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Authors: Kenneth Fearing

El gran reloj

 

George Stroud es editor de una revista de un importante grupo editorial y un orgulloso padre de familia, aunque también es aficionado al alcohol y a las mujeres más allá de lo recomendable para la salud. A causa de sus vicios no tarda en descubrir que tener una pequeña aventura con la atractiva amante de su jefe puede, además de amenazar su hogar y su carrera profesional, poner en peligro su vida. Su futuro dependerá de cómo juegue las cartas que le ha repartido la fortuna en una extraña mano en la que al mismo tiempo será cazador y presa. Los personajes de esta novela única, narrada en primera persona por diferentes voces, descubrirán que el mecanismo de ese gran reloj que marca sus destinos avanza inexorablemente y nadie puede hacer nada para detenerlo.

Considerada por diversos críticos una de las mejores novelas negras jamás escritas,El gran relojsigue sorprendiendo en la actualidad por su estructura, por su atípico uso del lenguaje, por su crítica al capitalismo y, en definitiva, por su modernidad.

Kenneth Fearing

El gran reloj

ePUB v1.0

JackTorrance27.04.12

Título original:The Big Clock

1946, Kenneth Fearing

2011, Fernando G. Corugedo, por la traducción

Para Nan

GEORGE STROUD, I

Conocí a Pauline Delos en una de esas aparatosas fiestas que a Earl Janoth le gustaba dar cada dos o tres meses y a las que asistían empleados, amigos personales, magnates particulares y don nadies públicos, todos mezclados por puro capricho. Fue en su casa de la calle sesenta y algo del lado Este. Aunque la fiesta no fuera exactamente pública, durante unas dos o tres horas entraron y salieron de allí más de cien personas.

Había ido con Georgette y enseguida nos presentaron a Edward Orlin, deFutureways, y a otras personas del grupo, todas ellas con la marca de la casa. De Pauline Delos yo sólo conocía el nombre. Pero, aunque en la organización era imposible que alguien no hubiera oído hablar con frecuencia de esa señora, eran pocos los que la habían visto en persona, y todavía menos los que la habían visto en alguna ocasión en la que también Janoth estuviera presente. Era alta, rubia platino y espléndida. Tus ojos sólo veían inocencia en ella, pero para tus instintos era sexo en estado puro, y tu cerebro te decía que ahí había un perfecto infierno.

—Earl preguntaba por ti hace un momento —me dijo Orlin—. Quería presentarte a alguien.

—Me retrasaron. La verdad es que acabo de tener una conversación de veinte minutos con el presidente McKinley.

La señorita Delos mostró cierto interés.

—¿Quién ha dicho? —me preguntó.

—William McKinley, nuestro presidente número veinticuatro.

—Lo conozco —dijo, y sonrió—. Debe de haber aguantado usted un montón de quejas.

Un hombre al que reconocí como Emory Mafferson, un tipo bajito y moreno que frecuentaba alguno de los pisos de más abajo, y también la sede deFutureways, creo, abrió la boca:

—Hay un fulano en el departamento de contabilidad que tiene la misma cara de palo que McKinley. Si hablabas de ése, seguro que ha habido quejas.

—No. Yo me he retrasado porque estaba conversando, verdadera y literalmente, con el señor McKinley. En la barra del Silver Lining.

—Así es —dijo Georgette—. Yo también estaba.

—Sí. Y no hubo ni la más mínima queja. Todo lo contrario. Al parecer le va muy bien. —Me serví otro manhattan de una bandeja que pasaba por allí—. No está contratado, por supuesto. Pero trabaja allí regularmente. Además de ser McKinley, en otras ocasiones es el juez Oliver Wendell Holmes, Thomas Edison, Andrew Carnegie, Henry Ward Beecher o cualquier personalidad importante y solemne. Ha sido George Washington, Lincoln y Cristóbal Colón más veces de las que puedo recordar.

—Diría que es de esa clase de amigos que conviene tener —dijo Pauline—. ¿Quién es?

—Su alias en el mundo es Clyde Norbert Polhemus. Para cuestiones de negocios. Hace años que lo conozco, y me ha prometido que me dejará ser su suplente.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Orlin con reticencia—. Parece como si hubiera hecho materializarse un puñado de fantasmas y luego no pudiera volver a ponerlos en su sitio.

—Radio —dije yo—. Y puede poner en su sitio a quien sea.

Así fueron, más o menos, las cosas la primera vez que vi a Pauline Delos. El resto de la tarde y el principio de la noche transcurrieron igual que siempre en aquel pequeño palacio, rodeado de otros palacios grandes y pequeños de otros reinos mayores y menores que el grupo Empresas Janoth. Conversaciones viejas en caras nuevas. Georgette y yo conocimos a la sobrina del dueño de unos grandes almacenes y charlamos con ella. Naturalmente, la sobrina quería conquistar nuevos territorios. Aunque, de todas maneras, iba a heredar varias hectáreas de los antiguos. Conocí a un titán del mundo de las matemáticas que había conectado un buen número de máquinas de calcular para que formasen una sola unidad, y esa supercalculadora era la más potente del mundo. Podía resolver ecuaciones desconocidas que superaban la capacidad de su inventor.

—Así que cuando tiene ese equipo a mano es usted mejor que Einstein —le dije.

Me miró con inquietud, y pensé que debía de estar un poco borracho.

—Me temo que no. Era un problema exclusivamente mecánico, y se desarrolló sólo con un objetivo concreto.

Le dije que tal vez no fuese el mejor matemático del mundo, pero seguro que era el más rápido, y después conocí a una de las piezas del engranaje de un motor político importante. También estaba allí el último descubrimiento de Janoth en el campo de los comentaristas de sociedad. Y unos cuantos más, todos ellos personas jodidamente importantes si se hubieran enterado. Algunos no se habían percatado de que eran caballeros y eruditos. Otros eran futuros fugitivos de la justicia. Un nutrido ramillete de orates, tan convincentes que nadie había sospechado ni sospecharía nunca nada de ellos. Protagonistas de bancarrotas memorables del futuro, de oscuros suicidios durante los siguientes diez o veinte años. Fabulosos asesinos en potencia. Padres y madres de personas verdaderamente grandes que yo jamás conocería.

En resumen: el gran reloj avanzaba como de costumbre, y era hora de irse a casa. Algunas veces las saetas del reloj se aceleraban de verdad; otras, apenas si se movían un poquito. Pero para el gran reloj eso no cambiaba nada. Aunque las agujas corrieran hacia atrás, la hora que marcaban seguiría siendo la hora correcta. Seguiría funcionando como siempre, porque todos los demás relojes tendrían que ponerse en hora con el grande, más poderoso incluso que el calendario, y a él tiene uno que ajustar su vida entera. Comparado con esa sincronía, el hombre de las máquinas de calcular todavía contaba con los dedos.

En cualquier caso, era hora de recoger a Georgette e irnos a casa. Yo siempre me voy a casa. Puede que a veces vaya dando un rodeo, pero siempre acabo por llegar. Según el horario de trenes, mi casa estaba a 60,18 kilómetros, pero aunque hubiera estado a 6.018 yo seguiría llegando. Earl Janoth surgió de alguna parte y nos despedimos.

Había una cosa que siempre veía, o creía ver, en el rostro de Janoth, una cara grande, colorada, alborozada, con una leve sonrisa fija, permanente, de la que hacía mucho que se había olvidado: una mirada inocente y directa que ya había dejado de ver a la persona que tuviera delante. No se sincronizaba con el gran reloj. Ni siquiera sabía que existiera un gran reloj. El músculo ancho, gris, retorcido que estaba detrás de aquella mirada de niño se ocupaba en digerir algo que el mundo vulgar y corriente desconocía. Aquel músculo de largos tendones se había cerrado sobre sí mismo ante una conclusión, una conclusión alarmantemente distinta de la expresión campechana que antaño ostentaba el rostro visible, y que ahora había quedado abandonada. Algún día alcanzaría esa conclusión, algún día el músculo se soltaría. Probablemente ya lo habría hecho antes. Y seguro que lo volvería a hacer.

Dijo que Georgette estaba preciosa, lo cual era verdad, y que siempre le recordaba las ferias, la noche de Halloween y el partido de béisbol más increíble de la historia. Como de costumbre, tenía un tono de voz extraordinariamente cálido y auténtico, como si allí ocultara una segunda personalidad, una tercera, incluso.

—Siento que el mayor Conklin, un viejo amigo mío, se marchara tan pronto —me dijo—. Le gusta mucho lo que hemos estado haciendo últimamente enCrimeways. Le dije que tú eras el sabueso espiritista que nos guía hacia nuevas interpretaciones y se mostró interesado.

—Lamento habérmelo perdido.

—Bueno, Larry ha comprado recientemente una serie de revistas moribundas y quiere resucitarlas. Pero no creo que un hombre con tu experiencia práctica y tu mentalidad exacta pueda ser su consejero. Necesita un geomántico.

—Ha sido una fiesta muy agradable, Earl.

—¿Verdad que sí? Buenas noches.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Nos abrimos paso a través del largo salón, atravesamos una perturbación atmosférica fuertemente política, cruzamos directamente entre un grupo de colonos y pioneros a los que Dios no ayudaría mañana por la mañana, rodeamos con precaución a una pareja repentinamente silenciosa pero que sonreía con rabia impotente.

—Y ahora, ¿adónde vamos? —preguntó Georgette.

—Un pequeño rodeo. Para cenar algo. Y después a casa, naturalmente.

Mientras recogíamos nuestras cosas y esperaba a Georgette, vi a Pauline Delos, con un grupo de cuatro personas más, desaparecer en la noche. Abandonaban el planeta. Con esa tranquilidad. Pero mis ondas mentales le comunicaron que volviese a aparecer. En cualquier momento.

Una vez en el taxi, Georgette me preguntó:

—George, ¿qué es un geomántico?

—No lo sé, George. Earl lo encontró en el diccionario más gordo jamás impreso, se lo apuntó en el puño de la camisa y ahora todos nosotros sabemos por qué es el jefe. Recuérdame que lo busque.

GEORGE STROUD, II

Unas cinco semanas más tarde me desperté una mañana de enero con una carta que me había escrito Bob Aspenwell desde Haití en la cabeza. No sé por qué me vino a la memoria aquella carta en el momento que empezaba a despertarme. La había recibido muchos días antes. Toda la carta hablaba del calor que disfrutaban allí, de la tranquilidad y, sobre todo, de la sencillez.

Decía que era una república negra, y yo me sonreí entre sueños, viéndonos a Bob y a mí urdir una revuelta de blancos decididos a evitar que nos vendieran como esclavos aCrimeways. Entonces me desperté del todo.

Lunes por la mañana. En Marble Road. Un lunes importante.

Roy Cordette y yo habíamos programado una reunión de la redacción al completo para preparar el número de abril, uno de esos paquetes sorpresa que son buenos para el ego y la imaginación de todo el mundo. El gran reloj andaba a paso descansado y yo iba bastante bien de su brazo.

Pero aquella mañana, delante del espejo del cuarto de baño, tuve la seguridad de que cierto mechón gris en la sien derecha había avanzado al menos otro pasito de medio centímetro. Aquello revivía una visión ya familiar, que empezaba con la certeza de la muerte en uno de los platillos de la balanza y terminaba con la impotencia senil en el otro.


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¿Quién es ese viejo patético de pelo blanco que junta papeles en aquella mesa de allí?—preguntó una voz joven y vivaz. Pero la desconecté a toda prisa y escogí otra—:¿Quién es ese caballero tan distinguido de cabellos blancos y aspecto de intelectual que entra en el despacho del director?

¿No sabes quién es? Es George Stroud.

¿Y quién es?

Bueno, es una larga historia. Antes era director general de todo el ferrocarril.—¿Ferrocarril? ¿Y por qué no algo con un mayor futuro por delante?—De la compañía aérea. Dirigió esta aerolínea durante sus primeras etapas, las pioneras. Hoy podría ser uno de los hombres más importantes del mundo de la aviación, pero algo se torció. No sé exactamente qué, sólo sé que hubo un escándalo tremendo. Stroud tuvo que declarar ante un jurado, pero la cosa era tan gorda que tuvieron que taparla y se libró. Pero después de aquello, se acabó lo que se daba. Ahora le dejan colocar los papeles y los cigarros en la mesa de la sala del consejo cuando hay reunión. El resto del tiempo rellena los tinteros de las oficinas y vuelve a poner en orden las pilas de folletos de viaje.

¿Y para qué se molestan en dejar que siga aquí?

Bueno, porque algunos consejeros son unos sentimentales y el hombre les da pena, y además tiene una mujer y una hija que mantener.—Para el carro, muchacho. Para eso aún faltan años y años—.Tres hijos, no, creo que son cuatro. Jóvenes brillantes y encarnizados defensores de Stroud. No toleran que digan nada malo de él. Se creen que sigue siendo el que dirige todo este tinglado. ¿Y lo has visto con su mujer alguna vez? Son la pareja de viejos más pendientes el uno del otro que he visto en mi vida.

Al secarme la cara me miré en el espejo. Hice que aquellas facciones sombrías, blandas, un tanto inquisitivas, se inmovilizaran de golpe, se pusieran en tensión.

—Mira, Roy, la verdad es que tenemos que hacer algo. —¿Algo respecto a qué?—. Respecto a sacar un poco más de dinero.

Vi el gesto vago de la mano de dedos largos y finos de Roy Cordette, y me di cuenta de que se refugiaba a toda prisa en el mundo de los elfos, los duendes y las palabras falsas.

Yo creía que ya habías discutido todo eso con Hagen hace tres meses, George. La cosa ya no admite dudas, tú y yo estamos llegando al límite. E incluso más.

—¿Y cuál es el límite, tú lo sabes?

Yo diría que es el nivel general de toda la organización, ¿no crees?

—Para mí no. Yo no estoy loco por este trabajo precisamente, ni por un contrato, ni por vivir en esta jaula de oro repleta de pájaros dorados. Creo que ya va siendo hora de que hagamos una demostración de verdad.

Pues adelante. Te tendré presente en mis oraciones.

—He dicho nosotros dos. De alguna manera, esto afecta a tu contrato tanto como al mío.

Ya lo sé. Tengo una idea, George. Mira, ¿por qué no hablamos de esto entre los tres? Informalmente. Hagen, tú y yo.

—Buena idea —alargué la mano hacia el teléfono—. ¿A qué hora te vendría bien?

¿Quieres decir hoy?

—¿Por qué no?

Bueno, yo esta tarde voy a estar bastante ocupado. Pero está bien. Si Steve no está demasiado ocupado, sobre las cinco.

—A las seis menos cuarto en el Silver Lining. Después de la tercera ronda. ¿Sabes? Jennett-Donohue tiene planes para añadir cinco o seis revistas nuevas. Procuraremos tenerlo presente.

Eso he oído, pero me parece que son de un nivel bastante bajo. Aparte de que ya hace un año que circula ese rumor.

Una voz real echó abajo aquella escena imaginaria.

—¿Es que no vas a bajar nunca, George? George tiene que coger el autobús del colegio, ¿sabes?

Le grité a Georgette que ya iba y volví a la habitación. Y cuando nos reuniéramos con Steve Hagen, ¿qué? Empezó a latirme una vena en la frente. En cuestiones de negocios, Janoth y él actuaban como una sola persona, salvo que bajo la figura flaca y elegante de Hagen fluía sin descanso a través de sus venas una virulencia nueva, inesperada, fundida.

Me pasé el peine ante el tocador del dormitorio y la mancha gris recuperó sus proporciones normales. Al diablo con Hagen. ¿Por qué no acudir directamente a Janoth? Por supuesto.

Dejé el peine y el cepillo encima del tocador, me incliné hacia delante, apoyado en un codo, y le solté al espejo:

—Cortas tú, Earl. La carta más baja se va de la ciudad en veinticuatro horas. La más alta se queda con todo.

Me puse la corbata y la chaqueta y bajé. Georgia alzó la vista pensativa desde el círculo de copos de cereales desperdigados que rodeaba habitualmente su lugar en la mesa. Desde abajo se elevaba el ruido suave, constante, zas, zas, zas, que marcaba rítmicamente con los pies sobre el travesaño de hierro de la mesa. Un rayo de sol se desparramó sobre la mesa, puesta cerca de la ventana, e iluminó el servicio de plata, la cafetera, las caras de Georgia y Georgette. Las bandejas reflejaban más luz desde el aparador adosado a la pared. Sobre el mueble, mi segundo cuadro favorito de Louise Patterson, enmarcado en tabla fina de nogal, parecía colgar de las nubes por encima del aparador, de la habitación y, de alguna manera, de la casa entera. Otra pintura de Patterson estaba colgada en la pared de enfrente, y había dos más en el piso de arriba.

Las facciones generosas, expresivas y naturales de Georgette se volvieron hacia mí, y sus ojos del color del mar me recorrieron con el interés de un cirujano amable. Les di los buenos días y un beso a cada una. Georgette llamó a Nellie y le dijo que ya podía traer los huevos y los gofres.

—Zumo de naranja —dije, bebiéndome el mío—. Las naranjas acaban de decirme que vienen de Florida.

Mi hija me lanzó una mirada de sorpresa.

—Yo no les he oído decir nada —dijo.

—¿No? Una ha dicho que han venido todas de un rancho grande, cerca de Jacksonville.

Georgia se pensó aquello y luego agitó la cuchara para descartar de plano la idea. Al cabo de unos buenos veinte segundos de silencio pareció recordar algo y preguntó:

—¿Con quién hablabas?

—¿Yo? ¿Con quién? ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Hace un momento. Arriba. George dijo que estabas hablando con alguien. Los dos lo oímos.

—¡Ah!

La voz de Georgette sonó neutral, pero bajo la neutralidad latía el entusiasmo de un testigo inocente que está esperando ver la primera sangre en una discusión de barra de bar.

—Creo que será mejor que nos des tu propia explicación —dijo.

—Bueno, pues esa persona, George… Era yo, que estaba ensayando. Los músicos tienen que ensayar mucho antes de tocar. Los atletas tienen que entrenarse antes de correr y los actores ensayan antes de actuar. —Me apresuré a refugiarme tras la aprobación muda e inteligente de Georgette—. Y yo siempre repaso unas cuantas palabras por las mañanas antes de empezar a hablar. ¿Puedes pasarme las galletas, por favor?

Georgia sopesó la respuesta, decidió no tomarla en consideración y dijo:

—George me dijo que ibas a contarme un cuento, George.

—Muy bien, te contaré un cuento. Es sobre un copo de maíz solitario. —Ya había logrado captar toda su atención—. Parece ser que había una vez una niña pequeña.

—¿Cuántos años tenía?

—Unos cinco, creo. O puede que siete.

—No, seis.

—Tenía seis. Y había también un paquete de copos de maíz…

—¿Cómo se llamaba?

—Cynthia. Y los copos de maíz, cientos de copos de maíz, habían crecido juntos en el mismo paquete y habían jugado a muchos juegos y habían ido juntos al colegio, así que eran muy amigos. Y entonces, un día el paquete se abrió y lo vaciaron entero en el tazón de Cynthia. Y ella se puso leche y nata y azúcar, y luego se comió uno de los copos. Y al cabo de un rato aquel copo, que estaba allí abajo, en la barriga de Cynthia, empezó a preguntarse cuánto tardarían en llegar sus amigos. Pero no llegaban nunca. Y cuanto más esperaba, más solo se sentía. Verás, es que el resto de los copos de cereales no llegaron más que al mantel, un montón acabó en el suelo, unos cuantos aterrizaron en la frente de Cynthia y otros pocos detrás de sus orejas.

—¿Y después qué más?

—Bueno, pues nada más. Al cabo de un rato el copo de maíz se sintió tan solo que se quedó sentado y se echó a llorar.

—¿Y luego qué hizo?

—¿Qué podía hacer? Cynthia no sabía comer los cereales como es debido, o a lo mejor es que ni lo quería intentar, de modo que a la mañana siguiente le pasó lo mismo. Un copo de maíz volvía a encontrarse completamente solo en la barriga de Cynthia.

—¿Y entonces qué?

—Bueno, pues se echó a llorar, y aquello siguió pasando y pasando tantos días que a Cynthia le dolía la barriga todas las mañanas. Y no podía descubrir por qué, porque después de todo no había comido prácticamente nada.

—¿Y entonces qué pasó?

—Pues que no le gustó, eso es lo que pasó.

Georgia empezó a comer sus huevos pasados por agua, que prometían seguir el mismo camino que los cereales. Bajó la cucharilla hasta apoyar el mango en la mesa y dejó descansar la barbilla en la punta, removiendo los pies y dando pataditas en el travesaño. El café de mi taza se estremecía ligeramente con cada golpe.

—Siempre me cuentas ese cuento —me recordó—. Cuéntame otro.

—Hay uno de una niña pequeña… Cynthia, que tiene seis años…, la misma, ya ves tú…, que también tenía la costumbre de dar golpecitos con los pies en la mesa cuando comía. Día tras día, semana sí y semana también, año tras año, daba pataditas y más pataditas. Hasta que un buen día, la mesa dijo: «Ya estoy más que cansada de esta historia», y, sin más, echó una pata para atrás y, ¡zumba!, lanzó a Cynthia por la ventana de una patada. Menuda sorpresa.

Aquel cuento tuvo un éxito completo. Los pies de Georgia se pusieron a golpear a un ritmo redoblado e hizo caer la leche que le quedaba.

—Frena un poco, chico maravilla —dijo Georgette al pasar la bayeta. Se oyó una bocina delante de la casa y limpió la cara de Georgia con un experto movimiento del babero—. Ahí está el autobús, cariño. Coge tus cosas.

Durante aproximadamente un minuto, un pequeño meteorito subió, bajó, corrió por todos los cuartos de la planta baja y desapareció dando grititos. Georgette volvió al cabo de un rato para fumar su primer cigarrillo y tomar su segundo café. Entonces, mirándome a través de una fina cortina de humo, me dijo:

—¿Te gustaría volver a trabajar en un periódico, George?

—Dios no lo quiera. No quiero volver a ver otro coche de bomberos en mi vida. A no ser que vaya montado en él, en la parte de atrás del camión bomba, donde está la escalera. El que va detrás de todo siempre gira al revés del que va en el asiento del conductor. Creo.

—A eso me refiero.

—¿A qué dices que te refieres?

—Crimewaysno te gusta. La verdad es que Empresas Janoth no te gusta nada. Lo que te gustaría es precisamente ir en dirección contraria a todo eso.

—Te equivocas. Completamente. A mí me encanta todo ese carrusel.

Georgette vaciló, insegura. Pude sentir los trabajosos pasos que seguía su razonamiento para llegar a una conclusión provisional:

—No creo mucho en los gallos metidos en corral ajeno. El precio es demasiado alto, ¿no te parece, George? —Procuré aparentar desconcierto—. Quiero decir que, bueno, la verdad, a mí me parece algunas veces, cuando me pongo a pensar, que eras mucho más feliz, y yo también, cuando teníamos el albergue de carretera. ¿No es verdad? Y ya puestos, era todo mucho más divertido cuando trabajabas de detective en el hipódromo. Por Dios, ¡hasta aquel trabajo de noche en la radio! Era una locura, pero me gustaba.

Me terminé el gofre, mientras recorría el mismo circuito de recuerdos que sabía que ella también iba recorriendo. Controlador de una brigada de albañiles, empleado de un hipódromo, propietario de una taberna, reportero de prensa y después redactor, asesor de publicidad y al final… ¿qué? ¿Ahora qué?

De todas aquellas experiencias no sabía, al contemplarlas retrospectivamente, cuál me había dado más placer y cuál me había fastidiado más. Y sabía que plantearme aquella cuestión, incluso de pasada, era una pérdida de tiempo.

El tiempo.

Uno sube corriendo como un ratón por el viejo y lento péndulo del gran reloj. El tiempo se escurre alrededor y por encima de sus enormes agujas, y uno se pierde entre las intrincadas ruedas, resortes y muelles de sus mecanismos internos, tratando de hallar —entre los enmarañados laberintos de la máquina, con todas sus escapatorias falsas, sus peligrosos callejones sin salida y sus rampas empinadas, trampas naturales y señuelos artificiales— una recompensa auténtica, el premio de verdad.

Pero entonces el reloj da la una y es hora de marcharse. Hay que bajar corriendo por el péndulo para convertirse de nuevo en un prisionero que ha de repetir una y otra vez la misma huida.

Porque, naturalmente, el reloj que mide las estaciones, las ganancias y las pérdidas, el aire que respira Georgia, la fuerza de Georgette, las cifras que tiemblan en los diales de mi propio tablero de instrumentos interno, ese reloj gigante que marca el orden y establece las pautas del propio caos, no ha cambiado nunca, no cambiará ni será cambiado jamás.

Me di cuenta de que estaba mirando a la nada y dije:

—No. Soy el gallo más de su corral que hayas visto en tu vida.

Georgette aplastó el cigarrillo y preguntó:

—¿Te llevas el coche?

Pensé en Roy, en Hagen y en el Silver Lining.

—No. Y puede que vuelva a casa tarde. Ya te llamaré.

—Muy bien. Te llevaré a la estación. Puede que también me acerque yo un rato después de comer.

Mientras me acababa el café eché un vistazo rápido a los titulares de las tres primeras páginas del periódico de la mañana y no encontré nada nuevo. Un robo de récord en un banco de St. Paul, pero no era para nosotros. Me puse la chaqueta y el sombrero mientras Georgette daba instrucciones a Nellie, saqué el coche del garaje y toqué el claxon. Cuando Georgette salió me cambié de asiento y se puso al volante.

Esa mañana en Marble Road era fresca pero no fría, y había mucha luz. Todavía quedaban parches de nieve de una tormenta reciente en los prados oscuros y en los montes lejanos que asomaban sobre el complicado encaje negro de las ramas de los árboles desnudos. Al salir de Marble Road, nuestra urbanización para ejecutivos en ascenso, promotores en descenso y vendedores inamovibles, cruzamos por delante de las venerables (aunque ligeramente baqueteadas por el tiempo) y enormes construcciones cuadradas donde vivían sus más antiguos habitantes. En el límite de la población, ya detrás de Marble Road, aparecían las casas más grandes, dispersas por el monte. En ellas había montones de dinero, por cierto. Dentro de unos tres años, nosotros también podríamos adquirir unas cuantas hectáreas por allí.


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—Confío en que esta tarde podré encontrar las cortinas que quiero —dijo Georgette sin darle importancia—. La semana pasada no tuve tiempo. Me pasé dos horas largas en la consulta del doctor Dolson.

—¿Si? —Entonces comprendí que quería decirme algo—. ¿Qué tal van las cosas con el doctor Dolson?

Contestó sin quitar los ojos de la calzada.

—Dice que cree que todo irá perfectamente.

—¿Que cree? ¿Qué quiere decir eso?

—Bueno, está seguro. Todo lo seguro que puede estar. La próxima vez estaré perfectamente.

—Fantástico. —Cubrí su mano con la mía—. ¿Por qué lo guardabas en secreto?

—Bueno. ¿Tú sigues pensando lo mismo?

—Oye, ¿por qué crees que he estado pagándole a Dolson? Pues sí, claro.

—Es que me lo preguntaba.

—Bueno, pues no lo hagas. ¿Ha dicho cuándo?

—En cualquier momento.

Estábamos ya en la estación y en ese momento entraba el tren de las 9.08. Le di un beso, le pasé un brazo por los hombros y tanteé en busca de la manilla de la puerta con el otro.

—En cualquier momento, pues. Ve con cuidado de no dar un resbalón, hay muchas aceras heladas.

—Llámame —me dijo antes de que cerrase la puerta.

Le dije que sí con la cabeza y eché a andar hacia la estación. En el kiosco de dentro cogí otro periódico y seguí mi camino. Tenía cantidad de tiempo. Vi a un atleta correr una manzana de casas más allá.

Para mí el viaje en el tren empezaba siempre por la sección de anuncios de «Negocios», mi preferida en cualquier periódico, continuaba con las noticias de las salas de subastas, una ojeada a las páginas de deportes, estadísticas de seguros y después las de entretenimientos. Por último, cuando el tren se sumergía bajo tierra me preparaba para el día volviendo a repasar el índice y leyendo lo esencial de las noticias. Si hubiera pasado algo importante, yo ya lo habría asimilado cuando varios miles de viajeros avanzáramos decididos sobre el pavimento del gran hormiguero de la estación sabiendo cada uno de nosotros, a pesar de los intrincados senderos que trazábamos, dónde ir y qué hacer exactamente.

Y cinco minutos más tarde, a dos manzanas de allí, llegué al edificio Janoth, que se alzaba como una eterna deidad de piedra en medio del bosque de sus congéneres. Parecía preferir los sacrificios humanos, de carne y espíritu, a cualquier otra muestra de devoción. Y se los ofrecíamos libremente a diario.

Entré en el vestíbulo para ofrecer el mío entre sus ecos.

GEORGE STROUD, III

Empresas Janoth ocupaba los nueve últimos pisos del edificio Janoth, pero no era ni mucho menos el mayor conglomerado de su sector en Estados Unidos. Jennett-Donohue constituía un grupo de publicaciones más grande, lo mismo que Beacon Publications y Devers & Blair. Aun así, nuestra organización ocupaba un puesto especial y estaba lejos de ser la más pequeña entre las muchas empresas que editaban revistas de literatura e información sobre temas políticos, técnicos y de negocios.

La revista más importante y conocida del grupo eraNewsways, un semanario de interés general con una tirada de cerca de dos millones de ejemplares. Estaba en el piso treinta y uno. Por encima de ella, en el último piso del edificio, estaban las oficinas comerciales, los departamentos de publicidad, contabilidad y distribución, junto con el cuartel general particular de Earl Janoth y Steve Hagen.

Commerceera una revista semanal de economía cuya tirada, en torno a un cuarto de millón de ejemplares, estaba muy por debajo de su verdadero número de lectores y de su influencia real. Como complemento, publicaba un boletín diario de cuatro páginas,Trade, y emitía cada hora un servicio de noticias por cable,Commerce Index. Ocupaban el piso treinta.

La planta veintinueve albergaba un amplio surtido de periódicos y revistas técnicas, la mayoría mensuales, que iban desde el deportivoSportlandaThe Frozen Age(productos alimenticios congelados),The Actuary(estadísticas de vida y seguros),Frequency(radio y televisión) yPlástic Tomorrow(el futuro es de los plásticos). En ese piso estaban también diez o doce publicaciones de esas que hablan sobre lo que nos deparará el futuro inmediato o sobre bricolaje, aunque ninguna de ellas tenía una gran tirada, y algunas no eran más que antiguas ocurrencias de Earl Janoth en un momento de inspiración y de las que probablemente ya se había olvidado.

Los dos pisos siguientes en orden descendente albergaban el depósito de cadáveres (es decir, los archivos), la biblioteca y las salas de consulta en general, los departamentos de ilustración y fotografía, una sala de primeros auxilios pequeña pero suficiente y de uso frecuente, unos lavabos, las centralitas de teléfonos y una sala de recepción para atender al público en general.

Sin embargo, los cerebros de la organización había que ir a buscarlos a la planta veintiséis. AlbergabaCrimeways, con Roy Cordette de director adjunto (despacho 2618); yo, que soy el director ejecutivo (despacho 2619), Sydney Kislak y Henry Wyckoff, ayudantes de dirección (2617), y seis redactores que ocupaban dependencias anexas. En teoría éramos auténticos registros de los departamentos de policía del país, perros guardianes de sus bolsillos y de sus conciencias, y en ocasiones de su moral, sus modales en la mesa o cualquier otra cosa que se nos viniera a la cabeza. Nosotros diagnosticábamos los delitos: si el FBI tenía que salir en la prensa una vez al mes, sería cosa nuestra. Si un guardia de Twin Oaks, Nebraska, tenía que demostrar que era un crítico social penetrante, o si el Consejo Nacional de Obispos Protestantes Episcopalianos tenía que llevar a cabo cierta cantidad de trabajos de campo, también lo sacaríamos adelante nosotros. En resumen, éramos el termómetro de la salud del país, el registro de los delitos presentes y pasados, los profetas de los crímenes futuros. O eso habíamos dicho colectivamente en tal o cual ocasión.

Con nosotros también estaban en la planta veintiséis otras cuatro revistas con una estructura similar:Homeways(algo más que una simple revista para el hogar),Personalities(no solamente las historias de éxito más sobresalientes del mes),Fashions(moda humana, no vestidos), yThe Sexes(asuntos amorosos, matrimonios, divorcios).

Por último, en los dos pisos de debajo de nosotros estaban los gabinetes para investigaciones de largo alcance, el departamento jurídico, los encargados de relaciones públicas de la organización, material de oficina, el departamento de personal y un nuevo fenómeno bautizado comoFutureways, dedicado a estudiar la evolución social planificada, un empeño del que podría surgir desde un solo volumen a una revista nueva, un discurso a los postres de una cena en cualquier sitio o, sencillamente, desaparecer de repente sin dejar ni el menor rastro. Edward Orlin y Emory Mafferson formaban parte de su plantilla.

Así era el cuartel general de Empresas Janoth. Delegaciones en veintiuna ciudades importantes del país y veinticinco en el extranjero nutrían diariamente, cada hora, ese centro nervioso. Y el alimento era servido por corresponsales, científicos, técnicos y profesores de primera fila desde cualquier rincón del mundo. Era un imperio de la inteligencia.

Si lo necesitaba, cualquier revista de la organización podía reclamar ayuda y asesoramiento a cualquier otro de sus elementos o a todos ellos.Crimewayslo hacía muy a menudo.

Habíamos seguido la pista de Paul Isleman, un financiero desaparecido, y lo habíamos encontrado. Ese tanto me lo podía apuntar yo. Y habíamos hecho trabajar al departamento jurídico, al de contabilidad y a una docena de reporteros de nuestra cabecera y de otras más para desenmarañar los fraudes ocultos de Isleman, al tiempo que Bert Finch, uno de nuestros mejores redactores, dedicaba un mes completo a explicar aquel complicado asunto con toda claridad al público.

Habíamos encontrado al hombre que mató a la esposa de Frank Sandler, y esa vez ganamos a la policía por tres décimas de segundo. Ésa también se la podía apuntar George Stroud. Yo había localizado a aquel individuo gracias a nuestros propios archivos… con ayuda de un equipo que formamos para ese trabajo.

Pasé por mi despacho y fui directamente al de Roy, sólo me detuve para dejar el sombrero y la chaqueta. Estaban todos en el 2618, con cara de cansancio pero tenaces y un tanto pensativos. Nat Sperling, que era un tipo enorme, muy moreno y torpón, hablaba con voz monótona guiándose con unas notas.

—… En una granja a unos cuarenta y siete kilómetros de Reading. El individuo utilizó una escopeta, un revólver y un hacha.

La mirada distante e inquisitiva de Roy se posó en mí el tiempo de un destello y volvió a Sperling. Le preguntó, paciente:

—¿Y…?

—Y fue una de esas matanzas con una cantidad de sangre increíble, de esas que parece que suceden a menudo en lugares perdidos.

—Tenemos un hombre en Reading —meditó Roy en voz alta—. Pero ¿este asunto nos interesa?

—Por el resultado que logró el tipo —dijo Nat—. Cuatro personas, una familia entera. Eso es un homicidio a gran escala, da igual dónde haya ocurrido.

Roy suspiró y nos ofreció apenas un esbozo de comentario.

—Los números no significan nada. Todos los días mueren asesinadas varias docenas de personas.

—Pero no cuatro de una tacada y por el mismo individuo.

Sydney Kislak, sentado en el amplio antepecho de una de las ventanas de detrás de Elliot, lanzó un apunte certero:

—La elección de las armas. De tres clases diferentes.

—Bueno, ¿y de qué iba el asunto? —prosiguió Roy imperturbable.

—Celos. La mujer le había prometido al asesino fugarse con él, o por lo menos eso pensaba él, y cuando en vez de eso se lo quiso quitar de encima, el tipo le pegó un tiro, y otro al marido, y después agarró una pistola y un hacha para sus dos…

—En un caso así —murmuró Roy, abstraído—, lo más importante a considerar es el motivo. ¿Tiene relevancia para nuestra publicación? ¿Es delictivo? Y a mí lo que me parece es que, simplemente, este pájaro se enamoró. Es verdad que hubo algo que se torció, pero básicamente actuó empujado por el amor. Así que a menos que podáis demostrar que el instinto sexual lleva inherente algo delictivo o antisocial… —Roy abrió y cerró los dedos de la mano que reposaba en la mesa delante de él—. Pero creo que deberíamos pasarle esta historia a Wheeler para que la publique enSexes. O quizás enPersonalities.

—O enFashions—murmuró Sydney.

Roy seguía mirando expectante a Nat, en cuyas ingenuas facciones pugnaba por aparecer, a su pesar, una expresión de admiración. Se concentró de nuevo en sus notas, decidió al parecer dejar de lado dos o tres de sus apuntes y continuó.

—Hay un robo fantástico de un banco en St. Paul. Más de medio millón de dólares, el botín más grande de la historia.

—El más grande sin la bendición de la ley —le corrigió Henry Wyckoff—. Eso fue anoche, ¿verdad?

—Ayer por la tarde. Tengo a la oficina de Minneapolis siguiendo el caso y ya sabemos que fue una banda de tres personas por lo menos, puede que más, que llevaban más de tres años preparando el golpe. Lo extraño del asunto es que los de la banda constituyeron una sociedad con todas las de la ley hace tres años, pagaban sus impuestos y se habían asignado a sí mismos unos sueldos que ascendían a 175.000 dólares mientras elaboraban sus planes y preparaban el atraco. Manejaban sus fondos a través del banco que tenían como objetivo y se cree que hicieron varios ensayos generales en el propio lugar de los hechos antes del golpe de ayer. Hasta habían entrenado a un par de guardias de seguridad para que hicieran de figurantes sin saberlo. A uno de ellos le pagaron con una bala en la pierna.

Nat se interrumpió y Roy parecía mirar a través de él, con un atisbo de ceño fruncido en delicado equilibrio con la curiosidad pintada en sus ojos azules y tolerantes.

—Más cifras —sentenció con delicadeza—. ¿Qué diferencia hay en que sea medio millón, medio millar o sólo medio dólar? ¿Tres años, tres meses o tres minutos? ¿Tres delincuentes o trescientos?

¿Qué lo hace tan significativo como para que tengamos que ocuparnos de ello?

—El punto de vista profesional, ¿no crees tú? —sugirió Wyckoff—. Mantenerse dentro de la ley mientras hacían los trabajos preparatorios. Los ensayos. Trabajar todo ese tiempo con el propio banco. Si te paras a pensarlo, Roy, vaya, es que no hay banco o empresa en el mundo que esté a salvo de una banda con paciencia, recursos e inteligencia suficientes. Aquí tenemos la última palabra en técnicas delictivas, equiparar unos métodos comerciales con otros métodos comerciales. Demonios, dale a un número de personas suficiente el tiempo, el dinero y la inteligencia suficientes y acabarán desvalijando Fort Knox.

—Exactamente —dijo Roy—. ¿Y eso es nuevo? El ataque que llega a la altura de la defensa, la defensa que contrarresta el ataque, ésa es toda la historia del crimen. Ya hemos publicado muchas veces, demasiadas, las características esenciales de esta misma historia bajo muy diversos disfraces. Ahí no veo mucha cosa para nosotros. Le dedicaremos dos o tres párrafos enCrime Wavelets: «Unos bandidos austeros y laboriosos invierten 175.000 dólares y tres años de esfuerzo para llevar a cabo el robo de un banco. Logran un beneficio neto de 325.000 dólares». Con tres hombres trabajando durante tres años —calculó—, la cosa sube a algo más de treinta y seis mil por año. Sí. «Este modesto salario, sin proporción con el riesgo y la destreza puestas a prueba, demuestra una vez más que el criminal nunca gana… lo suficiente.» Poco más o menos. A ver, ¿no podemos conseguir algo de un poco más de nivel? Seguimos necesitando tres artículos de portada.

Nat Sperling no tenía más sugerencias. Vi que eran ya las 10.45, y con poco o nada hecho, la idea de ir a comer pronto resultaba un sueño inútil. Además iba a tener que desechar cualquier esperanza de celebrar hoy una reunión con Roy y Hagen. Tony Watson tomó el relevo y empezó a hablar con ráfagas bruscas y nerviosas, interrumpidas por pausas ocasionales debido a una angustia demasiado fuerte. A mí me parecía que su neurastenia debería haber mejorado, o incluso haberse curado por completo, después de los cuatro o cinco mil dólares que llevaba gastados en psicoanálisis. De todas formas, considerando los riesgos de nuestra profesión, bien podría ser que sin esos tratamientos, ahora mismo Tony ya sería completamente mudo.


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—La Comisión de Acción Social tiene un informe que piensan publicar el mes que viene —dijo después de que esperásemos durante un rato a que prosiguiera—. Pero podemos conseguir copias. Yo ya lo he leído. Es sobre el negocio de los abortos ilegales. De lo más completo. La comisión se ha pasado tres años investigando. Lo han cubierto todo, desde los que operan a pequeña escala a los sanatorios privados más grandes y caros. Quién los protege, por qué y cómo. Cifras totales estimadas de cada año, número de muertes y de procesamientos. Efectos sobre la salud, pros y contras. Causas, resultados. Es un estudio exhaustivo que va directo al tema. El primero que se hace. Oficialmente, quiero decir.

Mucho antes de que Tony hubiese terminado, a Roy ya le caía la barbilla sobre el pecho mientras tomaba unas rápidas notas.

—¿Sacan alguna conclusión? ¿Recomiendan alguna medida? —preguntó.

—Bueno, el informe apunta causas complejas. La causa principal de interrupción del embarazo entre las mujeres casadas es la económica, y entre…

—Da lo mismo. Nosotros tendremos que sacar nuestras propias conclusiones. ¿Qué dicen sobre la asistencia a la tercera edad?

—¿Cómo? Bueno, nada que yo recuerde.

—Da lo mismo, creo que ahí sí que tenemos algo. Cogeremos el informe y explicaremos cuál es su auténtico significado. Empezaremos dando las cifras de los beneficios que obtienen los supervivientes gracias a la seguridad social. Especialmente las primas de funerales, y subrayaremos los contrastes más evidentes. Por una parte, aquí está lo que el Estado se gasta cada año en enterrar a los muertos, mientras que aquí, en el otro extremo de la escalera de la vida, está lo que se gasta en impedir nacimientos. Ponte en contacto con la Academia de Medicina y con el Colegio de Médicos y Cirujanos y que te den una breve historia de las prácticas abortivas, y llévate un fotógrafo. Quizá tengan una colección de instrumental primitivo y moderno. Unas cuantas fotos resultarán muy efectivas. Y puede que una breve explicación de los métodos antiguos resulte todavía más efectiva.

—Uno de ellos era la magia —le dijo Bert Finch a Tony.

—Estupendo —dijo Roy—. No dejéis de meter eso también. Y tú puedes ponerte en contacto con la Sociedad Americana de Servicios Funerarios para que te den datos adicionales de lo que nos gastamos en morirnos y contrastarlo con lo que se gasta en impedir vidas. Llama a media docena de grandes almacenes y pregúntales qué cantidad se gasta de media una futura madre en ropa y accesorios hasta dar a luz. Y no te olvides de meter una o dos buenas citas de Jonathan Swift sobre los niños irlandeses.

Miró a Tony, cuyo rostro pecoso y huesudo parecía cargado de reticencia.

—Eso no es exactamente lo que tenía en la cabeza, Roy. Pensaba que nos limitaríamos a echarle un poco de dramatismo a los resultados. Los resultados de la comisión.

Roy trazó una raya por debajo de las anotaciones de su libreta.

—Y eso es lo que vamos a hacer, una exposición del negocio de los abortos ilegales. Un panorama de toda la cuestión de la herencia y la ilegitimidad. Pero vamos a analizarlo desde una perspectiva más elevada, eso es todo. Así que, ahora, adelante con la historia, y cuando aparezca el informe oficial lo repasaremos de arriba abajo y llamaremos la atención sobre las implicaciones reales de una visión general al mismo tiempo que señalamos las omisiones que pueda tener. Pero sin esperar a que se publique el estudio. ¿No podrías tener listo un borrador antes de, digamos, dos o tres semanas?

El silencio asfixiante de Tony Watson nos indicó claramente que unos dos mil dólares del tratamiento se habían marchado por el desagüe. No obstante, en ese momento, logró articular:

—Lo intentaré.

La reunión continuó como todas las anteriores, y como, de no producirse un portentoso milagro, continuarían muchos cientos de reuniones futuras.

Al mes siguiente, la cuádruple matanza de Nat Sperling en una granja solitaria sería un tiroteo en un ático de Chicago, la inclinación de Tony por la investigación sociológica nos proporcionaría nuevos informes sobre libertad condicional, novedades en estadísticas de seguros, una decisión de largo alcance del Tribunal Supremo. No importaba gran cosa de qué asunto se tratase. Lo que importaba era nuestro virtuosismo particular y colectivo.

Al fondo del vestíbulo, en el despacho de Sydney, había una ventana desde la que, mucho tiempo antes, se había tirado un director adjunto ya casi olvidado. Yo me preguntaba de vez en cuando si lo habría hecho después de una reunión como aquélla. Recogió sus notas, recorrió el pasillo hasta su despacho, abrió la ventana y saltó al vacío. Así de sencillo.

Pero nosotros no estábamos locos.

No éramos críos de una guardería progresista que se contaban unos a otros sus fantasías grandilocuentes. Ni las cosas que hacíamos allí eran completamente inútiles.

Lo que decidíamos en aquella habitación sería leído tres meses después por más de un millón de nuestros conciudadanos, y lo que leyesen lo aceptarían como algo definitivo. Puede que no supieran que lo estaban haciendo, puede que por un momento incluso estuvieran en desacuerdo con nuestras decisiones, pero aun así seguirían los razonamientos que les presentásemos, recordarían las frases y el tono de autoridad, y al final, una vez sedimentadas, sus opiniones serían las nuestras.

Desde luego, un asunto distinto era de dónde procedían nuestros razonamientos lógicos. El movimiento impulsor llegaba sin más, y nosotros nos limitábamos a registrar sobre la esfera gigante que el gran reloj mostraba al público la hora correcta dentro del sistema horario.

Pero ser la medida con la que tantas vidas se conformaban y se guiaban nos hacía albergar a veces extrañas y vanas ilusiones.

A las doce menos cinco, hasta el sumario provisional que preparábamos para el número de abril resultaba demasiado endeble. León Temple y Roy se habían enfrascado en una discusión bastante inútil sobre un programa de radio que León interpretaba como un profundo asalto a la razón y, por consiguiente, como un delito gravísimo, mientras que Roy replicaba que el programa no era más que una pequeña molestia sin importancia.

—Tiene un nivel muy bajo, ¿por qué tenemos que darle publicidad gratuita? —preguntaba—. Es como los libros, las películas o el teatro sin calidad suficiente, simplemente no entran en nuestros planes.

—Como los timos y el dinero falsificado —se mofó León.

—Ya lo sé, León, pero después de todo…

—Después de todo —intervine yo—, ya son las doce y no hemos llegado a los elementos fundamentales, al punto clave.

Roy echó una mirada alrededor sonriendo.

—Bueno —dijo—, si tú tienes algo, suéltalo antes de que se pudra.

—Puede ser que lo tenga —le respondí—. Una pequeña idea que puede irle bastante bien a todo el mundo, nosotros incluidos. Es sobreFutureways. Todos sabemos algo de lo que hacen por ahí abajo.

—Esos alquimistas… —ironizó Roy—. Pero ¿lo saben ellos?

—Tengo una fuerte sensación de que con eso de los Individuos Financiados han perdido el rumbo —empecé—. Haríamos un doble servicio si sacásemos nosotros el tema, porque sería un globo sonda que les podría ser útil.

Expliqué más la cosa. En teoría, Individuos Financiados era un proyecto importante. El meollo del asunto consistía en capitalizar a gente joven dotada de mucho talento con cantidades suficientes para que pudieran educarse en buenas condiciones, controlando sus estudios, y después invertir el capital acumulado en alguna empresa rentable, con cuyos beneficios se devolvería la deuda originaria. Con el préstamo inicial, negociable como cualquier bono o acción, se pagarían también unas primas de seguro de vida que garantizasen el volumen total de la inversión y un dividendo anual razonable.

Por supuesto que no todas las personas capitalizadas —Individuos Financiados era la marca que habíamos registrado para el proyecto— iban a obtener los mismos resultados, por mucho talento que tuvieran inicialmente. Pero con los Individuos Financiados se operaba como conjunto, con una dirección única, y nuestras cuentas demostraban que el balance final de la empresa acabaría proporcionando unos beneficios tremendos.

Ni que decir tiene que el proyecto significaría muchísimo para las personas que resultaran seleccionadas. Se capitalizaría a cada uno con algo así como un millón de dólares a partir de los diecisiete años de edad.

Expliqué a los presentes que las implicaciones sociales de una aventura así, llevadas a sus últimas consecuencias, significaban no sólo el fin de la pobreza, la ignorancia, la enfermedad y la inadaptación, sino también, inevitablemente, de la delincuencia.

—Podemos iniciar un nuevo enfoque del problema de la delincuencia —concluí—. La delincuencia no es más inherente a la sociedad que la difteria, los coches de caballos o la magia negra. Estamos acostumbrados a pensar que los delitos sólo desaparecerán en alguna lejana utopía. Pero las condiciones para eliminarlos están ahí, al alcance de la mano. Ahora mismo.

Era una idea a la medida deCrimeways, y todo el personal lo sabía. Roy dijo, cauteloso:

—Bueno, eso nos muestra una perspectiva de disminución de la delincuencia. —En su rostro delgado asomaba una ristra de consideraciones—. Veo claro en qué puede ser cosa nuestra. Pero ¿qué pasa con la gente de ahí abajo? ¿Y con los del piso treinta y dos? Es un tema suyo, y ellos tendrán sus propias ideas de cómo tratarlo, ¿no?

Dije que creía que no. Mafferson, Orlin y media docena más de los del piso de abajo que estaban en la oficina de investigación conocida comoFuturewaysllevaban casi un año trabajando intermitentemente en Individuos Financiados, sin resultados visibles por el momento y con pocas probabilidades de llegar a tenerlos.

—La cuestión es que no saben si quieren deshacerse de Individuos Financiados ni qué hacer si no lo dejan. Me parece que Hagen agradecería que hubiera movimientos, de cualquier clase. Podemos hacer un esquema previo de la idea.

—«Un mañana sin delitos» —improvisó Roy—. «La investigación nos muestra por qué. Las finanzas, cómo.» —Se quedó un momento pensativo—. Pero no veo con qué imágenes, George.

—Gráficos.

Lo dejamos ahí. Por la tarde me dieron luz verde para el artículo tras una llamada de tres minutos a Hagen. Luego hablé con Ed Orlin, que estuvo de acuerdo en que Emory Mafferson era el hombre adecuado para trabajar con nosotros, y al momento Emory hizo acto de presencia.

Lo conocía sólo superficialmente. No medía mucho más de metro cincuenta y daba la impresión de ser más alto sentado que de pie. Emanaba de él un aura de confusión, ligera pero constante.

Después de que concretáramos los detalles de su nuevo puesto, sacó a colación un asunto personal.

—Oye, George.

—Dime.

—¿Cómo ficháis al personal deCrimeways? ¿Después de organizar Individuos Financiados?

—¿Por qué? ¿Quieres unirte a nosotros?

—Bueno, creo que voy a tener que hacerlo. A Ed Orlin se le veía casi feliz cuando descubrió que venía a trabajar aquí arriba un tiempo.

—¿No te llevas bien con Ed?

—Nos llevamos bien. A veces. Pero empiezo a pensar que yo no doy el perfil deFutureways. Conozco los síntomas. Ya me ha pasado antes, ¿sabes?

—Tú escribes cuentos, ¿verdad?

Emory parecía andar buscando la verdad a tientas.

—Bueno…

—Comprendo. Si lo que quieres es trasladarte aquí, yo no tengo inconveniente, Emory. Pero, por cierto, ¿cómo demonios es el perfil deFutureways?

Los ojos castaños de Emory se agitaron detrás de sus gruesas gafas como dos peces de colores perdidos y aislados. Su concentración interna era fantástica.

—En primer lugar, tienes que creer que estás dando forma a algo. El destino, por ejemplo. Después, es mejor no hacer nada que pueda llamar la atención. Es fatal, por ejemplo, que aparezcas con una idea nueva, y es igual de fatal que no se te ocurra ninguna. ¿Entiendes lo que quiero decir? Y, sobre todo, es peligroso entregar un texto ya terminado. Todo tiene que ser muy serio, y todo tiene que estar pendiente. ¿Entiendes?

—No. Pero no intentes dar el perfil deCrimeways, es lo único que te pido.

Pusimos a Emory y a Bert Finch a trabajar en equipo en «Un mañana sin delitos», y a las cinco llamé por teléfono a Georgette para decirle que iría a cenar a casa, después de todo, pero Nellie me dijo que Georgette había ido a casa de su hermana Ann porque había surgido una emergencia con alguno de sus hijos. Que volvería tarde, y podría ser que ni volviese. Le dije a Nellie que me quedaría a cenar en la ciudad.

Eran las cinco y media cuando entré solo en el Silver Lining. Me tomé una copa y repasé lo que les hubiera dicho a Roy y Steve Hagen si estuvieran presentes para escucharme. No me sonó tan convincente como por la mañana. Sin embargo, tenía que haber alguna forma. Podía hacer algo, tenía que hacerlo, y lo haría.

La barra del Silver Lining no está a más de seis o siete metros de las mesas más próximas. Detrás de mí, en una de ellas, oí una voz de mujer que decía que tenía que irse, y a continuación otra voz que decía que tenían que volver a verse pronto. Me volví a medias y vi que la que había hablado primero se marchaba, y luego vi quién era la otra mujer. Era Pauline Delos. Reconocí la cara, la voz y la figura de una tacada.

Nos miramos a través de la sala y antes de haberla situado del todo ya la había saludado con un gesto y una sonrisa. Ella hizo otro tanto, y casi de la misma manera.

Cogí la copa y me acerqué a su mesa. ¿Por qué no?

Le dije que por supuesto ella no se acordaría de mí y me respondió que por supuesto que sí.

Le dije que si podía invitarla a una copa. Podía.

Era rubia como el demonio y llevaba cantidad de pintura encima.

—Usted es el amigo del presidente McKinley —me dijo. Tuve que admitirlo—. Y este sitio es donde estuvo hablando con él. ¿Está aquí esta noche?

Paseé la vista por toda la sala.

Supongo que se refería a Clyde Polhemus, pero no estaba.

—Esta noche no —dije—. En vez de eso, ¿qué le parecería cenar conmigo esta noche?

—Me encantaría.

Creo que como primera medida nos tomamos un sidecar de brandy de manzana. No parecía que aquella fuese sólo la segunda vez que nos veíamos. Y en un instante, un montón de cosas empezaron a moverse y a mezclarse entre ellas como si hubieran estado allí desde siempre.


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GEORGE STROUD, IV

Estuvimos cerca de una hora en el Silver Lining. Cenamos allí después de que Pauline reorganizase por teléfono unos planes anteriores.

Después fuimos al estudio desde el que emitíanJinetes en el cielo. Era uno de mis programas de radio favoritos, pero ése no era el atractivo principal de ir hasta allí. Podíamos oírlo en cualquier otra parte, en cualquier aparato. Aparte del encanto del programa, lo que me fascinaba sobre todo lo demás era el trabajo del nuevo encargado de efectos especiales, que, en mi opinión, estaba sentando las bases de una técnica radiofónica completamente nueva. Era un menda capaz de producir una serie de sonidos espectaculares durante cinco minutos por lo menos, y sin voces ni música. Además, manteniendo la emoción y dejando claro su sentido. Le expliqué a Pauline, que parecía sorprendida aunque interesada, que algún día aquel individuo haría un programa entero de quince o hasta treinta minutos a base de sonidos y nada más que sonidos, que no incluirían ni voz ni música, por supuesto, un drama sin palabras, y entonces la radio se habría hecho adulta.

Después Pauline hizo unas cuantas llamadas más de teléfono para cambiar otros planes, y yo me acordé de un bar de la Tercera Avenida, el Gil’s. No era exactamente un bar, ni tampoco un club nocturno exactamente. Quizás habría que llamarlo Coney Island en miniatura, o simplemente un tugurio. O puede que el nombre y la definición correctos fueran los que le daba el propio Gil, que lo llamaba museo.

Hacía uno o dos años que no iba por allí, pero cuando iba Gil jugaba con sus clientes y amigos a un juego que a mí siempre me pareció que merecía la pena.

Aunque en el Gil’s casi todo era básicamente vulgar y más sobado que un sello de correos, se bailaba con cualquier música que sonase y se entretenía uno con cualquier actuación, tenía una cosa que lo hacía distinto de cualquier otro local. Había una barra de diez metros de largo y una estantería de mucho fondo en la pared que quedaba detrás. Gil había ido acumulando y exponiendo en ella una inagotable cantidad de trastos —no hay otra palabra más adecuada— a los que llamaba su «museo particular». Gil pretendía que allí, por algún rincón, guardaba una muestra de todo lo que había en el mundo, y que cada artículo, fuera lo que fuese, tenía una historia que lo relacionaba de cerca con su vida y hazañas. El juego consistía en pillarle en falta con una cosa u otra.

Yo nunca lo había logrado, aunque debo reconocer que me había pasado muchas horas de copas intentándolo, y me había gastado un montón de dinero. Al mismo tiempo, a veces la lógica de Gil resultaba de lo más retorcida, y sus historias no eran demasiado divertidas. Corría el rumor persistente de que cada vez que pillabas a Gil con algo que no tenía, se las ingeniaba para salir en busca de su equivalente más próximo, y conseguía seguir por delante incluso de los que estudiaban de cerca el juego. Y aún más, antes del mediodía y a primera hora de la tarde sus explicaciones no estaban a la altura de las que se le ocurrían más tarde, cuando ya estaba bebido.

—¿Cualquier cosa? —preguntó Pauline observando atentamente la colección.

—Lo que sea —le aseguré.

Estábamos sentados junto a la barra, bastante despejada, y Pauline miraba con un cierto asombro aquella engañosa selva de cachivaches que teníamos delante. Había incluso un espejo normal de barra de bar detrás de toda aquella montaña de artilugios, tal como sabía por experiencia personal. Cabezas reducidas, billetes de francos franceses y marcos alemanes, dinero confederado, bayonetas, banderas, un trozo de tótem indio, una hélice de avión, pájaros y mariposas clavadas en paneles y expositores de rocas y conchas, instrumental quirúrgico, sellos de correos, periódicos antiguos: miraras donde miraras veías cualquier cosa disparatada y de ella pasabas medio mareado ya a otras más.

Gil se nos acercó, radiante, y noté que estaba en forma. Sólo me conocía de vista. Me saludó con un movimiento de cabeza, y le dije:

—Gil, la señora quiere jugar a tu juego.

—Naturalmente —dijo. Gil era un hombre afable que andaría por los cincuenta, calculé yo, tal vez cincuenta y cinco—. ¿Qué desea usted que le enseñe, señora?

Le interrumpí:

—¿Puedes enseñarnos un par de tragos largos mientras se decide?

Tomó nota de la comanda y se fue a prepararla.

—¿Sea lo que sea? —me preguntó Pauline—. ¿Por absurdo que resulte?

—Son todos recuerdos personales de Gil. No irás a llamar absurda la vida de un hombre, ¿verdad?

—¿Qué tuvo que ver él con el asesinato de Abraham Lincoln?

Estaba mirando el titular de un periódico amarillento enmarcado que lo anunciaba. Por supuesto, también yo me había preguntado eso mismo alguna vez, y le dije que ese periódico era un legado familiar. El titular lo redactó el abuelo de Gil cuando trabajaba para Horace Greeley en elTribune.

—Así de simple —le comenté—. Y no le pidas sombreros femeninos. Allí detrás tiene el turbante de Cleopatra y otra media docena de reliquias apolilladas que puede hacer pasar por lo que sea.

Gil colocó las bebidas en la barra delante de nosotros y dirigió a Pauline una sonrisa de lo más profesional.

—Quiero ver una apisonadora —dijo ella.

La sonrisa de Gil se hizo más amplia. Se dirigió hacia el fondo de la barra y volvió con un cilindro negro de metal abollado que en cierta ocasión, si recordaba con claridad aquella noche loca, había sido el telescopio de Cristóbal Colón, reliquia de cuya autenticidad habían dado fe a Gil en persona unos aborígenes caribeños.

—No puedo enseñarle la apisonadora entera, señora —dijo Gil a Pauline—. Comprenderá que aquí no tengo sitio. Algún día tendré un local más grande y entonces podré ampliar mi museo particular. Pero esto que le traigo es una válvula de seguridad sacada de una apisonadora, tal cual. Adelante. —Empujó el objeto hacia ella—. Es un artefacto muy ingenioso. Mírelo bien.

Pauline aceptó el artículo sin molestarse siquiera en mirarlo.

—¿Y esto forma parte de su museo particular?

—La última vez que asfaltaron la Tercera Avenida —le aseguró Gil—, la apisonadora esta explotó justo aquí delante. La válvula de seguridad que tiene usted justo ahí en la mano entró por la ventana, como una bala. Me rozó. De hecho, me ha quedado una cicatriz. Mire, se la voy a enseñar. —Yo ya conocía la cicatriz, pero él volvió a enseñárnosla; aquella cicatriz era el activo más importante de Gil—. La válvula de la apisonadora estaba defectuosa, se nota perfectamente si se mira bien. Pero, vaya, ya que había caído aquí dentro, me limité a dejarla ahí detrás de la barra, en el mismo sitio donde impactó. Fue una de las veces en que me salvé por los pelos.

—Igual que yo —dije—. Yo también estaba aquí cuando explotó. ¿Qué quieres tomar, Gil?

—Bueno, me da lo mismo.

Gil dio media vuelta y se sirvió una copa sin pérdida de tiempo, era la recompensa merecida por ganar el punto. Alzamos las copas y Gil meneó una única vez la cabeza, gris y robusta. Luego se acercó a otro punto de la barra para atender a otro cliente jugador que pedía a voces que le enseñara un elefante rosa.

Gil le mostró con paciencia su elefante rosa y le explicó con toda amabilidad el papel que había tenido en su vida.

—Me gusta el museo —dijo Pauline—. Pero a Gil debe de resultarle terrible algunas veces. Lo ha visto todo, lo ha hecho todo, ha ido a todas partes, conoce a todo el mundo. ¿Qué le queda?

Le comenté entre dientes que mañana la historia seguiría en marcha, igual que hoy, y nos tomamos otra copa a la salud de esa idea. Entonces volvió Gil y Pauline le propuso otro experimento con sus recuerdos, y los tres nos tomamos una ronda. Y después otra más.

A la una ya estábamos hartos de la vida de Gil y yo empecé a pensar en la mía.

Siempre podría crear unos pocos recuerdos más yo también. ¿Por qué no?

Había muchísimas razones por las que no debería hacerlo. Las sopesé todas de nuevo e intenté una vez más explicar de alguna manera por qué iba a hacer lo que sabía que estaba a punto de hacer. Pero todas se me escurrieron entre las manos.

Invoqué toda suerte de explicaciones fantásticas, empezando por la más simple, pero ni las simples ni las fantásticas resultaban suficientes; yo no era muy quisquilloso a la hora de razonar por qué me comportaba como un tonto, o incluso como un temerario.

Quizás estuviese cansado de hacer siempre lo que debía, y más harto aún de no hacer las cosas que no se debían hacer.

Los atractivos de aquella mujer, de Pauline Delos, se multiplicaban por diez ellos solos, y en aquel momento ya se estaban multiplicando por cien. Nos miramos y ese instante fue como el chispazo de un interruptor reconectado cuando se forma un circuito nuevo y la corriente fluye invisible por el otro cable.

¿Por qué no? Conocía los riesgos y el precio. Y aun así, ¿por qué no? Tal vez los riesgos y el precio fueran también una parte de las razones, del porqué. El precio sería elevado, y exigiría unas cuantas mentiras y actuaciones de primera; sin embargo, si estaba dispuesto a pagarlo, ¿por qué no? Y los peligros serían todavía mayores. Respecto a éstos, no podía ni siquiera empezar a sospecharlos.

Pero tenía que ser una cosa muy estimulante pasar una noche con aquel misterio rubio que ciertamente debía ser resuelto. Y si no lo resolvía entonces, nunca lo resolvería. Ni lo resolvería nadie. Sería algo que se perdería para siempre.

—¿Qué? —me dijo.

Al ver que sonreía, me di cuenta de que me había entretenido en una discusión imaginaria con un doble de George Stroud que estaba justo detrás de la aureola ardiente en que se había convertido ella. Algo asombroso. Lo único que el otro George Stroud parecía decir era: «¿Por qué no?». No lograba imaginarme qué quería decir. ¿Por qué no qué?

Me acabé la copa que al parecer tenía en la mano y dije:

—Tengo que llamar por teléfono.

—Sí. Yo también.

Mi llamada era a un hotel residencia que estaba cerca de allí. El encargado no me había fallado nunca —al fin y al cabo, mi dinero le ayudaba a llevar a sus hijos e hijas al colegio, ¿no?—, y esa vez tampoco me falló. Al volver de la cabina dije:

—¿Nos vamos?

—Venga. ¿Está lejos?

—No está lejos —dije yo—. Pero no es nada del otro mundo.

Desde luego que no tenía ni la menor idea de en qué parte de aquel hotel de apartamentos un tanto triste y relativamente respetable nos iban a colocar. Pauline parecía dar todo aquello por descontado. Eso me hizo pensar en algo más; pero ese algo más se esfumó tan pronto como se me ocurrió. Así que confié en que no dijera nada sobre nadie ni sobre nada que no fuéramos nosotros dos.

No tenía por qué preocuparme. No lo dijo.

Estos momentos, cuando pasan, pasan muy deprisa, y sin tonterías superfluas. Si no pasan deprisa, mueren.

Bert Sanders, el encargado del Lexington-Plaza, me pasó una nota al entregarme la llave de una habitación del quinto piso. La nota decía que tenía que dejar la habitación libre a las doce del día siguiente, porque la tenía reservada. La habitación en sí, donde encontré ya mi maletín de fin de semana, estaba bastante bien, era un espació familiar, en el que pensé que ya me había alojado una o dos veces con anterioridad.

Me quedé un poco sorprendido y desanimado al ver que ya eran las tres de la mañana cuando saqué la media botella de whisky escocés, el batín y un par de zapatillas, un número atrasado deCrimeways—¿cómo había llegado hasta allí?—, tres libros de cuentos y poesía, la pila de pañuelos, pijama y pastillas de aspirina que constituían la casi totalidad del contenido del maletín.

—¿Qué te parecería un poco de whisky? —pregunté.

Nos pareció bien a los dos. El servicio de habitaciones del Lexington-Plaza fenecía sobre las diez de la noche, de manera que nos tomamos las copas con agua del grifo. Estaban perfectas. Daba la impresión de que la vida que vivíamos en esos momentos se aceleraba de un modo perceptible.

Me acordé de decirle a Pauline, tumbada en el suelo con la cabeza sobre un almohadón y un aspecto más deslumbrante que nunca metida en mi pijama, que aquel hogar nuestro dejaría de serlo a partir del mediodía. Me respondió como entre sueños que no hacía falta que me preocupase, que todo estaba bien y que por qué no le contaba cosas sobre Louise Patterson y las tendencias más importantes de la pintura moderna. Vi con no poca sorpresa que sobre mis rodillas tenía un libro abierto, aunque había estado hablando de algo totalmente distinto. Y ahora no me acordaba de qué. Solté el libro y me tumbé en el suelo al lado de ella.

—Nada de cuadros —le dije—. Vamos a resolver el misterio.

—¿Qué misterio?

—Tú.

—Yo soy una persona muy normal, George. Sin ningún enigma.

Creo que le dije:

—Eres el último enigma, el más hermoso, el definitivo. Quizá no se pueda resolver.

Y creo que lancé una mirada a nuestra grandiosa cama, grande y fastuosa, blanda, mullida y ancha. Pero me pareció a miles de kilómetros de distancia, y decidí que eso era demasiado lejos. Pero estaba bien así. Mejor que bien. Estaba perfecto. Pura y simplemente perfecto.

Descubrí otra vez para qué estamos en este mundo. Eso creo.

Y entonces me desperté y me vi solo en aquella cama ancha y grande, sobresaltado por los timbrazos y el ruido de puños que aporreaban la puerta. Como lo que tenía más cerca era el teléfono, lo descolgué y oí una voz que me decía:

—Lo siento mucho, señor, pero el señor Sanders me dice que no tiene usted la habitación reservada para hoy.

Miré el reloj: la una y media.

—Está bien.

Creo que solté un gemido y volví a tumbarme. Me tomé una aspirina que alguien sensato había dejado en la mesilla de noche y después, al cabo de un rato, me acerqué a la puerta a la que seguían llamando con puños y timbrazos. Era Bert Sanders.

—¿Se encuentra bien? —me preguntó con expresión de algo más que preocupación—. Recordará que le dije que esta suite la tenía reservada.

—¡Dios mío!

—Bueno, lamento muchísimo tener que despertarle, pero es que tenemos que…

—Muy bien.

—No sé exactamente cuándo…

—¡Dios mío!

—Si hubiera pensado que…

—Está bien. ¿Dónde está ella?

—¿Quién? Oh, bueno, esta mañana hacia las seis…

—Ah, vaya, no se preocupe.


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—Pensé que querría usted dormir unas horas, pero…

—Está bien, está bien. —Encontré los pantalones y la cartera, y no sé cómo, pero conseguí pagarle a Bert—. Dentro de tres minutos le habré dejado el cuarto libre. A propósito, ¿ha pasado algo que…?

—Nada, nada, señor Stroud. Es sólo que esta habitación está…

—Por supuesto. Diga que se lleven el equipaje, ¿quiere?

Dijo que eso haría, y acto seguido me vestí a toda prisa y miré por toda la habitación a ver si encontraba alguna nota mientras buscaba una camisa limpia. Me lavé pero ni intenté afeitarme, y me serví un dedo de whisky que quedaba en una botella que había por allí.

¿Quién era la chica?

Pauline Delos. La novia de Janoth. ¡Oh, Dios mío! ¿Cuál sería la próxima?

¿Dónde pensaría Georgette que andaba yo? En la ciudad, con algún trabajo, y que después volvería a casa un poco tarde. Muy bien. ¿Y ahora qué?

¿Qué tenía previsto hacer hoy en la oficina?

No recordaba nada importante, así que por ahí las cosas no estaban tan mal.

¿Y qué pasaba con los problemas importantes? Bueno, de momento no podía hacer nada a ese respecto, puesto que la estupidez más importante ya la había cometido. Nada. Bueno, pues muy bien.

Me peiné, me lavé los dientes y me puse la corbata.

Podía contarle a Georgette, y a su hermana de Trenton, que había tenido que quedarme a trabajar hasta las tres de la mañana y no había querido molestarlas con el teléfono. Hubiera despertado a toda la casa. Sencillamente. Hasta ahora siempre había funcionado. Así que funcionaría esta vez. Sin duda.

Cerré el maletín, se lo dejé a Bert en medio de la habitación y bajé a la barbería del vestíbulo principal. Pedí un afeitado rápido y a continuación me fui a tomar un desayuno todavía más rápido seguido de una copa ultrarrápida.

Cuando aparecí de nuevo por el despacho eran las tres de la tarde, y allí no había nadie más que Lucille, mi secretaria, que escribía a máquina sin el menor entusiasmo en la pequeña sala que comunicaba los dos despachos. No mostró curiosidad alguna, ni encontré ningún recado en mi mesa; sólo un montón de mensajes internos y una lista de nombres.

—¿Me ha llamado alguien por teléfono, Lucille? —le pregunté.

—Sólo los que están en el bloc.

—¿No han llamado de mi casa? ¿No hay nada de mi mujer?

—No.

Así que todo estaba perfectamente. Por el momento. Gracias a Dios.

Regresé a mi mesa, me senté y me tomé tres aspirinas más. Era una tarde como cualquier otra tarde, excepto por aquellos nervios. Pero tampoco tenía por qué pasar nada serio con ellos. Empecé a ocuparme de la lista de cuestiones de pura rutina que me había dejado Lucille. Todo era como siempre había sido. Todo estaba perfectamente. No había hecho nada. Ni yo ni nadie.

GEORGE STROUD, V

Y todo aquello pasó, así, sin más. Y pasaron dos meses enteros. Y durante esos dos meses, Mafferson y yo desarrollamos todos los datos y el trabajo de base para lo de Individuos Financiados, y elaboramos también un artículo sobre quiebras y bancarrotas para el número de mayo y un reportaje muy detallado sobre la compraventa de huérfanos para el de junio.

Hasta que una noche, a primeros de marzo, me entró una de esas murrias. Cogí el teléfono y averigüé el número que necesitaba por medio de nuestro servicio de información confidencial. Cuando me contestaron, dije:

—Hola, Pauline. Soy tu abogado.

—Ah, sí —dijo ella al cabo de unos segundos—. Ese abogado.

Hacía un día primaveral, le dije, porque así era: el primero. Nos citamos para tomar unos cócteles en el Van Barth.

Georgette y Georgia estaban en Florida, volverían dos días después. Earl Janoth estaba en Washington, al menos durante un par de horas y probablemente durante una semana. Era viernes.

Aquella noche, antes de marcharme, entré en el despacho de Roy y lo encontré reunido con Emory Mafferson y Bert Finch. Me imaginé que Emory estaría lleno de dudas con respecto a lo de «Un mañana sin delitos, la ciencia nos muestra el porqué, las finanzas el cómo».

Emory decía:

—Veo claro que Individuos Financiados funciona perfecto sobre el papel. Con las cotizaciones de los seguros y las estadísticas de negocio veo que funciona con unas cuantas personas, las que están financiadas, pero lo que no consigo ver es lo que puede pasar si el mundo entero entra a formar parte del capital de la corporación. ¿Entiendes a qué me refiero?

Roy mostraba su mejor expresión de hombre confiado, paciente y comprensivo.

—Bueno, se supone que ahí es donde se tiene que llegar —dijo—. Y creo que es algo muy bonito, ¿no te parece?

—Déjame que te lo diga de otra manera, Roy. Si una persona que está capitalizada con un millón de dólares recupera en un momento dado su inversión inicial más un beneficio equis, se producirá una avalancha tremenda de peticiones de individuos que quieren ser financiados con un incremento del beneficio. Y en muy poco tiempo todo el mundo estará chupando del bote, salvo los accionistas. ¿Qué sacan ellos de ese planteamiento?

La paciencia de Roy aumentó a ojos vista de peso y de volumen.

—Dividendos —dijo.

—Claro, pero ¿qué pueden hacer con ellos? ¿Qué habrán obtenido? Nada más que una ganancia en efectivo. En cambio no podrán disfrutar de esas vidas organizadas a la perfección y con una gran suma remanente para invertir en cualquier empresa nueva y rentable. A mí me parece que los únicos que arriesgan el pescuezo en este invento son los que suscriben las acciones que hacen posible todo el asunto.

—Olvidas —dijo Roy— que cuando esto lleve funcionando unos pocos años, los propios individuos financiados serán los primeros en reinvertir su capital en el fondo original, así que ambos grupos serán partes permanentemente interesadas en el mismo proceso.

Decidí que se las apañaban muy bien sin que yo interviniese, así que me marché.

En la barra del Van Barth me encontré con mi bella desconocida, que vestía un conjunto gris y negro bastante austero, una especie de traje sastre sin serlo. No había tenido que esperarla más de diez minutos. En cuanto nos pusimos de acuerdo en qué iba a tomar ella, Pauline dijo, muy seria:

—No tendría que estar aquí, ¿sabes? Me da la impresión de que es un peligro conocerte.

—¿A mí? ¿Un peligro yo? Las gatitas de un mes ya se ponen en guardia cuando ven que me acerco. Abren los ojos por primera vez, afilan las garras y maúllan, por si las moscas.

Sonrió sin muchas ganas y repitió sin énfasis:

—Eres una persona peligrosa, George.

Me pareció que no era el punto más adecuado sobre el que insistir, de modo que decidí tocar uno distinto y enseguida fue todo mucho mejor. Nos tomamos otra copa y luego, al cabo de un rato, nos fuimos a cenar a Lemoyne’s.

Me había pasado prácticamente las últimas tres semanas viviendo solo, desde que Georgette y Georgia se habían marchado a Florida, y tenía ganas de hablar. Así que hablé. Le conté el chiste de la ballena y el submarino, le expliqué por qué las películas mudas eran la Edad de Oro del cine, por qué Lonny Trout era un boxeador para boxeadores, y después sugerí que fuéramos en coche hasta Albany.

Fue lo que acabamos haciendo. Volví a experimentar el placer de conducir subiendo por los altos que bordean el único río perfecto del mundo, el río que nunca se desborda, nunca se seca y sin embargo nunca parece ser el mismo dos veces. Llegamos a Albany por etapas, al cabo de unas tres horas.

A mí siempre me había gustado esa ciudad, que no es tan vulgar como podría parecerle a un viajero circunstancial, sobre todo durante el período de sesiones legislativas. Si hay algo que a Manhattan se le ha pasado por alto, aquí está.

Tras inscribirnos con un nombre que me inventé con no poco cuidado e imaginación (Sr. Andrew Phelps-Guyon y Sra.), salimos a la calle y dedicamos un par de horas a comer y beber, un poco de espectáculo y unos bailes en un night-club exageradamente caro que tenía una buena pista no demasiado concurrida. Pero fue una noche con un decidido toque de primavera, arrancada de los propios engranajes de los mecanismos internos, y valió su peso en oro.

Tomamos el desayuno sobre las nueve y un poco más tarde salimos de regreso a la ciudad, viajando despacio, por una carretera distinta. Otra vez seguíamos un río, por supuesto, pero un río diferente, por supuesto, y por supuesto que me enamoré de él completamente. Pauline también ayudó a ello, por supuesto.

A última hora de la tarde del sábado llegamos a las proximidades de la calle 58 Este, al edificio del apartamento de Pauline. Era lo bastante temprano como para que tuviera que admitir que tenía tiempo, cantidad de tiempo. Así que fuimos al Gil’s. Pauline jugó tres rondas del juego. Cuando le pidió a Gil que le sacase el cuervo de Poe pensé que ahí lo había pillado, pero se le presentó con un mirlo o algo así disecado, en un estado terminal muy avanzado de mohosidad. Le explicó que se trataba del auténtico pájaro que había inspirado a Poe y que éste se lo había regalado personalmente al abuelo de Gil, que era buen amigo suyo. Y entonces me acordé de que hacía mucho tiempo, tres meses, que no husmeaba por el barrio de los anticuarios.

Eso está en la Tercera Avenida, bajando desde la calle 60 hasta la 42 o por allí. Puede que haya tiendas mejores, más grandes, más caras y más auténticas dispersas por otras partes de la ciudad, pero de algún modo, les falta el espíritu de aventura y descubrimiento que tienen aquéllas. Una noche pregunté en un comercio de la Tercera Avenida si tenían la flauta del flautista de Hamelin. Resultó que sí que la tenían ellos. No me acuerdo de lo que hice con ella después de comprarla por cosa de diez dólares y llevármela primero a la oficina, donde al parecer perdió toda su potencia, y más tarde a casa, donde a alguien se le rompió y acabó desapareciendo. Pero la Tercera Avenida no tuvo la culpa de que yo no supiera cuidar de la flauta como es debido.

Esa tarde Pauline y yo anduvimos revolviendo unas cuantas cosas no demasiado interesantes: calentadores de cama primitivos de Nueva Inglaterra, ruecas de hilar convertidas en lámparas de pie y de mesa, los aguamaniles con patas de toda la vida transformados en tronas para niño, mesas de libros y carritos de té. Cosas todas muy prácticas y razonables que reflejaban con más acierto el ingenio del siglo XX que la imaginación de los artesanos que las hicieron. Algunas cosas tenían su interés, pero ninguna entusiasmaba.

Y entonces, hacia las siete y media, cuando algunas de las tiendas ya estaban cerrando, llegamos a un local de la calle 50, pequeño pero realmente atestado de trastos. Puede que ya hubiera estado allí antes, pero no lo recordaba, y al parecer el dueño tampoco se acordaba de mí.

Anduve un rato revolviendo por mi cuenta sin ver nada que se me hubiera pasado por alto en otra ocasión, pero disfrutaba respondiendo a las preguntas que Pauline me iba haciendo. Luego, al cabo de varios minutos entró alguien y el diálogo que se estableció en la parte delantera de la tienda fue atrayendo más y más mi atención.

—Sí, tengo —oí decir al propietario con cierta sorpresa—. Pero no sé si serán exactamente del tipo que usted quiere. Aquí casi nadie pregunta por un cuadro, desde luego. Ese cuadro lo puse en el escaparate porque estaba enmarcado. ¿Es ése el que le interesa?

—No. Pero tiene usted más, ¿verdad? Un amigo mío que estuvo aquí hace un par de semanas me dijo que tenía más.

La clienta era una morena alta y monolítica, vestida con descuido y con una cara que parecía un ciclón contenido.

—Sí, tengo más. Aunque no están en perfectas condiciones.

—No me importa —dijo la clienta—. ¿Puedo verlos?

El comerciante localizó un rollo de lienzos que había en un estante de arriba y los bajó. Para entonces yo ya me había deslizado hacia la parte delantera de la tienda y asistía como partícipe silente de las negociaciones. El comerciante ofreció a la mujer el rollo entero y yo prácticamente apoyé la barbilla en su hombro izquierdo.

—Mírelos usted misma —le dijo a la mujer.

Luego volvió la cabeza, con el ceño fruncido, y durante una fracción de segundo uno de sus ojos se cernió gigantesco y se clavó en uno de los míos. Los míos sólo expresaban la curiosidad de una persona bien educada.

—¿De dónde sacó esto? —le preguntó la clienta.

Desenrolló el paquete de lienzos, que medían metro veinte por metro cincuenta aproximadamente, unos algo más y otros algo menos, y observó con detalle el primero de todos, que se veía al revés desde donde ella miraba. Era la imagen de un clíper de Gloucester a toda vela, y era igual que cualquier otro cuadro de grandes veleros, con la única diferencia de que un cerco de suciedad, como el que deja una taza de café pero más grande, orlaba el navío y varias millas de océano. Decir que no estaba en perfecto estado sería un auténtico perjurio. Yo diría que el cerco tenía un tamaño similar al de un tonel, y es probable que de ahí hubiese salido.

—Eran parte de un lote —le dijo precavidamente el de la tienda.

La mujer le cortó en seco con una risotada fuerte y entrecortada.

—¿Parte de un lote de qué? —le preguntó—. ¿De cosas para quemar? ¿O género viejo del que usan en las tiendas de baratillo para envolver la loza?

—No sé de dónde proceden. Ya le dije que no estaban en muy buen estado.

Echó para atrás el cuadro de arriba y dejó a la vista un gran jarro de margaritas. Esta vez nadie dijo nada. Yo me limité a cerrar los ojos un par de segundos y luego ya no lo vi.

El tercer lienzo era un ejemplo decente del estilo «vivienda protegida y patio con basura»; lo feché en unos quince años antes, más o menos; no reconocí la firma, pero podía ser obra de uno cualquiera de los quinientos o seiscientos pintores profesionales que habrían pintado esa misma escena un poco mejor o un poco peor.

—Francamente bueno —dijo el propietario de la tienda—. Buen colorido. Real.

La morena alta y cuadrada pasó al siguiente con toda intención. Era otro gran velero Gloucester, éste navegando en la otra dirección. Tenía el mismo magnífico cerco color café que todos los demás. Y el siguiente era una cesta de gatitos. Seguro que la viejecita encantadora que lo había pintado lo tituló Mis gatitos. En fin, por lo menos la exposición tenía variedad. Los pintores de barcos de vela se limitaban a los barcos de vela, los pintores de patios con basuras los pintaban por kilómetros, y sin duda la viejecita encantadora habría pintado cientos y cientos de gatos. Nuestra galería los tenía todos.


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—Me temo que no va a tener usted nada que me interese —dijo la mujer.

El hombre lo admitió tácitamente y la mujer reanudó la exhibición. Otras dos pinturas pasaron sin comentario alguno y vi que sólo quedaban dos o tres más.

Entonces descubrió otra más, con parsimonia, y yo me quedé sin respiración. Era de Louise Patterson. No había error posible: el tema, el tratamiento, el efecto. Hermanos y hermanas de aquel cuadro colgaban de las paredes de mi casa en Marble Road. Tiempo atrás había pagado novecientos dólares por uno de ellos, y no mucho menos por los demás, todos ellos escogidos en las exposiciones normales de Patterson en la calle 57.

La clienta ya había deslizado un dedo por debajo del lienzo para separarlo del que venía a continuación y apartarlo cuando yo me aclaré la garganta y comenté sin darle importancia:

—Ése me gusta bastante.

Me miró de forma poco amistosa, levantó el lienzo y lo sostuvo delante de ella con los brazos estirados. Hacía frunces en las partes de los bordes que no estaban deshilachadas y mostraba unas cuantas manchas indefinidas que se añadían a la marca de fábrica, el enorme cerco de color café. Estaba en unas condiciones espantosas, ni más ni menos.

—A mí también —declaró sin ambages—. Pero está hecho una mierda. ¿Cuánto pide por él?

La pregunta iba dirigida al propietario. A mí me ignoró por completo.

—Bueno…

—Dios, qué desastre…

Con ese segundo disparo no hay duda de que rebajó a la mitad el precio que iba a decir el comerciante.

—No sabría decir muy bien en cuánto puedo valorarlo exactamente —admitió—. Pero ¿qué le parece si se lo doy por diez dólares?

Era literalmente cierto que yo no tenía idea del valor de un Patterson en el mercado en ese momento. Sí sabía que nada fabuloso; pero, por otra parte, aunque Patterson hacía años que no exponía y probablemente ya estaría muerta, no me parecía posible que su obra hubiera caído en un eclipse total. Las cosas suyas por las que yo había pagado unos cientos de dólares resultaron verdaderas gangas en el momento de comprarlas, y no mucho después los lienzos de la artista se cotizaron mucho más, aunque sólo por un tiempo.

Dirigí a la mujer una sonrisa deslumbrante.

—Yo hablé primero —le dije; y luego, al vendedor—: Le doy cincuenta dólares.

El hombre, que hubiera debido contentarse con vender muebles de terraza restaurados, se quedó claramente sorprendido y desconcertado. Me di perfecta cuenta del momento en que se encendió una bombilla gigante en su cabeza: aquí tengo algo, seguramente un Rembrandt.

—Bueno, no sé —dijo—. Es evidente que se trata de una pintura buena. Muy apreciable. Tenía pensado hacer que me tasaran este lote cuando tuviera tiempo. Ésta es la primera vez que he podido ver de verdad este lote. Creo que…

—No es un Rafael o un Rubens, ni un Corot —le aseguré.

Se inclinó hacia delante y observó el cuadro más de cerca. El lienzo representaba dos manos, una dando una moneda y la otra recibiéndola. Nada más. Transmitía todo el sentido, el significado, el drama del dinero. Pero el propietario intentaba ahora desdoblar la esquina derecha de debajo de la tela, donde esperaba encontrar una firma trazada de modo legible. Empecé a sudar.

—Pat algo —anunció mientras la escrutaba con atención; un instante después ya sonaba decepcionado—. Vaya. Patterson 32. Me suena ese nombre, pero no me acuerdo de qué.

Dejé que aquel cristalino perjurio se muriera de muerte natural. La morena gran dota, con un cuerpo que parecía un armario de cocina antiguo, tampoco dijo nada. No hacía falta, era evidente que no tenía los cincuenta dólares. Y yo tenía que quedarme con aquel cuadro.

—Es una obra de gran calidad —empezó otra vez el comerciante—. En cuanto la hayan limpiado quedará magnífica.

—Me gusta —dije—. Por cincuenta pavos.

Me contestó con rodeos.

—Me imagino que la persona que lo pintó titularía el cuadroTrabajo duro. O algo así.

—Yo lo titularíaJudas—intervino Pauline—. No,La tentación de Judas.

—Sólo hay una moneda —dijo el comerciante, muy serio—. Tendrían que ser treinta.

Todavía sin saber qué hacer, cogió los lienzos y se puso a mirar los que aún no habíamos visto. Un silo con una vaca delante. Una bonita escena de niños jugando en la calle. La playa de Coney Island. Decepcionado por no despertar mayor interés, declaró:

—Y esto es todo lo que tengo.

Me dirigí a la mujer morena:

—¿Por qué no se lleva ustedNiños en Grand Streetpor unos cinco dólares? —dije con una sonrisa cristalina—. Yo me quedaré elJudas.

Soltó una carcajada estentórea, descomunal, tanto que no sabría decir si era amistosa u hostil. Era, simplemente, atronadora.

—No, gracias. Ya tengo suficientes niños con los míos.

—Le regalo a usted un marco. Que se lo pongan aquí mismo, y así se lo podrá llevar a casa.

Mi frase produjo una nueva carcajada, seguida de un rugido.

—Guárdese el dinero para su obra maestra de cincuenta dólares.

Lo dijo en tono despectivo. Yo le pregunté, con ironía en la voz:

—¿Cree usted que no los vale?

—Una pintura que vale algo, seguro que vale mucho más que esa cantidad —bramó encendida—. ¿No le parece? O vale diez dólares, o un millón de veces más.

Mentalmente me sentí de acuerdo con aquella actitud tan razonable, pero al parecer el dueño de la tienda también lo estaba. Y yo tenía que conseguir el cuadro. No era culpa mía que sólo me quedasen unos sesenta dólares, en vez de diez millones, después de uno de los fines de semana más caros de la historia.

—Pero ¿qué sé yo de pintura? —continuó—. Nada. No permitan que interfiera en lo suyo. —Y soltó otra carcajada estremecedora—. Puede que algún día tenga en mi casa el papel pintado conveniente y el espacio adecuado para colocar eseNiños en Grand Streetcomo se merece. Resérvemelo.

A continuación se marchó, y en medio de la paz que se instaló de nuevo en la tiendecita dejé bien claro que pagaría por la tela lo que había dicho y no más, y finalmente también nosotros nos marchamos, pero yo con mi premio.

Pauline todavía tenía un poco de tiempo, así que nos paramos en el salón de cócteles del Van Barth. Dejé el lienzo en el coche, pero en cuanto pedimos las bebidas Pauline me preguntó por qué diantres lo había comprado, y volví a describírselo a modo de explicación. Acabó por decir que le gustaba bastante, sí, pero no le parecía que tuviera una fuerza tan extraordinaria.

Estaba claro que era incapaz de «ver» la pintura. No por culpa suya: mucha gente nace con ese defecto, lo mismo que otros nacen daltónicos o sin oído. Pero intenté explicarle qué significaba la obra de Louise Patterson en términos de simplificación de lo abstracto y nuevas intensificaciones cromáticas. Después argumenté que algún significado tenía que tener el arte para ella, porque sin duda había dado con el título perfecto para el cuadro.

—¿Y cómo sabes que es el adecuado? —me preguntó.

—Porque lo sé. Lo siento así. Porque es justamente lo que yo vi en el cuadro.

Con el impulso del momento decidí, y así se lo dije, que Judas debía de haber sido un conformista nato, el típico tipo mediocre que se elevó muy por encima de sí mismo cuando se vio metido en un grupo de gente que vivía casi al margen de la sociedad y, no digamos ya, de cualquier negocio de provecho.

—Cielos, hablas de él como si fuera un santo —dijo Pauline frunciendo el ceño y con una sonrisa.

Le dije que era muy probable que lo fuera.

—Un hombre como ése, con la naturaleza adecuada para no salirse de la fila pero que siempre anda perdiendo el paso, tiene que haber sufrido el doble que los demás. Hasta que, al final, la tentación fue excesiva. Al igual que muchos otros santos, cuando fue tentado, cayó. Pero sólo brevemente.

—¿Eso no es un poco retorcido?

—En cualquier caso, ése es el título de mi cuadro —dije—. Gracias por el servicio.

Brindamos por ello, pero a Pauline se le derramó el cóctel.

Acudí al rescate con mi pañuelo, y tras unos instantes de agitación la dejé que terminara ella el trabajo mientras yo llamaba al camarero para pedirle más bebidas y que limpiase la mesa mojada. Al cabo de un rato tomamos algo de comer, unas copas más y un montón de charla.

Cuando salimos del local era ya muy oscuro, y la acompañé en coche las pocas manzanas que había hasta la 58 Este. El apartamento de Pauline, donde yo no había entrado nunca, estaba en uno de esospueblosausteros y permanentes de las calles sesenta. Me pidió que aparcara un poco alejado de la entrada y me explicó con calma:

—No creo que sea prudente por mi parte entrar con una bolsa de viaje ajena. Y acompañada.

El comentario no decía nada, pero en un momento me dio la medida exacta e incómoda de los riesgos que corríamos, pequeños pero muy reales. Borré la idea de mi cabeza y no dije nada, pero pasé de largo por delante del edificio y aparqué a media manzana de la entrada y su toldo iluminados.

Allí me bajé para darle la maleta ligera que se había llevado a Albany y nos quedamos parados unos momentos.

—¿Puedo llamarte por teléfono? —le pregunté.

—Naturalmente. Llama, por favor. Pero tenemos que ser…, bueno…

—Por supuesto. Ha sido maravilloso, Pauline. Prácticamente todo perfecto.

Me sonrió y dio media vuelta.

Al mirar más allá de aquellos hombros que se alejaban, me pareció ver vagamente una limusina que se detenía junto a la acera del otro lado, frente a la entrada de los apartamentos. Algo me resultó familiar en la silueta y la forma de moverse del hombre que salió del coche. Metió otra vez la cabeza en el vehículo para dar instrucciones al chófer y luego se volvió un instante en mi dirección. Vi que era Earl Janoth.

Se dio cuenta de que Pauline se le acercaba y estoy convencido de que al mirar hacia ella me vio. Pero no creo que pudiera reconocerme: la farola más próxima estaba a mis espaldas.

Y si me reconocía, ¿qué? Aquella mujer no era de su propiedad.

Ni yo tampoco, por cierto.

Entré en el coche, arranqué el motor y los vi desaparecer juntos en el portal iluminado.

Mientras me alejaba no me sentía muy feliz tras aquella casualidad tan poco feliz, aunque, por otra parte, tampoco me parecía que se hubiera producido un daño irreparable.

Volví a pasar por el Gil’s. Era la típica noche animada de los sábados. Bebí un montón de copas, sin hablar gran cosa con nadie, y después me llevé el coche al garaje y cogí el tren de la 1.45 a casa. Era temprano, pero quería estar despejado cuando Georgette y Georgia regresaran de Florida por la tarde. Volvería a coger el tren, iría a buscarlas en el coche y las llevaría a casa.

Me llevé la maleta a Marble Road y no me olvidé deLa tentación de san Judas, por supuesto. La extendí sobre la mesa del comedor, sin más ceremonias. Habría que limpiar la tela, repararla y enmarcarla.

Eché una ojeada a los pattersons de las estancias de la planta baja y al de arriba, el de mi estudio, antes de irme a la cama. La tentación era mejor que cualquiera de ellos.

Se me ocurrió que tal vez me estuviera convirtiendo en uno de los coleccionistas de pattersons más destacados de Estados Unidos. O de cualquier parte.

Pero antes de meterme en la cama vacié la bolsa de mano, volví a poner en su sitio las cosas que contenía y luego guardé también la bolsa…

EARL JANOTH, I

¡Por Dios, nunca había pasado antes una noche así! Presumo de no dejarme llevar nunca por mis impulsos y no me porto jamás como un maleducado, pero esa gente, que se supone que son amigos míos, rebasaban el límite, podría haberlos estrangulado a todos, uno por uno.

Ralph Beeman, que es mi abogado desde hace quince años, no mostró ni el más puñetero interés, ni una mínima simpatía cuando surgió, o alguien trajo a cuento, la cuestión de la renovación de las emisiones deCommerce Index. El grupo entero se puso a debatir abiertamente el tema, como si yo fuera una especie de espíritu inmaterial y no estuviese allí presente en absoluto, y como si fuera a perder la franquicia en este mismo momento. De hecho, los tíos se pusieron a sopesar diversas alternativas para cuando la perdiese.

—Ralph y yo tenemos algo que decir sobre eso —dije con vehemencia, pero el cobarde cabrón no movió ni un dedo. La más pura neutralidad.

—Oh, sin la menor duda. Renovaremos la licencia, pelearemos contra quien haya que pelear.

A mí me sonó como si pensase que la guerra ya estaba perdida. Le lancé una mirada cortante, pero no se dio por aludido. Hubiera sido mejor que Steve estuviera presente. Es muy espabilado a la hora de captar los vientos y corrientes subterráneas que yo noto a mi alrededor pero no puedo medir.

Éramos diez de los nuestros y cenábamos en casa de John Wayne, y puesto que se trata de un dirigente político zalamero pero capaz, lo normal hubiera sido que, puestos a discutir de algo, fuera de política. Pero, por Dios, desde que entré en su casa, una vieja pesadilla decadente que tiene cien años por lo menos, no hablamos de nada más que de Empresas Janoth y de las dificultades que estábamos pasando. Pero yo no estoy pasando ninguna dificultad. Ni pienso pasar por ésta tampoco.

Entonces se produjo un momento muy incómodo, cuando Hamilton Carr me preguntó que qué tal me había ido por Washington. Acababa de volver de allí y tuve la desagradable sensación de que sabía con toda exactitud a quién había visto y en qué asuntos andaba. Aunque en realidad no pasaba nada. Había pensado ampliar las bases societarias y legales de Empresas Janoth, y el viaje a Washington era simplemente para obtener información rápida y fiable sobre los procedimientos a seguir para lograr esos fines y cumplir toda la regulación de la Comisión del Mercado de Valores.

Como Ralph Beeman había ido conmigo, aunque no había dicho gran cosa mientras estuvimos allí, le envié otro mensaje de empatía mental. Pero no había manera. ¿O es que, en realidad, todos ellos andaban conspirando contra mí? Otros viajeros por los nuevos continentes de la razón han sido cogidos con la guardia baja antes de ahora.

Pero Hamilton Carr no era enemigo; por lo menos yo nunca lo había considerado así. Era, simplemente, mi asesor bancario. Y desde siempre conocía hasta el último céntimo de lo que valía cada papel emitido por Empresas Janoth y en manos de quién estaba. Esa noche me dijo:


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—¿Sabes que Jennett-Donohue sigue queriendo comprar o fusionarse?

Solté una carcajada tremenda.

—Sí —le dije—. Yo también. ¿Por cuánto quieren vender?

Carr sonrió. Era un gélido signo de desacuerdo. Vete al infierno, pensé yo, ¿qué pasa ahora?

Estaba presente una puñetera tipa extranjera con un acento inglés tremebundo, que atendía por el nombre de Lady Pearsall, o algo igual de insignificante, que me explicó con todo detalle qué era lo malo que tenían mis revistas. En realidad, según ella, todo era malo en ellas. Pero ni se le pasaba por la cabeza que yo había hecho grandes esfuerzos y asumido dispendios enormes para contratar a los mejores escritores y redactores, para tener las cabezas mejor dotadas y las mentes más amplias que se puedan tener. Que había rastreado por periódicos y revistas, por las mejores universidades, que pagaba los sueldos más elevados de la profesión para disponer del que, a mi juicio, era el mejor equipo de periodistas que se hubiera reunido nunca bajo el mismo techo. La buena señora gorgoteaba incansable, la nuez se le movía exactamente igual que el buche pelado de un pavo, pero oyéndola hablar parecía que yo hubiera sacado a mis redactores de diferentes hospitales, manicomios y penitenciarías.

Hubiera podido sonreír y asentir a todo lo que me decía, pero no estaba dispuesto a sonreír ante lo que me decían Carr, Beeman y, para acabar de rematarlo, un individuo que atendía por Samuel Lydon.

—¿Sabe usted? —me dijo—. Es posible que no haya siempre la misma demanda de productos con presentación de calidad que ha habido hasta ahora. He recibido informes de los distribuidores. —Como todo el mundo; son cosas de conocimiento público—. Supongo que preferirá que sea totalmente sincero con usted, señor Janoth.

—Naturalmente.

—Bueno, pues las devoluciones de varias de sus revistas clave muestran extrañas fluctuaciones. Me refiero a que no están en proporción con las de otras publicaciones. —En ese momento lo situé: era el vicepresidente ejecutivo de una organización local de distribuidores—. Me pregunto si se conoce la razón exacta.

Aquello tanto podía ser una ignorancia colosal como una impertinencia descarada.Si sabía la razón exacta. Lo miré fijamente, pero no me molesté en replicar.

—Tal vez sea cosa de esa revista de astrología suya —dijo Geoffrey Balack, un inútil malicioso, grosero y falso de arriba abajo. Era una especie de columnista. Una vez lo tuve contratado, pero su trabajo no resultó demasiado satisfactorio y cuando nos dejó para aceptar otro trabajo pensé que en realidad era un cambio afortunado para todos. Ahora que lo veía, no recordaba muy bien si se había marchado él o lo había despedido Steve. O puede que yo. Y ahora se pasó la mano de delante atrás por aquella cabeza de pelo más bien ralo. Era ofensivo—. Es algo que nunca he podido entender. ¿Por qué?

Yo mantuve mi sonrisa, pero me costaba un buen esfuerzo hacerlo.

—Compré esa revistilla sólo por el título:Stars, estrellas. Pero hoy día ya no tiene nada que ver con la astrología. Es prácticamente la máxima autoridad en astrofísica.

—¿Popular?

Eso tampoco merecía respuesta. Y ése era alguien al que en algún momento habíamos considerado un periodista con visión crítica e integridad. Y los buenos redactores cuestan dinero, pero yo estoy contento de pagárselo. Pero resultaban cada vez más y más caros. Otras empresas editoriales, aun cuando no se moviesen en el mismo campo ni mucho menos, siempre se alegraban de arrebatarnos elementos del equipo, y sin embargo era raro que se metiesen entre ellos, unos con otros. Nos pasábamos la vida perdiendo personal, nuestros mejores hombres de verdad se iban a otras empresas (agencias de publicidad, productoras de cine, radio), que les ofrecían unos sueldos sencillamente increíbles. Un hombre al que habíamos descubierto nosotros, al que habíamos ido criando hasta que dábamos con la manera perfecta de sacar a la luz lo mejor y más profundo que llevaba dentro, de pronto y como el que no quiere la cosa nos abandonaba para irse a escribir porquerías en un programa de perfumes o los discursos de cualquier portavoz político. Con contrato o sin contrato, y por unas cifras que sólo pensar en igualarlas sería poco menos que la ruina para la organización.

Y si no era eso, querían escribir libros. O se volvían locos. Aunque en realidad, Dios sabe que la mayor parte lo eran de nacimiento y su permanencia con nosotros apenas servía para retrasar el problema y aplazar una temporada el inevitable proceso.

Bueno. Todavía teníamos los mejores redactores que se podía tener, y a la competencia le tocaba seguir manteniéndose alerta.

Cuando llegábamos al punto en que Jennett-Donohue o Devers & Blair le ofrecían veinticinco mil dólares a un redactor jefe de quince mil, le subíamos a treinta mil. Si la radio ofrecía cincuenta mil a alguien que nos era imprescindible de verdad, le dábamos sesenta mil. Y cuando Hollywood empezó a quitarnos a los redactores de base y los reporteros tentándoles con un millón…, bueno, pues ya está. No sirve de nada hacerse mala sangre. Aunque a veces es imposible evitarlo.

Ya eran las diez —la hora más temprana posible— cuando por fin conseguí marcharme. Tenía muchas cosas de las que ocuparme sin aguantar las tonterías extra de ese grupito concreto.

Todo es sólo cuestión de los nervios y las glándulas que has heredado. Por mucho que trates de racionalizarlo, o tienes una actitud negativa y amargada ante las personas y las cosas, como les pasa a todos éstos, o tienes una actitud positiva y constructiva; es una simple cuestión de cómo funcionan las glándulas. Así que no es algo de lo que pueda presumir demasiado. Pero tampoco pueden presumir ellos.

En el coche, le dije a Bill que me llevase a casa, pero a medio camino cambié de idea. Le dije que me llevase a casa de Pauline. Puede que incluso estuviera allí, demonios. Mi casa no era un sitio donde ir después de una velada desperdiciada entre cínicos de pacotilla, sentimentales sin ilusiones y conspiradores frustrados.

Sin decir palabra, Bill giró el volante y torció en la esquina siguiente. Eso me recordó su forma de cumplir mis órdenes desde hacía más de treinta años, ya fuera durante la época más caliente de una batalla por la distribución que libramos allá en el Oeste, o más adelante, cuando hubo la huelga de imprentas al norte del estado. Por eso estaba conmigo todavía. Si ni siquiera hablaba conmigo después de treinta años y pico, ya no hablaría nunca con nadie.

Cuando el coche llegó delante del edificio y me bajé, metí la cabeza por la ventanilla de su lado y le dije:

—Vete a tu casa, Bill. Ya cogeré un taxi. No creo que te necesite hasta mañana a última hora de la tarde.

Me miró, pero no dijo nada; separó el coche del bordillo y se alejó.

EARL JANOTH, II

Una vez en la acera giré hacia la entrada, pero al hacerlo descubrí a Pauline. Se despedía de alguien en la esquina siguiente. No le veía la cara, pero reconocí su silueta, la forma de mantener el cuerpo erguido y de moverse, y reconocí también el sombrero que ella misma ayudó a diseñar recientemente. Y el abrigo beige. Me quedé allí plantado y ella echó a andar hacia mí. Al hombre que estaba con ella no lo reconocí, aunque no dejé de mirarlo hasta que se dio la vuelta y se metió en un coche sin que su cara dejase de estar entre sombras.

Cuando Pauline llegó a mi lado venía serena y sonriente, una mezcla entre un poco afectuosa y un poco distante, tan controlada como siempre.

—Hola, querida —le dije—. Qué suerte encontrarte.

Se apartó con la mano un mechón de pelo inexistente y se detuvo junto a mí.

—Esperaba que volvieses ayer —dijo—. ¿Has tenido un buen viaje, Earl?

—Perfecto. ¿Has pasado un fin de semana agradable?

—Maravilloso. He ido a montar a caballo y a nadar, he leído un libro fantástico y he conocido a unas cuantas personas, unos jóvenes muy interesantes.

En ese momento estábamos ya dentro del edificio. Miré hacia abajo y vi que llevaba un maletín de fin de semana.

Oí, aunque no pude ver, que alguien se movía detrás del alto panel que separaba la centralita de los apartamentos y, como de costumbre, no había señales de nadie más. Quizás aquel aislamiento fuera una de las razones por las que a Pauline le había gustado aquel sitio desde un principio.

El ascensor era automático, no tenía ascensorista, y estaba ya en la planta baja. Abrí la puerta, la dejé pasar, entré y apreté el botón del quinto piso. Señalé hacia la calle con la cabeza.

—¿Era uno de ellos? —pregunté.

—¿De quiénes? Ah, te refieres a esos amigos nuevos. Sí.

El ascensor se detuvo en el quinto. La puerta de dentro se deslizó para abrirse sin ruido y la propia Pauline empujó la del rellano. Anduve tras ella diez o doce pasos por el pasillo alfombrado hasta el 5 A. En el interior del pequeño apartamento de cuatro piezas había tanto silencio y tanto aire estancado que parecía imposible que alguien hubiera entrado allí desde hacía días.

—¿Qué anduviste haciendo?

—Bueno, primero fuimos a un sitio terrible de la Tercera Avenida que se llama Gil’s. A ti te encantaría. Yo, personalmente, lo encontré un aburrimiento. Pero es una especie de combinación entre una taberna y una fundación arqueológica antigua. Una mezcla disparatada. Después de allí anduvimos arriba y abajo por la calle, comprando antigüedades.

—¿Qué clase de antigüedades?

—Cualquier cosa que nos pareciese interesante. Al final compramos un cuadro, bueno, es decir, lo compró él, en una tienda que está como a tres manzanas de aquí. Una pintura espantosa y toda vieja sacada directamente del cubo de la basura. O eso parecía, y prácticamente se la quitó de las manos a otra dienta que también pujaba por el cuadro. No había más que un par de manos pintadas, de un artista que se llama Patterson.

—¿Un par de qué?

—De manos, cariño. Simplemente unas manos. Era una pintura sobre Judas, o eso fue lo que entendí. Después de eso nos acercamos al Van Barth, tomamos unas cuantas copas y me trajo a casa. Y ahí es cuando apareciste tú. ¿Satisfecho?

La miré abrir la puerta del armario pequeño del recibidor y soltar la maleta dentro, y luego cerrar la puerta y volverse de nuevo hacia mí con sus cabellos deslumbrantes, sus ojos profundos y su rostro perfecto, renacentista.

—Suena como si hubiera sido una tarde interesante —dije—. ¿Y quién era esa nueva amistad?

—¡Oh! Sólo un hombre. No lo conozco. Se llama George Chester, trabaja en publicidad.

Seguro que sí. Y yo me llamo George Agropolus. Pero, claro, yo he vivido mucho más que ella en este mundo, y, ya puestos, más que su amiguito. Me quedé mirándola un momento, sin decir nada, y me devolvió la mirada, aunque un poco demasiado a propósito. Casi sentí lástima por aquel nuevo satélite que acababa de dejar, fuera quien fuese.

Sirvió brandy para los dos de un frasco que estaba junto al salón y, por encima del cristal de su copa, entornó los ojos con esa expresión de intimidad que se supone adecuada para adaptarse a la textura de cualquier situación. Di unos sorbos a la mía, convencido otra vez de que en este mundo sólo quedan cenizas. Frías, consumidas, que no merecen ningún esfuerzo. Era un estado de ánimo que Steve nunca compartía, un estado de ánimo exclusivamente mío. Me pregunté si sería posible que otras personas experimentasen también esa sensación, al menos de vez en cuando, pero era muy poco probable.

—Por lo menos esta vez es un hombre —dije.

Me respondió cortante:

—¿Qué quieres decir exactamente con eso?

—Lo sabes perfectamente.

—¿Ya estás otra vez con lo mismo? ¿Echándome en cara lo de Alice? —Su voz punzaba como una avispa. Con Pauline el fondo nunca estaba muy lejos de la superficie—. Nunca te olvidas de Alice, ¿verdad?

Me terminé el brandy, alargué la mano para buscar el frasco y me serví otra copa. Con tono cortés y una lentitud deliberada, dije:

—No. ¿Y tú?

—¿A qué demonios te refieres, eh? ¡Napoleón de pacotilla!

Me terminé el brandy de un solo y placentero trago.

—Y tú no te olvidas de Joanna, ¿verdad? —dije, en voz bastante baja—. Ni de aquella mujer de Berleth, ni de Jane, ni de aquella refugiada austríaca. Ni de Dios sabe quién más… No puedes olvidarte de ninguna, ¿verdad?, incluida la próxima.

Pareció que se ahogaba, hubo un instante de silencio y luego saltó como una fiera veloz. Algo que creo que era un cenicero pasó al lado de mi cabeza, se estrelló contra la pared y me regó con una polvareda de finos cristales.

—¡Hijo de puta! —explotó—. ¿Y tú hablas? ¿Precisamente tú? ¿Te atreves? ¡Es que no tienes perdón!

Con un gesto mecánico volví a coger el frasco y vertí más brandy en mi copa. Busqué a tientas el tapón y traté de volver a ponerlo. Pero al parecer no lograba encajarlo.

—¿Sí? —dije.

Estaba de pie al otro lado de la mesita baja con la cara hecha una maraña de rabia.

—¿Y qué me dices de Steve Hagen y tú?

Me olvidé del tapón. Sólo pude quedarme mirándola.

—¿Qué? ¿Qué te han dicho de mí? ¿Y de Steve?

—¿Crees que estoy ciega? ¿Es que os he visto alguna vez a los dos juntos sin que anduvieseis tonteando?

Me sentí atónito, mareado, y como si algo negro y enorme empezase a crecer dentro de mí. Repetí la palabra mecánicamente, como un eco.

—¿Tonteando? ¿Steve y yo?

—Como si no llevaras toda la vida casado con ese tipo. Y como si no lo supieras. ¡Venga, so hijoputa, finge que estás sorprendido!

Había dejado de ser yo. Había allí un gigante de treinta metros de altura que me hacía moverme, que manipulaba mis manos, mis brazos y hasta mi voz. Me estiró las piernas y descubrí que estaba de pie. Apenas si podía hablar. Mi voz se había convertido en un susurro entrecortado.

—¿Puedes decir eso de Steve? ¿Del hombre más cabal que he conocido jamás? ¿Y de mí?

—¡Pues claro! ¡Si no eres más que una pobre imitación de ese gorila rubito! ¿Tan memo eres que en todo este tiempo no te has dado ni cuenta? —Y entonces, de repente, gritó—: ¡No, Earl! ¡No!

Le pegué en la cabeza con el frasco de cristal y retrocedió dando tumbos por la habitación. Mi voz le dijo:

—¡No puedes decir eso! ¡No puedes decir eso de nosotros!

—¡No! ¡Oh, Dios mío, Earl! ¡No! ¡Earl! Earl, Earl.

Le di una patada a la mesita que se interponía entre ambos y fui tras ella. Volví a golpearla y ella seguía hablando con aquella terrible voz suya, así que le pegué otro par de golpes.


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Y entonces se quedó tendida en el suelo, callada por fin y en una posición un poco torcida. Le dije:

—Todo tiene un límite. Hay cosas que un hombre no puede aguantar.

No me contestó. No se movió.

Estuve un rato largo, muy largo, plantado allí junto a ella. No se oía ni un solo ruido, excepto el rumor lejano y amortiguado del tráfico en la calle. El frasco seguía en mi mano. Lo levanté, miré el borde de abajo y vi que estaba ligeramente manchado y con unos cuantos pelos pegados.

—Pauline.

Estaba tumbada boca arriba, como si contemplara algo muy lejano que tampoco se moviera. Fingía que estaba inconsciente.

El miedo que me iba invadiendo empezó a ser cada vez más y más intenso, mientras mis ojos miraban cómo aquella cabeza hermosa y brillante sangraba lentamente. La expresión de su rostro no se parecía a nada de este mundo.

—¡Oh, Pauline, por Dios! ¡Levántate!

Solté el frasco de cristal y le puse la mano sobre el corazón, por debajo de la blusa. Nada. La cara ni se le movió. No había pulso, ni respiración, ni nada. Sólo el calor de su cuerpo y un leve perfume. Me incorporé lentamente. Estaba muerta.

De modo que toda mi vida había desembocado en este extraño sueño.

Sentí que me inundaban unas oleadas de náuseas y oscuridad que nunca hasta entonces había conocido. De repente aquello, aquel subproducto de la carroña, se había convertido en la suma total de todo. De todo lo que había habido entre nosotros. De todo lo que había hecho en mi vida. Aquel accidente.

Porque había sido un accidente. Dios es testigo. Un accidente absurdo.

Vi que tenía manchas en las manos y en la pechera de la camisa. Salpicaduras en los pantalones y en los zapatos. Y cuando paseé la mirada por la habitación vi que había gotas de sangre hasta en la parte de arriba de la pared del salón junto a la que me había sentado primero.

Necesitaba algo. Muchísimo. Ayuda y consejo.

Fui al cuarto de baño, me lavé las manos y pasé una esponja por la camisa. Me di cuenta de que tenía que ir con mucho cuidado. Tenía que ir con mucho cuidado con todo. Cerré los grifos sujetándolos con el pañuelo. Si su amiguito hubiera estado allí, habría dejado sus huellas digitales. Y otros tal vez. Cualquier otra persona. Y habría habido muchos otros.

Volví al cuarto donde Pauline continuaba tendida en la alfombra, en la misma postura. Me acordé del frasco de cristal tallado y del tapón. Los limpié con mucho cuidado, y también el vaso. Luego iba a coger el teléfono, pero en ese mismo momento me acordé de la centralita de abajo y desistí.

Me deslicé fuera del apartamento empleando de nuevo el pañuelo a guisa de guante. Al entrar había abierto Pauline. Las últimas huellas de sus dedos se encontrarían en el pomo, la llave y el marco.

Estuve un buen rato escuchando ante la puerta del 5 A. No se oía ruido alguno por los pasillos, ni tampoco detrás de aquella puerta cerrada. Comprendí con un vértigo de temor y de pena renovado que dentro de aquel piso no volvería a haber vida. Al menos no para mí.

Sin embargo, había habido mucha vida en otros momentos. Todo se vino abajo para quebrarse en unos pocos y únicos instantes que ahora suponían una amenaza mortal e irreal.

Avancé sin hacer ruido por el pasillo alfombrado y bajé las escaleras. Desde la altura del rellano del primer piso apenas podía ver parte de la cabeza entre gris y calva del encargado de la centralita. No se había movido, y si se comportaba como siempre, no se movería.

Bajé sin hacer ruido el último tramo de escaleras y crucé sigilosamente sobre la alfombra del vestíbulo hasta la puerta. Allí, en la puerta, me volví a mirar mientras la abría. Nadie vigilaba ni tampoco había nadie a la vista.

Una vez en la calle anduve varias manzanas y luego, en una parada de una esquina, cogí un taxi. Di al taxista una dirección a dos manzanas del lugar al que supe automáticamente que quería ir. Estaba un kilómetro y medio más allá.

Cuando salí del coche y llegué al edificio al que había decidido ir, todo estaba tan en silencio como en el de Pauline.

Allí no había ascensor automático como en el de Pauline, y no quería que me viera nadie en aquellas condiciones. De modo que subí andando hasta el apartamento, en el cuarto piso. Llamé al timbre y de repente tuve la convicción de que nadie me abriría.

Pero sí.

La puerta se abrió y me encontré ante el rostro amable, inteligente, firme y un tanto curtido de Steve. Iba en bata y en zapatillas. Al verme abrió más la puerta y entré.

—Tienes un aspecto fatal —me dijo—. ¿Qué pasa?

Pasé por su lado, entré en la sala de estar y me senté en un gran butacón.

—No tengo derecho a venir aquí, pero no tenía otro sitio adonde ir.

Había entrado en la sala de estar detrás de mí y me preguntó, sin inmutarse:

—¿Qué ha pasado?

—¡Dios! No lo sé. Dame una copa.

Steve me dio una copa. Cuando me dijo que iba a llamar para que le subieran hielo, lo detuve.

—No metas a nadie más en esto —dije—. Acabo de matar a alguien.

—¿Sí? —Se quedó esperando—. ¿A quién?

—A Pauline.

Me miró con intensidad, se sirvió una copa y le dio un par de sorbitos pequeños sin dejar de mirarme.

—¿Estás seguro?

Aquello era demencial. Contuve una carcajada salvaje y, en vez de eso, le solté, seco:

—Estoy seguro.

—Muy bien —dijo despacio—. Se lo estaba ganando. Tendrías que haberla matado hace tres años.

Le dirigí la mirada más larga y con más intención que le había dirigido jamás. En el hermetismo de su rostro apuntaba un acerado filo de burla. Comprendí lo que le rondaba por la cabeza: «Era una perdida, ¿por qué te molestas por ella?», y sabía lo que me rondaba a mí por la cabeza: «Tal vez yo sea la persona que está más sola en este mundo».

—He venido aquí porque es probable que ésta sea mi última salida, Steve —le dije—. Me enfrento a…, bueno, a todo. Pero pensé que… ¡Demonios, no sé lo que pensé! Pero si crees que hay algo que deba hacer…, bueno, pensé que tal vez tú supieras qué es.

—Se lo merecía —repitió con calma Steve—. Era una vulgar payasa de segunda.

—No hables así de Pauline, Steve. Era una de las mujeres más buenas y generosas que han existido.

Se terminó su copa y la dejó como al desgaire.

—¿De veras? ¿Y por qué la mataste?

—No sé, simplemente no lo sé. De aquí iré a ver a Ralph Beeman; y después a los polis, y después supongo que a prisión o incluso a la silla. —Me terminé la copa—. Perdona que te haya molestado.

Steve hizo un gesto con la mano.

—No seas tonto —dijo—. Olvida esa historia de la cárcel. ¿Qué me dices de la organización? ¿No sabes lo que pasará en el mismo instante en que te veas metido en un problema grave?

Me miré las manos. Estaban limpias, pero habían podido más que yo. Y comprendí lo que iba a pasar en la organización al minuto de no estar yo allí o de que me viera envuelto en un problema de aquel tipo.

—Sí —le dije—. Sí lo sé. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer?

—¿Quieres luchar o prefieres rendirte? No eres el primer tío de este mundo que se ha visto metido en un jaleo. ¿Qué quieres hacer? ¿Vas a presentar batalla o pretendes darte por vencido?

—Si existe alguna oportunidad, la aprovecharé.

—Si pensase que ibas a hacer otra cosa no te conocería.

—Y además, no es sólo la organización, por grande que sea. También está mi cuello, por supuesto. Y quiero salvarlo, naturalmente.

—Por supuesto —dijo Steve. Y yendo a lo práctico, añadió—: Bien, dime qué pasó.

—No podría detallártelo. Apenas si lo sé.

—Inténtalo.

—Esa zorra. ¡Oh, Dios santo! Pauline…

—¿Sí?

—Dijo que yo…, la verdad es que nos acusó a los dos, pero es algo absolutamente fantástico. Me había tomado unas copas y ella debía de llevar también unas cuantas. Dijo una cosa sobre nosotros. ¿Puedes creerlo?

Steve no se inmutó.

—Ya sé lo que diría. Es muy capaz. ¿Y después? —preguntó.

—Eso es todo. Le pegué en la cabeza con algo. Un frasco de coñac. Puede que dos veces. O tres. Puede que diez. Sí, un frasco de cristal tallado. Y borré las huellas que pude haber dejado. Debía de estar loca, ¿no crees tú?, para decir una cosa así… A veces se dedicaba a hacer de buscona de lujo por ahí, Steve, ¿te lo había dicho alguna vez?

—No hacía mucha falta.

—De modo que la maté. Antes de darme cuenta. Dios, no tenía ninguna intención de hacer una cosa así. Medio minuto antes, ni imaginarlo. No lo entiendo. Y ahora la organización va a tener problemas, problemas serios. ¿Ya te lo había dicho?

—Me lo habías dicho, sí.

—Bueno, esta noche, durante la cena, ya estaba seguro. Y ahora esto. ¡Oh, Dios mío!

—Si quieres que se salve todo el tinglado tienes que mantener la cabeza fría. Y los nervios. Sobre todo los nervios.

De improviso, y por primera vez en cincuenta años, se me llenaron los ojos de lágrimas. Qué vergüenza. Casi no podía verlo. Le dije:

—De mis nervios no te preocupes.

—Así se habla —dijo Steve sin alterarse—. Y ahora quiero que me cuentes los detalles. Quién te vio entrar allí, en el apartamento de Pauline. ¿Estaba el portero, o el de la centralita? ¿Quién te llevó allí? ¿Cómo te marchaste? Quiero saber hasta el más mínimo detalle de lo que pasó, lo que ella te dijo y lo que tú le dijiste a ella. Lo que hizo ella y lo que hiciste tú. Dónde estuviste esta noche antes de ir a su casa. Entretanto te prepararé ropa limpia. Tienes la camisa y los pantalones salpicados de sangre. Me desharé de ellos. Así que vamos allá.

—Muy bien —dije—. Estuve cenando en casa de los Wayne. Y parecía que no existiera otro tema de conversación que el tremebundo follón en que se está metiendo Empresas Janoth. ¡Dios! ¡No sabes lo encantados que estaban con mis dificultades! No podían pensar ni hablar de otra cosa.

—Eso puedes ahorrártelo —dijo Steve—. Ve al grano.

Le conté que cuando me había marchado de casa de los Wayne, Bill me llevó en el coche hasta la de Pauline.

—De Bill no tenemos que preocuparnos —dijo Steve.

—¡Dios! —le interrumpí—. ¿De verdad crees que podré salir de ésta?

—Dijiste que habías limpiado las huellas del frasco, ¿verdad? ¿En qué más pensabas cuando lo hacías?

—Fue algo automático.

Hizo un gesto con la mano, como para desechar ese argumento.

—Cuenta.

Le conté todo el resto. Que había visto a aquel desconocido que acompañó a Pauline y que después habíamos tenido una pelea en su piso, que ella me había dicho esto y yo le había dicho aquello y lo que sucedió después. Se lo expliqué todo lo mejor que pude recordar.

Finalmente, Steve me dijo:

—Bueno, todo parece estar correcto salvo una cosa.

—¿Qué?

—El tipo que te vio entrar en el edificio con Pauline. No te vio nadie más, pero él sí. ¿Quién era?

—Te he dicho que no lo sé.

—¿Y él te reconoció?

—No lo sé.

—Sólo hay una persona en el mundo que te vio entrar en casa de Pauline, ¿y no sabes quién era? ¿Ni siquiera sabes si te conocía, o si te reconoció?

—No, no, no. ¿Por qué? ¿Tan importante es?

Steve me lanzó una mirada insondable. Buscó lentamente un cigarrillo, alargó lentamente el brazo para coger una cerilla y encendió el pitillo. Después de expulsar la segunda bocanada de humo con la misma lentitud y de apagar y tirar la cerilla con aire pensativo, exhaló a conciencia una tercera carga de los pulmones, se volvió y me dijo:

—Puedes jurar que lo es. Cuéntame todo lo que sepas o puedas saber de ese individuo. —Tiró la ceniza en el cenicero—. Absolutamente todo. Puede que tú no lo sepas, pero es la clave del montaje que hagamos. De hecho, Earl, él es quien marca la diferencia. Toda la diferencia, prácticamente.

STEVE HAGEN

Revisamos aquella velada de arriba abajo. Observamos hasta el último segundo con un potente microscopio. Cuando terminamos, yo sabía tan bien lo que había pasado como si hubiese estado allí presente, y eso era mucho más de lo que sabía Earl. Era un lío tan típico de él que, después del susto inicial, nada en todo el asunto me sorprendía de verdad.

También era típico que su mente simple no captase del todo lo mucho que estaba en juego y el grave peligro en que se había metido. Típico, también, que no tuviese ni idea de cómo controlar la situación. Ni de lo rápido que tendríamos que trabajar. Ni cómo.

La doncella de Pauline no volvería al apartamento hasta el día siguiente a última hora de la tarde. Había muchas probabilidades de que no se descubriese el cuerpo hasta entonces. Entonces, la primera persona a la que la policía iba a investigar en serio sería Earl, puesto que su relación con ella era de dominio público.

Yo tendría que declarar que Earl había estado conmigo durante todo el período peligroso, y eso tendría que sostenerse en firme. Contábamos con Billy para corroborarlo.

Al salir de casa de los Wayne, Earl había venido aquí directamente. Billy le trajo en el coche y a continuación se tomó el resto de la noche libre. Todo eso estaba claro, era perfectamente seguro.

Habría toda clase de pruebas de las visitas anteriores de Earl al apartamento de Pauline, pero ninguna que demostrase la última. Incluso yo había ido allí un par de veces. Tenía visitas continuas que entraban y salían, tanto hombres como mujeres. Pero tras la aprensiva descripción de los hechos que me había hecho Earl, tenía claro que las heridas descartaban a una mujer.

La historia que yo tendría que mantener para cubrir a Earl la iban a escudriñar por delante y por detrás. Y a mí otro tanto. Eso no se podía evitar. El asunto era tan mío como de Earl, y puesto que no se podía confiar en que él protegiera bien nuestros intereses comunes, tendría que hacerlo yo.

Daba la impresión de que para él no significaba nada la perspectiva de volver a trabajar en revistas sólo aptas para el cubo de la basura, publicadas desde una oficina editorial con el alquiler atrasado, y cobrar a base de promesas, cheques sin fondos o por pura suerte. Es que ni siquiera pensaba en eso. Pero yo sí. El olfato que tenía Earl para captar los deseos del público lector era muchísimo más valioso que los caudales que atesoraban los bancos. Sin embargo, al lado de ese don de visionario, estaba cargado de antojos, escrúpulos, manías filosóficas y un sentido del humor extraño que a veces empleaba incluso conmigo. Todo eso tenía su utilidad en las discusiones de negocios o en las reuniones sociales, pero no ahora.


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Si fuera necesario, si la situación se pusiera demasiado peliaguda, tendría que atraer parte de la atención sobre mí. Me lo podía permitir. Uno de nuestros hombres, Emory Mafferson, me había llamado por teléfono aquí más o menos a la misma hora en que a Earl le daba aquel berrinche que tan caro iba a costar. Y ésa era una coartada real.

El problema más apremiante, lo mirara por donde lo mirase, resultaba indefectiblemente el gran signo de interrogación del testigo desconocido. Ningún otro ser vivo había visto a Earl, sabiendo que era Earl, después de que se marchara de aquella cena. Se lo pregunté por décima vez:

—¿No encontraste nada que te resultase familiar en el individuo que viste?

—Nada. Estaba en la parte oscura de la calle. Y la luz le daba por la espalda.

—¿Y no tienes ni idea de si él te reconoció a ti?

—No. Pero yo estaba a plena luz del portal. Si me conocía, tuvo que reconocerme.

Volví a considerar el tema desde todos los ángulos.

—O podría reconocerte en algún momento —concluí—. Si ve tu cara en los periódicos como una de las personas sospechosas. Tal vez. Y tal vez podamos ocuparnos de que las fotos no sean buenas. Pero ojalá tuviera algo en claro para actuar. Algo en lo que apoyarme en cuanto la historia se publique. Para poder ir siempre un par de pasos por delante de los demás, incluida la poli.

Todo lo que sabía era que Pauline dijo que aquel hombre se llamaba George Chester. Puede que ése fuera su nombre verdadero, pero conociendo a Pauline resultaba muy poco probable. El nombre no aparecía registrado en la guía de teléfonos de ninguno de los cinco distritos de Nueva York, ni en ninguna de las de los suburbios de las afueras. Dijo que se dedicaba a la publicidad. Eso podía significar cualquier cosa. Casi todo el mundo andaba metido en eso.

Habían ido a un local de la Tercera Avenida llamado Gil’s que, por alguna razón, se parecía a una fundación arqueológica. Eso sonaba a auténtico. No sería difícil identificar el local.

Habían estado en una tienda de antigüedades de la Tercera Avenida, donde el hombre en cuestión compró un cuadro pujando en competencia con una mujer que al parecer había entrado en la tienda así sin más, igual que ellos. No sería complicado localizar la tienda y sacarle algo más al propietario. El cuadro representaba dos manos. El título, o el tema de la pintura, tenía que ver con Judas. El pintor se apellidaba Patterson. El lienzo tenía aspecto de haber salido de un cubo de basura. De allí habían ido al salón de cócteles del Van Barth. Allí no sería difícil encontrar alguna otra pista de nuestro personaje. Seguramente llevaba el cuadro consigo. Puede que incluso lo dejase en el guardarropa.

Pero la tienda de antigüedades me parecía el rastro más seguro. Habría que tener una de esas conversaciones inanes sobre el cuadro, pero aunque el propietario no conociera ni al comprador ni a la otra mujer, tenía que haber oído lo suficiente como para ofrecernos nuevas pistas del fantasma aquel que buscábamos. El simple hecho de que hubiera entrado en el local y luego sólo comprase aquel objeto, un objeto que parecía más digno de ir a parar a un incinerador, ya era un dato que confería un perfil individualizado a nuestro paseante. Así que dije:

—¿Qué clase de persona haría una cosa así, comprarse una porquería en un agujero cualquiera?

—No lo sé. Demonios, ¡yo mismo, si me entrasen ganas!

—Bueno, pues a mí no me entrarían. Pero tenemos otro hilo que seguir. Es más que probable que podamos llegar al pintor. Seguro que encontramos alguna referencia en nuestros propios archivos. Es posible que el hombre que buscamos sea un gran admirador de ese artista, sea quien sea. Localizaremos a ese Patterson y sabremos la historia de ese cuadro en particular. Dos manos. Pan comido. Puede que haya miles de telas como ésa por la ciudad, hasta millones, pero si sabemos lo que buscamos, encontraremos a alguien que sea capaz de reconocerla después de hacerle una buena descripción. Y después de eso ya podremos seguirle el rastro hasta el dueño actual.

Earl había salido por fin del shock inicial. Su aspecto, sus movimientos, su voz y sus ideas eran ya las propias de su manera de ser.

—¿Y cómo vamos a encontrar a ese tipo antes que la policía? —dijo.

—¿Para qué tenemos dos mil hombres si no?

—Sí, claro. Pero eso no significa…, después de todo…, ¿eso no equivale a levantar sospechas en muchísima más gente?

Yo ya había pensado en un modo de poner a toda la organización manos a la obra sin que eso pudiera relacionarse con la muerte de Pauline.

—No. Sé la manera de evitarlo.

Se quedó un momento pensándolo y después dijo:

—No tienes por qué hacer todo esto. ¿Por qué no te desentiendes del asunto? La cosa es seria.

Lo conocía tan bien que sabía que me lo iba a decir, casi palabra por palabra.

—Ya lo he hecho otras veces antes, ¿no? E incluso más.

—Sí, ya lo sé. Pero es que tengo una maldita forma de corresponder a tu amistad. Parece como si quisiera exprimirla más y más. Con más riesgos. Más sacrificios.

—Por mí no te preocupes. El único que corre peligro eres tú.

—Confiemos en que tú no. Pero me temo que lo correrás si tienes que proporcionarme una coartada y dirigir la búsqueda de ese individuo que no conocemos.

—Yo no voy a dirigir la búsqueda. Será mejor que otra persona se encargue de eso. Yo me quedaré entre bastidores. —Sabía que el propio Earl acabaría siendo nuestro peor dolor de cabeza. Así que pensé que lo mejor sería superar el primer obstáculo desde el primer momento—. En primer lugar, quiero que te mantengas alejado del asunto todo lo que puedas. ¿No te parece que es lo mejor? —Asintió en silencio y yo añadí muy despacio, como si se me acabara de ocurrir—: Después, cuando tengamos localizado a nuestro personaje, nos interesa tener otro equipo de gente completamente distinta para tratar con él.

Earl levantó la mirada de los nudillos anchos y peludos de sus dedos, que parecía estar estudiando. En ningún momento, ni siquiera cuando más afectado se le veía, había perdido la expresión jovial de su rostro. Me pregunté si también habría parecido que sonreía cuando mató a aquella mujer. Pues claro que sí.

La pregunta que se había ido formando en aquella mente lenta e imposible que tenía acabó por saltar:

—Por cierto, ¿qué va a pasar cuando localicemos a esa persona?

—Eso depende. Cuando se descubra el asunto, puede que acuda inmediatamente a la policía. En ese caso nuestra coartada se sostiene, y nuestra línea argumental será: este hombre dice que te vio en el escenario del crimen, pero ¿qué estaba haciendo él allí? Eso lo hace tan sospechoso como a ti. Y nosotros lo haremos más sospechoso todavía. Porque ya sabemos, por ejemplo, que pasó buena parte de la noche con Pauline.

Los ojos grandes, redondos, de Earl se quedaron inmóviles un instante, como sin comprender, y después volvieron a la vida.

—Por Dios, Steve. Me pregunto si… no. Supongo que eso lo dirás para asustarlo y quitarlo del medio.

—Míralo de este modo —le dije—: si el caso llega a los tribunales y el tipo insiste en aparecer como testigo, seguiremos esa línea. Tus movimientos están certificados: yo estaba contigo. Pero él, ¿qué hacía allí? ¿Qué nos dice de esto y de lo otro, de todas las cosas que iremos descubriendo sobre él mucho antes del juicio? La acusación contra ti no se sostendrá.

Earl comprendió que le había omitido alguna cosa importante y vi que su mente se esforzaba por descubrir qué era. Esperé a que terminara de pensarlo, porque sabía que no tenía pérdida. Por fin dijo:

—Está bien. Pero ¿y si no acude a la policía en cuanto se conozca el caso? ¿Entonces qué?

No quería que se pusiera todavía más histérico, si es que eso era posible. Ni siquiera quería que se pusiera nervioso. Dije, sin inflexión alguna:

—Si nosotros lo encontramos primero, tenemos que jugar sobre seguro.

—Bien. ¿Y eso qué significa?

Se lo expliqué con detalle:

—Está claro que podemos hacer que lo vigilen. Pero nunca sabríamos de qué se había percatado y de qué no, ¿verdad? Y seguro que no podríamos saber qué haría a continuación.

—Bien. Eso lo entiendo.

—Bien. ¿Qué se puede hacer con un hombre así? Es una amenaza permanente para tu seguridad, para tu posición en la vida, para tu lugar en el mundo. Es un peligro constante para tu misma vida. ¿Podrás aguantar mucho una situación tan intolerable?

Earl me dirigió una mirada larga, ansiosa, casi atemorizada.

—Eso no me gusta —dijo con aspereza—. Ya hemos tenido un accidente. No quiero otro. No. No, si he entendido a qué te refieres.

—Lo has entendido.

—No. Sigo siendo un hombre.

—¿Sigues siéndolo? En este asunto hay millones de dólares en juego, y todo por culpa de tu mal genio incontrolado y de esa estupidez tuya, que tal vez Dios pueda perdonarte. Tuya, y no mía. Así que, además de idiota, ¿ahora eres un cobarde?

Se quedó sin saber qué decir y empezó a buscar un cigarrillo. Dio con uno y consiguió encenderlo con mi ayuda. Y, finalmente, soltó en tono áspero y ronco:

—No estoy dispuesto a aceptar el asesinato de un hombre a sangre fría.

Y como si me hubiera leído el pensamiento, añadió:

—Ni tampoco a tomar parte alguna en algo así.

Le respondí en tono sensato:

—No te comprendo. Tú sabes en qué mundo vivimos. Y siempre has formado parte de él. Sabes qué haría contigo cualquiera de los de Devers & Blair, Jennett-Donohue, Bacon, cualquiera que esté por encima de un director editorial en cualquiera de esas empresas si pudiera apretar un botón contra ti sabiéndose a salvo.

—No. Yo no lo haría. Y tampoco creo que lo hicieran ellos.

Se equivocaba, por supuesto, pero era inútil discutir con un niño prodigio de edad madura. Sabía que al día siguiente ya podría ver las cosas a la luz de los hechos.

—Bueno, no hará falta llegar a tanto. Sólo era una sugerencia. Pero ¿por qué estás tan preocupado? Tú y yo ya hemos visto pasar estas cosas otras veces, y hemos ayudado a hacer prácticamente de todo por muchísimo menos dinero. ¿Por qué tantos escrúpulos ahora?

Pareció que se atragantaba.

—¿Alguna vez habíamos llegado tan lejos?

—Nunca habías estado en una situación así, ¿verdad? —Ahora estaba pálido como la cera. No podía ni hablar. Por Dios santo, iba a tener que vigilarlo como un halcón y cuidar de él a cada minuto—. Déjame que te pregunte una cosa, Earl, ¿estás dispuesto a retirarte a una penitenciaría a escribir tus memorias en aras de la moralidad? ¿O prefieres comportarte como un adulto, ser un hombre en un mundo de hombres y asumir todas tus responsabilidades, y no sólo las ventajas? —Sentía más aprecio por Earl del que he sentido nunca por nadie en el mundo, excepto por mi madre. Lo apreciaba de veras, y tenía que conseguir a toda costa que los dos saliésemos con bien de aquello—. No, nunca habíamos llegado tan lejos. Ni volveremos a hacerlo nunca más si usamos la cabeza.

Con aire ausente, Earl dio una calada a su cigarrillo.

—Morir de pobreza, de hambre, de una plaga o por la guerra supongo que son hechos a una escala tan grande que la responsabilidad no se puede atribuir a nadie, aunque yo personalmente he luchado siempre contra esas cosas a través de unas cuantas revistas decididas a barrerlas todas y cada una de ellas, juntas o por separado. Pero una muerte en particular, la muerte de un individuo concreto. Eso es algo completamente diferente.

Se había reducido voluntariamente al nivel intelectual de nuestros redactores, una actitud curiosa que yo ya había visto antes. Me arriesgué y dije:

—Tal vez podríamos jugar nuestras cartas de una manera más sencilla. Pero lo que está en juego es algo más que tu moralidad particular, tu filosofía personal o tu vida privada. Está en juego toda la puñetera organización. Si a ti te borran del mapa, a ella también. Si tú te hundes, se hundirá contigo todo el tinglado. Una riada de absurdidades industriales inundará el mercado.

Earl se puso en pie y empezó a recorrer lentamente la habitación. Pasó un buen rato antes de que me respondiese.

—A mí se me puede sustituir, Steve —dijo—. No soy más que una pieza del engranaje. Una de las buenas, pero sólo una pieza.

Eso estaba mejor. Eso estaba más en su línea. Como lo conocía, le dije:

—Sí, pero si tú te rompes, se romperá un montón de piezas más. Cada vez que una organización tan grande como ésta se hace pedazos (y eso es lo que podría pasar), hay una enorme cantidad de personas inocentes a quienes todo, sus planes, sus casas, sus sueños y aspiraciones, el futuro de sus hijos, todo, se puede hacer pedazos con ella. A mí, por ejemplo.

Me lanzó una rápida mirada. Yo habría apostado a que él sería el primo que se sacrificaría por el bien de la mayoría. Y cuando habló al cabo de un rato muy, muy largo, supe que en el fondo había recuperado la sensatez.

—Bueno, muy bien —dijo—. Lo comprendo, Steve. Supongo que lo que tiene que ser, tiene que ser.

GEORGE STROUD, VI

La abominación del lunes por la mañana es el mayor denominador común de todo el mundo. Es lo mismo para el millonario que para el paria, porque no puede haber nada peor. Pero yo sólo iba con un cuarto de hora de retraso respecto del gran reloj cuando me senté a desayunar, comentando que las ciruelas de esta mañana habían crecido muy deprisa desde las pasitas del bizcocho de anoche. La mesa temblaba y vibraba rítmicamente con el tamborileo constante de los pies de Georgia. Volvió a venirme el pensamiento de que un niño bebiendo leche tiene la misma expresión vacía y satisfecha que la vaca bien alimentada que la produjo. Hay ahí un auténtico parentesco espiritual.

Era una bella mañana soleada, de auténtica primavera, una primavera para siempre. Empezaba mi segunda taza de café y hacía planes para arreglar el jardín cuando Georgette me dijo:

—George, ¿has visto el periódico? Hay una noticia terrible de una mujer que me parece que conocimos. En casa de Janoth.

Esperó mientras yo cogía el periódico. No tuve que buscar mucho. Habían encontrado a Pauline Delos asesinada. Era la noticia principal de la primera página.

Como no entendía nada ni me lo creía, leí los titulares dos veces. Pero la foto era de Pauline.

La noticia decía que habían encontrado el cuerpo sobre el mediodía del domingo, y que la muerte se había fijado alrededor de las diez de la noche anterior. Sábado. Yo la había dejado sobre esa hora.

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