Multimillonarios por accidente, el nacimiento de facebook. una historia de sexo, dinero, talento y tr

 

Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin no encajaban dentro de los cánones sociales de la Universidad de Harvard. Tímidos, poco agraciados físicamente y sin apellidos ilustres, sus compañeros les daban la espalda y, con ello, se esfumaba toda posibilidad de relacionarse con la mitad femenina del campus. Resignados, se refugiaban en sus ordenadores y en sus clases de matemáticas. Eran dos auténticos frikis.

Una noche, en la que como otras tantas volvía solo a su habitación, Mark Zuckerberg entró en los servidores de la universidad y copió los archivos del directorio de estudiantes, llamado facebook en inglés. Eliminó los nombres y las fotografías de los chicos y lo volvió a colgar en Internet, no sin otra pequeña modificación: los estudiantes podían puntuar el aspecto físico de cada una de las chicas. El experimento estuvo a punto de costarle la expulsión de la Universidad, algo que no le hubiera preocupado en absoluto porque acababa de crear el embrión de lo que en unos pocos meses iba a convertirse en Facebook, la red social más popular del mundo.

La que sigue es una historia novelada en la que las fiestas locas, el sexo con mujeres despampanantes, el talento de sus fundadores, el dinero de los inversores y la traición entre amigos acaban conformando un relato muy poco habitual de la fundación de una empresa, al tiempo que constituye una lectura compulsiva sobre la pérdida de la inocencia de una generación que ha hecho de las redes sociales su hábitat natural.

Ben Mezrich

Multimillonarios por accidente

El nacimiento de facebook. Una historia de sexo, dinero, talento y traición.

ePUB v1.1

Polifemo701.01.12

Título original: The Accidental Billionaires: The Founding of Facebook. A Tale of Sex, Money, Genius and Betrayal

© 2009 Ben Mezrich

© 2010 de la traducción Ramón Vilà Vernis

© Centro Libros PAPF, S.L.U.

Alienta es un sello editorial de Centro Libros PAPF, S.L.U.

Grupo Planeta Barcelona, 2010

ISBN: 978-84-92414-20-8

Primera edición: marzo de 2010

Depósito legal: B. 4965-2010

Preimpresión: jota tres realizaciones, s.l.

Impreso por EGEDSA Impreso en España - Printed in Spain

Nota del autor

Multimillonarios por accidentees un relato novelado basado en decenas de entrevistas, cientos de fuentes y miles de páginas de documentos, incluidos los archivos de varios sumarios judiciales.

Existen diferencias de opinión —a menudo en conflicto entre sí— acerca de algunos de los hechos ocurridos. Tratar de pintar un cuadro a partir de los recuerdos de decenas de testimonios —algunos directos, otros indirectos— puede llevar muchas veces a discrepancias. He tratado de recrear las escenas del libro de acuerdo con la información encontrada en documentos y entrevistas, así como mi propio juicio acerca de cuál es la versión que mejor encaja con los registros documentales. Otras escenas describen percepciones individuales sin suscribirlas.

He tratado de ser tan exacto como he podido con la cronología. En algunos casos he cambiado o inventado algunos detalles del contexto o de las descripciones, y he alterado detalles identificativos de algunas personas para proteger su privacidad. A excepción del puñado de figuras públicas que aparecen en este relato, los nombres y las descripciones personales han sido alterados.

Empleo la técnica del diálogo recreado. He basado estos diálogos en los recuerdos de los participantes acerca de la esencia de lo que hablaron. Algunas de las conversaciones reproducidas en el libro tuvieron lugar en el curso de largos periodos de tiempo y en múltiples localizaciones, por lo que en algunos casos he tenido que recrear y comprimir las escenas. A veces he preferido situarlas en un escenario adecuado antes que repartirlas entre varios.

En los agradecimientos doy un tratamiento más completo a mis fuentes, pero es justo que dedique aquí un agradecimiento especial a Will McMullen por haberme presentado a Eduardo Saverin, sin el cual este relato no habría visto la luz. Mark Zuckerberg se negó a hablar conmigo para este libro —y está en su perfecto derecho de hacerlo— a pesar de mis numerosas peticiones.

CAPÍTULO 1:Octubre de 2003

Todo fue obra probablemente de la tercera copa. A Eduardo le habría costado decirlo con seguridad, pues las tres habían bajado en tan rápida sucesión —los tubos de plástico vacíos estaban dispuestos en acordeón sobre la repisa de la ventana que tenía detrás— que no había podido percibir con certeza cuándo se había producido el cambio. Pero ya no había forma de negarlo, las pruebas estaban por todas partes. El agradable calor en sus mejillas, normalmente cetrinas; la forma relajada, casi elástica de apoyarse en la ventana, todo un contraste con su habitual postura rígida y levemente encorvada; y lo más importante de todo, la sonrisa fácil en su rostro, algo que había estado practicando sin éxito ante el espejo durante dos horas antes de salir de su dormitorio aquella noche. Sin duda el alcohol había hecho su efecto, y Eduardo ya no estaba asustado. Por lo menos, ya no sentía un deseo urgente desalir echando leches de allí.

La habitación que tenía delante era, ciertamente, intimidante: una inmensa lámpara de araña colgaba de un arco catedralicio; unas tupidas cortinas rojas de terciopelo parecían sangrar de una herida abierta en las majestuosas paredes de caoba; una escalinata ascendía en amplios meandros que se bifurcaban hacia los secretísimos pisos superiores, cuyas intrincadas estancias estaban plagadas de historias. Incluso los cristales de las ventanas que Eduardo tenía a su espalda parecían traicioneros, iluminados como estaban desde fuera por los furiosos parpadeos de un fuego que consumía buena parte del estrecho patio exterior, y cuyas llamas lamían el viejo y punteado cristal.

Era un lugar aterrador, especialmente para un chico como Eduardo. No es que se hubiera criado en entornos pobres —había pasado la mayor parte de su infancia a caballo entre diversas comunidades de clase media-alta de Brasil y Miami, antes de matricularse en Harvard— pero la opulencia de esa habitación que parecía transportada del viejo mundo le resultaba totalmente extraña. A pesar de la bebida, Eduardo seguía sintiendo el runrún de la inseguridad en la base de su estómago. Se sentía otra vez como un novato de primer curso que acabara de llegar a Harvard, un poco sin saber qué narices estaba haciendo allí, preguntándose cómo podía encajar en un lugar como aquél.Cómo podía encajar en un lugar como aquél.

Eduardo pasó revista desde su ventana a la congregación de hombres jóvenes que llenaba la mayor parte de la cavernosa habitación. O tal vez habría que decir la banda, apiñada como estaba alrededor de las dos barras improvisadas especialmente para el evento. Las barras en sí eran bastante cutres —apenas unas tablas de madera a modo de mesas, bastante fuera de lugar en medio de tan austero escenario—, pero nadie se daba cuenta porque estaban atendidas por las únicas chicas que había en la sala: un equipo de rubias de busto generoso y top recortado, traídas especialmente de alguno de loscollegesfemeninos de la zona para atender a aquella banda de hombres jóvenes.

En muchos sentidos, aquella banda era mucho más temible que el edificio en sí. Eduardo no habría podido asegurarlo, pero suponía que serían unos doscientos: todos hombres, todos vestidos con americanas oscuras parecidas y con pantalones igualmente oscuros. Alumnos de segundo curso, la mayoría; una combinación de razas, pero todas las caras tenían un mismo aire: esa sonrisa infinitamente más relajada que la de Eduardo, esa autoconfianza detrás de los doscientos pares de ojos; aquellos tíos no estaban acostumbrados a tener que demostrar nada.Estaban en su sitio.Para la mayoría de ellos, aquella fiesta y aquel lugar no eran más que una formalidad.

Eduardo inspiró profundamente, torciendo un poco el gesto al notar el matiz amargo del aire; la ceniza de la hoguera comenzaba a filtrarse por los ventanales. Pero no se movió de su puesto junto al alféizar de la ventana, todavía no. Aún no estaba preparado.

En lugar de eso, dejó que su atención derivara hasta el grupo de americanas que tenía más cerca: cuatro chicos de complexión mediana. No reconocía a ninguno de sus clases; dos eran rubios y de aspecto pijo, como si acabaran de bajarse de un tren de Connecticut. El tercero era asiático y parecía algo mayor que los demás, aunque era difícil de decir. El cuarto, sin embargo —un afroamericano de aspecto muy pulcro, desde la sonrisa hasta el pelo perfectamente peinado— era sin duda un estudiante de último curso.

Eduardo sintió que volvía la rigidez y fijó la mirada en la corbata del chico negro. El color de la tela era toda la confirmación que necesitaba Eduardo. Había llegado el momento de que hiciera lo que había venido a hacer.

Eduardo enderezó los hombros y se apartó de la ventana. Saludó con la cabeza a los dos chicos de Connecticut y al asiático, pero su atención seguía puesta en el alumno de último curso y en su corbata negra de decoración exclusiva.

—Eduardo Saverin —se presentó, estrechando su mano con fuerza—. Encantado de conocerle.

El chico respondió diciendo su nombre, Darron algo, que Eduardo archivó en el cajón del fondo de su memoria. El nombre del chico no tenía ninguna importancia; la corbata por sí sola decía todo lo que Eduardo necesitaba saber. La finalidad de toda aquella velada se resumía en los pequeños pájaros blancos que salpicaban la tela uniformemente negra de la corbata. Aquello le identificaba como un miembro de Phoenix-S K; formaba parte de la veintena de anfitriones de la velada que estaban diseminados entre los doscientos alumnos de segundo curso.

—Saverin. Eres el del fondo de inversión, ¿verdad?

Eduardo se sonrojó, pero en el fondo se sentía halagado de que el miembro de Phoenix reconociera su nombre. Era una exageración —él no tenía ningún fondo de inversión, simplemente había ganado algún dinero invirtiendo con su hermano durante el curso anterior— pero no pensaba corregir el error. Los miembros de Phoenix estaban hablando de él, y si estaban de algún modo impresionados por lo que habían oído… bueno, tal vez tuviera una oportunidad.

Era una idea embriagadora, y el corazón de Eduardo comenzó a latir un poco más deprisa mientras trataba de soltar la cantidad suficiente de chorradas para conservar el interés que había despertado. Más que ninguno de los exámenes que había realizado en su primer o segundo curso, este era el momento que iba a decidir su futuro. Eduardo sabía lo que supondría para su estatus social ser admitido en Phoenix durante sus dos últimos años de universidad, y también para su futuro, cualquiera que fuera el que decidiera perseguir.

Igual que las sociedades secretas de Yale, tan presentes en la prensa en los últimos años, los Clubs Finales eran el alma apenas disimulada de la vida en el campus de Harvard; alojados en mansiones centenarias repartidas por todo Cambridge, aquellos ocho clubes exclusivamente masculinos habían allanado el camino de varias generaciones de líderes mundiales, gigantes de las finanzas y corredores de bolsa con poder. Más importante aún, la pertenencia a uno de los ocho clubes garantizaba un reconocimiento social instantáneo; cada uno de ellos tenía una personalidad distinta, desde el extraexclusivo Porcellian, el club más antiguo del campus, al que habían pertenecido nombres como Roosevelt o Rockefeller, hasta el pijo Fly Club, que había producido dos presidentes y un puñado de millonarios; cada uno de los clubes tenía su propia esfera específica de poder y definía inmediatamente a sus miembros. El Phoenix no era el más prestigioso, pero en muchos sentidos era el rey en el terreno social; el austero edificio del número 323 de la calle Mt. Auburn era el destino preferido los viernes y los sábados por la noche, y si eras miembro del Phoenix no sólo formabas parte de una red de contactos con un siglo de antigüedad, sino que pasabas los fines de semana en las mejores fiestas del campus, rodeado de las tías más buenas que podían encontrarse en todas las escuelas del código postal 02138.


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—El fondo de inversión es unhobbyen realidad —reconoció modestamente Eduardo ante el expectante grupito de americanas—, nos centramos sobre todo en los futuros de petróleo. Veréis, siempre me ha obsesionado la meteorología y he hecho unas cuantas predicciones acertadas de huracanes que el resto del mercado no había tenido en cuenta.

Eduardo sabía que estaba caminando por el filo de la navaja al reconocer lo estúpido del método que le había permitido adelantarse al mercado del petróleo; sabía que el miembro del Phoenix quería oírle hablar de los trescientos mil dólares que había ganado comprando y vendiendo petróleo, no de la pringada obsesión por la meteorología que lo había hecho posible. Pero Eduardo también deseaba un poco de lucimiento personal; la mención del fondo de inversión no hacía más que confirmar lo que Eduardo ya sospechaba: que la única razón de que estuviera en aquella sala era su reputación de promesa del mundo de los negocios.

A ver, estaba claro que no tenía mucho más a su favor. No era ningún atleta, no procedía de una antigua familia de dinero, y ciertamente no estaba en la cresta de la vida social de la universidad. Era desgarbado, con unos brazos un poco demasiado largos en relación con su cuerpo, y sólo lograba relajarse realmente cuando bebía. Pero a pesar de todo estaba allí, en aquella sala. Con un año de retraso —la mayoría de los chicos eran «fichados» durante el otoño de su segundo año, no del tercero— pero allí estaba.

Todo el proceso de los fichajes le había cogido por sorpresa. Apenas hacía dos noches que una invitación se coló por debajo de la puerta de su habitación, mientras Eduardo estaba sentado en su escritorio escribiendo un texto de veinte páginas acerca de una estrambótica tribu de la selva amazónica. No era ningún billete directo al mundo de Nunca Jamás —de los doscientos alumnos sobre todo de segundo curso que habían sido invitados al primer cóctel, sólo una veintena se convertirían en nuevos miembros del Phoenix— pero había sido tan excitante para Eduardo como el momento de abrir la carta de aceptación de Harvard. Había suspirando por tener la posibilidad de entrar en alguno de los clubes desde que había ingresado en Harvard, y ahora finalmente se presentaba esa oportunidad.

Ahora ya sólo dependía de él… y por supuesto de los tíos con corbatas negras moteadas de pajaritos. Cada uno de los cuatro encuentros —como la fiesta de toma de contacto de aquella noche— era una especie de entrevista masiva. Cuando Eduardo y el resto de invitados se fueran de regreso a sus diversos dormitorios diseminados por todo el campus, los miembros del Phoenix se reunirían en alguna de las habitaciones secretas del piso de arriba para deliberar acerca de sus destinos. Después de cada evento se reducía el número de invitaciones para el siguiente, hasta que los doscientos quedaran reducidos a veinte.

Si Eduardo superaba el corte, su vida cambiaría. Y si eso requería cierta «elaboración» de un verano dedicado a analizar cambios barométricos y a predecir cómo afectarían esos cambios a los patrones de distribución del petróleo… bueno, Eduardo no tenía nada en contra de la creatividad aplicada.

—Lo importante es encontrar el modo de convertir esos trescientos mil en tres millones —Eduardo sonrió—. Pero eso es lo divertido de los fondos de inversión. Te despiertan la imaginación.

Eduardo estaba totalmente lanzado, y arrastraba consigo a todo el grupo de americanas. Había estado cultivando su habilidad para comer el tarro a lo largo de numerosas fiestas previas en sus dos primeros cursos; lo importante era olvidarse de que esto no era ya un ejercicio, sino la guerra de verdad. Eduardo se esforzaba en pensar que estaba todavía en una de esas veladas menos importantes en las que nadie le estaba juzgando realmente, en las que no estaba luchando por entrar en alguna lista crucial. Recordaba una al menos que había ido increíblemente bien: una fiesta temática caribeña, con falsas palmeras y arena en el suelo. Eduardo se esforzó en trasladarse mentalmente otra vez a esa fiesta, en recrear los detalles mucho menos imponentes del decorado, en recordar lo fácil que había sido la conversación. En unos instantes se había relajado aún más y había conseguido quedar atrapado en su propia historia, por el sonido de su propia voz.

Era como si volviera a estar en la fiesta caribeña, hasta el último detalle. Recordaba la música reggae que rebotaba contra las paredes, el sonido de los bajos que le zumbaba en las orejas. Recordaba el ponche de ron y las chicas con bikinis floreados.

Incluso recordaba a un tío con una melena rizada como una fregona que se quedó plantado en un rincón de la sala, apenas a tres metros de donde estaba Eduardo; el chico estuvo contemplando sus progresos mientras luchaba por reunir los ánimos necesarios para seguir sus pasos y acercarse a alguno de los tipos del Phoenix antes de que fuera demasiado tarde. Pero no se había movido de la esquina; de hecho, su incomodidad había sido tan palpable que había actuado como un campo de fúerza hasta dejar limpia toda una zona de la sala a su alrededor, en virtud de una especie de magnetismo invertido que había terminado alejando a todos los que estaban cerca de él.

Eduardo había sentido algo de simpatía por el chico del pelo rizado en ese momento, no sólo porque le había reconocido sino también porque no había ninguna posibilidad de que alguien así entrara en el Phoenix. Un tío así no tenía opción en un cóctel de ingreso en ninguno de los Clubs Finales; sólo Dios sabía lo que hacía ya en aquella fiesta previa. Harvard tenía toda clase de lugares adecuados para tíos así; laboratorios informáticos, asociaciones ajedrecistas, decenas de organizacionesundergroundyhobbiesal gusto de cualquier clase de disfuncionalidad social. Con una sola mirada, Eduardo había confirmado que el tío no tenía la menor noción de cómo había que moverse en una red social para ingresar en un club como el Phoenix.

Pero en aquel momento, igual que ahora, Eduardo estaba demasiado ocupado persiguiendo su propio sueño como para dedicar mucho tiempo a pensar en el chico torpe de la esquina.

Ciertamente, no tenía forma de saber, ni entonces ni ahora, que el chico del pelo rizado iba a revolucionar algún día el concepto mismo de lo que es una red social. Y el día que lo hiciera, el chico del pelo rizado que luchaba por encontrar su lugar en aquella fiesta previa iba a cambiar la vida de Eduardo más de lo que podría hacerlo jamás ningún Club Final.

CAPÍTULO 2:Harvard Yard

Eran la una y diez de la madrugada y las decoraciones comenzaban a tener serios problemas. No era sólo que las cintas blancas y azules de papel crepé que colgaban de pared a pared comenzaran a colgar demasiado —una de ellas amenazaba con cubrir completamente el enorme bol de ponche bajo sus rizos— sino que ahora los carteles chillones que ocupaban buena parte del espacio que dejaba vacío el papel crepé también habían comenzado a descolgarse y a caer al suelo con alarmante frecuencia. En algunas zonas, la moqueta beige había desaparecido prácticamente bajo montañas de páginas brillantes impresas por ordenador.

Una inspección más detallada revelaba la lógica que había detrás de la catástrofe de los decorados: no costaba mucho ver los extremos despegados de las tiras de cinta adhesiva que sostenían los coloridos carteles y las cintas de papel crepé, resultado de la condensación generada por los radiadores a máxima potencia que se alineaban en las paredes, y que en ningún momento dejaban de trabajar por la destrucción de la improvisada ambientación.

El calor sin embargo era necesario, pues estaban en Nueva Inglaterra y en pleno mes de octubre. Ciertamente, la pancarta que colgaba del techo sobre los carteles moribundos era toda calidez —encuentro de ALPHA EPSILON PI, 2003— pero ninguna pancarta podía competir con el hielo que comenzaba a formarse en las ventanas exageradamente grandes de la pared del fondo de la cavernosa aula. En definitiva, el comité de decoración había hecho lo que había podido con la sala, que normalmente albergaba las clases de historia y filosofía más numerosas, alojada como estaba en un rincón de la quinta planta de un viejo edificio de Harvard Yard. Habían apartado las innumerables filas de sillas gastadas y mesas destartaladas, se habían esforzado por cubrir las paredes anodinas y llenas de grietas con pósters y papel crepé, y habían colgado la pancarta cubriendo buena parte de los feos y desproporcionados fluorescentes. Y luego estaba el golpe de gracia: un reproductor iPod conectado a dos altavoces enormes y de aspecto caro, que habían dispuesto sobre el pequeño estrado en la cabecera del aula, donde se encontraba habitualmente el atril del profesor.

Era la una menos diez de la mañana, y el iPod funcionaba a todo trapo, llenando el aire con una mezcla de pop y folk-rock anacrónico, reflejo de una lista de reproducción esquizofrénica o de la incapacidad del comité de superar sus diferencias internas. Aun así, la música no era tan mala y los altavoces eran una aportación nada desdeñable por parte de quien fuera que estuviera a cargo de la fiesta. El sarao del año anterior había consistido en un televisor en color situado en el fondo del aula que reproducía interminablemente un DVD alquilado de las cataratas del Niágara. A nadie le importaba que las cataratas del Niágara no tuvieran nada que ver con Alpha Epsilon Pi o con Harvard; el sonido del agua parecía de algún modo adecuado para una fiesta, y el comité no había tenido que gastar ni un duro.

El sistema de altavoces era una mejora, igual que los carteles a medio caer. La fiesta, por otro lado, se mantenía dentro de lo previsible.

Eduardo estaba de pie bajo la pancarta, con unos Dockers colgando sobre sus piernas de cigüeña y una camisa Oxford abrochada hasta la garganta. Le rodeaban cuatro tipos vestidos de forma similar, la mayoría alumnos de segundo y tercero. Todos juntos constituían un tercio de la asistencia a la fiesta. La mezcla incluía también a dos o tres chicas, en algún lugar al otro extremo de la sala. Una de ellas se había atrevido incluso a ponerse falda para la ocasión, aunque había optado por llevarla sobre unas tupidas mallas grises, por respeto a la climatología.

No era exactamente el escenario ideal deAnimal House,pero, por otro lado, el ambiente en las fraternidadesundergroundde Harvard estaba lejos de las bacanales griegas que podían encontrarse en otras universidades. Y Epsilon Pi no era exactamente la perla de lasunderground,como principal fraternidad judía del campus, sus miembros destacaban más por sus calificaciones medias que por sus tendencias fiesteras. Esta reputación no tenía nada que ver con sus tendencias religiosas nominales; los judíos realmente practicantes, los que observaban elkoshery sólo tenían novias dentro de la tribu, formaban parte de Hillel House, una fraternidad que tenía su propio edificio en el campus y disponía de un verdadero presupuesto, por no hablar de miembros de ambos géneros. Epsilon Pi era para los judíos seculares, cuyos apellidos eran el elemento más claramente judío en ellos. Para los chicos Epsilon Pi, una novia judía estaba bien porque hacía feliz a papá y mamá. Pero en realidad era mucho más probable que tuvieran una novia asiática.

Eso era precisamente lo que Eduardo les estaba explicando a los compañeros de fraternidad que le rodeaban (un tema de conversación que visitaban con frecuencia, pues giraba alrededor de una filosofía que todos podían compartir).

—No es que los tíos como yo se sientan en general atraídos por las chicas asiáticas —exponía Eduardo, entre sorbo y sorbo de ponche—, es que las chicas asiáticas se sienten atraídas en general por tipos como yo. Y si se trata de optimizar mis opciones de ligar con la tía más buena posible, debo orientar mi apuesta hacia el tipo de chicas que es más probable que estén interesadas.

Los otros asintieron, apreciando su lógica. Otras veces habían desarrollado esta sencilla ecuación hasta convertirla en un algoritmo mucho más complejo que supuestamente explicaba la conexión entre los chicos judíos y las chicas asiáticas, pero hoy preferían quedarse con una versión simple, tal vez por respeto a la música, que ahora reverberaba a tal potencia a través de los altavoces que resultaba difícil desarrollar ningún tipo de pensamiento complejo.

—Aunque por el momento —dijo Eduardo con una mueca, mirando hacia la chica con la combinación de falda y mallas— este estanque parece un poco seco.

De nuevo todo fue asentimiento a su alrededor, pero no daba la impresión de que ninguno de sus cuatro compañeros de fraternidad fuera a hacer nada para cambiar la situación. El chico de la derecha de Eduardo medía metro y medio y era más bien regordete; también formaba parte del equipo de ajedrez de Harvard y hablaba seis idiomas con fluidez, ninguno de los cuales parecía ayudar cuando se trataba de comunicarse con las chicas. El chico que tenía al otro lado dibujaba una tira cómica paraCrimsony pasaba la mayor parte de su tiempo libre jugando a videojuegos RPG en la sala de estudiantes que había sobre el comedor de la Residencia Leverett. El compañero de habitación del dibujante, que estaba a su lado, superaba sin problemas el metro ochenta; pero en lugar de dedicarse al baloncesto en secundaria había optado por la esgrima, en un instituto de alumnado mayoritariamente judío; era bueno con la espada, lo cual resultaba tan útil para ligar con chicas como en cualquier otro aspecto de la vida moderna. Sin duda estaría preparado si un grupo de piratas del siglo dieciocho atacara el dormitorio de alguna tía buena, pero en cualquier otra situación su habilidad era más bien inútil.

El cuarto chico, el que estaba de pie frente a Eduardo, también había hecho esgrima —en Exeter—, pero no tenía ni mucho menos la complexión del chico de su izquierda. Era más bien desgarbado, como Eduardo, aunque sus piernas y sus brazos estaban más proporcionados en relación con su cuerpo delgado, no del todo antiatlético. Vestía bermudas en lugar de Dockers y sandalias sin calcetines. Tenía la nariz prominente, una mata de pelo rizado entre rubio y castaño y unos ojos azul claro. Había algo juguetón en aquellos ojos, pero ahí terminaba toda impresión de emoción natural o de empatia posible. Su estrecho rostro estaba por lo demás vacío de toda expresión. Y su postura, su aura en general —su forma de encerrarse sobre sí mismo, incluso aquí, en la seguridad de su propia fraternidad, por más que participara en la dinámica del grupo— reflejaba una incomodidad casi dolorosa en un contexto social.


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Se llamaba Mark Zuckerberg, era alumno de segundo y aunque Eduardo había pasado bastante tiempo con él en varios actos de Epsilon Pi, además de al menos una fiesta previa—que Eduardo recordara— en el Phoenix, apenas le conocía. La reputación de Mark, sin embargo, le precedía: Mark era un estudiante de informática alojado en la Residencia Eliot; había crecido en Dobbs Ferry, localidad de clase media-alta del estado de Nueva York, hijo de un dentista y de una psiquiatra. En secundaria había sido una especie dehackerestrella, tan bueno penetrando sistemas informáticos que había terminado por figurar en alguna lista del FBI, o al menos eso se decía. Fuera eso cierto o no, Mark era ciertamente un genio de la informática. También se había hecho un nombre en Exeter, donde comenzó por afinar sus habilidades programadoras creando una versión informatizada del juego del Risk, para luego crear con un amigo un programa de software llamado Synapse, una extensión para reproductores MP3 que les permitía «aprender» las preferencias del usuario y crear listas de reproducción personalizadas en función de esa información. Mark había colgado Synapse como una descarga gratuita por Internet, y las grandes compañías del sector le habían llamado casi al momento tratando de comprar su creación. Se rumoreaba que Microsoft le había ofrecido entre uno y dos millones de dólares para que fuera a trabajar con ellos… y asombrosamente Mark había rechazado la oferta.

Eduardo no era ningún experto en informática y sabía muy poco dehackers,pero el sentido de los negocios le venía de familia y la idea de que alguien pudiera rechazar un millón de dólares le resultaba fascinante… y levemente repelente. Mark era un enigma y sin duda también un genio. Después de lo de Synapse había hecho algo llamado Course Match, un programa desarrollado ya en Harvard que permitía a los alumnos saber las clases a las que se habían matriculado otros alumnos; Eduardo lo había usado un par de veces para seguirles la pista a un par de tías buenas que había conocido en el comedor, aunque con escaso éxito. Pero el programa era lo bastante bueno como para tener muchos fans; la mayor parte del campus apreciaba las virtudes de Course Match, si no las del tío que lo había creado.

Cuando los otros compañeros de fraternidad se fueron a rellenar sus vasos en el bol de ponche, Eduardo aprovechó para estudiar un poco más de cerca a aquel alumno de pelo infantil.

Eduardo siempre había estado orgulloso de su habilidad para ver el fondo de las personas: era algo que le había enseñado su padre, una forma de ir un paso por delante de los demás en el mundo de los negocios. Para su padre, los negocios lo eran todo: hijo de ricos inmigrantes que se habían escapado por los pelos del Holocausto viajando a Brasil durante la Segunda Guerra Mundial, había educado a Eduardo en las verdades a veces duras de los supervivientes; procedía de un largo linaje de hombres de negocios que sabían la importancia de triunfar, fueran cuales fueran las circunstancias. Y Brasil sólo fue el principio: la familia Saverin se había visto obligada a trasladarse casi igual de precipitadamente a Miami cuando Eduardo tenía trece años, al descubrirse que su nombre figuraba en una lista de secuestros posibles a causa del éxito financiero de su padre.

En el instituto, Eduardo se había encontrado a la deriva en un mundo desconocido, tratando de aprender un nuevo idioma —el inglés— y una nueva cultura —Miami— al mismo tiempo. De modo que no sabía nada de ordenadores, pero entendía perfectamente lo que era ser un extraño en un lugar; ser diferente, por cualquier razón.

A juzgar por su aspecto, Mark Zuckerberg era indudablemente diferente. Tal vez fuera por su gran inteligencia, que le impedía encajar incluso allí, entre los suyos, no por ser realmente judíos sino por ser frikis como él; tíos que convertían sus fetiches en algoritmos, que no tenían nada mejor que hacer un viernes por la noche que pasar el rato en una aula llena de papel crepé y carteles chillones, hablando de chicas que no se estaban ligando realmente.

—Esto sí que es una fiesta —dijo Mark finalmente para romper el silencio. Casi no había inflexión en su voz, y Eduardo era incapaz de decir cuál era la emoción (si es que había alguna) que trataba de transmitir.

—Es verdad —respondió Eduardo—. Por lo menos este año el ponche tiene ron. El año pasado creo que era Capri Sun. Esta vez han tirado la casa por la ventana.

Mark tosió, luego alargó el brazo hacia una de las cintas de papel crepé y tocó el tirabuzón que tenía más cerca. La tira adhesiva se despegó y la cinta fue a parar al suelo, sobre sus sandalias Adidas. Mark miró a Eduardo.

—Bienvenido a la jungla.

Eduardo sonrió, aunque el tono uniforme de la voz de Mark no dejaba claro si se trataba de una broma. Sin embargo, le daba la impresión de que había algo realmente anarquista detrás de los ojos azules de aquel alumno. Parecía estar absorbiendo todo lo que tenía a su alrededor, incluso allí, en un lugar con tan pocos estímulos como aquél. Tal vez fuera realmente el genio que todo el mundo pensaba que era. Eduardo sintió repentinamente que quería hacerse amigo de aquella persona, llegar a conocerla mejor. Cualquiera que hubiera rechazado un millón de dólares a los diecisiete años iba a hacer algo en la vida.

—Tengo la impresión de que todo se vendrá abajo en unos minutos —dijo Eduardo—. Me voy otra vez al río… a la Residencia Eliot. ¿En cuál me dijiste que estabas?

—Kirkland —respondió Mark. Hizo un gesto hacia la salida, al otro lado del estrado. Eduardo echó una ojeada a sus otros amigos, que todavía estaban junto al bol de ponche; los cuatro vivían en el Quad, o sea que irían en otra dirección cuando terminara la fiesta. Era una ocasión tan buena como cualquier otra para conocer mejor al asocial genio de la informática. Eduardo asintió, luego siguió a Mark entre la escasa concurrencia.

—Si quieres —propuso Eduardo mientras buscaban la salida rodeando el estrado—, podemos pasarnos por una fiesta que hay en mi residencia. Será una mierda, pero no peor que ésta.

Mark se encogió de hombros. Los dos llevaban el tiempo suficiente en Harvard para saber qué esperar de una fiesta de dormitorio; cincuenta tipos y algo así como tres chicas apiñados en una pequeña habitación con aspecto de ataúd, mientras alguien intenta conseguir de extranjís un barril de cerveza muy barata.

—Por qué no —le respondió Mark por encima del hombro—, tengo unos cuantos ejercicios que hacer para mañana, pero los logaritmos me salen mejor borracho que sobrio.

Unos minutos después habían logrado abrirse paso por el aula hasta la escalera de cemento que llevaba al piso de abajo. Bajaron las escaleras en silencio, hasta salir por una doble puerta a la calma arbolada de Harvard Yard. Una brisa fría se colaba por la delgada tela de la camisa de Eduardo. Éste hundió las manos en los bolsillos de sus pantalones y apretó el paso por el sendero que cruzaba Harvard Yard. Había una caminata de diez minutos hasta las residencias del río, donde vivían los dos.

—Mierda, estamos a diez grados.

—Más bien cuarenta —respondió Mark.

—Yo soy de Miami. Para mí son diez.

—Pues tal vez haríamos bien en correr.

Mark arrancó a correr a un ritmo moderado. Eduardo le siguió, haciendo esfuerzos para atrapar a su nuevo amigo. Estaban a la misma altura cuando pasaron por delante de la impresionante escalinata de piedra de la Biblioteca Widener. Eduardo había pasado muchas noches perdido entre los estantes de la Widener, leyendo las obras de teóricos de la economía como Adam Smith, John Mills, incluso Galbraith. La biblioteca seguía abierta, a pesar de que era más de la una de la madrugada; una cálida luz naranja se escapaba del vestíbulo de mármol a través de las puertas de cristal y arrancaba largas sombras a los magnificentes escalones.

—Tercero —se lamentó Eduardo cuando doblaban el último escalón de piedra para enfilar hacia el puente metálico que llevaba a Cambridge saliendo de Harvard Yard—, voy a follar entre esas estanterías. Juro que voy a hacerlo.

Era una vieja tradición de Harvard, algo que supuestamente debías hacer antes de graduarte. La verdad era que sólo un puñado de chicos lograban realmente cumplir con la misión. Los estantes de la biblioteca —enormes módulos móvilesyautomatizados dispuestos sobre guías— eran laberínticos y llenaban varios pisos bajo el inmenso edificio, pero siempre había estudiantes y miembros del personal acechando por los estrechos pasillos; encontrar un espacio lo bastante aislado como para realizar el acto en sí ya era toda una hazaña. Encontrar a una chica dispuesta a perpetuar la tradición era aún más improbable.

—Paso a paso —respondió Mark—, tal vez deberías intentar primero llevar a una chica a tu dormitorio.

Eduardo torció el gesto, pero luego volvió a sonreír. Comenzaba a gustarle el cáustico sentido del humor de aquel tío.

—No todo está tan mal. Me han invitado a los cócteles del Phoenix.

Mark le lanzó una mirada cuando giraron la esquina y enfilaron el muro lateral de la inmensa biblioteca.

—Felicidades.

Ahí estaba otra vez, cero inflexión. Pero Eduardo sabía por el leve brillo de los ojos de Mark que estaba impresionado, y no poco envidioso. Esa era la reacción que Eduardo había aprendido a esperar cuando mencionaba lo de los cócteles. Y lo cierto era que no había dejado de mencionar ante todos sus conocidos que estaba cada vez más cerca de convertirse en miembro del Phoenix. Ya había superado tres cócteles; y ahora tenía muchas posibilidades de llevarse el gato al agua. Y tal vez, sólo tal vez, eventos como la fiesta de Alpha Epsilon Pi a la que acababan de sobrevivir, se convertirían en una cosa del pasado.

—Bueno, si al final entro tal vez pueda poner tu nombre en la lista. Para el próximo año. Como alumno de tercero aún podrías entrar.

Mark hizo otra pausa. Tal vez se hubiera quedado sin aire, pero lo más probable era que estuviera procesando la información. Había algo muy informático en su forma de hablar;input, output.

—Eso sería… interesante.

—Si llegas a conocer a algunos de los miembros, tendrás buenas opciones. Estoy seguro de que muchos de ellos han usado tu programa Course Match.

Eduardo se daba perfecta cuenta al decirlo de lo estúpida que sonaba la idea. Los miembros del Phoenix no iban a perder la cabeza por un chico asocial como Mark por un simple programa informático. No te hacías popular escribiendo programas informáticos. Un programa informático no te metía a ninguna chica en la cama. Te hacías popular —y a veces te ibas a la cama con alguien— yendo a fiestas, ligando con tías buenas.

Eduardo no había llegado aún a ese punto, pero la noche anterior había recibido la crucial invitación para el cuarto ponche. Dentro de una semana, el próximo viernes por la noche, había un banquete en el cercano hotel Hyatt y luego una fiesta en el Phoenix. Era una gran noche, tal vez el último gran cóctel antes de la iniciación de los nuevos miembros. La invitación «sugería» que Eduardo fuera acompañado de una chica a la cena; había oído decir a sus compañeros de clase que los miembros juzgaban a los candidatos en función de la calidad de las mujeres que traían con ellos. Cuanto más guapas sus parejas, más probable era que superaran el último cóctel.

Después de recibir la carta, Eduardo se había preguntado cómo iba a conseguir una pareja —y una pareja de bandera, además— con tan poco tiempo. Las chicas no se peleaban exactamente por meterse en su dormitorio.

De modo que Eduardo se había visto obligado a coger el toro por los cuernos. A las nueve de la mañana, en el comedor de Eliot, se había presentado delante de la chica más cañón que conocía: Marsha, rubia, pechos generosos, en realidad alumna de economía pero con aspecto de alumna de psicología. Sería unos cinco centímetros más alta que Eduardo y tenía una extraña inclinación por las gomas de pelo ochenteras, pero era guapa, estilo pijo del noreste. En pocas palabras, era perfecta para la ocasión.

Para sorpresa de Eduardo, Marsha había dicho que sí. Eduardo se había dado cuenta inmediatamente: era el Phoenix, no Eduardo. Se trataba de ir a la cena de un Club Final. Lo cual corroboró todas las convicciones previas de Eduardo acerca de los Clubs Finales. No sólo eran una poderosa red social, sino que su carácter exclusivo confería a sus miembros un estatus inmediato: la capacidad de atraer a las tías más populares, más buenas, las mejores. Eduardo no se hacía ilusiones respecto a la posibilidad de que Marsha quisiera hacerlo con él entre los estantes de la Widener después de la cena, pero si había alcohol suficiente tal vez le dejaría acompañarla hasta su casa. Aunque ella sólo lo despidiera en la puerta de su dormitorio con un besito, habría llegado más lejos que en los últimos cuatro meses.

Cuando doblaron la esquina trasera de la biblioteca y salieron de la alargada sombra de los arcaicos pilares de piedra del edificio, Mark le lanzó otra de sus impenetrables miradas.

—¿Ha sido todo tal como esperabas?

¿Estaba hablando de la biblioteca? ¿De la fiesta de la que acababan de irse? ¿De la fraternidad judía? ¿Del Phoenix? ¿Dos colgados corriendo por Harvard Yard, uno con una camisa Oxford totalmente abrochada, el otro en bermudas, los dos muertos de frío mientras se esforzaban por llegar a alguna penosa fiesta de dormitorio?

¿Acaso se suponía que la vida universitaria podía llegar a ser mejor para tíos como Eduardo y Mark?

CAPÍTULO 3:En el Charles

Las cinco de la madrugada.

Un tramo desolado del río Charles, casi medio kilómetro de trazo serpenteante y agua cristalina de color azul verdoso, delimitado por las arcadas de piedra del puente Weeks Footbridge por un lado y por la estructura de cemento y múltiples calzadas del puente de la avenida Massachussets, por el otro. Una frígida extensión de agua en zigzag cubierta por un dosel bajo y pesado de niebla gris, un aire tan húmedo que costaba decir dónde terminaba el río y dónde comenzaba el cielo.

Silencio absoluto, un momento congelado en el tiempo, un único párrafo en una única página de un libro que contenía tres siglos de momentos congelados y expectantes como éste. Silencio absoluto… y de repente un levísimo ruido: el sonido de dos remos que se hunden como dos cuchillos en la fría corriente, pivotan bajo el remolino de agua azul verdosa y hacen palanca hacia atrás en un perfecto y completo matrimonio de la mecánica y el arte.

Un segundo después, una piragua con dos tripulantes salió de la sombra del puente Weeks, seccionando el río por el centro con su cuerpo fálico de fibra de vidrio, como un diamante cortaría un cristal. El movimiento era tan armónico que la embarcación parecía casi parte del agua; el casco curvado de fibra de vidrio parecía una herida abierta en el agua azul verdosa; su avance era tan puro que casi no dejaba estela.


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Sólo había que ver la piragua: la forma como los remos rompían la superficie del Charles en perfecta sincronía, la forma como se deslizaba sobre el agua, y era evidente que los dos jóvenes que pilotaban el elegante artefacto habían dedicado años a perfeccionar su arte, y era igualmente evidente que no era sólo la práctica lo que les había llevado a ese nivel de perfección.

Desde la orilla, los dos remeros parecían robots: cada uno la réplica exacta del otro, desde sus melenas color arena hasta sus rasgos faciales bien cincelados y muy americanos. Al igual que el avance de su embarcación, eran casi físicamente perfectos. Sus músculos se ondulaban bajo las camisetas Harvard Crew grises, sus cuerpos eran largos y flexibles, ambos debían medir más de metro noventa y cinco; dos presencias imponentes que aún lo eran más por el hecho de que eran genuinamente idénticas, desde el azul penetrante de los ojos hasta las expresiones firmemente determinadas en sus rostros de ídolos de matiné.

Técnicamente, los hermanos Winklevoss eran gemelos idénticos especulares: el resultado de un único óvulo que se había desdoblado como las páginas de una revista. Tyler Winklevoss, en la proa de la piragua, era diestro y el más lógico y serio de los hermanos. Cameron Winklevoss, en la popa de la embarcación, era zurdo; también era el más creativo y artístico de los dos.

En aquel momento, sin embargo, sus dos personalidades se habían fundido por completo; nunca hablaban mientras remaban, no se comunicaban en absoluto, ni verbalmente ni de ningún otro modo, mientras se propulsaban sin esfuerzo por el río Charles. Su concentración era casi inhumana, el resultado de años de perfeccionamiento de sus habilidades innatas bajo la dirección de varios entrenadores en Harvard, y antes de eso en Greenwich, Connecticut, donde los gemelos habían crecido. En muchos sentidos, su esfuerzo ya había dado sus frutos; como alumnos universitarios de último curso, estaban a punto de entrar en el equipo olímpico de remo. En Harvard estaban entre los mejores; campeones nacionales júnior el año anterior, habían llevado al Crimson a numerosas victorias de equipo y en aquel momento figuraban en el lugar más alto de losrankingsde la Ivy League en todas las categorías de remo.

Pero nada de eso importaba a los gemelos Winklevoss mientras empujaban su piragua sobre las gélidas aguas. Llevaban desde las cuatro en el Charles, navegando arriba y abajo entre los dos embarcaderos, y su silenciosa vigilia se alargaría al menos dos horas más. Remarían hasta el agotamiento, hasta que el resto del campus cobrara vida finalmente, hasta que unas vetas brillantes de luz solar rompieran al fin la niebla gris.

* * *

Tres horas después, Tyler todavía podía oír el sonido del río bajo el casco mientras se sentaba pesadamente al lado de Cameron, ante una larga mesa de madera gastada en el comedor de la Residencia Pforzheimer. La sala era bastante amplia y moderna, rectangular, de techos altos y bien iluminada, con más de una docena de mesas alargadas; la mayoría estaban llenas de estudiantes, pues hacía rato que había comenzado el desayuno.

La Residencia Pforzheimer era una de las casas para estudiantes más nuevas de Harvard —«nuevo» era un concepto relativo en un campus que tenía más de trescientos años de antigüedad— y una de las más grandes, que alojaba a unos ciento cincuenta alumnos de segundo, tercero y cuarto curso. Todos los alumnos de primero vivían en Harvard Yard; al final del primer año, se realizaba un sorteo entre los alumnos para determinar dónde pasarían el resto de su carrera en Harvard, y Pforzheimer no era exactamente la primera de la lista para nadie; ubicada en el centro del «Quad», un encantador cuadrángulo de edificios alrededor de una amplia extensión de hierba, situado exactamente en medio de ninguna parte. El Quad formaba parte de la expansión de la universidad hacia Cambridge, en principio para dar respuesta a la saturación de alumnos, pero más probablemente para dar salida a la gran dotación financiera de la universidad.

El Quad no era exactamente Siberia, pero a los estudiantes que eran destinados allí, al término de su primer año, ciertamente les parecía una especie de gulag. Las residencias del Quad estaban a veinte minutos a pie de Harvard Yard, donde se daban la mayoría de las clases. Para Tyler y Cameron, ir a parar al Quad había supuesto una condena aún mayor: tras el paseo hasta Harvard Yard había otros diez minutos hasta el río, donde se hallaba el embarcadero de Harvard, justo al lado de las residencias más conocidas: Eliot, Kirkland, Leverett, Mather, Lowell, Adams, Dunster y Quincy.

Allí, las residencias eran conocidas por sus nombres. Aquí, todo era el Quad.

Tyler lanzó una mirada a Cameron, que estaba inclinado sobre una bandeja roja de plástico atestada de productos de desayuno. Una montaña de huevos revueltos se elevaba sobre colinas de patatas, tostadas con mantequilla y fruta: gasolina suficiente para poner en marcha un coche deportivo, o a una estrella del remo de metro noventa y cinco. Tyler contempló cómo Cameron atacaba los huevos, y se dio cuenta de que su hermano estaba tan agotado como él mismo. Llevaban varias semanas a toda máquina —no sólo en el río, sino también con las clases— y el esfuerzo les comenzaba a pasar factura. Levantarse cada mañana a las cuatro, bajar al río; luego las clases, los trabajos asignados; luego otra vez al río para seguir con el entrenamiento, pesas,footing.La vida de un atleta universitario era dura; había días en los que parecía que no habían hecho otra cosa que remar, comer y, de vez en cuando, dormir.

Tyler apartó su mirada de Cameron y de sus huevos revueltos para fijarse en el chico que estaba al otro lado de la mesa. Divya Narendra estaba casi totalmente oculto detrás delCrimson,el diario de la escuela, que sostenía con las dos manos delante de su cara. Detrás del periódico había un bol de cereales aún sin tocar, y Tyler tenía bastante claro que si Divya no dejaba el periódico pronto era probable que Cameron diera cuenta también de eso. Si Tyler no se hubiera ventilado una bandeja casi el doble de cargada que la de Cameron antes de reunirse con ellos en la mesa, se hubiera encargado personalmente de los cereales.

Divya no era ningún atleta como ellos, pero sin duda comprendía su pasión y su ética del trabajo; era uno de los chicos más listos que había conocido, y los tres llevaban algún tiempo trabajando con bastante intensidad en un proyecto en cierto modo secreto. Una especie de negocio secundario en sus vidas, que había ido ganando importancia —irónicamente— a medida que sus vidas se volvían más ajetreadas.

Tyler se aclaró la garganta y esperó a que Divya bajara el periódico para empezar. Divya levantó un dedo, pidiendo un minuto; Tyler giró los ojos, exasperado. Al hacerlo su atención fue a parar a una mesa que había detrás de Divya. Un grupo de chicas les estaban mirando. Cuando él les devolvió la mirada directamente, ellas apartaron enseguida la suya.

Tyler estaba bastante acostumbrado a eso, porque ocurría todo el tiempo. Pues sí, él y Cameronerangemelos idénticos. Era consciente de que eso era infrecuente, incluso de que resultaba un poco friki. Pero aquí, en Harvard, era más que eso. Iban a convertirse en atletas olímpicos, pero eso también era sólo parte del motivo. Tyler y Cameron tenían un cierto estatus en el campus, un estatus que se basaba en el hecho de que eran atletas de élite, pero que tenía que ver también con otra cosa.

Naturalmente, Tyler no tenía problema para identificar cuál había sido el punto de inflexión. En tercero, él y su hermano se habían convertido en miembros del Club Porcellian. Que hubieran sido «fichados» en su tercer curso era bastante infrecuente; el Porcellian no sólo era el Club Final más prestigioso, secreto y antiguo del campus, también era el más reducido en términos de número de miembros y de nuevos ingresos; y era especialmente raro que unos estudiantes ingresaran en el Porc un año más tarde de lo normal.

Tyler estaba convencido de que el club había esperado un año más a aceptarlos por culpa de sus orígenes. La mayoría de los miembros del Porc tenían apellidos con historias centenarias en Harvard. Por más inmensamente rico que fuera el padre de Tyler y Cameron, había ganado el dinero por su cuenta, con la creación de una consultoría de gran éxito. Tyler y Cameron no tenían dinero antiguo, aunque ciertamente tenían dinero. En el Fly o en el Phoenix, con eso habría bastado. En el Porc, hacía falta algo más.

El Porc, después de todo, no era una institución social como el Phoenix. Para empezar, no se permitía la entrada de mujeres en el club. El día de la boda de uno de los miembros se le permitía que llevara a su esposa a dar una vuelta por el edificio; luego, en su vigésimo quinta reunión, podía volver a traerla. Y eso era todo. Sólo la famosa Bycicle Room —un punto caliente antes de las fiestas, adyacente al club propiamente dicho— era accesible para los no miembros y las chicas.

En el Porc no se trataba de montar fiestas o de conseguir sexo como en los demás clubes del campus. Se trataba del futuro. Se trataba del estatus, la clase de estatus que hacía que te miraran en el comedor, en las clases, cuando caminabas por Harvard Yard. El Porc no era un club social. Era un asunto serio.

Eso era algo que Tyler sabía apreciar. Un asunto serio: después de todo, por eso se estaban reuniendo él y su hermano con Divya aquella mañana en el comedor, una hora después de su hora habitual del desayuno.Un asunto jodidamente serio.

Tyler desvió su atención de las ruborizadas chicas de la mesa de al lado, luego tomó una manzana a medio comer de la bandeja de su hermano. Antes de que su hermano pudiera protestar, lanzó la manzana en una parábola que terminó en el centro del bol de cereales de Divya. Los cereales saltaron por los aires y dejaron el periódico empapado de un engrudo blanquecino y pegajoso.

Divya hizo una pausa; luego dobló cuidadosamente el malogrado periódico y lo colocó sobre la mesa, al lado del bol.

—¿Por qué lees esa basura? —le preguntó Tyler a su amigo, con una sonrisa—. Es una completa pérdida de tiempo.

—Me gusta saber qué se traen entre manos mis compañeros —respondió Divya—. Pienso que es importante mantenerse atento al pulso de la vida estudiantil. Algún día vamos a tener que lanzar esta jodida empresa, y entonces toda esta basura será realmente importante para nosotros, ¿no te parece?

Tyler se encogió de hombros, pero sabía que Divya tenía razón. Divya acostumbraba a tener razón, lo cual era el motivo principal por el que Tyler y Cameron se habían juntado con él. Tenían esta clase de reuniones una vez por semana, a veces incluso con más frecuencia, desde diciembre de 2002.Casi un año entero.

—Bueno, no creo que vayamos a lanzarnadaa menos que encontremos a alguien para sustituir a Victor —interrumpió Cameron, con la boca llena de huevos revueltos—. Eso seguro.

—¿Está realmente fuera? —preguntó Tyler.

—Sip —respondió Divya—. Dice que tiene demasiadas cosas entre manos, que no puede dedicar más tiempo a este asunto. Necesitamos a un nuevo programador. Y será difícil encontrar a alguien tan bueno como Victor.

Tyler suspiró. Dos años enteros y parecía que no se habían acercado un solo paso al lanzamiento. Victor Gua había sido un gran activo: un informático experto que había comprendido lo que estaban tratando de montar. Pero no había sido capaz de terminar la página, y ahora se había ido.

El problema no existiría si Tyler, Cameron o Divya tuvieran los suficientes conocimientos informáticos para poner el asunto en marcha; y Tyler sabía en lo más hondo que la empresa iba a ser un gran éxito. Era una idea buenísima, en un principio de Divya pero que luego Cameron y él habían ayudado a perfilar hasta convertirla en lo que todos ellos consideraban humildemente una genialidad.

El proyecto se llamaba Harvard Connection y consistía en una página web que iba a revolucionar la vida en el campus… en cuanto encontraran a alguien que escribiera las líneas de programa que lo hicieran funcionar. La idea básica era muy sencilla: poner toda la vida social de Harvard online, convertirla en un lugar donde tipos como Tyler o Cameron —que se pasaban todo el tiempo remando, comiendo y durmiendo— pudieran conocer a chicas —como las que les robaban miradas desde la mesa de al lado— sin todo ese merodeo lento e ineficaz por el campus que la vida real exigía habitualmente.

Como miembros de la élite de Harvard, Tyler y Cameron estaban en una posición única para reconocer las deficiencias de su vida social. Los mejores partidos —como ellos— nunca tenían ocasión de entrar en contacto con la cantidad suficiente de oferta femenina porque estaban demasiado ocupados haciendo la clase de cosas que les convertían en tan buenos partidos. Una página web orientada a la socialización podría resolver ese problema, crear un entorno fluido donde las chicas y los chicos pudieran conocerse.

Harvard Connection respondía a una necesidad evidente dentro de lo que era ya una vida social estancada. En aquellos momentos, si practicabas el remo, el baloncesto o el fútbol, eso era todo lo que hacías durante el día. Las únicas chicas que conocías eran las que iban por el río, o a los terrenos de juego. Si vivías en el Quad, sólo tendías acceso a las chicas del Quad. Sin duda, siempre podías arrojar la «Bomba H» sobre cualquier persona que estuviera dentro de tu radio de influencia —es decir, podías usar tu estatus de Macho Harvard para someter a las partes interesadas que estuvieran en las proximidades— pero una página como Harvard Connection ampliaría enormemente tu radio de influencia.

Simple, perfecto, respuesta a una necesidad.La página tendría dos secciones: citas y contactos. Y una vez triunfara en Harvard, Tyler y Cameron tenían previsto trasladar la página a otras universidades, tal vez a todas las de la Ivy League. Después de todo, cualquier escuela tenía su propia versión de la Bomba H.

El único defecto que tenía su plan de negocio era que no tenían forma de hacer la página sin la ayuda de un auténtico genio de la informática. Tyler y Cameron habían aprendido HTML por su cuenta cuando estaban en el instituto, pero no eran lo bastante buenos como para construir una página como ésta. La verdad era que necesitaban un auténtico friki de la informática para que su página de relaciones sociales funcionara. No sólo alguien inteligente; tenía que ser alguien que pillara lo que querían hacer. Harvard Connection iba a recibir visitas constantes de los alumnos de Harvard durante los fines de semana, iba a ser una ampliación de sus rutinas sociales. Te ducharías, te afeitarías, harías unas cuantas llamadas y luego le echarías una ojeada a Connection para ver quién te había echado una ojeadaa ti.


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—Victor dice que puede darnos algunos nombres —prosiguió Divya mientras trataba de escurrir el periódico sobre el bol de cereales para secarlo—. Gente de sus clases de informática. Podemos comenzar a entrevistar a candidatos, hacer correr la voz de que buscamos a alguien.

—Puedo preguntar en el Porc —añadió Cameron—. Quiero decir, no creo que haya nadie allí que sepa nada de ordenadores, pero tal vez alguien tenga a un hermano menor.

Fantástico, pensó Tyler, ahora tendrían que poner un anuncio en el edificio de ciencias y pasearse por los laboratorios de informática. Contempló los esfuerzos de Divya con el periódico y a pesar de su frustración no pudo evitar una sonrisa. Divya era todo educación: hijo de dos doctores indios de Bayside, Queens, había seguido los pasos de su hermano mayor hasta Harvard. Siempre iba bien vestido, bien peinado, siempre hablaba con educación. Nadie habría sospechado que era un genio con la guitarra eléctrica, más específicamente un maestro en la técnica del riff en elheavy-metal.En público era siempre tan jodidamente pulcro. Incluso le gustaba conservar su periódico limpio.

Mientras contemplaba a Divya y el periódico, la mirada de Tyler se deslizó inadvertidamente hasta la mesa de chicas de detrás de su amigo. La más alta del grupo —una morena imponente de ojos marrones, con una camiseta de tirantes muy escotada bajo una camiseta de Harvard Athletics cuidadosamente recortada— le estaba mirando, sonriendo sobre una franja de hombro moreno deliberadamente puesta al descubierto. Tyler no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Divya tosió, interrumpiendo los pensamientos de Tyler.

—Dudo seriamente que esté interesada en el lenguaje HTML.

—No hay nada malo en preguntar —respondió Tyler guiñándole el ojo a la morena. Luego se levantó de la mesa. La reunión había sido corta, pero no podían hacer mucho más hasta que encontraran a un nuevo Victor. Tyler dio un par de pasos hacia el grupo de chicas, pero se paró un momento para girarse con una sonrisa hacia su amigo indio y su periódico cubierto de cereales.

—Una cosa es segura: no vas a encontrar a ningún programador en el putoCrimson.

CAPÍTULO 4:Pollos caníbales

Eduardo empujó las pesadas dobles puertas tan silenciosamente como pudo y se deslizó al fondo de la enorme aula. Hacía rato que la clase había empezado; al fondo de la sala, sobre un escenario elevado como en un cine e iluminado desde atrás por unos cuantos focos de tamaño industrial, un hombrecito bajo y rechoncho con un abrigo deportivo de tweed se agitaba detrás de un inmenso atril de roble. El hombre era todo energía y sus mejillas brillaban de pasión. Sus bracitos se movían arriba y abajo, y cada pocos minutos daba un golpe con ellos sobre el atril que sonaba como un disparo en los altavoces y quedaba suspendido en los techos ridiculamente altos de la sala. Luego señalaba por encima de su hombro, detrás del cual, desplegado sobre una pizarra de tres metros de altura, colgaba un mapa a todo color que parecía un cruce entre algo sacado de un libro de Tolkien y algo que podría haber colgado en la sala de guerra de Franklin Delano Roosevelt.

Eduardo no tenía la menor idea de cuál era aquella clase o de qué iba. No reconocía al profesor, pero eso no era nada inusual; en Harvard había muchísimos profesores, asistentes y tutores, y no podía esperarse que uno los conociera a todos. A juzgar por el tamaño de la sala —y por el hecho de que sus trescientos asientos estuvieran casi todos ocupados— debía formar parte del Currículo Básico. Sólo las clases del Currículo Básico eran tan grandes, pues eran obligatorias: lo que estudiantes como Eduardo y Mark consideraban los males inevitables de la vida en Harvard.

El Currículo Básico en Harvard era algo más que un requisito: era lo que la escuela consideraba una filosofía. La idea era que todo alumno debía dedicar al menos una cuarta parte de sus horas de clase a cursos dirigidos a formar alumnos «completos». Las categorías que integraban el Currículo Básico eran: otras culturas, estudios históricos, literatura, razonamiento moral, razonamiento numérico, ciencia y análisis social. La idea parecía razonable; pero en la práctica las clases del Currículo Básico ni siquiera se acercaban a sus elevados ideales. La razón era que en el fondo esas clases caían siempre al nivel del mínimo común denominador, pues nadie tomaba un curso del Currículo Básico porque estuviera realmente interesado en la materia. De modo que en lugar de cursos serios y académicos sobre historia y arte, lo que tenías eran clases como «Folclore y mitología» (afectuosamente conocida entre los alumnos que dormían en sus largas sesiones como «Grecia para cabezas cuadradas») o una introducción simplificada a la física («Física para poetas»). También había media docena de extraños cursos de antropología que no tenían casi nada que ver con el mundo real. Debido al Currículo Básico, casi todos los graduados de Harvard se habían matriculado al menos en un curso sobre los yanomamö, el «fiero pueblo» de la selva amazónica, una estrambótica tribu que seguía viviendo como si estuviera en la Edad de Piedra. Un graduado de Harvard no tendría por qué saber demasiado de política o de matemáticas; pero pregúntele sobre los yanomamö y cualquiera de ellos le podrá decir que eran muy fieros, que a menudo luchaban entre ellos con largos palos y practicaban extraños rituales depiercingque resultaban aún más inquietantes que los practicados por los skaters de Harvard Square.

Desde el fondo de la inmensa sala, Eduardo contempló los saltos del profesor detrás del atril y trató de pescar frases sueltas entre los ecos del sistema de sonido. Según parecía, este curso en particular tenía algo que ver con la historia o la filosofía; tras un examen más detallado, el mapa que había detrás del profesor parecía corresponder a Europa en algún momento de los últimos trescientos años, lo cual no terminaba de aclarar la cuestión. Eduardo no creía que la clase tuviera nada que ver con los yanomamö, aunque en Harvard eso nunca se podía asegurar.

Aquella mañana en particular, Eduardo no estaba allí para convertirse en una persona más «completa». Su misión era de naturaleza muy distinta.

Eduardo escudriñó la sala, usando una mano como visera para protegerse de los enormes focos del escenario, que parecían estar orientados en la dirección menos indicada para el fin que debían cumplir. Su otra mano estaba ocupada; debajo del brazo izquierdo llevaba una abultada caja cubierta de una gran toalla azul. La caja pesaba y Eduardo iba con mucho cuidado de no hacer gestos bruscos con ella mientras buscaba a su objetivo entre las hileras de alumnos.

Tardó varios minutos en localizar a Mark, que estaba sentado a tres filas del fondo de la sala. Mark tenía los pies encima del asiento de delante, que estaba vacío, y una libreta abierta sobre la falda. No parecía estar tomando apuntes. De hecho, no parecía estar despierto; tenía los ojos cerrados, la mayor parte de la cabeza tapada por la capucha del forro polar que llevaba casi siempre y las manos embutidas en los bolsillos de sus tejanos.

Eduardo sonrió; en pocas semanas, Mark y él se habían convertido en buenos amigos. Por más que vivieran en residencias distintasyestudiaran carreras distintas, Eduardo sentía que eran almas gemelas, y había comenzado a tener la extraña sensación de que estaba escrito que serían amigos. En aquel corto espacio de tiempo, había comenzado a sentir una gran simpatía por Mark y a verlo como un auténtico hermano, no sólo como alguien con quien coincidía en una fraternidad judía, y estaba bastante seguro de que Mark sentía algo parecido.

Aún con la sonrisa en la cara, Eduardo se deslizó por el pasillo hasta la fila de Mark. Pisó los pies de un alumno dormido de tercero, a quien reconoció vagamente de uno de sus seminarios de economía, luego pasó a empujones entre dos alumnas de segundo que estaban muy ocupadas escuchando un reproductor de MP3 oculto en un bolso situado entre las dos. Finalmente se dejó caer en el asiento vacío al lado de Mark, no sin dejar la caja cubierta en el suelo con mucho cuidado, justo delante de sus rodillas.

Mark abrió los ojos, vio a Eduardo sentado a su lado y lentamente desvió su atención hacia la caja que había en el suelo.

—Oh, mierda.

—Sí —respondió Eduardo.

—Eso no será…

—Sí, lo es.

Mark soltó un suave silbido, luego se inclinó y levantó una esquina de la toalla.

Al instante, la gallina viva que había dentro de la caja de cartón comenzó a cloquear a todo volumen. Unas cuantas plumas salieron volando de la caja y se elevaron por el aire, para caer luego alrededor de Eduardo y Mark y cualquier otra persona en un radio de cuatro o cinco metros alrededor de ellos. Algunos alumnos de las filas de delante y de detrás se giraron para mirarlos. En un segundo, toda la gente que había en su sector de la sala los estaba mirando con una mezcla de sorpresa y diversión en la cara.

Las mejillas de Eduardo se encendieron y al instante cogió la toalla y volvió a cubrir la caja con ella. Poco a poco, el ave recuperó la calma. Eduardo lanzó una mirada al escenario, pero el profesor seguía perorando sobre los bretones y los vikingos y quien fuera que circulara por ahí en ese periodo. Gracias a Dios, el ensordecedor sistema de sonido le había impedido darse cuenta de la conmoción.

—Fantástico —dijo Mark, sonriendo hacia la caja—. Me cae muy bien tu nuevo amigo. Es mucho mejor conversador que tú.

—¡No tiene nada de fantástico! —susurró Eduardo, ignorando la pulla de Mark—. Esta gallina es un palo. Y me ha causado un montón de problemas.

Mark simplemente siguió sonriendo. Era justo reconocer que la situación era bastante cómica, vista desde fuera. La gallina formaba parte de la iniciación de Eduardo en el Phoenix; le habían dado instrucciones de no apartarse de ella, de llevarla consigo a todas partes, día y noche, a todas las clases, a todos los comedores y a todos los dormitorios que pisara. Dios, si hasta tenía que dormir con esa cosa. Durante cinco días, su único trabajo consistía en mantener viva a esa gallina.

Y durante los primeros días todo había ido a pedir de boca. La gallina parecía feliz y ninguno de sus profesores se dio cuenta. Había faltado a la mayoría de sus seminarios menores, fingiendo la gripe. Los comedores y los dormitorios no le habían dado ningún problema; la mayoría de los estudiantes del campus estaban al corriente de las iniciaciones de los Clubs Finales, de modo que nadie le creaba demasiados problemas. Y las pocas figuras de autoridad con las que se había cruzado en su rutina diaria estaban muy dispuestas a cerrar los ojos. Meterse en un Club Final era algo importante y todo el mundo lo sabía.

Pero las cosas se complicaron los dos últimos días de su iniciación.

El regreso de Eduardo con la gallina a cuestas a su dormitorio en la Residencia Eliot, después de un largo día de saltarse clases, no había dado ningún problema las cuarenta y ocho horas previas. Pero resultó que en el vestíbulo de debajo de la habitación de Eduardo había dos miembros del Porcellian; Eduardo había hablado un par de veces con ellos, pero dada la distancia que existía entre sus círculos respectivos no habían llegado a conocerse. Eduardo no le dio ninguna importancia cuando los dos le vieron con la gallina. Tampoco se preocupó por esconder el hecho de que durante la cena había decidido alimentarla con un poco de pollo frito que había sacado a escondidas del comedor.

No se dio cuenta del problema en el que se había metido hasta veinticuatro horas después, cuando elHarvard Crimsonpublicó una noticia explosiva sobre el caso. Aquella noche, después de presenciar cómo Eduardo alimentaba a la gallina con pollo, los miembros del Porc habían escrito un e-mail anónimo a un grupo de derechos animales llamado Defensa Unificada de las Aves de Corral. El e-mail, firmado por alguien que pretendía responder al nombre de «Jennifer» —la dirección del remitente era [email protected]— acusaba al Phoenix de ordenar a sus nuevos miembros la tortura y asesinato de gallinas como parte de su iniciación. Defensa Unificada de las Aves de Corral se había puesto en contacto inmediatamente con la administración de Harvard y había llegado hasta el mismísimo presidente Larry Summers. Ya se había puesto en marcha una investigación de la junta administrativa, y el Phoenix tendría que defenderse de las acusaciones de crueldad con los animales, incluido el canibalismo forzado de una indefensa ave de corral.

En realidad, Eduardo debía admitir que era una buena broma por parte de los chicos del Porcellian; pero era una tocada de narices para los del Phoenix. Gracias a Dios, la dirección del Phoenix aún no había podido rastrear el origen del fiasco hasta Eduardo, aunque si lo hicieran cabía esperar que supieran tomarse la situación con humor.

Por supuesto, Eduardo no había recibido instrucciones de torturar y matar a su gallina. Muy al contrario, había recibido instrucciones de mantenerla viva y en buena forma. Tal vez darle pollo a una gallina había sido un error, pero ¿por qué iba a estar informado Eduardo de lo que comían las gallinas? El bicho no llevaba ningún manual de instrucciones. Eduardo había ido a un instituto judío en Miami. ¿Qué diablos sabían los judíos de las gallinas, más allá del hecho de que hacían una buena sopa?

Todo el debate había dejado en segundo plano la cuestión de que Eduardo casi había terminado su periodo de iniciación. En unos pocos días, iba a ser un miembro de pleno derecho del Phoenix. Si el fiasco de la gallina no hacía que le echaran, muy pronto pasaría los fines de semana en el club y su vida social iba a cambiar drásticamente. Algunos de esos cambios ya habían comenzado a notarse.

Eduardo se inclinó hacia Mark, con las manos aún sobre la caja, tratando de calmar los nervios del ave para que se mantuviera en silencio unos minutos más.

—Tengo que salir de aquí antes de que vuelva a liarla —susurró—. Sólo quería confirmar que sigue en pie lo de esta noche.

Mark levantó las cejas, y Eduardo asintió con una sonrisa. La noche anterior había conocido a una chica en un cóctel del Phoenix. Su nombre era Angie, era guapa, delgada y asiática, y tenía una amiga. Eduardo la había convencido para que llevara a su amiga, y los cuatro iban a tomar una copa en el Grill de Grafton Street. Hace un mes, algo así hubiera resultado impensable.

—Recuérdame otra vez su nombre —le pidió Mark—. El de la amiga, quiero decir.

—Monica.


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—¿Y está buena?

La verdad era que Eduardo no tenía la menor idea de si Monica estaba buena o no. No la había visto nunca. Pero desde su punto de vista, ninguno de los dos tenía derecho a ser demasiado remilgado. Hasta el momento, las chicas no se habían estado peleando exactamente por ellos. Ahora que Eduardo era casi miembro del Phoenix comenzaba a tener acceso a mujeres, y estaba resuelto a que su amigo participara de todo ello. Todavía no podía meter a Mark en el Phoenix, pero sí podía presentarle a algunas chicas.

Mark se encogió de hombros, y Eduardo levantó suavemente la caja y se puso de pie. Mientras avanzaba por la fila hacia el pasillo le echó una mirada al aspecto de Mark: las habituales sandalias Adidas, los tejanos y el polar con capucha. Eduardo se alisó su propia corbata y se sacudió unas cuantas plumas de las solapas de su americana. La corbata y la americana eran casi un uniforme para él; los días que tenía reunión con la Investment Association, llevaba incluso traje.

—Acuérdate de estar ahí a las ocho —le dijo a Mark cuando salía al pasillo—. Ah, y Mark…

—¿Sí?

—Trata de ponerte algo decente, para variar.

CAPÍTULO 5:La última semana de octubre de 2003

Detrás de toda gran fortuna se esconde un gran crimen.

Si Balzac pudiera levantarse de entre los muertos para ver a Mark Zuckerberg entrar en su dormitorio de Kirkland aquella terrible noche de la última semana de octubre de 2003, tal vez hubiera corregido sus palabras; pues aquel momento histórico, origen incuestionable de una de las mayores fortunas de la historia moderna, no comenzó con un crimen sino más bien con una broma estudiantil.

Si el redivivo Balzac hubiera estado en aquel claustrofóbico y espartano dormitorio, habría visto que Mark iba directamente a su ordenador; no le cabría ninguna duda de que el chico estaba enfadado, y también podría ver que llevaba consigo una buena cantidad de cervezas Becks. Como de costumbre, es probable que llevara sus sandalias Adidas y una camiseta con capucha. Era bien sabido que odiaba cualquier clase de calzado que no fueran unas chanclas, y estaba decidido a lograr algún día una posición que le permitiera no llevar ningún otro.

Tal vez Mark tomara un largo sorbo de cerveza y saboreara su regusto amargo en la garganta, mientras sus dedos tocaban unas cuantas teclas y despertaban suavemente a su portátil.

Ya desde que iba al instituto era visible que sus pensamientos fluían con más claridad cuando lo hacían a través de sus manos. Para un observador exterior, la relación que mantenía con su ordenador parecía mucho más armónica que la que había mantenido con nadie del mundo exterior. Siempre parecía más feliz cuando miraba a través de su propio reflejo en la pantalla. Tal vez en lo más profundo tuviera algo que ver con el control; cuando estaba ante el ordenador, Mark tenía siempre el control de la situación. O tal vez fuera más que eso, tal vez tuviera que ver con una especie de simbiosis desarrollada a lo largo de años de práctica. Su forma de tocar el teclado con los dedos dejaba bien claro que aquél era su territorio. Es probable que a veces le pareciera que era suúnicoterritorio.

Aquella noche, algo más tarde de las ocho, estaba mirando a la brillante pantalla mientras sus dedos buscaban las teclas adecuadas para abrir un blog, obedeciendo a una idea que seguramente llevaba días dando vueltas en su cabeza. La frustración —resultado probable de la noche que acababa de vivir— parecía haber dado el empujón final que hacía falta para llevar la idea a la realidad, para convertir el gusano en mariposa. Comenzó por un título:

Harvard Face Mash/El Juicio

Tal vez se quedara unos minutos mirando las palabras, preguntándose si realmente pensaba hacerlo. Tal vez tomara otro sorbo de cerveza, y finalmente volviera a inclinarse sobre las teclas:

8:13 pm: ***** es una puta. Necesito encontrar un modo de quitármela de la cabeza. Tengo que pensar en algo para tener la cabeza ocupada. Fácil, ahora sólo necesito una idea.

Tal vez en algún rincón de su cabeza Mark supiera que no era del todo justo echarle toda la culpa a una chica que le había rechazado. ¿Qué diferencia había entre lo que había hecho esta chica y la manera como le habían tratado la mayoría de las chicas en el instituto y en la universidad? Incluso Eduardo, raro como era, tenía más suerte con las chicas que Mark Zuckerberg. Y ahora que Eduardo iba a ingresar en el Phoenix… pues bien, aquella noche Mark pensaba hacer algo sobre ese asunto. Iba a hacer algo que le devolvería el control de la situación, que les enseñaría a todos lo que era capaz de hacer.

Tal vez tomara otro sorbo de cerveza, y luego dirigiera su atención hacia el ordenador de mesa que había junto a su portátil. Tocó unas cuantas teclas más, y la pantalla del ordenador cobró vida. Rápidamente se conectó a Internet y a la intranet de la universidad. Unas cuantas teclas más y estaba a punto.

Volvió a su portátil y se puso a trabajar otra vez en el blog.

9:48 pm: Estoy un poco ebrio, no os mentiré. ¡Y qué si no son aún las diez de la noche y es un martes por la noche? ¿Qué veo? Tengo elfacebookde Kirkland abierto en mi ordenador y algunos tienen fotos bastante terribles aquí metidas.

Tal vez Mark sonriera al observar las imágenes que tenía ahora en la pantalla del ordenador. Ciertamente reconocía a algunos de los chicos e incluso a algunas de las chicas, pero la mayoría de ellos eran perfectos desconocidos para él, por más que se cruzara con ellos en el comedor o yendo a clase. Es probable que él también fuera un perfecto desconocido para ellos; algunas de las tías por lo menos habían hecho esfuerzos positivos por ignorarle.

Casi me dan ganas de poner algunas de esas caras al lado de fotos de animales de granja y poner a votación cuál de los dos es más atractivo.

En algún punto de este proceso, Mark comenzó a intercambiar ideas con amigos que habían regresado a casa después de cenar, de clase o de tomar unas copas. La mayoría de sus contactos tenían lugar a través de e-mail. Nadie en su círculo usaba demasiado el teléfono; todo era ya vía correo electrónico. Con la excepción de Eduardo, todos estaban tan enganchados a sus ordenadores como Mark. Volvió a su blog:

En realidad no es una idea tan buena y probablemente no sea ni siquiera divertida,pero en cambio Billy propone comparar las personas que salen en elfacebook,y sólo ocasionalmente meter algún animal de granja. ¡Buena idea Sr. Olson! Creo que está cerca de algo.

Ciertamente, para alguien como Mark debía parecer una buena idea. Elfacebookde la residencia Kirkland —todos losfacebookde la universidad, pues ese era el nombre con el que se conocían las bases de datos de fotografías de los alumnos— era algo totalmente casposo, un archivo compilado por la universidad en orden rigurosamente alfabético.

Las elucubraciones que debían haber tenido entretenida durante días la imaginación de Mark comenzaban a tomar forma real: una idea para una página web. Para Mark, es probable que lo más divertido fueran las matemáticas que harían falta para llevarla a cabo: la informática implicada en el asunto, el programa detrás de la idea de la página web. No se trataba sólo de escribir un programa, se trataba de crear el algoritmo correcto. El asunto tenía cierta complejidad que sus amigos no dejarían de apreciar, por más que el campus general de bombones y neandertales no llegara a entenderlo jamás.

11:09 pm: De acuerdo, empecemos. No estoy muy seguro de cómo van a encajar los animales de granja en todo el asunto (con los animales de granja nunca se sabe…), pero me gusta la idea de comparar personas. Le da un giro muy Turing al asunto, pues las valoraciones de las imágenes serán menos dudosas de lo que sería, por ejemplo, asignar un número para representar lo buena que está cada persona, como hacen enhotornot.com.La otra cosa que vamos a necesitar es un montón de imágenes. Por desgracia, Harvard no dispone de unfacebookpúblico centralizado, de modo que voy a tener que conseguir todas las imágenes de las distintas residencias. Y eso significa que no hay imágenes de alumnos de primer curso… ¡cáspita!

Tal vez a estas alturas Mark fuera consciente de que estaba a punto de cruzar una línea, aunque nunca había sido muy bueno manteniéndose dentro de las líneas. Ese era el juego de Eduardo: llevar americana y corbata, ingresar en ese Club Final, seguirle el juego a todos los niños del parque. El historial de Mark dejaba claro que no le gustaba el parque. Parecía ser de los que no querían compartir el columpio.

12:58 am: Que comience el pirateo. La primera será la lista de Kirkland. Lo tienen todo abierto y su configuración Apache permite hacer índices, o sea que sólo hace falta un poco de magia para descargar todo elfacebookde Kirkland. Un juego de niños.

Realmente debió ser así de sencillo… para Mark. Lo más probable es que en unos minutos hubiera descargado todas las fotografías delfacebookde Kirkland de los servidores de la universidad a su portátil. Sin duda se trataba de un robo, en cierto sentido, pues no tenía derecho legal a esas imágenes y la universidad no las había puesto ahí para que nadie se las descargara. Pero si era posible obtener esa información, ¿por qué no iba a tener derecho a obtenerla Mark? ¿Qué autoridad maligna podía decidir que no tenía permiso para acceder a algo a lo que tan fácilmente podía tener acceso?

1:03 am: La siguiente de la lista es Eliot. También lo tienen abierto, pero no se pueden hacer índices en Apache. Puedo activar una búsqueda vacía y me dará todas las imágenes de la base de datos en una sola página. Luego guardo la página y Mozilla guardará todas las imágenes por mí. Excelente. Todo avanza según lo previsto…

Ahora estaba en el paraíso delhacker.Colarse en el sistema informático de Harvard era realmente un juego para Mark. Era más listo que todos los que Harvard había contratado para montar el sistema, más listo que sus administradores, y ciertamente más listo que los sistemas de seguridad que Harvard había instalado. En realidad, les estaba dando una lección al mostrarles los defectos en su sistema. Estaba haciendo una buena acción, aunque es probable que ellos no lo vieran así. Pero cuidado, Mark estaba documentando todo lo que hacía en su blog. Y cuando montara la página web, iba a incluir ese blog para que todo el mundo pudiera verlo. Tal vez fuera una locura, pero sería la guinda del pastel.

1:06 am: Lowell tiene algo de seguridad. Piden una combinación usuario/contraseña para acceder alfacebook.Voy a suponer que no tienen acceso a la base de datos principal de la facultad de artes y ciencias, de modo que no tienen forma de saber las contraseñas de los usuarios y la residencia no les irá pidiendo las claves a los alumnos, de forma que tiene que ser otra cosa. Tal vez haya una única combinación usuario/contraseña que todos sepan en Lowell. Eso parece un poco difícil de gestionar, pues el webmaster no tendría otro modo de indicarles el nombre de usuario y la contraseña a los residentes de Lowell que dárselos directamente. Y ciertamente quieres que la gente sepa las contraseñas que debe dar, de modo que tampoco debe ser eso. Luego ¿qué tienen todos los alumnos que pueda usarse como autenticación y esté a disposición del webmaster? ¿Alguien ha dicho número de estudiante?Sospecha confirmada: es hora de que me consiga un nombre y número de estudiante de Lowell que encajen y estoy dentro. Pero hay más problemas. Las imágenes están separadas en varias páginas, y soy demasiado perezoso para abrirlas y guardarlas una por una. Parece que la respuesta correcta es escribir un guión Perl que se encargue de eso. Exactamente.

Todo eso era la esencia del pirateo: como un criptógrafo trabajando en su madriguera para romper un código nazi. A estas alturas, el ordenador de Mark estaba lleno de fotografías; pronto tendría la mitad de la base de datos de las residencias en sus manos. Todas las chicas del campus —excepto las de primer curso— bajo su control, en su portátil, pequeños bytes y bits electrónicos que representaban todas esas caras bonitas y no tan bonitas, rubias, morenas y pelirrojas, con más o menos pecho, altas y bajas, todas, todas las chicas. Iba a ser fantástico.

1:31 am: Adams no tiene ninguna seguridad,pero limita los resultados a 20 por página. Todo lo que tengo que hacer es usar el mismo guión que acabo de usar en Lowell y listo.

Residencia por residencia, nombre por nombre. Las estaba recolectando todas.

1:42 am: Quincy no tiene ningúnfacebook online. Qué mierda. No puedo hacer nada sobre eso. 1:43 am: Dunster se las trae. No es que no haya directorio público, es que no hay directorio en absoluto. Tienes que hacer una búsqueda y si da más de 20 resultados no te muestra ninguno. Y cuando obtienes resultados no enlazan directamente con las imágenes; enlazan con un php que te redirige a ellas o algo así. Raro. Tal vez sea difícil. Luego volveré a mirármelo.

Cuando no podía colarse directamente en una página, lo más probable es que encontrara el modo de hacerlo más tarde. No había ninguna pared que no pudiera saltar. Harvard era la mejor universidad del mundo, pero no era rival para Mark Zuckerberg, para su ordenador.

1:52 am: Leverett es un poco mejor. Te siguen obligando a buscar, pero puedes hacer una búsqueda vacía y obtener enlaces a páginas con las imágenes de todos los alumnos. Resulta algo molesto que sólo te dejen ver una imagen cada vez, y no tengo intención de bajar una por una las fotos de quinientas páginas, de modo que se impone abrir el emacs y modificar ese guión Perl. Esta vez el programa irá a mirar en el directorio para saber a qué páginas debe ir a base de buscar enlaces con regexes. Luego simplemente irá a todas las páginas con las que encuentre enlace y se llevará las imágenes. Me está costando algunos intentos compilar el script… hará falta otra Beck's.

Es muy probable que Mark estuviera totalmente desvelado a estas alturas, metido por completo en lo que estaba haciendo. No le importaba qué hora era, o cuánto tiempo tuviera que quedarse levantado. Para tipos como Mark, la hora es otra arma del sistema, como el orden alfabético. Los grandes ingenieros, loshackers,no funcionaban con arreglo a las mismas constricciones temporales que los demás.


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2:08 am: Mather es básicamente igual que Leverett, excepto que dividen su directorio en clases. No tienen a ningún alumno de primer curso en sufacebook…qué pobre.

Y así siguió, toda la noche. A las cuatro de la madrugada parecía que había llegado tan lejos como podía llegar, y había descargado miles de fotografías de las bases de datos de las residencias.

Era probable que unas cuantas residencias no fueran accesiblesonlinedesde su guarida de James Bond en la residencia Kirkland: es probable que necesitaras una dirección IP situada dentro de las residencias para acceder a ella. Pero es probable también que Mark supiera cómo obtenerla, sólo que le daría más trabajo. En unos días tendría todo lo que necesitaba.

En cuanto tuviera todos los datos, sólo tendría que escribir los algoritmos: complejos programas matemáticos para hacer que la página funcionara. Y luego el programa en sí. Le tomaría un día, tal vez dos como máximo.

La llamaría Facemash.com. Y sería una maravilla:

Es posible que Harvard la bloquee por razones legales sin darse cuenta de su valor como iniciativa que podría extenderse a otras universidades (tal vez incluso alguna con chicas guapas). Pero una cosa es segura, y es que soy un capullo por haber hecho esta página. Pues vale. Al final, alguien tenía que hacerlo…

Tal vez sonriendo mientras se bebía el último resto de su Becks, redactó la introducción que leerían todos los que entraran en la página cuando finalmente la lanzara:

¿Nos escogieron por nuestro aspecto? No. ¿Nos juzgarán por él? Sí.

Sí, iba a ser una puta maravilla.

CAPÍTULO 6:Más tarde, esa misma noche

Si le preguntaras al pirata informático adecuado qué debió ocurrir después, esa fría noche en Cambridge, la respuesta parece estar bastante clara. El blog que había creado Mark para documentar sus pensamientos mientras creaba Facemash permite suponerlo razonablemente. Es posible que haya otras explicaciones alternativas, pero sabemos que Mark estaba teniendo problemas para acceder a algunas residencias. Tal vez pudiera conseguir lo que necesitaba por otras vías, no lo sabemos con certeza; pero podemos imaginar cómo debió ir la cosa:

Una residencia de Harvard. En mitad de la noche. Un chico que sabe mucho de seguridad informática y de cómo evitarla. Un chico excluido del inmenso y bullicioso mundo hormonal de la vida universitaria. Tal vez un chico que quería entrar en él. O tal vez un chico que simplemente quería demostrar lo que era capaz de hacer, que era más listo que los demás.

Imaginen al chico agazapado en la oscuridad. Muy agachado, con las manos y los pies en el suelo, hecho un ovillo detrás de un sofá de terciopelo. La moqueta que tiene bajo las manos y las chanclas es mullida y carmesí, pero el resto de la habitación está oscura, una caverna de veinte por veinte, de siluetas y formas.

Tal vez el chico no esté solo: tal vez dos de las formas sean personas, un chico y una chica situados contra la pared del otro lado, justo entre las ventanas que daban al patio de la residencia. Desde su posición detrás del sofá, el chico no habría podido decir si eran alumnos de segundo, tercero o último curso. Pero sabría que estaban donde no debían, igual que él. El salón del tercer piso no está exactamente prohibido, pero normalmente necesitabas una llave para entrar. El chico no tenía llave, simplemente había sabido aprovechar su oportunidad: había esperado en el rellano del tercer piso a que el conserje terminara de limpiar la moqueta y las ventanas, y justo en el momento en que el hombre recogía las cosas para salir se había colado dentro, dejando un libro de texto encajado en el marco de la puerta.

El chico y la chica, en cambio, habían tenido suerte. Simplemente habían visto la puerta abierta y la curiosidad les había llevado adentro. En nuestra imaginación, el chico se escondió detrás del sofá en el último momento. No es que la pareja vaya a descubrirle: tienen otras cosas en la cabeza.

En este momento, el chico ha puesto a la chica contra la pared, le ha abierto la chaqueta de cuero y le ha subido la camiseta hasta más arriba de las clavículas. Las manos del chico están subiendo por el estómago plano y desnudo de la chica, y ella se arquea mientras los labios del otro entran en contacto con su garganta. Parece a punto de ceder, allí mismo, pero gracias a Dios algo le hace cambiar de opinión. Le deja seguir un momento más y luego le aparta de un empujón, riendo.

Luego le toma de la mano y le arrastra por la habitación hasta la puerta. Pasan justo al lado del sofá, pero ninguno de los dos mira. Para cuando la chica llega a la puerta y la abre, el chico le ha puesto la mano en la cintura y casi la lleva en volandas hacia el vestíbulo. La puerta vuelve a cerrarse sobre el libro de texto, y durante un segundo el chico teme que el libro caiga y se quede encerrado allí toda la noche. Gracias a Dios, el libro aguanta. Y por fin el chico está solo, con las sombras y las siluetas.

Le imaginamos deslizándose desde detrás del sofá para seguir haciendo lo que estaba haciendo antes de la interrupción. Comienza a merodear por el perímetro de la habitación con las rodillas levemente dobladas, escrutando las oscuras paredes, sobre todo la zona inmediatamente debajo de la moldura. Le lleva unos cuantos minutos encontrar lo que busca, y cuando finalmente lo hace sonríe y alarga el brazo hacia la mochila que lleva colgada a la espalda.

El chico se pone de rodillas y abre la mochila. Sus dedos encuentran el pequeño portátil Sony y lo sacan. Ya lleva enganchado un cable Ethernet, que cuelga y se balancea mientras pone en marcha el aparato. Con dedos expertos, coge el extremo del cable y lo conecta al puerto de la pared, unos centímetros por encima de la moldura de yeso.

Con unos movimientos rápidos de los dedos sobre el teclado del ordenador, Mark activa el programa que había escrito unas horas antes y contempla cómo parpadea el portátil; igual que el chico, casi podemos imaginar los pequeños paquetes de información eléctrica que remontan el cable, minúsculos pulsos de energía seleccionados del alma electrónica del edificio mismo.

Los segundos pasan mientras el portátil ronronea con silenciosa glotonería, y a cada momento el chico mira hacia atrás para asegurarse de que la habitación sigue vacía. Sin duda su corazón late con fuerza, y podemos imaginar pequeños regueros de sudor bajando por su espalda. No sabemos si es la primera vez que hace algo así, pero la adrenalina siempre se dispara; debesentirseun poco como James Bond. En algún rincón de su cabeza el chico debe saber que lo que hace es ilegal, o en todo caso contrario a las reglas de la universidad. Pero no es exactamente un asesinato. En el mundo del pirateo, apenas llega a un hurto en una tienda.

El chico no está robando dinero de un banco, ni burlando la seguridad de ninguna página del Departamento de Defensa. No está puteando con la red de ninguna compañía eléctrica, ni siquiera rastreando el e-mail de alguna ex novia. Teniendo en cuenta las cosas que unhackeraltamente sofisticado como él es capaz de hacer, apenas está haciendo nada.

Sólo se está descargando unas cuantas fotografías de la base de datos de una residencia, eso es todo. Bueno, tal vez no unas cuantas, sinotodas.Y tal vez sea una base de datos privada, de aquellas que se supone que necesitas una clave para entrar, y además una IP del propio edificio. De acuerdo, no es totalmente inocente. Pero no es un crimen capital. Y en la cabeza del chico, es un mal que persigue un bien superior.

Unos minutos más y habrá terminado.Un bien superior.Libertad de información y toda esa mierda: se diría que para el chico eso forma parte de un auténtico código moral. Una especie de extensión del credo delhacker.si hay una pared, trata de echarla abajo o de saltar por encima. Si hay una alambrada, córtala. Los malos son la gente que construyó las paredes, el «sistema». El chico es el bueno, y su causa también es la buena.

La informacióndebeser compartida.

Las fotografíasdebenser vistas.

Unos minuto después, el portátil emite un leve bip electrónico, indicando que ha terminado con la tarea. El chico desconecta el cable Ethernet de la pared y guarda otra vez el portátil en su mochila. Una residencia lista, tal vez falten aún dos más. Casi podemos oír el tema de James Bond sonando en la cabeza del chico. Se cuelga la mochila a la espalda y se apresura hacia la puerta. Saca el libro de texto, sale de la sala y deja que la puerta se cierre detrás de él.

Podemos imaginar que al marchar percibe aún el perfume floral de la chica, seductoramente suspendido en el aire.

CAPÍTULO 7:¿Qué ocurre después?

Pasaron aún setenta y dos horas antes de que Mark descubriera realmente lo que había hecho. Su noche de borrachera estaba ya olvidada por completo, pero había seguido adelante con lo que había comenzado, además de retomar sus actividades ordinarias: ir a sus clases de informática, estudiar para las asignaturas del Básico, quedar con Eduardo y sus colegas en el comedor. Más tarde diría a los reporteros del periódico de la universidad que no había pensado demasiado en Facemash: para él ya era sólo una tarea pendiente, un problema matemático e informático por resolver. Y cuando lo hubo resuelto —de forma perfecta, maravillosa, bella—, se lo mandó por e-mail un par de horas después a unos cuantos colegas para saber lo que pensaban. Quería opiniones, reacciones, tal vez algunos elogios. Luego se había ido a una reunión relacionada con una de sus clases, que se alargó mucho más de lo que esperaba.

Para cuando volvió a su dormitorio en Kirkland, todo lo que Mark quería hacer era dejar su mochila, comprobar sus e-mails y bajar al comedor. Pero al entrar en su habitación, su atención se desvió inmediatamente hacia el portátil que todavía estaba abierto en su escritorio.

Para su sorpresa, la pantalla estaba colgada.

Y entonces lo comprendió. El portátil estaba colgado porque estaba actuando como servidor para Facemash.com. Pero eso no tenía sentido, a menos que…

—Oh, mierda.

Antes de irse a la reunión, le había mandado el enlace de Facemash a un puñado de amigos. Pero obviamente algunos de ellos se lo habían reenviado a sus amigos. En algún momento, el asunto había comenzado a tomar impulso. A juzgar por el rastro del programa, parecía que había sido reenviado a diez listas de e-mail diferentes, incluidas algunas gestionadas por grupos de estudiantes del campus. Alguien lo había enviado a todas las personas relacionadas con el Instituto de Política, una organización con más de cien miembros. Otro lo había reenviado a Fuerza Latina, la organización de las mujeres latinas. Y alguien de allí lo había reenviado a la Asociación de Mujeres Negras de Harvard. También había ido a parar alCrimsony tenía enlaces en algunos tablones de anuncios de residencias.

Facemash estaba por todas partes. Una página web donde podías comparar las fotografías de dos alumnas, votar cuál de las dos estaba más buena, y luego sentarte a ver cómo una serie de complejos algoritmos calculaban cuáles eran las tías más buenas del campus: había corrido como la pólvora.

En menos de dos horas, la página había registrado más de veintidós mil votos. Cuatrocientos tíos se habían conectado a la página en los últimos treinta minutos.

Mierda.Eso no era bueno. Se suponía que no debía extenderse de ese modo. Más adelante Mark explicaría que sólo quería pedir algunas opiniones, tal vez tantear un poco la cosa. En todo caso quería comprobar los problemas legales que podía crearle haberse descargado todas esas fotografías. Tal vez nunca lo hubiera lanzado. Pero ahora era demasiado tarde. El problema de Internet es que nada se hace a lápiz, siempre es a boli.

Si pones algo ahí, luego no puedes borrarlo.

Y Facemash estaba ahí fuera.

Mark se lanzó sobre el portátil y comenzó a tocar teclas: estaba introduciendo las claves para entrar en el programa que había escrito. En cuestión de minutos la cosa estuvo desconectada, muerta. Contempló cómo la pantalla de su portátil se quedaba finalmente en blanco. Luego se dejó caer sobre la silla, con los dedos temblando.

Tenía la impresión de estar en serios apuros.

CAPÍTULO 8:El Quad

Vistos desde el exterior, los cuatro pisos del Edificio Hilles se parecían más a una estación espacial caída que a una biblioteca universitaria; puntiagudos pilares de cemento y piedra, brillantes fachadas de metal y cristal. Igual que el resto del Quad, la Biblioteca del Quad era uno de los edificios más nuevos del campus; estando tan lejos de Harvard Yard y de sus edificios antiguos y cubiertos de hiedra, los arquitectos probablemente pensaron que podían hacer lo que quisieran, incluso una monstruosidad futurista como aquélla, que parecía más indicada para el campus del MIT, un poco más abajo, en la misma calle.

En aquellos momentos, Tyler estaba encerrado en un rincón trasero del tercer piso de la estación espacial, con su cuerpo de metro noventa y cinco encajado en una combinación silla-escritorio que parecía antes un instrumento de tortura que un mueble Art Déco. Había escogido aquella monstruosidad específicamente por su incomodidad: apenas eran las siete de la mañana de un lunes, y después del tute que se había pegado con su hermano harían falta medidas drásticas para mantenerse consciente.

Sobre el escritorio había un enorme manual de economía abierto, y al lado una de las bandejas de plástico rojo del comedor de la cercana residencia Pforzheimer. Sobre la bandeja, un bocadillo de mortadela a medio comer, parcialmente envuelto en una servilleta. No hacía ni media hora que Tyler y Cameron habían terminado de desayunar, y Tyler todavía tenía hambre: aquel manual era la razón de que estuviera en la biblioteca —faltaba menos de una hora para que comenzara su clase de Econ 115—, pero en realidad lo único que le mantenía despierto era el bocadillo de mortadela. La mitad que faltaba estaba aún en su boca, y estaba tan ocupado masticando que ni siquiera oyó los pasos de Divya que se acercaban por su espalda.

Sin el menor aviso, Divya pasó una mano por encima de su hombro y arrojó una copia delCrimsonsobre la bandeja de plástico, con el resultado de que la mitad que quedaba del bocadillo de mortadela salió despedida y voló dando vueltas hasta acabar finalmente en el suelo.


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—¿Que no voy a encontrar un programador para nosotros en elCrimson?—anunció Divya casi a gritos, a modo de saludo. Tyler le echó una mirada furibunda, con un pedazo de mortadela a medio masticar colgándole de la boca.

—¿Qué coño te pasa a ti?

—Perdona por lo del bocadillo. Pero mira el titular.

Tyler cogió el periódico y lo sacudió para quitar el kétchup de la página trasera. Le lanzó otra mirada a Divya y luego dirigió los ojos hacia el lugar donde señalaba su amigo indio. Tyler enarcó las cejas mientras leía el titular al artículo y repasaba en diagonal los primeros párrafos.

—Ok. Está bastante bien —reconoció.

Divya asintió con una sonrisa. Tyler se echó atrás en su silla y alargó el cuello tanto como pudo para atisbar por detrás del estante que tenía al lado. Apenas podía ver las largas piernas de Cameron saliendo de debajo de una idéntica combinación silla-escritorio, apenas a tres metros.

—¡Cameron, despierta y mueve el culo hacia aquí!

Unos cuantos estudiantes levantaron la mirada, vieron que era Tyler y volvieron a lo suyo. Cameron tardó unos momentos en desencajarse de la combinación, pero finalmente logró arrastrarse hasta donde estaban ellos y tomó posición junto a Divya. Cameron llevaba el pelo levantado en la coronilla y tenía los ojos enrojecidos y soñolientos. El viento había soplado fuerte aquella mañana en el río, y el entrenamiento había sido especialmente duro. Pero Tyler ya no se sentía tan cansado como su hermano parecía estar, no después de ver lo que Divya le había mostrado.

Tyler le pasó el periódico a Cameron. Éste le echó una mirada al artículo, asintiendo con la cabeza.

—Sí, oí que unos tipos del Porc hablaban de esto la noche pasada. Sam Kensington estaba bastante cabreado, porque su novia Jenny Taylor quedó clasificada en tercer lugar según la página, mientras que su compañera de habitación Kelly fue la número dos…

—Y su otra compañera Ginny la número uno —interrumpió Divya—. Ninguna sorpresa.

Tyler no pudo evitar una sonrisa. Jenny, Kelly y Ginny eran desde cualquier punto de vista razonable las tres tías más buenas de segundo curso. También habían sido casualmente compañeras de habitación en primero. Sólo que nadie en el campus creía que fuera realmente una casualidad, sobre todo después de que alguien dedujera que los últimos cinco dígitos del teléfono de su habitación en primero resultaban ser «3-POLVO». La oficina de alojamiento de Harvard era famosa por detalles extraños como aquél. Poner a chicos con nombres parecidos en la misma habitación. En su primer año en Harvard, Tyler había visto un Burger con un Fries y al menos dos Blacks y Whites. Y luego estaban Jenny, Kelly y Ginny, las tres rubias más espectaculares del campus, en una habitación con el número de teléfono 3-POLVO.

Probablemente había que despedir a alguien.

Pero la oficina de alojamiento no era el tema del artículo delCrimson.Las tres rubias habían sido clasificadas por una página Web —segúnCrimson, su nombre era Facemash, una especie de versión de «hot-or-not» donde los estudiantes podían clasificar a las chicas en base a sus fotografías— que había causado un gran revuelo en el campus.

—La cerraron enseguida —continuó Divya, señalando hacia elCrimson—. Dice que la cerró el mismo tío que la había hecho. Cuando creó la página no se había dado cuenta de que la gente se iba a cabrear. Y eso que en su blog había hablado de comparar a las chicas con animales de granja.

Tyler se echó atrás en su silla.

—¿Quién se cabreó?

—Bueno, las tías. Muchas. Los grupos feministas del campus enviaron un montón de cartas. Y luego está la universidad: había tanta gente visitando la página al mismo tiempo que saturó el ancho de banda de la universidad. Los profesores no conseguían conectarse a sus cuentas de e-mail. Fue una locura.

Tyler soltó un silbido.

—Uau.

—Sí, uau. Recibió algo así como veinte mil clics en veinte minutos. Ahora el tío que lo creó tiene bastantes problemas. Parece que robó todas las fotografías de las bases de datos de las residencias. Se coló dentro y simplemente las descargó. Parece que él y algunos de sus amigos van a tener que pasar por la junta administrativa.

Tyler sabía muy bien lo que era pasar por la junta administrativa, el organismo disciplinario de la administración, habitualmente integrado por decanos y por asesores estudiantiles pero que a veces contaba con abogados universitarios e incluso con los administradores superiores. Tyler tenía un amigo en el Porc que había sido acusado de copiar en un examen de historia. El tío había tenido que presentarse ante dos decanos y un tutor sénior. La junta administrativa tenía mucho poder: podía suspenderte, incluso recomendar tu expulsión. Pero Tyler dudaba de que en un caso como éste el castigo fuera tan severo.

El tío que hizo Facemash seguramente saldría en libertad provisional. Pero con la reputación bastante jodida. Ciertamente las chicas del campus no tendrían una opinión demasiado elevada de él, aunque, al parecer, el chico no era exactamente un Casanova. ¿Comparar tías con animales de granja? Esa no es la clase de idea que se te ocurre cuando te acuestas con tías regularmente.

—Aquí dice que no es su primer programa —comentó Cameron, hojeando el artículo—. También hizo eso del Course Match. Te acuerdas Tyler, ese horarioonlinepara escoger tus clases. Y en el instituto se supone que era una especie demegahacker.

Tyler comenzaba a entusiasmarse. Todo lo que oía le gustaba. El tío la había cagado con su página web, pero no había duda de que era un brillante programador y a todas luces una persona con ideas propias. Tal vez fuera exactamente lo que estaban buscando.

—Tendríamos que hablar con este tío.

Divya asintió.

—Ya he llamado a Víctor. Dice que coincide con él en algunas clases de informática. Me advirtió de que era un poco rarito.

—¿Cómo de rarito? —preguntó Cameron.

—Ya sabes, un poco autista.

Tyler le echó una mirada a Cameron. Ambos sabían exactamente a qué se refería Divya. Autista no era la palabra correcta;inadaptado socialera probablemente más exacto. Había decenas de chicos así en Harvard. Para ingresar en Harvard, tenías que ser o bien una persona increíblemente completa (un alumno de sobresalientes que además fuera bueno en algún deporte universitario), o bien tenías que ser muy, muy bueno en algo: tal vez mejor que nadie en el mundo. Como un virtuoso del violín, o un poeta laureado.

A Tyler le gustaba pensar que él y su hermano eran personas completas, pero tampoco se engañaba: sabía que los dos eran muy, muy buenos en remo.

Este chico resultaba ser muy, muy bueno en informática, pues no tenía pinta de que ser bueno en ningún deporte universitario.

—¿Cómo se llama el tío? —preguntó Tyler, con la mente funcionando a toda máquina.

—Mark Zuckerberg —respondió Divya.

—Mándale un e-mail —decidió Tyler, repicando con los dedos sobre elCrimson—. Veamos si este tal Zuckerberg quiere entrar en la historia.

CAPÍTULO 9:El contacto

Desde los escalones de la Biblioteca Widener, bajo la brillante luz de las once de la mañana, Harvard Yard tenía un aspecto muy parecido al que había tenido los últimos trescientos años. Senderos bordeados de árboles zigzagueando entre extensiones de hierba pulcramente recortada. Viejos edificios de ladrillo y piedra cubiertos de hiedra, complicados trazos verdes que se entrelazaban como venas sobre la vieja piel arquitectónica. Desde el punto de vista de Eduardo, en lo alto de la escalinata se adivinaba la punta de la Iglesia Memorial a lo lejos, pero no se veía más allá; sin duda no se veía el edificio futurista de ciencias o el claustrofóbico dormitorio de primer curso de Canaday, en fin, ninguno de los edificios nuevos que destrozaban la austera atmósfera del campus. Era una vista cargada de historia, de siglos de momentos como aquél, aunque Eduardo tenía la sensación de que a lo largo de todos esos centenares de años ningún estudiante había pasado por la extraña tortura que acababa de pasar el tío que tenía al lado.

Eduardo le echó una mirada a Mark, que estaba sentado a su lado en el escalón con las piernas cruzadas, parcialmente cubierto por la sombra que proyectaba uno de los inmensos pilares que sostenían el edificio de la gran biblioteca de piedra. Mark llevaba traje y corbata y parecía incómodo, como de costumbre, aunque en este caso Eduardo estaba bastante seguro de que la incomodidad de su amigo no tenía que ver únicamente con su ropa.

—Ha sido desagradable supongo —comentó Eduardo, devolviendo su atención a Harvard Yard.

Contempló a una pareja de chicas guapas de primer curso que pasaban a toda prisa por uno de los caminos. Las dos llevaban bufandas carmesí a juego y una tenía el pelo recogido en un moño, dejando al aire una franja de cuello de porcelana.

—Algo así como una colonoscopia —respondió Mark.

Mark también estaba contemplando el avance de las chicas por Harvard Yard. Tal vez estuviera pensando lo mismo que Eduardo: que esas chicas probablemente hubieran oído hablar de Facemash, leído sobre el asunto en elCrimsono visto algo colgado en alguno de los tablones de anunciosonlinedel campus. Tal vez las chicas supieran incluso que una hora antes Mark se había tenido que sentar frente a la junta administrativa —en presencia de no menos de tres decanos, además de un par de expertos en seguridad informática— y presentar disculpas, una y otra vez, por el desaguisado que había provocado sin querer.

Lo divertido del caso —aunque los decanos no le habían visto exactamente la gracia— era que Mark no parecía haber entendido realmente por qué estaba todo el mundo tan cabreado. De acuerdo, había pirateado los ordenadores de la universidad y se había descargado unas cuantas fotografías. Sabía que eso estaba mal, y ciertamente se disculpaba por ello. Pero estaba sinceramente confundido por la indignación que había despertado en varios grupos femeninos del campus, y no sólo en los grupos sino también entre las propias chicas, muchas de las cuales le habían enviado e-mails, cartas y a veces hasta novios para que asegurarse de que le llegaba el mensaje. Y los mensajes le llegaban en el comedor, en las clases, incluso entre los estantes de la biblioteca: cada vez que se cruzaban con Mark.

Durante la sesión con la junta administrativa, Mark había admitido abiertamente su culpa por el pirateo pero también había observado que sus acciones habían puesto al descubierto algunos fallos graves de seguridad en el sistema informático de la universidad. Había un aspecto positivo en todo el asunto, según Mark, que se presentó voluntario además para ayudar a resolver las deficiencias de los sistemas de las residencias.

Mark también había insistido en que había cerrado personalmente la página cuando se dio cuenta de que corría por todo el campus. En ningún momento había tenido intención de lanzar Facemash de ese modo: era una especie de test beta que se le había escapado de las manos. La página era sólo un reto que se había propuesto a sí mismo, sin ninguna finalidad retorcida.

Francamente, la mejor defensa de Mark había sido su inadaptación social, sumada a su confusión por la respuesta que había generado Facemash. Los decanos reunidos habían observado y escuchado su artificial amaneramiento y se habían dado cuenta de que Mark no era en realidad un mal chico, simplemente no pensaba como los demás. No se había dado cuenta de que las chicas se iban a ofender porque los chicos las clasificaran en función de su aspecto: por Dios, Mark, Eduardo y probablemente todos los tíos de la universidad llevaban haciendo ese tipo de clasificaciones desde el nacimiento de la educación estructurada. Eduardo estaba convencido de que algún día un paleontólogo encontraría dibujos en cuevas con clasificaciones de chicas neandertales. Formaba parte de la naturaleza humana.

Un observador externo habría dicho que Mark no parecía haberse dado cuenta de que cierto tipo de cosas que le pasaban por la cabeza —la clase de conversaciones que uno tenía con sus amigos colgados en la privacidad de sus guaridas de colgados— no quedaban bien cuando se decían en público. Si sugieres comparar fotografías de chicas con animales de granja, vas a ver a mucha gente cabreada.

Ciertamente, Mark había cabreado a mucha gente. Pero en su benevolencia los decanos habían decidido no suspenderle o expulsarle por el asunto de Facemash. Le darían a Mark una especie de libertad vigilada: simplemente le habían dicho que no creara problemas durante los próximos dos años, o ya vería. No habían especificado qué sería lo que «vería», pero en todo caso era una buena zurra.

Mark había sobrevivido al incidente sin demasiado perjuicio para su estatus académico. Su reputación en el campus, sin embargo, no se había recuperado tan fácilmente. Si antes tenía problemas con las chicas, ahora lo iba a tener realmente crudo.

Además, la gente conocía ya el nombre de Mark Zuckerberg. El artículo delCrimsonse había asegurado de eso. El periódico había desarrollado incluso el artículo inicial acerca de la debacle Facemash con un editorial acerca de la popularidad de la página y del interés que cabía deducir de ello por alguna clase de comunidad virtual para compartir imágenes, aunque tal vez debería dársele una orientación más positiva. Mark ciertamente había movido algo, y eso era bueno, ¿no?

Cuando las dos chicas de primero desaparecieron de su vista, Mark se metió la mano en el bolsillo de atrás y sacó un pedazo de papel doblado y se giró hacia Eduardo.

—Quiero mostrarte algo. ¿Qué piensas de esto?

Le pasó el papel y Eduardo lo desdobló; era un e-mail impreso del ordenador de Mark:

Hola Mark, un amigo me dio tu e-mail. En fin, mi equipo y yo necesitamos a un diseñador de páginas web que sepa php, sql y, con un poco de suerte, java. Tenemos muy avanzado el diseño de una página en la que nos gustaría que participaras y que estamos seguros que dará que hablar en el campus. Llámame por favor a mi móvil o escríbeme un e-mail para decirme cuándo tendrías un momento para charlar por teléfono y verte con nuestro diseñador actual. Podría ser una experiencia muy positiva, especialmente si tienes una personalidad emprendedora. Te daremos los detalles cuando nos des tu respuesta. Saludos.

El e-mail estaba firmado por alguien llamado Divya Narenda, e iba con copia para un tal Tyler Winklevoss. Eduardo leyó dos veces el e-mail, tratando de digerir la propuesta. Parecía que los tipos estaban trabajando en alguna clase de página secreta; probablemente habían leído algo sobre Mark en elCrimson,habían visto Facemash y pensaban que podía ayudarles en lo que fuera que estuvieran construyendo. Estaba claro que no conocían a Mark, sólo respondían a su reputación, a su reciente notoriedad.


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—¿Conoces a esos tipos? —le preguntó Mark.

—No conozco a Divya, pero sí a los gemelos Winklevoss. Son alumnos de último curso, creo que viven en el Quad. Hacen remo.

Mark asintió. Por supuesto, él también conocía a los gemelos Winklevoss. No personalmente, claro, pero no podías dejar de verlos en algún momento. Dos gemelos idénticos de metro noventa y cinco, era difícil perdérselos. Pero ni Eduardo ni Mark habían intercambiado nunca una palabra con ellos; no se movían precisamente en los mismos círculos. Tyler y Cameron eran del Porc. Eran atletas, e iban con atletas.

—¿Vas a hablar con ellos?

—¿Por qué no?

Eduardo se encogió de hombros. Volvió a mirar el e-mail. A decir verdad, no tenía un gran presentimiento sobre aquello. No conocía a los Winklevoss ni a Divya, pero sí conocía a Mark y no se imaginaba que pudiera llevarse bien con tipos como ésos. Hacía falta cierta «comprensión» para llevarse bien con Mark. Y los tíos como los Winklevoss… bueno, nunca eran demasiado comprensivos con colgados como Eduardo y Mark.

Sin duda, Eduardo estaba haciendo grandes progresos ahora que iba con los del Phoenix y avanzaba en el proceso de iniciación. En una semana o así estaba seguro de que el proceso terminaría y que pasaría a ser un miembro de pleno derecho de un Club Final. Pero había una gran diferencia entre ser un miembro del Phoenix y ser un miembro del Porcellian. En el Phoenix se trataba de aprender a hablar con chicas, beber mucho y con suerte llevárselas a la cama. En el Porcellian se trataba de aprender a gobernar el mundo.

—Yo diría que los jodan —respondió Eduardo—. No los necesitas.

Mark volvió a coger el e-mail y se lo puso en el bolsillo. Luego se tiró de los cordones de los zapatos para aflojarlos.

—No sé —dijo, y Eduardo se dio cuenta perfectamente de que ya había tomado una decisión. Tal vez en el fondo la idea de ir con tíos como los Winklevoss le resultara atractiva, o tal vez fuera otra salida de las suyas, como Facemash: algo que le parecía que podía resultar divertido.

O bien, como decía siempre Mark:

—Podría ser interesante.

CAPÍTULO 10:25 de noviembre de 2003

—Oh mierda. Encerrad a vuestras novias. Mirad quién viene a cenar.

Tyler y Cameron estaban ya a medio camino y seguían avanzando a toda prisa entre las mesas del comedor de Kirkland, cuando finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir. Tyler vio a un estudiante con aspecto de búfalo que venía hacia ellos, con los brazos abiertos en un falso placaje y una efusiva sonrisa sobre sus carrillos carnosos, y no pudo evitar una carcajada. La sola idea de que pudieran tener una reunión en la residencia del río sin que nadie los viera era una tontería; tanto él como Cameron tenían muchos amigos en Kirkland, entre ellos algunos miembros del Porc y un puñado de compañeros de remo. Davis Mulroney no era ni lo uno ni lo otro; pero era difícil de esquivar, teniendo en cuenta que debía pesar más de cien quilos y que jugaba de centro en el equipo de fútbol de la universidad; y ahora venía directamente hacia ellos.

Tyler trató de esquivarlo por la izquierda, pero fue demasiado lento y Davis lo atrapó en un abrazo de oso a la altura de la cintura y lo levantó del suelo durante cinco segundos. Cuando finalmente lo volvió a dejar en el suelo, les dio la mano a ambos hermanos y luego levantó una peluda ceja.

—¿Una visita por el río? ¿Qué os trae desde el Quad?

Tyler lanzó una mirada a Cameron. Ambos habían acordado que era mejor por el momento no decir nada sobre su reunión con el informático. No era que su página web fuera un secreto total; sus amigos sabían algo del tema, y también algunos de sus compañeros del Porc. Pero ese Zuckerberg era una especie de celebridad en el campus en aquel momento, y ciertamente no estaban listos para anuncios en elCrimson.

Lo cierto era que ni siquiera se habían reunido con el tío aún, pero sí sabían que estaba muy interesado en su página y quería formar parte del proyecto. Tanto Divya como Victor Gua habían intercambiado algunos e-mails con él y decían que parecía muy interesado. Sus palabras exactas en uno de sus últimos e-mails parecían justificar una excursión a la residencia del río:

De acuerdo con lo de vernos y hablar del asunto, pero aún estoy lidiando con las consecuencias deFacemash:¿mañana tal vez? Estoy muy interesado en que me expliquéis vuestro proyecto.

Pero una cena en Kirkland no era exactamente un compromiso en firme, y Tyler no tenía ningún interés en que el campus supiera que él y su hermano estaban trabajando con el tío de Facemash antes de que fuera realmente cierto. Pero igualmente era estúpido por su parte pensar que él y su hermano podían entrar en Kirkland sin toparse con un montón de amigos. La novia de Davis era compañera de habitación de una de las ex de Cameron; y en todo caso los horarios del fútbol y del remo eran parecidos, de modo que siempre estaban tropezando los unos con los otros.

—Oímos que era la noche de los bocadillos de carne —respondió Tyler—. Siempre estamos a punto para un buen bocadillo de carne.

Davis soltó una carcajada. Hizo un gesto hacia la mesa de al lado de la ventana, que estaba llena de chicos de aspecto imponente, con camisetas a juego del equipo de atletismo de Harvard.

—¿Por qué no os unís a nosotros? Después vamos a tomar una copa en el Spi y tal vez luego iremos al Grafton. Mi colega ha quedado con unas chicas de Wellesley para que vengan en el Polvo Bus. Podría ser divertido.

Tyler puso los ojos en blanco. El «Polvo Bus» era toda una institución en Harvard: un autobús con aspecto de furgoneta que hacía viajes de ida y vuelta entre el campus de Harvard y media docena de universidades femeninas de los alrededores —además de algunos campus mixtos más liberales—, sobre todo los fines de semana. Cualquier graduado de Harvard socialmente funcional había estado en el Polvo Bus al menos una vez en su carrera universitaria; Tyler sólo tenía que cerrar los ojos para recordar el aroma maravillosamente intenso a alcohol y perfume que parecía impregnar los asientos de vinilo del autobús. Pero aquella noche no estaba interesado en el Polvo Bus, ni tampoco en su contenido.

—Lo siento tío, esta noche no podemos. ¿Tal vez en otra ocasión?

Tyler le dio una palmada en la espalda al mastodonte, lanzó un saludo a la mesa de atletas y siguió avanzando por el comedor. Mientras lo hacía no podía dejar de pensar que en cierto modo el proyecto en el que estaban trabajando él y su hermano guardaba cierta analogía con el Polvo Bus. Harvard Connection tendría elementos que podrían describirse como un Polvo Bus electrónico: una forma superfácil de conectar chicos y chicas, pero en lugar de consistir en un largo paseo en el asiento trasero de un autobús, sólo tendrías que apretar una tecla de tu portátil. Compra al instante, por decirlo así, en la escuela mixta de tus sueños.

Cameron le tocó el brazo y señaló hacia una mesa situada al fondo del comedor rectangular. En el centro había un chico que les hacía señas. Era un tipo de aspecto desgarbado y con una melena rizada de color rubio-castaño. Llevaba una camiseta estampada y bermudas, a pesar de que fuera estaban bajo cero, y sus mejillas estaban pálidas como si llevara tiempo sin ver el sol.

Había otro chico en la mesa —un tipo bajo y de pelo oscuro con algo de perilla, tal vez su compañero de habitación— pero se fue mientras ellos se acercaban para dejar solo a Mark. Tyler fue el primero en llegar a la mesa, con la mano extendida.

—Tyler Winklevoss. Este es mi hermano, Cameron. Lo siento pero Divya no ha podido venir, tenía un seminario que no se podía saltar.

La mano de Mark parecía un pescado muerto. Tyler se dejó caer en una silla de delante de Mark y Cameron tomó asiento a la derecha de Tyler. No parecía que Mark fuera a decir nada, de modo que empezó Tyler.

—Lo llamaremos Harvard Connection —arrancó, yendo al grano. Luego se lanzó a una completa descripción de la página web que querían construir. Trató de no complicar demasiado las cosas al principio, explicando su idea de crear un punto de encuentroonlinedonde los chicos y las chicas de Harvard pudieran conocerse, compartir información, conectar. El sitio tendría dos secciones, una para citas, la otra para contactos. Los estudiantes podrían colgar fotografías suyas, dar alguna información personal y buscar puntos de encuentro entre ellos. Luego pasó a la ideología que había detrás de la página: la relativa ineficiencia de la forma como se conocían las personas, el gran número de obstáculos que había que salvar para encontrar a la persona perfecta, y que Harvard Connection pondría en contacto a las personas de acuerdo con su personalidad —o a lo que fuera que pusieran en la red— y no según su proximidad.

Aunque resultaba difícil interpretar su cara, daba la impresión de que Mark había pillado la idea al instante. Le gustó el concepto de una página web para conocer a chicas, y estaba seguro de que no le costaría mucho resolver las cuestiones de programación. Preguntó hasta dónde había llegado Victor con el programa y Cameron sugirió que lo viera por sí mismo: podían darle a Mark las contraseñas necesarias para entrar en el trabajo de Victor, y si quería podía descargarse el programa para trabajar a partir de él con su propio ordenador. Cameron suponía que estaban hablando de unas diez, tal vez quince horas de programación pendiente: nada excesivo para un chico como Mark. Cameron entró en más detalles mientras Tyler se echaba atrás en su silla, contemplando al chico.

Tyler podía ver que Mark se entusiasmaba cada vez más con la idea a medida que su hermano hablaba. Su torpeza se volvía menos aparente cuanto más entraban en asuntos informáticos y, a diferencia de los demás estudiantes de informática con los que habían hablado, Mark parecía compartir la energía y la visión que Tyler y su hermano habían expresado. Sin embargo, Tyler sabía que el chico querría saber qué habría para él en caso de que la página funcionara, de modo que entró en ese tema tan pronto como su hermano terminó.

—Si la página funciona, todos ganaremos dinero —dijo—. Pero más que el dinero, lo importante es que será muycool.Y queremos que seas el centro del proyecto. De ese modo volverás a las páginas delCrimson,pero esta vez el periódico te estará lanzando elogios, no basura.

La oferta era muy simple, desde la perspectiva de Tyler. Serían socios en el proyecto, de modo que si había dinero todos saldrían ganando. Pero mientas tanto, Mark podría usar el lanzamiento de la página web para rehabilitar su imagen. Y podría ser el centro de atención —algo que los informáticos nunca conseguían, pues los otros terminaban por dejarlos en segundo plano— y utilizar la página como quisiera para mejorar su situación social.

Viendo al tío, solo en un rincón de su comedor, visiblemente a disgusto, como si se sintiera incómodo en su propia piel, Tyler sabía que la idea tenía que resultarle atractiva. Sólo tenía que poner en marcha la página, hacerse un poco famoso con ella y quién sabe, tal vez el chico se convirtiera en una persona distinta. Había que darle una vida social, sacarlo del circuito de los colgados, ponerlo en contacto con la clase de chicas que es imposible encontrar en un laboratorio de informática.

Tyler no sabía nada del chico, ¿pero quién podía negarse a una oferta como ésa?

Para cuando terminó la reunión, Tyler sabía que ya lo tenían. Volvieron a estrecharse las manos, y la suya era menos pescado muerto y más la de un ingeniero pletórico de energía. Y Tyler se fue de la mesa excitado por haber encontrado por fin a alguien que parecía comprender realmente lo que estaban tratando de hacer.

Estaba tan excitado, de hecho, que decidió que él y su hermano tenían tiempo de unirse a los del fútbol para ir a tomar algo en el Spi. Harvard Connection estaba un paso más cerca de hacerse realidad, y tal vez fuera hora de celebrarlo.

¿Y qué celebración más adecuada que una visita del Polvo Bus?

CAPÍTULO 11:Cambridge, 1

En un buen día, el intenso aroma a ajo tostado y a queso parmesano que salía de la cocina de cristal cromado habría resultado estimulante, aunque tal vez un poco excesivo. Pero aquel no era un buen día. La cabeza de Eduardo palpitaba de dolor y sus ojos ardían como si los hubiera bañado en lejía. El aroma le estaba asfixiando, y lo único que deseaba era arrastrarse bajo la mesa del estrecho compartimento donde estaba sentado, encogerse como una bola en el suelo y entrar en coma. En lugar de eso, estaba tomando pequeños sorbos del vaso de agua helada que tenía delante mientras trataba de encontrar algún sentido en las borrosas palabras del pequeño menú que tenía en las manos.

Eduardo no pretendía echarle la culpa al restaurante de su estado físico; Cambridge, 1 era uno de sus locales preferidos en Harvard Square, y habitualmente esperaba con impaciencia sus gruesas pizzas cargadas de ingredientes. El aroma de Cambridge, 1 podía olerse desde dos manzanas más allá de Church Street, y había buenas razones para que todas las mesas del pequeño y moderno lugar estuvieran ocupadas, al igual que todos los asientos del pequeño bar situado al lado de la cocina abierta. Pero en aquel momento Eduardo no tenía ningún interés en la pizza. La idea misma de la comida ponía en peligro su frágil equilibrio, hasta el punto de que debía luchar contra el impulso de salir corriendo a su habitación, esconderse bajo la manta y desaparecer durante dos días.

Tal vez lo hubiera conseguido, de haberlo intentado. Era la primera semana de enero y ni siquiera habían empezado las clases después de los dos meses de pausa invernal. De hecho, acababa de volver de Miami el día anterior. Tras aterrizar en Logan, había ido directamente al Phoenix para iniciar la descompresión después de tanta vida familiar.

Eduardo había regresado al campus con la necesidad de una experiencia purificadora, y no le costó demasiado conseguirla en el Phoenix. Allí se había encontrado con algunos de los nuevos miembros, y entre todos la habían montado a lo grande. Era como si trataran de recrear el daño que les habían infligido la noche de su iniciación en el club, sólo diez días antes.

Eduardo sonrió a pesar de su dolor al pensar en aquella noche: realmente fue una de las más desmadradas de su vida. Había comenzado de forma bastante inocua: como un pulcro soldado vestido de esmoquin, había desfilado en compañía de otros iniciados por Harvard Square. Luego todos habían regresado a la mansión de Mt. Auburn Street y subido a la sala de arriba del club.


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Los rituales se habían iniciado con una regata al viejo estilo: los iniciados habían sido divididos en dos grupos y alineados frente a la mesa de billar, y al primero de cada grupo se le había entregado una botella de Jack Daniels. Uno de los miembros del club tocó un silbato, y la carrera comenzó. Cada iniciado tenía instrucciones de beber tanto como pudiera, y luego pasarle la botella al siguiente.

Por desgracia, el equipo de Eduardo había ganado la carrera… y como castigo habían tenido que repetir la maldita proeza con una botella aún más grande de vodka.

Después de eso, los recuerdos de Eduardo se volvían algo borrosos, pero sí recordaba que le habían llevado hasta el río, aún vestido con su esmoquin, y que se había cagado de frío allí fuera con aquella chaqueta tan fina, mientras el viento de diciembre azotaba su carísima camisa blanca. Luego recordaba que los miembros del club les habían dicho a él y a los demás iniciados que iban a hacer otra carrera, pero que esta vez sería de natación. Debían cruzar el Charles y volver.

Eduardo casi se desmayó al oírlo. El Charles era célebre por su contaminación y lo que era peor, estaban a mediados de diciembre y el río comenzaba a helarse en algunos puntos. La idea de cruzarlo a nado era aterradora, y no digamos ya hacerlo borracho…

Sin embargo, Eduardo no tenía elección. El Phoenix significaba demasiado para él como para echarse atrás entonces, de modo que comenzó a quitarse los zapatos y los calcetines, igual que los demás iniciados. Luego se alineó junto a los demás en la orilla, se inclinó hacia adelante…

Y gracias a Dios en aquel momento habían salido de la oscuridad todos los miembros del club, entre risas y palmas. No habría ningún baño aquella noche, sólo más bebida, más rituales y más felicitaciones. En unas pocas horas, la iniciación había terminado y Eduardo se había convertido en miembro oficial del Phoenix.

Ahora era libre de deambular por las salas y las habitaciones privadas de los pisos superiores del club, libre para espiar todos los rincones de la mansión en la que se desarrollaría una parte tan importante de su vida social en lo sucesivo. Para su sorpresa, la noche anterior había descubierto que había incluso dormitorios en el piso de arriba, a pesar de que nadie vivía allí. Eduardo podía imaginarse para qué eran los dormitorios, y la idea había llevado a un sinfín de brindis con sus compañeros de club… los cuales le habían llevado a su desastroso estado actual.

Se encontraba tan mal, de hecho, que ya estaba a medio camino de la puerta cuando finalmente vio a Mark abriéndose paso por el atestado bar, la capucha sobre la cabeza, con un brillo extraño y resuelto en los ojos. Eduardo decidió al momento que podía luchar contra el dolor unos minutos más al menos; raramente había visto esa mirada en los ojos de Mark, y sólo podía significar que algo «interesante» estaba a punto de ocurrir. Algo que por lo menos explicaría por qué le había dado cita en un restaurante italiano en lugar del comedor donde habitualmente almorzaban.

Mark se deslizó dentro del compartimento frente a Eduardo, mientras éste recuperaba su posición detrás de su agua helada y su menú. Pero a juzgar por la actitud de Mark, no parecía que fueran a pedir nada inmediatamente. Mark parecía fuera de sí de exaltación.

—Creo que se me ha ocurrido una idea —comenzó, y luego se lanzó a contarla inmediatamente.

A lo largo del mes anterior —desde justo después del incidente de Facemash— Mark había estado desarrollando una idea. En realidad había nacido del propio Facemash —no de la página web en sí, sino del gran interés que había despertado y que Mark había podido comprobar de primera mano. No era sólo que Mark hubiera colgado fotos de tías buenas en Internet —había millones de lugares donde se podían ver fotografías de tías buenas— sino que Facemash había ofrecido fotografías de chicas que los chicos de Harvard conocían, a veces incluso personalmente. El hecho de que tantas personas hubieran accedido a la página y votado demostraba que había un auténtico interés por saber cosas de sus compañeros de clase en un contexto informal a través de Internet.

Y bien, se preguntaba Mark, si la gente quería ir a Internet y enterarse de cosas de sus amigos, ¿por qué no montar una página web que ofreciera exactamente eso? Una comunidadonlinede amigos —con fotografías, perfiles, lo que fuera— en la que pudieras entrar con un clic, visitar a los otros, fisgonear un poco. Una especie de red social pero con un formato más exclusivo, en el sentido de que tuvieras que conocer a las personas para entrar en ella. Algo parecido a lo que ocurría en el mundo real —en los círculos sociales reales— pero en Internet, controlado por las propias personas que formaban parte de los círculos sociales.

A diferencia de Facemash, quería crear una página web donde cada uno pudiera colgar sus fotografías, y no sólo fotografías, también sus perfiles: dónde habían crecido, qué edad tenían, cuáles eran sus intereses. Tal vez las clases a las que asistían. Qué era lo que buscaban por Internet: amistad, amor, lo que fuera. Y luego quería darles la posibilidad de invitar a sus amigos a entrar en la página. Ficharlos en cierto sentido, invitarlos a su círculo social por Internet.

—Estoy pensando en no complicar las cosas y llamarlo The Facebook —dijo Mark, y mientras lo hacía su ojos ardían literalmente.

Eduardo parpadeó, sin acordarse de repente de la resaca. Desde el primer momento le pareció una idea fantástica. Tenía pinta de poder convertirse en algo grande, aunque algunos de sus aspectos ciertamente sonaban familiares. Había una página web llamada Friendster que era parecida, pero era bastante cutre y nadie la usaba, al menos no en Harvard. Y dentro del campus un tío llamado Aaron Greenspan se había metido en líos hacía unos meses por montar un bbs donde se podía compartir información, pero donde los alumnos debían usar sus e-mails y sus Ids de Harvard como contraseñas. Más tarde ese Greenspan había tratado de desarrollar algo llamado houscSYSTEM que tenía algunos elementos sociales.

Grossman había añadido incluso unfacebookuniversal de la residencia en su página; Mark ciertamente la había visitado, pero apenas nadie le había prestado atención, que Eduardo supiera.

Friendster no era exclusivo en el sentido de lo que explicaba Mark.

Y la página de Grossman no estaba demasiado lograda, y no se basaba en las fotografías y en los perfiles. La idea de Mark era realmente distinta. Se trataba de trasladar tu red social real a la web.

—¿No está trabajando la universidad en una especie defacebook online?

Eduardo también recordaba haber leído en el artículo delCrimsonsobre Facemash que la universidad tenía planes de crear alguna especie de página universal de fotografías de alumnos; otras universidades ya disponían de un archivoonlinede fotografías y demás.

—Sí, pero lo que hacen no es interactivo ni nada. No es lo que yo digo. Y The Facebook es un nombre bastante genérico. No creo que importe demasiado que se use en otros lugares.

Interactiva, una red social interactiva. Sonaba bastante interesante. También sonaba a un montón de trabajo, pero Eduardo no era ningún experto en informática. Ese era el terreno de Mark. Si a Mark le parecía que podía construir una página como ésa… bueno, es que podía.

Y parecía que Mark había pensado mucho en ello: la idea estaba ya muy avanzada, al menos en su cabeza. Eduardo se daba cuenta de que no era sólo Facemash: también incorporaba cosas que Mark había hecho con Course Match, donde los alumnos podían ver las clases que habían tomado otros. Friendster, por supuesto, también debía haberle servido; ciertamente Mark había visitado la página, pero ¿no lo habían hecho todos?

Mark debió coger todo eso y combinarlo en su cabeza, y luego fue un paso más lejos. Eduardo se preguntaba dónde debió venirle la inspiración: ¿durante las vacaciones, en su casa de Dobbs Ferry? ¿Sentado en su habitación, mirando la pantalla de su ordenador? ¿En clase?

El único contexto donde Eduardo estaba seguro de que Mark no había tenido el golpe de inspiración era hablando con los gemelos Winklevoss. Mark le había descrito la reunión con todo detalle, así como la página que los Winklevoss creían que Mark les estaba construyendo. Tal como Mark la había descrito, era poco más que una página de citas, un lugar para buscar sexo. Una especie de Match.com de alto standing.

Hasta donde sabía Eduardo, Mark no había hecho nada para los gemelos. Había estudiado su página, lo había estado pensando y había decidido que no merecía que le dedicara su tiempo. Incluso se había burlado de ella, diciendo que incluso sus amigos más cutres tenían mejores ideas para hacer una página web interesante que Divya y los Winklevoss. En todo caso, estaba demasiado ocupado con sus clases como para dedicar tiempo a jugar en una página de citas sólo para impresionar a un par de tipos del Porc. Eduardo estaba bastante seguro de que Mark había seguido conversando con ellos vía e-mail e incluso por teléfono, Dios sabe por qué. Probablemente, porque ellos eran quienes eran y Mark era quien era.

Eduardo estaba convencido de que los gemelos Winklevoss no habían comprendido en absoluto a su amigo. Seguramente habían visto en Mark a un colgado ansioso por saltar sobre la oportunidad de «rehabilitar» su imagen construyendo su página web por ellos. Pero Mark no quería rehabilitar nada. Con Facemash se había metido en problemas, pero también le había mostrado al mundo exactamente lo que quería mostrar: que era más inteligente que nadie. Primero había derrotado a los ordenadores de Harvard y luego había derrotado a la junta administrativa.

Sin duda, Mark se veía a años luz de los gemelos Winklevoss. ¿Quiénes eran ellos para aprovecharse de sus habilidades? Sólo un par de deportistas que creían estar en la cima del mundo. Tal vez estuvieran en la cima del mundo social, pero en la tierra de las páginas web y de los ordenadores, el rey era Mark.

—Pienso que suena genial —dijo Eduardo. El restaurante se había convertido en un decorado de fondo y todo lo que veía era la pasión de Mark por su nuevo proyecto. Eduardo quería participar. Obviamente, Mark también lo quería. Si no fuera así, se hubiera dirigido a sus compañeros de habitación. Uno de ellos, Dustin Moskovitz, era un genio de la informática, tal vez tan bueno programando como Mark. ¿Por qué no se había dirigido primero a él? Tenía que haber un motivo.

—Es fantástico. Pero necesitaremos un poco de dinero para empezar, para alquilar los servidores y ponerlo en Internet.

Ahí estaba. Mark necesitaba dinero para poner en marcha su página. La familia de Eduardo era rica, y además el propio Eduardo tenía dinero, los trescientos mil dólares que había ganado en futuros de petróleo. Los beneficios de su obsesión por la meteorología y los algoritmos que le habían permitido predecir las pautas de los huracanes. Eduardo tenía dinero, Mark necesitaba dinero: tal vez fuera tan sencillo como eso. Pero Eduardo quería creer que había más que eso.

Mark estaba hablando de una red social. Mark no tenía habilidades sociales, ni tampoco vida social. Eduardo acababa de convertirse en miembro del Phoenix. Estaba comenzando a valerse por sí mismo, a conocer chicas. Tarde o temprano, era probable que se acostara con alguna. ¿A qué otro de sus amigos podría haberse dirigido Mark? Eduardo era ciertamente el más social del grupo.

—De acuerdo —dijo Eduardo, estrechando la mano de Mark por encima de la mesa. Él podía aportar dinero y consejo. Podía ayudar a guiar el proyecto de un modo que Mark probablemente no podía. Mark no era un chico con mentalidad empresarial. ¡Joder, si había rechazado una cifra de siete dígitos en el instituto!

—¿Cuánto crees que vas a necesitar? —preguntó Eduardo.

—Creo que mil dólares para empezar. La cuestión es que ahora mismo no tengo mil dólares, pero si pones lo que puedas ahora creo que podremos ponerlo en marcha.

Eduardo asintió. Sabía que Mark no era rico; pero Eduardo podía tener mil dólares en la mano en menos de veinte minutos. Sólo tenía que hacer una rápida excursión al banco más cercano.

—Dividiremos la empresa al setenta-treinta —ofreció de repente Mark—; setenta por ciento para mí, treinta por ciento para ti. Puedes ser el CFO de la empresa si quieres.

Eduardo asintió otra vez. Sonaba justo. Después de todo era idea de Mark. Eduardo la financiaría y tomaría las decisiones empresariales. Tal vez nunca llegaran a hacer dinero con el asunto, pero Eduardo tenía la sensación de que era una idea demasiado buena como para quedar en nada.

El campus estaba lleno de chicos tratando de montar páginas. No sólo los Winklevoss y ese Greenspan. Eduardo conocía personalmente a una decena de estudiantes que estaban tratando de poner en marcha negociosonlinedesde sus habitaciones. Muchos de ellos tenían aspectos sociales como la página de los Winklevoss, pero no había oído de ninguno que tuviera una idea tan estupenda como la de Mark. Simple,sexyy exclusiva.

The Facebook tenía todos los elementos de una página web de éxito. Una idea sencilla, una funciónsexyy una sensación exclusiva. Como un Club Final, pero por Internet. Era el Phoenix, pero podías unirte a él desde la privacidad de tu habitación. Y esta vez, Mark Zuckerberg no iba a ser simplemente fichado. Iba a ser el presidente.

—Esto va a ser realmente interesante —dijo Eduardo con una sonrisa.

Mark le devolvió la sonrisa.

CAPÍTULO 12:14 de enero de 2004

La puerta era enorme, toda pintada de negro; estaba justo al otro lado de la Avenida Massachussets, saliendo de la universidad por una arcada de piedra aún más grande y ominosa, con sus barrotes de hierro, su mampostería ornamental y una gran cabeza de oso en la cúspide del arco. Era imposible que un estudiante de primero que pasara bajo esa arcada y mirara al otro lado de la calle hacia esa puerta no sintiera un poco de curiosidad, cuando no abierta paranoia. Tal vez el edificio en sí —una fachada de ladrillos rojizos que se elevaba cuatro pisos por encima de una austera tienda de ropa— resultara algo cutre; pero el 1324 de la Avenida Massachusetts era una leyenda y un mito en Harvard, una dirección que se entrelazaba con la historia secreta de la propia universidad.

En aquel momento, Tyler Winklevoss, su hermano Cameron y su amigo Divya estaban sentados en un sofá de cuero verde en forma de L al otro lado de esa puerta negra, en un salón pequeño y rectangular conocido como Bicycle Room. Si Tyler y Cameron hubieran estado solos habrían subido a un piso superior; pero la escalera de madera cubierta de moqueta verde que ascendía por el centenario edificio le estaba vetada a Divya. Nunca había sido invitado a subir por esas escaleras estrechas y sinuosas, y nunca lo sería.


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El Porcellian era un club lleno de reglas; durante más de dos siglos había ocupado la cima de la jerarquía de los Clubs Finales, el escalón más alto de un orden social que había visto crecer durante generaciones a los mejores y los más brillantes del país. Podía decirse que era el club más secreto y elitista de Estados Unidos, comparable con el Skull and Bones de Yale. Fundado en 1791 y bautizado en 1794 en memoria de un fastuoso banquete de cerdo para celebrar la graduación de sus miembros —un cerdo que según el relato había ido a clase con uno de estos miembros, el cual lo escondía en una jardinera de la ventana cada vez que se acercaba un profesor— el Porcellian era la red social por excelencia en el campus que había definido el concepto.

La casa-club —«el viejo establo», según las expresión que usaban los miembros para referirse a ella— era un lugar cargado de historia y de leyenda. Teddy Roosevelt había sido un Porc, igual que muchos miembros del clan Roosevelt; Franklin Delano Roosevelt había sido rechazado por el club, y se refería a ello como «la mayor decepción de mi vida». El lema del Porcellian —dum vivimus, vivamus:«mientras vivimos, vivamos»— no se aplicaba únicamente a la experiencia universitaria de sus miembros, sino mucho después, en su progreso por el mundo. Se suponía que los Porcs debían ser los amos del universo; circulaba incluso el mito de que si un miembro del Porc no había ganado su primer millón a los treinta años, el club simplemente se lo daba.

Fuera o no fuera cierto, Tyler, Cameron y Divya no habían ido a la Bicycle Room para regodearse contemplando el camino que les llevaría a su primer millón; estaban allí para lamentarse, pues de repente el éxito parecía más lejano que nunca.

La razón de su frustración tenía un nombre: Mark Zuckerberg.

Durante dos meses desde aquella conexión espiritual tan aparentemente perfecta en el comedor de la residencia Kirkland, el chico les había estado diciendo que su colaboración en Harvard Connection iba sobre ruedas. Había mirado el programa, estudiado lo que ya llevaban hecho de la página web y estaba listo para hacer su parte y ponerlo en funcionamiento.

Cincuenta y dos e-mails entre Mark, los Winklevoss y Divya, media docena de llamadas telefónicas… y el tío siempre había parecido tan entusiasmado con el proyecto como en su primera reunión en el comedor. Sus e-mails venían a ser un registro de sus progresos para los Winklevoss, unos progresos que parecían indicar que la programación avanzaba con buen pie, aunque tal vez más lentamente de lo previsto.

La mayor parte del programa hecho, parece que todo funciona. Tengo algo de trabajo de clase pendiente, luego vuelvo a ponerme. Me olvidé de llevarme el cargador a casa por Acción de Gracias.

Al término de la séptima semana sin que hubiera mostrado ningún progreso real —no les había mandado nuevos fragmentos de programa, ni añadido nada a la página— Tyler había comenzado a ponerse nervioso. Comenzaba a retrasarse demasiado. Había pensado que podrían lanzar la página a la vuelta de las vacaciones. De modo que le había dicho a Cameron que le mandara un e-mail para preguntar cuándo pensaba que podía terminar. Mark había respondido casi al instante, pero sólo para pedir más tiempo.

Siento que haya tardado un poco en deciros nada. Estoy totalmente inundado de trabajo esta semana. Tengo tres proyectos de programación y un trabajo final para el lunes, además de un par de ejercicios para el viernes.

Pero en el mismo e-mail, Mark les hacía saber que seguía trabajando en la página tanto como podía:

En cuanto a la página, he hecho algunos cambios, aunque no todos, y parecen funcionar en mi ordenador. Pero aún no los he subido.

Y entonces había añadido algo que había inquietado un poco a Tyler, porque no encajaba con el entusiasmo que había demostrado Mark hasta entonces:

Sigo sin ver claro que la página tenga la funcionalidad suficiente para llamar realmente la atención y conseguir la masa crítica necesaria para funcionar. Y tal como está ahora, si la página consiguiera la cantidad de tráfico que queremos no sé si el proveedor de servicios de Internet que estáis usando nos da el suficiente ancho de banda para manejarlo sin realizar antes una importante optimización, que llevaría unos cuantos días más.

Era la primera vez que Mark mencionaba que algo en la página podía no ser «funcional»; hasta entonces, había parecido encantado con sus ideas y había estado de acuerdo en que sería un gran éxito.

Después de aquel e-mail, Tyler no había dejado de insistir y presionar para que se reuniera con ellos. Había creído que la página ya estaría lista para entonces, y cada día que perdían era un día más para que otro se les adelantara: para que hiciera una buena página parecida y la lanzara. Tyler y Cameron eran alumnos de último curso, querían ver su proyecto en marcha tan pronto como fuera posible. Pero Mark no había dejado de posponer la reunión, pretendiendo que tenía demasiado trabajo.

Hubo que esperar hasta aquella misma noche, unas horas antes de que los Winklevoss y Divya cruzaran la arcada del Porcellian —donada por el club a Harvard en 1901— y entraran por la puerta negra para que Mark aceptara finalmente celebrar una breve reunión en el comedor de Kirkland.

Al principio, cuando Tyler, Cameron y Divya se unieron a él en la misma mesa rinconera de la vez anterior, nada parecía haber cambiado; Mark les felicitó por sus ideas, les dijo lo maravilloso que iba a ser Harvard Connection… pero entonces, sin comerlo ni beberlo, se había puesto a la defensiva, explicando que no tenía tiempo para hacer demasiado trabajo ahora mismo, que tenía muchos otros proyectos que le robaban horas libres. Tyler dio por supuesto que se trataba de proyectos para sus clases de informática, pero Mark era muy vago, muy poco claro.

También había planteado algunos problemas de Harvard Connection que nunca había mencionado antes; decía que había trabajo que hacer en el «interfaz» y que no era demasiado bueno en eso. Tyler entendía que se refería a los aspectos visuales de la página, lo cual era extraño porque en eso justamente había demostrado gran talento Mark con la debacle de Facemash.

Luego Mark había comenzado a hablar de forma aún más confusa, diciendo que parte del trabajo que le quedaba por hacer antes de lanzar la página era «aburrido», que no le interesaba nada. Insistía en que la página carecía de «funcionalidad». En que necesitarían más capacidad de servidor.

Tyler tuvo de repente la sensación de que el chico estaba tratando de pincharles el globo; antes era entusiasta y ahora parecía decirles que no lo encontraba tan excitante…

Tyler se preguntaba si no sería que el chico estaba algo quemado. Estaba currando mucho, además tenía las clases, y Tyler había podido comprobar con Víctor que los ingenieros tenían tendencia a caer en esa actitud agobiada e irritable. Las excusas que ponía parecían bastante vacías, eso estaba claro. ¿Problemas de servidor? Pues se ponían más servidores. ¿Problemas de interfaz? Pues se buscaba a alguien que lo diseñara. Tal vez sólo necesitara que lo dejaran tranquilo un rato y volvería al trabajo. Tal vez en febrero volviera el entusiasmo.

Pero era terriblemente frustrante, y Tyler, Cameron y Divya habían salido de la reunión totalmente deprimidos. Después de pasarse semanas diciéndoles que todo iba a las mil maravillas, ahora les decía que no estaba preparado, que tenía otros asuntos más importantes que atender, que había perdido el entusiasmo. Ninguna explicación aparte de los estudios, apenas una triste disculpa, y otros dos meses a la basura.

Era una decepción tremenda. Tyler había creído que la página ya estaría a punto para entonces. Realmente había pensado que el colgado había pillado la idea, que había comprendido sus posibilidades. El chico había visto lo que tenían hecho, había estado de acuerdo en que sería fácil terminarlo —diez, quince horas de trabajo para un programador competente—, y ahora salía con toda esa mierda del interfaz y de la capacidad del servidor.

No tenía ningún sentido. Tyler había resuelto finalmente que el mejor curso de acción era dejar al chico tranquilo unas semanas. Tal vez volviera a ser el de antes.

—¿Y si no lo termina en unas semanas? —preguntó Divya mientras se sentaban en el sofá de la Bycicle Room. Se oían los coches que pasaban por la Avenida Massachusetts, al otro lado de la puerta negra. Si Tyler y Cameron hubieran subido al piso de arriba, podrían haber contemplado el tráfico a través de un espejo diseñado específicamente para que nadie les viera; pero Tyler nunca había sido demasiadovoyeur.Quería participar, estar metido en los asuntos, moverse. Odiaba estar parado, mirando como el resto del mundo se movía.

Tyler se encogió de hombros. No quería sacar conclusiones precipitadas, pero tal vez se hubiera equivocado con el chico. Tal vez Mark Zuckerberg no fuera el emprendedor que Tyler había pensado que era. Tal vez Zuckerberg fuera simplemente otro informático colgado sin ninguna visión.

—Si ocurre eso —respondió sombríamente Tyler— nos tendremos que buscar a otro programador. Uno que entienda de qué va el proyecto.

Tal vez Mark Zuckerberg no hubiera entendido nada.

CAPÍTULO 13:4 de febrero de 2004

Eduardo llevaba ya veinte minutos esperando en el pasillo de la residencia Kirkland cuando Mark finalmente salió disparado de la escalera que bajaba al comedor; Mark iba a toda prisa, sus chanclas repicando bajo sus pies, la capucha de su forro polar ondeando detrás de su cabeza como una aureola en pleno huracán. Eduardo cruzó los brazos mientras observaba el derrapaje de su amigo.

—Pensaba que habíamos quedado a las nueve —comenzó a decir Eduardo, pero Mark lo atropello.

—No puedo hablar ahora —murmuró mientras pescaba la llave en los pantalones cortos y hurgaba con ella en la cerradura.

Eduardo observó el estado salvaje del pelo de su amigo y su mirada aún más salvaje.

—¿No has dormido, verdad?

Mark no respondió. Eduardo sabía perfectamente que Mark no había dormido demasiado en la última semana. Trabajaba a todas horas, día y noche. Su aspecto era de agotamiento total, pero no le importaba. En aquel momento, nada le importaba. Estaba en aquel modo hiperactivo que cualquier ingeniero podía entender. No aceptaba distracciones, nada que pudiera sacarle de su única línea de pensamiento.

—¿Por qué no puedes hablar? —siguió Eduardo, pero Mark le ignoró. Al fin se oyó un clic y la puerta se abrió, y Mark se lanzó por ella. Sus chanclas se enredaron en unos tejanos que había por el suelo y por un momento perdió el equilibrio, pasó a tropezones por delante de un estante lleno de trastos y de un pequeño televisor a color. Luego recuperó el equilibrio y siguió hacia adelante. Se zambulló literalmente en su dormitorio, directo a su escritorio.

El ordenador estaba en marcha, el programa abierto, y Mark se puso a trabajar inmediatamente. No parecía oír a Eduardo moviéndose por la habitación a su espalda. Sacudía las llaves furiosamente, como si sus dedos estuvieran poseídos.

Estaba dando el toque final, supuso Eduardo, pues la corrección final había acabado a las tres, y la mayor parte del diseño y del programa estaban terminados. Sólo faltaba una función con la que Mark llevaba peleándose casi un día entero.

Había estado jugando con los elementos de la página, tratando de darle el diseño más simple y limpio posible, pero también el gancho suficiente para atraer la atención de quien la mirara. La gente no usaría thefacebook por simple voyeurismo. Lo importante sería la interactividad de ese voyeurismo. Dicho en palabras más simples, iba a ser un simulacro de lo que ocurría cotidianamente en la universidad: lo mismo que animaba la vida social de la universidad, lo que animaba a la gente a ir a los clubes y a los bares e incluso a las aulas y a los comedores. Conocer gente, socializar, conversar, todo eso, seguro: pero el catalizador de todo ello, el motor que runruneaba detrás de todas esas redes sociales, era tan simple y básico como la humanidad misma.

—Tiene muy buena pinta —dijo Eduardo, leyendo por encima del hombro de Mark. Mark asintió, sobre todo para sí mismo.

—Sí.

—No, quiero decir que es fantástico. Que tiene muy buena pinta. Creo que la gente se va a enganchar de verdad.

Mark se pasó una mano por el pelo y se echó atrás en la silla. Estaban en una página interior: la página de un falso perfil, lo que la gente vería después de registrarse y de entrar su información personal. Había una fotografía en la parte superior, cualquiera que quisieras colgar. Luego una lista de atributos en la parte derecha: curso, licenciatura, instituto, procedencia, clubes de los que eras miembro, una frase preferida. Luego una lista de amigos, gente con la que podrías ir, o a la que invitarías a entrar. Una aplicación para «asomarse», que te permitiera ver los perfiles de otros y hacerles saber que estabas mirando su perfil. Y en grandes letras, tu «sexo». Lo que «buscas». Tu «situación sentimental». Y lo que te «interesa».

Esa era la gracia, el detalle que iba a hacer que funcionara.Busco. Situación sentimental. Me interesa.Aquellos eran los ítems que resumían el alma de la vida universitaria. Aquellos tres conceptos atrapaban, definían la vida universitaria: desde las fiestas hasta las aulas y los dormitorios, ellos eran el motor que movía a todos los chicos del campus.

En Internet sería lo mismo; lo que movía toda esta red social era lo mismo que movía la vida en la universidad: el sexo. Incluso en Harvard, la escuela más exclusiva del mundo, todo giraba alrededor del sexo. Acostarse con alguien o no acostarse. Por eso ingresaba la gente en los Clubs Finales. Por eso escogía unas clases en lugar de otras, por eso se sentaba en ciertos lugares en los comedores. Todo tenía que ver con el sexo. Y en el fondo, en su núcleo más íntimo, de eso iría también thefacebook. Una corriente subterránea de sexo.

Mark tocó unas cuantas teclas más y saltó a la primera pantalla que verías al entrar en thefacebook.com. Eduardo miró la banda azul oscuro de arriba, el azul levemente más claro de los botones «registrarse» y «entrar». Era extremadamente simple y limpio. Sin colores chillones, sin aspavientos. Todo debía llevar a la experiencia básica: no tenía que haber nada ostentoso, nada que asustara o abrumara. Simple y limpio:

[Bienvenido a Thefacebook]

Thefacebook es un directorioonlineque conecta a las personas de una universidad en redes sociales. Hemos abierto Thefacebook para uso popular en la Universidad de Harvard. Puedes usar Thefacebook para:

• Buscar a personas en tu universidad

• Saber quién hay en tus clases

• Buscar a los amigos de tus amigos

• Visualizar tu red social

Para empezar, pincha abajo para registrarte. Si ya estás registrado, puedes entrar.


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—De modo que para entrar —dijo Eduardo, cuya sombra en movimiento cubría la mayor parte de la pantalla— necesitas un e-mail Harvard.edu, y luego escoger una contraseña.

—Correcto.

El e-mail Harvard.edu era clave para Eduardo; tenías que ser un alumno de Harvard para entrar en la página. Mark y Eduardo sabían que la exclusividad haría aún más popular la página; también reforzaría la idea de que la información quedaba dentro de un sistema cerrado, privado. La privacidad era importante: la gente quería conservar el control de lo que colgaba en Internet. La posibilidad de elegir tu propia contraseña perseguía el mismo objetivo; ese Aaron Greenspan se había metido en líos por hacer que los estudiantes usaran sus números de identificación y sus claves de sistema en Harvard para entrar en su página. Mark incluso había intercambiado e-mails con él sobre esta experiencia, sobre los problemas que había tenido con la junta administrativa. Greenspan había tratado inmediatamente de asociarse con Mark, igual que los gemelos Winklevoss con su página de citas. Todos querían un trozo de Mark, pero Mark no necesitaba a nadie. Todo lo que necesitaba lo tenía delante.

—¿Y qué es eso que hay debajo de todo?

Eduardo se había inclinado y aguzaba la vista para leer una minúscula línea de letra impresa.

Una producción de Mark Zuckerberg.

La línea aparecía en todas las páginas, justo en la parte inferior de la pantalla. La firma de Mark, para que todos la vieran.

Si Eduardo tenía algún problema con eso, no dijo nada. ¿Y por qué debería tenerlo? Mark había trabajado muy duro, las horas debían haberse fundido para él en un único pulso de programación pura. Apenas había comido ni dormido. Parecía que había faltado a casi la mitad de sus clases, y probablemente había estado en peligro de echar al traste su media académica. En uno de los cursos —uno de esos estúpidos Básicos llamado «El arte en los tiempos de Augusto»— se había descolgado tanto que casi se había olvidado de un examen que suponía un alto porcentaje de la nota total. No tenía tiempo para estudiarlo, pero al parecer había encontrado una forma original de resolver la situación. Había creado a toda prisa una página web donde había colgado todas las obras de arte que iban a entrar en el examen e invitó a sus compañeros de clase a hacer comentarios, lo que equivalía en la práctica a crear una chuleta para el examen. En esencia, había logrado que el resto de la clase hiciera el trabajo por él, y había resuelto el examen a las mil maravillas, salvando su media.

Y ahora, a la vista de la creación de Mark, parecía que todo ese trabajo había dado sus frutos. La página web estaba prácticamente terminada. Habían registrado el dominio —thefacebook. com— hacía un par de semanas. Habían contratado los servidores —unos ochenta y cinco pavos al mes— de una empresa del estado de Nueva York. Se habían ocupado del tráfico y del mantenimiento: estaba claro que Mark había aprendido la lección del incidente de Facemash y no quería más portátiles colgados. Los servidores podían gestionar un tráfico bastante elevado, de modo que no habría riesgo de que la página se colgara, incluso si consiguiera la misma popularidad que Facemash. Todo estaba a punto.

Thefacebook.com estaba listo para salir al escenario.

—Hagámoslo.

Mark señaló hacia su portátil, que estaba abierto en el escritorio junto a su ordenador de mesa. Eduardo se puso a su lado y se inclinó sobre el teclado del portátil, encogiendo los hombros para atacar las teclas. Rápidamente abrió su lista de direcciones de e-mail y marcó un grupo de nombres que estaban arriba de todo.

—Estos tipos son todos miembros del Phoenix. Si se lo mandamos a ellos se extenderá muy rápido.

Mark asintió. La idea de ir primero a los miembros del Phoenix era de Eduardo. Después de todo, eran las estrellas sociales del campus. Y thefacebook era una red social. Si les gustaba a ellos y se lo enviaban a sus amigos, todo iría muy rápido. Y esos tipos del Phoenix conocían a muchas chicas. Si Mark se lo enviara simplemente a su propia lista de e-mail, se quedaría encerrado en el departamento de informática. Y en la fraternidad judía, por supuesto. Ciertamente no llegaría a muchas chicas… tal vez a ninguna. Y eso sería un problema.

El Phoenix era una idea mucho mejor. Si a eso se añadía la lista de e-mail de la Residencia Kirkland, a la que Mark tenía acceso legal por ser miembro de la residencia, el lanzamiento estaba resuelto.

—De acuerdo —dijo Eduardo, con un leve temblor en su voz—. Ahí vamos.

Escribió un e-mail muy sencillo, sólo un par de líneas para presentar la página y luego el enlace a thefacebook.com. Después tomó aire y apretó la tecla: un solo golpe con el dedo que envió un e-mail masivo.

Estaba hecho. Eduardo cerró los ojos, tratando de imaginar los pequeños paquetes de información saliendo a trompicones hacia el mundo exterior, zumbando por los cables de cobre y despegando hacia satélites en órbita, cruzando el éter; pequeños pulsos de magia eléctrica saltando de ordenador en ordenador como conexiones sinápticas en un sistema nervioso inmenso, mundial. La página web estaba ahí fuera.

Live.

Viva.

Eduardo puso una mano en el hombro de Mark, que se sobresaltó al notarla.

—¡Vamos a tomar una copa! ¡Es hora de celebrarlo!

—No, yo me quedaré aquí.

—¿Estás seguro? He oído que más tarde irán unas cuantas chicas al Phoenix. Enviaron el Polvo Bus a recogerlas.

Mark no respondió. En aquel momento, la expresión de Mark dejaba bien claro que Eduardo no era más que una distracción, como el sonido de los radiadores junto a la pared o el tráfico en la calle bajo su pequeña ventana.

—¿Te vas a quedar ahí mirando la pantalla?

De nuevo, no hubo respuesta. Mark se mecía un poco delante del ordenador, casi como si estuviera rezando.

Era un espectáculo algo raro, pero obviamente Eduardo optó por no juzgar al bicho raro de su amigo. ¿Por qué debería hacerlo? Mark había estado trabajando sin descanso para poner thefacebook a punto para este lanzamiento. Si quería quedarse solo mirando, tenía todo el derecho.

Eduardo se apartó de él y cruzó el pequeño dormitorio casi en silencio. Se detuvo un momento en la puerta, golpeó sobre el marco con los nudillos. Mark no se volvió. Eduardo se encogió de hombros, se giró y le dejó solo con su ordenador.

Mark se quedó allí envuelto en el silencio, perdido en su propio reflejo, que danzaba sobre la pantalla.

CAPÍTULO 14:9 de febrero de 2004

Tyler estaba totalmente concentrado. Ojos cerrados, músculos de la espalda en tensión, pecho henchido, cuádriceps, tríceps y antebrazos ardiendo, dedos blancos contra los remos. Las hojas cortaban el agua sin apenas salpicar, con movimientos calcados a los de Cameron un poco más atrás: sincronía total, una y otra y otra vez. Tyler casi podía ver al público animando a la orilla del Charles, casi podía ver el puente que se acercaba y se acercaba y se acercaba…

—¡Tyler, tienes que ver esto!

Y entonces todo se vino abajo. Los remos se le escaparon de las manos y el agua le salpicó toda la camiseta y los pantalones cortos. Sus ojos se abrieron de golpe… y no vio la orilla del Charles. Vio el interior de la Casa Newell, la sede del equipo de remo de Harvard desde 1900. Vio una sala de aspecto cavernoso, con las paredes llenas de recuerdos de viejos equipos de remo: remos, cascos y camisetas, fotografías en blanco y negro enmarcadas y estantes llenos de trofeos. Y vio a un indio furioso justo delante de él que le tendía un ejemplar delHarvard Crimson.

Tyler parpadeó, luego soltó los remos y se secó el agua de las mejillas. Echó una mirada a su hermano, que también había dejado de remar. Los dos estaban sentados en uno de los dos «tanques» de última generación de Newell: se trataba de unas piscinas de remo a cubierto que consistían en un «casco» para ocho tripulantes encajado en cemento y rodeado a ambos lados por grandes depósitos de agua que permitían remar. Tyler sabía que probablemente tenían un aspecto ridículo, allí sentados en el tanque y empapados de agua: pero Divya no estaba sonriendo, eso estaba claro. Tyler miró elCrimsonen las manos de su amigo, y puso los ojos en blanco.

—¿Qué te pasa esta vez con el periódico?

Divya se lo tendió con manos temblorosas por el cabreo. Tyler sacudió la cabeza.

—Léelo tú. Estoy empapado. No quiero ensuciarme de tinta.

Divya resopló, exasperado, luego abrió el periódico y comenzó a leer.

—«Cuando Mark E. Zuckerberg '06 se cansó de esperar la creación de unfacebookoficial universal de Harvard, decidió tomar cartas en el asunto…»

—Espera un momento —interrumpió Cameron— ¿qué diablos es eso?

—El periódico de hoy —respondió Divya—. Escuchad: «Tras una semana de programación, el pasado miércoles por la tarde Zuckerberg lanzó thefacebook.com. La página combina elementos delfacebookestándar de la Residencia con amplios perfiles que permiten a los estudiantes buscarse entre ellos en los cursos, organizaciones sociales y residencias».

Tyler tosió. ¿El miércoles pasado por la tarde? Eso fue hace cuatro días. No había oído hablar de esa página, pero lo cierto era que él y su hermano habían estado entrenando como bestias. Apenas había comprobado su e-mail en ese tiempo.

—Esto es increíble —dijo—. ¿Ha lanzado una página web?

—Oh sí —dijo Divya—. Y también lo citan en el artículo: «Todo el mundo habla mucho de crear unfacebookuniversal en Harvard», ha dicho Zuckerberg. «Me parece estúpido que la Universidad tarde un par de años en hacerlo. Yo puedo hacerlo mejor que ellos, y puedo hacerlo en una semana.»

¿Puede hacerlo en una semana?Por lo que Tyler sabía, llevaba dos meses dándole largas a él y a Harvard Connection con la excusa de que no tenía tiempo para programar la página, que tenía mucho trabajo con sus clases y con sus vacaciones. Joder, pensó Tyler: ¡les había estado mintiendo a la cara! Cameron le había enviado un e-mail hacía apenas dos semanas, pidiéndole consejo sobre algunas cuestiones de diseño para Harvard Connection, y ni siquiera había respondido. Ellos habían supuesto que todavía estaba muy agobiado de trabajo.

Tyler pensó: ¿había tenido tiempo de hacer su propia página web, pero no les había podido dar diez horas de programación?

—Y la cosa empeora. «Ayer por la tarde, Zuckerberg dijo que más de 650 alumnos se habían registrado en thefacebook.com. Dijo que preveía que esta mañana ya serían 900.»

Mierda. Eso no podía ser cierto. ¿Novecientos alumnos en cuatro días? ¿Cómo era posible? Zuckerberg no conocía a novecientas personas. Por lo que Tyler sabía, no conocía ni a cuatro. El tío no tenía amigos. No tenía vida social. ¿Cómo había conseguido lanzar una página web social y obtener esa respuesta en cuatro días?

—Fui a ver la página después de leer esto. Es verdad, la cosa está corriendo como la pólvora. Necesitas un e-mail de Harvard, y luego debes cargar tu fotografía, información personal y académica. Puedes buscar a personas en función de sus intereses, y cuando encuentras a tus amigos montas una red con ellos.

Tyler notó que sus manos se tensaban. No era lo mismo que Harvard Connection, pero desde su punto de vista no era tampoco muy distinto. Harvard Connection era una página para buscar personas en función de intereses. E iba a centrarse en el dominio de Harvard. ¿Les había robado la idea Zuckerberg? ¿Podía ser realmente una coincidencia, o sea, que tuviera realmente intención de trabajar en Harvard Connection y simplemente se hubiera quedado atrapado en la suya?

No, no encajaba. Para Tyler, todo el asunto tenía el aspecto…. de un robo.

—Por lo que sé, consiguió financiación de uno de sus colegas, un chico brasileño llamado Eduardo Saverin. Está en el Phoenix, ganó algún dinero en futuros este verano. Ahora es propietario parcial de la página.

—¿Porque la financió?

—Supongo.

—¿Y por qué no nos pidió el dinero a nosotros?

Mark tenía que saber que los Winklevoss tenían dinero; tenía que saber que estaban en el Porc, y todo el mundo sabía lo que eso significaba. Si necesitaba dinero para poner en marcha una página, se lo podía haber pedido fácilmente a Tyler o a Cameron.A menos que necesitara el dinero para algo que les había robado a ellos.A menos que no pudiera decirles nada de la página en la que estaba trabajando, porque era demasiado parecida a la que le habían contratado para hacer. Bueno, no le habían contratado exactamente: nunca habían hablado de pagarle nada, sólo de que sacaría beneficios si ellos los sacaban.

No había contrato, ningún papel, nada más que un apretón de manos aquí y allá.Mierda.Tyler bajó la cabeza y se quedó mirando hacia el agua verdeazulada del tanque. ¿Por qué no habían escrito nada, cualquier tontería de una página —tú haces esto, nosotros aquello—, algo sencillo? Simplemente se habían fiado del tío. Ahora Tyler estaba convencido de que los había jodido.

Los había frenado, los había engatusado, y luego había lanzado una página web suya de características parecidas.

—Y todavía falta lo mejor —dijo Divya, volviendo a leer en voz alta elCrimson—. «Zuckerberg dijo que esperaba que las opciones de privacidad contribuirían a restaurar su reputación después de la indignación que había levantado facemash.com, una página que creó en el semestre de otoño.»

Tyler pegó un golpe sobre uno de los remos y envió una ola de agua fuera del tanque. Casi las palabras exactas que había empleado él: que Harvard Connection ayudaría a restaurar su reputación. ¡Y Mark las estaba usando, allí mismo, en elCrimson! Era como si se estuviera riendo de ellos.

Tal como lo veía Tyler, Mark les había estado tomando el pelo durante dos meses —las vacaciones y la semana previa a los exámenes—, y durante todo ese tiempo estuvo trabajando en su propia página web. Luego había pasado de ellos y apenas dos semanas atrás había lanzado su propia página web, thefacebook.com, robándoles el golpe de efecto y, en opinión de Tyler, la esencia de su idea.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Cameron.

Tyler no lo tenía claro. Pero sabía que no quedaría así. No podía dejar que esa sanguijuela se saliera con la suya.

—Antes que nada haremos una llamada telefónica.

* * *

La mente de Tyler trabajaba a toda prisa mientras asía el teléfono contra su oreja. Estaba de pie en su habitación de Pforzheimer, aún empapado tras una ducha rápida, con una toalla sobre las espaldas y unos pantalones deportivos mal puestos. Cameron y Divya estaban a un metro de él, navegando por la página de Zuckerberg en el ordenador de Tyler. Cada vez que Tyler miraba en su dirección y veía la pantalla enmarcada en azul, sus mejillas se inflamaban y una chispa de fuego se encendía en el fondo de su ojos. Eso no estaba bien. No era justo.


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Su padre respondió finalmente al tercer timbre. Era la persona que Tyler más respetaba en el mundo. Su padre, un millonario que se había hecho a sí mismo, era dueño de una de las consultorías de mayor éxito de Wall Street. Si alguien podía saber cómo resolver esta difícil situación, era él.

Tyler habló a toda prisa, explicándole exactamente lo que había ocurrido. Su padre estaba al corriente de lo de Harvard Connection; después de todo, llevaban desde diciembre de 2002 trabajando en la página. Tyler le pintó el cuadro de su relación con Zuckerberg, y luego le dijo lo que habían leído en elCrimson,además de lo que él, Cameron y Divya habían podido ver por ellos mismos entrando en thefacebook.com.

—Algunas cosas se parecen mucho, papá.

La clave para Tyler, lo que marcaba la diferencia entre lo que había hecho Mark y otras redes socialesonlinecomo Friendster, era su carácter exclusivo. Para entrar en la página de Mark necesitabas un e-mail de Harvard, y eso también había sido idea de ellos: lanzar una página social limitada a Harvard. La idea misma de exigir que todos los que se registraran tuvieran una dirección .edu era totalmente innovadora y potencialmente muy importante para el éxito social de la página. Era una especie de filtro que mantenía la exclusividad y la seguridad del invento. Puede que muchos de los aspectos que Mark había introducido en thefacebook fueran distintos: pero a Tyler el concepto general le parecía muy similar.

Mark se había reunido con ellos tres veces. Habían intercambiado cincuenta y dos e-mails, todos ellos aún en los ordenadores de Cameron, Tyler y Divya. Mark había examinado su programa, y podían demostrarlo. Había visto lo que Victor había hecho, y había hablado largo y tendido con ellos sobre lo que pensaban hacer.

—No es una cuestión de dinero —dijo Tyler como conclusión—. ¿Quién sabe si alguna de nuestras páginas va a hacer algún dinero? Pero esto no está bien. No es justo.

No era así como se suponía que debían ir las cosas. Tyler y Cameron habían crecido creyendo que el orden importaba. Las reglas importaban. Si trabajabas duro, conseguías lo que te merecías. Tal vez en el mundo dehackersde Mark —según su lógica de friki de la informática— las cosas fueran distintas. Hacías lo que te daba la gana, montabas páginas gamberras como Facemash, pirateabas los ordenadores de Harvard, te hacías el gallito ante la autoridad y te reías de la gente en las páginas delCrimson.Pero eso simplemente no era aceptable.

Harvard no era así. En Harvard imperaba el orden. ¿O no?

—Voy a poneros en contacto con el abogado de la empresa —dijo el padre de Tyler.

Tyler asintió, trató de contener su respiración, de calmar su ritmo cardíaco. Un abogado, eso era exactamente lo que necesitaban. Tenían que examinar sus opciones con un profesional, ver qué se podía hacer.

Tal vez no fuera demasiado tarde. Tal vez todavía se podía hacer justicia.

CAPÍTULO 15:El ídolo americano

Visto desde arriba era un hombre pequeño y encorvado sobre el atril, con la boca un poco demasiado cerca del micrófono y los hombros marcados en las esquinas de su informe jersey beige. Su corte de pelo estilo casco le llegaba casi hasta los ojos, y sus gafas demasiado grandes le cubrían la mayor parte de la cara, ocultando cualquier indicio de expresión o emoción; la voz que reverberaba por los altavoces resultaba un poco demasiado aguda y nasal, y a veces degeneraba en un zumbido monótono, una única nota de laringe tocada una y otra vez hasta que las palabras se fundían unas con otras.

No era un gran orador. Y sin embargo sólo su presencia, el mero hecho de que estuviera ahí en la sala de conferencias de Lowell con sus pálidas manos aleteando sobre el atril, su cuello de pavo subiendo y bajando mientras lanzaba perlas de monótona sabiduría a la sala atestada de público… resultaba tremendamente inspirador. La audiencia —integrada mayoritariamente por frikis del departamento de informática y un par de estudiantes de economía con espíritu emprendedor— estaba pendiente de cada una de sus nasales palabras. Para los acólitos reunidos, aquello era el cielo, y el extraño hombre con el pelo estilo casco que estaba sobre el estrado era dios.

Eduardo estaba sentado al lado de Mark en la última fila de la platea, observando como Bill Gates hipnotizaba a la audiencia. A pesar de sus amaneramientos extraños, casi autistas, Gates consiguió soltar unas cuantas bromas —una acerca de por qué dejó la escuela («tenía la terrible costumbre de no ir a clase») y unas cuantas perlas de sabiduría (que el futuro era la IA, que el próximo Bill Gates estaba allí, posiblemente en aquella misma habitación). Pero Eduardo se dio cuenta de que Mark escuchaba con especial atención cuando Gates respondía a una pregunta del público acerca de su decisión de dejar la universidad y montar su propia empresa. Tras unos cuantos rodeos, Gates respondió que lo bueno de Harvard es que siempre podías volver y terminar tus estudios. La sonrisa de Mark cuando Gates dijo eso puso un poco nervioso a Eduardo, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que había estado trabajando Mark simplemente para responder a las demandas de la naciente página web. Eduardo nunca dejaría la universidad, simplemente no era una posibilidad para él. En primer lugar, a su padre le daría un ataque si lo hacía; para los Saverin, no había nada más importante que la educación, y Harvard no significaba nada si no salías de allí con un título. En segundo lugar, Eduardo comprendía que el espíritu emprendedor requería asumir riesgos, pero sólo hasta cierto punto. No arriesgabas todo tu futuro por algo hasta que tenías claro que iba a hacerte rico.

Eduardo estaba tan ocupado observando cómo Mark miraba a Gates, que casi no oía las risas que venían del asiento de atrás; tal vez no se habría girado si las voces que susurraron después de las risas no hubieran sido indudablemente femeninas.

Mientras Gates seguía con su cantinela, respondiendo a más preguntas del numeroso público, Eduardo lanzó una mirada por encima de su hombro: el asiento de atrás estaba vacío, pero en la fila siguiente había dos chicas que sonreían y señalaban hacia ellos. Las dos chicas eran asiáticas, guapas y estaban un poco demasiado maquilladas para una conferencia como ésta. La más alta de las dos tenía una cabellera larga y sedosa recogida en una coleta alta, llevaba una minifalda y una blusa blanca con un botón de más desabrochado por delante; Eduardo podía ver los encajes de su sostén rojo, que combinaba maravillosamente con su piel suave y morena. La otra chica llevaba una falda igualmente corta, con unas medias negras a juego que exhibían unas pantorrillas muy bien torneadas. Las dos usaban pintalabios rojo brillante y demasiada sombra de ojos, pero las dos eran muy guapas y estaban sonriendo y señalándolo a él.

Bueno, a él y a Mark. La más alta se inclinó sobre el asiento vacío y le dijo al oído.

—Tu amigo, ¿no es Mark Zuckerberg?

Eduardo levantó las cejas.

—¿Conoces a Mark? —al parecer todo era posible en este mundo.

—No, ¿pero no fue él quien hizo Facebook?

Eduardo sintió una chispa de excitación al notar su cálido aliento en su oreja y al aspirar su perfume.

—Sí. Quiero decir, Facebook, es de los dos. Mío y suyo.

La gente había pasado delthey en el campus todos lo llamaban Facebook. Y aunque sólo habían pasado dos semanas desde el lanzamiento, parecía como si todo el mundo estuviera metido en el asunto… bueno, lo cierto era que todo el mundo en Harvardestabametido en el asunto. Según Mark, se habían registrado cinco mil miembros. Eso significaba que el 85 por ciento de los alumnos de Harvard había colgado su perfil en Facebook.

—¡Uau, eso es realmente guay! —dijo la chica—. Mi nombre es Kelly. Ella es Alice.

Había otras personas mirando desde la fila de las chicas. Pero no parecían molestas porque los susurros interrumpieran su embelesamiento con Bill Gates. Eduardo vio que alguna señalaba, otra susurraba algo a una amiga. Luego más dedos señalando, pero no a él, sino a Mark.

Ahora todo el mundo conocía a Mark. ElCrimsonse había encargado de eso, publicando artículo tras artículo sobre la página web, tres tan sólo en la última semana. Citaba las declaraciones de Mark sobre la página web, incluso publicaba su fotografía. Nadie había entrevistado a Eduardo, y la verdad era que estaba contento de que fuera así. Mark quería atraer la atención; Eduardo sólo quería las ventajas que se derivaban de ello, no la atención en sí. Era una empresa que habían montado entre los dos y era importante que atrajera la atención, pero Eduardo no quería convertirse en una celebridad por eso.

Y comenzaba a parecer que convertirse en celebridades era una posibilidad real. Thefacebook llevaba poco tiempo en funcionamiento, pero ya estaba cambiando la vida en Harvard. Comenzaba a integrarse en la rutina de todo el mundo: te levantabas, abrías tu cuenta de Facebook para ver quién te había invitado a ser su amigo, y cuál de tus invitados había aceptado o rechazado la invitación. Luego ibas a lo tuyo. Cuando volvías a casa, si habías visto a alguna chica en las clases o si simplemente habías conocido a alguien en el comedor, buscabas a esta persona en Facebook y la invitabas a ser tu amiga. Tal vez añadías un pequeño mensaje acerca de cómo os habíais conocido, o acerca de algo que veías en sus intereses que conectaba con alguno de los tuyos. O tal vez la invitabas a secas, sin mensajes, para ver si conocía tu existencia. Cuando esta persona abriera su cuenta, vería tu invitación, podría mirar tu foto, y tal vez la aceptaría.

Era realmente una herramienta fantástica, que lubricaba toda la escena social y hacía que todo ocurriera mucho más deprisa. Pero no era una página de citas como era Friendster, desde el punto de vista de Eduardo. A pesar de todo su fama como red social, Friendster —y MySpace, que estaba comenzando a ganar adeptos por todo el país— era sólo una página para buscar personas que no conocías y tratar de contactar con ellas. La diferencia era que en Facebookconocíasa las personas que invitabas a ser tus amigos. Tal vez no las conocieras demasiado bien, pero las conocías. Eran compañeros de clase, amigos de amigos, en fin, miembros de una «red» en la que podías entrar o en la que te podían invitar a entrar personas que conocías y que eran miembros de ellas.

Esa era la genialidad del invento. La genialidad de Mark, en realidad, pero Eduardo tenía la impresión de que era parte de eso también. Había puesto el dinero para los servidores, pero también había discutido con Mark algunos de los elementos de la página, las ideas que había detrás de parte de la estructura simplificada.

Lo que ni él ni Mark sabían cuando lanzaron la cosa era hasta qué punto era adictiva. No visitabas la página una vez. La visitabas cada día. Volvías una y otra vez, incorporando cosas a tu página, a tu perfil, cambiando tus fotografías, tus intereses, y lo más importante de todo, actualizando a tus amigos. Realmente había trasladado una parte importante de la vida universitaria a Internet. Y verdaderamente había cambiado la vida social en Harvard.

Pero nada de eso la convertía en un negocio, sólo en una novedad de gran éxito. Eduardo tenía algunas ideas sobre ese tema, y después de la conferencia iban a volver a la habitación de Mark para discutirlas. Lo más importante que quería hacerle entender era que ya era hora de comenzar a intentar pescar dólares con la publicidad. Esa era la forma de convertir Facebook en dinero, a través de los anuncios. Eduardo sabía que sería difícil convencerle: Mark quería que siguiera siendo una página recreativa y no sacar ningún dinero de ella todavía. Pero qué se podía esperar, ese tío había rechazado un millón de dólares en el instituto. ¿Quién sabe si pensaba sacar dinero algún día de Facebook?

Eduardo tenía una visión distinta de las cosas. Facebook les estaba costando dinero. No demasiado, sólo el coste de los servidores, pero a medida que aumentaran el número de personas registradas los costes subirían también. Los mil dólares que Eduardo había puesto en la página web no iban a durar eternamente.

Hasta que la empresa desarrollara algún tipo de modelo de negocio, hasta que encontraran el modo de sacar dinero de ella, no era más que una novedad. Su valor no dejaba de subir, pero para convertir ese valor en dinero necesitaban anunciantes. Necesitaban un modelo de negocio. Tenían que sentarse y hablarlo. Más que nada, Mark tenía que dejar a Eduardo hacer lo que hacía mejor: pensar a lo grande.

—Encantado de conoceros —susurró finalmente Eduardo a las chicas, que volvieron a reírse. La más alta —Kelly— se acercó un poco más, hasta que sus labios casi tocaban su piel.

—Búscame en Facebook cuando vuelvas a casa. Tal vez podamos ir a tomar una copa más tarde.

Eduardo notó que se sonrojaba. Se giró otra vez hacia Mark, que le estaba mirando. Mark obviamente había visto a las chicas, pero ni siquiera había intentado hablar con ellas. Levantó las cejas un momento, y luego se giró otra vez hacia Gates, su ídolo, y se olvidó de ellas.

* * *

Hubo que esperar hasta dos horas más tarde, cuando Eduardo y Mark se habían recogido al fin en el sobrecalentado ambiente de la habitación de Mark en Kirkland —Eduardo estaba hojeando distraídamente un montón de libros de informática apilados sobre el pequeño televisor en color de la esquina, mientras Mark se tiraba en el cochambroso sofá que ocupaba el centro de la pobremente amueblada zona común, con los pies desnudos sobre la mesa de centro— para que Mark sacara el tema de las chicas.

—Aquellas tías asiáticas estaban bastante bien.

Eduardo asintió mientras le daba la vuelta a un libro y trataba de encontrarle el sentido a la cubierta, llena de ecuaciones que sabía que nunca entendería.

—Sí, y quieren que nos veamos esta noche.

—Eso podría ser interesante.

—Pues sí. Oye Mark, ¿qué cojones es esto?

Un pedazo de papel había caído del libro de informática y había ido a aterrizar, boca arriba, sobre los zapatos italianos y pulcramente anudados de Eduardo. Incluso desde su posición erguida Eduardo podía reconocer el aspecto legal del encabezamiento y del texto; era una carta, enviada por algún bufete de abogados de Connecticut, y parecía un asunto serio. Iba dirigido a Mark Zuckerberg, pero sólo por la primera frase Eduardo se daba cuenta de que le implicaba a él también. Las palabrasTheFacebookeran fácilmente reconocibles, así como las palabrasdaños y perjuicios y apropiación indebida:


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De: Cameron Winklevoss

Enviado: martes, 10 de febrero de 2004 9:00 PM

A: Mark Elliot Zuckerberg

Asunto: Notificación importante

Mark,

Ha llegado a nuestro conocimiento (de Tyler, Divya y mío) que has lanzado una página web llamada TheFacebook.com.Previamente a este lanzamiento, habíamos llegado a un acuerdo contigo para que nos ayudaras a desarrollar nuestra propia página web (HarvardConnection) en un plazo razonable de tiempo (haciéndote observar específicamente que la ventana de oportunidad para lanzar nuestra página se estaba cerrando rápidamente).

A lo largo de los tres últimos meses, contraviniendo los términos de nuestro acuerdo, te dedicaste a frenar el desarrollo de nuestra página web mientras desarrollabas tu propia página en competición desleal con la nuestra, todo ello sin nuestro conocimiento o acuerdo y causándonos un perjuicio material como resultado de tus tergiversaciones, fraudes y/u otros comportamientos denunciables ante un tribunal y por los que podríamos exigir daños y perjuicios. También te has apropiado ilegítimamente de nuestro trabajo, incluyendo nuestras ideas, pensamientos, conceptos e investigación.

En estos momentos hemos hablado con nuestro abogado y estamos preparados para emprender acciones legales, de acuerdo con las consideraciones anteriores.

También estamos preparados para interponer una petición ante la Junta Administrativa de la Universidad de Harvard por violación de los criterios éticos de conducta contenidos en el Manual del Estudiante. Debes saber que nuestra petición estará basada en la violación de la expectativa de honestidad y sinceridad en tus tratos con los demás alumnos, del respeto debido por la propiedad y los derechos de los demás alumnos, y asimismo por tu falta de respeto a la dignidad de los demás. La apropiación ilegítima es un agravio enjuiciable no sólo legalmente sino también en función de estas reglas éticas.

Para frenar temporalmente la adopción de estas medidas, hasta que hayamos podido evaluar plenamente tu página web y determinado las acciones a emprender, exigimos:

1. El cese y el desistimiento de cualquier ulterior expansión y actualización deTheFacebook.com;

2. Una declaración escrita dirigida a nosotros en la que afirmas haberlo hecho; y

3. Una declaración escrita de que no revelarás a ningún tercero los productos de nuestro trabajo, nuestro acuerdo, o la presente demanda.

4. Estas exigencias deberán cumplirse antes de las 5 de la tarde del miércoles 11 de febrero de 2004.

A pesar del cumplimiento por tu parte de las anteriores exigencias, nos reservamos el derecho a considerar otras acciones para proteger nuestros derechos y resarcirnos de los daños y perjuicios que nos has causado. Tu cooperación sólo evitará ulteriores perjuicios y violaciones de nuestros derechos.

Cualquier rechazo a cumplir con estas exigencias nos llevará a considerar acciones inmediatas tanto a nivel legal como ético. Si tienes alguna pregunta te invito a responder a este e-mail o a convocar una reunión.

Cameron Winklevoss

Copia escrita enviada vía University Mail

—Creo que lo llaman una carta de cese y desistimiento —murmuró Mark, mientras se reclinaba en el sofá, con las manos detrás de la cabeza—. ¿Cómo se llamaban esas chicas? A mí me gustaba la bajita.

—¿Cuándo la recibiste? —dijo Eduardo, ignorando la pregunta de Mark. Notaba que la sangre se le agolpaba en la cabeza. Se agachó, recogió la carta y la leyó rápidamente. Parecía bastante agresiva. Estaba llena de acusaciones, y al final, bien claramente, figuraba el nombre de quien las hacía. Tyler y Cameron Winklevoss, en defensa de su página web Harvard Connection. Acusaban a Mark de robarles su idea, además de su programa, y exigían que él y Eduardo cerraran thefacebook o asumieran las consecuencias legales.

—Hace una semana. Justo después de lanzar la página. También mandaron un e-mail, una carta diciendo que iban a apelar a la escuela. Que había violado el código ético de Harvard.

Dios mío. Eduardo se quedó mirando a Mark, pero como de costumbre, no pudo interpretar su expresión impasible. ¿Los Winklevoss acusaban a Mark de robarles su idea? ¿Su página de citas? ¿Querían cerrar thefacebook?

¿Pero realmente podían hacerlo? Era cierto que Mark se había reunido con ellos, que habían intercambiado e-mails, que les había dado largas. Pero no había firmado ningún contrato, no había escrito una sola línea de programa. Y a ojos de Eduardo thefacebook era muy distinto de su página. Es cierto, también era una página social, pero había decenas de páginas sociales, si no cientos. Por dios, todos los estudiantes de informática del campus estaban desarrollando una página web social. Aaron Greenspan incluso había llamado «the facebook» o algo parecido a una parte de su portal social. ¿Quería decir eso que todos podían demandarse entre sí? ¿Sólo por tener ideas parecidas?

—Hablé con un alumno de tercero de derecho —dijo Mark—. Envié una carta de respuesta. Y otra a la universidad. Está debajo de ese otro libro.

Eduardo cogió otro libro de informática del montón que había sobre el televisor y encontró una segunda carta, esta última escrita por Mark y dirigida a la universidad. Eduardo pasó rápidamente los ojos por encima y quedó sorprendido —y satisfecho— de descubrir algo de emoción en la respuesta de Mark a las acusaciones de los Winklevoss. Mark decía a la universidad, en términos nada ambiguos, que thefacebook no guardaba la menor relación con el trabajo que había realizado para los Winklevoss.

En un principio el proyecto me intrigó y ellos me pidieron que terminara la parte conectiva de la página web… Después de esta reunión, y no antes, comencé a trabajar en TheFacebook, sin usar ningún elemento de su programa ni ninguna funcionalidad propia de Harvard Connection. Era un proyecto separado, y no se basaba en ninguna de las ideas que se trataron en nuestros encuentros.

Es más, Mark consideraba que le habían engañado en la reunión inicial, y que los gemelos habían dado una imagen falsa de lo que esperaban de él.

Desde el inicio de este proyecto, lo percibí como una empresa no lucrativa, cuyo propósito de partida era desarrollar un producto de utilidad para la comunidad de Harvard. Con el tiempo me di cuenta de que mi idea de la página web no correspondía a la imagen que me habían dado inicialmente de ella.

Más aún, Mark no les había engañado en ningún momento:

Cuando nos reunimos en enero, expresé mis dudas acerca de la página (su nivel de desarrollo gráfico, la cantidad de programación que faltaba y que yo no había previsto, las carencias de recursos de hardware, la falta de promoción necesaria para lanzar con éxito la página, etc.). Os dije que tenía otros proyectos en los que estaba trabajando, y que eran más prioritarios para mí que terminar [vuestra página],

Mark concluía diciendo que le indignaba verse «amenazado» por los gemelos simplemente por haber mantenido algunas reuniones en el comedor de Kirkland y unos cuantos intercambios por e-mail con Cameron, Tyler y Divya. Consideraba sus reivindicaciones una «molestia» que trataría de «ignorar» por considerarla el clásico intento de aprovecharse y sacar dinero cuando alguien tenía éxito con algo.

Esto último sonaba un poco excesivo para Eduardo, teniendo en cuenta que thefacebook no estaba dando ningún dinero y que los Winklevoss no hablaban en ningún momento de dinero. Pero era bueno ver que Mark había sabido defenderse.

Eduardo se calmó un poco, volvió a poner la carta de Mark en el montón de libros de informática junto con la orden de cese y desistimiento. Si Mark no estaba asustado, tampoco iba a estarlo él; después de todo, no se había reunido con los gemelos, no era programador informático y sólo podía basarse en lo que Mark le había dicho sobre las diferencias entre las dos páginas. Según la versión de Mark, era como si un fabricante de muebles pretendiera demandar a alguien por diseñar un nuevo tipo de silla. Había miles de tipos distintos de silla, y fabricar una de ellas no te daba derecho de propiedad sobre todas las demás.

Tal vez fuera una forma algo simplificada de contemplar la cuestión, pero joder, eran estudiantes universitarios, no abogados. Lo último que querían era meterse en alguna asquerosa batalla legal. A propósito de una página web que, eso sí, tal vez consiguiera que ellos dos echaran un polvo.

—Sus nombres eran Kelly y Alice —comenzó Eduardo, pero antes de que pudiera terminar se abrió la puerta de la habitación y casi le dio en toda la espalda. Eduardo se giró y vio entrar a los dos compañeros de habitación de Mark, los dos estudiantes universitarios más distintos entre sí que se pudiera imaginar.

Dustin Moskovitz, el primero en entrar, tenía cara de bebé y el pelo oscuro, cejas espesas y una mirada resuelta en sus ojos también oscuros. Era tranquilo, algo retraído, estudiaba economía y era un as de la informática, además de una persona tremendamente afable y encantadora. Chris Hughes era con diferencia el más exuberante de los dos; pelo rubio desgreñado, extrovertido, hablador, con restos de acento sureño por haberse criado en Hickory, Carolina del Norte. En el instituto había sido presidente de la Sociedad de los Jóvenes Demócratas y se le podía considerar un activista en varias cuestiones liberales. Estaba también bastante interesado por la moda, y le sacaba una buena ventaja a Eduardo en la competición por ser el miembro más presentable del grupo; eso sí, donde Eduardo escogía americanas y corbatas conservadoras, Chris prefería pantalones y camisas de diseño. Mark a veces le llamaba «Prada» por su aspecto.

Los cuatro juntos —Mark, Eduardo, Dustin y Chris— no eran exactamente lo que uno llamaría la élite social de Harvard. De hecho, probablemente habrían sido unos marginados en cualquier universidad donde estuvieran, no sólo en el hogar de los Rockefeller y los Roosevelt. Eran todos unos colgados, cada uno a su manera. Pero se habían encontrado unos a otros… y también habían encontrado algo más.

Mark inició la conversación, pues era algo que ya había decidido (y Eduardo comenzaba a darse cuenta de que así funcionaban las cosas en el mundo de Mark). Thefacebook estaba creciendo a toda prisa y Mark tenía problemas para seguir el ritmo. Corría serio peligro de suspender alguna de sus asignaturas, y si quería que thefacebook siguiera creciendo necesitaba ayuda.

Dustin podía encargarse de los asuntos informáticos de los que Mark no pudiera encargarse personalmente. Y Chris sabía hablar —en todo caso mejor que ninguno de los demás, eso seguro—, de modo que podía hacerse cargo de la publicidad y de las relaciones públicas. ElCrimsonse había portado muy bien hasta entonces; al parecer, Mark había hecho algunos trabajos informáticos para ellos en primero, lo cual explicaba aquellos artículos tan entusiastas. Pero en adelante necesitarían mantener la presencia en la prensa, pues Facebook dependía en buena medida de mantener a la gente lo bastante excitada e interesada para seguir registrándose.

Eduardo se seguiría encargando de la vertiente comercial del asunto, si llegaba a tener algún día una vertiente comercial. Los cuatro serían los encargados de llevar Facebook al siguiente nivel. Y todos tendrían títulos. Eduardo sería el CFO. Dustin, vicepresidente y jefe de programación. Chris, director de publicidad. Y Mark fundador, dueño y comandante, y enemigo del Estado. Palabras de Mark, sentido del humor de Mark.

Eduardo lo escuchó todo y consideró el significado de aquellas palabras. Sabía que las cosas habían sido mucho más simples mientras sólo estaban él y Mark; pero también sabía que llevar una empresa implicaba contratar empleados, y no tenían exactamente ingresos que les permitieran pagar la ayuda de los demás. De modo que la única opción era incorporar a más socios. Los compañeros de habitación de Mark eran tipos inteligentes y fiables. Eran unos colgados, igual que él. Y a fin de cuentas todo esto era una operación de dormitorio.

Eduardo estuvo de acuerdo con la nueva dirección que se había constituido, y también con la reestructuración del acuerdo de propiedad. Dustin se quedaría alrededor de un 5 por ciento de la empresa, Chirs se llevaría un porcentaje que concretarían más adelante en función del trabajo que tuviera que hacer. Mark recortaría su propiedad al 65 por ciento, y Eduardo sería propietario del 30 por ciento. Parecía más que justo y, de cualquier manera, no entraba ningún dinero en la empresa, de modo que ¿por qué pelearse por el 30 por ciento de nada?

—Primer asunto del orden del día —dijo Mark, cuando eso estuvo resuelto—. Pienso que es hora de que abramos thefacebook a otras universidades. La expansión parece lo más natural.

Habían conquistado Harvard, y era hora de ver hasta dónde podía llegar su modelo. Acordaron comenzar por un grupo de universidades de élite: Yale, Columbia y Stanford, para empezar. La página seguiría siendo exclusiva: debías tener una dirección de e-mail de una de estas universidades para poder entrar. Con el tiempo, la comunidad crecería y tenían previsto permitir la polinización interuniversitaria. Facebookteníaque seguir creciendo.

—Pero también tenemos que comenzar a hablar con anunciantes —intervino Eduardo, negándose a dejar correr el asunto—. Tenemos que comenzar a convertir esto en dinero.

Mark asintió, pero Eduardo tenía bastante claro que no estaba del todo de acuerdo. Mark era consciente de que tenían que ganar dinero suficiente para cubrir los costes de los servidores, pero no parecía preocuparse por el dinero más allá de lo que costara mantener en funcionamiento la página. Eduardo lo veía de otro modo.

Eduardo comenzaba a creer, en el fondo de su corazón, que se iban a hacer ricos con esta página web. Cuando miraba a su alrededor y veía a aquel grupo de supercolgados, tenía la impresión de que nada podía interponerse en su camino.

* * *

Cuatro horas después, el corazón de Eduardo golpeaba violentamente contra sus costillas mientras él empujaba contra el cubículo del lavabo, sus zapatos de cuero italianos resbalando sobre el suelo de linóleo. La chica asiática alta y delgada estaba montada sobre él, sus piernas largas y desnudas envolviendo su cintura, la falda subida, su flexible cuerpo arqueado mientras presionaba con la espalda contra la pared del cubículo. Las manos de Eduardo tanteaban por debajo de su camisa blanca abierta, acariciaban el suave tejido de su sostén rojo, mientras sus dedos se éntretenían sobre sus pechos redondos y apuntados, y rozaban la sedosa textura de su perfecta piel de caramelo. Ella soltó un grito entrecortado, acercando sus labios a su cuello, sacando la lengua, saboreándolo. Todo el cuerpo de Eduardo comenzó a temblar y empujó con más fuerza contra el cubículo, sintiendo cómo ella se retorcía contra él. Los labios de Eduardo encontraron la oreja de la chica y ella soltó otro grito…


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Y entonces otro sonido reverberó por el baño. Algo golpeaba contra la pared del baño desde el otro lado del frío aluminio. Luego una palabrota, seguida de risas. Un segundo después, la risa se detuvo y fue sustituida por suaves gemidos y el sonido de labios contra labios.

Eduardo sonrió; ahora él y Mark compartían algo más que una página web, también compartían una experiencia. El lavabo de hombres de una residencia no era exactamente lo mismo que la Biblioteca Widener, pero algo era algo.

Al devolver su atención a la chica enredada en su cintura, animado por la música de su amigo que se volvía loco en el cubículo de al lado, una idea le asaltó y no pudo evitar una sonrisa.

Teníangroupies.

Y más allá de eso, se dio cuenta de que se había equivocado terriblemente acerca de una cosa.

Un programa informáticopodíaconseguirte un polvo.

CAPÍTULO 16:Veritas

La mujer detrás de la mesa de recepción se esforzaba por no mirar. Pretendía estar consultando algo en su Rolodex, pasando los dedos por las láminas de papel mientras su moño de pelo oscuro subía y bajaba, pero cada tanto Tyler veía el rápido destello de sus ojos verde pálido. No podía evitar mirarlos, allí sentados el uno junto al otro en el incómodo sofá de delante de su mesa. Tyler no la culpaba por ello; parecía casi tan cansada como el edificio mismo, y si él y su hermano gemelo podían proporcionarle un poco de entretenimiento a la pobre y agobiada mujer, sería su buena acción del día. Dios, si hubiera pensado que podía ayudarles en la tarea que tenían por delante, él y Cameron se hubieran vestido exactamente igual, como cuando eran unos chavales; aunque tal vez presentarse en la oficina del presidente de la Universidad de Harvard en pijama a rayas y gorro podría parecer algo irrespetuoso. Americana negra y corbata parecía más adecuado, y a la recepcionista no parecía importarle. Por lo menos no podía dejar de mirarles, por más que se esforzara en disimularlo. ¿Y quién diablos seguía usando los Rolodex?

La verdad era que Tyler no pensaba quejarse de ningún tipo de atención que le prestaran, después de la semana que acababa de pasar. Estaba harto de que le ignoraran. Primero, el tutor sénior de la Residencia Pforzheimer, que se había mostrado comprensivo pero se había limitado a remitir sus quejas a la oficina de la Junta Administrativa. Luego los decanos de la junta administrativa, que también habían parecido comprensivos, habían leído su queja de diez páginas contra Zuckerberg, y finalmente habían decidido que por alguna razón estaba fuera de su jurisdicción. Y el propio Zuckerberg, que había respondido a su carta de cese y desistimiento con su propia carta llena de chorradas. Zuckerberg sostenía que no había comenzado a trabajar en thefacebook.com hasta después de su última reunión, el 15 de enero, lo cual resultaba extraño, teniendo en cuenta que había registrado el dominio thefacebook.com el 13 de enero. Zuckerberg también sostenía que había intentado ayudar a sus compañeros gratuitamente, por mera generosidad, y que su página web no se parecía en nada a la suya.

La respuesta del tío había provocado tal cabreo en Tyler y sus socios que habían tratado de contactar con él directamente. Habían tenido algún intercambio por e-mail y por teléfono, tratando de empujarle a tener una entrevista. En cierto momento habían logrado concertarla, pero por algún motivo sólo podía ir Cameron. Luego la entrevista no terminó de concretarse, y habían cesado todos los contactos. Desde el punto de vista de Tyler ya estaba bien, pues no creía que pudieran fiarse en ningún caso de Mark. Si no había tenido problema en mentirles a la cara, como pensaba Tyler, ¿de qué podía servirles una reunión?

De modo que allí estaban, sentados uno junto al otro en un sofá que daba la impresión de ser tan viejo como el propio Massachusetts Hall, mientras la recepcionista les observaba. Para Tyler, todo en ese lugar parecía viejo. Mass Hall, construido en 1720, era el edificio más viejo de Harvard Yard, y uno de los dos edificios universitarios más antiguos del país. La entrada del edificio estaba en perpendicular respecto a University Hall, donde se encontraba la legendaria estatua de John Harvard, a la que los guías que estaban siempre pastoreando a grupos de posibles estudiantes se referían como la «estatua de las tres mentiras». Resultaba que las palabras grabadas en su base —JOHN HARVARD, FUNDADOR, 1638— eran en realidad falsas: la persona retratada por la estatua no era John Harvard, John Harvard no había fundado Harvard y la universidad fue fundada en 1636. Aun así, la estatua era objeto de frecuentes gamberradas por parte de alumnos de otras universidades de la Ivy League. Unos chicos de Dartmouth la pintaron de verde cuando su equipo de fútbol pasó por allí; otros de Yale trataron de pintarla de azul, o de poner una reproducción de un bulldog en la falda. Cada universidad tenía su propia tradición, e incluso los alumnos de Harvard visitaban la estatua por la noche para mear a sus pies, supuestamente con el fin de conseguir buena suerte.

Tyler se preguntó si él y su hermano no deberían haber probado el ritual de la meada antes de dejar atrás la estatua y entrar en el ambiente anquilosado de Mass Hall. Necesitaban toda la buena suerte que pudieran conseguir. Tan sólo obtener una cita con el presidente de Harvard había sido toda una hazaña. Habían tenido que recurrir a todos los contactos que pudieron encontrar: familia, el Porc, amigos de amigos. Y ahora que estaban sentados allí, en la sala de espera del máximo poder en el campus, resultaba difícil evitar una cierta inquietud.

Tyler casi se cayó del sofá cuando despertó el teléfono de la recepcionista. La mujer alzó el receptor, asintió y luego levantó la vista hacia ellos.

—El presidente les recibirá ahora.

La mujer señaló hacia la puerta que tenía a su derecha. Tyler tomó aliento y siguió los pasos de su hermano hacia la puerta. Mientras Cameron alargaba la mano hacia el picaporte, Tyler sonrió a la mujer, una silenciosa petición de que les deseara buena suerte. Al menos, ella le devolvió la sonrisa.

La oficina del presidente era más pequeña de lo que había esperado Tyler, pero estaba bien amueblada en estilo académico. Había estantes en una pared, una gran mesa de madera, unas cuantas mesas auxiliares de aspecto antiguo y una pequeña zona para sentarse sobre una alfombra oriental. Sobre la mesa, Tyler se fijó en que había un ordenador Dell. Era un dato significativo, pues era el primer ordenador que entraba en la oficina del presidente; el predecesor de Larry Summers, Neil Rudenstine, odiaba esos aparatos y se había negado a tener ninguno en su oficina. El hecho de que Summers estuviera al día tecnológicamente era un signo positivo: por lo menos entendería de qué le hablaban.

Aparte del ordenador, las mesitas antiguas le dijeron a Tyler todo lo que necesitaba saber acerca del presidente. Junto a las obligadas fotografías de los hijos del tipo había fotos firmadas de Summers con Bill Clinton y Al Gore. Al lado, un billete de un dólar enmarcado firmado por el propio Summers, símbolo de su época como Secretario del Tesoro de Estados Unidos, cargo que había ocupado de 1999 a 2000. Graduado en el Massachusetts Institute of Technology, Summers había obtenido el título de doctor en economía en Harvard y luego se había convertido en uno de los profesores más jóvenes en la historia de la universidad, al recibir su cargo a los veintiocho años. Tras su etapa en Washington, había regresado a Harvard convertido en el vigésimo séptimo presidente de la universidad. Su curriculum era impresionante, y Tyler sabía que si alguien tenía poder para intervenir y resolver situaciones, ese era Summers.

Cuando entraron en la oficina, Summers estaba sentado en una silla de cuero detrás de su mesa, con el teléfono contra la oreja. A un metro de él estaba su asistente, una mujer afroamericana de aspecto agradable, probablemente de cuarenta y pico años, con un traje de chaqueta a tono con la decoración de la habitación. Les hizo gestos para que entraran y señaló hacia las dos sillas que había frente a la mesa.

Sin colgar el teléfono, Summers les observó mientras tomaban asiento. Luego siguió hablando en voz baja durante unos minutos más con quien fuera que estuviera al otro lado de la línea. Tyler se imaginó que era Bill Clinton, tal vez en un avión de camino hacia algún acto en el que debía hablar. O tal vez Al Gore perdido en algún bosque, comunicándose con los árboles.

Summers colgó finalmente el teléfono y examinó a los dos hermanos. El presidente tenía una cara amplia y regordeta, poco pelo y apenas ninguna barbilla; sus ojos eran sólo dos puntos que saltaban rápidamente entre Tyler y Cameron.

Lentamente, Summers se inclinó hacia delante y su mano gordinflona avanzó por encima de la mesa. Sus dedos encontraron un montón de páginas impresas, y las levantó por una esquina. Tyler vio al momento que se trataba de la queja de diez páginas que Cameron y él habían redactado, en la que detallaban todas las conversaciones que habían mantenido con Mark Zuckerberg así como el marco temporal de su asociación, desde el primer e-mail que Divya le había enviado hasta el día en que elCrimsonhabía publicado el artículo sobre el lanzamiento de Facebook. Esas diez páginas les habían costado mucho trabajo, y resultaba alentador comprobar que habían llegado hasta la mesa del presidente.

Pero entonces Summers hizo algo que cogió a Tyler y a Cameron totalmente por sorpresa. Sin decir una sola palabra, tomó las páginas por una esquina y las sostuvo delante de él como si estuvieran cubiertas de mierda. Se reclinó otra vez en su silla, puso los pies sobre la mesa y miró a los hermanos con una expresión de total disgusto en la cara.

—¿Por qué están ustedes aquí?

Tyler tosió mientras la cara se le enrojecía. Miró a la mujer afroamericana, que estaba tomando notas aplicadamente; ya había escrito la pregunta de Summers en lo alto de una hoja en blanco de su libreta.

Tyler volvió a mirar al presidente. El desdén en la voz de Summers era evidente. Tyler señaló hacia las páginas que colgaban de los dedos regordetes del hombre. Señaló hacia la primera página, la carta que él y Cameron habían enviado a la oficina del presidente explicando su caso:

Carta a Lawrence H. Summers, Presidente de la Universidad de Harvard

Estimado Presidente Summers:

Los abajo firmantes (Cameron Winklevoss '04, Divya Narendra '04 y Tyler Winklevoss '04) le escribimos para solicitarle una entrevista. Desearíamos hablarle acerca de una queja que hemos presentado recientemente ante la Junta Administrativa y que ésta ha declinado resolver. Nuestra queja se refiere al caso bien documentado de un alumno de segundo curso que ha roto el código de honor al no ser honesto y sincero en su trato con los miembros de la Comunidad de Harvard.

«La Universidad espera que todos los alumnos sean honestos y sinceros en sus tratos con los miembros de la comunidad» (Manual del alumno).

Para darle una breve sinopsis del caso, durante este mismo curso académico los tres nos dirigimos a este alumno (igual que habíamos hecho con otros alumnos anteriormente) para que trabajara en nuestro proyecto de página web. Él aceptó trabajar en nuestra página y de este modo comenzó una relación de trabajo de tres meses con este alumno. A lo largo de esos tres meses, contraviniendo los términos de nuestro acuerdo, dicho estudiante se dedicó a frenar el desarrollo de nuestra página web al tiempo que desarrollaba su propia página (thefacebook.com) en competición desleal con la nuestra, todo ello sin nuestro conocimiento o acuerdo, y causándonos un perjuicio material como resultado de sus engaños.

Se nos pretende hacer creer que esta cuestión cae fuera de la esfera académica y demás; sin embargo, consideramos que las acciones de este alumno constituyen una violación directa de la Resolución de Derechos y Responsabilidades adoptada por la Facultad de Artes y Ciencias el 14 de abril de 1970, que establece:

«Al aceptar convertirse en miembro de la Universidad, una persona pasa a formar parte de una comunidad idealmente caracterizada por la libertad de expresión, la libertad de investigación, la honestidad intelectual, el respeto por la dignidad de los demás y la apertura al cambio constructivo».

Como dirigente de nuestra Universidad, pensamos que debería conocer los incidentes que violan el código de honor y amenazan las pautas de conducta de la comunidad. Creemos que la negativa de Harvard a dar respuesta a este caso podría tener efectos secundarios negativos a largo plazo sobre toda la comunidad universitaria e incluso más allá. Por todo ello, solicitamos una entrevista lo antes posible para hablar con usted acerca de esta cuestión. Muchas gracias.

Sinceramente,

Cameron Winklevoss '04

Divya Narendra '04

Tyler Winklevoss '04

Tras dejar pasar unos segundos, para que el hombre pudiera pretender al menos que releía su carta, Tyler carraspeó.

—Creo que el caso se explica por sí solo. Mark nos robó la idea.

—¿Y qué quieren que haga yo al respecto?

Tyler se quedó mirando al hombre sin comprender. Se giró y miró a su hermano. Cameron parecía igual de perplejo que él y se había quedado mirando boquiabierto las páginas que se balanceaban en los dedos en forma de pinza del presidente.

Tyler parpadeó ostensiblemente, dejando que el enfado disipara la perplejidad. Señaló hacia la estantería de libros que había detrás del presidente, donde podía ver claramente una fila de manuales de años anteriores. El manual se entregaba a todos los alumnos de primer curso y recogía todas las reglas de la universidad, todos los códigos que supuestamente defendía la administración.

—Va contra las reglas de la universidad robar a otro alumno —dijo Tyler, y luego añadió una cita de memoria del manual—: «La Universidad espera que todos los estudiantes sean honestos y sinceros en sus tratos con los miembros de esta comunidad. Se requiere a todos los estudiantes que respeten la propiedad pública y privada; cualquier caso de robo, apropiación o uso indebido o daños a la propiedad tendrá consecuencias disciplinarias, incluida la expulsión de la universidad». Si Mark hubiera entrado en nuestra habitación y se hubiera llevado nuestro ordenador, le echarían de una patada de la universidad. Bueno, pues ha hecho algo mucho peor. Se ha llevado nuestra idea y nuestro trabajo, y la universidad debería hacer valer el código ético de Harvard.

Summers suspiró, dejando caer otra vez las diez páginas sobre la mesa. Tyler contempló cómo aterrizaban junto a un montoncito de coloridas bolas de juegos malabares. El rumor decía que esas bolas eran un regalo de su predecesor, pues eso era lo que hacía un presidente: hacer malabarismos con las cosas, las personas, los proyectos, los problemas. Tyler podía asegurar por la mirada de Summers que esta vez el malabarismo terminaría con ellos dos fuera de la habitación.

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