Kwaidan: cuentos fantásticos del japón

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Hijo de padre angloirlandés y madre griega,Lafcadio Hearn(1850-1904) llegó a Japón en 1890, donde, subyugado por el país (se casó con una japonesa, fue profesor en la Universidad Imperial de Tokio y llegó a ser súbdito japonés, adoptando el nombre de Koizumi Yakumo), permaneció hasta su muerte, dedicado a la enseñanza y a la literatura. Su sensibilidad y empatía hacia el Imperio del Sol Naciente lo llevaron a ser uno de los primeros divulgadores de su mundo y sus tradiciones en Occidente. Publicada en 1904, poco antes de su fallecimiento,Kwaidanes una recopilación de cuentos fantásticos del Japón, relacionados en su mayoría con el más allá, la reencarnación o el karma. Su última parte, dedicada a algunos insectos (mariposas, mosquitos, hormigas) sintetiza con exquisita sensibilidad las supersticiones y creencias japonesas en torno a dichos animales, así como sus atribuciones culturales.

Lafcadio Hearn

Kwaidan

Cuentos fantásticos del Japón

ePUB v1.2

OZN10.01.12

NOTA PRELIMINAR

El crítico norteamericano Malcolm Cowley ha visto en Lafcadio Hearn al escritor de lengua inglesa más comparable a Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm. Ese título, conferido en virtud de la capacidad para recopilar atractivas leyendas folklóricas y luego verterlas a un límpido lenguaje literario, supone un elogio preciso y nada desdeñable. Vale la pena consignar, siquiera brevemente, los azares biográficos del hombre que lo mereció.

Lafcadio Hearn nació en 1850 en la isla jónica de Santa Maura (antiguamente Leucas o Lefcada, de donde proviene el nombre del escritor); su madre era griega, de ascendencia maltesa; su padre era un médico del ejército británico. Se educó en Dublín, con preceptores privados, y en Yorkshire y en Francia, en colegios jesuitas. En 1869 se trasladó a los Estados Unidos, donde se inició en el periodismo y más de una vez estuvo a punto de morirse de hambre; en esa época, Hearn cultivaba una escritura florida de la que más tarde aprendió a arrepentirse. En Cincinnati contrajo matrimonio con una negra, con quien cohabitó durante dos años en un hogar lamentable; en 1877 se separó de ella y pasó a Nueva Orleans; más tarde viajó a las Indias Occidentales Francesas y finalmente a Nueva York, siempre perseguido por el fantasma de la miseria económica, al que pudo combatir gracias a la peculiar tenacidad que caracterizaba a este hombre miope, tímido y pequeño. En 1889, enviado por la Harper & Brothers, viajó al Japón para cumplir ciertos encargos editoriales; lidiaba continuamente con los editores, que al fin lo abandonaron a sus propios recursos. Hearn se alistó como profesor de inglés en las escuelas gubernamentales de Matsue. En 1896 adoptó la ciudadanía japonesa, con el nombre de Koizumi Yakumo. Murió en 1904, en Tokio, y sus cenizas fueron sepultadas tras una ceremonia budista.

Hearn es autor deStray Leaves from Strange Literature(1884), una recopilación de fábulas y leyendas;Gombo Zhêbes(1885), una colección de proverbios criollos de la América francesa;Some Chinese Ghosts(1887), elaboradas transcripciones de leyendas chinas;Chita(1888) yYouma(1890), dos novelas cortas;Two Years in the French West Indies(1890), que refleja experiencias vividas en la Martinica; también realizó numerosos artículos periodísticos y traducciones de Pierre Loti, Théophile Gautier y Gustave Flaubert. Pero su obra más atractiva y perdurable es sin duda la que surgió de su contacto con el Japón; ésta abarca ensayos generales sobre la cultura japonesa, impresiones de viajes, comentarios sobre poesía culta y popular, cuentos fantásticos que traducen antiguas leyendas, cuentos curiosamente realistas (especies demoeurs de province), apreciaciones sobre la crisis histórica vivida por el Japón de la era Meiji, sobre los peligros de la industrialización y sobre los eventuales conflictos con Occidente, vagas reflexiones filosóficas signadas por la presencia de Herbert Spencer, a quien admiró sin reservas y citó con abundancia:Glimpses of Unfamiliar Japan(1894),Out of the East(1895),In Ghostly Japan(1899),Shadowings(1902),A Japanese Miscellany(1901),Kotto(1902),Japan: An Attempt at Interpretation(1904), y, publicadas en volumen después de su muerte,The Romance of the Milky Way and Other Studies and Stories(1905),Kotoro(1906).

Hearn enseñó en Matsue, Kumamoto, Kôbe y Tokio, en cuya universidad fue profesor de literatura inglesa de 1896 a 1903. Pese a las dificultades que le planteó la sociedad japonesa, Hearn halló en su país de adopción un círculo de afecto que había ignorado en el mundo angloamericano. Alguna vez se comparó a un hombre salido de la cárcel o a una prostituta, a esas criaturas eternamente perseguidas por la sociedad, la Iglesia y la opinión pública. En este nuevo mundo, Herun-San, como lo llamaban sus allegados japoneses, despertó la entrañable curiosidad de profesores y alumnos, e incluso fundó una familia casándose con la hija única de un samurái en decadencia; ésta habría de darle tres hijos varones y una mujer.

En sus épocas de periodista, Hearn había adaptado fábulas y leyendas exóticas. Su vida en Japón acaso fue la cristalización de esas fábulas y leyendas; contemplada retrospectivamente, su llegada a Oriente parece más una elección deliberada que un azar del destino.

Son interesantes, al respecto, las primeras impresiones producidas por dicha llegada, según las describe el mismo Hearn:

“Todo es típico de un país de duendes, pues todas las cosas y las personas son pequeñas y extrañas y misteriosas: las casitas con sus techos azules, los frentes de los comercios pintados de azul, y la gente pequeña y sonriente con sus atuendos azules. Sólo algún peatón ocasional, un alto extranjero, quiebra esa ilusión, así como también diversos anuncios redactados en absurdos remedos del inglés. Tales discordancias, sin embargo, sólo sirven para enfatizar la realidad, jamás menoscaban la fascinación ejercida por esas calles graciosas y diminutas.”

Luego añade, en el mismo artículo:

“Ésta es por cierto la realización, para las imaginaciones nutridas en el folklore inglés, del viejo sueño de un Mundo de Elfos.”

Tal es la impresión recogida bajo “el blanco y tenue sortilegio del sol japonés”,the white soft witchery of the Japanese sun. Ese sortilegio inicial luego se disiparía para dar paso a una visión más íntima y penetrante, aunque no menos fascinada, de la cultura de su país de adopción. No sé hasta qué punto Lafcadio Hearn haya enfatizado rasgos tradicionales que por cierto despertaron su predispuesto fervor: un extranjero entusiasta suele sobrevalorar aspectos que el nativo pasa por alto o desdeña; pero sus ensayos no carecen de agudeza y, si bien pueden exagerar ciertos aspectos, cuentan con el privilegio de la devoción.

Hearn procuró comprender la poesía de ese país, pero también sus leyendas, mitos y supersticiones, sin las cuales esa poesía resultaba un fenómeno opaco e incomprensible para el occidental. Deploró con nostalgia las nuevas opresiones que suponía la industrialización del Japón, y previó o vislumbró los conflictos que inevitablemente distanciaban a culturas de configuración diversa:

“Quizá el Japón —escribía en 1896— recuerde con más amabilidad a sus maestros extranjeros en el siglo XX. Pero jamás sentirá hacia Occidente, como sintió hacia China hasta antes de la era Meiji, el respeto reverencial que el hábito instaura hacia un guía adorado; pues la sabiduría de la China fue buscada voluntariamente, mientras que la occidental le fue impuesta por la violencia. El Japón contará con sus propias sectas cristianas, pero nunca recordará a los misioneros ingleses y norteamericanos como hoy recuerda a esos grandes sacerdotes chinos que lo educaron en su juventud. Y no conservará reliquias de nuestra estadía escrupulosamente envueltas en séptuples mantos de seda, preservadas en exquisitas cajas de madera blanca, porque no le hemos ofrecido ninguna lección de belleza, no hemos sabido apelar a sus emociones.”

Su labor en la docencia universitaria le reveló otros aspectos del contraste que separaba dos mundos de difícil conciliación. Poemas occidentales de lectura diáfana presentaban a los estudiantes japoneses arduos problemas de comprensión; un verso de Tennyson que nosotros juzgamos de indiscutible sencillez (She is more beautiful than day, “es más bella que el día”) suponía inaccesibles obstáculos: la analogía entre la belleza del día y la belleza de una mujer, explica Hearn, excede las pautas de comprensión de un oriental, que ve en ello, al fin y al cabo, un exceso de antropomorfismo sentimental típico de nuestra cultura; nuestras metáforas y alegorías, comenta Hearn, citando al erudito profesor Chamberlain, resultan incomprensibles en el Lejano Oriente: la lengua del Japón, cuyos sustantivos no tienen género, cuyos adjetivos no tienen grados de comparación, cuyos verbos no tienen personas, manifiesta hasta qué punto está arraigada la ausencia de personificación, que inclusive obstruye el uso de sustantivos neutros combinados con verbos transitivos. Esa ausencia de personificación fascina al autor deKwaidan, que aventura que quizá nuestras facultades estéticas se hayan desarrollado en forma unidireccional y errónea; hemos feminizado la naturaleza y somos incapaces de comprenderla.

“Sólo puedo arriesgar algunas observaciones generales. Creo que este arte maravilloso afirma que, de los múltiples y varios aspectos de la naturaleza, son los asexuados los que no admiten ser contemplados antropomórficamente, los que no son masculinos ni femeninos, sino neutros e innominables, los que el japonés adora y aprehende con más profundidad. Él ve en la naturaleza cosas que durante milenios nos han sido invisibles; y ahora estamos aprendiendo de él aspectos de la vida y bellezas de la forma para las que antes éramos ciegos. Al fin hemos descubierto, para nuestro asombro, que este arte —pese a las dogmáticas afirmaciones que oponga el prejuicio occidental, y pese a la extraña impresión de irrealidad que nos produzca al principio— no es jamás una mera creación de la fantasía, sino una verdadera reflexión sobre lo que ha sido y será: hemos reconocido, pues, que contemplar esos estudios sobre la vida de los pájaros, la vida de los insectos, la vida de las plantas y la vida de los árboles, es, ni más ni menos, una magnífica iniciación en el arte”.

Pájaros, insectos, plantas y árboles desempeñan un papel singular en las leyendas japonesas que Lafcadio Hearn reprodujo con lacónica exquisitez: son el centro de inspiración de esas fábulas pobladas por formas sujetas a perpetuas metamorfosis, ya impregnadas por la atmósfera siniestra que irradian criaturas reencarnadas en seres detestables, ya iluminadas por el etéreo resplandor que exhala Horai, el mágico país de las hadas.

Esas leyendas llegaron a Hearn mediante múltiples cauces. En el prólogo a la edición inglesa deKwaidan, publicado en 1904 por Houghton Mifflin Company, aclaraba el autor:

“Muchos de los siguientes Kwaidan, o cuentos fantásticos, provienen de antiguos libros japoneses, como el Yasô-Kidan, el Bukkyô-Hyak-kwa-Zenshô-Kokon-Chomosu, el Tama-Sudaré y el Hyaku-Monogatari; algunos de estos relatos son de origen chino, entre ellos, el notable “Sueño de Akinosuké”. Pero el narrador japonés, en cada caso, supo reformarlos y transmutarlos de tal manera que parecen locales. Uno muy curioso, “Yuki-Onna”, fue referido por un labrador llamado Nishitamagôri, de Chôfu, provincia de Mushashi, y decía que era una leyenda de su comarca natal. Ignoro si está escrito en japonés, pero las creencias extraordinarias reflejadas en dicho cuento por cierto existían en el Imperio de los Hijos del Sol, y en formas muy diversas. El incidente de “Riki-Baka” fue un hecho y una experiencia personal, y lo narro casi con fidelidad absoluta, cambiando apenas un nombre familiar mencionado por el narrador japonés.


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A veces, eran sus alumnos quienes le referían las leyendas, o su esposa quien se las leía de libros antiguos.

En todos los casos, Lafcadio Hearn supo verterlas a una prosa inglesa cuyos rasgos distintivos son la sonoridad y la transparencia, y que contrasta notablemente con sus escritos de épocas anteriores, deliberadamente alambicados y no siempre eficaces. Aunque juzguemos a Hearn unminor writer, dispone de virtudes que merecen nuestra atención: la claridad, la precisión y el dominio de la progresión narrativa, logradas gracias a una denodada búsqueda estilística que al fin desembocó en una afortunada sencillez. Tal sencillez es ideal para la redacción de fábulas cuya textura simbólica puede ser compleja pero cuyo desarrollo es lineal.

“Maléficos vientos del Oeste arrecian sobre Horai, y disipan, ay, esa atmósfera mágica, leemos hacia el final deKwaidan. Si el talento de Lafcadio Hearn tenía límites inmediatos, juzguemos esa limitación como un hecho favorable, pues ella impedirá que se disipe la saludable atmósfera mágica que él supo rescatar de múltiples textos anónimos. Talentos más abarcadores quizá no hubiesen emprendido la modesta aunque dificultosa tarea de apropiarse de un mundo ajeno y de conferir solidez a sus trazos evanescentes.”

CARLOS GARDINI

LA HISTORIA DE MIMI-NASHI-HÔÎCHI

Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heiké, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heiké, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennô. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados… En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heiké, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heiké[1]. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llamanOni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla.

En otra época, los Heiké ignoraban el sosiego mucho más que ahora. Por las noches, se subían a las naves que cruzaban sus dominios e intentaban hundirlas; y jamás dejaban de acechar a los nadadores para arrastrarlos consigo. Para aplacar a esos muertos se construyó el templo budista,Amidaji, en Akamagaséki[2]. Junto a él, cerca de la playa, se levantó un cementerio, poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí realizábanse regularmente ceremonias budistas consagradas a esos espíritus. Edificado el templo, erigidas las tumbas, los Heiké ya no inquietaron a los vivos con tanta frecuencia; mas no cesaron, ocasionalmente, de hacer cosas raras, que demostraban que aún no habían hallado la paz perfecta.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaséki un ciego llamado Hôîchi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución delbiwa[3]. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Comobiwa-hôshiprofesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heiké y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura “ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas”.

En los inicios de su carrera, Hôîchi era muy pobre; pero encontró un buen amigo que le brindó su ayuda. El sacerdote delAmidajigustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hôîchi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se instalara en el templo, oferta que aceptó con gratitud. Una habitación del templo fue destinada a Hôîchi, quien, a cambio de comida y alojamiento, no debía sino deleitar al sacerdote con su música ciertas noches que no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar un servicio budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito, y Hôîchi quedó solo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había ante su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte de atrás delAmidaji. En ese lugar, Hôîchi aguardó el regreso del sacerdote, e intentó distraer la soledad mediante la música de subiwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como aún reinaba una atmósfera demasiado sofocante como para entrar, Hôîchi optó por quedarse afuera. Al fin escuchó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él… pero no era el sacerdote. Una voz hueca pronunció el nombre del ciego, con el modo abrupto y descortés con que un samurái se dirige a un subalterno:

—¡Hôîchi!

Hôîchi, harto sorprendido, no supo responder al instante; y la voz lo llamó una vez más, en tono áspero y perentorio:

—¡Hôîchi!

—¡Hai!—respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador—. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!

—No hay nada que temer —exclamó el desconocido con voz más mesurada—. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaséki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tubiway me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

En aquellos tiempos, difícilmente se hacía caso omiso a las órdenes de un samurái. Hôîchi se calzó las sandalias, tomó su biwa y se fue en pos del desconocido, quien lo guió con destreza aunque obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de hierro, y el rechinar de sus pasos mostraba que estaba completamente armado… quizá fuera un centinela de palacio. El temor de Hôîchi se disipó: comenzó a sospechar que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un “hombre de altísimo rango”, pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que undaimyôde la clase superior. El samurái no tardó en detenerse; y Hôîchi advirtió que habían llegado ante un amplio portal… lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal delAmidaji.

—¡Kaimon![4] —gritó el sirviente. Hubo un chirrido metálico y ambos siguieron adelante. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.

—¡Acercaos! —gritó el samurái—. Traigo a Hôîchi.

Entonces se sucedieron los pasos apresurados, el susurro de las mamparas, el rumor de las puertas correderas y el murmullo de las voces femeninas. Por el modo de hablar de las mujeres, Hôîchi advirtió que integraban la corte de algún señor de alcurnia, mas no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo para cavilar al respecto. Una vez que alguien lo ayudó a ascender por varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar las sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y resbaladizos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó por pisos de esterilla cuya superficie era asombrosa por la amplitud, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda era semejante al sonido de las hojas de un bosque. También escuchó un denso murmullo de voces que hablaban en tono muy bajo, cuyo lenguaje era el lenguaje de las cortes.

Dijéronle a Hôîchi que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón. En cuanto se colocó y afinó su instrumento, la voz de una mujer —quien, según imaginó Hôîchi, sería laRôjo, o matrona al cargo del personal femenino— se dirigió a él con estas palabras:

—Recítanos ahora la historia de los Heiké, acompañándote con tubiwa.

Declamar todo el poema habría requerido muchas noches; Hôîchi, por lo tanto, se aventuró a preguntar:

—Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que le recite?

La voz de la mujer respondió:

—Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que se destaca por su piedad[5].

Entonces Hôîchi elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de subiwaimitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, escuchaba voces elogiosas que murmuraban:

—¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hôîchi!

Esto le infundió nuevos ánimos, y tocó y cantó aún mejor que antes; y le respondió un profundo susurro de asombro. Mas cuando al fin llegó al adverso destino de los hermosos y los débiles, al estremecedor exterminio de los niños y las mujeres, y al salto de muerte de Nii-no-Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concurrentes profirieron un grito prolongado, unánime y conmovedor, al que siguieron gemidos y sollozos tan fuertes y feroces que el ciego sintió temor ante la violencia de la pena que había suscitado, pues llantos y gemidos continuaron durante largo rato. Pero gradualmente se fueron desvaneciendo las lamentaciones; y una vez más, en el hondo silencio que imperó a continuación, Hôîchi escuchó la voz de la mujer que, según él creía, era laRôjo.

Ésta le dijo:

—Aunque nos habían asegurado que eras muy diestro en la ejecución delbiwa, y que tu modo de cantar no resistía comparación, ignorábamos que alguien pudiera demostrar tanta destreza como la que esta noche nos has revelado. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Mas desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que continúe su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue en tu busca irá a por ti… Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaséki. Como él viaja de incógnito[6], es su voluntad que nadie se entere de lo que ocurre… Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.

Después que Hôîchi hubo expresado su debida gratitud, la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde el mismo samurái que lo había traído lo aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y allí se despidió de él.

Hôîchi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia, pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, lo supuso dormido. Hôîchi pudo descansar durante el día, y no hizo ningún comentario sobre su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurái volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hôîchi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, accidentalmente descubrieron su ausencia en el templo; y cuando regresó al amanecer el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en un tono de afable reconvención:

—Nos has causado gran ansiedad, amigo Hôîchi. Salir, a ciegas y a solas, a horas tan avanzadas, es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición. ¿Y dónde has estado?

—¡Perdonadme, querido amigo! —respondió evasivamente Hôîchi—. Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.

La reticencia de Hôîchi asombró al sacerdote antes de mortificarlo: esa actitud le pareció poco natural y despertó su suspicacia. Temió que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No formuló más preguntas, pero privadamente impartió instrucciones a los servidores del templo para que vigilaran los movimientos de Hôîchi y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.

A la noche siguiente observaron que Hôîchi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar al camino, Hôîchi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez… un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues el camino estaba en pésimas condiciones. Los hombres se apresuraron a internarse en las calles y a preguntar en todas las casas que Hôîchi solía frecuentar; sin embargo, nadie lo había visto. Finalmente, mientras regresaban al templo por el camino de la costa, los sorprendió el sonido de unbiwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio deAmidaji. A excepción de algunos fuegos fatuos —habituales en ese lugar en las noches tenebrosas—, no había en esa dirección sino espesas penumbras. Pero los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hôîchi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennô, tocando elbiway entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación deOni-bi.

—¡Hôîchi San! ¡Hôîchi San! —gritaron los sirvientes—. ¡Estás embrujado! ¡Hôîchi San!

Pero el ciego no parecía oírlos. Esforzábase en reproducir con elbiwarasgueos, crujidos y clamores, y su voz se enardecía al cantar la batalla de Dan-no-ura. Lo aferraron y gritáronle al oído.

—¡Hôîchi San! ¡Hôîchi San! ¡Acompáñanos en el acto!

Él les dirigió un severo reproche:


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—Interrumpirme de este modo, ante tan augusta asamblea, es por cierto intolerable.

Ante lo cual, pese a lo siniestro de la circunstancia, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hôîchi estaba embrujado, lo apresaron, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde en el acto lo despojaron de sus ropas húmedas, a instancias del sacerdote, lo cubrieron con otra vestimenta y le ofrecieron comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.

Hôîchi vaciló durante largo rato. Pero al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues, todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurái.

Díjole el sacerdote:

—¡Hôîchi, mi pobre amigo, estás en gran peligro! ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes! Tu maravillosa destreza musical te ha metido, por cierto, en extraños problemas. Es hora de que sepas que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas de los Heiké; y ante el monumento que evoca la memoria de Antoku Tennô esta noche te halló nuestra gente, sentado bajo la lluvia. Cuanto has experimentado no fue sino una ilusión… salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán pedazos. De todos modos, te hubiesen destruido, tarde o temprano… Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.

Antes del crepúsculo, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hôîchi; entonces, con sus pinceles, le trazaron sobre el pecho y la espalda, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies —y aun sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo—, el texto del sûtra sagrado que denominan “Hannya-Shin-Kyô”[7]. Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hôîchi de este modo:

—Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán. Pero, pase lo que pase, no respondas y no hagas movimiento alguno. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves, o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes; y ni sueñes con pedir ayuda… pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como te digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.

En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo; y Hôîchi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó elbiwaen el suelo, asumió una actitud meditativa, y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.

Al fin escuchó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda, y se interrumpieron, justo frente a él.

—¡Hôîchi! —llamó la voz hueca.

Pero el ciego contuvo el aliento y mantuvo su rigidez.

—¡Hôîchi! —repitió ásperamente la voz.

Y luego, por tercera vez, con ferocidad:

—¡Hôîchi!

Hôîchi permaneció inerte como una piedra. La voz gruñó:

—¡Nadie responde! ¡No importa…! Lo buscaré…

Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Lentamente, los pies se acercaron y se detuvieron ante Hôîchi. Hubo un largo intervalo de ominoso silencio, durante el cual Hôîchi sintió que todo su cuerpo se estremecía al ritmo acelerado de su corazón.

Al fin la voz ronca murmuró junto a él:

—Aquí está labiwa; pero de quien lo toca sólo veo… ¡Un par de orejas…! Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder… de él no quedan sino las orejas… Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible…

En ese instante, Hôîchi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por la carretera, y dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso; pero no se atrevía a levantar las manos.

El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre. Entonces vio a Hôîchi, sentado, en actitud meditativa, mientras de sus heridas aún fluía la sangre.

—¡Mi pobre Hôîchi! —exclamó el sacerdote, perplejo—. ¿Qué es esto…? ¿Te han herido…?

Al escuchar la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar, y en medio de sus lágrimas refirió su aventura nocturna.

—¡Pobre, pobre Hôîchi! —exclamó el sacerdote—. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa…! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados… ¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error por mi parte no haberme fijado si lo había hecho… Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora… ¡Alégrate, amigo mío! Ha terminado el peligro. Jamás volverán a perturbarte esos visitantes.

Gracias a la asistencia de un buen médico, Hôîchi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por todas partes y lo hizo famoso. Muchos nobles acudían a Akamagaséki para gozar de su arte; y Hôîchi recibió pródigas ofrendas en dinero, que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde que ocurrió su aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de “Mimi-nashi-Hôîchi”: Hôîchiel Desorejado.

[1] Los describe enKotto, y también habla de ellos en “La poesía de los fantasmas” (Véase la versión española de este texto enEl romance de la vía Láctea; Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951).(N. del T.)

[2] O Shimonoséki. La ciudad también se conoce con el nombre de Bakkan(N. del A.)

[3] Elbiwa, una especie de laúd de cuatro cuerdas, se usa ante todo en la recitación musical. En un principio, los trovadores profesionales que declamaban el “Heiké-Monogatari” y otras crónicas trágicas, eran llamadosbiwa-hôshi, o “sacerdotes del laúd”. El origen de esta denominación no es muy claro, pero es posible que la haya sugerido el hecho de que los “sacerdotes del laúd”, así como los masajistas ciegos, tuvieran el cráneo rasurado al igual que los sacerdotes budistas. Elbiwase toca con una especie de plectro llamadobachi, habitualmente hecho de cuerno.(N. del A.)

[4] Un término respetuoso para solicitar la apertura de una puerta. Solían usarlo los samurái cuando se dirigían a los guardias de una casa señorial que les permitiera la entrada(N. del A.)

[5] La frase también puede verterse: “pues la piedad que despierta ese pasaje es la más profunda”. La palabra japonesa del texto original que traduzco por “piedad” esawaré (N. del A.)

[6] “Viaja de incógnito” es, al menos, el significado de la frase original: “realiza un augusto viaje bajo disfraz”(shinobi no go-ryoko) (N. del A.)

[7] El breve Pragña-Pâramitâ-Hridaya-Sûtra recibe ese nombre en japonés. Tanto los sûtras más breves como los más largos conocidos como Pragña-Pâramitâ (“Sabiduría trascendental”) han sido traducidos por el difunto profesor Max Müller, y puede hallárselos en el volumen XLIX deSacred Books of the East(“Buddhist Mahâyâna Sûtras”). En cuanto al empleo mágico del texto, según se describe en esta historia, vale la pena destacar que el sûtra versa sobre la Doctrina de la Vacuidad de las Formas, es decir, sobre la irrealidad de todo numen o fenómeno. “La forma es vacuidad; y la vacuidad es forma. La vacuidad no difiere de la forma. Lo que es forma… eso es vacuidad. Lo que es vacuidad… eso es forma… La percepción, el nombre, el concepto y el conocimiento, también son vacuidad… No hay ni ojo ni oído ni nariz ni lengua ni cuerpo ni mente… Mas cuando ha sido aniquilada la envoltura de la conciencia, entonces él [el que procura librarse] se libera de todo temor y del alcance de las mutaciones, y goza al fin del Nirvana”.(N. del A.)

OSHIDORI

Había un cazador y halconero llamado Sonjô, que vivía en el distrito de Tamura-no-Gô, provincia de Mutsu. Un día salió de caza y no descubrió presa alguna. Pero en el camino de regreso, en un sitio llamado Akanuma, Sonjô vio un par deoshidori[1] (patos de los mandarines) que nadaban juntos en un río que él estaba a punto de cruzar. No está bien mataroshidori, pero Sonjô, acosado por el hambre, decidió dispararles. Su dardo atravesó al macho; la hembra se deslizó entre los juncos de la orilla opuesta y desapareció. Sonjô se apoderó del ave muerta, la llevó a casa y la cocinó.

Esa noche tuvo un sueño perturbador. Creyó ver una hermosa mujer que entraba en su cuarto, se erguía junto a su almohada y se echaba a llorar. El llanto era tan amargo que, al escucharlo, el corazón de Sonjô parecía desgarrarse. Y díjole la mujer: “¿Por qué? ¿Por qué lo mataste? ¿Qué mal te había hecho…? ¡Éramos tan felices en Akanuma… y tú lo mataste! ¿Qué daño te causó? ¿Te das cuenta siquiera de lo que has hecho? ¡Oh! ¿Te das cuenta del acto perverso y cruel que has perpetrado…? También me diste muerte a mí, pues no podré vivir sin mi esposo… Sólo vine para decirte esto”.

Y una vez más se echó a llorar en voz alta, con tal amargura que el sonido de su llanto penetró en los mismos tuétanos del cazador; y luego sollozó las palabras de este poema:

Hi kukuréba

Sasoêshi mono wo…

Akanuma no

Makomo no kuré no

Hitori-né zo uki!

[¡Al llegar el crepúsculo

lo invité a regresar junto a mí!

Ahora, dormir sola a la sombra

de los juncos de Akanuma…

¡ah!, ¡qué inefable desdicha![2]

Y luego de proferir estos versos exclamó: “Ah, no te das cuenta… ¡no puedes darte cuenta de lo que has hecho! Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…” Y con estas palabras, estremecida por el llanto, se alejó.

Al despertar por la mañana, Sonjô recordaba el sueño con tal vividez que sintió una profunda consternación. Evocó estas palabras: “Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…” Y resolvió ir allí en el acto, para averiguar si su sueño esa algo más que un sueño.

Dirigiose, pues, a Akanuma; al llegar junto a la margen del río, vio a laoshidorihembra, que nadaba a solas. En el mismo instante, el ave advirtió la presencia de Sonjô: pero, en lugar de darse a la fuga, nadó derecho hacia él, clavándole una mirada extraña y tenaz. Entonces, con el pico, súbitamente se desgarró el cuerpo y murió ante los ojos del cazador.

Sonjô se rasuró la cabeza y se hizo sacerdote.

[1] Desde la Antigüedad, en el Lejano Oriente, considérase a estas aves emblemas de afecto conyugal(N. del A.)

[2] El tercer verso ofrece una doble significación patética, pues las sílabas que componen el nombre propio Akanuma (Ciénaga Roja) también pueden leerseakanu-ma, o sea “el tiempo de nuestra inquebrantable (o deliciosa) unión”. De modo que el poema también puede verterse: “Al avanzar la oscuridad, yo lo invitaba a hacerme compañía… Ahora, después del tiempo de esta unión feliz, ¡qué desdicha para quien debe dormir sola a la sombra de los juncos!” Elmakomoes una especie de junco de gran tamaño, empleado en la confección de cestos.(N. del A.)

LA HISTORIA DE O-TEI

Hace mucho tiempo, en la ciudad de Niigata, provincia de Echizen, vivía un hombre llamado Nagao Chôsei.

Hijo de un médico, fue educado para ejercer la profesión de su padre. A temprana edad se había comprometido con una muchacha llamada O-Tei, hija de un amigo de su padre; y ambas familias habían acordado que la boda se realizaría apenas Nagao culminara sus estudios. Pero O-Tei adolecía de una frágil salud, y a los quince años fue atacada por una fatídica enfermedad. Cuando advirtió que su muerte era inevitable, llamó a Nagao para despedirse.

En cuanto él se arrodilló ante el lecho, díjole O-Tei:

—Querido Nagao-Sama, estamos mutuamente comprometidos desde nuestra más tierna infancia, y debíamos habernos casado a fines de este año. Pero voy a morir, y los dioses saben que es lo mejor para ambos. Si viviera algunos años más, sólo podría causar problemas y disgustos. Con este cuerpo débil, no podría ser una buena esposa; y el deseo de vivir, por tanto, para no abandonarte, sería un deseo muy egoísta. Estoy resignada a la muerte, y quiero que me prometas que no vas a lamentarla… Además, quiero decirte que volveremos a encontrarnos.

—Claro que sí —respondió Nagao con fervor—. Y en Tierra Pura no volveremos a distanciarnos.

—No, no —replicó ella con suavidad—. No me refiero a la Tierra Pura. Creo que estamos destinados a encontrarnos una vez más en este mundo… aunque mañana han de sepultarme.

Nagao la observó con perplejidad y advirtió que ella sonreía. O-Tei prosiguió, con voz lánguida y evanescente:

—Sí, quiero decir en este mundo… y en esta vida, Nagao-Sama. Siempre, por supuesto, que lo desees. Sólo que para que esto ocurra, nuevamente he de nacer y alcanzar la mayoría de edad. De modo que tendrías que esperar. Quince… dieciséis años; es mucho tiempo… Pero, prometido mío, sólo tienes diecinueve.

Nagao quiso aliviar su agonía y le respondió:

—Esperarte, prometida mía, es menos un deber que un motivo de júbilo. Estamos mutuamente ligados por el término de siete existencias.

—¿Pero dudas acaso? —inquirió ella, observándole el rostro.

—Querida mía —respondió él—, dudo si podré conocerte con otro cuerpo y con otro nombre… a menos que puedas darme alguna señal o contraseña.

—Eso no está en mi poder —dijo O-Tei—. Sólo los Dioses y los Budas saben cómo y cuándo nos encontraremos. Pero estoy segura, muy, muy segura, de que si tienes voluntad de recibirme, podré volver junto a ti… Recuerda estas palabras…


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Dejó de hablar, cerró los ojos. Estaba muerta.

Nagao había amado a O-Tei con sinceridad, y su pena fue muy profunda. Hizo confeccionar una tablilla mortuoria, inscribió en ella elzokumyô[1] de O-Tei, hizo colocar la tablilla en elbutsudan[2], y cada día le dedicó sus ofrendas. Mucho caviló sobre las palabras que O-Tei pronunciara antes de morir; y, con la esperanza de agradar a su espíritu, escribió la solemne promesa de desposarla si alguna vez regresaba a él con otro cuerpo. Lacró con su sello esta promesa y la colocó en elbutsudan, junto a la tablilla mortuoria de O-Tei.

No obstante, como Nagao era hijo único, fue necesario que contrajera matrimonio. Pronto se vio en la obligación de ceder ante la voluntad de su familia y de aceptar una esposa escogida por su padre. Una vez casado, no dejó de depositar sus ofrendas ante la tablilla de O-Tei; y jamás dejó de recordarla con afecto. Pero gradualmente la imagen de ella se oscureció en su memoria, como un sueño difícil de evocar. Y transcurrieron los años.

Esos años le depararon múltiples infortunios. La muerte le arrebató a sus padres, luego a su esposa y a su único hijo. De modo que se halló solo en el mundo. Abandonó su desolado hogar y emprendió una larga travesía con la esperanza de olvidar sus penas.

Un día, en el curso de sus viajes, llegó a Ikao, una aldea de montaña, aún famosa por sus fuentes termales y por el hermoso paisaje que la rodea. Se detuvo en una posada, donde lo atendió una muchacha; y Nagao, al ver el rostro de la joven, sintió que su corazón latía como no lo había hecho jamás. Tanto se parecía a O-Tei que el viajero se pellizcó para convencerse de que no estaba soñando. Mientras ella iba y venía —preparando el fuego, sirviendo la comida, arreglando el cuarto del huésped—, Nagao evocó, en cada uno de sus gestos y actitudes, la graciosa imagen de la muchacha que había amado en su juventud. Le habló; ella le respondió con una voz suave y diáfana, cuya dulzura lo abrumó con la tristeza de tiempos pasados.

Al fin, muy intrigado, la interrogó de este modo:

—Hermana, os parecéis tanto a una persona que conocí hace mucho tiempo, que recibí una gran sorpresa cuando entrasteis a esta habitación. Disculpadme, pues, si os pregunto dónde nacisteis y cuál es vuestro nombre.

De inmediato —con la inolvidable voz de la muerta— ella respondió:

—Mi nombre es O-Tei; y tú eres Nagao Chôsei de Echigo, mi prometido. Hace diecisiete años fallecí en Niigata; luego tú me hiciste una promesa por escrito, diciendo que me desposarías si yo regresaba a este mundo con cuerpo de mujer, y lacraste esta promesa con tu sello, y la colocaste en elbutsudan, junto a la tablilla en que está inscrito mi nombre. Y por eso he vuelto.

Dijo estas últimas palabras, y se desmayó.

Nagao la desposó y compartieron un dichoso matrimonio. Pero ella jamás pudo recordar cuál había sido su respuesta en Ikao; nada recordaba, asimismo, de su previa existencia. La memoria de su vida anterior —enigmáticamente encendida en el momento del encuentro— había vuelto a apagarse, y así permaneció a partir de entonces.

[1] El vocablo budistazokumyô(nombre profano) alude al nombre personal que se lleva durante la vida, en contraposición alkaimyô(nombre sagrado) ohomyô(nombre legal) que se otorga después de la muerte, apelativos religiosos póstumos que se inscriben sobre la tumba y la tablilla mortuoria que se deposita en el templo. Véase mi artículo “The Literature of the Dead” enExotics and Retrospectives (N. del A.)

[2] Altar budista doméstico(N. del A.)

UBAZAKURA

Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Osengôri, provincia de Iyô, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito, y elmuraosa, o jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la divinidad Fudô Myô Ô, que tenía un famoso templo, llamado Saihôji, en Asamimura.

Sus plegarias no fueron desoídas: la mujer de Tokubei dio a luz una hija. La niña era muy bonita, y recibió el nombre de O-Tsuyu. Como la leche de la madre era deficiente, tomaron una nodriza, llamada O-Sodé, para alimentar a la pequeña.

O-Tsuyu, con el tiempo, se transformó en una hermosa muchacha; pero a los quince años cayó enferma y los médicos juzgaron irremediable su muerte. La nodriza O-Sodé, quien amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo de Saihôji y fervorosamente le rogó a Fudô-Sama por la salud de la niña. Todos los días, durante quince días, acudió al templo y oró; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recobró súbita y totalmente.

Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei; y éste ofreció una fiesta a los amigos para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta O-Sodé cayó súbitamente enferma; y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.

Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:

—Es hora de que os diga algo que ignoráis. Mi plegaria ha sido escuchada. Solicité a Fudô-Sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu; y este gran favor me ha sido otorgado. Por tanto, no debéis deplorar mi muerte… Pero quiero pediros algo. Le prometí a Fudô-Sama que haría plantar un cerezo en el jardín de Saihôji, en señal de gratitud y conmemoración. Ahora no podré plantarlo con mis propias manos: os ruego, pues, que lo hagáis por mí… Adiós, amigos míos; y recordad que me alegró morir por O-Tsuyu.

Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo —el mejor que pudieron encontrar— en el jardín de Saihôji. El árbol creció y floreció; y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente —el aniversario de la muerte de O-Sodé— se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años —siempre el día decimosexto del mes segundo—; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino, y parecían rezumar leche. Y la gente los llamóUbazakura, el Cerezo de la Nodriza.

DIPLOMACIA

Según las órdenes, la ejecución debía llevarse a cabo en el jardín delyashiki. De modo que condujeron al hombre al jardín y lo hicieron arrodillar en un amplio espacio de arena atravesado por una hilera detobiishi, o pasaderas, como las que aún suelen verse en los jardines japoneses. Tenía los brazos sujetos a la espalda. La servidumbre trajo baldes con agua y sacos de arroz llenos de piedras; y se apilaron los sacos alrededor del hombre en cuclillas, de tal forma que éste no pudiera moverse. Vino el señor y observó los preparativos. Los halló satisfactorios y no hizo observaciones.

Súbitamente gritó el condenado:

—Honorable señor, la falta por la que me habéis sentenciado no fue cometida con malicia. Fue sólo causa de mi gran estupidez. Como nací estúpido, en razón de mi karma, no siempre pude evitar ciertos errores. Pero matar a un hombre por ser estúpido es una injusticia… y esa injusticia será enmendada. Tan segura como mi muerte ha de ser mi venganza, que surgirá del resentimiento que provocáis; y el mal con el mal será devuelto…

Si se mata a una persona cuando ésta padece un gran resentimiento, su fantasma podrá vengarse de quien causó esa muerte. El samurái no lo ignoraba. Replicó con suavidad, casi con dulzura:

—Te dejaremos asustarnos tanto como gustes… después de muerto. Pero es difícil creer que tus palabras sean sinceras. ¿Podrías ofrecernos alguna evidencia de tu gran resentimiento una vez que te haya decapitado?

—Por supuesto que sí —respondió el hombre.

—Muy bien —dijo el samurái, desnudando la espada—; ahora voy a cortarte la cabeza. Frente a ti hay una pasadera. Una vez que te haya decapitado, trata de morder la piedra. Si tu airado fantasma puede ayudarte a realizar ese acto, por cierto que nos asustaremos… ¿Tratarás de morder la piedra?

—¡La morderé! —gritó enfurecido el hombre—. ¡La morderé! ¡La morde…!

Hubo un destello, un silbido y un ruido sordo: el cuerpo se inclinó hacia los sacos de arroz, mientras dos chorros de sangre brotaban del cuello mutilado… y la cabeza rodó por la arena. Rodó con pesadez hacia la piedra: entonces, con un salto imprevisto, aferró el borde de la piedra entre los dientes, la mordió con desesperación, y cayó inerte.

Nadie habló; pero los sirvientes contemplaron horrorizados a su amo. Éste no pareció perder la calma. Se limitó a alcanzarle la espada al servidor más próximo, quien, con un cazo de madera, echó agua de un extremo a otro de la hoja y luego refregó el acero cuidadosamente, con hojas de fino papel… Y así culminó la parte ceremonial de este incidente.

Durante varios meses, todos los servidores del samurái vivieron incesantemente atemorizados por la eventual aparición del espectro. Nadie dudaba de que la prometida venganza iba a cumplirse; y el constante terror que los agobiaba les hacía ver y oír muchas cosas inexistentes. El rumor del viento entre los bambúes, las sombras que se agitaban en el jardín, cualquier cosa bastaba para asustarlos. Al fin llegaron a un acuerdo y decidieron solicitarle al amo que se realizara una ceremoniaSégaki[1] en honor del vengativo espíritu.

—Es absolutamente innecesario —dijo el samurái, cuando el jefe de sus servidores hubo expresado tal deseo—. Entiendo que la voluntad de un hombre a punto de morir puede ser causa de temor. Pero no hay nada que temer en este caso.

El servidor contempló al amo con ojos implorantes, pero vaciló en indagar la razón de esta asombrosa confidencia.

—Oh, la razón es muy simple —declaró el samurái, quien adivinó la duda que había suscitado—. Sólo la última intención de ese hombre pudo ser peligrosa; y cuando yo lo desafié a ofrecerme una evidencia, distraje su mente del anhelo de venganza. Murió concentrándose en el propósito de morder la piedra; y pudo llevar a cabo ese propósito, en efecto, pero ningún otro. Olvidad el resto… no hay razón alguna para inquietarse.

Y, de hecho, el muerto jamás acudió a perturbarlos.

[1] El servicioSégakies una ceremonia budista especial que se consagra a las criaturas que supuestamente han entrado en la condición degaki(pretas) o espíritus hambrientos. Véase una breve referencia en mi libroA Japanese Miscellany (N. del A.)

EL ESPEJO Y LA CAMPANA

Hace ocho siglos, los sacerdotes de Mugenyama, provincia de Tôtômi, quisieron fabricar una gran campana para su templo, y les pidieron a las mujeres de la comarca que los ayudaran mediante la donación de viejos espejos de bronce para la fundición.

[Aún hoy, en los patios de ciertos templos japoneses, se ven pilas de viejos espejos de bronce donados para propósitos semejantes. La colección más vasta que pude observar estaba en el patio de un templo de la secta Jôdo, en Hakata, Kyûshû: los espejos se habían donado para la erección de una estatua de bronce de Amida, de treinta y tres pies de alto.]

Había entonces una joven, esposa de un granjero, que vivía en Mugenyama, y que llevó su espejo al templo para que lo fundieran. Pero más tarde deploró la pérdida del espejo. Recordó las cosas que su madre le había contado respecto a él, y también recordó que no sólo había pertenecido a su madre, sino a la madre y a la abuela de su madre; y recordó algunas sonrisas felices que el espejo había reflejado. Por supuesto, con haberles ofrecido cierta suma de dinero a los sacerdotes a cambio del espejo, habría podido pedirles que se lo devolvieran. Pero carecía del dinero necesario. Al asistir al templo, veía su espejo en el patio, detrás de una verja, entre centenares de espejos. Lo reconoció por elShô-Chiku-Baigrabado en relieve al dorso, los tres dichosos emblemas del Pino, el Bambú, y la Flor de Ciruelo, que habían deleitado sus ojos de niña cuando su madre se los mostró por primera vez. La joven anhelaba una oportunidad para robar el espejo y ocultarlo… luego podría conservarlo para siempre. Pero esa oportunidad no se presentaba; la acosó la infelicidad; lamentó haber cedido voluntariamente una parte de su propia vida. Pensó en el viejo dicho que afirma que un espejo es el Alma de una Mujer (dicho místicamente expresado en el dorso de muchos espejos de bronce mediante el ideograma chino que representa el Alma), y temió que esto fuera cierto de un modo harto más inquietante que el que supusiera jamás. Mas a nadie se atrevía a confiarle su pena.

Pero cuando todos los espejos donados para la campana de Mugenyama fueron enviados a la fundición, los fundidores descubrieron que uno de ellos se negaba a derretirse. Pese a sus reiterados esfuerzos, el espejo se resistía. Era evidente que la mujer que había ofrecido esa donación al templo se había arrepentido de ella. No había realizado la ofrenda de todo corazón; y su alma egoísta, aún aferrada al espejo, lo mantenía sólido y frío en el centro del horno.

Por supuesto que todo el mundo llegó a enterarse, y que todo el mundo no tardó en saber de quién era ese espejo. Y esta pública exposición de su culpa secreta sumió a la pobre mujer en la vergüenza y la ira. Incapaz de soportar la humillación, optó por ahogarse, tras redactar una carta de despedida que contenía estas palabras:

“Cuando yo haya muerto, no será difícil fundir el espejo y forjar la campana. Pero, a aquella persona que quiebre la campana al tañerla, mi espíritu le otorgará grandes riquezas.”

Aclararé que a la última promesa o voluntad de quien muere presa de la ira, o se suicida presa de la ira, suele adjudicársele un poder sobrenatural. Una vez fundido el espejo de esa mujer, una vez forjada la campana, la gente recordó las palabras que contenía esa carta. No dudaba de que el espíritu de quien las había redactado ofrecería grandes riquezas a quien quebrase la campana; y, en cuanto ésta fue colgada en el patio del templo, una multitud acudió a tocarla. Agitaban el badajo con todas sus fuerzas; pero la campana resultó ser de excelente calidad, y resistió con firmeza todos los asaltos. La gente, empero, no se desalentaba fácilmente. Día tras día y hora tras hora, tañía la campana con ferocidad, sin prestar atención a las protestas de los sacerdotes. Los tañidos se convirtieron en un tormento; los sacerdotes no pudieron soportarlos; y se deshicieron de la campana, precipitándola a una ciénaga desde una colina. La profunda ciénaga la devoró… y ése fue el fin de la campana. Sólo perdura su leyenda; y en esa leyenda se la llama laMugen-Kané, o Campana de Mugen.


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Existen extrañas y antiguas creencias japonesas con respecto a la eficacia mágica de una cierta operación mental implicada, aunque no descrita, por el verbonazoraêru. No hay palabra inglesa que pueda traducirla con exactitud, pues se la emplea en relación a múltiples tipos de magia mimética, no menos que en la ejecución de ciertos actos de fe religiosa. Los significados ordinarios denazoraêru, según los diccionarios, son “imitar”, “comparar”, “asemejar”; pero el significado esotérico es: “sustituir, en la imaginación, un objeto o acción por otro, con el fin de obtener un resultado mágico o milagroso”[1].

Por ejemplo: uno no puede costear la edificación de un templo budista, pero nada le impide depositar un guijarro ante la imagen del Buda, con la misma piedad que a uno lo urgiría a edificar un templo si contara con la fortuna para hacerlo. El mérito de esa ofrenda resulta idéntico, o casi idéntico, al mérito de la erección de un templo… Uno no puede leer los seis mil setecientos setenta y un volúmenes de los textos budistas; pero puede hacer una estantería giratoria que los contenga, y hacerlos girar alrededor de uno como un torno. Si en cada empujón palpita el firme deseo que se aplicaría a la lectura de los seis mil setecientos setenta y un volúmenes, uno adquiere tanto mérito como si los hubiese leído… Acaso esto baste para explicar los significados religiosos denazoraêru.

Los significados mágicos sólo podrían explicarse en su totalidad mediante una gran variedad de ejemplos; pero, para nuestro propósito, serán suficientes los siguientes. Si se confecciona un hombrecillo de paja (por los mismos motivos que incitaron a la Hermana Helena[2] a hacer un hombrecillo de cera) al que luego se clava, con clavos de no menos de cinco pulgadas de largo, a un árbol del huerto de un templo, a la Hora del Buey, la muerte, precedida por una atroz agonía, de la persona imaginariamente representada por ese hombrecillo… eso ilustraría el significado denazoraêru… O bien, supongamos que un ladrón entra a nuestra casa durante la noche, y se lleva nuestros bienes. Si descubrimos sus huellas en el jardín, y en el acto quemamos una gran moxa sobre cada una de ellas, se inflamarán las plantas de los pies del ladrón, que no tendrá reposo hasta que vuelva, por propia voluntad, a ponerse a vuestra merced. Ésa es otra especie de magia mimética expresada por el vocablonazoraêru. Las diversas leyendas sobre la Mugen-Kané nos brindarán un tercer ejemplo.

Una vez que la ciénaga engulló la campana, no quedó, por supuesto, más ocasión de tañerla para quebrarla. No obstante, las personas que lamentaban la pérdida de tal oportunidad, optaron por golpear y quebrar objetos que imaginariamente sustituían a la campana… así esperaban complacer al espíritu de la dueña del espejo que tantos inconvenientes había causado. Una de estas personas fue una mujer llamada Umégaê, famosa en las leyendas japonesas en razón de sus relaciones con Kajiwara Kagésué, un guerrero del clan Heiké. Mientras la pareja estaba de viaje, Kajiwara un día se vio en serios problemas por falta de dinero, y Umégaê, recordando la tradición de la campana de Mugen, tomó una bacía de bronce, y transformándola mentalmente en una representación de la campana, la golpeó hasta romperla, solicitando, al mismo tiempo, trescientas piezas de oro. Un huésped de la posada donde estaba la pareja inquirió la causa de los golpes y los gritos, y, al enterarse de cuál era el problema, le regaló a Umégaê trescientosryôde oro. Más tarde circuló una canción sobre la bacía de bronce de Umégaê; aún hoy la cantan las bailarinas:

Umégaê no chôzubachi tutaîte

O-Kané da déru naraba,

Mina San mi-uké wo

Sôre tanomimasu

[Si, golpeando la bacía de Umégaê,

pudiera obtener honorable dinero,

negociaría entonces

la libertad de mis compañeras.]

Este acontecimiento acrecentó la fama de la Mugen-Kané; y muchos siguieron el ejemplo de Umégaê, con la esperanza de emular su suerte. Entre ellos hubo un granjero disoluto que vivía cerca de Mugenyama, en las riberas del Oîgawa. Este granjero, que había derrochado sus bienes en el libertinaje, elaboró una reproducción de la Mugen-Kané con el barro de su jardín; golpeó la campana de arcilla y la quebró, solicitando a gritos una gran fortuna.

Entonces surgió ante él la imagen de una mujer vestida de blanco, cuyo cabello flotaba al viento, con un cántaro cerrado en la mano. Díjole a la mujer:

—Vine para responder a tu fervorosa plegaria según ésta merece. Toma, pues, este cántaro.

Con estas palabras, le dejó el cántaro en la mano y desapareció.

El hombre se precipitó a la casa radiante de felicidad, y le refirió la buena noticia a su mujer. Depositó ante ella el cántaro —que era pesado— y lo abrieron juntos. Y descubrieron que estaba lleno, justo hasta el borde, de…

¡Pero no…! Realmente no puedo decir de qué estaba lleno.

[1] El problema de traducción es extensible, naturalmente, a la lengua española (N. del T.)

[2] Alusión al poema de Dante Gabriel Rossetti “Sister Helen”(N. del T.)

JIKININKI

Una vez, Musô Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadasanjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musô se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musô la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.

Musô se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musô había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musô se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizáronse entonces las puertas correderas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo:

—Venerable señor, es mi penoso deber informaros que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando vos llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodaros de ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.

Musô respondió:

—Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, por cierto que no lo estaba al punto de hallar dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi persona.

Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de la casa:

—Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por la mañana.

Todos dejaron la casa salvo el sacerdote, quien se dirigió al aposento donde yacía el cadáver. Habían depositado ante éste las habituales ofrendas; ardía untômyô, una pequeña lámpara budista. El sacerdote recitó las correspondientes plegarias, ejecutó las ceremonias fúnebres, y entró luego en profunda meditación. Así permaneció durante varias horas; ni un sonido alteró la paz de la aldea desierta. Pero en lo más hondo de la nocturna quietud, una Forma, vaga y de gran tamaño, entró sigilosamente; y en ese mismo instante Musô se vio privado del habla y el movimiento. Vio que la Forma se apoderaba del cadáver, como si tuviera manos, y lo devoraba con más rapidez que un gato al comer una rata; comenzó por la cabeza y luego prosiguió por partes: el pelo, los huesos y aun el sudario. Y esa Criatura monstruosa, tras consumir el cadáver, se volvió hacia las ofrendas y también las devoró. Luego se fue tan misteriosamente como había venido.

Los aldeanos, al regresar por la mañana, hallaron al sacerdote ante las puertas de la casa. Todos lo saludaron; y al entrar y mirar en torno, nadie expresó sorpresa alguna ante la desaparición del cadáver y las ofrendas. Pero el dueño de la casa le dijo a Musô:

—Venerable señor, acaso hayáis visto cosas desagradables durante vuestra estancia: temimos todos por vos. Pero ahora nos place hallaros sano y salvo. De buena gana nos habríamos quedado, de haber sido posible. Pero las leyes de nuestra aldea, según os informé anoche, nos ordenan abandonar las casas después de un fallecimiento y dejar el cadáver a solas. Cada vez que se infringió esta ley, sobrevino una enorme desgracia. Cada vez que se la obedece, hallamos que el cadáver y las ofrendas desaparecen durante nuestra ausencia. Acaso hayáis visto la causa.

Entonces Musô le habló de la Forma tenue y horrible que había entrado en la cámara mortuoria para devorar el cuerpo y las ofrendas. A nadie pareció sorprender esta narración; y el dueño de la casa señaló:

—Lo que nos acabáis de referir, venerable señor, coincide con cuanto se ha dicho al respecto desde antiguo.

Musô entonces preguntó:

—¿El monje de la colina no suele realizar los servicios fúnebres para vuestros muertos?

—¿Qué monje? —preguntó el joven.

—El monje que ayer por la noche me indicó esta aldea —responció Musô—. Llegué hasta suanjitsu, que está en la colina. Rehusó alojarme, pero me dijo cómo llegar aquí.

Todos se miraron entre sí con expresión atónita; y, tras un instante de silencio, el dueño de la casa declaró:

—Venerable señor, en la colina no hay monje nianjitsualguno. Hace muchas generaciones que ningún monje reside en esta comarca.

Musô no dijo nada más al respecto, pues era evidente que sus amables anfitriones lo juzgaban víctima de alguna ilusión sobrenatural. Pero en cuanto se despidió, no sin procurarse la información necesaria para proseguir su camino, decidió buscar la ermita de la colina para confirmar si había sufrido o no un engaño. Halló elanjitsusin dificultad; y esta vez el anciano lo invitó a acompañarlo. En cuanto Musô entró, el eremita hizo una humilde reverencia y exclamó:

—¡Ah! ¡Vergüenza de mí…! ¡Gran vergüenza sobre mí…! ¡Terrible vergüenza sobre mí!

—No debéis avergonzaros por haberme negado alojamiento —dijo Musô—. Me indicasteis la aldea vecina, donde fui recibido con suma amabilidad; y os agradezco ese favor.

—A nadie puedo ofrecer alojamiento —respondió el recluso—, y no es mi negación lo que me avergüenza. Me avergüenza que me hayáis visto en mi verdadera forma… pues fui yo quien devoró el cadáver y las ofrendas ante vuestros propios ojos… Sabed, venerable señor, que soy unjikininki[1], un devorador de carne humana. Compadecedme y permitidme confesar la secreta falta que me redujo a esta condición.

“Hace mucho, mucho tiempo, yo era sacerdote en esta desolada región. No había otro sacerdote en leguas a la redonda. De modo que, en esa época, los montañeses solían traer aquí los cuerpos de los que habían muerto (a veces desde parajes distantes) para que yo cumpliera con los servicios sagrados. Pero yo no cumplía estos servicios y no realizaba los ritos sino por afán de lucro; sólo pensaba en la comida y las vestimentas que podía obtener mediante mi sacra profesión. Y a causa de este impío egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, comojikininki. Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la gente que muere en esta comarca: a todos debo devorarlos del modo que anoche presenciasteis… Ahora, venerable señor, permitidme que os ruegue que realicéis un sacrificioSégakipara mí: ayudadme mediante vuestras plegarias, os lo imploro, para que no tarde en liberarme de esta espantosa existencia…”

En cuanto el eremita hizo esta solicitud desapareció; y también desapareció la ermita, en el mismo instante. Y Musô Kokushi se halló a solas, de rodillas en el pastizal, junto a un sepulcro antiguo y enmohecido, con la forma que llamango-rin-ishi[2], que parecía ser la tumba de un sacerdote.

[1] Literalmente, duende devorador de hombres. El narrador japonés también da el vocablo sánscrito,Râkshasa; pero esta palabra es tan vaga comojikininki, pues hay muchas variedades de Râkshasas. Aparentemente la palabrajikininkiaquí significa uno de losBara-mon-Rasetsu-Gaki, que conforman las veintiséis clases de pretas enumeradas en los antiguos libros budistas(N. del A.)


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[2] Literalmente, “piedra de cinco círculos (o cinco zonas)”, monumento funerario que consiste en cinco partes superpuestas —cada una de diversa forma—, que simbolizan los cinco elementos místicos: el Éter, el Aire, el Fuego, el Agua, la Tierra(N. del A.)

MUJINA

En el camino de Akasaka, en Tokio, hay una cuesta llamada Kii-no-kuni-zaka, es decir, la Cuesta de la Provincia de Kii. Ignoro por qué se llama la Cuesta de la Provincia de Kii. A un lado de la cuesta hay un antiguo foso, muy profundo y muy ancho, cuyas verdes orillas se elevan hasta una zona de jardines; y al otro lado del camino se extienden las largas e imponentes murallas de un palacio imperial. Antes de la época de los faroles callejeros y lasjinrikishas, este paraje era muy solitario durante la noche; y los peatones que viajaban a horas tardías preferían desviarse varias millas antes de ascender el Kii-no-kuni-zaka a solas, después del crepúsculo.

Todo a causa de una Mujina que solía pasearse por el lugar.

El último hombre que vio a la Mujina fue un viejo mercader del barrio Kyôbashi, muerto hace treinta años. Ésta es la historia tal como él la refirió:

Una noche, a horas tardías, el mercader ascendía el Kii-no-kuni-zaka, cuando vio a una mujer en cuclillas junto al foso; estaba sola y lloraba con amargura. Temiendo que la mujer quisiera ahogarse, él se detuvo para ofrecerle cuanta ayuda o consuelo estuviera en sus manos. Ella vestía con elegancia, y tenía un aspecto grácil y ligero; llevaba el cabello peinado como el de una joven de buena familia.

—O-jochû[1] —exclamó el mercader, acercándose—,O-jochû, no lloréis de ese modo… Decidme qué os aqueja, y si hay algún modo de ayudaros, yo me ofreceré gustoso.

(El mercader era sincero en sus palabras, pues era hombre de buen corazón). Pero ella continuó llorando y ocultaba el rostro en una de sus amplias mangas.

—O-jochû —repitió el mercader con dulzura—, os ruego que me escuchéis. Este lugar, a estas horas, no conviene a una dama. ¡No lloréis, os lo imploro! ¡Sólo decidme cómo puedo ayudaros!

Ella se incorporó con lentitud, pero le volvió la espalda y prosiguió con sus gemidos y sollozos. Él le puso la mano sobre el hombro, rogándole:

—¡O-jochû! ¡O-jochû! ¡O-jochû!

Entonces laO-jochûse volvió, apartó la manga y se golpeó la cara con la mano; y el hombre vio que en ese rostro no había ojos ni boca ni nariz… y se alejó con un alarido.

Subió por el Kii-no-kuni-zaka, corriendo sin cesar, cercado por la desierta tiniebla. Corría sin atreverse a mirar atrás; y al fin vio una luz, tan distante que parecía el destello de una luciérnaga; se dirigió hacia ella. No era sino el farol de un vendedor ambulante desoba[2], quien había acampado junto al camino; pero cualquier luz y cualquier compañía humana era bienvenida después de semejante experiencia; y el mercader se arrojó a los pies del vendedor desoba, sin dejar de gemir.

—¡Koré! ¡Koré!—exclamó el vendedor—. ¡Basta! ¿Qué le ocurre? ¿Alguien le atacó?

—No… nadie me atacó —jadeó el otro—… sólo que… ¡Ah! ¡Ah!

—¿Sólo lo asustaron? —preguntó el vendedor con brusquedad—. ¿Salteadores?

—No, salteadores no, salteadores no —musitó el aterrado mercader—. Vi… vi una mujer… junto a la fosa… y me mostró… ¡Ah!, no puedo decirle lo que me mostró…

—¡Eh! ¿Era algo parecido a esto lo que le mostró? —gritó el vendedor desoba, golpeándose la cara. Ésta se transformó en un Huevo. Y, simultáneamente, se apagó la luz.

[1]O-jochû(honorable damisela): una fórmula de cortesía empleada al dirigirse a una joven desconocida(N. del A.)

[2]Sobaes una comida preparada a base de alforfón, algo parecida a los fideos(N. del A.)

ROKURO-KUBI

Hace casi quinientos años había un samurái, llamado Isogai Hêîdazaêmon Takétsura, al servicio del señor Kijuki, de Kyûshû. Este Isogai había heredado, de múltiples ancestros guerreros, una aptitud natural para los ejercicios militares, así como un extraordinario vigor. Ya en la infancia excedía a sus maestros en el arte de la espada, en el manejo del arco y de la lanza, y hacía gala de todas las virtudes de un soldado diestro y audaz. Más tarde, en épocas de la guerra de los Eikyô[1], se distinguió a tal punto que fue merecedor de grandes honores. Mas, al abatirse la ruina sobre la estirpe de los Kijuki, Isogai se quedó sin amo. Pudo haber entrado sin dificultad al servicio de otrodaimyô;pero como jamás había procurado la gloria en beneficio propio, y como su corazón permanecía fiel a su antiguo señor, prefirió abjurar del mundo. Se rasuró el cabello y se hizo monje viajero, adoptando el nombre budista de Kwairyô.

Pero, bajo lakoromo[2] del sacerdote, Kwairyô conservó siempre un ardiente corazón de samurái. Si anteriormente había desdeñado las asechanzas del enemigo, también ahora se burlaba del peligro; y viajó, bajo cualquier clima y en cualquier estación, para predicar la buena Ley en regiones donde ningún sacerdote se habría aventurado. Pues eran épocas de violencia y desorden; y en los caminos no había seguridad para el viajero solitario, aunque se tratara de un monje.

En el curso de su primer viaje largo, Kwairyô tuvo ocasión de visitar la provincia de Kai. Una noche, mientras atravesaba las montañas de esa provincia, la oscuridad lo sorprendió en un paraje muy solitario, a varias leguas de cualquier aldea. De modo que se resignó a pasar la noche a la intemperie; halló un pastizal apropiado junto al camino, y se preparó para dormir. Habituado a una vida rigurosa, aun la roca desnuda era un buen lecho para él, a falta de algo mejor, y la raíz de un pino, una almohada excelente. Su cuerpo era de hierro, y jamás lo inquietaban el rocío, la lluvia, el granizo o la nieve.

Acababa de acostarse cuando un hombre apareció en el camino, con un hacha y un haz de leña recién cortada. El leñador se detuvo al ver a Kwairyô en el suelo y, después de observarlo un instante sin decir palabra, exclamó con enfático tono de asombro:

—¿Qué clase de hombre sois, buen señor, que os atrevéis a dormir solo en semejante lugar? Aquí abundan los espectros… ¿No teméis a las Criaturas Velludas?

—Amigo mío —respondió animosamente Kwairyô—, soy sólo un monje errabundo, un “Huésped del Agua y de las Nubes”, como dice la gente:Un-sui-noryokaku. Y no temo en absoluto a las Criaturas Velludas… si te refieres a las zorras, los tejones, o duendes de esa especie. En cuanto a los lugares solitarios, me gustan: son propicios a la meditación. Estoy acostumbrado a dormir al aire libre: y he aprendido a no padecer ansiedades.

—Sin duda sois hombre de coraje, señor monje —respondió el leñador—. ¡Acostaros aquí! Este sitio tiene mala reputación… muy mala. Pero, como dice el proverbio,Kunshi ayakuki ni chikayorazu(El hombre superior no se expone innecesariamente al peligro), y os aseguro, señor, que dormir aquí es muy peligroso. Por tanto, aunque mi hogar es sólo una choza maltrecha y desvencijada, permitidme rogaros que me acompañéis en el acto. Nada puedo ofreceros para comer, pero al menos tendréis un techo bajo el cual dormiréis sin riesgo.

Habló con firmeza, y Kwairyô, conmovido por la amabilidad de este hombre, aceptó su modesta oferta. El leñador lo guió por un estrecho sendero que salía del camino principal para internarse en la foresta de la montaña. Era un sendero áspero y peligroso: ya bordeaba profundos precipicios, ya se limitaba a una red de resbaladizas raíces, ya afrontaba rocas filosas y abruptas. Pero al fin Kwairyô se halló en el claro de la cima de un monte, bajo el esplendor de la luna; y vio ante él una choza pequeña y desvencijada, en cuyo interior brillaba una luz alegre. El leñador lo condujo a un establo detrás de casa, donde el agua de un arroyo cercano afluía mediante canales de bambú; y los dos hombres se lavaron los pies. Detrás del establo había un huerto y un bosquecillo de cedros y bambúes; y detrás de los árboles relucía una cascada, despeñándose desde las rocas para mecerse a la luz de la luna como un tenue sudario.

Al entrar a la cabaña, Kwairyô vio cuatro personas —hombres y mujeres— que se calentaban las manos ante una pequeña hoguera que ardía en elro[3] del cuarto principal. Todos se inclinaron ante el sacerdote, saludándolo con sumo respeto. Sorprendiose Kwairyô de que gentes tan humildes y apartadas conocieran las fórmulas de la cortesía.

“Ésta es gente bondadosa —pensó para sí—, y alguien que conocía las normas de la hospitalidad ha de habérselas enseñado”.

Luego, volviéndose a su anfitrión —elarujio señor de la casa, como lo llamaban los demás—, dijo Kwairyô:

—De la delicadeza de tu lenguaje, así como de la cordial bienvenida que me ofrece tu gente, infiero que no siempre has sido leñador. ¿Acaso serviste alguna vez a un señor de rango?

El leñador, sonriente, respondió:

—No os equivocáis, señor. Aunque ahora vivo en las condiciones que veis, fui en otro tiempo persona de cierta distinción. Mi historia es la historia de una vida arruinada, y arruinada por mi propia culpa. Yo estaba al servicio de undaimyô, y ocupaba un puesto nada desdeñable. Pero amaba en exceso las mujeres y el vino; e, incitado por la pasión, actué con malevolencia. Mi egoísmo provocó la ruina de nuestra casa, y también innumerables muertes. Mis males pronto se vieron compensados, y durante mucho tiempo fui un fugitivo en la tierra. Hoy ruego con frecuencia para expiar mi maldad, e intento erigir una vez más el hogar de mis ancestros. Aunque temo que jamás halle el modo de lograrlo. Trato, no obstante, de superar el karma de mis errores mediante un sincero arrepentimiento, y mediante la ayuda que pueda brindar a quienes padecen infortunio.

Kwairyô, a quien agradó esta resolución de hacer el bien, díjole alaruji:

—Amigo mío, he tenido ocasión de observar que los hombres, víctimas del frenesí en la juventud, pueden alcanzar en años posteriores una vida recta. En los sûtras sagrados está escrito que quienes abrazan el mal con más fervor pueden convertirse, si cuentan con una firme voluntad, en quienes con más fervor ejerzan el bien. No dudo de tu buen corazón; y espero que te aguarde una fortuna más favorable. Esta noche recitaré los sûtras en tu honor, y rogaré para que obtengas la fuerza que te permita superar el karma de tus errores pretéritos.

Con estas declaraciones Kwairyô se despidió de su anfitrión; elarujilo guió hasta un pequeño cuarto lateral, donde habían preparado una cama. Todos se durmieron salvo el sacerdote, quien comenzó a leer los sûtras a la luz de un farolillo de papel. Persistió en sus lecturas y plegarias hasta horas tardías; luego abrió una ventana de su pequeño dormitorio para contemplar por última vez el paisaje antes de acostarse. La noche era hermosa: no había nubes en el cielo, no había viento, y los acerados rayos lunares proyectaban nítidas y negras formas desde el bosque, y destellos de rocío desde el jardín. Grillos y cigarras ofrecían un unánime concierto, y el sonido de la cascada vecina se ahondaba con la noche. Kwairyô sintió sed al escuchar el rumor del agua; recordó el acueducto de bambú que había al fondo de la casa, y pensó que podía ir hasta allí para beber un sorbo sin perturbar a los que dormían. Corrió con suavidad la mampara que separaba su cuarto del aposento principal; y vio, a la luz de la lámpara, cinco cuerpos recostados… ¡sin cabeza!

Por un instante quedó rígido de asombro, imaginando un crimen. Pero luego advirtió que no había sangre, y que los cuellos decapitados no tenían aspecto de haber sufrido un corte. Pensó entonces:

“O bien se trata de una ilusión de origen diabólico, o bien me trajeron a la morada de un Rokuro-Kubi… En el libroSôshinkiestá escrito que si uno hallare el cuerpo de un Rokuro-Kubi sin la cabeza, y trasladare el cuerpo a otro lugar, la cabeza jamás podrá volver a unirse al cuello. Y también dice el libro que cuando la cabeza vuelva y descubra que cambiaron su cuerpo de lugar, golpeará tres veces en el suelo, rebotando como una pelota, con jadeos de temor, y morirá al instante. Ahora bien, si éstos son Rokuro-Kubi, querrán hacerme daño; de modo que se justifica que siga las prescripciones del libro”.

Tomó el cuerpo delarujipor los pies, lo arrastró hacia la ventana y lo arrojó fuera de la casa. Luego se dirigió a la puerta trasera, que halló cerrada con una tranca; y advirtió que las cabezas habían salido a través de la chimenea del techo, que estaba abierta. Abrió la puerta con todo sigilo, salió al jardín y con suma cautela se dirigió hacia el huerto. En el huerto oyó un rumor de voces, y avanzó hacia ellas, al amparo de las sucesivas sombras, hasta que llegó a un buen escondite. Oculto detrás de un tronco, vio las cabezas —cinco en total— que revoloteaban y conversaban entre sí. Comían los gusanos y los insectos que hallaban en el suelo o en los matorrales. De pronto la cabeza delarujidejó de comer y dijo:

—¡Ah, ese monje viajero que vino esta noche! Cuando lo hayamos comido, nuestros estómagos quedarán colmados… Fui tonto al hablarle de ese modo; así lo induje a recitar los sûtras por mi alma. Acercársele mientras recita sería difícil; y no podemos tocarlo mientras ore. Pero como ya está por amanecer, es posible que se haya dormido… Que uno de vosotros vaya a la casa y vea qué está haciendo.

Otra cabeza —la cabeza de una joven— se elevó y voló hacia la casa con la agilidad de un murciélago. Poco después regresó, y gritó con voz ronca y alarmada:

—El monje viajero no está en la casa. ¡Se fue! Pero eso no es lo peor. Se ha llevado el cuerpo de nuestroaruji; y no sé dónde lo ha puesto.

Entonces la cabeza delaruji—claramente visible a la luz de la luna— asumió un aspecto espantoso: los ojos se abrieron desmesuradamente, los cabellos se erizaron, los dientes castañetearon. Profirió un alarido brutal y —con lágrimas de furia— exclamó:

—¡Si se ha llevado mi cuerpo, no es posible volver a unirme a él! ¡Entonces debo morir!… ¡Y todo por culpa de ese monje! ¡Pero antes de morir lo encontraré, lo partiré en pedazos, lo devoraré!… Allí está… ¡detrás de ese árbol! ¡Está oculto detrás de ese árbol! ¡Ved al muy cobarde!


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Y la cabeza delaruji, seguida por las otras cuatro, se arrojó en el acto sobre Kwairyô. Pero el vigoroso sacerdote había arrancado un árbol joven para defenderse, y lo esgrimió contra ellas, golpeándolas con tenacidad. Cuatro cabezas huyeron, pero la delaruji, pese a los golpes recibidos, atacaba con desesperación al monje, y al fin le mordió la manga izquierda de su túnica. Kwairyô, no obstante, la apresó sin vacilar por los cabellos y le pegó una y otra vez. La cabeza no le soltó la manga, pero emitió un largo gemido y al fin abandonó la lucha. Estaba muerta. Pero los dientes aún mordían la manga; y Kwairyô, pese a su vigor, no pudo abrir las mandíbulas.

Con la cabeza aún aferrada a la túnica regresó a la casa, donde vio a los otros Rokuro-Kubi en cuclillas, con las cabezas maltrechas y ensangrentadas ya unidas a sus cuerpos. Pero, al verlo entrar por la puerta trasera, gritaron al unísono:

—¡El monje! ¡El monje!

Y salieron por la otra puerta, huyendo hacia el bosque.

Hacia el este se aclaraba el cielo; estaba a punto de romper el alba; y Kwairyô sabía que el poder de los espectros se limita a las horas de oscuridad. Examinó la cabeza que le colgaba de la túnica, con el rostro embadurnado de sangre, barro y espuma. Y riéndose en voz alta, pensó para sí:

—¡Vayamiyagé![4] ¡La cabeza de un duende!

Luego recogió sus escasas pertenencias y perezosamente descendió por la montaña para proseguir el viaje.

Siguió adelante hasta llegar a Suwa, en Shinano; y caminó con solemnidad por la calle principal de Suwa, con la cabeza colgada del codo. Las mujeres se desvanecían, los niños gritaban y salían corriendo; y hubo tumultos y clamores hasta que latorité(así denominábase a la policía en aquellos tiempos) capturó al sacerdote y lo llevó a prisión. Pues suponían que ésa era la cabeza de un hombre asesinado, quien, en el instante de su muerte, había apresado con los dientes la manga del asesino. En cuanto a Kwairyô, se limitó a sonreír y a guardar silencio ante los interrogatorios. Así, luego de pasar la noche en la cárcel, fue conducido ante los magistrados del distrito. Éstos lo exhortaron a explicar cómo él, un sacerdote, había sido sorprendido con la cabeza de un hombre sujeta a su túnica, y por qué se había atrevido a exhibir su crimen ante el pueblo con tan poco pudor…

Kwairyô se rió sin reservas ante estas preguntas; al fin declaró:

—Señores, yo no sujeté esta cabeza a mi túnica: se sujetó sola y contra mi voluntad. Y no he cometido crimen alguno. Pues ésta no es la cabeza de un hombre, sino la de un duende, y si causé la muerte de un duende, no fue sólo por derramar sangre, sino para tomar los recaudos necesarios para mi propia seguridad…

Y prosiguió con el relato de toda la aventura; al narrar el encuentro con las cinco cabezas, profirió otra carcajada.

Pero los magistrados no se reían. Lo juzgaron un criminal sin miramientos, y su historia un insulto a la inteligencia de los jueces. Por tanto, sin más interrogatorios, decidieron ordenar su ejecución de inmediato. Sólo un anciano osó disentir. Este hombre no había hecho ninguna observación durante el juicio, mas, al escuchar la opinión de sus colegas, se incorporó y les dijo:

—Primero examinemos cuidadosamente la cabeza, pues creo que esto aún no se hizo. Si el monje ha dicho la verdad, la cabeza misma le servirá de testigo… ¡Traed la cabeza!

Y la cabeza, con los dientes aún hincados en lakoromode Kwairyô, que éste se quitó de sus hombros, fue puesta a consideración de los jueces. El anciano la volvió una y otra vez, la observó escrupulosamente, y descubrió que había en la nuca extraños caracteres rojos. Llamó la atención de sus colegas al respecto, y también destacó que los bordes del cuello no presentaban huellas del filo de ningún arma. Al contrario, la línea divisoria era tan suave como la que separa una hoja amarilla del tallo que la sostiene. Dijo, pues, el anciano:

—Estoy seguro de que el sacerdote no nos ha dicho sino la verdad. Ésta es una cabeza de Rokuro-Kubi. En el libroNan-hô-î-butsu-shiestá escrito que siempre han de hallarse ciertos caracteres rojos en la nuca de un auténtico Rokuro-Kubi. Observad los caracteres: podéis ver por vosotros mismos que éstos no han sido pintados. Por lo demás, se sabe que hace tiempo que estos duendes habitan las montañas de la provincia de Kai… Pero vos, señor —exclamó, volviéndose a Kwairyô—, ¿qué clase de sacerdote sois? Por cierto disteis prueba de un coraje que pocos monjes poseen; y antes tenéis el aire de un soldado que el de un religioso. ¿Acaso habéis sido samurái?

—Estáis en lo cierto, señor —respondió Kwairyô—. Antes de ser sacerdote, me dediqué largo tiempo al servicio de las armas, y en esos días jamás temí a hombre o demonio alguno. Llamábame entonces Isogai Hêîdazaêmon Takétsura, de Kyûshû: acaso haya entre vosotros alguno que lo recuerde.

Ante el sonido de ese nombre, un murmullo de admiración colmó el tribunal, pues había muchos que lo recordaban. Y Kwairyô inmediatamente se vio rodeado de amigos en lugar de jueces, amigos que ansiaban demostrarle su admiración mediante una gentileza fraterna. Lo escoltaron con honor hasta la morada deldaimyô, que lo recibió con festejos y no lo dejó ir sin ofrendarle un valioso presente. Kwairyô, al irse de Suwa, era tan feliz como puede serlo un monje en este mundo transitorio. En cuanto a la cabeza, la llevó consigo, insistiendo jocosamente en que se trataba de unmiyagé.

Sólo nos queda referir lo que sucedió con la cabeza.

Uno o dos días después de alejarse de Suwa, Kwairyô se enfrentó con un salteador, quien lo detuvo en un paraje solitario y lo obligó a desnudarse. Kwairyô se quitó en el acto lakoromoy se la ofreció al salteador, que entonces advirtió lo que colgaba de la manga. El ladrón, aunque no carecía de audacia, quedó estupefacto: dejó caer la túnica y saltó hacia atrás. Luego exclamó:

—¿Pero qué clase de sacerdote sois? ¡Sois peor hombre que yo! Es verdad que cometí asesinatos, pero jamás anduve con la cabeza de nadie sujeta a mi manga… Bien, señor sacerdote, veo que somos de la misma calaña, y debo declarar que os admiro… Ahora bien, esa cabeza me sería útil: con ella podría atemorizar a la gente. ¿Me la vendéis? Os doy mi ropa a cambio de vuestrakoromo, y os daré cincoryôpor la cabeza.

Respondió Kwairyô:

—Te dejaré la cabeza y la túnica, si insistes; pero debo advertirte que ésta no es una cabeza de hombre. Es una cabeza de duende. De tal modo que, si la compras y luego te trae problemas, recuerda que no tuve intención de engañarte.

—¡Buen sacerdote sois! —exclamó el salteador—. Matáis hombres y luego lo tomáis a broma… Pero yo hablo en serio. Aquí está mi túnica y aquí está el dinero; dadme, pues, la cabeza… ¿De qué vale bromear?

—Tómala —dijo Kwairyô—. Yo no bromeaba. Lo único gracioso de todo esto, si es que hay algo gracioso, es que seas tan necio como para pagar por una cabeza de duende.

Y Kwairyô siguió su camino con grandes carcajadas.

Así obtuvo el salteador la cabeza y lakoromo;y durante un tiempo jugó al monje fantasma en las carreteras. Pero, al llegar a las vecindades de Suwa, se enteró de la auténtica historia de la cabeza, y temió que el espíritu del Rokuro-Kubi pudiese perturbarlo. De modo que resolvió devolver la cabeza al sitio de donde provenía, y sepultarla con su cuerpo. Se abrió paso hasta la solitaria choza de los montes de Kai; pero allí no había nadie, y no pudo descubrir el cuerpo. Sepultó entonces la cabeza en el huerto y erigió una lápida sobre la tumba; luego hizo oficiar un servicioSégakipor el espíritu del Rokuro-Kubi. Y esa lápida —conocida como la Lápida del Rokuro-Kubi— se conserva (así al menos lo declara el cronista japonés) aún en el día de hoy.

[1] El periodo de Eikyô duró de 1429 a 1441(N. del A.)

[2] Tal es el nombre de la túnica de los monjes budistas(N. del A.)

[3] Trátase de una especie de pequeño hogar practicado en el suelo de una habitación. Elrosuele ser una cavidad cuadrada, poco profunda, revestida de metal y medio cubierta de cenizas, en la que se enciende el carbón de leña(N. del A.)

[4] Ése es el nombre que recibe un regalo hecho a los amigos o parientes al regresar de un viaje. Por lo común, elmiyagéconsiste, como es natural, en algún producto de la localidad a la que se ha viajado: de ahí la broma de Kwairyô(N. del A.)

EL SECRETO DE LA MUERTA

Hace mucho tiempo, en la provincia de Tamba, vivía un rico mercader llamado Inamuraya Gensuké. Tenía una hija llamada O-Sono. Como ésta era muy bonita y sagaz, el mercader juzgó inoportuno brindarle sólo la exigua educación que podían ofrecerle los maestros rurales; la confió, pues, a unos servidores fieles y la envió a Kyôto, para que allí adquiriera las gráciles virtudes que suelen exhibir las damas de la capital. En cuanto la muchacha completó su educación, fue cedida en matrimonio a un amigo de la familia paterna, un mercader llamado Nagaraya, y con él compartió una dicha que duró casi cuatro años. Sólo tuvieron un hijo, un varón, pues O-Sono cayó enferma y murió después del cuarto año de matrimonio.

En la noche siguiente al funeral de O-Sono, su hijito dijo que la madre había vuelto y que estaba en el cuarto de arriba. Le había sonreído, pero sin dirigirle la palabra: el niño se había asustado y había emprendido la fuga. Algunos miembros de la familia subieron al cuarto que había pertenecido a O-Sono, y no poco se asombraron al ver, a la luz de una pequeña lámpara que ardía ante un altar en el cuarto, la imagen de la muerta. Parecía estar de pie ante untansu, o cómoda, que aún contenía sus joyas y atuendos. La cabeza y los hombros eran nítidamente visibles, pero de la cintura para abajo la imagen se esfumaba hasta tornarse invisible; semejaba un imperfecto reflejo, transparente como una sombra en el agua.

Todos se asustaron y abandonaron la habitación. Abajo se consultaron entre sí; y la madre del esposo de O-Sono declaró:

—Toda mujer siente predilección por sus pequeñas cosas, y O-Sono le tenía gran afecto a sus pertenencias. Acaso haya vuelto para contemplarlas. Muchos muertos suelen hacerlo… a menos que las cosas se donen al templo de la zona. Si le regalamos al templo las ropas y adornos de O-Sono, es probable que su espíritu guarde sosiego.

Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo tan pronto como fuera posible. A la mañana siguiente, por tanto, vaciaron los cajones y llevaron al templo las ropas y los adornos. Pero O-Sono regresó la próxima noche y contempló eltansutal como la vez anterior. Y también volvió la noche siguiente, y todas las noches se repitió su visita, que transformó esa casa en una morada del temor.

La madre del esposo de O-Sono acudió entonces al templo y le contó al sumo sacerdote lo que había sucedido, pidiéndole que la aconsejara al respecto. El templo pertenecía a la secta Zen, y el sumo sacerdote era un docto anciano, conocido como Daigen Oshô.

Dijo el sacerdote:

—Debe haber algo que le causa ansiedad, dentro o cerca deltansu.

—Pero vaciamos todos los cajones —replicó la anciana—; no hay nada en eltansu.

—Bien —dijo Daigen Oshô—, esta noche iré a vuestra casa y montaré guardia en el cuarto para ver qué puede hacerse. Dad órdenes de que nadie entre a la habitación mientras monto guardia, a menos que yo lo requiera.

Después del crepúsculo, Daigen Oshô fue a la casa y comprobó que el cuarto estaba listo para él. Permaneció allí a solas, leyendo los sûtras; y nada apareció hasta la Hora de la Rata[1]. Entonces la imagen de O-Sono surgió súbitamente ante eltansu. Su rostro denotaba ansiedad, y permaneció con los ojos fijos en eltansu.

El sacerdote pronunció la fórmula sagrada prescrita para tales casos, y luego, dirigiéndose a la imagen por elkaimyô[2] de O-Sono le dijo:

—Vine aquí para ayudarte. Quizá haya en esetansualgo que despierta tu ansiedad. ¿Quieres que te ayude a buscarlo?

La sombra pareció asentir mediante un leve movimiento de cabeza; el sacerdote se incorporó y abrió el cajón de arriba. Estaba vacío. A continuación, abrió el segundo, el tercero y el cuarto cajón; hurgó detrás y encima de cada uno de ellos; examinó con cuidado el interior de la cómoda. No halló nada. Pero la imagen permanecía erguida, con tanta ansiedad como antes. “¿Qué querrá?”, pensó el sacerdote. De pronto se le ocurrió que acaso hubiera algo oculto debajo del papel que revestía los cajones. Levantó el forro del primer cajón: ¡nada! Pero debajo del forro del cajón inferior halló algo: una carta.

—¿Era esto lo que te inquietaba? —preguntó.

La sombra de la mujer se volvió hacia él, con su lánguida mirada en la cara.

—¿Quieres que la queme? —preguntó Daigen Oshô.

Ella se inclinó ante él.

—Esta misma mañana será quemada en el templo —prometió el sacerdote—, y nadie la leerá salvo yo.

La imagen sonrió y se disipó.

Rompía el alba cuando el sacerdote bajó las escaleras, a cuyo pie la familia lo aguardaba expectante.

—Calmaos —les dijo—, no volverá a aparecer.

Y la sombra, en efecto, jamás regresó.

La carta fue quemada. Era una carta de amor redactada por O-Sono en la época de sus estudios en Kyôto. Pero sólo el sacerdote se enteró de su contenido, y el secreto murió con él.

[1] La Hora de la Rata (Né-no-Koku) era, según el antiguo método japonés de medición del tiempo, la hora primera. Correspondía, para nuestro código, al tiempo transcurrido entre medianoche y las dos de la mañana; para los antiguos japoneses cada hora equivalía a dos horas modernas(N. del A.)

[2]Kaimyô: nombre budista póstumo, o nombre religioso, dado a los muertos. Estrictamente hablando, el significado de la palabra es “nombre de sîla”. Véase mi artículo “The Literature of the Dead” enExotics and Retrospectives (N. del A.)

YUKI-ONNA

En una aldea de la provincia de Musashi vivían dos leñadores: Mosaku y Minokichi. En la época a la que aludo, Mosaku era un anciano, y Minokichi, su aprendiz, un joven de dieciocho años. Todos los días iban juntos a un bosque que distaba unas cinco millas de la aldea. Camino de ese bosque hay que vadear un ancho río, y hay una balsa. Varias veces se construyó un puente en el sitio donde cruza la balsa, pero cada vez el puente fue arrastrado por una inundación. No hay puente que resista la corriente cuando crece ese río.


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Mosaku y Minokichi iban camino de casa, un frío atardecer, cuando los sorprendió una brusca tormenta de nieve. Alcanzaron la balsa, pero el batelero se había ido, dejando la embarcación en la otra ribera del río. No era día apropiado para nadar, y los leñadores se cobijaron en la choza del batelero, juzgándose dichosos por haber hallado al menos ese refugio. En la choza no había brasero ni sitio alguno donde encender fuego: era sólo una choza de doble entarimado[1], con una sola puerta y sin ventanas. Mosaku y Minokichi cerraron la puerta y se echaron a descansar, cubriéndose con los abrigos de paja. Al principio no sintieron mucho frío, y pensaban que la nevisca no tardaría en concluir.

El viejo se durmió casi enseguida, pero el muchacho, Minokichi, permaneció despierto durante un buen rato, atento al viento que gemía y a la nieve que azotaba la puerta. El río bramaba con furia; la choza crujía, meciéndose como un junco en el mar. Era una tormenta espantosa, y el aire era cada vez más helado. Minokichi temblaba debajo de su abrigo. Pero al fin, pese a todo, también se durmió.

Una ráfaga de nieve en la cara lo despertó. La puerta de la choza se había abierto con brusquedad; el resplandor de la nieve (yuki-akari) iluminó a una mujer que estaba dentro de la choza: una mujer totalmente vestida de blanco. Estaba inclinada sobre Mosaku y exhalaba su aliento sobre él; y su aliento semejaba un humo blanco y brillante. Casi en el mismo instante se volvió hacia Minokichi y se agachó sobre él. El joven quiso gritar, pero no pudo emitir sonido alguno. La mujer de blanco se le acercó cada vez más, casi hasta rozarlo con el rostro; advirtió que era muy hermosa, aunque sus ojos eran temibles. Ella lo miró durante un rato; luego susurró, con una sonrisa:

—Mi intención era tratarte como al otro. Pero no puedo evitar cierta piedad por ti… eres tan joven… Eres un muchacho apuesto, Minokichi, y no te causaré daño. Pero, si alguna vez le cuentas a alguien (aun a tu madre) lo que viste esta noche, lo sabré y acudiré a matarte… ¡Recuerda estas palabras!

Y, tras pronunciarlas, se apartó de él y salió por la puerta. Entonces el joven recobró el don del movimiento; se incorporó de un salto y miró alrededor. Pero la mujer no estaba en ninguna parte, y la nieve inundaba frenéticamente la cabaña. Minokichi cerró la puerta y la aseguró con leños. Supuso que era el viento el que la había abierto, y pensó que había estado soñando, que había tomado el resplandor de la nieve en el vano de la puerta por la imagen de una mujer blanca; pero no podía estar seguro. Llamó a Mosaku, y se atemorizó al ver que éste no le contestaba. Tendió la mano en la oscuridad, acarició el rostro de Mosaku, y descubrió que estaba helado. Mosaku era un rígido cadáver.

Hacia el alba se disipó la tormenta; y cuando el batelero regresó a su puesto, poco después del amanecer, halló a Minokichi sin sentido junto al gélido cadáver de Mosaku. Minokichi recibió atención inmediata y no tardó en recobrarse; pero durante mucho tiempo quedó enfermo a causa del frío padecido en esa terrible noche. También lo había asustado mucho la muerte del viejo, pero a nadie mencionó la visión de la mujer de blanco. Apenas se repuso, volvió a emprender su faena: todas las mañanas, a solas, iba al bosque, de donde regresaba al anochecer con sus haces de leña, que vendía con ayuda de su madre.

Un atardecer del invierno siguiente, mientras regresaba a casa, encontró una muchacha que viajaba por el mismo camino. Era alta, delgada y muy bonita, y respondió al saludo de Minokichi con una voz tan dulce como el arrullo de un pájaro. Caminó junto a ella y comenzaron a conversar. La muchacha dijo llamarse O-Yuki[2]; dijo además que hacía poco había perdido a sus padres y que iba en viaje hacia Yedo, donde tenía unos parientes pobres que acaso la ayudaran a conseguir empleo como sirvienta. La extraña muchacha pronto sedujo a Minokichi: cuanto más la miraba más hermosa parecía. El joven le preguntó si no estaba comprometida, y ella respondió, con una carcajada, que estaba libre. A su vez, ella le preguntó a Minokichi si él estaba casado o comprometido; le contestó que, si bien sólo tenía que mantener a una madre viuda, aún no habían considerado la cuestión de una “honorable nuera”, puesto que él era muy joven… Luego de estas confidencias, prosiguieron su camino en silencio; mas, según declara el proverbio,Ki ga aréba, mé mo kuchi hodo ni mono wo yu(En presencia del deseo, los ojos no son menos elocuentes que los labios). Cuando llegaron a la aldea, ambos se habían cobrado mutuo afecto; y entonces Minokichi le rogó a O-Yuki que aceptara alojarse en su casa por esa noche. Tras una tímida vacilación, ella decidió acompañarlo; y la madre de Minokichi le ofreció la bienvenida y le preparó una comida caliente. O-Yuki se comportó con tal discreción que la madre del joven se prendó repentinamente de ella, y la persuadió de que aplazara su viaje a Yodo. La natural consecuencia de este episodio fue, por supuesto, que O-Yuki jamás fue a Yedo. Permaneció en la casa, como “honorable hija política”.

O-Yuki desempeñó este papel a la perfección. Al fallecer la madre de Minokichi —cinco años más tarde—, sus últimas palabras fueron de afecto y alabanza para la mujer de su hijo. Y O-Yuki le dio diez hijos a Minokichi, entre varones y mujeres, todos ellos muy hermosos, y de tez admirable.

La gente de la comarca consideraba a O-Yuki una persona maravillosa, aunque distinta de ellos por naturaleza. La mayor parte de las campesinas envejece prematuramente, pero O-Yuki, aunque era madre de diez niños, se conservaba tan joven y lozana como el día en que llegó a la aldea.

Una noche, cuando los niños se habían dormido, O-Yuki cosía a la luz de un farolillo de papel; y Minokichi, observándola, le dijo:

—Al verte allí, cosiendo, con la luz en la cara, evoqué algo extraño que me aconteció cuando tenía dieciocho años. En esa ocasión, vi a una mujer tan hermosa y blanca como tú… en realidad, se te parecía mucho…

O-Yuki respondió, sin alzar los ojos:

—Háblame de ella… ¿Dónde la viste?

Entonces Minokichi le refirió la noche espantosa pasada en la cabaña del batelero, le contó el episodio de la Mujer Blanca que le había sonreído y susurrado, y le describió la silenciosa muerte del viejo Mosaku. Y añadió:

—Ésa fue la única vez, en el sueño o la vigilia, que vi una criatura tan hermosa como tú. No era, por supuesto, un ser humano; y yo le tenía miedo… mucho miedo… ¡pero era tan blanca! En verdad, nunca estuve seguro de si había soñado o si había visto a la Mujer de la Nieve…

O-Yuki arrojó su costura, se levantó, se irguió ante Minokichi, y le gritó:

—¡Era yo… yo… yo!… ¡Era Yuki! ¡Y te dije que te mataría si alguna vez llegabas a mencionarlo!… Si no fuera por esos niños que duermen allí, te mataría al instante. Y ahora, mejor que los cuides muy, muy bien, pues si alguna vez tienen razones para quejarse de ti, te trataré como mereces…

Mientras gritaba, su voz se había aflautado hasta parecer un gemido del viento; entonces se disipó, convirtiéndose en una niebla blanca y rutilante que ascendió hacia el cielo raso y que desapareció trémula, por el agujero de la chimenea… Jamás volvieron a verla.

[1] Es decir, la superficie del piso tenía unos seis pies cuadrados(N. del A.)

[2] Este nombre, que significa “nieve”, no es infrecuente. Acerca de los nombres femeninos en Japón véase mi libroShadowings (N. del A.)

LA HISTORIA DE AOYAGI

En la era de Bummei (1469-1486) hubo un joven samurái llamado Tomotada al servicio de Hatakéyama Yoshimuné, señor de Nôtô. Tomotada era nativo de Echizen, pero a temprana edad lo habían llevado como paje al palacio deldaimyôde Nôtô, y allí lo habían adiestrado, bajo la supervisión del príncipe, en el ejercicio de las armas. Con el tiempo, demostró que sus virtudes como erudito no eran inferiores a sus virtudes como soldado, y continuó gozando del favor de su príncipe. Dotado de afabilidad, simpatía y apostura, ganó el afecto y la admiración de los otros samuráis.

Tomotada tenía veinte años cuando se le encomendó una misión especial ante Hosokawa Masamoto, grandaimyôde Kyotô y pariente de Hatakéyama Yoshimuné. Como recibió órdenes de pasar por Echizen, el joven solicitó y obtuvo licencia para visitar de paso a su madre, que era viuda.

Partió de la época más gélida del año; el campo estaba cubierto de nieve y, aunque el samurái contaba con un vigoroso corcel, se vio forzado a marchar con lentitud. Tomó una senda que se internaba en un paraje montañoso, donde los poblados eran escasos y distantes entre sí; y en el segundo día de viaje, agotado por horas de cabalgata, sucumbió a la desesperación al ver que no podía llegar a su próximo descanso sino hasta bien entrada la noche. Su ansiedad se justificaba, pues cerníase una pesada nevisca y un ventarrón frío e intenso, y el caballo ya parecía exhausto. Pero, en ese momento crucial, Tomotada súbitamente vislumbró el techo derruido de una cabaña en la cima de un monte coronado de sauces. Espoleó al animal, y no sin dificultades trepó hasta la casa; golpeó con fuerza los batientes de madera, cerrados para impedir la irrupción del viento. Una anciana acudió a abrirle, y al ver al apuesto desconocido, gritó, compadeciéndole:

—¡Ah, qué horrible! ¡Un joven caballero viajando solo con este tiempo!… Dignaos entrar, joven señor.

Tomotada desmontó y, tras conducir su caballo a un establo al fondo de la casa, entró en la cabaña, donde vio a un viejo y una muchacha que se calentaban a la lumbre de una fogata hecha de ramas de bambú. Con todo respeto lo invitaron a compartir el fuego; los ancianos procedieron a calentar un poco de vino de arroz y a preparar comida para el viajero, a quien se aventuraron a interrogar con respecto a su travesía. La joven, entretanto, desapareció detrás de una mampara. Tomotada había observado con asombro que ésta era extraordinariamente bella, aunque su vestimenta consistía en aborrecibles harapos y tenía el cabello, largo y suelto, totalmente desgreñado. Le intrigó que una muchacha tan bonita viviera en un sitio tan pobre y desolado.

Díjole el anciano:

—Honorable señor, el próximo pueblo está lejos; arrecia la nieve, el viento cala los huesos, y el camino está en malas condiciones. Seguir nuestro camino esta misma noche sería, por tanto, algo peligroso. Aunque este cobertizo es indigno de vuestra presencia, y aunque no tenemos comodidades que ofreceros, quizá sea más seguro que esta noche os cobijéis bajo este techo miserable… Sabríamos cuidar de vuestra cabalgadura.

Tomotada aceptó esta humilde propuesta, íntimamente feliz de disponer de más ocasiones de ver a la muchacha. Pronto le ofrecieron una comida tosca aunque abundante, y la joven regresó para servirle el vino. Se había cambiado de ropas y ahora lucía un vestido de confección casera, basto pero limpio; se había peinado y cepillado los largos cabellos. En cuanto ella se inclinó para llenar la copa, Tomotada comprobó con perplejidad que era más bella que todas las mujeres que había conocido; también lo asombraron sus gráciles movimientos. Pero los ancianos comenzaron a disculparse por ella, diciendo:

—Señor, nuestra hija, Aoyagi[1], ha sido criada aquí, en las montañas, prácticamente sola, e ignora los buenos modales. Os rogamos que disculpéis su estupidez y su ignorancia.

Tomotada alegó que se consideraba dichoso al ser servido por una doncella tan bonita. No podía apartar los ojos de ella, aunque advertía que su mirada de admiración la hacía sonrojar; no probó el vino ni la comida.

—Amable señor —dijo la madre—, esperamos que intentaréis comer y beber un poco, pues aunque nuestros alimentos sean de la peor calidad, ese viento espantoso os debe haber helado.

Entonces, para complacer a los ancianos, Tomotada comió y bebió cuanto pudo, pero los encantos de la muchacha no dejaron de seducirlo. Habló con ella y descubrió que sus palabras eran tan dulces como su rostro. Acaso la hubiesen criado en las montañas, pero, en tal caso, sus padres debían haber sido gente de rango en otro tiempo, pues hablaba y gesticulaba como una dama de alcurnia. Súbitamente, Tomotada le dirigió un poema —que también era una pregunta— inspirado por el deleite de su corazón:

Tadzunétsuru

Hana ka toté koso,

Hi wo kurasé

Akénu ni otoru

Akané sasuran?

[Yendo a hacer una visita,

hallé algo que creí una flor:

por tanto, aquí pasaré el día…

¿Por qué, antes del alba,

han de encenderse los tintes del alba?

Eso en verdad lo ignoro][2].

Sin vacilar un instante, ella le respondió con estos versos:

Izuru hi no

Honoméku iro wo

Waga sodé ni

Tsutsumaba asu mo

Kimiya tomaran

[Si con la manga oculto el lánguido

y hermoso color del sol crepuscular,

entonces es posible que mi señor

aún permanezca aquí por la mañana][3].

Entonces Tomotada supo que ella aceptaba su admiración; y el asombro que le causó la sutileza con que ella hilvanara en versos sus sentimientos no fue inferior al deleite que le ocasionó la respuesta que éstos implicaban. Ahora estaba seguro de que en todo este mundo jamás podría encontrar, y menos conquistar, a una muchacha más bella y sagaz que esta rústica doncella; y en su corazón, una voz parecía gritarle: “¡Aprovecha la suerte que los dioses han puesto en tu camino!” En otras palabras, estaba hechizado, y lo estaba a tal punto que, sin dilación, le pidió a los ancianos la mano de su hija, no sin detallarles su propio nombre y linaje, y su rango en la corte del señor de Nôtô.

Ellos se inclinaron ante él, proclamando su sorpresa y gratitud. Pero, tras unos instantes de aparente vacilación, dijo el padre:

—Honorable señor, sois persona de alto rango y tenéis posibilidad de elevaros más todavía. Muy grande es el favor que os dignáis ofrecernos, y por cierto que no hay modo de expresar o medir la hondura de nuestra gratitud. Pero esta muchacha es sólo una estúpida campesina, nacida en cuna humilde y sin educación de ningún tipo, y no es adecuado que se convierta en esposa de un noble samurái. Ni siquiera es correcto mencionar tal posibilidad… Pero, puesto que la halláis a vuestro gusto y habéis condescendido a disculpar sus rústicos modales y a pasar por alto su grosería, os la ofrecemos con gusto para que os sirva con humildad. Dignaos, pues, actuar como mejor convenga a vuestro augusto placer.

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