eso.

Cuando las negras tinieblas cayeron sobre la ciudad y empezaron a encenderse las farolas que se sucedían en el camino que bordeaba el río, me dirigí hacia la Colina del Oeste por las calles desiertas.

5EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASCálculos. Evolución. Deseo sexual

El anciano regresó a la superficie para restituir la voz original a su nieta insonorizada, y yo proseguí a solas mis cálculos mientras tomaba café.

No sé cuánto tiempo estuvo ausente. Yo había programado mi reloj de pulsera digital de modo que la alarma sonara, alternativamente, a la hora y a la media hora, a la hora y a la media hora... para así entregarme al cálculo y al descanso, al cálculo y al descanso, guiándome por la señal. Apagué la esfera del reloj para no ver la hora. Si estoy pendiente del tiempo, me cuesta más concentrarme en mis cálculos. Y es que la hora real no guarda relación con mis operaciones matemáticas. Cuando inicio mis cálculos, empieza la jornada de trabajo; cuando los concluyo, termina. Para mí, el único tiempo válido es el ciclo hora-media hora, hora-media hora.

Mientras el anciano permaneció fuera, descansé dos o tres veces. En las pausas me tendí en el sofá y dejé vagar libremente mis pensamientos, fui al lavabo, hice flexiones. El sofá era muy cómodo. Ni demasiado duro ni demasiado blando, y el cojín se adaptaba a la perfección a la forma de mi cabeza. En todos los sitios a los que voy a trabajar, cuando llega la hora del descanso acostumbro a echarme un rato en el sofá, y lo cierto es que hay poquísimos que valgan realmente la pena. Los sofás son en su mayoría verdaderas chapuzas; parecen comprados para salir del paso, y a menudo, incluso en el caso de los más lujosos, esos cuya calidad se aprecia a simple vista, al acostarte en ellos te llevas una gran decepción. No comprendo cómo la gente es tan descuidada a la hora de elegir un sofá.

Siempre he creído —aunque tal vez sea un prejuicio, vete a saber— que, en la elección del sofá, uno demuestra su categoría. El mundo del sofá tiene unas reglas propias que no puedes transgredir. Pero eso sólo puede entenderlo quien haya crecido sentado en un buen sofá. Sucede como con quien ha crecido leyendo buenos libros o escuchando buena música. Un buen sofá crea buenos sofás, un mal sofá crea malos sofás. Es así como funciona.

Conozco a varios individuos que, pese a conducir automóviles de lujo, tienen en su casa sofás de segunda o tercera categoría. Esos tipos no me merecen excesiva confianza. Un automóvil de lujo tendrá su valor, nadie lo niega, pero no es más que un coche caro. Cualquiera que tenga dinero puede comprarlo. Sin embargo, para adquirir un buen sofá, hace falta juicio, experiencia y filosofía. Cuesta dinero, pero no basta con gastar dinero. Es imposible hacerse con un sofá excelente si no se tiene una imagen clara y definida de lo que es un sofá.

El sofá en el que estaba tendido yo en aquellos momentos era, a todas luces, un sofá de primera categoría. Eso despertó mis simpatías hacia el anciano. Acostado en el sofá, con los ojos cerrados, estuve dándole vueltas a su extravagante conversación y a su extraño modo de reírse. Al recordar lo de la eliminación del ruido, me dije que no cabía duda de que, como científico, pertenecía a la categoría superior. Un científico mediocre jamás podría eliminar o introducir el sonido a su antojo. Es más, a un científico mediocre ni siquiera se le pasaría por la cabeza que cupiera tal posibilidad. También era innegable que el hombre era terco. Entre los científicos abundaban los excéntricos o los misántropos, pero no conocía a ninguno que llegara al extremo de construirse un laboratorio subterráneo detrás de una cascada para huir de las miradas de la gente.

Imaginé las astronómicas cifras que podrían derivarse de la comercialización de la técnica de eliminación e introducción del sonido. Para empezar, los equipos PA desaparecerían de las salas y locales de conciertos. Ya no harían falta aparatosas máquinas para amplificar el sonido. Y también sería posible lo contrario: eliminarlo. Si se dotara a los aviones de mecanismos para anular el sonido, las personas que viven cerca de los aeropuertos lo agradecerían. Al mismo tiempo, era innegable que la industria armamentística y el mundo de la delincuencia también harían uso de esa técnica. Bombarderos silenciosos, armas con silenciador, bombas con el volumen amplificado para hacer estallar el cerebro humano y otros artefactos por el estilo irían apareciendo, uno tras otro, y con ellos la matanza institucionalizada de seres humanos a gran escala alcanzaría un grado de sofisticación sin precedentes. Me parecía estar viéndolo con mis propios ojos. Quizá el anciano fuera consciente de ello y, precisamente por ese motivo, no se atreviera a publicar los resultados de su estudio y se los guardara para él. La simpatía que sentía hacia el anciano aumentó.

Regresó cuando yo había completado ya cinco o seis veces el ciclo de trabajo. De su brazo colgaba una gran cesta.

—He traído café recién hecho, y emparedados —dijo el anciano—. De pepino, de jamón y de queso. ¿Le gustan?

—Gracias. Son mis preferidos —dije.

—¿Va a comérselos enseguida?

—Cuando acabe este ciclo, gracias.

Cuando sonó la alarma del reloj, había completado ya el lavado de cinco de las siete hojas de listas de valores numéricos. Faltaba poco. Lo dejé en este punto, me levanté y, después de desperezarme largamente, empecé a comer.

Había montañas de emparedados, muchos más de los que te sirven los restaurantes y bares en un plato. Devoré dos tercios del montón en silencio. No creo que haya ninguna razón en particular, pero un lavado de cerebro prolongado me despierta un hambre canina. Fui embutiéndome en la boca, por ese orden, emparedados de jamón, de pepino y de queso, acompañándolos de café caliente.

Mientras yo devoraba tres, el anciano mordisqueaba uno. Por lo visto, le gustaba el pepino y, tras levantar la rebanada de pan y salar el pepino con gran cuidado, lo masticaba con fruición entre pequeños crujidos. No sé por qué, pero parecía un grillo bien educado.

—Coma, coma. Coma tanto como quiera —me animó el anciano—, A mi edad, cada vez se come menos. Se come poco y se trabaja poco. Pero los jóvenes tienen que comer mucho. Es bueno comer mucho y engordar. La gente odia engordar. A mi modo de ver, es porque engorda mal. Y cuando engorda mal, pierde la salud y la belleza. Pero si uno engorda bien, eso no sucede. Al contrario: vive la vida en su plenitud, el deseo sexual aumenta, tiene la mente más lúcida. Yo, cuando era joven, también estaba muy gordo. Ahora soy una sombra de lo que era, ¿sabe? —El hombre se rió a carcajadas, frunciendo los labios—, ¿Qué? ¿Qué le parecen? Están buenos, ¿verdad?

—Pues sí. Riquísimos —los alabé. Eran deliciosos. Soy tan exigente con los emparedados como con los sofás, pero aquéllos superaban con creces el límite de lo aceptable. El pan era tierno, esponjoso, cortado con un cuchillo limpio y bien afilado. Por cierto, eso es algo que suele pasar inadvertido, pero para preparar un buen emparedado es indispensable contar con un buen cuchillo. Por excelentes que sean los ingredientes, si el cuchillo es malo, es imposible preparar emparedados que merezcan tal nombre. En aquel caso, la mostaza era de calidad superior; la lechuga, crujiente; la mayonesa, hecha a mano, o lo parecía. Hacía tiempo que no comía unos emparedados tan bien hechos.

—Los ha preparado mi nieta. Como señal de agradecimiento hacia usted —dijo el anciano—. Es su especialidad, ¿sabe?

—Son fantásticos. Ni un profesional los prepararía mejor.

—¡Qué bien! Cuando se lo diga, se pondrá muy contenta. Es que, ¿sabe?, como casi nunca tenemos visitas, tiene poquísimas oportunidades de conocer la opinión de terceros sobre sus emparedados. Los prepara ella, pero siempre nos los comemos nosotros dos.

—¿Viven ustedes dos solos? —le pregunté.

—Sí, desde hace tiempo. Yo me relaciono muy poco con el mundo exterior y he acabado contagiando mi actitud a mi nieta. Eso, la verdad, me preocupa. La niña tendría que salir más. Es inteligente y tiene muy buena salud: debería relacionarse más con el mundo exterior. Es joven. Y el deseo sexual tiene que satisfacerse de una manera adecuada. ¿Qué? ¿Qué le parece? ¿Verdad que es atractiva mi nieta?

—¡Oh, sí! Por supuesto.

—El deseo es una energía positiva. Esto está muy claro. Pero, si no se satisface, se acumula y la mente pierde lucidez, y el cuerpo, su equilibrio. Esto les pasa tanto a los hombres como a las mujeres. En el caso de las mujeres, se producen desarreglos menstruales que, a su vez, provocan inestabilidad emocional.

—¡Ah! —exclamé.

—La niña debería tener relaciones lo antes posible con un hombre adecuado. Estoy convencido de ello, como tutor y como biólogo —dijo el anciano sazonando el pepino.

—¿Ah, sí?... Por cierto, ¿ya le ha devuelto el sonido? —le pregunté. En pleno trabajo, no me apetecía demasiado hablar del deseo sexual de los demás.

—¡Vaya! Me había olvidado de decírselo —dijo el anciano—. Sí, por supuesto. Le agradezco mucho que me lo comentara. Si no lo hubiera hecho, la pobre niña habría pasado unos días más insonorizada. Es que me voy a encerrar aquí y no subiré hasta dentro de algunos días. Y vivir sin sonido comporta algunos inconvenientes, ¿sabe usted?

—Pues sí, me lo imagino —asentí.

—La niña, tal como acabo de decirle, apenas se relaciona con la gente, así que el problema no sería tan grave, pero si la llama alguien por teléfono... En ese caso, sería un inconveniente. Mire, yo mismo la llamé desde aquí varias veces y me extrañó mucho que no contestara. ¡Qué desastre!

—Y si no puede hablar, tendrá problemas al ir de compras, supongo.

—No, no. Para comprar no hay ningún problema —dijo el anciano—. En los supermercados, aunque no digas una palabra, puedes comprar lo que quieras. Son muy prácticos. A mi nieta le encantan los supermercados, siempre compra allí. En realidad, se pasa la vida yendo de la oficina al supermercado y del supermercado a la oficina.

—¿Y no regresa nunca a casa?

—A mi nieta le encanta la oficina. Hay cocina, ducha... Nada le impide llevar una vida normal. A casa vuelve, a lo sumo, una vez a la semana.

Asentí, porque me pareció que debía hacerlo, y tomé un sorbo de café.

—Por cierto, creo que usted ha logrado entenderla —dijo el viejo—. ¿Cómo lo ha hecho? ¿Por telepatía?

—Mediante la lectura de labios. Aprendí hace tiempo, en un cursillo municipal. En aquella época disponía de mucho tiempo libre, y pensé que quizá algún día me sería útil.

—¡Vaya! ¡Conque lectura de labios! —dijo el anciano y asintió repetidas veces, convencido—. Una técnica muy efectiva. Yo también la domino un poquito. ¿Y si intentamos hablar un rato sin pronunciar en voz alta las palabras?

—No, no. Dejémoslo. Es mejor que hablemos normal —me apresuré a replicar. Ese día ya había tenido más que suficiente de aquel asunto.

—Por otro lado, es una técnica muy primitiva y presenta varios inconvenientes. Si está oscuro no entiendes nada, y te obliga a mirar constantemente los labios de tu interlocutor. Pero como medida provisional es eficaz. Al aprenderla, demostró ser muy previsor, ¿sabe usted?

—¿Como medida provisional?

—Exacto —dijo el anciano, y asintió con un movimiento de cabeza—, A usted sí puedo decírselo: en el futuro, el mundo será insonoro.

—¿Insonoro? —repetí sin pensar.

—Sí. Completamente insonoro. Para la evolución del hombre, la emisión de sonidos no sólo es innecesaria sino que, encima, es dañina. Por lo tanto, voy a hacerla desaparecer.

—¡Vaya! —exclamé—. ¿Y qué pasará con el canto de los pájaros, con el murmullo del agua de los ríos o con la música? ¿Todo eso desaparecerá también?

—Por supuesto.

—Pues me parece muy triste, la verdad.

—La evolución es así. La evolución siempre es despiadada, y triste. No existe una evolución alegre —dijo el viejo, y tras pronunciar estas palabras se levantó, se dirigió a la mesa, sacó un pequeño cortaúñas del cajón, volvió al sofá y empezó a cortarse las diez uñas de las manos, por orden, empezando por la uña del dedo pulgar de la mano derecha y acabando por la del meñique de la izquierda—. La investigación aún no ha concluido y no puedo darle más detalles, pero en líneas generales viene a ser eso. Pero no quiero que se lo revele a nadie. Sería catastrófico que llegara a oídos de los semióticos.


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—No se preocupe. A los calculadores nadie nos gana en discreción.

—Me tranquiliza oírlo —dijo el anciano. Con el borde de una tarjeta postal recogió los trocitos de uña, esparcidos por encima de la mesa, y los echó a la basura. Después cogió otro emparedado de pepino, lo espolvoreó con sal y lo mordisqueó con deleite.

—Quizá no me corresponda a mí decirlo, pero está buenísimo —dijo.

—¿Cocina muy bien su nieta? —le pregunté.

—No, no. Sólo sus emparedados son excepcionales. Los otros platos que prepara no están mal, pero no se pueden comparar con los emparedados.

—Vamos, que tiene una especie de talento genuino para eso —dije yo.

—Pues sí —dijo el viejo—. Parece que usted entiende muy bien a mi nieta. A usted sí podría confiársela sin ningún temor.

—¿A mí? —me sorprendí—. ¿Sólo porque he alabado sus emparedados?

—¿No le han gustado?

—Sí, mucho —dije. Y dejé volar mis pensamientos hacia la joven gordita, eso sí, controlándolos en todo momento para que no interfirieran en mis cálculos. Después tomé café.

—Creo que usted tiene algo. O que le falta algo. En realidad, tanto da una cosa como otra.

—A veces yo también pienso lo mismo —le respondí con franqueza.

—A ese estado los científicos lo llamamos estar en pleno proceso evolutivo. Como usted mismo comprenderá antes o después, la evolución es dura. Y lo más duro de todo, ¿qué cree que es?

—No lo sé. Dígamelo usted —repuse.

—Pues que uno no tiene elección. No puede elegir a su gusto. Se parece a una inundación, a un alud o a un terremoto. Nadie sabe cuándo se producirá, y en el momento en que ocurre no caben objeciones.

—Hum... Y esa evolución de la que habla, ¿tiene algo que ver con la insonorización a la que se refería? Quiero decir, con el hecho de que el hombre pierda la capacidad de hablar.

—No del todo. Poder hablar o no, en sí mismo, carece de importancia. No es más que una etapa.

Le dije que no lo entendía. Soy una persona bastante honesta. Cuando entiendo las cosas, lo digo, y, cuando no las entiendo, también. No me gustan las medias tintas. La mayor parte de los problemas, creo yo, surgen por expresarse con poca claridad. Y estoy convencido de que la mayoría de la gente habla de manera ambigua porque, en su fuero interno, busca problemas. Eso creo yo.

—En fin, dejémoslo aquí —dijo el anciano y volvió a reírse con aquellas carcajadas tan ásperas al oído—. Hablar de cosas tan complicadas acabará interfiriendo en sus cálculos. Ya proseguiremos otro día.

No tuve nada que objetar. En ese instante sonó la alarma del reloj y reemprendí el lavado de cerebro. El anciano sacó de un cajón de la mesa una especie de tenazas de acero inoxidable de las que se usan para las brasas, las cogió con la mano derecha y empezó a ir y venir por la estantería donde se alineaban los cráneos; con las tenazas daba golpecitos a algún que otro cráneo y aguzaba el oído a su resonancia. Parecía un gran maestro del violín que paseara entre su colección de Stradivarius y que los fuese cogiendo y pellizcara sus cuerdas con los dedos para ver cómo sonaban. Incluso en el simple acto de escucharlos, mostraba hacia los cráneos un amor fuera de lo común. Pensé que, aunque se llamaran todos cráneos por igual, cada uno producía una resonancia muy distinta. Uno sonaba como un vaso de whisky; otro, como una enorme maceta. Todos habían estado en su día recubiertos de carne y de piel, todos habían contenido cerebros —si bien de diferentes capacidades—, todos habían estado dominados por la idea de la comida o por el deseo sexual. Pero ahora todo eso había desaparecido y sólo quedaba una amplia gama de sonidos. Resonancias parecidas a las de un vaso, a las de una maceta, una fiambrera o una tubería de plomo.

Traté de imaginar mi propia cabeza, desollada, con la carne arrancada y el cerebro extraído, alineada en aquella estantería mientras el anciano iba dándole golpecitos con las tenazas de acero inoxidable. La idea me produjo una sensación extraña. ¿Qué diablos descifraría el anciano de la resonancia de mi cráneo? ¿Podría leer mis recuerdos? ¿O tal vez descubriría otras cosas aparte de la memoria? Me invadió un gran desasosiego.

No temía a la muerte en sí. Como dijo William Shakespeare: «Si mueres este año, no tendrás que morir el año que viene».

Al pensarlo, parecía muy simple. Sin embargo, la idea de que, después de muerto, colocaran mi cabeza en una estantería y le dieran golpecitos con unas tenazas no me entusiasmaba. Me deprimía pensar que, una vez muerto, alguien pudiera extraer algo de mi interior. La vida no es nada fácil, pero uno puede ir trampeando, a su buen juicio. Igual que Henry Fonda enEl hombre de las pistolas de oro.Pero, al menos después de muerto, me gustaría que me dejasen descansar en paz. Creí entender el deseo de los faraones del antiguo Egipto de que los encerraran dentro de una pirámide al morir.

Unas horas más tarde, concluí finalmente el lavado de cerebro. Como no había calculado el tiempo, ignoraba cuántas horas había necesitado, pero, a juzgar por el cansancio de mi cuerpo, deduje que debían de haber sido unas ocho o nueve horas. Un trabajillo, vamos. Me levanté del sofá, me desperecé largamente, desentumecí algunos músculos. En el manual del calculador hay unas ilustraciones que muestran la forma de desentumecer un total de veintiséis músculos. Si al terminar los cómputos se desentumecen bien los músculos, la fatiga mental desaparece y, si ésta desaparece, se prolonga la vida profesional del calculador. La profesión de los calculadores no ha cumplido siquiera diez años, por eso nadie sabe cuánto puede durar nuestra vida profesional. Hay quien dice que diez años, hay quien defiende que veinte. También hay quien dice que puede prolongarse hasta la muerte. Y quien opina que, antes o después, un calculador acaba quedando incapacitado. Ninguna de estas teorías pasa de ser una simple conjetura. Así que lo único que puedo hacer es desentumecer correctamente mis veintiséis músculos. Y dejar las teorías a las personas adecuadas.

Cuando acabé de desentumecer los músculos, me senté en el sofá, cerré los ojos y uní lentamente el hemisferio derecho y el izquierdo. Con ello, mi tarea finalizó por completo. Tal como indica el manual.

El anciano puso encima del escritorio un cráneo de lo que parecía ser un perro de gran tamaño, midió algunos detalles con un calibrador y apuntó las medidas con lápiz en una fotografía del cráneo.

—¿Ya ha terminado? —preguntó.

—Sí —dije yo.

—Muchas gracias por todo —dijo.

—Ahora me voy a casa. Mañana o pasado mañana haré elshufflingy se lo traeré sin falta antes de tres días al mediodía. ¿Le parece bien?

—Muy bien, muy bien —asintió el anciano—. Pero le ruego la mayor puntualidad. Si no llegara antes de mediodía, me vería en serios apuros.

—Lo tendré en cuenta —dije.

—Y extreme las precauciones para que no le roben las listas. Si eso llegara a suceder, yo tendría problemas, y usted también.

—Pierda cuidado. Nosotros, los calculadores, hemos recibido una buena formación al respecto. No nos dejamos robar fácilmente los datos recién procesados. No se preocupe.

De un bolsillo especial, oculto en la parte interior del pantalón, saqué una cartera de metal blando para llevar documentos importantes, introduje las listas de valores y la cerré.

—Esta cerradura sólo puedo abrirla yo. Si otra persona lo intenta, los documentos que hay en su interior se destruyen.

—Veo que está muy bien preparado —dijo el anciano.

Devolví la cartera al bolsillo interior del pantalón.

—Por cierto, ¿le apetece otro emparedado? Aún quedan algunos y yo, mientras trabajo, apenas como. Sería una pena tirarlos.

Aún tenía hambre, así que acepté su ofrecimiento y me zampé todos los emparedados que quedaban. El anciano se había dedicado en exclusiva a los de pepino y sólo había de jamón y de queso, pero, como a mí no me apasiona el pepino, no me importó. El anciano me llenó la taza de café recién hecho.

Me cubrí de nuevo con el impermeable, me puse las gruesas gafas y, linterna en mano, volví al subterráneo. Esta vez, el anciano no me acompañó.

—He ahuyentado a los tinieblos con ondas sonoras, así que no tiene nada que temer. Ésos, de momento, no aparecerán por aquí —dijo el anciano—. Ahora deben de ser ellos los que tienen miedo de asomar la nariz. A ésos basta con amenazarlos un poco, sólo vienen porque se lo piden los semióticos.

Por más optimistas que fueran las palabras del anciano, oír que había unas criaturas llamadas tinieblos pululando por el subsuelo me quitó las pocas ganas que me quedaban de vagar por allí a oscuras. Lo que más me aterraba era desconocer qué diablos eran los tinieblos, qué hábitos y qué forma tenían, no saber, en definitiva, cómo defenderme de ellos. Con la linterna en la mano izquierda y agarrando la navaja con la derecha, emprendí el camino de vuelta a lo largo del río subterráneo.

Dada la situación, al avistar la figura de la joven gordita del traje de color rosa al pie de la larga escalera de aluminio que había descendido a la ida, me sentí a salvo. Me hacía señales, oscilando la luz de la linterna. Cuando llegué hasta ella, me dijo algo, pero el rugido del agua, que volvía a oírse, ahogaba sus palabras, y además estaba demasiado oscuro para poder leer en sus labios, así que no entendí nada de lo que me decía.

Por lo pronto, decidí subir la escalera y salir a la luz. Yo iba delante y ella me seguía. La escalera era altísima. A la ida, como estaba muy oscuro y no veía nada, había descendido sin miedo, pero ahora, mientras subía un peldaño tras otro, al imaginar la altura, mi rostro y mis axilas se cubrieron de un sudor helado. En un edificio, aquella altura habría correspondido a tres o cuatro pisos y, además, los peldaños estaban tan resbaladizos por la humedad que me veía obligado a ascender con grandes precauciones para no sufrir un accidente.

A medio camino quise tomarme un respiro; sin embargo, al pensar en la joven que me seguía, comprendí que no era el momento adecuado y, al final, subí hasta arriba de un tirón. Me deprimía pensar que tres días después tendría que volver al laboratorio por ese mismo camino, pero lo cierto era que no había más remedio: la ruta estaba incluida en el plus.

Tras cruzar el armario empotrado y salir a la habitación, la joven me quitó las gafas y me despojó del impermeable. Yo me quité las botas y dejé la linterna.

—¿Ha ido bien el trabajo? —me preguntó. Su voz, que oía por primera vez, era dulce y clara.

Mirándola fijamente, asentí:

—Si no hubiera ido bien, no habría vuelto. Mi trabajo es así —añadí.

—Gracias por haberle dicho a mi abuelo lo del sonido. Me has hecho un gran favor. Ya llevaba una semana así.

—¿Y por qué no me lo comunicaste por escrito? Todo habría sido más rápido, me hubiese ahorrado un mal rato.

Sin responder, la joven rodeó el escritorio y se colocó bien los enormes pendientes que llevaba en las orejas.

—Son las normas —dijo.

—¿No comunicar nada por escrito?

—Esa es una de las normas.

—Hum...

—Está prohibido todo lo que pueda ir contra la evolución.

—Ya veo —dije, admirado. Realmente, se tomaba las cosas en serio.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó.

—Treinta y cinco —dije—. ¿Y tú?

—Diecisiete —contestó—. Eres el primer calculador que conozco. Tampoco he visto nunca a ningún semiótico.

—¿Es verdad que sólo tienes diecisiete años? —le pregunté, sorprendido.

—Sí. ¿Por qué iba a mentirte? Tengo diecisiete años. Pero no lo parece, ¿verdad?

—No —le respondí con sinceridad—. La verdad es que aparentas veinte o más.

—Es que no me gusta aparentar diecisiete —dijo ella.

—¿Y no vas a la escuela?

—No quiero hablar de eso. Al menos, ahora. La próxima vez que nos veamos te lo explicaré todo.

—Hum... —musité. Debía de tener sus razones.

—Y dime, ¿qué vida lleva un calculador?

—Verás, los calculadores, o los semióticos, cuando no trabajamos somos personas normales y corrientes, como todo el mundo.

—La gente será corriente, pero no normal.

—Bueno, ésa es una opinión —dije—. Lo que quiero decir es que somos de lo más vulgar. Que cuando nos sentamos al lado de alguien en el tren no llamamos la atención, que comemos como todo el mundo, que bebemos cerveza... Por cierto, gracias por los emparedados. Eran deliciosos.

—¿De verdad? —preguntó ella, y sonrió.

—Es difícil encontrar emparedados tan buenos. ¡Y he comido muchos en mi vida!

—¿Y el café?

—El café también estaba bueno.

—¿Te apetece tomar otro antes de irte? Así podremos hablar un rato.

—No, gracias. Más café, no —dije—. Abajo he tomado demasiado, ya no me cabe ni una gota más. Además, quiero volver a casa cuanto antes y dormir.

—¡Qué lástima!

—Sí, es una lástima.

—Bueno, te acompaño hasta el ascensor. Porque solo no creo que consigas llegar. El corredor es muy largo y complicado.

—Sí, no creo que pudiera —dije.

Ella cogió una especie de sombrerera redonda que había sobre la mesa y me la entregó. La tomé y la sopesé. Para lo grande que era, apenas pesaba. Si realmente contenía un sombrero, éste debía de ser de dimensiones considerables. La caja estaba rodeada de una gruesa cinta adhesiva para que no se abriera.

—¿Y esto qué es?

—Un regalo de mi abuelo. Ábrelo cuando llegues a casa.

Sacudí ligeramente la caja, de arriba abajo, con las dos manos. No se oyó ningún ruido, no se produjo ningún efecto.

—Cuidado, que se rompe —dijo la joven.

—¿Es un jarrón o algo por el estilo?

—No lo sé. Cuando llegues a casa y lo mires, lo sabrás.

Después abrió un bolso de mano de color rosa y me entregó un cheque metido dentro de un sobre. En él figuraba una cantidad ligeramente superior a la que esperaba. Lo metí en la cartera.

—¿Un recibo?

—No hace falta —dijo ella.

Salimos de la habitación y nos dirigimos al ascensor, doblando esquinas, subiendo y bajando por el mismo corredor que a la ida. Sus altos tacones resonaban por el pasillo con un agradable martilleo, como antes. Su gordura había dejado de inquietarme casi por completo. Andando a su lado, apenas me acordaba de que estaba gorda. Posiblemente, con el tiempo, llegara a familiarizarme con su gordura.


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—¿Estás casado? —quiso saber la joven.

—No —dije—. Lo estuve hace tiempo, pero ahora no.

—¿Te divorciaste al hacerte calculador? La gente dice que los calculadores no pueden tener un hogar.

—Eso no es verdad. Hay muchos calculadores que tienen familia y a los que, además, les va muy bien. Si bien es cierto que la mayoría piensa que se trabaja mejor sin una familia. Nuestro trabajo comporta un desgaste nervioso enorme, es peligroso, y a veces una mujer e hijos suponen un impedimento.

—Y en tu caso, ¿cómo fue?

—Yo me hice calculador después del divorcio. Así que no tiene nada que ver con mi trabajo.

Se quedó pensativa y dijo:

—Perdona que te haga preguntas raras. Es la primera vez que veo un calculador y tenía ganas de saber muchas cosas.

—No importa —dije yo.

—He oído decir que a los calculadores, al acabar un trabajo, os aumenta mucho el deseo sexual. ¿Es verdad?

—Pues no lo sé. Tal vez sí. Es que nuestro trabajo conlleva una tensión nerviosa muy peculiar.

—Y, en esas ocasiones, ¿con quién te acuestas? ¿Tienes novia?

—No —contesté.

—Entonces, ¿con quién te acuestas? Porque no eres ni homosexual ni una de esas personas que no sienten interés por el sexo, ¿verdad? ¿No quieres contestar?

—¿Y por qué no voy a querer contestar? —repuse. No soy en absoluto un hombre que vaya divulgando su vida por todas partes, pero, como no tengo nada que ocultar, si me preguntan, respondo—. Pues me acuesto con diferentes mujeres, según la ocasión —dije.

—¿Te acostarías conmigo?

—No. Creo que no.

—¿Por qué?

—Por principios. Casi nunca me acuesto con chicas que conozco. Suele traer complicaciones. Tampoco me acuesto con mujeres con las que tengo una relación laboral. Tratándose de un trabajo en el que guardas secretos ajenos, es necesario marcar un límite entre ambas cosas.

—¿No será porque estoy gorda y me encuentras fea?

—No estás tan gorda y, además, no eres nada fea —dije.

Volvió a quedarse pensativa.

—¿Con quién te acuestas entonces? ¿Se lo propones a chicas que encuentras por ahí?

—Alguna vez ha ocurrido.

—¿O te acuestas con prostitutas?

—También ha ocurrido eso.

—Si yo me acostara contigo a cambio de dinero, ¿aceptarías?

—No. No lo creo —respondí—. La diferencia de edad es demasiado grande. Y yo, con chicas demasiado jóvenes, no consigo encontrarme cómodo.

—En mi caso, es diferente.

—Tal vez. Pero no quiero buscarme más problemas de los necesarios. En lo posible, deseo vivir tranquilo.

—Mi abuelo dice que, la primera vez, es mejor que me acueste con un hombre de más de treinta y cinco años. Y dice que, cuando el deseo sexual se acumula y llega a cierto grado de intensidad, se pierde la lucidez.

—Sí, a mí también me lo ha dicho —dije yo.

—¿Crees que es cierto?

—No soy biólogo, no lo sé —dije—. Pero creo que esto depende de cada persona y que no se pueden hacer afirmaciones tan categóricas.

—¿Tú eres de los que tienen una intensidad muy alta?

—Supongo que lo normal —respondí tras reflexionar unos instantes.

—Yo aún sé muy poco sobre mi deseo sexual —dijo la joven gorda—. Por eso quería comprobar algunas cosas.

Mientras dudaba sobre qué responderle, llegamos ante el ascensor. El ascensor se abrió y esperó pacientemente a que yo subiera, como un perro bien adiestrado.

—¡Hasta la próxima! —se despidió.

Las puertas del ascensor se cerraron sin hacer el menor ruido. Yo me apoyé en las paredes de acero inoxidable y suspiré.

6EL FIN DEL MUNDOLa sombra

Cuando ella depositó el viejo sueño sobre la mesa, tardé en darme cuenta de que aquello era un viejo sueño. Tras permanecer largo rato con los ojos clavados en él, alcé la cabeza y me volví hacia la muchacha, que estaba de pie, a mi lado. Ella miraba el viejo sueño que descansaba sobre la mesa, bajo sus ojos. Pensé que el nombre de «viejo sueño» no cuadraba con aquel objeto. Las palabras «viejo sueño» sugerían un texto antiguo o, en todo caso, algo de contornos más vagos e imprecisos.

—Eso es un viejo sueño —dijo. Y en el tono de su voz se apreciaba una resonancia indefinida y sin rumbo que decía que, más que explicármelo a mí, se lo confirmaba a sí misma—. Para ser exactos, el viejo sueño está en su interior.

Asentí, todavía sin comprender.

—Cógelo —dijo ella.

Tomé el objeto con cuidado y lo recorrí con los ojos, buscando algún vestigio de viejo sueño. Pero, por más atentamente que lo observé, no descubrí el menor indicio. Aquello era un simple cráneo de animal. De un animal no muy grande. El hueso frontal del cráneo estaba reseco, como si hubiera permanecido largo tiempo expuesto al sol y su color original hubiera palidecido. La mandíbula, proyectada con fuerza hacia delante, permanecía ligeramente abierta, como si hubiera quedado congelada en el preciso instante en que se disponía a decir algo, y las dos pequeñas cuencas oculares, despojadas de su contenido, conducían a su vacío interior.

El cráneo poseía una ligereza antinatural y, debido a ello, había perdido casi toda su cualidad material. No quedaba reminiscencia alguna de la vida que había vibrado en él. Le habían arrebatado toda la carne, todos los recuerdos, todo el calor. En medio de la frente tenía una pequeña cavidad, rugosa al tacto. Cuando la palpé con el dedo y la observé, se me ocurrió que podía tratarse de la huella de un cuerno desaparecido.

—¿Es el cráneo de uno de los unicornios de la ciudad? —le pregunté a la chica.

Ella asintió.

—Los viejos sueños se han infiltrado en su interior y están ahí —respondió en voz baja.

—¿Y debo leerlos ahí?

—Ése es el trabajo del lector de sueños —dijo ella.

—¿Y qué tengo que hacer con lo que lea?

—Nada. Sólo tienes que leer.

—No lo comprendo —dije—. Entiendo que tenga que leer los sueños de los cráneos. Pero no entiendo que baste con eso. No sé, me da la sensación de que eso no es un trabajo. Un trabajo debe tener algún objetivo. Como, por ejemplo, apuntar lo que leo en alguna parte, ponerlo en orden alfabético y clasificarlo.

Ella sacudió la cabeza.

—No sé explicarte bien dónde está el sentido. Tal vez lo descubras por ti mismo conforme vayas leyendo. En todo caso, el sentido de tu trabajo no tiene mucho que ver con tu trabajo en sí.

Puse el cráneo sobre la mesa y, esta vez, probé a observarlo desde lejos. Lo envolvía un profundo silencio que hacía pensar en la nada. Sin embargo, tal vez el silencio no procediera de fuera sino que brotase de su interior, como el humo. Fuera como fuese, era de una naturaleza extraña. Me pregunté si aquel silencio no ligaría con fuertes lazos aquellos huesos con el centro de la Tierra. El cráneo, mudo e inmóvil, clavaba unos ojos sin sustancia en un punto de la nada.

Cuanto más lo observaba, más me parecía que el cráneo quería decirme algo. A su alrededor flotaba un aire de tristeza, pero era incapaz de explicarme a mí mismo qué expresaba esa tristeza. Había perdido las palabras precisas.

—Lo leeré —dije, y volví a coger el cráneo de encima de la mesa y lo sopesé—. Sea como sea, no tengo elección.

Ella esbozó una sonrisa, tomó el cráneo de mis manos, limpió cuidadosamente el polvo que se acumulaba en su superficie con dos trapos distintos y depositó aquellos huesos, que habían acrecentado su blancura, sobre la mesa.

—Bueno, voy a enseñarte cómo se leen los viejos sueños —dijo—. Pero sólo te explicaré el proceso, por supuesto. Yo no soy capaz de leerlos. El único que puede hacerlo eres tú. Mira con atención. Primero, pones el cráneo mirando de frente hacia ti y, luego, apoyas suavemente los dedos de ambas manos aquí, en las sienes. —Posó los dedos sobre los huesos parietales del cráneo y me dirigió una mirada, como para cerciorarse de que la entendía—. Después fijas la vista en el hueso frontal. No lo hagas con mucha intensidad, míralo dulcemente, con suavidad. Pero no puedes desviar la mirada. Por más que te deslumbre, no la apartes.

—¿Deslumbrar?

—Sí, en efecto. Cuando lo mires fijamente, el cráneo despedirá luz y calor, así que tú sólo has de descifrar con calma esta luz con las yemas de los dedos. Así podrás leer los viejos sueños.

Repetí para mis adentros el procedimiento que me había enseñado. No podía imaginar, claro está, cómo era la luz de la que hablaba ni qué tacto debía de tener, pero, por lo pronto, había asimilado el procedimiento. Mientras contemplaba los finos dedos de la muchacha posados sobre los huesos, me asaltó la vívida impresión de que ya había visto antes aquel cráneo en algún otro lugar. Tanto los huesos —tan blancos que parecían haber sufrido repetidos lavados— como la cavidad de la frente provocaban una peculiar sacudida en mi corazón, tal como me había sucedido con el rostro de la muchacha cuando la vi por primera vez. Sin embargo, no pude discernir si era un auténtico retazo de memoria o sólo una ilusión causada por una deformación momentánea del espacio y del tiempo.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella.

Sacudí la cabeza.

—Nada. Estaba pensando. Me parece que he entendido bien qué debo hacer. Ahora falta ponerlo en práctica.

—Cenemos primero —dijo ella—. Es que, en cuanto nos pongamos a trabajar, ya no tendremos tiempo.

De una cocina pequeña que había al fondo, trajo una olla y la puso a calentar sobre la estufa. La comida consistía en potaje de verduras con cebollas y patatas. No tardó en calentarse y, en cuanto comenzó a hervir, produciendo un sonido muy agradable, la muchacha vertió el contenido de la olla en los platos y los llevó a la mesa junto con pan de nueces.

Sentados frente a frente, cenamos sin decir palabra. La comida era frugal y era la primera vez que probaba los condimentos que la aliñaban, pero no sabía mal y, además, al terminar, sentí que me había entonado. Luego, la muchacha sirvió té caliente. Un té verde, con un regusto amargo, hecho de plantas medicinales.

La lectura de los sueños no era una tarea tan sencilla como las explicaciones de la chica daban a entender. El rayo de luz era muy fino y, por más que concentrara toda mi atención en las yemas de los dedos, no lograba orientarme a través de aquel confuso laberinto. Con todo, mis dedos podían percibir con nitidez la presencia de los viejos sueños. Estos consistían en una especie de rumor, un torrente de imágenes deshilvanadas. Pero mis dedos todavía no eran capaces de traducirlos y convertirlos en mensajes claros. Sólo alcanzaban a constatar su existencia.

Cuando finalmente terminé de leer dos sueños, ya habían dado las diez de la noche. Le devolví a la chica los cráneos, cuyos sueños acababa de descifrar, me quité las gafas y me masajeé despacio los ojos embotados.

—Estás cansado, ¿verdad? —me preguntó ella.

—Un poco —respondí—. Mis ojos todavía no están acostumbrados. Al clavar la vista, absorben la luz de los viejos sueños y, al final, acaba doliéndome la cabeza. Es un dolorcillo sin importancia, pero la vista se me nubla y ya no puedo fijarla.

—Al principio, a todos les pasa lo mismo —dijo ella—. Hasta que los ojos no se habitúan, cuesta. Pero tranquilo: pronto te acostumbrarás. Durante un tiempo, será mejor que nos lo tomemos con calma.

—Sí, creo que será lo mejor.

Ella inició los preparativos para volver a casa. Levantó la tapa de la estufa, recogió con una pequeña pala las brasas de carbón al rojo vivo y las enterró en un cubo de arena.

—No dejes que el cansancio se adueñe de tu corazón[1]—dijo ella—. Mi madre siempre me lo decía. Me decía que, aunque el cansancio llegue a dominar nuestro cuerpo, debemos seguir siendo dueños de nuestro corazón.

—Sí, es un buen consejo —dije.

—Lo cierto es que no sé qué es el corazón. No sé qué significa exactamente, ni tampoco sé cómo se usa. Sólo he aprendido la palabra.

—El corazón no se usa —dije—. El corazón está ahí y basta. Es como el viento. Es suficiente con que puedas sentir su latido.

Ella tapó la estufa, llevó la cafetera esmaltada y las tazas al fondo, las lavó y, una vez que hubo terminado, se envolvió en un abrigo de una tosca tela azul. Un azul sombrío, como un jirón arrancado del cielo que, a lo largo del tiempo, hubiese ido perdiendo sus recuerdos primigenios. Sin embargo, ella permaneció de pie, al lado de la estufa apagada, sumida en sus reflexiones.

—¿Vienes de otro país? —me preguntó como si se acordara de repente.

—Sí.

—¿Y cómo era tu tierra?

—No me acuerdo de nada —dije yo—. Lo siento, pero no tengo ni un solo recuerdo. Cuando me quitaron la sombra, todos los recuerdos de mi viejo mundo se fueron juntos. En todo caso, era una tierra muy lejana.

—Pero tú sabes qué es el corazón, ¿verdad?, tienes uno.

—Creo que sí.

—Mi madre también tenía corazón —dijo ella—. Pero ella desapareció cuando yo tenía siete años. Y seguro que fue por culpa de que tenía un corazón, como tú.

—¿Desapareció?

—Sí, desapareció. Pero cambiemos de tema. Aquí es de mal agüero hablar de las personas desaparecidas. Háblame de la ciudad donde vivías. De algo te acordarás, ¿no?

—Sólo recuerdo dos cosas —dije—. Una, que la ciudad donde vivía no estaba rodeada por ninguna muralla y, otra, que todos caminábamos arrastrando una sombra.

Sí. Todos arrastrábamos una sombra. Pero al llegar a esta ciudad, tuve que confiar mi sombra al guardián de la puerta.


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—Con ella no puedes entrar —me dijo el guardián—, O dejas tu sombra, o te despides de entrar en la ciudad. Tú eliges.

Y yo abandoné mi sombra.

El guardián me hizo permanecer de pie en un descampado que se encontraba junto a la puerta. El sol de las tres de la tarde proyectaba con nitidez mi sombra sobre el suelo.

—Quédate quieto —dijo el guardián. Y se sacó un cuchillo del bolsillo, introdujo la afilada hoja entre la sombra y el suelo, empezó a blandir el cuchillo, como si tanteara algo, de izquierda a derecha, y con mano experta arrancó de un tirón la sombra del suelo.

La sombra tembló un poco, como si se debatiera, pero finalmente se dejó despegar del suelo y, exangüe, se acurrucó en un banco. Desgajada de su cuerpo, ofrecía un aspecto mucho más mísero y exhausto del que yo esperaba.

El guardián plegó la hoja de la navaja. Ambos permanecimos unos instantes contemplando aquella sombra huérfana de su propio cuerpo.

—¿Qué te parece? Cuando se despega, tiene un aspecto muy extraño, ¿verdad? —dijo—. Total, no sirve para nada. Sólo pesa, nada más.

—Lo siento, pero tendremos que separarnos por un tiempo —le dije a la sombra mientras me acercaba a ella—. No tenía intención de dejarte, pero no me queda más remedio. Así que, por algún tiempo, ten paciencia y quédate aquí sola esperando, ¿de acuerdo?

—¿Por algún tiempo, dices? ¿Hasta cuándo? —preguntó la sombra.

Le respondí que no lo sabía.

—¿Estás seguro de que no te arrepentirás? —me dijo la sombra en voz baja—. Desconozco las circunstancias, pero eso de que una persona se separe de su sombra me parece muy extraño. ¿A ti no te lo parece? Es un error y, además, juraría que este lugar ya es por si solo una equivocación. Una persona no puede vivir sin su sombra y una sombra no puede vivir sin su persona. Sin embargo, aquí, nosotros viviremos divididos en dos existencias. Aquí hay algo que no es normal. ¿No te parece?

—Tienes razón. Es antinatural —reconocí—, Pero aquí todo es antinatural. Y en un lugar antinatural, no queda otro remedio que hacer las cosas adecuándote a esa falta de naturalidad.

La sombra sacudió la cabeza.

—Eso sólo son palabras. Pero yo veo más allá de esas palabras. El aire de aquí no me sienta bien. Es diferente del de cualquier otro lugar. El aire de aquí no nos conviene ni a ti ni a mí. No deberían haberte obligado a abandonarme. Hasta ahora nos había ido muy bien a los dos juntos, ¿o no? ¿Por qué me abandonas?

De todos modos, ya era demasiado tarde. La sombra había sido ya arrancada de mi cuerpo.

—Dentro de poco, en cuanto me instale, vendré a buscarte —le prometí—. Es probable que nuestra separación sea sólo temporal. No puede durar eternamente.

La sombra lanzó un pequeño suspiro y, exangüe, levantó hacia mí una mirada perdida. El sol de las tres de la tarde caía sobre nosotros. Yo sin sombra, la sombra sin cuerpo.

—Eso no es más que una esperanza —dijo la sombra—. Las cosas no funcionarán. ¿Sabes?, tengo un mal presentimiento. A la primera ocasión que se presente, huyamos los dos. Volvamos juntos al mundo de donde venimos.

—No podemos regresar a nuestro mundo. Yo no sé cómo volver, y tú tampoco, ¿me equivoco?

—Ahora, no. Pero encontraré la manera de escapar, aun a costa de mi vida. Quiero que nos veamos de vez en cuando y hablemos. ¿Vendrás a visitarme?

Asentí, posé una mano sobre su hombro y luego me dirigí hacia donde se encontraba el guardián. Éste, mientras yo hablaba con mi sombra, había estado recogiendo las piedras caídas en la explanada frente a su cabaña y las había ido amontonando en un lugar donde no molestaran. Cuando me acerqué, el guardián se limpió en los faldones de la camisa el polvo blanco que tenía adherido a las manos y posó su manaza en mi espalda. No logré adivinar si era un gesto de familiaridad o, por el contrario, una exhibición de la fuerza de su mano.

—Cuidaré muy bien de tu sombra —dijo el guardián—. Le daré de comer tres veces al día, la sacaré a pasear una vez al día. Puedes estar tranquilo. No tienes por qué preocuparte.

—¿Podré verla de vez en cuando?

—Veamos... —dijo el guardián—. No podrás verla en cualquier momento, cuando se te ocurra. Pero tampoco existe ninguna razón que impida que puedas verla alguna que otra vez. Cuando la ocasión sea propicia y las circunstancias lo permitan, si a mí me parece bien, podrás verla.

—Y cuando quiera que me la devuelvas, ¿qué tendré que hacer?

—Por lo visto, aún no has entendido bien cómo funcionan aquí las cosas —dijo el guardián, todavía con la mano posada en mi espalda—. En esta ciudad nadie puede tener sombra. Por otra parte, una vez que entras en la ciudad ya no puedes salir de ella. Así que tu pregunta no tiene ningún sentido.

Y, de este modo, perdí mi sombra.

Al salir de la biblioteca, me ofrecí a acompañarla a casa.

—No es necesario que me acompañes —dijo ella—. No me da miedo volver sola y tu casa está en la dirección opuesta.

—Me gustaría acompañarte —dije—. Estoy muy nervioso y, aunque vuelva directamente a casa, no creo que pueda dormir.

El uno al lado de la otra, cruzamos el Puente Viejo en dirección al sur. El viento todavía frío de principios de primavera mecía las ramas de los sauces que crecían en las isletas del río, y la luz de la luna, extrañamente directa, arrancaba destellos de las piedras redondas del suelo, a nuestros pies. El aire cargado de humedad erraba, brumoso y pesado, sobre el paisaje. Ella se soltó el pelo, que llevaba atado con una cinta, lo recogió con la mano, se lo echó hacia un lado y lo introdujo dentro del abrigo.

—Tienes un pelo muy bonito —le dije.

—Gracias —repuso ella.

—¿Te lo había dicho alguien antes?

—No, nunca. Tú eres el primero.

—¿Y qué efecto te ha producido?

—Pues no sé —dijo y, con las manos embutidas en los bolsillos del abrigo, me miró a la cara—. Ya he comprendido que has alabado mi pelo. Pero, en realidad, no es más que eso. Mi pelo ha despertado algo en tu interior y es de eso de lo que estás hablando, ¿verdad?

—No. Yo estoy hablando de tu pelo.

Ella esbozó una pequeña sonrisa y pareció buscar algo en el aire.

—Lo siento. Es que no logro acostumbrarme a tu manera de hablar.

—No importa. Ya te acostumbrarás.

Su casa estaba en el barrio obrero. El barrio obrero era una zona venida a menos situada en el sudoeste del área industrial. De hecho, la mayor parte del área industrial era un lugar triste que desprendía una intensa sensación de abandono. Incluso los grandes canales, antes llenos a rebosar de agua y por los que habían transitado gabarras y lanchas, tenían ahora las compuertas de las esclusas cerradas y el agua se había secado, mostrando, aquí y allá, el lecho. Un cieno blanco, endurecido, emergía como el cadáver arrugado de un enorme animal prehistórico. En la orilla había amplias escalinatas para la descarga de las mercancías, ahora en desuso, y altos hierbajos hundían con fuerza las raíces entre las grietas de las piedras. Cascos de botellas y piezas oxidadas de maquinaria asomaban entre el cieno y, a su lado, se pudrían las cubiertas planas de las barcas de madera.

A lo largo del canal se sucedían las fábricas desiertas. Las puertas cerradas, las ventanas sin cristales, la hiedra trepando por las paredes, las barandillas oxidadas de las escaleras de emergencia cayéndose a pedazos, los hierbajos invadiéndolo todo.

Tras atravesar las hileras de fábricas, se llegaba al barrio obrero. Lo constituían unos edificios de cinco plantas. Antaño habían sido elegantes apartamentos para gente adinerada, me dijo ella, pero, al cambiar los tiempos, los habían subdividido y los habían destinado a viviendas de obreros pobres. Sin embargo, esos obreros habían dejado de serlo. Porque la mayor parte de las fábricas donde trabajaban habían cerrado sus puertas. Y ahora que sus cualificaciones técnicas ya no tenían utilidad alguna, se limitaban a construir los pequeños objetos que la ciudad necesitaba. Su padre era uno de ellos.

Al otro lado del pequeño puente de piedra, sin barandilla, que atravesaba el último canal, estaba el barrio donde ella vivía. De un edificio a otro, cruzaban unas galerías que recordaban a las escalas que se tendían hacia las murallas durante las guerras medievales.

Ya casi era medianoche y las luces de la mayoría de las ventanas estaban apagadas. Ella me tiró de la mano y, como si quisiera huir de la mirada de un enorme pájaro que acechara a los hombres desde lo alto, cruzó a paso rápido aquellos corredores parecidos a laberintos. Luego, se detuvo frente a un edificio y me dijo adiós.

—Buenas noches —le dije yo.

Y subí solo la Colina del Oeste, de regreso a casa.

7EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASCráneo. Lauren Bacall. Biblioteca

Regresé a mi apartamento en taxi. Cuando salí a la calle, ya había anochecido por completo y la ciudad estaba llena de gente que volvía de trabajar. Como además lloviznaba, tardé bastante en encontrar un taxi libre.

Ya de ordinario, me cuesta mucho encontrar taxi. Por razones de seguridad siempre dejo pasar de largo dos taxis libres, como mínimo, antes de subir a uno. He oído que los semióticos cuentan con varios taxis falsos y que se sirven de ellos para recoger a los calculadores cuando éstos han acabado un trabajo y llevárselos quién sabe adónde. Quizá sea sólo un rumor. Ni a mí ni a nadie que conozca le ha sucedido nada parecido. Pero es mejor andarse con cien ojos.

Por eso siempre procuro ir en metro, o en autobús, pero en aquellos instantes estaba exhausto, muerto de sueño, llovía y, sólo pensar en coger un tren o un autobús, atestados de gente a la hora punta de la tarde, me daban escalofríos: total, que decidí parar un taxi, tardara lo que tardase. Una vez dentro del taxi, estuve varias veces a punto de dormirme y tuve que luchar denodadamente para no sucumbir a la somnolencia. Cuando llegara a casa y me tendiese en la cama, podría dormir cuanto quisiera. No era el momento. Era un lugar demasiado peligroso.

De modo que concentré toda mi atención en un partido de béisbol que retransmitían por la radio. No entiendo demasiado de béisbol profesional, pero me decanté, sin más, por el equipo atacante y fui en contra del que defendía el campo. Mi equipo perdía por tres a uno. El segunda base, con dosout,bateó, pero el corredor se aturdió, tropezó y cayó entre la segunda y la tercera bases, con lo cual losoutacabaron siendo tres y el equipo 110 pudo anotar ningún punto. El comentarista dijo que aquello era horroroso, y pensé que tenía toda la razón. Es cierto que cualquiera puede atolondrarse y caer, pero, en pleno partido de béisbol, es mejor no hacerlo entre la segunda y la tercera bases. Además, tal vez debido al abatimiento que le produjo este percance, el lanzador envió un tiro directo descafeinado al bateador del equipo contrario, que acabó anotando unhome runen el ala izquierda del campo, con lo que el marcador subió a cuatro a uno.

Cuando el taxi se detuvo frente a mi casa, el marcador seguía cuatro a uno. Pagué el importe de la carrera y me apeé con la sombrerera y mi cabeza embotada. La lluvia había cesado casi por completo.

En el buzón no había ninguna carta. En el contestador automático tampoco había ningún mensaje. Por lo visto, nadie me necesitaba. Perfecto. Yo tampoco necesitaba a nadie. Saqué hielo del refrigerador y, en un vaso grande, me preparé un generoso whisky con hielo, al que añadí un poco de soda. Luego me desnudé, me metí en la cama y, recostado en la cabecera, fui tomándome el whisky a sorbitos. Tenía la sensación de que iba a desmayarme de un momento a otro, pero no era razón suficiente para renunciar a mi exquisito ritual de final del día. Estos breves instantes que van desde que me acuesto hasta que me duermo no tienen parangón. Me meto en la cama con algo de beber y escucho música, o leo. A mi modo de ver, estos momentos equivalen a una hermosa puesta de sol o a respirar aire puro.

Iba por la mitad de mi whisky cuando sonó el teléfono. El aparato está sobre una mesa redonda, a unos dos metros de los pies de la cama. Esa noche no me apetecía lo más mínimo levantarme y acercarme al teléfono, así que me quedé mirándolo y oyendo cómo sonaba con ojos distraídos. Sonó trece o catorce veces, pero lo ignoré. En una película antigua de dibujos animados el aparato hubiese vibrado a cada timbrazo, pero, por supuesto, en la realidad no ocurrió nada de eso. El aparato sonó y sonó, acurrucado sobre la mesa, inmóvil. Lo estuve mirando mientras me tomaba el whisky.

Al lado del teléfono, yo había dejado la cartera, la navaja y la sombrerera que me habían regalado. De pronto, se me ocurrió que tal vez fuese mejor abrirla enseguida y ver qué contenía. Quizá fuera algo que había que meter en el frigorífico, o tal vez un ser vivo. O quizá algo de gran valor. Pero estaba demasiado cansado. En primer lugar, de tratarse de algo así, tendrían que haberme dicho algo al respecto. Esperé a que el teléfono dejara de sonar, apuré el whisky de un trago, apagué la luz de la mesilla y cerré los ojos. Al cerrarlos, como si hubiera estado aguardando la ocasión, el sueño se precipitó sobre mí desde el cielo como una gigantesca red negra. Mientras me sumergía en sus profundidades, me dije: «Vete a saber lo que iba a ocurrir a continuación».

Cuando me desperté, la estancia estaba a oscuras. El reloj señalaba las seis y cuarto, pero no logré distinguir si era por la mañana o por la noche. Me puse los pantalones, fui a la puerta del apartamento, la abrí y miré hacia la puerta del piso de al lado. Allí estaba la edición matinal del periódico: así averigüé que era por la mañana. En estos casos, es muy práctico estar suscrito a un periódico. Tal vez yo también debía suscribirme a uno.


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Total, que había dormido alrededor de diez horas. Como el cuerpo me pedía más descanso y, además, no tenía nada que hacer en todo el día, me planteé echar otra cabezadita, pero al final cambié de opinión y decidí levantarme. El placer de despertarse junto a un sol nuevo, todavía por estrenar, no tiene precio. Me metí bajo la ducha, me lavé bien, me afeité. Después de hacer los veinte minutos de gimnasia acostumbrados, desayuné lo que encontré. El frigorífico estaba casi vacío, tenía que hacer acopio de provisiones. Me senté a la mesa de la cocina y, mientras tomaba un zumo de naranja, anoté a lápiz la lista de la compra. No me bastó con una hoja, necesité dos. De todas formas, como el supermercado todavía no estaba abierto, decidí que haría la compra cuando saliera a almorzar.

Arrojé dentro de la lavadora toda la ropa sucia que había en la cesta del cuarto de baño y, cuando estaba frotando mis zapatillas de tenis en el fregadero, me acordé de pronto del misterioso regalo del anciano. Dejé de lavar la zapatilla derecha, me sequé las manos con un trapo de cocina, volví al dormitorio y cogí la sombrerera. La caja seguía pareciéndome muy ligera en relación con su tamaño. Su ligereza producía una sensación desagradable. Era liviana en exceso. Me daba que pensar. Tal vez fuese una especie de intuición profesional; algo, no obstante, sin fundamento.

Recorrí la habitación con la mirada. Estaba extrañamente silenciosa. Parecía que hubieran eliminado el sonido, pero, cuando carraspeé para cerciorarme, se oyó un carraspeo normal. Abrí la hoja de mi navaja y probé a dar golpecitos en la mesa con la empuñadura: también esta vez se oyó el «toc-toc» habitual. Al parecer, cuando experimentas el fenómeno de la eliminación del sonido, durante un tiempo tiendes a sentir hacia el silencio una suspicacia mayor que la acostumbrada. Abrí la ventana de la galería. El ruido de los coches y los trinos de los pájaros penetraron en la habitación de un modo tranquilizador. ¡Qué evolución ni qué ocho cuartos! El mundo debe estar lleno de sonidos diferentes.

Después corté con la navaja multiusos, con sumo cuidado para no dañar su contenido, la cinta adhesiva. La parte superior de la caja estaba repleta de bolas de papel de periódico arrugado. Desplegué dos o tres hojas y las leí: eran noticias normales y corrientes de unMainichi Shimbunde tres semanas atrás, de modo que fui a la cocina a buscar una bolsa de basura y, tras estrujar los papeles, los arrojé en su interior. En la caja habían embutido el papel de los periódicos de dos semanas enteras. Todos delMainichi Shimbun.Una vez retirado todo el papel, debajo apareció un blando relleno de polietileno, o quizá de estireno espumoso, en trozos del tamaño del dedo de un niño. Fui sacándolo con ambas manos y arrojándolo a la bolsa de basura. No tenía la menor idea de qué había dentro de la sombrerera, pero lo cierto era que aquel regalo daba mucho trabajo. Cuando hube apartado aproximadamente la mitad de polietileno, o de estireno espumoso, topé con algo envuelto en papel de periódico. Ya estaba un poco harto del asunto, así que volví a la cocina, saqué una lata de Coca-Cola de la nevera, me la llevé a la habitación y me la bebí despacio, sentado sobre la cama. Luego, sin más, se me ocurrió cortarme las uñas con la navaja. Un pájaro con el pecho de color negro se acercó a la galería y empezó a picotear con voracidad las migas de pan que había esparcidas sobre la mesa, como de costumbre. Una mañana tranquila.

No tardé en recuperar los ánimos. Me dirigí a la mesa y extraje de la caja, con sumo cuidado, el objeto envuelto en papel de periódico. Estaba rodeado de varias vueltas de cinta adhesiva de un modo que recordaba una obra de arte contemporáneo. Por la forma, parecía una sandía, pero larga y estrecha, muy liviana. Dejé la caja y la navaja en el suelo y, sobre la amplia superficie de la mesa, fui desprendiendo con cuidado el papel y la cinta adhesiva. Apareció el cráneo de un animal.

«¡Diantres!», pensé. ¿Qué le había hecho suponer al viejo que me haría ilusión tener un cráneo? Porque, lo mirases como lo miraras, nadie en su sano juicio iba por ahí regalando calaveras.

La forma de la cabeza se parecía a la de un caballo, pero el tamaño era mucho menor. En todo caso, deduje basándome en mis conocimientos de biología, aquel cráneo debía de haber pertenecido a un mamífero no muy voluminoso, herbívoro, con pezuñas o cascos, y cabeza alargada y delgada. Pensé en algunos animales con esas características. El ciervo, la cabra, la oveja, la gacela, el reno, el asno... Posiblemente hubiera algunos más, pero no logré recordar los nombres de otros animales con esos rasgos.

De momento, decidí poner el cráneo sobre el televisor. No era una visión demasiado atractiva, cierto, pero no se me ocurría otro sitio mejor. Seguro que Ernest Hemingway lo habría puesto sobre la chimenea, junto con las cabezas de ciervo, pero en mi casa, como es lógico, no hay chimenea. Por no haber, no hay ni aparador. Ni siquiera un triste mueble zapatero. De modo que el único lugar donde podía poner el cráneo de aquel animal de filiación incierta era sobre el televisor.

Al arrojar a la basura el relleno que quedaba en la caja, descubrí en el fondo —envuelto, obviamente, en papel de periódico— un objeto largo y delgado. Al abrirlo, descubrí que eran las tenazas de acero inoxidable que el anciano utilizaba para golpear los cráneos. Las sostuve en la palma de la mano y me quedé observándolas unos instantes. A diferencia del cráneo, las tenazas eran muy pesadas y tan imponentes como la batuta de marfil que utilizaba Furtwangler para dirigir la Filarmónica de Berlín.

Sólo para ver qué pasaba, me planté, tenazas en mano, delante del televisor y di un golpecito en la frente del cráneo del animal. Se oyó un «aggh» parecido a la respiración nasal de un perro de gran tamaño. Yo esperaba un sonido más duro, la verdad, un «toe» o un «tac», y no negaré que me pareció un poco raro, pero eso no me daba ningún derecho a quejarme. Porque si haces de eso un problema y empiezas a buscarle los tres pies al gato, no acabas nunca. Total, por más que refunfuñes, el sonido no cambiará y, aunque lo hiciera, ¿cambiarían con ello las cosas?

Cuando me harté de contemplar el cráneo y de darle golpecitos, me aparté del televisor, me senté en la cama, me puse el teléfono sobre las rodillas y marqué el número de mi agente del Sistema para confirmar mi agenda. El agente contestó al teléfono y me dijo que tenía un trabajo para dentro de cuatro días y me preguntó si había algún inconveniente. Le dije que no. A fin de evitar posibles problemas en el futuro, se me pasó por la cabeza consultarle acerca de la legalidad del uso delshuffling,pero cambié de idea pensando que, si lo hacía, la cosa se alargaría demasiado. Los documentos eran oficiales y me habían remunerado debidamente. Además, el anciano me había dicho que no había contactado conmigo a través del agente para preservar el secreto. ¿Para qué complicar innecesariamente las cosas?

A eso tenemos que añadirle que yo no sentía una gran simpatía por el agente que me habían asignado. Era un hombre de unos treinta años, alto y delgado, el típico sujeto que cree saberlo todo. Con un individuo así, era preferible evitar, en lo posible, embrollar las cosas.

Tras concretar algunos aspectos prácticos de mi próximo trabajo, colgué, me senté en el sofá de la sala de estar, abrí una lata de cerveza y empecé a ver la cinta de vídeo deCayo Largo,con Humphrey Bogart. Me encanta Lauren Bacall en esta película. También está bien enEl sueño eterno,por supuesto, pero enCayo Largotiene algo especial que no le encuentro en otras películas. He vistoCayo Largomontones de veces para descubrir a qué diablos se debe, pero todavía no he hallado la respuesta. Quizá sea porque, en ella, Bacall simboliza la necesidad de simplificar la existencia humana. Pero no podría jurarlo.

Aunque trataba de mantener la mirada fija en la pantalla, los ojos se me iban automáticamente hacia el cráneo, que estaba sobre el televisor. De modo que, incapaz de concentrarme en la película tal como acostumbraba, en el instante en que llega el huracán detuve la cinta, dejé de ver la película y, mientras me terminaba la cerveza, me quedé mirando distraídamente la calavera de encima del televisor. Entonces me asaltó la sensación de que ya la había visto antes en alguna otra parte. Pero no lograba recordar nada más. Saqué una camiseta de un cajón, cubrí el cráneo con ella y seguí viendoCayo Largo.De este modo conseguí por fin concentrar toda mi atención en Lauren Bacall.

A las once salí de mi apartamento, compré toda la comida que se me antojó en el supermercado de cerca de la estación y, luego, me pasé por la bodega para comprar vino tinto, agua mineral con gas y zumo de naranja. Recogí una chaqueta y dos sábanas en la tintorería, compré un bolígrafo, sobres y papel de carta en la papelería y, en la droguería, adquirí una piedra de afilar del grano más fino que encontré. Me pasé por la librería y compré dos revistas; entré en la ferretería y adquirí bombillas y cintas de casete; en la tienda de fotografía, compré un carrete de fotos para una Polaroid. De paso, me acerqué a la tienda de discos y me hice con varios discos. Gracias a ello, los asientos traseros de mi pequeño coche se llenaron de bolsas de la compra. Es posible que sea un comprador nato. En cada una de mis esporádicas salidas a la ciudad, acabo reuniendo una montaña de pequeños objetos, igual que una ardilla en noviembre.

El coche lo utilizo exclusivamente para las compras. Ha sido así desde el primer día: lo adquirí porque había comprado demasiadas cosas y no podía acarrearlas hasta casa. Con los brazos llenos de bolsas, entré en un local donde vendían coches de segunda mano que descubrí por casualidad y me encontré con que había todo tipo de vehículos. A mí los coches no me gustan y tampoco entiendo gran cosa, así que solté: «Uno cualquiera que no sea muy grande».

Mi interlocutor, un hombre de mediana edad, sacó un catálogo para que yo pudiera elegir el modelo, pero yo no tenía ningunas ganas de mirarlo, así que le expliqué que deseaba un coche para utilizarlo cuando fuera de compras. No pensaba correr con él por la autopista, ni llevar de paseo a ninguna chica, ni ir de viaje con la familia. No necesitaba un motor de gran potencia, ni aire acondicionado, ni radio, ni ventana en el techo, ni neumáticos de alto rendimiento. Le dije que quería un coche pequeño, de buena calidad, fiable, que maniobrara bien, que no despidiera mucho humo por el tubo de escape, que no fuera muy ruidoso y que se averiara poco. En cuanto al color, si lo tenían en azul marino, perfecto.

El vendedor me recomendó un pequeño coche amarillo de fabricación nacional. El color no era de mi agrado, pero, al probarlo, vi que el coche era fiable y que maniobraba bien. Me gustó su diseño sencillo y que no tuviera ningún accesorio superfluo; además, como se trataba de un modelo viejo, era barato.

—Un coche es básicamente eso —me dijo el vendedor—. Hablando con franqueza, la gente está loca.

Le dije que tenía toda la razón.

Así fue como adquirí un coche para las compras. Jamás lo utilizo para otra cosa.

Al terminar las compras, metí el coche en el aparcamiento de un restaurante que había por allí cerca, pedí una cerveza, ensalada de gambas y aros de cebolla fritos y me los fui comiendo solo, en silencio. Las gambas estaban demasiado frías; el rebozado de la cebolla, un poco hinchado. Sin embargo, cuando barrí el interior del local con la mirada, no vi a ningún cliente que llamara a la camarera y protestara o que estrellara su plato contra el suelo, de modo que decidí comérmelo todo sin chistar. Por la ventana del restaurante se veía la autopista. Por ella circulaban coches de diferentes colores y estilos. Mientras los contemplaba, pensé de nuevo en el excéntrico anciano y en su nieta rellenita. Por más simpatía que les tuviera, ellos vivían en un mundo insólito que superaba con creces mi comprensión. El absurdo ascensor, el enorme agujero al fondo del armario, los tinieblos, la eliminación del sonido: todo era de lo más singular. ¡Y, encima, me ofrecían un cráneo de animal como regalo de despedida!

Para matar el tiempo mientras me traían el café de sobremesa, rememoré, uno a uno, diferentes detalles de la joven rolliza: sus pendientes rectangulares, su traje chaqueta de color rosa, sus tacones, sus pantorrillas, su nuca gordezuela, sus facciones... Esa clase de cosas. Recordaba con relativa claridad cada una de las partes, pero la imagen global, la suma de todas ellas, resultaba extrañamente imprecisa. Quizá se debiera a que, en los últimos tiempos, no me había acostado con ninguna mujer rolliza. Y por eso era incapaz de evocar su figura. Hacía ya casi dos años que no me acostaba con ninguna gorda.

Sin embargo, tal como había dicho el anciano, por más que se las llame igual, existen en el mundo diferentes tipos de gordura. Una vez —creo que fue el año en que ocurrió el incidente del Ejército Rojo Japonés—, me acosté con una chica con unas caderas y unos muslos tan enormes que casi se los podría calificar de excepcionales. Ella trabajaba en un banco y, a fuerza de encontrarnos cara a cara, empezamos a intimar, fuimos a tomar una copa y, de pasada, nos acostamos. Fue entonces cuando descubrí que la parte inferior de su cuerpo era extraordinariamente voluminosa. Como ella siempre había permanecido sentada tras el mostrador, jamás hasta esa noche había alcanzado a ver la mitad inferior de su cuerpo.

—Eso es porque, cuando estudiaba, practicaba el ping-pong —me explicó ella, pero aquella relación causa-efecto no me convenció. Porque jamás había oído que el ping-pong produjese tal cosa.

Pero su gordura era muy atractiva. Al aplicar la oreja sobre su cadera, tenía la sensación de estar tendido en el campo una tarde de primavera. Sus muslos eran mullidos como una colcha bien aireada y, a partir de ellos, descendiendo en una suave curva, se llegaba a su sexo. Cuando alabé su gordura —si me gusta algo, enseguida me vienen palabras de alabanza a los labios—, ella se limitó a decir: «¿Ah, sí?», como si no me creyera.

Claro que también me he acostado con mujeres de obesidad uniforme. Con mujeres sólidas y macizas. La primera fue una profesora de órgano electrónico, y la última, una estilista autónoma.

Vamos, que la gordura también posee diferentes matices. Y es que, con cuantas más mujeres te acuestas, más tiendes a la doctrina científica. El goce del acto sexual en sí va decreciendo. El deseo, por supuesto, nada tiene que ver con la doctrina. Sin embargo, cuando el deseo sexual sigue los debidos canales, surge una catarata llamada acto sexual y, al final, se acaba llegando al fondo de la cascada que rebosa de cierto tipo de doctrina. Y, exactamente igual que con los perros de Pavlov, el deseo sexual genera un circuito consciente que te lleva directamente al fondo de la cascada. Pero esto, en definitiva, quizá se deba únicamente a que estoy cumpliendo años.


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Dejé de pensar en el cuerpo desnudo de la joven gorda, pagué la cuenta y salí del restaurante. Después me dirigí a la biblioteca del barrio y, detrás del mostrador de consultas, encontré a una joven delgada de pelo largo.

—¿Tienen algo sobre los cráneos de los mamíferos? —pregunté.

Ella estaba absorta en la lectura de un libro de bolsillo, pero alzó la cabeza y me miró.

—¿Cómo? —dijo.

—Algo... sobre los cráneos... de los mamíferos —repetí, separando bien cada cláusula.

—Cráneos de mamíferos —dijo ella como si cantara una canción. Pronunciado de aquella forma, sonaba como el título de un poema. Como cuando el poeta, antes de recitar un poema, anuncia el título a su audiencia. Me dije que, le consultaran lo que le consultasen, ella debía de repetirlo de la misma forma.

«Lahistoria-delteatro-deguiñol.»

«Introducción-alTaichi.»

Pensé que sería divertido que existiera realmente un poema con este título.

Ella reflexionó unos instantes, mordisqueándose el labio inferior, y dijo:

—Espere un momento. Voy a comprobarlo.

Se dio la vuelta y tecleó simplemente: «mamíferos». Aparecieron unos veinte títulos en la pantalla del ordenador. La muchacha borró dos terceras partes con el lápiz óptico. Tras guardar el resto en la memoria, tecleó concisamente: «cráneos». Salieron siete u ocho títulos más; ella borró sólo dos y puso los demás debajo de los que había guardado antes. También la biblioteca había cambiado. La época en que metían las fichas de préstamo en una funda de plástico situada en la contraportada del libro era ya un sueño. Cuando era pequeño, me encantaba mirar las fichas de préstamo con las fechas estampadas una junto a otra.

Mientras ella se valía del teclado con mano experta, yo contemplé su espalda delgada y su pelo largo. Me costaba decidir si podía resultarme simpática o no. Era hermosa, amable, parecía inteligente y recitaba los títulos de los libros como si fueran títulos de poemas. No había ninguna razón que me impidiese sentir simpatía hacia ella.

La muchacha pulsó el interruptor de la impresora, imprimió la lista que había en la pantalla del ordenador y me la entregó.

—Puede elegir entre estos nueve libros —me dijo.

Eran los siguientes:

Mamíferos: introducción a su estudio

Enciclopedia ilustrada de los mamíferos

El esqueleto de los mamíferos

Historia de los mamíferos

Yo, un mamífero

Anatomía de los mamíferos

El cerebro de los mamíferos

El esqueleto animal

Los huesos hablan

Con mi carné podía pedir prestados tres libros. Elegí los números 2, 3 y 8.

Yo, un mamíferoyLos huesos hablantambién parecían interesantes, pero no guardaban una relación directa con el problema que me ocupaba en esos instantes.

—Lo siento mucho, peroEnciclopedia ilustrada de los mamíferoses un libro de consulta y no está en préstamo —dijo rascándose la sien con el bolígrafo.

—Escucha —le dije—, es un asunto muy importante. Te lo devolveré sin falta mañana por la mañana. No te causaré ninguna molestia, ya lo verás. ¿Podrías prestármelo sólo por hoy?

—Es que los libros con ilustraciones y gráficos los consulta mucha gente, ¿sabes? Y si mis jefes se enteran de que te lo he dejado en préstamo, me echarían una bronca.

—Sólo por hoy. Nadie se dará cuenta.

Permaneció unos instantes dudando qué hacer. Mientras, se pasaba la punta de la lengua por detrás de los dientes de abajo. Tenía una lengua rosada, muy bonita.

—De acuerdo. Pero sólo por esta vez. Y tráelo mañana antes de las nueve y media de la mañana.

—Gracias —dije yo.

—De nada —dijo ella.

—Por cierto, querría hacer algo para agradecerte el favor. ¿Qué te gustaría?

—Aquí enfrente hay un Thirty One Ice Cream. ¿Podrías ir a comprarme un helado? Un cucurucho doble, con pistacho debajo y café con ron encima. ¿Te acordarás?

—Un cucurucho doble, con pistacho debajo y café con ron encima —verifiqué yo.

Salí de la biblioteca y me dirigí al Thirty One Ice Cream; ella fue hacia el fondo a buscarme los libros. Cuando regresé con el helado, todavía no había vuelto, de modo que me quedé ante el mostrador, con el helado en la mano izquierda, esperando pacientemente a que volviera. Unos ancianos que leían el periódico sentados en los bancos lanzaban miradas de extrañeza, alternativamente, hacia mi rostro y hacia el helado que sostenía en la mano. Por fortuna, el helado estaba muy duro y tardaba en fundirse. Sólo que, plantado allí con un helado que no me comía en la mano, me sentía incómodo, como si fuera una estatua de bronce abandonada.

Sobre el mostrador, descansaba de bruces, como un conejito dormido, el libro de bolsillo que ella leía cuando entré. Era el segundo volumen deEl viajero del tiempo,la biografía de H.G. Wells. Al parecer, el libro no era de la biblioteca, sino suyo. Al lado había, uno junto a otro, tres lápices bien afilados. Y siete u ocho clips esparcidos. ¿Cómo es que había clips por todas partes? No conseguía entenderlo.

O, por una u otra razón, los clips habían invadido el mundo de repente, o era una simple casualidad y yo le concedía excesiva importancia. Con todo, era extraño, muy difícil de explicar. Fuera a donde fuese, había clips esparcidos de forma que yo pudiera verlos, como si formaran parte de un plan preconcebido. Me daba que pensar. Últimamente, había demasiadas cosas que me daban que pensar. El cráneo de animal, los clips. Tenía la sensación de que existía alguna conexión entre ellos, pero no se me ocurría qué clase de conexión podría haber entre un cráneo de animal y unos clips.

Poco después, la chica de pelo largo volvió con los tres tomos entre los brazos. Me entregó los libros, tomó, a cambio, el helado, se agachó detrás del mostrador para que no pudieran verla desde delante y empezó a comérselo. Vista desde arriba, su nuca, que se mostraba sin defensa, era muy hermosa.

—Muchas gracias —dijo ella.

—De nada. Por cierto, ¿para qué usas estos clips?

—¿Los clips? —repitió ella como si cantara—. Pues los utilizo para unir hojas de papel. Ya sabes para qué sirven, ¿no? Los hay por todas partes, todo el mundo los utiliza.

Tenía toda la razón. Le di las gracias, cogí los libros y salí de la biblioteca. Clips, los había por todas partes. Por mil yenes, podría adquirir los clips que gastaría a lo largo de toda mi vida. Me pasé por la papelería y compré mil yenes de clips. Y volví a casa.

Ya en casa, metí la comida en la nevera. Envolví bien la carne y el pescado en celofán, y congelé lo que tenía que congelar. También congelé el pan y el café en grano. El tofu lo introduje en un bol con agua. La cerveza la metí en el refrigerador, y puse delante las verduras menos frescas. Colgué en el armario la chaqueta de la tintorería, dejé el detergente en el estante de la cocina. Luego esparcí los clips junto al cráneo, encima del televisor.

Una extraña combinación.

Curiosa como la de una almohada de plumas y un helado o como un tintero y una lechuga. Salí a la galería y los contemplé de lejos, pero la impresión fue la misma. Aquellos objetos no tenían un solo punto en común. Sin embargo, no cabía duda de que, en algún lugar que yo no conocía —o que no recordaba—, debía de existir un puente secreto.

Me senté en la cama y me quedé largo tiempo con la vista clavada en el televisor. Pero no conseguí acordarme de nada. Simplemente, el tiempo fue transcurriendo deprisa. Una ambulancia y un coche con un altavoz haciendo propaganda de derechas pasaron por el barrio. Me entraron ganas de tomarme un whisky, pero me aguanté. Debía mantenerme sobrio, tenía que pensar. Poco después, volvió el coche de derechas. Quizá se hubiese perdido por mi barrio. En esa zona había muchas curvas y era fácil perderse.

Descorazonado, me levanté, me senté ante la mesa de la cocina y hojeé los libros que había traído de la biblioteca. Decidí buscar primero los mamíferos herbívoros de tamaño medio y, luego, ir mirando sus esqueletos, uno a uno. El número de herbívoros de tamaño medio era muy superior al que suponía. Sólo en la familia de los cérvidos ya había unos treinta.

Tomé el cráneo de encima del televisor, lo deposité sobre la mesa de la cocina y lo fui comparando con todas las ilustraciones del libro, una tras otra. Empleé una hora y veinte minutos en mirar noventa y tres cráneos distintos, pero ninguno se correspondía con el que tenía en la mesa. Me encontraba de nuevo en un callejón sin salida. Cerré los tres libros y los amontoné en una esquina de la mesa. No podía hacer nada.

Desalentado, me tumbé encima de la cama y empecé a ver la cinta de vídeo deEl hombre tranquilo,de John Ford. Entonces sonó el timbre de la puerta. Al atisbar por la mirilla, vi a un hombre de mediana edad con el uniforme de la Compañía de Gas de Tokio. Sin quitar la cadena de seguridad, abrí la puerta y le pregunté qué quería.

—La revisión periódica de fugas de gas —dijo el hombre.

—Espera un momento —repuse.

Volví al dormitorio, me metí en el bolsillo la navaja que había dejado sobre la mesa y abrí la puerta. Hacía sólo un mes que habían venido a hacer la revisión periódica de la instalación del gas. Tampoco la actitud del hombre era natural.

A pesar de ello, fingí indiferencia y continué viendoEl hombre tranquilo.El hombre inspeccionó primero el gas del cuarto de baño con un instrumento parecido a un aparato para medir la tensión arterial y después se dirigió a la cocina. El cráneo seguía sobre la mesa. Con el sonido del televisor alto, me dirigí de puntillas a la cocina y, tal como esperaba, me encontré al hombre introduciendo el cráneo en una bolsa negra de basura. Abrí la hoja de la navaja, entré precipitadamente en la cocina, me planté a sus espaldas, lo sujeté por detrás metiendo los brazos por debajo de sus axilas y, cruzándolos sobre su nuca, le puse la punta de la navaja en la nuca, justo bajo mi nariz. El hombre arrojó la bolsa de plástico a toda prisa sobre la mesa.

—No tenía intención de hacerlo —se justificó con voz temblorosa—. Simplemente, al verlo, de repente me han entrado ganas de quedármelo y lo he metido en una bolsa. Ha sido un impulso. ¡Perdóneme!

—No voy a perdonarte —dije yo. Jamás había oído que un empleado de la compañía del gas sintiera el impulso irrefrenable de quedarse unos huesos de animal que veía sobre la mesa de una cocina—, ¡O me dices la verdad o te rebano el cuello!

A mis oídos estas palabras sonaron completamente falsas, pero el hombre no pareció considerarlas así.

—¡Perdón! Se lo diré todo. ¡Perdóneme! —dijo—. La verdad es que me han ofrecido dinero por robarlo. Se me han acercado dos hombres por la calle, me han preguntado si quería hacer un trabajillo y me han dado cincuenta mil yenes. Me han dicho que, cuando se lo llevara, me pagarían cincuenta mil más. Yo no quería hacerlo, pero uno de los hombres era enorme y tenía toda la pinta de que, si me negaba, me las haría pasar moradas. No me ha quedado más remedio, créame. Me han obligado. ¡Por favor, no me mate! Tengo dos hijas que van al instituto.

—¿Las dos? —pregunté, escamado.

—Sí, una está en primero, y la otra en tercero —dijo el hombre.

—Hum... ¿Y a qué instituto van?

—La mayor al instituto municipal de Shimura, y la pequeña, al Futaba de Yotsuya —dijo el hombre.

La combinación era extraña, pero el hombre parecía sincero. Decidí creerle.

Por si acaso, manteniendo todavía la navaja en su nuca, le saqué la cartera del bolsillo trasero del pantalón y miré su contenido. Llevaba sesenta y siete mil yenes, cincuenta mil en billetes nuevos. Aparte del dinero, llevaba el carné de empleado de la Compañía del Gas de Tokio y fotografías en color de su familia. Las dos hijas aparecían luciendo sus mejores galas de Año Nuevo. Ninguna de las dos era especialmente guapa. Como ambas tenían la misma figura, no pude discernir cuál era la de Shimura y cuál la de Futaba. También tenía un abono de los ferrocarriles nacionales, de Sugamo hasta Shinanomachi. El hombre parecía inofensivo, de modo que bajé el cuchillo y me aparté de su lado.

—Puedes irte —dije, y le devolví la cartera.

—Muchas gracias —dijo—. Pero ¿qué me pasará ahora? He aceptado el dinero, pero no podré llevarles el objeto.

Le dije que tampoco yo sabía qué iba a sucederle. Los semióticos —porque seguro que eran ellos— actuaban de manera impredecible. Lo hacían adrede, para que nadie pudiera descifrar sus pautas de conducta. Tanto podían arrancarle los dos ojos con la punta de un cuchillo como entregarle cincuenta mil yenes más y darle las gracias. Imposible adivinarlo.

—¿Y dices que uno era muy grande? —quise saber.

—Sí, enorme. Y el otro era muy pequeño. De un metro cincuenta, más o menos. El pequeño iba muy bien vestido. Los dos parecían unos tipos de cuidado.

Le enseñé cómo podía salir por detrás a través del aparcamiento, que da a un callejón estrecho. Una vez allí, le sería fácil orientarse. Con un poco de suerte, lograría volver a casa sin encontrarse con aquellos dos tipos.

—¡Muchas gracias! —dijo el hombre como si acabara de salvarle la vida—. No le dirá nada a la empresa, ¿verdad?

Le dije que no. Lo hice salir, cerré la puerta con llave y eché la cadena. Después me senté en la silla de la cocina, dejé la navaja con la hoja plegada sobre la mesa y saqué la calavera de la bolsa de plástico. Como mínimo, había averiguado algo. Que los semióticos iban detrás de aquel cráneo. Lo que quería decir que, para ellos, la calavera tenía un gran valor.

En aquellos instantes, ellos y yo nos encontrábamos en una posición equivalente. Yo tenía el cráneo, pero no sabía por qué era importante. Ellos conocían su valor —o lo intuían—, pero no tenían el cráneo. Estábamos empatados. Respecto al siguiente paso que podía dar, tenía dos opciones. Una era ponerme en contacto con el Sistema, explicarles la situación y pedirles que me ofrecieran protección frente a los semióticos o que se llevaran el cráneo a alguna parte. La otra era contactar con la joven gorda y pedirle que me explicara qué valor tenía ese cráneo. Sin embargo, la idea de involucrar al Sistema en aquel tinglado no me entusiasmaba. Probablemente me someterían a fastidiosas investigaciones y preguntas. A mí no me van las grandes organizaciones. Carecen de flexibilidad, suponen una gran pérdida de tiempo y esfuerzo. Hay demasiados cretinos dentro.


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Contactar con la gordita tampoco era factible. No sabía el número de teléfono de su oficina. Cabía la posibilidad de ir directamente al edificio, pero en aquel momento era peligroso salir de casa y, además, era impensable que pudiera entrar, sin cita previa, en un edificio dotado de medidas de seguridad tan estrictas.

En conclusión, al final opté por no hacer nada.

Cogí las tenazas de acero inoxidable y le di otro golpecito en lo alto de la testa. Volvió a oírse el mismo «aggh» de antes. Era un sonido muy lúgubre, como si el animal, del que desconocía el nombre, estuviese vivo y gimiera. Tomé el cráneo en la mano y lo estudié con calma, preguntándome por qué produciría un sonido tan singular. Volví a golpearlo ligeramente con las tenazas. Se oyó el mismo «aggh».

Pero, al prestar atención, me pareció que el sonido salía de un solo punto del cráneo.

Lo golpeé repetidas veces hasta que logré hallar el lugar exacto. El «aggh» salía por un orificio de unos dos centímetros de diámetro que tenía en la frente. Pasé con suavidad las yemas de los dedos por el interior del orificio. El tacto era más rugoso que el que acostumbran a tener los huesos. Era como si le hubiesen arrancado violentamente algo. Algo... que podía ser un cuerno.

¿Un cuerno?

Si se trataba de un cuerno, entonces lo que yo tenía en la palma de la mano era el cráneo de un unicornio.

Hojeé otra vez laEnciclopedia ilustrada de los mamíferosbuscando alguno que tuviera un cuerno en la frente. Pero, por más que busqué, no encontré ninguno. Sólo el rinoceronte cumplía, mal que bien, este requisito, pero, a juzgar por el tamaño y la forma del cráneo, era imposible que fuera de este animal.

Sin saber qué camino tomar, saqué hielo de la nevera y me tomé un Old Crow con hielo. Empezaba a anochecer y bien podía permitirme un whisky. También me comí una lata de espárragos. Me encantan los espárragos blancos. Cuando me terminé la lata, me preparé un emparedado de ostras ahumadas con pan de molde y me lo comí. Después me tomé un segundo whisky.

Arbitrariamente, decidí que el antiguo dueño de aquel cráneo debía de haber sido un unicornio. Porque, de no ser así, me encontraba en un punto muerto.

Estaba en poder de un cráneo de unicornio.

«¡Vaya por Dios!», me dije. «¿Por qué no dejan de pasarme cosas raras? ¿Qué he hecho yo? Soy un calculador independiente, un tipo práctico y realista. No soy ni ambicioso ni interesado. No tengo familia, amigos ni novia. Ahorro cuanto puedo para aprender violonchelo o griego cuando me jubile y pasar una vejez tranquila. ¿Por qué diablos me encuentro metido en historias estrambóticas de unicornios o de eliminación del ruido?»

Cuando me terminé el segundo whisky con hielo, fui al dormitorio, busqué en el listín telefónico, llamé a la biblioteca y dije:

—La encargada de consultas, por favor.

Diez segundos después se ponía la chica del pelo largo.

—Enciclopedia ilustrada de los mamíferos—dije.

—Gracias por el helado —repuso ella.

—De nada —dije yo—. Por cierto, ¿podría pedirte otro favor?

—¿Un favor? —preguntó—. Depende...

—Querría que me buscaras algo sobre unicornios.

—¿Sobre unicornios? —repitió.

—¿No puede ser?

Siguió un largo silencio. Supuse que debía de estar mordisqueándose el labio inferior.

—¿Y qué tendría que buscarte exactamente?

—Todo —le dije.

—Mira, son ya las cuatro y cincuenta y cinco minutos, y antes de la hora de cierre hay mucho trabajo. Ahora no puedo. ¿Por qué no vienes mañana cuando abramos? Podrás buscar todo lo que quieras sobre unicornios y tricornios.

—Es que me corre mucha prisa. Es muy importante.

—Hum... Importante, ¿hasta qué punto?

—Tiene que ver con la evolución —dije.

—¿La evolución? —repitió.

Un poco sorprendida sí parecía. Debía de preguntarse si estaba ante un auténtico loco o ante una persona cuerda con visos de estar loca. Rogué por que se decidiera por la segunda opción. En este caso, quizá sintiera cierto interés humano hacia mí. Por unos instantes se extendió un silencio parecido a un péndulo mudo.

—Supongo que te refieres a la evolución que tuvo lugar a lo largo de millones de años, ¿no? Pues, no sé, pero diría que no es tan urgente. Creo que un día podrá esperar, ¿no te parece?

—Hay evoluciones que tardan millones de años y otras que no tardan más de tres horas. Mira, no es algo que pueda explicarte por teléfono. Es muy complicado. Pero necesito que me creas. Es un asunto de importancia capital. Tiene que ver con una nueva evolución del hombre.

—¿Como2001: Una odisea en el espacio?

—Exacto —dije. Esa película la había visto varias veces en vídeo.

—Oye, ¿sabes lo que pienso de ti?

—Pues supongo que todavía no tienes claro si soy un loco inofensivo o un loco peligroso. Esta es la impresión que me da.

—Sí, más o menos —dijo ella.

—Ya sé que no soy el más indicado para decirlo, pero no soy mala persona —dije—, Y tampoco estoy loco. Algo terco y obstinado sí soy. Y un poco creído, también. Pero no estoy loco. Hasta ahora, por más inquina que me hayan tenido, jamás me han llamado loco.

—Hum... La verdad es que tu discurso suena coherente. No pareces mala persona, es verdad, y además me has comprado un helado. Está bien. Podemos quedar a las seis y media en una cafetería que está cerca de la biblioteca. Entonces te pasaré los libros. ¿De acuerdo?

—Verás, no es tan fácil. Resulta un poco difícil de explicar, pero hoy no puedo salir de casa. Lo siento muchísimo.

—Es decir —dijo y empezó a golpearse los incisivos con la punta de las uñas, o al menos, por el ruido, eso parecía—, que me estás pidiendo que te lleve los libros a casa. ¿Es eso? La verdad, no acabo de entenderlo.

—Hablando con franqueza, sí —dije—. Pero te lo pido como un favor, por supuesto.

—¿Apelando a mis buenos sentimientos?

—Exacto —dije—. Tengo mis razones.

Se produjo un largo silencio. Sin embargo, gracias a la melodía deAnnie Laurieque anunciaba el cierre de la biblioteca, supe que no se debía a la eliminación del sonido. La joven había enmudecido. Nada más.

—En los cinco años que trabajo en la biblioteca, jamás me he topado con un caradura como tú —dijo ella—. Nunca me habían pedido que les llevara los libros a casa. Y, además, ¡el primer día! ¿No eres un poco sinvergüenza?

—La verdad es que sí. Pero ahora no tengo alternativa. Estoy en un callejón sin salida. No me queda más remedio que apelar a tus buenos sentimientos.

—¡Lo que me faltaba! —exclamó—. En fin... ¿Me indicas cómo llegar a tu casa?

Se lo indiqué con mucho gusto.

8EL FIN DEL MUNDOEl Coronel

—No creo que exista la menor posibilidad de que puedas recuperar tu sombra —me dijo el coronel, tomándose el café a sorbitos.

Como la mayoría de personas acostumbradas durante largos años a dar órdenes a los demás, el coronel hablaba con la espalda bien recta y el mentón proyectado hacia delante. Sin embargo, en su actitud no había altanería o prepotencia alguna. De su larga vida castrense había conservado una postura erguida, una vida regular y una ingente cantidad de recuerdos. Para mí, era el vecino ideal. Amable, tranquilo y buen jugador de ajedrez.

—El guardián tiene razón —dijo el anciano coronel—. Tanto en el aspecto teórico como en el práctico, las probabilidades de que puedas recuperar tu sombra son nulas. Mientras estés en esta ciudad, no puedes tenerla, y tú ya no podrás salir jamás de aquí. Esta ciudad es lo que en el ejército se llama una ratonera. Se puede entrar, pero no salir. Al menos, mientras esté rodeada por la muralla.

—Yo no sabía que iba a perder mi sombra para siempre —dije—. Pensé que era algo provisional. Nadie me lo explicó.

—En esta ciudad nadie te explicará nunca nada —dijo el coronel—. La ciudad sigue su propio ritmo. No le importa quién sabe qué o quién no sabe qué. Pero sí: es una verdadera lástima.

—¿Y qué será de la sombra a partir de ahora?

—No le pasará nada. Se va a quedar allí y ya está. Hasta que muera. ¿Has vuelto a verla después?

—No. Lo he intentado varias veces, pero el guardián no me lo ha permitido. Dice que es por razones de seguridad.

—¡Ah! Entonces, no hay nada que hacer —dijo el anciano sacudiendo la cabeza—. La custodia de la sombra corresponde al guardián, en él recae toda la responsabilidad. Nada puedo hacer yo. Ese hombre tiene muy mal genio y es muy rudo, casi nunca hace caso de lo que le dicen. La única solución es tener paciencia y esperar a que le cambie el humor.

—Eso haré —dije—. Pero no entiendo qué diablos le preocupa tanto.

Cuando acabó de tomarse el café, el coronel dejó la tacita sobre el plato, se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió las comisuras de los labios. Al igual que el resto de su ropa, el pañuelo era viejo, y estaba muy usado, pero limpio y bien cuidado.

—Le preocupa que tú y tu sombra volváis a uniros. Porque, entonces, tendría que volver a empezar desde el principio.

Tras pronunciar estas palabras, volvió a concentrarse en el tablero de ajedrez. Este juego tenía unas piezas y unos movimientos un poco distintos al ajedrez que yo conocía, por lo que, generalmente, ganaba el anciano.

—El mono se come al prior, ¿de acuerdo?

—Adelante —dije. Y moví la torre para cortar la retirada del mono.

Tras asentir varias veces, el anciano volvió a quedarse con los ojos clavados en el tablero. Los lances del juego auguraban una victoria casi segura del anciano coronel, pero éste, en vez de atacar sin darme tregua, movía las piezas con tiento, tras considerar reflexivamente cada uno de los pasos que daba. Para él, el juego consistía más en poner a prueba su propia capacidad que en vencer al adversario.

—Separarte de tu sombra y dejarla morir es muy duro —dijo el anciano y, con un hábil movimiento en diagonal del caballero, bloqueó el espacio entre el rey y la torre. De este modo, mi rey quedó totalmente desprotegido. Tres jugadas más y me daría jaque mate—. Todos hemos tenido que pasar por ahí. Yo también. Si te despojan de tu sombra antes de que la hayas conocido, cuando todavía eres un niño que apenas se entera de nada, aún es soportable. Pero cuando ocurre a edades más avanzadas, duele más. A mí se me murió a los sesenta y cinco años. Y, a esta edad, ¡tienes tantos recuerdos!

—¿Cuánto tiempo puede vivir una sombra después de que la hayan separado de su cuerpo?

—Depende de la sombra —dijo—. Hay sombras llenas de ánimo y otras que no lo tienen. Pero en esta ciudad no sobreviven mucho tiempo. Esta tierra no les sienta bien. Aquí el invierno es largo y crudo. Ninguna sombra alcanza a ver dos primaveras.

Permanecí unos instantes con la mirada fija en el tablero, pero finalmente me di por vencido.

—En cinco jugadas se puede ganar cualquier partida —aseguró el coronel—. Merece la pena intentarlo, ¿no crees? En cinco jugadas cabe la posibilidad de que el adversario cometa un error. Hasta el final, nunca se puede cantar victoria.

—Voy a intentarlo —dije.

Mientras yo pensaba, el anciano se acercó a la ventana, entreabrió con los dedos las gruesas cortinas y a través de la rendija contempló el paisaje.

—Ahora estás atravesando el momento más duro. Pasa como cuando se te cae un diente de leche, hasta que te sale el nuevo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—¿Cuando te arrancan la sombra y todavía no ha muerto?

—Exacto —asintió el anciano—. Yo aún lo recuerdo. Eres incapaz de mantener bien el equilibrioentre las cosas del pasado y las que pertenecen al futuro.Por eso vacilas. Pero en cuanto te salga el diente nuevo, te olvidarás del otro.

—¿Cuando pierda mi corazón, quiere decir?

El anciano no respondió a eso.

—Perdone que le haga tantas preguntas —me disculpé—. Apenas sé nada de esta ciudad y muchas cosas me desconciertan. Cómo funciona la ciudad, por qué la rodea una muralla tan alta, por qué cada día salen y entran las bestias, qué son los viejos sueños: no sé nada. Y usted es la única persona a quien puedo preguntárselo.

—No creas que yo conozco las razones de todo —dijo el anciano con calma—. Además, hay cosas que no pueden explicarse con palabras y otras que no tengo por qué explicarte. Pero no temas. La ciudad, en cierto sentido, es justa. A partir de ahora te irá mostrando, una a una, las cosas que necesites, las cosas que debas saber. Y tú tendrás que ir entendiéndolas por ti mismo, una tras otra, conforme te vayan llegando. ¿Comprendes? Esta ciudad es perfecta. Y perfección significa tenerlo todo. Pero si tú no eres capaz de asimilar de manera provechosa las cosas que te sucedan, te encontrarás con que no hay nada. Un vacío perfecto. Recuerda bien lo que voy a decirte: lo que puedan enseñarte los demás acaba en sí mismo, lo que aprendes por tu propia cuenta forma parte de ti. Y te será de gran ayuda. Abre los ojos, aguza el oído, haz trabajar la cabeza, descifra el significado de las cosas que te muestra la ciudad. Ya que tienes corazón, sírvete de él mientras puedas. Es lo único que puedo enseñarte.

Si el barrio obrero donde vivía ella era una zona que había visto desaparecer el fulgor de antaño en las tinieblas, el barrio de residencias oficiales que se extendía en la parte sudoeste de la ciudad era una zona que iba perdiendo el color, sin pausa, envuelta en una luz seca. La gracia que le había aportado la primavera se había diluido durante el verano, y el viento que soplaba en otoño había acabado de erosionarla. Sobre la suave y extensa ladera de la llamada Colina del Oeste se sucedían blancas residencias oficiales de dos plantas. En su origen, aquellos edificios habían sido concebidos para albergar cada uno a tres familias, y el único espacio comunitario que tenían era el amplio vestíbulo situado en su parte central. Los remates de madera de cedro de la fachada, los marcos de las ventanas, los porches estrechos, los antepechos de las ventanas: todo estaba pintado de blanco. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era blanco. La ladera de la Colina del Oeste mostraba todos los matices del blanco. Un blanco recién pintado, tan brillante que parecía artificial; un blanco que amarilleaba tras permanecer largo tiempo expuesto al sol; un blanco al que la lluvia y el viento parecía que le hubieran arrebatado la esencia y hubiese quedado reducido a nada, a pura inexistencia: todos esos matices del blanco se sucedían hasta el infinito a lo largo de los caminos de grava que cruzaban la colina. Las casas no tenían cercas. A los pies de los estrechos porches sólo había largos parterres de un metro de anchura. Los parterres estaban muy bien cuidados y, en primavera, en ellos florecían el azafrán, los pensamientos y las caléndulas, y, en otoño, los cosmos. Por contraste con las flores, los edificios parecían aún más ruinosos.


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Antiguamente, debía de haber sido un barrio elegante. Al pasear por la colina, encontraba, aquí y allá, vestigios de un refinamiento pasado. Sin duda en aquellas calles habían jugado los niños, habían sonado acordes de piano, habían flotado los olores de cenas recién cocinadas. Yo, como si atravesara varias puertas transparentes, podía sentir en mi piel todos estos recuerdos.

Tal como indicaba su nombre, Residencia Oficial, el barrio había estado habitado antaño por funcionarios del gobierno. Ni de alto ni de bajo rango, personas que ocupaban puestos de categoría intermedia. Y, en aquel lugar, todos habían intentado llevar adelante sus modestas vidas.

Pero ahora ya no quedaba ni rastro de ellos. ¿Adonde habían ido? Lo ignoraba.

Después habían llegado los militares retirados. Habían perdido sus sombras y vivían día tras día, como mudas de insectos adheridas a los muros soleados, en la Colina del Oeste barrida por los fuertes vientos. Poco les quedaba por proteger o defender. En cada edificio vivían de seis a nueve viejos soldados.

El guardián me había asignado un cuarto en una de las viviendas de la Residencia Oficial. En el mismo edificio vivían un coronel, dos comandantes, dos tenientes y un sargento. El sargento se encargaba de la comida y de los pequeños quehaceres de la casa, y el coronel emitía juicios. Igual que en el ejército. Los ancianos eran, todos ellos, seres solitarios que —eternamente ocupados en los preparativos de la guerra, en combates, en retiradas, en revoluciones y contrarrevoluciones— habían perdido la oportunidad de formar una familia.

Por la mañana se levantaban temprano, desayunaban deprisa, por la fuerza de la costumbre, y luego emprendían su trabajo sin que nadie se lo hubiese ordenado. Unos raspaban con la espátula la pintura vieja de las paredes, otros arrancaban los hierbajos del jardín delantero, otros reparaban los muebles y otros arrastrando un carrito, bajaban al pie de la colina a buscar las raciones de comida. Cuando acababan su sesión de trabajo matutino, los ancianos se reunían en un rincón soleado y hablaban de sus recuerdos.

Me habían asignado una habitación del primer piso orientada al este. Una pequeña elevación me obstruía la vista y el paisaje que se divisaba desde mi ventana no era bonito, pero, en un extremo, se veía el río y la torre del reloj. El cuarto parecía llevar largo tiempo deshabitado, el yeso de las paredes tenía manchas oscuras por todas partes y una blanca capa de polvo se acumulaba en el quicio de la ventana. Había una cama vieja, una mesa pequeña y dos sillas. En la ventana colgaban gruesas cortinas que olían a moho. La madera del suelo estaba en mal estado y chirriaba a cada paso que daba.

Por las mañanas, mi vecino, el coronel, venía a mi cuarto y desayunábamos juntos; por las tardes, corríamos las cortinas y manteníamos la habitación a oscuras.

—Eso de correr las cortinas y encerrarse en una habitación a oscuras, en días soleados como hoy, debe de ser muy duro para un joven, ¿verdad? —dijo el coronel.

—Pues sí.

—Para mí es de agradecer haber encontrado a alguien para jugar al ajedrez. A los tipos de aquí el juego no les interesa demasiado. Siempre soy el único que quiere jugar.

—¿Por qué abandonó usted su sombra?

El anciano estaba contemplando sus dedos bañados por la luz del sol que penetraba por la rendija de la cortina, pero se apartó enseguida de la ventana y tomó asiento de nuevo frente a mí.

—Supongo que fue porque llevaba mucho tiempo defendiendo esta ciudad. Y debí de tener la sensación de que, si dejaba la ciudad y me iba a otra parte, mi vida perdería su sentido. Claro que ahora esto carece ya de importancia.

—¿Se ha arrepentido alguna vez de haberla abandonado?

—No, nunca —dijo el anciano negando varias veces con la cabeza—. Nunca me he arrepentido. No es algo de lo que tenga que arrepentirme.

Le maté el mono con la torre y, de esta forma, abrí espacio para que pudiera moverse mi rey.

—Buena jugada —dijo el anciano—. Con la torre puedes proteger los cuernos y, además, liberas el rey. Pero, ¿te das cuenta?, al mismo tiempo mi caballero gana en movilidad.

Mientras el anciano pensaba con calma la jugada, calenté agua y preparé otro café.

Me dije que en el futuro pasaría muchas tardes como aquélla. En esa ciudad rodeada por la alta muralla, tenía muy pocas opciones.

9EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASApetito. Conmoción. Leningrado

Mientras la esperaba, preparé una cena sencilla. Machaquéumeboshi[2]en el mortero e hice una salsa para aliñar la ensalada; preparé una fritura de sardinas,aburaage[3]y ñame, y un cocido de carne de ternera con apio. No me salió nada mal. Como me sobraba tiempo, mientras me tomaba una cerveza preparé jengibre cocido aliñado con salsa de soja y judías con salsa de sésamo. Luego me tumbé en la cama y puse un viejo disco deConciertos para piano y orquestade Mozart, interpretados por Robert Casadesus. Creo que la música de Mozart suena mejor en las grabaciones antiguas. Aunque tal vez sea sólo un prejuicio.

Eran más de las siete y, al otro lado de la ventana, ya era noche cerrada, pero ella seguía sin aparecer. Al final, acabé escuchando enteros los conciertos para piano número 23 y 24. Tal vez hubiera cambiado de opinión y hubiese decidido no venir. De ser así, lo cierto era que no podría reprochárselo. Lo miraras como lo mirases, lo más normal era que no se presentase.

Sin embargo, mientras buscaba otro disco, resignado ya a la idea de que no viniera, sonó el timbre. Al atisbar por la mirilla, vi a la joven encargada de las consultas de la biblioteca en el pasillo con unos libros en los brazos. Todavía con la cadena puesta, abrí la puerta y le pregunté si había alguien más en el pasillo.

—No, nadie —contestó.

Quité la cadena y la invité a pasar. En cuanto hubo entrado, cerré enseguida la puerta y eché la cadena.

—¡Qué bien huele! —dijo ella olfateando el aire—, ¿Puedo echar un vistazo a la cocina?

—Adelante. Pero ¿estás segura de que no había nadie sospechoso en el portal? ¿Hacían obras en la calle? ¿Has visto a alguien dentro de un coche en el aparcamiento?

—No había nadie —dijo ella, y dejó de golpe los libros sobre la mesa de la cocina y empezó a destapar las cazuelas que estaban sobre los fogones—. ¿Lo has cocinado todo tú?

—Sí. Si tienes hambre, te invito. Pero no es nada del otro mundo.

—¡Qué dices! Me encantan estos platos.

Serví la comida en la mesa y me quedé contemplando, lleno de admiración, cómo devoraba un plato tras otro. Valía la pena cocinar para alguien que tuviera tan buen apetito. Me preparé un Old Crow con hielo en un vaso grande, paséatsuage[4]por la sartén, a fuego vivo, le eché jengibre por encima y empecé a comérmelo junto con el whisky. Ella comía a dos carrillos. La invité a beber algo, pero rehusó.

—¿Me dejas probar eseatsuage?—pidió.

Empujé hacia ella la mitad que me quedaba y yo me tomé el whisky a palo seco.

—Si te apetece, tengo arroz yumebosbi.También puedo prepararte unmisoshiru[5].

—¡Ah! ¡Sería genial! —dijo ella.

En un instante, hice caldo con bonito seco, le preparé unmisoshiruconwakame[6]y cebolleta tierna, y se lo serví junto con arroz yumebosbi.Se lo zampó en un abrir y cerrar de ojos. Cuando hubo dado buena cuenta de todo, y sobre la mesa sólo quedaban los huesos de lasumebosbi,lanzó un suspiro de satisfacción.

—¡Estaba buenísimo! —exclamó.

Era la primera vez que veía a una chica tan atractiva y esbelta como ella devorando con tal voracidad. Pero, en fin, según como lo mires, un apetito tan exacerbado también puede considerarse digno de admiración. Incluso después de que hubiese acabado de comer, continué observándola con una mirada vaga, mezcla de admiración y estupor.

—Dime, ¿siempre comes tanto? —me decidí a preguntar.

—Sí. Más o menos —dijo ella sin darle la menor importancia.

—Pero no engordas.

—Tengo dilatación gástrica —dijo ella—. Por eso como tanto y no engordo.

—Hum... Pues debes de gastar un dineral en comida, ¿no?

Lo cierto era que incluso se me había zampado lo que tenía para almorzar al día siguiente.

—Una barbaridad —dijo—. Cuando como fuera, tengo que ir a dos sitios. Primero me tomo algo ligero:ramen[7]o unasgyôza[8]. Es una especie de calentamiento, ¿sabes? Y, luego, como de verdad. Imagínate. La mayor parte del sueldo se me va en comida.

Volví a ofrecerle una copa. Me dijo que le apetecía una cerveza. Saqué una del refrigerador y, por si acaso, saqué dos buenos puñados de salchichas pequeñas de Frankfurt y las pasé por la sartén. No daba crédito a lo que veía, pero mientras yo picoteaba sólo dos, ella ya había devorado el resto. Su apetito era tan impetuoso como una ametralladora pesada abatiendo un granero. Ante mis ojos se habían esfumado las provisiones que había comprado para toda la semana. Con aquellas salchichas tenía previsto preparar un deliciosoSauerkraut.

Le serví una ensalada de patatas precocinada a la que le había añadidowakamey atún, y ella la devoró en un santiamén junto con una segunda cerveza.

—¿Sabes? Me siento muy feliz —dijo.

yo, sin haber comido apenas, iba por el tercer whisky con hielo. Mirando, fascinado, cómo comía ella, se me había ido el apetito.

—Si te apetece postre, tengo pastel de chocolate —le ofrecí.

Y se lo comió, por supuesto. Sólo con mirarla a ella, empecé a sentir cómo la comida me subía a la garganta y pugnaba por salir. A mí me gusta cocinar, pero como más bien poco.

Quizá no logré tener una erección por eso. Porque estaba obsesionado con el estómago. Desde los Juegos Olímpicos de Tokio,[9]era la primera vez que tenía problemas de erección. Hasta aquel día había tenido siempre una confianza casi ilimitada en esta capacidad física y, por lo tanto, sufrí una conmoción considerable.

—No te preocupes. Tranquilo. No tiene ninguna importancia —me dijo ella. La chica del pelo largo y la dilatación gástrica, la responsable de las consultas de la biblioteca.

Después del postre, habíamos escuchado dos o tres discos tomando whisky y cerveza y luego nos habíamos escurrido entre las sábanas. Me había acostado con muchas chicas hasta entonces, pero era la primera vez que lo hacía con una bibliotecaria. También era la primera vez que me resultaba tan fácil tener relaciones sexuales con una chica. Quizá fuera porque la había invitado a cenar. Pero, en resumidas cuentas, como ya he dicho, mi pene no consiguió una erección. Me daba la sensación de que tenía la barriga hinchada como la de un delfín y no logré insuflar fuerzas a mi bajo vientre.

Ella pegó su cuerpo desnudo a mi costado y me pasó el dedo anular unas cuantas veces, unos diez centímetros arriba y abajo, por el centro de mi pecho.

—Eso le puede suceder a cualquiera. No le des más importancia de la que tiene.

Sin embargo, cuanto más intentaba consolarme ella, más se abatía sobre mí, con toda su crudeza, la evidencia de que no había sido capaz de tener una erección. Me acordé de que había leído alguna vez que el pene era más estético fláccido que en erección, pero eso tampoco era un gran consuelo.

—¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con una chica? —me preguntó.

Destapé la caja de los recuerdos y rebusqué, con cierto nerviosismo, en su interior.

—Hace unas dos semanas, creo —dije.

—¿Y entonces funcionó?

—Por supuesto —aseguré. Al parecer, empezaba a ser normal que me interrogaran a diario sobre mis costumbres sexuales. Claro que tal vez lo hiciera todo el mundo en los últimos tiempos.

—¿Y con quién?

—Con una prostituta. La llamé por teléfono.

—Y al acostarte con una mujer así, ¿no tuviste tal vez..., no sé, algún sentimiento de culpabilidad?

—No era una mujer —la corregí—. Era una chica, una chica de veinte o veintiún años. Y no, no me sentí especialmente culpable. Fue algo muy natural, sin complicaciones. Además, tampoco era la primera vez que me acostaba con una prostituta.

—Y después, ¿te has masturbado alguna vez?

—No —dije. Después había estado tan ocupado que, hasta hoy, no había tenido tiempo de ir a buscar siquiera mi chaqueta favorita a la tintorería. No había tenido ni un momento para masturbarme.

Cuando se lo dije, ella asintió, convencida.

—Claro. Es por eso, seguro —dijo.

—¿Porque no me he masturbado?

—¡Por supuesto que no, tonto! —exclamó—. Es por culpa del trabajo. Dices que has estado muy ocupado, ¿no?

—Por ejemplo, anteayer no pude dormir en veintiséis horas.

—¿Y en qué trabajas?

—En informática —respondí. Cuando me preguntaban por mi trabajo, yo respondía invariablemente que era informático. En líneas generales, eso no dejaba de ser cierto, y como la gente no solía dominar la materia, no iba más allá y dejaba de preguntar.

—Seguro que al haber estado sometido a una intensa actividad cerebral durante mucho tiempo, has acumulado un estrés impresionante y eso te ha afectado de forma temporal. Sucede con frecuencia, ¿sabes?


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—Hum... —Tal vez tuviese razón. Aparte de estar cansado, la larga serie de sucesos inverosímiles que me habían ocurrido en los dos últimos días me habían provocado cierto nerviosismo. Si a ello le sumamos la visión de aquel apetito, que no era desacertado calificar de violento y brutal, no era de extrañar que sufriera una impotencia transitoria. Era plausible.

Pero tenía la sensación de que la raíz del problema era un poco más profunda. Debía de haber algo más. En el pasado, había habido ocasiones en que había estado tan cansado y tan nervioso como entonces, y sin embargo había hecho gala de una potencia sexual satisfactoria. Tal vez se debiera a alguna particularidad de la chica.

Particularidad.

Dilatación gástrica, pelo largo, bibliotecaria...

—Ven, pon la oreja sobre mi estómago —dijo ella. Y retiró la manta hasta sus pies.

Su cuerpo era hermoso y suave. Esbelto, sin un gramo de grasa superflua. Los pechos tenían el tamaño justo. Tal como me decía, apliqué la oreja al espacio, liso como un papel de dibujo, que se extendía entre los senos y el ombligo. Parecía un milagro que, tras atiborrarse de aquella forma, su barriga no estuviese hinchada en absoluto. Era como si, engullido por su gran apetito, todo hubiera desaparecido bajo el abrigo de Harpo Marx. La piel era fina, suave, cálida.

—¿Oyes algo? —me preguntó.

Conteniendo el aliento, agucé el oído. Aparte del lento latido del corazón, no se oía nada. Me dio la sensación de que estaba tumbado en un silencioso bosque y que oía, a lo lejos, el ruido del hacha del leñador.

—No oigo nada —le dije.

—¿No se oye el estómago? ¿No se oye cómo hace la digestión?

—No entiendo mucho del tema, pero diría que no hace ruido. Los jugos gástricos van disolviendo la comida y nada más. Aunque se produzcan algunos movimientos peristálticos, no creo que se oiga nada.

—Pues yo siento cómo mi estómago trabaja con todas sus fuerzas. Va, escucha otra vez.

Permanecí en la misma postura, prestando atención, mientras contemplaba, con mirada distraída, su vientre y el pubis cubierto de vello que se alzaba, abombado, al final. Pero no oí ruido alguno de actividad gástrica. Sólo se percibía, más allá, el latido del corazón. Me vino a la mente una escena deDuelo en el Atlántico.Bajo el punto donde yo aplicaba el oído, su estómago gigantesco llevaba a cabo la digestión en silencio, igual que el submarino en el que navegaba Curd Jürgens.

Al final, me aparté, me recosté en la cabecera y le pasé un brazo alrededor de los hombros. Me llegó el olor de su pelo.

—¿Tienes agua tónica? —me preguntó.

—En la nevera —le dije.

—Me gustaría tomarme un vodka con tónica, ¿puedo?

—Claro.

—¿Tú también tomarás algo?

—Lo mismo que tú.

Ella se levantó desnuda de la cama y, mientras estaba en la cocina preparando los dos vodka con tónica, coloqué sobre el plato el disco de Johnny Mathis que contieneTeach Me Tonight,volví a la cama y empecé a canturrear en voz baja. Yo, mi pene fláccido y Johnny Mathis.

—El cielo es una gran tabla negra... —cantaba yo cuando volvió ella con los dos vasos utilizando los libros sobre unicornios a modo de bandeja. Nos tomamos el vodka con tónica a sorbitos mientras escuchábamos el disco de Johnny Mathis.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó.

—Treinta y cinco —contesté. La información clara y concisa es una de las cosas más recomendables de este mundo—. Me divorcié hace tiempo y ahora estoy solo. No tengo hijos. Tampoco novia.

—Yo tengo veintinueve. Dentro de cinco meses cumpliré los treinta.

La miré de nuevo a la cara. No los aparentaba. A lo sumo, veintidós o veintitrés. Tenía el trasero empinado, ni una arruga. Me dije que estaba perdiendo rápidamente la facultad de adivinar la edad de las mujeres.

—Parezco más joven, pero tengo veintinueve —insistió—. Por cierto, ¿tú no serás jugador de béisbol o algo por el estilo?

De la sorpresa, estuve a punto de tirarme por encima del pecho el vodka con tónica.

—¡¿Qué?! Hace más de quince años que no juego al béisbol. ¿Cómo se te ha ocurrido eso?

—Es que tengo la sensación de haber visto tu cara por la tele. Y lo único que veo son los partidos de béisbol y las noticias. Entonces, quizá te haya visto en las noticias.

—Tampoco he salido en las noticias.

—¿Y en un anuncio?

—Tampoco.

—Pues debe de ser alguien que se parece mucho a ti... Es que, ¿sabes?, no tienes pinta de informático —dijo ella—. Y, claro, con todas esas historias de la evolución, de los unicornios, y con una navaja en el bolsillo...

Ella señaló mis pantalones tirados por el suelo. En efecto: la navaja asomaba por el bolsillo trasero del pantalón.

—Estoy procesando datos relacionados con la biología, en concreto con la biotecnología, y entran en juego intereses empresariales. Toda precaución es poca. Ya sabes cómo está últimamente el asunto de la piratería de datos...

—Hum... —musitó con expresión de incredulidad.

—También tú trabajas con ordenadores y, sin embargo, no tienes pinta de informática —dije.

Ella se golpeó los incisivos con la punta de las uñas.

—En mi caso, se trata sólo de tareas administrativas. Introduzco los títulos de los libros clasificados por materias, los busco para las consultas, compruebo la disponibilidad de los libros, esas cosas. También puedo hacer cálculos, claro. Cuando salí de la universidad, fui durante dos años a una escuela de informática para aprender a manejar un ordenador.

—¿Qué ordenador utilizas en la biblioteca?

Me lo dijo. Era un último modelo de gama intermedia de ordenadores para oficina, mejor de lo que parecía a primera vista. Usado debidamente, podía realizar cálculos bastante complejos. Yo lo había utilizado una sola vez.

Mientras permanecía con los ojos cerrados pensando en aquel ordenador, ella fue a preparar otros dos vodkas con tónica y los trajo a la cama. Recostados en la cabecera, bebimos a sorbos nuestras respectivas bebidas. Cuando se acabó el disco, la aguja del sistema automático volvió a posarse sobre el comienzo del disco de Johnny Mathis. Y yo volví a canturrear: «El cielo es una gran tabla negra...».

—Oye, ¿crees que hacemos buena pareja, tú y yo? —me preguntó. El culo de su vaso de vodka con tónica rozaba de vez en cuando mi costado, provocándome escalofríos.

—¿Buena pareja? —repetí.

—Sí. Tú tienes treinta y cinco años, yo veintinueve. ¿No te parece que estamos en la edad justa?

—¿La edad justa? —repetí. Al parecer, se me habían contagiado sus maneras, al estilo loro.

—A estas edades, podemos entendernos a las mil maravillas, los dos estamos solteros, nos llevamos bien. Además, yo no interferiría en tu vida, puedo apañármelas muy bien sola. ¿Te resulto desagradable?

—Claro que no —dije—. Tú tienes dilatación gástrica y yo impotencia. Sí, tal vez hagamos buena pareja.

Riendo, alargó la mano y tomó con suavidad mi pene fláccido. Era la mano que había sostenido el vaso de vodka con tónica: estaba tan fría que casi di un brinco.

—Lo tuyo se arregla enseguida —me susurró al oído—. Ya te curaré yo. Pero eso puede esperar. Mi vida gira más alrededor de la comida que del sexo, así que a mí ya me va bien así. El sexo, para mí, es como un buen postre. Si lo hay, tanto mejor, pero si no lo hay, tampoco pasa nada. Mientras lo demás valga la pena, claro.

—¿Un buen postre? —repetí de nuevo.

—Un buen postre —repitió ella a su vez—. Pero esto ya te lo explicaré en otra ocasión. Antes tenemos que hablar de los unicornios. A fin de cuentas, para eso me has pedido que viniera, ¿no?

Asentí, tomé los vasos vacíos y los dejé en el suelo. Ella soltó mi pene y cogió los dos tomos que descansaban en la mesilla de la cama. Uno eraArqueología animal,de Burtland Cooper, y el otroEl libro de los seres imaginarios,de Jorge Luis Borges.

—Los he hojeado antes de venir. En resumen, éste —dijo cogiendoEl libro de los seres imaginarios— los considera seres fantásticos, como el dragón o la sirena, y este otro —dijo cogiendoArqueología animal—parte de la premisa de que no puede descartarse que hayan existido alguna vez y aborda el tema desde un punto de vista científico. Por desgracia, ni en uno ni en otro hay muchas descripciones de unicornios. Sorprende que haya muchas menos que de dragones o de gnomos, por ejemplo. Quizá sea porque los unicornios llevaban una existencia mucho más solitaria. Vaya, al menos eso me parece a mí. Lo siento, pero esto es todo lo que tenemos en la biblioteca.

—Es suficiente. Con una sinopsis me basta. Gracias.

Ella me tendió los dos volúmenes.

—¿Te importaría leerme los puntos más importantes? —le dije—. Escuchándote, me será más fácil captar las ideas generales.

Asintió, cogió en primer lugarEl libro de los seres imaginariosy lo abrió por la primera página.

—«Ignoramos el sentido del dragón como ignoramos el sentido del universo» —leyó ella—. Esto está en el prólogo.

—¡Ah, ya! —dije.

Después abrió el libro por una página situada hacia el final del volumen, donde había introducido un punto de lectura.

—Ante todo he de comentarte que hay dos tipos de unicornio. El primero pertenece a Europa occidental y surgió en un rincón de Grecia. El otro es el unicornio chino. Entre ambos hay grandes diferencias, tanto formales como en lo que respecta a la concepción que la gente tenía de ellos. El unicornio griego y latino, por ejemplo, es, como transcribe Borges, "semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega a ser apresado vivo".

»En cambio, el unicornio chino presenta otras características:

«"Tiene cuerpo de ciervo", cuenta Borges, "cola de buey y cascos de caballo. El cuerno que le crece en la frente está hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o amarillo". Son bastante diferentes, ¿verdad?

—Pues sí —dije.

—Y no sólo en la forma. Los unicornios orientales y los occidentales presentan también grandes diferencias en cuanto a su carácter y a su significado. Los occidentales lo consideraban un animal agresivo y feroz. Piensa que tenía un cuerno de casi un metro de largo. Según Leonardo da Vinci, únicamente hay un modo de capturar a un unicornio y es aprovechándose de su sensualidad. Al ponerle una doncella delante, el deseo sexual lo domina, olvida su fiereza y apoya la cabeza en el regazo de la muchacha: entonces se lo puede capturar. Supongo que comprendes el significado del cuerno, ¿no?

—Yo diría que sí.

—Por el contrario, el unicornio chino es un animal sagrado y de buen agüero. Junto con el dragón, el fénix y la tortuga, forma parte de los cuatro animales emblemáticos de la mitología china y es el primero de los animales cuadrúpedos de la Tierra. Es extremadamente plácido. Cuando camina, va con precaución para no pisar a ningún animal pequeño y se alimenta no de pasto verde, vivo, sino de hierba seca. Alcanza los mil años de vida y la aparición de un unicornio augura el nacimiento de un rey virtuoso. La madre de Confucio, por ejemplo, vio un unicornio cuando estaba encinta.

«"Setenta años después", explica Borges, "unos cazadores mataron unK'i-linque aún guardaba en el cuerno un trozo de cinta que la madre de Confucio le ató. Confucio lo fue a ver y lloró porque sintió lo que presagiaba la muerte de ese inocente y misterioso animal y porque en la cinta estaba el pasado."»¿Qué te parece? Interesante, ¿no? En el siglo XIII aún se encuentran unicornios en la historia de China. La avanzada de caballería que envió Gengis Khan cuando proyectaba invadir la India se encontró en medio del desierto con un extraño animal que tenía un cuerno en medio de la frente, el pelaje de color verde, se parecía a un ciervo y hablaba el idioma de los seres humanos. Les dijo: "Ya es hora de que vuelva a su tierra vuestro señor".

»Un ministro chino de Gengis Khan que fue consultado al respecto le explicó que aquel animal era una variedad deK'i-lin.Le dijo que a lo largo de cuatro inviernos los ejércitos habían combatido en las tierras occidentales. Y el Cielo, que aborrecía el derramamiento de sangre, les enviaba ese aviso. Y el emperador renunció a sus planes bélicos.

»Es curioso lo distintos que son los unicornios orientales y los occidentales. En Oriente, el unicornio simboliza la paz y la tranquilidad; en Occidente, la agresividad y la lujuria. Pero ambos son animales mitológicos y, justamente por este motivo, se les puede conferir diversos sentidos.

—¿Y en la realidad no existen animales con un solo cuerno?

—En los cetáceos hay una ballena, el narval, pero, hablando con propiedad, no tiene cuerno, sino un colmillo de la mandíbula superior que le crece hacia fuera. Este cuerno mide unos dos metros y medio de largo, es recto y retorcido como un taladro. Pero este animal pertenece a una especie acuática muy singular que los hombres del Medievo tenían poquísimas ocasiones de ver. Y, por lo que respecta a los mamíferos, entre las especies que aparecieron en el Mioceno y que fueron extinguiéndose después, sí se encuentran algunos animales parecidos al unicornio. Por ejemplo...

Tras pronunciar estas palabras, cogióArqueología animaly abrió el libro en un punto a dos terceras partes del inicio.

—Aquí tienes dos rumiantes que se cree que vivieron en el Mioceno, hace unos veinte millones de años, en el norte del continente americano. El de la derecha es unSynthetoceras,y el de la izquierda, unCranioceras.Ambos eran tricornes, pero es evidente que uno de los tres cuernos era independiente.

Tomé el libro y miré las ilustraciones. ElSynthetocerasparecía la síntesis de un caballo pequeño y un ciervo; en la frente tenía dos cuernos parecidos a los de una vaca y, en el morro, un largo cuerno bífido en forma de Y. ElCraniocerastenía la cara más redonda y, en la frente, lucía una cornamenta parecida a la del ciervo. Tenía, además, en lo alto de la cabeza, un cuerno curvado hacia atrás. Ambos animales ofrecían un aspecto de lo más grotesco.

—Pero casi todos los animales con un número impar de cuernos se han extinguido —dijo ella tomando el libro de mis manos—. Si nos limitamos a los mamíferos, pocos cuentan con un solo cuerno o con un número impar de ellos, y, dentro del proceso evolutivo, son especímenes anómalos o, dicho de otro modo, huérfanos de la evolución. Y si no nos circunscribimos a los mamíferos y pensamos, por ejemplo, en los dinosaurios, sí había especímenes de gran tamaño con tres cuernos, pero eran excepciones. Esto se debe a que el cuerno es un arma con un alto grado de focalización. Lo entenderás si lo comparas con un tenedor. Al tener tres puntas, aumenta la resistencia de la superficie y es más difícil clavarlo. Además, en caso de acometer un objeto duro, desde el punto de vista de la dinámica, las probabilidades de clavarse con éxito en el cuerpo del contrincante son mayores con un solo cuerno que con tres.


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»Además, cuando se enfrenta a múltiples enemigos, a un animal tricorne le cuesta más extraer los cuernos, tras hincarlos en el cuerpo de uno de los adversarios, para atacar al siguiente contrincante.

—Como la resistencia es mayor, cuesta más —dije.

—Exacto —dijo ella y me clavó tres dedos en el pecho—. Este es el defecto del tricornio. Primera proposición: dos cuernos, o uno solo, son más funcionales que más de dos. Pasemos ahora a ver los defectos del cuerno único. No, quizá sea mejor que te explique antes la necesidad de los dos cuernos. La primera ventaja de los dos cuernos es que respeta la simetría. El movimiento de todos los animales está determinado por el mantenimiento del equilibrio bilateral, es decir, por la división de las fuerzas y de las capacidades por la mitad. La nariz tiene dos orificios, la boca mantiene una simetría derecha-izquierda y, en realidad, funciona dividida en dos. Ombligo, tenemos sólo uno, pero es un órgano atrofiado.

—¿Y el pene? —pregunté.

—El pene y la vagina, juntos, forman una unidad. Como el panecillo y la salchicha.

—¡Ah, claro! —dije. Era evidente.

—Lo más importante son los ojos, que funcionan como una especie de torre de control, tanto para el ataque como para la defensa, y por eso lo más lógico es que los cuernos mantengan un estrecho contacto con los ojos. Un buen ejemplo es el rinoceronte. En su origen, tiene un solo cuerno, pero lo cierto es que es un animal terriblemente corto de vista. Y, mira por dónde, la miopía del rinoceronte tiene su origen en que tiene un solo cuerno. Vamos, que es un tullido. Las razones por las cuales el rinoceronte ha sobrevivido a pesar de este defecto tienen que ver con el hecho de que es un herbívoro y que está cubierto por una dura coraza. El rinoceronte apenas tiene necesidad de defenderse. En este sentido, tal como se puede comprobar con sólo verlo, se parece al dinosaurio. Pero el unicornio, a juzgar por las ilustraciones, no responde a tales características. No está cubierto de una coraza y es muy..., ¿cómo lo diría?...

—Vulnerable —dije.

—Exacto. En cuanto a vulnerabilidad, está en la misma categoría del ciervo. Si encima fuera miope, estaría condenado a la extinción. Por más que hubiese desarrollado el sentido del oído o del olfato, cuando lo acorralaran no tendría ninguna posibilidad de defenderse. Atacar a un unicornio sería como disparar a un pato en tierra con una escopeta de alta precisión. Otra desventaja del cuerno único es que, si éste sufre algún daño, el animal está irremisiblemente perdido. En fin, que es lo mismo que atravesar el desierto del Sáhara sin una rueda de recambio. ¿Entiendes lo que quiero decir? —Sí.

—Un defecto más del cuerno único es que, con él, no se puede ejercer mucha fuerza. Piensa en los dientes molares e incisivos: se ejerce más fuerza con las muelas que con los incisivos, ¿verdad? Volviendo al equilibrio del que hablábamos antes: cuanto más pesado es el instrumento con el que se aplica una fuerza, mayor es la estabilidad global del cuerpo. En fin, esto demuestra que el unicornio es una mercancía defectuosa, ¿no crees?

—Lo he entendido a la perfección —dije—. Te explicas muy bien.

Ella sonrió y deslizó un dedo por mi pecho.

—Pero hay algo más. En teoría hay una única razón por la cual el unicornio podría haber logrado escapar a la extinción. Es algo fundamental. ¿Adivinas qué es?

Crucé las manos por encima del pecho y estuve uno o dos minutos reflexionando. Había una única respuesta posible.

—Que no fuera la presa de ningún depredador natural —dije yo.

—¡Has acertado! —dijo y me dio un beso en los labios—. Imagina un posible hábitat sin depredadores —siguió.

—Tendría que ser un lugar aislado, donde no pudieran penetrar otros animales —dije—. Una especie de «mundo perdido», como el concebido por Conan Doyle. Una región que se encontrara a gran altitud o, si no, en una depresión muy profunda. O rodeada por una escarpada pared de roca, como una caldera volcánica, por ejemplo.

—Sobresaliente —dijo ella, dándome un golpecito con el dedo índice sobre el corazón—. Y precisamente en un hábitat como ése descubrieron el cráneo de un unicornio.

Tragué saliva. Sin darme cuenta, me estaba aproximando al meollo de la cuestión.

—Lo encontraron en 1917, en el frente ruso. En septiembre de 1917.

—Un mes antes de la Revolución de Octubre, durante la Primera Guerra Mundial. Bajo el gabinete Kerenski —dije yo—. Justo antes de que se produjera la insurrección bolchevique.

—Lo encontró un soldado ruso mientras excavaba una trinchera en el frente de Ucrania. El soldado pensó que era un cráneo de vaca o de ciervo y lo arrojó fuera. El asunto habría terminado allí y el cráneo habría surgido de las profundas simas de la historia para volver a caer de inmediato en ellas, si el teniente que comandaba aquella tropa no hubiese sido un estudiante de posgrado de la Facultad de Biología de la Universidad de Petrogrado, pues así se llamaba entonces San Petersburgo. El teniente recogió el cráneo, se lo llevó al campamento y lo examinó detenidamente. Y descubrió que pertenecía a una especie desconocida. Se puso en contacto inmediatamente con el catedrático de biología de la Universidad de Petrogrado y esperó la llegada del equipo encargado de la investigación, pero éste jamás llegó. En aquellos tiempos reinaba en Rusia el caos más absoluto, se declaraban huelgas por todas partes, y ni siquiera las provisiones, las municiones y los medicamentos llegaban con regularidad a las tropas: no era una situación propicia para que una expedición científica alcanzara el frente. Y aunque lo hubiese logrado, no creo que hubieran dispuesto del tiempo necesario para realizar un trabajo de campo. Porque lo cierto era que el ejército ruso iba de derrota en derrota y que la línea del frente no dejaba de retroceder. Tal vez aquella zona hubiese caído ya en manos del ejército alemán.

—¿Y qué le pasó al teniente?

—En noviembre de ese año lo colgaron de un poste de telégrafo. La mayoría de los oficiales hijos de familias burguesas corrieron idéntica suerte y fueron colgados de los postes de telégrafo que se sucedían a lo largo del camino que iba de Ucrania a Moscú. El joven no tenía relación alguna con la política, era estudiante de biología.

Me representé la imagen de los oficiales colgados, uno por uno, en los postes telegráficos que se alineaban a lo largo de la llanura rusa.

—Pero justo antes de que el ejército bolchevique tomara el poder, el teniente confió el cráneo a un hombre de su confianza, a un soldado herido que iba a ser enviado a la retaguardia, y le prometió que, si se lo entregaba a un catedrático de la Universidad de Petrogrado, recibiría una generosa recompensa. Pero el soldado no pudo llevar el cráneo a la universidad hasta febrero del siguiente año, cuando fue dado de alta del hospital, y por entonces la universidad había sido temporalmente clausurada: los estudiantes estaban consagrados a la revolución, y la mayoría de los profesores habían sido obligados a exiliarse o habían muerto. Como no tenía alternativa, el soldado pospuso la entrega y dejó la caja con el cráneo bajo la custodia de un cuñado que era guarnicionero para caballerías en Petrogrado y se volvió a su pueblo natal, a unos trescientos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, por motivos que ignoro, el soldado no pudo regresar jamás a Petrogrado y la caja permaneció abandonada largo tiempo en el almacén del taller de guarnicionería de su cuñado.

»El cráneo no volvió a ver la luz del día hasta el año 1935. San Petersburgo, y luego Petrogrado, se llamaba entonces Leningrado, Lenin había muerto, Trotski estaba en el exilio y Stalin ostentaba el poder. En Leningrado ya casi nadie montaba a caballo, así que el dueño de la guarnicionería decidió liquidar la mitad de las existencias y, con la otra mitad, abrir una pequeña tienda de artículos de hockey.

—¿De hockey? —salté—. ¿En la Rusia soviética de los años treinta estaba de moda el hockey?

—No tengo ni idea. Yo sólo te digo lo que pone aquí. Pero el Leningrado de después de la revolución soviética debía de ser una ciudad relativamente moderna, ¿no? Es posible que la gente jugara al hockey, digo yo.

—¡Uf! ¡Vete a saber! —repliqué.

—En fin, sea como sea, mientras este hombre ordenaba el almacén, encontró la caja que su cuñado le había dejado en 1918 y la abrió. Encima de todo, encontró la carta dirigida al catedrático fulano de tal de la Universidad de Petrogrado, donde ponía: «Por tal y cual razón, he confiado este cráneo a tal persona. Le ruego que lo recompense debidamente». No hace falta decir que el guarnicionero llevó la caja a la universidad (esto es, a la que entonces era Universidad de Leningrado) y solicitó una entrevista con el catedrático en cuestión. Sin embargo, éste era judío y, simultáneamente a la caída de Trotski, había sido deportado a Siberia. O sea, que el guarnicionero se quedó sin nadie que le pagara la recompensa y con perspectivas de conservar hasta el fin de sus días un cráneo que no sabía de qué era y que no le iba a reportar beneficio alguno. De modo que el hombre buscó a otro catedrático de biología, le explicó la situación, cedió el cráneo a la universidad por una cantidad irrisoria y se volvió a casa.

—Al menos, después de dieciocho años el cráneo consiguió llegar a la universidad.

—Entonces —siguió ella—, este catedrático estudió el cráneo centímetro a centímetro y llegó a la misma conclusión que el joven teniente dieciocho años atrás. Es decir, que el cráneo no pertenecía a ninguna especie que existiera en el presente y tampoco a ninguna que se supusiera que hubiese existido en el pasado. El cráneo recordaba al del ciervo, y la forma de la mandíbula lo situaba, por analogía, entre los herbívoros ungulados, pero, por lo visto, había tenido las mejillas más prominentes que éstos. Con todo, la mayor diferencia que presentaba con respecto al ciervo era que tenía un cuerno en mitad de la frente. Es decir, que era un unicornio.

—¿Quieres decir que tenía un cuerno de verdad?

—Sí. Tenía un cuerno. Aunque no entero, por supuesto. El cuerno estaba roto a unos tres centímetros de la base. A partir del fragmento que quedaba, dedujeron que debía de haber alcanzado los veinte centímetros y que debía de haber sido recto como el de un antílope. El diámetro de la base era de..., a ver, sí, de unos dos centímetros.

—¡Dos centímetros! —repetí. El orificio del cráneo que me había regalado el anciano justamente tenía dos centímetros de diámetro.

—El profesor Béroff, pues así se llamaba el catedrático, se dirigió a Ucrania acompañado de varios ayudantes y alumnos de posgrado y, durante un mes, hicieron trabajo de campo en el mismo lugar donde tiempo atrás había abierto la trinchera la tropa del joven teniente. Por desgracia, no lograron encontrar otro cráneo igual, pero salieron a la luz diversos hechos muy interesantes sobre el territorio. Aquella zona, conocida como la meseta de Vultafil, forma un montículo relativamente elevado en medio de la región occidental de Ucrania, rica en llanuras, y es un punto geográfico de gran importancia estratégico— militar. Por esta razón, durante la Primera Guerra Mundial, los ejércitos alemán y austrohúngaro se enzarzaron en repetidas y sangrientas luchas cuerpo a cuerpo con el ejército ruso para hacerse con el dominio de cada metro de aquella colina, y durante la Segunda Guerra Mundial recibió tantas cargas de artillería y tantos bombardeos por parte de ambos contendientes que sufrió cambios orográficos, pero esto ocurrió después. Lo que atrajo entonces la atención del profesor Béroff fue el hecho de que los huesos de los animales que desenterraron en la meseta de Vultafil diferían de manera notable con la distribución de especies del resto de la región. A partir de ahí, el profesor formuló la hipótesis de que, antiguamente, no tenía la forma de meseta que ofrecía en la actualidad, sino que debía de haber constituido una especie de caldera volcánica. Y que, en el interior de esta caldera volcánica, debió de existir un sistema biológico específico. Vamos, lo que tú llamas un «mundo perdido».

—¿Una caldera volcánica?

—Sí, una meseta circular rodeada de una alta pared rocosa. Ésta se habría ido erosionando a lo largo de millones de años hasta convertirse en una colina normal y corriente. Y, en su interior, el unicornio, un eslabón perdido de la evolución, habría llevado una vida aislada libre de depredadores. En la meseta abundaba el agua, la tierra era fértil: la hipótesis era viable. De modo que el profesor elaboró una lista de un total de sesenta y tres ejemplos pertenecientes al campo de la zoología, la botánica y la geología, adjuntó el cráneo del unicornio y elevó su tesis a la Academia Soviética de las Ciencias bajo el títuloEstudio del sistema biológico de la meseta de Vultafil.Corría el año 1936.

—La acogida no debió de ser muy buena, ¿no?

—No, no lo fue. Nadie lo apoyó. Además, por desgracia, en aquella época la Universidad de Moscú y la de Leningrado se disputaban el control de la Academia de las Ciencias. La Universidad de Leningrado, que llevaba por entonces las de perder, recibió con frialdad una tesis «antidialéctica» como aquélla. Con todo, nadie podía negar la existencia del cráneo de unicornio. A diferencia de la hipótesis, era una realidad indiscutible. De modo que algunos científicos estudiaron el cráneo durante un año y, al final, no tuvieron más remedio que admitir que el cráneo no era una falsificación y que pertenecía sin duda alguna a un animal con un solo cuerno. Finalmente, el comité de la Academia de las Ciencias dictaminó que era un simple cráneo de ciervo con una deformación sin consecuencias evolutivas y que no merecía la pena dedicarle más tiempo. Y lo devolvieron al profesor Béroff, a la Universidad de Leningrado. Y aquí terminó la historia.

»El profesor Béroff esperó a que cambiaran los tiempos y llegara un momento propicio para que reconocieran su investigación, pero, en 1941, con el inicio de la guerra contra Alemania, sus esperanzas se desvanecieron y murió en 1943 en medio de la desesperación más absoluta. El cráneo también desapareció durante el cerco de Leningrado. La universidad fue derruida hasta los cimientos por el fuego alemán y por el ruso, y no se sabe adonde fue a parar el cráneo. Así se perdió la única prueba que confirmaba la existencia de un unicornio.

—Entonces, ¿ya no queda nada?

—Aparte de las fotos, no.

—¿Fotos? —dije yo.

—Sí, fotografías del cráneo. El profesor Béroff sacó cerca de cien fotografías del cráneo. Algunas se salvaron de la destrucción de la guerra y ahora se conservan en el archivo de la Universidad de Leningrado. Mira, aquí tienes una.


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Tomé el libro de sus manos y dirigí los ojos hacia la fotografía que me señalaba. Era una fotografía muy mala, pero se reconocía la forma del cráneo. Lo habían colocado sobre una mesa cubierta con una tela blanca y, a su lado, habían puesto un reloj de pulsera para mostrar el tamaño real. En mitad de la frente, un círculo blanco mostraba la ubicación del cuerno. No cabía duda: el cráneo era igual al que me había regalado el anciano. La única diferencia era que uno conservaba la base del cuerno; por lo demás, eran idénticos. Dirigí los ojos hacia el cráneo que descansaba sobre el televisor. Visto de lejos, totalmente cubierto por la camiseta, parecía un gato durmiendo. Dudé entre contarle a la chica que yo tenía el cráneo o callar. Decidí no comentarle nada. Cuanta menos gente sepa un secreto, mejor.

—¿Y es seguro que el cráneo fue destruido durante la guerra? —pregunté.

—¡Vete a saber! —dijo ella toqueteándose el flequillo con el dedo meñique—. Según este libro, los combates del cerco de Leningrado fueron tan violentos y brutales que arrasaron la ciudad, manzana tras manzana, como si las aplastara una apisonadora. Además, el barrio donde se encontraba la universidad resultó de los más dañados, así que es prácticamente seguro que el cráneo fue destruido. Cabe la posibilidad de que el profesor Béroff lo escondiera antes en alguna parte, o que el ejército alemán se lo llevara como botín de guerra... Pero lo cierto es que nadie ha vuelto a verlo desde entonces.

Volví a mirar la fotografía, cerré el libro de golpe y lo dejé sobre la cama. Me pregunté si el cráneo que yo tenía era el de la Universidad de Leningrado o si se trataba del cráneo de otro unicornio que hubieran desenterrado en otro lugar. Lo más sencillo era preguntárselo directamente al anciano. ¿Dónde encontró el cráneo? ¿Y por qué me lo dio a mí? Como tenía que verle para entregarle los datos resultantes delshuffling,se lo preguntaría entonces. De momento, no tenía sentido preocuparse.

Mientras, con los ojos clavados en el techo, estaba absorto en estos pensamientos, ella apoyó la cabeza sobre mi pecho y pegó su cuerpo al mío. La rodeé con mis brazos. Tras averiguar algo más sobre los unicornios, me sentía un poco más aliviado, pero el estado de mi pene seguía sin mejorar. No obstante, ella, sin importarle si mi pene lograba o no una erección, con la punta del dedo empezó a dibujar en mi barriga unas figuras indescifrables.

10EL FIN DEL MUNDOLa muralla

Una tarde nublada, cuando bajé a la cabaña del guardián, me encontré a mi sombra ayudándolo a reparar una carreta. Ambos la habían arrastrado hasta el centro de la explanada, habían sacado las tablas viejas del fondo y de los lados y ahora estaban reemplazándolas por otras nuevas. El guardián cepillaba las tablas nuevas con mano experta y la sombra las claveteaba con el martillo. Su aspecto apenas había cambiado desde que nos habíamos separado. Parecía gozar de buena salud, pero sus movimientos eran un poco más desmadejados y, en el contorno de sus ojos, se dibujaban unas arrugas de malhumor.

Cuando me acerqué, ambos se detuvieron y alzaron la cabeza.

—¿Me buscabas? —preguntó el guardián.

—Sí. Quiero hablar contigo —le dije.

—Ve adentro y espera a que acabe esto —me dijo el guardián, mirando la tabla que cepillaba en aquellos momentos.

La sombra se limitó a dirigirme una ojeada y, acto seguido, volvió a enfrascarse en su trabajo. Parecía enfadada conmigo.

Entré en la cabaña del guardián, me senté ante la mesa y lo esperé. La mesa estaba tan desordenada como de costumbre. El guardián sólo la limpiaba cuando tenía que afilar los cuchillos. Sobre ella se amontonaban, sin orden ni concierto, platos sucios, tazas, una pipa, café molido, virutas. Sólo los cuchillos estaban colocados con una pulcritud casi prodigiosa en la estantería.

El guardián tardaba lo suyo. Pasé un brazo por el respaldo de la silla y me dispuse a matar el tiempo con la mirada perdida en el techo. En aquella ciudad había tiempo hasta la náusea. Todo el mundo aprendía con naturalidad pasmosa su particular forma de perder el tiempo.

Fuera, proseguían los ruidos del cepillo y del martillo.

Poco después se abrió la puerta, pero quien entró en la cabaña no fue el guardián sino mi sombra.

—No puedo entretenerme mucho —dijo pasando junto a mí—. Sólo he venido a buscar clavos.

Abrió la puerta del fondo y cogió una caja de clavos de la alacena que estaba a mano derecha.

—Escúchame con atención —dijo la sombra mientras comprobaba la longitud de los clavos que había en la caja—. Ante todo, tienes que dibujar un mapa de la ciudad. No lo hagas preguntando a los demás, sino según lo que tú puedas comprobar con tus propios ojos y tus propios pies. Dibuja todo lo que veas, sin dejarte nada. Ni el detalle más insignificante.

—Eso lleva tiempo.

—Basta con que me lo des antes de que acabe el otoño —dijo la sombra hablando con rapidez—, Y también quiero explicaciones escritas. Necesito, en particular, que investigues bien la forma de la muralla, el bosque que hay al este, por dónde entra y sale el río. Sólo eso. ¿Comprendido?

En cuanto me hubo dicho esto, sin mirarme siquiera, la sombra abrió la puerta y salió. Me repetí lentamente lo que acababa de decirme. La forma de la muralla, el bosque del este, por dónde entraba y salía el río. Bien pensado, hacer un mapa no era mala idea. De esta forma podría averiguar cómo era la ciudad y aprovecharía el tiempo que me sobraba. Ante todo, lo que más feliz me hacía era ver que mi sombra todavía confiaba en mí.

El guardián vino poco después. Al entrar en la cabaña, se secó el sudor con una toalla y se limpió las manos. Luego, se dejó caer pesadamente sobre una silla, al otro lado de la mesa.

—Bueno, ¿qué quieres?

—He venido a ver a mi sombra —dije.

Tras asentir repetidas veces, el guardián llenó de tabaco la pipa, prendió una cerilla y la encendió.

—Todavía no es posible —dijo el guardián—. Lo lamento, pero aún es demasiado pronto. En esta estación, la sombra todavía es demasiado fuerte. Tienes que esperar hasta que los días sean más cortos. Lo siento. —Con los dedos, partió la cerilla por la mitad y la arrojó en un plato de encima de la mesa—. También lo hago por ti, no creas. Si te encariñas ahora con ella, luego será peor. Lo he visto montones de veces. Es un buen consejo, créeme. Ten un poco de paciencia.

Asentí en silencio. Dijera lo que dijese, no iba a escucharme y, además, yo había logrado ya hablar con ella. Lo único que podía hacer era esperar con paciencia a que me diera permiso.

El guardián se levantó de la silla, se acercó al fregadero y se sirvió varias veces agua en una taza de cerámica.

—¿Va bien el trabajo?

—Me voy acostumbrando poco a poco —dije.

—Estupendo —aprobó—. Trabajar bien es lo más importante. Las personas que no trabajan bien sólo piensan en tonterías.

Se oía cómo mi sombra seguía clavando clavos en el exterior.

—¿Te apetece dar un paseo? —propuso el guardián—. Quiero enseñarte algo interesante.

Salí detrás del guardián. En la explanada, mi sombra, subida en la carreta, claveteaba la última tabla lateral. A excepción del eje y de las ruedas, la carreta había quedado completamente nueva.

El guardián cruzó la explanada y me condujo hasta la atalaya. Era una tarde nublada y sofocante. Sobre la muralla, el cielo estaba cubierto de negros nubarrones que venían del oeste y parecía que fuera a empezar a llover de un momento a otro. La camisa del guardián, totalmente empapada en sudor, se adhería a su corpachón y despedía un olor desagradable.

—Esta es la muralla —dijo dándole palmadas como si fueran las ancas de un caballo—. Mide siete metros de altura y rodea toda la ciudad. Los pájaros son los únicos que pueden franquearla. No hay más puerta que ésta. Hace tiempo, teníamos la Puerta del Este, pero ahora está tapiada. La muralla, como ves, es de ladrillos, pero no son ladrillos normales. Nadie ni nada puede dañarlos o derribarlos, ni los cañonazos, ni los terremotos, ni las tormentas. —Recogió un trozo de madera que estaba a sus pies y empezó a afilarlo con el cuchillo. El cuchillo cortaba de una manera asombrosa y, en un santiamén, el trozo de madera se convirtió en una afilada cuña—. Fíjate bien —dijo el guardián—. Entre un ladrillo y otro no hay argamasa de ningún tipo. Porque no hace falta. Los ladrillos están tan sólidamente unidos que, en los intersticios, no conseguirías meter ni un pelo.

Trató de introducir la afilada punta de la cuña entre un ladrillo y otro, pero la madera no pudo penetrar ni un milímetro en la juntura. Acto seguido, tiró la cuña y rascó la superficie del ladrillo con la punta de la hoja de su navaja. Produjo un desagradable chirrido, pero no logró siquiera arañar la superficie de la piedra. El guardián, tras comprobar el estado de la hoja, plegó la navaja y se la guardó en el bolsillo.

—Nada puede erosionarla ni destruirla. Tampoco se puede escalar. Porque la muralla es perfecta. Recuérdalo bien: nadie puede salir de aquí. Así que no pienses en tonterías. —Luego, posó su manaza en mi espalda—. Comprendo tu amargura, pero todo el mundo tiene que pasar por esto. Y tú también tienes que soportarlo. Después, sin embargo, te llegará la salvación. Y entonces se desvanecerán tus inquietudes y tu dolor. Todo desaparecerá. Créeme: las sensaciones efímeras nada valen. Hazme caso y olvida a tu sombra. Esto es el fin del mundo. El mundo acaba aquí, no se puede ir más allá. Tú ya no puedes ir a ninguna parte.

Tras pronunciar estas palabras, el guardián me dio unas palmadas en la espalda.

En el camino de vuelta, me detuve en medio del Puente Viejo y, acodado en la barandilla, mientras contemplaba el río, reflexioné sobre lo que me había dicho el guardián.

El fin del mundo.

Pero ¿por qué había tenido que dejar mi viejo mundo y venir aquí? No lograba acordarme ni de las circunstancias, ni del sentido, ni del propósito de todo aquello. Algo, alguna fuerza me había enviado a este mundo. Una fuerza poderosa y arbitraria. Por su culpa yo había perdido la sombra y los recuerdos, y ahora iba a perder el corazón.

A mis pies, el río discurría con un agradable murmullo. Había unas isletas donde crecían los sauces. La corriente mecía suavemente las ramas de los sauces que colgaban y rozaban la superficie del río. El agua era límpida y transparente, y en los remansos alrededor de las rocas se veían las siluetas de los peces. Cuando contemplaba el río, siempre me invadía una sosegada paz.

Desde el puente, por unas escaleras se accedía a una de las isletas, donde habían colocado un banco a la sombra de los sauces. Siempre había algunas bestias dormitando alrededor. Yo solía bajar a la isleta, desmenuzaba el pan que llevaba en los bolsillos y se lo daba a las bestias. Estas, tras titubear unos instantes, tendían el cuello y tomaban las migas de pan de la palma de mi mano. Pero sólo eran las bestias viejas y las de corta edad las que comían de mi mano.

Conforme avanzaba el otoño, los ojos de las bestias, que recordaban las profundas aguas de un lago, iban tiñéndose paulatinamente del color de la tristeza. También las hojas de los árboles cambiaban de color y la hierba empezaba a secarse: todo les anunciaba que se aproximaba la larga y dura estación del hambre. Y, tal como me había predicho el anciano, la estación prometía ser larga y dura también para mí.

11EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASRopa. Sandía. Caos

Las agujas del reloj señalaban las nueve y media cuando ella saltó de la cama, recogió la ropa esparcida por el suelo y empezó a vestirse con calma, tomándose su tiempo. Apoyado en un codo hincado en la cama, yo la miraba con el rabillo del ojo. Su figura, mientras deslizaba una prenda tras otra sobre su cuerpo, suavemente, sin movimientos innecesarios, irradiaba la quietud y la calma de un esbelto pájaro de invierno. Se subió la cremallera de la falda, se abrochó, uno tras otro, de arriba abajo, los botones de la blusa y, al final, se sentó en la cama y se puso las medias. Luego, me dio un beso en la mejilla. Tal vez haya muchas chicas que sepan quitarse la ropa de un modo seductor, pero pocas son capaces de ponérsela con gracia. Una vez vestida, se echó el pelo hacia atrás, despejándoselo con el dorso de las manos, y al verlo sentí que una corriente de aire fresco penetraba en la habitación.

—Gracias por la cena —me dijo.

—De nada.

—¿Siempre preparas tanta comida?

—Cuando no estoy ocupado, sí —dije—. Pero cuando tengo trabajo, no puedo cocinar. Me acabo las sobras, o voy a comer fuera.


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Se sentó en una silla de la cocina, sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió.

—Yo cocino poco. No me entusiasma cocinar, la verdad. Además, volver a casa a las siete, preparar un montón de comida y luego zampármela toda, sin dejar una miga, me deprime. Sólo pensarlo me da algo. Parece que sólo viva para comer, ¿no?

Me dije que quizá tuviera razón.

Mientras me vestía, ella sacó una agenda de su bolso, apuntó algo con bolígrafo y arrancó la página.

—El teléfono de mi casa —dijo—. Si te entran ganas de verme o te sobra comida, llámame. Vendré enseguida.

Cuando se hubo marchado, llevándose los tres volúmenes sobre mamíferos para devolverlos a la biblioteca, me dio la sensación de que un silencio extraño se adueñaba del apartamento. Me planté ante el televisor, levanté la camiseta y observé una vez más el cráneo del unicornio. No tenía ninguna prueba determinante, pero empecé a preguntarme si no sería aquél el enigmático cráneo que el desdichado teniente de infantería había descubierto en el frente de Ucrania. Cuanto más lo miraba, más convencido estaba de que un halo de misterio flotaba a su alrededor. Por supuesto, tal vez esa impresión se debía a la historia que acababa de escuchar. Sin más, volví a darle otro golpe— cito con las tenazas de acero inoxidable.

Después recogí los platos y los vasos, los lavé en el fregadero y pasé una bayeta por encima de la mesa de la cocina. Ya era hora de iniciar elshuffling.Para que no me interrumpieran, puse el contestador automático, desconecté el timbre de la puerta y apagué todas las luces de la casa excepto la lámpara de la mesa de la cocina. Durante como mínimo un par de horas, necesitaba estar solo, con toda la atención centrada en elshuffling.

Mi contraseña delshufflinges «el fin del mundo». Es el título de un culebrón estrictamente personal en el que me baso para pasar los valores numéricos lavados al cálculo informático. Aunque lo llame «culebrón», nada tiene que ver con los que dan por la tele. Es mucho más caótico y no tiene un argumento claro. Lo llamo «culebrón» como podría llamarlo de otro modo. En todo caso, jamás me han explicado qué contiene. Sólo sé que se llama «el fin del mundo».

Este culebrón lo crearon los científicos del Sistema. Realicé un año de prácticas específicas para ser calculador y, tras aprobar los exámenes finales, me congelaron durante dos semanas, a lo largo de las cuales analizaron al detalle mis ondas cerebrales, extrajeron el núcleo de mi conciencia, fijaron en éste un culebrón-contraseña de acceso alshufflingy, una vez implantado, volvieron a introducir el núcleo dentro de mi cerebro. Y me dijeron: «El título es "el fin del mundo" y será tu contraseña de acceso alshuffling».Por eso mi conciencia está estructurada en dos partes. Es decir, en primer término, existe una conciencia global y caótica, y en su interior, igual que el hueso de unaumeboshi,se encuentra el núcleo de la conciencia que sintetiza este caos.

Pero ellos no me explicaron qué contenía el núcleo de la conciencia.

—No tienes por qué saberlo —me dijeron—. Porque, en este mundo, no hay nada más exacto que la inconsciencia. Al llegar a cierta edad (lo hemos calculado con sumo cuidado y la hemos establecido en los veintiocho años), la conciencia global del ser humano ya no experimenta cambios. Lo que se denomina generalmente «transformaciones de la conciencia», si lo analizamos desde el punto de vista del funcionamiento global del cerebro, vemos que no son más que insignificantes oscilaciones superficiales. Sin embargo, «el fin del mundo», tu nuevo núcleo de la conciencia, funcionará hasta el fin de tus días con una exactitud inalterable. ¿Lo has comprendido hasta aquí?

—Sí —contesté.

—Todos los métodos de lógica y de análisis son inútiles, como tratar de partir una sandía con la punta de un alfiler. Arañarán la cáscara, pero jamás alcanzarán la pulpa. Precisamente por eso, nosotros hemos tenido que separar claramente la cáscara y la pulpa. Aunque lo cierto es que, en este mundo, hay quien se contenta con mordisquear la cáscara.

»En resumen —prosiguieron—, nosotros tenemos que proteger eternamente tu culebrón-contraseña de las oscilaciones superficiales de tu conciencia. Supón que te explicamos que "el fin del mundo" consiste en esto y aquello. Vamos, que te pelamos la sandía. En este caso, sin duda, tú lo toquetearías todo e intentarías mejorarlo: que si esto quedaría mejor así, o que si yo le añadiría lo de más allá... Entonces, la universalidad del culebrón-contraseña se esfumaría en un abrir y cerrar de ojos y elshufflingdejaría de ser viable.

—Por lo tanto, hemos provisto a tu sandía de una corteza muy gruesa —dijo otra persona—, Y tú puedes acceder al núcleo. Porque, al fin y al cabo, ése eres tú. Pero no puedes conocerlo. Todo se desarrolla en el mar del caos. Porque si tú te sumerges en el mar del caos con las manos vacías, saldrás de él con las manos vacías. ¿Lo entiendes?

—Creo que sí —contesté.

—Y todavía hay otra cuestión —dijeron ellos—,¿Debe el ser humano conocer con exactitud su propia conciencia?

—No lo sé —admití.

—Nosotros tampoco —dijeron ellos—. Esta cuestión queda más allá de los límites de la ciencia. A un problema similar se enfrentaron los científicos que desarrollaron la bomba atómica en Los Álamos.

—Quizá sea incluso un problema más crucial que el de Los Álamos —dijo uno—. Empíricamente hablando, es imposible concluir de otra forma. Por ese motivo podemos afirmar que éste es, en cierto sentido, un experimento sumamente arriesgado.

—¿Experimento? —pregunté.

—Experimento —repitieron ellos—. No podemos decirte más. Lo sentimos.

Luego me enseñaron el método delshuffling.Debo ejecutarlo solo, de noche, ni ahíto ni con el estómago vacío. He de escuchar tres veces la grabación preestablecida que me permite acceder al culebrón llamado «el fin del mundo». Sin embargo, de modo simultáneo, mi conciencia se hunde en el caos. Y, sumido en ese caos, yo efectúo elshufflingde los valores numéricos. Cuando concluyo elshuffling,la conexión con «el fin del mundo» se interrumpe y mi conciencia emerge del caos. Elshufflingse completa y yo no recuerdo nada. El contra-shufflinges, literalmente, ir en dirección contraria. Para efectuar el contra-shufflingescucho una grabación de contra-shuffling.

Llevo este programa implantado en mi interior. En otras palabras, no soy más que un túnel de la inconsciencia. Todo pasa a través de mí. De ahí que, cada vez que efectúo unshuffling,me sienta terriblemente vulnerable e inseguro. El lavado de cerebro es distinto. Aunque sea un proceso largo y pesado, mientras lo realizo puedo sentirme orgulloso de mí mismo. Porque allí concentro toda mi capacidad.

Por el contrario, en elshufflingnada pintan mi orgullo ni mi capacidad. Soy un simple objeto de uso. Alguien procesa algo, sin que yo me dé cuenta, utilizando una conciencia que me pertenece pero que desconozco. Por lo que atañe a la ejecución delshuffling,ni siquiera me considero digno de llamarme calculador.

Por supuesto, no tengo derecho a elegir el tipo de proceso que prefiero. Estoy autorizado a realizar ambos tipos, el lavado de cerebro y elshuffling,y a los calculadores no se nos permite obrar como se nos antoje. Quien no esté de acuerdo, debe dejar el trabajo, no hay más opciones. Y yo no tengo la menor intención de dejar de ser calculador. Mientras no te crees problemas con el Sistema, ningún otro trabajo te permite desarrollar con mayor libertad tus capacidades individuales y, además, el sueldo es bueno. Trabajando unos quince años, puedes ahorrar lo suficiente como para retirarte y vivir tranquilo el resto de tus días. Por eso pasé una infinidad de pruebas y soporté un entrenamiento espartano.

La embriaguez no es ningún impedimento a la hora de efectuar unshuffling.Al contrario, como el alcohol contribuye a relajar la tensión nerviosa, incluso se recomienda beber con moderación, pero yo, por principio, antes delshuffling,procuro eliminar el alcohol de mi cuerpo. Y en aquella ocasión, debido a la «cancelación» del métodoshuffling,yo llevaba dos meses sin practicarlo; debía actuar con prudencia. Me duché con agua fría, hice unos quince minutos de intenso ejercicio y me tomé dos tazas de café. Con eso ya debía de haber eliminado la mayor parte de alcohol.

Después abrí la caja fuerte, saqué las listas de valores numéricos convertidos y un pequeño magnetófono, y los coloqué en la mesa de la cocina. Cogí cinco lápices muy afilados y una libreta y tomé asiento frente a la mesa.

Primero, preparé la cinta. Tras ajustarme los auriculares a las orejas, puse el magnetófono en marcha, hice correr el marcador digital hasta el 16, a continuación lo hice retroceder al 9 y, después, avanzar hasta el 26. Esperé unos diez segundos; entonces, se apagó el número del contador y sonó una señal. Si se realizan otras operaciones, la grabación se borra automáticamente.

Ya preparada la cinta, coloqué a mi derecha un cuaderno nuevo y, a mi izquierda, los valores numéricos convertidos. Con eso finalizaban los preparativos. La luz roja indicaba que estaban conectados los dispositivos de alarma de la puerta y de las ventanas por las que se podía acceder a la casa. No había error posible. Al alargar la mano y apretar el botón deplay,empezó a oírse la señal y, poco después, un tibio caos fue aproximándose, sin el menor ruido, y yo fui engullido por completo.

(Yo)

12EL FIN DEL MUNDOEl mapa del fin del mundo

Al día siguiente de ver a mi sombra, emprendí sin dilación la tarea de dibujar un mapa de la ciudad.

Al caer el sol, ascendí la Colina del Oeste y observé el panorama. Pero la colina no tenía altura suficiente para dominar toda la ciudad, y como además mi vista se había debilitado mucho, fui incapaz de distinguir con claridad la silueta de la muralla. Lo único que alcancé a ver, con mayor o menor nitidez, fue la forma de la ciudad.

La ciudad no era ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Es decir, que no era tan extensa como para sobrepasar mi imaginación o capacidad de retención, ni tan pequeña como para que pudiera captar con facilidad todos los detalles. Eso descubrí, en suma, en la cima de la Colina del Oeste. La alta muralla rodeaba la ciudad, el río la atravesaba de este a oeste, y el cielo del atardecer teñía de gris oscuro las aguas del río. Pronto, el cuerno resonó y el ruido de los cascos de las bestias, como burbujas, cubrió las calles.

Al final, se me ocurrió que la única manera de descubrir qué forma tenía la muralla era bordearla. No sería una empresa fácil. Yo sólo podía caminar por el exterior al atardecer o en días muy nublados, e incluso entonces no podía alejarme mucho de la Colina del Oeste. Alguna vez en que me hallaba fuera, el cielo se había despejado de repente o había empezado a llover a cántaros. Así que todas las mañanas le preguntaba al coronel qué aspecto tenía el cielo. Sus predicciones sobre el tiempo solían ser acertadas.

—Es que es en lo único en que pienso, ¿sabes? —me decía el anciano, orgulloso, pese a todo, de su talento—. Si te pasas el día mirando las nubes, al final aprendes.

Sin embargo, ni siquiera él podía prever los súbitos cambios meteorológicos, así que era arriesgado que me alejara demasiado.

Además, cerca de la muralla se acumulaban arbustos, árboles y pedregales, lo que me impedía bordearla con facilidad e, incluso, distinguirla. Todas las casas se apiñaban a lo largo del río a su paso y, en cuanto me alejaba de ellas unos metros, me costaba encontrar un camino transitable. Cada vez que descubría un sendero de hierba poco frecuentado, resultaba que acababa bruscamente o que moría engullido por arbustos espinosos, y yo me veía obligado a dar un rodeo o a volverme por donde había venido.

Decidí empezar mi investigación por el extremo oeste de la ciudad, es decir, por las inmediaciones de la Puerta del Oeste, donde estaba la cabaña del guardián, para recorrer luego la ciudad en el sentido de las agujas del reloj. Al principio, me resultó más sencillo de lo que imaginaba. Al norte de la puerta, junto a la muralla, se extendía hasta el infinito, sin obstáculos a la vista, una pradera de espesa hierba, alta hasta la cintura, atravesada por bonitos senderos. Unos pájaros parecidos a alondras, que habían anidado en el campo, alzaban el vuelo de entre la hierba, revoloteaban por el cielo en busca de alimento y después regresaban. También se dejaban ver, aunque en bajo número, algunas bestias. Sus cuellos y lomos asomaban entre la hierba, como si flotaran en el agua, y se iban desplazando lentamente por el campo en busca de brotes verdes comestibles.


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Avancé un trecho a lo largo de la muralla y, tras torcer a la derecha en dirección al sur, descubrí unos antiguos barracones del ejército en ruinas. Tres edificios de dos plantas, sencillos, sin ornamento alguno, alineados el uno junto al otro. A cierta distancia se apiñaban unos edificios de menor tamaño que parecían las viviendas de los oficiales. Las casas estaban rodeadas por muros bajos de piedra y, entre una y otra, habían plantado árboles a intervalos regulares; ahora, unos altos hierbajos lo invadían todo y no se veía un alma. Tal vez fuera allí donde habían vivido antes los militares de mi edificio. Y, por algún motivo, quizá los habían trasladado a la residencia de la Colina del Oeste y, en consecuencia, las casas habían ido convirtiéndose en ruinas. Por lo visto, aquel amplio terreno había sido utilizado en aquella época como campo de entrenamiento y entre la hierba se veían, aquí y allá, restos de antiguas trincheras y una base de piedra para plantar el asta de la bandera.

Avanzando hacia el este, moría la pradera y comenzaba el bosque. Cada vez surgían más arbustos de entre la hierba, y pronto acabaron formando un matorral. Crecían con los delgados troncos entrelazados y, a una altura que iba de mi hombro a mi cabeza, extendían sus ramas en toda su amplitud. A sus pies crecía una hierba rala y, aquí y allá, asomaban flores oscuras del tamaño de la yema de un dedo. A medida que el matorral ganaba en espesura, el terreno se volvía más abrupto y entre los arbustos empezaban a alzarse altos árboles de especies diferentes. El silencio era absoluto y sólo lo rompían los gorjeos de algún pájaro que saltaba de rama en rama.

A medida que el sendero de hierba iba adentrándose en el bosque, más se espesaba éste y más tupido era el manto que las ramas entretejían sobre mi cabeza. Mi campo visual se redujo poco a poco, hasta que perdí de vista la muralla. No me quedó más remedio que tomar una estrecha senda que torcía hacia el sur y regresar. Al entrar en la zona urbanizada, crucé el Puente Viejo y volví a casa.

Se acercaba el otoño, pero yo seguía sin poder trazar algo más que un perfil extraordinariamente vago de la ciudad. A grandes rasgos, la zona urbanizada se extendía hacia el este y hacia el oeste, a lo largo del río. Lindaba, al norte, con el bosque del norte y, al sur, con una colina que, en su ladera este, se convertía en un áspero y duro pedregal que llegaba hasta la muralla. Al este de la ciudad, un bosque mucho más salvaje y lóbrego que el bosque del norte se extendía a ambos lados del río. Apenas lo cruzaban caminos. Sólo uno, un sendero que bordeaba el río y conducía a la Puerta del Este, permitía atisbar a trechos el contorno de la muralla. La Puerta del Este, tal como me había dicho el guardián, estaba tapiada con cemento, o algo similar, y nadie podía franquearla.

El río se precipitaba con brío desde la Sierra del Este y después pasaba por debajo de la muralla, junto a la Puerta del Este; luego, ya dentro del recinto amurallado, volvía a asomar al exterior y discurría hacia el oeste, en línea recta, por el centro de la ciudad formando, a la altura del Puente Viejo, unas hermosas isletas. Tres puentes colgaban sobre el río: el Puente del Este, el Puente Viejo y el Puente del Oeste. El Puente Viejo era el más antiguo, el más grande y, también, el más hermoso. El río, poco después del Puente del Oeste, torcía bruscamente hacia el sur y, trazando una suave curva, alcanzaba la muralla. Antes de llegar a ésta, el cauce acometía el flanco de la Colina del Oeste y después excavaba un angosto valle.

Sin embargo, el río no cruzaba la muralla. Antes de alcanzar el muro, formaba un lago cuyas aguas eran absorbidas hacia el interior de unas cavernas de roca caliza. Según me había explicado el coronel, bajo el páramo de roca caliza que se extendía hasta el horizonte, al otro lado de la muralla, innumerables venas de agua formaban una tupida red subterránea.

Mientras tanto, claro está, yo seguía leyendo a diario viejos sueños. A las seis, empujaba la puerta de la biblioteca, cenaba con la bibliotecaria y, después, leía viejos sueños.

Ya era capaz de leer cinco o seis por noche. Mis dedos reseguían con habilidad el intrincado laberinto de rayos de luz y yo percibía con mayor nitidez su imagen y sus resonancias. Seguía sin comprender qué sentido tenía leerlos y ni siquiera entendía sobre qué fundamentos se asentaban los viejos sueños, pero, por la reacción de la joven, comprendía que mi labor era satisfactoria. Los ojos ya no me dolían al exponerlos a la luz que emitían los cráneos, y ahora me cansaba menos. Conforme yo acababa de leer los sueños, la joven iba alineando los cráneos sobre el mostrador. Pero al día siguiente, cuando yo llegaba a la biblioteca, los cráneos habían desaparecido sin dejar rastro.

—Haces grandes progresos —dijo ella—. El trabajo avanza más rápido de lo que suponía.

—¿Y cuántos cráneos hay?

—Muchísimos. Mil, quizá dos mil. ¿Quieres verlos?

Me hizo pasar al almacén, situado detrás del mostrador. Era una gran estancia, semejante al aula de una escuela, donde se alineaban un sinfín de estanterías, y sobre los anaqueles, sucediéndose hasta el infinito, descansaban los cráneos blancos de las bestias. Era una visión más propia de un cementerio que de una biblioteca. El aire gélido que exhalaban los muertos flotaba, mudo, por el interior de la estancia.

—¡Cielos! —dije yo—. ¿Y cuántos años tardaré en leer todo esto?

—No tienes por qué leerlos todos tú —dijo ella—. Basta con que leas los que puedas. Los que queden, los leerá el siguiente lector. Los viejos sueños seguirán durmiendo hasta entonces.

—¿Y tú ayudarás también al siguiente lector?

—No, yo sólo te ayudo a ti. Así está decidido. Un bibliotecario sólo puede ayudar a un lector de sueños. De modo que, cuando tú dejes de leer, yo también dejaré esta biblioteca.

Asentí. Aunque ignoraba por qué debía ser así, lo que me contaba me pareció lo más natural del mundo. Permanecimos unos instantes apoyados en la pared contemplando los blancos cráneos alineados en los anaqueles.

—¿Has ido alguna vez al lago que hay al sur? —le pregunté.

—Sí. Hace mucho tiempo. Mi madre me llevó cuando era pequeña. La gente normal no acostumbra a ir allí. Pero mi madre era un poco especial. ¿Qué pasa con el lago?

—Pues que me gustaría ir.

Ella negó con la cabeza.

—Es un lugar mucho más peligroso de lo que crees. No debes acercarte al lago. No tienes ninguna necesidad de ir y, además, allí no hay nada que merezca la pena ver. ¿Por qué quieres ir allí?

—Quiero conocer bien esta tierra. De punta a punta. Pero si tú no me acompañas, iré solo.

Me miró fijamente por unos instantes, pero pronto lanzó un pequeño suspiro de resignación.

—De acuerdo. No pareces una persona fácil de convencer y no puedo permitir que vayas solo. Pero recuerda: a mí me da mucho miedo el lago y ésa será la última vez que vaya. Allí hay algo que no es natural.

—No te preocupes —la tranquilicé—. Si vamos los dos juntos y somos prudentes, no nos pasará nada, ya lo verás.

Ella sacudió la cabeza.

—Tú no has ido nunca, por eso no sabes el miedo que da. El agua de allí no es un agua normal. Es un agua que parece que llame a la gente.

—Nos andaremos con cuidado y no nos acercaremos mucho —le prometí, y le cogí la mano—. Sólo lo miraremos desde lejos. Pero quiero verlo con mis propios ojos.

Una tarde oscura de noviembre, después de comer, nos dirigimos hacia el lago, situado al sur. Un poco antes del lago, el río creaba una profunda depresión, como si hubiese excavado la ladera oeste de la Colina del Oeste, y espesos arbustos invadían el camino a lo largo de la ribera, impidiendo el paso; de modo que, para llegar al lago, tuvimos que rodear por el este la Colina del Sur. Como había llovido durante toda la mañana, la gruesa capa de hojarasca que cubría el camino chapoteaba bajo nuestros pies. A mitad del trayecto nos cruzamos con dos bestias. Pasaron junto a nosotros con aire inexpresivo, balanceando lentamente, de derecha a izquierda, sus cuellos dorados.

—La comida se acaba —dijo ella—. Se acerca el invierno y buscan con desesperación los últimos frutos de los árboles. Por eso han venido, porque lo cierto es que las bestias no suelen llegar hasta aquí.

En cuanto nos alejamos de la ladera de la colina, dejamos de encontrar bestias. El camino propiamente dicho moría allí. A medida que avanzábamos, atravesando campos secos donde no se veía un alma y grupos de casas deshabitadas y semiderruidas, nos llegaba cada vez con mayor claridad el rumor del agua del lago.

El rumor no se parecía a ningún sonido que hubiera oído jamás. Era diferente del rugido de las cascadas, del ulular del viento, del retumbar de la tierra. Parecía un áspero suspiro exhalado por una garganta gigantesca. Decrecía y aumentaba de volumen, se interrumpía a intervalos, se alteraba como si se atragantase.

—Parece que esté gritándole a alguien —dije yo.

Ella se limitó a volverse hacia mí sin decir palabra. Iba delante, con las manos enfundadas en guantes, abriéndose paso a través de los arbustos.

—El camino está mucho peor que antes —dijo—. La otra vez que lo recorrí no fue tan duro. Quizá sería mejor volver, ¿no crees?

—Ya que hemos llegado hasta aquí, sigamos mientras podamos.

Tras avanzar unos diez minutos a través de los arbustos guiándonos por el rumor del agua, súbitamente se abrió ante nuestros ojos un amplio panorama. Allí acababa el extenso terreno lleno de matas espinosas y nacía una amplia llanura que bordeaba el río. A mano derecha vimos el angosto valle que había excavado la corriente. Tras atravesar el valle, la corriente se ensanchaba y, deslizándose entre los arbustos, llegaba a la llanura donde estábamos nosotros. Tras doblar el último recodo, cerca ya de la llanura, la corriente empezaba a estancarse, se remansaba, y, cobrando un siniestro tono azul oscuro, avanzaba lentamente para acabar, un poco más allá, hinchándose como una serpiente que acabara de tragarse un pequeño animal, y formar un lago gigantesco. Nos dirigimos hacia el lago, bordeando el río.

—¡No te acerques demasiado! —me previno, agarrándome suavemente del brazo—. No te fíes de la superficie. Ya sé que no hay ni una onda y que las aguas parecen en calma, pero debajo hay un remolino terrible. Una vez que te engulle, jamás vuelves a salir a la superficie.

—¿Es muy profundo el lago?

—No te lo puedes ni imaginar. Y el remolino es como un taladro que va horadando continuamente la roca del fondo, por eso cada vez es más profundo. Dicen que, antiguamente, arrojaban ahí a los herejes y a los malhechores.

—¿Y qué les pasaba?

—Pues que jamás regresaban a la superficie. Has oído hablar de las cavernas, ¿verdad? Debajo del lago se abren muchísimas grutas y, si eres absorbido hacia el interior, estás condenado a vagar eternamente a través de las tinieblas.

El enorme jadeo, que brotaba del lago como si fuera vapor, dominaba las inmediaciones. Parecía que de las profundidades surgieran los gemidos de agonía de infinitos muertos.

Buscó un trozo de madera del tamaño de la palma de una mano y lo arrojó hacia el centro del lago. La madera impactó en el agua, flotó unos cinco segundos y, de repente, con un pequeño temblor, desapareció bajo el agua como si alguien tirara de ella y ya no volvió a emerger.

—Ya te he dicho que hay un remolino muy potente que lo succiona todo hacia el fondo. Has visto lo que le ha ocurrido a la madera, ¿no?

Nos sentamos en la hierba, a unos diez metros del lago, y empezamos a mordisquear el pan que llevábamos en los bolsillos. Desde esa perspectiva, el paisaje de los alrededores desbordaba paz y calma. Las flores otoñales coloreaban el campo, las hojas de los árboles se teñían de un rojo nítido y allí, en el centro, estaba el lago, liso como un espejo, sin una sola onda que turbara su superficie. Al otro lado del lago se alzaba un terreno de roca caliza y, más allá, se erguía, imponente, la muralla de ladrillos negros. Aparte del jadeo del lago, en los alrededores reinaba un silencio total, y ni las hojas de los árboles se movían.

—¿Y para qué quieres el mapa? —preguntó ella—. Aunque lo tengas, jamás podrás salir de la ciudad. —Se sacudió las migas de pan de encima de las rodillas y dirigió la mirada hacia el lago—. ¿Quieres salir de esta ciudad?

Sacudí la cabeza en silencio. Ni siquiera yo sabía si, con este gesto, quería decir que no, o que todavía no lo había decidido. No sabía siquiera eso.

—No lo sé —contesté—. Sólo quiero conocer mejor esta ciudad. Qué forma tiene, cómo está constituida, dónde vive la gente, qué vida lleva: eso quiero saber. Qué es lo que decide por mí, qué es lo que me hace mover. Porque no sé lo que voy a encontrarme en el futuro.

Ella movió despacio la cabeza, de derecha a izquierda, y me miró fijamente a los ojos.

—Pero si no hay futuro —dijo—. ¿Acaso todavía no lo sabes? Esto es el fin del mundo. Nosotros tendremos que quedarnos eternamente aquí.

Me tumbé boca arriba y alcé la vista al cielo. El cielo que yo podía ver era siempre un cielo oscuro y nublado. El suelo, empapado por la lluvia de la mañana, estaba húmedo y frío, pero, a pesar de ello, me envolvía un agradable olor a tierra.

Unos pájaros de invierno alzaron el vuelo desde los arbustos con un batir de alas y, tras pasar por encima de la muralla, desaparecieron en el cielo rumbo al sur. Sólo los pájaros podían sobrevolar la muralla. Las nubes bajas que cubrían el cielo anunciaban que se aproximaba el crudo invierno.

13EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLASFrankfurt. Puerta. Organización independiente


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Como siempre, fui recobrando la conciencia de manera progresiva, a partir de los extremos de mi campo visual. Primero, en el ángulo derecho, emergió la puerta del cuarto de baño; luego, en el izquierdo, la lámpara de la mesa de la cocina; poco después, la visión fue extendiéndose hacia el centro y, del mismo modo que el hielo va cubriendo la superficie de un estanque, acabó confluyendo en un punto central. Y, justo allí, había un reloj despertador. Las agujas señalaban las once y veintiséis minutos. Este despertador me lo dieron, recuerdo, en una boda. Para apagar el zumbido de la alarma tienes que apretar simultáneamente un botón rojo que hay en el lado izquierdo y otro negro que hay en el derecho. Si no, el despertador continúa sonando. Este original mecanismo tiene como objetivo impedir que sigas una norma de conducta muy extendida que consiste en parar, en un gesto reflejo, el despertador y seguir durmiendo. Y lo cierto era que para apagarlo tenía que levantarme, ponerme el despertador sobre las rodillas y apretar a la vez los dos botones con las manos izquierda y derecha, con lo cual mi mente ya se había adentrado uno o dos pasos en el reino de la vigilia. Acabo de decir que me lo regalaron en una boda. Pero no logro recordar en la boda de quién. Hubo una época en que yo tenía un montón de amigos y conocidos que rondaban los veinticinco años y en la que los casamientos se sucedían uno tras otro. Total, que no recuerdo en qué boda me lo regalaron. Porque lo cierto es que yo no me hubiera comprado jamás un despertador tan engorroso como aquél, que requería que se apretaran dos botones a la vez para detener el zumbido. Y es que suelo despertarme de muy buen humor.

Cuando mi visión confluyó en el punto donde estaba el reloj despertador, yo, en un acto reflejo, lo cogí, me lo puse sobre las rodillas y apreté con ambas manos los botones rojo y negro. Después me di cuenta de que no había estado sonando. Como no había estado durmiendo, no había tenido necesidad alguna de poner el despertador; me había limitado a colocarlo, sin más, sobre la mesa de la cocina. Había estado haciendo unshuffling.No tenía por qué parar el despertador.

Dejé el reloj sobre la mesa y miré a mi alrededor. Todo continuaba igual que antes. La luz roja indicaba que la alarma seguía conectada; en un rincón de la mesa había una taza de café vacía. En el posavasos que hacía las veces de cenicero, la colilla del cigarrillo que ella se había fumado se mantenía tiesa. Era un Marlboro Light. Sin manchas de carmín. Pensándolo bien, ella no llevaba maquillaje.

Después examiné el cuaderno y los lápices que tenía delante. De los cinco lápices F bien afilados, dos estaban rotos, dos completamente gastados y sólo uno seguía intacto. En el dedo anular de la mano derecha notaba el ligero entumecimiento propio de cuando se ha escrito mucho tiempo seguido. Elshufflinghabía concluido. Unas pulcras y apretadas cifras se sucedían en el cuaderno a lo largo de dieciséis páginas.

Tal como indicaba el manual, tras confrontar las cantidades de las listas de los valores numéricos resultantes delshufflingcon las de los valores numéricos convertidos del lavado, cogí las segundas y las quemé en el fregadero. Metí el cuaderno en una caja de seguridad y lo guardé con el magnetófono en la caja fuerte. Luego me senté en el sofá del cuarto de estar y lancé un suspiro. La mitad del trabajo ya estaba hecha. Todavía me quedaba un día libre.

Me serví dos dedos de whisky en un vaso, cerré los ojos y me lo bebí en dos tragos. El alcohol tibio pasó por mi garganta, cruzó mi esófago y se aposentó en mi estómago. Transportado por mis venas, el calor se extendió pronto a todos los rincones de mi cuerpo. Primero se caldearon mi pecho y mis mejillas; después, mis manos y, por último, mis pies. Fui al cuarto de baño, me cepillé los dientes, bebí dos vasos de agua, oriné y, a continuación, me dirigí a la cocina, afilé los lápices y los coloqué ordenadamente en la bandeja de los lápices. Luego puse el despertador en la mesilla y desconecté el contestador automático del teléfono. El reloj señalaba las once y cincuenta y siete minutos. El día siguiente lo tenía libre, todo entero para mí. Me desnudé deprisa, me puse el pijama, me escurrí entre las sábanas y, tras subirme la manta hasta el mentón, apagué la luz de la mesilla. Estaba decidido a dormir doce horas seguidas. Nadie podría impedirme dormir doce horas seguidas. Aunque los pájaros cantaran, aunque la gente cogiera el tren para ir al trabajo, aunque algún volcán entrara en erupción, aunque una división acorazada israelí arrasara algún pueblo de Oriente Medio, yo seguiría durmiendo.

Luego, fantaseé sobre la vida que llevaría después de la jubilación. Por entonces, habría ahorrado ya una cantidad considerable y, junto con el dinero de la jubilación, podría vivir sin agobios, y aprender griego y violonchelo. Cargaría el estuche del violonchelo en los asientos traseros del coche, me iría a la montaña y allí, solo, con tranquilidad, haría mis ejercicios musicales...

Y si me iban bien las cosas, tal vez incluso pudiera adquirir una casita en la montaña. Un pequeño chalé, con una cocina bien equipada. Y pasaría los días leyendo, escuchando música, viendo películas antiguas en vídeo, cocinando... Cocinando. En este punto, me acordé de la chica del pelo largo, la encargada de las consultas de la biblioteca. Pensé que no me importaría que estuviese conmigo... allí, en el chalé de la montaña. Yo cocinaría y ella comería.

Pensando en la comida, terminé durmiéndome. El sueño cayó de repente sobre mí, como si el cielo se derrumbara sobre mi cabeza. El violonchelo, el chalé, la comida... Todo se esfumó, convertido en pequeños fragmentos. Sólo quedé yo, durmiendo a pierna suelta.

Alguien me había abierto un boquete en la cabeza con un taladro y ahora me estaba introduciendo una dura cinta de papel dentro del agujero. La cinta era muy larga y muy dura e iba penetrando y penetrando sin fin. Yo intentaba apartarla con un movimiento de la mano, pero no lo conseguía y la cinta iba deslizándose rápidamente hacia el interior de mi cráneo.

Me incorporé y me pasé ambas manos por la cabeza, pero no encontré ninguna cinta. Tampoco palpé agujero alguno. Era un timbre. Un timbre que sonaba sin parar. Agarré el reloj despertador, me lo puse sobre las rodillas y apreté con ambas manos los botones rojo y negro. Pero el timbre seguía sonando. Era el teléfono. Las agujas del reloj señalaban las cuatro y dieciocho minutos. Fuera todavía estaba oscuro. O sea, que eran las cuatro y dieciocho minutos de la madrugada.

Salté de la cama, me dirigí a la cocina y agarré el teléfono. Siempre que me llaman a altas horas de la noche, me digo que, en lo sucesivo, antes de acostarme me llevaré el teléfono al dormitorio, pero luego me olvido. Y después acabo golpeándome la espinilla con la pata de la mesa de la cocina o con la estufa de gas.

—¿Diga? —pregunté.

Ningún sonido. Parecía que el teléfono estuviese enterrado en la arena.

—¡¿Diga?! —grité, enfadado.

Al otro lado de la línea reinaba un silencio absoluto. Ni siquiera se oía el ruido de una respiración. El silencio era tan denso que me daba la sensación de que iba a llegar a través del hilo telefónico y a arrastrarme hacia su interior. Enfadado, colgué, saqué leche de la nevera, bebí a grandes tragos y regresé a la cama.

El teléfono volvió a sonar a las cuatro y cuarenta y seis minutos de la madrugada. Me levanté, seguí el mismo itinerario, alcancé el teléfono y descolgué.

—¿Diga?

—¿Sí? ¿Me oyes? —dijo una voz femenina. No logré adivinar quién era—. Perdona por lo de antes. Es que el sonido sufre alteraciones. Desaparece de vez en cuando, ¿sabes? —dijo.

—¿Que el sonido desaparece?

—Sí, exacto —dijo ella—. Desde hace rato, hay un gran desbarajuste sonoro. Seguro que le ha pasado algo a mi abuelo. ¿Me oyes?

—Sí, te oigo —dije. Era la nieta del estrafalario anciano que me había regalado el cráneo del unicornio. La gordita del traje chaqueta de color rosa—. Mi abuelo todavía no ha vuelto a casa. Y el sonido se ha alterado de repente. Estoy segura de que le ha sucedido algo malo. He llamado al laboratorio, pero no contesta... Estoy convencida de que lo han atacado los tinieblos y le han hecho algo malo.

—¿Estás segura? ¿No es normal en él eso de enfrascarse en sus experimentos y no volver a casa? Acuérdate de que ni siquiera se había dado cuenta de que te había dejado insonorizada toda la semana. No sé, pero me da la impresión de que es una persona que se sumerge en algo y se olvida de todo lo demás.

—No, no es eso. Yo lo sé. Entre mi abuelo y yo hay una conexión muy fuerte, ¿sabes?, y notamos si le ha ocurrido algo al otro. A mi abuelo le ha sucedido algo, te lo digo yo. Algo horrible. Además, han destruido la barrera del sonido, estoy segura. Por eso el sonido está tan alterado en el subterráneo.

—¿Qué es eso de la barrera del sonido?

—Es un dispositivo que emite un sonido especial para ahuyentar a los tinieblos. La han destrozado y el sonido de la zona se ha desequilibrado por completo. Los tinieblos han atacado a mi abuelo.

—¿Y para qué?

—Todos van detrás de las investigaciones de mi abuelo. Los tinieblos, los semióticos, toda esa gente. Intentan apoderarse de sus investigaciones. Le propusieron un trato, pero mi abuelo lo rechazó y ellos se enfadaron muchísimo. ¡Por favor! ¡Ven enseguida! Está ocurriendo algo horrible. ¡Ayúdame! ¡Por favor!

Me imaginé a los tinieblos vagando por el tenebroso subterráneo. Sólo con pensar en bajar allá en esos momentos se me ponían los pelos de punta.

—Mira, lo siento en el alma, créeme. Pero yo soy calculador. En mi contrato no están estipulados otros servicios y, además, no creo que te sirviera de mucho. Me encantaría ayudarte, por supuesto, pero luchar contra los tinieblos y rescatar a tu abuelo sobrepasa con mucho mis posibilidades. Yo acudiría a la policía, o a los especialistas del Sistema, no sé, a gente entrenada para eso.

—Llamar a la policía está descartado. Si lo hiciera, todo saldría a la luz. Y las consecuencias serían fatales. Si las investigaciones de mi abuelo se hicieran públicas, el mundo se acabaría.

—¿Que se acabaría el mundo, dices?

—¡Por favor! —insistió la muchacha—. ¡Ven a ayudarme! ¡Y deprisa! Si no lo haces, las consecuencias serán irreparables. Y, después de mi abuelo, vas tú. Porque al siguiente a quien buscarán será a ti.

—¿A mí? ¿Y por qué tienen que ir a por mí? Si yo no sé nada sobre la investigación de tu abuelo...

—Pero tú eres la llave. Sin ti, no lograrán abrir la puerta.

—No entiendo de qué me estás hablando —dije.

—Ahora, por teléfono, no hay tiempo para entrar en detalles. Pero tiene una importancia capital, mayor de la que te imaginas, créeme. Es de suma importanciapara ti.No hay tiempo que perder. O será el fin. No te miento.

—¡Lo que me faltaba! —dije y miré el reloj—. En todo caso, es mejor que salgas de ahí. Si es verdad lo que dices, corres peligro.

—¿Y adonde tengo que ir?

Le indiqué un supermercado de Aoyama que no cerraba en toda la noche.

—Espérame en la cafetería. Llegaré antes de las cinco y media.

—Tengo mucho miedo. Es que no…

El sonido se perdió de nuevo. Vociferé ante el auricular, pero no obtuve respuesta. El silencio ascendía desde el auricular como el humo sale por la boca de la escopeta. Tal vez volvía a haber problemas de insonorización. Colgué el auricular, me quité el pijama, y me puse una sudadera y unos pantalones de algodón. Luego fui al cuarto de baño, me afeité a toda prisa con la maquinilla eléctrica, me lavé la cara y, frente al espejo, me peiné. Debido a la falta de sueño, tenía la cara hinchada como un pastel de queso. Sólo deseaba dormir a pierna suelta. Dormir largo y tendido, recuperar las fuerzas y llevar una vida normal y corriente. ¿Por qué la gente no me dejaba en paz? Que si unicornios por aquí, que si tinieblos por allá..., ¿qué tenía que ver todo eso conmigo?

Encima de la sudadera me puse un anorak de nailon y, en el bolsillo, me metí la cartera, algo de calderilla y la navaja. Tras dudar unos segundos, envolví el cráneo del unicornio en un par de toallas, lo metí, junto con las tenazas, en una bolsa de deporte y, al lado, arrojé el cuaderno de los valores numéricos resultantes delshuffling.Mi apartamento no era seguro. Un profesional tardaría tanto tiempo en forzar la cerradura del piso y la de la caja fuerte como en lavar un pañuelo.

Al final, me puse las zapatillas de tenis a medio lavar, cogí la bolsa de deporte y salí de casa. En el descansillo no se veía un alma. Evité el ascensor, bajé por las escaleras. Aún no había amanecido y el edificio estaba sumido en el silencio más absoluto. En el aparcamiento del subterráneo tampoco se veía un alma.

Era extraño. Estaba todo demasiado tranquilo. Si iban detrás del cráneo, lo normal era que hubieran dejado al menos a un tipo vigilando. Y allí no había nadie. Era como si se hubiesen olvidado de mí.

Abrí la puerta del coche, dejé la bolsa en el asiento del copiloto y di la vuelta a la llave del motor. Eran casi las cinco de la madrugada. Salí del aparcamiento mirando atentamente en todas direcciones y me dirigí a Aoyama. La carretera estaba desierta. Apenas circulaban coches, sólo algún taxi que volaba de regreso a casa y algún camión de transporte nocturno. De vez en cuando echaba una ojeada al retrovisor, pero ningún coche me seguía.

Los acontecimientos se estaban desarrollando de una manera extraña. Conocía muy bien la manera de actuar de los semióticos. Cuando hacían algo, se dejaban la piel en ello. Sobornar a un chapucero empleado del gas o relajar la vigilancia de la persona que buscaban no era su estilo. Siempre escogían el método más eficaz y no pestañeaban a la hora de llevarlo hasta las últimas consecuencias. Una vez, dos años atrás, secuestraron a cinco calculadores y les levantaron la tapa de los sesos con un cuchillo eléctrico. Les extrajeron el cerebro y trataron de descifrar los datos que contenían mientras aún estaban vivos. Fracasaron en el intento y, al final, encontraron los cinco cadáveres, sin el cerebro y sin la parte superior del cráneo, flotando en la bahía de Tokio. Esa gente no se andaba con chiquitas. Allí pasaba algo raro.

Entré en el aparcamiento del supermercado a las cinco y veintiocho minutos: casi a la hora de la cita. Por el este, el cielo ya había empezado a cobrar una tonalidad lechosa. Con la bolsa en los brazos, entré en el supermercado. El amplio recinto estaba casi desierto y, en la caja, un chico con un uniforme de rayas, sentado en una silla, leía una de las revistas que estaban a la venta. Una mujer de edad y profesión indefinidas rondaba por los pasillos apilando latas de conserva y comida precocinada en su carrito. Doblé la esquina de la sección de bebidas alcohólicas y enfilé hacia la cafetería.


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La joven no estaba sentada en ninguno de los doce taburetes alineados a lo largo de la barra. Me senté en un extremo y pedí leche fría y un emparedado. La leche estaba tan fría que no sabía a nada y el pan del emparedado —uno de esos sándwiches envueltos en papel de celofán— estaba gomoso y húmedo. Lo comí despacio, con calma, mordisco a mordisco, y me bebí la leche a pequeños sorbos. Durante un rato me entretuve mirando un cartel turístico de Frankfurt que había en la pared. Era otoño y las hojas de los árboles de la orilla del río habían enrojecido, los cisnes surcaban la superficie del agua y un anciano, con un abrigo negro y tocado con una gorra de paño, les daba de comer. Había un majestuoso puente de piedra y, al fondo, se veía la torre de la catedral. Al mirar con atención, descubrí, en ambos extremos del puente, unas casitas de piedra, como garitas, con unos ventanucos. No sé para qué servirían. El cielo era azul, las nubes blancas. Había mucha gente sentada en los bancos de la orilla del río. Todos llevaban abrigos y la mayoría de mujeres se cubrían la cabeza con pañuelo. Era una hermosa fotografía, pero, sólo con mirarla, me entraba frío. El paisaje otoñal de Frankfurt ya lo sugería, cierto, pero a mí, cada vez que veía una torre alta con aguja, me entraban escalofríos.

Así que dirigí los ojos hacia la pared opuesta, donde había un cartel de un anuncio de tabaco. Un joven de piel tersa, con un cigarrillo con filtro encendido entre los dedos, miraba de soslayo con aire abstraído. ¿Por qué los modelos de los anuncios de tabaco tienen siempre ese aire de «no estoy mirando nada, no estoy pensando en nada»?

El cartel de tabaco no daba tanto de sí como el de Frankfurt, así que pronto me di la vuelta y barrí el recinto vacío del supermercado con la mirada.

Enfrente de la barra había unas latas de fruta en conserva apiladas formando montículos parecidos a hormigueros. Había tres pilas: una de latas de melocotón, otra de pomelo y una tercera de naranja. Delante, había una mesa de degustación, pero a aquellas horas, justo después de amanecer, nadie ofrecía fruta. Porque a nadie se le ocurre probar fruta en conserva a las cinco y cuarenta y cinco minutos de la mañana. Junto a la mesa había pegado un anuncio en el que se leía: FERIA DE LA FRUTA DE ESTADOS UNIDOS. En el cartel, se veía una tumbona blanca delante de una piscina y, sentada en la tumbona, una chica comiendo macedonia de frutas. Era una hermosa joven rubia, de ojos azules y piernas largas, muy bronceada. En los anuncios de fruta siempre sacan chicas rubias. La clase de chicas guapas que, por más tiempo que las mires, en cuanto apartas los ojos de ellas, ya no te acuerdas de qué cara tenían. En el mundo existe este tipo de belleza. Que es como los pomelos: indistinta.

La sección de bebidas alcohólicas contaba con una caja registradora propia, pero no había nadie que atendiera. La gente decente no va a comprar alcohol antes de desayunar. De modo que no había nadie en aquella zona: ni clientes ni vendedores, sólo las botellas, alineadas en silencio como pequeñas coníferas producto de una repoblación forestal reciente. Por fortuna, las paredes estaban llenas de carteles publicitarios. Los conté: uno de brandy, otro de bourbon, otro de vodka, tres de whisky escocés, tres de whisky japonés, dos desakey cuatro de cerveza. ¿Por qué habría tantos anuncios de bebidas alcohólicas? Ni idea. Tal vez fuera porque son las bebidas que tienen un carácter más festivo.

En todo caso, me iban de perilla para matar el tiempo y estudié los carteles con detenimiento. Tras observar los quince, concluí que los de whisky con hielo eran los más logrados desde el punto de vista estético. Vamos, que el whisky con hielo es fotogénico. Se arrojan tres o cuatro cubitos dentro de un vaso ancho, se vierte el whisky ambarino. El agua blanquecina del hielo derretido lo sobrenada con gracia durante unos instantes antes de diluirse en el ámbar. Una bonita imagen. Al fijarme, me di cuenta de que, en la mayoría de anuncios de whisky, salía whisky con hielo. De hecho, el whisky con agua es poco atractivo, y al whisky solo, realmente, le falta algo. Otro descubrimiento fue que en ninguno de los carteles se veía nada para picar. Las personas que bebían alcohol en los anuncios se lo tomaban a palo seco. Tal vez los anunciantes creyeran que, junto con algo de comida para picar, el alcohol perdía su pureza. O quizá temieran que, si aparecía algo para picar, la atención de la gente que viera el anuncio se desplazaría hacia la comida. Me dije que era comprensible. Porque todo tiene un motivo, no hay duda.

Mientras miraba los carteles, dieron las seis de la mañana. Pero la joven gorda no aparecía. ¿Por qué tardaba tanto? Era un misterio. Me había urgido a que nos viéramos cuanto antes. Pero de nada servía darle vueltas. Poco más podía hacer yo. Había acudido tan pronto como me había sido posible. El resto era cosa suya. Porque, a mí, aquel asunto ni me iba ni me venía.

Pedí café caliente y me lo tomé despacio, sin azúcar ni leche.

A partir de las seis, el número de clientes fue aumentando poco a poco. Amas de casa que iban a comprar el pan y la leche del desayuno, estudiantes que volvían de pasar la noche de juerga y pedían algo ligero en la cafetería. Una muchacha compró papel higiénico, un oficinista adquirió tres periódicos diferentes. Y dos hombres de mediana edad, con palos de golf, entraron a comprar un botellín de whisky. En realidad, aunque los llame «hombres de mediana edad», debían de tener unos treinta y cinco años, como yo. Pensándolo bien, a mí también se me podría considerar un «hombre de mediana edad», sólo que, como no cargo con palos de golf y no visto ese tipo de ropa, parezco más joven.

Estaba contento por haberla citado en un supermercado. En otro lugar me habría sido más difícil matar el tiempo. Y es que me encantan los supermercados.

Esperé hasta las seis y media y, luego, resignado, salí, subí al coche y fui hasta la estación de tren de Shinjuku. Metí el coche en un aparcamiento, cogí la bolsa, me dirigí a la consigna de equipajes y pedí que me la guardaran. Al advertirle al encargado que la bolsa contenía un objeto frágil y que la manejara con cuidado, colgó del asa una tarjeta roja que llevaba dibujada una copa de cóctel y un letrero donde ponía: FRÁGIL. Vi cómo colocaba mi bolsa de deporte Nike de color azul en un anaquel y recogí el comprobante. A continuación fui al quiosco, compré un sobre y sellos por valor de doscientos sesenta yenes, metí el comprobante en el sobre, lo cerré, pegué los sellos y envié la carta por correo urgente a un apartado de correos secreto que había abierto bajo el nombre de una empresa ficticia. De esta manera, no era probable que dieran con él. A veces utilizaba este medio como precaución.

Después saqué el coche del aparcamiento y volví a casa. Sentía alivio al pensar que ya no tenía nada que pudieran robarme. Metí el coche en el garaje, subí las escaleras, entré en el piso y, después de ducharme, me metí en la cama y dormí como si nada hubiese sucedido.

A las once, tuve visita. Por la manera en que se habían desarrollado los acontecimientos, ya suponía que aparecerían hacia esa hora, de manera que no me sorprendí demasiado. Pero es que aquellos individuos, en vez de tocar el timbre, tiraron la puerta abajo. Además, no sólo derribaron la puerta, la reventaron golpeándola con una barra de hierro de las que se usan para demoler edificios y lo hicieron con tal violencia que incluso el suelo tembló como la gelatina. Fue horrible. Con la fuerza que tenían, podían haber ido directamente al portero y haberle obligado a que les entregara la llave maestra de los apartamentos. Habría sido de agradecer que abrieran tranquilamente con la llave. Así me habría ahorrado la reparación de la puerta. Además, tras semejante alarde de brutalidad, era muy posible que a mí me echaran del piso.

Mientras esa gente golpeaba la puerta para tirarla abajo, me puse los pantalones, me pasé la sudadera por la cabeza, me oculté la navaja detrás del cinturón, fui al lavabo y oriné. Luego, por si acaso, abrí la caja fuerte, pulsé el botón de emergencia del magnetófono y borré la grabación, abrí la nevera, saqué una cerveza y una ensalada de patatas, y me las tomé para almorzar. En la galería había una escalera de incendios, de modo que, de haberlo deseado, habría podido escapar, pero estaba muy cansado y me daba una pereza tremenda andar huyendo de un lugar para otro. Además, si huía, no resolvería ninguno de los problemas a los que me enfrentaba en aquellos momentos. Porque la verdad era que estaba metido —o que me habían involucrado— en una serie de problemas sumamente complejos que era incapaz de resolver yo solo. Y tenía que hablar seriamente de ellos con alguien.

Había ido al laboratorio subterráneo de un científico que había solicitado mis servicios y había procesado unos datos. De pasada, éste me había regalado el cráneo de un unicornio y yo me lo había llevado a casa. A continuación, un empleado del gas, sobornado presuntamente por los semióticos, se había plantado en mi casa y había intentado robarme el cráneo. De madrugada, la nieta del hombre que me había contratado me llamaba por teléfono, me decía que su abuelo había sido atacado por los tinieblos y me pedía ayuda. Nos habíamos citado en un lugar, pero ella no había aparecido. Por lo visto, yo tenía en mi poder dos objetos de gran valor. Uno era el cráneo, y el otro, los datos resultantes delshuffling.Y ambos los había dejado en la consigna de la estación de Shinjuku.

Un buen embrollo. Necesitaba que alguien me diera alguna pista. Si no, ya me veía huyendo eternamente con el cráneo bajo el brazo sin entender ni jota.

Apuré la cerveza, me terminé la ensalada de patatas y, en el instante en que, satisfecho, lanzaba un suspiro, se oyó un estruendo similar a una explosión, la puerta blindada se partió por la mitad y apareció el hombre más grande que había visto en toda mi vida. Llevaba una camisa hawaiana de estampado llamativo, unos pantalones militares de color caqui llenos de manchas de aceite y unas zapatillas de tenis tan grandes como unas aletas de bucear. Iba rapado, tenía una nariz rechoncha y el cuello tan grueso como el tórax de una persona normal. Sus párpados eran gruesos y plomizos, y el blanco de sus ojos somnolientos resaltaba de una manera desagradable. Parecían ojos artificiales, pero, mirándolos con atención, comprobé que sus pupilas efectuaban un movimiento rápido de vez en cuando, así que debían de ser auténticos. Mediría un metro noventa y cinco. Tenía los hombros muy anchos y la enorme camisa hawaiana, que envolvía su corpachón como una sábana partida por la mitad, le tiraba tanto a la altura del pecho que los botones parecían a punto de salir disparados.

El gigantón echó una ojeada a la puerta que acababa de reventar con la misma expresión con la que yo miraría el tapón de una botella de vino recién descorchada y luego se volvió hacia mí. No parecía abrigar hacia mi persona sentimientos especialmente complejos. Me miró como si yo formara parte del mobiliario. Y la verdad es que me hubiera gustado serlo.

Se hizo a un lado y, tras él, apareció un hombrecillo de un metro y medio de altura, delgado, de facciones regulares. Llevaba un polo Lacoste de color azul celeste, pantalones chinos de color beige y zapatos marrón claro. Sin duda se vestía en una tienda de ropa infantil de marca. En su muñeca brillaba un Rolex de oro, pero, como no era un Rolex para niños, le quedaba enorme. Recordaba uno de esos aparatos transmisores que llevan los deStar Trek.Debía de estar en la segunda mitad de la treintena o a principios de la cuarentena. Con veinte centímetros más, habría podido trabajar como doble de un actor de televisión.

El gigantón entró en la cocina sin quitarse los zapatos, rodeó la mesa hasta situarse frente a mí y agarró una silla. Entonces el canijo entró a paso lento y se acomodó en ella. El gigantón se sentó sobre el fregadero, cruzó sobre el pecho unos brazos del grosor de los muslos de una persona normal y clavó en mi espalda, un poco más arriba de los riñones, unos ojos mortecinos. Debería haber huido por la escalera de incendios, no cabía la menor duda. Había cometido un grave error de apreciación.

El canijo no se dignó mirarme; tampoco me saludó. Sacó un paquete de Benson & Hedges y un encendedor Dupont de oro. A la vista estaba que los gobiernos de los países extranjeros exageraban respecto al desequilibrio de la balanza comercial. El hombrecillo jugueteó con el encendedor, haciéndolo rodar entre dos dedos con gran habilidad. Aquello parecía circo a domicilio, aunque, claro está, yo no recordaba haber solicitado sus servicios.

Busqué por encima del refrigerador, localicé un cenicero con la marca Budweiser que me habían dado en la bodega, le limpié el polvo con los dedos y lo dejé frente al canijo. Este encendió un cigarrillo con un chasquido breve y claro, y exhaló el humo entrecerrando los ojos. Su pequeñez llamaba la atención. Cara, manos, piernas: todo en él era diminuto y proporcionado. Era como una copia reducida de una persona normal. En consecuencia, el Benson & Hedges parecía largo como un lápiz de colores nuevo.

Sin abrir la boca, el canijo mantenía los ojos clavados en el ascua del cigarrillo. En una película de Jean-Luc Godard, en este punto habría aparecido un subtítulo que indicara: «Él contempla cómo se va consumiendo el cigarrillo», pero, por suerte o por desgracia, las películas de Godard están completamente pasadas de moda. Cuando una gran parte de la punta del cigarrillo se hubo convertido en ceniza, el hombrecillo la sacudió sobre la mesa. El cenicero, ni siquiera lo miró.

—En fin, esa puerta... —dijo el canijo con una voz aguda y penetrante— teníamos que romperla. Así que la hemos roto. De haberlo querido, habríamos podido abrirla tranquilamente con una llave, pero no era el caso. No te lo tomes a mal.

—Aquí no hay nada. Por más que busquéis, no encontraréis nada —insistí.

—¿Buscar? —dijo el canijo como si se sorprendiera—, ¿Buscar? —Con el cigarrillo en la comisura de los labios, se rascó la palma de la mano—. ¿Buscar, dices? ¿Buscar qué?

—Pues no lo sé. Pero algo habréis venido a buscar. Por eso habéis reventado la puerta, ¿no?

—No sé de qué hablas —insistió—. Me parece que estás confundido. Nosotros no queremos nada. Hemos venido a hablar contigo. Sólo a hablar. No buscamos nada, no queremos nada. Bueno, una Coca-Cola, si la tienes, sí me la bebería.

Abrí el refrigerador, saqué dos de las latas de Coca-Cola que había comprado para mezclar con el whisky y las puse encima de la mesa junto con dos vasos. Luego me saqué una lata de cerveza Ebisu para mí.


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—Supongo que él también querrá una —dije señalando al gigantón, que estaba a mis espaldas.

En cuanto el canijo lo llamó, doblando un dedo, el otro se acercó silenciosamente y cogió la lata de Coca-Cola de encima de la mesa. Para lo corpulento que era, se movía con una agilidad sorprendente.

—Cuando te la acabes, haz «aquello» —le dijo el canijo. Luego se dirigió hacia mí—: Una pequeña demostración —añadió concisamente.

Me volví y observé cómo el gigantón se bebía la Coca-Cola de un trago. Al terminar, tras darle la vuelta a la lata para comprobar que no quedaba ni una gota, se la puso entre las palmas de las manos y, sin alterar un ápice su expresión, la aplastó por completo. Con un ruido similar al que produce el papel de periódico barrido por el viento, la lata roja de Coca-Cola quedó convertida en una fina lámina de metal.

—Bueno, esto puede hacerlo cualquiera —dijo el canijo. Tal vez pudiera hacerlo cualquiera, pero yo no.

Entonces el gigantón cogió la lámina de metal con los dedos y, esbozando una levísima mueca, la rasgó limpiamente de arriba abajo. En cierta ocasión yo había visto cómo partían una guía de teléfonos, pero era la primera vez que rasgaban, ante mis ojos, una lata de Coca-Cola aplastada. Mientras no lo probara, no podría asegurarlo, pero debía de ser muy difícil.

—También puede doblar una moneda de cien yenes. Y eso no lo hace cualquiera —dijo el hombrecillo.

Asentí con un movimiento de cabeza.

—También puede arrancar un par de orejas de cuajo.

Asentí con otro movimiento de cabeza.

—Hasta hace tres años, era luchador profesional de lucha libre —dijo el canijo—. Era bastante bueno. Si no se hubiera lesionado la rodilla, posiblemente hubiera llegado a ser campeón. Es joven, fuerte y más ágil de lo que parece. Pero con una rodilla lesionada no se puede competir. En la lucha libre tienes que ser rápido.

Como el hombrecillo, en este punto, me clavó la mirada, volví a asentir con la cabeza.

—Desde entonces yo cuido de él. Es mi primo, ¿sabes?

—¡Vaya! Veo que en vuestra familia no hay nadie de tamaño mediano —dije.

—Repite eso —dijo el canijo clavándome la mirada.

—Nada, nada —dije.

El canijo permaneció unos instantes dudando qué hacer, pero, al final, lo dejó correr, tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó de un pisotón. Decidí no protestar.

—Tendrías que relajarte un poco. Sincérate conmigo y verás qué tranquilo te sientes después. Si uno no está relajado, no puede hablar con el corazón en la mano, ¿verdad? —dijo el canijo—. Todavía estás demasiado tenso.

—¿Puedo sacar otra cerveza de la nevera?

—¡Faltaría más! Es tu casa, tu nevera y tu cerveza, ¿no es cierto?

—Y mi puerta —añadí.

—Olvídate de la puerta. Si no, volverás a ponerte tenso. Total, esa puerta barata era una porquería. Con el sueldo que ganas, podrías mudarte a un sitio con una puerta de verdad.

Dejé correr el tema de la puerta, saqué otra cerveza del frigorífico y bebí unos sorbos. El canijo se sirvió la Coca-Cola en el vaso y, tras esperar a que el gas dejara de chisporrotear, se tomó la mitad.

—Sentimos mucho haberte puesto nervioso. Mira, voy a explicarte de qué va todo esto: hemos venido a ayudarte.

—¿Tirándome la puerta abajo?

Al oírlo, la cara del hombrecillo enrojeció violentamente y sus fosas nasales se dilataron.

—Ya te he dicho que te olvidaras de la puerta, ¿de acuerdo? —dijo muy despacio.

Luego se volvió hacia el gigantón y le repitió la frase. Éste hizo un gesto de asentimiento, dándole la razón. El canijo parecía un tipo muy irascible. Y a mí no me gusta tener tratos con gente irascible.

—Hemos venido en plan amistoso —siguió el canijo—. Tú estás confuso y nosotros hemos venido a explicarte unas cuantas cosas. En fin, quizá hablar de confusión sea un poco exagerado. Digamos, si lo prefieres, que estás un poco desorientado, ¿de acuerdo?

—Estoy confuso y desorientado. No tengo ninguna información, ninguna pista. Ni siquiera tengo puerta.

El canijo agarró el encendedor de oro y lo arrojó contra la puerta de la nevera. El impacto produjo un siniestro sonido sordo, y en la puerta de la nevera apareció una abolladura bien visible. El gigantón recogió el encendedor del suelo y lo puso sobre la mesa. Todo volvió al estado inicial, sólo quedó la marca en la puerta del frigorífico. Para calmarse, el canijo se bebió el resto de la Coca-Cola. Y es que a mí, cuando me topo con una persona irascible, me entran ganas de poner a prueba su irascibilidad.

—Ya me dirás qué importancia tiene una estúpida puerta como ésta. ¡O dos puertas! Piensa en la gravedad de la situación. Porque la situación es muy grave. Tanto que ni siquiera importaría que te hubiésemos destrozado todo el piso. Así que no vuelvas a mencionar la puerta.

«¡Mi puerta!», pensé en mi fuero interno. No se trataba de que la puerta fuese barata o no. Una puerta es un símbolo.

—De acuerdo, dejemos correr lo de la puerta. Pero después de lo que ha pasado es posible que me echen del apartamento. Este edificio es muy tranquilo y aquí vive gente decente, ¿sabes? —dije.

—Si alguien pretende echarte, llámame. Ya me encargaré yo de que entre en razón. Tú no te preocupes, nadie te molestará.

Me dio la impresión de que eso complicaba aún más las cosas, así que opté por no provocarlo más; asentí en silencio y bebí más cerveza.

—Quizá me esté metiendo donde no me llaman, pero voy a darte un consejo. Pasados los treinta y cinco, es mejor dejar la cerveza —dijo el canijo—. La cerveza es para los estudiantes o para los obreros. Echas barriga, y es una bebida sin clase. Cuando llegas a cierta edad, sientan mejor el vino o el brandy. Orinar demasiado daña el metabolismo. Es mejor dejarla, créeme. Bebe un alcohol más caro. Si bebes cada día un vino de esos que vale veinte mil yenes la botella, tienes la sensación de que te lava el cuerpo.

Asentí y seguí bebiendo cerveza. ¡Menudo entrometido! Para poder beber tanta cerveza como yo quería sin echar barriga, iba a nadar a la piscina, salía a correr.

—Pero, ¡en fin!, no soy quién para dar consejos —dijo el canijo—. Todo el mundo tiene sus debilidades. Las mías son el tabaco y los dulces. Los dulces me vuelven loco. Aunque son malísimos para los dientes y provocan diabetes.

Asentí con un movimiento de cabeza.

El hombre cogió otro pitillo y lo prendió con el encendedor.

—Crecí al lado de una fábrica de chocolate, ¿sabes? Quizá eso me marcó. No creas que era una de esas fábricas importantes, como la Morinaga o la Meiji, no. Era una fábrica de pueblo, poco conocida. Una de esas marcas que se venden en las tiendas de chucherías o en las ofertas del supermercado. En fin, una de esas fábricas de chocolate barato. Total que, todos los días, siempre, en mi casa olía a chocolate. Todo olía a chocolate: las cortinas, la almohada, el gato. Todo. Por eso ahora me gusta tanto el chocolate. Porque cuando lo huelo, me acuerdo de mi infancia.

El hombre echó una ojeada a la esfera de su Rolex. Estuve tentado de volver a sacar a colación la puerta, pero me dije que la historia se alargaría demasiado y cambié de idea.

—Bueno —dijo el canijo—, tenemos poco tiempo, es mejor que dejemos de charlar. ¿Estás un poco más tranquilo?

—Un poco.

—Vayamos entonces al grano —prosiguió—. Tal como te he dicho antes, hemos venido con el propósito de aclarar tus dudas. Así que pregunta lo que quieras. Si puedo, te responderé. —Con la mano me hizo un gesto que indicaba: «¡Vamos! ¡Adelante!»—. Pregunta lo que quieras.

—Primero me gustaría saber quiénes sois y hasta qué punto estáis informados.

—¡Buena pregunta! —dijo y miró a su compañero como en busca de su aprobación. Cuando el gigantón asintió con un gesto, se volvió hacia mí—. La verdad, eres listo. No te andas con rodeos. —Sacudió la ceniza en el cenicero—. Enfócalo de la siguiente manera: nosotros hemos venido a ayudarte. La organización a la que pertenecemos es un asunto, por el momento, irrelevante. Y, respecto a lo que sabemos, pues lo sabemos casi todo. Lo del profesor, lo del cráneo, lo de los datos delshuffling,casi todo. También sabemos cosas que tú desconoces. ¡Siguiente pregunta!

—¿Ayer por la tarde pagasteis a un empleado del gas para que me robara el cráneo?

—Eso ya te lo he dicho antes. Nosotros no queremos el cráneo. Nosotros no queremos nada.

—Entonces, ¿quién fue? ¿Quién sobornó al empleado? Porque no me diréis que era un fantasma, ¿verdad?

—Nosotros no sabemos nada de eso —dijo el pequeñajo—. Y hay otra cosa que tampoco sabemos. Tiene que ver con los experimentos del profesor. Conocemos al detalle todo lo que está haciendo en estos momentos. Lo que no tenemos claro es hacia dónde se encaminan sus investigaciones. Y queremos saberlo.

—Tampoco yo lo sé —dije—. Yo no sé nada y, a pesar de eso, todo el mundo me crea problemas sin parar.

—Ya sabemos que tú no estás enterado de nada. A ti sólo te están utilizando.

—¿O sea que no habéis venido a buscar nada?

—Sólo a saludarte —dijo y dio unos golpecitos en el canto de la mesa con el encendedor—. Hemos pensado que era mejor que nos conocieras. Así, en el futuro, nos será más fácil intercambiar información y puntos de vista.

—¿Puedo jugar a imaginar un poco?

—Adelante, adelante. La imaginación es libre como los pájaros, inabarcable como el mar. Nadie puede detenerla.

—Pues yo creo que vosotros no sois hombres ni del Sistema ni de la Factoría. Actuáis de manera distinta. Seguro que pertenecéis a una pequeña organización independiente. Y estáis intentando ampliar vuestra esfera de influencia. Posiblemente, a costa de la Factoría.

—¡Anda! ¡Fíjate tú! —dijo el canijo mirando a su primo—. Ya te he dicho antes que era listo, ¿eh?

El gigantón asintió.

—Tan listo que parece mentira que viva en una porquería de casa como ésta. Tan listo que parece mentira que lo haya dejado su mujer —dijo el canijo.

Hacía tiempo que no me alababan tanto. Me sonrojé.

—Has acertado en casi todo —dijo el canijo—.Vamos detrás de la investigación que está desarrollando el profesor para colocarnos en una buena posición en esta guerra de datos. Estamos preparados y contamos con capital. Ahora te queremos a ti y las investigaciones del profesor. Con vosotros podremos derrocar desde los fundamentos el sistema bipolar Sistema-Factoría. Este es el aspecto positivo de la guerra de la información. Que es muy equitativo. Quien posee un sistema nuevo y bueno se lleva el gato al agua. Y la victoria está asegurada. Además, la situación es en la actualidad claramente antinatural. Un monopolio clarísimo, ¿no te parece? La parte legal de la información la monopoliza el Sistema, y la parte ilegal, la Factoría. No hay competencia posible. Y esto, lo mires como lo mires, contraviene las leyes del liberalismo económico. ¿Qué? ¿No te parece antinatural?

—A mí eso ni me va ni me viene —dije—. Yo estoy en la base, trabajando como una hormiguita. Y nada más. No opino nada. Así que si habéis venido aquí con la intención de que me una a vosotros...

—Me parece que no lo entiendes —dijo el canijo haciendo chasquear la lengua—. No queremos que te unas a nosotros. Sólo he dicho que te queremos a ti. ¡Siguiente pregunta!

—Quiero saber qué son los tinieblos —dije yo.

—¿Los tinieblos? Pues son unas criaturas que viven en el subsuelo. Están en los túneles del metro, en el alcantarillado, en lugares por el estilo. Se alimentan de los desechos de la ciudad y beben el agua de las cloacas. Apenas se mezclan con los seres humanos. Por eso se sabe tan poco de ellos. En principio, no son peligrosos, aunque de vez en cuando atrapan a alguien que se ha extraviado, solo, bajo tierra, y se lo comen. En ocasiones desaparece algún trabajador cuando hay obras en el metro.

—¿Y el gobierno no sabe nada?

—Claro que sí. El Estado no es tan tonto. Esos lo saben muy bien. Bueno, sólo los de arriba del todo.

—Entonces, ¿por qué no previenen a la gente? ¿O por qué no los echan?

—En primer lugar —dijo el hombre—, si se informara al país, cundiría el pánico. Es fácil de imaginar, ¿no? A nadie le gustaría tener unos bichos que no se sabe qué son pululando bajo los pies. En segundo lugar, no existe manera de acabar con ellos. Ni siquiera las Fuerzas de Defensa podrían ocupar la totalidad del subsuelo de Tokio y liquidar a los tinieblos. La oscuridad es su hábitat. Acabaría convirtiéndose en una auténtica guerra.

»Y hay otra cosa. Los tinieblos tienen una gran guarida bajo el palacio imperial, ¿sabes? Y si les sucediera algo, podrían abrir un agujero en plena noche, trepar hasta la superficie y arrastrar hacia el subsuelo a quien encontraran arriba. Si hicieran eso, Japón se sumiría en el caos más absoluto, ¿entiendes? Por eso el gobierno hace la vista gorda y no se mete con ellos. Además, piensa en la posibilidad opuesta. Aliándose con ellos, tendrían una fuerza colosal. En caso de un golpe de Estado, o de una guerra, quien tuviera a los tinieblos de su lado obtendría la victoria. Porque, incluso en caso de una guerra nuclear, ellos sobrevivirían. Sin embargo, nadie hasta hoy ha unido sus fuerzas con los tinieblos. Son unas criaturas terriblemente desconfiadas que jamás se relacionan con los humanos.

—Pues he oído decir que se han aliado con los semióticos —dije.

—Sí, corre ese rumor. Pero, aun suponiendo que fuese cierto, seguro que no es más que un pacto temporal que han establecido, por una razón u otra, una pequeña facción de los tinieblos con los semióticos. Una coalición permanente entre ellos es impensable.

—Sin embargo, los tinieblos han secuestrado al profesor.

—También he oído eso. Pero no lo sé a ciencia cierta. También cabe la posibilidad de que todo sea una farsa. De que el profesor haya fingido que lo han capturado para esfumarse. ¡Vete a saber! La situación es tan compleja que puede haber sucedido cualquier cosa.

—¿Y qué investigaba el profesor?

—El profesor llevaba a cabo una investigación especial —dijo y contempló su encendedor desde diversos ángulos—. Una investigación independiente, desde una posición enfrentada tanto a la organización de los calculadores como a la de los semióticos. Los semióticos intentan adelantarse a los calculadores y los calculadores intentan eliminar a los semióticos. El profesor se ha abierto paso a través de este intersticio y lo que estudia trastocará por completo el funcionamiento del mundo. Para eso te necesita a ti. Y no me refiero a tu capacidad como calculador, sino a ti como persona.


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—¿A mí? —dije sorprendido—. ¿Y por qué me necesita a mí? No tengo ningún talento especial, soy una persona normal y corriente. Francamente, no me imagino en qué puedo contribuir a la transformación del mundo.

—También nos lo preguntamos nosotros —dijo el canijo jugueteando con el encendedor—. Tenemos una idea, pero no estamos seguros. Sea como sea, él ha desarrollado sus investigaciones centrándose en ti. Y, finalmente, ha concluido los preparativos y ya está listo para acometer el estadio final. Y tú sin enterarte de nada, ¿verdad?

—Y vosotros planeabais apoderaros de mí y de su investigación en cuanto concluyera ese último estadio del que hablas, supongo.

—Pues sí. Pero las cosas se han puesto feas. La Factoría se ha olido algo y ha empezado a moverse. Así que nosotros también nos hemos tenido que mover. ¡Un verdadero problema!

—¿Y el Sistema sabe algo?

—No, creo que todavía no se ha dado cuenta de nada. Pero como conocen al profesor, seguro que andan con los ojos muy abiertos.

—¿Y el profesor quién es?

—Trabajó unos años en el Sistema. No me refiero a tareas prácticas como las que haces tú, claro está. Él estaba en los laboratorios centrales. Su especialidad...

—¿En el Sistema? —dije. La historia se complicaba más y más. Por lo visto, todo giraba alrededor de mí, pero yo era el único que estaba en ayunas.

—Exacto. En resumen, que antes el profesor era colega tuyo —dijo el canijo—. Nunca os visteis, supongo, pero estabais en la misma organización. ¡Uf! Es que, a pesar de ser un único Sistema, la organización de los calculadores abarca un ámbito de actividades tan amplio y tan complejo, y se desarrollan además con tanto secretismo, que sólo un puñado de individuos de la cúspide saben realmente qué pasa, dónde pasa y de qué manera. Es decir, que la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha, y el ojo izquierdo y el derecho miran cosas distintas. En pocas palabras, que la información es excesiva para recaer sobre unos mismos hombros. Los semióticos tratan de robar esa información, y los calculadores intentan protegerla. Pero las dos organizaciones han crecido tanto que, en estos momentos, nadie puede procesar ese alud de información.

»En fin, que el profesor dejó la organización de los calculadores y emprendió su propia investigación. Sus estudios, que son interdisciplinarios, abarcan la fisiología cerebral, la fisiología, la craneología y la psicología. El profesor es una eminencia en todos los terrenos relacionados con los mecanismos que determinan la conciencia. Se puede decir, sin exagerar, que es un verdadero sabio, al estilo de los humanistas del Renacimiento, algo muy infrecuente en esta época.

Me sentí un pobre diablo al pensar que había estado explicándole qué era el lavado de cerebro y elshufflinga un personaje de tal envergadura.

—Tampoco exageraría si dijera que el sistema procesador de datos de los calculadores es, en su mayor parte, obra del profesor. Es decir, que vosotros sois unas abejitas a las que les han enchufado el sistema de funcionamiento técnico que él inventó. ¿Te molesta esta expresión?

—No, no. Adelante. No hagas cumplidos —contesté.

—En fin, que el profesor se fue. Cuando dejó el Sistema, los semióticos intentaron reclutarlo, por supuesto. Ya sabes que la mayoría de calculadores que dejan la organización se convierten en semióticos. Pero el profesor rechazó su oferta. Les dijo que realizaba una investigación independiente.Y,de este modo, se convirtió en enemigo tanto de los calculadores como de los semióticos. Para la organización de los calculadores, era un tipo que sabía demasiado, y para la de los semióticos, era un competidor. Ya sabes lo que ocurre con los semióticos: o estás con ellos o estás contra ellos. El profesor, muy consciente de eso, montó su laboratorio muy cerca de la guarida de los tinieblos. Has estado en su laboratorio, ¿verdad?

Asentí.

—Tuvo una gran idea. Con los tinieblos pululando por las inmediaciones, no hay quien se acerque al laboratorio. Porque frente a los tinieblos, ni la organización de los calculadores ni la de los semióticos llevan las de ganar, te lo digo yo. Para poder entrar y salir, el profesor emite unas ondas sonoras que los tinieblos detestan. Y, entonces, el paso queda libre, como Moisés cuando cruzó el mar Rojo. Un sistema defensivo perfecto. Aparte de la chica, creo que eres el único que ha entrado en su laboratorio. Imagínate lo valioso que eres para él. Sea como sea, parece que las investigaciones del profesor han entrado en su fase final y que, para completarlas, sólo le faltas tú. Por eso te ha llamado.

—Hum... —Era la primera vez en mi vida que yo significaba tanto para alguien. La idea de mi propia importancia me resultaba muy extraña. No conseguía acostumbrarme a ella—. Es decir —deduje—, que los datos que he procesado han sido un simple señuelo para atraerme y, por sí mismos, no tienen valor alguno, ¿no? Vamos, si es que el propósito del profesor era que yo fuese allí...

—No, ¡en absoluto! —saltó. Y echó otra ojeada al reloj de pulsera—. Los datos constituyen un programa creado con gran minuciosidad. Una especie de bomba de relojería. Ya sabes: cuando se agota el tiempo fijado por el temporizador, explota. Claro que todo esto son simples suposiciones. Hasta que no se lo preguntemos a él directamente, no sabremos la verdad de todo esto. ¡En fin! El tiempo se acaba y es mejor que dejemos la charla aquí. Porque tenemos cosas que hacer.

—¿Y qué le ha ocurrido a la nieta del profesor?

—¿Le ha pasado algo? —se extrañó—. Nosotros no sabemos nada. Es que no podemos controlarlo todo, ¿sabes? ¿Te interesa la chica?

—No —dije. Probablemente, no.

El canijo se levantó de la silla sin apartar los ojos de mi rostro, cogió el tabaco y el encendedor de encima de la mesa y se los guardó en el bolsillo.

—Creo que te han quedado las cosas muy claras y que has captado a la perfección en qué posición te encuentras tú y en qué posición estamos nosotros. Voy a añadir una cosa más. Nosotros tenemos un plan. Mira, nosotros, en estos momentos, conocemos mejor la situación que los semióticos y, por lo tanto, en esta carrera vamos en cabeza. Sin embargo, nuestra organización es mucho más débil que la Fábrica. Si ellos se lanzan a hacer un sprint, es muy probable que nos adelanten y que acaben pulverizándonos. Así que, antes de que esto ocurra, tenemos que distraer a los semióticos, tenemos que entretenerlos. ¿Entiendes?

—Sí —dije. Lo entendía muy bien.

—Pero eso no podemos hacerlo solos. Tenemos que pedir ayuda a alguien. Tú, en nuestro lugar, ¿a quién se la pedirías?

—Al Sistema —dije.

—¡Anda! ¡Fíjate tú! —volvió a decirle el canijo al gigantón—. Ya te lo he dicho antes, ¿no?, que era listo. —Me miró de frente—. Pero para eso necesitamos un señuelo. Sin señuelo, no cae nadie. Y el señuelo lo serás tú.

—Digamos que no me entusiasma la idea —repuse.

—No se trata de que te entusiasme o no. No tenemos alternativa. Y ahora te haré yo una pregunta: de este piso, ¿qué es lo que tiene más valor para ti?

—Nada —contesté—. No hay nada que valga gran cosa. Todo son baratijas.

—Eso salta a la vista. Pero algún objeto habrá, aunque sólo sea uno, que no querrías que rompiéramos, supongo. Por más barato que sea todo, vives aquí, así que...

—¿Romper? —me sorprendí—. ¿Qué quieres decir con «romper»?

—Pues romper es... simplemente eso: romper. Como la puerta —dijo el canijo señalando la puerta retorcida, arrancada de sus goznes—. Romper por romper. Vamos a destrozártelo todo.

—¿Y eso por qué?

—Es muy difícil explicarlo en dos palabras. Además, te lo explique o no, el resultado será el mismo: te lo vamos a romper igual. Así que dime lo que no querrías que rompiésemos. Es un buen consejo, créeme.

—El aparato de vídeo —dije, resignado—. Y el televisor. Los dos son caros y, encima, acabo de comprarlos. Y, luego, el whisky que guardo dentro del armario.

—¿Y qué más?

—La cazadora de cuero y un traje nuevo de tres piezas. La cazadora tiene el cuello de piel, como las de los aviadores del ejército americano.

—¿Y qué más?

Reflexioné unos instantes. No, no había nada más. No soy de los que atesoran en su casa objetos de valor.

—Sólo eso —dije.

El canijo asintió. El gigantón asintió.

Primero, el gigantón fue abriendo todos los armarios, uno tras otro. Y del interior de uno sacó de un tirón unbullworker[10]que yo utilizaba a veces para trabajar la musculatura, se lo cruzó por la espalda e hizo un estiramiento dorsal completo. Jamás había visto a nadie que estirara completamente elbullworkerpor la espalda. Era la primera vez que presenciaba algo semejante. Era digno de verse.

Después agarró elbullworkercon las dos manos, como si fuese un bate de béisbol, y se dirigió al dormitorio. Me asomé para ver qué hacía. Se plantó ante el televisor, blandió elbullworkerpor encima de la cabeza y, apuntando al tubo de rayos catódicos, lo golpeó con todas sus fuerzas. Acompañado del estrépito del cristal al romperse en añicos y de cien destellos de luz, el televisor de veintisiete pulgadas que me había comprado sólo tres meses atrás reventó como una sandía.

—¡Espera! —le dije haciendo ademán de levantarme, pero el canijo me detuvo dando una palmada sobre la mesa.

Acto seguido, el gigantón levantó el aparato de vídeo y golpeó repetidas veces, con todas sus fuerzas, el panel contra un trozo de televisor. Los botones salieron despedidos, el cable provocó un cortocircuito y un hilo de humo blanco flotó por el aire como un alma que ha alcanzado la salvación. Tras comprobar que el aparato de vídeo estaba destrozado, arrojó la chatarra contra el suelo y se sacó una navaja del bolsillo. La hoja afilada apareció con un nítido y seco chasquido. Luego abrió el armario ropero y me rajó de arriba abajo la cazadora de piloto y el traje de tres piezas de Brooks Brothers; las cuatro prendas me habían costado, en total, casi doscientos mil yenes.

—¡No hay derecho! —le grité al canijo—. ¿No me habías dicho que no me romperíais los objetos de valor?

—Yo no te he dicho eso —repuso el canijo, impasible—. Yo sólo te he preguntado si tenías algo que tuviese valor para ti. No te he dicho que no lo destrozaríamos. De hecho, eso es siempre lo primero que rompemos. Lógico, ¿no te parece?

—¡Estamos apañados! —exclamé, y saqué una lata de cerveza de la nevera y me la bebí. Y, junto al canijo, me quedé contemplando cómo el gigantón destrozaba por completo el pequeño y coqueto apartamento de dos dormitorios, sala y cocina.

14EL FIN DEL MUNDOEl bosque

Pronto acabó el otoño. Una mañana, al despertarme, alcé los ojos al cielo y vi que el otoño ya se había ido. Las nubes otoñales de contornos nítidos habían sido sustituidas por plomizos nubarrones que asomaban por encima de la Sierra del Norte como mensajeros portadores de malas noticias. Para la ciudad, el otoño era un visitante hermoso y placentero, pero su estancia era demasiado breve, su partida demasiado repentina.

Cuando el otoño se hubo ido, se produjo un vacío provisional. Un vacío silencioso y extraño que no era ni otoño ni invierno. El color dorado que cubría los cuerpos de las bestias fue perdiendo poco a poco su fulgor y adoptó blancos tonos decolorados, anunciando a los habitantes de la ciudad que la llegada del invierno era inminente. Todos los seres vivos, todos los fenómenos de la naturaleza, escondían la cabeza entre los hombros y tensaban sus cuerpos en previsión de la estación helada. El presagio del invierno cubría la ciudad como un velo invisible. El rumor del viento y el susurro de los árboles, el silencio de la noche e incluso los pasos de las personas se hicieron pesados e indiferentes, como si anunciaran lo que iba a venir, y ni siquiera podía consolarme ya el agradable murmullo del agua de las isletas. Todas las cosas se iban encerrando en sus caparazones, a cal y canto, a fin de preservar su existencia; todo empezaba a teñirse de los colores del fin. El invierno era una estación singular, diferente de cualquier otra. El canto de los pájaros se volvió más agudo e intenso y sólo un esporádico batir de alas quebraba aquel vacío helado.

—Este invierno va a ser muy frío —dijo el anciano coronel—. Se puede saber por la forma de las nubes. Mira allá. —Me llamó junto a la ventana y me señaló unas nubes densas y oscuras suspendidas sobre la Sierra del Norte—. Al llegar esta época, sobre la Sierra del Norte aparecen las primeras nubes de invierno. Parecen exploradores del ejército, ¿sabes? Y, por su forma, podemos prever si el frío del invierno será muy intenso. Las nubes chatas y lisas anuncian un invierno templado. Cuanto más gruesas son las nubes, más crudo será el invierno. Y las peores son las que tienen la forma de un pájaro con las alas extendidas. Cuando llegan esas nubes, significa que se acerca un invierno gélido. Mira. Son aquéllas. Allí.

Entrecerrando los ojos, dirigí la vista hacia donde me decía. Aunque de forma muy vaga, distinguí las nubes. Se extendían de derecha a izquierda, alcanzando casi los dos extremos de la sierra, y, en el centro, mostraban una especie de protuberancia grande e hinchada, semejante a una montaña. En efecto, tal como decía el anciano, tenían la forma de un pájaro con las alas extendidas. Un enorme y funesto pájaro de color gris que llegara del otro lado de la cordillera.

—Será un invierno gélido, de los que sólo hay uno cada cincuenta o sesenta años —dijo el coronel—. Por cierto, ¿ya tienes abrigo?

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