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Authors: George H. White

Los hombres de venus

 

EnLos hombres de Venus, Miguel Ángel Aznar de Soto, de profesión piloto militar, es reclutado por la ONU por la baja de uno de sus hombres, el comandante de una nave de investigación dedicada a rastrear apariciones de ovnis a lo largo y ancho de la geografía terrestre. Aunque al principio la relación entre Miguel Ángel Aznar y el resto de sus compañeros no es de lo más fluida (especialmente con la hermosa ayudante del científico y mujer de carácter, Bárbara Watt), debido en parte al carácter chulesco y estricto de aquel, lo cierto es que las aventuras a que se ven abocados terminarán por unirles.

Tras encontrar en la prensa la noticia de un conocido empresario que, tras la misteriosa desaparición del avión en el que viajaba, aparece notablemente enajenado, hablando de unos extraños hombres grises provenientes de otro planeta, Miguel Ángel y sus compañeros viajarán hasta el Tíbet donde, encontrándose con un antiguo compañero del ejército, Arthur, se adentrarán en el desconocido país buscando el rastro de los misteriosos hombres para caer en sus manos y… mejor descubridlo por vosotros mismos. Los misteriosos hombres grises (losthorbods, en su lengua) posiblemente nos den oportunidad de disfrutar de la saga durante bastante tiempo.

George H. White

LOS HOMBRES DE VENUS

La Saga de Los Aznar (Libro 1)

ePUB v1.3

ApacheSp23.07.12

Título original:Los Hombres de Venus

George H. White, 1953

Editor original: ApacheSp

ePub base v2.0

Capítulo 1.Los hombres de Venus

LaAstral Information Officese creó al mismo tiempo que los demás organismos de la ONU, segunda edición aumentada y corregida de la fenecida Sociedad de Naciones.

Cuando la ONU se consideró a sí misma constituida, atribuyéndose la capacidad total de mantener la paz en el mundo por todos los siglos venideros, un representante de nación desconocida y nombre olvidado se levantó para hacer la siguiente sugerencia:

«Si la ONU era una organización formada con vistas a evitar las guerras, tanto cercanas como futuras, ¿no debería preverse también el caso de que otros planetas atacasen a una o a todas la naciones de nuestra madre Tierra? El hecho de que hasta el presente no se anunciaran amenazas desde otros planetas, ¿significaba acaso que hubiera de continuar siendo así eternamente? La existencia de vida en los millones de mundos que poblaban el espacio no había podido ser probada, pero tampoco desmentida. Ni siquiera los planetas relativamente cercanos a la Tierra podía afirmarse con seguridad que estuvieran deshabitados. A mayor abundamiento; si había en el Universo miles de sistemas planetarios como el nuestro y todavía mayores, y suponiendo que en cada sistema planetario existiera un mundo capaz de mantener vida, ¡uno solamente por cada sistema!, resultaba de un sencillo calculo que en el cosmos giraban camino de la eternidad varios miles de mundos como el nuestro. Siendo así, no era fantástico esperar que cualquier día, dentro de mil años o solamente de unas horas, una poderosa escuadra aérea, conducida por hombres, por bestias o sólo Dios sabía qué alucinantes bichos dotados de inteligencia, podía descender del espacio y atacar a la Tierra, tal vez dominarla, ¡quién sabe si destruirla!».

Esta posibilidad sumió a los prohombres de la ONU en una profunda meditación. Por muy fantástica que pareciera la sugerencia a nadie se le ocurrió reír. Los hombres que ocupaban los escaños de aquella inmensa y semicircular sala estaban demasiado abrumados por su terrible responsabilidad. Se habían comprometido a acabar con las guerras, de su labor actual dependía la futura felicidad del mundo, y la historia tomaría seguramente en cuenta cualquier error u omisión que cometieran.

Lógicamente, si la ONU tenía entre otros cometidos el de ejercer un constante servicio de policía para descubrir y hacer abortar toda posible agresión, no podía omitir la vigilancia de los múltiples planetas que, aparte de los de nuestro sistema solar, eran capaces de contener vida y de constituir una amenaza para la tan preciada y costosa paz de la Tierra. Nada importaba la lejanía ni tampoco lo dudoso de esta agresión. Puesto que la ciencia admitía la posibilidad de que nuestro planeta no fuera el único del Universo poblado de seres vivos y dotados de inteligencia superior, cabía, aun dentro de un margen muy estrecho de probabilidades, la eventualidad de una invasión ultraterrenal. Y mientras quedara una probabilidad de agresión, así fuera entre millones, la ONU tenía el inaplazable e ineludible deber de atenderla y vigilarla.

Este fue, ni más ni menos, el origen de laAstral Information Office, organismo especialmente creado para denunciar cualquier acto hostil que pudiera venir de los espacios. Como es natural, laAstral Information Officepronto contó con sus empleados, su presupuesto, su fondo de reservas y su pequeño y mal ventilado despacho en el undécimo piso del magnífico rascacielos que los países signatarios de la ONU levantaron en Nueva York.

Todo esto lo supo Miguel Ángel Aznar de Soto empleando el sencillo procedimiento de ir haciendo preguntas aquí y allá.

Miguel Ángel era un joven de 27 años. Medía cerca de dos metros de alto y era, físicamente, el tipo de hombre que más se acercaba a la perfección: hombros anchos, fuertes bíceps, cintura breve, caderas estrechas y piernas largas. Tenía negro, bronco y ondulado el cabello, la tez morena, curtida por el sol y el viento, oscuros y relampagueantes los ojos, inteligente y despejada la frente, nariz de líneas clásicas, boca grande y de bien dibujados labios y barbilla cuadrada y firme.

Miguel Ángel ni siquiera había oído hablar de laAstral Information Officeantes de que su jefe de vuelos le hiciera entrega de una orden de traslado. Según ésta, Miguel Ángel Aznar de Soto, teniente piloto de las Fuerzas Aéreas, Sección 2 de Transportes Aéreos, quedaba asignado al personal de laAstral Information Office.

—¿Qué significa esto? —preguntó Ángel pasando sus ojos del papel a la cara del comandante—. ¿Qué diablos quiere decirAstral Information Office?

—No lo sé —confesó el comandante—. Parece que nos han pedido un buen piloto, «al mejor de los pilotos», y el comodoro le ha asignado a usted para ese puesto.

Ángel frunció la frente y se fue a hacer indagaciones. A fuerza de preguntar supo lo que antes ha quedado consignado: que laAstral Information Officeera la encargada de vigilar el espacio y de aportar información sobre las estrellas.

—Ya entiendo —murmuró Ángel—. Se trata de una cuadrilla de sabios viejos y chiflados. Información estelar. ¡Brrr!

Resignado con su suerte, escéptico y pesimista, Ángel Aznar hizo sus maletas, se despidió de sus amigos, y tomó el primer tren hacia Nueva York. Dos días más tarde empujaba la puerta, en cuyas maderas campeaba este letrero:Astral Information Office.

Por lo pronto ya le costó bastante encontrar este despacho. Aun en el mismo edificio de la ONU eran muy pocos los que conocían la existencia de semejante organismo. Ángel tuvo que preguntar en la garita de INFORMACIONES para averiguar la ubicación del despacho, y la mirada de curiosidad que le lanzó la empleada no le gustó nada.

Al abrirse la puerta sonó una campanilla, al sonar la campanilla se derrumbó una pirámide de libros que había sobre una mesa, y al rodar los libracos por el suelo se alzaron hasta los de Ángel un par de enormes y maravillosos ojos de color esmeralda.

—Buenos días —dijo Ángel, rompiendo el corto silencio que siguió a su entrada.

La mujer que había tras la mesa apoyó su redonda y graciosa barbilla sobre los sonrosados puños y le miró fijamente.

—¡Hola! —dijo por toda contestación. Y los ojos color verde esmeralda recorrieron la atlética figura del piloto de las Fuerzas Aéreas en una larga mirada, mezcla de curiosidad y asombro.

Ángel, a su vez, examinó descaradamente a la hermosa joven rubia que se sentaba tras la mesa. Vio una cabellera áurea y rizosa, una despejada frente donde se arqueaban dos altivas cejas en gesto de perplejidad, y una boca roja y sonriente que dejaba asomar una doble hilera de blanquísimos dientes.

—Mi nombre es Miguel Ángel Aznar de Soto —dijo el piloto tras un carraspeo significativo.

La joven rubia alzó todavía más una de sus cejas y chupó el lapicero que tenía entre los dedos.

—¿Aznar? —murmuró. Y mirando el emblema de las Fuerzas Aéreas en la solapa de Ángel, exclamó—: ¡Ah, sí! Seguramente usted es nuestro nuevo piloto….

—¡Tanto como nuevo…! —sonrió Ángel—. Soy bastante viejo en el oficio, pero creo ser el que ustedes esperan. ¿A quién debo presentarme? ¿Es usted la jefa de este despacho?

—Soy la secretaria del profesor Stefansson. El profesor no debe tardar en venir. Mientras tanto puede sentarse y darme su filiación.

Ángel miró en torno con el ceño fruncido. Había dos sillones y varias sillas en el despacho, pero sobre cada asiento se levantaba una pirámide de periódicos que desafiaban las leyes de la gravedad en sendos prodigios de equilibrio. La oficina era pequeña y reinaba en ella el más caótico de los desórdenes. Adonde quiera se volviera la mirada sólo hallaba libros, revistas y montañas de periódicos. A lo largo de las paredes se veían algunas estanterías repletas de cartapacios amontonados sin orden ni concierto. La misma mesa sobre la que trabajaba la secretaria del profesor Stefansson era una muestra de la más deplorable negligencia con sus pilas de recortes de periódicos, sus carpetas, tijeras y botes de goma. Hasta el piso desaparecía bajo una alfombra de papel impreso.

La linda secretaria del profesor Stefansson adivinó el apuro del aviador.

—Tire al suelo lo que estorbe —dijo abarcando con un amplio ademán todo el despacho.

—Muy bien —rezongó Ángel. Y yendo a la silla más próxima, tiró de un papirotazo todos los papeles al suelo. Luego sacó un pañuelo y sacudió el polvo del asiento.

—Todo está un poquito sucio —dijo la rubia rebuscando por uno de los cajones de su escritorio.

—Sí, ciertamente —confirmó Ángel mirando hacia un rincón del que colgaban a su comodidad dos grandes telarañas—. Un poquitín.

—Hace tiempo que llevo el propósito de ordenar esto y permitir la entrada al barrendero. Naturalmente, la intromisión de un extraño aquí, tal y como están las cosas, originaría una verdadera catástrofe. Ni el profesor ni yo podríamos luego encontrar nada de lo que buscáramos.

—¿Y puede hallarlo ahora? —preguntó Ángel extrañado.

—¡Naturalmente! —exclamó la joven. Y a continuación, rascándose la punta de su graciosa naricilla murmuró—: ¿Dónde pondría yo la ficha de usted, que nos mandó las Fuerzas Aéreas?

Ángel echó hacia atrás su silla, puso una pierna sobre otra y sonrió beatíficamente ante la confusión de la secretaria. Esta puso sus blancas y cuidadas manos sobre un montón de recortes de periódico que tenía enfrente y murmuró:

—Veamos. Esa carta debió de llegar hacia el viernes…, aquí hay periódicos del martes…, esto fue del lunes…, luego debe de estar dos pulgadas más abajo… ¡Aquí está!

Mostró triunfante un sobre alargado. Ángel, desilusionado, arrugó la nariz y observó cómo los ágiles dedos de la muchacha extraían del sobre unos documentos que extendió ante sí. Leyó:


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—Miguel Ángel Aznar de Soto… ¡Caramba! Tres mil horas de vuelo…

Ángel iba asintiendo a todo con graves cabezazos. De pronto la muchacha alzó los ojos y los clavó curiosos en él.

—¿De verdad que es español?

—Sí.

Una ancha y satisfecha sonrisa retozó en las comisuras de la boca de Ángel.

—¿Nacido en España?

—Nacido en España. Mis padres emigraron de allá y se establecieron en los Estados Unidos cuando yo contaba cinco años.

—Sus primeras palabras las aprendería en inglés.

—En mi casa sólo se habla español. Hablo indistintamente un idioma u otro.

—Veo que, no obstante, tiene nacionalidad americana.

—Sí.

—¿Qué hizo usted en Vietnam?

—Eracoolie.

—¿Cómo dice?

—Coolie. Ya sabe, en China llaman «coolies» a los acarreadores, cargadores de muelle… gente que van con carga de arriba abajo. A los muchachos del Mando Aéreo de Transportes nos llamaban así.

—Ya comprendo.

—Y dígame. ¿Cuál va a ser mi trabajo aquí?

—Pues, naturalmente, pilotar nuestro Douglas.

—¿De modo que tienen ustedes un avión Douglas? ¿De qué modelo?

—Lo ignoro. Mis conocimientos aviatorios son muy escasos. Es un avión con alas y motores…

—¡Me lo esperaba! —rezongó Ángel con sorna—. Y, oiga, ¿para qué quieren ustedes un avión de transporte?

—Es una especie de laboratorio ambulante. Esto lo comprenderá usted cuando lo pongamos al corriente de nuestra ocupación.

—Hice algunas investigaciones por mi cuenta —apuntó Ángel—. ¿Es cierto que laAstral Information Officese ocupa de vigilar a las estrellas y todas esas tonterías?

—¿Tonterías dice usted? —saltó la secretaria—. Que no le oiga el profesor decir esas cosas. Desde luego, nos dedicamos a investigaciones un poco raras… Ya sabe usted que esta oficina fue creada para prevenir cualquier posible ataque desde otros planetas. En un principio nuestro trabajo se reducía a auscultar la prensa. Íbamos allá donde se presentara un caso que tuviera un tufillo a misterioso o extraterrestre. Los asuntos inexplicables eran nuestros favoritos, pero cuando empezaron a aparecer los platillos volantes…

—¡Ya caigo! —aseguró el español alzando una mano—. ¿A que ustedes se dedican a seguir la pista a esos platillos? ¡Pero hombre! ¿Todavía hay quien cree en esos cuentos de los platillos voladores?

—Nuestro deber es examinar el asunto y ver qué hay en él de fantástico y qué de cierto —recordó la muchacha. Y señalando los montones de recortes de prensa que tenía sobre la mesa y a su alrededor prosiguió—: Tenemos aquí varios centenares de relatos y reportajes sobre el asunto. Muchos de los que se titulan testigos oculares son a veces unos embusteros y tomaron por platillos volantes objetos completamente terrestres y naturales, pero aún dejando un diez por ciento para los que dicen la verdad, nos quedan testimonios de sobra para afirmar que los platillos volantes son algo tan real y tangible casi como usted y yo.

Ángel se encogió de hombros.

—Desde luego —dijo—, si ustedes se ocupan de ir interrogando a todos los que dicen haber visto platillos volantes, trabajo tienen.

—Mucho trabajo —aseguró ella—. Tuvimos que pedir un avión de las Fuerzas Aéreas para desplazarnos con rapidez de un punto a otro del mundo. Hace poco estuvimos en México, donde se dijo que unos indios habían encontrado uno de los platillos volantes en tierra con sus tripulantes. Nos fuimos a México, sólo para comprobar que todo era una fantasía y también para volver llenos de garrapatas. Nuestro piloto enfermó de fiebres y está en el hospital. Por eso le han mandado a usted aquí, para que le reemplace.

—Bueno —suspiró Ángel—. Nos resignaremos a las garrapatas y a las fiebres, al menos hasta que ese piloto salga del hospital. Y oiga, miss…

—Watt —sonrió la joven—. Bárbara Watt.

—Muy bien, señorita Watt. Espero que la dicha de trabajar junto a una mujer tan simpática me consuele de los demás sinsabores, pero desde luego, no me entusiasma ni pizca la perspectiva de ir volando de un lado a otro detrás de la sombra de esos absurdos platillos volantes. Yo soy un hombre bastante serio, ¿sabe?

Bárbara Watt le miró con asombro y abrió la boca para decir algo. En este momento se abrió la puerta impetuosamente y un hombrecillo menudo, delgado y vestido de negro se precipitó en el despacho como un alud. Ángel le miró atónito. El recién llegado esgrimía en una mano un paraguas y en la otra un periódico que arrojó sobre la mesa de miss Bárbara Watt gritando con excitación:

—¡Una cosa así era la que yo esperaba! ¡Los hombres grises de Venus… eso ya suena a algo convincente! ¡Los hombres grises de Venus!

Ángel examinó el estrambótico hombrecillo mientras hablaba y gesticulaba. De una sola ojeada captó la negligencia en el vestir y en el calzar del personaje. La ropa, aunque bien cortada, aparecía sucia y atrozmente arrugada. La camisa, en otros tiempos blanca, presentaba un color amarillento. La corbata negra pendía del sucio cuello como un pingajo y la raya de los pantalones había desaparecido para ser sustituida por sendas rodilleras. Llevaba los zapatos sin lustrar y con salpicaduras de barro ya seco. De los bolsillos de la chaqueta, deformados a fuerza de soportar pesos excesivos, salían el extremo de un pañuelo y varias hojas de papel. Lo más nuevo del hombre era su lustroso y esférico sombrero hongo.

Mientras se inclinaba para señalar a Bárbara Watt un artículo del periódico, con un índice de uña enlutada y manchado de nicotina, Ángel escrutó la cara del recién llegado. Tenía éste unas facciones pequeñas, angulosas y afiladas. Sus ojillos claros centelleaban tras los gruesos cristales de unas gafas con montura de concha. Tenía la frente despejada, la nariz aguileña y la barbilla saliente y puntiaguda. Iba completamente afeitado y debía de tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Al arrojar su sombrero hongo sobre la mesa dejó ver su cráneo pelado y reluciente. En cambio, por detrás, la cabellera entrecana le rozaba el cuello de la camisa.

—¡Eh! ¿Qué me dice usted? —interrogó el hombrecillo clavando sus ojos en la muchacha—. ¡Vamos… coja su sombrero y corramos a ver a ese hombre!

—¡Pero si todavía no he podido leer el artículo!

—¡No importa, se lo referiré en dos palabras mientras vamos hacia allá! —Alzó la vista hacia Ángel, y como si le viera entonces preguntó—: ¡Eh! ¿Quién es usted?

—Mi nombre es Miguel Ángel Aznar de Soto —dijo Ángel.

—Es nuestro nuevo piloto —apuntó Bárbara plegando el periódico y poniéndose en pie.

—¿Otro piloto? ¿Pues no tenemos ya a Bob?

—Bob esta en el hospital con fiebres, profesor —le recordó la muchacha con el acento maternal que las mujeres emplean para con los niños. Y volviéndose hacia Ángel concluyó su presentación—: Aquí el profesor Louis Frederick Stefansson, nuestro jefe.

El profesor estrechó un momento la mano de Ángel.

—Muy bien, muchacho —le dijo—. Venga con nosotros.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bárbara poniéndose en pie.

—A la India, claro está.

—¡A la India! —exclamó Ángel atónito—. ¿Ahora mismo?

—¡Pues claro está que ahora mismo! —gruñó el profesor. Y volviéndose hacia su secretaria le dijo—: Llame al aeródromo para que tengan preparado el avión y recoja lo que tenga que recoger mientras yo hago lo mismo con mis cosas.

Desapareció por una pequeña puerta acristalada. Ángel miró a la muchacha y la vio de pie, erguida su esbelta y encantadora silueta, recogiendo con toda tranquilidad un mazo de papeles.

—Oiga, señorita —le dijo—. ¿Pero qué significa todo esto?

Ella le señaló el periódico sin decir palabra. El español lo tomó y pudo leer los grandes titulares que rezaban así:

DESPUÉS DE SER BUSCADO DURANTE OCHO MESES INÚTILMENTE, EL MILLONARIO MITCHEL ES ENCONTRADO POR UNOS INDÍGENAS EN LOS ALREDEDORES DE DHARUR, PROVINCIA DE BAIDARABAD.

Debajo, en negrillas más pequeñas, decía.- «Andaba errante por la jungla alimentándose de raíces, tiene el cabello, las cejas y la barba completamente blancos. Parece haber perdido completamente la razón y sólo murmura unas palabras extrañas: "¡Los Hombres Grises de Venus!"».

Capítulo 2.A la India

El nombre de Arthur Winfield acudió inmediatamente a la memoria de Ángel Aznar. ¿Qué habría sido del valiente Arthur?

Arthur Winfield había sido uno de los más hábiles y arrojados pilotos que Ángel conociera en Vietnam. Durante algunas semanas habían combatido juntos, trabaron gran amistad y luego, el huracán de la guerra los volvió a distanciar sin que sus caminos se cruzaran nunca más. Fue aquello hacia el año 68. Arthur Winfield era por entonces novio de Carol Mitchel. Aunque Ángel jamás tuvo oportunidad de conocer personalmente a esta muchacha, tuvo ocasión repetida de leer las inflamadas cartas que le dirigía a Arthur y de ver algunas de sus fotografías junto a la cabecera del camastro de su amigo.

Ángel recordaba perfectamente el nombre. Ocho meses atrás se enteró por los periódicos de la misteriosa desaparición de Carol Mitchel, del padre de ésta, del piloto y del avión Cessna que nunca llegó a Teherán. La popularidad del millonario, así como la circunstancia de que no se hallara ni rastro del avión en que viajaban, hicieron que la prensa norteamericana concediera gran importancia al asunto. Durante varias semanas se buscaron los restos del aparato, y cuando el interés publico empezaba a decaer se reavivó la hoguera de la curiosidad con el ofrecimiento de una recompensa de 300.000 dólares, hecha por el hijo del millonario, a quien encontrara «vivos o muertos», al señor John Mitchel y a la hija de éste: la señorita Carol Mitchel.

Ángel fue uno de los tantos aviadores que ante aquel fabuloso premio pensaron en dedicarse a la búsqueda de los desaparecidos pero desistió de la empresa al saber que, por lo menos, medio centenar de aviones equipados con radar y llegados de todos los puntos de la Tierra al cebo de los 300.000 dólares, exploraban ya en todos sentidos la India, Beluchistán, Afganistán, Irán, el golfo Pérsico y el mar Arábigo. Se supuso que los restos del avión Cessna serían hallados de un momento a otro, mas no fue así. Los pilotos que fueron a la India abandonaron la gigantesca empresa de hallar al millonario y a su hija. Posiblemente, al cabo de ocho meses de infructuosas investigaciones, sólo quedaban en la India una docena de aviadores esperanzados en cobrar tan magnífica recompensa. Pero he aquí que súbitamente aparecía el millonario y eran unos miserables indios quienes le encontraban, vagando por la selva, sin juicio y repitiendo extrañas palabras.

¿De dónde venía John Mitchel? ¿Dónde estuvo durante ocho meses? ¿Qué se hizo de su hija y del piloto? ¿Por qué seguían sin hallarse los restos de su avión? ¿Qué significaba aquello de los hombres grises de Venus?

Ángel leyó rápidamente el reportaje. No aportaba ningún rayo de luz al impenetrable misterio que rodeaba al «asunto Mitchel». Relataba cómo había sido encontrado el hombre y cómo a duras penas pudo ser reconocido con sus ropas rotas y sucias, su larga barba y su aspecto totalmente distinto al que tenía el día de su desaparición.

Apenas acababa de dar lectura al reportaje cuando salió el profesor de su despacho. Ángel se vio empujado, casi violentamente, hacia el ascensor. Diríase que el señor Stefansson temía se le escapara algo de suma importancia pues las órdenes que dio al conductor del taxi fueron:

—¡Al aeródromo municipal todo lo aprisa que pueda! —. Y al advertirle Ángel que su equipaje lo tenía en un modesto hotel de Brooklyn le dijo—: No podemos perder un minuto. Ya adquirirá lo que le haga falta en Calcuta.

Según Ángel había de saber más tarde, el escaso personal de laAstral Information Office, que trabajaba a las órdenes del profesor estaba ya acostumbrado a estos prolongados y repentinos viajes. Miss Bárbara Watt, por ejemplo, tenía todo un completo vestuario a bordo del avión de laAstral Information Office, guardarropa que comprendía desde ligeros trajes de dril, sombreros de corcho y mosquiteras para las zonas tórridas, hasta abrigos de pieles y guantes con manoplas propios de los parajes árticos.

El avión que las Fuerzas Aéreas habían puesto a disposición de laAstral Information Office, era un Douglas DC-8 plateado, en cuya proa podía leerse el nombre con que le bautizó su escuadrilla: «Cóndor». Cuando el taxi se detuvo junto a la pista de rodaje y mientras el profesor Stefansson pagaba el importe de su carrera al conductor, la sinuosa y seductora miss Bárbara Watt llevó a Ángel hasta el lugar donde esperaban tres hombres jóvenes vestidos con monos de vuelo.

Esta era la cuadrilla del Cóndor, formada por el copiloto George Paiton, el radiotelegrafista y operador de radar Richard Balmer y el navegador Walter Chase, todos ellos con el grado de sargentos y, a la sazón, mirando con curiosidad al nuevo comandante del Cóndor que les presentaba la secretaria.

Apenas si Ángel tuvo tiempo de estrecharles la mano. El profesor les empujó a todos hacia la escalerilla de acceso del aparato y les apremió para que despegaran inmediatamente. Mientras el copiloto ponía en marcha y calentaba los motores, el navegador acompañó a su nuevo comandante a lo largo de la cabina del Douglas en busca de un mono que el anterior piloto debió dejar allí.

Ángel pudo advertir entonces el confort con que había sido equipado el Cóndor. La espaciosa cabina, herméticamente cerrada, estaba provista de calefacción y dividida por tabiques que formaban una sala comedor, provista de mesa extensible y aparato de radio; una pequeña cocina, con aparato refrigerador, hornillos eléctricos para cocinar, batería de cocina y despensa atiborrada de latas de conservas; dormitorio con cuatro literas para la tripulación, pequeño compartimiento aislado para la señorita Bárbara Watt, un armario repleto de trajes para las más diversas temperaturas, un pequeño arsenal en el que había desde fusiles Bren a pistolas ametralladoras M-4 y un laboratorio para el profesor.

A popa quedaba el lavatorio y el compartimiento con el equipo adicional del avión, que comprendía las piezas de repuesto y las herramientas necesarias para efectuar una completa reparación en cualquier lugar y circunstancia.

Habiéndolo observado todo con ojo crítico, Ángel volvió a la cabina de los pilotos, comprobó la perfecta marcha de los motores consultando el cuadro de indicadores y tomó asiento ante los mandos.


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Cuando en la torre de vuelo flameó la bandera verde, Ángel echó adelante los aceleradores, soltó los frenos y dejó que el Douglas corriera por la pista de cemento. Luego tiró suavemente de la palanca hacia sí y las ruedas del aparato se despegaron de tierra con tanta suavidad que casi nadie se apercibió de que estaban volando hasta unos cinco minutos después.

—Recojan el tren de aterrizaje —ordenó Ángel.

—Recogido el tren de aterrizaje —dijo el copiloto.

—Comandante a navegador. ¿Rumbo?

—Oeste, señor.

El Douglas se inclinó sobre el ala de babor y puso proa a poniente.

Cuando volaban sobre Allentown, Ángel hizo una seña con la cabeza a George Paiton. El muchacho, un neoyorquino esbelto, de ojos verdes y tez sonrosada, con las mandíbulas desarrolladas a fuerza de mascar chicle, tomó los mandos asintiendo con otro movimiento de comprensión.

Ángel salió de la cabina y entró en el cuarto de derrota, donde el navegador Walter Chase estaba sentado ante un tablero de trabajo manejando el compás y la regla sobre un mapa del Pacífico. Por encima de su hombro se asomaba el perfil aguileño del profesor Stefansson. Ambos discutían la ruta a seguir mientras, a un lado, el radiotelegrafista Richard Balmer, manejaba un soldador eléctrico sobre los cables del aparato de radar.

—Hola, Andrés —dijo el profesor—. Vea qué le parece la ruta que hemos elegido.

—Si quiere llamarme por mi nombre de pila llámeme Ángel, señor Stefansson —respondió el español—. Ese es mi nombre.

—Esta es la ruta a seguir —dijo el navegador. Nueva York-San Francisco, 4.000 kilómetros; San Francisco-Hawai, 3.885; Hawai-Midway, 2.220; Midway-Wake, 2.037; Wake-Guam, 2.407; Guam-Manila, 2.400; Manila-Saigón, 1.450; Saigón-Rangoon, 1.500; y Rangún-Calcuta, 1.100. Total 21.519 kilómetros, o sea, más de la mitad de la circunferencia del Ecuador.

—Un viaje muy largo —comentó Ángel. Y volviéndose hacia el profesor preguntó—: ¿No hubiera sido más cómodo esperar a que el millonario Mitchel llegara a Nueva York para entrevistarle?

—Sabe Dios cuánto tardará el pobre hombre en ser llevado a Nueva York. Por lo pronto está recluido en un sanatorio mental de Calcuta. Además, no debe estar lejos de Calcuta el lugar donde vio a esos hombres grises de Venus, y puesto que de todos modos habíamos de hacer el viaje a la India, cuanto más pronto mejor.

—¿Pero de veras espera encontrar hombres grises y de Venus en la India ni en ninguna parte de la Tierra? —interrogó el español estupefacto.

—¡Claro que sí! —Sonrió el hombrecillo seráficamente. Y volviéndose hacia el navegador, que le estaba mirando muy divertido, añadió—: Contando con que hemos de hacer escala a mitad de la travesía desde Nueva York a San Francisco, tenemos nueve escalas hasta la India. ¿Cuánto tiempo perderemos en cada etapa mientras llenamos los depósitos de gasolina?

—Puede calcular hora y media como término medio.

—¿Y qué velocidad llevaremos?

—Una media de cuatrocientos kilómetros por hora, esa es nuestra velocidad de crucero.

El profesor fijó los ojos en el techo y movió los labios mientras hacía un rápido calculo mental:

—Cincuenta y cuatro horas de vuelo y trece y media para las etapas, son en total sesenta y siete horas y media las que nos separan de Calcuta.

—Si no tropezamos con fuerte viento de proa, si no tenemos que dar algún rodeo para eludir las tempestades, si nos mantenemos exactamente dentro de nuestra ruta, y desde luego, contando con que no tengamos ninguna avería en un trayecto tan largo. —observó Ángel cáusticamente.

—Sesenta y siete horas y media —prosiguió el profesor sin hacer caso de la interrupción de Ángel—, son dos días completos más diecinueve horas y media. Como hemos salido de Nueva York a las 11,30 horas, hacen otro día y 7 horas. Siendo hoy día 22, deberíamos llegar, pues, a Calcuta a las 7 de la mañana del día 26. Pero como volamos en la misma dirección aparente que el sol iremos adelantándole poco a poco, así que al llegar a Calcuta le habremos sacado una ventaja de 13 horas y 45 minutos. En la India todavía serán las 3,45 de la tarde, mientras que en Nueva York ya serán las 7 de la mañana. Resulta, pues, que no llegaremos el día 26 por la mañana, sino el 25 por la tarde. Pero como al trasponer el meridiano internacional 180 tendremos que adelantar nuestro calendario en un día (un día que no habremos vivido y que recuperaremos cuando volvamos a Nueva York si regresamos por el mismo camino), resulta que no será el día 25, sino el día 26. ¿No es eso, Walter?

—Todavía estoy sacando el cálculo, profesor —sonrió el muchacho enrojeciendo—. Yo no poseo un cerebro tan ágil como el suyo.

—Si se trata de cálculos —intercedió George asomando por la angosta puerta—, en el laboratorio hay una máquina de calcular.

Ángel sacó su paquete de cigarrillos y tomó uno llevándoselo a sus labios. De pronto miró a su alrededor y vio que toda la tripulación estaba allí. Asió al copiloto por un brazo.

—¿Por qué ha dejado los mandos? —le gritó.

Todos se echaron a reír.

—La señorita Bárbara pilota ahora el avión —dijo George.

Ángel le fulminó con una mirada.

—¿Y quién le ha autorizado a usted para que cediera los mandos a nadie? —rugió—. ¿Qué clase de disciplina es ésta?

El muchacho clavó en los de Ángel sus ojos asombrados.

—¡Pero si siempre que vamos de viaje le dejamos los mandos a la señorita Bárbara! —exclamó atónito.

—¡Ah! ¿Conque sí? —rugió Ángel.

—Y también a Richard y Walter… ¡Incluso al profesor algunas veces!

Ángel paseó su mirada de unos a otros de los que le observaban en silencio.

—Pues todo eso que se hizo hasta ahora es lo que no se seguirá haciendo mientras yo sea el comandante de este avión —aseguró rojo de rabia—. Un avión del ejército sólo puede conducirlo su piloto y su ayudante.

—Pero esto no es el ejército, señor —interrumpió el radiotelegrafista, un muchachón rubio y fornido de nariz achatada—. Aquí no nos regimos por las Ordenanzas de las Fuerzas Aéreas.

—¿Por qué? ¿No es este un avión militar?

—Sí, pero en el desempeño de una función civil.

—¿Quiere decir que si este avión se estrella contra el suelo el Ejército no vendrá a pedirme explicaciones a mí? —preguntó Ángel alzando más el tono de su voz—. ¿Habrá otro que pague por mí los desperfectos que haya o las vidas que se pierdan por un acto de negligencia?

—Si algo ocurriera nosotros estaríamos siempre de su parte —arguyó el profesor.

—¿Y cree que esa seguridad que usted me ofrece basta para que me tumbe al sol y deje que cada cual haga lo que le venga en gana? ¡No, señor Stefansson!

—No debiera tomarlo así, teniente —aconsejó el hombrecillo con voz calmosa—. Nuestro lema es ayudarnos y…

—¡Al diablo todos los lemas! —le interrumpió Ángel—. Usted, sargento, vuelva a tomar los mandos y nunca jamás vuelva a dejarlos en otras manos que no sean las mías.

—A la orden, señor —saludó, poniéndose rígido, el muchacho. Y girando sobre sus talones salió apresuradamente.

Ángel miró en torno. Pudo apreciar perfectamente la hostilidad que brillaba en los ojos del navegador y el radiotelegrafista. El profesor se había encogido de hombros y silbaba despreocupadamente inclinado sobre los planos del Pacífico. El español resolló con fuerza por la nariz y abandonó el cuarto en dirección a proa. Al entrar en la cabina vio que el sargento había vuelto a tomar los mandos. Miss Bárbara Watt ocupaba el otro asiento y escuchaba por los auriculares la explicación de lo ocurrido en el cuarto de derrota, que le daba George.

Al entrar Ángel la muchacha volvió hacia él sus hermosos ojos color esmeralda. Había en ellos un fulgor entre irónico y despreciativo.

—Levántese de ese asiento, señorita Watt —le ordenó Ángel secamente.

Ella se puso en pie arrojando los auriculares al suelo y sacando desdeñosamente el gordezuelo labio inferior.

—Recoja esos auriculares —le ordenó el español.

—Yo no pertenezco al Ejército —dijo ella—. Usted no puede darme órdenes.

—¡Recoja esos auriculares! —bramó Ángel furioso.

—¡No me da la gana! —chilló a su vez la joven acercando su hermoso y coloreado rostro al convulso del español.

Comprendió Ángel que ni aun a palos, cosa que, naturalmente, no podía hacer, obligaría a la secretaria a doblegar su orgullo y a recoger los auriculares tan despectivamente arrojados.

—Está bien —dijo con voz helada—. Siga usted y que nunca más la vea entrar en esta cabina sin mi consentimiento.

—Perfectamente, general —respondió ella con burla—. Cuando resbale sobre su orgullo vea si encuentra de dónde agarrarse.

—No será de su cuello —aseguró Ángel.

—¡Está enfermo! —escupió la secretaria saliendo con paso rápido.

Ángel recogió los auriculares y tomó asiento ante los mandos. Vio con el rabillo del ojo cómo una sonrisa retozaba en la comisura de la boca de George, pero optó por hacer como que no la veía. Pasado el primer arrebato de cólera, Ángel reconoció que acababa de dirigirse a sus compañeros con excesiva dureza, aunque, ni mucho menos, con injusticia.

—Yo les pararé los pies a esta manada de locos —se dijo.

Mal podía imaginar nuestro amigo las duras represalias que para con él iban a tomar tanto los miembros de la tripulación como la fiera y hermosa Bárbara Watt. Por lo pronto estableció un turno con George de cuatro horas de pilotar y cuatro de descanso para cada uno. Ordenó al muchacho que se fuera a dormir, y él estuvo cuatro horas seguidas sin que nadie, excepto el navegador, y ello sólo cuando era imprescindible, le dirigiera la palabra, ni fuera a visitarle en la cabina. Pasó la hora del almuerzo, Ángel sintió los retortijones de su hambriento estómago y nadie fue a llevarle comida. Resistióse a pedir nada hasta que llegó George para relevarle. Entonces fue a la minúscula cocina y comió completamente a solas.

A partir de entonces se le declaró un abierto boicot. No tuvo ocasión de descansar porque se detuvieron en Topeka para rellenar de gasolina los depósitos del avión. Inmediatamente se reemprendió el vuelo.

Aquella noche, mientras fumaba incansablemente ante los mandos para no dormirse, Ángel comprendió que 21.600 kilómetros de vuelo, sobre poco más o menos, iba a ser una prueba de resistencia física, y dura. Como ya estaba volando sobre el Pacífico rumbo a las Hawaii era demasiado tarde volver atrás, pero se prometió todo el descanso que tuviera gana al llegar al archipiélago.

—Si el profesor tiene prisa en llegar a Calcuta, que tome uno de sus veloces platillos volantes —se dijo—. Yo no me mato por dar gusto a un viejo chiflado que cree en hombres grises procedentes de Venus y en otras tonterías por el estilo.

Al llegar al aeródromo internacional de Honolulu, Ángel expuso el profesor su propósito de dormir ocho horas seguidas en tierra.

—¡Pero es imposible! —dijo el hombrecillo—. ¡A este paso tardaremos un siglo en llegar a la India!

—Para lo que vamos allá lo mismo da un siglo que dos.

—¿Ve usted? Antes, cuando teníamos a Bob de piloto, los viajes eran mucho más descansados, porque todos por turno tomábamos los mandos. Pero usted se empeña en conducir el avión personalmente, con la única ayuda de George, y eso no puede ser.

—Precisamente, como no puede ser voy a acostarme. Cuando esté en condiciones físicas de emprender el vuelo lo haré y no antes.

El profesor puso el grito en el cielo.

Ángel durmió sus ocho horas tranquilamente. Cuando regresó al avión se encontró con cinco caras de largura expresiva. Nadie respondió a su saludo.

El viaje hasta Calcuta, que el profesor había calculado optimistamente en tres días, les llevó el doble. Cuando llegaron a su destino, el profesor estaba loco de rabia, Ángel cansado de todos y todos aborreciendo a Ángel. El español pasó bastante hambre y otras incomodidades de variada índole, pero las que él proporcionó a la cuadrilla del Cóndor y a los dos únicos funcionarios de laAstral Information Officeno fueron menos. Aprovechó todas las ocasiones para zarandearles de lo lindo, simuló un accidente y les hizo arrojarse a todos en paracaídas sobre Indochina, les mantuvo atados a una rígida disciplina y, en fin, gozó torturándoles de mil modos.

—Nunca olvidaré este vuelo —oyó decir al navegador.

—Y todo por ese imbécil tenientillo —respondió Bárbara Watt—. Esperemos que Bob salga pronto del hospital para que volvamos a ser una bien avenida familia.

El deseo de la secretaria coincidía con el más ferviente de Ángel. De haber sabido que su suerte quedaba atada a este reducido grupo de hombres por tiempo indefinido hubiera obrado de otro modo. Pero así…

—¡Que se vayan todos al infierno con sus platillos volantes! —rezongaba Ángel—. Y que me vuelvan a mi unidad.

Capítulo 3.Dos viejos amigos

Mientras retiraban los servicios de la cena y le preparaban el café, Miguel Ángel encendió un cigarrillo y sacó del bolsillo de su americana un pedazo de papel.

Era una nota traída al hotel cuando él estaba durmiendo y que un mozo discreto había deslizado por debajo de la puerta. Desde que hubo leído esta nota, Ángel se sentía impaciente y malhumorado. Volvió a releerla ahora. Decía así:

«Mi estimado Miguel Ángel. He sabido por un periódico que acabas de llegar de Norteamérica acompañado de una misión científica o no sé qué. Pensé abrazarte y fui a tu hotel, pero no me dejaron entrar. Tienen razón; este Arthur Winfield ya no es una persona respetable ni merece la consideración de sus semejantes. Si sabiendo esto todavía quieres que bebamos juntos por los buenos tiempos, puedes encontrarme a cualquier hora en el "Dagabas". Es un cafetucho del muelle nuevo. Un abrazo de Arthur».

Mientras cenaba, Ángel meditaba. No le sorprendía hallar en la India a su amigo. Casi lo esperaba desde que supo que Carol Mitchel había desaparecido cuando volaba desde Calcuta a Teherán. Seguramente, como tantos pilotos, Arthur buscaba a la hija del millonario. ¿Pero lo hacía por la recompensa de los 300.000 dólares o porque todavía era novio de Carol Mitchel?

La carta de Arthur trasudaba amargura. ¿Qué había ocurrido en estos tres años?

Ángel consultó el reloj de su muñeca, sorbió el café de un golpe y salió a la calle. Poco después, un desvencijado taxi le llevaba, bordeando el río, hacia el muelle nuevo.

El «Dagabas» era un inmundo cafetucho. Al trasponer el umbral, una cálida vaharada a cuerpos sudorosos y aguardiente cosquilleó en la nariz de Ángel Aznar. La sala, larga, estrecha y baja de techo, estaba llena de humo y entre éste se movían las formas borrosas de los parroquianos como fantasmas que surcaran una noche neblinosa. Se oía el quejido de un acordeón entre el tumulto de voces ásperas y roncas y el chocar de vasos sobre los veladores de mármol. Ángel se abrió paso a codazos por entre una marinería optimista a fuerza de alcohol, y sorteó las mesas mirando a la cara de los bebedores.


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Vio a Arthur sentado ante una mesa, bajo un ventilador cuyas aspas giraban lentamente cortando la espesa atmósfera como si rebanaran mantequilla.

Estaba solo, con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos y mirando fijamente los restos de whisky de una botella puesta frente a él. Al ver aquella figura vencida y ruinosa, Ángel sintió que algo amargo se agarraba a su garganta.

Arthur Winfield vestía un traje de dril, en otros tiempos blanco y ahora arrugado y plagado de manchas de grasa. La cara del norteamericano mostraba barba de muchos días. Las mejillas se hundían y los negros cabellos caían revueltos y húmedos de sudor sobre una frente sombría, surcada de profundas arrugas.

Al notar la presencia de alguien que le miraba insistentemente, Arthur Winfield levantó la cabeza y clavó en los de Ángel sus ojos oscuros y brillantes de fiebre.

—¡Hola, Ángel! —exclamó con voz ronca poniéndose en pie y tendiendo una mano temblorosa al español.

Ángel se la estrechó en silencio. Notó el extraordinario calor de aquella mano, y también la turbiedad de la mirada con que le examinaba Arthur.

—Tienes un estupendo aspecto —aseguró el norteamericano con una desmayada sonrisa. Y señalando una silla vacía murmuró como avergonzado—: Toma asiento, Ángel. ¿Quieres un trago?

Ángel movió la cabeza de un lado a otro.

—No —dijo acercando la silla y sentándose frente a Arthur—. No me apetece la bebida en este momento…

—Bueno, pues beberé solo —gruñó Arthur. Y se echó al coleto lo que restaba de la botella.

Ángel le miró hacer sin apartar sus ojos interrogantes de la cara demacrada de su amigo.

—¡Bueno, hombre! —exclamó Arthur dejando la botella sobre el mármol con violencia—. ¡No me mires así, no soy un fantasma!

—Me ha costado trabajo reconocerte, Arthur.

—Tú, en cambio, estás igual que siempre. Cuéntame cosas. ¿Qué es de tu vida? ¿Qué has venido a hacer a la India?

—Soy el piloto de un sabio viejo y chiflado, cuya única ocupación es la de ir siguiendo la pista a los platillos volantes. Estoy con él por pura casualidad. Sigo perteneciendo a las Fuerzas Aéreas, pero al enfermar el antiguo piloto del viejo me mandaron a mí para que le supliera mientras se reponía. Nada importante, en fin. Pero, ¿y tú? ¿Qué haces tú por estas tierras?

—Viajo —rió el americano—. Tengo una vieja avioneta Miles Hawak atada con alambres y llena de remiendos, y con ella voy de ciudad en ciudad haciendo propaganda a la Coca-Cola.

—¿Propaganda?

—Sí. Escribo «COCA-COLA» con humo en el cielo.

—Pensé que estarías aquí dedicado a la búsqueda de Carol Mitchel.

—No —dijo Arthur roncamente.

—¿Ni lo intentaste siquiera? Hay una recompensa de trescientos mil dólares para quien la encuentre…

—Ya lo sé —gruñó el americano arrugando la frente—. Cuando los periódicos dieron la noticia pensé en reunir algunos dólares y comprar un buen avión para dedicarme a buscar al Cessna. No pude, y ahora me alegro. La búsqueda es costosa y muy larga. Medio centenar, por lo menos, de pilotos de fortuna como yo, se han arruinado aquí con la esperanza de encontrar a los desaparecidos, pero aunque acaba de aparecer el señor Mitchel, nada se sabe todavía de Carol. Nadie la ha encontrado… ni viva ni muerta.

—Supongo que vuestro noviazgo se terminaría ¿no?

—Sí —aseguró Arthur con brusquedad.

Ángel se humedeció los resecos labios con la lengua.

—¿Todavía la quieres? —preguntó tras una breve pausa.

—¡La aborrezco! —rugió Arthur saliendo súbitamente de su apatía y clavando en Ángel sus ojos relampagueantes—. ¡Ella es la causa de mi ruina, por ella me ves aquí, en este estado y escribiendo ese absurdo anuncio de Coca-Cola en el cielo…! La aborrezco tanto que este mismo odio hace un infierno de mi vida.

Hubo una corta pausa, durante la cual Arthur se pasó la mano por la frente sudorosa como para apartar un atroz pensamiento.

—Dicen del amor y el odio que son dos pasiones muy semejantes —sentenció Ángel—. Tan semejantes que muchas veces se confunden.

Arthur apartó la mano de sus ojos y miró fijamente al español.

—Es posible —murmuró—. Por lo menos presenta unos síntomas muy parecidos… —rió por lo bajo siniestramente y continuó, excitándose según hablaba—: Antes, cuando la amaba, sentía la misma ansiedad en el pecho. Pero entonces mi alma subía, buscando su amado nombre en el cielo, y me sentía bueno y capaz de abarcar el mundo entero con mis brazos… ¡Yo era un hombre entonces, Ángel… yo era un hombre! Pero ahora…

—Ahora estás borracho —insistió Ángel.

—Sí, estoy borracho. Siempre estoy borracho, aunque no es verdad que el alcohol mitigue las penas. A mí, cuando menos, no me las quita, ni las emborrona, sino que las pone más vivas y claras en mi sangre y mi alma.

—¿Por qué bebes entonces?

—Porque sólo estando borracho puedo llorar, Ángel. Sólo por eso. Aunque el whisky no me da el olvido, me quita la vergüenza y me pongo a llorar… ¡Y es una gran cosa poder llorar! —. Se echó a reír con una risa fuerte y extraña. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Pasó un mozo de sucio delantal. Arthur le asió por un brazo y le gritó:

—¡Trae más whisky, muchacho! ¡El caballero y yo vamos a beber hasta que nos hinchemos de llorar!

—Arthur —llamó Ángel cuando se hubo ido el camarero—. ¿Cómo puedes haber caído tan bajo?

El americano cerró los ojos y abatió su barbilla sobre el pecho.

—Nunca fui hombre de excepcionales virtudes —masculló.

—Eso no es verdad —protestó Ángel irritado—. ¿A qué viene todo esto, vamos a ver? ¿Es por Carol Mitchel?

—Sí —afirmó Arthur como avergonzado.

—¿Reñisteis?

—Peor. Ella me dejó.

—Parecía quererte.

—También me lo pareció a mí —rió el norteamericano con una risa baja y agradable—. Mientras duró la guerra Carol parecía quererme. Incluso formalizamos nuestras relaciones y anunciamos públicamente nuestro propósito de casarnos. Ella me llevaba de un lado a otro, me presentaba a sus amistades y se retrataba conmigo como con un pequinés de fealdad poco corriente.

—¿Y cómo… cómo acabó todo aquello? —preguntó Ángel.

—Cambió de la noche a la mañana, se mostró fría conmigo, luego desdeñosa, finalmente… ¡me arrojó de su lado!

Arthur dejó caer la cabeza entre sus doblados brazos y se echó a llorar sobre el velador. Ángel le miraba sin saber qué pensar ni qué decir. Llegó el camarero con la botella, la depositó sobre el velador, y sacudiendo brutalmente al americano por un hombro le dijo:

—¡Tú, págame…!

Ángel arrojó junto a la botella un billete doblado. Lanzó al hombre una mirada furiosa y le ordenó con sequedad:

—¡Váyase! Ahí tiene el dinero.

Se fue refunfuñando el camarero. Arthur alzó la cabeza, alargó la mano y asiendo la botella se echó al coleto un largo trago. El whisky le corrió por la comisura de la boca. Lo limpió con la manga y clavó en el español sus ojos llenos de lágrimas.

—¿Quieres que siga hablando?

—Sí. Parece que te hace falta desahogarte.

—Dame un cigarrillo.

Ángel le ofreció su pitillera abierta. El norteamericano tomó uno de los blancos cilindros, lo puso entre sus labios húmedos de alcohol y chupó del humo con avaricia en cuanto Ángel se lo hubo encendido.

—Bueno —prosiguió Arthur expeliendo una espesa bocanada de humo—. Me sucedió lo que a todos, que después de una vida tan agitada hallé insoportable la muelle tarea de mi oficina. Encontré empleo en una compañía aérea. Mi sufrimiento moral era horrible, quería con toda mi alma a Carol y no podía olvidarla. Me di a beber. En el trabajo estaba continuamente distraído y cometí varios errores que casi estuvieron a punto de originar una catástrofe. Naturalmente, me despidieron. Fui dando vueltas de una compañía de aviación a otra. Cada día bebía más, todos mis fracasos los ahogaba en whisky, hasta que finalmente me encontré como me ves, desacreditado, deshecho física y moralmente. Acabé comprando una vieja avioneta y me ofrecí a una agencia de publicidad para escribir con humo en el cielo cualquier cosa. Esa es mi ocupación actual. ¿No me has visto actuar este mediodía?

—No. Llegamos anoche y he estado casi todo el día durmiendo. Temo que no voy a poder ayudarte, Arthur —murmuró Ángel—. Tuve sólo un poco más de suerte que tú. Créeme, que siento no poder ayudarte más que con un centenar de dólares.

—No te he buscado para que me dieras dinero, Ángel —sonrió el americano con amargura—. Ni tampoco para que me ayudaras. Soy un caso perdido, lo sé. Solamente quería verte y charlar un poco… Oye, ¿qué es eso de los platillos volantes? ¿De veras hay quien se ocupa de ellos seriamente?

—Ya lo creo. Nada menos que la ONU.

—Yo los he visto —aseguró Arthur volviendo a tomar la botella.

—Deja en paz el whisky, Arthur —suplicó el español arrancándole la botella de las manos—. Salgamos de aquí, ¿quieres? Me duele la cabeza con tanto humo y jaleo.

Al ponerse de pie Arthur se tambaleó. Ángel le tomó por un brazo y le empujó hacia la puerta, no sin que antes tomara el americano la botella y se la metiera en uno de los bolsillos.

Salieron a la calle.

—Te acompañaré a tu casa —dijo Ángel—. ¿Dónde vives?

—Tengo un cuartucho en una casa vieja.

—Pues vamos allá.

Ángel llamó a un taxi y metió dentro a su amigo subiendo detrás. Arthur dictó una dirección al conductor indostánico, y el coche se puso en movimiento con gran estrépito de chatarra.

—Cuéntame cosas de esos platillos volantes —solicitó Arthur volviendo a sacar la botella—. ¿Habéis encontrado alguno?

—Eso es lo más gracioso del caso —sonrió Ángel—. El jefe de nuestra expedición científica es el profesor Stefansson. Tiene un pequeño despacho en el edificio oficial de la ONU lleno de una preciosa y absurda secretaria y de recortes de periódico. Todos los recortes versan sobre platillos volantes y posibles pobladores de los planetas, pero el profesor parece ser el único hombre de la Tierra que no ha visto un platillo volante, pese a pasarse todo su tiempo buscándolos.

—No tienen nada de extraordinario —dijo Arthur—. Yo vi una cosa redonda de color verde volando a quinientas millas por hora una noche. Ignoro si era un platillo volante, pero tenía todas las características que de esos artefactos dan los relatos que he leído de algunos años a esta parte en los periódicos.

El taxi saltaba en los baches. Súbitamente se detuvo.

—Tenemos que bajar aquí —explicó Arthur—. Mi calle es tan estrecha que apenas si pueden pasar las vacas sagradas de mis vecinos.

Se apearon. Ángel pagó al conductor y siguió a su amigo, que andaba haciendo eses de una pared a otra de la angosta callejuela. Estaba muy mal alumbrada y empedrada de forma desigual por puntiagudos guijarros. Saltando los numerosos y pestilentes charcos, sosteniendo a su amigo y maldiciendo en voz baja, Ángel reflexionaba sobre lo que la vida puede hacer con un hombre. Arthur se detuvo ante un sombrío y ruinoso portal.

—Aquí vivo —anunció tras un hipido.

—Entremos.

El patio era húmedo, oscuro y maloliente. Ascendieron por una vieja y rechinante escalera desprovista de barandilla. El español vigilaba receloso los vaivenes de su amigo, pero contra lo que temía, Arthur llegó a la planta alta sin precipitarse por el hueco de la escalera. Se detuvieron frente a una baja y estrecha puertecilla y Arthur se dio a rebuscar por sus bolsillos.

—Enciende tu mechero. —Solicitó.

Ángel lo hizo.

—La puerta está abierta —observó empujándola.

—Muchas veces me olvido de cerrarla.

Entraron en el cuartucho a la luz de la llama del mechero de Ángel. Olía a local cerrado sin ventilar, a polvo y a orines de rata. Arthur tomó un pedazo de bujía y puso el pabilo en contacto con la llama del encendedor. Su mano vacilaba, pero consiguió finalmente su propósito. Metió la bujía en el gollete de una botella y depositó ésta sobre una carcomida cómoda.

Mientras hacía todo esto, Miguel miró con aprensión a su alrededor. No había en la habitación más muebles que la cómoda, un espejo desazogado, un catre al fondo y junto a este una silla coja y un palanganero con su cubo. Al mirar hacia el catre, Ángel dio un respingo de sobresalto. Algo rebulló y saltó a tierra dificultosamente. Luego anduvo unos pasos hasta colocarse en el centro del cuartucho.

El español miró a su amigo y le vio atónito, con los ojos y la boca abierta de par en par, sin proferir palabra. La figura que se mostraba a sus ojos era una anciana de corta estatura, casi una enana de temblequeantes miembros. Tenía redonda la cara, espantosamente fea, plegada la piel en miles de diminutas arrugas. Sus ojos eran pequeños y oblicuos, y entre los párpados vueltos hacia el globo brillaban como carbones dos pupilas maquiavélicas. Vestía negros ropajes, sucios y desgarrados, y por debajo del pañuelo que arrollaba su cabeza salía un mechón de cabellos blancos como la nieve.

Emergiendo como una figura sin perfil del fondo oscuro del mísero cuarto, se mostró ante los asombrados ojos de los jóvenes como una visión de pesadilla. Se adelantó renqueando y lanzando gemidos, tendidas las manos temblorosas hacia Arthur, y sus brazos descarnados se agitaron como resecos sarmientos que pretendieran asirse desesperadamente al aire.

—¿Qué significa esto? —preguntó Arthur—. ¿Quién es usted?

La anciana se echó a llorar ocultando la cara entre las sarmentosas manos.

—Seguramente una pobre mendiga que halló la puerta abierta y se puso a dormir en tu catre —arguyó Ángel.

—¡No… no…! —gimió una voz cascada y temblorosa, que parecía salir de las paredes pero que, indudablemente, procedía de la vieja.

Los dos amigos cruzaron una mirada de perplejidad. La anciana levantó su marchito rostro, y entonces pudieron ver que estaba llorando con gruesos lagrimones que surcaban las enflaquecidas mejillas saltando de arruga en arruga.

—Vengo de muy lejos… —gimoteó la mujer tendiendo hacia el norteamericano sus manos negras y tremulantes —. ¡He andado día y noche, arrastrándome por los caminos… sólo para hablarte, Arthur!

—¿A mí? —saltó Arthur con un respingo de sorpresa—. ¿Acaso me conoce?

—Yo te conozco, Arthur… y me has conocido a mí.

—¡No! —gritó el joven—. ¿Quién es usted?

—¡Tengo miedo de decirlo, Arthur…! ¡Temo que no vas a creerme, que no puedes creerme… y sin embargo, sólo tú puedes ayudarme…!


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Ángel miró a hurtadillas a su amigo. Le vio humedecerse los labios con la lengua y restregar los pies en el suelo con inquietud.

La luz agonizante de la vela chisporroteaba en el aro de oro que pendía del lóbulo de la mujer, estirado cual si mantuviera aquel peso durante siglos. Un silencio denso y sofocante se cernió sobre el lóbrego espacio de esta miserable habitación. Miguel Ángel creyó percibir el aleteo de una sombra que rozaba su frente con el frío viscoso de la muerte. Tuvo el presentimiento atroz de una inminente calamidad que nada ni nadie podía detener.

—¿Quién es usted? —tornó a preguntar Arthur, que había palidecido intensamente.

—¡Dios mío… Dios mío…! —sollozó la anciana—. ¿Ni siquiera me presientes, Arthur? ¡Yo soy Carol Mitchel…!

Capítulo 4.Al Tíbet

El silencio era tan denso que daba la impresión de poderse cortar con un cuchillo. Los dos amigos se miraron, y de pronto estallaron en una carcajada.

—Pero mujer… —exclamó Arthur—. ¿No se le ocurrió otra a quien parecerse? De usted a Carol Mitchel hay tanta distancia como…

La vieja se dejó caer de rodillas en el suelo con tanta violencia que el choque de sus rótulas produjo un ruido parecido al de unas muletas de madera.

—¡Arthur… escúchame… no me digas tú también que estoy loca! —imploró arrastrándose hasta el joven y abrazándose desesperadamente a sus rodillas—. ¡Déjame que te explique… concédeme sólo un minuto… por el amor de Dios… por el amor que me tuviste… por lo que más ames en este mundo! ¡Yo soy Carol… créeme, Arthur! ¡Dios mío… voy a enloquecer!

Arthur puso su mano sobre la cabeza de la anciana.

—Cálmese, buena mujer —rogó compasivo—. ¿No comprende que lo que está diciendo es imposible? Carol Mitchel es joven y bella…

—¡Yo soy la Carol Mitchel que tú amaste, Arthur!

—¡Y dale! —rezongó el americano.

—¡Yo soy Carol! —chilló ella con voz aguda y desesperada que puso de punta los cabellos de Ángel—. ¡Puedo demostrártelo! ¡Pregúntame lo que quieras! Mira este anillo, ¿lo recuerdas? Es de tu madre y lleva grabada dentro la fecha en que se casó… Tú me lo diste la noche que me besaste por primera vez en el jardín de los Tramors… ¿Te acuerdas de los Tramors? Él era muy alto y delgado y ella menuda y regordeta… Él estaba paralítico de una pierna y se apoyaba para andar en un bastón… A ti te sorprendía el modo de quererse de aquellos dos seres de tan distinta naturaleza. Tenían una niñita rubia, llamada Susana, que sentía gran predilección por ti…

—¡Basta! —rugió Arthur. Y tomando bruscamente el anillo que la anciana le tendía fue a examinarlo bajo la luz de la vela.

Ángel se acercó a su amigo y miró el anillo sobre el hombro de Arthur.

—Es verdad… —murmuró el americano—. ¡Este anillo fue de mi madre y yo se lo di a Carol!

—No irás a creer que esta mujer sea Carol —susurró Ángel al oído de su compañero.

—¡Claro que no! —respondió Arthur en el mismo tono de voz—. Sin embargo, esta loca sabe bastante de Carol. Además, entre la descripción que hacían los periódicos de Carol constaba este anillo. Me sorprendió enormemente, porque yo creí que mi novia habría tirado este recuerdo a la basura junto con todo lo mío.

—¿Crees, entonces, que esta mujer ha estado con Carol después que hubo desaparecido?

—Por fuerza tuvo que verla… y también hablarle. Carol, con toda seguridad, dio a esta vieja el anillo y le refirió varios pasajes de su vida. Ignoro con qué propósito, pero debió de ser así.

—Pudiera ser que tu ex novia estuviera en alguna parte retenida contra su voluntad, y que no teniendo más mensajero que esta vieja para comunicarse con el exterior le diera el anillo a modo de prenda. Su propósito, indudablemente, fue atraer la atención de la policía hacia la vieja. Esta mujer debe saber dónde está Carol.

Arthur se volvió hacia la gimoteante anciana.

—¿Dónde está Carol Mitchel? —le preguntó con voz enérgica.

—Escúchame, Arthur —suplicó la mujeruca alzando sus manos—. ¡Es todo tan increíble…! ¡Pero te juro que es verdad! El profesor Mattox sobornó a nuestro piloto para que nos llevara al Tíbet en vez de a Teherán… ¡Y allí, con la ayuda de los hombres grises, me robó mi cuerpo…! ¡Me robó mi cuerpo!

—¿Pero… qué absurdos está diciendo? —gritó Arthur horrorizado—. ¡Usted es una loca!

—¡Yo soy Carol Mitchel…! —chilló ella con desesperación agarrándose con fuerza a la ropa de Arthur—. Me robaron mi cuerpo… y me pusieron dentro de este viejo y horrible. ¡Tienes que ayudarme, Arthur! ¡Tienes que ayudarme a recuperar mi cuerpo… a quitárselo a Sakya Kuku Nor y a devolverme a él! ¿Comprendes ahora? ¡El profesor y los hombres grises sacaron mi cerebro de mi cuerpo y lo trasplantaron en el cuerpo de Sakya Kuku Nor! ¡Y el cerebro de Sakya está ahora en mi cuerpo… en mi cuerpo… en el que tú conoces a Carol…! ¡Arthur, créeme!

—¡No… no…! —gritó el norteamericano mirando a la horrible vieja con ojos desorbitados—. ¡Todo eso es una mentira… no puede ser verdad…!

—Sí… Sí es verdad… ¿Comprendes ahora que esté próxima a enloquecer? ¿Comprendes lo horrible que es tener un cerebro joven y un cuerpo con más de un siglo de edad? ¡Mírame, Arthur… mírame! ¡Yo soy aquella Carol que tú querías… aunque este cuerpo no sea el mismo, YO SÍ SOY LA MISMA! ¡Yo era hermosa ayer… yo era joven! ¡Y ahora soy horrible… soy vieja… siento próxima la muerte… y nadie quiere creer que sea Carol Mitchel!

Calló la mujer ahogada por sus sollozos. Arthur la miraba horrorizado. Ángel, con la espalda y la frente bañada de sudor frío, contemplaba la alucinante escena con la cabeza llena de brumas y el corazón en un puño. Ni siquiera oyeron los crujidos de la escalera, lamentándose bajo el peso de algún cuerpo. La puerta se abrió de pronto con violencia.

Los dos jóvenes, arrancados con brusquedad de su estupor, volvieron los ojos hacia el hombre que acababa de aparecer en el vano. Era ancho y corto de estatura, moreno, de facciones aplastadas y ojillos oblicuos, fijos en la vieja con un brillo de malignidad.

—¿Qué significa esto? —preguntó Arthur avanzando un paso hacia él—. ¿Qué quiere usted?

Detrás del hombre asomaron otros. El que parecía encabezar la tropilla dio una orden gutural. Cuatro o cinco hombres se lanzaron como uno solo dentro de la habitación esgrimiendo cortos y robustos garrotes. Alguien apagó la luz de un manotazo, y antes de que esto sucediera, Ángel pudo ver a su amigo caer arrollado bajo el alud humano.

Una lluvia de puñetazos y bastonazos cayó sobre los dos amigos sin más ruido que el rumor de pies y un chillido espeluznante que hendió la oscuridad como un estilete.

Ángel recibió un bastonazo sobre un oído. Unos brazos vigorosos le empujaron contra el catre de Arthur y el catre se vino abajo con terrible estrépito. Las maderas del piso crujían. Se escuchó un grito de dolor. Ángel movió sus piernas y sus brazos con furia, rechazando a los hombres que tenía encima. Movió los puños cerrados a su alrededor y por dos veces en la oscuridad los sintió chocar contra algún rostro.

Arthur rugía como un león. Se oyó una orden dada en aquel idioma extraño. Ángel se sintió soltado. Entonces se lanzó hacia delante y topó con alguien, que le agarró con fuerza. Rodaron por el piso. El español se sintió mordido con ferocidad en un hombro. Alejó de sí al enemigo con un furioso puñetazo a la barbilla y se puso en pie, pero se enredó con unas piernas y cayó de bruces al suelo.

Mientras se incorporaba vio el leve resplandor de la puerta abierta y escuchó rumor de pisadas que hacían crujir la escalera. Súbitamente todo quedó en silencio.

—¡Arthur! —llamó el español moviendo las manos a su alrededor.

Un gemido le respondió desde el suelo.

—Se han ido —rezongó Ángel encendiendo su mechero.

La llama del mechero de gas le mostró un estropicio descomunal. Los escasos muebles aparecían tirados en desorden por todas partes. En el suelo, toda pisoteada, estaba la bujía. Ángel la puso en pie y la encendió. Vio a su amigo haciendo esfuerzos por incorporarse y le ayudó. Arthur se acariciaba la mandíbula.

—¿Llevaban consigo una mula? —preguntó.

—Yo diría que sí —repuso Ángel—. Por lo menos el mordisco que me han dado en el hombro era de caballo.

—Temo haber sido yo el caballo del mordisco —rezongó el americano poniéndose en pie.

—¿Fuiste tú? ¡Entonces la mula que te dio la coz era yo!

—Siempre tuviste una dura pegada, amigo —sonrió Arthur. Y mirando a su alrededor exclamó—: ¡Toma, ha desaparecido la vieja!

Ángel vio brillar un objeto a sus pies. Recogiéndolo lo mostró a Arthur.

—¡El anillo que le regalé a Carol! —murmuró el joven tomándolo—. ¡Qué cosas están ocurriendo esta noche! ¿Tú qué piensas de todo esto, Ángel?

—Mi parecer ya te lo expuse antes —dijo el español encogiéndose de hombros—. Y lo que acaba de ocurrir reafirma mis sospechas. Fuera al Tíbet, como decía esa vieja loca, o a cualquier otra parte, es el caso que el avión en que viajaban los Mitchel se salió de su ruta y fue a tomar tierra en un lugar convenido de antemano entre el piloto del Cessna y otros individuos. Ni el señor Mitchel ni su hija murieron. Carol está prisionera en alguna parte, dio a esa vieja su anillo y tu nombre y le encargó que te buscara. Sin duda, los raptores de Carol lo descubrieron todo y han venido por la vieja para impedir que nos condujera hasta la muchacha.

—¡Ángel! —exclamó Arthur excitado—. ¡Creo que estamos a dos pasos de ganarnos esos 300.000 dólares de recompensa!

—¿De veras? Me gustaría saber cómo.

—¿No has oído lo que dijo la vieja? El profesor Mattox fue quien sobornó al piloto del Cessna y tiene prisionera a Carol. Ya tenemos una pista: la del profesor.

—¿Conoces acaso a ese hombre?

—He oído o leído su nombre en alguna parte, y no recuerdo dónde. Sabemos por lo pronto que Carol está en el Tíbet.

—¿Lo sabemos? ¿Quieres decir que das por cierta la historia de esa vieja chiflada?

—¿Por qué no? Es una historia bastante lógica la que contó.

—¿Incluso lo del trasplante de cerebros y lo de los hombres grises?

Arthur hundió los dedos engarfiados entre sus revueltos y húmedos cabellos y fijó en Ángel una mirada de angustia.

—No sé… no sé… —murmuró— ¡Si no hubiera bebido tanto whisky esta noche…! La cabeza me da vueltas… no sé qué pensar. Y, sin embargo, presiento en todo esto algo terrible y cierto. Algo de lo que nos contó la vieja era verdad. Si yo tuviera un avión bueno, volaría inmediatamente hacia el Tíbet…

—¿Y qué harías una vez allí? ¿Ir preguntando de pueblo en pueblo por la vieja loca o por Carol Mitchel?

—Tal vez sí, ¿quién sabe? Esa mujeruca mencionó otro nombre: Sakya Kuku Nor. ¡Cielos, vaya lío! ¿Quién es el profesor Mattox?

—Demasiadas preguntas para una sola vez —sonrió Ángel—. Vámonos a dormir ahora. Mañana, con la cabeza más despejada, tal vez se nos ocurra una buena idea.

Arthur miró a su alrededor.

—Vendrás a dormir conmigo a mi hotel —dijo Ángel adivinando su pensamiento—. En mi habitación hay dos buenas camas.

—Acepto tu invitación. Vamos.

Salieron a la calle y echaron a andar hacia el hotel. Iban silenciosos, encerrados los dos en sus íntimos pensamientos. Aunque se esforzaba por echar a broma lo ocurrido, Ángel no podía olvidar el patético acento de la vieja ni el efecto tan profundo que le causaron sus lamentos y sus palabras. ¡Trasplante de cerebros y de cuerpos! Era absurdo todo. ¿Y qué significaba aquello de los hombres grises? El señor Mitchel había sido encontrado vagando por la selva de Haidarabad, loco y hablando de unos hombres grises. Esta noche, otro personaje que parecía privado de razón volvía a mencionar a los hombres grises.

¿Coincidencia?

—Arthur —dijo a su amigo cuando llegaban al hotel—. Sé de una persona a quién le interesará lo que nos contó esa mujer. ¿Quieres que se lo digamos?

—¿Puede ayudarnos a encontrar a Carol?

—Indirectamente… sí.

—¿Qué quieres decir con eso de indirectamente?

—El hombre de quien te hablo es el profesor Stefansson, jefe de laAstral Information Office. Ha venido a la India expresamente para interrogar al señor Mitchel y ver qué hay de cierto sobre esos hombres grises, de modo que si le referimos nuestra aventura de esta noche, lo más probable es que se lance tras la pista de Carol sin vacilar un segundo.

—¡Mil bombas! —exclamó Arthur—. A eso le llamo yo tener suerte. Vamos corriendo a buscar a ese hombre… y que el cielo bendiga a los chiflados que se dedican a buscar hombres grises.

Entraron en el hotel. El vestíbulo estaba desierto y el conserje lanzó una mirada desconfiada sobre Arthur, mas viéndole en compañía de Ángel no osó oponerse a su entrada.

Ascendieron las escaleras, se detuvieron ante la puerta de la habitación del profesor y Ángel llamó con los nudillos. Salió a abrirles el propio Stefansson. Iba completamente vestido. Los dos aviadores pudieron ver a la hermosa Bárbara Watt, sentada ante una minúscula máquina de escribir.

—Perdone que le interrumpa, profesor —dijo Ángel—. Le presento a un viejo amigo mío, el ex-capitán Arthur Winfield, piloto de las Fuerzas Aéreas. Nos acaba de ocurrir algo que queremos contarle…

—Bien, pasen ustedes —dijo el profesor—. Estábamos haciendo el informe sobre el caso Mitchel.

—¿Averiguó algo acerca de esos hombres grises? —preguntó el español entrando y saludando con un frío movimiento de cabeza a Bárbara, que le correspondió con un mohín de desprecio.

—¡Oh, nada! Por lo pronto ya nos costó trabajo llegar hasta el señor Mitchel. Su hijo se oponía a que le molestáramos. En verdad no merecía la pena haber venido. El hombre está completamente loco y no pronuncia más palabras que: «¡Los hombres grises de Venus!».

—Eso era lo que usted ansiaba oírle decir, ¿no es cierto?

—Sí, es verdad. En fin, nada hemos sacado en limpio. Entre nosotros, y a modo de confidencia, les diré que sospecho del hijo del señor Mitchel. Pudiera ser él quien hizo desaparecer el avión, y con éste a su padre y a su hermana. Aunque ya apareció su padre, mantiene en pie su promesa de regalar trescientos mil dólares a quien presente «viva o muerta» a Carol Mitchel. ¿No es mucho dinero trescientos mil dólares? Claro, que si por esa cantidad apareciera muerta Carol Mitchel, su hermano podía darse por satisfecho. Heredaría la totalidad de la fortuna de su padre.


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—Hace mal en pensar eso de John Mitchel hijo —intercedió Arthur—. John adoraba a su hermana.

—¿Cómo lo sabe usted? —interrogó el profesor.

—Fui novio de Carol… hace algún tiempo.

El profesor se volvió hacia Ángel.

—Es cierto, señor Stefansson —corroboró el español.

—Bien. Lo celebro. Por mi gusto, Carol Mitchel debiera haber sido raptada efectivamente por los hombres grises de Venus. Una historia apasionante de un avión atacado por platillos volantes y sus pasajeros raptados por hombres extraterrestres es lo que me hubiera complacido. Veamos lo que tenía que contarme. ¿Han visto algún platillo volante?

—Hemos visto y oído algo más fantástico. Permítame que se lo cuente —sonrió Miguel Ángel. Y acto seguido narró al profesor la aparición de la vieja, su inverosímil historia y el inesperado desenlace.

Stefansson les escuchó hasta el final con mudos asentimientos de cabeza y un brillo de entusiasmo en los ojos agrandados por los gruesos cristales de sus gafas.

—¡Estupendo… francamente estupendo! —exclamó al fin de la historia—. ¡Ah, eso ya merece la pena investigarse!

Se paseó arriba y abajo de la habitación, moviendo los brazos como aspas de molino y deteniéndose para lanzar exclamaciones de entusiasmo.

—Creo que empiezo a ver claro en el asunto —aseguró sin dejar de ir arriba y abajo—. Si miss Carol fue raptada fue para algo… por alguien que no piensa pedir rescate. ¿Y para qué habían de raptarla si no fuera para pedir un fuerte rescate por su libertad? Pues sencillamente, porque miss Carol significa para su raptor infinitamente más que los trescientos mil dólares de recompensa y todo el dinero que John Mitchel pudiera dar encima. Supongamos que es posible cambiar el cerebro… se trasplanta un riñón de una persona a otra… se trasplanta una córnea, un corazón. ¿Por qué no se ha de hacer igual con un cerebro?

—¡Profesor! —exclamó Bárbara—. ¡Nunca fuimos tan lejos en nuestras fantasías!

—¿Por qué han de ser fantasías? Hace siglos que la ciencia experimenta sobre esa posibilidad. La cirugía, que a diario nos ofrece milagros no menores, no desespera de conseguirlo algún día. No quiero decir que ya esté hecho, pero supongamos que alguien puede hacerlo y es capaz de meter el cerebro de una mujer vieja en el cuerpo de una muchacha joven y viceversa…

—¡Profesor! —volvió a protestar la secretaria con cara de espanto.

—Suponga —prosiguió el profesor deteniéndose ante ella y apuntándole con su huesudo índice— que usted tiene un siglo de edad y puede vivir otro siglo cambiando su cerebro del cuerpo que tiene al de otra joven. Suponga que se le ofrece esa oportunidad y que ya está hecho el cambio. ¿Si le ofrecieran un millón de dólares lo aceptaría a cambio de abandonar el cuerpo joven y devolverlo a su legítima dueña?

—Creo… que no —balbuceó Bárbara ruborizándose.

—¡Pues eso es exactamente lo ocurrido con Carol Mitchel! —gritó triunfalmente el viejo.

—¡Pero, profesor! —protestó la joven—. ¡Eso es tanto como dar por cierta la historia de esa vieja loca!

—¿Y por qué no ha de ser cierto? Fíjese en lo que dijo a estos afortunados caballeros: «El profesor Mattox, con la ayuda de los hombres grises, efectuó el cambio robándome mi cuerpo». ¿No está claro como la luz del día? ¡Ese profesor era impotente para llevar a cabo operación tan complicada, pero la ciencia de los hombres grises de Venus, infinitamente más adelantada que la nuestra, hizo posible el sueño del médico terrestre!

Todos quedaron mirando atónitos al profesor.

—¡Estupendo… estupendo…! —rió el hombrecillo restregándose las manos con satisfacción—. ¡Ahora ya no me cabe duda de la existencia real de los platillos volantes y sus tripulantes grises!

A espaldas de Stefansson, Arthur Winfield se llevó el índice a la sien e hizo mención de atornillar algo mirando a Ángel. El profesor se volvió de repente.

—Andrés —dijo haciendo una seña a Ángel—. Vaya a buscar a los muchachos y tenga preparado al Cóndor para salir inmediatamente hacia el Tíbet.

—¿Quiere decir que nos vamos… ahora mismo?

—En cuanto haya hecho algunas pesquisas. Quiero saber quién es ese profesor Mattox. Su nombre me suena… me suena.

—Señor Stefansson —dijo Arthur avanzando un paso—. ¿Querría usted admitirme como miembro de la expedición? No quiero sueldo ni parte de la recompensa de trescientos mil dólares si por suerte encontramos a Carol Mitchel. Mi interés en ayudarles es únicamente de índole moral…

—Puede acompañarnos, señor Winfield. Seguramente nos servirá de ayuda. En cuanto a esos trescientos mil dólares, una entidad oficial como laAstral Information Officeno puede admitirlos como recompensa. Pudiera ocurrir, en cambio, que los cobrara usted como particular, y en tal caso podría darnos una pequeña parte, si ese es su gusto.

—Muchas gracias, profesor… cuente conmigo —aseguró Arthur sinceramente agradecido.

—Bárbara —dijo el profesor—. Búsqueme un guía que sepa hablar tibetano y conozca el país. Creo que nos hará falta. Voy a salir ahora y no sé cuando volveré. Espero que sea pronto. Para entonces les ruego que estén preparados… emprenderemos el viaje inmediatamente.

Miguel Ángel Aznar, Arthur Winfield y Bárbara Watt presenciaron silenciosos la precipitada salida del viejo. Luego, Bárbara descolgó el teléfono y Ángel hizo una seña a su amigo.

—Vamos, Arthur. Llamaremos a los muchachos.

Capítulo 5.La pista conduce a los montes Darglas

La tripulación del Cóndor no se encontraba en el hotel. George Paiton, Richard Balmer y Walter Chase salieron en plan de diversión después del almuerzo y se ignoraba su paradero.

—Bueno, no importa —dijo Miguel Ángel—. De todas maneras no vamos a despegar antes de mañana.

Miguel Ángel decidió de todas formas ir al aeropuerto. Si el Cóndor tenía que volar al día siguiente, convendría tenerlo listo dando las órdenes oportunas para que se efectuara el cambio de aceite y se llenaran los depósitos de gasolina, al tiempo que se verificaba una total revisión del resto del aparato.

En el taxi que les conducía al aeródromo Miguel Ángel preguntó:

—¿Has volado alguna vez sobre el Tíbet, Arthur?

—No, jamás.

—Ni yo. En realidad, ¿qué conocemos del Tíbet?

—Los chinos ocuparon militarmente el país y el Dalai Lama salió corriendo. Se trata de una región de difícil acceso. Tendremos que volar sobre las montañas más altas del mundo y luego… ¡Demonio, Miguel! Ni siquiera sabemos si vamos a encontrar un aeródromo donde aterrizar.

—Tenemos a bordo una colección muy completa de mapas. Les echaremos un vistazo.

Poco después llegaban al aeropuerto internacional de Calcuta, dejaban el taxi y daban una buena caminata hasta el lugar donde el Cóndor permanecía aparcado. Arthur Winfield dejó escapar un silbido de admiración cuando su amigo encendió las luces de la cabina.

—¿Voláis a todo confort, eh? Después de todo no debes pasártelo tan mal con esa cuadrilla de chiflados. Y la secretaria de Stefansson, ¡bueno, la secretaria está como un camión! ¿Ella os acompaña a todas partes?

—Sí, para mi desgracia. Sígueme, vamos a examinar esos mapas.

En la cabina del navegador encontraron una copiosa colección de cartas geográficas que abarcaban todo el mundo conocido. El Cóndor estaba siempre preparado para volar a cualquier parte, y esta colección de mapas formaba parte de su equipo.

Pese a tan completa provisión cartográfica, descubrieron con disgusto que sólo existía un mapa del Tíbet. Y en este, grandes espacios en blanco o levemente rayados indicaban que no había datos sobre vastas extensiones inexploradas. Algo llamó inmediatamente la atención de Miguel Ángel como experto piloto:

—No hay radiofaros, ni siquiera aeródromos.

—Sólo muchos lagos por todas partes —observó Arthur Winfield.

—Esa podría ser la solución. ¡Un hidroplano!

—Hay algunos hidroaviones por esta zona. La mayoría son avionetas provistas de flotadores.

—Necesitaríamos un avión con techo sobrado para sobrevolar los Himalayas, con radio de acción suficiente para ir al corazón del Tíbet y regresar sin aprovisionarse de combustible… Seguro y capaz para una tripulación de siete u ocho personas y abundante equipo…

—Sólo sé de uno que reúna esas características; un viejo DC-4 con flotadores. Conozco a su dueño, un tipo que trabajaba acarreando equipo y personal para una compañía que hacía sondeos petrolíferos en el delta. La compañía quebró, mi amigo no cobró un céntimo… y tampoco pudo pagar en el taller donde hacía poco le habían reparado el DC-4. El propietario del taller embargó el avión…

—Ese cascarón, ¿se conserva en buen estado?

—Muy bueno. Además, tú has volado en ellos. Sabes que los Douglas son irrompibles.

—Bueno —suspiró Miguel Ángel cerrando el libro de mapas—. Mañana veremos eso, hoy es demasiado tarde y estoy muerto de sueño.

Durmieron en el Cóndor. A la mañana siguiente, despertados temprano por el trajín del aeródromo y el infernal ruido de los motores de reacción, se afeitaron y salieron para desayunar. Luego se dirigieron al río donde estaba o debía de estar el hidroavión.

El DC-4, transformado en hidro con la adición de un largo flotador bajo cada ala, se balanceaba graciosamente sobre el agua amarrado a un muelle de madera, ante un taller especializado en motores de barcos.

El dueño del taller era un inglés muy correcto. Este confirmó más o menos la versión del asunto dada por Arthur Winfield. El hidro estaba embargado, a la espera de que su dueño liquidara los tres mil quinientos dólares que adeudaba al taller.

—¿Y si nosotros liquidáramos la deuda del dueño del aparato? —preguntó Miguel Ángel Aznar.

—Tendrán que ponerse en contacto con el dueño. Por mi parte no hay inconveniente en arreglar este asunto.

El inglés les dio las señas de los lugares más o menos frecuentados por el dueño del Douglas.

Hacia el mediodía estaban de regreso en el hotel, luego de hablar con el dueño del DC-4 y concretar los detalles de la operación.

—¿Dónde puedo ver al profesor Stefansson? —preguntó Miguel Ángel a la señorita Watt.

—El profesor no ha regresado. Volvió anoche, ya tarde, durmió en el hotel y se levantó antes que ninguno de nosotros. Se marchó sin dejar ningún recado.

—¡Demonio de hombre! Bueno, ya regresará. Nosotros estaremos almorzando en el restaurante de este hotel. ¿Quiere usted almorzar con nosotros?

—No debo apartarme del teléfono por si llamara el profesor. Tomaré cualquier cosa aquí mismo.

Miguel Ángel se encogió de hombros y salió con Arthur Winfield. Una hora después, mientras charlaban ante una taza de café en el restaurante, un botones del hotel llamó a Miguel Ángel al teléfono.

Era Bárbara Watt.

—El profesor Stefansson ha regresado.

—Vamos para allá enseguida —dijo el joven.

Al entrar poco después en la habitación que el profesor había convertido en despacho encontraron al hombre muy excitado.

—Ya sé quien es el profesor Mattox —dijo—. Fui a la redacción de un periódico, di un vistazo a los números atrasados, fisgoneé en el archivo… y he aquí el resultado.

Mostró una cartulina, y en ella una fotografía pegada. La cartulina estaba escrita a máquina.

—Es la ficha de Roger Woolcott Mattox. Cirujano de profesión. Hace dos años fue procesado por haber practicado una operación ilegal en el cuerpo de un paciente. El profesor Mattox parece que perseguía de antiguo el modo de cambiar los cerebros. Hizo muchos experimentos con animales, y el último le llevó a la cárcel. Su paciente murió y Mattox fue condenado a cadena perpetua. Escapó de la cárcel hará cosa de año y medio. Desde entonces no ha vuelto a saberse de él. ¿Qué les parece? Por algo me sonaba a mí ese nombre.

Arthur Winfield se mostró particularmente afectado.

—¿Será posible que haya algo de verdad en lo que nos contó anoche aquella vieja? —murmuró asustado—. ¡Cielos! ¡Qué horror si, realmente, aquella mujer fuera Carol! Pero… eso es imposible… no puede ser cierto… sería demasiado monstruoso.

—Espero poderlo confirmar pronto —aseguró el profesor. Y sacando otra cartulina del bolsillo la mostró a los aviadores, preguntándo:

—¿Conocen esta cara?

—Este es el piloto que conducía el avión Cessna de los Mitchel —dijo Arthur inmediatamente.

—Cierto. Se trata de Alfred Kruif, el piloto de los Mitchel. Un piloto norteamericano que también peleó contra los japoneses. No hay antecedentes sospechosos de él, pero ese hombre es la base sobre la que se levanta este enigma. Si el avión no se estrelló contra la tierra ni cayó al mar, este hombre lo llevó a alguna parte. Es muy probable que fuera al Tíbet. ¿No creen?

Arthur pasó la fotografía a Ángel. El español echó una superficial mirada sobre un rostro estrecho y alargado, de boca grande y fina que sonreía desde el retrato.

—Ahora sólo me falta hacer otra indagación acerca de los Mitchel. Si el rapto de Carol Mitchel fue premeditado es porque el profesor Mattox tenía un especial interés en que fuera esta muchacha su víctima. Salta a la vista que esto es algo extraño. Si el único propósito que guiaba a Mattox era hacer un experimento, pudo haberse servido de cualquier mujer más accesible y que metiera menos ruido que Carol Mitchel. Tiene que haber algún punto de contacto entre el raptor y su víctima, y eso voy a saberlo en cuanto pueda hablar con John Mitchel. Vuelvo a la ciudad.

Ángel expuso entonces su propósito de cambiar de avión.

—No hay aeródromos en el Tíbet. Es posible que los chinos hayan construido alguno, pero será para uso exclusivo de los aviones militares y no hay que contar con ellos. El país tiene muchos lagos. Creo que convendría cambiar nuestro avión por un hidro.

—Bien. Búsquelo.

—Ya está buscado. Sólo hay en Calcuta uno que nos puede servir, un DC-4 convertido en hidroavión. El aparato está embargado, pero su dueño nos lo cederá por un par de semanas si lo libramos de las deudas que pesan sobre él. Total, cuatro mil dólares.

Contra lo que Miguel Ángel temía, el profesor no se inmutó.

—Muy bien, acompáñeme al banco y retiraremos esa cantidad de nuestro fondo. ¿El avión estará listo para despegar mañana?

—Trabajaremos para que lo esté.

—Dejo ese asunto en sus manos.

Miguel Ángel Aznar acompañó al profesor Stefansson al centro de la ciudad mientras Arthur Winfield iba a buscar al dueño del DC-4.


Page 7

Con el dinero en el bolsillo, Miguel Ángel fue a reunirse más tarde con Winfield en el muelle. La operación de liberar al DC-4 del embargo que pesaba sobre él se realizó sin contratiempos. El dueño del taller recibió el dinero que se le debía. Miguel Ángel pagó las costas del juzgado y el resto se empleó para sacar un seguro al hidro, quedando un pequeño remanente para el dueño.

La tripulación del Cóndor había llegado mientras tanto y procedió a asear la cabina del hidroavión, acarreando en taxi desde el aeropuerto internacional parte del equipo del DC-8.

Regresaron a comer al hotel, subiendo primero a sus habitaciones para quitarse la grasa que traían en las manos y la cara. Antes de comer regresó el profesor Stefansson. Acompañaba al vejete un mozo alto y flaco, vestido con pantalón y guerrera del ejército británico y envuelta la cabeza en un turbante. Era Baiserab, el guía que para la expedición había solicitado Watt a una agencia turística inglesa. En cuanto al profesor, venía muy contento.

—Lo que me figuraba —dijo en cuanto se hubo reunido con su secretaria y con Ángel—. El doctor Mattox tuvo relaciones amistosas con los Mitchel. Parece que operó al padre de Carol y que éste, en agradecimiento, le abrió las puertas de su casa. El doctor, según se desprende de la explicación de John Mitchel, se enamoró como un cadete de Carol, la importunó bastante y, finalmente, la muchacha fue con quejas a su padre. Este despidió a Mattox con alguna brusquedad y el doctor se fue jurando que se acordarían de aquello. Más tarde, cuando los Mitchel supieron lo del proceso del doctor, se felicitaron de haberlo expulsado… y ahí acaba la historia.

—¿Cree usted que, de ser verdad la historia de la vieja tibetana, Mattox se vengó de Carol robándole su cuerpo y metiéndole en el de una anciana?

—Sería una venganza atroz, ¿verdad? —preguntó el profesor.

—¡Cielos, sí! —murmuró la secretaria, estremeciéndose de frío.

—Bueno. Puesto que ya está todo preparado, vamos a emprender la marcha.

Se detuvieron en Bhagpur, cuatrocientos kilómetros al Norte de Calcuta, para rellenar los depósitos de gasolina. Desde aquí se divisaba en el horizonte la mole imponente de los Himalayas con sus cimas coronadas de blancos vapores. Aquellas eran las puertas del «Techo del Mundo», como quien decía las de la aventura, y la excitación a bordo era enorme.

Un poco más tarde, volando sobre los enhiestos picachos de la bravía cordillera, el entusiasmo cayó en una laguna como entre dos paréntesis. Las corrientes de aire, traidoras e inesperadas, tan pronto les remontaban hasta los ocho mil metros, como, al sobrevolar una hondonada, les hacía bajar bruscamente dos o tres mil metros, originando una serie de sobresaltos que hicieron correr a Baiserab hacia el lavatorio con grandes prisas.

Aquí tuvo Miguel Ángel sobrada ocasión de demostrar sus conocimientos aviatorios en lucha abierta contra los ardides de la malintencionada naturaleza. Sus músculos, jóvenes y tensos, estaban siempre preparados para saltar como un muelle. Y así, subiendo ahora, hacia las nubes, cayendo después en el vacío hacia tierra, pasando entre nevadas cumbres y rozando en más de una ocasión con las alas los ventisqueros himalayos, el avión logró salir de la fragosidad salvaje de la cordillera y sobrevolar la alta meseta tibetana surcada por profundas barrancas, verdes valles, angostos cañones y encantadoras vaguadas, todo en una mutación rápida que recordaba las secuencias súbitas de una cinta documental, rodada en varios países y tiradas en un solo rollo.

Mediada la tarde, tras haber pasado acariciando con los flotadores unos agudos picachos, el cauce del Brahmaputra se tendió a sus pies. Poco después Lhasa emergía del horizonte como una mota pardusca que aumentó rápidamente de tamaño. Ángel observó la dirección del viento que inclinaba la humareda de una chimenea fabril y, haciendo perder altura al avión, se dejó caer sobre las aguas del río Uimuran.

Después de correr sobre las aguas, el Douglas se detuvo y puso proa a la orilla, de donde se destacó enseguida un bote de remos que fue a abordar la barquilla del aparato.

Apenas abrieron la portezuela se dejó sentir un frío que a los viajeros, procedentes de la India, les pareció bastante intenso. El profesor anunció su intención de desembarcar inmediatamente e invitó a su secretaria para que le acompañase.

—¿Qué se propone hacer? —le preguntó Arthur, que parecía haber caído en gracia al profesor.

—Voy a presentar mis respetos al representante del gobierno chino, y de paso a preguntarle por esa Sakya Kuku Nor. No tengo grandes esperanzas de que se la conozca, pero pudiera ocurrir que se tratara de algún personaje de cierta importancia. Puede acompañarnos si ese es su gusto.

—¿Me permite que vaya yo también? —preguntó Ángel, deseoso de estirar las piernas.

Consintió el profesor, y poco después, ya provistos de ropa de más abrigo, saltaban al bote que les estaba esperando. El bote iba ocupado por dos tibetanos desastrosamente vestidos y otro hombre que parecía ser un personaje a juzgar por la profusión de galones con que se adornaba. Este hombre les saludó sacándoles la lengua repetidas veces y rascándose la oreja, cosa que, según Bárbara Watt, era el más cortés de los saludos tibetanos.

Acompañaba al grupo Baiserab, el guía indio, y por este supieron que el hombre de los galones era un simple policía.

El bote atracó a la cenagosa ribera. Los viajeros pusieron pie en tierra firme, donde al punto fueron rodeados por nutrido grupo de hombres de largos ropajes algo recogidos a la cintura por cuerdas, de sucios y astrosos muchachos y de famélicos y feroces perros. El policía ahuyentó a los curiosos con voces y amenazas del bastón que empuñaba y el círculo se ensanchó. Los tibetanos, explicó Bárbara, sienten un gran respeto por la autoridad y todo cuanto representa el poder gubernamental, que en el Tíbet está formando cuerpo con el poder religioso empuñado por los lamas.

—Parece muy bien enterada —comentó Ángel irónicamente.

—Antes de salir de Calcuta me informé bien en la Enciclopedia Británica.

El profesor Stefansson, por mediación de Baiserab, hizo saber al policía que deseaba ser llevado a presencia del «Kalun».

—Dígale también que ayuden a nuestros muchachos a amarrar el avión.

Apenas el policía hubo expuesto los deseos de los extranjeros, veinte amables tibetanos tomaron sus botes para acercarse al Cóndor y tomar las amarras que les tendían los aviadores.

Los viajeros, siempre rodeados a respetuosa distancia por hombres, niños y perros, echaron a andar en seguimiento del policía, que parecía próximo a reventar de orgullo. Por las calles tortuosas y mal empedradas rebotaban las ruedas macizas de chirriantes carretas tiradas por yaks y bueyes sucios de barro y boñiga. Los perros ladraban al barullo de la multitud que seguía a los americanos y los rebaños de cabras se apartaban empujados por sus enanos pastores armados de largas varas. Finalmente llegaron al «palacio» del «kalun».

El «kalun», Yuru Singh, alto representante del Gobierno chino en Lhasa, resultó ser un joven de estudios universitarios, inteligente y activo. Recibió a los expedicionarios con grandes muestras de simpatía, y dejando a un lado las tradicionales reverencias de los de su raza les estrechó las manos ordenando servirles sendas tazas de té.

No era la hora muy apropiada para el brebaje pero los viajeros lo tomaron mientras escuchaban el correcto inglés del joven chino.

El profesor dijo al «kalun» que viajaban por todo el mundo para recopilar datos acerca de los misteriosos platillos volantes.

—Ciertamente —repuso el chino—. La presencia de esos extraños discos luminosos es frecuente en los cielos del Tíbet.

—Por conductos un tanto extraños —dijo el profesor— hemos escuchado una especie de leyenda. Según ésta, hay en el Tíbet un territorio regido por una mujer llamada Sakya Kuku Nor. Los súbditos de Sakya tuvieron ocasión de capturar un platillo volante en tierra y también a sus tripulantes. Estos eran unos hombrecillos menudos, de forma extraña, que murieron, según parece, en el accidente.

El joven chino sonrió.

—Jamás oí historia parecida —aseguró—. ¿Dónde la escucharon?

—En el Turkestán.

—El Tíbet es un país rico en leyendas —confirmó el joven oriental—. Pero eso se debe seguramente a la prodigiosa imaginación de nuestro pueblo más que a hechos reales donde basar tanta fantasía. Hay profusión de leyendas chinas asegurando la existencia de los «gheressun-bambursh» en las montañas de Altyn-Tag. Este vocablo significa hombres salvajes. Parece que según la leyenda, viven en plena edad de piedra, que se dedican a la caza, acechando sus presas en las inmediaciones de los arroyos y lagos para matarlas a pedradas. Las comen en seguida, cortando la carne con trozos de piedra afilada, se procuran fuego con sílex y huyen ante los extranjeros, corriendo tan velozmente que ni un jinete montado en un buen caballo podría alcanzarlos… Sí, hay muchas leyendas en este país. Y, por lo general, también en el resto del mundo se cree que esta tierra es la más propicia para desarrollar toda clase de especies fantásticas.

—¿No es así?

—Ciertamente, el Tíbet es enorme, muchas de sus cadenas de montañas son actualmente inaccesibles y las escasas comunicaciones con el interior mantienen al país considerablemente atrasado. Sin embargo, cualquier cosa fantástica puede ocurrir lo mismo en el Tíbet que en otra parte del mundo… incluida Norteamérica.

—¿Y de esa Sakya Kuku Nor? —interrogó el profesor.

—No recuerdo haber oído ese nombre nunca. La poliandria, que en el Tíbet concede a una sola mujer varios maridos, ha hecho de muchas mujeres una especie de jefes de gran influencia. La sumisión del hombre a la mujer es en el Tíbet, todavía, un hecho auténtico. Nosotros, los chinos, jamás hemos podido comprender esta hegemonía del sexo débil, pero la respetamos. Pudiera existir esa Sakya, pero el Tíbet es inmenso, y muchos nombres llegan a nosotros deformados a través de narraciones de viajeros que vuelven del interior, o de los reyezuelos parcialmente independientes que de tarde en tarde se asoman a nuestros despachos para traernos sus presentes y saludos.

—¿Entonces…?

—Siento no poder ayudarles —sonrió el chino amablemente.

Se despidieron del «kalun» y fueron a reunirse con el resto de la tripulación del Cóndor en el único hotel decente de la ciudad.

En general, todos se sentían defraudados por el éxito negativo de sus pesquisas. Entre todos, era el profesor quien más optimista se mostraba. Aquella noche, después de comer, salió acompañado de Baiserab y no regresó hasta muy tarde. Para entonces, Ángel ya estaba acostado y todavía permanecía en el lecho cuando el profesor volvió a salir, siempre acompañado de su inseparable guía.

Ángel supo que el profesor estaba dedicándose a visitar e interrogar a todos los personajes de cierta importancia de Lhasa y a los mercaderes que traficaban con las tribus nómadas del interior.

—Es inútil que busque —decía Arthur a su amigo —. Sabe Dios quién será esa Sakya Kuku Nor, y ni siquiera si existirá.

Ángel no respondía a las lamentaciones de su compañero, pero íntimamente se sentía a su vez defraudado. Aún sin proponérselo, había empezado a considerar interesante esta aventura y precisamente cuando estaba forjando ilusiones acerca de un sensacional desenlace se encontraba con que la fiebre emocional del grupo descendía a cero grados. Pasó casi todo el día en el avión. Aquella noche, con gran asombro por parte de todos, supieron que el profesor todavía no estaba de regreso en el hotel. Bárbara estaba intranquila y fue al cuartelillo de policía a exponer sus cuidados.

—Tranquilícese —le dijeron en una mezcla espantosa de tibetano e hindú—. El señor ha sido visto en diversos lugares de la ciudad y le acompañan dos de nuestros agentes.

Comieron, charlaron un poco y esperaron. Finalmente, cansados de esperar, el grupo se dispersó en busca de sus lechos. Ángel no supo cuánto tiempo había dormido al sentirse zarandeado bruscamente por un hombro. Era el profesor.

—¡Vamos, levántese, Andrés!

—¡No me llamo Andrés, sino Ángel! —refunfuñó el español parpadeando bajo la luz.

—No importa. Levántese enseguida. Nos vamos.

—¿Qué nos vamos? ¿Adónde?

—Ya tengo una pista. ¡Es una pista estupenda!

Mientras Ángel saltaba del lecho entraron los demás miembros de la tripulación del Cóndor, excepto el radiotelegrafista Richard Balmer, que aquella noche se quedó cuidando el avión.

Al parecer todos habían sido despertados con parecida brusquedad. Rodearon al profesor envueltos en sus batines con los ojos pegados de sueño.

—He averiguado muchas cosas a fuerza de ir preguntando a los comerciantes —dijo el profesor—. De todas estas cosas sólo hay dos realmente importantes. Una, que el cielo del Tíbet parece ser excepcionalmente propicio para los platillos volantes. Es poca la gente que no los ha visto una y más veces. La otra noticia es la mejor. Acabo de hablar con un traficante que regresó ayer con una caravana de las montañas Darglas. Su historia es algo sensacional.

Miró en rededor a las caras pendientes de sus labios. Y prosiguió:

—Kur Najak, el hombre que acaba de contarme esto, llegó en su deambular por el corazón de las montañas Darglas hasta una mísera aldea situada junto a un pequeño lago, cuya ubicación tuvo la amabilidad de dibujarme en un papel. Los pobladores de esta aldea se jactaban de haber dado muerte a dos extraños hombres que habían bajado del cielo con «sombrillas». Aseguraban que vieron a una especie de plato que surcaba el cielo, que de pronto se detuvo y empezó a caer, y que fue de ese disco de donde salieron los hombres. El platillo, porque se desprende de esa historia que se trataba de un platillo volante, cayó en un ventisquero inaccesible.

Calló el profesor y miró uno por uno a los que le escuchaban.

—¿No dicen nada? —preguntó tras un minuto de silencio.

—¿No será todo eso otra historia fantástica? —preguntó Ángel.

—Fantástica o no vamos a emprender inmediatamente el vuelo hacia esa aldea. Kur Najak me dibujó un mapa y me facilitó amplios detalles de la región. El platillo volante está allí, estoy seguro.

Los aviadores se miraron los unos a los otros.

—Bueno —dijo Paiton—. Usted es el jefe, profesor. Iremos, si usted quiere que vayamos.

Unos minutos después, el grupo atravesaba las silenciosas y mal empedradas calles de Lhasa. En sus pechos volvía a cobrar forma una ilusión.

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