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Authors: Angus Donald

El hombre del rey

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Durante su regreso a Inglaterra tras la memorable batalla de Acre, y dando la Cruzada por concluida, el rey Ricardo Corazón de León se enfrenta ahora a la enemistad de todos los príncipes europeos, pero en particular a la lucha por el trono con su hermano Juan, que desemboca en poco menos que una auténtica guerra civil. Cuando cae prisionero, parece que el futuro del rey y de su reino está ya sellado. Sólo un hombre, un proscrito, un impío conde sin escrúpulos parece estar en condiciones de salvarlos a ambos: Robin Hood. Y Robin y sus hombres no se arredrarán ante la necesidad de volver a su vida de proscritos para llevar a cabo la misión que se han propuesto.

Angus Donald

El hombre del rey

Robin Hood - 3

ePUB v1.0

Crubiera02.05.13

Título original:King’s Man. The outlaw chronicles

Angus Donald, 2011.

Traducción: Francisco Rodríguez de Lecea

Diseño portada: Tim Byrne

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.1

Para mi querida hija Emma, con océanos de amor.

Castillo de Nottingham. Marzo de 1194

Primera parteCapítulo I

Oigo ecos de cantares que llegan flotando por el patio desde el granero grande; ecos tenues, pero cálidos y confortantes, como los últimos destellos de un sueño agradable para el hombre que despierta de un sopor profundo. He dejado que los convidados al festín de la boda se divirtieran a su antojo. La novia, Marie, y su flamante marido, Osric, y docenas de amigos y vecinos, bailaron hasta bien entrada la noche oscura. Les he provisto de cerveza y vino, más de lo que podrían beber en media docena de bodas, y maté dos corderos míos y una marrana enorme, y los tres animales sacrificados han pasado la tarde asándose a fuego lento en el patio, de modo que habrá carne de sobra para la pareja de recién casados y todos los invitados, ya medio borrachos. Pero me he apartado del gentío cuando han empezado a beber en serio y a aflojarse los cintos; no quería que me pidieran que tocara y cantara para ellos. Mi voz es un poco más débil, cosa normal ahora que estoy a punto de cumplir los sesenta años, pero aún me siento orgulloso de mi talento comotrouvère. Soy un compositor hábil, cuido de mis delicadas cuerdas vocales y no estoy dispuesto a mugir como una vaca pariendo para divertir a unos aldeanos borrachos: yo que he improvisado versos junto a un rey y he mantenido en vilo, pendientes de mi arte, a nobles señores y prelados de toda la cristiandad.

Pero lo cierto es que otra razón oculta me ha empujado a retirarme aquí, a mis aposentos privados situados en un extremo de la gran mansión de Westbury, donde, con una pluma recién cortada y con tinta de agallas de roble, confío estas palabras al pergamino: no me gusta Osric, el novio.

Ya está, lo he confesado. Es difícil decir con exactitud por qué razón no me gusta. Es un hombre sencillo, ordinario, de panza gruesa, con una jeta puntiaguda e inquisitiva como la de un topo y brazos cortos y rechonchos, y creo que será un buen marido para Marie, mi nuera, viuda de mi hijo. Él vino hace un año a Westbury como mi administrador, y ha trabajado bien para mí en ese puesto; ha conseguido que las tierras —las únicas que poseo en la actualidad— estén bien explotadas y dejen beneficios en dinero contante y sonante cada año. Pero no me inspira confianza; hay en él un disimulo que me repele. Sus gestos son furtivos. Creo, en lo profundo de mi corazón, que codicia mi posición como señor de esta mansión, y a veces le sorprendo mirándome furtivamente mientras comemos juntos en familia en la larga mesa de la sala, y adivino un destello de envidia oculto en sus ojos pequeños. Puede no ser otra cosa que una manía de viejo, pero no lo creo así… Creo que, a pesar de la amabilidad que me prodiga y de que le haya permitido casarse con la viuda de mi hijo Robin, a Osric le gustaría acelerar mi tránsito a la tumba y sentarse él mismo en la cabecera de esta larga mesa, adulado por mis sirvientes y saludado por todos en esta casa como «el señor».

Iré más lejos: estoy convencido de que se propone matarme.

«¡Bah, qué tontería!», os diréis a vosotros mismos. La sesera del viejo barba gris está tan seca como un huevo de pato del año pasado. Y es verdad que cargo ya con el peso de muchos años, y que a veces olvido los nombres de los holgazanes que me rodean y suspiro demasiado al recordar los días brillantes del tiempo pasado. Pero conozco la traición: en otro tiempo traicioné a quienes habían puesto en mí su confianza. Y veo la mirada de un traidor, de un Judas maldito de Dios, en la cara de Osric. Para asestar un golpe decisivo, uno ha de colocarse cerca de su presa, y Osric está ahora tan cerca de mí como pueda desearlo.

Desde luego, mi muerte no le convertiría de inmediato en el señor de esta mansión; si yo muriera, mis propiedades pasarían a mi legítimo heredero, mi nieto de nueve años, llamado Alan igual que yo, que se encuentra ahora en el Yorkshire aprendiendo las habilidades de un caballero: el combate a caballo y a pie, bailar, cantar y componer versos, hablar y escribir en latín, jugar al ajedrez y comportarse con elegancia en la mesa, entre otras innumerables habilidades propias de la caballería.

Pero un señor feudal de su edad es frágil, y fácil de controlar: su madre, Marie, tendría autoridad legal sobre él, del mismo modo que Osric, por el hecho de ser ahora su marido, tendría autoridad sobre ella. ¿Quién sabe lo que podría hacer Osric entonces? El niño podría sufrir un «accidente» fatal o bien ser encerrado durante años en una mazmorra oscura mientras Osric maneja a su voluntad las riquezas de mis tierras. ¿Quién puede saberlo?

He releído las palabras que acabo de escribir, y tal vez al lector le parezca que soy un cobarde que tiene miedo de Osric. Pero no es eso; he demostrado mi valor en más ocasiones de las que puedo recordar. Con todo, he decidido no aferrarme a las palabras, y dejar que sean mis sentimientos los que se expresen, porque he prometido que en este relato de mi vida, el relato que ahora garabateo con mi mano ya vieja, diré la verdad y siempre la verdad. Puede que tema un poco a Osric, y desde luego desconfío y recelo de sus intenciones. Por las noches no puedo dormir cuando pienso en él y en lo que podría hacernos a mí y a las personas que amo. Pero no puedo hacer nada; no puedo matarlo por una simple sospecha, y tampoco puedo expulsar de mi casa al marido de mi nuera; Marie nunca me lo perdonaría, y ¿quién se ocuparía entonces de los asuntos de Westbury? No, tengo que esperar, observar y mantenerme siempre en guardia.

Y debo seguir mi historia ahora, mientras la casa está vacía y silenciosa, porque ésta no es la historia de las oscuras ambiciones de Osric, ni la de Marie, ni siquiera la del pequeño Alan, la delicia de mis años postreros: es mi historia y la de las aventuras que corrí en los tiempos del buen rey Ricardo, al que llamábamos Corazón de León. Yo era entonces un hombre joven, lleno de savia nueva, fuerte de cuerpo y de mente, que no temía nada salvo la ira de mi señor, Robert Odo, el conde de Locksley, más conocido por la gente común de Inglaterra con el nombre de Robin Hood, un guerrero salvaje, un ladrón sin escrúpulos, un hereje condenado por la Iglesia y, que Dios Todopoderoso me perdone, durante largos años mi buen y leal amigo.

♦ ♦ ♦

El centinela era joven, un muchacho de apenas dieciséis o diecisiete años, pero lo bastante mayor para morir. Lo observé mientras paseaba arriba y abajo por el camino oscuro y bacheado que desde mi posición se dirigía al norte, hacia la cima de la colina, y advertí que su actitud, en aquellos preciosos últimos instantes suyos sobre esta tierra, era la de un aburrimiento resentido. Llevaba en su puesto tal vez una hora, supuse a juzgar por la posición de la luna: le había visto salir cabizbajo del campamento hacia la medianoche, bostezando y desperezándose, y relevar de mal humor a un soldado de más edad, un veterano robusto que le despidió alegremente con una fuerte palmada en el hombro y se apresuró hacia las mantas cálidas que le esperaban en una de la veintena de tiendas de campaña, esparcidas por el prado, más abajo del sendero embarrado, que formaban el campamento enemigo plantado ante Kirkton.

El joven centinela había de ser relevado a su vez pasadas dos horas, pero para entonces, con la ayuda de Dios, ya estaría muerto. Pude distinguir la juventud en su rostro a la débil luz de la luna, una mancha pálida en la oscuridad, mientras se acercaba zancajeando por el sendero; cuando estuvo más cerca, vi que era feo: tenía una cara chupada y cubierta de granos; parecía un niño mohíno camino de la iglesia un día de fiesta, cuando habría preferido quedarse en casa a jugar.

De mal humor, dio una patada a una piedra, que rodó fuera del camino y fue a parar peligrosamente cerca del lugar donde estaba yo, tendido en la oscuridad, vestido de negro de la cabeza a los pies, con la cara untada de barro grasiento, al resguardo de una vieja y desmoronada tapia de piedra que formaba ángulo recto con el sendero. Por un instante, pensé que seguiría al guijarro, caído a sólo unos pasos de mi escondite, para darle otra patada. De haberlo hecho, sin la menor duda me descubriría, o se daría cuenta de alguna manera de mi presencia, y yo tendría que saltar sobre él, de frente y a plena vista, e intentar derribarlo antes de que diera la voz de alarma. Habría sido difícil. Para ser sincero, habría sido prácticamente imposible, porque yo llevaba atada a la cintura una cuerda sujeta a un saco grande, pesado y rezumante. Intenté no pensar en su repulsivo contenido.

Apoyé la espalda en la áspera piedra de la tapia, con las manos a los lados, sin apenas respirar, y con la punta de los dedos acaricié el mango de la daga colocada en mi bota. Era mi única arma, una hoja larga y muy fina de sección triangular, con una sólida guarda de acero y un mango de madera negra; el tipo de arma conocido como «misericordia», porque se utilizaba para rematar caritativamente a los caballeros malheridos en la batalla, dándoles elcoup de grâce. El caballero italiano en apuros que me lo vendió lo llamabastiletto, y aunque aceptó mis monedas de plata porque las necesitaba, me miró con recelo al hacerlo. Aquélla no era un arma honorable para una batalla; era un arma para un asesinato sórdido en la oscuridad de la noche, una herramienta para matar sin hacer ruido.


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El centinela adolescente pasó cerca de la tapia y siguió caminando arrastrando los pies, sin mirar siquiera hacia la oscuridad en cuyo fondo estaba yo agazapado, y reprimí un escalofrío mientras luchaba con el nudo que sujetaba la cuerda a mi cintura y conseguía por fin librarme de mi molesta carga. Mis ropas negras estaban empapadas; la túnica y la capa habían absorbido como una esponja toda la humedad del suelo, después de que cayera un chaparrón hacia la medianoche, mientras reptaba pulgada a pulgada sobre la hierba húmeda hasta el lugar en que me había emboscado, arrastrando detrás de mí el pesado saco. Me costó casi dos horas llegar a mi posición actual, reptando como una sabandija y encogiéndome en los pliegues más oscuros de aquel terreno de pastos situado bajo la ceja de la colina: cien metros más o menos de campo descubierto, salvo por el resguardo relativo de la mancillada tapia de piedra seca. Había avanzado la mayor parte de las veces aprovechando el momento en que los centinelas, primero el veterano robusto y ahora el chico, marchaban hacia el lado contrario, hacia lo alto del sendero, donde echaban un vistazo rápido a su alrededor antes de emprender de nuevo la bajada. Era como un juego del escondite letal, en el que yo no encontraba ninguna diversión. Cuando el centinela miraba en mi dirección, yo enterraba la cara en la hierba húmeda y me quedaba completamente quieto, confiando en mis oídos para saber si había sido descubierto. Era importante, me habían dicho, no mirar nunca directamente al centinela, porque al parecer los hombres poseen un instinto que les advierte cuando alguien les está observando, y hay quienes están más dotados que otros para distinguir un rostro en la oscuridad.

Y sin duda yo mismo podía sentir el calor de la mirada de otra persona clavada en mí: en aquel momento preciso, estaba siendo observado, pero no por el soldado imberbe que recorría el sendero delante de mí. Mi amigo Hanno, que había sido antes un famoso cazador en las selvas negras de Baviera y ahora era el jefe de los exploradores de nuestra pequeña banda de peregrinos guerreros, estaba subido a un árbol que se alzaba justo debajo de la línea del horizonte, a unos doscientos metros de distancia, con su cuerpo hábilmente pegado al tronco y las ramas como si fuera el de una serpiente, de modo que parecía formar parte del mismo árbol en la oscuridad. Yo sabía que me estaba observando, y esperaba que mi avance mereciera su aprobación. Me había enseñado todo lo que sabía sobre la forma de moverse con sigilo durante el largo viaje de regreso a casa desde Tierra Santa —a la luz del día y a oscuras, en el bosque, en la montaña y en el desierto—; y lo que él sabía sobre ese tema era mucho. También me había instruido, trabajosamente, durante muchos meses, en el arte de matar en silencio. Y me sugirió que fuera yo quien asumiera este encargo mortal para poner a prueba mis nuevas habilidades. En nuestra andrajosa banda, a todo el mundo le pareció una buena idea, excepto a mí. De modo que aquí estaba: empapado, helado, tendido en unos pastos llenos de mierda de oveja en mitad de la noche, con la cara embadurnada de barro, a la espera del momento idóneo para degollar a un niño desprevenido.

Oí al chico llegar al final de su recorrido, en la parte más baja del sendero, toser, escupir y volverse para reanudar despacio su camino de vuelta colina arriba. Quedaba fuera de mi vista, pero le oí llegar, más cerca que nunca de la tapia. Pasó de largo de nuevo, y entonces se detuvo de pronto a pocos pasos de mí. ¿Me había visto? Sin duda tuvo que oír los golpes desaforados de mi corazón en el pecho, como un gran tambor. Pero no, sólo había hecho una pausa para mirar despacio la uña luminosa de la luna que adornaba el cielo, para intentar adivinar la hora. Parecía tan exageradamente joven, pensé, aunque una voz me decía en mi interior que posiblemente era tan sólo uno o dos años menor que yo mismo. Se pasó de un hombro al otro la larga lanza que empuñaba, y con la mano libre se rascó los granos inflamados de las mejillas. Ahora estaba lo bastante cerca, a no más de dos pasos largos de distancia; lo suficiente para mi ataque, ahora que me había liberado del peso del saco rezumante. Y cuando se volvió para seguir su marcha, me dije a mí mismo que era el momento de alzarme y golpear. Puse mi cuerpo en tensión, flexioné los talones y coloqué mi mano en el puño de la daga, a la espera de que él empezara a moverse. Inspeccioné el área que nos rodeaba, estrechando los ojos y moviéndolos despacio para que ningún reflejo llamara la atención de algún observador; nadie se movía, el campo guardaba un silencio pétreo a aquella hora. Todo estaba claro. En el momento en que empezara a caminar de nuevo, aprovechando el ruido de sus propios pasos, me arrojaría sobre él como el gato de una granja al acecho de una paloma perezosa.

Pero el chico seguía inmóvil, vuelto a medias en mi dirección, y seguía mirando la luna como un bobo, mientras se hurgaba sin descanso la nariz. «Date la vuelta, date la vuelta de una vez, idiota —gritaba yo para mis adentros—. Date la vuelta y acabemos ya con esto». Pero él seguía plantado como una de aquellas estatuas de mármol que yo había visto en mis viajes por el Mediterráneo, y seguía mirando el cielo tachonado de estrellas y hurgándose la nariz.

Mi cuerpo estaba empezando a temblar, y no sólo por el frío y la humedad: mis músculos en tensión me exigían una acción inmediata. Quería moverme mientras aún conservaba impulso suficiente para cometer el asesinato: porque iba a ser un asesinato alevoso, a pesar de que la sobreveste negra que llevaba el muchacho, con los cheurones rojos en el pecho, lo señalaba como mi enemigo. Sabía en mi interior que aquella muerte a traición no era más digna que una ejecución vergonzosa, y me resistía a llevarla a cabo. No sería el primer hombre, ni el primer muchacho, al que había dado muerte; no, ni de lejos. Había matado antes muchas veces en mi joven vida, en el calor de la batalla y fuera de ella… Pero sentí que aquello era distinto. Ignominioso. No sólo era mi amigo Hanno quien me observaba desde lo alto; sentí que el propio Dios veía mis actos. Y el Señor de los ejércitos decía a mi conciencia, clara y distintamente, que aquello era un pecado mortal.

Sabía que Robin se habría echado a reír de poder leer mis pensamientos ante aquel homicidio: pensaría que yo era blando, afeminado como un cura. Se encogería de hombros con una media sonrisa si adivinara mis escrúpulos sobre el hecho de matar a aquel chico. Y sabía exactamente lo que me diría si se encontrara a mi lado: «Es necesario, Alan», susurraría, y luego me quitaría la misericordia de la mano y lo haría él mismo: con rapidez y eficiencia, sin perder un momento. Y no perdería ni un átomo de sueño, después.

Por fin el chico dejó de mirar la luna con la boca abierta, me volvió la espalda y dio un primer paso de mala gana sendero arriba. Yo tragué saliva, parpadeé y me forcé a mí mismo a ponerme en pie tan silenciosamente como pude en mi rincón oscuro, dejando en la sombra el pesado saco, pero sacando la daga de mi bota mientras me erguía. Tenía la mente casi en blanco, sólo pensaba «Ahora voy a hacerlo, ahora voy a hacerlo». Y al dar el primer paso vacilante, mi pie pisó un charco embarrado. Me quedé inmóvil y me afirmé sobre mis piernas vacilantes, pero mi víctima no había oído nada. De pronto el coraje bulló en mi interior como el agua en un cazo puesto al fuego: di rápidamente tres pasos, y me arrojé sobre su espalda; mi mano izquierda rodeó su cabeza para tapar su boca y su nariz, de modo que no pudiera emitir ningún sonido, y mi pecho impactó contra su espina dorsal. Cayó hacia delante sobre la hierba que crecía al borde del sendero embarrado; yo caí también encima de él, y el impacto de nuestro aterrizaje casi me hizo soltar la daga. Casi…, pero no la solté. Se revolvió con fuerza debajo de mí, pero yo tenía la hoja de la misericordia en la posición adecuada junto a su nuca, en el hueco de la base del cráneo, con la punta fina apoyada en los eslabones de malla de acero de su capucha, y empujé con un golpe seco hacia arriba, con fuerza, de modo que la hoja de veinte centímetros de largo y base triangular perforó la malla, la piel, el músculo, la médula espinal y penetró profundamente en los tejidos blandos del cerebro. Hice girar la misericordia a izquierda y derecha, como un hombre que revuelve con una cuchara unos huevos con manteca. Su cuerpo tuvo un último y poderoso espasmo bajo el mío; todos sus músculos se tensaron y luego se relajaron, y noté que se ensuciaba los calzones acompañando el repentino descenso de la mierda con un largo pedo. Pero después, loados sean Dios y todos sus santos, no se movió más.

Mi respiración jadeante me raspaba en la garganta, tenía la mano aplastada entre su cara y la hierba, mi corazón latía como si quisiera salir de mi pecho…, y deseaba con desesperación vomitar, mear, vaciar mis propios intestinos. Las lágrimas ardían bajo mis párpados, y tuve que reprimir aquellas urgencias indignas. Volví la cabeza, y miré por encima del hombro el campamento dormido. Todo estaba en silencio. Hasta el momento, al parecer, nadie se había dado cuenta de nada. Salvo por el cadáver inmóvil y sucio de mierda tendido bajo mi cuerpo, podía no haber ocurrido nada.

Extraje de su cabeza inerte mi daga resbaladiza, la froté en la hierba para limpiarla, la sequé en mi manga y volví a enfundarla en la vaina de cuero de mi bota izquierda. Vi que, en el espasmo de la agonía, el muchacho me había mordido el dedo corazón de la mano izquierda, pero no sentí dolor en aquel momento, mientras me vendaba rápidamente el dedo con una tira de tela rasgada de mi camisa. Luego saqué el cadáver fuera del sendero y, no sin dificultad, le quité la sobreveste negra y roja y me la puse sobre mis propias ropas negras empapadas. Le quité el casco, recogí su espada y su lanza, y lo puse todo a un lado. Luego fui a buscar el saco que había dejado junto a la tapia, lo abrí y saqué de su interior una enorme pieza pegajosa de carne y huesos, de cerca de medio metro de longitud, provista de orejas puntiagudas y ojos inmóviles en blanco; era la cabeza de un poni salvaje de los páramos, cortada justo debajo de la mandíbula cuadrada, y vaciada casi por completo de sangre. Miré a mi alrededor inquieto, al campamento dormido; nadie se movía aún.

Utilicé la espada del muchacho para cortarle la cabeza con tanta limpieza como pude, una tarea difícil en la oscuridad con una hoja larga e incómoda; serré y corté las vértebras, la tráquea y los músculos y tendones del cuello, procurando hacer el menor ruido posible. La espada era mala, sin filo, mellada, y con la empuñadura de madera suelta que golpeaba la espiga. No fue un trabajo limpio, y me aterraba que alguien oyera en el campamento el ruido sordo de mi carnicería chapucera, pero por fin acabé aquel sórdido trabajo y, procurando no mancharme la ropa, coloqué el cadáver descabezado en posición sentada en una zanja al lado del camino, y puse la cabeza del caballo sobre el tronco, entre los hombros, donde habría estado la del chico. Fijé en su lugar la cabeza del animal con la cuerda delgada que había empleado para atarme al saco; la pasé cruzándola por la frente del caballo, delante de las orejas, y la sujeté bajo las axilas del muchacho. Luego me senté y contemplé mi obra con un estremecimiento lleno de satisfacción. Era una visión realmente horripilante, fantasmal y extraña: el cuerpo de un hombre rematado por una gran cabeza de caballo. En cuanto a la del muchacho, la agarré por la larga cabellera y la arrojé tan lejos como pude, hacia la oscuridad. Sin duda la encontrarían al final, pero el aterrador cadáver con cabeza de caballo ya habría producido su efecto en los hombres que lo descubrieran.

Tracé la señal de la cruz sobre mi obra ensangrentada, para que su espíritu no se sublevara, murmuré una plegaria pidiendo perdón a san Miguel, el arcángel armado con la espada y santo patrón de las batallas, y recogí el casco, el cinto con la espada y la lanza de mi víctima. Luego empecé a subir por el sendero embarrado. Todo mi cuerpo se estremecía, mis pasos eran inseguros, y de repente apareció de la nada el dolor de mi dedo mordido, rugiendo como un oso furioso. Pasé la lanza a mi otra mano, y me apoyé en ella para combatir el mareo que hacía que mi cabeza diera vueltas. Mi víctima había sido algo más baja que yo, incluso antes de que le cortara la cabeza granujienta; y también ligeramente más delgada, pero calculé que en la oscuridad de la noche y a una distancia de cien metros más o menos, podría pasar por él ante un observador desprevenido. Finalmente conseguí controlar mi cuerpo y mi mente, y ahuyenté el recuerdo del crimen infernal que acababa de cometer; hundí ligeramente los hombros, e intenté imitar su modo de arrastrar los pies de mala gana mientras me alejaba de su cadáver mutilado.

Cuando llegué a lo alto de la colina, y me detuve un instante simulando inspeccionar la zona como un centinela concienzudo, oí sonar por tres veces la lúgubre llamada de un búho desde el árbol que se alzaba a mi derecha en la cresta de la colina. Y por primera vez en varias horas, sonreí.

Era la señal, un mensaje que me calentó el corazón como los mimos de una madre cariñosa.

De haber oído el ladrido agudo de una zorra al aparearse, el mensaje habría significado: «Corre para salvar la vida, has sido descubierto. ¡Corre!».

Pero la hábil imitación de Hanno de un búho cazando me decía que, por el momento, estaba a salvo. Y, en ese instante, le quise por aquello.

Podía imaginar su fea carota redonda, su amplia sonrisa asomando entre los cañones de una barba mal afeitada, y oír su voz de fuerte acento extranjero alabando mi forma de ejecutar un trabajo desagradable, difícil y sangriento; y me volví hacia el árbol en el que sabía que estaba escondido, apenas a ciento cincuenta metros del lugar en el que me encontraba yo ahora, en lo alto de la colina, y hube de resistir el impulso de alzar la mano para saludarlo. En lugar de hacerlo, giré sobre mis talones y caminé, osado, confiado incluso, con los faldones de la sobreveste rozándome las pantorrillas y la lanza apoyada con descuido en mi hombro izquierdo, colina abajo, apartándome del sendero embarrado y de mi amigo Hanno, hasta introducirme en pleno campamento enemigo.

♦ ♦ ♦

Caminé con determinación, en silencio pero en modo alguno a escondidas, por entre las tiendas de mis enemigos durmientes, con lo que esperaba que fuera una sonrisa despreocupada fija en mi rostro; aunque, desde luego, la noche era demasiado cerrada para que alguien viera mi expresión. Algunos fuegos de campamento aún humeaban entre las tiendas, y un puñado de hombres de armas dormitaban junto a ellos envueltos en mantas, o estaban sentados con los morros hundidos en sus jarras de cerveza. La noche serena de septiembre retenía un poco del calor del verano, pero la mayoría de los hombres se habían retirado a las grandes tiendas bajas de lana, dispersas casi por toda la superficie del campo abierto.


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En algún lugar del campamento, lo sabía, tenía a una amiga y compañera, una extraña mujer normanda de edad mediana llamada Elise. Se había unido a nuestra hueste en el camino hacia Tierra Santa, y se convirtió en la portavoz de las mujeres agregadas a nuestra columna en marcha. Era una curandera hábil, y sin duda había salvado muchas vidas en el largo viaje de ida y vuelta a Ultramar, cuidando a los heridos en las batallas. Algunos susurraban que tenía otras habilidades más oscuras y que podía ver el futuro, pero aunque yo hube de admitir que buena parte de sus profecías se habían convertido en realidad, siempre eran lo bastante ambiguas para poder ser interpretadas de varias maneras.

Mi señor había enviado a Elise al campamento dos días antes, para que leyera las palmas de las manos de los soldados y contara aquellas historias prodigiosas de las que ponen la piel de gallina en los fuegos de campamento…, pero sobre todo para sembrar de forma deliberada un miedo en particular en las filas enemigas. Esperaba que se encontrara sana y salva: de ser descubierta, sufriría una muerte lenta y dolorosa.

Yo había entreoído las órdenes de Robin el día antes de que Elise nos dejara para vagabundear por el campamento disfrazada de vendedora ambulante de baratijas; para ser sincero, mi intención había sido hacerme el encontradizo para convencer a mi señor de que yo no era el hombre adecuado para la tarea de eliminar al centinela; pero tuve la impresión de que él ya esperaba esa reacción por mi parte, y evitaba hablar conmigo.

—Elise, ¿estás segura de que puedes hacerlo, de que deseas hacerlo? —dijo Robin, con sus extraños ojos plateados fijos en ella y una expresión preocupada y amable en su rostro bien parecido. Eran los dos de la misma estatura, pero ella flaca como un junco, vestida con un desastrado sayal oscuro, que en tiempos fue verde, y con el rostro rugoso enmarcado por una masa de cabellos blancos y crespos. Su aspecto era el de una gigantesca semilla de diente de león.

—Oh sí, mi señor, puedo hacerlo. Es poca cosa, sólo contar unas cuantas historias junto al fuego.

—¿Y recuerdas bien qué historias has de contar? —preguntó mi señor.

—Sí, sí claro que lo recuerdo —dijo ella impaciente—. Espíritus de hombres muertos atrapados en el interior de los ponis salvajes de estas comarcas, monstruos con cabezas de caballo que rondan de noche y se apoderan de las almas de los hombres para entregárselas al diablo… ¡Uuuh! ¡Aaagh! —Hizo una serie de ruidos fantasmales con la garganta y engarfió los dedos en el aire como una loca. Su aspecto era ridículo, incluso cómico, pero en aquella tarde cálida de septiembre sentí que la sangre se me helaba durante un instante—. No os preocupéis, señor, todos tendrán pesadillas —siguió diciendo aquella mujer extraña—. Y tampoco habéis de preocuparos por mí, señor; no va a ocurrirme ningún mal. He visto la forma del futuro en un caldero hirviendo de sopa de sangre, y todo irá bien; vos tendréis vuestra victoria, señor. Recordad mis palabras. Una gran victoria después de una noche de fuego y de miedo mortal.

Robin la abrazó, y le prometió que sería bien recompensada por los peligros a los que iba a exponerse.

—Serviros, señor, es suficiente recompensa —dijo con su acento francés la extraña criatura—. Vuestra fama durará más de mil años —siguió diciendo Elise; sus ojos parecían haberse cristalizado, y estaba claro que tenía por lo menos un pie sumergido en los pantanos de la locura—. Y los que os sirven, amo, también serán recordados: John, Tuck, Alan, incluso mi pobre marido muerto, Will… Ninguno será olvidado. Os lo repito: la recompensa de haberos servido es suficiente, es una vía a la inmortalidad.

Y soltó una carcajada corta y aguda, demasiado parecida a un cacareo para resultar agradable.

Robin tenía esa maravillosa habilidad, la de conquistar el amor de las personas que le rodeaban, no importa lo que hiciera. Y yo mismo no era inmune a ese sentimiento: había visto cometer a Robin los crímenes más aterradores, y sin embargo seguía siendo su fiel perro guardián. Oír la declaración de lealtad de aquella mujer medio loca me remordió la conciencia, y me alejé de Robin sin tratar con él el tema de la muerte del centinela. No pude soportar ser tenido por menos valeroso, o menos leal a Robin, que aquella bruja esquelética y medio ida.

Evité la luz de las fogatas mientras caminaba a través del campamento enemigo aquella noche oscura, y di rodeos para pasar por detrás de las tiendas cuando me fue posible, siguiendo siempre la dirección sudoeste, hacia la mole oscura e imponente del castillo de Kirkton, la ciudadela de Robin que dominaba el valle de Locksley. Aunque mi jefe era señor de Sheffield, Ecclesfield, Grimesthorpe y Greasborough, además de una docena de posesiones menores repartidas por todo el norte de Inglaterra, el castillo de Kirkton había sido su hogar. También era el hogar de la esposa de Robin, Marian, condesa de Locksley, y ella se encontraba ahora dentro de sus muros, sitiada por los mismos hombres junto a cuyos cuerpos dormidos pasaba yo, y cuyos ronquidos y resoplidos podía oír muy bien ahora. Sin embargo, con la ayuda de Dios y de la astucia de Robin, el castillo no seguiría mucho tiempo más asediado.

El campamento del sitiador, sir Ralph Murdac, en tiempos alguacil de Nottinghamshire, Derbyshire y los Bosques Reales, se extendía iluminado levemente por la luna en creciente, muy a resguardo del alcance de un tiro de flecha, a unos trescientos cincuenta metros al nordeste de Kirkton. Algunos hombres de Robin, incluido yo mismo, lo habíamos vigilado ocultos en lo alto de las colinas durante cuatro días y cuatro noches: sabíamos que albergaba a más de trescientos hombres armados en total; lanceros en su mayor parte, pero también algunos ballesteros y ochenta jinetes aproximadamente, una fuerza que superaba con creces a la pequeña guarnición del castillo.

Robin había partido de Inglaterra dos años y medio atrás, para tomar parte en la gran peregrinación a Tierra Santa con un pequeño pero bien entrenado ejército de arqueros, lanceros y jinetes; pero las batallas, las enfermedades y la insalubridad de Levante habían diezmado nuestras filas, hasta el punto de que, cuando desembarcamos en Dover diez días atrás, mareados, aturdidos y empapados después de una ardua travesía del Canal, éramos tan sólo una treintena de hombres capaces de montar un corcel de batalla, y poco más de una veintena de arqueros. Aun así, a pesar de que formábamos un grupo harapiento, maltrecho por la dureza de un viaje tan largo y por la pérdida de tantos compañeros, los fuegos de la guerra en Tierra Santa y el brutal viaje de regreso nos habían templado como el acero más fino, de modo que estábamos convencidos de valer tanto como cualquier hueste el doble de numerosa que la nuestra. Fuera como fuese, por muy endurecidos que estuviéramos por la guerra, y por mucha que fuera la confianza que tuviéramos en nuestra destreza, no podíamos hacer frente a un contingente como el que sir Ralph Murdac había reunido aquí —superior a nosotros en una proporción de seis a uno—, en una batalla abierta y limpia, y tener alguna esperanza de salir victoriosos.

Murdac era un hombre odioso, un noble normando bajo y moreno con la misma caridad cristiana que una víbora furiosa, y tan digno de confianza como una rata rabiosa. Mientras fue alguacil —antes del ascenso del rey Ricardo al trono—, mi señor había sido un afortunado ladrón y proscrito, el famoso Robin Hood de las canciones y las historias nada menos, y había humillado a sir Murdac de muchas maneras, robando y matando a sus servidores sin el menor signo de remordimiento. Se odiaron durante largos años, pero sólo chocaron en una batalla abierta en una ocasión hasta ahora, más de tres años atrás, en la mansión de Linden Lea, al norte de Nottingham. En aquella ocasión, después de dos días de horrible carnicería, Robin salió victorioso, pero sólo por los pelos. Murdac huyó del país para evitar la ira justiciera del rey Ricardo, que deseaba interrogar a su alguacil sobre una gran cantidad de dinero procedente de los tributos que se había volatilizado, y la pequeña comadreja se refugió en Escocia, bajo la protección de parientes poderosos. Pero cuando Ricardo abandonó su reino para emprender la gran peregrinación al otro lado del mar, Murdac salió de su madriguera escocesa y se puso al servicio del príncipe Juan, el traicionero hermano menor del rey Ricardo. Protegido ahora por Juan, sir Ralph Murdac había ofrecido una rica recompensa en plata por la cabeza de Robin, y por lo menos una persona, que yo supiera, había muerto al intentar hacerse con ella.

Aparte de su rabiosa enemistad contra mi señor, yo también tenía motivos personales para odiar a Ralph Murdac: cuando tenía nueve años, sus soldados irrumpieron en nuestro hogar de campesinos antes del amanecer, sacaron a mi padre de la cama y, después de acusarlo falsamente de ladrón, lo ahorcaron de una rama de un roble en el centro del pueblo. Cuatro años después, el mismo Ralph Murdac me amenazó con cortarme la mano derecha cuando fui atrapado robando una empanada en el mercado de Nottingham; y más tarde aún, me torturó de forma sádica en una mazmorra de Winchester, en un intento de obtener información sobre Robin. Si en alguna ocasión se me presentara la oportunidad, lo mataría sin dilación con el mayor placer: a mis ojos valía menos que un puñado de algas podridas, y el mundo sería un lugar mejor cuando se viera libre de su asquerosa presencia.

Por la gracia de Dios y la amabilidad de Robin, yo había ascendido de rango desde los días en que era un pobre huérfano de pueblo obligado a robar para poder comer. Ahora era Alan de Westbury, señor de una pequeña propiedad en el condado de Nottingham, que me había sido regalada por el conde de Locksley. Por ese regalo le estaré eternamente agradecido. Yo era un don nadie, un cortabolsas hambriento, y ahora tenía un lugar entre los hombres de honor, entre los nobles guerreros, no sólo como peregrino recién regresado de Ultramar, sino como titular de un pequeño feudo señorial. Había conseguido dar el salto imposible e impensable que me llevó de mi condición de humilde labriego al rango de caballero, señor de tierras; y eso debía agradecérselo a Robin.

Hice todo lo que estuvo en mi mano para pagar mi deuda con Robin siendo su fiel servidor en la guerra y en la paz, y ofreciéndole el don de mi música. Porque ahora, además de ser uno de su capitanes, un cabecilla de su hueste desharrapada, yo era eltrouvèrede Robin, su músico personal. Tarareaba entre dientes un fragmento de melodía mientras cruzaba por en medio del campamento de mi enemigo mortal, caminando con un desenfado simulado e intentando no tropezar en la oscuridad con los vientos que sujetaban las tiendas.

Atrajo mi atención una tienda mayor que las demás en el centro del campamento; los reflejos mortecinos de la lumbre de los fuegos me permitieron ver que la tela de la cubierta era roja y negra a tiras verticales. Mis pasos me condujeron como por propio impulso hacia aquel lugar, y al acercarme vi una figura de corta estatura vestida de negro, de pie a la entrada del pabellón, junto a los restos de una gran fogata. A la luz de las brasas moribundas, vi que se trataba del propio Murdac que, en la oscura noche y sin protección aparente, examinaba una arqueta con joyas incrustadas; daba vueltas entre sus manos a aquel objeto, y las piedras preciosas relucían al reflejar la luz de la hoguera.

Mis pies me llevaron más y más cerca de aquella silueta odiada. Sin duda era una oportunidad que Dios me enviaba: Murdac solo, en la oscuridad, vuelto de espaldas a mí. Me detuve a tan sólo una docena de metros del hombrecillo, y la lanza pareció saltar por sí misma de mi hombro y adoptar una posición horizontal. «Puedo hacerlo —me dije a mí mismo—; si soy capaz de matar a un chico inocente que hacía de centinela, también puedo librar al mundo de esta mierda repugnante. No sentiré el menor remordimiento por haber enviado al diablosualma apestosa».

Aferré la lanza con más fuerza, y estaba a punto de echar a correr adelante para clavar su punta aguzada en los hígados de Murdac, cuando el enano bastardo se inclinó, recogió un puñado de ramas de un montón de leña menuda y las arrojó al fuego. Y al prender aquel nuevo combustible, las llamas crecieron y me revelaron la presencia de dos hombres más al otro lado del fuego. Me detuve en seco y quedé parado, firme como una roca, con la lanza extendida al frente, murmurando en silencio una oración a san Miguel por no haber salido aún de la oscuridad nocturna y ser invisible para los que se encontraban dentro del círculo de luz creado por la fogata.

No pude verles con claridad a la luz vacilante de las llamas, pero distinguí en la penumbra dos siluetas características: a la izquierda un hombre alto, media cabeza más alto que yo, que mido metro ochenta y tres descalzo; sin embargo, mientras que yo tengo los hombros anchos, el tórax fuerte y brazos musculosos por las largas horas de práctica con una espada pesada, él era flaco, enfermizamente flaco, como un hombre que ha sobrevivido a una larga hambruna o a una peste terrible.

Su altura y su delgadez quedaban aún más de relieve por el contraste con la forma extraordinaria de la silueta en sombra de su compañero: era un hombre grueso y calvo, y juro por Nuestro Señor Jesucristo que era tan ancho como alto; una masa esférica, sin cuello, compacta y de músculos abultados, parecido a un ogro de un cuento infantil. El aspecto de los dos allí reunidos era el de un bastón y una pelota.

Entonces Ralph Murdac habló, y su tono agudo con el familiar deje francés me provocó un escalofrío:

—Agradeced a mi señor príncipe su noble regalo —dijo, alzando levemente la caja enjoyada—, y decidle que antes de un mes me presentaré en su real corte; en cuanto haya concluido el asunto que me retiene aquí.

—Señor —gruñó el ogro rechoncho en francés, y su voz parecía el rechinar de dos grandes piedras al rozarse—. Su alteza ha requerido vuestra presencia mañana mismo; ha recibido malas noticias del extranjero, y desea contar con vuestro consejo. Insistió mucho en que debéis reuniros con él mañana mismo.

—Lo haré tan pronto como me sea posible —respondió Murdac de mal humor—. Pero antes he de tener a mi hijo… Debo rescatar a mi hijo de este cubil de bandidos. Sin duda su alteza real lo comprenderá…

Los dos hombres no respondieron, pero el ogro se encogió de hombros, y los dos se volvieron a un tiempo y desaparecieron en el interior de la gran tienda.

Yo deseaba encontrarme muy lejos de allí; la conciencia de que había estado a punto de desperdiciar mi vida en un ataque insensato y suicida había hecho que mi cuerpo empezara a sudar profusamente. Había evitado la muerte por un segundo. Aquellos dos hombres grotescos habrían gritado para advertir a Murdac mucho antes de que yo lo tuviera al alcance de mi lanza, y luego probablemente yo fallaría el golpe y sería perseguido por todo el campamento como una rata solitaria atrapada en un pozo lleno de mastines furiosos. Yo era Daniel en el pozo de los leones, me dije a mí mismo, y sólo si lo tenía muy en cuenta y me olvidaba de mis deseos de vengarme de Murdac, viviría lo bastante para ver amanecer el día siguiente.


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Me alejé a toda prisa de la gran tienda sin ser visto, dejando a mi pesar la figura intacta de mi enemigo al lado del fuego, y de nuevo dirigí mis pasos hacia la masa oscura del castillo que se recortaba en el horizonte al sur. Había un centinela en el extremo más alejado del campamento, alerta y patrullando la sección que le habían asignado con una diligencia poco natural a unas horas tan tardías. Dejé atrás el campamento, y recorrí los veinte metros escasos de campo abierto que nos separaban mientras reunía todo mi valor para una pantomima final. Marché directamente hacia aquel hombre, con la mano derecha oculta detrás de la espalda, y lo abordé imitando el tono brusco y autoritario de un oficial:

—¡Eh, tú! ¿Cuál es la contraseña? ¡Vamos, vamos, no me digas que se te ha olvidado!

Me miró extrañado al advertir las manchas de barro y de sangre en la sobreveste negra y la improbable combinación de juventud y arrogancia de mi persona. Luego, confiado quizá por la dirección de la que venía, contestó:

—No se me ha olvidado, señor: es Magdalena. Pero ¿puedo preguntaros, señor, quién soisvos?

—Me han ordenado relevarte. Eso es todo lo que has de saber —dije con brusquedad—. Órdenes de sir Ralph.

Asintió, pero parecía algo dubitativo. La mano que tenía yo a la espalda sujetaba con firmeza la empuñadura de la misericordia; en unos instantes, aquel muchacho iba a sentir su punta en el corazón si se negaba a admitir mi explicación. Le miré desafiante, directamente a los ojos. Al final pareció convencido de mi autoridad, se encogió de hombros y pasó a mi lado en dirección al campamento. Le seguí con la vista hasta que desapareció entre la multitud de tiendas, y por fin me relajé, aspiré una gran bocanada de aire y volví a enfundar la delgada hoja de acero en mi bota.

Había puesto a prueba demasiadas veces mi temple aquella noche, y me di cuenta de que mis manos temblaban ligeramente, pero aún me quedaba un obstáculo que salvar: las murallas del castillo de Kirkton.

Sin embargo, entrar en el castillo fue más sencillo de lo que había esperado. Tan sólo tuve que alejarme de la masa de tiendas de campaña y cruzar un amplio espacio de pastos para el ganado en dirección a la mole sombría de Kirkton. Cuando me encontraba a cincuenta metros, una antorcha encendida asomó en lo alto de las almenas, y en respuesta grité:

—¡Eh, los de Kirkton! Soy un amigo. ¡Hola! No disparéis. Vengo de parte de Robin. De parte de lord Locksley.

Una flecha pasó volando junto a mi oreja, y fue a enterrarse en el suelo una docena de metros a mi espalda; alcé los dos brazos en el aire y volví a gritar:

—¡Hola, Kirkton! Vengo de parte del conde de Locksley, ¡dejadme entrar por el amor de Dios!

Oí el silbido de otra flecha, y una voz con un fuerte acento galés que yo conocía muy bien pero no había oído desde hacía más de dos años, gritó:

—¡Deja de disparar,ynfytyn, no desperdicies más flechas! —Y luego, en un tono mucho más fuerte, preguntó—: ¿Quién está ahí fuera? ¡Adelántate y di tu nombre!

—Tuck, soy yo… Alan. Dile a ese idiota que deje de intentar ensartarme como si fuera un maldito capón. ¿No me reconoces, tonel de sebo de puerco? Soy Alan Dale. Soy yo.

—¡Dios bendiga mi alma! —dijo la voz galesa—. Alan Dale de vuelta de Tierra Santa, de vuelta de entre los muertos. ¡Aún existen los milagros y las maravillas!

Y los ecos de una estruendosa carcajada llegaron a mis oídos en la oscuridad.

Capítulo II

Me izaron sobre la empalizada de madera con una soga en menos tiempo del que se tarda en desollar un conejo: mi viejo amigo Tuck y el arquero membrudo y de rostro algo compungido que estaba de centinela, un hombre llamado Gwen al que yo apenas conocía. La puerta principal estaba atrancada, me dijo Tuck en voz baja, y despertar a la guardia para explicar la razón por la que era necesario abrirla exigiría demasiado tiempo y causaría demasiado alboroto. Tan contento estaba yo de ver a mi gordo amigo que casi no me importó haber pisado un cadáver que llevaba un mes pudriéndose en la zanja abierta junto a la empalizada (mi pie se hundió en sus tripas en descomposición casi hasta el borde de la bota), mientras esperaba que me echaran la soga desde arriba.

Tuck casi no había cambiado en todo el tiempo pasado desde que nos despedimos; tenía la misma carota redonda y alegre surcada por media vida de sonrisas, la misma nariz bulbosa, el pelo castaño rojizo ahora espolvoreado de algunos cabellos grises, y aún con la tonsura bien marcada. Aunque ya no era un fraile, como lo era la primera vez que nos encontramos, seguía perteneciendo al clero: ahora era el capellán personal de Marian, la condesa de Locksley. Su nuevo rango no había traído cambios en su aspecto. Tal vez su hábito pardo de monje estaba más raído y manchado, y parecía haber perdido algo de volumen, pero aparte de eso era exactamente el mismo hombre fuerte, ancho y fiable que había dejado atrás en Kirkton cuando Robin y yo cruzamos a caballo sus puertas para dirigirnos a Tierra Santa, más de dos años atrás.

También el castillo me resultó maravillosamente familiar, incluso en la oscuridad. Y cuando Tuck y yo dejamos a un Gwen que aún balbuceaba disculpas seguir con sus deberes de centinela, y bajamos desde el camino de ronda que daba toda la vuelta a la empalizada hasta el patio del recinto interior del castillo, para dirigirnos al gran torreón, él parloteó sin parar tan animadamente como si nos hubiéramos separado la semana anterior. Yo sólo le escuchaba a medias, porque mi cabeza seguía abarrotada de las emociones de mis sangrientas aventuras de aquella noche; y me sentí aún más confuso porque la sensación alegre de volver a encontrarme en casa casi me abrumó, al mirar a mi alrededor la fortaleza en penumbra de mi señor.

—… Y casi hemos agotado el último barril de harina —continuó Tuck—. El agua y la cerveza aún aguantan, desde luego, pero las he estado racionando desde el principio del asedio…

Los hombres de Murdac, por lo que deduje del feliz parloteo de Tuck, se habían presentado hacía un mes, sin previo aviso, y de inmediato habían lanzado un asalto al castillo. Pero la guarnición de cuarenta hombres que Robin dejó para proteger a su esposa y su hijo había sido reforzada por una hueste de un número similar de mesnaderos de William de Edwinstowe, el hermano mayor de Robin.

La fuerza conjunta que defendía Kirkton había conseguido rechazar dos furibundos asaltos, y entonces los hombres de Murdac, diezmados pero no vencidos, habían instalado su campamento en los campos que rodeaban el castillo, y parecían decididos a rendir por hambre a los defensores de Kirkton.

—¿Lord Edwinstowe está aquí? —pregunté a Tuck.

—Puedes oírle roncar como una tronada en verano detrás de esa puerta —contestó mi amigo, señalando la entrada a los apartamentos privados de Robin y Marian, en un extremo de la gran sala del torreón.

—¿Y Marian? —pregunté a Tuck, incrédulo ante la posibilidad de que ambos…

Tuck detuvo mis pensamientos:

—Se ha instalado en la atalaya. Es el lugar más seguro para ella si el enemigo consigue entrar en el castillo. Su salud es buena y está bastante cómoda, por lo que me dice, y eso le permite supervisar los víveres que tenemos almacenados allí. También el pequeño Hugh está en buena forma.

—El hermano de Robin, William, ha expulsado a Marian de su propio lecho, en su propio castillo…

Empecé a temblar de ira ante aquel insulto a la dama de mi señor, forzada ahora a dormir en la robusta e incómoda torre cuadrada de madera que coronaba el recinto. Era el último reducto defensivo del castillo, una poderosa fortificación de dos pisos que se asentaba sobre un montículo, y en la que un puñado de hombres valerosos podía resistir ante un enemigo muy superior si éste había invadido ya el recinto; pero era también una construcción tosca, pensada para cumplir objetivos militares, y en modo alguno un lugar adecuado como residencia de una gentil dama de noble cuna.

—Paz, Alan, paz —dijo Tuck—. Lord Edwinstowe es el señor de este castillo…, por el momento. Sin duda las cosas cambiarán ahora que Robin ha vuelto. Era justo que se quedara con la habitación del señor. Él nos ha salvado, ¿sabes?, sin sus mesnaderos habríamos sido barridos cuando Murdac nos atacó. Es verdad que el asedio está resultando bastante tranquilo últimamente, si olvidamos el intercambio de flechas y de insultos, pero no conviene ofender a Edwinstowe. Son sus hombres los que mantienen al enemigo fuera de nuestros muros.

Comprendí sus argumentos, pero una parte de mí mismo siguió deseando abrir de una patada la puerta de la alcoba de Marian y llevarme de allí a rastras, hasta el patio, al barón dormido. Con todo, callé y me limité a dirigir una mirada asesina a la puerta del dormitorio.

—Pareces haber cambiado, Alan —dijo Tuck—. No eres aquel joven alegre que salió de las puertas de Kirkton en dirección a Tierra Santa; te has hecho más duro, más iracundo. Pero todo eso no tiene importancia. Cuéntame, ¿cómo es Tierra Santa, fue hermoso? ¿Rezasteis en la iglesia del Santo Sepulcro? ¿Sentisteis la presencia viva de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo?

Los ojos de Tuck brillaban; había deseado con todas sus fuerzas unirse a nosotros en la gran peregrinación, y sólo su fuerte sentimiento de lealtad a Robin le mantuvo en Kirkton con la misión de proteger a Marian. Me alegré de que se hubiera quedado; a pesar de lo que había dicho de William de Edwinstowe, supe que sólo gracias a Tuck mi señora había podido mantenerse sana y salva en ausencia de Robin.

—Fue… duro. Ha sido una experiencia desoladora, agotadora y sangrienta, y muchos hombres buenos murieron por nada… Pero te lo contaré todo más tarde —dije a Tuck.

—Por supuesto —dijo, e inclinó la cabeza para asentir—. Tenemos asuntos más urgentes que atender. ¿Dónde está Robin ahora? ¿Cuáles son sus planes?

Y así, mientras Tuck se atareaba en servirme una jarra de cerveza y una rebanada de pan con jamón salado, le conté los planes de Robin para obligar a levantar el sitio. Cuando hube acabado de explicarle cómo una hueste pequeña podía derrotar a otra mucho mayor, y qué era exactamente lo que Robin deseaba que hiciéramos para ayudarle a conseguirlo, Tuck se echó atrás con la boca entreabierta y dijo con un terror genuino en la voz:

—Ese hombre tiene el diablo metido en el tuétano de los huesos. Es un plan excelente, Alan, y es muy posible incluso que funcione, pero esa treta no podría haber sido ideada nunca por un buen cristiano. Rezo por su alma, de verdad que lo hago, porque mucho me temo que, en el otro mundo, Robin va a arder para toda la eternidad.

Insistió de nuevo en los detalles, pero sentí que mi cansancio provocaba un mareo que empezaba a abrumarme. Casi había amanecido, y yo apenas conseguía mantener los ojos abiertos, cuando Tuck dijo por fin:

—¿De modo que todo esto ocurrirá hoy mismo a medianoche?

Yo asentí con un bostezo.

—Bueno, Dios se apiade de sus almas. Pero veo que necesitas descansar, Alan.

Me tendió una manta vieja, y me condujo hasta un montón de pieles grasientas tiradas en un rincón de la sala; y allí tardé apenas unos instantes en sumergirme en un sueño pesado.

♦ ♦ ♦

Desperté ya avanzada la mañana con una visión encantadora, un ángel rubio inclinado sobre mí. Su comportamiento, con todo, estaba muy lejos de ser angelical. Me estaba dando patadas no muy cariñosas en las costillas con su zapatilla forrada de piel de cabrito, y gritaba:

—¡Alan, Alan, levanta! He estado esperando una eternidad a que te despiertes. No son momentos para hacer el remolón, ¡levanta! Quiero hablar contigo. ¡Tengo muchas cosas que preguntarte!

Después de frotarme los ojos para ahuyentar el sueño, vi que se trataba de Goody, o para decirlo con corrección de Godifa, la dama de compañía de Marian y una buena amiga de mis días de proscrito. Debía de tener ya casi quince años, calculé rápidamente, una edad en la que muchas doncellas del país están ya prometidas o incluso casadas y con hijos, y era de una belleza poco común: el fino cabello dorado, anudado en dos trenzas, enmarcaba un rostro oval con una nariz pequeña y unas mejillas saludables de color rosado. Sus ojos eran del tono azul violeta de la flor del cardo, y su hermosura casi me quitó la respiración. Me di cuenta de que la estaba mirando boquiabierto, intentando dar con palabras adecuadas para saludarla, sin encontrarlas.

—Deja de dar boqueadas delante de mí como un pez recién pescado y ven a desayunar —dijo—. Quiero que me cuentes todo, absolutamente todo sobre tus aventuras en Tierra Santa. ¿Es verdad que los sarracenos son caníbales? Cuentan que se comen crudos a los niños cristianos que capturan…

Silencié sus bobas preguntas y disimulé mi mudez repentina e inexplicable abrazándola. Durante un momento, cuando la rodeé con mis brazos torpes, se pegó a mi cuerpo, pero enseguida forcejeó para librarse y empezó a gritar:

—¡Oh, Alan, hueles… mejor dicho, apestas! Apestas a sangre, a sudor y a algo peor, a… Oh, cómo oléis los hombres. Tienes que bañarte enseguida.

De pronto, me di cuenta de que seguía vestido con las ropas de la noche pasada, rígidas y arrugadas después de empaparse con la llovizna y de haber dormido con ellas puestas; mi cara aún estaba sucia de polvo y barro y, al mirarme las manos, vi mis dedos salpicados de la sangre seca del joven centinela. Cuando me pasé la mano sucia por el pelo, noté que mis habituales rizos rubios estaban en punta sobre el cuero cabelludo.

—He viajado cinco mil agotadores kilómetros para llegar aquí, sufriendo penalidades y peligros sin cuento en tierras extrañas, por no mencionar la muerte de un hombre a sangre fría y la entrada clandestina en el campamento del enemigo la noche pasada… ¡Me parece que sería muy raro que después de todo lo que he pasado oliera a rosas!

Me sentí un poco irritado, aunque no mucho, al ver que aquella muchacha hermosa hasta aturdir mis sentidos se quejaba de mis olores de soldado. Aunque sabía que no presentaba mi aspecto más favorable, deseaba ser tratado como un héroe de regreso a casa, como un guerrero victorioso, y no como un vagabundo maloliente.

—De todas formas, no tengo tiempo para chapotear como una niña boba en una cuba de agua caliente y jabonosa; he de hablar de inmediato con lord Edwinstowe.

Le tocó entonces a Goody el turno de ofenderse.

—¿Así que sólo se lavan las niñas bobas? Muy bien, señor, informaré a su alteza de que un soldadote que apesta a tigre solicita ser recibido de inmediato.


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Luego me sacó la lengua, dio media vuelta y desapareció. Salvo por el gesto burlón de sacar la lengua, su aspecto era el de una gran dama de alta cuna, y me di cuenta de que había cambiado en más cosas que en el aspecto exterior.

Recogí en la cocina mi desayuno, y pasé media hora vagando por el patio del castillo mientras masticaba el mendrugo seco y miraba a mi alrededor, bajo el sol de septiembre, como un palurdo en la feria del condado. Al ver el aire plácido aunque atareado del lugar, era difícil creer que fuera de la empalizada de troncos había cientos de enemigos empeñados en destruirnos. Pero el recinto del castillo estaba bastante lleno, según pude ver; supuse que todos los habitantes de las aldeas y pequeñas posesiones vecinas se habían refugiado en el interior del recinto para ponerse a salvo del pillaje de los hombres de armas de Murdac. Me estaba preguntando si alguno de los campesinos presentes sería útil en lo más mínimo para luchar, cuando vi reñir a dos niños en un círculo formado por sus compañeros, que los jaleaban. Uno era bajo y moreno, de unos diez u once años, y el otro alto y ya adolescente, casi un hombre. La pelea parecía tan desigual que tuve la certeza de que el chico pequeño y moreno iba a resultar seriamente herido. Y se me pasó por la cabeza intervenir, dar al chico mayor un capón o dos y apartarlo de allí. En cambio, para mi sorpresa, después de esquivar un par de embestidas del alto, el chico moreno agarró el brazo de su rival cuando pasaba por encima de su cabeza, colocó el hombro derecho bajo la axila del muchacho más alto, tiró hacia abajo, se dobló sobre sí mismo y proyectó al otro contra el suelo embarrado del patio. El adolescente alto se quedó tan sorprendido como yo mismo. Y mientras el chico pequeño y moreno le ayudaba a ponerse de nuevo en pie (me di cuenta entonces de que no era una pelea seria, sólo un ejercicio tomado como distracción), vi que Tuck se abría paso por entre el grupo de chicos que jaleaban y los mandaba a todos en dirección a unos establos que habían sido acondicionados como escuela. Cuando el rebaño de chicos pasó a mi lado, llamé a Tuck y le hice una seña para que se acercara.

—¿Quién es ese chico bajo y moreno? —pregunté a mi amigo—. ¿Y por qué arte de magia ha aprendido a hacer morder el polvo a tipos que le sacan dos palmos?

Tuck resplandeció casi de orgullo paternal y gritó al muchacho:

—¡Thomas, Thomas, ven aquí! ¡Quiero presentarte a un amigo! —Y cuando el chico moreno vino obediente al trote, Tuck le dijo—: Muchacho, éste es Alan de Westbury,trouvèredel conde de Locksley, que acaba de regresar de combatir a los sarracenos en Tierra Santa.

El chico clavó en mí sus ojos de azabache, a tono con su cabello oscuro. Tenía un aire de tremenda confianza en sí mismo; no de arrogancia, sino sólo la mirada de alguien que ha encontrado su lugar en el mundo y no está dispuesto a dejar que nadie se lo quite. Parecía sólido de una forma desacostumbrada: era moreno y fuerte, como el tronco de un roble crecido, y aquella cualidad resultaba inquietante en una persona tan joven.

—Me siento honrado de conoceros —dijo en tono grave—. ¿Puedo preguntaros, señor, si sois Alan Dale, el espadachín?

Asentí, impresionado por la total seguridad en sí mismo de que daba muestra. ¡Me estaba interrogando a mí!

—A veces me han llamado así —admití.

—Entonces, ¿puedo pediros un gran favor? —prosiguió aquel chico extraordinario—. ¿Os dignaréis a cruzar algún día vuestra espada con la mía, y tal vez a enseñarme alguno de vuestros secretos? Quiero aprender a luchar, y me han dicho que vos sois uno de los mejores hombres de Inglaterra en el manejo de la espada.

—Me parece que ya has aprendido a luchar —le dije, señalando con la cabeza al chico alto al que acababa de derrotar, y que ahora se dirigía cojeando a la escuela improvisada.

Se encogió de hombros.

—Eso era sólo un juego de chicos, un tipo de lucha que estoy intentando perfeccionar; quiero aprender a luchar como un soldado de verdad.

Hablaba con una frialdad y una madurez que resultaban casi ridículas en aquel pequeño retaco. Tenía delante de mí a un chico que no podía contar más de once años, pero que hablaba como un hombre en la plenitud de su fuerza. La verdad, me pareció que podría resultar un tipo difícil de manejar si me reía de él; su actitud, su mirada, toda su persona exigían que se le tomara en serio.

—Si sobrevivimos a la próxima batalla contra los hombres de sir Ralph Murdac, me encantará intercambiar algunos golpes contigo, si todavía deseas hacerlo…, pero con una condición —dije, con la misma seriedad que él había mostrado.

—¿Señor? —preguntó.

—Que tú me enseñes a mí el movimiento con el que derribaste a ese chico más alto —le sonreí—. Nosotros los guerreros hemos de contarnos nuestros trucos, ¿no te parece? De ese modo todos aprenderemos a ser mejores.

Pude ver que mis palabras le sorprendían, pero para hacerle justicia lo disimuló muy bien; fue casi como si estuviera acostumbrado a que guerreros de más edad lo trataran de igual a igual.

—Gracias, señor —dijo en tono grave—. Esperaré con impaciencia ese día.

Me hizo una profunda reverencia, dio media vuelta y corrió hacia la escuela. Yo me volví a Tuck:

—¡Qué chico tan extraordinario! ¿Dónde lo has encontrado?

—Ese, amigo mío, es Thomas Lloyd —dijo Tuck—. ¿No te resulta familiar el nombre?

Me lo quedé mirando, desconcertado.

—Es el hijo de Lloyd ap Gruffyd. Sin duda te acuerdas de él.

No conseguí recordar a nadie con ese nombre. Tuck soltó una carcajada, pero su risa estaba teñida de una extraña tristeza.

—¿Tantos hombres has matado, Alan, que sus nombres ya no significan nada para ti? —dijo—. Oh, Alan, habremos de preocuparnos de tu alma antes de que pase mucho más tiempo. Temo que la sangre de tantos hombres muertos con violencia te haya dejado manchado sin remedio.

Y se alejó meneando suavemente la cabeza en dirección a la escuela, ahora abarrotada de jóvenes y niños de ambos sexos.

Entonces recordé quién era el padre de aquel niño: el arquero galés que intentó matar a Robin antes de que partiéramos hacia Ultramar. Con la esperanza de reclamar la recompensa ofrecida por Murdac, se introdujo una noche en el dormitorio de Robin, y allí me encontró dormido a mí, que había ido a entregar un mensaje a mi señor. El arquero me atacó, confundiéndome con Robin. Después de una lucha corta y terrible en la oscuridad, maté a aquel individuo. El chico, recordé ahora, el Thomas Lloyd con el que acababa de hablar, fue adoptado después en el castillo para atender su propia protección. Había una extraña lógica en aquel acto de caridad cristiana, que revelaba la influencia de Tuck: «Los pecados de los padres no han de recaer sobre la cabeza de los hijos», me había amonestado el monje en una ocasión, y me di cuenta de que había puesto en práctica aquel principio.

Pero me asaltó una idea escalofriante, consecuente con la anterior: ¿sentiría algún día el hijo la necesidad de vengar la muerte de su padre? Si así ocurría, yo me vería obligado, contra mi voluntad, a matarlo también. Sabía en mi corazón que, por joven que fuera Thomas, yo podría cometer aquel crimen, y que lo cometería si…, tal como lo habría expresado Robin, fuera necesario.

¿En qué monstruo me estaba convirtiendo? ¿Llegaría a ser igual que mi señor, el asesino a sangre fría más despiadado que he conocido? Me estremecí, a pesar de que el día era bastante caluroso.

Mis negros pensamientos quedaron interrumpidos por la voz más suave y dulce que conocía, y que me llamaba:

—¡Alan! ¡Oh, Alan, bienvenido a casa! ¡Es maravilloso verte otra vez!

Era mi amiga y anfitriona, Marian, condesa de Locksley. Doblé la rodilla para hacerle una profunda reverencia acompañada de un floreo de la mano, y mi humor sombrío se disipó al instante delante de su sonrisa radiante e inocente.

Me aferró por los dos antebrazos, me abrazó un breve instante, y enseguida me miró a los ojos:

—¿Cómo está? ¿Está bien? —me preguntó en tono grave.

—Robin se encuentra perfectamente —le aseguré—, y me ha encargado que te ofrezca de su parte un tierno beso, un gran abrazo y todo el amor de su corazón.

Estaba mintiendo, por supuesto. Robin no me había encargado decirle nada semejante, y se indignaría en caso de enterarse de que había puesto esas palabras en su boca, pero yo quería mucho a Marian y me daba cuenta de que necesitaba estar segura de que el afecto de Robin aún subsistía. ¿Quién era yo para negarle algo de consuelo en esa materia? Una sombra oscura se había instalado entre Robin y la hermosa dama que ahora tenía delante de mí; y aunque yo no podía hacerla desaparecer, sí podía en cambio conseguir que ella se sintiera feliz por unas horas.

—Vendrá esta noche —dije—. Y ahuyentará a la chusma de Murdac lejos de tus murallas, a sangre y fuego.

—Sabía que volvería —dijo ella, y una pátina de humedad hizo brillar sus ojos—. Incluso en los días más negros, sabía que iba a volver. ¿Ha cambiado? ¿Ha dicho algo acerca… acerca de… su familia?

Se interrumpió de pronto, y calló. Yo sabía a lo que se refería (a su pequeño Hugh), pero opté por malinterpretar sus palabras.

—Me ha dicho que debo hablar con su hermano lord Edwinstowe cuanto antes, mi señora. ¿Tendréis la bondad de conducirme ante él?

Marian se inclinó hacia mí y arrugó la nariz. Luego dijo en tono severo:

—Desde luego que sí, pero me parece que antes de ser conducido ante la presencia de su alteza deberías cambiarte de ropa, y ponerte algo más adecuado para un noble guerrero de Cristo, de uno que ha tomado parte en la gran peregrinación a Tierra Santa. Y tal vez, antes de eso, podrías tomar un baño…

Y así fue como, un cuarto de hora más tarde, estaba yo sentado en el cuarto de los baños dentro de una cuba de madera humeante, con mis partes pudendas cubiertas con un lienzo mientras las criadas vertían cubos de agua caliente sobre mi torso enrojecido y enjabonado. Fue maravilloso. Marian hizo honor a su palabra, y después de mi baño caliente me envió para vestirme ropa interior limpia, unas calzas verdes nuevas, una camisa fina de lino y una túnica de lana gris. Encima de todo ello me puse una gruesa capa de lana verde de buena calidad, con una orla de brocado de hilo de oro, y colgué de mi cintura una espada nueva procedente de la armería. Debo admitir que me sentí mucho mejor después de bañarme, y que vestir de nuevo como correspondía al señor de Westbury llenó mi corazón de una satisfacción profunda y tranquila.

William, lord Edwinstowe, esperaba sentado en un amplio sitial de madera pintada en colores vivos, situado en la cabecera de la sala de Robin, vestido con una larga túnica de color púrpura y con sus cabellos castaños, largos hasta la altura de los hombros, recogidos por una diadema de oro. Fui conducido a su presencia por un sirviente y, después de inclinarme en una respetuosa reverencia, el barón y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro sin hablar durante un rato. Tenía cierto parecido con Robin, según pude observar, aunque su rostro era más delgado, y más duro en las comisuras de la boca. Además, sus ojos eran castaños, en lugar del extraordinario tono gris plateado de Robin, y a pesar de que estaba sentado me di cuenta de que era un poco más alto que mi señor. Cuando finalmente habló, también su voz era distinta: más aguda y no tan musical como en las cadencias del conde, mi señor.

—De modo que venís a verme de parte de Robert de Locksley —dijo—. ¿Y dónde está ahora, si puedo preguntarlo?

—Está muy cerca, señor —dije—, en las colinas del norte, bien escondido, pero puede observar el castillo mientras hablamos.

—¿De modo que mi hermano pequeño se esconde y observa, mientras yo defiendosucastillo desusenemigos?

Su tono iba cargado de algo más que de un matiz de desdén, y sentí la comezón de la rabia en mis mejillas. Sabía, sin embargo, que debía reprimir mi mal humor: no podía permitirme ofender a aquel hombre. El plan de Robin dependía de su buena voluntad, y yo debía instarle a actuar según los deseos de Robin para que el plan tuviera éxito.

—Mi señor atacará el campamento de Murdac esta noche —dije, en tono apaciguador—. Con todos sus hombres, a medianoche.

—¿Eso hará? —dijo William—. ¿Y a cuántos hombres tiene aún a sus órdenes, me pregunto? Me han dicho que hubo grandes matanzas en Ultramar, que la gran peregrinación acabó en fracaso, y que el largo y difícil viaje de regreso… Bueno, una distancia tan enorme sangra a los hombres del mismo modo que se escurre un buen vino en un odre agujereado.

—Cuenta todavía con medio centenar de hombres curtidos —dije, apretando los dientes. Aquel hombre me enfurecía.

—Cincuenta… son demasiado pocos para atacar a sir Ralph Murdac —decidió William—. Ese tipo tiene trescientos, quizá cuatrocientos soldados ahí fuera. De no haber sido por mi ayuda, habrían arrasado el castillo hace ya varias semanas.

—Y Robin os está muy agradecido. También tiene un plan, un truco ingenioso que cree que minará el valor del enemigo y hará que sus piernas tiemblen como jalea y la espina dorsal se les derrita como el agua. Con vuestra ayuda, cree…

—¿Con mi ayuda, decís? Sí, sin duda desea mi ayuda. ¿Cuándonoha necesitado mi ayuda? Ya de niño la necesitaba, y también después, cuando fue proscrito de la sociedad decente y se convirtió en un vagabundo maldito por todos que recorría Sherwood jugando a sus estúpidos juegos. También entonces le ofrecí mi ayuda…

Estaba empezando, a mi pesar, a irritarme con el barón, aquel tarugo lánguido vestido de púrpura que tenía delante. Temí que mi ira se reflejara en mis ojos, y aparté la vista; entonces vi a Tuck parado junto a la pared de la sala. A uno y otro lado, mirándome, estaban los dos mastines gigantes llamadosGogyMagogpor su terrible capacidad destructora en batalla. Una de las dos bestias bostezó, sus enormes mandíbulas se abrieron y mostraron toda su dentadura aguda como puntas de lanza.

Y mi rabia disminuyó un poco. Incluso a los perros aburre este idiota pomposo, pensé, y sonreí para mis adentros.

—… Trucos y planes, planes y trucos, es todo lo que sabe hacer mi hermano pequeño desde que era un crío. Si yo tuviera un chelín por cada vez…

Le interrumpí en ese momento.

—Milord —le dije, en un tono que intentó ser humilde y erró en una buena milla inglesa de distancia—, el conde de Locksley os pide que cuando ataque el campamento esta noche hagáis una salida con toda la fuerza a vuestro mando y le ayudéis a barrer a los enemigos que nos rodean. Confía en que acudiréis en su ayuda una vez más, en este apuro. Vuestra ayuda es vital para el éxito de sus planes cuidadosamente trazados.


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—No es posible, no es posible… —refunfuñó William—. Cuenta con demasiado pocos hombres…, cincuenta más el puñado de hombres que tengo yo aquí, contra el grueso de la hueste de Murdac. Lo aplastarán. Moriremos todos. No. Es pura locura. No, no, lo que debemos hacer es esperar. Esperar aquí la llegada de refuerzos. He enviado cartas a muchos amigos, rogándoles que vengan; y vendrán, en gran número. Y el rey, nuestro noble Ricardo, regresará pronto a su reino, y él arreglará las cosas. No, joven, debéis volver junto a vuestro impetuoso amo e implorarle que sea prudente; implorarle que espere a que la ocasión madure.

Me di cuenta de la razón por la que Robin no sentía afecto por su hermano: aquel hombre se comportaba deliberadamente como un embrollón, respondía con evasivas y, cosa sorprendente en un caballero, un noble de linaje normando, parecía ser extraordinariamente cauteloso, incluso un poco apocado.

—Milord —dije, tan despacio y claro como pude—, el conde atacará al llegar la medianoche de hoy. No puedo volver a su lado, e incluso si pudiera, él no cambiaría sus planes. Debéis darle apoyo esta noche. Debéis hacerlo.

—¿Debo hacerlo, cachorro impertinente? ¡Vos no vais a decirme lo que debo o no debo hacer! Soy el dueño de este castillo, y vos… podéis retiraros. Pero dejad que os diga una cosa antes de que desaparezcáis de mi presencia: no voy a arriesgar mi vida y las vidas de mis hombres en esta loca aventura. ¡Y ahora, fuera de mi vista! ¡Largo!

Me fui con el corazón en un puño. Había fallado a mi señor. Por culpa de mi estupidez, de la torpeza con la que me expresé ante Edwinstowe, era muy probable que fracasara el ataque de Robin, y que todos mis amigos, enfrentados a un enemigo muy superior en número, perecieran acuchillados en la oscuridad. Por culpa mía, por culpa de Alan Dale.

Capítulo III

El primer indicio de que el ataque comenzaba llegó en forma de destellos y chispas de fuegos de artificio en lo alto de la cima de la colina; un ojo rojo que parpadeaba en la oscuridad. Luego apareció otro, y otro más. Luego empezaron a moverse… y a crecer. Y el aire de la noche se estremeció, rasgado por una serie de gemidos hirientes, un racimo de notas diferentes pero que se fundían entre sí de un modo extraño e inquietante, un sonido de ultratumba, diabólico, que parecía surgir de las entrañas mismas del infierno. Incluso yo, que conocía el origen de aquella música enloquecida y aulladora, y la había oído antes en varias ocasiones, me estremecí ante su poder para evocar los horrores nocturnos. La oí por primera vez en la batalla de Arsuf, camino de Jaffa, en Tierra Santa, y allí fue el anuncio del ataque de la temible caballería de Saladino. Era el sonido de las trompetas turcas, de una masa de clarines y pífanos chirriantes, de timbales que retumbaban y címbalos que ludían y silbatos tan agudos que producían dolor de oídos; una mezcolanza infernal cuyo objetivo era llenar de terror los corazones cristianos…, por más que los músicos fueran tan sólo una pequeña banda de destripaterrones del Yorkshire reclutados especialmente para la ocasión por su señor recién llegado.

Cuando oí aquella algarabía infernal, me encontraba en el adarve que corría por detrás de la empalizada, en el costado nordeste del castillo de Kirkton. Iba armado con todos los accesorios que me había facilitado Marian: casco cónico con protector nasal, escudo en forma de cometa, y lanza, espada al cinto y la daga misericordia enfundada en la bota; cota de malla larga hasta las rodillas para proteger mi cuerpo, sobre un gran jubón acolchado llamado «gambesón», guanteletes de cuero en las manos, y botas con tiras de acero cosidas para proteger los tobillos y las espinillas.

Al cabo de pocos segundos, se oyeron los primeros gritos de alarma en el campamento de Murdac. Y brotando de la oscuridad, descendiendo por la suave pendiente de la colina, aquellos puntos movedizos de luz anaranjada tomaron forma y se definieron. De las tinieblas de la noche surgieron tres ponis salvajes de los páramos, con los ojos en blanco por el terror, sus relinchos agudos perforando la oscuridad y los cascos pateando enloquecidos la hierba húmeda de los prados… Y llevaban el motivo de su pánico firmemente atado a la grupa: cada poni arrastraba un carro de madera abarrotado de leña menuda y paja rociadas con aceite y grasa de cerdo, que ardían como las calderas de la morada misma del diablo.

El alboroto en el campamento instalado en los prados que tenía debajo de mí habría bastado ahora para despertar a los muertos de su sueño eterno. Sin embargo, por encima de los gritos y de la música infernal, me pareció oír la voz de una mujer, con un ligero acento franconormando, que gritaba una y otra vez en inglés:

—¡Son los caballos-demonios de Satán… corred, corred! ¡Ya llegan! ¡Los caballos-demonios vienen a llevarse vuestras almas!

Los ponis salvajes, enloquecidos por los carros incendiados a los que no podían escapar, cargaron colina abajo directamente contra el campamento de Murdac, llevando la destrucción en sus estelas de fuego. Derribaron las empalizadas, pisotearon las tiendas de campaña y atropellaron a los hombres dormidos bajo sus cascos y las ruedas de los pesados carros que arrastraban. Muchas tiendas y refugios de los mesnaderos de Murdac ardían ahora; banderas y pabellones flameaban, pirámides de lanzas se deshacían y las astas se quebraban como palillos bajo las ruedas. El campamento en desorden parecía un hormiguero desbaratado de una patada: hombres medio desnudos corrían de un lado para otro y aullaban de rabia, miedo y confusión. Y la voz de la mujer francesa seguía gritando:

—¡Vienen los caballos del diablo, los corceles de Satán! ¡Vienen a por vuestras almas!

Y sus chillidos de loca hacían crecer aún más el caos. Y la música sarracena salvaje y fantasmal seguía gimiendo, retumbando, rechinando, en una algarabía ensordecedora que difundía el terror en la noche.

Luego empezaron a volar las flechas, surgiendo de la oscuridad.

Hombres cuyas siluetas se recortaban contra el fuego de los incendios eran atravesados como ciervos por los proyectiles lanzados por manos invisibles cuando salían tambaleantes de sus tiendas, desarmados, aturdidos por el sueño, confusos por el ruido y las llamas y las ráfagas ardientes de pánico. Un hombre, un capitán sin duda, pareció mantener la serenidad pero, mientras daba órdenes a gritos a los hombres que corrían alrededor de su tienda, tres flechas impactaron en su pecho en menos de un segundo. Me di cuenta de que los arqueros de Robin, dispersos alrededor del perímetro del campamento y amparados sólo por la oscuridad, tenían órdenes de disparar primero contra cualquiera que intentara asumir el mando. Y eran pocos los que seguían aún en posesión de sus facultades en aquella noche de caos y confusión, mientras los arqueros arrebataban una a una las vidas de los hombres de Murdac.

Los ponis salvajes con su carga llameante habían llegado ya al centro del campamento y galopaban entre relinchos de terror, y vi desde mi atalaya cómo la rueda de un carro chocaba con una enorme olla de hierro de las cocinas: el vehículo volcó, esparciendo su carga de fuego sobre una zona del campamento, en la que de inmediato se desató una ola de fuegos nuevos. Las flechas zumbaban a través de la oscuridad, e impactaban en los cuerpos de hombres aterrorizados que corrían sin encontrar ningún lugar donde guarecerse. Un valiente salió de las sombras y, con un solo virote de ballesta bien dirigido a la cabeza, mató a un poni que pasaba galopando enloquecido por su lado. Pero mientras el pobre caballo tropezaba y caía, y el carro volcaba su carga ardiente sobre el cuerpo convulso y moribundo del animal, el ballestero fue derribado a su vez por una flecha de un metro de largo que surgió silbando de la oscuridad y le atravesó el cuello, haciéndole caer de bruces sobre un círculo de fuego de pajas y sangre asada de caballo.

Sonó alta y clara la llamada de una trompeta, que pudo oírse con facilidad por encima del estruendo de los cuernos sarracenos, y mi mirada se volvió hacia el norte, donde había aparecido una hueste de caballería de aspecto extraño. Eran una treintena de hombres montados y armados hasta los dientes, que parecían más grandes y amenazadores envueltos como estaban en largas capas oscuras que cubrían las bardas de los caballos hasta más abajo de las botas de los jinetes. Sus largas lanzas aguzadas relucieron a la luz de los fuegos; los escudos pintados mostraban la imagen tosca de un caballo trazado con sangre seca sobre un fondo blanco; pero eran los rostros de los caballeros (o mejor dicho, el lugar donde deberían estar sus rostros), lo que sin duda infundiría más miedo en el ánimo del enemigo. Cada hombre, a pesar de ir montado sobre un corcel, parecía tener él mismo la cabeza alargada de un caballo, con orejas puntiagudas, ojos en blanco y ollares de un rojo de sangre. Incluso yo sentí un escalofrío de temor, a pesar de saber muy bien que se trataba sólo de los hombres de Robin, con máscaras fabricadas con piel de cordero, orejas cosidas y agujeros abiertos para los ojos, con las caretas pintadas de modo que parecieran el morro de una bestia infernal. Parecían de verdad corceles de Satanás, venidos para llevarse al infierno las almas de los hombres.

Los jinetes diabólicos cargaron. Las lanzas descendieron hasta la horizontal, y aquella masa de puntas de acero aguzadas avanzó como una gran nube negra tonante, bajó por la ladera en formación cerrada en forma de «V» y trajo la muerte y la destrucción al campamento.

—¡Alan, Alan, vamos! ¡Vamos! Ha llegado el momento —gritó una voz debajo de mí. Y al bajar la mirada vi a Tuck, flanqueado por sus dos enormes perros,GogyMagog, y sujetando las riendas de un caballo para mí. Era el momento: y si Edwinstowe y sus hombres se negaban a unirse a nosotros, todavía quedaban unos cuantos hombres de armas robustos que sólo debían lealtad a Robin, y que cabalgarían con nosotros esa noche para sembrar aún más terror entre los enemigos de su señor.

Las puertas se abrieron de par en par e irrumpimos a través de ellas en tropel, tal vez una docena de hombres montados, conmigo al frente, y una veintena de infantes: los lanceros y arqueros que Robin había dejado atrás mientras él participaba en la gran peregrinación, acompañados por un puñado de los más bravos, o tal vez simplemente los más leales, de las tierras vecinas. Conducidos por el padre Tuck, los soldados de a pie corrieron detrás de la caballería, lanzando sus gritos de guerra, armado cada uno de ellos con una lanza larga o una espada corta procedentes de la armería del castillo. Me di cuenta con admiración, y un sobresalto, de que el joven Thomas, armado con un hacha reluciente, se había unido al resto de los hombres que corrían detrás de los jinetes. No tuve tiempo de ordenarle que volviera al castillo, porque ya nos adentrábamos en la noche hacia el enemigo.

Los jinetes salimos al trote largo por la puerta situada en el sector sudeste del castillo, y giramos a la izquierda, picando espuelas, para caer sobre el lado sur del campamento de Murdac. El corazón me latía en el pecho con la oscura excitación de la batalla, la sensación incomparable de tener a un caballo bien entrenado entre mis piernas, un escudo grueso al brazo y una lanza larga recostada bajo mi codo derecho. Sabía que nuestras posibilidades no eran muchas, pero no sentí temor aquella noche extraña y salvaje. Cabalgábamos hacia la batalla, y la batalla, con su júbilo insano, maldita de Dios y desafiante al cielo, venía hacia nosotros.

Un centinela aterrorizado, vestido de negro y rojo, volvió la espalda y corrió hacia el campamento al vernos aparecer en la noche: una banda de jinetes al galope aullando como diablos y dispuestos a caer directamente sobre él. Cuando se volvió para correr, un borrón gris rojizo me adelantó de un salto, uno de los enormes mastines de Tuck entrenados para combatir. El animal saltó sobre el centinela en fuga, sus mandíbulas gigantes se abrieron y volvieron a cerrarse con un chasquido, hundiéndose profundamente en la carne de su pierna derecha, y luego los dos rodaron sobre la hierba oscura, formando un revoltijo de pelaje gris y faldones de una sobreveste negra, de estremecedores gritos pidiendo auxilio y de crujidos de huesos triturados. Luego pasé de largo, y vi que algunos enemigos adormilados salían tambaleantes de las tiendas que tenía frente a mí, visibles sólo a medias en las tinieblas. Me incliné sobre el cuello de mi caballo y galopé en línea recta hacia un soldado que forcejeaba para ponerse una cota de malla forrada de cuero, con los brazos en alto y la cabeza tapada por la camisa de acero, y grité «¡Westbury!» mientras adelantaba mi brazo derecho y hundía la punta de la lanza en su vientre abultado y desprotegido.

Cayó de inmediato, y pareció enroscarse como una serpiente alrededor del asta de mi lanza. Pero giré la muñeca para liberar la punta de los intestinos del hombre y seguí adelante. Apenas acababa de apuntar de nuevo al frente con mi lanza, cuando me vi frente a otro enemigo, un soldado montado, con casco y coraza de cuero, que gritaba enfurecido y blandía una pesada maza contra mí. Me alcé en la silla, mi lanza se proyectó hacia delante, y la punta teñida de sangre perforó el cuero endurecido del peto hasta penetrar en su pecho, propulsada por la fuerza letal de mi caballo al galope. Mi enemigo era hombre muerto antes de haber llegado a la distancia adecuada para golpearme. Solté la lanza, que oscilaba siniestramente sobresaliendo de su torso mientras la sangre empapaba el peto de su coraza, y desenvainé mi espada. Oí gritos de batalla a mi espalda cuando nuestros infantes irrumpieron en el extremo sur del campamento, tajando y aullando, golpeando y acuchillando a sus enemigos, barriéndolo todo a su paso como una ola de furia humana al estrellarse contra un escollo. Les dejé enfrascados en su sangrienta tarea, decidido a llegar hasta el centro de aquellas hileras de tiendas, donde sabía que se encontraba el pabellón de Murdac. Ansiaba enfrentarme a él, asestar con mi espada un golpe mortal en medio de la alegre carnicería de la batalla, y enviarlo al infierno al que pertenecía. Y mientras apremiaba a mi caballo y rebanaba el cuello de un soldado al tiempo que apartaba de mi camino a un ballestero aterrorizado, pude darme cuenta de que el plan de Robin estaba surtiendo efecto. Decenas de hombres vestidos de negro y rojo huían del campamento hacia el este y se perdían en la oscuridad; algunos suplicaban a gritos a Dios en su terror, y otros reservaban fuerzas para escapar más deprisa.

Conduje a mi caballo alrededor de una tienda de campaña grande y baja, y tropecé con una aparición terrible: un gigante montado en un enorme corcel, una mole negra y monstruosa iluminada tan sólo por las luces movedizas de los fuegos, pero que parecía a punto de abalanzarse sobre mí. Enarbolaba una gran hacha de doble cabeza en el puño enorme, y me di cuenta de que goteaba sangre fresca, y de que la cabeza que sostenían los hombros gigantescos era la de un garañón que parecía echar fuego por las narinas. No pude evitar tirar de las riendas de mi caballo para echarme atrás, alarmado, y entonces la aparición utilizó su mano libre para alzar su máscara de piel de oveja, que simulaba una cabeza de caballo, y reveló el rostro sonriente y sudoroso y los rizos rubios de John Nailor, el lugarteniente de Robin y buen amigo mío.


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—¡Bu! —me gritó, como si jugara al escondite con un chiquillo.

Conseguí componer una sonrisa nerviosa dirigida a mi viejo camarada. Y Little John me gritó:

—¡Por las pelotas colgantes de Dios, Alan, no me digas que tú también te has cagado en los pantalones con esta mascarada!

Negué con la cabeza y mentí entre dientes:

—¡Claro que no, pero parece que el truco ha funcionado con los hombres de Murdac! Los bastardos se han dado a la fuga.

—No todos, Alan —dijo Little John. Y señaló hacia el este, donde un sargento veterano dirigía a un grupo de una docena de mesnaderos de a pie para que formaran un muro de escudos de aspecto débil y vacilante—. Esta pequeña escaramuza no ha acabado aún, Alan. ¡Vamos! Todavía podemos divertirnos un poco.

Se puso de nuevo la terrorífica careta de caballo sobre la cara, y los dos hicimos girar a un tiempo nuestras monturas y picamos espuelas, rodilla contra rodilla, hacha y espada revoleando en el aire, yo al grito de «¡Westbury! ¡Westbury!», y Little John dando unos fingidos relinchos estridentes desde lo más hondo de su garganta. Cargamos como locos, o como criaturas surgidas de una pesadilla infernal, directamente contra la delgada línea formada por una docena de soldados asustados que se cubrían únicamente con sus escudos en forma de cometa. Una formación que, al vernos, se quebró como una taza de arcilla al caer sobre un suelo de piedra, y unos segundos después todos corrían para salvar sus vidas y se dispersaban entre las sombras. Yo únicamente conseguí dar un golpe de refilón al casco de un fugitivo, antes de que el hombre se escurriera debajo de un carro volcado, a salvo de mi espada. Lo dejé con vida, y tiré de las riendas, jadeante, mientras escrutaba la noche y recuperaba el aliento.

Little John se había equivocado. La batalla estaba acabada a todos los efectos, y cuando me volví hacia él para decírselo, vi que también había desaparecido en la noche. Estaba solo, y delante de mí se alzaba la tienda listada de negro y rojo de sir Ralph Murdac, iluminada ahora por un círculo de antorchas de resina de pino. Dirigí a mi caballo hacia aquel círculo de luz, y recé con fervor a san Miguel para que me concediera la suerte de encontrar aún a la pequeña rata normanda en su apestosa madriguera.

Murdac, sin embargo, ya no estaba allí, aunque sí encontré a Robin. Mi señor había descabalgado; la careta de piel de cordero colgaba de una cuerda pasada alrededor de su cuello, y tenía un gran arco en las manos, con una flecha montada y la cuerda tensada hasta la comisura de los labios. Apuntaba hacia un lado del lugar de donde venía yo, a un punto apartado de la luz y sumido en la oscuridad; giré la cabeza y seguí con la vista la dirección de su puntería. Una pequeña figura oscura se alejaba del campamento al galope sobre un caballo negro como la medianoche, a rienda suelta, haciendo saltar los vientos de las tiendas del campamento, que se abatían a su paso y caían una tras otra al suelo. Supe en el tuétano de mis huesos que el fugitivo era Murdac. Apenas un segundo después, mi señor soltó la cuerda y una vara de fresno de un metro de largo, con la punta aguzada como una aguja, relució al volar hacia la oscuridad. La flecha alcanzó a Murdac. Vi el impacto, en la parte alta de la espalda, hacia el lado izquierdo; fue un tiro magnífico, que sólo Robin y un puñado de hombres más en todo el mundo podrían haber conseguido. El blanco móvil se encontraba en ese momento a más de cien metros, y la distancia crecía a cada instante, mientras hombre y caballo corrían hacia la salvación. La sobreveste negra y roja de Murdac sólo era visible de forma intermitente en la oscuridad de la noche, cuando caballo y jinete pasaban un tramo levemente iluminado; era una hazaña casi imposible dar en el blanco, y sin embargo Robin lo hizo. Pero no fue un golpe mortal; vi que Murdac se tambaleaba en la silla por la fuerza del golpe en su espalda. Pero no cayó, y unos instantes después se irguió de nuevo, desafiante, y se perdió de vista definitivamente en dirección al vado del río Locksley, mientras el telón oscuro de la noche se cerraba a su espalda.

Oí a Robin maldecir en voz baja en el momento en que saltaba de mi montura para saludarlo y felicitarle por su asombrosa victoria.

—Quería matarlo, Alan —dijo mi señor después de que nos aferráramos recíprocamente los brazos derechos, como saludo—. Quería matarlo sin falta esta vez, y de verdad creí que lo tenía, pero parece que he vuelto a fallar.

—Puede que muera de esa herida —le dije, sonriéndole con afecto—. Tal vez Dios le reserva una muerte lenta y horriblemente dolorosa, cuando la herida se ponga negra y supure un pus espeso y empiece a oler como un carnero rancio de un mes…

—Intentas alegrarme la noche —dijo Robin con una risa amarga—. O quizá despertarme el apetito. De todas formas, gracias, Alan. No, he errado el tiro con Murdac, y habremos de enfrentarnos a él de nuevo en alguna otra ocasión. Ahora tenemos otros asuntos que atender; vamos, es mejor que nos aseguremos de que todos esos bastardos están muertos, presos o a millas de distancia de aquí.

Robin dio media vuelta, y estaba llamando a su caballo cuando William, lord Edwinstowe, precediendo a una veintena de hombres de armas montados, se acercó al trote al círculo de antorchas que rodeaba el pabellón de Murdac. Yo sabía que los hombres de Edwinstowe no habían cargado con nosotros cuando salimos del castillo para apoyar el ataque de Robin, y ninguno de ellos presentaba ninguna huella de haber entrado en batalla: ni un rasguño, ni una salpicadura de sangre en uno siquiera de ellos. Pero el cauteloso barón debió de darse cuenta del giro que tomaba la batalla, de que los hombres de Murdac huían, y llegó a la conclusión de que tenía que aparecer aunque sólo fuera por no manchar su reputación de caballero. Me di cuenta en ese momento de que, por mucho que fuera el hermano de Robin, sólo sentía desprecio por él.

—Robert —saludó escuetamente Edwinstowe, con una ligera inclinación de cabeza a mi señor.

—William —fue la respuesta, en el mismo tono frío. Luego Robin, ya montado, acercó su caballo al de su hermano. Le sonrió sin calor, y dijo—: Te doy las gracias por el gran servicio que me has prestado en estas semanas de asedio. Estoy en deuda contigo.

—Bueno, hermano, cuando me enteré de los planes de Murdac de atacar Kirkton, ¿qué otra cosa podía hacer sino venir aquí? Me he limitado a cumplir un deber de familia —dijo Edwinstowe—. Ni más, ni menos. Los deberes con la propia familia son sagrados, y están por encima de cualquier otra… consideración.

—Y yo te estoy muy agradecido —dijo Robin—. No olvidaré lo que has hecho por mí aquí.

Edwinstowe sonrió a medias; parecía complacido por el agradecimiento de Robin.

—Al parecer, he subestimado tus planes de batalla. Debo felicitarte por tu plan, por esa… estratagema, y por tu notable victoria.

Su mano enguantada describió un arco que abarcaba el conjunto del campamento enemigo convertido en rescoldos humeantes, y vacío ahora de hombres de Murdac. Robin le dirigió una sonrisa alegre, resplandeciente. Y durante un largo momento pareció que el barón iba a decir algo más, pero por fin se limitó a un gesto de asentimiento e hizo dar la vuelta a su caballo para, al frente de su fuerza de choque formada por hombres de armas sin huellas de haber entrado en combate, trotar de regreso al castillo de Kirkton.

♦ ♦ ♦

Los prisioneros estaban cansados y muy asustados. Dos docenas de hombres pálidos, con las muñecas y el cuello sujetos por gruesas sogas, algunos de ellos con heridas leves (los muy mal heridos habían sido piadosamente enviados a su Hacedor inmediatamente después de concluida la batalla), estaban sentados desconsolados, recostados en la empalizada de madera, despojados de sus ropas hasta quedar casi desnudos, y custodiados por un pelotón de arqueros jubilosos por la victoria, que compartían jarras de hidromiel y sobados chistes marciales. El alba había llegado poco tiempo antes al patio del recinto interior del castillo de Kirkton, y Hanno me estaba felicitando por la muerte de la noche anterior.

—Estoy muy satisfecho, Alan —me dijo mi amigo bávaro, y en su cabeza redonda y afeitada apareció una sonrisa que exhibió una hilera mellada de dientes grises y rotos—. Fue una muerte hermosa, ya lo creo. Elegante, muy silenciosa, casi perfecta.

El dedo mordido me dolía por la falta de cura, aunque lo había vendado ligeramente antes de la batalla de la noche pasada. Miré a mi amigo con algo de amargura, maravillado por oírle utilizar la palabra «hermosa» para calificar un asesinato sórdido.

—¿Qué quieres decir, con esecasiperfecta? —dije—. Lo eliminé sin el menor ruido.

Mi humor era algo melancólico, como me sucede siempre después de un derramamiento de sangre, cuando el mundo parece plano y gris, y en mi alma pesa el remordimiento por los hombres que había matado. Además, el dedo me dolía más que un poco.

—Oh, Alan, no me interpretes mal —dijo Hanno, ahora muy serio—. Me siento muy orgulloso de ti…, pero la próxima vez tienes que golpear mientras está de pie, mano izquierda y daga al mismo tiempo —hizo el gesto de tapar la boca de una víctima invisible y hundir simultáneamente el acero en la base de su cráneo—, y no utilizar tu peso para derribarlo al suelo y luego matarlo mientras los dos rodáis de un lado para otro como dos puercos felices revolcándose en el barro.

—Muy bien, lapróxima vezintentaré hacerlo mejor —dije con una mueca. Me sentía ligeramente mareado al recordar aquel asesinato sangriento en la oscuridad. Hanno era un defensor apasionado de la perfección, capaz de discutir interminablemente sobre ella: la cerveza perfecta, la mujer perfecta, la estocada perfecta. En cambio, no se dio cuenta en absoluto de que yo estaba hablando con sarcasmo.

—Ésa es la actitud correcta, Alan —dijo Hanno, con gestos de aprobación—. Cada vez que lleves a cabo un trabajo, has de procurar hacerlo mejor que la vez anterior…, hasta que resulte perfecto. Recuerdo mi primera muerte silenciosa…, oh, hace ya muchos años, en Baviera. Yo estoy al servicio de Leopoldo, duque de Austria, un hombre grande y poderoso, y me llegan órdenes suyas a través del renombrado y nobilísimo caballero Fulk von Rittenburg…

En ese momento, me ahorré volver a escuchar una historia que ya había oído una docena de veces gracias a la llegada de Robin, que todavía vestía el largo manto negro que formaba parte de su disfraz de caballo-demonio la noche pasada; le acompañaban Little John, Marian y una nodriza que llevaba en brazos a un niño pequeño, de mirada solemne, un poco rechoncho; debía de tener dos años y medio de edad, si mis cálculos eran correctos.

Robin se detuvo delante de los prisioneros y alzó en silencio su espada. Su rostro estaba tan pálido como el de un hombre obligado a pasar la noche a la intemperie en pleno invierno. Detrás de él, Marian parecía extrañamente asustada y confusa. John, en cambio, tenía una actitud despreocupada y me dirigió un guiño alegre.

—Hacedles ponerse de pie —dijo Robin en tono seco a los arqueros de guardia. Y mientras los prisioneros eran forzados a levantarse a golpes y empujones, Robin los observaba con una mirada metálica tan fría como el acero que empuñaba.

—Habéis venido a este lugar y puesto sitio a mi castillo con vuestro señor, el cobarde que se hace llamar a sí mismo sir Ralph Murdac, con la intención de matar a mis servidores y arrasar mis tierras mientras yo estaba fuera, luchando por la cristiandad en Tierra Santa. ¿Es o no es cierto?

Los hombres atados no contestaron; removieron los pies, incómodos, con la vista clavada en el suelo de tierra apisonada del patio. Uno de ellos empezó a llorar en silencio. Robin continuó:

—Y sin embargo, ¿no había declarado su santidad el papa Celestino que las tierras y las haciendas de un hombre quedarían bajo la protección de la Santa Madre Iglesia mientras él tomara parte en una santa peregrinación? Atacar las propiedades de un hombre en esas condiciones es romper la Tregua de Dios, un pecado grave, tan reprobable como atacar las propiedades de la misma Iglesia, ¿no es así?

Los hombres siguieron en silencio. Robin hizo una pausa de un segundo apenas, y prosiguió:

—Así pues, según la santa ley de Dios y la de su santidad el papa, todos vosotros merecéis la muerte por el crimen que habéis cometido fuera de estos muros. ¿No es así?

Yo me reía en mi interior al oír cómo mi señor, un hombre del que sabía que no sentía el menor respeto por el papa de Roma ni por ningún otro eclesiástico de alto rango si vamos al caso, utilizaba aquella ley como justificación, supuse, para ejecutar a aquellos hombres. «Adelante con ello —pensé para mis adentros—. Si has decidido matarlos, adelante. No los cargues con un largo sermón para que se lo lleven a la tumba».

—Pero hay algo que me indigna más que el cobarde ataque a mis tierras mientras yo combatía por la buena causa en Ultramar —siguió diciendo Robin—, y es que vuestro señor ha ido sembrando sospechas sobre el honor de mi esposa, la condesa de Locksley. —La mirada de Robin fustigó a aquellos hombres encogidos, muchos de los cuales musitaban plegarias entre dientes, convencidos de que sus días sobre la tierra estaban a punto de concluir—. El cobarde Murdac afirma que el pequeño Hugh, aquí presente, mihijo—Robin puso un énfasis especial en la última palabra—, no es en realidad hijo mío, sino suyo.

Durante más de un año, por lo que yo sabía, sir Ralph Murdac había estado difundiendo el rumor de que había yacido con Marian y la había dejado preñada. Ese rumor llegó hasta nosotros en un lugar tan lejano como la isla de Sicilia, llenando a Robin de desazón y de la sensación de ridículo del marido cornudo, algo que Robin no podía soportar. Y lo que era peor, los rumores eran ciertos. Murdac había yacido con Marian cuando ella era su cautiva, en los días de proscrito de Robin, y aunque con toda seguridad se trató de una cópula forzada, no podía negarse a ciencia cierta que el hijo era suyo. Me sorprendió que Robin hablara en público de aquellos temas tan intensamente privados y vergonzosos. Ni siquiera yo, uno de sus amigos más próximos, me había atrevido nunca a hablar con él de aquella cuestión. Pero al parecer ahora había decidido sacar el asunto a la luz.

—¿Alguno de los presentes quiere apoyar, ante la Virgen, la demanda del mentiroso Murdac, y sostener que mi hijo Hugh es en realidad suyo?

Los prisioneros miraron al pequeño acurrucado en silencio en los brazos de su nodriza. El niño les devolvió la mirada con sus grandes ojos de un azul pálido, bajo una mata de pelo azabache. Dios me perdone por decir esto, pero era la imagen misma de Murdac, un sir Ralph en miniatura…, y todos los presentes podían verlo. Pero nadie dijo una palabra.


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Con la rapidez de una serpiente al atacar, Robin proyectó al frente su espada y hundió la hoja unos treinta centímetros en el vientre desnudo del prisionero más próximo, que gritó de dolor y cayó al suelo sangrando y gimiendo, apretándose la herida con las manos. Aunque yo estaba convencido de que Robin tenía intención de matarlos a todos, me sorprendió tanto como a todos los presentes en el patio lo repentino y despiadado del golpe.

Robin alzó la espada hacia el cielo, y la sangre del infortunado prisionero relució al resbalar por el canal central de la hoja hacia la empuñadura.

—Quiero una respuesta —dijo mi señor con calma, pero con una dureza helada en la voz—. De modo que vuelvo a preguntaros: ¿alguno de los que estáis aquí apoya la afirmación de sir Ralph de que éste no es mi hijo?

Hubo un coro inmediato de «¡No, mi señor!», y «¡Por mi fe que el hijo es vuestro, mi señor!» y frases parecidas, por parte de los prisioneros. El hombre herido dio un gran grito inarticulado, se estremeció y quedó inmóvil, misericordiosamente al margen de todo dolor.

Uno de los prisioneros dio un paso al frente. Era un hombre guapo, alto y orgulloso.

—No mentiré —dijo, con los ojos puestos en Robin y sosteniendo su mirada—. No voy a presentarme ante Dios con una mentira en los labios. No es vuestro hijo, no tenéis más que mirarlo para verlo. Es evidente que su verdadero padre…

La espada de Robin relampagueó en el aire y cortó de un tajo la garganta del hombre, que cayó de rodillas con la sangre manando entre sus manos apretadas, en un gesto inútil de retener el precioso fluido vital que caía a chorros sobre su pecho blanco.

—¿Alguien más? —preguntó Robin, tan inmóvil y frío como la losa de una tumba.

De nuevo hubo un coro de «¡No, mi señor! ¡Es sin duda hijo vuestro!».

—Todos merecéis la muerte por vuestros actos de las últimas semanas…, pero yo soy un hombre misericordioso —dijo Robin. Y a su espalda, vi que Little John no podía contener la risa y simulaba un acceso de tos, se estremecía, se tapaba la boca con una mano enorme mientras su cara se teñía de un color rojo encendido, y por fin se esforzaba en recuperar la compostura. Mi señor dirigió a John una severa mirada de reojo, torció apenas la boca un instante para expresar su disgusto, y continuó—: Soy un hombre misericordioso a menos que se me provoque, y puedo,puedosentirme ahora inclinado a la clemencia. Si algún hombre aquí jura ante Dios y la Virgen, por todo lo que le es querido, que nos servirá a mí y a mi hijo Hugh con lealtad, durante todos los días de su vida, con todas sus fuerzas y su voluntad, le perdonaré su miserable vida. ¿Alguno de vosotros está dispuesto a prestar ese juramento solemne?

Un bosque de manos se alzó en el aire; muchos levantaron las de otros hombres, y uno particularmente bajo fue aupado en el aire por las manos alzadas de los dos hombres altos que tenía a uno y otro lado. Inmediatamente, hubo un clamor de voces que declaraban: «Yo quiero, mi señor, sí, yo quiero». De hecho, y tal vez aquello no fuera demasiado sorprendente, al parecer todo el grupo de prisioneros estaba dispuesto a aceptar la oferta de dedicar su vida entera al leal servicio de Robin.

Mientras los arqueros desataban a los prisioneros y éstos se arrodillaban por turno para jurar lealtad a Robin, colocando sus manos entre las de él, pensé en lo listo que había sido mi señor. Había reclutado de golpe a una veintena de hombres de armas expertos y bien entrenados, que él necesitaba con urgencia y que ahora encontrarían difícil, si no imposible, volver a formar bajo los estandartes de Murdac, dado que habían reconocido en público que Hugh era el hijo de Robin. Él había sabido descubrir, y eliminar con toda rapidez, al único hombre que jamás le habría servido, y había desplegado de forma sucesiva una dureza implacable y una clemencia llena de generosidad que, era de desear, contribuirían a atraer a aquellos hombres hacia él con lazos más fuertes. Pero ¿mantendrían su lealtad aquellos hombres, los hombres de sir Ralph Murdac, cuando cesara la amenaza de una muerte inminente? Estudié sus rostros, y me prometí que en el futuro les vigilaría con atención, a todos y cada uno de ellos.

Capítulo IV

Durante las semanas siguientes, el castillo de Kirkton disfrutó de un período de paz y tranquilidad que fue balsámico para nuestras almas, después de nuestros largos vagabundeos. El tiempo en el comienzo del otoño era soleado y cálido, y era evidente para todos que a mi señor Robin le complacía estar de nuevo en casa junto a su esposa Marian. El pequeño Hugh correteaba por el patio; era un niño alegre, mofletudo, que se parecía más a sir Ralph Murdac cada día que pasaba, aunque nadie era tan temerario como para comentarlo; y sin embargo, al parecer Robin había decidido, por lo menos en su mente, que el niño era suyo, y dispensaba una ternura paternal algo reservada al chiquillo en cada ocasión en que sus caminos se cruzaban.

Lo cierto es que mi señor fue un hombre muy atareado en las semanas que siguieron a su regreso. Después de dos años y medio de ausencia, había muchas cuestiones de la administración de sus posesiones que necesitaban una puesta al día. Tributos y rentas que recaudar, muros, vallas para el ganado y puentes que reparar, pleitos que arbitrar, haciendas lejanas que visitar, a veces por vez primera. Yo también tenía obligaciones propias, y me despedí de mi señor para regresar por breve tiempo a Westbury.

Robin había encontrado un administrador que dirigía la propiedad para mí, un hombre mayor, flaco, con cabellos grises y un humor ácido, llamado Baldwin. Me gustó desde el principio, y cuando lo visité descubrí que mantenía el lugar en orden y que, en mi ausencia, había dirigido los asuntos de la casa de forma cortés pero firme, y conseguido que después de pagar los diezmos a la Iglesia y los tributos a la Corona, aún quedaran para mí una pequeña renta en plata y un excedente de grano. Después de inspeccionar sus cuentas, descubrí que no tenía nada más que hacer allí, excepto cabalgar por mis tierras procurando adoptar un aire señorial, gastar el dinero que él había reunido para mí, y de vez en cuando sentarme a ejercer de juez de los pleitos de los aldeanos, en la corte instalada en la mansión. Baldwin me trataba con cortesía y una pizca, pequeña pero satisfactoria, de deferencia, a pesar de que él era de origen normando y tenía que saber que yo no era un noble de nacimiento. Me complacía contar con un hombre tan bien dispuesto y competente para administrar mis tierras.

Había algunas casas vacías y en mal estado en la aldea de Westbury, y las regalé a un puñado de veteranos de Robin que, bien por sus heridas o por su edad avanzada, deseaban abandonar la peligrosa vida de la milicia para arar mis campos y esparcir algunas semillas aquí y allá. Me pareció que podría resultar ventajoso disponer de media docena de soldados veteranos a mano a modo de prevención de alguna futura emergencia, un incendio o un ataque de gente enemiga.

No pude quedarme mucho tiempo en Westbury, sin embargo, porque muy pronto Robin me mandó a recorrer el país para entregar mensajes a sus amigos y aliados, con la idea de tantear su buena o mala disposición. De modo que pasé la mayor parte de los días de otoño e inicios del invierno de aquel año (Tuck me dijo que era el 1192 desde el nacimiento de Nuestro Señor) en la silla de montar, y las noches en castillos o en monasterios de los cuatro puntos cardinales del país. Fue un trabajo fatigoso pero no solitario, porque me llevé a Hanno como guardaespaldas y compañero. Tenía un repertorio inmenso de historias de sus viajes, y me contaba cuentos sobre osos negros que habían vivido en los bosques de su Baviera natal, y de las brujas locales, los malvados ogros y los elfos que robaban los niños de sus cunas…

Hanno se había unido a nuestra hueste después del sitio de Acre. El rey Ricardo capturó el puerto fortificado tan sólo un mes después de su llegada a Tierra Santa, una hazaña que causó admiración incluso entre sus enemigos. Acre había estado sitiada durante casi dos años hasta ese momento, y era considerada inconquistable, pero la llegada de Ricardo con máquinas de asedio y refuerzos masivos selló su destino. Yo enfermé después de la caída de la ciudadela; fui herido y sufrí una enfermedad misteriosa que me dejó débil y mareado durante semanas. También Hanno había sido herido, y a los dos nos tocó pasar la convalecencia en el mismo cuartel de Acre, en la parte controlada por los caballeros hospitalarios, los monjes curanderos que combinaban un profundo amor a Cristo con una reputación temible de guerreros implacables.

Hanno había formado parte del contingente alemán en Ultramar, mandado por el duque Leopoldo de Austria, pero fue dejado atrás cuando su señor feudal se retiró de la cruzada después de una grave disputa con el rey Ricardo, cabeza de la expedición. Nuestro impetuoso monarca inglés arrojó la bandera del duque desde lo alto de las murallas de Acre en las que había sido izada al lado de la inglesa y del estandarte del rey Felipe Augusto de Francia. Ricardo dijo que no era correcto que la bandera de un simple duque ondeara junto a las de los reyes. De hecho, todo se reducía a una cuestión de dinero, como ocurre a menudo en la guerra…, y también en la paz, como Robin se complacía en decir. O más bien, una cuestión de botín. Al exhibir su bandera junto a las de Ricardo y Felipe, lo que Leopoldo quería era reclamar la misma parte que ellos (un tercio) de las riquezas procedentes del saqueo de Acre. Y Ricardo no estaba dispuesto a permitirlo. Desde su punto de vista, Leopoldo fracasó en su intento de tomar Acre después de muchos meses de asedio, mientras que Ricardo lo había conseguido en pocas semanas. El resultado fue que, poco tiempo después, Leopoldo abandonó la gran peregrinación y se volvió a Austria furioso con el rey Ricardo y jurando que se vengaría.

Abandonado por su señor porque se encontraba demasiado débil para viajar, Hanno fue recuperándose poco a poco, y acabé convenciéndole para que se enrolara en la hueste de Robin, formada por proscritos de Sherwood reconvertidos en soldados. A pesar de la barrera de la lengua, que Hanno pronto superó aunque con algunos giros peculiares (tenía la curiosa costumbre de hablar siempre como si lo que contaba estuviera ocurriendo en ese mismo momento), encajó bien como explorador y como guerrero en la banda de antiguos cazadores furtivos y bandidos que seguía a Robin. Y, como ya he dicho, pareció adoptarme, y responsabilizarse de enseñarme todo lo que sabía sobre la caza al acecho, tanto de animales como de personas.

En los castillos y las grandes mansiones en los que me hospedé durante mis viajes por Inglaterra para los asuntos de Robin aquel invierno, normalmente era solicitado para entretener a mi audiencia por las noches con música, la mayor parte de composición propia, pero también en algunas ocasiones compuesta por otros, y me complació darme cuenta de que mi reputación comotrouvèreiba en aumento. En el castillo de Pembroke, en Gales del Sur, después de escuchar «Mi alegría me invita» (unacansóque había compuesto a medias con el mismísimo rey Ricardo Corazón de León en Sicilia, de camino hacia Tierra Santa), el famoso caballero William Marshal, ahora un gran magnate y, en ausencia de Ricardo, uno de los justicias mayores y mariscal de Inglaterra, llegó incluso a hacerme el cumplido de invitarme a abandonar el servicio de Robin y unirme a su corte.

Aunque Marshal me prometió mucho oro y las rentas de varias propiedades, le informé desolado de que no me era posible dejar a mi señor después de haber sufrido tanto a su lado en nuestros viajes a Oriente. Por supuesto que no le gustó mi negativa, pues, por decirlo con toda claridad, no estaba acostumbrado a ellas, y le costó bastante disimular su considerable irritación.

—Desde luego, entiendo vuestra lealtad a Locksley, e incluso la aplaudo —refunfuñó Marshal. Era un hombre gigantesco, tosco, de cabellos castaños que ya griseaban, en los años postreros de la edad mediana, con grandes manos llenas de cicatrices, y en aquella época tal vez el guerrero de mayor renombre en el país. Nos encontrábamos los dos en las almenas de la torre de piedra de Pembroke, recién acabada de construir, y observábamos desde allí a una multitud de peones y albañiles que trabajaban como hormigas atareadas para construir un lienzo de muralla debajo de nosotros—. Pero deberíais saber que vuestro precioso conde va a caer en desgracia. Es bien sabido que es el favorito del rey, pero el rey Ricardo se encuentra muy lejos en Ultramar, y quién sabe cuándo volverá. O si volverá siquiera algún día.

Marshal hizo una pausa en ese momento, y me dirigió una mirada significativa antes de continuar.

—Locksley tiene enemigos aquí en Inglaterra, y no me refiero únicamente a esa comadreja de Murdac. Nuestro noble príncipe Juan mira con recelo a cualquier partidario del rey Ricardo…, es tan evidente como la nariz que tiene en medio de la cara que quiere el trono para sí mismo, y me han llegado rumores de que determinados elementos muy poderosos de la Iglesia también desean ver muerto a vuestro señor. Un montón de gente ansía la caída de Robert de Locksley, joven Alan. Deberíais abandonarle mientras tengáis la oportunidad de hacerlo. Venid a probar suerte a mi lado, nadie os criticará por abandonar a Locksley para uniros al más gran y temible caballero de la cristiandad. —Me sonrió para hacerme ver que bromeaba sobre su propia fama y prestigio, pero lo cierto es que estaba muy orgulloso de su reputación como guerrero—. En serio, Alan, mis informadores me dicen que Locksley está condenado. Son demasiados los poderosos que desean verlo humillado. Uníos a mí, vuestra exquisita música tendrá la recompensa que merece, y además podré contar con otro espadachín de primera categoría en mi corte.

Sir William Marshal no era un mal hombre; si uno se paraba a rebuscar debajo de su aspecto hosco de soldado y de su enorme orgullo, encontraba nobleza…, y quería lo mejor para mí. Aun así, rechacé su oferta. Sin embargo, me preocupó lo que me había contado. Yo sabía, desde luego, que el príncipe Juan codiciaba el trono de Inglaterra; parte de las órdenes secretas que el rey Ricardo había dado a mi señor cuando éste marchó de Tierra Santa se referían a mantener vigilado a su hermano Juan y entorpecer cualquier maniobra que intentara para acrecentar su poder, de ser esto posible. Pero también me preocupaba la mención de Marshal a determinados elementos muy poderosos de la Iglesia que querían su sangre. Robin se había burlado en muchas ocasiones del clero (en sus días de proscrito, se empeñó especialmente en robar a los clérigos ricos que atravesaban sus dominios del bosque), y ahora, al parecer, aquellas cañas se tornaban lanzas.


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Dado que el objetivo de mi misión, además de hacer entrega de los mensajes de mi señor, era recabar información de cualquier cuestión que afectara a su familia o al propio Robin, garabateé una nota para mi señor en un pedazo de pergamino viejo y mandé de inmediato a Hanno al galope hacia Kirkton.

Mientras esperaba el regreso de mi compañero con nuevas órdenes, me entretuve en Pembroke para observar las obras del castillo, con no escaso respeto por las enormes sumas de dinero que consumían, tocar música para sir William, practicar mi juego de espada y escudo con sus caballeros, y flirtear con discreción con Isabel, la joven y encantadora esposa de mi añoso anfitrión, que era más o menos de mi misma edad. Además, por supuesto, aproveché cualquier oportunidad que se me presentó para intentar averiguar más sobre las amenazas a Robin por parte de la Iglesia. Pocos días más tarde, me llegó información más concreta, y con ella una sorpresa desagradable.

Hanno había regresado a mi lado con instrucciones escuetas de Robin de que volviéramos los dos de inmediato a casa. No me disgustó dejar Pembroke porque me había encandilado bastante con Isabel, y sólo mi considerable respeto por sir William me había aconsejado abstenerme de expresarle a ella mis apasionados sentimientos. Era preferible alejarme de la tentación, me dije a mí mismo. Cuando empaquetábamos nuestras pertenencias preparando ya la marcha, apareció mi anfitrión con un ruego: quería que diese una representación especial esa noche después de la cena, pues recibía a un huésped distinguido. Quise complacerle porque había estado disfrutando de su hospitalidad durante varias semanas, y me sentí además complacido porque quería cantar una canción de amor que había escrito para Isabel, con la intención de dejarle algo hermoso que le recordara a mi persona.

Lacansóque había escrito para ella tenía un tono sentimental y se basaba en un cuento árabe que había oído en Ultramar, sobre un tordo común y una hermosa rosa blanca. El tordo está enamorado hasta la desesperación de la rosa, pero debido a la diferencia de rango nunca podrá estar junto a ella. Además, los pétalos delicados de la rosa blanca están celosamente protegidos por muchas espinas crueles, pero el tordo, loco de amor y despreciando el peligro, se arroja sobre la rosa en busca tan sólo de un breve beso, y voluntariamente se deja morir atravesado por las afiladas espinas. Y desde entonces las rosas son rojas como la sangre, en recuerdo del sacrificio del tordo que murió de amor.

Podéis pensar que todo eso son simplezas sentimentales, pero he de decir con toda sinceridad que Isabel entendió micansóen toda su extensión, y que por las miradas que me dirigió después de mi actuación creo que, de haberme quedado más tiempo, bien pudiera suceder que me invitase a disfrutar plenamente de la suavidad de sus pétalos. En cambio, al día siguiente Hanno y yo nos pusimos en marcha en la gélida madrugada de diciembre, y nunca volví a ver a mi rosa blanca. Estimo que, dada la temible reputación de guerrero de sir William, fue la mejor solución: sin duda no era un hombre dado a llevar los cuernos con resignación.

Sea como sea, aquella noche en Pembroke tuve un encuentro que resultó enormemente importante para esta historia. Después de representar micansó, y varias otras piezas, fui presentado al huésped distinguido de sir William. Su nombre era sir Aymeric de Saint Maur, y era un emisario de William de Newham, el maestre del Temple de Londres, la cabeza de la rama inglesa de la orden de los Pobres Soldados Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón: los famosos caballeros templarios.

Así pues, aquel sir Aymeric era un templario, formaba parte de una orden de élite de monjes guerreros, famosa en todo el mundo por su piedad y sus hazañas. Los templarios eran el brazo armado de la Santa Madre Iglesia, los guerreros sagrados de Nuestro Señor Jesucristo, que sólo obedecían a su gran maestre y a su santidad el papa. Los templarios habían estado en primera línea de batalla en Ultramar y, junto a los caballeros hospitalarios, habían ganado un gran renombre por su implacable ferocidad en la guerra y su devoción total a la causa cristiana. No daban cuartel a sus enemigos en Tierra Santa, y tampoco lo esperaban. Prueba de su suprema eficacia como guerreros era que, si en alguna ocasión un soldado templario era capturado por Saladino, de inmediato era ejecutado. Y aquellos monjes guerreros consideraban una muerte así como un martirio deseable.

Yo había conocido antes a varios templarios, en Inglaterra y en Tierra Santa, y siempre me había sentido impresionado por ellos: sir Aymeric de Saint Maur no fue una excepción.

Era un hombre de buena estatura y corpulento, en la treintena, de espalda recta, con cabellos negros espesos, vestido con el manto de un blanco inmaculado de los templarios, con la cruz roja en el pecho. De maneras nobles, era un militar en cada pulgada de su cuerpo, y el rictus de su boca insinuaba una crueldad fría que por el momento no me preocupó. Cuando, después de la cena y la velada musical, fui presentado a él por sir William, de inmediato dio un paso atrás, casi como si me temiera, y trazó la señal de la cruz en el aire, entre él y yo.

—¿Servís al conde de Locksley? —dijo en un tono de voz curioso, a medias incierto y a medias acusador—. ¿El hereje? ¿El adorador del demonio? Es difícil creer que alguien cuya música está tan claramente inspirada por el cielo sirva a una persona tan hundida en prácticas oscuras.

Sin hacer caso del cumplido, repliqué irritado.

—Sirvo al conde, y me siento honrado de hacerlo porque no es un hereje. Puede que no preste a su alma tanta atención como debiera, y es posible también que debiera ser más respetuoso con la Iglesia, pero sin la menor duda puedo asegurar que no es un adorador del demonio.

—¿De verdad? —preguntó el templario, alzando una ceja—. Me han contado hace poco una historia curiosa sobre el conde de Locksley, que como vos admitís presta tan poca atención a su alma inmortal y tan poco respeto a la Santa Madre Iglesia; pero tal vez esa historia es falsa…

Me miró con cautela durante unos instantes.

—¿Sí? —pregunté, seco.

—Me han dicho… —empezó el caballero, e hizo una pausa de apenas un segundo—. Me han dicho que Robert de Locksley, al verse abrumadoramente superado en número por sus enemigos, convocó a caballos-demonios surgidos de las mismas entrañas del infierno para que le ayudaran a ganar una batalla en Yorkshire contra sir Ralph Murdac, vasallo del príncipe Juan.

De nuevo hizo la señal de la cruz.

—Fue tan sólo un truco —dije, acalorado—. Unaruse de guerre. Únicamente unos cuantos hombres enmascarados, carros de fuego tirados por caballos y un poco de música pagana para aterrorizar a sus enemigos. No se recurrió a artes negras de ningún tipo. Lo juro. Juro por Dios Todopoderoso, por la Virgen y todos los santos, que no hubo nada diabólico en aquel genial ardid. Sólo quiso asustar a sus enemigos. Y debo añadir que el truco funcionó muy bien. Pericia. Pericia militar, sir Aymeric.

—¿Música pagana? Hum, interesante. Ah, bien —dijo aquel condenado templario—. Si vos decís que no se recurrió a ningún arte diabólica, debo creeros. —Era evidente que no lo hacía, y su voz había adquirido un tono distante, helado, como si ya se hubiese formado un juicio sobre mi persona—. Sin duda, la verdad saldrá a la luz con la Inquisición.

—¿La Inquisición? —pregunté totalmente espantado.

—¿No lo sabíais? —dijo el monje caballero, con sorpresa fingida—. Lord Locksley ha sido convocado a presentarse ante el maestre de nuestra orden para responder a cargos por herejía. El papa Celestino en persona lo ha aprobado… Y será un acontecimiento bastante singular, espero. Como debéis saber, todos los obispos de la cristiandad han sido encargados por su santidad de combatir la herejía allí donde la encuentren. En gran parte la medida va encaminada a extirpar la herejía en las tierras del sur, a esos malditos cátaros, pero el maestre ha recibido una dispensa especial del Santo Padre en persona para investigar a Robert, conde de Locksley. De modo que vuestro señor, si siente algún respeto por el vicario de Cristo, representante ungido de Dios en la tierra, deberá presentarse ante un tribunal en Londres el día de San Policarpo, so pena de excomunión e interdicto sobre todas sus tierras.

El caballero templario me dirigió una sonrisa feroz.

—Si lo que decís es cierto, lo considerará una oportunidad feliz para limpiar su nombre.

♦ ♦ ♦

Salí en estado de conmoción de la sala de banquetes de sir William. La conversación con sir Aymeric de Saint Maur me había dejado pasmado. El día de San Policarpo era el 23 de febrero, a tan sólo diez semanas de plazo. ¿Sabía aquello Robin? Sin duda debía de saberlo, y por eso nos llamaba a Hanno y a mí a su lado. ¿Se presentaría voluntariamente ante la Inquisición? Sería muy arriesgado no hacerlo. La excomunión era una de las sanciones más graves que podía imponer la Iglesia a un mortal: significaba que el pecador dejaba de formar parte de la comunión de los cristianos; una vez excomulgado, quedaba excluido públicamente de la Iglesia y se convertía en un proscrito espiritual, apartado de la eucaristía, y en consecuencia condenado a los tormentos eternos en el infierno. Pero yo sabía también que a Robin le importaba la opinión de la Iglesia sobre su alma menos que una manzana podrida. Ni siquiera estoy seguro de que creyera tener una. Y en todo caso, nunca se acercaba a recibir la eucaristía.

El interdicto sobre sus tierras era más grave. Significaba que no se celebraría ninguna ceremonia religiosa en ningún lugar de sus propiedades: no se casaría a nadie, no se bautizaría a ningún niño y no se enterraría a ningún muerto en una gran parte del Yorkshire del sur, y tampoco en áreas considerables del Nottinghamshire. Era una noticia preocupante. Tener a la Iglesia como enemiga no era una cuestión baladí. Los niños que murieran prematuramente irían al infierno sin el bautismo; los cadáveres se amontonarían en las cunetas de los caminos. Todos sus aparceros y villanos se indignarían con su señor por ese motivo, y tal vez llegarían al extremo de la rebelión, a menos que Robin pudiera conseguir el rápido levantamiento del interdicto.

Pero presentarse a la Inquisición y ser declarado culpable sería aún peor: la pena para un hombre culpable de herejía grave era la confiscación de todas sus tierras y pertenencias… y, en los casos más graves, la muerte en la hoguera.

♦ ♦ ♦

Dos días más tarde, Hanno y yo estábamos en la despensa adyacente a la gran sala del castillo de Kirkton, refrescándonos con un par de grandes jarras de cerveza recién escanciada del barril dispuesto allí. A la despensera, una mujer de proporciones generosas, le caía bien Hanno por alguna razón, y daba vueltas a nuestro alrededor animándonos a probar un pedazo de queso y a servirnos otra jarra de cerveza. Yo había notado a menudo la predilección de Hanno por las despenseras: gordas o delgadas, altas o bajas, amaba a todas las mujeres que servían cerveza. No había en eso ningún misterio, porque no creo haber conocido nunca a un hombre más aficionado a la cerveza. Despreciaba el vino y el hidromiel: su bebida, su amor líquido, era la cerveza, y no probaba ninguna otra.

Mientras bebíamos en abundancia la mejor cerveza de la despensera, decidí que había sido una tontería preocuparme tanto por mi señor. Cuando llegamos a Kirkton aquella misma mañana, después de muchas leguas de duro cabalgar, Robin se había echado a reír, a reír a grandes carcajadas cuando le hablé de los templarios y de su especialmente bendecida Inquisición por cargos de herejía para el día de San Policarpo.

—Lo sé todo, Alan. He recibido una carta del maestre del Temple en persona invitándome a presentarme y a dejarme poner con mansedumbre el dogal al cuello. Le he respondido declinando respetuosamente su invitación y sugiriéndole, con mucha cortesía, que pida a sus novicios más revoltosos que dejen de encularle por un rato, de modo que pueda disponer del tiempo suficiente para recapacitar y olvidarse de una vez para siempre de esa Inquisición.

Me chocaron sus palabras. Yo sabía que Robin no tenía miedo de nada, pero insultar de una manera tan cruda al maestre del Temple, un miembro dirigente de la orden de caballería más respetada del mundo…

—Pero ¿no has empeorado las cosas? —le pregunté—. ¿No vendrán a atacarte aquí, en Kirkton?

—¿Cómo podría empeorarlas? Me han declarado la guerra a mí personalmente, quieren quemarme vivo en la pira… Y no porque les preocupen unos cuantos míseros golpes de efecto en una pequeña escaramuza en el Yorkshire, ni por el estado de mi alma inmortal. Piensa, Alan, usa la cabeza. Tú sabes lo que de verdad está en juego…

Yo sabía exactamente a lo que se refería: el incienso, el enormemente lucrativo comercio de ese material que se quemaba diariamente en todas las mayores iglesias de la cristiandad. Aquella preciosa mercancía procedía de Arabia del Sur, y su comercio había supuesto una fuente significativa de ingresos para los caballeros templarios y sus socios en Ultramar…, hasta que Robin convenció a los mercaderes de incienso árabes (por métodos no precisamente delicados, si ha de decirse todo) a comerciar directamente con él. Reuben, el amigo de Robin, un judío duro e inteligente, se había quedado en Ultramar cuando la mayoría de nosotros regresamos a Inglaterra, y había asumido la responsabilidad de continuar el comercio del incienso, actuando en nombre de Robin. ¡Y qué comercio tan lucrativo! Los pequeños cristales de un color blanco amarillento del incienso, comprados por pocos peniques en las tierras de Al-Yaman, en el extremo sur de la península Arábiga, valían más de su peso en oro en Europa. Reuben compraba grandes cantidades a los mercaderes de Gaza por una modesta cantidad de plata, y embarcaba el precioso polvo en dirección a Sicilia, donde otro socio de Robin lo vendía a Italia y al resto de Europa.

Yo no conocía todos los detalles de aquel comercio, pero había visto sus resultados. A nuestra llegada a Dover, varios meses atrás, estábamos cubiertos de harapos, mareados y agotados, pero también éramos muy, muy ricos. Llevamos con nosotros en nuestro largo camino a casa (en condiciones estrictamente secretas, por supuesto) varios grandes cofres repletos de plata por valor de miles de libras, que ahora reposaban dentro de los gruesos muros de la cámara del tesoro construida en el patio interior del castillo de Kirkton. Y no paraba allí la fortuna de Robin. Desde que regresamos de Oriente, habían llegado dos remesas más de plata a Kirkton, con los saludos de Reuben y una carta en la que aseguraba a su amigo que todo marchaba a pedir de boca en Gaza, y que el negocio iba de perlas. El tráfico del incienso había convertido a Robin en un hombre rico, y seguiría enriqueciéndole… a menos que el maestre de los caballeros templarios y su santidad el papa consiguieran su propósito.


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A eso se refería Robin cuando me dijo que lo que de verdad interesaba a los templarios no era el estado de su alma. Querían derribarlo de su trono dorado del incienso, y recuperar aquel comercio para ellos mismos; y sin duda habían prometido a su santidad una jugosa porción del pastel.

—Esto es sólo un movimiento inicial en un juego largo y complejo —dijo Robin—. Me creen vulnerable a sus amenazas de excomunión. No lo soy; no me importan un ardite todas las solemnes declaraciones de curas y de papas. ¿Y la interdicción? Puedo comprar eso también. Geoffrey, el arzobispo de York, vendería a su hermana por un cofre de plata, y con mayor razón estará dispuesto a murmurar unas pocas palabras para anular cualquier maldición frailuna sobre mis tierras.

Lo que decía era cierto: era conocida la venalidad del arzobispo Geoffrey, el hermanastro mayor ilegítimo del rey Ricardo; había sido forzado a tomar los hábitos para convertirlo en inelegible para el trono, y desde entonces parecía decidido a llegar a ser el prelado más rico de Inglaterra.

Pero, aunque las palabras de Robin me tranquilizaron hasta cierto punto, su falta absoluta de respeto por las instituciones de la Iglesia continuaba produciéndome un profundo desasosiego.

—¿Y si emplean la fuerza? ¿No cabalgarán hacia el norte para sitiarnos de nuevo? —sugerí. En mi opinión, Robin se mostraba demasiado confiado. No me parecía que los famosos guerreros templarios pudieran ser ignorados con tanta facilidad.

—¿Cuántos caballeros templarios crees que hay en Inglaterra en estos momentos, Alan? —preguntó Robin—. ¿Una docena? ¿Veinte, tal vez? Toda su fuerza de combate está en oriente: en Ultramar, en Acre, en Jaffa o en Chipre. Aquí cuentan con pocos caballeros para hacer pesar su fuerza en el campo de batalla. Y si reclutan soldados corrientes de a pie, también yo cuento con plata para reunir a unos cuantos hombres de armas bajo mi estandarte.

También eso era cierto. Y de hecho, Robin ya había empezado a gastar su botín del incienso con ese fin. Además de los veinte hombres a los que había perdonado la vida después de la batalla librada fuera de los muros de Kirkton, Robin trajo de Gales, como refuerzo, a un contingente de cincuenta arqueros expertos. El padre Tuck, que en tiempos había sido un excelente arquero, había negociado con aquellos hombres su ingreso en la hueste de Robin bajo la bandera del lobo. También había sesenta nuevos jinetes reclutados en las tierras vecinas, a los que estaba entrenando en los prados de un verde lujurioso que rodeaban el castillo. Kirkton estaba de nuevo repleto de soldados, y pensé que tal vez Robin tenía razón y los templarios no podrían hacer otra cosa que lanzar impotentes amenazas espirituales.

Pero me equivocaba.

Capítulo V

Desde las almenas del sector meridional de la muralla, pude ver cómo se aproximaba al castillo de Kirkton la columna armada, esforzándose por el empinado camino embarrado que sube desde el fondo del valle del río. Había subido a mirar los riscos mojados por la llovizna, a aspirar el aire fresco y a intentar encontrar una rima para «damisela». La columna avanzaba despacio, sus banderas rojo y oro colgaban flácidas sobre una docena de jinetes empapados, y los rayos de luz acuosa del sol invernal que perforaban aquí y allá la capa de nubes grises arrancaban destellos de las cotas de malla y las puntas de las lanzas. Por encima del golpeteo de cascos y del rumor del trueno lejano, oí el ludir amortiguado del metal de las armaduras. Pero aquellos hombres con sus capuchas chorreantes y sus cuerpos encogidos por el cansancio no venían a presentar batalla. Su aproximación era demasiado lenta, demasiado abierta para que fueran otra cosa que visitantes pacíficos de alguna clase; y, por supuesto, también eran demasiado pocos.

A pesar de sus ropas empapadas, vi que viajaban con ciertas comodidades: sus caballos estaban lustrosos y bien alimentados, y sus capas de lana empapada de lluvia eran de la mejor calidad: era evidente que se trataba del séquito de algún noble o cortesano adinerado. Sin embargo, era una estación poco adecuada para la intemperie; durante el frío y riguroso mes de enero, eran muchos los caballeros que preferían quedarse en casa y disfrutar de un fuego bien alimentado, antes que aventurarse a afrontar los elementos. Quienquiera que fuese el que había emprendido aquel viaje, tenía asuntos urgentes que tratar con nosotros.

Cuando los jinetes empapados y salpicados de barro llegaron ante las puertas cerradas del castillo de Kirkton, y anunciaron formalmente su presencia con un toque de trompeta, me asombró reconocer a mi viejo amigo y en tiempos mentor musical Bernard de Sézanne a la cabeza de la columna. Bernard era la última persona a la que esperaba ver desafiando el frío para visitar a unos amigos. Odiaba estar lejos de una despensa bien provista, de una o dos mujeres jóvenes y cariñosas y de un hogar caldeado.

La Navidad había llegado unas semanas atrás, y celebramos las fiestas de una forma pasablemente buena en Kirkton, con mucha comida y bebida, canciones y risas. Yo había cumplido mi promesa con el joven Thomas, y le había dado varias lecciones sobre el uso de la espada. Tenía talento, y yo estaba convencido de que algún día sería un espadachín temible, pero todavía era demasiado pequeño y débil para manejar el arma con la técnica precisa; con todo, era rápido, muy rápido. Él, por su parte, me enseñó cómo había derribado al chico mucho más alto que él, y me explicó sus ideas acerca de la forma de luchar:

—Intento utilizar la fuerza del adversario en su contra —me dijo en tono grave.

Luego me demostró cómo, con rapidez y una utilización adecuada del efecto palanca, aprovechaba el impulso de su oponente para derrotarlo. Cuando ensayamos, consiguió mandarme de espaldas al suelo un par de veces, antes de que yo decidiera que mi dignidad ya había sufrido bastante por un día a manos de un chiquillo arrogante.

El tiempo fue apacible durante el período de la Navidad, pero ahora pasábamos una racha de frío intenso, con días cortos y grises y pocas distracciones para alegrar el alma, y con la perspectiva de la primavera a varios meses de distancia. En Kirkton, además, se palpaba una inquietud especial. Habían ocurrido cosas extrañas en la región; cosas que los campesinos del lugar atribuían, como siempre, a brujería: había nacido un ternero con dos cabezas, un viejo se había ahogado en su propio pozo, y se habían visto luces extrañas en el cielo nocturno. En las tabernas de Locksley y de las aldeas vecinas, se susurraba que lahagde Hallamshire, una especie de bruja aterradora y espectral, envuelta en ropajes negros y con un rostro horrible de pesadilla, había vuelto a la región. Se decía que robaba niños y los sacrificaba al diablo, para luego revolcarse en su sangre. Varios villanos de Locksley aseguraban haberla visto, cuando volvían de la taberna hacia la medianoche, en lo alto de los riscos, gritando maldiciones a la luna en una lengua extraña. Yo no habría dado importancia a ese tipo de historias de borrachos sobreexcitados por el alcohol, de no ser por un extraño mensaje que me transmitió Elise, la adivina normanda.

Elise había recibido muchos elogios por el papel que desempeñó en la victoria sobre los hombres de Ralph Murdac, y Robin le había regalado una yegua gris y una bolsa de monedas de plata como recompensa por haber difundido el pánico con tanto éxito entre las tropas sitiadoras. Ahora, a pesar de sus costumbres extrañas y en ocasiones alarmantes, era una persona popular en el castillo: no solo por la ayuda que nos había prestado contra Murdac, sino también por su extraña habilidad para curar: varios hombres y mujeres de Kirkton debían sus vidas al conocimiento que tenía de las hierbas medicinales. Por consejo de Robin, había ido a visitar a otra famosa curandera, adivina y, según algunos, bruja, llamada Brigid, una antigua amiga de Robin y, debo admitirlo, también mía.

Años atrás, Brigid, que vivía apartada en una pequeña cabaña en las profundidades del bosque de Sherwood, más de cuarenta y cinco kilómetros al sur de Kirkton, me había curado el brazo de la mordedura de un lobo; todavía tengo las cicatrices, una hilera de marcas rosadas en el brazo derecho. Cuando Elise anunció que tenía intención de ir a visitar a Brigid, le di una pequeña bolsa con pieles secas de naranja para que se lo llevara como regalo mío. Las pieles endurecidas y oscuras de aquella fruta habían viajado conmigo desde España, donde las compré a un médico árabe al que consulté sobre una tos incómoda acompañada de cantidades considerables de mucosidad. Aquel hombre me dijo que si sumergía la piel seca en agua hirviendo y añadía un poco de miel, podría fabricar un jarabe suavizante que calmaría mis males. Para ser sincero, no me molesté en preparar el bebedizo, y mi resfriado se curó solo, pero conservé la pequeña bolsa de piel en las alforjas de mi silla de montar durante muchos meses. Se me ocurrió que Brigid encontraría aquel remedio interesante y útil desde el punto de vista medicinal.

Elise estuvo fuera un mes durante la época de la Navidad, y cuando volvió me llevó aparte, a un rincón de la gran sala y, después de saludarme en nombre de Brigid y darme las gracias por mi regalo, me dio algunas noticias inquietantes.

—Mi hermana y colega te agradece el regalo, y te pide que estés alerta —dijo Elise—. Ha consultado las runas, y me ha dicho que debes evitar a toda costa a una mujer fea vestida de negro que te quiere mal.

—¿Es esa otra tontería sobre lahag? —pregunté, un poco alarmado a pesar de mí mismo.

—No lo sé —me aseguró Elise—. Pero mi hermana es adivina, y, si estuviera en tu lugar, yo no tomaría su advertencia a la ligera.

Muy bien, pensé. Muy bien. Me cuidaré de una mujer de negro. Evitaré a lahagde Hallamshire. Me dije a mí mismo que las brujas no me daban miedo. Bueno, sólo un poco.

—¿Vas a dejarnos entrar de una vez, o esperas que muramos congelados aquí fuera? —gritó Bernard hacia las almenas de madera. Yo puse punto final a mis ensueños, y corrí a dar a los guardias de la puerta la señal de retirar los gruesos troncos que atrancaban el portón para dar paso a mi amigo; luego bajé a la carrera las escaleras, y fui a recibir a mi viejo maestro de música que entraba ya al trote en el patio.

La nariz de Bernard estaba azul y roja, a juego con los colores de sus ricos ropajes. Mientras le ayudaba a apearse de su montura, se quejó de ser un viejo; se movía despacio, muy tieso, con muchos gruñidos y suspiros.

—Dame de beber, Alan, algo de beber… y deprisa, por el amor de Dios. Vendería mi alma por un sorbo de vino.

Lo acompañé a la sala, dejando que la guardia se hiciera cargo de los caballos y los mesnaderos de su escolta, y lo invité a sentarse en un banco junto a la gran chimenea que ardía todo el día en cualquier época del año, mientras encargaba a un sirviente que trajera vino caliente y especiado para los dos.

—Bienvenido al castillo de Kirkton, Bernard —dije—. ¿Qué te trae a este lugar en medio de nuestro hosco clima del Yorkshire?

Bernard agitó una mano lánguida delante de mi cara.

—Shhh, shhh, muchacho, ahora no, ahora no. Deja que antes caliente un poco mis viejos huesos fatigados.

Bernard tendría tal vez treinta y cinco años, pero le gustaba dramatizar y se divertía simulando ser un vetusto abuelo, víctima de la gota y del reuma cada vez que soplaba un poco de viento frío.

Por suerte, el sirviente volvió al poco rato con una jarra de vino caliente. Después de beber dos reconfortantes copas llenas hasta el borde, Bernard condescendió por fin.

—Aaah, esto está mejor —dijo, al tiempo que me alargaba su copa para que la volviera a llenar—. Alan, eres un magnífico anfitrión, un hombre que sabe cuándo guardar silencio y limitarse a escanciar el vino. Siento que la vida vuelve a mis miembros congelados. —Me miró con más atención—. ¿Cómo va tu música estos días? ¿Estás componiendo algo?

No tuve oportunidad de contestar, porque siguió diciendo:

—He oído comentarios sobre ti, Alan, en mis correrías por el mundo. Buenos comentarios, casi siempre. Incluso escuché a alguien que intentó interpretar uno de tustensósel otro día, aquel del debate entre el rey Arturo y el ratón de campo. —Tarareó unos compases de mi música—. El muy bobo hizo un estropicio, como era de esperar, y tuve que enseñarle cómo tocarlo. Pero es bueno que la gente interprete tus obras. Estoy orgulloso de ti, Alan. Haces muy feliz a un viejo cansado.

—Déjate de cuentos conmigo, Bernard. Vamos, suelta tus noticias. ¿Qué es lo que te trae aquí?

—Malas noticias, Alan. Muy malas. Las peores posibles. Me ha enviado mi real dama, la reina Leonor de Aquitania, así Dios le dé mil años más de vida, con una invitación para tu señor y tu señora: quiere que se reúnan con ella en Westminster. Me ha enviado a este desierto helado en tu busca, sin consideración por el daño que el frío puede causar en mis viejos huesos. Pero he de entregar mi mensaje al gran hombre en persona. ¿Dónde está el noble conde de Locksley?

Miró a uno y otro lado de la sala de manera cómica, haciendo pantalla con una mano como si Robin estuviera oculto como un ratero en algún rincón oscuro.

—Ha salido a cazar. Pronto estará de vuelta. ¿Y cuáles son esas terribles noticias? —dije, impaciente.

—Las sabrás a su debido tiempo. Sin duda su señoría el conde te lo contará todo. Pero me las reservaré hasta su regreso. Dame un poco más de vino, te lo ruego.

Y de forma irritante, se negó a decir una sola palabra sobre el tema hasta el regreso de Robin una hora más tarde, mojado, feliz y cansado, con un par de ciervos jóvenes colgados de su silla de montar, mientras el día gris invernal se deslizaba de forma imperceptible hacia la oscuridad de la noche.

Cuando Robin se hubo lavado y refrescado con una copa de vino y algo de comida, llamó a Bernard, que se acercó a su sitial de madera tallada al fondo de la sala para darle las noticias.

—Vengo de parte de la reina Leonor, la estimada madre de nuestro buen rey Ricardo —empezó mi antiguo maestro de música—, con noticias de la peor, de la más grave especie, mi señor.

Robin asintió e hizo un gesto impaciente, moviendo en círculo muñeca y mano, para urgir altrouvèrefrancés a entrar en materia.

—La calamidad nos golpea —siguió diciendo Bernard, mientras el ceño de Robin se ahondaba más y más—, el desastre ha caído sobre nosotros —declamó, e hizo una pausa.

—¡Sí, sí, calamidad, desastre, noticias de la peor especie! Lo he captado. ¡Adelante, hombre! —espetó Robin, con una sequedad inusual en él.


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Bernard se permitió saborear un instante más aquel momento de tensión, y puso a prueba la paciencia de mi señor hasta un límite casi insostenible antes de decir:

—El rey Ricardo ha sido hecho prisionero. Nuestro noble rey yace cargado de cadenas. Ricardo ha sido capturado por hombres malvados cuando viajaba de regreso a Inglaterra.

Otra pausa. Me di cuenta de que Robin estaba ahora realmente inquieto.

—¿Quién ha sido? ¿Quién le ha capturado? —preguntó Robin en tono frío. Su rostro era una máscara; jugueteaba con la empuñadura de su espada, y me pareció que, si la respuesta se demoraba tan sólo tres segundos, liberaría a Bernard de la pesada carga de su propia cabeza.

—¡El duque Leopoldo de Austria! Ahora languidece cargado de cadenas a la merced de su mortal enemigo.

¡En la mazmorra más profunda y oscura de Alemania!

Erauna terrible noticia. Desastrosa. Y pude perdonar a Bernard por haber retrasado al máximo su mensaje. La paz y la prosperidad de Inglaterra dependían de que Ricardo regresara con vida. Su heredero reconocido, su sobrino Arthur, duque de Britania, era sólo un niño de cinco años, y en todo el reino era cosa sabida que el hermano de Ricardo, el príncipe Juan, acechaba el trono. Si Ricardo moría en Alemania, en Inglaterra estallaría una guerra civil entre los barones que apoyaban al heredero legítimo, a pesar de su extrema juventud, y quienes preferían la decisión práctica de seguir a Juan, que parecía algo más capaz de imponerse en el campo de batalla. Se produciría un caos sangriento: todavía vivían ancianos capaces de recordar los días sombríos de la anarquía, cuando el rey Esteban y la emperatriz Matilda pugnaban por hacerse dueños del país. Fue una época de hambruna y de terror, con bandas de soldados que merodeaban y asolaban las tierras, incendiando casas y cosechas, robando la comida de las despensas, violando a las doncellas y arrasando los territorios enemigos.

—Esto va a resultar muy, muy costoso —dijo Robin.

Yo estaba absorto en mis pensamientos sobre la carnicería que desencadenaría una guerra civil, y tardé unos momentos en captar su idea. Pero poco a poco, comprendí. Ricardo era demasiado valioso como cautivo para matarlo, por mucho que lo odiara el duque Leopoldo. Su real persona valía un rescate regio. E Inglaterra se vería obligada a pagarlo.

—La reina Leonor reclama vuestra presencia: desea que vos y lady Marian os reunáis con ella en Westminster tan pronto como os sea posible —observó Bernard en el tono mesurado de un diplomático, muy distinto de la excitación con la que había dado la fatídica noticia de la prisión del rey Ricardo.

—Sin duda desea discutir lo que debemos hacer —dijo Robin—. Muy bien, iremos a Westminster. Sí, tenemos que hacer planes. Partiremos mañana al amanecer.

♦ ♦ ♦

Al día siguiente, cuando una pálida luz azul perfilaba las colinas del este y empujaba a la noche a la retirada, nuestra compañía cruzó a caballo la gran puerta de Kirkton y tomó el camino a Sheffield, en dirección este. Mientras cabalgaba al trote a través del portal, miré atrás y vi los rosados dedos de la aurora acariciando las formas siniestras que remataban dos largos palos colocados a uno y otro lado del portón; las cabezas cortadas de dos hombres de armas, empaladas en lanzas: dos antiguos hombres de Murdac que habían intentado desertar.

Aquellos hombres robaron algunos objetos, entre ellos una pequeña bolsa con monedas, saltaron en silencio los muros y se dirigieron hacia el sur en medio de la noche, a pie, probablemente esperando convertirse en proscritos o tal vez reunirse con sir Ralph en Nottingham. Cuando el robo y su deserción fueron descubiertos a la mañana siguiente, Hanno fue enviado con media docena de arqueros montados para perseguirlos y devolverlos al castillo: debían afrontar la justicia de Robin. El bávaro de la cabeza afeitada no tardó más de medio día en capturarlos, en un bosque vecino a Chesterfield, y regresó por la noche con los dos cuerpos atravesados sobre un par de caballos de carga. Un desertor había muerto en la refriega; fue el afortunado. Al otro hombre Robin lo colgó hasta que estuvo casi muerto, luego lo azotó con látigos de tralla metálica (los restantes hombres que habían formado parte de la hueste de Murdac fueron los encargados de llevar a cabo el castigo), y finalmente, con la piel colgando de su cuerpo en tiras ensangrentadas y con la sangre formando un charco a sus pies, lo hizo decapitar frente a una multitud burlona en el centro del patio del recinto. Las cabezas de ambos desertores fueron luego ensartadas en lanzas y expuestas a ambos lados del portón principal como terrible advertencia para cualquier otra persona que pudiera tener la intención de traicionar a Robin.

Al mirar atrás y ver aquella macabra exhibición, me estremecí, y no sólo por el frío de la mañana. Sus rostros habían sido picoteados por los cuervos en los últimos días, hasta dejarlos casi irreconocibles como hombres incluso. Y sin embargo parecían maldecirnos en silencio, odiarnos, lanzar un maleficio sobre nuestra partida de Kirkton.

♦ ♦ ♦

Cuatro días después teníamos a la vista la ciudad de Londres, un borrón sucio de humo en el horizonte meridional. Me pregunté si llegaría a percibir el hedor de veinte mil individuos dedicados a sus tareas apelotonados en unos pocos kilómetros cuadrados. Pero por fortuna no teníamos intención de entrar en aquel laberinto de calles tortuosas y casas abarrotadas de gente y rezumantes de humedad, en medio de la babel ensordecedora de la muchedumbre. Por el contrario, abandonamos Watling Saintreet, la gran calzada romana que habíamos seguido desde Coventry hasta el límite noroeste de la capital, y cabalgamos hacia el sur cruzando la soñolienta aldea de Charing y una serie de verdes campos y pequeños huertos a orillas de las aguas perezosas del Támesis, hasta una rica abadía benedictina habitada por sesenta monjes y ensombrecida por los altos muros de Westminster Hall, el enorme palacio de los reyes de Inglaterra.

Éramos un grupo numeroso, más de cincuenta personas en total, bien montadas y escoltadas por una veintena de hombres de armas de Robin y una docena de arqueros a caballo. Robin, yo mismo, Hanno y Tuck íbamos en vanguardia, en tanto que Marian, Goody, el pequeño Hugh y un par de nodrizas marchaban en el centro de la columna, protegidos de los elementos en el interior de un carruaje cubierto. Además de una fuerte escolta de soldados, Robin también llevaba consigo cocineros y panaderos, herradores, doncellas, criados y todo el personal necesario para realzar su dignidad de conde mientras era huésped de la reina Leonor.

Nos había llevado cuatro días cabalgar desde Kirkton hasta Westminster, alojándonos por las noches en los castillos de amigos y aliados, porque nuestro paso era más lento debido a los carros; y me alegré de haber llegado a nuestro destino. Mi caballo, un corcel gris al que di el nombre deFantasma, que me había acompañado durante todo el viaje de ida y vuelta a Ultramar, había atrapado una piedra en el casco delantero derecho al salir de Saint Alban’s, y aunque se la quité en cuanto me di cuenta, todavía cojeaba. Yo temía que el casco se hubiera agrietado, y ansiaba llegar al refugio de un bonito establo tranquilo en el queFantasmapudiera descansar y yo prestar la atención necesaria a su pata lastimada.

También me apetecía un poco de hospitalidad regia, y sabía que la reina Leonor no nos defraudaría. Cuando hubimos dejado las ropas empapadas y sucias del viaje en el dormitorio de la abadía para vestirnos con algo más adecuado para ser recibidos por la reina, cruzamos el camino y entramos en la gran mansión real, en la que fuimos recibidos por la propia Leonor de Aquitania. Había dispuesto un festín para nosotros, y nos atracamos de cisne al horno, lamprea guisada y jabalí asado, con pan blanco dulce, todo ello acompañado por un delicioso vino tinto ligero de Burdeos, unas tierras que formaban parte del feudo ancestral de Leonor. Cuando concluyó el festín y nos hubimos lavado las manos sucias de grasa, Robin, Tuck y yo fuimos conducidos a una cámara privada que se abría a un lado de la gran sala, mirando al río. Nos acompañaron otros dos invitados: Walter de Coutances y Hugh de Puiset, dos de los más leales partidarios del rey Ricardo en Inglaterra.

—Te agradezco que te hayas dado tanta prisa en venir, Robert —dijo la reina en francés, al tiempo que Robin se inclinaba para besar el anillo de su mano. Tenía una hermosa voz, profunda, rica y un poco aterciopelada, que provocaba un delicioso escalofrío de placer en el hombre que la escuchaba—. Sé que en este momento tienes tus propios problemas.

—Él es mi rey, majestad, con cadenas o sin ellas —respondió Robin en tono grave, en la misma lengua—. Él hizo de mí lo que soy, y no olvido su generosidad.

Leonor me sonrió.

—Y si no recuerdo mal, tú eres Alan Dale, el antiguo discípulo del bribón de mitrouvère, Bernard. Coincidimos en Winchester, si no me equivoco, en circunstancias bastante dramáticas.

Y me dedicó un gesto de complicidad y un guiño de sus brillantes ojos castaños. La belleza de la reina me dejó pasmado una vez más; debía de tener cerca de setenta años, pero seguía siendo esbelta y ágil, y su piel era tersa como la de una muchacha. También su memoria seguía siendo excelente. Se refería a una ocasión, tres años atrás, en la que yo había sido acusado públicamente de proscrito bajo su techo, un cuco metido en su nido podríamos decir, y arrojado sin contemplaciones a la mazmorra más lóbrega.

Me limité a hacerle una reverencia y musitar:

—Majestad, me honra vuestro recuerdo…

Y callé, por las dudas de si era o no adecuado hacer más comentarios de la humillación que sufrí en Winchester.

Robin me sacó del atolladero.

—Mi señora, ¿tendréis la amabilidad de compartir con nosotros las informaciones más recientes que os han llegado sobre el rey Ricardo? —preguntó.

—Sí, tienes razón, Robin… Vamos al asunto. Walter, ¿qué es lo que sabemos hasta ahora? —dijo la reina, dirigiéndose al eclesiástico de edad mediana, bajo y bastante grueso, que se había colocado a su izquierda.

El aspecto de Walter de Coutances no impresionaba, y el tono de su voz al hablar era monótono y sin inflexiones, propio de un estudioso criado entre el polvo de las bibliotecas, pero se decía de él que era el hombre más inteligente de Inglaterra, y sin duda era también uno de los más poderosos. Había sido canciller segundo bajo el viejo rey Enrique, que más tarde lo nombró arzobispo de Ruán. Cuando Enrique murió, Walter invistió a Ricardo como duque de Normandía, y también le ayudó a coronarse rey de Inglaterra tres años atrás. Yo lo conocía de vista, porque había acompañado a Ricardo a la gran peregrinación, pero el rey lo envió de vuelta a Inglaterra desde Sicilia para que lo representara en su ausencia, y de hecho nunca habíamos cruzado una sola palabra.

Walter carraspeó:

—La verdad es que no sabemos gran cosa —empezó—. Tenemos por seguro que Ricardo se embarcó en Ultramar en octubre del año pasado y que, como la mayor parte de Europa estaba cerrada para él, intentó dirigirse en secreto a Sajonia, en el este de Alemania, donde estaba seguro de ser recibido cordialmente por su cuñado, el duque Enrique. Creemos que desembarcó en algún lugar al este de Venecia, cerca de Aquilea, en la costa adriática…

Mientras Walter seguía informando con su tono seco, reflexioné sobre lo inconveniente que había sido para Ricardo crearse tantos enemigos entre los poderosos de Europa mientras tomaba parte en la gran cruzada. Además de pelearse con el rey Felipe de Francia y el duque Leopoldo de Austria, se había enemistado con Enrique VI, el sacro emperador romano, señor de Leopoldo y poseedor de la mayor parte de Italia, al firmar un tratado con Tancredo de Sicilia, una isla llena de riquezas que el emperador codiciaba. Al no poder pasar por Francia ni por Italia, a Ricardo no le quedaba otra opción que seguir el largo camino del este hacia su casa. Y al parecer, esa opción resultó nefasta.

—… Quería viajar en secreto —la voz de Walter zumbaba como el vuelo de un moscardón—, de modo que tomó la decisión, que se reveló después imprudente, de despedir a casi todos sus hombres y viajar disfrazado de caballero templario desde la costa norte del Adriático hasta Sajonia. No llegó muy lejos. Al parecer fue traicionado, o descubierto de alguna manera, en un… ejem, en un burdel. Temo mucho que su majestad posee un talento más bien escaso para actuar como lo haría un simple mortal, de modo que acabó siendo apresado por hombres del duque Leopoldo. Desde ese momento perdimos su pista, y ahora no tenemos idea de dónde se encuentra. Sin embargo, nuestros espías han interceptado una copia de una carta fechada el mes pasado, y enviada por el emperador al rey Felipe de Francia, en la que alardea de haber capturado al mismísimo rey Ricardo.

Walter rebuscó entre una pila de documentos colocados sobre la mesa que tenía frente a él, y extrajo un pergamino enrollado. Lo desplegó y leyó:

—«Dado que nuestra Imperial Majestad no duda de que vuestra Real Alteza se complacerá en todas las providencias de Dios que nos exaltan a nos y a nuestro Imperio, hemos considerado adecuado informaros de lo ocurrido a Ricardo, rey de Inglaterra, enemigo de nuestro Imperio y provocador de disturbios en nuestros reinos, cuando cruzaba los mares de regreso a sus dominios…»

La carta explicaba lo mismo que Walter acababa de contarnos, y concluía así:

—«Nuestro muy amado primo Leopoldo, duque de Austria, capturó al rey en una casa de mala reputación cerca de Viena. Ahora está en nuestro poder. Sabemos que esta noticia os llenará de felicidad».

—¡Apuesto a que sí! —exclamó Hugh de Puiset, un hombre bajo, nervioso e inquieto, que parecía demasiado excitable para ser un obispo—. ¡Debe de ser el hombre más feliz de la cristiandad! Y habréis observado que no hay alusión ni mención alguna al hecho de que los alemanes están violando la Tregua de Dios que protege a todos los caballeros cristianos que han luchado o luchan en Ultramar. Debemos protestar ante su santidad el papa, de inmediato: ¡la persona de un caballero que toma parte en una peregrinación santa, o que regresa de ella, así como todas sus tierras y propiedades, son sacrosantas! ¡Esto es un ultraje! ¡El emperador y el duque Leopoldo deben ser excomulgados sin tardanza!

Recordé las amenazas del templario a Robin, y me pregunté hasta qué punto le preocuparía a un emperador una excomunión; si Robin, un simple conde, podía permitirse ignorarla, ¿afectaría una sanción así a un gran monarca de Europa?


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—Bueno, sí, por supuesto —dijo Walter, muy despacio—. La excomunión… sin duda, estamos trabajando ya con los prelados de su santidad para conseguirla. Pero ¿conseguiremos con esa sola acción traer de vuelta al rey Ricardo a nuestro lado? Lo dudo mucho.

—El problema real es Felipe de Francia —dijo Robin. Todos los presentes en la habitación le miraron. Su observación nos pareció muy extraña. Pero Walter de Coutances sonrió e hizo gestos de asentimiento a mi señor, que siguió hablando en medio de un silencio asombrado—: Tanto Enrique como Leopoldo necesitan plata, y algunos afirman que la necesitan hasta la desesperación. Pero el tesoro del rey Felipe está bien provisto; lo que quiere Felipe son tierras. Quiere Normandía; para ser exactos, quiere todas las posesiones del rey Ricardo al otro lado del Canal. Y ésta es su mejor opción para conseguirlas. Felipe puede muy bien intentar comprar a Ricardo a los alemanes, y luego forzar a nuestro rey a entregarle las tierras que posee en el continente.

Hubo una pausa mientras digeríamos las palabras de Robin.

—Ricardo nunca le cederá voluntariamente ninguna porción de su patrimonio. Ni un solo acre. Nunca, mientras conserve un soplo de aliento —dijo Leonor, con firmeza.

—¿Y el príncipe Juan? —preguntó Robin—. Si Ricardo muriera, ¿cedería Normandía a Felipe a cambio de la corona inglesa?

Hubo un silencio incómodo, que nadie parecía dispuesto a romper. Juan era también hijo de Leonor, y nadie deseaba ofenderla con una expresión sincera de la opinión que nos merecía.

—¿Dónde se encuentra el príncipe ahora, a propósito? —preguntó Robin. Parecía decidido a insistir en algún punto que consideraba importante.

El silencio en la pequeña cámara real fue casi como una presencia física; una ausencia innatural de todo ruido. Finalmente, el arzobispo Walter dejó escapar un largo suspiro y dijo:

—Está en Londres por el momento, pero tenemos información de que ultima los preparativos para una visita a París.

—Ah —dijo Robin.

♦ ♦ ♦

Robin y la reina Leonor y sus consejeros se reunieron varias veces en los días siguientes, pero como yo me sentía fuera de lugar entre personas tan importantes y sabias, y apenas podía contribuir a sus discusiones, pedí a Robin que me excusara de asistir a ellas. De modo que me quedé dando vueltas por los pasillos llenos de ecos de Westminster Hall, porqueFantasmaera incapaz de soportar el menor peso sobre su pata herida y yo no poseía ninguna otra montura, a excepción de una mula vieja, un animal de carga inservible para cabalgar. Para combatir el aburrimiento, salí a explorar el área que rodeaba Westminster…, en barca.

Me había hecho amigo de un barquero local llamado Perkin, un tipo de nariz chata y pelo rojo más o menos de mi edad, que era el orgulloso propietario de un bote de cinco metros de largo. El agua no era mi elemento, y tenía amargos recuerdos de las travesías por mar durante la gran peregrinación, pero ser llevado corriente abajo por el Támesis era muy diferente, y la experiencia me pareció placentera. Con Perkin al manejo del largo remo que servía de timón, nos deslizábamos siguiendo la amplia curva que traza el río en ese lugar hasta la ciudad de Londres. Aquellos paseos me daban una gran sensación de serenidad: solo en el agua con mi nuevo amigo, y sin apenas más ruido que el suave batir del oleaje contra los costados de aquel bote y el grito agudo de las gaviotas, o en ocasiones el saludo amistoso de otro barquero que se cruzaba con nosotros, sentí que todas mis preocupaciones se diluían, arrastradas río abajo junto a Perkin y yo mismo por las aguas pardas del Támesis. También disfruté en su momento de la experiencia novedosa de contemplar la ciudad desde el agua, al pasar despacio frente a los muelles donde los barcos mercantes descargaban sus productos, ropas y especias, y cestas de frutas exóticas; o de flotar suavemente más allá de los muros elevados de los grandes edificios de la ciudad, y de los mercados donde los pescadores voceaban sus capturas del día, hasta llegar al puente de piedra a medio construir en el que la corriente, al dividirse para pasar entre los grandes pilares de los ojos, se aceleraba en el centro del río, de modo que cruzamos el túnel oscuro a lomos de una ola de espuma verde envueltos en risas. Me gustaba mirar arriba hacia la bóveda de la arcada del puente, y contemplar la capilla dedicada a santo Tomás Becket en el centro de su estructura, mientras cruzábamos por debajo, hasta que Perkin me informó en voz baja de que algunas de las casetas de madera que sobresalían a un costado del puente eran letrinas, por lo que debía estar atento a evitar las inmundicias que caían de allí. Dábamos la vuelta, manejando Perkin y yo un remo cada uno, y remontábamos el río por la parte de aguas más tranquilas, junto a la orilla sur, donde el puente estaba aún sin construir, por delante del priorato de los agustinos de Southwark y la zona maloliente de aguas estancadas y bosques en miniatura de juncales, y luego embocábamos la curva por el lado más abierto hacia el pantano de Lambeth, para finalmente cruzar el río hasta Westminster.

Un día llevé a Goody con nosotros en el bote de Perkin, pensando que le divertiría pasar el día al aire libre y lejos de los cotilleos de las mujeres de la corte de la reina.

Fue una mala idea.

Mis sentimientos hacia Goody eran confusos en aquella época. Como la conocía desde que era una niña, tendía a olvidar que ahora era una mujer joven, y la trataba con la confianza ruda y la condescendencia que se emplean con una hermana pequeña. Aquella neblinosa mañana de febrero, cuando la llevé al bote de Perkin y la presenté al barquero, me pareció que se sentía incómoda, de mal humor y picajosa, y me di cuenta de que la punta de su nariz estaba enrojecida. Mucho después, se me ocurrió que debía de estar en sus días del mes. Al ayudarla a subir al bote se tambaleó un poco, y hube de sostenerla para que no cayera en las orillas embarradas del Támesis. Por accidente, lo juro por los huesos de Cristo, al echar mano a su cuerpo me encontré a mí mismo apretando sus pequeños pechos duros. Cuando recuperó el equilibrio y se encontró a salvo a bordo, me abofeteó, un golpe duro y punzante que me hizo zumbar los oídos. Me quedé atónito, sin habla. No había sido mi intención meterle mano de una manera lasciva, sólo intentaba evitarle un chapuzón en las aguas mugrientas del río.

—Ten quietas esas manazas de soldadote, Alan Dale —dijo en tono severo mientras tomaba asiento y se acomodaba las faldas, en la proa del bote—. Ya me han advertido de esta clase de cosas: los hombres vuelven de la guerra con sólo una idea en la cabeza. No sé qué clase de pindongas te habrás encontrado en tus viajes a oriente, pero ahora estás en tierra de cristianos, y aquí no es tan fácil toquetear a una dama sólo por darte el gusto.

Perkin se echó a reír con tantas ganas que casi se cayó por la borda. Yo enrojecí de rabia impotente, y de esta guisa tomé asiento en el centro del bote, silencioso, furibundo. En ese momento, me habría hecho feliz tirarla al barro de un empujón. Apreté los dientes y fijé la vista en la lejana orilla de Lambeth, simulando que observaba a una garza que revoloteaba cansina sobre una franja de terreno pantanoso. Podía haberlo tomado a broma, o disculparme, pero no lo hice, y zarpamos en un silencio incómodo y hostil.

Había elegido un mal día para contemplar Londres desde el río; mientras nos deslizábamos corriente abajo, un banco de niebla empezó a ascender por el Támesis desde el mar lejano. Muy pronto apenas podíamos ver más allá de la proa del bote, y la ciudad se hizo invisible para nosotros, a excepción de algunas ojeadas fugaces a través de la cortina húmeda y gris de la niebla.

—Atento a la presencia de otras embarcaciones, colega —me dijo Perkin—. Más de un buen hombre se ha ahogado después de una colisión inesperada en medio del río.

Con la intención de hacer un chiste, pero seguramente también, en el fondo del fondo de mí mismo, como una venganza ruin, dije:

—Los demás botes no tendrán ninguna dificultad para vernos —sonreí a Goody—, ¡con ese grano enorme que reluce como una luminaria en medio de la nariz de mi dama! ¡Ja, ja!

Sólo quería alegrar la atmósfera. Para ser sincero, Goody sólo tenía un minúsculo punto rosado, pero me di cuenta de que mi broma la había herido…, y mucho. Goody se encogió como si yo la hubiera golpeado, su mano voló a la cara para ocultar el grano, y para mi asombro rompió a llorar, a sollozar y a resoplar, tapándose la cara bañada en lágrimas. Otra vez me quedé sin habla; había visto a esa misma chica apuñalar en una ocasión a un loco peligroso en el ojo con una daga, y al hacerlo me salvó la vida, ¿cómo podía echarse a llorar por una broma tonta de un viejo amigo? Sentí de inmediato el deseo de acercarme a la proa y rodearla con mi brazo para consolarla, pero temí que pensara que sólo quería toquetearla otra vez. Así que no me moví. Sólo refunfuñé:

—¿Os encontráis bien, mi señora? ¿Hay algo que pueda hacer por vos?

Pero esas palabras sólo la hicieron llorar con más fuerza.

Seguimos río abajo, con Goody sollozando en silencio, yo sintiéndome torpe e inútil, y Perkin mudo por la incomodidad de ser testigo del enfado de sus dos pasajeros. Después de un intervalo prudente, me volví a Perkin y le dije en tono brusco:

—Bueno, no vamos a ver gran cosa hoy, marinero, ¿damos media vuelta? —Luego me volví hacia la proa y añadí—: ¿Goody?

Ella hizo un gesto de asentimiento, pero no dijo nada; su carita estaba aún surcada por las lágrimas, roja y congestionada.

Remamos de regreso a Westminster, con Goody y yo mismo en un estado de tristeza abyecta. Yo no podía esperar a salir del bote para ocultar mi vergüenza. ¿Qué le pasaba a aquella chica, estaba enferma? ¿Por qué no me lo contaba? Cuando amarramos el bote a un poste, ofrecí mi mano a Goody para ayudarla a bajar a tierra, pero ella ignoró mi brazo, saltó torpemente al muelle de tablas y, sin más palabras, sin esperar a que la escoltase, echó a correr a toda prisa y se perdió en la niebla matinal en dirección al refugio de los aposentos de las mujeres, en Westminster Hall.

Yo me había vuelto ya hacia Perkin para pagarle el paseo en barca cuando, por el rabillo del ojo, vi dos figuras entre los paseantes que circulaban por el muelle que despertaron en mí algún recuerdo remoto. Allí, a menos de veinte metros de distancia, vi a un hombre alto y muy delgado junto a otro bajo y grueso. Me resultaron familiares, pero ¿dónde les había visto con anterioridad? Antes de poder precisarlo, los dos hombres desaparecieron en la espesa niebla del río, y yo olvidé su presencia en mis prisas por compensar mi torpeza con Goody pagando de más a Perkin.

Capítulo VI

Pasé todo el día furioso conmigo mismo por haber hecho llorar a Goody; yo la quería mucho, después de todo. Y, tal vez por ello, de forma imprudente, acepté una invitación de Bernard a tomar un trago aquella noche. Mi viejo maestro de viola me llevó a una taberna junto al río, bajo el cartel del Jabalí Azul, donde, según dijo, el vino era caro pero las mozas baratas. El lugar era horrible, una gran sala de techo bajo con manchas de grasa en el suelo y un fuego encendido en un hogar central de ladrillo. En un mostrador largo situado contra la pared, el propietario manipulaba barriles de vino y cerveza, e hizo una pausa para servirnos unas frascas rebosantes de espuma de un vino verde alemán, entre pase y pase de un paño mugriento por la superficie grasienta de las jarras de peltre de un estante. Dos muchachas despeinadas, de pecho abundante y vestidas únicamente con camisas ligeras y poco decorosas, trajeron la bebida a nuestra mesa, con un plato de pan seco, fiambre de puerco y pepinillos. Yo no sentía ninguna clase de apetito por las mujeres ni por la comida, pero bebí con una convicción sincera, buscando olvidar lo ocurrido y borrar el sentimiento de vergüenza con largos tragos de aquel vino del Rin sorprendentemente bueno que nos había servido el tabernero.

Bernard iba vestido de sedas relucientes y parecía estar en excelente forma. Ocurrente, con la nariz encendida por el vino, me habló de una nueva obra que estaba componiendo; he olvidado los detalles, pero me aseguró que iba a deslumbrar a las mansiones nobles de Europa con la belleza exquisita de su música y sus rimas prodigiosamente ingeniosas. Insistió en cantarme algunos fragmentos, y pidió de malos modos silencio a los dos o tres restantes bebedores presentes en la taberna: forasteros, por supuesto, hombres toscos que, a juzgar por las miradas que nos dirigieron, no aguantarían con paciencia que un petimetre borrachín les ordenara estar callados mientras él cantaba dando palmadas sobre el tablero de la mesa para marcar el ritmo. Comenté que era una composición bastante decente, pero Bernard pareció decepcionado por mi respuesta. Entonces empezó a contarme sus lances amorosos con las damas de la corte de la reina Leonor: eran muchos y muy complicados.

Me quedó claro, al escuchar presumir y mentir de forma escandalosa a mi amigo, que estaba pasando la mejor época de su vida comotrouvèrede Leonor. Sin embargo, mi malhumor era tan acusado que sólo fui capaz de responder a la cháchara brillante de Bernard con gruñidos y cabezadas. Debí de ser una compañía lamentable, pero él no se lo tomó a mal. Durante un rato, dejé de escucharle por completo, y al mirar a mi alrededor en aquella taberna cochambrosa llamó mi atención un hombre grueso de pelo negro que mascullaba algo para sus adentros y nos dedicaba miradas venenosas mientras bebía, de pie en un rincón, con su cerveza en una jarra de litro.

Aparté mi mirada del hombre y me volví hacia Bernard, que en aquel momento decía:

—… Y cuando el pobre villano se quejó de lo pesada que era la carga de un padre y pidió compensación por la virginidad perdida de su hija, el príncipe Juan lo encadenó en una mazmorra y lo revistió con una túnica de plomo. Cuando se ajustó aquella pesada lámina de metal al cuello del hombre, y sabiendo que la túnica lo aplastaría poco a poco hasta matarlo, el príncipe Juan comentó: «¡Ésa sí que es carga para un padre!». Todos lo encontraron muy ingenioso…, ¡bueno, todos excepto el pobre hombre cargado con cien libras de plomo alrededor del cuello!

Bernard rio como un lunático, dándose palmadas en la rodilla, y pidió otra jarra de vino.

Al poco rato, al darse cuenta de que ni siquiera sus historias más divertidas conseguían levantarme el ánimo, mi amigo desapareció en una habitación trasera con una de las despeinadas. Yo acabé mi vino, y empezaba a pensar en pedir la cuenta al tabernero e irme a la cama cuando, al levantar la vista desde mi taburete, me topé con el hombre grueso de pelo negro que me miraba de arriba abajo; llevaba un garrote de madera de roble colocado al desgaire sobre el hombro poderoso, que balanceaba ligeramente.


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—No me gustas —dijo, y frunció el entrecejo. Tenía un marcado acento del sur, y era evidente que estaba muy borracho—. No me gustas lo más mínimo, ni tampoco tu amigo, ni ninguno de vuestra ralea —continuó—. Músicos,trouvèreso como sea que os llaméis…, no sois más que vagabundos que vendéis cancioncillas vulgares, maricas melindrosos que laméis el culo a cualquier señor que quiera escuchar vuestra maldita basura.

El tabernero lo llamó desde el estante de las jarras, donde estaba dando brillo a un tanque metálico:

—Compórtate, Tom. Deja en paz al caballero músico. No queremos jaleos aquí.

El hombre grueso, que se llamaba Tom, al parecer, lo ignoró.

—No me gustas… —empezó otra vez. Yo tenía ya más que suficiente.

—¿Sabes una cosa? No creo que me importe una mierda lo que pueda o no gustarte —dije, mirándolo a los ojos—. De modo que, ¿por qué no te apartas de mi vista y te buscas un cerdo para que te folle…, uno que no sea muy remilgado sobre a quién se lleva a la cama?

Tom se inclinó más sobre mí, y su enorme bulto casi oscureció la escasa luz de aquel antro cochambroso.

—Escúchame, mariquita…

Y yo pensé: «Sí, esto servirá. Esto es lo que he querido toda la noche».

Mi espada estaba con el resto de mis pertenencias, en Westminster Hall, pero conservaba la misericordia oculta en la bota. De hecho, tampoco la necesité. Me limité a impulsarme hacia arriba, utilizando toda la potencia de mis piernas jóvenes, y disparado con la fuerza de un ariete mi cráneo fue a golpear su barbilla con una fuerza demoledora. Tom se tambaleó hacia atrás y yo, ya erguido, pivoté sobre las puntas de los pies y proyecté la cabeza hacia delante en un arco breve y preciso para aplastar su nariz con un segundo testarazo decisivo. Mi frente impactó en su cara como una piedra aplasta una rebanada de pan reciente. Perdió el equilibrio y cayó, escupiendo sangre y dientes, con una mirada de incomprensión aturdida en su fea carota, y yo solté un puntapié con mi bota derecha que fue a darle de pleno en la ingle. Se dobló sobre sí mismo, con un gemido de agonía. Di un paso atrás, levanté el taburete en el que había estado sentado y partí el pesado disco de madera en su cabeza. Se venció hacia delante como un árbol cortado, y se estrelló contra el suelo, en el que quedó tendido como un bulto inerme en medio de la suciedad, sangrando en silencio pero copiosamente por una brecha abierta en el cuero cabelludo.

Al levantar la vista, me di cuenta de que el tabernero me miraba boquiabierto. Intenté controlar el temblor de mis manos por mi repentino acceso de ira, busqué en la bolsa que colgaba de mi cinto y puse un puñado de monedas sobre el mostrador.

—Esto es por el vino y por el taburete —dije volviéndome hacia la puerta—. Y será mejor que le dé a ese buey un buen trago de cerveza cuando se despierte.

♦ ♦ ♦

Pensé que una noche de borrachera y jarana me harían sentir mejor acerca de Goody, pero no fue así. Al día siguiente, desperté con jaqueca y un profundo sentimiento de culpa. Esperé no haber matado al tal Tom en la pelea de la noche anterior. No merecía morir sólo por ser un patoso borracho.

Mencioné el asunto del bote con Goody a Marian aquel día, con la esperanza de que, como mujer que era, pudiera arreglar las cosas con mi joven amiga.

—Yo de ti no me preocuparía demasiado —dijo la condesa de Locksley, mientras compartíamos una cena fría en sus aposentos. Me había llamado para que cantara para ella, mientras Robin seguía reunido con la reina discutiendo la suerte del rey Ricardo. Marian tuvo que darse cuenta de que mi corazón estaba lejos de la música porque, después de haber ejecutado algunas de lascansósfavoritas de mi repertorio, me invitó a dejar a un lado mi viola y a sentarme a su lado para cenar.

—Las muchachas de su edad pasan por una época difícil, entre la infancia y el florecimiento pleno como mujeres —me dijo—. Ya debería estar casada a estas alturas, la verdad, y tener niños que atender, pero como no posee ni tierras ni dinero, le resulta difícil atraer a pretendientes de valía.

—Pero es hermosa de verdad, tiene una cara preciosa… Seguro que hay muchos hombres interesados en ella —dije yo.

Marian me miró de reojo.

—Podrías componer una canción para ella —dijo—; al menos, si quieres que te perdone. Estoy segura de que le gustará, y sería una bonita manera de expresarle cuánto sientes lo ocurrido.

Pensé en ello, y me pareció una buena idea.

—Lo haré —dije—, pero…

Y en ese momento, la puerta de la estancia se abrió y un torbellino de pura energía sostenido por dos piernas rechonchas irrumpió a la carrera y se precipitó en línea recta sobre Marian con gritos alegres de «Maman!», perseguido por una nodriza de cara colorada.

—Siento tanto molestarla, señora —dijo ésta sin aliento—, pero se ha escapado mientras yo buscaba en el baúl de la ropa.

—No hay problema, Ysmay —dijo Marian, y aupó al pequeño Hugh a sus brazos, le acarició los cabellos negros y plantó un beso en su mejilla suave y pálida. Yo me levanté de mi escabel, y estaba a punto de excusarme y salir cuando la condesa me detuvo:

—Alan, ¿te parece…, cuando el tiempo mejore…, podrías arreglar las cosas para que Hugh y yo misma diéramos un paseo en barca por el río, contigo? No mucha gente, sólo unos pocos de nosotros. Tal vez tu amigo Perkin sería el más indicado…

Le dije que sería un placer organizarlo, hice una profunda reverencia y salí de la habitación.

♦ ♦ ♦

Tuve algo de suerte, y el día que elegí para la excursión en barca con Marian amaneció claro y soleado, y sorprendentemente cálido, casi primaveral a pesar de que estábamos aún a mediados de febrero. Nuestro grupo estaba formado por la condesa, el pequeño Hugh y su nodriza Ysmay, yo mismo, Perkin, y Tuck en su condición de capellán personal de Marian. Tuck se empeñó en cargar con una cruz de madera tan alta como él mismo. La cruz, además de símbolo sagrado y emblema de su oficio, le servía a mi corpulento amigo de bastón en el que apoyarse, ahora que estaba ya bien entrado en la edad mediana…, aunque no le gustaba que los jóvenes se lo recordáramos.

Yo hablé con el obispo de Londres, un hombre amable llamado Richard FitzNeal, que había acudido a Westminster con la intención de ofrecer consejo a la reina en aquella época de crisis, y le pedí en nombre de la condesa permiso para visitar su mansión de Fulham, pocos kilómetros río arriba. Se decía que los jardines eran de una belleza extraordinaria, y yo pensé que Marian disfrutaría viéndolos. El obispo Richard era un hombre espléndido, de más de sesenta años de edad pero aún vigoroso, y muy culto (su libro sobre la administración del reino era muy elogiado), y se sintió feliz al ofrecernos su mansión.

—Por supuesto, querido muchacho, por supuesto —dijo—. Avisaré con tiempo para asegurarme de que todo esté preparado a vuestra llegada. ¿No le gustaría a la condesa quedarse allí unos días? Yo estoy ocupado aquí con la reina, pero si a ella le apetece apartarse por un tiempo de la vida de la corte, en Fulham será bienvenida, durante semanas si ése es su deseo; hay montones de habitaciones, y nadie para ocuparlas salvo los criados…

Insistí al buen obispo en que sólo iríamos a pasar el día, el martes próximo, pero su generosidad me conmovió. Lo dejé dando órdenes a sus secretarios para que su gente en Fulham preparara a nuestra llegada un almuerzo suculento y los mejores vinos. Marian era muy popular en Westminster; su belleza, su encanto y, añadirían los cínicos, su amistad íntima con la reina Leonor, la habían convertido en el objeto de la adoración de toda la corte. Y al parecer, ni siquiera los obispos ancianos eran inmunes a sus gracias.

El bote estaba lleno hasta los topes cuando Perkin se apartó del pequeño embarcadero y él y yo ocupamos nuestros lugares a los remos. Era una tarea dura; mover todo el peso del bote cargado contra la corriente exigía una buena dosis de músculo y sudor por parte de mi amigo el chato y de mí mismo, pero yo era joven y fuerte entonces, y no me importó tener que remar río arriba. Eso haría más placentero el viaje de vuelta al atardecer, repletos de las viandas y el buen vino del obispo, cuando sólo tendríamos que dejarnos llevar por la corriente hasta Westminster, con el mínimo esfuerzo.

De modo que manejaba el largo remo de madera de pino vuelto hacia atrás, procurando sincronizar mi palada con la de Perkin, sentado a mi izquierda, cuando Perkin me alertó de la presencia de un pequeño barco negro. Mientras remábamos despacio por el río, en dirección sur en ese punto, Perkin se volvió hacia mí, me señaló con un ademán una forma oscura y baja situada detrás de nosotros y a un lado, en la misma parte este del río pero más cerca de la orilla, y me dijo en voz baja:

—Ese mamón se mueve de una forma muy rara. Va demasiado despacio para un barco de ese tamaño. Tiene que tener por lo menos diez remeros, pero no nos adelanta.

Tenía razón; aquel barco pequeño, bajo, con las bordas forradas de planchas metálicas y los costados ennegrecidos con brea, de un solo palo pero sin izar trapo de ninguna clase, iba propulsado por cinco remeros a cada lado, y sin embargo avanzaba a la misma velocidad que nosotros. De hecho, se diría que nos estaba acechando.

Al principio sentí sólo mera curiosidad, pero cuando hubo pasado media hora empecé a alarmarme. El río había girado hacia el oeste, y ahora nos encontrábamos muy cerca de la orilla norte, pero el barco negro seguía detrás de nosotros. Y la coincidencia era más evidente aún por la razón de que aquel día soleado y en aquella parte del río había muy poco tráfico acuático.

Estaba seguro ahora de que aquel barco nos seguía, y tan pronto como llegué a esa conclusión, el barco empezó a adquirir más velocidad y se acercó a nosotros por el lado más próximo a la orilla. Maldije mi decisión de no alquilar un bote más grande para nuestra excursión, porque en el pequeño esquife de Perkin no había sitio para una escolta mayor, y los únicos hombres a bordo en disposición de luchar éramos Tuck y yo mismo, aunque supuse que Perkin sabría desenvolverse en una situación crítica, pues llevaba una daga larga de aspecto impresionante colgada al cinto.

Volví la vista hacia Perkin, y me pareció que los dos habíamos tenido la misma idea al mismo tiempo. El joven barquero murmuró:

—Piratas de río. ¡Dios maldiga sus almas negras!

Yo estaba demasiado ocupado en remar con todas mis fuerzas y no pude responderle. Pero a pesar de nuestros esfuerzos, estábamos perdiendo la carrera.

El barco negro estaba ahora casi a nuestra altura, y se había colocado entre nuestro esquife y la orilla norte del Támesis, a un centenar de pasos del lugar donde se extendía a lo largo de la ribera la pequeña aldea de Chelsea desde la que el viento traía hacia nosotros el humo que salía de las chimeneas de docenas de cocinas. En la proa del barco negro pude ver agachados a más de media docena de hombres de aspecto fiero armados con espadas, bastones y lanzas, vestidos de cuero grasiento y con armaduras también de cuero, pero sin emblemas que anunciaran a quién servían. Nos miraban relamiéndose. Perkin y yo afianzamos los pies en las costillas de madera del suelo del bote y redoblamos el trabajo de los músculos de nuestras espaldas y nuestros brazos. El río giró de nuevo hacia el sur en ese punto, e intentamos cruzar hacia el otro lado, a un área pantanosa en la que se alzaba un pueblo llamado Battersea, en una pequeña isla.

El río tenía unos seiscientos metros de anchura en ese punto, y con la ayuda de Dios, si remábamos con todas nuestras fuerzas, esperaba poder llegar a las marismas salvajes de la orilla sur, y una vez allí intentar despistar a nuestros perseguidores o encontrar un escondite. Lo habríamos conseguido, además, de no ser por un factor: el viento. Soplaba directamente del norte y, cuando nosotros, en nuestro pequeño bote de remos, pusimos la proa hacia el sur, el barco negro izó una mugrienta vela blanca y sus remeros aumentaron el ritmo y viraron hacia el sur para seguirnos.

El barco se lanzó hacia nosotros con rapidez, cortando el agua como un gran pez oscuro. A pesar de que Perkin y yo forzamos al máximo nuestros músculos, no hubo manera de escapar. La charla alegre del bote había cesado, y todas las miradas estaban ahora fijas en nuestros perseguidores.

—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Marian con un hilo de voz, pero tranquila. Abrazaba al pequeño Hugh contra su seno.

—No lo sé, mi señora, pero al parecer vienen a por nosotros.

El barco negro estaba ya a menos de treinta metros de distancia y se acercaba cada vez más: los remos moviéndose al unísono, la vela henchida. La orilla sur distaba aún sus buenos ciento cincuenta metros; de hecho, estábamos plantados en medio del río. No había forma de dejar atrás al barco negro, de modo que dejé mi remo a Perkin, me puse en pie, me dirigí tambaleante hasta la popa del bote y desenvainé mi espada. Oí a Tuck venir detrás de mí, y pronto noté su mole tranquilizadora a mi lado. Perkin sujetaba su remo con las dos manos, jadeante, y el bote empezó a deslizarse con suavidad a favor de la corriente del río. Al acercarse el barco negro, observé a la media docena de rufianes apiñados en la proa: todos aquellos bastardos grandes y feos me sonreían. Uno de ellos incluso se estaba relamiendo.

Tuck levantó su pesada cruz de madera en la mano derecha extendida hacia el barco negro, como para detener el mal.

—¿Quiénes sois? —tronó a través del agua—. ¿Por qué molestáis a buenos cristianos que van pacíficamente a sus asuntos?

—Traemos una invitación para lady Marian y su hijo —dijo un bruto gordo de barba gris, armado con una espada herrumbrosa: era el que se relamía—. Está invitada a una corta estancia en la mansión de un noble amigo nuestro. Pasádnosla a ella y a su hijo y os dejaremos ir en paz. Os lo prometo.

—Ponle tan sólo un dedo encima y te haré picadillo el hígado para alimentar con él a los peces —le dije con toda la calma que me fue posible, aunque mi corazón se había disparado—. Eso es lo que te prometo yo.

Era muy consciente del hecho de que no llevaba armadura, sino sólo una delgada túnica de lana y el manto, ceñido con el cinto de la espada. Pero tenía un arma en cada mano, la espada en la derecha y la misericordia en la izquierda, y estaba decidido a enviar a alguno de aquellos bastardos al infierno antes de que se acercaran siquiera un palmo más a mi señora.

A mi espalda, oí decir a Marian:


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—Alan, quizá si pudiéramos hablar…

Pero no hubo tiempo para más palabras. El barco negro saltó adelante movido por la fuerza de sus remeros, y fue a topar con el costado de nuestro bote, que a punto estuvo de zozobrar. Volaron por el aire los ganchos de abordaje, mordieron en la borda de nuestro esquife, fueron tensados y aguantaron el tirón. Barba gris no perdió el tiempo; saltó desde su proa, apuntando con su espada a mi cabeza. Aterrizó con estruendo en el asiento de popa del bote de Perkin, y lanzó una estocada; yo me agaché justo a tiempo, mientras la hoja de acero pasaba silbando por encima de mi cabeza desprotegida. Di un paso adelante; mientras él trataba de recuperar el equilibrio después del salto, y le asesté un golpe circular de costado desde la izquierda, de modo que la punta triangular de la misericordia penetró profundamente por entre sus costillas hasta perforar el pulmón. Aulló de dolor, y yo acompañé el primer golpe con otro en la cara con la empuñadura de mi espada, que le aplastó labios y dientes. Dejó caer su espada y cayó hacia atrás a su propio barco con un grito de rabia, escupiendo sangre, pero no tuve tiempo de ver qué pasaba con él después. Una lanza se proyectó con fuerza contra mi cara y yo me agaché hacia un lado, dejando pasar la punta por encima de mi hombro, y golpeé de arriba abajo con mi espada el brazo del lancero, de modo que desgajé el miembro en dos a la altura del codo.

A mi lado, Tuck hacía el vacío a su alrededor con grandes golpes circulares de la pesada cruz. El travesaño alcanzó a uno de los piratas en la sien, le aplastó el ojo y lo mandó al río con un grito agudo, casi de pájaro. Otro hombre saltó desde el barco negro blandiendo un hacha de doble cabeza. Tuck paró el golpe del hacha con el travesaño de su cruz, pero la hoja partió por la mitad la dura y vieja madera, y dejó al veterano monje simplemente con un bastón grueso en las manos. Yo salté adelante, agachado para evitar el voleo salvaje del hacha, y le rebané el cuello con mi espada, pero con tan mala fortuna que cayó sobre mí al morir, y me derribó al suelo del bote. Empujé a un lado su cuerpo ensangrentado, pero nuestras piernas habían quedado enlazadas, y vi con horror que más enemigos saltaban a bordo y rodeaban a Marian y a Hugh en el otro extremo del bote.

Pude ver cómo Perkin atizaba a un asaltante en el hombro con su remo, y luego soltarlo, sacar su daga y hundirla en el vientre de otro hombre, pero un garrote enarbolado por un pirata le alcanzó en la nuca y se derrumbó de inmediato, doblando las piernas, en el fondo del bote. Marian estaba rodeada por un círculo de hombres. Un individuo de barba larga la golpeó con fuerza en la sien con su puño revestido de acero, haciéndola caer de rodillas sin sentido, y vi que el pequeño Hugh era izado, lloroso y pataleando, por encima de la refriega, pasado luego sobre las cabezas de los hombres colocados en círculo alrededor de Ysmay, y llevado en volandas hasta el barco negro. Lancé una maldición, luché por ponerme en pie y me lancé de nuevo a la lucha, pero mi espada se vio frenada por un asaltante alto de largos mostachos, y mientras yo fintaba y tajaba desesperadamente, él daba pruebas de una pericia poco común al parar mis estocadas, me di cuenta de que el resto de los piratas abandonaban el bote, muchos de ellos señalados y sangrando; soltaron los ganchos de abordaje y saltaron a la cubierta de su propio barco. Finté abajo hacia la ingle del hombre del mostacho con mi espada, avancé un paso, tracé un círculo completo alrededor de su guardia y asesté la misericordia en su oído izquierdo, de través, en un golpe duro que alcanzó el cerebro. Los únicos piratas que quedaban a bordo de nuestro pequeño bote eran ahora cadáveres.

Cinco metros de agua parda nos separaban ya del barco negro, que se alejaba con rapidez, mientras nuestros enemigos se burlaban y agitaban sus armas contra nosotros. Me agaché para evitar una lanza esgrimida contra mi cabeza. Cuando me erguí de nuevo, vi que era la única persona que aún se mantenía de pie en nuestro bote. Perkin estaba inconsciente, tendido en un charco de sangre en los imbornales; Ysmay, la nodriza, estaba muerta, acuchillada cuando intentaba proteger al niño; su pequeña mano cortada había quedado sobre el banco de los remos en un charco de sangre negra, como un delicado cangrejo blanco. Marian estaba caída en la proa, pero por el movimiento de su pecho vi que aún respiraba, Dios sea loado. Tuck había recibido un tajo en el brazo, que había cortado los grandes músculos que se encuentran allí. Sólo yo estaba ileso.

Seguí con la mirada el barco negro que se alejaba con rapidez, y levanté mi espada empapada en sangre, señalando amenazador en su dirección, y recé en silencio porque Dios me permitiera algún día tomarme la venganza sobre ellos. En respuesta, uno de los piratas levantó un pequeño bulto de cabellos negros que gritaba furioso y pataleaba el aire con sus robustas piernecitas. Vi con toda claridad los zapatos azules de piel de cabrito de sus pies. Era Hugh. Yo era el responsable de la pérdida del hijo único de mi señora, heredero del condado de Locksley.

Y entonces una idea percutió en mi mente con la fuerza de la coz de una mula furiosa: yo y sólo yo tendría que dar la noticia a Robin.

Capítulo VII

—¿Dices que lo sientes? ¡¿Que lo sientes?! ¡Te llevaste a mi mujer y a mi hijo a una excursión infantil, lejos de la seguridad de Westminster Hall y de nuestros hombres, sin protección de ninguna clase, sin un solo hombre de armas! —La voz de Robin era un látigo helado—. Y ahora mi mujer está sin sentido por un golpe, su nodriza muerta y mi hijo secuestrado. Y tú vienes aquí a decirme que lo sientes.

Los ojos de Robin relucían como un cuchillo alzado en la oscuridad. Me pregunté si me iba a matar en el acto o si meditaba torturas terribles para prolongar mi agonía.

—No había sitio para más gente en el bote —murmuré—. Pensé que no corríamos peligro. Nadie sabía adónde íbamos…

No pude seguir defendiéndome. Miré a Robin, su rostro pálido y sin expresión y sus ojos llameantes, y no supe encontrar más palabras. No había excusa; mía era toda la culpa por la pérdida de Hugh, y yo sólo podía esperar que mi muerte fuera rápida.

—¿Nadie sabía adónde ibais? La mitad de Westminster estaba enterada de vuestra excursión; cuando hablaste con el obispo de Londres, era como si pusieras por escrito el itinerario y lo clavaras en las puertas de la abadía…

Robin hizo una pausa y tragó una gran bocanada de aire:

—Sólo… sólo te pido que te vayas. ¡Largo! No quiero ponerte la vista encima.

Dio media vuelta, frotándose las cejas con la base de la palma de las manos.

Esbocé una rápida reverencia y retrocedí a toda prisa, mientras el alivio invadía mi corazón. Por lo menos seguía vivo…, de momento.

Tuck se mostró comprensivo cuando le conté cómo había sido abroncado en público por mi señor.

—Ha sido voluntad de Dios, desde luego; siempre es la voluntad de Dios —dijo mi obeso y viejo amigo mientras yo le ayudaba a vendarse el brazo herido en la enfermería de la abadía de Westminster—. En cierto sentido, podrías decir que no ha sido culpa tuya en absoluto…, aunque no te recomiendo que se lo digas así a Robin en estos momentos. Dios quería que el pequeño Hugh fuera capturado, porque de otro modo Él no habría permitido que sucediera. Es así de sencillo. Y Él ha querido que yo recibiera esta herida, porque de otro modo no habría ocurrido.

Envidié la profunda fe de Tuck; siempre mantenía la serenidad, ponía toda su confianza en el Señor y dejaba que el mundo fuera allá donde Dios deseaba. No es que fuera una persona pasiva; siempre hacía y decía lo que creía justo, sin miedo, pero no se perturbaba lo más mínimo cuando las cosas se ponían en su contra, o cuando algún otro sufría un revés. Estaba totalmente convencido de la existencia de un plan divino, y aunque no sabía qué papel le tocaba desempeñar a él en ese plan, se sentía satisfecho al abandonarse a la voluntad del Todopoderoso.

Mi propia fe se había sentido conmovida por la carnicería inútil que había presenciado en Tierra Santa, por la muerte de hombres buenos sin buenas razones. No podía creer que un Dios misericordioso permitiera que sucedieran aquellas cosas tan horribles. Pero sucedieron. Y mientras Tuck decía que todo formaba parte de un plan, yo me preguntaba a veces, en lo más profundo de mi corazón, y sin duda me condenaré por haber consentido esos pensamientos, si de verdad Dios se interesaba mucho por el destino de la humanidad. Puede que sea el diablo quien gobierna el mundo, y Dios es incapaz, o demasiado indiferente, para poner freno a sus obras.

No hace falta decir que no expresé esos pensamientos heréticos delante de Tuck. Me limité a pedirle que me oyera en confesión, para recibir así el consuelo que sólo puede proporcionar un ritual bien consolidado. Fuimos a la iglesia de Saint Peter de la abadía y, arrodillado delante de él sobre el frío suelo de piedra, le hablé de todas las personas a las que había dado muerte en Ultramar, a sangre fría o en caliente; y del mal que había visto hacer, y de las cosas malas que yo mismo había hecho. Le hablé, postrado de rodillas y suplicando humildemente a Dios que me perdonara, de un muchacho que tenía a mi servicio al que maté, y por qué lo hice; de una hermosa esclava árabe a la que creí amar, y con la que cometí muchos pecados carnales. Se llamaba Nur y era la muchacha más hermosa que jamás había visto. Pero mi enemigo, un hombre malvado de nombre Malbête, la raptó y, para castigarme, le cortó la nariz, los labios y las orejas, y arruinó para siempre su maravillosa belleza. Pero tal vez mi pecado fue mayor que el de Malbête, porque dije a Nur que la amaba, y le prometí que la amaría siempre y la protegería; y sin embargo, sin embargo… Todavía me cuesta admitirlo: cuando Malbête la despojó de su belleza, me di cuenta de que ya no la amaba, de que jamás podría volver a amarla como había prometido. Y así, ella me dejó, apartó de mí su pobre rostro desfigurado y fue a esconderse del mundo, llena de vergüenza.

Luego le hablé a Tuck de un hombre bueno, un noble, un amigo al que vi caer acuchillado por unos ladrones…, y al que nunca vengué: nunca castigué a su asesino. Porque el asesino de ese hombre bueno había sido Robin, mi señor.

Y Tuck me absolvió de todos esos pecados, librando mi corazón de un peso terrible, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

♦ ♦ ♦

Al día siguiente, al atardecer, Robin nos convocó a Tuck y a mí a una cámara privada adyacente a Westminster Hall. Aunque se mostró frío conmigo, me pareció que había conseguido apagar su furia del día anterior. No nos recibió solo: la reina Leonor de Aquitania estaba sentada en un rincón de la sala, en un gran trono, y a su lado el leal arzobispo de Ruán, Walter de Coutances, en un sitial algo más pequeño. Había dos clérigos más en la habitación, los rostros en sombra, vestidos con los hábitos blancos de los monjes cistercienses, de pie y en silencio junto a la pared más alejada, y un puñado de sirvientes y secretarios que se afanaban de un lado a otro con rollos de pergaminos.

Robin fue directamente al asunto.

—Estos dos caballeros son los abades de los grandes monasterios cistercienses de Boxley y Robertsbridge; son hombres de Dios, hombres de paz y no de guerra —dijo, mirándonos directamente a Tuck y a mí—. La reina les ha elegido para que viajen a Alemania en busca del rey Ricardo, y traten de entrar en contacto con él. El padre Tuck debía acompañarles en ese difícil y posiblemente peligroso viaje, en el papel de representante mío y también para ofrecerles alguna clase de protección física contra vagabundos, proscritos, salteadores de caminos y gente parecida.

Robin dijo aquellas palabras con una seriedad perfecta. Pocos años antes, dos pacíficos abades habrían sido exactamente la clase de viajeros que él habría asaltado de haber sido lo bastante imprudentes de aventurarse en el bosque de Sherwood. Oí a la reina Leonor reprimir una risita divertida al oír las palabras de Robin. Yo guardé un silencio prudente.

—Puesto que el padre Tuck está herido —siguió diciendo Robin, dirigiéndose a mí en tono severo—, y dado que tú eres el responsable de sus heridas, se ha decidido que dentro de tres días acompañes a estos venerables abades a Alemania, y que cuides de que no les ocurra ningún daño. —Me miró con sus ojos fríos de un gris plateado—. Hablo mortalmente en serio, Alan: esta misión es de la mayor importancia para el reino. No debes correr ningún riesgo innecesario con las vidas de estos hombres santos.

Admito que quedé sorprendido. Había esperado alguna clase de castigo, pero al parecer, en lugar de castigarme me enviaban a una delicada misión. Me sentí excitado, y en cierta forma halagado. Era una aventura: cruzaría medio mundo en busca de mi rey. Procuré no mostrar mi alegría al acercarme a los dos abades y besar con solemnidad los anillos de sus manos, como respetuoso saludo.

Formaban una pareja austera, los dos altos y flacos, de cabellos grises y con un círculo perfectamente afeitado en la coronilla, la tonsura clerical. Además, eran tan parecidos en el físico, el hábito y la actitud, que al principio les tomé por hermanos. No lo eran, claro está, pero en las semanas que pasé en su compañía, a veces me parecieron tan indistinguibles como dos gemelos.

Cuando me disponía a salir, la reina se dirigió a mí.

—Cuando encuentres a mi hijo —dijo, con su acento altivo y su ligero ceceo—, y te habrás dado cuenta de que no he dicho «si».Cuandoencuentres a mi hijo Ricardo, dile que en Inglaterra haremos todo lo que esté en nuestras manos para conseguir su rápida liberación. No ha de desesperar; dile que ponga su confianza en Dios, y… que su madre no le fallará en esta hora de necesidad.

Era posiblemente la mayor dama de la cristiandad; durante su larga vida había reinado sobre territorios que se extendían desde los montes Peninos hasta los Pirineos; se había casado con los dos monarcas cristianos más poderosos, los reyes de Inglaterra y de Francia, y controlaba el destino de millones de súbditos, pero en aquel momento vi en ella lo que realmente era: una madre cuyo hijo amado se encontraba a merced de sus enemigos.

Pasé casi todo el día siguiente con Robin y Tuck, examinando mapas muy toscos y antiguos de los ríos de Alemania, Austria y el Sacro Imperio romano, y discutiendo un montón de planes y alternativas a esos planes. Los dos abades se reunieron con nosotros para conocer algunos pormenores, pero al parecer desconocían la zona por la que íbamos a viajar y estaban convencidos de que yo iba a ser su guía. Se sentían felices, por lo visto, poniendo su confianza en mí, a pesar de que yo nunca había estado antes en aquellos lugares ni me eran más familiares que las montañas de la Luna; y si yo les fallaba, confiaban en un poder superior.


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—Dios nos guiará en la buena dirección —dijo un abad con una sonrisa piadosa; no sabría decir si era el de Boxley o el de Robertsbridge. Me costaba distinguirlos.

No había más remedio que reclutar a un ayudante; un hombre con un conocimiento genuino del terreno, y también un dominio perfecto de la lengua local: Hanno.

Mi amigo de la cabeza rapada se sintió feliz de acompañarme en el viaje; para él era una oportunidad de volver a visitar su tierra natal, y tal vez de ver a algunos amigos y familiares. Y yo me sentí satisfecho de tenerlo con nosotros, porque era un maestro en muchos tipos de combate y, por más que no dudara de mi propia capacidad en ese terreno, me tomaba muy en serio mi papel de protector de los abades. Sí, Hanno sería valiosísimo a mi lado en una reyerta. Se reunió conmigo en los aposentos de Robin, y estábamos los tres discutiendo sobre los monasterios en los que podríamos encontrar alojamiento seguro durante el viaje, cuando la puerta se abrió de golpe y Marian entró impetuosa en la habitación. Era evidente que había llorado, y la cofia blanca sólo alcanzaba a cubrir parcialmente un moretón de feo aspecto a un lado de su cara magullada. En una mano sostenía un rollo de pergamino amarillo, sellado con cera y atado con una cinta roja: una carta. La otra mano la mantenía pegada a la espalda, fuera de nuestra vista.

—Ha llegado esto para ti —dijo Marian, y tendió el pergamino enrollado a Robin. Su voz temblaba de una emoción en la que se mezclaban la rabia, la esperanza y el miedo.

—Y con la carta ha venido… ¡esto!

Marian mostró la mano que había ocultado a su espalda: tenía en ella un zapatito azul, el zapato que yo había visto en el pie de Hugh cuando el barco negro se alejaba velozmente de nosotros, surcando las aguas pardas del Támesis.

♦ ♦ ♦

No llegué a leer aquella carta, pero su contenido quedó muy claro para mí aquella noche. A primera vista, se trataba de otra cortés invitación a Robin a presentarse en la nueva iglesia del Temple al día siguiente, el día de San Policarpo, para responder ante la Inquisición de las acusaciones presentadas por la orden del Temple de los cargos de herejía, adoración del demonio, blasfemia y otros actos malvados. No se mencionaba en absoluto al pequeño Hugh. Y sin embargo, el significado real del mensaje era muy claro. O bien Robin se sometía a la justicia de los templarios, o su hijo y heredero moriría. La carta requería a Robin que se presentara en persona, desarmado y con sólo dos asistentes, en la puerta de la iglesia del Temple al mediodía del día siguiente. El rostro de Robin carecía de toda expresión mientras leía la misiva. Luego miró a Marian y le tendió la carta para que la leyera ella. La cara de Marian, en contraste con la de Robin, se cubrió de palidez y preocupación, y empezó a mordisquearse el dedo meñique mientras lo miraba con ojos suplicantes. Robin dudó sólo un segundo, y luego sonrió. Fue una sonrisa radiante, cálida, confortante, una sonrisa amante que incluía una promesa solemne, y abrió los brazos de par en par, y ella cayó en ellos llorosa, pero esta vez de alivio. Estuvieron enlazados en un fuerte abrazo durante un largo rato, y sólo se oían los sollozos ahogados de Marian, que apretaba su rostro contra el cuello de Robin, mientras Hanno y yo intercambiábamos miradas incómodas.

—Bien —dijo por fin Robin, soltando a su condesa—. Parece que hemos subestimado a esa gente. Alan, sé tan amable de llamar a uno de los mensajeros de la reina. Creo que tendremos que redactar las condiciones para que suelten al chico, de modo que queden claras como el cristal.

Yo sabía en mi corazón lo que estaba haciendo Robin. Iba a poner voluntariamente su cuello en un dogal templario para salvar la vida de un niño pequeño, un niño que ni siquiera era su verdadero hijo. A pesar de todo lo que Robin había hecho en el pasado, a pesar de todos los pecados egoístas que había cometido, todavía estaba dispuesto a sacrificar su vida en un instante, a arder en la pira, una muerte horriblemente dolorosa y lenta, por amor a su esposa y a su hijo bastardo Hugh, la progenie de un enemigo.

No deberían haberme sorprendido los actos de Robin, porque para entonces lo conocía bien y comprendía a fondo sus puntos de vista. Me lo había explicado años atrás, poco después de que yo me uniera a su grupo de proscritos.

—Hay dos clases de personas en el mundo, Alan —me dijo—, los que forman parte de mi círculo, a los que amo y sirvo y que me aman y me sirven a mí…, y los que están fuera de ese círculo.

En su momento, me pareció tan sólo que me estaba haciendo una advertencia, pero más tarde me di cuenta de que me había explicado su doctrina personal. Robin había dicho después:

—Los que están dentro del círculo son preciosos para mí, y mientras ellos sean leales yo siempre les seré también leal y haré todo lo posible para protegerlos, incluso al precio de mi propia vida. Los que están fuera de ese círculo —se encogió de hombros— no son nada.

La manera como lo dijo me hizo sentir un escalofrío a lo largo de la espina dorsal.

Cuando pienso en los crímenes de Robin, en los actos de egoísmo y de crueldad que más me han horrorizado, procuro recordar que las víctimas de esas acciones siempre fueron personas que estaban fuera de su círculo encantado, o que le habían traicionado. Por quienes se encontraban en el interior del círculo, como Marian y el pequeño Hugh, e incluso yo mismo, daría gustoso la vida.

♦ ♦ ♦

Cabalgamos hacia el este por la Saintrondway, la carretera ancha que llevaba a Londres, en grupo: veinte soldados montados y con todas sus armas, espada, escudo y lanza, además de Robin, Tuck, yo mismo y Marian. Nuestro camino nos condujo hasta más allá de la casa del obispo de Exeter, que estaba cerrada y atrancada por encontrarse el obispo fuera de la ciudad, y cruzamos la verja del Templar Bar para desembocar en Fleet Saintreet. En la puerta del Temple, nos detuvimos en el exterior de la arcada redonda de la entrada, y un portaestandarte que llevaba la enseña personal de Robin, una cabeza de lobo negra y gris sobre fondo blanco, dio un toque de trompeta para alertar a los ocupantes de nuestra presencia, aunque no había estricta necesidad de ello porque yo ya había visto a un hombre cruzar a la carrera el patio exterior para informar a sus amos templarios de que habíamos llegado. El sol estaba en lo alto, como una pálida moneda de oro en el cielo gris de febrero, y aguardamos en silencio, con tan sólo el ruido ocasional de un casco de caballo golpeando el suelo, uno o dos relinchos y el ludir de las piezas metálicas de las bridas cuando los caballos movían la cabeza.

Mientras esperábamos, paseé la mirada hacia el este por la calle embarrada, más allá de varias chozas y viviendas dispersas, de una taberna y un horno de pan, hasta un gran edificio con las puertas abiertas, situado en el lado norte de la calle. Ardía allí un fuego poderoso bajo una gran campana metálica ennegrecida por el humo. Un hombre grande y musculoso con una cabellera de un rubio claro, y lo que parecía un parche de cuero cubriéndole un ojo, sacó una barra de metal del fuego y empezó a martillarla en un yunque colocado delante de la forja. El herrero estaba a medio tiro de flecha de distancia y de espaldas a mí, y sin embargo, al observarle arrancar tiras de acero anaranjado de la hoja de la espada a medio forjar con los poderosos golpes de su martillo, tuve la extraña sensación de que le había visto en alguna parte. Pero eso era imposible sin la menor duda, porque yo no conocía a casi nadie en Londres. En silencio esperé el momento en que se daría la vuelta para mirar en nuestra dirección, pero él siguió inclinado sobre el yunque, golpeando el metal al rojo mientras lo hacía girar con unas grandes pinzas. Eso en sí mismo tenía algo de extraño. ¿Quién no pararía de trabajar unos instantes y se volvería a ver un destacamento de caballería pesada con todas sus armas, detenido a tan sólo cien metros de distancia? Puede que estuviera totalmente enfrascado en su trabajo, me dije, o sordo por el continuo golpear de su martillo, y también medio ciego.

Muy pronto mi atención se vio apartada del industrioso herrero por la llegada a la puerta de un caballero templario, acompañado por seis forzudos sargentos vestidos con túnicas negras por encima de sus cotas de malla y armados con espadas y lanzas. Vi que el caballero era sir Aymeric de Saint Maur, el hombre al que había conocido en el castillo de Pembroke y que calificó a Robin de adorador del demonio. Y con su puño cubierto de acero sujetaba con firmeza el brazo de un niño que lloriqueaba.

Oí dar a Marian un grito agudo, y por el rabillo del ojo la vi deslizarse de la silla y correr hacia Hugh. Pero antes de que pudiera tocarlo y estrecharlo en sus brazos, sir Aymeric alzó una mano autoritaria, con la palma al frente, que la detuvo en seco. Pude ver entonces que uno de los sargentos sostenía un cuchillo junto a la garganta del pequeño Hugh.

—Rendíos y entregad las armas —dijo el caballero, por encima de la cabeza de Marian, directamente a Robin. Pero Robin ya estaba en movimiento, apeándose del caballo con una facilidad llena de gracia. Mi señor alzó los brazos por encima de su cabeza para mostrar que iba desarmado, y avanzó hacia la puerta del Temple. Yo me apeé de la grupa deFantasmatan aprisa como pude, y Tuck y yo, los dos desarmados, fuimos a unirnos a Robin en la entrada al patio del Temple. Marian se abalanzó sobre el pequeño Hugh, lo besó y le murmuró mil ternezas, y apenas tuvo tiempo de dirigir a su marido una mirada de agradecimiento antes de que Robin, Tuck y yo nos viéramos rodeados por los hombres de armas de los templarios y nos adentráramos por el pasillo oscuro y estrecho que conducía al patio exterior del Temple.

Mientras nuestros pasos nos alejaban de Marian y Hugh y de los bien armados soldados de Robin, tuve la impresión de que estábamos cruzando las puertas del infierno: y todos pudimos oír el estruendo hueco de esas puertas al cerrarse a nuestras espaldas.

♦ ♦ ♦

El patio exterior del conjunto de construcciones del Nuevo Temple era un amplio espacio con suelo de tierra apisonada en el que aparecían dispersas algunas construcciones bajas de troncos y argamasa: un granero, una destilería, varios almacenes, barracones y alojamientos de criados. Del lado sur, se abría un huerto bien cuidado con manzanos y perales, que se extendía hasta un grupo de chozas y un muelle de madera sobre el río Támesis. Apenas llegamos a ver todo aquello, sin embargo, porque casi de inmediato nos hicieron girar a la izquierda y avanzar por una galería cubierta que corría en dirección este, por un costado de la mansión del gran maestre hasta la iglesia misma del Temple. Yo nunca había estado en su interior antes, y a pesar de mi angustia por Robin, me conmovió la grave belleza y la majestad de aquel edificio. Cruzamos la pesada puerta, forrada de hierro y rematada en un arco de medio punto, que se abría en el extremo oeste de la nave principal. Ésta, perfectamente circular y de unos veinte pasos de diámetro, estaba iluminada por la tenue luz del sol, de un amarillo pálido; se decía que había sido construida a imitación de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, el lugar donde fue enterrado Cristo y que, ay, a pesar de mi larga estancia en Tierra Santa, nunca tuve la fortuna de visitar.

Seis gruesos pilares negros formaban un anillo en el centro de aquel espacio, y soportaban un cimborrio circular. Dirigí la mirada hacia la cúpula del techo, bajo la cual seis amplios ventanales permitían filtrarse al interior la débil luz del sol de febrero. Bajo aquella cúpula, un par de docenas de hombres paseaban y hablaban en voz baja entre ellos; muchos llevaban las sobrevestes blancas con la gran cruz roja de los caballeros templarios al pecho, y otros iban vestidos con los ropajes más coloridos de nobles laicos. Algunos habían tomado ya asiento en el banco de piedra que corría a lo largo del muro exterior. En el cuadrante nordeste de la iglesia, pude ver a Richard FitzNeal, el canoso obispo de Londres, que se removía incómodo en su asiento.

Directamente frente a mí, estaba el presbiterio, una cámara rectangular de veinte metros de largo que se prolongaba más allá del espacio circular de la nave, y que albergaba el altar y un enorme crucifijo dorado con la figura de Nuestro Señor retorciéndose en su Pasión. Me santigüé y murmuré una breve plegaria, y enseguida nos condujeron a nuestros puestos en el banco de piedra, justo a la derecha de la puerta principal, junto a la pila, en el cuadrante sur. Robin tomó asiento en el centro, entre Tuck y yo mismo, y dos sargentos templarios se sentaron uno al lado de Tuck y el otro de mí. El resto de los soldados que nos habían escoltado al interior se desplegaron alrededor del perímetro de la iglesia, recostados en sus lanzas y dirigiendo de vez en cuando miradas ceñudas a nuestro pequeño grupo, con ojos estrechos de carceleros.

Yo miré a mi alrededor sobrecogido y maravillado ante aquellos muros que brillaban como gemas preciosas a la luz del sol, decorados con vívidas pinturas de Jerusalén y del templo del rey Salomón, con ricos tapices de hilo dorado, azul y escarlata, que representaban escenas de la Biblia, y con asombrosos relieves de rostros humanos tallados en el interior de las arcadas del muro interior, justo encima de los bancos de piedra. Algunos de esos rostros eran grotescos, otros amables, unos terribles, otros santos…, y todos parecían a la espera de presenciar el proceso que estaba a punto de comenzar.

Éste era el corazón vivo de la orden inglesa del Temple, un lugar de pureza y bondad y de fortaleza cristiana, y yo me sentí indigno de permanecer en el interior de un lugar así. Cerré los ojos de nuevo para rezar, y rogué a Dios que me infundiera fuerzas en el juicio inminente, y velara para proteger a mi señor de la ira justiciera de aquellos santos caballeros.

Un toque de trompetas interrumpió mis devociones, y cuando abrí los ojos los heraldos cruzaban el umbral de la puerta situada a mi izquierda, y sus trompetas se adornaban con gallardetes de los colores reales, rojo y oro. Un gesto del sargento templario nos indicó que nos pusiéramos en pie, y entró en la iglesia el mismísimo príncipe Juan, al parecer enfrascado en conversación con sir William de Newham, el maestre provincial inglés del Temple. Detrás de él venía sir Aymeric de Saint Maur, que charlaba con un compañero; el corazón me dio un vuelco, aunque no me sorprendió demasiado, al reconocer a sir Ralph Murdac en el compañero del caballero templario.

♦ ♦ ♦

El maestre, William de Newham, tomó asiento en el extremo este de la iglesia circular, en un imponente sitial de respaldo alto. Era un hombre grueso, de cara roja y aspecto irritable, con grandes ojos inyectados en sangre, y a cada lado se sentaron ahora sus dos asistentes, caballeros veteranos que actuaban como sus secretarios. Con el maestre, eran ellos los hombres que habían de juzgar ese día al conde de Locksley. Las grandes puertas de madera se cerraron de golpe, y dos soldados se quedaron tras ellas para que nadie estorbase la ceremonia, y otros apostados dentro con la espada desenvainada, para mayor seguridad de que los procesos de la inquisición no fueran interrumpidos. El príncipe Juan fue conducido a un lugar de honor, en la parte de la iglesia situada frente a Robin, Tuck y yo mismo (el lado norte), y al tomar asiento, de inmediato empezó a protestar y a pedir almohadones para aliviar la dureza del banco de piedra. Sir Ralph Murdac, después de unir su voz a la exigencia de más almohadones, con gritos a los sargentos templarios conminándoles a cuidar con más diligencia de la comodidad de su señor, por fin se sentó también y miró en nuestra dirección con una sonrisa burlona y llena de satisfacción.


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Como siempre que veía las facciones de Ralph Murdac, sentí una descarga de odio en mis entrañas. Pero aquel día la sensación fue especialmente intensa, y por un instante me preocupó que me buscara mi desgracia vomitando la bilis que me ahogaba en el limpio suelo de losas grises. De alguna forma, conseguí aquietar mi estómago y observé cuidadosamente a mi enemigo. Aparte del vistazo a la luz de la fogata en el exterior del castillo de Kirkton, el día que crucé su campamento, yo no había tenido la desgracia de contemplar sus odiosas facciones desde hacía varios años. Estaba recién afeitado y con la cabeza descubierta, con sus cabellos negros bien recortados en forma de bol; era evidente que el barbero le había visitado el mismo día. Sus vestidos eran de fina seda negra, de buen corte, caros y selectos; el rostro era bien parecido, aunque los labios tenían un tono demasiado rojo para mi gusto, y le daban un aire de petulante y aficionado a vicios secretos. Sus ojos de color azul pálido, fríos como el hielo, relucieron cuando se cruzaron con mi mirada. Me asombró una vez más lo mucho que se le parecía el pequeño Hugh, en el aspecto exterior por lo menos; sólo podía rezar porque Hugh no compartiera al crecer su mismo corazón negro. Estaba demasiado lejos de mi posición para que pudiera oler su perfume, y me pregunté si todavía conservaría su afición por aquel repugnante aroma a lavanda que siempre me hacía estornudar.

Luego me di cuenta de algo que hizo saltar un chispazo de alegría dentro de mi corazón: Murdac tenía un hombro en una posición forzada, ligeramente más alto que el otro. Al principio pensé que sólo era su manera de estar sentado, pero luego se giró hacia un lado para susurrar algo al oído de su señor, el príncipe Juan, y entonces entendí qué le ocurría. Estaba herido, llevaba algún tipo de vendaje en la espalda. La flecha de Robin, disparada en la oscuridad de aquella noche de sangre y fuego ante el castillo de Kirkton, no llegó a matarlo, pero desde luego había estropeado su apostura.

Dediqué ahora una amplia sonrisa a Murdac, al cruzarse nuestras miradas, y miré con intención su hombro levantado, al tiempo que le hacía muecas como un mono. Y miré también de reojo a Robin, esperando que se hubiera dado cuenta, pero mi señor había fijado una mirada serena en algún lugar impreciso y tarareaba entre dientes para sí mismo, como si no tuviera la menor preocupación en el mundo. Si las cosas iban mal para Robin, le quedaban pocas horas de espera para sufrir una muerte lenta y horrible. Pero nunca he conocido a un hombre capaz de hacer gala de una calma mayor ante la muerte.

Fue el príncipe Juan el primero en hablar, con su típica falta de oportunidad. Sacudió los rizos rojizos de su cabellera en un gesto imperioso al maestre del Temple, agitó un dedo de su anillada mano derecha y gruñó:

—Bueno, ¿empezamos de una vez? No tengo intención de quedarme aquí todo el día.

El maestre, que había estado parlamentando con uno de sus asistentes y con un secretario que cargaba un montón de rollos de pergamino, levantó la vista, sorprendido al ver usurpada su autoridad en el interior de su propia iglesia.

En su honor hay que decir que se resistió a lo que, a todos los efectos, había sido una orden del rey.

—Dentro de un momento, vuestra alteza —dijo, y sus ojos se estrecharon—. Sólo os suplicamos un poco más de paciencia.

Su tono tuvo un ligerísimo matiz de condescendencia, como si estuviera dirigiéndose a un chiquillo revoltoso.

Vi entonces que Aymeric de Saint Maur se levantaba de su asiento en la parte sur de la iglesia, no lejos de nosotros, y al mismo tiempo me vino a la cabeza una idea. Me volví a Robin y le pregunté:

—¿Dónde está la reina? ¿Dónde está lady Leonor? Sin duda acudirá en tu ayuda, ¿no es así?

Robin se volvió a mirame y sonrió; parecía tan fresco como una brisa de verano. Me contestó casi sin mover los labios, en voz muy baja:

—La reina no puede venir en mi ayuda, Alan. Tiene que mantenerse al margen de este pleito. Necesita la ayuda de los templarios ingleses para liberar a Ricardo, o más bien necesita su plata y su capacidad de obtener crédito. Aquí dependemos de nosotros mismos, Alan. Tú limítate a representar tu papel, y al final todo saldrá bien.

Seguramente mi cara expresó mis dudas, porque me hizo un guiño conspiratorio y murmuró:

—No te preocupes demasiado, Alan. Todo va a ir como la seda. Tuck me asegura que el Todopoderoso tiene un plan infalible; Dios lo tiene todo previsto, al parecer —y me dirigió una sonrisa casi blasfema antes de añadir—: ¿Te has dado cuenta de que Murdac tiene la espalda torcida?

Sólo pude devolverle la sonrisa, complacido con un regocijo poco cristiano en el mal de un enemigo.

El maestre de los templarios se puso ahora en pie, hizo una breve seña a uno de sus sargentos, y entonó una oración coreada por la iglesia entera pidiendo a Dios que la verdad resplandeciera y se hiciera justicia en este día en su casa sagrada y ante sus ojos. Luego el sargento condujo a Robin al centro del presbiterio, y lo colocó de modo que quedara situado frente al maestre, pero donde todos los presentes en aquella iglesia circular pudieran verle con claridad.

Entonces el maestre levantó un grueso rollo de pergamino y leyó en voz alta en latín. Era una carta de su santidad el papa, que llevaba el sello papal, dando validez al tribunal eclesiástico de la Inquisición en la iglesia del Temple de Londres en este día, y nombrando a la persona que debía ser investigada como Robert Odo, conde de Locksley. El documento era largo y aburrido, y hacía referencia a una bula papal conocida comoAd abolendam, emitida por el papa Lucio cerca de diez años atrás, en la que urgía a las altas jerarquías de la cristiandad a investigar con diligencia a todos los herejes y a quienes les amparaban y prestaban apoyo, y a llevarlos con rapidez ante la justicia.

Establecida de ese modo su autoridad como inquisidor episcopal, el maestre tomó asiento y dio comienzo la sesión inquisitorial.

—Robert Odo, conde de Locksley, ¿creéis en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y en su único Hijo Jesucristo, nuestro Salvador? —preguntó el maestre en francés, clavando en Robin sus ojos inyectados en sangre.

—Creo —dijo Robin gravemente, en la misma lengua. Yo sabía que mentía por su pecadora lengua, pero no había otra respuesta posible.

—¿Y creéis que el verbo de Dios se hizo carne en Jesucristo, y que por su pasión y muerte en la Cruz fue redimido este mundo de pecado?

—Sin la menor duda —dijo Robin, pintada en su rostro una expresión de inocencia cristiana.

—¿Y creéis que el tercer día después de ser crucificado, Él se alzó de nuevo de entre los muertos y ascendió al cielo, y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre?

—Absolutamente… El tercer día, a mano derecha, y toda la retahíla —dijo Robin, y sus ojos parecían brillar de convicción.

—¿Y creéis en la Santa Trinidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo? ¿Y que María era virgen antes y después del nacimiento de su hijo Jesucristo?

—¡Oh, por el amor de Dios, acabad con todo eso! —sonó la voz áspera del príncipe Juan interrumpiendo el recitado de una fórmula muy conocida y estimada. Aunque el maestre ignoró la interrupción, el color rojo de su tez se acentuó ligeramente.

—Desde luego que sí —dijo Robin, anhelante—. Estoy enteramente seguro de que María era virgen antesydespués…, sí, ya lo creo.

—¿Y juráis por Dios Todopoderoso, por Jesucristo, por la Virgen María y todos los santos, a riesgo de condenar vuestra alma inmortal si jurareis en falso, que lo que habéis dicho en este día y a esta hora es la verdad?

—Sí, así es, lo juro; lo juro por mi alma inmortal —dijo Robin plenamente entregado, y de alguna forma consiguió parecer sincero hasta un punto imposible.

El maestre pareció un poco confuso por el tono lleno de fervor de Robin. Bajó la vista al rollo de pergamino que sostenía en las manos:

—Estáis acusado de los graves crímenes de herejía, de nigromancia, de adoración al demonio, de blasfemia, de tomar el nombre del Señor en vano…

Robin le interrumpió, atropellando las palabras del maestre:

—… De hurgarme la nariz en domingo, de silbar en la iglesia, de robar caramelos a los niños, de negarme a compartir mis juguetes… Señores, esos cargos son completamente absurdos. Han sido inventados por enemigos que buscan…

Al oír burlarse a Robin de la lista de graves cargos que acababa de leer el maestre, hubo algunas risitas de asombro entre los caballeros laicos sentados alrededor de la iglesia, pero la mayoría de los presentes quedaron demasiado sorprendidos por el giro de los acontecimientos como para siquiera reaccionar.

El maestre no fue uno de ellos.

—¡Silencio! —rugió, furioso por el hecho de que alguien tuviera la temeridad de interrumpirlo. Sus mejillas encendidas mostraban un peligroso color púrpura—. Sois un insolente, señor. No hablaréis a menos que se os haga una pregunta directa; si me interrumpís de nuevo, seréis amordazado.

Robin no dijo nada; dejó escapar un largo suspiro, y fijó la mirada en el espacio por encima de la cabeza del maestre, con una ligera sonrisa. Su expresión era de nuevo de una serenidad beatífica. Justo en ese momento, con la iglesia en silencio después de la amenaza del maestre, Tuck soltó un poderoso eructo, un trompeteo resonante que duró varios segundos y despertó ecos en todo el edificio.

—¡Silencio! —aulló el maestre. Me di cuenta de que el tono púrpura de su rostro se oscurecía, y de que una vena parecía a punto de reventar en su frente—. ¿Quién ha hecho eso? ¡Exijo saber quién ha hecho ese repugnante ruido!

—Perdonadme, maestre —dijo Tuck—. Me temo que bebí demasiada cerveza con la cena de anoche. —Y de nuevo dejó escapar un enorme eructo atronador—. Os pido humildemente perdón.

Por lo menos la mitad de las personas presentes en la iglesia reían ahora. Y la faz del maestre se había oscurecido todavía un poco más.

—Si oigo un solo… sonido… inapropiado más, de cualquier clase…, de cualquiera de los presentes, haré que el responsable sea sacado fuera de este tribunal, atado, esposado y arrojado a la cripta.

Era evidente que el maestre tenía intención de hacer lo que decía: su cara tenía aún el color de una berenjena pero, pasado un rato, se calmó lo bastante para reanudar la lectura de los cargos contenidos en el pergamino. La lista era larga, pero en su mayor parte consistía en variaciones sobre el mismo tema: que Robin era un hereje, un impío negador de Cristo, un adorador de los demonios que conjuraba a espíritus malvados venidos de las profundidades del averno. Cuando el maestre hubo terminado de leer, fijó una mirada dura en Robin y anunció en tono solemne:

—Conde de Locksley, éstas son las acusaciones que pesan contra vos. ¿Qué respuesta dais a los cargos?

—Todo es mentira —dijo Robin con sencillez, con una voz tranquila y razonable que llegó a todos los rincones de la iglesia—. Son mentiras inventadas por enemigos que desean mi ruina. Niego todos esos cargos. Todos, uno por uno.

El maestre mantuvo la mirada fija en él durante unos momentos, como si esperara que dijera algo más. Luego asintió, y, mirando a los presentes, sentenció:

—Escucharemos entonces los testimonios contra vos.

Escoltado hasta su asiento por el sargento templario, mi señor de Locksley volvió a colocarse a mi lado, estiró sus largas piernas y se recostó en el muro, completamente relajado.

Ralph Murdac fue el siguiente en dirigirse al centro de la iglesia. Se adelantó caminando con toda la dignidad posible, habida cuenta de que su hombro izquierdo estaba levantado casi hasta rozar su oreja, quedó de pie frente al maestre y sus dos asistentes, y prestó juramento sagrado de decir la verdad y sólo la verdad en ese día delante del tribunal.

—Este hombre —dijo Murdac, apuntando con un dedo acusador en dirección a Robin—, Robert Odo, el así llamado conde de Locksley, está tan infectado de herejía, de pecado y de blasfemia de la peor especie que deshonra esta misma iglesia con su presencia.

Yo había medio olvidado su tono rastrero y rasposo, pero el cabello de mi nuca se erizó al oírle hablar de mi señor en esos términos.

—Bien hablado, sí señor. Muy cierto, muy cierto —graznó el príncipe Juan desde su asiento almohadillado.

El maestre fijó en él sus ojos inyectados en sangre:

—Mi señor príncipe, permitidme que os ruegue que os guardéis vuestra opinión hasta que hayamos oído las pruebas.

No hubo ninguna mención a atarlo, esposarlo y arrojarlo preso en la cripta, pero estaba claro que el maestre seguía decidido a no ceder autoridad en su propia casa. El príncipe Juan se limitó a gruñir, y alzó levemente su lánguida mano para indicar que sir Ralph Murdac podía continuar.

Murdac hizo una media reverencia y siguió devanando el hilo de su historia.

—Cuando era un proscrito, repudiado por todas las personas decentes y respetuosas de la Ley, y vivía en estado salvaje en los bosques como un animal, Robert Odo era conocido por practicar los actos diabólicos más horribles, según los preceptos de una religión falsa, que llegaron hasta el sacrificio de vidas humanas a un demonio selvático sediento de sangre. Desde que se le ha permitido neciamente volver a integrarse en la sociedad cristiana, sus tierras tienen fama de ser un nido de brujas y hechiceros, de súcubos, íncubos y criaturas malvadas infrahumanas surgidas de las profundidades del infierno. Preguntad a cualquier hombre bueno del área de Kirkton, o de Locksley, o del propio Sheffield, y os confirmará que el diablo y sus secuaces recorren el país en las noches oscuras, en forma de hombres salvajes con cabeza de caballo que vomitan fuego, y que pueden convertir a un hombre en piedra con una mirada. Se ha visto merodear por la zona con mucha frecuencia a una bruja local, lahagde Hallamshire, una vieja horriblemente deforme que roba bebés cristianos y los sacrifica a sus artes mágicas…

—Sí, sí —dijo el maestre, impaciente—, hay rumores de brujería en toda Inglaterra. Pero a este hombre se le culpa de herejía. ¿Tenéis alguna prueba concreta de que sea un hereje?

—He visto a esos caballos-demonios, convocados sin duda por los encantamientos de Locksley, con mis propios ojos —dijo Murdac, orgulloso—. Vi a esas criaturas diabólicas cabalgar a la batalla, en compañía del preso que ahora se encuentra ante nosotros.


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De nuevo Murdac señaló con el dedo a mi señor.

—Proseguid —dijo el maestre. Se había producido un murmullo de interés en la iglesia ante las palabras acusatorias de Murdac. El obispo de Londres, al que podía ver directamente desde mi asiento, frunció la frente y pareció seriamente preocupado.

—El pasado mes de septiembre, en la víspera del día de la fiesta de los santos Cornelio y Cipriano, cuando yo me encontraba acampado pacíficamente en el exterior del castillo de Kirkton, parlamentando con la deshonesta condesa de Locksley para conseguir la devolución de mi hijo, el cual obra en su poder —miré de reojo a Robin, pero su expresión serena apenas se había modificado, aunque una ligera sonrisa aleteaba en torno a su boca; y, cosa extraña, esa sonrisa me produjo mayor temor que todas las amenazas que se estaban voceando—, fui atacado por un ejército de espíritus infernales. Primero hicieron caer del cielo una lluvia de fuego que abrasó a mis hombres hasta los huesos, y luego la caballería del diablo, encabezada por el heresiarca, el maligno Robert de Locksley, apareció como por arte de magia. Los corceles de Satán, hombres gigantescos con cabeza de garañones que respiraban fuego, arrasaron mi campamento y pasaron a cuchillo a mis hombres. Sólo debido a la bondad de Dios, y sin duda a la intercesión de los santos Cornelio y Cipriano, pudimos algunos de nosotros escapar con vida.

—¿Y juráis ante Dios que visteis todas esas cosas con vuestros propios ojos? —preguntó el maestre.

—Por mi honor —dijo Murdac—, y ante Dios Todopoderoso, lo juro.

Oí a Tuck dar un resoplido incrédulo entre dientes cuando Murdac volvía a su asiento, evidentemente satisfecho de su declaración.

—Bien hablado, sí señor, bien hablado —se oyó graznar al príncipe en el cuadrante norte de la iglesia.

El maestre susurró algo a uno de sus asistentes, que hizo una anotación en un pedazo de pergamino.

—Traed al acusado —entonó el maestre. Y cuando Robin hubo sido llevado de nuevo al centro del círculo, le preguntó—: ¿Qué tenéis que decir sobre ese asunto de los caballos demonios?

Robin hizo una aspiración profunda y se encogió de hombros, despacio.

—Es verdad… —dijo, e hizo una pausa, y a su alrededor todo el mundo tragó saliva—. Es verdad que Ralph Murdac estaba delante de mi castillo de Kirkton con muchos cientos de hombres armados. En contra de las leyes de la Iglesia y del edicto de su santidad el papa, estaba atacando mis propiedades mientras yo regresaba de Tierra Santa después de luchar en nombre de la cristiandad, para recuperar la tierra donde nació Nuestro Señor.

Un murmullo de aprobación recorrió la iglesia. Muchos de los hombres presentes habían combatido con ferocidad en Tierra Santa, muchos habían perdido allí a sus camaradas; de hecho, uno de los principales objetivos de los caballeros templarios era la defensa de Ultramar. Y la Iglesiahabíaprometido protección a los caballeros y a sus propiedades mientras ellos estuvieran en la Gran Peregrinación. Robin se había anotado un punto, y en la iglesia todos lo sabían. Vi que el obispo de Londres empezaba a relajarse un poco; sonrió en nuestra dirección, e hizo gestos de asentimiento con su cabeza plateada.

—Cuando regresé de la Tierra Santa donde Nuestro Salvador Jesucristo predicó, muy maltrecho por las duras batallas contra los sarracenos —continuó Robin, explotando sin miramientos la ventaja conseguida—, me encontré con que Ralph Murdac había puesto sitio a mi castillo. Eran tantos los hombres buenos míos que habían caído en Oriente en defensa de las enseñanzas de Cristo, que me encontraba con tan sólo cincuenta almas cristianas capaces de presentar batalla a mis enemigos. Como no quería rendir mi familia y mis tierras a un perro bastardo que desprecia las leyes de la Iglesia, me vi forzado a recurrir a un subterfugio, a una treta.

»Las historias que ha contado este hombre sobre gigantes de cabeza de caballo que escupían fuego son bobadas, excusas de un cobarde —dijo Robin, que señaló al mismo tiempo a Murdac con un gesto del meñique de su mano izquierda, sin dignarse mirarlo—. Es verdad que hice rodar carros en llamas contra su campamento; y es verdad también que mis hombres llevaban máscaras de piel de cordero pintadas para que parecieran cabezas de caballo, para asustar a sus temblorosos soldados; pero no hubo en ello ninguna herejía, y es extremadamente ridículo imaginar que se convocara a los demonios. Rezamos a Dios Todopoderoso y a su único Hijo Jesucristo para que nos libraran de nuestros enemigos, y con Su ayuda y la fuerza y el valor de mis hombres, el enemigo, superior en número, fue derrotado.

Aquí calló Robin, y el maestre lo miró durante algunos segundos, a la espera de oír algo más.

—¿Podéis probar lo que decís? —dijo finalmente el superior de los templarios.

Robin me señaló.

—Llamo a mi leal vasallo Alan de Westbury como testigo de la verdad de lo que he dicho. Alan tomó parte en aquella acción, y es un buen cristiano que jamás consentiría implicarse en ningún acto contrario a las enseñanzas de la Iglesia. Ponte en pie, Alan. Adelántate y habla.

Caminé tan tranquilo como pude hasta el centro de la iglesia; sentía flojas las piernas y un hormigueo en las tripas, y era consciente de las miradas de más de treinta pares de ojos nobles. Pero mantuve alzada la barbilla, miré directamente al maestre, y declaré:

—Lo que ha dicho el conde de Locksley es tan verdad como el Evangelio para mí. No se convocó a caballos demonios, fue sólo unaruse de guerre, una treta para atemorizar al enemigo.

Se produjo un revuelo en toda la iglesia, y murmullos de aprobación. Sentí que la opinión de los allí reunidos se volvía en favor nuestro como una gran marea. Los hombres que se encontraban en aquel lugar eran en primer lugar y sobre todo guerreros, y muchos de ellos habían empleado en alguna ocasión estratagemas astutas para conseguir una victoria.

—Muy bien, podéis los dos regresar a vuestros asientos —dijo el maestre.

Cuando volvimos a ocupar nuestro sitio en el cuadrante sudoeste de la iglesia, Tuck resplandecía. Empezó a susurrarnos palabras de felicitación, pero Robin le interrumpió:

—Esto no se ha acabado, Tuck —dijo en voz baja mi señor—, ni mucho menos. Sólo ha sido el primer cruce de espadas.

—Solicito de sir Aymeric de Saint Maur que presente a este tribunal nuevas pruebas —tronó el maestre, y al mirar hacia mi derecha me di cuenta de que, como de costumbre, Robin tenía razón.

El caballero templario estaba puesto en pie junto a una criatura lisiada: un hombre medio desnudo y tendido sobre un costado, con las manos atadas a la espalda, que había sido golpeado y maltratado hasta un punto horrible. Tenía quemadas algunas zonas de la piel, en carne viva y supurando después de la aplicación de hierros al rojo…, y recordé con un estremecimiento las torturas que yo mismo había sufrido a manos de sir Ralph Murdac. Pero había algo en él que me sobresaltó más aún: tatuado en el pecho de aquel pobre hombre, y muy visible debido a sus brazos atados, vi un símbolo con la forma de la letra «Y». Yo conocía aquel signo, y sabía lo que significaba.

Mi mente retrocedió a una siniestra noche en el bosque de Sherwood, hacía ya cerca de cuatro años, y a un desgraciado no menos aterrorizado que el hombre que ahora se encontraba delante de mí: un hombre atado a una piedra antigua y muerto en una ceremonia demoníaca como sacrificio a un dios pagano. En la ceremonia se adoraba a Cernunnos, una deidad de los bosques, una figura que la Iglesia consideraba un demonio malvado. Robin había representado un papel importante en aquella ceremonia, y la adoración del demonio Cernunnos sin duda había de ser considerada como una herejía de la peor especie.

♦ ♦ ♦

Sir Aymeric de Saint Maur arrastró del pelo al desgraciado hasta el centro de la iglesia. Y el hombre se quedó allí llorando, ya fuera de dolor o de miedo, postrado en el suelo delante del maestre. Todos los presentes en el templo se inclinaron a la vez hacia delante para ver mejor.

—Este villano se llama John —empezó Aymeric, que hablaba, como lo habíamos hecho todos hasta ese momento, en francés—. En tiempos perteneció a la mansión de Alfreton, pero mató a un hombre y huyó de la justicia hace cinco años, para llevar una vida salvaje en el bosque de Sherwood. Se convirtió en un mendigo y un vagabundo…, y también en un adorador del demonio, como lo indica la señal que lleva en el pecho.

Aymeric señaló el tatuaje en forma de «Y». A mi lado, Robin se sentó un poco más erguido e inclinó la cabeza a un lado, dirigiendo al villano una mirada especulativa, aunque todavía asombrosamente despreocupada.

—Hemos tenido que hacer muchos esfuerzos para convencerle —siguió Aymeric, y dio al prisionero una patada salvaje que hizo que el hombre se retorciera en el suelo y ensuciara las losas de piedra con su sangre y el icor de sus quemaduras—, pero ha acabado por confesar sus fechorías. Y nos ha contado una historia muy interesante sobre el conde de Locksley.

Hubo un silencio absoluto en la iglesia; ni una tos, ni un roce de pies al moverse.

Sir Aymeric continuó, y su voz arrancó ecos del silencio:

—Este hombre asegura haber participado en una ceremonia diabólica en la Pascua de hace cuatro años, en la que un prisionero de guerra, un hombre de armas llamado Piers, al servicio de sir Ralph Murdac, que era entonces alguacil del Nottinghamshire, fue sacrificado a un demonio llamado Cernunnos por una conocida bruja de la localidad. Durante la ceremonia, Robert Odo, que se hacía llamar por aquel entonces Robin Hood, participó plenamente en el ritual sangriento y herético. Es más, este hombre asegura que fue poseído por el propio demonio Cernunnos.

Hubo carraspeos en toda la iglesia, y las miradas se fijaron ahora en Robin y nuestro pequeño grupo. Vi que el obispo de Londres sacudía su cabeza plateada y se mordía una uña. Parecía a punto de echarse a llorar.

—¿Es eso cierto? —preguntó el maestre, dirigiéndose en inglés al desgraciado postrado en el suelo—. ¡Tú, villano, ¿es cierto lo que dice sir Aymeric?! ¿Participaste en una ceremonia herética sangrienta en adoración a un falso dios en la que el conde de Locksley tuvo un papel protagonista?

El hombre tatuado exhaló un gemido de temor y balbuceó:

—Oh sí…, señor, por favor no me peguéis. Es cierto, palabra por palabra. Lo juro delante de Dios Todopoderoso, y de Jesús, José y María, y de todos los santos, por favor…

—¡Es suficiente!

Aymeric se agachó y golpeó con violencia al hombre en la cabeza, y el pobre infeliz se derrumbó en el suelo y volvió a sollozar en silencio.

—Lleváoslo —ordenó el maestre, volviendo a la lengua francesa: y el pobre hombre fue arrastrado y conducido a empujones por las escaleras de la cripta por dos forzudos sargentos templarios.

—¿Qué respondéis a esa acusación? —preguntó el maestre a Robin.

Mi señor se puso en pie.

—Está muy claro que ese hombre ha sido torturado hasta perder la cordura, y que diría cualquier cosa para mitigar sus penas. Por decreto de la Iglesia, por decreto del mismo Santo Padre, su testimonio no tiene validez en una inquisición —espetó, indignado—. Según la ley de la Iglesia, el testimonio de un hombre torturado no es aceptable. ¿No estoy en lo cierto, maestre?

El maestre consultó con sus dos asistentes. Hubo mucho revuelo de pergaminos y rollos consultados, y por fin uno de los asistentes susurró largo rato al oído del maestre. Por fin, después de muchos encogimientos de hombros y fruncimientos de frente, el maestre declaró en tono áspero:

—Al parecer, nos vemos obligados a rechazar el testimonio de ese villano. Hay claros indicios de que podría haber sido torturado, y en consecuencia su testimonio no es válido. Pero creo que vamos a oír más testimonios sobre la misma cuestión, a su debido tiempo. ¡Sir Aymeric, proceded!

Robin se encogió de hombros. Giró sobre sus talones y caminó hasta donde le esperábamos Tuck y yo, se sentó de nuevo, cruzó las piernas y empezó a mirarse las uñas de los dedos de la mano. Todavía parecía despreocupado acerca de aquel proceso.

Me maravilló su actitud, y estaba haciendo esfuerzos por imitarlo cuando oí decir al maestre:

—Llamen al siguiente testigo.

Durante la siguiente media hora, sir Aymeric de Saint Maur llamó al centro de la iglesia a una serie de hombres y mujeres pobres. Cada uno de ellos juró decir sólo la verdad, y después se les hicieron a cada uno de ellos dos preguntas sencillas en inglés: «¿Has visto alguna vez participar a Robert de Locksley en actos heréticos contrarios a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia?» Y, «¿has visto alguna vez participar a Robert de Locksley en un ritual que podría ser considerado una adoración de demonios?».

En cada ocasión, el testigo se adelantaba hasta el centro de la iglesia y balbuceaba su historia. Algunas eran simples fantasías de lunáticos, cuentos sobre que el conde de Locksley escupía y pisoteaba y orinaba sobre crucifijos en ceremonias secretas en las tinieblas de la noche, o que copulaba frenéticamente con un cabrón negro mientras los dos volaban por el aire; otras no eran más que relatos inocentes de cómo Robin había tomado el nombre de Dios en vano después de golpearse el pie con un guijarro del camino. Todas, hasta donde yo podía saberlo, eran falsas. Pronto quedó claro que los testigos habían recibido un buen pago. Un hombre llegó a dar las gracias a sir Aymeric delante del tribunal por la plata que había recibido.

Mientras se desarrollaba todo aquello, las mentiras, las fantasías y las acusaciones lunáticas, Robin mantenía una actitud impasible. En ocasiones se inclinaba un poco hacia delante para oír mejor el testimonio de un hombre o una mujer en particular, pero lo hacía a la manera de un anciano sacerdote benévolo que escucha la confesión absurda de uno de sus parroquianos. Alguna vez bostezó y se estiró, como si el espectáculo le aburriera.

Y Robin no era el único en el interior de aquella iglesia en parecer cansado de tanta pantomima. Vi que algunos de los caballeros sentados en torno a la nave redonda también bostezaban o charlaban en voz baja con sus vecinos. No parecían demasiado impresionados por las pruebas que los templarios habían acumulado contra mi señor. Cuanto más extraña y ridícula era la historia, más descendía la credibilidad del proceso para el auditorio. Me di cuenta con regocijo de que sir Aymeric de Saint Maur había pecado por exceso de celo en la preparación de la acusación. Estábamos ganando; contábamos con el apoyo tácito de los caballeros laicos, por lo menos, y muchos templarios valorarían por encima de todo los servicios prestados por Robin en Tierra Santa. El obispo de Londres nos sonrió amistoso desde el otro lado de la iglesia.


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Entonces, el maestre tomó nuevamente la palabra:

—Hemos oído hoy muchos testimonios sobre si Robert de Locksley es o no un hereje y un adorador del demonio. Debemos descartar el testimonio del villano John, dado que este tribunal sospecha que puede haber sido torturado. Pero creo que hemos oído bastante. Escucharemos sólo a un testigo más en este asunto, y luego dictaremos sentencia. —Hizo una pausa, y echó una breve ojeada al pergamino que tenía en la mano—. Sir Aymeric, llamad a vuestro último testigo —dijo el maestre.

Aymeric de Saint Maur se adelantó hasta el centro de la iglesia. Con voz fuerte y sonora anunció:

—Llamo a Alan de Westbury a comparecer.

Y mi corazón se heló.

No tengo memoria de haber dado los diez pasos que me separaban del centro de la iglesia y el lugar que ocupé al lado de sir Aymeric. Pero sí recuerdo con toda claridad la intensidad de la mirada inyectada en sangre del maestre y sus palabras siguientes:

—¿Juráis por Dios Todopoderoso, por la Virgen y por todos los santos, que vais a decir la verdad este día, en la conciencia de que, si pronunciáis falsedades, Dios Nuestro Señor os fulminará por blasfemo y vuestra alma arderá en el infierno?

Sentí la boca seca, y mi lengua parecía haber crecido en la boca hasta el doble de su tamaño normal. Murmuré algo, el maestre me ordenó irritado que hablara más alto, y me encontré realizando un juramento solemne de que iba a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Robin estaba sentado a mi espalda, y ese hecho me alivió. No me vería obligado a mirarle a los ojos.

Sir Aymeric estaba de pie a dos pasos de mí, a mi izquierda: esperó hasta haber atraído mi atención, y entonces me hizo la pregunta fatídica:

—¿Fuisteis testigo de la ocasión en que vuestro señor Robin Hood, ahora titulado conde de Locksley, tomó parte en una ceremonia diabólica por la Pascua de hace cuatro años, en el curso de la cual un soldado vivo llamado Piers fue sacrificado a un falso dios? Responded simplemente sí o no. Y recordad que os encontráis bajo juramento de decir la verdad en este recinto sagrado, y ante la mirada de Dios Todopoderoso que todo lo ve.

No pude hablar. Mi boca parecía cerrada con cola de carpintero; los músculos de mi mandíbula estaban rígidos.

El maestre estalló:

—¡Contestad la pregunta de una vez!

Y me encontré a mí mismo murmurando:

—Sí.

—Más alto —dijo el maestre—. Hablad más alto, Alan de Westbury, de forma que todo el mundo pueda oíros.

Sir Aymeric de Saint Maur me miraba y sonreía como un zorro que ha encontrado un agujero por el que colarse dentro del corral de las gallinas.

—Sí —repetí—. Sí, fui testigo de la participación de mi señor en un ritual sangriento, una ceremonia durante la cual un hombre vivo fue sacrificado a un demonio, por la Pascua, en Sherwood, hace cuatro años.

El caos se apoderó de la iglesia; un gran coro de voces que gritaban y de hombres que se removían en sus asientos. Quise volverme y mirar a Robin, pero descubrí que no podía mover ni mis hombros ni mi cuello.

Oí los graznidos sonoros del príncipe Juan:

—¡Culpable! ¡Culpable, por Dios! Condenado por la boca de su propio vasallo. Yo digo que es culpable. ¡A la pira con ese criminal! ¡Quemadlo ahora mismo!

Luego el maestre gritó pidiendo silencio, mientras yo seguía allí, paralizado por lo que acababa de hacer.

Por fin se hizo el silencio, y oí a duras penas decir al maestre:

—Creo que hemos oído bastante… ¿Qué decís vosotros, asistentes?

Yo seguía inmóvil, de pie delante del maestre del Temple, con las manos colgando a los costados, mientras él conferenciaba con sus asistentes. Con la mirada fija en el suelo y la mente nublada por el remordimiento, le oí decir:

—Este tribunal de la Inquisición ha encontrado a Robert Odo, conde de Locksley, culpable de todos los cargos. Desde este lugar, será conducido prisionero a la cripta del Temple, y en el plazo de tres días, al alba, será entregado al fuego purificador que lo limpiará de sus negras iniquidades. Dios se apiade de su alma.

Por fin conseguí volver la cabeza y mirar a Robin. Mi señor estaba ahora de pie, con cuatro sargentos templarios a su alrededor mientras otro le ataba las manos al frente. Sus ojos plateados me dirigieron una mirada tan feroz que casi me eché atrás, como empujado por una poderosa ráfaga de viento. Me miró durante un momento largo, muy largo, y luego pronunció una sola palabra… Una palabra terrible, dicha en voz alta y tan clara que todos los presentes en la iglesia pudieron oírla; una palabra cargada de desprecio y de odio. Luego los sargentos se lo llevaron hacia la cripta. La palabra siguió resonando en mis oídos, y puedo oírla todavía, más de cuarenta años después. La palabra era… «¡Judas!».

Segunda parteCapítulo VIII

En Westbury estamos ahora tan atareados como las abejas de un panal. Junio está ya mediado, el tiempo es soleado y, por nuestros amplios cielos azules del Nottinghamshire, apenas aparece alguna nube solitaria. Es el tiempo de esquilar a mis ovejas, y la forja del herrero se ha ocupado de confeccionar nuevas tijeras de esquileo de aspecto maligno, y de afilar las antiguas. Con el calor, las bestias están incómodas cargadas con su pelaje invernal, y sin duda les hacemos un favor al esquilarlas. También para mí es una bendición, porque el precio de la lana ha subido mucho en los últimos años, y cuento con sacar una bonita suma de esos copos grises y grasientos. Además, en poco menos de una semana enviaré a las cuadrillas de segadores a cosechar, para luego poner a secar los largos tallos de hierba, hacer gavillas y almacenar el heno como pienso de invierno para mi ganado.

Osric está enfrascado en esos trabajos; él supervisará el esquileo de las ovejas y el empaquetado de la lana, e inspeccionará los prados después de la siega del heno. De hecho, todos tenemos asignadas tareas en esta época, incluido yo mismo. Pero a pesar de que son tantas las cosas por hacer, me he asignado a mí mismo una tarea extra: he decidido vigilar a Osric desde las sombras, en silencio, continuamente, empleando todas las técnicas de espionaje y acecho que me enseñó Hanno hace tanto tiempo. Me propongo sorprenderle en alguna fechoría y denunciarlo ante la viuda de mi hijo, Marie. Entonces, y sólo entonces, podré librarme de él. La preocupación no me deja dormir por las noches ahora, y sigo estando seguro de que se propone matarme, pero no tengo pruebas, y necesito pruebas para demostrar a Marie que se ha casado con un monstruo.

Seguramente sólo la suerte me ha permitido sobrevivir tanto tiempo. Ahora ha llegado el momento de actuar. De modo que vigilaré a Osric, y lo vigilaré a conciencia. Sé que su malicia no es un capricho de mi imaginación. La otra noche, hará una semana de eso, le vi añadir un pellizco de polvo blanco a mi bol de sopa servido en la mesa: un veneno lento, sin duda, del tipo de los que oí hablar en mis viajes a Oriente. Marie me trae la sopa a mi habitación estos días, porque trabajo mucho tiempo de noche en escribir estas páginas a la luz de una vela de cera de abeja. Una extravagancia, lo sé, pero siento dentro de mí una urgencia muy grande. Tengo una premonición de mi propia muerte, y quiero acabar mi historia antes de que caiga sobre mí alguna desgracia.

Tuve la suerte de descubrir a Osric en el acto de envenenar mi sopa. Un mozo me había llamado para que viera a un caballo enfermo en los establos, y volvía cruzando la sala hacia mi habitación cuando vi a ese individuo de cara de topo vertiendo su infernal polvo blanco en el bol. Me enfrenté a él, desde luego, de inmediato y a gritos, y el canalla tuvo la cara dura de decir que sólo era sal lo que añadía a mi cena, para dar sabor al caldo. Mentira, por supuesto, lo vi en el rubor de su cara, ¿desde cuándo un administrador tan ocupado se encarga de echar sal en la comida de su señor? Arrojé el bol al suelo sin probar su contenido, y di órdenes a los criados de que no se permitiera a Osric acercarse a ningún plato destinado a mi mesa.

Y sin embargo, en parte desearía no haberme enfrentado a él de forma tan abierta, y más aún no haberle acusado con tanta furia de querer envenenarme. Enseñé mis cartas, y eso ha hecho que se pusiera en guardia. Llevo observándole dos semanas desde entonces; le sigo a caballo cuando va a los campos o a la aldea de Westbury, y lo observo a lo largo del día, de todos los minutos del día, desde un taburete colocado a la sombra delante de la fachada de la casa. A veces intento sorprenderlo apareciendo por sorpresa cuando él está fuera de la vista de todos, en una dependencia de la mansión, por ejemplo. Y muchas veces noto en él un sobresalto culpable cuando me ve aparecer detrás de una puerta como un conejo saliendo de su madriguera. Pero no he conseguido atraparlo in fraganti, aún no. Lo cierto es que actúa casi siempre con la inocencia de un cordero, y se dedica a sus asuntos como si no tuviera otro objetivo en el mundo. Sin duda eso prueba la diabólica astucia de ese hombre.

Todas las noches rezo a Dios Todopoderoso para que aparte de mí un poco más de tiempo la malicia de Osric, y me dé así la oportunidad de acabar este manuscrito, y con él mi historia de Robert de Locksley, de Little John, de Marian, Goody, Tuck, Hanno, del buen rey Ricardo y de mí mismo. Porque temo que me haya sido asignado poco tiempo ya en esta tierra, y es mucho, mucho, lo que me queda aún por contar.

♦ ♦ ♦

La lluvia caía de un cielo negro, derramándose en rachas sucesivas que martilleaban la superficie del río y salpicaban los tableros oscuros de nuestra barcaza en una serie continua de pequeñas explosiones. Todos nos sentíamos mojados y a disgusto, Hanno, yo mismo y los cuatro jóvenes monjes cistercienses ingleses, que nos apiñábamos bajo un toldo encerado sujeto a la proa de la larga barcaza, con la capucha bajada o el gorro calado, observando ceñudos el desfile a lo largo de la orilla, invariable hora tras hora, de las colinas boscosas y empapadas de Alemania.

Los abades de Boxley y Robertsbridge, como correspondía a su rango superior, se habían refugiado en el cuadrado camarote de madera de la popa del barco. Allí estaban secos, protegidos de la lluvia y de la humedad del río, pero a cambio sufrían el fuerte hedor a pescado podrido que ascendía de la sentina. Como yo era el jefe de la expedición, podría haber insistido en compartir aquel cajón de pescado con los abades, pero encontraba escolásticas y aburridas sus conversaciones en latín y, para ser sincero, prefería estar en la proa de la barcaza con Hanno. Por lo menos desde allí podía ver lo que ocurría más allá de cada curva de la corriente. Aún no había olvidado el desastroso ataque de los piratas del río en Londres; aquí, a muchos centenares de kilómetros del hogar, mientras remontábamos el río Meno, al norte de Baviera, sentía que podía ocurrir cualquier cosa.

El patrón de la barcaza, una nave de fondo plano, de unos 25 metros de largo por seis de ancho, con un solo mástil y una gran vela cuadrada de un color rojizo sucio, era un hombre llamado Adam. Era un londinense robusto, con el cabello rubio y los ojos azules de un noruego, que llevaba diez años o más comerciando por estos ríos. Además, era tío de Perkin. Mi amigo el barquero pelirrojo también nos acompañaba; se había repuesto de las heridas sufridas durante el ataque de los piratas del Támesis y, en lugar de echarme a mí la culpa de los golpes recibidos por los secuestradores del pequeño Hugh, se sentía culpable por el hecho de que mi grupo hubiera sido atacado cuando estaba bajo su responsabilidad, embarcado en su bote. Yo le felicité por su buen desempeño en la pelea, y le regalé una espada corta de excelente forja; ahora, en estas tierras extrañas y peligrosas, la llevaba consigo todo el tiempo.

No podía ver en ese momento a Perkin porque se encontraba en la popa, por encima del camarote de los abades, manejando el timón para tomar una bordada que había de llevarnos hasta una curva del río. Allí, Adam y él empujarían el timón sin maniobras demasiado bruscas y, al girar la pala, la vela roja se hincharía y restallaría brevemente, y nos encontraríamos en un rumbo nuevo que nos dirigiría en diagonal hacia la otra orilla del río. De ese modo, en una serie interminable de largos zigzags, íbamos remontando los grandes ríos de Alemania. Cuando no teníamos vientos favorables, Perkin y Adam, ayudados a veces por los cuatro monjes, hacían avanzar la barcaza con pértigas en las aguas someras próximas a las orillas. Y cuando era necesario, Hanno y yo mismo nos uníamos a los monjes para manejar los seis largos remos de madera de pino que llevábamos a bordo, y empleábamos nuestros músculos en hacer avanzar despacio el barco contra la corriente, adentrándonos más y más en el corazón del Sacro Imperio romano, la guarida de los enemigos del rey.

Perkin había arreglado las cosas para que yo contratara a Adam para este viaje, aunque la plata que yo le pagaba no era mía, sino que provenía del cofre del tesoro privado de Leonor de Aquitania. La reina me había dado también una generosa cantidad de monedas destinadas a pagar los peajes de los ríos y cubrir los gastos del largo viaje. Se mostró comprensiblemente fría conmigo cuando fui a verla al palacio de Westminster, apenas dos horas después del juicio contra Robin. La reina quería mucho a mi señor, y era evidente que le habían llegado ya las nuevas de mi traición. Fuera como fuese, no mencionó en ningún momento aquel asunto, y yo no me encontraba en la situación idónea para hablar de forma racional de lo ocurrido, de modo que nuestra discusión se limitó a los azares del viaje y a las dificultades que debería afrontar antes de descubrir dónde se hallaba su hijo. La charla fue breve; a su conclusión, ella me tendió una bolsa repleta y me aconsejó que reuniera a mis dos abades con su séquito de monjes y partiéramos con la mayor rapidez posible hacia Alemania. Eso me convenía, y yo no tenía el menor deseo de quedarme mucho tiempo en Inglaterra: la palabra «¡Judas!» todavía resonaba en mis oídos, y me perseguía la imagen de las dos cabezas en descomposición clavadas sobre las puertas de Kirkton y picoteadas por los pájaros, a las que culpaba de habernos echado una maldición a nuestra partida, pocas semanas atrás. Intenté no pensar en Robin, ni en su triste destino a manos de los templarios. Así pues, a la luz grisácea del amanecer, un día después de que Robin fuera sentenciado a morir en la hoguera, mi compañía y yo nos deslizamos aguas abajo por el Támesis en la gran barcaza de vela de Adam,El Cuervo, en dirección a alta mar, con el fin de empezar nuestra búsqueda del rey Ricardo.


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Adam era un hombre estólido, honrado y poco dado tanto a manifestar sus emociones como a las fanfarronadas, pero conocía los ríos de Europa, según dijo, tan bien como cualquier inglés vivo. Estábamos en buenas manos, me aseguró Perkin; su tío era un marino experto, un piloto de primera clase, y el barco era tan robusto como su dueño. Sin embargo,El Cuervono era una embarcación hermosa, y tampoco cómoda. Las condiciones de nuestro viaje empeoraron sensiblemente dos días atrás, al llegar a Frankfurt, cuando el barco quedó cargado hasta la altura del puente e incluso más arriba con troncos de árboles, dejando el espacio destinado al pequeño grupo de pasajeros reducido a la nada. Era la tercera carga que transportábamos: Adam había insistido en que, si él había de llevarnos en su amado barco por los ríos alemanes, nosotros a cambio teníamos que permitirle comerciar; al fin y al cabo, el suyo era un barco mercante. A mí no me desagradó el trato, porque el comercio nos ofrecía una buena tapadera, una razón de peso para viajar tan lejos de nuestra patria; y no me convenía que se aireara nuestro verdadero objetivo. Había muchas personas poderosas en las tierras que atravesábamos que podían estar interesadas en hacer fracasar nuestra misión.

Adam procuraba sacar una bonita renta de nuestro viaje: había cargado cientos de sacos de lana empaquetada bien prieta y sin tratar en un muelle más abajo de la Torre de Londres, y los había llevado, en una travesía de dos días muy agitada y desagradable, a los Países Bajos. En Utrecht, mientras los dos abades y yo hacíamos una visita de cortesía al obispo Balduino de Holanda en su gran palacio de la ciudad, Adam permaneció en los muelles ocupado en vender la carga y volver a comprar una nueva remesa de mercancía, con la que volvió a llenar el barco hasta las portas, en esta ocasión con piezas de buen paño flamenco.

La entrevista que Boxley, Robertsbridge y yo tuvimos con el obispo Balduino fue la primera de las muchas visitas que hicimos a los grandes príncipes de la Iglesia en los reinos germánicos, y a pesar de que no sentía ninguna simpatía particular hacia los dos venerables abades que tenía a mi cargo, pude comprobar lo acertado de enviar a aquellos respetables eclesiásticos a averiguar el paradero del rey Ricardo. A medida que nuestro barco seguía su lento viaje remontando el río Rin, nos detuvimos en Colonia, Coblenza y Maguncia, además de en otras muchas ciudades más pequeñas, y en cada ocasión pedimos alojamiento al abad de la localidad, o al obispo o arzobispo, y en cada ocasión, además de disfrutar de la lujosa hospitalidad debida a unos clérigos ingleses de alto rango, nos enteramos de algunas noticias recientes sobre la región…, y a veces también sobre el rey Ricardo.

Los cuatro monjes que acompañaban como sirvientes y secretarios a los abades no sólo nos proporcionaron una fuerza muscular que podíamos necesitar, sino que demostraron una gran habilidad en sonsacar información acerca de nuestro soberano. Aunque los prelados de mayor importancia solían mostrarse reacios a confiarnos los rumores relativos al paradero de nuestro rey cautivo, los monjes no se preocupaban tanto por la discreción cuando coincidían en el refectorio, el baño o el dormitorio, e intercambiaban chismes con los clérigos de menor categoría. Así conseguimos información valiosísima.

Poco después de dejar Colonia, cuando nos dirigíamos río arriba con un fuerte viento del norte impulsando nuestra torpe barcaza con una celeridad tan inesperada como bienvenida, uno de los monjes, un joven listo llamado Damian, vino muy excitado a contarnos que había averiguado dónde estaba el rey. Dos clérigos le habían contado en el claustro de la catedral que Ricardo estaba encerrado en el castillo que el duque Leopoldo poseía en Dürnstein, en Austria. Cualquier noticia sobre el paradero de Ricardo debería habernos animado a todos, pero mi sonrisa se torció cuando Hanno dijo que Dürnstein estaba muy lejos hacia el sur, junto al gran río Danubio y cerca de Viena. Para llegar hasta allí tendríamos que dejar a Adam y a Perkin enEl Cuervoen el norte de Baviera, cruzar a caballo un enorme territorio boscoso y prácticamente desierto para llegar al Danubio, y una vez allí alquilar un barco que nos llevara río abajo hasta el castillo. La idea misma era desalentadora; incluso las incomodidades de aquella barcaza inglesa resultaban preferibles a aventurarnos en aquel vasto territorio desconocido.

Además, tenía otra razón para sentirme incómodo: días antes, mientras exploraba las calles de Colonia y deambulaba por los muelles concurridos del río viendo a los mercantes descargar sus exóticas mercaderías junto a la amplia franja resplandeciente de las aguas del Rin, me asaltó la extraña sensación de que me seguían. Cuando entré a rezar brevemente en la antigua catedral, ante la capilla que guarda las reliquias de los tres reyes que fueron los primeros en adorar al Niño Jesús, tuve la certeza de que, en medio de la multitud de peregrinos, unos ojos malignos me observaban. En cierto momento, paseando solo por un callejón oscuro cerca del mercado, percibí la presencia de enemigos a mi espalda con tanta intensidad que giré en redondo y desenvainé mi espada; como era de esperar, no había nadie y me sentí ridículo. Escudriñé las caras de la gente de las calles de Colonia buscando algún rasgo familiar, y encontré muchas veces facciones que me recordaron a personas a las que había conocido en Inglaterra, o que había encontrado en mis viajes a Oriente. Aunque, cuando volvía a mirarlas más de cerca, me daba cuenta de que nunca antes había visto a esas personas. En una de esas ocasiones, sin embargo, distinguí a una pareja de hombres medio ocultos entre la multitud, uno muy alto, el otro bajo pero enormemente grueso, y algo se agitó en mi memoria. Cuando volví a mirar, habían desaparecido.

Mis entrevistas con los caballeros locales en busca de noticias del rey Ricardo no tuvieron éxito. Con todo, pude enterarme de algunas buenas nuevas de la patria. Un caballero alemán al que conocí en el palacio del arzobispo de Colonia, y que hablaba torpemente el francés, me dijo que toda Inglaterra zumbaba como un enjambre de abejas al comentar la noticia de que un noble, famoso por ser un hereje confeso y un adorador del diablo, había escapado de la custodia de los caballeros del Temple en Londres. Ese mismo caballero, un santurrón con una cicatriz rosada en la mejilla y vestido con una sobreveste negra, me dijo que seis días antes el tal Robert Otto había utilizado sus poderes diabólicos para deshacerse de sus grilletes de acero al filo de la medianoche, y que había huido en compañía de un gigante rubio feroz que blandía una enorme hacha. Después se desvaneció en el aire, algunos decían que volando a lomos de un dragón, y así escapó el tal Robert del justo castigo a su herejía a manos de los templarios.

Mi humor mejoró con la noticia, por más que me llegara de una forma tan sesgada. Pero mi placer por la fuga de Robin recibió de inmediato un jarro de agua fría. El noble fugitivo, ese tal Otto, me dijeron, había sido excomulgado por la Santa Iglesia y, a petición del príncipe Juan, los jueces del Nottinghamshire y del Yorkshire lo habían declarado proscrito fugitivo. Un vasallo del príncipe, un tal Rolf Meurtach, en la pronunciación del caballero alemán, se había dirigido de inmediato al norte con un ejército de más de mil hombres leales al príncipe. Rolf encontró abandonado el castillo del tal Otto, y lo incendió y arrasó hasta los cimientos. Ahora el tal Otto era un fugitivo que luchaba para salvar su vida, y se ocultaba en el bosque hechizado de Sherwood, un lugar poblado por brujas, demonios y hombres salvajes, y el intrépido sir Ralf Meurtach sin duda había de sacarlo de allí y conducirlo muy pronto al lugar previsto para su ejecución.

Sonreí al oírlo, y el caballero alemán me miró extrañado. Aunque Robin hubiera abandonado Kirkton ante el avance de Murdac, en Sherwood distaría mucho de encontrarse desamparado. Había allí muchos hombres que lo ocultarían, lo alimentarían y lucharían hasta la muerte por él, de ser necesario. Sherwood era, como lo había sido durante muchos años, su hogar predilecto, su santuario espiritual, su fortaleza del bosque. Allí estaría totalmente seguro.

De modo que Robin volvía a ser un proscrito, pensé para mí, libre de las ataduras establecidas por la ley, e incluso por la moralidad común. Era una noticia muy mala para sus enemigos; ahora Robin era dos veces más peligroso para cualquiera que él considerara que le había traicionado.

Pero mi señor se encontraba muy lejos en Sherwood, y yo tenía que dedicarme a la tarea que me había sido asignada. Así pues, di las gracias al caballero, me despedí de él y me concentré en la cuestión más urgente: ¿Dónde estaba nuestro rey? ¿En qué punto de aquella enorme extensión de Europa se encontraba el rey Ricardo?

♦ ♦ ♦

Habíamos esperado que Ricardo fuera trasladado de una prisión a otra con cierta regularidad por el hombre que le había capturado, Leopoldo de Austria. Por un lado, el duque tenía que atender a un enorme patrimonio, y los grandes personajes tienen la costumbre de viajar por sus dominios para repartir la carga de su mantenimiento de una forma equitativa sobre los hombros de sus numerosos vasallos; y allí donde fuera el duque, iría también Ricardo. Pero había otras razones para llevar a Ricardo de una prisión a otra con cierta regularidad. Su rescate podía valer una gran cantidad de dinero a cualquiera que lo tuviera en sus manos, y si los amigos del rey, o sus enemigos, para el caso, no sabían dónde estaba, difícilmente podrían apoderarse de él. El rescate no figuraba entre nuestros objetivos, sin embargo; habríamos necesitado para eso un ejército poderoso, y nada podrían hacer seis clérigos y dos hombres de armas. Sólo queríamos encontrarlo y dar comienzo a las negociaciones que lo condujeran sano y salvo a su patria.

Si establecíamos contacto con Ricardo, podríamos garantizar que la reina Leonor, y la propia Inglaterra, formaran parte de las negociaciones para su rescate. El peligro estaba en que sus apresadores, el duque Leopoldo o su señor Enrique VI, el emperador, vendieran a Ricardo al rey Felipe de Francia. Si Ricardo languidecía en una prisión francesa, posiblemente azotado regularmente y pasando hambre, Felipe podría conseguir que nuestro rey le cediera una parte sustancial de sus posesiones en Francia, tal vez toda la Normandía, el Anjou, el Maine e incluso la propia Aquitania. Se encontraría a merced de su enemigo mortal. Y eso no era lo peor. El rey Felipe podía muy bien llegar a un acuerdo con el príncipe Juan. Yo podía imaginar fácilmente al príncipe Juan dispuesto a desprenderse de Normandía y los demás territorios franceses a cambio de una muerte discreta de Ricardo y el apoyo de Felipe para conseguir el trono de Inglaterra.

Sólo si conseguíamos encontrar a Ricardo y empezar las negociaciones, todos esos peligros podrían contenerse, aunque no desaparecerían del todo. Tal vez pudiéramos firmar un tratado con los alemanes, y salvar así la vida de Ricardo, impidiendo que cayera en las garras de Felipe y de su hermano Juan.

Un elemento jugaba a nuestro favor: Enrique VI se llamaba a sí mismo con orgullo Sacro Emperador Romano, heredero de los césares. Le agradaba pensar en sí mismo como el noble de más alcurnia de la cristiandad, el primer caballero y un gobernante sabio y benéfico para millones de cristianos. Y sin embargo, al capturar y mantener en prisión a un peregrino de regreso de Tierra Santa, estaba quebrantando una de las leyes fundamentales que había jurado mantener. Por más que en el otro lado de la balanza hubiera demasiado dinero en perspectiva como para dejar libre a Ricardo, posiblemente preferiría comportarse de un modo justo, honorable y cristiano, y permitir que el rey volviera con su propio pueblo a cambio de una recompensa sustancial…, antes que dejar a un héroe de la Guerra Santa en manos de sus enemigos. Fuera como fuese, todo dependía de que el paradero de Ricardo fuera conocido de forma pública. Si todo el mundo sabía dónde tenían preso al famoso rey Ricardo, y si diplomáticos ingleses de alta jerarquía estaban en contacto con él y entablaban una negociación pública con los alemanes para conseguir su libertad, a Enrique le resultaría mucho más difícil llegar a un trato discreto, más lucrativo y, desde nuestro punto de vista, más desastroso, con Felipe de Francia o el príncipe Juan.

A unos cien kilómetros río arriba de Colonia, en la ciudad fortificada de Coblenza, el entusiasta Damian volvió de una visita a los baños públicos con más noticias sobre el rey. Un monje le había dicho que, a mediados de febrero, Ricardo había sido trasladado a la fortaleza de Augsburgo, en el sudoeste de Baviera. Así las cosas, en aquel momento, mediado el mes de marzo, sentimos que nos acercábamos a nuestra regio preso. También fue reconfortante saber que, mientras navegábamos en dirección sur, Ricardo había sido trasladado más al norte por sus apresadores, acercándolo a nosotros.

Por fin pude ver el acierto del plan de la reina Leonor al enviarnos a remontar el Rin. Ese río anchuroso y de aguas lentas era la principal arteria de Europa, y no sólo por el poderoso torrente de agua que se precipitaba desde sus fuentes en las montañas suizas hacia el mar del Norte: también transportaba mercancías, gentes y, lo más importante para nosotros, información.

Hanno fue el siguiente en conseguir detalles del paradero de Ricardo. Una noche, mientras yo ejecutaba música compuesta por mí para el arzobispo de Maguncia, pulsando amorosamente mi viola en un lujoso festín dado en honor de los dos abades ingleses, Hanno se dedicaba a cultivar su amor por la cerveza en una taberna de un callejón de los suburbios de la ciudad. Dio la casualidad de que uno de los parroquianos del lugar tenía un primo soldado que trabajaba al servicio del duque Leopoldo, y contó a Hanno que el rey sería trasladado en breve a Ochsenfurt. Al principio, los abades se mostraron escépticos; después de todo, Ochsenfurt era sólo una ciudad pequeña y relativamente poco importante, un rincón rústico rodeado de inhóspitos bosques. Además, ¿cómo iban a saber unos soldados incultos y borrachos el paradero del rey? En cualquier caso, yo sí lo creí, y apelé a mi autoridad como jefe de la expedición para insistir en que la fuente de Hanno no mentía. Y así, después de acallar las protestas de los clérigos, nuestra barcaza abandonó las aguas del Rin en Maguncia y empezó a remontar con lentitud las aguas pardas del Meno en dirección a Frankfurt.

Una vez en Frankfurt, un lugar lleno de bullicio, repleto de cientos de mercaderes de todo el Sacro Imperio Romano decididos a hacerse ricos, con sus tiendas, sus almacenes y miríadas de tabernas, posadas, burdeles e iglesias que servían sus necesidades, todo ello apiñado alrededor de una catedral imponente, el abad Boxley (¿o tal vez fue Robertsbridge?) pudo confirmar lo que Hanno había avanzado con tanta seguridad varios días antes. El rey Ricardo, se le escapó decir al algo lerdo cillerero del obispo de Frankfurt, estaba en efecto en Ochsenfurt, a sólo dos días de camino remontando el río. Al parecer, habían pedido al cillerero que enviara allí varios barriles de su mejor vino, porque la ciudad albergaba en esos días a un huésped muy especial. Nunca llegué a averiguar cómo Robertsbridge (o Boxley) había conseguido sonsacar aquella información al cillerero, pero nuestros ánimos crecieron al saber que estábamos en el buen camino y nos acercábamos rápidamente al rey Ricardo.


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Después de varias horas de regateo con los mercaderes de Frankfurt, Adam consiguió finalmente colocar su mercancía de paños flamencos y recibió a cambio una carga de troncos aserrados, de una clase de madera poco común y muy apreciada por su densidad, y zarpamos cargados hasta las bordas a la mañana siguiente, rumbo al este bajo una lluvia insistente, con el objetivo de socorrer a nuestro rey cautivo.

Dos días después, la humedad de nuestras ropas y de los bosques que nos rodeaban nos tenía a todos cansados, empapados e irritables. Con la excepción de Hanno, encantado por estar de vuelta en su patria y con una amplia sonrisa partiendo en dos su cabeza rapada y dejando a la vista su mancillada dentadura. La tarde estaba ya muy avanzada cuando superamos el último meandro del río y acostamos el barco a un ancho muelle de madera en la orilla sur, que pertenecía al monasterio (o, para ser más exactos, a la colegiata) premonstratense de Tuckelhausen. Ochsenfurt quedaba a poco más de un kilómetro río arriba, pero esperábamos que, al declarar que nuestro destino era Tuckelhausen, esquivaríamos por algún tiempo las sospechas sobre nuestros verdaderos propósitos.

Nuestra historia, que había discutido extensamente con Boxley y Robertsbridge, era que los abades visitaban Tuckelhausen porque deseaban ver su famososcriptoriumy examinar una rara copia de las Escrituras guardada en aquel lugar. Lo cierto es que el volumen en cuestión no tenía ningún mérito relevante, pero pocas personas se atreverían a discutir los deseos de dos abades tan augustos, que habían viajado desde tan lejos para verlo. Contarían a sus anfitriones que habían tomado pasajes en el barco de Adam y Perkin, dos compatriotas que transportaban una carga de madera de construcción río arriba hasta Sweinfurt, donde el margrave local estaba reforzando las fortificaciones de su ciudad. Acordamos que yo sería presentado en Tuckelhausen no como un miembro destacado del grupo, sino como un hombre de armas común, contratado para proteger a los clérigos. La historia no se apartaba mucho de la verdad, y me convenía: para mis planes, era preferible no recibir las pocas atenciones debidas a mi rango de señor de unas tierras no muy extensas.

Después de anunciar los nombres de los abades y el propósito de nuestra visita al malhumorado canónigo de hábitos blancos que estaba a cargo del muelle, éste nos prestó a regañadientes una mula escuálida para cargar nuestro equipaje, armas y pertenencias. Y mientras Adam y Perkin simulaban trabajar en algunas reparaciones en el barco, Boxley, Robertsbridge, los cuatro monjes, Hanno y yo mismo emprendimos, a la luz del crepúsculo, el recorrido de tres kilómetros por un sendero estrecho a través del bosque hacia el monasterio de Tuckelhausen. La mula era particularmente terca: no sentía el menor deseo de dejar la comodidad de su establo junto al río para enfrentarse a un diluvio como aquél, y menos cuando era evidente que se acercaba la hora del pienso de su cena. Sólo conseguimos mover a aquella bestia tirando con todas nuestras fuerzas de las riendas y azotando sus cuartos traseros salvajemente con una vara de avellano.

Mientras seguíamos el sendero embarrado, a mi izquierda pude echar una ojeada a Ochsenfurt, a kilómetro y medio de distancia, por entre las ramas desnudas de los árboles de ribera. Era una fortaleza, una ciudad apiñada rodeada de murallas por los cuatro costados, de perímetro cuadrangular, con cada lado amurallado de no más de setecientos metros de largo, y con cuatro robustas torres redondas en las esquinas. En algún lugar del interior de aquella fortaleza, pensé, y muy probablemente en una de las cuatro grandes torres, estaba cautivo mi rey. Mi soberano, un hombre al que respetaba tanto como al que más, un guerrero al que había seguido lealmente y junto al cual había combatido en Ultramar, y con quien había disfrutado componiendo música; un hombre que me había honrado con su compañía y me atrevo a decir con su amistad, y que se encontraba aquí prisionero como si fuera un villano. Sus enemigos se habían apoderado de él, de un peregrino que regresaba de Tierra Santa, obviando las leyes divinas y humanas, e intentaban enriquecerse con la venta de esa persona como si se tratara de un esclavo.

Por primera vez desde que tuve noticia de la captura de Ricardo, sentí brotar la rabia de mis entrañas. Si alguna vez tenía oportunidad, juré, castigaría a los responsables de aquella fechoría. Y la llama de mi furia silenciosa me calentó mientras chapoteábamos por los baches del sendero, tirando de la mula tozuda, hacia los muros sombríos de Tuckelhausen.

♦ ♦ ♦

El abad Joachim se atribuló bastante al verse a sí mismo como anfitrión de un grupo empapado de forasteros, cuando fuimos introducidos en su confortable cámara calentada por un brasero. Cuando se recuperó del susto, saludó a sus colegas abades con un beso de paz y ordenó a sus sirvientes que nos trajeran vino y prepararan comida y camas para nosotros. Nos habíamos presentado a las puertas de Tuckelhausen a la caída de la noche, cuando las campanas de la iglesia tocaban las vísperas. Las puertas del monasterio estaban cerradas, pero Hanno, que hablaba el dialecto bávaro local, explicó a los porteros que éramos un grupo distinguido de clérigos nobles ingleses, y que debían abrir las puertas a pesar de lo tardío de la hora.

—Pero ¿cómo, mis nobles señores, no habéis escrito para avisar que pensabais hacer una visita a nuestro humilde monasterio? —preguntó el abad Joachim—. Habríamos preparado de manera adecuada vuestra visita. Me temo que está todo un poco patas arriba, porque nos disponemos a celebrar la fiesta de San Jorge, el mes próximo. Es un santo muy popular en estas comarcas…, esta casa está dedicada a él, como a buen seguro ya sabéis, y en este momento albergamos a muchos peregrinos bajo nuestro techo. De hecho, el dormitorio está lleno, y todo está sumido en el mayor desorden.

Joachim era un hombrecillo nervioso, bajo, rechoncho y de mirada triste, con sólo algunas hebras de cabello blanco alrededor del círculo calvo y rugoso de su tonsura. Nos hablaba en un rudimentario latín, con un acento tan extraño que era difícil comprender lo que quería decirnos. En más de una ocasión, tuvimos que pedir a Hanno que hiciera repetir al abad sus palabras en alemán para que mi compañero de fatigas nos las tradujera.

—Si al menos nos hubierais dado aviso —seguía diciendo Joachim—, aunque fuera sólo con unos días de anticipación…

—Únicamente el Señor Todopoderoso puede decir lo que le ha ocurrido al mensajero que llevaba la carta que os enviamos —explicó Robertsbridge en tono grave, y me di cuenta de que, para ser un buen cristiano, mentía como un bribón redomado—. ¿Tenéis problemas en esta zona con los bandidos?

—Oh sí, decididamente sí —dijo Joachim. Pareció aliviarle haber encontrado una respuesta plausible a la cuestión de nuestra llegada inesperada. De hecho, la idea de que nuestro mensajero podía haber sido asesinado por bandoleros cuando intentaba dar la noticia de nuestra llegada, pareció llevar al abad Joachim a un éxtasis de gozo. Sirvió a los abades más vino, ahora radiante.

—Oh sí —espetó entusiasmado—, docenas de bandidos, ¡bribones de todo tipo! No sé por qué el duque Leopoldo no los expulsa de estas tierras, dada la forma en que acosan a las personas temerosas de Dios, a los peregrinos devotos como vos mismo. En este lugar, tenemos fama por nuestro vino, nuestras salchichas, nuestras mujeres…, y nuestros bandoleros. ¡Ja, ja!

Robertsbridge y Boxley, de pie el uno al lado del otro, le sonrieron simultáneamente con amabilidad, y cada uno de ellos dio un sorbo al vino al mismo tiempo, mirando al abad por encima de la copa.

—Perdonad que os lo pregunte —el abad alemán miraba atentamente a los dos prelados—, ¿sois hermanos, por casualidad? ¿Gemelos, tal vez?

—Somos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo —dijo Boxley con una sonrisa piadosa—. Pero no, no pertenecemos a la misma familia terrenal.

—Ah sí, ya veo, hermanos en Cristo… Desde luego, todos lo somos, ya lo creo que sí.

Al parecer, habíamos desconcertado de nuevo a aquel buen hombre.

Se destinó a Boxley y Robertsbridge una buena habitación para pasar la noche, y en cambio a Hanno y a mí se nos comunicó de una forma bastante brusca que tendríamos que buscar acomodo en el establo. Pero eso era perfecto para mis planes.

El monasterio se extendía con sus dependencias formando un gran cuadrado en un prado herboso. La iglesia, de considerables dimensiones, estaba en el extremo este, y el establo al oeste, junto a la tapia exterior del recinto. Era un edificio alargado y cálido, con un techo de tejas rojas y espacio para una docena de animales. Llegó hasta mis narices el olor familiar a sudor de caballo, heno y cuero aceitado, y de haber tenido intención de dormir en aquel lugar, me habría agenciado un rincón muy cómodo en el que reposar mi cabeza.

Sin embargo, después de haber cenado en el refectorio con los canónigos y los demás peregrinos, y asistido al oficio de completas en la gran iglesia de la abadía, Hanno y yo cruzamos el prado y, tras desear cortésmente buenas noches a varios canónigos de hábitos blancos con los que nos cruzamos, nos retiramos al establo. Atrancamos la puerta de madera y, después de comprobar que nuestra única compañía era la media docena de caballos y la vieja mula tozuda, empezamos a examinar el interior del edificio a la luz de un cabo de vela. En el extremo más alejado del establo, Hanno encontró la mancha de humedad en el suelo que andábamos buscando, y al mirar por entre las vigas asentadas sobre nuestras cabezas, comprobó que faltaban una o dos tejas del techo, lo que había permitido que se filtrara la lluvia y mojara la paja del suelo.

—¡Perfecto! —murmuró mientras buscaba la forma de trepar por la tapia trasera. En un abrir y cerrar de ojos, estaba ya subido en precario equilibrio sobre un pesebre fijado a la pared del establo a la altura aproximada de los hombros, y se esforzaba en ensanchar el agujero del techo, apartando las tejas sueltas y maldiciendo el ruido que hacían al ser arrastradas en el silencio de la noche.

Yo, mientras tanto, hacía mis propios preparativos para la misión proyectada. Me vestí con ropas oscuras (dos túnicas, porque la noche era fría), un manto grueso, botas y una capa oscura con capucha, y me embadurné la cara y las manos con una mixtura hecha de hollín y grasa de oca. Aquello me recordó los preparativos del ataque a Kirkton: ¿podían haber pasado tan sólo seis meses desde entonces? Me pareció que había sido una vida entera. Aunque esperaba no tener que matar a nadie esta noche, oculté la misericordia en mi bota…, y murmuré también una breve plegaria a san Miguel.

Hanno había querido acompañarme en mi paseo nocturno, pero tuve que decirle que no. Me habría sido útil, porque era un maestro en el arte de moverse furtivamente de noche, pero me pareció que lo que tenía intención de hacer lo haría mejor solo. No quería tener que preocuparme por él, ni que él se preocupara por mí, si nos separábamos en la oscuridad. Y más importante aún, necesitaba que alguien quedara atrás para excusar mi ausencia si algún monje se presentaba en el establo, o si el abad Joachim nos llamaba por alguna razón inesperada. Después de pasar un par de semanas encerrado en la barcaza de Adam, la perspectiva de sumergirme a solas en la fría pureza de la noche, sin depender de nadie, sin ser responsable de nadie más que de mí mismo, me resultaba extraña y especialmente atractiva.

Y, lo confieso, también sentía el hormigueo familiar y placentero de la acción inminente: una tensión en el estómago y un aumento de la percepción en mi retina. Apreté con calor la mano de Hanno antes de que él me aupara, y luego, apoyando un pie en el pesebre, asomé con cautela la cabeza por el agujero del techo ensanchado por mi amigo bávaro. El alero empinado del tejado me impedía ver nada hacia la parte interior del monasterio, pero agucé el oído y no me moví hasta estar seguro de que nadie andaba cerca. Finalmente, me alcé hasta quedar tendido sobre las tejas en pendiente junto al agujero, y mirando al interior a oscuras susurré «¡Hanno!». El cazador de la cabeza rapada apenas era visible como una sombra más oscura en la penumbra, pero conseguí ver lo bastante a la luz de la luna para agarrar el bulto voluminoso que él me tendía. Era un saco grande, con dos largas tiras de tela acolchada a la altura de los hombros, que colgaban a la espalda si uno se lo ponía. Hanno me había dicho que, en el sur de Baviera, los montañeses solían llevar ese tipo de prenda cuando tenían que cargar grandes pesos arriba y abajo por las laderas de los Alpes. Del fondo de aquel «saco de espalda» como lo llamaban los bávaros, extraje una cuerda en la que Hanno había atado cuidadosamente gruesos nudos cada treinta centímetros, y até con firmeza uno de sus extremos a una de las vigas del interior del techo del establo. Luego arrojé la cuerda por encima de la tapia exterior de la colegiata. Apenas me llegó a los oídos el «Ve con Dios» susurrado por mi amigo desde abajo, y empecé, con mucho cuidado para no hacer ningún ruido, a bajar por la cuerda con el saco de espalda sobre los hombros. Y con los músculos tensos por el peso de mi cuerpo, salvé los cinco metros de tapia hasta el suelo del exterior.

Todo estaba tranquilo cuando me encontré de pie en una parcela fangosa de tierra, una especie de huerto por lo que pude ver. Dejé la cuerda colgando contra la tapia exterior y me encaminé hacia el sur procurando que mis huellas no fueran demasiado visibles, siguiendo el muro hasta llegar a la esquina del monasterio. Desde allí, corrí unos cincuenta metros hasta un bosquecillo que se alargaba en sentido este-oeste al sur de Tuckelhausen. Mientras descansaba jadeante por la carrera, examiné la situación: la lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes, entre las que asomaba una luna en tres cuartos que daba luz suficiente para orientarse. Demasiada luz incluso, a decir verdad; yo había esperado un poco más de oscuridad, porque no deseaba poder ser localizado con facilidad en el curso de mi aventura.

Faltaba más o menos una hora para la medianoche, calculé, mientras me ajustaba las tiras de mi saco de espalda para sentirme más cómodo enfundado en él. Comprobé una vez más que la misericordia seguía en mi bota, me eché sobre la cara la capucha de la capa, y emprendí el camino hacia el este, en dirección a Ochsenfurt, la ciudad fortificada en la que mi rey permanecía cautivo.

Capítulo IX

Me llevó menos de una hora recorrer los aproximadamente cinco kilómetros de sembrados y prados entre Tuckelhausen y los altos muros de Ochsenfurt. Me mantuve a cubierto en las zonas boscosas y de arbustos siempre que me fue posible, o caminé siguiendo las líneas de setos o vallas para disimular la silueta de un hombre en movimiento a la luz de la luna en una noche demasiado clara. Hacia la medianoche, me encontraba agachado al pie de un árbol, en un bosquecillo de alisos no lejos del río Meno, masticando un pedazo de tasajo de carne que Hanno había colocado previsoramente en mi saco de espalda, y mirando hacia las defensas de la esquina noroeste de Ochsenfurt, situadas a menos de treinta metros de distancia de mi posición.


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La ciudad estaba protegida por un foso profundo, lleno en sus tres cuartas partes de agua de lluvia, que se extendía por delante de un grueso muro de piedra de unos siete metros de altura. En aquel ángulo formado por los tramos oeste y norte de la muralla, al igual que en las demás esquinas de aquella ciudad cuadrada, se alzaba una torre alta y redonda con saeteras a diferentes alturas en tres lados. Supuse que las saeteras daban a una escalera de piedra en espiral, que ascendía por el interior de la torre y conducía a una habitación bien guardada en el piso alto. Estaba seguro de que el rey Ricardo estaba encerrado en una de las torres. Había una posibilidad sobre cuatro de que en ese momento me encontrara delante de la prisión de mi rey.

Desde luego, también cabía la posibilidad de que Ricardo estuviera preso en otra zona de la ciudad, tal vez en la mansión de un noble. Pero yo había trepado a varios árboles en mi camino hacia Ochsenfurt y, aparte de una gran iglesia de aspecto macizo en el centro de la ciudad, no vi ninguna otra construcción adecuada para guardar a un cautivo valioso durante varios días o semanas. Por más que las torres estuvieran en los extremos de la ciudad, sin duda habría soldados patrullando continuamente en las murallas, y la única forma de salir de cada una de aquellas torres sería sin duda una puerta con un buen cerrojo, situada en el lado interior de los muros.

No, estaba casi seguro de que Ricardo se encontraba en una de las cuatro torres. Pero ¿en cuál?

Unos diez metros a mi izquierda, el camino principal corría de este a oeste a orillas del ancho curso del río Meno, y entraba en Ochsenfurt por una sólida barbacana construida al lado de la torre. La gran puerta de madera de la ciudad, forrada de hierro para mayor seguridad, estaba atrancada. Sin duda la habían cerrado tras el toque de queda, y no la abrirían hasta el amanecer. Sobre las almenas que coronaban la barbacana, vi el resplandor amarillento de antorchas encendidas en dos o tres ventanas, y alguna que otra sombra en movimiento cuando un centinela pasaba delante de la luz. Calculé que debía de haber allí cinco o tal vez seis hombres. Y esos hombres de armas, encargados de la seguridad de Ochsenfurt, estaban despiertos y alerta. Si quería entrar en la ciudad y hablar con el rey Ricardo, tendría que cruzar a nado el foso, escalar un muro vertical de siete metros de altura, eludir a los seis centinelas o matarlos en silencio, y recorrer después el laberinto de callejas estrechas y desiertas después del toque de queda hasta localizar a mi soberano en una de las cuatro torres fuertemente custodiadas… Y hacer todo eso en una noche cerrada y sin el menor ruido. Ser capturado significaría la muerte segura, ejecutado como ladrón o, aún peor, como espía.

Le di vueltas al problema mientras masticaba el tasajo. Era imposible, concluí. No había forma de entrar en Ochsenfurt sin ser visto. Pero eso no significaba que no pudiera comunicarme con mi rey.

Las grandes puertas dobles de la barbacana estaban sólidamente atrancadas, como había podido observar. Nadie podía pasar por allí. Pero también, era muy improbable que alguien saliera por ellas. ¿Qué centinela está dispuesto a abandonar su cómodo puesto junto a un brasero, el puesto que le ha sido asignado, para aventurarse en la oscuridad? ¿Quién sabe qué extrañas criaturas infernales, demonios o brujas, pueden acechar más allá del círculo iluminado por las antorchas? Recordé a los supersticiosos aldeanos de Locksley, y sus temores por lahagde Hallamshire, y sonreí para mí mismo. Luego rebusqué en mi saco de espalda, y saqué mi viola de madera de manzano pulida y mi arco de crin de caballo. Era una de mis posesiones más preciadas, un regalo de mi viejo amigo y mentor musical, Bernard de Sézanne. La viola tenía unos sesenta centímetros de longitud y constaba de un mástil, en el que yo pulsaba las cuerdas, y un cuerpo redondeado con forma de mujer, que generaba su exquisito sonido. Era lo bastante ligera para llevarla sin problemas en el saco, y muy sólida.

Volví a cargar con el saco y, preparado para huir a la menor señal de alarma, empecé a afinar el instrumento haciendo el menor ruido posible. Llegaron hasta mí fragmentos de conversación desde las luces encendidas en lo alto de la barbacana, a menos de treinta metros de distancia, mientras pulsaba las cinco cuerdas y ajustaba los trastes de la cabeza del mástil de la viola. No pude oír bien lo que decían, y tampoco les hubiera podido entender, pero supe que los centinelas habían detectado mi presencia.

Entonces empecé a tocar.

♦ ♦ ♦

Mi señor Robin casi siempre había andado escaso de dinero durante la Gran Peregrinación. Desde que se puso al frente del lucrativo comercio del incienso, todo había cambiado radicalmente, por supuesto, pero la mayor parte del tiempo no había podido contar con la cantidad de plata suficiente para cumplir con sus obligaciones de general de casi cuatrocientos hombres de armas. Y la culpa la había tenido el rey Ricardo. Mi soberano había prometido a Robert de Locksley una determinada cantidad a cambio de la promesa de Robin de ir a la guerra, llevando consigo a sus temibles arqueros galeses. Por desgracia, como suele ocurrir con los hombres muy ricos, y en particular con los reyes, Ricardo había retrasado mucho el pago de su deuda con mi señor, y Robin se había visto sometido a una gran escasez de fondos.

Con la intención de ayudar a Robin, aproveché una oportunidad en que compuse música para Ricardo, y le recordé al rey su deuda con mi señor. Los dos entablamos una especie de duelo musical: yo había cantado una estrofa en la que sugería que Ricardo debía pagar sin más retraso, y Ricardo me respondió con otra en la que me reprochaba mi impertinencia. Todo se desarrolló en un ambiente de broma y buen humor, pero el resultado fue que Robin recibió una parte de la plata que se le debía, y que Ricardo y yo acabamos disfrutando de algún que otro encuentro para componer canciones.

Aquella noche oscura, sentado sobre la tierra fría a poco más de treinta metros de la barbacana de la puerta principal de Ochsenfurt, toqué la música que acompañaba la canción que Ricardo y yo compusimos a dúo. Era una melodía sencilla y característica, que se repetía dos veces y luego desplegaba algunas variaciones en el tercer y el cuarto verso, para retornar finalmente a la línea melódica principal. Toqué las notas iniciales, y canté:

Mi alegría me invita a cantaren esta dulce estación…

Pulsé las cuerdas siguientes, y continué:

… y el corazón generoso replicaque es bueno sentir de este modo.

Ahí me detuve y escuché. Se alzaron voces en lo alto de la barbacana, y algunos gritos preguntando algo incomprensible, pero intenté dejarlos en segundo plano. Aguzaba el oído para oír si mi soberano Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra, duque de Normandía y de Aquitania, conde de Anjou y de Poitiers, se unía a mi cantar desde el interior de la celda de su prisión. Si los guardianes de la barbacana habían podido oírme, estaba seguro de que cualquiera que estuviera preso en la torre vecina podría oírme también.

Esperé lo que me pareció un instante eterno. Apareció una sombra. Silueteado contra las almenas que remataban la puerta, vi a un hombre de armas de pie, con una antorcha encendida en la mano, escrutando la oscuridad. Pero mantuve la calma. Dudaba de que salieran a buscarme, e incluso si lo hacían tendría tiempo de sobra de escapar antes de que me atraparan. El hombre de las almenas volvió la cabeza y habló con alguien situado a su espalda. Luego fijó la antorcha en un blandón cercano, y volvió al calor del cuerpo de guardia. «Una vez más —pensé yo—, sólo una vez más, y me iré».

Pasé el arco por las cuerdas de la viola, y volví a cantar la primera estrofa de «Mi alegría». Hubo más gritos en el cuerpo de guardia, y esta vez aparecieron dos hombres en las almenas, con antorchas encendidas. Como yo no había recibido la respuesta que esperaba, retrocedí en la oscuridad y dejé que los centinelas gritaran sus irritadas amenazas a la noche desierta.

Caminé hacia el sur, alejándome del río y cuidando de apartarme un trecho del muro de la ciudad y el foso lleno de agua, pero sin perderlos de vista en ningún momento. No sólo en la barbacana había centinelas bien despiertos; por los cuatro muros de la ciudad patrullaban también soldados, que parecían tomarse su trabajo a conciencia. Pero en el ángulo sudoeste de Ochsenfurt no había concentrados tantos hombres cuando llegué allí momentos más tarde; encontré un lugar adecuado, detrás de un arbusto, desde el que observar la segunda torre: los gritos de los guardias de la barbacana habían alertado a un solo hombre, que corría por la sección oeste de la muralla de la ciudad; le había visto trotar en dirección opuesta al acercarme a la segunda torre.

Algo me alarmó: creí oír un ruido extraño a mis espaldas; un rumor de ramas rotas y hojas aplastadas, como si un animal de gran tamaño se moviera pesadamente por el sotobosque. Cuando me detuve a escuchar, el ruido también paró. Un escalofrío de miedo ancestral recorrió mi cuerpo, la noción de que había algo ahí fuera, detrás de mí, en las tinieblas, algo malévolo. Bostecé para calmar mis nervios, y me dije a mí mismo que debía tener más ánimo. Lo más probable es que se tratara de un jabalí o un ciervo que merodeara por aquellos ricos campos de labranza en busca de comida; o quizás una vaca soñolienta que se había movido en la oscuridad alertada por mi presencia.

La segunda torre, en el ángulo sudoeste de la ciudad, parecía vacía. No se veía ni una chispa de luz; tampoco ningún movimiento. Esperé tal vez un cuarto de hora, acurrucado detrás de mi arbusto, y entonces me erguí, pulsé la primera cuerda y canté la primera estrofa de «Mi alegría». Nada. No hubo respuesta desde la torre, y tampoco gritos furiosos de alarma de los guardias. Probé con la segunda estrofa:

Mi corazón me ordena amara mi dulce señora, y mi alegría al hacerloes en sí misma una generosa recompensa.

Nada, una vez más. La segunda estrofa había sido compuesta por el propio rey Ricardo, y era una réplica ingeniosa a mi primera estrofa, porque utilizaba muchas de sus mismas palabras para dar un sentido diferente a los versos. Ricardo se había sentido justificadamente orgulloso de su composición. Dudo mucho que la hubiera olvidado. Pero: nada, sin respuesta. De modo que volví a guardar el arco y la viola en el saco de espalda, y empecé a caminar en dirección este, hacia la tercera torre.

La aproximación al lugar de mi tercera actuación fue más fácil que las dos anteriores porque, al sur de Ochsenfurt, se alzaba un pequeño bosque que me permitió acercarme sin ser descubierto hasta un lugar muy próximo a la muralla. La tercera torre parecía tan poco prometedora como la segunda; no había guardias a la vista ni un solo resquicio de luz. Me pregunté si había cometido un error: tal vez Ricardo no estuviera encerrado en ninguna de aquellas fortificaciones altas y circulares; tal vez ni siquiera se encontraba en Ochsenfurt. Quizás había sido trasladado de nuevo a otra ciudad cualquiera. ¿Estaba desperdiciando la noche, cuando podía estar acurrucado en el heno cálido del establo oyendo los ronquidos de Hanno?

Saqué mi viola, con una sensación de desánimo, y, sin más preámbulos, canté una vez más la primera estrofa. De nuevo no obtuve respuesta; no se oyó el menor ruido: ni guardias ni rey. Sin esperanza, empecé a cantar a toda prisa la segunda estrofa, la que había compuesto Ricardo. Y entonces ocurrió.

Apareció una luz en una ventana estrecha en lo alto de la torre; una chispa de esperanza. Dejé de cantar, aturdido. «No puede ser, no puede ser…»

Se oyó una voz: no fuerte ni especialmente entonada, la voz de alguien que acaba de despertarse… Pero familiar, muy familiar, y que hizo que la piel de todo mi cuerpo se erizara como la de un ganso desplumado. La voz cantó:

Un señor tiene una obligaciónmayor que el propio amory es recompensar con generosidadal caballero que le sirve bien.

Era Ricardo. Había encontrado a mi rey. Y él recordaba, estaba cantando la estrofa que yo compuse tiempo atrás, para recordarle su deuda con Robin.

Brotaron lágrimas de mis ojos mientras pulsaba las cuerdas de la viola para la estrofa final: y canté al unísono con mi señor, mi capitán, mi rey, y su voz fue tomando más y más fuerza a cada nota.

Un caballero que con tanta dulzuracanta las obligaciones para con su noble señor, conoce demasiado bien las virtudesde los modos corteses, para así contradecirlas.

Cuando terminamos, se produjo un largo silencio. Sentía mi garganta demasiado oprimida para hablar. Por fin, vi una cara pálida en la ventana de lo alto de la torre, y una voz regia me llamó:

—Blondel, Blondel, ¿de verdad eres tú? ¿O eres un fantasma nocturno enviado para regocijarse en mi desgracia?

—Soy yo, sire. Soy Alan Dale. De verdad soy yo, y nosotros, yo mismo y mis señores abades Boxley y Robertsbridge, hemos venido a conseguir vuestra libertad. Tened ánimo, señor, vuestros amigos están muy cerca.

En ese momento, vi un destello fugaz con el rabillo del ojo. Por puro instinto, di medio paso atrás en el instante en que la hoja de acero de una espada pasaba rozando mi rostro a un cuarto de pulgada. De haber alcanzado el golpe su objetivo, me habría partido el cráneo en dos y matado con toda seguridad. Pero, Dios sea loado, yo era joven entonces, y muy ágil. Me agazapé y volví contra mi atacante con sólo una frágil viola de madera en las manos. Era un hombre alto y muy flaco, unos quince centímetros más alto que yo, y tampoco él era lento. De pronto, supe quién era. Era el hombre al que había visto junto al fuego con Ralph Murdac, en el sitio de Kirkton, hacía seis meses. No tuve tiempo de sacar la misericordia, pero mi amado instrumento musical me bastó para parar el golpe siguiente, una estocada a fondo hacia mi corazón. ¡Por Dios, era rápido! Sujetando el instrumento por el mástil, con la caja sonora hacia mi enemigo, atajé y desvié su espada cuando avanzaba centelleante hacia mí. ¡Y qué espada! Una hoja larga y delgada, engastada en oro, una guarda decorada con hebras de plata y una gran joya azul, un zafiro, supuse, engastado en un anillo en el centro de la empuñadura de plata. Vi todo eso en un instante, y al mismo tiempo mi viola se movió arriba y a la derecha y apartó aquella arma magnífica de mi cuerpo. Respondí por instinto; horas y horas de entrenamiento en la esgrima. Y de haber sido la viola una espada, mi contra le habría matado. Tal como fueron las cosas, el extremo chato del cuerpo redondeado de mi viola le golpeó en la cara con fuerza bastante para aplastarle la nariz y hacerle retroceder tambaleante. Me agaché para sacar la misericordia de su funda en mi bota; para un asunto como éste necesitaba acero, no madera frágil. Él parecía furioso y sorprendido, mientras los dos nos movíamos en círculo el uno frente al otro. Yo vigilaba el brazo de la espada, a la espera del movimiento siguiente, e intentaba no pensar en la mucho que deseaba poseer aquella hermosa hoja. Pero en el fondo de mi cerebro se agitaba otra señal de alerta: una que no conseguí descifrar en aquel instante.


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Tenía la misericordia en la mano izquierda y la viola en la derecha cuando me atacó de nuevo; un tajo de revés en diagonal con la larga espada dirigida hacia el lado derecho de mi cabeza. Levanté la viola, y la espada se incrustó en ella, dejándome ileso pero con un amasijo de astillas y maderas que se aguantaban juntas gracias a las cinco cuerdas que colgaban de mi mano. Hurté el cuerpo al golpe siguiente, y salté sobre un tajo dirigido a mis tobillos cuando intentaba acercarme lo suficiente para utilizar la misericordia, y todo el tiempo sonaba la misma señal de alarma en mi cerebro, y cuando él se erguía después de su golpe abajo, yo salté adelante, le ataqué con la misericordia, una finta, y proyecté la viola rota hacia su cabeza. Él evitó la hoja con un gesto limpio y elegante, pero los restos del instrumento roto pivotaron en torno a su nuca y las cuerdas quedaron enredadas en su garganta. Entonces tiré. Él dejó caer la hermosa espada y se volvió; sus dos manos blancas y flacas volaron a su cuello para aflojar el cordaje que le estrangulaba. Yo solté a mi vez la misericordia y me lancé a su espalda, utilizando mi peso para derribarlo al suelo, al tiempo que mis manos retorcían la cabeza del mástil, de forma que las cuerdas de la viola se clavaran profundamente en su largo pescuezo en un hábil torniquete mortal. Luchaba por mi vida, con una mano en el mástil del instrumento y la otra en la panza rota. Él gorgoteó, sus ojos se hincharon, la lengua asomó por la boca como una maligna salchicha mientras su cuerpo pataleaba y se agitaba debajo de mí. Supe que estaba moribundo; todo lo que tenía que hacer era aguantar fuerte y apretar más y más las cuerdas de la viola…

Y entonces algo explotó en un lado de mi pecho, y oí el chasquido de los huesos mientras mi cuerpo se elevaba sobre el espadachín tendido y caía a un lado. Tendido sobre mi espalda, con el mástil sujeto aún y las cuerdas aún enredadas en el cuello del hombre, vi una forma gigantesca, redondeada como las piedras de un glaciar, apenas humana, que se erguía encima de mí. Supe que me habían pateado en las costillas como nunca antes lo habían hecho; pensé en la coz furibunda de un corcel enloquecido por el pánico. Y supe también lo que mi cerebro había intentado advertirme mientras luchaba con el espadachín: ¿Dónde está su amigo? ¿Dónde está el compañero gigantesco y musculoso al que vi junto a la fogata? Ahora ya lo sabía.

El ogro (porque no había otro modo de calificar a aquel individuo casi inhumano en esta tierra de Dios) levantó un pie enorme dispuesto a aplastar mis muñecas, todavía empeñadas en apretar las cuerdas que estrangulaban al hombre alto. Solté precipitadamente los restos de la viola, y retiré los brazos en el momento en que un tremendo pisotón aplastaba el suelo en el lugar en que habían estado un instante antes. Y juro que sentí retumbar la tierra bajo el impacto de aquella bota. Me aparté de la pareja rodando sobre mí mismo: el flaco, ahora arrodillado y tosiendo, tanteó en busca de su espada y se irguió de pronto, imposiblemente veloz, con la hoja reluciente en la mano; y el ogro se me echó encima con un brillo enloquecido en sus pequeños ojos porcinos. Parecía desarmado, pero al ver sus manos grandes como jamones apretarse y soltarse frente a él mientras avanzaba hacia mí, supe que, si dejaba que se cerraran sobre mi cuerpo, era hombre muerto. Mi misericordia había desaparecido, perdida en la pelea, y me avergüenza decir que no lo dudé un solo instante: di media vuelta y corrí tan deprisa como pude con mis costillas hundidas. Corrí como una liebre asustada hacia los árboles que se alzaban detrás de mí.

Con una espada en la mano no temo a nadie; pero desarmado contra un esgrimista de primera clase y una criatura monstruosa surgida de alguna pesadilla febril… En cualquier caso, basta ya de excusas pobres. Hui. Corrí para salvar la vida. El ogro me persiguió durante unos veinte metros, jadeando y gruñendo en mi cogote como un oso, pero el dolor y el miedo me dieron alas, y pronto lo perdí de vista en el espesor del bosque. Mientras corría, oí los gritos en alemán de una pareja de guardias en lo alto de las murallas. Y por encima de sus gritos rudos, pude distinguir las llamadas de mi rey, en buen y claro francés, pidiendo a gritos que le informaran de lo que había ocurrido debajo de la torre en la que estaba encerrado. Pero no tuvo respuesta de su leal súbdito. Yo necesitaba todo mi aliento para seguir corriendo.

♦ ♦ ♦

Mis magulladas costillas me daban un montón de problemas. Tantos, que descubrí que ni siquiera podía trepar por la cuerda con nudos, que aún colgaba del lado exterior de la tapia cuando llegué a Tuckelhausen media hora más tarde. Llamé en voz baja a Hanno, pero no hubo respuesta. Sin duda mi amigo dormía como un tronco en el blando heno. No tuve más remedio que intentar arrojar piedras por el agujero del techo, con la esperanza de que el ruido que hacían al rodar sobre las tejas y caer en el interior del establo despertaría a mi amigo. Por fortuna funcionó, y pronto vi su cabeza redonda y rapada asomar por el agujero del techo.

Hanno consiguió auparme al tejado sin demasiadas dificultades, y menos de media hora después me encontraba bebiendo de una jarra de vino y limpiándome el hollín grasiento de la cara, mientras contaba las noticias a mi amigo y él vendaba mi costado herido con largas tiras de tela bien apretadas.

Sintió una enorme alegría al saber que habíamos localizado por fin al rey Ricardo, pero lo alarmó el ataque contra mí de los dos asesinos desparejos.

—¿Quiénes son, Alan, y por qué quieren matarte? —me preguntó perplejo—. Si están al servicio del duque Leopoldo o del emperador Enrique, sin duda te arrestarán y luego te colgarán en la plaza por espía. ¿Qué significa esto?

—Son hombres del príncipe Juan —le contesté, y le expliqué que los había visto antes, delante de Kirkton, con un mensaje del príncipe Juan para sir Ralph Murdac.

—Ach so, pero ¿por qué quieren matarte? —preguntó mi amigo. Hanno era un maestro en el arte de moverse con sigilo, tanto a la luz del día como de noche; podía cazar y seguir el rastro de animales y hombres mejor que nadie que yo conociera. Pero no tenía precisamente una mollera privilegiada cuando se trataba de adivinar los motivos oscuros de los príncipes.

—El príncipe Juan no desea que se sepa en todo el mundo el paradero de Ricardo —le expliqué, procurando expresarme con la mayor sencillez posible—. Sin duda tiene espías en Westminster, y cuando le dijeron que partíamos con la misión de encontrar a Ricardo, él encargó a esa repugnante pareja de asesinos la tarea de asegurarse de que no lo encontráramos. Si en nuestro viaje desaparecíamos sin escándalo nosotros dos, y quizá también los monjes y los abades, ¿quién iba a saberlo? Podrían pasar semanas, meses incluso, antes de que se enviara otra embajada a buscar al rey. Y el retraso daría al príncipe Juan tiempo más que suficiente para llegar a un trato con Leopoldo.

—¿Volverán a atacarnos? —preguntó Hanno.

—No lo creo —contesté, aunque estaba muy lejos de estar seguro—. Pero debemos mantenernos alerta, y llevar cuanto antes a los abades a Ochsenfurt para que vean al rey y consten como una embajada oficial inglesa.

♦ ♦ ♦

De modo que, a la mañana siguiente, más o menos una hora antes del mediodía, me encontraba una vez más delante de la puerta de la barbacana, en el ángulo noroeste de la ciudad de Ochsenfurt, mientras Hanno chapurreaba con los centinelas y ofrecía una traducción pormenorizada de nuestros nombres y rango, y el motivo de nuestra visita. Me sentía muy distinto a la última vez que había estado delante de aquel portalón, unas horas antes. Los abades y yo íbamos vestidos con nuestras mejores galas; hábitos blancos de lana, báculos rematados con cruces de oro y en el caso de los clérigos, y en mi caso, una túnica escarlata con brocado de hilo de plata, más un elegante sombrero nuevo de lana gris. Puse todo mi empeño en tener un aspecto señorial mientras Hanno gruñía que habíamos venido a presentar nuestros respetos al duque Leopoldo de Austria, y a visitar a su ilustre prisionero el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León.

La pesada puerta de madera forrada de hierro se abrió despacio, y entramos en Ochsenfurt escoltados por un pelotón de diez hombres de armas cubiertos de malla de acero, cada uno de ellos armado con lanza y espada, y luciendo con orgullo el emblema de un buey rojo, símbolo de la ciudad, en el pecho de sus sobrevestes de un blanco inmaculado. Nuestra escolta nos condujo a través de las estrechas calles hasta el centro de la ciudad, y nos dejó en la antecámara de una gran sala, donde se nos ofrecieron refrescos, que rechazamos cortésmente, antes de ser llevados a la gran sala y conducidos ante el duque Leopoldo, leal vasallo del emperador Enrique, gobernante de la mayor parte de los territorios del sur de Alemania, antiguo peregrino a Tierra Santa…, y enemigo mortal de nuestro buen rey Ricardo.

Leopoldo era un hombre alto, moreno, de rostro de halcón, con ojos que relucían como piedras de azabache. Escuchó con atención el discurso que pronunció en un latín elegante el obispo Boxley; el duque asentía y sonreía de vez en cuando, y nosotros esperábamos mientras un clérigo obeso enfundado en una túnica con ribete de piel traducía el discurso al alemán.

Habló un rato en su lengua nativa, al parecer dándonos la bienvenida a sus tierras, y luego oí a Hanno tragar ruidosamente saliva, a mi lado. El clérigo obeso tradujo sin dilación:

—Mis nobles señores —empezó el clérigo en un latín con fuerte acento—, el duque os da la bienvenida a su palacio y a su feudo. Si es vuestro deseo, podéis permanecer todo el tiempo que deseéis en los dominios del duque, bajo su protección, y reposar después de vuestro largo viaje. Su Gracia se complace de contar con la compañía de un grupo tan distinguido de peregrinos, y considera un honor vuestra presencia en su mansión —siguió diciendo el sacerdote—, pero… —Aquí el hombre hizo una pausa y carraspeó—. Pero Su Gracia teme que os haya traído a este lugar algún malentendido. Su Gracia no tiene ninguna noticia del rey de Inglaterra, y es seguro que el noble Ricardo Corazón de León no se encuentra en estos momentos en los confines de la ciudad de Ochsenfurt.

Aquella mentira descarada nos dejó boquiabiertos y en silencio.

Robertsbridge empezó a hablar, dirigiéndome miradas furiosas entre frase y frase:

—Vuestra Gracia, sabemos por fuentes seguras —volvió la cabeza para mirarme—, mejor dicho, hemos recibido algunas indicaciones de que el rey Ricardo podría estar prisionero dentro de estos muros, a la espera de ser rescatado por sus leales amigos.

El sacerdote tradujo, y el duque respondió por su mediación:

—Estáis en un error. El ilustre rey de Inglaterra no se encuentra en esta ciudad. Temo que hayáis sido víctimas de una broma, tal vez de la travesura de un monje con ganas de divertirse un poco. Puedo aseguraros, por mi honor, que vuestro rey no está en Ochsenfurt.

Capítulo X

Los abades estaban indignados, furiosos incluso, y Robertsbridge llegó a acusarme de haberme inventado toda la historia, o de haberla soñado en un estupor de borracho. Les informé en un tono helado de que mis costillas rotas eran reales, que me dolían considerablemente aquella mañana y que mantenía todo lo que les había dicho sobre mis aventuras de la noche pasada. Luego pedí, por medio de Hanno, que los hombres de armas de Ochsenfurt nos llevaran a la tercera torre, en el ángulo sudeste de la ciudad. Inmediatamente.

Por increíble que pueda parecer, obedecieron mis órdenes. Mientras todo nuestro grupo trepaba por la estrecha escalera en espiral, y los cuatro monjes y los dos abades bufaban y jadeaban detrás de mí, supe con una certidumbre amarga que la habitación del piso alto estaría vacía. Y así fue.

Era una habitación circular, de techo alto, sin apenas muebles: un catre estrecho, una mesa y un taburete. Nada más. La puerta muy gruesa, lo vi al entrar, tenía el cerrojo por el lado de fuera, y no por dentro de la habitación. El suelo de madera estaba ligeramente húmedo, y no había en él rastro de polvo. Parecerá extraño, pero me alegré al verlo: la habitación había sido limpiada aquella misma mañana, y el suelo fregado a conciencia. Y a pesar de saber que no había soñado mi encuentro de la noche anterior con Ricardo, me satisfizo tener aquella prueba, si puede llamarse prueba a un suelo húmedo. Alguien, sin duda nuestro buen rey Ricardo, estuvo preso en esta habitación hasta pocas horas antes, y desde entonces alguien se había tomado la molestia de borrar las huellas de su presencia en aquel lugar.

Cuando se lo expliqué a los abades, no parecieron muy convencidos. Pero no llegaron tan lejos como para llamarme mentiroso en la cara. Bajamos todos en tropel las escaleras, y fuimos escoltados por los hombres de armas de Ochsenfurt hasta nuestros aposentos, en una gran casa municipal de madera situada frente a la iglesia de Saint Michael, en el centro de la ciudad, destinada a alojar a caballeros de alto rango.

Nos reunimos cabizbajos en torno a la larga mesa de la sala, y mientras los monjes jóvenes se ocupaban en servirnos pan, queso y vino de la bien provista despensa, yo meditaba sobre lo que haríamos a continuación.

De pronto, levanté la cabeza de mi copa de vino y pregunté:

—¿Dónde está Hanno?

Nadie lo sabía. No recordé haberle visto desde que salimos de la gran sala en la que nos había recibido el duque Leopoldo. Tradujo mi petición de que los hombres de armas de Ochsenfurt nos llevaran a la torre, pero nadie sabía qué había sido de él a partir de ese momento. No me preocupé demasiado, sin embargo, a pesar de la amenaza de los dos asesinos. Sabía que mi astuto amigo el cazador era muy capaz de cuidar de sí mismo. Probablemente, sólo había querido tomarse un rato libre para explorar Ochsenfurt, beber la cerveza local y hablar en su propia lengua durante unas horas.

No necesitábamos a Hanno para nuestras discusiones. Por otra parte, había poco que discutir; estábamos en blanco sobre cómo actuar a continuación. Robertsbridge era partidario de volver a hablar con el duque y amenazarle con la excomunión si no nos revelaba el paradero de Ricardo. Boxley, según me parece recordar, sólo quería volver a casa. En cuanto a mí, la perspectiva de presentarme ante la reina Leonor con la noticia de que había cantado alegremente a dúo con su hijo pero no me habían permitido hablar con él y me habían despedido con una mentira obvia, era impensable. Argumenté que, puesto que sus dos sicarios rondaban por las cercanías de Ochsenfurt, era fácil suponer que el príncipe Juan estaba en connivencia con el duque Leopoldo sobre la cuestión del rescate de Ricardo. La única conclusión posible era que Leopoldo tenía intención de vender a nuestro rey al príncipe Juan o al rey Felipe de Francia. Como no podíamos impedir que tal cosa sucediera, nuestra mejor opción consistía en seguir en Ochsenfurt hasta que el duque intentara sacar de allí a Ricardo, en cuyo momento podría sernos más fácil establecer contacto con él.


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Los abades y yo seguíamos sentados desanimados en la sala, bebiendo sorbos de vino y devanándonos los sesos mientras el día declinaba en silencio, cuando la puerta se abrió con estruendo y Hanno entró tambaleándose en la estancia. Estaba muy borracho:

—Loentronqué—balbuceó mi guardaespaldas bávaro, y una vaharada espesa de cerveza fuerte se esparció por el aire con su aliento.

—Estáis ebrio, buen hombre —le reprendió Robertsbridge—. Id a la cama y no nos molestéis. Tenemos asuntos importantes que tratar aquí.

—Encontré al rey Ricardo —dijo Hanno, esforzándose en hablar con más claridad—. He encontrado a vuestro señor perdido. Venid, os llevaré con él.

Corrimos a la calle, y allí Hanno nos presentó a Peter, un robusto soldado que lucía en su sobreveste el emblema de Ochsenfurt y que nos sonrió con una carota tan roja como el buey cuya imagen llevaba al pecho. Estaba todavía más borracho que Hanno. Era también, como pronto descubrimos, el carcelero del rey Ricardo.

Cuando nos dirigíamos al sector sur de la ciudad, me di cuenta de que ocurría algún gran acontecimiento, el recibimiento a alguien importante que llegaba, con toques de trompeta, campanas al vuelo y coros de monjes en la puerta de la barbacana, pero estábamos demasiado excitados y preocupados para intentar averiguar más. De camino, Hanno nos contó lo que había estado haciendo las últimas seis horas, además de ingerir grandes cantidades de la cerveza local. Mientras nosotros marchábamos escoltados por los hombres de armas para inspeccionar la tercera torre, él había salido a hurtadillas de la ciudad y rodeado los muros exteriores hasta llegar al lugar, debajo de la torre, donde yo había tocado la viola la noche anterior. De habernos asomado al pequeño ventanuco de la celda de Ricardo, lo habríamos visto debajo de nosotros. En este punto, Hanno interrumpió su historia para tenderme mi misericordia, y yo la guardé agradecido en la funda de mi bota. Había encontrado mi daga, además de las señales de la pelea, en el suelo. También había encontrado los restos de la viola, por desgracia imposible de reparar. Luego había seguido el rastro de dos hombres, uno de pies largos y estrechos, el otro de pies grandes y muy anchos, por el bosque, y había descubierto el sitio donde habían vivaqueado. Hanno se acercó con precaución y encontró el lugar desierto, pero las cenizas del fuego, aún calientes, le dijeron que había estado ocupado recientemente. Según la casi sobrenatural lectura de los indicios que hacía Hanno, los dos hombres habían abandonado su campamento al amanecer y se habían dirigido hacia el norte, en dirección al río Meno, posiblemente con la intención de huir de allí en un bote. Mientras Hanno contaba su historia, parecía serenarse más y más a cada momento que pasaba: los vapores de la cerveza se disipaban.

En lugar de intentar seguir su rastro más allá, mi astuto amigo volvió a Ochsenfurt y se dirigió a la taberna de soldados más próxima. Allí se ganó la confianza de un hombre de armas invitándole a varias jarras de cerveza. El nuevo amigo de Hanno le llevó luego a otra taberna, y a otra, en busca del idiota sonriente de cara de color de ladrillo que teníamos ahora delante: el carcelero de Ricardo. Hanno, además de ganarse a aquel tipo invitándole a beber, le había prometido una bolsa llena de plata si nos permitía hablar con su prisionero durante un cuarto de hora. Al parecer, nadie había dicho a aquel bufón quién era su prisionero, sino sólo que tenía que guardarlo bien.

Mientras recorríamos a toda prisa las calles, Hanno nos contó que a Ricardo le habían vendado los ojos y atado, y luego lo trasladaron sin contemplaciones al amanecer desde la torre hasta un sótano excavado en el suelo de una gran casa próxima al muro sur de Ochsenfurt. La casa estaba vacía y los únicos guardias, cuatro en total, estaban a las órdenes de aquel Peter, evidentemente un borracho habitual, que ahora trotaba inseguro a nuestro lado, alternando las sonrisas con profundas reverencias a los abades, que hacían que su grasiento flequillo le cayera sobre los ojos.

Poco después estábamos en la casa, y mientras el estúpido carcelero maniobraba con la llave, yo felicité a Hanno por su iniciativa y le tendí la bolsa que llevaba al cinto, para que recompensara con ella a Peter.

—Ach, esto no es nada —dijo Hanno con modestia. Parecía haber superado casi por completo los efectos de la cerveza—. Ésta es una ciudad muy pequeña, aquí todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo. Yo me crié en una ciudad parecida. Nunca se puede guardar un secreto en sitios pequeños como éste…

—Lo has hecho a la perfección —dije, sabiendo que mis palabras le gustarían. Sonrió y asintió, feliz.

El carcelero abrió la puerta y, con una profunda reverencia, nos invitó a entrar al interior húmedo y polvoriento. Hanno se quedó fuera vigilando, y los dos abades y yo agachamos la cabeza y nos adentramos con cautela en el sótano en penumbra. Yo tenía la mano puesta en el puño de la espada, pues no estaba muy seguro de qué podíamos encontrar allí, y cuando algo se movió con un tintineo en el rincón más lejano, desenvainé a medias mi arma.

Apenas había luz suficiente para ver, pero cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude distinguir la forma de un hombre, un hombre de buena estatura, tendido en el rincón. Un grillete sujeto a su tobillo lo encadenaba a un poste de hierro profundamente clavado en el suelo; tenía la cara tapada por un saco de tela oscura de alguna clase, y los brazos atados a la espalda, a la altura de los codos, con cuerdas muy apretadas. Sentí que la furia me invadía. Ese hombre era un rey, y un héroe de la justa guerra contra los enemigos de Cristo; no un bribón común a la espera de una ejecución vergonzosa. Corté las ataduras con mi espada y le quité el saco de la cabeza. No pude hacer nada con el grillete y la cadena.

—Sire —dije en voz baja mientras el rey Ricardo se frotaba los brazos para restablecer la circulación—. Sire, aquí estamos. Todo irá bien ahora que estamos aquí para ayudaros.

El rey Ricardo parpadeó y me miró a la escasa luz del sótano.

—Blondel —dijo, casi susurrando mi apodo—. Blondel… Sabía que no soñaba. Fuiste tú quien cantó anoche, y no un engaño de mis oídos ni un demonio nocturno. Lo sabía.

—Sire… —El abad Boxley dio un paso hacia el rey—. Estamos aquí con la autoridad plena de vuestra madre la reina para negociar vuestra libertad. Inglaterra está dispuesta a pagar vuestro rescate. Y no nos apartaremos de vuestro lado hasta haber conseguido vuestra libertad.

El rey Ricardo se incorporó. Parecía recuperarse rápidamente de su suplicio. Se frotó los ojos y miró al abad, que estaba de pie ante él con sus prístinos ropajes blancos.

—Ah, sois mi señor el abad de Robertsbridge, si no me equivoco. Estoy contento de veros. Muy contento de veros.

Boxley se echó atrás imperceptiblemente al oír las palabras del rey.

—Sire —dijo—, tengo el honor de ser el abad de Boxley. Mi señor de Robertsbridge está aquí, junto a la puerta.

—Desde luego, desde luego —dijo el rey—. Me es muy grato teneros a los dos ante mi presencia. Sois, eh…, John, ¿no es eso?

El abad de Robertsbridge respondió desde el umbral:

—Los dos llevamos el mismo nombre cristiano, sire. Pero, si me permitís el atrevimiento, tenemos poco tiempo para estos cumplidos y mucho que discutir sobre vuestro rescate…, y sobre ciertos acontecimientos ocurridos en el reino en vuestra ausencia. Vuestro hermano, el príncipe Juan…

Dejé a los abades y a mi rey acuclillados sobre el suelo sucio de tierra del sótano en una animada discusión, y salí fuera, a la luz tenue del crepúsculo. Hanno charlaba en bávaro y reía con el carcelero Peter junto a la puerta principal de la casa, y yo me acerqué a ellos simulando el aire más indiferente que pude. Lo que intentaba explicar él en aquel momento, nunca lo sabré.

Mi brazo izquierdo se proyectó hacia delante y lo aferró por la garganta, apretando su nuez con una poderosa presa que le hizo chocar de espaldas contra el muro de la casa. Mi misericordia estaba ya en mi mano derecha, y coloqué la punta afilada bajo su ojo izquierdo. Hanno le gruñó por encima de mi hombro.

—Escúchame, basura podrida —dije, hablando despacio y en tono duro en inglés, con los ojos clavados en su cara asustada—. Ese prisionero es un rey, el rey de Inglaterra nada menos, y vas a tratarlo con el respeto que merece mientras esté a tu cuidado. Quiero que le traigas comida y vino y ropa limpia, y agua para lavarse. Y quiero que lo hagas ahora.

Yo estaba realmente furioso. Mi mano derecha, la que empuñaba la daga dirigida a su ojo, temblaba ligeramente por la ira que me invadía. Y mientras Hanno traducía, yo miraba a Peter y le transmitía toda la fuerza de mi justa ira.

—Has de saber —gruñí— que, si lo maltratas, si no guardas con él la cortesía debida, te arrancaré los ojos. Y te cortaré la nariz y los labios. —Le rocé la boca con la punta de la misericordia.

Hanno repitió mi mensaje en bávaro. Luego continué:

—Aunque me cueste la vida, te dejaré ciego, te torturaré y te mataré muy, muy despacio. Luego mataré a toda tu familia y prenderé fuego a tu casa hasta que no quede piedra sobre piedra. Y si una rata cobarde como tú tiene amigos, los mataré a todos y quemaré sus casas también. ¿Ha quedado claro?

Antes incluso de que Hanno tradujera mis palabras, vi que Peter me había entendido. Tartamudeó algo, y entonces Hanno se adelantó, con el rostro impasible como una máscara de piedra, y embutió la bolsa de plata en la boca de aquel hombre, silenciando sus gimoteos.

Lo solté con repugnancia, y volví al sótano para ver cómo se comportaban mis espirituales acompañantes. A mi espalda, el carcelero llamaba a gritos a sus camaradas y les daba un torrente de órdenes, supuse que para hacerles traer vino y comida de inmediato.

De pronto, me vino a la mente la imagen de Robin; su hermoso rostro me sonreía con crueldad mientras me preguntaba: «¿De modo, Alan, que ahora utilizas el miedo para conseguir que hombres más débiles se plieguen a tu voluntad? Cada día te pareces más a mí». Sacudí la cabeza para librarme del sonido de la risa burlona de Robin, y vi que los abades de Boxley y Robertsbridge salían ya del sótano con aspecto grave pero satisfecho. El carcelero daba vueltas ahora a mi alrededor, ofreciéndome en bávaro no sé qué servicios, pero no me digné siquiera a mirarlo. Había aparecido un segundo hombre de armas y se disponía a cerrar la puerta del sótano cuando, desde el interior, el rey Ricardo gritó:

—¡Espera! ¡Sólo un momento!

Yo agarré del brazo al hombre para detenerlo. El rey Ricardo me miró un instante desde su sótano húmedo y maloliente, con la puerta medio cerrada; me miró directamente a mí por la abertura. No dijo nada durante unos instantes, y luego pronunció las siguientes palabras:

Un señor tiene una obligaciónmayor que el propio amor.Y es recompensar con generosidadal caballero que le sirve bien.

Sentí el corazón henchido de emociones intensas, ira y amor y vergüenza, y la puerta se cerró de golpe sobre mi soberano. Y al dar media vuelta para reunirme con Hanno y los abades, impaciente ahora por enfrentarme al duque Leopoldo, pensé: «Soy tu leal soldado, Ricardo Corazón de León, obediente a tus órdenes; lo juro ahora, en silencio, no ante ningún mortal, sino ante el propio Dios Todopoderoso. Lo juro. Hasta la muerte, seré siempre el buen vasallo del rey».

♦ ♦ ♦

Fuimos directamente a la gran sala en grupo, ofendidos y decididos a proclamar como innegable nuestro encuentro con el rey. Con los abades al frente, exigimos a los hombres de armas de Leopoldo ser conducidos de inmediato ante el duque. De forma bastante sorprendente no opusieron resistencia, y abrieron las pesadas puertas sin dilación. Irrumpimos directamente en medio de un lujoso festín.

La sala guardó silencio a nuestra entrada, el banquete se interrumpió, un juglar que estaba en plena actuación dejó caer una de sus pelotas plateadas y nos miró boquiabierto. Con voz sonora, mi señor de Robertsbridge empezó a informar al duque Leopoldo, en un latín crispado, de que acababa de tener una conversación con el rey Ricardo y había encontrado a nuestro señor encadenado y tendido sobre su propia inmundicia. A mitad de su demanda de que se tratara a nuestro rey con el respeto debido a un monarca cristiano, su voz vaciló de pronto y calló. Me di cuenta enseguida de la razón. Robertsbridge se había dirigido al duque Leopoldo, a quien esperaba ver sentado en el sitial de honor, pero ahora era otro hombre el que ocupaba esa plaza. Y aunque yo nunca lo había visto antes, supe de inmediato que tenía ante mis ojos a Enrique, el sexto de su nombre, rey de Alemania, señor de buena parte de Italia, superior del duque Leopoldo de Austria y representante ungido de Dios en la tierra, el Sacro Emperador Romano en persona.

El mayor príncipe de la cristiandad era un hombre delgado, de estatura mediana, de edad próxima a la treintena, con una melena de pelo castaño rizado bajo la corona dorada y una barba rala de tono un poco más claro en torno a una fina boca. Parecía divertido más que furioso por el apasionado discurso de Robertsbridge, y cuando el abad se detuvo en seco, alzó una mano pálida y se dirigió a nuestro grupo en un latín claro y fluido.

—Calmaos, mi señor abad, os ruego que apacigüéis vuestro espíritu —pidió el emperador en tono cálido, pero con un filo acerado en la voz—. Ha habido un lamentable malentendido, al parecer. Es cierto que el rey Ricardo se encuentra aquí en Ochsenfurt, lo hemos sabidoahora mismo, y acabo de dar órdenes de que sea alojado en habitaciones acordes con su alto rango.

Robertsbridge irguió los hombros, y señaló con un huesudo índice acusador al duque Leopoldo:

—Este caballero lo negó esta misma mañana. Me dijo a la cara, y lo juró por su honor, que el rey Ricardo no estaba en Ochsenfurt. Mintió a…

—Al parecer, mi noble primo Leopoldo estaba en un error —le interrumpió el emperador en tono conciliador—. Hace varios meses un vagabundo sin dinero que pretendía ser un caballero templario fue arrestado en una casa de mala reputación en los dominios del duque, y desde entonces hemos intentado averiguar su verdadera identidad. Como vos mismo habéis podido confirmar, ahora tenemos la certeza de que ese vagabundo disfrazado es en realidad el rey Ricardo de Inglaterra en persona.

—Puesto queahorahabéis reconocido quién es…, un peregrino auténtico de regreso de Tierra Santa, un noble caballero entregado al servicio de Cristo…, tal vez tendréis la amabilidad de devolvérnoslo de inmediato —dijo Robertsbridge en tono helado.


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—Ay, señor abad, vuestro rey está acusado de cargos muy graves…, de haberse conjurado en secreto con ese diablo, Saladino, traicionando la Gran Peregrinación, y también de haber dado orden de matar a nuestro primo Conrado de Monferrato en Acre, el año pasado. Me temo que vuestro noble rey Ricardo deberá responder de esos cargos antes de que podamos permitirle marchar libre.

Los cargos eran burdas falsedades, ridículas incluso. El emperador sólo buscaba un pretexto legal que le permitiera mantener a nuestro soberano en su poder.

—Debo suplicaros que lo reconsideréis —dijo Robertsbridge—. La prisión del rey de Inglaterra entra en contravención directa del decreto de su santidad el papa sobre la inmunidad de quienes regresan de la Gran Peregrinación.

Enrique intentó parecer genuinamente preocupado por la dificultad de conciliar las acusaciones trufadas contra Ricardo y el decreto del papa: arrugó la frente y se rascó la cabeza. Frunció el entrecejo, se acarició la barbilla y simuló estar sumido en pensamientos profundos. Luego sonrió, radiante. De haber sido un cómico de la legua en lugar del señor de media Europa, con toda seguridad se habría muerto de hambre.

—Desearía sinceramente dejar al noble rey Ricardo en vuestras manos, sinceramente lo desearía, pero ay, temo que me es imposible hacerlo. Los graves cargos que se le imputan han de ser respondidos. Hasta el momento en que podamos investigar esos presuntos crímenes, el rey de Inglaterra permanecerá a mi lado; no como prisionero, sino como huésped honrado, alojado con todas las comodidades y con todas las garantías de seguridad. —Contento de sí mismo como un idiota de pueblo, el emperador prosiguió—: Y por mi parte siento grandes deseos de pasar el tiempo a su lado en las próximas semanas. Tengo entendido que él y yo compartimos el amor por la poesía y la música. Pues bien, tocaremos música los dos juntos mientras sea mi huésped. —En ese punto, sus ojos penetrantes me buscaron—. Tocaremos músicade día, por supuesto —añadió, y pareció dirigirse a mí en particular—, en una sala, de forma civilizada. Y no fuera de las murallas y en la oscuridad de la noche, como ladrones comunes.

Sin embargo, Robertsbridge no había llegado a ser un obispo grande y poderoso por casualidad; sus huesos eran de hierro forjado.

—En ese caso, mi señor, en nuestra calidad de amigos y consejeros en los que él confía, nos quedaremos junto a nuestro rey, y con vuestra venia y licencia estaremos atentos a su comodidad y a su seguridad hasta que esta cuestión quede satisfactoriamente resuelta…, a menos que tengáis alguna objeción…

—Desde luego que no, mi señor abad. Vos y vuestros hombres sois bienvenidos a mi corte. Muy bienvenidos. ¡Ahora, sigamos con el banquete!

No había nada mejor que hacer que unirnos a la celebración.

♦ ♦ ♦

Pasamos la noche en vela. Después de que acabara el festín, y ya de vuelta a nuestros alojamientos, los obispos se dedicaron a dictar muchas cartas a hombres, y mujeres, importantes de Inglaterra y de Normandía, mientras Hanno y yo empaquetábamos nuestro equipaje, limpiábamos nuestras espadas y armaduras, y nos preparábamos para el largo viaje de regreso a casa con aquellas preciosas noticias.

Nos disponíamos a dejar a los abades y a sus monjes con el rey Ricardo, y a dirigir nuestros pasos haciaEl Cuervo, que nos llevaría aguas abajo por el Meno y el Rin hasta el mar del Norte, y de allí a Inglaterra. Las cartas que llevábamos con nosotros eran de una importancia vital; en efecto, se nos confiaba con ellas la suerte de Ricardo, porque esas cartas eran su única conexión con sus partidarios en Inglaterra. Sin duda los sicarios del príncipe Juan no se detendrían ante nada en sus esfuerzos por impedir que aquellas cartas llegaran a su destino. Con todo, yo confiaba en que, con Hanno a mi lado y un metro de acero en la mano, seríamos capaces de mantenerlos a raya. En estas circunstancias, me dije a mí mismo, huir hasta llegar a la seguridad de Inglaterra no sería un acto vergonzoso.

♦ ♦ ♦

Después de despedirnos con cariño de los abades junto a la puerta de la barbacana de Ochsenfurt, Hanno y yo nos echamos al hombro nuestros sacos y nos adentramos en el sendero junto al río, en dirección al muelle de Tuckelhausen en el que habíamos dejadoEl Cuervodos días antes. Debo admitir que me sentía agotado después de dos noches sin dormir, y de los dramáticos sucesos ocurridos desde que atracamos en el desvencijado muelle del monasterio. Pero estaba eufórico por nuestro éxito. ¡Qué historia iba a contar a Perkin! Habíamos concluido nuestra misión; habíamos encontrado al rey y conseguido que su vida estuviera un poco más segura y su persona más cómoda…, al menos por el momento. Pronto toda Europa conocería su paradero; todo saldría a la luz, y el riesgo de un acuerdo solapado y deshonroso entre sus enemigos sería mucho menor. A pesar de mi cansancio, me sentía feliz; embriagado por el resplandor de nuestro éxito, estaba deseando contar a Perkin todas mis aventuras, cómo canté con el rey y luché con los dos asesinos, seguro que aquello le impresionaría, y cómo dimos con Ricardo gracias a la habilidad de Hanno; luego me acurrucaría en el camarote de popa debajo de una manta y dormiría el sueño de los justos, mientras Adam y él tripulaban la gran barcaza negra de vela río abajo hacia el hogar.

Fue mi compañero bávaro, con sus ojos penetrantes, el primero en ver una delgada columna de humo negro que se alzaba hacia el cielo gris nuboso, apenas un hilo. Cuando le presté atención, murmuré algo sobre una fogata de algún campesino de los contornos, con mi mente dividida entre la idea de volver a casa y la necesidad, dado mi agotamiento, de concentrarme en poner un pie delante de otro. Pero al acercarnos, el hilo de humo se espesó, creció y se hizo más negro, hasta que los dos supimos que nos esperaba un desastre. Hanno y yo echamos a correr al mismo tiempo por el camino del muelle, tan deprisa como podíamos hacerlo bajo el peso de nuestros pesados sacos. La columna de humo se había vuelto negra y maligna, y se retorcía en el cielo como una serpiente gruesa, tenebrosa como un pecado y moteada por chispas anaranjadas que danzaban en una espiral ascendente.

Después de una última revuelta del sendero, nos dimos de bruces con la catástrofe.El Cuervoardía de proa a popa, y su carga de troncos era el combustible perfecto para el holocausto. El calor de las llamas era feroz, y no pudimos acercarnos más que a una docena de metros del barco incendiado. Pero pude distinguir a través del humo y de las llamas el cuerpo de un hombre, acuchillado varias veces y tendido en un charco de sangre hirviente en la proa de la barcaza; sus cabellos rubios se rizaban y ennegrecían en aquel horno, y llegó hasta mí el hedor de la carne quemada. Era Adam. Su rostro estaba vuelto hacia mí, y sus ojos azules de marino no miraban ya a ninguna parte. Me santigüé y empecé a musitar el avemaría una y otra vez para mí mismo entre dientes… Porque el cadáver de Adam no era el peor espectáculo que se ofreció a nuestros ojos aquella maldita mañana: en el muelle de madera, frente al barco que ardía, había algo mucho peor.

Por entre los flecos de humo negro, vi los brazos, las piernas y el torso de un hombre joven, y a un metro de distancia más o menos su cabeza: una cabeza chata y pelirroja. No había sido cortada por una hoja; del cuello sobresalían piltrafas de tejido, ligamentos, venas, y la punta blanca y aguzada de la tráquea, en tanto que la piel del cuello estaba retorcida y colgaba flácida. La cabeza de Perkin había sido arrancada por unas manos inmensamente poderosas, como se arranca la cabeza a un pollo. Sentí la bilis agolparse en mi garganta, pero me esforcé en reprimir el vómito. La rabia me consumía; no me cabía duda de quién había perpetrado aquel crimen.

Hanno, que empezó a estudiar el suelo pisoteado más allá del velo acre del humo, confirmó muy pronto mi opinión.

—Han sido ellos —dijo, sencillamente. Y me señaló dos series de huellas, una de un pie largo y estrecho, la otra grande y ancha, como la huella de la garra de una bestia enorme.

Imaginé a los asesinos tal como los había visto por primera vez, a la luz de la fogata de Ralph Murdac, y me di cuenta de que casi estaba llorando de furia por lo que habían hecho a mis amigos. Tenía la espada en mi mano y sentí un deseo casi irresistible de matar, de tajar y machacar; de blandir mi arma contra aquellos dos monstruos en nombre de la justicia.

—No hace mucho que se han marchado —dijo Hanno. Me miraba con ojos interrogadores, furiosos—. Tenemos que atraparlos. Vamos, Alan, puedo seguir su rastro. No nos llevan tanta ventaja, ¡vamos ahora mismo tras ellos!

Y yo no quería otra cosa que hacer eso mismo. Dios allá arriba sabía lo mucho que me habría gustado soltar el saco que llevaba al hombro, arrojarlo lejos y correr detrás de aquellas criaturas malvadas y monstruosas hasta hacerlas pedazos. La resolución que tomé a continuación fue una de las más difíciles que me he visto obligado a tomar en mi vida.

—No, Hanno —balbuceé. Y me di cuenta de que respiraba con dificultad, y jadeaba—. Tenemos que asegurarnos de que estas cartas son entregadas. Si los persiguiéramos, como sinceramente ruego a Dios y a todos los santos poder hacer algún día, uno de los dos podría resultar herido y disminuir de ese modo nuestras posibilidades de llevar estas preciosas noticias a Inglaterra.

Hanno me miró, desconcertado. Luego, muy despacio, inclinó su cabeza redonda y rapada.

—Es tu deber, ¿no?

—Sí —suspiré—. Es mi deber. Pero juro ahora, delante de ti, amigo mío, que me vengaré de esos monstruos antes de irme de este mundo. Lo juro en nombre de la Virgen, e invoco a san Miguel, el santo guerrero, para que sea testigo de mi juramento. Tú me has oído, ellos me han oído, y ahora hemos de irnos de aquí tan deprisa como podamos. Necesitamos un bote. Cualquier clase de bote servirá.

Por segunda vez en pocos días, estaba huyendo de un encuentro con aquellos dos monstruosos bastardos. En nombre del deber hacia mi rey, sacrificaba mi honor personal. Pero me sentí un poco mejor después de mi juramento de vengarme; tal vez no del todo a gusto, pero más tranquilo. Nos encontraríamos algún día: estaba seguro. Y no cejaría en el empeño hasta devolverles tajo por tajo. Pero mientras tanto lo que necesitábamos, lo que yo rezaba por encontrar, era un bote…

Y pareció que Dios escuchaba mis súplicas. Poco después, mientras yo estaba arrodillado al lado de Perkin, componiendo sus miembros inertes y colocando su pobre cabeza tan próxima al cuerpo como me fue posible, con los ojos irritados por el humo y casi sin poder respirar, Hanno me informó de que a diez metros del muelle humeante y manchado de sangre había encontrado un bote oculto entre los juncos: un esquife algo maltrecho, pero lo bastante grande para transportar a dos hombres carga dos con un equipaje pesado.

—Debe de pertenecer al monje que atiende el muelle —dijo Hanno. Las palabras de mi amigo plantearon otra pregunta: ¿dónde estaba el malhumorado canónigo premonstratense?

Lo encontramos poco después, sentado detrás de la cabaña que usaba como refugio, con la boca abierta de par en par y lo que parecía una macabra sonrisa bajo la barbilla: le habían cortado la garganta de oreja a oreja. Miré el cuerpo de aquel hombre, la pechera de su hábito blanco manchada de escarlata por su sangre, y me invadió un terrible cansancio. Había presenciado tantas muertes…, demasiadas muertes. ¿Cuándo acabaría la maldad del hombre? ¿Por qué permitía Dios que sus servidores fueran asesinados por hombres que eran con toda certeza esputos del diablo? No pude encontrar respuesta. Sólo pude repetir mi juramento a san Miguel de que vengaría aquellos actos horrendos.

Hanno y yo dejamos a los muertos donde estaban, confiando en que los monjes de Tuckelhausen los enterrarían y dirían una misa por sus almas, y preparamos el esquife. Colocamos los sacos con nuestro equipaje en el centro de la embarcación, empuñamos las dos palas que encontramos en el pantoque, y partimos río abajo, remando despacio y con vigor, y dejando que la lenta corriente se encargara de la mayor parte del trabajo.

♦ ♦ ♦

Pasé el resto de aquel día sumido en el estupor, con la cabeza hundida en mi pecho mientras mis músculos hacían funcionar de forma más o menos automática la pala, a pesar de que mis magulladas costillas llenaban de un dolor punzante todo mi costado izquierdo a cada palada. Pero con la ayuda de Dios, y con el esfuerzo incansable de Hanno, llegamos a Wurzburgo la misma tarde. Y mientras yo me tambaleaba, magullado y exhausto, Hanno arregló las cosas para que pudiéramos ocupar unos jergones en el asilo de peregrinos de la catedral. Me quedé dormido en cuanto mi cabeza tocó la paja húmeda del mísero jergón.

Dormí durante dos días, despierto sólo a ratos para atender a las necesidades naturales y sorber un poco de la sopa que Hanno me traía. Estaba agotado, tocado en cuerpo y alma por aquella dramática sucesión de acontecimientos. Y mis costillas me dolían más que nunca. Pero aunque yo descansaba, Hanno no lo hacía. A la mañana del tercer día, me presentó a un bribón sonriente, con una enorme cicatriz, llamado Dolph, que por la principesca suma de cinco chelines estaba dispuesto a llevarnos en su galera mercante hasta Utrecht. Era un precio exorbitante para un viaje así, pero yo tenía el dinero preciso (después de todo, era la reina Leonor la que pagaba), y aunque aquel hombre tenía todo el aspecto de un pirata, Hanno al parecer confiaba en él. Nunca llegué a averiguar si Dolph era en realidad un pirata de río, pero sí descubrí que era un hombre de palabra. Mientras yo dormía la mayor parte del viaje y cuidaba mis costillas heridas, Dolph nos condujo en silencio y eficientemente por los ríos Meno y Rin y, siete días más tarde, con un gesto alegre y un apretón de manos, nos depositó a Hanno y a mí, con nuestros preciosos sacos, en el puerto de Utrecht.

Tres días más tarde, me encontraba con las ropas aún manchadas de sal en una cámara privada del palacio de Westminster, cara a cara con la venerable madre del rey, la reina Leonor de Aquitania.

Capítulo XI

La reina tenía el mismo aspecto encantador de siempre. Vestía un brial de color borgoña, y llevaba mi discreto collar de perlas. Su pelo de color caoba había sido recogido cuidadosamente en una red dorada. Pero al mirarla más de cerca, me di cuenta de que sus facciones finas estaban un poco ajadas por el pesar, y por primera vez empecé a advertir su verdadera edad en las líneas de su rostro aún hermoso. Su recibimiento fue mucho más cálido de lo que esperaba, después de la fría despedida tras el juicio de Robin; se levantó de su sitial de respaldo alto para abrazarme, ordenó a un sirviente que trajera vino y me preguntó por mi salud de la manera más considerada.

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