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Authors: James Joyce

Ulises

 

La obra monumental de James Joyce.Uliseses el relato de un día en la vida de 3 personajes: Leopold Bloom, su mujer Molly y el joven Stephen Dedalus. Un viaje de un día, una Odisea inversa, en la que los temás tópicamente homéricos se invierten y subvierten a través de un grupo decididamente antiheroico cuya tragedia raya la comicidad. Relato paródico de la épica de la condición humana y de Dublín y sus buenas costumbres cuya estructura, desbordantemente vanguardista, avisa a cada rato de su dificultad y exige la máxima dedicación.Uliseses un libro altisonante, soez y erudito donde los haya que ofrece una literatura distinta, extraña, ocasinalmente molesta y sin duda excepcional.

James Joyce

Ulises

ePUB v1.0

Elle51801.11.11

Título original:Ulysses

Prólogo y traducción: Jose María Valverde

Premio Nacional de Traducción, 1978

James Joyce, 1922.

ISBN: 978-84-9793-096-3

Esta edición sigue exactamente

las directrices de la edición crítica

(Garland, New York, 1984)

PRÓLOGO

La mejor manera de leerUlisessería zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de su palabra, y encomendando confiadamente sus oscuridades a la esperanza de una gradual familiarización con la obra. Sólo para la relectura —esencial, como en toda gran cima de la literatura universal— sería ya plenamente lícito utilizar informaciones y referencias externas. De hecho, lo relatado enUliseses sencillísimo, y aun vulgar: la dificultad del libro radica en que su autor, como gran poeta que es, aunque en prosa, tiene una viva memoria verbal —incluso auditiva—, y no sólo incorpora las innumerables asociaciones lingüísticas que hay en su mente —citas literarias, trozos de óperas, canciones, vocablos extranjeros, chistes y juegos de palabras, términos teológicos y científicos, etc.—, sino que supone que su lector ha de tener el mismo don de buena memoria —aparte de que, lo que ya es demasiado pedir, ha de poseer su mismo archivo de recuerdos sonoros. Y ese requerimiento de buena memoria verbal es hoy día aún más aventurado que cuando se escribióUlises: la educación y la técnica contemporáneas están debilitando y desprestigiando la memoria —sobre todo en cuanto memoria verbal. Ya los niños no aprenden versos de memoria en la escuela, y se considera elegante, y aun típico de un intelectual, presumir de mala memoria (nadie presume de mala inteligencia, en cambio).

A cada momento, en efecto, hay enUlisesfrases y expresiones cuyo sentido radica en que son repeticiones o parodias de alguna frase que apareció antes —a lo mejor, quinientas páginas antes. Por supuesto, esto resulta más grave en el lenguaje en sordina de una traducción, aun suponiendo que el traductor, por su parte, tenga suficiente memoria verbal como para haber reconocido la repetición en el original. Y no le era dado al traductor —ni para este problema, ni para ningún otro de los muchos que hay enUlises— recurrir a las notas a pie de página: una traducción deUlisesno puede llevar notas porque, en caso de darlas con un mínimo de homogeneidad informativa, alcanzarían mayor extensión que el texto mismo (sólo para las alusiones literarias existe un índice de más de quinientas páginas: Weldon Thornton,Allusions in «Ulysses», Nueva York, 1973). El lector ha de suponer que en cualquier momento Joyce puede estar citando o caricaturizando un texto previo —que ni siquiera reconoce la inmensa mayoría de los lectores de lengua inglesa. En otro sentido, tampoco hubiera valido la pena poner la nota de «En español en el original» en los casos en que van aquí en cursiva palabras por lo demás normales —especialmente claro es el caso cuando se reproducen en forma gramaticalmente incorrecta. Tampoco había verdadera necesidad de poner nota en el caso de los innumerables juegos de palabras: a veces, se ha logrado reproducir el juego en español, o sustituirlo por otro parecido; otras veces, ha habido que dejarlo perder; en algunos casos, había que mantener a toda costa el juego de palabras como tal, porque luego reaparecería comoleitmotiv, pero, a la vez, no se encontraba un chiste equivalente: entonces se ha dejado el juego en inglés, acompañándolo de su versión literal y sin gracia, para que el lector sepa a qué atenerse (al fin y al cabo, Cortázar y Carlos Fuentes nos han acostumbrado a los juegos de palabras en inglés en boca de hispanohablantes). Al final del libro, en el Apéndice, para quien quiera entretenerse en semejantes crucigramas, se incluye el esquema de interpretación simbólica que trazó el propio Joyce para uso de amigos, pero prohibiéndoles que lo publicaran: hubo siempre un conflicto entre el Joyce creador —narrador poético y musical de la sencilla realidad humana en su Dublín familiar— y el Joyce aficionado a los juegos de palabras, los paralelismos y los simbolismos historico-culturales, que serían pedantescos si no fueran humorísticos. Djuna Barnes cuenta que, en vísperas de la publicación deUlises, James Joyce le confió, en el café Les Deux Magots: «Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, que lo tomará de algún modo serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio».

Aquí, en estas páginas de información previa, procuraremos atenernos a lo directamente dado enUlisesy a la circunstancia histórica en que surge y que retrata, reduciendo a su mínimo inevitable las referencias homéricas (en rigor, sólo presentes en el título de la obra: los títulos de alusión a laOdiseaque presidían los capítulos publicados en revistas, fueron suprimidos en el libro). Sabemos que Joyce recomendaba a sus amigos que releyeran despacio laOdiseaantes de abordarUlises, pero no hay ninguna razón para que las referencias externas aconsejadas por un autor sean realmente convenientes para la lectura. Más bien parece obvio que al lector deUlisesle conviene conocer una buena parte de la obra anterior de James Joyce, es decir,Dublineses, como estampas de ambiente y presentación de algunas de las figuras deUlises, y, sobre todo,A Portrait of the Artist as a Young Man, que en la memorable traducción de Alfonso Donado (Dámaso Alonso) se titulóEl artista adolescente, pero cuyo título quizá convenga entender poniéndolo dentro de la terminología de la historia del arte, algo así comoRetrato del artista jovenoAutorretrato juvenil. Casi cabe considerar elAutorretratocomo el primer volumen deUlises: su protagonista, Stephen Dedalus, contrafigura del autor (en su juventud), será protagonista de los tres primeros capítulos y del noveno deUlisesy deuteragonista de algunos de los restantes, en contrapunto con Leopold Bloom, «autorretrato» de un posible y malogrado «artista ya no joven» y ya no artista —autocaricatura, en realidad, del Joyce maduro.

Pero con esto estamos preludiando ya la apoyatura informativa que, en todo caso, no le viene mal tener al lector deUlises, bien sea para usar antes de la lectura, o, mejor, después, en recapitulación preparatoria a la relectura, o, aún mejor, nunca, simplemente sabiendo que está ahí y la podría consultar si quisiera. Tras la información sucinta sobre la circunstancia histórica, vida del autor, y génesis deUlises, damos una síntesis de los capítulos de la obra, a modo de plano o guía: por cierto que, al aludir a los capítulos, lo haremos siempre mediante su número de orden, puesto entre corchetes, ya que el autor no los numeró, y, en el libro, apenas indicó su separación, sino que sólo los agrupó en tres secuencias: 1, que comprende los capítulos [1] a [3]; 2, de [4] a [15]; y 3, de [16] a [18]. Es de notar cómo van creciendo en extensión los capítulos: así, los tres primeros, sumados (o sea, toda la secuencia 1) no equivalen ni a la mitad de la extensión del capítulo [15]. Los críticos acostumbran a designar las tres secuencias y los dieciocho capítulos deUlisespor sus respectivas referencias a episodios o entidades de laOdisea, según hizo Joyce al publicar en revista algunos de esos capítulos. Pero, como ya se advirtió, Joyce suprimió esos títulos en el libro, por lo que preferimos indicarlos sólo de pasada en estas informaciones previas, para no imponer demasiado al lector tal referencia clásica —a veces, como se señalará, traída por los pelos. Después, en el cuerpo del libro mismo, también nos hemos permitido añadir esos números entre corchetes en la cabecera de los capítulos para que el lector pueda hacer más fácil uso de las informaciones que aquí ofrecemos, si es que así lo desea.

Ulisescuenta lo que les ocurre a esos dos personajes de James Joyce —Stephen Dedalus y Leopold Bloom— en Dublín, desde las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 hasta las 2 de la madrugada siguiente (las tres primeras horas, por separado, duplicando el relato), con un apéndice, desde las 2 hasta alrededor de las 3 de esa madrugada, en la mente en duermevela de Molly Bloom, esposa de Leopold. La ciudad y la vida del autor, pues, forman el material del libro: un material que Joyce hace maravillosamente perceptible a sus lectores, pero sin duda contando con que éstos supieran de su propio mundo más de lo que cabe pedir que sepa un lector hispano actual. Aunque Joyce no se propone hacer «novela social», su Dublín resulta tan palpable como el Londres de Dickens o el París de Balzac o el de Zola: sin ánimo especial de exponer luchas por el dinero y el poder —o, simplemente, la subsistencia—, como los clásicos de la novela decimonónica, nos sumerge directamente en la sensación de las estrecheces de la pequeña clase media dublinesa, con el alcohol, la música —y, tal vez, la mujer— como únicas aperturas de evasión y olvido. Cierto que esto, que hubiera sido suficiente para otros novelistas, en Joyce no es más que el telón de fondo, pero también cuenta mucho como tal.

Irlanda era entonces —con poco más de cinco millones de habitantes— parte del Reino Unido británico, bajo una peculiar autonomía presidida por un virrey que residía en «el Castillo»: su comitiva recorre las calles en los capítulos [10] y [11]. En comparación con la gran expansión económica inglesa durante el siglo XIX, Irlanda había quedado rezagada —salvo en el Ulster, la zona del nordeste que no se independizaría de Inglaterra y que aún es famosa por la endémica guerra civil que los medios informativos presentan como guerra religiosa entre católicos y protestantes, callando el hecho de que aquéllos sean la clase oprimida y éstos la opresora. La secular miseria irlandesa no se había resuelto más que a medias durante el siglo XIX —uno de sus más sólidos progresos fue la difusión de la patata como alimento humano (es curioso que Leopold Bloom lleve siempre en el bolsillo, como talismán heredado de su madre, una pequeña patata vieja y arrugada). La emigración a Norteamérica, en los famosos «barcos-ataúd», tomaba caracteres desesperados en los años de mala cosecha de patata (una de las informaciones de la prensa dublinesa del 16 de junio de 1904, aludida enUlises, es la vista judicial de una estafa prometiendo pasaje barato al Canadá).


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En Irlanda, dejada así atrás por Inglaterra, como proveedora de productos agrícolas y ganado, crece durante el siglo XIX un movimiento autonomista que llega a adquirir gran energía en los años ochenta bajo el liderazgo de Charles Stewart Parnell —uno de losleitmotivdeUlises: su hermano sobreviviente, John, aparece en varios capítulos, y en el [16] Leopold Bloom recuerda cómo, en su juventud, conoció al gran jefe en una revuelta, con asalto a un periódico, y le recogió el sombrero que se le cayó en la refriega. El proyecto de reconocimiento legal de la autonomía irlandesa(Home Rule)fue aprobado en 1886 por la Cámara de los Comunes, pero no por la de los Lores, a pesar del apoyo delpremierGladstone: por otra parte, Parnell cayó en desprestigio al ser llevado a los tribunales por un marido ofendido. El clero, y muchos de sus secuaces, le abandonaron —se alude a ello repetidamente enUlises—, pero al morir poco después Parnell, se difundió la leyenda de que no había muerto sino que esperaba el retorno en el destierro, y en su tumba (descrita en [6]) se había enterrado un ataúd lleno de piedras.

El partido autonomista se desvaneció con Parnell, reemplazándole varias fuerzas: ante todo, la tan mencionada enUlises, los del Sinn Fein («Nosotros Solos», en lengua vernácula), inicialmente de carácter no-violento y pequeño-burgués; el laborismo irlandés, que quería extender las agitaciones de protesta hacia el proletariado urbano y rural; la hermandad secreta Irish Republican Brotherhood; y, como movimiento intelectual y literario, la Gaelic League, que afluye a la gran reviviscencia del teatro y la lírica irlandesa —en lengua inglesa, sin embargo, principalmente—, que tuvo en Lady Gregory su principal promotora y en W. B. Yeats su más característico y alto poeta —sin olvidar a A. E. (George Moore), presentado sarcásticamente en [10]. (La tragedia de este movimiento literario fue que sus figuras más sólidas se ausentaran del país: G. B. Shaw, para triunfar en Londres; el propio Joyce, como exilado voluntario en el continente.)

En 1904, cuando se desarrolla la acción deUlises, los movimientos irlandeses no habían alcanzado aún su punto de ebullición, pero en 1916, a los dos de los ocho años que tardó Joyce en escribirUlises, se produce una rebelión armada que es dominada por las fuerzas británicas, ajusticiando a sus jefes, pero que hace evidente la imposibilidad de mantener el estado de cosas frente al crecimiento de los laboristas y los cada vez más radicalizados Sinn Fein. En las elecciones de 1918 triunfa el Sinn Fein, flanqueado y desbordado por la aún hoy famosa I.R.A.: a fines de 1921, Inglaterra accede a dar a Irlanda una independencia apenas vinculada por la condición llamada deDominion. En 1949, Irlanda se separaría incluso de la Commonwealth.

James Joyce no sólo no se identificó con el nacionalismo irlandés sino que lo atacó de modo sarcástico y a veces brutal. Dentro deUlises, tal actitud tiene su condensación más extremosa en [12], caricatura de un innominado «Ciudadano», monomaníaco exaltador de lo irlandés, en contraste con Bloom, que, hijo de un judío húngaro y desarraigado incluso de su propia raza, resulta un verdadero apátrida, mirado con recelo y distanciamiento por los dublineses, por más que proclame que su patria es Irlanda. En ese capítulo, la fantasía sobre la ejecución del joven rebelde irlandés resulta quizá demasiado cruel si se piensa que se escribió después de la ejecución de los jefes rebeldes de 1916.

No es extraño que James Joyce haya tenido en su propio país una mala prensa que todavía colea: desde 1904, como veremos en seguida con más detalle, abandona Irlanda, para volver sólo en alguna visita ocasional, hasta 1912: morirá, en 1941, sin haber vuelto a poner los pies en Irlanda —y sólo muy fugazmente en Inglaterra. Pero esa falta de sentido nacionalista está en significativo contraste con su monomaníaca obsesión —a la vez amor y odio— por Dublín, tema único de toda su vida.

James Augustine Joyce nació el 2 de febrero de 1882 en las afueras de Dublín —en Rathmines. Vale la pena anotar esa fecha —la Candelaria— porque en ella, cuarenta años exactos después, recibiría Joyce los primeros ejemplares deUlises, enviados urgentemente por medio de un maquinista de tren para que le llegasen en el día de su cumpleaños; vale la pena anotar también su segundo nombre porque él le añadiría en su confirmación el de Aloysius (Luis Gonzaga), como buen escolar que era entonces de los jesuitas —entre 1888 y 1891, en el colegio Conglowes. Por dificultades económicas, el padre de Joyce, John Stanislaus —retratado enAutorretratoyUlisescomo Simon Dedalus—, trasladó a James a otro colegio más modesto —humillante episodio que Joyce silenció siempre, pero que da materia al primer trozo de [10], con la actitud condescendiente del jesuita Conmee ante los chicos de las Escuelas Cristianas. El P. Conmee, figura real, fue profesor de Joyce en Conglowes, y pasó luego de rector a la escuela media jesuítica Belvedere, donde hizo entrar a Joyce como becario. Joyce declararía siempre deber a sus educadores jesuitas el entrenamiento en «reunir un material, ordenarlo y presentarlo»: de hecho, para bien o para mal, lo que recibió de los jesuitas fue tan vasto y complejo, que no sería arbitrario decir que la obra joyceana es la gran contribución —involuntaria, y aun como tiro salido por la culata— de la Compañía de Jesús a la literatura universal. Y no pensamos ahora en la crisis de fe y la problemática moral, entretejida con disquisiciones sobre el pensamiento estético de Santo Tomás de Aquino, enAutorretrato: ateniéndonos aUlises, aparte de la inmensa masa de material teológico y litúrgico que utiliza Joyce sin el menor compromiso religioso ni antirreligioso, cabría decir que se trata de un examen de conciencia al modo jesuítico, llevado hasta el último extremo, sólo que, claro está, sin «dolor de corazón» ni «propósito de enmienda». Pues el más típico examen de conciencia jesuítico es —comoUlises— el repaso de un día, al terminarlo, asumiendo uno mismo la acusación y la defensa —si por un lado con exhaustivo rigor, por otro lado con flexibilidad casuística, atendiendo a atenuantes—, pero no la valoración ni el juicio —que se dejan «tal como esté en la presencia de Dios»—: es decir, obteniendo el «relato» como cabría decirlo ante un confesor, proceso tan literario como psicológico. Conviene dejar al menos insinuado este tema, porque empieza a resultar un poco añejo ya, incluso para católicos, después del Concilio Vaticano II, y con la actual crisis de los jesuitas como pedagogos por excelencia del catolicismo.

Los jesuitas de Belvedere, aplaudiendo a su escolar James Joyce por su brillantez retórica y literaria, y sin llegar a darse cuenta, al final, de su radical crisis de fe y moral, contribuyeron a que su padre, aunque rodando por una pendiente de sucesivos desastres económicos, enviara a James alcollegecatólico de la Universidad de Dublín (University College), cuyo primer rector había sido el Cardenal Newman —para Joyce, el mejor prosista inglés— y donde había enseñado lenguas clásicas aquel jesuita Hopkins que después de su muerte sería conocido como gran poeta. En 1902 llegó a ser Joyce Bachelor of Arts —«Licenciado en Letras» diríamos aproximadamente—, y, flanqueado por su brillante hermano Stanislaus —también hombre literario, luego eficaz ayudador en su vida práctica, y, tras la muerte de James, autor de un libro de memoriasMy Brother’s Keeper—, empezó a tomar parte, con polémica arrogancia, en la vida literaria dublinesa. Su primera publicación, en una revista londinense, fue un elogio a Ibsen, escándalo de la época (aprendería el dano-noruego para leerle mejor, como Unamuno): además, atacó el nacionalismo, para él de vía estrecha, del Irish National Theatre, la más sagrada de las vacas del movimiento nacionalista irlandés. Ya licenciado en Artes, Joyce sondea vagamente otras carreras más prácticas: elige estudiar medicina, pero, significativamente, no en la facultad dublinesa, sino en París, a donde se traslada en otoño de 1902. Fracaso y regreso son inmediatos: vuelve, sin embargo, a París, a fines de 1902, con el proyecto de vivir de corresponsalías y colaboraciones, así como de clases particulares: de hecho, la mayor parte de su tiempo se repartió entre lecturas literarias en la biblioteca Sainte-Geneviève y las visitas a lugares menos santos —de todo lo cual hay frecuentes ecos enUlises. Un telegrama le hace volver junto a su madre, que muere en agosto de 1903, de cáncer de hígado ([1]). En 1904 entra Joyce en suanno mirabili; el 7 de enero escribe un largo ensayo autobiográfico,A Portrait of the Artist, que, al no poder publicar, convierte en algo con pretensiones de novela,Stephen Hero, a su vez transformado en el Retrato propiamente dicho —el episodio final deStephen Hero, eliminado en esta metamorfosis, será reabsorbido en el comienzo deUlises. Además, Joyce escribe entonces numerosas poesías —luego incluidas en el libritoChamber Music—, publicaLas hermanas, primera de las estampas deDublineses, y, sobre todo, conoce por la calle a una criada de hotel, que va a ser la compañera de su vida: Nora Barnacle (y si el nombre Nora era ibseniano, resulta muy joyceano quebarnaclesea «lapa» y «percebe», buenos símbolos de la adhesión fidelísima y paciente con que aquella inculta e importante mujer supo siempre aguantar y ayudar a su difícil compañero, cuya obra no leyó jamás). James Joyce pone pronto a prueba a su amada dándole la imagen más intranquilizadora de sí mismo, en una carta:

…conviene que conozcas mi ánimo en la mayor parte de las cosas. Mi ánimo rechaza todo el presente orden social y el cristianismo —el hogar, las virtudes reconocidas, las clases en la vida y las doctrinas religiosas. ¿Cómo podría gustarme la idea del hogar? Mi hogar ha sido simplemente un asunto de clase media echado a perder por hábitos de derroche que he heredado. A mi madre la mataron lentamente los malos tratos de mi padre, años de dificultades, y la franqueza cínica de mi conducta. Cuando le miré a la cara, tendida en el ataúd —una cara gris, consumida por el cáncer—, comprendí que miraba la cara de una víctima y maldije el sistema que la había hecho ser víctima. Éramos diecisiete en la familia. Mis hermanos y hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano [Stanislaus] es capaz de comprenderme. Hace seis años dejé la Iglesia Católica odiándola con el mayor fervor. Encontraba imposible para mí seguir en ella a causa de los impulsos de mi naturaleza. Le hice la guerra en secreto cuando era estudiante y rehusé aceptar las posiciones que me ofrecía. Con eso, me he hecho un mendigo pero he conservado mi orgullo. Ahora le hago la guerra abiertamente con lo que escribo y digo y hago. No puedo entrar en el orden social sino como vagabundo. He empezado a estudiar medicina tres veces, derecho una vez, música una vez. Hace una semana estaba arreglando marcharme como actor ambulante. No pude poner energía en el plan porque no dejabas de tirarme del codo…

(Es curioso que el rompimiento de Joyce con el catolicismo se planteara a nivel meramente ético —y aun biológico— y no doctrinal: luego, en la época deUlises, Joyce será fríamente neutral ante lo cristiano y lo religioso en general, sólo atento a usarlo a efectos de lenguaje —y, por un malentendido estético e intelectual, concediendo siempre preferencia al catolicismo, «absurdo coherente», sobre el protestantismo, «absurdo incoherente». En otro orden de convicciones, Joyce se consideró inicialmente socialista —y no sólo por esperanzas de un Estado que subvencionara a escritores y artistas—: luego perdió todo interés por lo político —en [17], a través de Bloom, su interés por las mejoras de la sociedad estará enfriado por la convicción de que la humanidad siempre lo echará a perder todo con sus tonterías, «vanidad de vanidad».)

Pero cerremos este paréntesis y volvamos a la primavera de 1904: la carta que citábamos es del 29 de agosto: el 16 de junio había sido la primera vez que James y Nora salieron a dar un paseo nocturno, y ésa sería la fecha del día deUlises—Bloomsday, se le suele llamar, a la vez como alusión al protagonista, señor Bloom, y alDoomsday, Día del Juicio—; fecha conmemorada hoy día por algunos joyceanos con ritos tales como comer un riñón de cerdo con el desayuno de té y tostadas ([4]). Sin embargo, en «reorganización retrospectiva» —frase también dilecta enUlises—, Joyce trasladará a esa fecha algo que de hecho ocurrió en septiembre, y que, adscrito a la personalidad de Stephen Dedalus, forma el episodio inicial deUlises: con su amigo el estudiante de medicina y alevín literario Oliver St. John Gogarty (enUlises, Buck Mulligan) y un estudiante inglés interesado en la lengua y las tradiciones irlandesas (Trench: Haines en el libro), se instaló, cerca de Dublín, en una de las torres llamadas «Martello», fortificaciones cilíndricas construidas en 1804, en número de varios centenares, por las costas británicas, contra posibles desembarcos napoleónicos, y entonces, un siglo después, cedidas en barato alquiler a quien tuviera la humorada de meterse en tales construcciones. Por lo que se puede ver en [1], la idea de los jóvenes era establecer en esa redonda morada elómphalos, el ombligo de una gestación cultural, una helenización de Irlanda con signo anticasticista. Pero la convivencia no duró más que una semana, y, según se alude en el libro, terminó literalmente a tiros, dirigidos contra unas cacerolas que colgaban sobre la cabecera de Joyce. Gogarty fue luego importante médico y ocasional escritor —autor subterráneo de poesías irreverentes y/u obscenas, como la «Balada del Jovial Jesús», algunas de cuyas estrofas vemos recitar a Buck Mulligan en [1]: enUlises, además de propenso al humor impío, aparece como el Judas traidor a Stephen Dedalus— a quien deja a la intemperie, sin llave ni posibilidades de volver a la torre Martello, después de pelearse a puñetazos con él, en episodio no presentado directamente enUlises, pero aludido en [15] y [16]. En la vida real, Joyce atribuyó a instigaciones de Gogarty cierto episodio posterior, uno de los más amargos de su vida: la calumniosa pretensión de cierto común amigo de haber disfrutado de los favores de Nora mientras ésta empezaba a salir con Joyce. Suvendettaliteraria contra Gogarty fue eternizarle en forma de Buck Mulligan.


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Pero, volviendo a junio de 1904, seis días después de su primer paseo con Nora, y al parecer todavía sin ánimo de guardarle a ésta fidelidad corporal, Joyce tuvo otra aventura nocturna cargada de porvenir: al dirigirse a una muchacha —«en vocativo femenino», dirá en [15]— su miopía no le dejó advertir que iba seguida por un acompañante militar, que le derribó de un puñetazo. De su desplome le ayudó a salir —«de la manera más ortodoxamente samaritana» [16]— cierto judío famoso por las infidelidades de su mujer. Más adelante, Joyce, estando en Roma, como empleado bancario, entre julio de 1906 y febrero de 1907, pensó utilizar este episodio para una nueva estampa de la serieDublineses, bajo el títuloUlises: un noctámbulo, vagabundo comoUlises, vuelve a su Ítaca doméstica con ayuda de un judío. La tentación de la caricatura cultural y literaria era muy fuerte: el Judío Errante se hermana con el Griego Navegante para salvarle y restituirle a suómphalos: la síntesis cultural judeo-helénica, etc., etc. Pero quizá ese mismo título,Ulises, sacaba el proyectado relato fuera del punto de vista inmediato y directo deDublineses: el hecho es que Joyce lo dejó en su memoria hasta que se convirtió en el germen de su libro, donde se sitúa hacia el final de [15].

En septiembre de 1904, James Joyce, desahuciado de la torre Martello, peleado con los devotos del renacimiento cultural irlandés, y terriblemente —pero aún castamente— apasionado por Nora, decidió marcharse de Irlanda de cualquier modo, llevándose sólo a su amada. Por un anuncio de un agente, creyó encontrar un empleo enseñando inglés en la Berlitz School de Zürich, a donde llegó, con la ya definitiva compañía de Nora, sin preocuparse de formalizaciones matrimoniales —que no tendrían lugar hasta 1931, siendo ya mayores sus dos hijos, el bajo cantante Giorgio y la artista demente Lucia. Llegados a Zürich, resultó que no había tal empleo: sí lo había, en cambio, en la Berlitz School de Pola, la ciudad adriática entonces austrohúngara, luego italiana, hoy yugoslava. Poco después, Joyce mejoró ligeramente pasando a la cercana Trieste, donde también fue a enseñar su ayudador hermano Stanislaus —y una hermana, que se casó con un banquero austríaco. Por suerte, James Joyce, siempre gran lingüista, hablaba ya fluidamente el italiano, aprendido por gusto con un jesuita en Dublín: un elemento más de su gradual apego a Trieste. El italiano fue el idioma de la familia Joyce, incluso cuando se trasladaron luego a Zürich y a París: en italiano serían las desesperadas conversaciones de Joyce con su hija Lucia cuando ésta fue hundiéndose, en Francia, en una progresiva demencia a la que quizá contribuyeron su atmósfera de desarraigo, su identificación con su padre y la bizquera que estropeaba su belleza —alguien habla, pero no parece comprobado, de una tragedia sentimental, un fracasado amor, en París, por el gran discípulo de su padre, Samuel Beckett.

En Trieste, Joyce se encontró en gran estrechez económica: mientras tanto, su lanzamiento editorial tropieza con dificultades:Dublineseshabía sido aceptado por un editor de Londres, pero no se publica por diversos tabús —miedo a reacciones locales, puritanismos británicos, y sobre todo, temor por algunas alusiones a la realeza. En 1912 son quemados sus ejemplares ya impresos, y no saldrá hasta 1914, con otro editor.

Mientras tanto, en 1905, ha nacido su hijo, Giorgio. Entre 1906 y 1907, según se indicó, Joyce intentó consolidar su posición trabajando en un banco en Roma, pero le ahogaba el empleo oficinesco, y volvió a su ya imprescindible Trieste, donde, ese mismo año 1907, nació su hija Lucia, en el pabellón de pobres del hospital, mientras Joyce estaba gravemente enfermo con fiebres reumáticas —tal vez por infecciones dentales que, con su afición constante al alcohol, contribuyeron al mal estado de sus ojos, a la larga, casi ceguera. También en 1907 se publica en Londres la primera colección de versos de Joyce,Chamber Music, no sin vacilaciones de última hora del autor, que se da cuenta de lo atrasadas que quedan esas poesías al lado de sus empeños narrativos de entonces.

Entre 1909 y 1912, Joyce hace tres viajes a Irlanda, uno de ellos con un proyecto práctico digno del señor Bloom, pero que efectivamente hubiera podido sacarle de su pobreza: establecer una sala de cine, la primera de Dublín —Cine Volta—, un buen negocio si Joyce se hubiera quedado atendiéndolo en Dublín. Pero regresó a Trieste, donde, en 1912, la familia Joyce se habría visto puesta de patitas en la calle de no ser por los préstamos del buen hermano Stanislaus. Algo mejora luego la posición de Joyce al obtener una cátedra de inglés en la escuela comercial Revoltella —que, después de la guerra, sería parte de la Universidad de Trieste,my revolver University, diría Joyce, jugando conrivoltella, «revólver». También publica algunos artículos sobre la cuestión irlandesa en el periódico localIl Piccolo, escritos en su atildadísimo italiano, y da varias conferencias públicas —notables las dedicadas a su predilecto Daniel Defoe, y a Blake. También da clases particulares, a veces a alumnos de gran categoría personal: así, a un gran industrial judío, Ettore Schmitz, al cual y a su mujer —que luego sería la Anna Silvia Plurabelle deFinnegan’s Wake—, les leyó un día Joyce el relato final deDublineses. Schmitz, impresionado por la calidad literaria de sumercante di gerundi, como le llamaba, le confió que había publicado hacía tiempo dos novelas que no habían tenido ningún eco,Una vita y Senilità, bajo el seudónimo —el lector ya habrá caído en la cuenta— de Italo Svevo. Joyce, después de leerlas, citó de memoria con elogio algunos pasajes, afirmando que ni el mismo Anatole France los mejoraría. Schmitz, estimulado, volvió al ejercicio de la literatura, publicando unos años despuésLa coscienza di Zeno, que Joyce, entonces en París, hizo leer a su propio «lanzador», Valéry Larbaud, obteniendo el aplauso no sólo de éste, sino, a través de éste, de Eugenio Montale, con lo que Italo Svevo empezó a contar para la conciencia literaria italiana.

Otro hecho, al que acabamos de aludir, iba tomando creciente importancia en la vida de Joyce: desde siempre dado a la bebida, como buen dublinés, adopta el vino como recurso y evasión —no sin discriminar y matizar en sus calidades, aparte de preferirlo como elemento de la buena mesa, cuyos placeres compartía con Nora, también de apetito realmente homérico. A Joyce no le gustaba el vino tinto —«bistec licuefacto», le llamaba—, sino el blanco —«electricidad», según él—, procurando ser fiel a alguna determinada especie local: en Zürich elegiría, para su monogamia alcohólica cierto Fendant de Sion, con vago saborcillo a mineral metálico, en alemánErz, que él extendió aErzherzogin(«archiduquesa») para dar una interpretación de su color a tono con elUlisesen que trabajaba, y siguiendo la sugerencia de un amigo italiano:«Sí, è pipí, ma è pipí di arciduchessa».

Por desgracia, el alcohol dañaba a Joyce en su punto débil, los ojos, afectos de varios trastornos que, a pesar de diez delicadísimas operaciones durante los veinte años siguientes, le dejarían casi ciego. Cierto que parecía haber en ello algo de predestinación —kismet, diría el señor Bloom—: Joyce era poco visual y muy musical, con una excelente voz de tenor, probada con éxito en conciertos, y literariamente pendiente siempre del oído —enUlises, piénsese sobre todo en [11]—, mientras que sobre pintura se conservan muy pocas, aunque buenas, observaciones suyas, a la vez que su sentido óptico de la tipografía y la corrección de pruebas era desastroso. Incluso, hay quizá siempre cierta torpeza en la descripción joyceana de movimientos, desplazamientos y referencias en el espacio: por ejemplo, en el comienzo deUlises, quizá sea eso uno de los factores que lo hacen ser el punto más débil y oscuro de todo el libro.

1914 es el año literariamente decisivo para James Joyce, no tanto porque al fin se publiqueDublineses, cuanto por la aparición en su horizonte de un providencial agente literario: Ezra Pound. El poeta exilado americano, entonces secretario de W. B. Yeats en Londres, desarrollaba su especial talento de buscador de talentos, procurando colaboraciones para revistas inglesas y norteamericanas. Al invitar a Joyce, por sugerencia de Yeats, a que enviara algo para la londinenseThe Egoist, aquél le envía parte delRetrato del artista, que, desde el número de febrero, va apareciendo, hasta su totalidad, en entregas mensuales: desde entonces, Joyce se siente alguien en la auténtica sociedad literaria, gracias a ese «cónsul general» que era Pound. Termina así elRetrato, bajo el estimulante apremio de los plazos fijos, después que, en un momento de desánimo, había tirado el manuscrito al fuego, de donde lo salvó su hermana. Al utilizar para elRetratoese borrador que había sidoStephen Hero, deja fuera —como ya dijimos— su episodio final: ahora, publicado elRetrato, lo convertirá en la primera secuencia de lo que seráUlises([1]-[3]). El estirón de la estatura literaria de Joyce es notable, pero, increíblemente, en ese punto, en vez de seguir adelante, se echa atrás una temporada para escribir un opaco dramón neoibseniano ventilando pleitos personales,Exiliados. Con todo, es como si así soltara lastre muerto: a partir de ahí, combina la nueva andadura de Stephen Dedalus con la vieja idea de unUlisesasistido por un judío-samaritano —sólo que ahora el judío se vuelve uliseico él mismo.

Y no está solo Pound —il signor Sterlina, traduce su protegido— en asistir a Joyce: la editora deThe Egoist, Harriet Shaw Weaver, fascinada por la genialidad delRetrato, se convierte en ángel custodio de Joyce, mucho tiempo a distancia y a menudo en secreto, mientras duran los años de gestación y lanzamiento deUlises. Entre tanto, precisamente cuando Joyce se está entregando con energía a su gran creación, estalla la Primera Guerra Europea —la «Gran» Guerra—, que, en su ánimo, le deja indiferente: después, preguntado cómo se las había arreglado durante ese tiempo, se limitaría a exclamar con indolencia: «Ah sí, he oído decir que ha habido una guerra por ahí». Pero, materialmente, la guerra termina con su trabajo y su residencia en Trieste, ciudad entonces austrohúngara, donde Joyce era, pues, ciudadano de país enemigo. Su hermano Stanislaus, soltero y más joven y más político, es internado en un campo de concentración, mientras que James, padre de familia y militarmente inútil por su mala vista, puede pasar con los suyos a la neutral Suiza, sin más que dar su palabra de honor de que no actuaría por la causa militar aliada. Y bien dispuesto estaba el antimilitarista Joyce a guardar esa palabra, pero, de modo pacífico, no se negó a contribuir al prestigio cultural británico en Zürich apoyando un grupo dramático inglés donde actuó su mujer —para terminar en seguida peleándose con el cónsul británico por un motivo trivial.

Zürich, centro del oasis suizo entre países combatientes, hervía de espías y de figuras variopintas: en el café Pfauen, Joyce conoció fugazmente a aquel revolucionario ruso, Vladímir Uliánov, que, cuando ya no esperaba nada, se vio invitado a volver a su patria por los alemanes, con la maquiavélica esperanza de que fomentaría el desorden en la retaguardia zarista —y era Lenin, claro. En cambio, no llegó a conocer —cartas cantan— a aquel desertor alemán, Hugo Ball, que compró el Cabaret Voltaire para dar espectáculos literarios en colaboración con un poeta rumano, Tristan Tzara, francés de lengua adoptada —y ahí nacióDada. Algunos se sentirían tentados a imaginar contactos entre el dadaísmo y el que entonces escribíaUlises, pero no creemos que a éste le hubiera podido interesar aquel movimiento, puesUlisescontiene de sobra, sólo que en forma «aplicada», como elemento de un relato coherente, todo lo que el dadaísmo quiso aislar en forma químicamente pura.

Desde junio de 1915 hasta octubre de 1919, la familia Joyce residió en Zürich —hay un vago episodio sentimental sin materializar, con una tal Martha Fleischmann (Martha será la corresponsal pseudónima de Bloom enUlises). En 1916 se publica elRetratoen forma de libro en Nueva York (un año después, en Londres); en 1918, también en ambas orillas, la obra teatralExiliados. Joyce, en Zürich, vive absorto en su creciente obra: cuanto pasa o se dice en su horizonte encuentra o no resonancia en su ánimo según que pueda insertarse en el complejo tejido de su libro. Los numerosos amigos judíos y griegos que hace entonces no imaginaban que estaban sirviendo de materia para su trabajo. A veces, se le va una jornada entera de labor en determinar el mejor orden de las palabras en sólo dos frases —pensamos en Flaubert, maestro de Joyce no sólo en esto, sino en su fascinación por las tonterías del lenguaje corriente y las pedanterías de los hombres vulgares—: como señalaría Pound, el señor Bloom tiene mucho de Bouvard y Pécuchet, a la vez que de autocaricatura de Joyce, y ahí —y eso ya lo señalamos nosotros— radica el problema de la verosimilitud psicológica de Bloom, demasiado rico en el material verbal de su pensamiento para poder ser, sin más, ese señorín semiculto de opiniones risibles.

Cada episodio surgía en torno a un término de referencia a laOdisea—que se indicará luego en resumen—: referencia a veces muy remota, y, a menudo, con algo deprivate joke, de chiste que sólo entiende el que lo hace, si no da especial información al contarlo. Más importante que ese andamiaje es el hecho de que cada episodio tenga una técnica y una voz diferentes —si se quiere, «un punto de vista» diferente. De hecho, algunos de los dieciocho capítulos tienen más de una voz, bien sea sucesivamente [13], bien sea en alternancia [12]. Por lo que toca al «punto de vista», hay capítulos —los menos— en que el señor Bloom aparece visto —o entrevisto fugazmente— desde alguna otra persona, o desde un narrador impersonal: más frecuente es que el relato incluya —o aun tenga como base— el proceso mental del señor Bloom en su verbalización básica, sin necesidad de hacer explícitas las conexiones lógicas ni explicar las referencias. Esto es lo que suele designarse con el término de Henry James «corriente de conciencia», y lo que llamó Valéry Larbaud, al presentarUlises, «monólogo interior»: el propio Joyce lo llamó «palabra interior» al declararse deudor de tal técnica a la olvidada novela de Edouard DujardinLes lauriers sont coupés—recientemente traducida en España. Quizá silenciaba James Joyce hasta qué punto debía esa técnica a su hermano Stanislaus, quien, en un esbozo psicológico-narrativo, intentó imitar el monólogo interior de un moribundo tal como se lo había sugerido Tolstoi en el personaje Praskujin de losApuntes de Sebastopol. En todo caso, Joyce sacó así de su olvido a Dujardin: ya antes de publicarseUlises, en 1921, Valéry Larbaud imitó esa técnica en susAmants, heureux amants, señalando debérsela a Dujardin, a través de Joyce, en su prólogo a la reedición deLes lauriersen 1924. Dujardin dedicó esta reedición a Joyce como milagroso autor de su resurrección literaria; y, en efecto, no sólo escribió otra posterior novela, sino que se hizo teórico de su técnica (en 1931 publicó un libro tituladoLe monologue interior). Por su parte, Joyce, cuando aparece la traducción francesa deUlises, envía un ejemplar a Dujardin así dedicado: «A E. D., annonciateur de la parole intérieure. Le larron impénitent, James Joyce».


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A finales de 1917, Joyce creía tener ya una gran parte del libro —tal vez, sin embargo, no sería ni la mitad del resultado final, que no preveía tan largo—: entonces pensó en ir publicando ya lo escrito, en forma serial, tal vez como manera de estimularse y obligarse a sí mismo a llevar la novela, a plazo fijo, a un término que todavía no veía muy claro. Naturalmente, Joyce brindó la publicación a Harriet Shaw Weaver, enThe Egoist, donde había aparecido elRetrato. Pero aquí se iba a plantear más agudamente el problema que ya había previsto Joyce cuando trabajaba en elRetrato, según escribió a Stanislaus: «Lo que escribo con las intenciones más lúgubres, será considerado como obsceno».

El puritanismo anglosajón no podía —entonces— admitir la franqueza absoluta de la obra joyceana, que anota todas las tonterías e indecencias que pudieran írseles pasando por las mentes a sus criaturas narrativas. Probablemente una tradición católica —y aún más si jesuítica, como la de Joyce— da ciertas facilidades para semejante franqueza de cinismo total —que, en definitiva, es también franqueza para con nosotros mismos, en cuanto que reconocemos que nuestra mente tiene no poco de semejante con cualquier mente que se destape—: y no sólo por la costumbre de la confesión, con su examen previo, incluso de pensamientos, sino por la conciencia de que siempre estamos pasando de justos a pecadores y viceversa, por lo que no importa demasiado reconocer las propias faltas y vicios, y, en concreto, la tendencia de nuestro pensamiento a la deriva, en su impunidad solitaria, a pararse en lo que no debe. Como ya dijo el vulgo, o sea Campoamor, la vida es

pecar, hacer penitencia,y luego vuelta a empezar.

Basta que la muerte no sea «supitaña» y deje un momento para el trámite final, pues, como dijo Don Juan Tenorio,

un punto de contriciónda al alma la salvación.

(Los italianos saben llegar aún más lejos que los españoles en el uso de la autoacusación como hábil coartada: «Sono un porco!» grita Aldo Fabrizi en el final dePrima Communione, y queda así como un señor, dispuesto a recomenzar sus pequeñas porquerías.)

En cambio, en la tradición calvinista puritana, con su intenso sentido de predestinación, entre los «santos» y los que se van a condenar, resulta más escandaloso semejante destape total de la conciencia, porque, a ese nivel básico, en la «palabra interior», el lector puede desconfiar de pertenecer a los «santos» al descubrirse tan parecido en su mecanismo mental a los personajes literarios —por más que procure reprimir y limpiar su pensamiento—:

Hyppocrite lecteur, mon semblable, mon frère!

Para la publicación de la obra joyceana —lo mismo en Inglaterra que en los Estados Unidos— las barreras eran múltiples y temibles (hablamos en pretérito porque, aunque tal vez las leyes sigan siendo las mismas, hoy no se suele pensar en los países anglosajones que un libro tenga el menor efecto en la moral pública). Ante todo, la acusación de obscenidad se juzgaba referida a pasajes, e incluso frases, e incluso palabras sueltas, sin poder apelar al contexto —criterio éste según el cual la Biblia debería estar prohibida, al menos en su Antiguo Testamento. Además, los impresores eran los primeros responsables de toda posible indecencia, sin poder descargarse en editores o autores. Después venían —y vienen, con toda actualidad— las autoridades postales, que de hecho funcionan como censura gubernativa, con atentos lectores y activos hornos crematorios, en cuestiones de obscenidad y de subversión política. Y, por encima de todo, la autoridad judicial, dispuesta a actuar a requerimiento de individuos o sociedades dedicadas a la persecución de la indecencia.

Harriet Shaw Weaver, despreciando su propio riesgo, hubo de pasar un año buscando tipógrafo, hasta que encontró uno que se atrevió a imprimir —y eso con algunos cortes— los capítulos [2], [3], [6] y [10]. (El matrimonio Virginia-Leonard Woolf rechazó la oferta de ser coeditores e impresores, en su prensa de mano de la Hogarth Press.) Para entonces, Joyce, impaciente, ya había recurrido a Ezra Pound, con la esperanza de hallar más libertad en Estados Unidos. Pound envió los tres primeros capítulos a laLittle Review, nacida en Chicago en 1914 y recién trasladada a Nueva York, bajo la inspiración de Margaret Anderson, quien, apenas leyó el primer párrafo del capítulo [3], dijo «Lo imprimiremos aunque sea el último esfuerzo de nuestra vida». Pero tampoco fue fácil encontrar un tipógrafo igualmente entusiasta: al fin, un serbocroata, insensible a los atrevimientos verbales en inglés, se prestó a ello. Lo malo de la publicación por capítulos en la revista era que si una sola de las entregas era condenada, ya no podría publicarse el libro en su integridad, pero Joyce desoyó el prudente consejo de abandonar la serialización y reservar toda la batalla para el libro entero una vez acabado. Y, en efecto, los censores de Correos, verdaderos Argos de asombrosa capacidad de lectura, no tardaron en caer sobre la minoritaria revistilla, confiscando y quemando los números donde iban los capítulos [8], [9] y [12]. Si el lector observa de cuáles se trata —sobre todo [9] y [12]— se asombrará de tal quema: el caso de [8] es especialmente interesante, porque, aparte de algún vago ensueño erótico de Bloom, lo que escandalizó debió ser la crudeza con que se pinta el acto de comer y beber, amén de las ventosidades finales.

Joyce, cuyos inocentesDublinesesya habían ardido inéditos en su primera edición, comentó: «Es la segunda vez que me queman en este mundo, así que espero pasar por el fuego del purgatorio tan deprisa como mi patrono San Luis Gonzaga». Pero aún hubo algo peor: el capítulo [13], con exhibicionismo distante de ropa interior de Gerty MacDowell, fue denunciado por la Sociedad para la Prevención del Vicio, de Nueva York, y, a pesar de brillantes defensas de orden literario, fue condenado a multa y abandono de la publicación. Era en 1921: las víctimas tuvieron conciencia de un paralelo con los procesos en que —en un mismo año (1875) y con el mismo fiscal, por cierto, secreto autor de versos pornográficos— fueron condenadosLes fleurs du malyMadame Bovary. Pero la obra de Baudelaire pudo seguir editándose con la exclusión de laspièces condamnées, y la condena deMadame Bovaryfue más bien una reprimenda, incluso buena propaganda para las posteriores ventas del libro —con horror de Flaubert ante tal malentendido.

Quedaba una última posibilidad: París. James Joyce, en 1920, se había instalado en París, con su familia, tras un intento de reestablecimiento en Trieste, y pensando detenerse sólo unos días de camino a Londres. Ezra Pound, ya establecido en París, aconsejó a Joyce asentarse allí, uniéndose así los dos a la multitud de americanos literarios de los años veinte —Hemingway, Faulkner…—, presidida por la exilada de antes de la guerra, Gertrude Stein —quien, por cierto, sentiría luego grandes celos de Joyce, reivindicando su primacía en ciertas invenciones técnicas.

El consejo de Pound resultó ser tan sano como todos los suyos —y no sólo con Joyce: es sabido qué bien corrigió a Eliot suWaste Land, precisamente por entonces. En efecto, James Joyce, apenas llegado, conoció a Sylvia Beach, una joven americana que acababa de abrir una librería de lengua inglesa, Shakespeare & Co., a la vuelta de la esquina de la célebre Maison des Amis du Livre, de su amiga Adrienne Monnier. Sylvia Beach, al saber los problemas censoriales de Joyce, empezó a actuar como su propagandista, buscándole el apoyo de la crítica francesa. Ante todo, hizo leer elRetratoa Valéry Larbaud, comprensivo y abierto a diversas literaturas del mundo —en España, Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna disfrutaron de su aplauso y su amistad—, aparte de fino creador él mismo —suFermina Márquezes una de esas novelas menores que no se olvidan. Larbaud, impresionado por elRetrato, quiso conocer al autor, lo cual organizó hábilmente Sylvia Beach en una fiesta navideña, cantandocarolsen cordial reunión: allí, Larbaud pidió los capítulos deUlisesya aparecidos en revista. Apenas recibidos, escribió a Sylvia Beach: «Estoy leyendoUlises. En realidad no puedo leer otra cosa, no puedo ni pensar en otra cosa». Acabada la lectura, una semana después, volvía a escribir: «Estoy loco delirante porUlises. Desde que leí a Whitman, a mis 18 años, ningún libro me ha entusiasmado tanto… ¡Es prodigioso! Tan grande como Rabelais: el señor Bloom es inmortal como Falstaff». Y se puso a traducir unos fragmentos para laNouvelle Revue Française.

Esto ocurría un poco antes de la condena judicial en Nueva York: al producirse ésta, Sylvia Beach decidió editar ella mismaUlisesen París, tarea a la que iba a dedicar sus próximos años, bien absorbidos por las exigencias y meticulosidades de Joyce: el rechazo judicial angloamericano contrastaba con la devoción sin límites de aquella mujer —devoción aUlises, no a todo lo de su autor sin discriminación: cuando conocióFinnegan’s Wakelo definió sarcásticamente con un juego de palabras también muy joyceano, como aWholesale Safety-PunFactory, con alusión asafety-pin: «una fábrica de juegos de palabras de seguridad [imperdibles] al por mayor». Para ayudar a la financiación del libro, se buscaron mil suscriptores de una primera edición de lujo, cuya lista incluía nombres tan curiosos como el de Winston Churchill. En cambio Bernard Shaw, después de contestar a la petición haciendo un gran elogio de lo que había leído de Joyce, concluía: «Pero no conoce usted lo que es un irlandés, y de edad, si cree que está dispuesto a pagar 150 francos por un libro».

La impresión se anunciaba compleja —ya la copia a máquina había sido épica: Joyce empezó por pedir seis juegos de pruebas, en todos los cuales se lanzó a hacer añadidos y correcciones que a menudo extraviaba y enredaba, también por culpa de su vista, cada vez peor. (Todavía en 1975 no se dispone de un texto deUliseslimpio de errores: hay noticias de que se prepara para antes de 1980, ¡en Alemania!) Además, el impresor de Sylvia Beach, Darantière, estaba en Dijon, con los consiguientes enredos de envíos y comunicaciones. Y lo más curioso es que, a todo esto, el libro no estaba terminado: Joyce tenía aún pendiente mucho trabajo en los capítulos finales mientras corregía pruebas de los primeros. Y, para acabar de complicar, Joyce estaba empeñado en que el libro saliera el día que él cumplía cuarenta años —y ya adelantamos que lo consiguió: gracias al maquinista del tren de Dijon, pudo festejar su cumpleaños con un ejemplar de esa edición, para cuya cubierta se había ido ensayando cuidadosamente el color hasta lograr el azul que, como fondo de la tipografía en blanco, representaba para Joyce lo griego —mar y espuma, y la bandera griega—, así como, quizá, la ropa interior de Gerty MacDowell en [13].

Las reediciones se fueron sucediendo con frecuencia y regularidad. Empezó entonces la ridícula historia de los intentos de introducirUlisesen los países de lengua inglesa —aparte de los ejemplares contrabandeados por turistas o filtrados por correo. Harriet Shaw Weaver, invocando contratos previos con Joyce, se puso de acuerdo con Shakespeare & Co. para que la segunda y sucesivas ediciones llevaran el sello de The Egoist Press, aunque inevitablemente impresas en Francia: de los 2000 ejemplares de la segunda, se envían a Nueva York 500, confiando en el país de la libertad, pero son quemados todos: la tercera edición consta de 500 ejemplares, enviados a Inglaterra y confiscados —todos menos uno— por los aduaneros. Las ediciones 4.ª a 12.ª vuelven a tener el sello de Shakespeare & Co.: en 1932, una firma surgida en Hamburgo bajo el apropiado nombre The Odyssey Press se hace cargo del libro —de la 13ª edición, en dos volúmenes, impresa en Leipzig, es nuestro ejemplar.

A todo esto, en 1926, un editor poco escrupuloso de Nueva York lleva a cabo la ocurrencia de editarUlises, jurídicamente mostrenco, en entregas mensuales de una revista, suprimiendo todo lo que pudiera ofender los castos ojos postales. Se organiza una protesta firmada por escritores de diversos países —muchos de los cuales, sin duda, no habían leído el libro; así, Unamuno. Comienzan también las traducciones, ante todo la alemana, luego la francesa, de compleja elaboración en grupo («traduction d’Auguste Morel revue par Valéry Larbaud, Stuart Gilbert et l’auteur»), que, a fuerza de argot, exagera y aun desvía el sentido del estilo original; la checa; dos japonesas en 1930 —año en que sale el libro de Stuart Gilbert,James Joyce’s «Ulysses»en que cita abundantemente el prohibido texto, ensalzándolo como obra maestra. Poco a poco, la situación parece madura para una prueba legal en los tribunales norteamericanos, que se provoca en 1933 enviando un ejemplar por correo y avisando a las autoridades para que lo confisquen. El juez neoyorquino de la causa, J. M. Woolsey, admitió el libro en un veredicto con coartadas de buena gracia literaria: «Respecto a las repetidas emersiones del tema sexual en las mentes de los personajes, debe recordarse siempre que el ambiente era céltico y su estación la primavera». Y añadía «Me doy cuenta sobradamente de que, debido a ciertas escenas,Uliseses un trago más bien fuerte para pedir que lo tomen ciertas personas sensitivas, aunque normales. Pero mi meditada opinión, tras larga reflexión, es que, si bien en diversos pasajes el efecto deUlisesen el lector es sin duda un tanto emético [vomitivo], en ningún lugar tiende a ser afrodisíaco». Random House lanza entonces rápidamente el libro: en vano la autoridad fiscal lleva el asunto a un tribunal superior, cuya mayoría también admite el libro.

Todavía hubo que esperar a otoño de 1936 para que Inglaterra permitiera la edición del libro proscrito (y es curioso que su entusiástico admirador T. S. Eliot, por miedo, perdiera la oportunidad de que lo sacara la editorial de que él era asesor).

No es mera curiosidad retrospectiva señalar, con forzosa brevedad, cómo se fue viendo y enjuiciandoUlises. Y es ésta una historia que, significativamente, empieza antes incluso de la publicación del libro: ya Valéry Larbaud lo anunció en París, en resonante conferencia de diciembre de 1921 —recogida en laNouvelle Revue Françaisede abril siguiente, junto con la traducción de un fragmento—, bajo la óptica de la referencia a laOdisea, clave comunicada por el propio autor a Larbaud, pero que el lector no encuentra en el libro, salvo en el título. En cambio, los primeros críticos ingleses, libres del esquemaOdisea, fueron más al grano —y es de notar que recensionaban un libro de publicación prohibida en su propio país, auténtica propaganda de una mercancía de contrabando. Ya antes de la aparición deUlises, en abril de 1921, basándose sólo en los capítulos publicados en laLittle Review, R. Aldington, enEnglish Review, había preludiado, a elegante altura, el general conflicto de sentimientos de la crítica británica —admiración literaria, susto ante la total franqueza sin tapujos—:


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… cuando el Sr. Joyce, con sus dones maravillosos, los usa para darnos asco de la humanidad, hace algo que es falso y calumnioso para la humanidad… Ha logrado escribir un libro muy notable, pero desde el punto de vista de la vida humana, estoy seguro de que está equivocado.

Y el crítico se asusta de pensar lo que serán los imitadores de Joyce:

Él produce asco con una razón; otros producirán asco sin razón. Él es oscuro y justifica su oscuridad, pero ¿cuántos otros escribirán mera confusión pensando que es sublime?… Él no es uno de esos superficiales que adoptan un artificio superficial como canon de una nueva forma de arte; él caerá en manos de las capillitas, pero él mismo está muy por encima de ellas…

La primera recensión periodística (S. B. Mais,Daily Express, 25 Marzo 1922) pone el dedo en la llaga:

… La mayor parte de los escritores jóvenes desafían las reticencias convencionales en cuanto que describen todo lo que la mayor parte de nosotros hacemos y decimos. Mr. Joyce va mucho más lejos: de sus páginas saltan hacia nosotros todos nuestros más secretos e inconvenientes pensamientos íntimos.

Incluso un recensionador anónimo (Evening News, 8 Abril 1922) sabe mirar de frenteUlises:

Mr. Joyce es tan cruel e inexorable como Zola con la pobre humanidad. Su estilo está en la nueva vena cinematográfica a la moda, muy sacudido y elíptico.

El primer estudio realmente importante es el de J. Middleton Murry (Nation and Atheneum, 22 Abril 1922), quien, después de dejar a un lado las objeciones moralistas («la cabeza que sea bastante fuerte como para leerUlisesno se dejará trastornar por él»), apunta a algo literariamente esencial en el libro: su naturaleza humorística:

Esta bufonería trascendental, esta súbita irrupción de la vis comica en un mundo donde se encarna la trágica incompatibilidad de lo práctico y lo instintivo, es un logro muy grande. Ese es el centro vital del libro de Mr. Joyce, y la intensidad de vida que contiene basta para animar su totalidad…

Especial agudeza mostró también la recensión de Holbrook Jackson (To-Day, Junio 1922):

[Ulises] es un insulto y un logro. No es indecente. No hay en él una sola línea sucia. Sencillamente está desnudo… No es ni moral ni inmoral. Mr. Joyce escribe, no como si la moral no hubiera existido nunca, sino como quien deliberadamente prescinde de códigos y convenciones morales. Una franqueza como la suya habría sido imposible si no hubiera estado prohibida tal franqueza… Él es el primer narrador no-romántico, pues, al fin y al cabo, los realistas no eran más que románticos que trataban de liberarse del medievalismo… No pretende divertir, como George Moore,… ni criticar, como Meredith, ni satirizar, como Swift. Sencillamente, anota, como Homero, o incluso Froissart. Esta actitud tiene sus peligros. Mr. Joyce se ha enfrentado con ellos, o mejor dicho, ha hecho como si no existieran. Ha sido totalmente lógico. Lo ha anotado todo…

Unos meses después, W. B. Yeats, en un debate público en Dublín, además de declarar a Joyce «el escritor más original e influyente de nuestro tiempo», dijo queUlisesllegaba al «alcance último del realismo». Por su parte, Ezra Pound (Mercure de France, Junio 1922), hablando de Flaubert, se refería a Joyce en cuanto flaubertiano, no sólo en su sentido del arte estilístico, sino en su realismo crítico, especialmente irritado por la estupidez humana, trazando un paralelo entre Bloom y Bouvard-Pécuchet. Esta observación de Pound fue deformada como objeción por Edmund Wilson, dentro de un ensayo (enNew Republic, 1922) que sigue siendo, por lo demás, una de las grandes piezas de la crítica joyceana. Wilson, en realidad, no nombra a Pound al poner su observación junto a la obtusa incomprensión de un novelista rastrero como era Arnold Bennett:

No puedo estar de acuerdo con Mr. Arnold Bennett en que J. J. tenga un colosal resentimiento contra la humanidad. Me parece que lo que le choca a Mr. Bennett es que Mr. Joyce haya dicho toda la verdad. Fundamentalmente,Ulisesno es en absoluto como Bouvard et Pécuchet (como algunos han intentado defender). Flaubert viene a decir que nos va a demostrar que la humanidad es mezquina enumerando todas las bajezas de que ha sido capaz. Pero Joyce, incluyendo todas las bajezas, hace que sus figuras burguesas conquisten nuestra comprensión y respeto dejándonos ver en ellas los dolores de parto de la mente humana siempre esforzándose por perpetuarse y perfeccionarse, y del cuerpo siempre trabajando y palpitando para hacer surgir alguna belleza desde su sombra.

Edmund Wilson, después, entraría por primera vez a plantear el gran problema que hay en la valoración de la expresión joycena, el contraste entre un lado magistralmente sólido —la presentación directa de hechos y pensamientos: así, enUlises, «el modo como se le hace notar al lector, sin afirmar abiertamente el hecho, que Bloom es diferente de sus vecinos»—, y otro lado débil —la hinchazón caricatural, la complacencia en los juegos meramente verbales, en las parodias de estilo—; como ejemplo extremo, pondríamos nosotros la crónica de la «boda vegetal» en [12]. La objeción de Wilson era no sólo justa, sino necesaria: el punto débil de Joyce, enUlises, es que se divertía demasiado con sus propias bromas «literarias» —de chiste y de imitación estilística—, sin fatigarse nunca en hinchar semejantes perros —más grave sería aún esa tendencia enFinnegan’s Wake. Cabe imaginar cuánto mejor seríaUlisessi se hubieran suprimido o reducido los pasajes de ese segundo estilo —hasta descargar, quizá, más de un tercio de la extensión total del libro—, pero Joyce, desdeUlisesen adelante, fue incapaz de cortar o comprimir nada de lo que escribía: toda corrección era siempre añadido. Y, al fin y al cabo, cada libro, como cada persona, tiene «los defectos de sus virtudes». Pero Wilson señala que, aun con esos pasajes hinchados, Joyce elevó la calidad expresiva en la novelística a la altura de la poesía:

Desde que he leídoUlises, la calidad de los demás novelistas me parece de insoportabilidad floja y descuidada.

Y se pregunta en seguida:

La única cuestión ahora es si Joyce escribirá alguna vez una obra maestra trágica que poner al lado de ésta cómica.

Pero este debate crítico tan bien establecido hasta entonces por la crítica de lengua inglesa, con la doble perspectiva del sentido moral y la técnica expresiva, se va a escapar por la tangente por obra del gran mandarín T. S. Eliot —aprovechando las noticias sobre el cañamazo de laOdiseaenUlises, dadas por Valéry Larbaud.Ulisesconstituía un grave problema para Eliot y los de su mundo —digamos «Bloomsbury» para simplificar: Virginia Woolf llamó aUlisesun librounderbred(«ineducado», «de clase baja»), el libro de «un trabajador que se ha instruido a sí mismo», el entretenimiendo de un estudiantillo (undergraduate) «que se rasca con grima sus sarpullidos». (En cambio, antes, el 26 de septiembre de 1920, había anotado en su diario: «Lo que hago yo probablemente lo está haciendo mejor Mr. Joyce».) Con todo, esa impresión negativa fue la primera reacción, horrorizada de que «el gran Tom» (T. S. Eliot) compararaUlisesconGuerra y Paz:

Si se puede tener la carne guisada, ¿por qué tomarla cruda? Pero creo que si uno está anémico, como Tom, hay cierta gloria en la sangre. Yo, siendo bastante normal, pronto estoy dispuesta a volver a los clásicos. Quizá revise esto más tarde. No comprometo mi sagacidad crítica. Clavo un palo en el suelo para señalar la página 200.

Cuando murió Joyce, pocas semanas antes que ella se suicidara, anota en elDiario(15 Enero 1941):

Me acuerdo de Mrs. Weaver, con guantes de lana, trayendoUlisescopiado a máquina a nuestra mesa de té en Hogarth House. ¿Dedicaríamos nuestras vidas a imprimirlo? Las indecentes páginas tenían un aire incongruente: ella era muy solterona, abotonada hasta arriba. Y las páginas rezumaban indecencia. Lo metí en un cajón… Un día vino Katherine Mansfield y lo saqué. Ella empezó a leer, ridiculizándolo: luego, de repente, dijo: Pero aquí hay algo: una escena que supongo que habría de figurar en la historia de la literatura… Luego recuerdo a Tom… diciendo —se publicó entonces— ¿cómo podía volver a escribir nadie después del inmenso prodigio del último capítulo? Por primera vez, que supiera yo, estaba arrebatado, entusiástico. Compré el libro azul y lo leí aquí un verano, creo, con espasmos de maravilla, de descubrimiento, y luego también con largos trechos de intenso aburrimiento…

T. S. Eliot se sentía invadido y desbordado porUlises(«De un modo egoísta, querría no haberlo leído», dijo). Aun cuando no parece que al escribirPrufrock(1917) pudiera haber recibido nada todavía de Joyce, luego fue siguiendo las entregas deUlisesenLittle Review(en junio-julio de 1918 ya habla de Joyce enThe Egoist): la huella es visible enThe Waste Land, aunque este poema se publicara a la vez que el volumen deUlises. La reacción de Eliot, a la larga —«reacción», incluso en el sentido «reaccionario» de la palabra— fue sutilmente hábil y consiguió dominar la crítica joyceana, incluso hasta nuestros días. En noviembre de 1923 (The Dial) publicaba un ensayo titulado elocuentemente «Ulises, orden y mito», que comenzaba con un gran sombrerazo, para bien o para mal: «Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar».

Ulisessería, formalmente, el descubrimiento de una nueva forma literaria —equivalente a la concepción de la relatividad en física—: muerta la novela en manos (¿o «a manos»?) de Flaubert y Henry James, Joyce había hallado «un modo de controlar, de ordenar, de dar forma y significación al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea».

¿Cuál era ese modo? El recurrir al mito clásico —en este caso, a laOdisea— como canon, no sólo para imitar alejandrinamente o parodiar, sino para rehacer, en nueva variación del viejo motivo (a ver si —y esto ya lo añadimos nosotros— la forma de la vieja fe era capaz de avivar una fe nueva).

El lector apreciará por sí mismo si, efectivamente,Uliseses o no «laOdiseacontada al siglo XX». Por nuestra parte, creemos que a nadie se le ocurriría tal idea si no fuera por el título del libro —ya dijimos que los títulos de los capítulos los suprimió Joyce al publicar el libro, por instintivo y acertado orgullo de creador original—, y porque, a través de Valéry Larbaud, se llegaron a conocer los paralelismos —más o menos arbitrarios— que habían servido a Joyce como andamiajes o incitaciones divertidas, pero que sólo comunicó a unos pocos amigos bajo promesa de secreto. En cambio, el lector sí encontrará, no como falsilla literaria, sino en carne y hueso, el tema judío —y también el tema Shakespeare, expuesto por Stephen Dedalus con irónica pedantería. Si Joyce hubiera evitado sus propias indiscreciones,Ulisesno se habría visto degradado apuzzleacadémico, mera alegoría histórico-cultural, en vez de obra de carne y hueso.

Cierto que no toda la crítica joyceana se rindió a la lectura en clave propugnada por T. S. Eliot: en Alemania, aparte de algún crítico menor —como Yvan Goll, que, en 1927, dijo de Joyce: «Se divierte sobre todo parodiando a Dios», y que definió exactamenteUlises«no novela, sino más bien un poema escrito en prosa»—, el gran E. R. Curtius escribió en dos ocasiones sobreUlisesen perspectiva integral: en 1928, en presentación general de la obra de Joyce, acertaba, entre otras cosas, al subrayar sucharacter indelebilisjesuítico, con «un catolicismo negativo que sólo conoce el infierno» y con un personaje —Stephen— que piensa según el método escolástico; en 1929 añadía fecundadas perspectivas formales sobreUlises:

Debemos leerUlisescomo una partitura musical, y así podría imprimirse. Para entender realmenteUlisestendríamos que tener conciencia de todas las frases de la obra.

La lectura «en clave» deUlises, siguiendo a Larbaud y a Eliot, sirvió para crear un clima de expectación en torno a la que hasta su publicación en 1939 se conoció comoObra en marcha(desde entonces, Finnegan’s Wake), reforzando así su vigencia canónica. Sin embargo, los joyceanos de la primera hora no se dejaron subyugar por esa hermenéutica: Ezra Pound, en mayo de 1933 (English Journal), decía, pensando en quien leyeraUlises«como un libro y no como un diseño o como una demostración o un poco de arqueología»: «Los paralelos con laOdiseason mera mecánica; cualquier idiota puede volver atrás a rastrearlos».

Y propugnaba, incluso, verUlises, con la perspectiva de los años, como testimonio de una época histórica:

… un resumen de la Europa de pre-guerra, la negrura y el enredo y la confusión de una «civilización» movida por fuerzas disfrazadas y una prensa comprada, el deslavazamiento general… Bloom es, en mucho, ese enredo.

Para Pound,Dublineses, elRetratoyUlisesformaban un ciclo unitario, que quien no fuera tonto debía leer por gusto, y quien no lo leyera, no debería ser autorizado a enseñar literatura. En cambio laObra en progresole parecía muy poca cosa, no sólo por su exceso de chistes: «no veo en ella ni una comprensión ni una gran preocupación por el presente».

Por entonces, Joyce estaba ya demasiado absorbido en su nueva obra para seguir ocupándose deUlises—alguna vez dijo: «Tengo que convencerme a mí mismo de que he escrito ese libro». Le seguía divirtiendo la idea de tener intrigados a los lectores con claves («he escritoUlises», dijo en una entrevista, «para tener ocupados a los críticos durante 300 años»), como parte de su pretensión de una atención total, según dijo a Max Eastman: «Lo que yo pido a mi lector es que dedique su vida entera a leer mis obras».


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Pero en algún momento de lucidez profesional, entrevió el daño que podía haber hecho aUlisescon las mal escondidas claves de interpretación odiseica: su discípulo predilecto, Samuel Beckett (en texto no publicado hasta 1954), cuenta que una vez Joyce le confió: «Quizá he sistematizado demasiadoUlises».

Y, por otra parte, aunque los críticos más o menos académicos se entregaran a la lectura en clave, no hay que perder de vista que los escritores mismos conservaban otro modo más integral de leerUlises. Vale la pena citar un agudo texto de un novelista bien poco joyceano, Orwell (Inside the Whale):

Lo verdaderamente notable deUlises… es lo corriente de su material. Claro que enUliseshay mucho más que esto, porque Joyce es una especie de poeta y también un pedante elefantino, pero su auténtico logro ha sido poner en el papel lo conocido. Se atrevió —pues es asunto de atrevimiento tanto como de técnica— a poner al descubierto las imbecilidades de la mente interior, y al hacerlo así descubrió una América que todo el mundo tenía delante de sus narices. Ahí hay todo un mundo de materia que uno creía incomunicable por naturaleza, y alguien se las ha arreglado para comunicarla. El efecto es disolver, al menos momentáneamente, la soledad en que vive el ser humano. Cuando se leen ciertos pasajes deUlises, uno nota que la mente de Joyce y la de uno mismo están identificadas, que él lo sabe todo sobre uno, aunque jamás haya oído nuestro nombre, que existe algún mundo fuera del tiempo y del espacio donde estamos juntos con él.

¿Cuál es, o puede ser, hoy y en el mañana inmediato, el modo dominante de leerUlises? Al menos en el mundo de nuestra lengua, no es necesario meterse a profetas para sugerir algo: ya tenemos notorios ejemplos de celebradas novelas hispánicas surgidas en la estela deUlises—así, aunque parcialmente,Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, o, con mayor riqueza y altura, el mexicanoJosé Trigo, de Fernando del Paso, especie deUlisesen negativo, en búsqueda de un personaje alusivo. Parece evidente que, como ocurrió para los críticos anteriores o al margen de T. S. Eliot, el interés por lo técnico —esa veintena de voces, estilos y puntos de vista— no tiene por qué quedar en divergencia con el interés por el valor moral y humano deUlises, documento exhaustivo de la vida de un «hombre de la calle» —y «de su casa»—. Como señala Harry Levin, en el caso deUlisesno existe el tradicional dilema entre la literatura comotranche de viey la literatura comoart pour l’art.

Y aún nos atreveríamos a añadir —y ya no pensando sólo en el ámbito de nuestra lengua—, que siUlises, a más de medio siglo de aparecer, queda sólidamente como el hecho central de la narrativa de nuestro mundo contemporáneo, es porque en él se expresa claramente la gran toma de conciencia de nuestro siglo, en cuanto a la mente misma: que el hombre es, para empezar y siempre, el ser que habla, y que su mundo, su vida y su pensamiento sólo alcanzan realidad y sentido humano en cuanto que encuentran cuerpo de palabra.

Desde que existe reflexión abstracta en el mundo, el desarrollo intelectual de la humanidad se ha basado en el supuesto implícito de que el pensamiento estaría por encima y aparte de la palabra —de ahí el carácter incorregiblemente «infantil» y «primitivo» atribuido a la literatura. Pero en nuestra época se está disipando tal ilusión, con el reconocimiento de que no hay pensamiento si no va humildemente encarnado en material articulable. Y tal toma de conciencia constituye una revolución total, formalmente previa a todos los demás aspectos de la revolución mental de nuestro siglo —tales como, quizá, la conciencia, en lo mental y lo material, de las alienaciones económicas y sociales; o la conciencia del carácter inimaginable e inefable de la ciencia física, etc.Ulisespodría ser la más alta expresión creativa de ese nuevo —y prístino— modo de la conciencia humana: quizá cabría decir que su verdadero protagonista no es el señor Bloom, sino el lenguaje, esa extraña manera de ser que nos hace únicos entre y ante el mundo, esa espontaneidad creativa, incontenible y —cuando no queremos usarla para algo concreto— a la deriva, en marcha siempre sin vacíos —aunque sea saltando «de tontería en tontería, como el pájaro de rama en rama», para aplicar la expresión machadiana—, ese modo de existir necesitado de hablar, aunque sea en soliloquio.

Cierto que la autoconciencia lingüística —sin la cual no hay poesía— lleva consigo el peligro de un excesivo saboreo de los juegos de palabras, de los chistes incluso sólo fonéticos —peligro que Joyce parece heredar de su gran maestro Shakespeare, capaz de echar a perder una buena escena por un juego sucio de palabras.

Pero así es comoUlises—monumento de humor, como elQuijote, es decir, de distanciamiento, de toma de perspectiva más amplia, de ironía crítica y sin moralejas ante el hombre en general—, trasciende lo que a primera vista pudiera parecer pesimismo o suciedad en la presentación de la vida. Acaba el libro, y damos por supuesto que la vida —y las conversaciones y los soliloquios de los señores Bloom, de Stephen, y de los demás— van a seguir poco más o menos igual: si, por un lado, nos humilla reconocer que hay tanto nuestro en ellos, por otro lado, tampoco son mala gente, y, en definitiva, ¿qué sentido tendría juzgarles (y juzgarnos)? Vivir es ir hablando, y el hablar nos sitúa más allá de nuestro propio juicio, de nuestra individualidad: en un ámbito de impersonalidad, en esa última universalidad —nuestra y ya no nuestra— que ninguna filosofía puede justificar, pero cuya maravillada conciencia —para todos— está en la palabra poética —como lo es la deUlises—, por ser la palabra más universal.

El impacto más hondo y duradero de la lectura deUlises, pues, quizá sea hacer que nos demos cuenta de que nuestra vida mental es, básicamente, un fluir de palabras, que a veces nos ruborizaría que quedara al descubierto, no tanto porque tenga algo que «no se deba decir», cuanto porque, si se lo deja solo, marcha tontamente a la deriva, en infantil automatismo, en «juego de palabras». Seguramente nos humilla reconocernos como «el animal de lenguaje» —la expresión es de George Steiner—; una toma de conciencia que puede incluso cohibirnos en nuestra relación con nosotros mismos si no tenemos la modestia necesaria para reírnos un poco de nuestro propio ser. Pero ahí radica precisamente el valor deUlises.

NOTA DEL TRADUCTOR 1988

En esta nueva edición he podido retocar mi traducción, en dos sentidos: ante todo, he corregido algún error tipográfico y he modificado alguna palabra o frase en forma que ahora me ha parecido más feliz. Además, he tenido en cuenta las variantes del texto crítico (1984) de la editorial Garland. Este texto, que en el prólogo de nuestra primera edición preveíamos que estaría listo antes de 1980, es debido a Hans Walter Gabler, de la Universidad de Munich, quien, con la ayuda de WoIfhard Steppe y Claus Melchior, y de un ordenador, ha cumplido su larga tarea en la norteamericana Universidad de Virginia. En efecto, el Departamento de Inglés de esa universidad, diseñada por Jefferson, ha adquirido especial fama en la ciencia del tratamiento de los textos, bajo el magisterio, entre otros, de Fredson Bowers, y con el flanqueo de la sofisticada revistaNew Literary History, creada por Ralph Cohen. El criterio de Gabler, según él mismo, ha sido reconstruir mentalmente el proceso creativo del propio Joyce para lograr el texto ideal. Con todo, las novedades de este texto no son muchas, sobre todo para mi traducción: su mayor número lo forman las cuestiones de puntuación, que en gran parte ya había yo corregido por mi cuenta y que en otra parte no hay por qué corregir, dado el diferente sistema gráfico de cada lengua. Luego hay 110 pocos detalles que ya estaban resueltos por otros investigadores cuando traduje, o que yo mismo enderecé por sentido común. Y quedan, eso sí, unas docenas de frases o trozos de frase que se habían perdido por las buenas en el proceso productivo: Joyce, casi ciego y empedernido modificador de sus borradores y sus galeradas, dejó caer algo a veces, creando puntos oscuros que, por otra parte, no chocaron demasiado en un contexto siempre difícil y a menudo falto de eslabones informativos que vendrían muy bien al lector —algunos, he procurado proporcionarlos en mis resúmenes. Por supuesto, mientras hago esta revisión y mientras escribo estas líneas, ya se publican objeciones y observaciones críticas al texto de Gabler, tan impresionante en sus tres tomos de un nítido papel, cuya duración se garantiza —¿a qué posteridad?— para 250 años.

Esta discusión filológica será el cuento de nunca acabar, dado el carácter ideal —y por tanto, personal— del establecimiento del texto. Yo mismo me he sentido libre para, en algún momento, diferir de él y atender a alguna otra lectura previa.Ulisessigue siendo prácticamente lo que era.

Ofrecemos ahora un breve esquema de cada capítulo, procurando dejar fuera toda interpretación —griega, judía, shakesperiana o teológica— excepto, al final de cada uno, el mero rótulo de la referencia a laOdisea: con ello el lector, si lo desea, puede remitirse al complejo esquema de interpretaciones trazado por Joyce para uso de unos pocos amigos, e incluido como Apéndice al final del volumen.

1 (Telemaquiada)

[1]

Son las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904, en la plataforma superior de una vieja torre redonda de fortificación, en Sandycove, afueras de Dublín; torre habitada por tres jóvenes, Stephen Dedalus —el protagonista delRetrato del artista—, licenciado en «Artes» y profesor privado; Malachi (Buck) Mulligan, estudiante de medicina; y Haines, un estudiante inglés interesado en la temática y la lengua vernácula irlandesas. Al empezar, Buck Mulligan sale a la redonda cubierta de la torre y empieza a afeitarse, ceremonia que convierte en una parodia de la misa, pensando escandalizar a Stephen. Pero éste se ha rezagado en salir, y Mulligan le llama para que acabe de subir y vea su «afeitado-misa», que deja impasible a Stephen, por más que Buck le acuse de jesuítico. Conversando, se quejan de su huésped inglés, dado a las pesadillas; saltando de un tema a otro —«el mar», sobre todo—. Mulligan recuerda a Stephen que se negó a cumplir el ruego de su madre agonizante cuando ésta le pedía que se arrodillara a rezar. En la conversación, tan pedante como ingeniosa, se menciona que Stephen espera cobrar esa mañana su paga quincenal, por lo que surge el plan de reunirse a mediodía en un bar. Bajados al espacio que les sirve de cuarto general y cocina, preparan el desayuno: Mulligan fríe una tortilla, que distribuye también con parodias de liturgia. Llega, impacientemente esperada, una vieja que les trae la leche y —todo esto a lo largo de un continuo juego de ingenio en chistes culturales, introduciendo especialmente el tema «Hamlet» («hijo-padre»), luego frecuente en el libro— los tres se marchan —Stephen llevando la gran llave de la torre, así como su bastón de fresno. Las brillantes y burlescas discusiones —en medio de las cuales Mulligan canta suBalada del Jovial Jesús— acaban cuando llegan a una ensenada, donde Mulligan, y Haines van a nadar: Stephen sigue hacia su escuela, aunque el motivo alegado para no nadar con ellos sea su aversión natural al agua. (Hay otros bañistas: así, un joven que alude a una muchachita que trabaja en fotografías —la hija de Bloom, sabremos luego.) Stephen se aleja pensando que, dada la actitud molesta de Mulligan, más le valdría abandonar la torre a ese «usurpador».

TÉCNICA:Presentación objetiva, dramática, alternada con vetas de palabra interior en la mente de Stephen.

REFERENCIA HOMÉRICA:Telémaco (hijo de Ulises).

[2]

De 9 a 10 Stephen, de muy mala gana, está dando clase de historia, y luego de literatura, en un colegio de muchachos ricos, situado no lejos de la torre. A las 10, por ser jueves, se suspenden las clases para jugar al hockey, pero Stephen se queda prestando ayuda a un muchachito torpe en matemáticas. Después, va al despacho del director, el señor Deasy, anciano reaccionario y antisemita, que le abona sus honorarios entre grandes discursos, invitándole a ahorrar. Además, sabiendo que Stephen tiene vinculaciones literarias, le entrega una carta para que la haga publicar en la prensa, a propósito de la epidemia de glosopeda (en inglés,foot and mouth, «pata y boca», conviene señalar a efectos de posteriores juegos verbales).

TÉCNICA:Como en el capítulo anterior.

REFERENCIA HOMÉRICA:Néstor (el sabio anciano a quien visitó Telémaco, recibiendo consejo).

[3]

De 10 a 11. Desde el colegio, Stephen va andando hacia Dublín por la playa de Sandycove. Al empezar el capítulo, camina con los ojos cerrados, reflexionando de modo más poético que filosófico, sobre la «ineluctable modalidad de lo visible»: a la deriva en el lenguaje, su teorización se ilustra con imágenes, a veces cómicas, de la historia cultural y religiosa, recibidas en una educación jesuítica de la que, sin embargo, se ha distanciado irónicamente. Al abrir los ojos, observa dos comadronas que van a pasear por la playa, y hace comentarios interiores sobre nacimiento, Eva, creación divina. Por un momento considera si será cosa de visitar a su tía Sara, cuya casa le queda entonces a mano, con lo que desfilan por su mente estampas de aquella rama de su familia. La deriva de su lenguaje interior le distrae de esa misma idea, haciéndole pensar en su abandonada posibilidad de haber sido sacerdote y aun santo («Primo Stephen, nunca serás santo», refleja el «Primo Swift, nunca serás poeta» de Dryden). Sin dejar de andar, cuando vuelve a pensar en la posible visita a su tía, encuentra que ya se ha alejado demasiado de su casa, por lo que decide desviar su camino hacia la Pigeon House (La Pichonera), que lleva a su mente un irreverente chiste francés sobre el Espíritu Santo. De ahí, pasa a recordar su época en París. Acercado a la orilla, vuelve a ver su torre y piensa que no ha de volver a ella. Sentado en una piedra, observa en torno: un cadáver de perro, un perro que se acerca, una pareja en busca de berberechos —la mujer, sucia y agitanada, le provoca burlescas reflexiones eróticas—. El pensar en la marea y la luna le hace entrar en trance rítmico y desea escribir versos: falto de mejor papel, arranca el final de la carta del señor Deasy, y se entrega a su trance lírico en desbordada inundación de imágenes sonoras y ópticas, centradas en el mar. Sin pañuelo, que dio a Mulligan para que limpiara su navaja de afeitar, deja en las rocas el producto de hurgarse la nariz. Luego siente que detrás de él puede haber alguien: se vuelve, y sólo ve un velero de tres palos —tres cruces— llegando al puerto.


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TÉCNICA:Palabra interior, como totalidad mental en contenido y duración (el tiempo transcurrido viene a ser el que se tarda en leer en voz alta el capítulo).

REFERENCIA HOMÉRICA:Proteo (el ser cambiante de forma —como el mar, y, también, como la mente de Stephen— cuya captura cuenta Menelao a Telémaco).

2 (Odisea, en cuanto Uliseida)

[4]

Otra vez de las 8 a las 9 de la mañana del mismo día. El señor Leopold Bloom está en la cocina de su casa. El señor Bloom, como iremos sabiendo luego, es hijo de un judío húngaro, Rudolf Virag, que, llegado a Irlanda, adaptó su apellido —bloomes la traducción del húngarovirag«flor», «floración»— y se hizo protestante, y luego católico con vistas a su matrimonio, del que nació Leopold en 1866. El abuelo, Lipoti Virag, fue pionero de la fotografía —saldrá en [15]. Rudolph Bloom se dedicó a diversos negocios, así la venta de bisutería, en que Leopold le ayudó eficazmente; una dudosa lotería con privilegio real húngaro, que estuvo a punto de llevarle a la cárcel; un hotel, cuya quiebra le condujo al suicidio… Leopold Bloom, por su parte, después de variados empleos —corredor de papelería, empleado de un tratante de ganados, etc.— trabaja, aunque no mucho, como agente de publicidad para el diarioFreeman. Está casado con Marion (Molly) Bloom, nacida en Gibraltar en 1870, del comandante Brian Tweedy, ascendido desde soldado raso por méritos en la guerra de Crimea, y de una no bien identificada española, Lunita Laredo, judía o de aspecto judío, y al parecer fallecida muy pronto. Molly Bloom, cantante profesional, limita ahora su actividad a ocasionales actuaciones: en ese momento está en proyecto una gira de conciertos por provincias, organizada por el promotor Hugh (Blazes) Boylan —su amante, pero no el único en haber disfrutado de sus favores.Blazeses, a la vez, «fulgores», «chispazos», «llamaradas» y «manchas blancas en la frente de algunos caballos».

El señor Bloom, a las 8, está totalmente vestido (de negro, para asistir luego a un entierro) y se encuentra en la cocina de su domicilio, Eccles 7, Dublín (casa que existe, o existió realmente: en ella vivió un amigo de Joyce). (Por cierto, la disposición interna de esas casas de clase media dublinesa resulta un tanto extraña para nosotros: aparte de un tercer piso, visible en las fotografías, pero que no se menciona en la novela, está el piso de arriba, con el cuarto de estar y la alcoba principal, más algún otro cuarto, y el piso de abajo, con la cocina y alguna otra pieza —como, el cuarto de la criada, cuando la hay. La escalera, entre estos dos pisos, tiene dos tramos: en el descansillo donde cambia la dirección hay un cuartito trastero —en casa de los Bloom, dedicado awater-closet, aunque el señor Bloom prefiere usar otro retrete situado en una caseta al fondo del jardincillo trasero, al que se sale por la parte de la cocina. El piso bajo queda en situación de semisótano respecto a la calle: delante hay una franja de terreno más bajo, separado de la calle por una verja.)

El señor Bloom, acompañado por su gata, ha encendido el fogón para preparar el desayuno —también para su esposa, a quien se lo llevará en una bandeja a la cama, una vieja cama traída de Gibraltar, con arandelas de latón sueltas, cuyo tintineo resonará por todo el libro mezclándose con el del calesín de Blazes Boylan. Mientras se calienta el agua, Bloom se inclina a seguir su afición a reforzar el desayuno con algún despojo, y sale a comprar un riñón de cerdo: al tomar el sombrero, comprueba llevar dentro, escondida, la tarjeta con que, bajo nombre falso, sostiene correspondencia sentimental con una desconocida. También comprueba llevar su talismán: una patata, ya arrugada, que heredó de su madre. Le falta, en cambio, el llavín, dejado en otro traje: arrimando la puerta para que parezca cerrada, sale a su compra. En la calle, su pensamiento va a la deriva, arrastrado por todo lo que ve: así, un anuncio de plantaciones en Palestina —Agendath Netaim. Pero le interesan más las sólidas ancas de la criada de al lado, que también está en la salchichería. Al volver a casa, encuentra el correo: para él, una carta de su hija Milly —quince años, empleada con un fotógrafo en un pueblo cercano—; para Molly, una postal de Milly y una carta que luego sabrá Bloom que es de Boylan, anunciando su visita esa tarde para llevar a Molly el programa del concierto proyectado (y seguramente para algo más, como intuye dolorosamente Bloom, muy al tanto de las exuberancias de su esposa). Bloom pone a asar el riñón y lleva el té a Molly, quien le pregunta el significado de una palabra que ha encontrado en un libro (metempsicosis), y que, en su versión malentendida, se convierte en insistenteleitmotivverbal en el libro. Bloom comenta con Molly ciertos libros, de barata indecencia, que suele darle a leer, mientras mira la oleografía sobre la cama,El baño de la ninfa. Un olor a quemado le hace volver a la cocina para salvar el riñón y comérselo, mientras lee la carta de su hija, que desata en su mente amplias asociaciones de ideas y palabras. Luego toma un número atrasado de una revista y se dirige al retrete del jardín, donde hace de vientre mientras lee un cuento premiado,El golpe maestro de Matcham, con una «risueña brujita» que será otroleitmotivdel libro. Tras usar el cuento para limpiarse, Bloom se arregla y sale a la calle, pensando en el entierro, presagiado por las campanas de una iglesia cercana: ¡Ay-oh!

TÉCNICA:Presentación objetiva alternada con la palabra interior en la mente de Leopold Bloom.

REFERENCIA HOMÉRICA:Calypso (la ninfa que retuvo siete años a Ulises, hasta que Mercurio incitó a éste a seguir su viaje de regreso a Ítaca. Como se ve, la referencia es apenas un lejano chiste).

[5]

De 9 a 10 de la mañana. El señor Bloom sale flaneando por las calles, periódico en mano, con tiempo de sobra por delante —no va a hacer nada especial hasta el entierro, que es a las 11. El día es soleado y moderadamente caluroso: el té en un escaparate le hace pensar en la indolencia de la vida tropical, imagen que se disuelve en la corriente de otras que se van presentando en su paseo. En la lista de correos de una estafeta, con su tarjeta seudónima Henry Flower (Flower/Bloom), recoge una carta de una que firma Martha, con la que ha entablado un carteo mediante un anuncio en el periódico, escarceo platónico que no desea llevar más allá. Con la carta en el bolsillo, y notando con los dedos que lleva algo sujeto al papel —será una flor prendida con un alfiler— sale a la calle y encuentra a un amigo charlatán, a quien ha de explicar que va de luto para el entierro de un común amigo, Dignam, mientras intenta observar a una atractiva señora a lo lejos: un inoportuno tranvía le priva de un atisbo de sus pantorrillas. Liberado de su amigo, que en vano intenta hacerse prestar una maleta con pretexto de una gira de conciertos de su mujer —igual que la de Bloom—, y después de haber observado en el periódico un anuncio de carne en conserva que se haráleitmotiven el resto del libro, Bloom sigue andando. Los carteles de unHamletle llevan a pensar en su padre, suicida, entre otras muchas imágenes. Al fin, en una calle solitaria, abre la carta, con su flor: Martha desea conocerle en persona —hay un error mecanográfico que se haráleitmotiv: «no me gusta el otro mundo»,worlden vez deword«palabra». Roto el sobre —con reflexiones sobre cheques rotos y ganancias de cerveceros— el señor Bloom se siente atraído por el fresquito que emana de una iglesia católica, donde entra: están dando la comunión. La mente de Bloom revolotea sobre la ceremonia, a la vez como experto en el lenguaje de la liturgia y la teología —por ser antiguo alumno de colegio religioso— y fríamente remoto en cuanto al sentido de lo que ve. En todo caso, la eficacia de la organización eclesiástica le admira, como agente de publicidad. Piensa en el organista y en las actuaciones de su mujer Molly cantando en la iglesia: recuerda entonces que ella le ha encargado una loción. Por haber olvidado la receta, Bloom hace que el farmacéutico la encuentre en sus libros, y, al dejarla encargada, compra un jabón de limón con ánimo de ir a un establecimiento de baños. De camino a éste, encuentra a su amigo Bantam Lyons, que le pide prestado el periódico para ver las perspectivas de las carreras de caballos de esa tarde. Bloom se lo da, repitiendo que iba a tirarlo «por ahí», lo que Lyons entiende como consejo a favor de un caballo llamadoPor Ahí—que, en efecto, ganará inesperadamente, con las apuestas a veinte a uno en su contra. Y Bloom se aleja hacia los baños, episodio —de 10 a 11— que no se cuenta en el libro: posteriormente, a través de los recuerdos de Bloom, se entrevé que releyó la carta de Martha sumergido en el agua del baño y se sintió inclinado a experimentar el onanismo acuático, pero no lo hizo —por fortuna, dirá en [13].

TÉCNICA:Predominantemente, palabra interior.

REFERENCIA HOMÉRICA:muy vaga, los Lotófagos (comedores de la flor del olvido).

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De 11 a 12. Entierro de Paddy Dignam. Bloom entra en un coche —de caballos, claro, estamos en 1904— con Simon Dedalus, padre de Stephen, y otros dos caballeros, Jack Power y Martin Cunningham, los que le tratarán con sutil distanciamiento, como judío que es —su matrimonio con la famosa y admirada Molly tampoco le prestigia mucho. Bloom va reflexionando pasivamente sobre la mortalidad humana y sobre lo que ve desde el coche —señala al señor Dedalus el paso de su hijo Stephen, que le hace sentir la falta de su propio hijito Rudy, muerto aún de pocos días. Los ocupantes del coche conversan divagatoriamente. De pronto, Bloom ve pasar al elegante Blazes Boylan: con dolor piensa que esa tarde visitará a su mujer Molly. Sobre ésta, y sus proyectados conciertos, le preguntan cortésmente a Bloom sus acompañantes. Ven luego a cierto prestamista, Reuben J. Dodd, y se cuenta una cómica historia sobre su tacañería: dio dos chelines al que salvó la vida a su hijo. Pero las risas son reprimidas por el recuerdo del difunto. Otras visiones distraen a Bloom: así, un ganado para exportar, que le sugiere la conveniencia de una línea tranviaria al puerto —y quizá, tranvías para entierros. Piensa también si hacer un viaje a ver a su hija —pero no sin avisar. Se habla también del lugar de un famoso crimen. Al fin, llegan al cementerio: a través de la mente de Bloom se siguen todos los detalles, mezclados con los comentarios de los demás. Se habla de la apurada situación de la familia del difunto, abriéndose una suscripción para la que Bloom entrega cinco chelines, y se entra a la capilla, donde un sacerdote grazna un responso. Se traslada el ataúd a la fosa: Bloom piensa en la muerte física y la putrefacción. Les saluda el gerente del cementerio. Junto a la fosa, un periodista anota los nombres de los presentes, más el de un desconocido que, vestido con unmacintosh, será apuntado como señor MacIntosh —y reaparecerá enigmáticamente por todo el libro—, así como los nombres de algunos ausentes que se suponen presentes. Bloom, durante la inhumación, sigue mezclando graves filosofías con ocurrencias y asociaciones más frívolas, a veces prácticas —posibles invenciones para que nadie sea enterrado vivo. Una vez rellena la fosa, el grupo se aleja, visitando de paso la tumba de Parnell, el gran autonomista irlandés, y comentando las estatuas de otras tumbas: mejor sería —piensa Bloom— conservar discos de gramófono con la voz de los difuntos. Llama su atención una gruesa rata, sin duda alimentada de cadáveres. Y por fin sale del cementerio con alivio —recordando la errata de Martha: «no me gusta el otro mundo». Cortésmente, hace notar al abogado Menton la abolladura de su sombrero: éste, que acaba de caer en la cuenta de quién es él, y de que está casado con Molly, de quien Menton fue apasionado admirador, le da las gracias con elocuente sequedad: Bloom no es uno de ellos. (Por alguna alusión posterior se entiende que Bloom hará luego —entre las 6 y las 8— una visita de pésame a la viuda Dignam: episodio saltado en la narración.)

TÉCNICA:Mezcla de palabra interior y descripción objetiva.

REFERENCIA HOMÉRICA:Hades (el infierno clásico, que Ulises visita).

[7]

De 12 a 1, en el edificio del periódicoFreeman’s Journal and National Press, de su correspondiente semanario, y su asociado vespertinoEvening Telegraph. El relato está cortado por epígrafes que imitan titulares de Prensa (algunos de ellos, al parecer, tomados de números antiguos delFreeman, diario existente en la realidad). En torno al edificio, hay tráfico de tranvías eléctricos y grandes carros —el motor de gasolina es todavía rarísimo. Bloom pide en las oficinas delFreemanel recorte de un anuncio que quiere pasar también alEvening Telegraph. Sube las escaleras el propietario, cuya cara hace pensar a Bloom en el tenor que cantabaM’apparideMartha—luego en [8]— y en Nuestro Salvador. Bloom habla con el administrador Nannetti, italiano de origen, concejal de Dublín y diputado en Londres: en medio del estrépito de las máquinas, Nannetti, hombre silencioso, permitirá un entrefilet en el vespertino si se renueva el anuncio en elFreemanpor tres meses. Bloom habla con el dibujo que piensa tomar de un periódico de provincias —en la Biblioteca Nacional—: unas llaves que aludan al apellido del comerciante anunciado. Bloom, entre el tráfago del periódico, va a telefonear al anunciado la propuesta: un impresor, leyendo al revés, le hace recordar a su padre leyendo hebreo. El teléfono —entonces objeto raro— está en el despacho del director, donde Bloom no encuentra a éste, sino al «profesor» MacHugh, a Simon Dedalus —otra vez— y a Ned Lambert, riéndose de un discurso que publica elFreeman. Entra también J. J. O’Molloy, golpeando con la puerta a Bloom, en el escaso espacio: luego, llega el director, Myles Crawford, alcohólico y chillón. Hay entre ellos un clima ruidoso y confianzudo, a que es ajeno Bloom, el cual pide permiso para telefonear desde el despacho interior. Llegan las pruebas del extraordinario deportivo, donde se habla de la inminente Copa de Oro, de caballos —favorito,Cetro. Bloom sale para ir en busca de su anunciado, que ha sabido que está en una sala de subastas. Por la ventana, el grupo le mira alejarse por la calle, comentando cómo los golfillos vendedores del periódico remedan sus andares. El señor Dedalus y Lambert se marchan a tomar un trago. Sigue la conversación, lamentando la sumisión de Irlanda a ese imperio romano que es Inglaterra. Entran Stephen Dedalus, que entrega al director la carta de Deasy sobre la glosopeda —le acompaña el «señor» O’Madden Burke. Sigue la charla, sobre temas clásicos en paralelo con Irlanda, y en divagación sobre otros temas: Lenehan consigue hacer oír un pésimo chiste, tras mucho insistir: ¿Qué ópera se parece a una línea férrea?The Rose of Castille(rows of cast steel, «hileras de acero fundido»): eso se convertirá enleitmotivverbal —intraducible— a lo largo del libro. Sigue la conversación: Crawford invita al joven Stephen a escribir en el periódico; luego recuerda un ingenioso recurso con que se envió por telégrafo el plano de un crimen, en lo que le interrumpe, para su irritación, una llamada de Bloom, el cual no tendrá más remedio que volver en persona para hacerse oír. Así lo hará: mientras tanto, hay una larguísima divagación en que se compara el destino de Irlanda con el de la raza judía, etc. Al fin, Stephen propone ir a tomar un trago —no ha ido a la cita con Mulligan, a las doce y media—, y empieza a contar una larga historia sobre dos solteronas que subieron a la columna de Nelson, en Dublín. En el momento menos oportuno, reaparece Bloom con la contrapropuesta de su comerciante: dos meses de renovación si hay entrefilet en el vespertino. El director dice a Bloom que diga a su comerciante que «le bese su real culo irlandés», y con ello se marchan todos, consiguiendo así Stephen llegar al final de su cuento —que, a pesar del retintín de escabrosidad, resulta tener muy poca gracia.


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TÉCNICA:Anotación objetiva, con reproducción de conversaciones. Bloom aparece sólo visto desde fuera, y fugazmente, entre una atmósfera burlona y despectiva.

REFERENCIA HOMÉRICA:Eolo (el dios de los vientos, como posible símbolo de la Prensa: la redacción del diario sería la cueva donde el dios tenía amarrados a los vientos).

[8]

De 1 a 2. Bloom se dirige a almorzar, cambia de idea y se limita a un breve tentempié. La sucesión de temas en la mente de Bloom —a remolque de lo que ve— es tan rápidamente cambiante, que daremos apenas unas claves de identificación: Se venden dulces: proveedor de Su Majestad: un prospecto que tirar «por ahí» de un predicador americano [14], «¡Elías viene!»: buena publicidad: la religión. Ve a la hermana de Stephen Dedalus: son quince hijos: la anticoncepción. Cruza el puente O’Connell: ahogarse: el hijo del prestamista salvado en [6]. Bloom hace un barquito con el prospecto: al agua: gaviotas famélicas: compra algo que darles de comer. Barca en el agua con anuncio: anuncios ilegales: médicos de venéreas anunciados en urinarios. ¿Y si él (Boylan) tuviera…? «Mejor no pensar». Oficina marítima: el reloj. Astronomía, ¿qué esparalaje?Metempsicosis: Molly no entendía. Ingenio de Molly: lista de sus admiradores. Hombres-sandwich anunciando «Hely’s». A Bloom le costaba cobrar, trabajando con Hely: así, en los conventos. ¿Fecha? Cuando se casó con Molly. Luego, 1894, murió Rudy: desde entonces Molly no quiere relación sexual con Bloom. Ese año, fiesta con el alcalde: gran éxito de Molly. Pasa un tipo de nombre no recordado. Nombre de un admirador de Molly: el tenor Bartell d’Arcy. Encuentra a la señora Breen (Josie Powell), viejo amor de Bloom: su marido está chiflado. Pregunta por la señora Beaufoy (en realidad, Purefoy) que lleva tres días con dolores de parto en el hospital (a donde irá Bloom en [14]). Un lunático les hace apartarse: la señora Breen cuenta sobre su marido lunático.Irish Times: anuncio por el que le escribe Martha —Bloom rechazó otra corresponsal, demasiado literaria. Éxitos delIrish Times: sus crónicas de cacerías. Bloom admira a las amazonas, a las mujeres enérgicas —una sudamericana, Mirim Dandrade, que conoció. La señora Purefoy: marido metodista, dolores de parto. Un sistema de seguros nacionales para ingresos mínimos. Vuelan palomas, bien alimentadas; bien alimentados guardias salen de comer; entran otros. Estatua sobre urinario. Guardias; recuerdos de choques con estudiantes. Se nubla el sol: «el sol de la autonomía irlandesa»: Bloom deprimido: irrealidad del mundo. Reaparece el sol: ve al hermano de Parnell. Pasa el poeta A. E. (George Moore) con una literata desastrada. Escaparate de óptica: gemelos: ¿qué esparalaje? ¿Preguntarle al profesor Joly? Luna llena hace quince días: él, Molly y Boylan paseaban —estos dos, cantando un dúo de amor, sus manos tocándose. Ve a Bob Doran: viejos tiempos mejores: cuando él tenía 28 años y ella 23: muerte de Rudy, ya no más relación sexual. Calle Grafton: comprar: ¿un acerico para Molly?: ropa interior, joyería, frutas, plantaciones en Palestina [4]; deseo voluptuoso de erotismo; hambre: almorzar; ir al restaurante Burton. Repelente aspecto de los hombres comiendo en el Burton. Mejor un tentempié en Byrne (en el futuro, socialización del acto de comer): vegetarianismo y sus ventajas. Entra en Byrne: está Nosey Flynn, bebedor, siempre sorbiéndose la moquilla. Pide borgoña y emparedado de gorgonzola (reflexiones sobre el alimento). Nosey pregunta por la señora Bloom: los conciertos, ¿los organiza Boylan? Boylan, promotor de boxeo.Cetrofavorito: otros recuerdos: reflexiones sobre alimentación: banquetes, hoteles elegantes, señoras escotadas. Molly, cuando se le entregó en el monte Howth: contraste con ahora. Buen tipo: «música helada de la escultura»: las diosas del museo, ¿tienen agujero posterior? Bloom va a orinar. Davy Byrne pregunta a Nosey sobre Bloom: es masón. Entran Paddy Leonard, Bantam Lyons y Tom Rochford, pidiendo de beber. Sale Bloom y se marcha por la calle. Ve un perro vomitando. Cenar:Don Giovanni. Perspectivas de cobrar los anuncios: comprar enaguas para Molly. Un muchacho ciego por la calle: injusticia cósmica: Justicia: pasa el juez Falkiner. Anuncio de la tómbola Myrus. Pasa «alguien» (Boylan). Bloom se refugia en el museo: nota que lleva en el bolsillo el jabón junto a la patata-talismán.

TÉCNICA:Palabra interior, en la mente de Bloom, excepto en el intervalo en que éste se retira a orinar, en la taberna de Byrne.

REFERENCIA HOMÉRICA:Los Lestrigones (unos caníbales, por los clientes del restaurante Burton).

[9]

De 2 a 3. En el despacho del director de la Biblioteca Nacional, Dublín. Stephen, sin almorzar, pero con unos tragos en el cuerpo, expone sus teorías sobre Shakespeare ante un grupo: Bloom sólo aparece un par de momentos, muy en segundo término. (El lector hispano no especialmente interesado en Shakespeare tal vez prefiera saltar este capítulo, que le resultará un tanto oscuro, si bien con ello perderá parte de losleitmotiv—sobre todo, el «padre-hijo», enHamlet, y el tema de los cuernos conyugales. Es de notar que las teorías en que Stephen dice no creer, a pesar de exponerlas brillantemente, eran tomadas bastante en serio por el propio Joyce y empiezan a serlo por algunos especialistas en Shakespeare.) Están presentes el poeta A. E. (George Moore) —personaje real, según ya se dijo—, John Eglinton, Lyster —bibliotecario cuáquero—, y luego, el bibliotecario Best —cuyo apellido, «mejor», sirve para juegos de palabras con el testamento en que Shakespeare legó a su mujer susecond-best bedsu «segunda cama»: más tarde, aparece Buck Mulligan, a quien Stephen ha enviado un telegrama en vez de acudir a la cita con él en un bar. Sin detallar las entradas y salidas, ni las fases de discusión, resumimos las hipótesis de Stephen: Shakespeare no debe identificarse tanto con Hamlet cuanto con el espectro del padre de Hamlet: para él, Hamlet vino a ser una versión literaria de su hijito Hamnet —muerto prematuramente, como el de Rudy de Bloom—. La adúltera madre de Hamlet, Ann, tendría algo de Ann Hathaway, la mujer de Shakespeare, de más edad que éste, y que probablemente le sedujo —el poemaVenus y Adonislo expresaría: luego, ausente el poeta en Londres, Ann le habría sido infiel con los hermanos del poeta, Gilbert, Richard y Edward (Richard tendría reflejo en Ricardo III; Edward en el hijo traidor del rey Lear).El rey LearyLa tempestadexpresarían la reconciliación final entre los cónyuges, gracias a una nieta: sin embargo, el poeta no había olvidado sus agravios, y en el testamento legó a su mujer, no su mejor cama, sino su «segunda cama». Todo esto, en la exposición de Stephen, se apoya en doctrinas estéticas tomadas de Santo Tomás de Aquino —como en elRetrato del artista—, y se combina con consideraciones teológicas —ortodoxas o no— sobre el Padre y el Hijo en la Trinidad cristiana. Mulligan, que ha recibido un telegrama de Stephen con una cita de Meredith —en vez de su presencia en la cita—, llega dispuesto a burlarse de sus teorías, y compone un esbozo de parodia de «moralidad» dramática —la forma del teatro antiguo inglés—, como «inmoralidad». Los bibliotecarios y literatos presentes discuten seriamente las opiniones de Stephen —a quien, sin embargo, A. E. no invita a una posterior reunión literaria. Finalmente, Stephen se declara escéptico ante sus propias teorías, aunque dispuesto a que alguien las publique en forma de interviú, si le paga una guinea. Al marcharse, encuentran a Bloom —que apareció antes, fugazmente, pidiendo un periódico para copiar su anuncio—: es «el Judío Errante», según Mulligan. Una cita final deCimbelinoexpresa sardónicamente una voluntad de aceptación de la realidad.

TÉCNICA:Más dramática que narrativa, con predominio del diálogo, pero también con vetas de palabra interior en la mente de Stephen.

REFERENCIA HOMÉRICA:Escila y Caribdis: el dilema entre dos peligros: el remolino que se traga los barcos y el monstruo que se traga a los navegantes —no vemos muy claro por qué. Según Frank Budgen, la filosofía platónica —la de los oponentes de Stephen— y la aristotélica —la del propio Stephen— son «los monstruos que acechan al pensador en los estrechos» [?].

[10]

De 3 a 4. Este capítulo consiste en 19 descripciones de personajes moviéndose a través de Dublín, a lo largo de itinerarios que a veces se cruzan unos con otros.

1. El Padre Conmee —figura real, como se dijo, rector del colegio Belvedere, donde hizo becario a Joyce—, descrito mediante su palabra interior, con mente benévola, devota y bien ordenada, se dirige a pedir asilo para uno de los huérfanos de Dignam, a cuyo entierro asistió antes Bloom. Va observando personas y edificios: ya en el campo, ve —y bendice— a una pareja de enamorados —luego se identifica al muchacho como Lynch.

2. Corny Kelleher, el funerario del entierro de Dignam, está en su establecimiento. Un brazo (de Molly Bloom) asoma por una ventana para echar una limosna a un inválido.

3. El inválido avanza sobre sus muletas, cruzándose con otros personajes.

4. Dos hermanas de Stephen llegan a casa: otra hermana está hirviendo unas camisas —para lavarlas— y tiene poco que darles de cenar: una de ellas alude a su padre, bebedor y arruinado. (El prospecto que Bloom tiró «por ahí», en forma de barco, navega bajo un puente.)

5. Blazes Boylan envía un cesto de fruta y vino a Molly Bloom, preparando su visita. Bloom, mientras, examina un carrito de libros usados.

6. Stephen habla en italiano con un maestro de música que quiere convencerle de que se haga profesional del canto.

7. La secretaria de Boylan alterna la lectura de una novela con el trabajo: Boylan llama y se entera de que Lenehan quiere verle a las cuatro —hora en que él piensa visitar a Molly Bloom— en el bar del hotel Ormond.

8. Ned Lambert enseña a un clérigo una antigua cámara en la abadía de Santa María. Aparece J. O. Molloy. Instantánea del hermano de Parnell jugando al ajedrez. Instantánea de la pareja sorprendida por el Padre Conmee. Ned y O’Molloy se van, pasando junto a unos caballos.

9. Tom Rochford enseña a unos amigos una máquina que indica qué número está en marcha en sumusic-hall. Pasa Richie Goulding, con la bolsa de documentos de su oficina legal. Se dispersan los amigos de Rochford contando diversas historias. Lenehan cuenta algo picaresco a propósito de Molly Bloom, pero admite que Bloom «tiene un toque de artista».

10. Bloom busca un libro para regalar a Molly: se queda conDulzuras del pecado, del que le atraen unos párrafos de barata obscenidad.

11. El portero de la sala de subastas toca la campanilla. Empieza una carrera de bicicletas. Una hermana de Stephen, Dilly, encuentra a su padre, quien, bebido, se niega a ir con ella a casa, y muy de mala gana le da parte del dinero que le han prestado. Pasa la cabalgata del Virrey.

12. Tom Kernan, viajante de comercio, satisfecho de sus éxitos, repasa su conversación con un amigo. Se cruzan otras figuras, o son observadas —así, el cortejo del Virrey.

13. Stephen observa un escaparate de joyería. Sigue andando y encuentra a su hermana Dilly, sintiendo remordimientos de conciencia de no ayudarla, al notar su desnutrición, su mala ropa y sus pobres ilusiones —lleva un manual para aprender francés.

14. Simon Dedalus encuentra al llamado «Padre» Cowley —no es clérigo—, que se queja de estar amenazado de deshaucio por deudas. Aparece su amigo Ben Dollard, habiéndole obtenido un respiro.

15. Martin Cunningham y Jack Power van hablando, entre otras cosas, de la difícil situación de la familia del fallecido Dignam —aludiendo a la generosidad de Bloom. Pasa la comitiva del Virrey.

16. Buck Mulligan y Haines toman té conscones: aquél dice que Stephen está chiflado. Hay instantáneas de otros elementos anteriores.

17. El maestro de música que hablaba con Stephen va andando: detrás de él, va un chiflado ya visto en [8], quien tropieza con el muchacho ciego a quien ayudó Bloom en [8].

18. Un huérfano de Dignam va a comprar unas salchichas, entreteniéndose en mirar escaparates, sin ganas de volver a su triste casa. Se cruza con un elegante —Boylan—: reflexiones sobre la muerte de su padre.

19. El Virrey —o Lugarteniente General— recorre Dublín en su comitiva, recibiendo las miradas, y a veces los saludos, de casi todos los personajes del capítulo.

TÉCNICA:La lacónica descripción objetiva alterna con trozos de palabra interior —también bastante lacónica— en algunos personajes —Stephen y Bloom, sobre todo.

REFERENCIA HOMÉRICA:Las Rocas Errantes (de que Circe habla a Ulises como peligro en la navegación).

Estructuralmente, pero sólo en tal sentido, este capítulo asume un carácter de síntesis del elenco humano del libro y de la ciudad.

[11]

De 4 a 5. Este capítulo empieza enumerando cincuenta y siete elementos verbales que irán apareciendo a lo largo de él, como los motivos anunciados en la obertura de una ópera —el capítulo es de intención y temática musicales.

En el bar del hotel Ormond hay dos camareras detrás de la barra: Lydia Douce, de pelo de bronce, y Mina Kennedy, de pelo de oro. No hay clientes: ellas miran por la ventana la comitiva del Virrey —y a Bloom que pasa. El camarero del comedor les trae té. Mientras Bloom mira un escaparate con imágenes de la Virgen, ellas se ríen de él. Entra Simon Dedalus, pidiendo whisky: luego Lenehan, que espera a Boylan y trata de coquetear con Mina, absorta en un libro, imitando a un maestro que enseña a leer. Simon nota que han cambiado el piano de sitio: lo ha afinado el muchacho ciego de antes. (Bloom compra papel para escribir a Martha: ve el calesín de Boylan.) Simon Dedalus se sienta al piano. Entra Boylan. Luego entra Bloom, con Richie Goulding, para hacer su retardada comida y observar a Boylan, sonreído por las camareras y ya en retraso para su visita a Molly Bloom. Lydia Douce, rogada, hace chascar una liga en el muslo. Se va Boylan, seguido por Lenehan. Entran «Padre» Cowley y Ben Dollard, que piden a Simon Dedalus que cante. Recordando un concierto, hablan de Molly Bloom, sin advertir a Bloom en el comedor, sumido en errantes pensamientos que se centran en Molly y Boylan. Simon Dedalus cantaM’appari, de la óperaMartha, de Flotow. (Entran el abogado Lidwell, y otros clientes.) Bloom, mientras habla con Goulding, piensa amargamente que Boylan, en su tintineante calesín, ya va a visitar a Molly: con ello se mezclan otras cosas, el aria cantada por Simon Dedalus, deMartha, cuando él iba a escribir a su Martha: en el clímax de la emoción musical los nombres de Simon, el Lionel de la romanza, y Leopold, se funden en «Siopold». (Boylan avanza tintineando hacia su visita.) Bloom se pone a escribir a Martha. (Boylan deja discretamente su calesín y continúa en un coche de alquiler hacia casa de Molly Bloom.) Bloom escribe. Lydia Douce hace oír a Lidwell una caracola que ha traído de sus vacaciones: Bloom recuerda cierta canción sobre bañistas, popularizada por Boylan. «Padre» Cowley toca el minuet deDon Juan—tema de seducción, en la errante mente de Bloom, que juega también con música de cámara (chamber music) y el ruido de Molly en la bacinilla nocturna (chamber pot). (Boylan llama a la puerta de Molly: golpes del bastón del afilador ciego, al caminar.) Ben Dollard cantaEl muchacho rebelde, cuya letra se mezcla con lo que ocurre en torno: el muchacho rebelde había perdido a su padre y sus hermanos luchando por la libertad: «último de su nombre», antes de unirse a los rebeldes de Wexford, se confiesa, pero el confesor resulta ser un militar disfrazado, que le hace ejecutar. Mientras Dollard canta la balada, Bloom paga para irse, pensando en Molly y Boylan —traición, como en la balada—: todos escuchan con placer. Imágenes del cuerpo femenino, perfecto instrumento musical. Mientras todas aplauden el final, Bloom sale a la calle, sintiendo los gases de la sidra que tomó en la comida. Para evitar que le vea una prostituta conocida, mira un escaparate con un retrato de un patriota, mártir de su causa, cuyas palabras finales, impresas en el retrato, tienen como contrapunto la descarga de sus ventosidades.


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TÉCNICA:Palabra interior, en la mente de Bloom, alternada con entrecortadas imágenes objetivas, todo ello en efectos de contrapunto casi musical.

REFERENCIA HOMÉRICA:Las Sirenas (no sólo por el predominio del canto y la música en el capítulo, sino, concretamente, por las dos camareras, bellas mujeres de medio cuerpo arriba —lo que asoma por encima del mostrador del bar—; descuidado y en chancletas el resto).

[12]

De 5 a 6. En este capítulo —sátira del nacionalismo irlandés— la plebeya voz de un Narrador sin nombre alterna con numerosas interpolaciones en parodia de estilos épicos o administrativos, centrándose en la figura del Ciudadano —también sin nombre—, obseso patriota.

El narrador habla con Joe Hynes, cobrador de deudas difíciles.

INTERPOLACIÓN:Un contrato.

Se van a la taberna de Barney Kiernan para informar al Ciudadano sobre una reunión.

INTERPOLACIÓN:El mercado general de Dublín, recibiendo víveres de todo el país.

El Ciudadano, con un perro gruñón, está bebiendo.

INTERPOLACIÓN:Parodia de antiguas epopeyas para describir al Ciudadano como un mítico gigante heroico.

Joe Hynes convida: ha ganado gracias a lo que él creyó sugerencia de Bloom, de que apostara a favor dePor Ahí. Comentarios sobre Bloom: el Ciudadano se irrita porque el periódico, en nacimientos y fallecimientos, tiene demasiados nombres no irlandeses. Aparece Alf Bergan —cuya entrada se describe primero en parodia de epopeya, luego en jerga local—: viene riéndose del chiflado Breen, que acaba de pasar, seguido por su mujer.

INTERPOLACIÓN:Elogio de la cerveza, en parodia de epopeya céltica.

Se habla de que van a ahorcar a un reo, y Alf saca unas cartas de verdugos, pero antes de comentarlas, al oír que ha muerto Dignam, asegura haberle visto hace un momento por la calle.

INTERPOLACIÓN:Comunicación espiritista con los muertos, primero en tono «espiritualista», luego en tono de negocios, y, al fin, en parodia de épica.

Comentarios emocionados sobre la muerte de Dignam. Entra Bloom, preguntando por Martin Cunningham. Joe Hynes lee una carta de verdugo: discusión sobre ahorcamientos, en que Bloom ofrece explicaciones científicas sobre la erección por estrangulamiento.

INTERPOLACIÓN:Parodia de estilo científico.

Se habla de mártires independentistas, y dan unas galletas al perro. Bloom empieza a hablar con el Ciudadano, despectivo hacia él, por judío. El innominado Narrador también desprecia a Bloom, recordando cuando vivía en un hotelucho y trataba de capturar la herencia de una vieja. El Ciudadano brinda por los caídos de la causa irlandesa.

INTERPOLACIÓN:La ejecución de uno de esos mártires, en caricatura hinchada.

Sigue la discusión entre Bloom y el Ciudadano, aquél a favor de una liga de templanza, que disuade de invitar a beber —él no acepta allí de beber, pero sí un cigarro—: el perro apoya a su amo con sus gruñidos.

INTERPOLACIÓN:Transformación del Ciudadano en perro sabio, capaz de componer poesías al modo de los antiguos bardos celtas. Estilo de revista.

Se va Doran; se caricaturiza su ruego a Bloom de que dé su pésame a la viuda Dignam. Beben: Bloom se entera de que Nannetti, con quien debería hablar de su anuncio, se marcha a Londres, al Parlamento.

INTERPOLACIÓN:Grotesco debate parlamentario sobre la glosopeda y los juegos irlandeses.

Joe Hynes elogia al Ciudadano por su contribución a los tradicionales juegos irlandeses: Bloom amonesta sobre los peligros del exceso de ejercicio.

INTERPOLACIÓN:Crónica de un match.

Se habla de la próxima gira de conciertos: elogio de la señora Bloom, en imitación de antigua epopeya. En el mismo estilo, se anuncia la llegada de J. J. O’Molloy y Ned Lambert. Se habla del chiflado Breen y del buen juez Falkiner.

INTERPOLACIÓN:Sobre el juez, en estilo arcaico.

El Ciudadano quiere provocar a Bloom, pero éste no hace caso, ocupado en negocios con Hynes. El Ciudadano menciona adulterios fatales para la historia irlandesa: alguien saca un recorte de prensa sobre un adulterio en Chicago. Entran John Wyse y Lenehan: aquél cuenta un debate municipal sobre el uso de la lengua irlandesa, lo que enfurece al Ciudadano.

INTERPOLACIÓN:Parodia de épica.

Lenehan cuenta que ha perdido su apuesta por el caballoPor Ahí. El Ciudadano sigue en diatribas antiinglesas: John Wyse Nolan asiente, en cuanto a los daños causados a los bosques.

INTERPOLACIÓN:En estilo de crónica de sociedad, una boda con nombres arbóreos.

El Narrador, aparte, hace saber que el Ciudadano sacrificó los intereses de su causa cuando interfirieron con los de su bolsillo. Beben más: leen en el periódico sobre el linchamiento de un negro en Georgia —tema Otello, en Bloom: tema de la crucifixión. El Ciudadano, entre más rondas de bebida, ataca a Bloom, judío poco irlandés, que apela al amor universal: en vista de que Cunningham tarda en llegar, Bloom sale a buscarle en el juzgado.

INTERPOLACIÓN: Graffitien una pared, sobre el amor.

Criticando el colonialismo inglés, se lee una sátira del periódico sobre la visita de un cacique negro. Lenehan dice que Bloom seguramente ha ido a cobrar una apuesta a favor dePor Ahí, fingiendo otra cosa para no convidarles: mayor furia del Ciudadano. El Narrador se retira un rato al urinario: soliloquio. Al volver el Narrador, hablan todos del padre de Bloom y sus estafas. Llegan Martin Cunningham, Jack Power y un protestante orangista.

INTERPOLACIÓN:Parodia de estilo medieval.

Se brinda, pidiendo la bendición de Dios.

INTERPOLACIÓN:Inmensa procesión religiosa.

Vuelve Bloom, todos creen que de cobrar sus ganancias. La hostilidad contra él aumenta: Martin Cunningham y Jack Power se retiran prudentemente con él en un coche de alquiler.

INTERPOLACIÓN:En estilo poético helenizante, el coche es un hermoso bajel.

El Ciudadano les sigue, y, al ver que Bloom se marcha en el coche, le insulta y vuelve a entrar en busca de algo que tirarle.

INTERPOLACIÓN:En estilo periodístico, Bloom se despide de Hungría.

El Ciudadano sale con la caja de galletas, ya vacía, que le tira, sin darle.

INTERPOLACIÓN:Efectos sísmicos de la caja tirada, casi destruyendo la ciudad.

El perro persigue al coche.

INTERPOLACIÓN FINAL:Bloom como Elías, subiendo al cielo en un carro de fuego. Estilo Biblia Inglesa.

TÉCNICA:Se ha ido indicando.

REFERENCIA HOMÉRICA:El Cíclope (el gigante de un solo ojo —así el Ciudadano, obseso, no puede ver los dos lados de las cosas—, quien, en su cueva —la taberna, aquí— quiso aniquilar a Ulises: éste, cegándole, escapó en su nave, sin que le alcanzaran las rocas lanzadas por el gigante).

[13]

De 8 a 9, al anochecer. (Suponemos que, entre las 6 y las 8, Bloom ha ido a dar el pésame a la viuda Dignam: faltan estas horas en el relato.) Este capítulo tiene dos partes: la primera presenta a una muchachita tal como la describiría la barata literatura sentimental a que ella es aficionada —según Joyce, en un estilo «ñoño mermeladoso braguitoso (alto là) con efectos de mariolatría de incienso, masturbación, berberechos estofados, paleta de pintor, cháchara, circunlocuciones…»—; la segunda parte se sitúa en la mente de Bloom. Gerty Mac Dowell está sentada en las rocas junto a la playa de Sandycove, con sus amigas (¡y enemigas!) Cissy Caffrey y Edy Boardman, los dos hermanitos de Cissy —gemelos, de cuatro años—, y un hermanito de Edy, bebé en cochecito. Al fondo, se ve el monte Howth (donde los Bloom se unieron por primera vez); más cerca, la iglesia de Nuestra Señora Estrella del Mar, de donde llegan rumores de órgano y de rezos —se celebran las devociones de una sociedad de templanza. Mientras los niños juegan y riñen, Gerty está sentada, consciente de su belleza, y pensando en cierto preferido de su corazón, un estudiante aficionado al ciclismo. En estilo de novela rosa se van describiendo sus facciones, sus ropas y sus secretitos; sus problemas familiares —el padre, alcohólico—, sus ilusiones de amor. Uno de los niños lanza la pelota hacia un caballero enlutado —Bloom—, que, sentado en una roca cercana, observa a Gerty, la cual se siente emocionada por el interesante aire exótico de aquel maduro admirador. Sus sueños toman otro cariz: románticos, atrevidos, dispuestos a una aventura, a pesar del qué dirán. Cissy, quizá porque es tarde, quizá por cortar aquella admiración, se acerca a preguntar la hora al caballero, quien, sacando nerviosamente la mano del bolsillo, encuentra que se le había parado el reloj (a las 4.30, momento fatídico de la visita de Boylan). Se intercalan visiones de la ceremonia devota, con la exposición,Tantum ergo, etc. Edy y Cissy, preparando marcharse, punzan a Gerty sobre su estudiante, un tanto frío últimamente. Pero Gerty les contesta con energía, fortalecida por la admiración del enlutado —atento sobre todo a sus pantorrillas y «bajos»—: la pasión crece en su pecho. Cuando termina la ceremonia en la iglesia, empiezan los fuegos artificiales de una tómbola: Edy y Cissy se alejan corriendo hacia ellos, con sus hermanitos, pero Gerty sigue sentada, y, echándose atrás para ver mejor, va poniendo de manifiesto su ropa interior azul celeste ante la ávida mirada del enlutado, mientras una oleada erótica la envuelve. El trance pasa pronto: acaban los cohetes y Gerty se levanta: tras una mirada de reproche al enlutado que la ha seducido a distancia, deja caer un algodón con perfume y… se aleja cojeando; pues ésa es la tragedia de Gerty, su pie lisiado. Pasamos a la mente de Bloom, que, en adoración ante la ropa interior de Gerty, se ha desahogado en onanismo. Comentando consigo mismo la picardía de aquella doncellita y su inesperada cojera —que no le parece mal, como condimento erótico— siente las consecuencias de su desahogo —humedad, somnolencia—, mientras inundan su mente recuerdos y ensueños. Al fin, tras recoger el algodón perfumado y esbozar un posible mensaje en la arena, que borran las olas, Bloom queda adormilado un rato. Mientras, en la casa del sacerdote que ofició en la ceremonia, en un reloj regalado por Gerty, un cuco asoma a dar las nueve. (Cuckoo, en inglés, hace pensar encuckold, «cornudo».)

TÉCNICA:Se ha ido indicando.

REFERENCIA HOMÉRICA:Cruelmente, Nausicaa (la princesita de Feacia que, yendo a la playa a lavar sus ropas, encontró a Ulises, náufrago y desnudo, y le llevó a su palacio —puro episodio sentimental del asendereado héroe).

[14]

De 10 a 11 de la noche. En el Hospital de Maternidad. Bloom llega a preguntar por la señora Purefoy, con dolores desde hace tres días, y cuyo parto llegará a término precisamente en esa hora. Hay un grupo de estudiantes de medicina —Buck Mulligan entre ellos, acompañado de Stephen Dedalus—, en alegre charla: invitado a beber con ellos, Bloom se queda —aunque apenas bebe. (Mientras, fuera, descarga un aguacero tormentoso.) Bloom, recordando la muerte de su hijito, en contraste con los nacimientos en el hospital, proyecta hacia Stephen una suerte de paternidad espiritual, y quiere acompañarle desde ese momento. Joyce dijo que la idea del capítulo era «el delito que se comete contra la fecundidad al esterilizar el acto del coito». Pero esto no pasa de ser una tesis irónica: lo que más cuenta es que el verdadero protagonista resulta el estilo, transformado para ir imitando las sucesivas fases de la prosa inglesa, a través de la historia, en paralelo con la gestación del feto. Primero hay una triple invocación («Vamos al sur, a la calle Holles»), una exhortación a Horne, director del hospital, y el grito de la comadrona al nacer el niño. Luego, una alabanza de la organización de los hospitales de maternidad irlandeses, en estilo latinizante. Pero vale más citar la carta de Joyce a Budgen (22 Marzo 1920) en que señala algunas de las referencias estilísticas del capítulo —no todas—: «Técnica: un episodio en nueve partes sin divisiones introducido por un preludio a lo Salustio-Tácito (el óvulo sin fecundar), luego, a la manera del anglosajón y el más antiguo inglés aliterativo y monosilábico («Aún no nacido niño nadaba en ventura…»), luego a la manera de Mandeville («Y allí se entró al sitio que estaban un joven caballero de estudios…»), luego laMorte d’Arthur de Malory(«el gentilhombre Lenehan andaba pronto en escanciar de modo que al menos no faltara regocijo…»), luego el «estilo de crónicas» elisabetiano («Para aquel tiempo el joven Stephen llenó todas las capas…»), luego un paisaje solemne, como de Milton, Taylor y Hooker, seguido por un trozo entrecortado, de cotilleo latino, estilo Burton-Browne, luego un pasaje a lo Bunyan («la cuestión era que por el camino cayó con una cierta puta de exterior placentero cuyo nombre, dijo, es Pájaro-en-Mano…»). Tras un trozo de diario estilo Pepys-Evelyn («Leop. Bloom, sentado muy a gusto con una banda de gente alegre…») y Landor-Pater-Newman, hasta que eso acaba en un enredo terrible depidgin English, inglés de negro,cockney, irlandés, jerga del Bowery, verso ramplón…». Curiosamente, no cita entonces Joyce —quizá por no haberlos imitado todavía, cuando escribía esa carta— otros estilos claramente visibles, como los de Gibbon, Goldsmith, Lamb, Dickens, De Quincey, Carlyle, Ruskin… y el estilo final, el del evangelista americano de «¡Elías viene!». Por supuesto que en traducción se pierde el chiste delpastiche: con todo, el capítulo no deja de tener algún interés para el lector hispano, incluso por los posibles paralelismos con la historia de la prosa española.


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TÉCNICA:Se ha ido indicando.

REFERENCIA HOMÉRICA:Los Bueyes del Sol —Joyce se dio cuenta muy bien de que no eran «bueyes» sino «terneras» o «vacas», pero siguió la tradición establecida. (Ulises, en la isla del Sol, advierte a su compañeros que no maten y se coman las terneras sagradas, símbolos de fecundidad: ellos le desobedecen, y Júpiter hundirá su nave con un rayo, pereciendo todos menos Ulises. Como se ve, hay sólo una vaga alusión a los peligros de estorbar la fecundidad.)

[15]

De 11 a 12 de la noche. Entre el capítulo anterior y éste, ha ocurrido algo que sólo inferimos indirectamente: Stephen, Lynch, Mulligan y el inglés Haines han tomado algún tranvía o tren suburbano que, cambiando en una estación, les llevó al barrio de los prostíbulos, pero en esa estación Mulligan intentó dar esquinazo a Stephen, surgiendo una pelea entre ellos, de resultas de la cual Stephen tiene la mano dolorida y ha perdido la llave de la torre. Por su parte, Bloom, movido por su súbita «paternidad» adoptiva hacia Stephen, ha querido seguir a éste para evitarle los peligros de las prostitutas, pero, rezagado, se ha equivocado de tren o de tranvía, y llega al barrio de mala fama sin saber dónde encontrarle. El capítulo se desarrolla en forma dramática —diálogos y acotaciones—, pero, obviamente, no es representable, por lo fantástico de las mutaciones. Para la mente actual, sería claramente cinematográfico —aunque el carácter literario de las acotaciones no sea fácil de trasladar a visión—: incluso, en algunos momentos, haría pensar en obras como8 y 1/2, de Fellini. Sin embargo, para Joyce, la falsilla formal caricaturizada fueLa tentation de St. Antoine, de Flaubert. Aun con su enorme extensión —casi el doble que los otros capítulos más largos— éste es quizá el capítulo al que le sobra menos: sin duda, el corazón del libro y su cumbre. Lo que va ocurriendo en la realidad se mezcla con escenas simbólicas y con estampas del pasado, que sólo en ocasiones cabe situar en la mente de Bloom —o de Stephen—: más a menudo están sólo en la mente del autor. Nuestro resumen, por fuerza, ha de ser más oscuro que en los capítulos anteriores.

En el barrio de los prostíbulos (Nighttown, «ciudad nocturna»). Monstruos —¿alusión biológica?—, miserables y prostitutas —con cruel inverosimilitud, entre ellas, la Cissy Caffrey de [13]. Dos soldados borrachos, Carr y Compton. Stephen y Lynch avanzan, discutiendo sobre el lenguaje: un peón caminero caricaturiza sus palabras. Avanza luego Bloom, metiéndose pan y chocolate en el bolsillo y comprando despojos; un tranvía de obras casi le atropella: discute agriamente con un posible espía enviado por el Ciudadano. Surge ante él su difunto padre, con reproches sobre el pasado. También se le deja ver Molly, voluptuosamente vestida a lo árabe. Bloom se le excusa por haber olvidado la loción: el jabón que compró se transforma en sol del porvenir. Vuelta a la realidad: una celestina ofrece una muchachita virgen. Bloom recuerda su primer episodio sexual. También en visión, la señora Breen le reprocha andar por allí: retorno al pasado, cuando Bloom estaba enamorado de ella, antes que de Molly. Bloom se ve llegando a casa, ante Molly: al justificar los despojos que lleva en el bolsillo, la escena vuelve a la comida en el hotel Ormond. Reaparece la señora Breen, con reproches: ella y Bloom reviven una antigua escena de coqueteo. Otra vez, el barrio con sus miserables, pero fantásticamente exagerados y deformados: alguien cuenta cómo una vez Bloom se orinó en el cubo de cerveza de unos albañiles. Bloom recapacita sobre su búsqueda de Stephen, perplejo: un perro le acosa, transformándose en el perro del Ciudadano, y Bloom le echa los despojos que lleva. Dos guardias —en la fantasía— le quieren detener por arrojar desperdicios: Bloom se defiende, y apela a las gaviotas que alimentó en [5]: por contraste, aparece el cruel domador de una novela que leía Molly en [4]. Bloom se ve capturado y acusado: en vano ofrece nombres falsos, coartadas, excusas, lisonjas: la Martha de sus cartas aparece para acusarle de seducción. Cuando afirma que es escritor, el Matcham del cuento de [4] le acusa de plagiario e ignorante. Peores acusaciones surgen: hay un careo con una criada que intentó seducir en su casa. Sale otra vez el episodio en que se orinó en la cerveza de unos albañiles: en vano le defiende J. J. O’Molloy como elocuente abogado, alegando su irresponsabilidad por mongolismo: Bloom aparece transformado en una especie de chinito bobo. También alega sus dificultades económicas (invirtió en plantaciones en Palestina [4]): el alegato pasa a ser el discurso citado por MacHugh en elFreeman[7] (aunque Bloom, curiosamente, no lo oyó), y el del propio J. J. O’Molloy en la vista del crimen mencionado en [8]. Bloom apela a quienes conocen su moralidad personal: pero aparecen tres aristocráticas damas a acusarle de haberles escrito cartas con propuestas obscenas, tales como la de ser azotado masoquísticamente —lo que ejecuta una de ellas, una elegante amazona, llamándole cornudo. Se forma un jurado, que determina su culpabilidad —sobre todo, por el pecado original, y el pecado del mundo. Bloom es declarado «Judas Iscariote». El verdugo de [12] le va a ejecutar. Bloom alega desesperadamente pruebas de su buen corazón en el fondo: echó de comer a las gaviotas, estuvo en un entierro, no puso ninguna bomba sino que tiró los despojos a un perro. El difunto Dignam, tomando la forma del perro en cuestión, confirma la coartada, rodeado de caricaturas de la demás gente del entierro. Se desvanece el juicio acusatorio: Bloom sigue andando, rodeado de ruidos de besos. Zoe, una prostituta, le indica dónde están Stephen y Lynch en la casa de Bella Cohen —conocida de Bloom. Zoe le acaricia y lisonjea: Bloom, transfigurado, se ve convertido en alcalde de Dublín, aclamado en una inmensa fiesta ciudadana, coronado como sucesor de Parnell, constructor de la «Nueva Bloomusalén». Hay quien disiente —el desconocido delmacintosh—, pero es aniquilado por Bloom, quien revela ahora su generosidad —dando limosnas, besando— y su sabiduría legislativa, judicial y política. Después, divierte a todos con músicas y chistes: muchas mujeres se suicidan por su amor. Sin embargo, algunos empiezan a acusarle de hipócrita: se leen informes médicos en que Bloom aparece como modelo de hombre femenil: más aún, está a punto de ser madre —noticia que causa entusiasmo a su favor. En efecto, da a luz ocho hermosos niños prodigio. Una voz le proclama Mesías: Bloom realiza peculiares milagros. Pero otra vez le acusan, le ponen en la picota para ridiculizarle —parodia de la Crucifixión, en que toman parte, con nuevos papeles, muchos de los personajes ya conocidos—: las «hijas de Erín» le rezan una adaptación de la letanía de la Virgen que va resumiendo los episodios anteriores. (Por un momento, de vuelta en la realidad, Zoe se burla de que Bloom charle tanto.) Bloom, hablando como un campesino del teatro de Synge, se dispone a irse a casa. De nuevo en la realidad, discute con Zoe, que por fin le hace entrar en la casa. (Visiones de los que han poseído ya a Zoe.) Dentro están Stephen y Lynch con dos prostitutas. Charlan, fuman, Stephen toca el piano y se extiende en complejas filosofías de base musical. Florry, una de las putas, comenta que ha leído en el periódico sobre la próxima venida del Anticristo —que vemos encarnado en la figura del prestamista Reuben J. Dodd [6]: llega el Fin del Mundo, en forma de pulpo de dos cabezas —alusión a unos versos de A. E., en [8]. Se oye otra vez al evangelista americano de [14]: las tres putas se confiesan —en forma que hace pensar en un pasaje deThe Waste Land(«The Fire Season»). Bajo nuevos nombres, ahora son antepasadas de Bloom. También aparecen las Bienaventuranzas: los que bebían con Bloom en el hospital de maternidad. Vuelven también figuras de la discusión en la Biblioteca Nacional, como el poeta A. E., cuya voz sibilante resulta ser el siseo de la luz de gas del burdel —que Zoe arregla. Lynch le levanta la falda: entonces cae por la chimenea Lipoti Virag, abuelo de Bloom, el científico de su estirpe, para recomendar técnicas afrodisíacas. Pero, a la vez, Bloom se transforma cada vez más en el romántico Henry Flower de sus cartas a Martha. Stephen, mientras, piensa en sí mismo como el hijo pródigo. Florry le pregunta si es seminarista: conversación sobre el clero y la sexualidad, con irreverentes sugerencias sobre el nacimiento de Jesús. Mientras, Lipoti Virag se ha convertido en una bestia diabólica: aparece también Ben Dollard en forma animalizada, y se marchan los dos, mientras Henry Flower asume poses románticas. En el plano real, Stephen y las putas siguen hablando del clero: Stephen se imagina convertido en cardenal. Bloom se inquieta por la presencia de otro hombre en la casa —¿quizá Boylan?—: Zoe le convida a chocolate. Aparece Bella Cohen, lamadamede la casa: su abanico habla con el silencioso Bloom, quien, dominado por la presencia de Bella, se deshace en recuerdos y sentimientos, hasta caer a sus pies para desatarle los zapatos. Pero Bella le pisa y le oprime, convirtiéndose en un macho dominador —«Bello»— mientras Bloom se feminiza —en el original, eso se expresa con el posesivoheren vez dehis. «La» Bloom se esconde con miedo debajo del sofá, pero Bella-Bello (le/la) hace salir, transformándolo(la) en criada de la casa y en una prostituta más. Se recuerdan pasadas aberraciones sexuales de Bloom, imaginándose mujer poseída por hombres: Bloom echa la culpa a un amigo que acabó siendo homosexual. Bloom confiesa las más lamentables suciedades en su pasado sexual. Queda condenado, pues, a ser criada de día y puta de noche: sus favores son subastados con éxito. Luego Bella le compara con Boylan, tan superior a él, en su visita a Molly. Aunque Bloom pida perdón a Molly, es tarde: es un nuevo Rip van Winkle, que durante mucho tiempo ha dormido —mejor dicho, que se ha desviado tras otras mujeres. Bella le dice que haga testamento y muera. Bloom, muerto, es llorado por los judíos, y conversa con los inmortales: así, con la Ninfa cuya imagen preside su alcoba [4], la cual le acusa de sus faltas. Bloom le pide perdón por ellas y por el desorden de su alcoba. La bacinilla y sus ruidos le hacen pensar en las cascadas de Poulaphouca, junto a Dublín, y en una excursión de Bloom allí, siendo estudiante, en que se entregó al onanismo: las chicas no le querían. (Imágenes de suicidio y rechazo.) La Ninfa —ofendida y marmórea ahora una de las diosas del museo que Bloom quiso observar si tenían orificio posterior: mientras, las putas bromean sobre un almohadón calentado con el trasero. A Bloom se le salta el botón de un bolsillo de atrás: a la Ninfa se le humedece la túnica con la virilidad recobrada por Bloom, quien se vuelve contra Bella, enfrentándose con ella en insultos mutuos. Bella —en la realidad— pide que le paguen, lo que hace Stephen: pero Bloom paga la parte de éste, devolviéndosela: sin embargo, como Stephen está cada vez más incoherente, Bloom se hace cargo de su dinero. (Se mezclan diversosleitmotivdel libro, en Stephen: su adivinanza en [2], temas shakespearianos…) Zoe les lee la mano a Stephen y a Bloom: a éste le hace recordar un episodio de su vida escolar, y le adivina su desgracia marital. Zoe va encantando a Bloom: Bloom, en su fantasía, ve a Boylan presumiendo ante Lenehan de su hazaña sexual con Molly. Bloom se ve reducido a lacayo carnudo en su propia casa, dejando entrar a Boylan para repetidos retozos con Molly: con una cita shakespeariana sobre «el espejo de la naturaleza», Stephen y Bloom se ven reflejados como un Shakespeare cornudo. Bloom vuelve un momento a la realidad, pero una pregunta le hace ver a la viuda Dignam en términos shakespearianos: Stephen, por una cita bíblica, habla de cuernos y de Pasífae, la enamorada del toro. Lynch le excusa aludiendo a su reciente regreso de París, de cuyas orgías cuenta Stephen, en sintaxis afrancesada, haciendo reír a las mujeres. En el recuerdo de un sueño, Bloom es acosado como en cacería: cacería que luego se transforma en la Copa de Oro. Mientras —en la realidad— pasan por la calle los soldados Compton y Carr, con Cissy Caffrey, cantandoMi chiquilla es de Yorkshire. Stephen baila con Zoe —imágenes del profesor Goodwin tocando el piano, y del maestro de baile Maginni, aparecidos antes [10]. Este último organiza una Danza de las Horas: Stephen, cada vez más exaltado, baila solo, viendo visiones y hablando con incoherencia. De pronto, ve a su madre muerta, aún reprochándole y amonestándole: él, siempre rebelde —non serviam!—, levanta el bastón y rompe la lámpara de gas, con estrépito de catástrofe cósmica. Gran agitación: Stephen huye, pero Bloom hace ver que sólo ha roto el manguito del gas —que paga en el acto—, con lo que evita el escándalo, saliendo luego de la casa tras Stephen. En ese momento llega el funeraria Kelleher con clientes para Bella; Bloom huye, no queriendo ser reconocido: su huida se convierte en una fantástica persecución, acosada por todos los que han ido apareciendo en su jornada. Junto a unos andamiajes —donde Bloom se había orinado en la cerveza de unos albañiles—, alcanza a Stephen, que está a punto de enredarse en una riña, por haberse dirigido a Cissy Caffrey en un momento que los soldados que la acompañaban se habían rezagado. Stephen, borracho, sin advertir el peligro, discute pedantemente con los soldados. Además, se ven las imágenes que pasan por su mente —Lord Tennyson, etc. Bloom trata de salvar a Stephen llamándole «profesor»; éste sigue sus discursos, que parecen antipatrióticos a los soldados —sale otra vez la balada delMuchacho rebelde[11], entre otras fantasías sobre mártires por la patria y el rey, mientras aparece el Rey en persona, bajo figura grotesca. Los soldados, suspicaces, preguntan a Stephen: vemos ahora, como dos patriotismos enfrentados, al Ciudadano y al comandante Tweedy, padre de Molly Bloom. Hay atmósfera de pelea patriótica: en vano Bloom apela a Cissy Caffrey, que adopta el papel de víctima. Imágenes de catástrofe cósmica y bíblica —hay paralelismos con la Crucifixión—: se celebra una misa negra, con términos litúrgicos dichos al revés. La Abuela Desdentada —caricatura de la lechera de [1] —exhorta a Stephen en nombre de Irlanda. El peligro crece; Lynch —nuevo Judas— se aleja; Stephen ve todo aquello como «una fiesta de la razón pura». Por fin, el soldado Carr le derriba de un puñetazo —fantasmal, el comandante Tweedy ha hecho disparar a su pelotón de ejecución. Los concurrentes toman partido y empiezan a pelear también entre ellos. Por suerte, aparecen dos guardias, ante los que Bloom echa la culpa de todo a los soldados. Llega también el funerario Kelleher, que lo arregla todo diplomáticamente con los guardias: Bloom y él se mienten mutuamente excusando su presencia en tal barrio. Quedan solos Bloom y Stephen —éste, aún caído y semiinconsciente, gruñendo incoherencias y citas sobre los hechos del día. Bloom, paternal, le ayuda a recuperarse: ante él, surge la figura de su hijito Rudy, con la edad y aspecto que tendría si no hubiera muerto.


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TÉCNICA:Diálogo en forma teatral.

REFERENCIA HOMÉRICA:Circe (la bella hechicera que transforma en cerdos a los compañeros de Ulises: éste los salva con ayuda de una droga que le ha dado Hermes contra los encantos de Circe).

3 (Nostos, el retorno a Ítaca)

[16]

De 12 a 1 de la madrugada. El capítulo (ya en la secuencia de las primeras horas del viernes 17, con su temprano amanecer de junio irlandés) contrasta con el aquelarre del anterior; desarrollándose en tono deliberadamente aburrido y retardado. Bloom acompaña y ayuda a Stephen a recuperar el equilibrio, llevándole al Refugio del Cochero —una especie de café no-alcohólico para socorro de noctámbulos—: al acercarse allí, ve a un guarda de una cantera dormido en su garita —un conocido de su padre. Otro conocido llama a Stephen; un pobre echado a perder, que le saca algún dinero ponderando su mala situación. Bloom pregunta a Stephen sobre su propia situación inmediata: está demasiado lejos de su albergue y tampoco quiere volver con su padre y hermanas. Bloom le habla mal de Mulligan: pasan junto a unos italianos que discuten: Bloom elogia la lengua italiana, por poética, pero Stephen le advierte que están peleando por dinero. Llegan al Refugio del Cochero, a cargo de un tipo que tiene fama de ser Fitzharris el Desuellacabras, famoso por su complicidad en un crimen aludido en [7]. Entre los tipos del refugio, destaca un viejo farsante que afirma ser marinero y haber navegado por todo el mundo, con increíbles cuentos exóticos. Bloom medita sobre el mar, y se esconde tras un periódico cuando asoma al Refugio la prostituta mencionada en el final de [11]. Stephen está reacio a la conversación que le ofrece Bloom: cuando surge un tema de cierta altura, se hace evidente que Bloom no entiende bien y no puede estar al nivel de Stephen. Los demás hablan de naufragios. El Desuellacabras ensalza los recursos naturales de Irlanda —lo que hace que Bloom mencione a Stephen su encuentro con el Ciudadano y plantee el tema judío, elogiando la tolerancia: luego se lanza a sus utopías sociales y económicas, que no interesan a Stephen, enemigo de todo trabajo y amigo de las paradojas. Bloom, desconcertado, piensa en casos de demencia juvenil, a veces con aberraciones sexuales —incluso entre personas de la realeza: luego lee el periódico de la tarde, edición deportiva, con el triunfo dePor Ahí. Los demás hablan del inevitable tema Parnell, el autonomismo irlandés, y el escándalo conyugal que hundió al líder. Bloom, a propósito de sangre caliente y de españoles, exhibe a Stephen una apetitosa foto de Molly, años atrás. De ahí, reflexiones sobreménages-à-trois: otra vez el tema Parnell: Bloom recuerda cómo él le devolvió a Parnell el sombrero caído en una refriega, y con qué cortesía se lo agradeció el jefe. Preocupado por Stephen y sus disipaciones, se entera con horror de que no ha comido desde —propiamente— anteayer, el miércoles. Es hora de marchar. Bloom se lleva a Stephen para, al menos, invitarle a tomar algo en su casa: no a quedarse, por no estar seguro de la aprobación de Molly. En marcha ya, encuentran un tema de afinidad, la música, por más que sus gustos sean muy diferentes: los de Bloom., entre vulgares y confusos: los de Stephen, refinados y snobs. Observan despacio un caballo que tira de una barredera —mientras Bloom sugiere a Stephen la grandiosidad de su porvenir si cultiva su voz profesionalmente. Stephen no responde: el caballo lanza unas boñigas mientras ellos se alejan.

TÉCNICA:El estilo del capítulo está basado en innumerables clisés y circunlocuciones sólo útiles para alargar lo que se dice; comparaciones manidas, recursos de periodismo aburrido, retórica administrativa y burocrática: una exhibición de vulgaridad en la expresión.

REFERENCIA HOMÉRICA:Eumeo (cuando volvía ya a Ítaca, Ulises, disfrazado de mendigo, llegó a la cabaña del porqueriza Eumeo. Aparecido allí Telémaco, Ulises se le dio a conocer y el padre y el hijo planearon juntos la destrucción de los pretendientes de Penélope).

[17]

De 1 a 2 de la madrugada. En este capítulo —el predilecto de Joyce, el «patito feo»— Bloom llega a su casa en compañía de Stephen, el cual, tras de tomar una taza de cacao, y sin aceptar quedarse a dormir, se va sin destino —no puede volver a la torre, privado de la llave y peleado con Mulligan: no quiere volver con su familia. El capítulo está escrito en forma de catecismo —preguntas y respuestas, en tono objetivo y exhaustivo, con impersonalidad científica: como dijo Joyce, «una sublimación matemático-astronómico-físico-mecánico-geométricoquímica de Bloom y Stephen». Se pregunta primero el itinerario de los noctámbulos y sus temas de conversación, más algo sobre el sentir general de Bloom sobre la vida: al llegar, Bloom no tiene la llave —dejada en otro traje, según advirtió él mismo en [4]—, así que entra saltando la verja al semisótano. Abre la puerta a Stephen y, en la cocina, pone agua a hervir —largas respuestas sobre las conducciones de aguas y las virtudes generales del agua. Hervida ya el agua —que podría haber servido para afeitarse— Bloom prepara el cacao, dando ocasión a un inventario de la cocina: unos tíquets rotos de apuestas de caballos —dejados por Boylan— le hacen recapitular los hechos del día. Compartiendo el cacao con Stephen, se examina la mente literaria de éste y sus propios escasos intentos literarios: la relación entre sus edades, la época en que conoció a Stephen niño, sus diferencias de carácter, sus problemas de la publicidad, ideas publicitarias de Bloom —y lo que una de ellas sugiere a Stephen—, la anécdota de las solteronas en la columna de Nelson, en [7]; ciertos aspectos de la relación de Bloom con Molly, tratando de educarla, grandes figuras de la raza judía… En un momento dado, se ven uno a otro como pasado y futuro, y —teológicamente— como Padre e Hijo: Bloom evoca sueños y proyectos de juventud; Stephen, por su parte, canta una horrible balada sobre un niño muerto por una judía —lo que perturba a Bloom, judío. Bloom pasa a pensar en estados propicios al crimen, tales como alucinaciones, y de ahí, a su hija, a la que recuerda con cariño. Luego ofrece albergue por esa noche a Stephen, que no lo acepta; piensa Bloom que Stephen podría interesar a Molly —incluso distraerla de Boylan; se esboza en su mente, sin disgusto, la posibilidad de que su «hijo adoptivo» establezca unaliaisoncon Molly y/o con su hija. Bloom expone sus ideales sobre mejoras de la sociedad (pero la humanidad será siempre frívola y vana): Stephen responde con sofisticación excesiva para Bloom, disponiéndose luego a salir. Reflexiones de Bloom ante el espectáculo de la noche estrellada, al abrir la puerta. Hay luz en la ventana de Molly. Los dos orinan a la vez, y se despiden. Primeros indicios de amanecer en el cielo. Bloom, al entrar, se da un golpe: los muebles del cuarto de estar han cambiado de sitio (sabremos luego que Molly se los ha hecho cambiar a Boylan). Bloom enciende un cono de incienso, y observa la habitación modificada. Empieza a desvestirse: se arranca un trozo de uña del pie y lo huele antes de tirarlo. Ese olor desencadena en él recuerdos infantiles, con todas las ilusiones que no ha realizado: sobre todo, la casa que le gustaría tener —y que es descrita en minucioso inventario— y la posición social que le gustaría alcanzar, con medios adecuados. Bloom abre sus cajones personales: inventario. Recuerdos de su padre suicida. Temores sobre desgracias y ruina. Fatigado, va a la cama. Inventario mental del día. Molly en la penumbra: huella de un cuerpo anterior junto a Molly: catálogo de —posibles o reales— amantes de Molly; envidia a Boylan: resignación.

Entra en la cama por los pies, con la cabeza junto a los pies de Molly. Besa las nalgas de Molly, desahogándose sexualmente en ellas. Molly despierta: interrogatorio a Bloom, que éste responde a su manera. Molly piensa en el largo tiempo en que no ha querido ella tener plena relación sexual con Bloom: él piensa en la falta de comunicación mental en que han estado desde que Milly se hizo mujer: desde entonces, se siente acosado y vigilado por su mujer, aunque lo lleva con paciencia. El navegante ha vuelto y va a dormir: como Simbad el Marino, está en su punto de partida. (Punto final.)

TÉCNICA:Catecismo de preguntas y respuestas.

REFERENCIA HOMÉRICA:Por una vez obvia, Ítaca.

[18]

De 2 a 3 de la madrugada. Este capítulo final, o apéndice, es el monólogo interior de Molly Bloom en duermevela, después que se ha dormido Bloom. Consta de ocho grandes fases cuya ausencia de puntuación corresponde al fluir vago de esa mente —tan libre de inhibiciones morales—. Joyce dijo de ella que, al contrario que el Mefistófeles goethiano, «espíritu que siempre niega», era «la carne que siempre afirma».

1. Molly está asombrada porque Bloom, antes de dormirse, le ha encargado que, al revés de lo habitual, ella le traiga a la cama el desayuno, y con un par de huevos: recuerdos de Bloom haciéndose el enfermo: sospechas de que haya tenido un enredo sexual el día antes: recuerdos de la criada con quien Bloom quiso tener que ver: Boylan: sin duda Leopold lo sospecha: ¿y seducir a algún muchacho?: placeres y límites del acto sexual: detesta confesarse: Boylan con ella esa tarde, poderoso y grosero: luego ella se durmió, y la despertó la tormenta, como voz celeste amenazando castigo: detalles de la potencia sexual de Boylan: destino de ser mujer: ¿y tener otro hijo? —no de Boylan, mejor de Leopold—: Leopold y su antiguo amor, Josie Powell, hoy esposa del chiflado Breen: Bloom sabe muchas cosas: ¿y un triángulo con Josie?: mujer desgraciada: Bloom no es tan malo como Breen.

2. Primer encuentro con Boylan, que la miraba a los pies: aventura con el tenor Bartell d’Arcy: Bloom cortejando, obseso por bragas, de ella o no: primeros avances mutuos: Bloom no besaba tan bien como el teniente Gardner: ¿volverá Boylan el lunes a las 4?: visitantes que no avisan: dentro de una semana, gira de conciertos, con Boylan: menos mal que sin Bloom: recuerdos de viajes: perspectivas eróticas de la gira: cómo engañó Bloom a los curas, aunque masón, para que ella cantara en la iglesia: no le interesa la guerra: el teniente Gardner, muerto en la Guerra de los Bóers: el padre de Boylan en negocios de guerra: posibles regalos de Boylan, buen amante, irritado por su pérdida en las apuestas: consejo de Lenehan, que la admiró: un banquete con Lenehan: qué mal anda de trajes: se está poniendo gorda: Bloom le compra cosas: mejor sería dinero propio: su edad, 33 años —de hecho, 34—: mujeres que se conservan bien: incapacidad de Bloom para tener un buen empleo: cómo ella trató de ayudarle: su jefe, impresionado por el busto de Molly…

3. Belleza de su busto: fealdad de los órganos masculinos: los exhibicionistas: Bloom, torpe: su propio busto, otra vez: Bloom lactando de él: vuelta a Boylan: impaciencia hasta el lunes.

4. Silbido de un tren: calor: Gibraltar: recuerdos de allí, una corrida, una amiga, libros, aburrimiento, su padre militar: intento de seducir a un estudiante: aburrimiento de la vida en general: falta de cartas: una amiga escribió que se casaba: Boylan, emoción en su vida: posibilidad de correspondencia con él.

5. El teniente Mulvey en Gibraltar: cartas, experiencia erótica ante el mar —pero dejándole a medias—: dónde estará ahora: despedida, misa con sermón contra las faldas-pantalón (bloomers), de ahí, a ser señora Bloom: no es mal nombre: otra vez Mulvey: su anillo, luego regalado al teniente Gardner: silbido del tren: la «vieja canción de amor»: éxitos de amor: próximos conciertos: reformas de un vestido…

6. Digestión, recuerdos infantiles: Bloom va demasiado con estudiantes: menú para mañana: idea de un picnic —con Boylan—: fallos de Bloom: casa destartalada en que viven: proyectos de Bloom para usarla mejor: Milly, echada de menos, pero estaba de más, interfería con Boylan: celos de Molly, irritación por la creciente personalidad de Milly: escasez de servicio doméstico. Interrumpen sus pensamientos las molestias menstruales —que interferirán en la cita del lunes. Molly se levanta de la tintineante cama —con Boylan, prefirió el suelo—, y usa la bacinilla.

7. Período antes de tiempo: temores de alguna dolencia: recuerdo de su visita a un médico: se excitaba a sí misma con las cartas de Bloom: primer encuentro con Bloom: incomodidad de la bacinilla: paños: otra vez a la cama: cuántas mudanzas de casa en esos años: dan las dos en la iglesia: por qué llegaría tan tarde Bloom: ahora duerme: enredándose con otras: recuerdos de un banquete: Simon Dedalus: Stephen Dedalus: recuerdos de éste, niño: su visita acompañando a Bloom: lo presintió echando las cartas: valor de Stephen para un amor romántico: comparación con la estatuilla de la sala de estar.

8. Comparado con Stephen, Boylan es un grosero: conciencia de lo deseable de su propio cuerpo: envidia a los hombres por poseer mujeres: Bloom no sabe tratarla, y pide el desayuno en la cama: Stephen irá camino de su casa: pensamientos sobre su hijito que murió: posibles lecciones con Stephen:ménage-à-trois: quizá reanudar vida sexual con Bloom: comprarle algo del mercado, excitarle, revelarle que es un cornudo, incitarle a suciedades: pero ahora la menstruación: suena el reloj: la gente de todo el mundo se levantará: preparar posible visita de Stephen —flores—: belleza del mundo: primera unión con Bloom, en el monte Howth, recordando Gibraltar, pero abrazándole, aceptándole, diciéndole «sí» —la misma palabra con que empezó el capítulo.

TÉCNICA:Según se ha indicado, palabra interior en Molly.

REFERENCIA HOMÉRICA:Penélope (no sin sarcasmo, si se piensa en la infidelidad de Molly).

ULISES1[1]

Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

—Introibo ad altare Dei.

Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la oscura escalera de caracol y gritó con aspereza:

—¡Sube acá, Kinch! ¡Sube, cobarde jesuita!


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Avanzó con solemnidad y subió a la redonda plataforma de tiro. Gravemente, se fue dando la vuelta y bendiciendo tres veces la torre, los campos de alrededor y las montañas que se despertaban. Luego, al ver a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, gorgoteando con la garganta y sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y soñoliento, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fríamente aquella cara sacudida y gorgoteante que le bendecía, caballuna en su longitud, y aquel claro pelo intonso, veteado y coloreado como roble pálido.

Buck Mulligan atisbó un momento por debajo del espejo y luego tapó el cuenco con viveza.

—¡Vuelta al cuartel! —dijo severamente.

Y añadió, en tono de predicador:

—Porque esto, oh amados carísimos, es lo genuinamente cristino: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Hay algo que no marcha en estos glóbulos blancos. Silencio, todos.

Echó una ojeada a lo alto, de medio lado, y lanzó un largo y grave silbido de llamada: luego se detuvo un rato en atención arrebatada, con sus dientes blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro. Chrysóstomos. Dos fuertes silbidos estridentes respondieron a través de la calma.

—Gracias, viejo —gritó con animación—. Así va estupendamente. Corta la corriente, ¿quieres?

Bajó de un salto de la plataforma de tiro y miró gravemente al que le observaba, recogiéndose por las piernas los pliegues flotantes de la bata. Su gruesa cara sombreada y su hosca mandíbula ovalada hacían pensar en un prelado, protector de las artes en la Edad Media. Una grata sonrisa irrumpió silenciosamente en sus labios.

—¡Qué broma! —dijo alegremente—. ¡Ese absurdo nombre tuyo, un griego antiguo!

Le apuntó con el dedo, en befa amistosa, y se fue hacia el parapeto, riendo para adentro. Stephen Dedalus, con su mismo paso, le acompañó cansadamente hasta medio camino y se sentó en el borde de la plataforma de tiro, sin dejar de observarle cómo apoyaba el espejo en el parapeto, mojaba la brocha en el cuenco y se enjabonaba mejillas y cuello.

La alegre voz de Buck Mulligan continuó:

—Mi nombre también es absurdo: Málachi Múlligan, dos dáctilos. Pero tiene un son helénico, ¿no? Saltarín y solar como el mismísimo macho cabrío. Debemos ir a Atenas. ¿Vienes si consigo que la tía suelte veinte pavos?

Dejó a un lado la brocha y, riendo de placer, gritó:

—¿Vendrá éste? ¡El gesticulante jesuita!

Interrumpiéndose, empezó a afeitarse con cuidado.

—Dime, Mulligan —dijo Stephen suavemente.

—¿Qué, cariño mío?

—¿Cuánto tiempo se va a quedar Haines en esta torre?

Buck Mulligan enseñó una mejilla afeitada sobre el hombro derecho.

—Dios mío, pero ése es terrible, ¿verdad? —dijo, desahogándose—. Un pesado de sajón. Cree que tú no eres un caballero. Vaya por Dios, ¡esos jodidos ingleses! Reventando de dinero y de indigestión. Porque viene de Oxford. De veras, Dedalus, tú sí que tienes los verdaderos modales de Oxford. A ti no te entiende. Ah, el nombre que te tengo yo es el mejor: Kinch, el pincho.

Se afeitó cautamente la barbilla.

—Ha estado delirando toda la noche sobre una pantera negra —dijo Stephen—. ¿Dónde tiene la pistolera?

—¡Un loco temible! —dijo Mulligan—. ¿Te entró pánico?

—Sí —dijo Stephen con energía y con creciente miedo—. Ahí en la oscuridad, con uno que no conozco, y que delira y gime para sus adentros que le va a pegar un tiro a una pantera negra. Tú has salvado a algunos de ahogarse. Yo no soy ningún héroe, sin embargo. Si ése se queda aquí, yo me voy.

Buck Mulligan miró ceñudamente la espuma de la navaja. Bajó de un brinco de donde estaba encaramado y empezó a registrarse apresuradamente los bolsillos.

—¡Mierda! —gritó con voz pastosa.

Pasó hasta la plataforma de tiro y, metiendo la mano en el bolsillo de arriba de Stephen, dijo:

—Otórgame un préstamo de tu moquero para limpiar mi navaja.

Stephen consintió que le sacara y exhibiera por una punta un pañuelo sucio y arrugado. Buck Mulligan limpió con cuidado la navaja de afeitar. Luego, observando el pañuelo, dijo:

—¡El moquero del bardo! Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se saborea, ¿no?

Subió otra vez al parapeto y miró allá, toda la bahía de Dublín, con el claro pelo roblepálido ligeramente agitado.

—¡Dios mío! —dijo a media voz—. ¿No es verdad que el mar es como lo llama Algy: una dulce madre gris? El mar verdemoco. El mar tensaescrotos.Epi oinopa pontos. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Tengo que instruirte. Tienes que leerlos en el original.Thalatta! Thalatta!La mar es nuestra gran madre dulce. Ven a mirar.

Stephen se irguió y se acercó al parapeto. Asomándose sobre él miró, allá abajo, el agua y el barco correo que salía por la boca del puerto de Kingstown.

—¡Nuestra poderosa madre! —dijo Buck Mulligan.

Bruscamente, volvió sus grises ojos inquisitivos desde el mar a la cara de Stephen.

—La tía cree que mataste a tu madre —dijo—. Por eso no quiere que tenga nada que ver contigo.

—Alguien la mató —dijo Stephen, sombrío.

—Podías haberte arrodillado, maldita sea, Kinch, cuando te lo pidió tu madre agonizante —dijo Buck Mulligan—. Yo soy tan hiperbóreo como tú. Pero pensar que tu madre te pidió con su último aliento que te arrodillaras y rezaras por ella. Y te negaste. Tienes algo siniestro…

Se interrumpió y volvió a enjabonar ligeramente la otra mejilla. Una sonrisa tolerante curvó sus labios.

—Pero un farsante delicioso —murmuró para sí—. ¡Kinch, el más delicioso de los farsantes!

Se afeitó por igual y con cuidado, en silencio, seriamente.

Stephen, con un codo apoyado en el granito rugoso, apoyó la palma de la mano en la frente y se observó el borde deshilachado de la manga de la chaqueta, negra y lustrosa. Un dolor, que no era todavía el dolor del amor, le roía el corazón. Silenciosamente, ella se le había acercado en un sueño después de morir, con su cuerpo consumido, en la suelta mortaja parda, oliendo a cera y palo de rosa: su aliento, inclinado sobre él, mudo y lleno de reproche, tenía un leve olor a cenizas mojadas. A través de la bocamanga deshilachada veía ese mar saludado como gran madre dulce por la bien alimentada voz de junto a él. El anillo de bahía y horizonte contenía una opaca masa verde de líquido. Junto al lecho de muerte de ella, un cuenco de porcelana blanca contenía la viscosa bilis verde que se había arrancado del podrido hígado en ataques de ruidosos vómitos gimientes.

Buck Mulligan volvió a limpiar la navaja.

—¡Ah, pobre cuerpo de perro! —dijo con voz bondadosa—. Tengo que darte una camisa y unos cuantos moqueros. ¿Qué tal son los calzones de segunda mano?

—Me sientan bastante bien —contestó Stephen.

Buck Mulligan atacó el entrante de debajo del labio.

—Qué ridículo —dijo, satisfecho—. De segunda pierna, deberían ser. Dios sabe qué sifilicólico los habrá soltado. Tengo un par estupendo a rayas, gris. Quedarás fenómeno con ellos. En serio, Kinch. Tienes muy buena pinta cuando te arreglas.

—Gracias —dijo Stephen—. No puedo ponérmelos si son grises.

—No puede ponérselos —dijo Buck Mulligan a su propia cara en el espejo—. La etiqueta es la etiqueta. Mata a su madre pero no puede ponerse pantalones grises.

Plegó con cuidado la navaja y se palpó la piel lisa dando golpecitos con las yemas.

Stephen volvió los ojos desde el mar hacia la gruesa cara de móviles ojos azul humo.

—El tipo con el que estuve anoche en el Ship —dijo Buck Mulligan— dice que tienes p.g.a. Está en Villatontos con Conolly Norman. ¡Parálisis general de los alienados!

Dio vuelta al espejo en semicírculo por el aire para hacer destellar la noticia a lo lejos, en la luz del sol ya radiante sobre el mar.

Rieron sus plegados labios afeitados y los filos de sus blancos dientes fúlgidos. La risa se apoderó de todo su fuerte tronco bien trabado.

—¡Mírate a ti mismo —dijo—, bardo asqueroso!

Stephen se inclinó a escudriñar el espejo que se le ofrecía, partido por una raja torcida, y se le erizó el pelo. Como me ven él y los demás. ¿Quién eligió esta cara para mí? Este cuerpo de perro que limpiar de gusanera. Todo esto me pregunta también a mí.

—Lo he mangado del cuarto de la marmota —dijo Buck Mulligan—. A ella le va bien. La tía siempre tiene criadas feas, por Malachi. No le dejes caer en la tentación. Y se llama Úrsula.

Volviendo a reír, apartó el espejo de los inquisitivos ojos de Stephen.

—¡Qué rabia la de Calibán por no verte la cara en un espejo! —dijo—. ¡Si estuviera vivo Wilde para verte!

Echándose atrás y señalando con el dedo, Stephen dijo amargamente:

—Es un símbolo del arte irlandés. El espejo partido de una criada.

Buck Mulligan, de repente, dio el brazo a Stephen y echó a andar con él dando una vuelta a la torre, con la navaja y el espejo traqueteando en el bolsillo donde los había metido.

—No está bien hacerte rabiar así, ¿verdad, Kinch? —dijo cariñosamente—. Bien sabe Dios que tú tienes más espíritu que cualquiera de ésos.

Otra vez paró la estocada. Teme el bisturí de mi arte como yo temo el del suyo. La fría pluma de acero.

—¡Espejo partido de una criada! Díselo a ese buey, el tío de abajo, y dale un sablazo de una guinea. Está podrido de dinero y cree que no eres un caballero. Su viejo hizo sus perras vendiendo jalapa a los zulús o con no sé qué otra jodida estafa. Válgame Dios, Kinch, si tú y yo pudiéramos trabajar juntos, a lo mejor haríamos algo por la isla. Helenizarla.

El brazo de Cranly. Su brazo.

—Y pensar que tengas que mendigar de estos cerdos. Yo soy el único que sabe lo que eres tú. ¿Por qué no te fías más de mí? ¿Por qué me miras con malos ojos? ¿Es por lo de Haines? Como haga ruido aquí, traigo a Seymour y le damos un escarmiento peor que el que le dieron a Clive Kempthorpe.

Griterío juvenil de voces adineradas en el cuarto de Clive Kempthorpe. Rostros pálidos: se sujetan la tripa de la risa, agarrándose unos a otros. ¡Ay, que me muero! ¡Ten cuidado cómo le das la noticia a ella, Aubrey! ¡Me voy a morir! Azotando el aire con tiras desgarradas de la camisa, brinca y renquea dando vueltas a la mesa, los pantalones caídos por los talones, perseguido por Ades el de Magdalen, con las tijeras de sastre. Una asustada cara de becerro, dorada de mermelada. ¡Quietos con mis pantalones! ¡No juguéis conmigo al buey mocho!

Gritos por la ventana abierta, sobresaltando el atardecer en el patio. Un jardinero sordo, con delantal, enmascarado con la cara de Matthew Arnold, empuja la segadora por el césped ensombrecido observando atentamente el vuelo de las briznas de hierba.

Para nosotros… nuevo paganismo…ómphalos.

—Déjale que se quede —dijo Stephen—. No le pasa nada malo sino de noche.

—Entonces, ¿qué ocurre? —preguntó Buck Mulligan con impaciencia—. Desembucha. Soy sincero contigo. ¿Qué tienes ahora contra mí?

Se detuvieron, mirando el chato cabo de Bray Head que se extendía en el agua como el morro de una ballena dormida. Stephen se soltó del brazo suavemente.

—¿Quieres que te lo diga? —preguntó.

—Sí, ¿qué es? —contestó Buck Mulligan—. Yo no recuerdo nada.

Miró a la cara de Stephen mientras hablaba. Una leve brisa le pasaba por la frente, abanicando suavemente su claro pelo despeinado y agitando puntos plateados de ansiedad en sus ojos.

Stephen, deprimido por su propia voz, dijo:

—¿Te acuerdas de la primera vez que fui a tu casa después que murió mi madre?

Buck Mulligan arrugó el ceño vivamente y dijo:

—¿Qué? ¿Dónde? No me acuerdo de nada. Sólo recuerdo ideas y sensaciones. ¿Por qué? ¿Qué pasó, en nombre de Dios?

—Estabas haciendo té —dijo Stephen— y yo crucé el descansillo para buscar más agua caliente. Tu madre y una visita salían de la sala. Ella te preguntó quién estaba en tu cuarto.

—¿Sí? —dijo Buck Mulligan—. ¿Y qué dije? Se me ha olvidado.

—Dijiste —contestó Stephen—: «Ah, no es más que Dedalus, que se le ha muerto su madre como una bestia».

Un rubor que le hizo más joven y atractivo invadió las mejillas de Buck Mulligan.

—¿Eso dije? —preguntó—. Bueno, ¿y qué tiene de malo eso?

Se sacudió de encima el cohibimiento con nerviosismo.

—¿Y qué es la muerte —preguntó—, la de tu madre o la tuya o la mía? Tú sólo has visto morir a tu madre. Yo los veo reventar todos los días en el Mater y Richmond, y cómo les sacan las tripas en la sala de autopsia. Es algo bestia, y nada más. Sencillamente, no importa. Tú no quisiste arrodillarte a rezar por tu madre en la agonía cuando ella te lo pidió. ¿Por qué? Porque llevas dentro esa maldita vena jesuítica, sólo que inyectada al revés. Para mí todo es ridículo y bestia. A ella no le funcionan ya los lóbulos cerebrales. Llama al doctor Sir Peter Teazle y coge flores de la colcha. Pues síguele la corriente hasta que se acabe. Le llevaste la contraria en su último deseo al morir, y sin embargo andas de malas conmigo porque no gimoteo como una llorona alquilada de Lalouette. ¡Qué absurdo! Supongo que sí lo dije. No quería ofender la memoria de tu madre.

A fuerza de hablar se había envalentonado. Stephen, tapando las anchas heridas que esas palabras habían dejado en su corazón, dijo con mucha frialdad:

—No estoy pensando en la ofensa a mi madre.

—¿Pues en qué? —preguntó Buck Mulligan.

—En la ofensa a mí —contestó Stephen.

Buck Mulligan se dio vuelta sobre los talones.

—¡Ah, eres imposible! —exclamó.

Echó a andar rápidamente, siguiendo la curva del parapeto. Stephen se quedó en su sitio, contemplando el mar tranquilo, hacia el promontorio. Mar y promontorio ahora se ensombrecían. Le latía la sangre en los ojos, velándole la vista, y notaba la fiebre de sus mejillas.

Una voz desde dentro de la torre gritó fuerte:

—¿Estás ahí arriba, Mulligan?

—Ya voy —contestó Buck Mulligan.

Se volvió a Stephen y dijo:

—Mira al mar. ¿Qué le importan las ofensas? Quítate de encima a Loyola, Kinch, y ven para abajo. El sajón quiere sus tajadas matinales de tocino.

Su cabeza se volvió a detener un momento en la entrada de la escalera, al nivel del techo.

—No te pases el día rumiándolo —dijo—. Yo soy un inconsecuente. Déjate de cavilaciones malhumoradas.


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Su cabeza desapareció, pero el bordoneo de su voz, al bajar, siguió retumbando desde el hueco de la escalera:

No te arrincones más a cavilarsobre el misterio amargo del amor,pues Fergus rige los broncíneos carros.

Sombras boscosas se veían pasar flotando silenciosamente a través de la paz mañanera, desde la entrada de la escalera, hacia el mar, a donde él contemplaba. En la orilla y hacia lo hondo, el espejo de agua se blanqueaba, agitado por presurosos pies levemente calzados. Blanco pecho del sombrío mar. Los acentos emparejados, de dos en dos. Una mano pulsando las cuerdas de arpa y fundiendo sus acordes emparejados. Palabras casadas, blancodeola, rielando sobre la sombría marea.

Una nube empezó a cubrir lentamente el sol, ensombreciendo la bahía en verde más profundo. Se extendía a su espalda cuenco de aguas amargas. La canción de Fergus: él la cantaba en casa, a solas, sosteniendo los largos acordes sombríos. Ella tenía la puerta abierta: quería oír mi música. Silencioso de respeto y lástima, me acerqué a su cabecera. Lloraba en su mísera cama. Por esas palabras, Stephen: misterio amargo del amor.

¿Ahora dónde?

Los secretos que ella tenía: viejos abanicos de plumas, carnets de baile con borlas, un adorno de cuentas de ámbar en el cajón cerrado. Cuando era niña, había una jaula de pájaro colgando en la soleada ventana de su casa. Había oído cantar al viejo Royce en la pantomina de Turko el Terrible, y se rió con los demás cuando él cantaba:

Yo soy un mozoque gozode invisibilidad.

Júbilo fantasmal, plegado y apartado: perfumado de almizcle.

No te arrincones más a cavilar.

Plegado y apartado en la memoria de la naturaleza con los juguetes de ella. Asaltaban recuerdos su mente cavilosa. Su vaso de agua en el grifo de la cocina, cuando había recibido la comunión. Una manzana rellena de azúcar moreno, asándose para ella en la chimenea, una oscura tarde de otoño. Sus lindas uñas enrojecidas por la sangre de piojos aplastados, de las camisas de los niños.

En un sueño, silenciosamente, se le había acercado, con su cuerpo consumido, en la suelta mortaja parda, oliendo a cera y palo de rosa: su aliento, inclinado sobre él con mudas palabras secretas, tenía un leve olor a cenizas mojadas.

Sus ojos vidriosos, mirando fijamente desde más allá de la muerte, para agitar y doblegar mi alma. A mí solo. El cirio fantasmal sobre la cara torturada. Su ronca respiración ruidosa estertorando de horror, mientras todos rezaban de rodillas. Sus ojos puestos en mí para derribarme.Liliata rutilantium te confessorum turma circumdet: iubilantium te virginum chorus excipiat.

¡Vampiro! ¡Masticador de cadáveres!

¡No, madre! Déjame ser y déjame vivir.

—¡Kinch, a bordo!

La voz de Buck Mulligan cantaba desde dentro de la torre. Se acercaba, escalera arriba, llamando una y otra vez. Stephen, todavía temblando del clamor de su alma, oyó el cálido correr de la luz del sol y, en el aire de detrás de él, palabras amigas.

—Dedalus, sé buen chico y baja. El desayuno está listo. Haines se excusa por habernos despertado anoche. Todo está muy bien.

—Ya voy —dijo Stephen, volviéndose.

—Ven, por lo que más quieras —dijo Buck Mulligan—. Hazlo por mí y por todos nosotros.

Su cabeza desapareció y reapareció.

—Le dije lo de tu símbolo del arte irlandés. Dice que es muy ingenioso. Dale un sablazo de una libra, ¿quieres? Una guinea, mejor dicho.

—Me pagan esta mañana —dijo Stephen.

—¿Tu burdel de escuela? —dijo Buck Mulligan—. ¿Cuánto? ¿Cuatro libras? Préstame una.

—Si te hace falta —dijo Stephen.

—Cuatro resplandecientes soberanos —gritó Mulligan con placer—. Nos tomaremos unos fenomenales tragos como para asombrar a los druídicos druidas. Cuatro omnipotentes soberanos.

Agitó las manos en lo alto y bajó zapateando los escalones de piedra, mientras cantaba desafinado con acentocockney:

¡Ah, qué día, qué día divino,bebiendo whisky, cerveza y vino,en la ocasiónde la Coronación!¡Ah, qué día, qué día divino,bebiendo whisky, cerveza y vino!

Tibio fulgor solar en regocijo sobre el mar. La bacía de níquel brillaba, olvidada, en el parapeto. ¿Por qué tendría que bajarla? ¿Y dejarla allí todo el día, amistad olvidada?

Llegó hasta ella, y la sostuvo un rato entre las manos, tocando su frescura, oliendo la baba pegajosa de la espuma en que estaba metida la brocha. Así llevaba yo el incensario entonces en Conglowes. Ahora soy otro y sin embargo el mismo. Un sirviente. Siervo de los siervos.

En el sombrío cuarto de estar abovedado, en la torre, la figura de Buck Mulligan en bata se movía con viveza de un lado para otro de la chimenea, ocultando y revelando su fulgor amarillo. Desde las altas troneras caían dos lanzadas de suave luz del día: en la intersección de sus rayos flotaba, dando vueltas, una nube de humo de carbón y vapores de grasa frita.

—Nos vamos a asfixiar —dijo Buck Mulligan—. Haines, abre esa puerta, ¿quieres?

Stephen dejó la bacía en el aparador. Una alta figura se levantó de la hamaca donde estaba sentada, se acercó a la entrada y abrió de un tirón las puertas interiores.

—¿Tienes la llave? —preguntó una voz.

—Dedalus la tiene —dijo Buck Mulligan—. Janey Mack, ¡me asfixio!

Sin levantar la mirada del fuego, aulló:

—¡Kinch!

—Está en la cerradura —dijo Stephen, adelantándose.

La llave dio dos vueltas, arañando ásperamente, y, cuando estuvo entreabierta la pesada puerta, entraron, bien venidos, la luz y el aire claro. Haines se quedó en la entrada, mirando afuera. Stephen tiró de su maleta, puesta vertical, hasta la mesa, y se sentó a esperar. Buck Mulligan echó la fritanga en el plato que tenía al lado. Luego llevó a la mesa el plato y una gran tetera, los dejó pesadamente y suspiró con alivio.

—Me estoy derritiendo —dijo—, como dijo la vela cuando… Pero silencio. Ni una palabra más sobre el tema. Kinch, despierta. Pan, mantequilla, miel. Haines, entra. El rancho está listo. Bendecidnos, Señor, y bendecid estos dones. ¿Dónde está el azúcar? Ah, jodido, no hay leche.

Stephen trajo del aparador la hogaza y el tarro de la miel y la mantequera. Buck se sentó con repentina irritación.

—¿Qué burdel es éste? —dijo—. Le dije que viniera después de las ocho.

—Lo podemos tomar solo —dijo Stephen—. Hay un limón en el aparador.

—Maldito seas tú con tus modas de París —dijo Buck Mulligan—: yo quiero leche de Sandycove.

Haines se acercó desde la entrada y dijo tranquilamente:

—Ya sube esa mujer con la leche.

—¡Las bendiciones de Dios sobre ti! —gritó Buck Mulligan, levantándose de la silla de un salto—. Siéntate. Echa el té ahí. El azúcar está en la bolsa. Ea, no puedo seguir enredándome con los malditos huevos.

Dio unos tajos a través de la fritanga de la fuente y la fue estampando en tres platos, mientras decía:

—In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Haines se sentó a servir el té.

—Os doy dos terrones a cada uno —dijo—. Pero oye, Mulligan, tú haces fuerte el té, ¿no?

Buck Mulligan, sacando gruesas rebanadas de la hogaza, dijo con mimosa voz de vieja:

—Cuando hago té, hago té, como decía la abuela Grogan. Y cuando hago aguas, hago aguas.

—Por Júpiter, que es té —dijo Haines.

Buck Mulligan siguió cortando y hablando con mimos de vieja:

—«Eso hago yo, señora Cahill», dice. «Caramba, señora», dice la señora Cahill, «Dios le conceda no hacerlo en el mismo cacharro».

Tendió a cada uno de sus comensales, por turno, una gruesa rebanada de pan, empalada en el cuchillo.

—Esa es gente para tu libro, Haines —dijo con gran seriedad—. Cinco líneas de texto y diez páginas de notas sobre el pueblo y los dioses-peces de Dundrum. Impreso por las Hermanas Parcas en el año del gran viento.

Se volvió a Stephen y preguntó con sutil voz intrigada, levantando las cejas:

—¿Recuerdas, hermano, si el cacharro del té y del agua de la vieja Grogan se menciona en el Mabinogion, o si es en los Upanishads?

—Lo dudo —dijo Stephen gravemente.

—¿De veras? —dijo Buck Mulligan en el mismo tono—. Por favor, ¿qué razones tienes?

—Se me antoja —dijo Stephen, comiendo— que no existió ni dentro ni fuera del Mabinogion. La vieja Grogan, es de imaginar, era parienta de Mary Ann.

El rostro de Buck Mulligan sonrió con placer.

—¡Encantador! —dijo con dulce voz afeminada, mostrando sus blancos dientes y parpadeando amablemente—. ¿Crees que lo era? ¡Qué encanto!

Luego, nublando de repente sus facciones, gruñó con voz ronca y rasposa, mientras volvía a dar vigorosas tajadas a la hogaza:

A la vieja Mary Annno le importa el qué diránsino que, levantándose la enagua…

Se atascó la boca de fritura y fue mascando y bordoneando.

El hueco de la puerta se ensombreció con una figura que entraba.

—¡La leche, señor!

—Pase, señora —dijo Mulligan—. Kinch, toma la lechera.

Una vieja se adelantó y se puso al lado de Stephen.

—Hace una mañana estupenda, señor —dijo—. Bendito sea Dios.

—¿Quién? —dijo Mulligan, lanzándole una ojeada—. ¡Ah, claro!

Stephen se echó atrás y acercó del aparador el jarro de la leche.

—Los isleños —dijo Mulligan a Haines, como de paso—, hablan frecuentemente del recaudador de prepucios.

—¿Cuánta, señor? —preguntó la vieja.

—Dos pintas —dijo Stephen.

La observó echar en la medida, y luego en la jarra, blanca leche espesa, no suya. Viejas tetas encogidas. Volvió a echar una medida y una propina. Anciana y secreta, había entrado desde un mundo mañanero, quizá mensajera. Alababa la excelencia de la leche, mientras la vertía. Acurrucada junto a una paciente vaca, al romper el día, en el fértil campo, bruja sentada en su seta venenosa, con sus arrugados dedos rápidos en las ubres chorreantes. Mugían en torno a ella, y la conocían; ganado sedoso de rocío. Seda de las vacas y pobre vieja: nombres que se le dieron en tiempos antiguos. Una anciana errante, baja forma de un ser inmortal, sirviendo al que la conquistó y alegremente la traicionó; la concubina común de ellos, mensajera de la secreta mañana. Si para servir o para reprender, no sabía él decirlo: pero desdeñaba solicitarle sus favores.

—Está muy bien, señora —dijo Buck Mulligan, sirviendo leche en las tazas.

—Pruébela, señor —dijo ella.

Él bebió, tal como le rogaba.

—Si pudiéramos vivir de buenos alimentos como éste —le dijo a ella, en voz algo alta—, no tendríamos el país lleno de dentaduras podridas y tripas podridas. Viviendo en una ciénaga infecta, comiendo alimentos baratos y con las calles cubiertas de polvo, boñigas de caballo y escupitajos de tuberculosos.

—¿Es usted estudiante de medicina, señor? —preguntó la vieja.

—Sí, señora —contestó Buck Mulligan.

—¡Hay que ver! —dijo ella.

Stephen escuchaba en desdeñoso silencio. Ella inclina su vieja cabeza hacia una voz que le habla ruidosamente, su arreglahuesos, su curandero: a mí, ella me desprecia. A la voz que confesará y ungirá para la tumba todo lo que haya de ella, excepto sus impuros lomos de mujer, de carne de hombre no hecha a semejanza de Dios, la presa de la serpiente. Y a la ruidosa voz que ahora la manda callar, con asombrados ojos inquietos.

—¿Entiende usted lo que le dice éste? —le preguntó Stephen.

—¿Es francés lo que habla usted, señor? —dijo la vieja a Haines.

Haines volvió a dirigirle un discurso más largo, confiado.

—Irlandés —dijo Buck Mulligan—. ¿Sabe usted algo de gaélico?

—Me pareció que era irlandés —dijo ella—, por el sonido que tiene. ¿Es usted del oeste, señor?

—Soy inglés —contestó Haines.

—Es inglés —dijo Buck Mulligan— y cree que en Irlanda deberíamos hablar irlandés.

—Claro que deberíamos —dijo la vieja—, y a mí me da vergüenza no hablar yo misma esa lengua. Me han dicho quienes la saben que es una lengua de mucha grandeza.

—Grandeza no es la palabra —dijo Buck Mulligan—. Es una maravilla, por completo. Echaos más té, Kinch. ¿Quiere usted una taza, señora?

—No, gracias, señor —dijo la vieja, deslizando el asa de la lechera por el antebrazo y disponiéndose a marchar.

Haines le dijo:

—¿Tiene la cuenta? Más vale que le paguemos, ¿no es verdad, Mulligan?

Stephen llenó las tres tazas.

—¿La cuenta, señor? —dijo ella, deteniéndose—. Bueno, son siete mañanas una pinta a dos peniques, que son siete de a dos, que son un chelín y dos peniques que llevo y estas tres mañanas dos pintas a cuatro peniques son un chelín y uno y dos que son dos y dos, señor.

Buck Mulligan suspiró y después de llenarse la boca con una corteza bien untada de mantequilla por los dos lados, estiró las piernas y empezó a registrarse los bolsillos del pantalón.

—Paga y pon buena cara —le dijo Haines, sonriendo.

Stephen se llenó la taza por tercera vez, con una cucharada de té coloreando levemente la espesa leche sustanciosa. Buck Mulligan sacó un florín, le dio vueltas en los dedos y gritó:

—¡Milagro!

Lo pasó a lo largo de la mesa hacia la vieja, diciendo:

Más no me pidas, querida mía,te he dado todo lo que tenía.

Stephen le puso la moneda en su mano nada ávida.

—Le deberemos dos peniques —dijo.

—Hay tiempo de sobra, señor —dijo ella, tomando la moneda—. Hay tiempo de sobra. Buenos días, señor.

Hizo una reverencia y se marchó, seguida por la tierna salmodia de Buck Mulligan:

Corazón mío, si más hubieraante tus pies se te pusiera.

Se volvió a Stephen y dijo:

—En serio, Dedalus. Estoy en seco. Date prisa a tu burdel de escuela y tráenos dinero. Hoy los bardos deben beber y hacer festín. Irlanda espera que cada cual cumpla hoy con su deber.

—Eso me recuerda —dijo Haines, levantándose— que hoy tengo que visitar vuestra biblioteca nacional.

—Primero nuestra nadada —dijo Buck Mulligan.

Se volvió a Stephen y preguntó suavemente:

—¿Es hoy el día de tu lavado mensual, Kinch?


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Luego dijo a Haines:

—El impuro bardo pone empeño en bañarse una vez al mes.

—Toda Irlanda está bañada por la Corriente del Golfo —dijo Stephen, dejando gotear miel en una rebanada de la hogaza.

Haines habló desde el rincón donde se anudaba tranquilamente una bufanda sobre el ancho cuello de su camisa de tenis:

—Pienso hacer una colección de tus dichos si me lo permites.

Me habla a mí. Ellos se lavan y se embañeran y se restriegan.Agenbite of inwit, remordimiento. Conciencia. Todavía hay aquí una mancha.

—Eso de que el espejo partido de una criada sea el símbolo del arte irlandés, es endemoniadamente bueno.

Buck Mulligan dio una patada a Stephen en el pie por debajo de la mesa y dijo en tono cálido:

—Espera hasta que le oigas hablar de Hamlet, Haines.

—Bueno, lo digo en serio —dijo Haines, todavía dirigiéndose a Stephen—. Pensaba en ello precisamente cuando entró esa pobre vieja criatura.

—¿Ganaría dinero yo con eso? —preguntó Stephen.

Haines se rió, y tomando su blando sombrero gris del gancho de la hamaca, dijo:

—No sé, la verdad.

Se dirigió lentamente hacia la salida. Buck Mulligan se inclinó hacia Stephen y le dijo con áspera energía:

—Ya has metido la pata. ¿Para qué dijiste eso?

—¿Y qué? —dijo Stephen—. El problema es sacar dinero. ¿A quién? A la lechera o a él. Cara o cruz, me parece.

—Le hincho la cabeza hablando de ti —dijo Buck Mulligan— y luego sales con tus asquerosas muecas y tus bromas lúgubres de jesuita.

—Veo poca esperanza —dijo Stephen—, ni en ella ni en él.

Buck Mulligan suspiró trágicamente y le puso la mano en el brazo a Stephen.

—En mí, Kinch —dijo.

En tono bruscamente cambiado, añadió:

—Para decirte la verdad más sagrada, creo que tienes razón. Maldito para lo que sirven si no es para eso. ¿Por qué no los enredas como yo? Al diablo con todos ellos. Vámonos del burdel.

Se puso de pie y se desciñó y se desenvolvió gravemente de su bata, diciendo con resignación:

—Mulligan es despojado de sus vestiduras.

Vació los bolsillos en la mesa.

—Aquí tienes tu moquero —dijo.

Y, al ponerse el cuello duro y la rebelde corbata, les hablaba, les reprendía, así como a la balanceante cadena de su reloj. Sus manos se sumergieron y enredaron en el baúl mientras reclamaba un pañuelo limpio.Agenbit of inwit, remordimiento de conciencia. Dios mío, no habrá más remedio que caracterizarse según el papel. Necesito guantes color pulga y botas verdes. Contradicción. ¿Me contradigo? Pues muy bien, me contradigo. Mercurial Malachi. Un blando proyectil negro salió volando de sus manos habladoras.

—Y ahí tienes tu sombrero del Barrio Latino —dijo.

Stephen lo recogió y se lo puso. Haines les gritó desde la puerta:

—¿Vais a venir, muchachos?

—Estoy listo —contestó Buck Mulligan, yendo hacia la puerta—. Sal, Kinch. Ya te has comido todas nuestras sobras, supongo.

Resignado, salió fuera con graves palabras y andares, diciendo:

—Y al salir al campo se halló con Butterly.

Stephen, tomando su bastón de fresno de donde estaba apoyado, les siguió y, mientras ellos bajaban la escalera, tiró de la lenta puerta de hierro, la cerró y se metió la enorme llave en el bolsillo interior.

Al pie de la escalera, Buck Mulligan preguntó:

—¿Trajiste la llave?

—Ya la tengo —dijo Stephen, yendo por delante de ellos.

Siguió andando. Detrás de él, oyó a Buck Mulligan azotar con su pesada toalla de baño los brotes más altos de los helechos y las hierbas.

—¡Alto ahí, señor! ¿Cómo se atreve usted?

Haines preguntó:

—¿Pagáis alquiler por esta torre?

—Doce pavos —dijo Buck Mulligan.

—Al Secretario de Guerra del Estado —añadió Stephen, por encima del hombro.

Se detuvieron mientras Haines observaba bien la torre, y decía al fin:

—Más bien desolada en invierno, diría yo. ¿Martello la llaman?

—Las hizo construir Billy Pitt —dijo Buck Mulligan— cuando los franceses andaban por el mar. Pero la nuestra es elómphalos.

—¿Cuál es tu idea sobre Hamlet? —preguntó Haines a Stephen.

—No, no —gritó Buck Mulligan, con dolor—. No estoy a la altura de Tomás de Aquino y las cincuenta y cinco razones que se ha buscado para apuntalarlo. Esperad a que tenga dentro de mí unas cuantas pintas.

Se volvió a Stephen y, tirando para abajo cuidadosamente de los picos de su chaleco color prímula, le dijo:

—¿No te arreglarías con menos de tres pintas, verdad, Kinch?

—Si eso ha esperado tanto —dijo Stephen con indolencia—, bien puede esperar más.

—Cosquilleáis mi curiosidad —dijo Haines, amigablemente—. ¿Es alguna paradoja?

—¡Bah! —dijo Buck Mulligan—. Se nos han quedado pequeños Wilde y las paradojas. Es muy sencillo. Éste demuestra por álgebra que el nieto de Hamlet es el abuelo de Shakespeare y que él mismo es el espectro de su padre.

—¿Cómo? —dijo Haines, empezando a señalar a Stephen—. ¿Este mismo?

Buck Mulligan se echó la toalla al cuello como una estola y, soltando la risa hasta doblarse, dijo a Stephen al oído:

—¡Ah, sombra de Kinch el Viejo! ¡Jafet en busca de padre!

—Siempre estamos cansados por las mañanas —dijo Stephen a Haines—. Y es más bien largo de contar.

Buck Mulligan, volviendo a avanzar, levantó las manos.

—Sólo el sagrado trago puede desatar la lengua de Dedalus —dijo.

—Quería decir —explicó Haines a Stephen mientras seguían— que esta torre y estas escolleras, no sé por qué, me recuerdan a Elsinore. «Que avanza desde su base mar adentro», ¿no es eso?

Buck Mulligan se volvió de pronto por un instante hacia Stephen pero no habló. En el claro instante de silencio, Stephen vio su propia imagen en barato luto polvoriento entre las alegres vestimentas de los otros.

—Es una historia prodigiosa —dijo Haines, haciéndoles detenerse otra vez.

Ojos, pálidos como ese mar que el viento había refrescado, más pálidos, firmes y prudentes. Señor de los mares, miraba al sur a través de la bahía, vacía salvo por el penacho de humo del barco correo, vago en el luminoso horizonte, y por una vela dando bordadas por los Muglins.

—He leído no sé dónde una interpretación teológica de eso —dijo, meditabundo—. La idea del Padre y el Hijo. El Hijo esforzándose por reconciliarse con el Padre.

Buck Mulligan, al momento, asumió una cara gozosa de ancha sonrisa. Les miró, con su bien formada boca abierta alegremente, y sus ojos, de los que había retirado de repente todo aire de astucia, pestañearon de loco regocijo. Movió de un lado para otro una cabeza de muñeco, haciendo temblar las alas de su jipijapa, y empezó a salmodiar con estúpida y tranquila voz feliz:

Soy el chico más raro de que se ha oído hablar.Mi madre era judía y mi padre era un pájaro.Con José el ebanista no puedo andar de acuerdo:Brindo por mis discípulos, brindo por el Calvario.

Levantó un índice en admonición:

Si alguno es de opinión de que no soy divino,cuando haga el vino yo, no podrá beber gratis.Tendrá que beber agua, y la querría claracuando ese vino en agua se convierta otra vez.

Dio un vivo tirón al bastón de fresno de Stephen, como despedida, y adelantándose a la carrera hacia un borde del acantilado, agitó las manos junto al cuerpo como aletas o como alas de alguien que fuera a subir por el aire, y entonó:

¡Adiós ahora, adiós! Escribid lo que dijey contadles a todos que yo he resucitado.Lo que nació en mis huesos me dejará volar,y en el monte Olivete hay buena brisa… Adiós.

Dio unas cabriolas ante ellos, inclinándose hacia el Agujero de los Cuarenta Pies, agitando sus aladas manos, con ágiles saltos, mientras su caduceo temblaba en el fresco viento que llevaba hasta ellos sus breves gritos de dulzura pajaril.

Haines, que había estado riendo con disimulo, echó a andar al lado de Stephen y dijo:

—No deberíamos reírnos, me parece. Este hombre es bastante blasfemo. Yo mismo no soy creyente, es la verdad. Con todo, su alegría le quita la malicia a esto, no sé por qué. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿José el Ebanista?

—La balada del Jovial Jesús—contestó Stephen.

—Ah —dijo Haines—, ¿ya la habías oído antes?

—Tres veces al día, después de las comidas —dijo Stephen con sequedad.

—Tú no eres creyente, ¿verdad? —preguntó Haines—. Quiero decir, creyente en el sentido estricto de la palabra. La creación desde la nada, los milagros y un Dios personal.

—No hay más que un sentido en esa palabra, me parece —dijo Stephen.

Haines se detuvo para sacar una lisa pitillera de plata en que chispeaba una piedra verde. Hizo saltar su resorte con el pulgar y la ofreció.

—Gracias —dijo Stephen, tomando un cigarrillo.

Haines se sirvió y cerró la pitillera con un chasquido. Se la volvió a meter en el bolsillo lateral y sacó del bolsillo del chaleco un encendedor de níquel, lo abrió haciendo saltar también el resorte y, una vez encendido su cigarrillo, tendió a Stephen la yesca llameante en la concha de las manos.

—Sí, claro —dijo, mientras seguía otra vez—. O se cree o no se cree, ¿no es verdad? Personalmente, yo no podría tragar esa idea de un Dios personal. Tú no lo aceptas, supongo.

—Observas en mí —dijo Stephen con sombrío disgusto— un horrible ejemplo de librepensamiento.

Siguió andando, en espera de que se le hablara, llevando a rastras a su lado el bastón. La contera le seguía con ligereza por la vereda, chirriando en sus talones. Mi demonio familiar, detrás de mí, llamando ¡Steeeeeeeeeephen! Una línea vacilante por el camino. Estos andarán por ella esta noche, viniendo acá en lo oscuro. Él quiere esa llave. Es mía, yo pagué el alquiler. Ahora yo como su pan salado. Darle la llave también. Todo. La pedirá. Se le veía en los ojos.

—Después de todo… —empezó Haines.

Stephen se volvió y vio que la fría mirada que le había tomado medida no era del todo malintencionada.

—Después de todo, yo diría que uno es capaz de liberarse. Uno es su propio amo, me parece.

—Yo soy siervo de dos amos —dijo Stephen—, uno inglés y una italiana.

—¿Italiana? —dijo Haines.

Una reina loca, vieja y celosa. Arrodillaos ante mí.

—Y hay un tercero —dijo Stephen— que me necesita para trabajos ocasionales.

—¿Italiana? —volvió a decir Haines—. ¿Qué quieres decir?

—El estado imperial británico —contestó Stephen, enrojeciendo—, y la santa Iglesia católica, apostólica y romana.

Haines desprendió de debajo del labio unas hebras de tabaco antes de hablar.

—Puedo entender eso muy bien —dijo tranquilamente—. Un irlandés tiene que pensar así, me atrevería a decir. En Inglaterra nos damos cuenta de que os hemos tratado de un modo bastante injusto. Parece que la culpa la tiene la historia.

Los altivos títulos poderosos hacían resonar en la memoria de Stephen el triunfo de sus campanas broncíneas:et unam sanctam catholicam et apostolicam ecclesiam: el lento crecimiento y cambio de rito y dogma como sus propios preciosos pensamientos, una química de estrellas. Símbolo de los Apóstoles en la misa del Papa Marcelo, las voces bien conjuntadas, cantando cada una bien alto en afirmación: y detrás de su cántico el ángel vigilante de la Iglesia militante desarmaba y amenazaba a sus heresiarcas. Una horda de herejías huyendo con mitras de medio lado: Focio y todo el linaje de burlones de los que Mulligan era uno más, y Arrio, guerreando toda su vida contra la consubstancialidad del Hijo con el Padre, y Valentín, despreciando el cuerpo terrenal de Cristo, y el sutil heresiarca africano Sabelio, que sostenía que el Padre era él mismo Su propio Hijo. Palabras que Mulligan había dicho hacía un momento burlándose del forastero. Vana burla. El vacío aguarda sin duda a todos esos que tejen el viento: una amenaza, un desarme y una derrota por parte de esos alineados ángeles de la Iglesia, la hueste de Miguel, que la defiende siempre en la hora de la discordia con sus lanzas y escudos.

Muy bien, muy bien. Aplausos prolongados.Zut! Nom de Dieu!

—Claro, yo soy británico —dijo la voz de Haines— y también lo son mis sentimientos. No quiero tampoco ver caer a mi país en manos de judíos alemanes. Ese es nuestro problema nacional ahora mismo, me temo.

Dos hombres estaban erguidos en el borde de la escollera, observando: hombre de negocios, hombre de mar.

—Va rumbo al puerto de Bullock.

El hombre de mar inclinó la cabeza hacia el norte de la bahía con cierto desdén.

—Ahí hay cinco brazas —dijo—. Cuando entre la marea, hacia la una, se lo va a llevar. Hoy ya son nueve días.

El hombre que se ahogó. Una vela virando en la bahía vacía, en espera de que un bulto hinchado saliera a flote, y volviera hacia el sol una cara abotargada blanca de sal. Aquí estoy.

Siguieron el camino ondulante, bajando a la caleta. Buck Mulligan se irguió en una piedra, en mangas de camisa, con su corbata sin prender ondeando sobre el hombro. Un joven, agarrado a una roca, cerca de él, movía lentamente, como una rana, la piernas verdes en la honda jalea del agua.

—¿Está contigo tu hermano, Malachi?

—Allá en Westmeath. Con los Bannon.

—¿Todavía allá? Recibí una postal de Bannon. Dice que ha encontrado por allí una monada. Una chica de fotografía, la llama.

—Instantánea, ¿eh? Exposición breve.

Buck Mulligan se sentó a desatarse las botas. Un anciano asomó cerca de la punta de la roca una cara roja y resoplante. Gateó subiendo por las piedras, con agua reluciendo en la coronilla y en su guirnalda de pelo gris, agua en arroyos por el pecho y la barriga, y chorros saliendo por su negro taparrabos colgón.

Buck Mulligan se echó a un lado para dejarle pasar gateando, y con una ojeada a Haines y a Stephen, se santiguó piadosamente con el pulgar en la frente, labios y esternón.

—Ha vuelto Seymour a la ciudad —dijo el joven, volviendo a agarrarse a su punta de roca—. Ha colgado la medicina y se va al ejército.

—¡Ah, que se vaya con Dios! —dijo Buck Mulligan.

—La semana que viene se marcha a pringar. ¿Conoces a esa chica Carlisle, la pelirroja, Lily?


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—Sí.

—Anoche andaba con él por el muelle, metiéndose mano. El padre está podrido de dinero.

—¿Ya la han hecho?

—Mejor pregúntaselo a Seymour.

—¡Seymour, un jodido oficial! —dijo Buck Mulligan.

Asintió con la cabeza para sí mismo, mientras se quitaba los pantalones, y se incorporó diciendo con obviedad:

—Las pelirrojas, en cuanto las cojas.

Se interrumpió alarmado, tocándose el costado bajo la camisa aleteante.

—He perdido la duodécima costilla —gritó—. Soy elUebermensch. El desdentado Kinch y yo, los superhombres.

Se liberó de la camisa, luchando, y la tiró atrás, donde estaba su ropa.

—¿Vas a entrar aquí, Malachi?

—Sí. Déjame sitio en la cama.

El joven se echó hacia atrás por el agua y alcanzó el centro de la cala en dos limpias brazadas largas. Haines estaba sentado en una piedra, fumando.

—¿No te metes? —preguntó Buck Mulligan.

—Más tarde —dijo Haines—. No recién desayunado.

Stephen se dio la vuelta.

—Me marcho, Mulligan —dijo.

—Dame esa llave, Kinch —dijo Mulligan—, para sujetar mi camisa extendida.

Stephen le alargó la llave. Buck Mulligan la puso atravesada en su montón de ropa.

—Y dos peniques —dijo— para una pinta. Échalos ahí.

Stephen echó los dos peniques en el blando montón. Vistiéndose, desnudándose. Buck Mulligan erguido, con las manos unidas y adelantadas, dijo solemnemente:

—Aquel que robare al pobre prestará al Señor. Así hablaba Zaratustra.

Su rollizo cuerpo se zambulló.

—Ya te volveremos a ver —dijo Haines, volviéndose hacia Stephen que subía por el sendero, y sonriendo de esos salvajes irlandeses.

Cuerno de toro, pezuña de caballo, sonrisa de sajón.

—En el Ship —gritó Buck Mulligan—. A las doce y media.

—Bueno —dijo Stephen.

Siguió andando por el sendero, curvado en la subida.

Liliata rutilantium.Turma circumdet.Iubilantium te virginum.

El nimbo gris del sacerdote en el escondrijo donde se vestía discretamente. No quiero dormir aquí esta noche. Tampoco puedo ir a casa.

Una voz, dulce de tono y prolongada, le llamó desde el mar. Doblando el recodo, agitó la mano. La voz volvió a llamar. Una lisa cabeza parda, de foca, allá lejos en el agua, redonda.

Usurpador.

[2]

—Usted, Cochrane, ¿qué ciudad le mandó a buscar?

—Tarento, profesor.

—Muy bien. ¿Y qué más?

—Hubo una batalla, profesor.

—Muy bien. ¿Dónde?

La cara vacía del muchacho preguntó a la ventana vacía.

Fabulada por las hijas de la memoria. Y sin embargo fue de algún modo, si es que no como lo fabuló la memoria. Una frase, entonces, de impaciencia, desplome de las alas de exceso de Blake. Oigo la ruina de todo el espacio, cristal roto y mampostería derrumbándose, y el tiempo hecho una sola llama lívida y definitiva. ¿Qué nos queda entonces?

—No me acuerdo del sitio, profesor. 279 antes de Cristo.

—Asculum —dijo Stephen, echando una ojeada al nombre y la fecha en el libro arañado con sangrujos.

—Sí, señor. Y dijo: «Otra victoria como ésta y estamos perdidos».

Esa frase la había recordado el mundo. Opaco tranquilizamiento de la mente. Desde una colina que domina una llanura sembrada de cadáveres, un general hablando a sus oficiales, apoyado en su lanza. Cualquier general a cualesquiera oficiales. Le prestan oído.

—Usted, Armstrong —dijo Stephen—. ¿Cómo acabó Pirro?

—¿Que cómo acabó Pirro, profesor?

—Yo lo sé, profesor. Pregúnteme a mí —dijo Comyn.

—Espere. Usted, Armstrong. ¿Sabe algo de Pirro?

En la cartera de Armstrong había, bien guardada, una bolsa de higos secos. Él los doblaba entre las manos de vez en cuando y se los tragaba suavemente. Se le quedaban migas adheridas a la piel de los labios. Aliento endulzado de muchacho. Gente bien, orgullosos de que su hijo mayor estuviera en la Marina. Vico Road, Dalkey.

—¿Pirro, profesor? Pirro,pier, espigón.

Todos se rieron. Ruidosa risa maliciosa sin regocijo. Armstrong miró a sus compañeros, alrededor, estúpido júbilo de perfil. Dentro de un momento se reirán más fuerte, conscientes de mi falta de autoridad y de los honorarios que pagan sus padres.

—Dígame ahora —dijo Stephen, dándole una metida en el hombro al muchacho con el libro—, qué es eso depier.

—Pier, profesor, espigón —dijo Armstrong—, una cosa que sale entre las olas. Una especie de puente. El de Kingstown, profesor.

Algunos se volvieron a reír: sin regocijo pero con intención. Dos en el banco del fondo cuchichearon. Sí. Sabían: nunca habían aprendido ni habían sido nunca inocentes. Todos. Con envidia observó sus caras. Edith, Ethel, Gerty, Lily. Sus parecidos: sus alientos, también, endulzados con té y mermelada, sus pulseras riendo en la pelea.

—El espigón de Kingstown —dijo Stephen—. Sí, un puente fracasado.

Esas palabras turbaron sus miradas.

—¿Cómo, profesor? Un puente es a través de un río. Para el libro de dichos de Haines. Aquí, nadie para escuchar. Esta noche, con destreza, entre beber locamente y charlar, a perforar la pulida cota de malla de su mente. ¿Y luego qué? Un bufón en la corte de su señor, consentido y despreciado, obteniendo la clemente alabanza del señor. ¿Por qué habían elegido todos ellos ese papel? No del todo por la suave caricia. Para ellos también, la historia era un cuento como cualquier otro, oído demasiadas veces, y su país era una almoneda.

¿Y si Pirro no hubiera caído por mano de una arpía o si Julio César no hubiera muerto apuñalado? No se les puede suprimir con el pensamiento. El tiempo les ha marcado y, encadenados, residen en el espacio de las infinitas posibilidades que han desalojado. Pero ¿pueden éstas haber sido posibles, visto que nunca han sido? ¿O era posible solamente lo que pasó? Teje, tejedor del viento.

—Cuéntenos un cuento, profesor.

—Ah, sí, profesor, un cuento de fantasmas.

—¿Por dónde íbamos en éste? —preguntó Stephen, abriendo otro libro.

—«No llores más» —dijo Comyn.

—Siga entonces, Talbot.

—¿Y la historia, profesor?

—Después —dijo Stephen—. Siga, Talbot.

Un chico atezado abrió un libro y lo sujetó hábilmente bajo el parapeto de la cartera. Recitó tirones de versos con ojeadas de vez en cuando al texto:

No llores más triste pastor, no llores,pues Lycidas, tu pena, no está muerto,aunque hundido en el suelo de las olas…

Debe ser un movimiento, entonces, una actualización de lo posible en cuanto posible. La frase de Aristóteles se formó sola entre los versos farfullados y salió flotando hacia el estudioso silencio de la biblioteca de Sainte Geneviève donde noche tras noche había leído él, defendido del pecado de París. A su lado, un delicado siamés consultaba un manual de estrategia. Cerebros alimentados y alimentadores a mi alrededor: bajo lámparas de incandescencia, pinchados, con antenas levemente palpitantes: y en la oscuridad de mi mente, un perezoso del mundo inferior, reluctante, huraño a la claridad, removiendo sus pliegues escamosos de dragón. Pensamiento es el pensamiento del pensamiento. Tranquila luminosidad. El alma es en cierto modo todo lo que es: el alma es la forma de las formas. Tranquilidad súbita, vasta, incandescente: forma de las formas.

Talbot repetía:

Por el poder amado del que anduvo en las olas,por el poder amado…

—Pase la hoja —dijo suavemente Stephen—. No veo nada.

—¿Qué, profesor? —preguntó simplemente Talbot, inclinándose adelante.

Su mano pasó la hoja. Se echó atrás y siguió adelante, recién habiéndose acordado. Del que anduvo en las olas. Aquí también, sobre estos corazones cobardes, se extiende su sombra, y sobre el corazón y los labios de quien se burla de él, y sobre los míos. Se extiende sobre las ávidas caras de los que le ofrecieron una moneda del tributo. A César lo que es de César, a Dios lo que es de Dios. Una larga mirada de ojos oscuros, una frase en adivinanza para ser tejida y tejida en los telares de la Iglesia. Eso es.

Adivina adivinanza.Mi padre me dio semillas de la labranza.

Talbot deslizó su libro cerrado dentro de la cartera.

—¿Ya lo he oído todo? —preguntó Stephen.

—Sí, profesor. Hay hockey a las diez.

—Media fiesta, profesor. Es jueves.

—¿Quién sabe contestar una adivinanza?

Retiraban sus libros en montones, chascando los lápices, sacudiendo las páginas. Apiñados, pasaron las correas y cerraron las hebillas de las carteras, charloteando alegremente todos:

—¿Una adivinanza, profesor? Pregúnteme a mí.

—A mí, profesor.

—Una difícil, profesor.

—Esta es la adivinanza —dijo Stephen:

El gallo canta,el sol se levanta:las campanas del cieloestán tocando a duelo.Es hora de que esta pobre almase vaya al cielo.

—¿Eso qué es?

—¿Qué profesor?

—Otra vez, profesor. No oímos.

Los ojos se les pusieron más grandes al repetirse los versos. Después de un silencio, Cochrane dijo:

—¿Qué es, profesor? Nos damos por vencidos.

Stephen, con la garganta picándole, contestó:

—El zorro enterrando a su abuela bajo una mata de acebo.

Se levantó y lanzó una risotada nerviosa a la que ellos hicieron eco con gritos de consternación.

Un palo golpeó en la puerta y una voz en el pasillo gritó:

—¡Hockey!

Se dispersaron, deslizándose de sus bancos, saltándoselos. Rápidamente desaparecieron y desde el cuarto trastero llegó el entrechocar de los palos y el estrépito de las botas y lenguas.

Sargent, el único que se había rezagado, se adelantó despacio, enseñando un cuaderno abierto. Su pelo enredado y su cuello descarnado daban testimonio de impreparación, y a través de sus nebulosas gafas, unos débiles ojos levantaban una mirada suplicante. En su mejilla, mortecina y exangüe, había una leve mancha de tinta, en forma de dátil, reciente y húmeda como una huella de caracol.

Alargó su cuaderno. En la cabecera estaba escrita la palabraOperaciones. Debajo había cifras en declive y al pie una firma retorcida, con algunos ojos de las letras cegados y un borrón. Cyril Sargent: firmado y sellado.

—El señor Deasy me dijo que las volviera a escribir todas otra vez —dijo— y que se las enseñara a usted, profesor.

Stephen tocó los bordes del cuaderno. Inutilidad.

—¿Las entiende ahora cómo se hacen? —preguntó.

—Los ejercicios del once al quince —contestó Sargent—. El señor Deasy dijo que tenía que copiarlos de la pizarra, profesor.

—¿Sabe hacerlos ahora usted mismo? —preguntó Stephen.

—No, señor.

Feo e inútil: cuello flaco y pelo espeso y una mancha de tinta, una huella de caracol. Sin embargo, una le había amado, le había llevado en brazos y en el corazón. De no ser por ella, la carrera del mundo le habría aplastado pisoteándolo, estrujado caracol sin hueso. Ella había amado esa débil sangre aguada sacada de la suya. ¿Era eso entonces real? ¿La única cosa verdadera en la vida? Sobre el postrado cuerpo de su madre cabalgó el fogoso Columbano con sagrado celo. Ella ya no existía: el tembloroso esqueleto de una ramita quemada en el hogar, un olor de palo de rosa y cenizas mojadas. Ella le había salvado de ser aplastado y pisoteado, y se había ido, habiendo sido escasamente. Una pobre alma ida al cielo: y en el brezal, bajo el parpadeo de las estrellas, un zorro, el rojo hedor de rapiña en la piel, escuchaba, escarbaba la tierra, escuchaba, escarbaba y escarbaba.

Sentado junto a él, Stephen resolvió el problema. Demuestra por álgebra que el espectro de Shakespeare es el abuelo de Hamlet. Sargent escudriñaba de medio lado a través de sus gafas inclinadas. Palos de hockey se entrechocaban en el cuarto trastero: el golpe hueco de una bola y gritos desde el campo.

A través de la página los símbolos se movían en grave danza morisca, en la mascarada de sus letras, con raros gorros de cuadrados y cubos. Darse la mano, atravesar, inclinarse ante la pareja: así: duendes nacidos de la fantasía de los moros. Desaparecidos también del mundo, Averroes y Moisés Maimónides, hombres oscuros en gesto y movimiento, destellando en sus espejos burlones la sombría alma del mundo, una tiniebla brillando en claridad que la claridad no podía comprender.

—¿Entiende ahora? ¿Puede hacer el segundo usted mismo?

—Sí, señor.

Con largos trazos sombreados, Sargent copió los datos. Esperando siempre una palabra de ayuda, su mano movía fielmente los inseguros símbolos, con un leve color de vergüenza entreviéndose tras su piel sombría.Amor matris: genitivo subjetivo y objetivo. Ella, con su débil sangre y su leche agria de suero, le había alimentado y había escondido a la vista de los demás sus pañales.

Como él fui yo, esos hombros caídos, esa falta de gracia. Mi niñez se inclina a mi lado. Demasiado lejos para que yo apoye una mano en ella por una vez o ligeramente. La mía está lejos y la suya secreta como nuestros ojos. Hay secretos, silenciosos y pétreos, sentados en los oscuros palacios de nuestros dos corazones: secretos fatigados de su tiranía: tiranos, deseosos de ser destronados.

La operación estaba hecha.

—Es muy sencillo —dijo Stephen, levantándose.

—Sí, señor. Gracias —contestó Sargent.

Secó la página con una hoja de delgado secante y se volvió a llevar el cuaderno a su banco.

—Más vale que busque su palo y salga con los demás —dijo Stephen, seguido hasta la puerta por la figura sin gracia del muchacho.

—Sí, señor.

En el pasillo se oyó su nombre, gritado desde el campo de juego.

—¡Sargent!

—Corra —dijo Stephen—. El señor Deasy le llama.

Se quedó en la galería y observó al rezagado apresurarse hacia el pelado terreno donde reñían estridentes voces. Les separaban en equipos y el señor Deasy avanzaba moviendo los pies con botines sobre matas sueltas de hierba. Volvía su enojado bigote blanco.

—¿Qué pasa ahora? —gritaba sin escuchar.

—Cochrane y Halliday están en el mismo equipo, señor Deasy —gritó Stephen.


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—¿Quiere esperarme un momento en mi despacho —dijo el señor Deasy— mientras restablezco el orden aquí?

Y avanzando otra vez atareadamente a través del campo, su voz de viejo gritaba severamente:

—¿Qué pasa? ¿Qué hay ahora?

Las voces agudas le gritaban por todas partes: las muchas figuras se apretaban a su alrededor, mientras el sol chillón blanqueaba la miel de su cabeza mal teñida.

Rancio aire de humo se cernía en el despacho, con el olor del descolorido y desgastado cuero de las sillas. Como en el primer día que regateó conmigo aquí. Como era en el principio, así es ahora. En el aparador, la bandeja de monedas Estuardo, vil tesoro de una turbera: y será siempre. Y bien acomodados en su caja de cucharas de terciopelo violeta, los doce apóstoles después de predicar a todos los gentiles: mundo sin fin.

Un paso apresurado en la galería de piedra y en el pasillo. Soplando hacia fuera su ralo bigote, el señor Deasy se detuvo junto a la mesa.

—Primero, nuestro pequeño arreglo financiero —dijo.

Sacó de la chaqueta una cartera sujeta con una correa de cuero. Se abrió de golpe y él sacó dos billetes, uno de mitades pegadas, y los puso cuidadosamente en la mesa.

—Dos —dijo poniendo la correa y volviendo a guardar la cartera.

Y ahora a su caja fuerte para el oro. La mano cohibida de Stephen se movió sobre las conchas amontonadas en el frío mortero de piedra: buccinos y conchas monedas, cauris y conchas leopardo: y aquélla, en remolino como el turbante de un emir, y ésa, la venera de Santiago. Una reserva de viejo peregrino, tesoro muerto, conchas vacías.

Cayó un soberano, brillante y nuevo, en el blando pelo del tapete.

—Tres —dijo el señor Deasy, dando vueltas en la mano a su cajita de ahorros—. Estas cosas son prácticas de tener. Vea. Esto es para los soberanos. Esto para los chelines, las monedas de seis peniques, las medias coronas. Y aquí las coronas. Vea.

Hizo saltar de la caja dos coronas y dos chelines.

—Tres con doce —dijo—. Me parece que lo encontrará exacto.

—Gracias, señor Deasy —dijo Stephen, reuniendo el dinero con tímida prisa y metiéndoselo todo en un bolsillo del pantalón.

—No hay de qué —dijo el señor Deasy—. Se lo ha ganado.

La mano de Stephen, otra vez libre, volvió a las conchas vacías. Símbolos también de belleza y de poder. Un bulto en mi bolsillo: símbolos manchados por la codicia y la desgracia.

—No lo lleve de esa manera —dijo el señor Deasy—. Lo sacará en algún sitio de un tirón y lo perderá. Cómprese simplemente uno de estos trastos. Lo encontrará muy práctico.

Contestar algo.

—El mío estaría vacío con frecuencia —dijo Stephen.

El mismo sitio y hora, la misma sabiduría: y yo el mismo. Tres veces ya. Tres lazos alrededor de mi cuello aquí. ¿Bueno? Los puedo romper en este momento si quiero.

—Porque no ahorra —dijo el señor Deasy, señalándole con el dedo—. Todavía no sabe lo que es el dinero El dinero es poder. Cuando haya vivido tanto como yo. Ya sé, ya sé.Si la juventud supiera. Pero ¿qué dice Shakespeare?«Basta que metas dinero en tu bolsa».

—Iago —murmuró Stephen.

Levantó los ojos de las conchas abandonadas, hasta la mirada fija del viejo.

—Él sabía lo que era el dinero —dijo el señor Deasy—. Poeta, pero también inglés. ¿Sabe usted qué es el orgullo del inglés? ¿Sabe cuáles son las palabras más orgullosas que oirá usted salir de la boca de un inglés?

El dueño de los mares. Sus ojos fríos como el mar miraban la bahía vacía: la culpa la tiene la historia: sobre mí y sobre mis palabras, sin odiar.

—Que sobre su imperio —dijo Stephen— nunca se pone el sol.

—¡Bah! —gritó el señor Deasy—. Eso no es inglés. Un celta francés dijo eso.

Tamborileó con su cajita contra la uña del pulgar.

—Se lo diré yo —dijo solemnemente—, de qué presume con más orgullo:«He pagado siempre».

Buen hombre, buen hombre.

—«He pagado. Nunca he pedido prestado un chelín en mi vida»… ¿Lo puede sentir usted?«No debo nada». ¿Puede usted?

A Mulligan, nueve libras, tres pares de calcetines, un par de botas, corbatas. A Curran, diez guineas. A McCann, una guinea. A Fred Ryan, dos chelines. A Temple, dos almuerzos. A Russell, una guinea, a Cousins, diez chelines, a Bob Reynolds, media guinea, a Kohler, tres guineas, a la señora McKernan, cinco semanas de pensión. El bulto que tengo es inútil.

—Por el momento, no —contestó Stephen.

El señor Deasy se rió con rico placer, guardando su caja.

—Ya sabía que no podía —dijo, con regocijo—. Pero algún día tiene que sentirlo. Somos un pueblo generoso, pero también debemos ser justos.

—Me dan miedo esas grandes palabras —dijo Stephen— que nos hacen tan infelices.

El señor Deasy se quedó mirando fijamente unos momentos, sobre la repisa de la chimenea, la bien formada corpulencia de un hombre con falda escocesa: Alberto Eduardo, Príncipe de Gales.

—Usted me cree un viejo chocho y un viejo conservador —dijo su voz pensativa—. He visto tres generaciones desde los tiempos de O’Connell. Me acuerdo de la gran hambre. ¿Sabe usted que las logias Orange se agitaban por la revocación de la unión veinte años antes que O’Connell, y antes que los prelados de la religión de usted le denunciaran como demagogo? Ustedes los fenianos olvidan algunas cosas.

Gloriosa, piadosa e inmortal memoria. La logia de Diamond en Armagh la espléndida, empavesada de cadáveres papistas. Roncos, enmascarados y armados, la alianza de los terratenientes. El norte negro y la Biblia azul de los presbiterianos. Campesinos rebeldes, echaos por tierra.

Stephen esbozó un breve gesto.

—Yo también tengo sangre rebelde en mí —dijo el señor Deasy—. Por la parte de la rueca. Pero desciendo de Sir John Blackwood, que votó por la unión. Somos todos irlandeses, todos hijos de reyes.

—Ay —dijo Stephen.

—Per vias rectas—dijo con firmeza el señor Deasy— era su lema. Votó a favor, y para ello se puso las botas altas y cabalgó hasta Dublín, desde las Ards of Down.

La ra la ra lael pedregoso camino a Dublín.

Un rudo hidalgo a caballo con relucientes botas altas. ¡Hermoso día, Sir John! ¡Hermoso día, Señoría…! Día… Día… Dos botas altas patean colgando hasta Dublín. La ra la ra la, tralaralá.

—Eso me recuerda algo —dijo el señor Deasy—. Usted puede hacerme un favor, señor Dedalus, con algunos de sus amigos literarios. Tengo aquí una carta para la prensa. Siéntese un momento. No me falta copiar más que el final.

Se acercó al escritorio junto a la ventana, dio dos tirones a la silla para acercarla y releyó unas palabras de la hoja en el rodillo de la máquina de escribir.

—Siéntese. Perdóneme —dijo, por encima del hombro—,«los dictados del sentido común». Sólo un momento.

Escudriñó, bajo sus híspidas cejas, el manuscrito que tenía al lado y, mascullando, empezó a pinchar lentamente los rígidos botones del teclado, a veces soplando mientras daba vuelta al rodillo para borrar un error.

Stephen se sentó en silencio ante la presencia principesca. Alrededor, enmarcadas en las paredes, se erguían en homenaje imágenes de desaparecidos caballos, con sus mansas cabezas en vilo en el aire:Repulse, de Lord Hastings;Shotover, del Duque de Westminster;Ceylon, del Duque de Beaufort,prix de Paris, 1866. Fantasmales jockeys los cabalgaban, atentos a una señal. Vio su rapidez, defendiendo los colores reales, y gritó con los gritos de desvanecidas multitudes.

—Punto y aparte —ordenó el señor Deasy a sus teclas—.Pero el ventilar rápidamente esta extraordinariamente importante cuestión…

Donde me llevó Cranly para enriquecerme deprisa, cazando sus ganadores entre los cochecillos embarrados, entre los aullidos de los corredores de apuestas en sus bancos, y el vaho de la cantina, sobre el abigarrado fango.¡Fair Rebel! ¡Fair Rebel!A la parel favorito: diez a uno los demás. Jugadores de dados y fulleros junto a los que pasamos deprisa, siguiendo los cascos de los caballos, las gorras y chaquetillas rivales, dejando atrás a aquella mujer de cara de carne, la mujer de un carnicero, que hozaba sedienta en su trozo de naranja.

Gritos estridentes resonaron desde el campo de los chicos, y un silbido vibrante.

Otra vez: un tanto. Estoy entre ellos, entre sus cuerpos trabados en lucha, el torneo de la vida. ¿Te refieres a ese patizambo mimado de su mamá, con cara de dolor de estómago? Torneos. El tiempo sacudido rebota, choque a choque. Torneos, fango y estrépito de batallas, el helado vómito de muerte de los que caen, un clamor de hierros de lanzas cebadas con tripas ensangrentadas de hombres.

—Ya está —dijo el señor Deasy, levantándose.

Se acercó a la mesa, sujetando las hojas con un alfiler. Stephen se levantó.

—He expuesto la cuestión en forma sucinta —dijo el señor Deasy—. Es sobre la glosopeda. Échele una ojeada solamente. No puede haber diferencias de opinión sobre ello.

¿Me permite invadir su valioso espacio? Esa doctrina dellaissez faireque tantas veces en nuestra historia. Nuestro comercio ganadero. A la manera de todas nuestras antiguas industrias. La camarilla de Liverpool que saboteó el proyecto del puerto de Galway. La conflagración europea. Suministro de granos a través de las estrechas aguas del Canal. La pluscuamperfecta imperturbabilidad del Departamento de Agricultura. Excusada una alusión clásica. Casandra. Por una mujer que no era ningún modelo. Para venir al punto en discusión.

—No me muerdo la lengua, ¿eh? —preguntó el señor Deasy mientras Stephen seguía leyendo.

Glosopeda. Conocida como preparación de Koch. Suero y virus. Porcentaje de caballos inmunizados. Pestilencia entre el ganado. Los caballos del Emperador en Mürzsteg, Baja Austria. El señor Henry Blackwood Price. Cortés ofrecimiento de una experimentación sin prejuicio. Dictados del sentido común. Cuestión de importancia suprema. Tomar el toro por los cuernos, en todos los sentidos de la palabra. Agradeciendo la hospitalidad de sus columnas.

—Quiero que eso se imprima y se lea —dijo el señor Deasy—. Ya verá que en la próxima epidemia ponen un embargo al ganado irlandés. Y se puede curar. Se cura. Mi primo, Blackwood Price, me escribe que en Austria lo curan los veterinarios de allí con regularidad. Y se ofrecen a venir aquí. Yo estoy tratando de ejercer influencia sobre el Departamento. Ahora voy a probar la publicidad. Estoy rodeado de dificultades, de… intrigas, de… influencias de camarillas, de…

Levantó el índice y azotó el aire con gesto anciano antes de que su voz hablara.

—Fíjese en lo que le digo, señor Dedalus —dijo—. Inglaterra está en manos de los judíos. En todos los lugares más elevados: en sus finanzas, en su prensa. Y son la señal de la decadencia de una nación. Dondequiera que se reúnen, se comen la fuerza vital del país. Les estoy viendo venir desde hace unos años. Tan cierto como que estamos aquí, los mercachifles judíos ya están en su trabajo de destrucción. La vieja Inglaterra se muere.

Se alejó con pasos rápidos, y sus ojos adquirieron una vida azul al pasar por un ancho rayo de sol. Dio media vuelta y volvió otra vez.

—Se muere —dijo— si es que no se ha muerto ya.

De la ramera el grito, por las calles,teje el sudario a la vieja Inglaterra.

Sus ojos, bien abiertos ante la visión, miraban fijamente con severidad el rayo de sol en que se detuvo.

—Un mercachifle —dijo Stephen— es uno que compra barato y vende caro, judío o gentil, ¿no es verdad?

—Han pecado contra la luz —dijo gravemente el señor Deasy—. Y se les ven las tinieblas en los ojos. Y por eso van errando por la tierra hasta el día de hoy.

En las escaleras de la Bolsa de París, los hombres de piel dorada cotizando precios con sus dedos enjoyados. Parloteo de gansos. En enjambre ruidoso, dando vueltas torpemente por el templo, las cabezas en espesas conspiraciones bajo desacertados sombreros de copa. No suyos: esos trajes, ese lenguaje, esos gestos. Sus lentos ojos rebosantes desmentían las palabras, los gestos ansiosos y sin ofensa, pero conocían los rencores acumulados en torno a ellos y sabían que su celo era en vano. Vana paciencia en amontonar y atesorar. El tiempo sin duda lo dispersaría todo. Un tesoro acumulado junto al camino: saqueado, y adelante. Sus ojos conocían los años de errar y, pacientes, conocían los deshonores de su carne.

—¿Quién no lo ha hecho? —dijo Stephen.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el señor Deasy.

Se adelantó un paso y se quedó junto a la mesa. Su mandíbula cayó abriéndose hacia un lado, con incertidumbre. ¿Es eso antigua sabiduría? Espera oírlo de mí.

—La historia —dijo Stephen— es una pesadilla de la que trato de despertar.

Desde el campo de juego, los muchachos levantaron un griterío. Un silbato vibrante: gol. ¿Y si esa pesadilla te tirase una coz?

—Los caminos del Creador no son nuestros caminos —dijo el señor Deasy—. Toda la historia se mueve hacia una gran meta, la manifestación de Dios.

Stephen sacudió el pulgar hacia la ventana, diciendo:

—Eso es Dios.

¡Hurra! ¡Ay! ¡Jurrují!

—¿Qué? —preguntó el señor Deasy.

—Un grito en la calle —contestó Stephen encogiéndose de hombros.

El señor Deasy bajó los ojos y durante un rato mantuvo las aletas de la nariz sujetas entre los dedos. Al levantar la vista otra vez, las soltó.

—Yo soy más feliz que usted —dijo—. Hemos cometido muchos errores y muchos pecados. Una mujer trajo el pecado al mundo. Por una mujer que no era ningún modelo, Helena, la escapada esposa de Menelao, los griegos hicieron la guerra a Troya durante diez años. Una esposa infiel fue la primera que trajo a los extranjeros aquí a nuestra orilla, la mujer de MacMurrough y su concubino O’Rourke, príncipe de Breffni. Una mujer también hizo caer a Parnell. Muchos errores, muchos fallos, pero no el pecado único. Yo soy ahora un luchador hasta el fin de mis días. Pero lucharé por la justicia hasta el final.

Pues el Ulster lucharáy el Ulster justicia obtendrá.

Stephen levantó las hojas que tenía en la mano.

—Bueno, señor Deasy —empezó.


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—Preveo —dijo el señor Deasy— que usted no se va a quedar aquí mucho tiempo en este trabajo. Usted no ha nacido para enseñar, me parece. Quizá me equivoque.

—Para aprender, más bien —dijo Stephen.

Y aquí ¿qué más vas a aprender?

El señor Deasy movió la cabeza.

—¿Quién sabe? —dijo—. Para aprender hay que ser humilde. Pero la vida es la gran maestra.

Stephen volvió a hacer ruido con las hojas.

—Por lo que toca a éstas… —dijo.

—Sí —dijo el señor Deasy—. Ahí tiene dos copias. Si puede, hágalas publicar en seguida.

Telegraph. Irish Homestead.

—Lo intentaré —dijo Stephen— y mañana le haré saber algo. Conozco un poco a dos consejeros.

—Eso bastará —dijo el señor Deasy con viveza—. Anoche escribí al señor Field, el diputado. Hoy hay una reunión de la asociación de tratantes de ganado en el hotel City Arms. Le pedí que diera a conocer mi carta a la reunión. Usted vea si la puede colocar en sus dos periódicos. ¿Cuáles son?

—ElEvening Telegraph…

—Eso basta —dijo el señor Deasy—. No hay tiempo que perder. Ahora tengo que contestar esa carta de mi primo.

—Buenos días, señor Deasy —dijo Stephen, metiéndose las hojas en el bolsillo—. Gracias.

—No hay de qué —dijo el señor Deasy, rebuscando entre los papeles de su mesa—. Me gusta romper una lanza con usted, viejo como soy.

—Buenos días, señor Deasy —volvió a decir Stephen, inclinándose hacia su espalda encorvada.

Salió por el portón abierto y bajó por el sendero de gravilla al pie de los árboles, oyendo el clamoreo de voces y el chascar de los palos desde el campo de juego. Los leones acurrucados sobre las columnas, al salir por la verja; terrores desdentados. Sin embargo, le ayudaré en esta lucha. Mulligan me encajará un nuevo mote: el bardo bienhechor del buey.

—¡Señor Dedalus!

Corriendo tras de mí. No más cartas, espero.

—Un momento nada más.

—Sí, señor —dijo Stephen, volviéndose hacia la verja.

El señor Deasy se detuvo, respirando fuerte y tragando el aliento.

—Sólo quería decir —dijo—. Irlanda, dicen, tiene el honor de ser el único país que nunca ha perseguido a los judíos. ¿Lo sabe? No. ¿Y sabe por qué?

Frunció severamente el ceño hacia el aire claro.

—¿Por qué, señor Deasy? —preguntó Stephen, empezando a sonreír.

—Porque nunca los dejó entrar —dijo el señor Deasy solemnemente.

Una bola de tos de risa saltó de su garganta, llevando detrás a rastras una traqueteante cadena de flemas. Se volvió de prisa, tosiendo, riendo, agitando en el aire los brazos elevados.

—Nunca los dejó entrar —volvió a gritar a través de su risa, mientras sus pies con botines pateaban la gravilla del sendero—. Por eso.

Sobre sus sabios hombros, a través del ajedrezado de hojas, el sol lanzaba lentejuelas, monedas danzantes.

[3]

Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer; huevas y fucos marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade él: en los cuerpos. Entonces, se daba cuenta de ellos, de los cuerpos, antes que de ellos coloreados. ¿Cómo? Golpeando contra ellos la mollera, claro. Despacito. Calvo era y millonario,maestro di color che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si se pueden meter los cinco dedos a través suyo, es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve.

Stephen cerró los ojos para oír sus botas aplastando crujientes fucos y conchas. Caminas a través de ello, sea como sea. Yo, una zancada a cada vez. Un cortísimo espacio de tiempo a través de cortísimos espacios de tiempo. Cinco, seis: elNacheinander. Exactamente: y esa es la ineluctable modalidad de lo audible. Abre los ojos. No. ¡Dios mío! Si me cayera por una escollera que avanza sobre su base, caería a través delNebeneinanderineluctablemente. Voy saliendo adelante bastante bien en la oscuridad. Mi espada de fresno pende a mi costado. Ve tentando con ella: así lo hacen ellos. Mis dos pies en sus botas están en el extremo de mis piernas, nebeneinander. Suena a macizo: hecho por el mazo deLos Demiurgos. ¿Estoy marchando hacia la eternidad a lo largo de la playa de Sandymount? Chaf, crac, cric, cric. Silvestre dinero de mar. El dómine Deasy se lo sabe tó.

¿No vienes a Sandymount,Madelin la jaca?

Empieza un ritmo, ya ves. Ya oigo. Un tetrámetro cataléctico de yambos en marcha. No, al galope:delin la jaca.

Abre ahora los ojos. Ya voy. Un momento. ¿Se ha desvanecido todo mientras tanto? Si los abro y estoy para siempre en lo negro adiáfano.¡Basta!Voy a ver si veo.

Veo ahora. Ahí, todo el tiempo sin ti: y será para siempre, mundo sin fin.

Bajaban prudentemente los escalones de Leahy’s Terrace,Frauenzimmer: y por la orilla en declive abajo, blandamente, sus pies aplastados en la arena sedimentada. Como yo, como Algy, bajando hacia nuestra poderosa madre. La número uno balanceaba pesadamente su bolsa de comadrona, la sombrilla de la otra pinchada en la playa. Desde el barrio de las Liberties, en su día libre. La señora Florence MacCabe, sobreviviente al difunto Patk MacCabe, profundamente lamentado, de la calle Bride. Una de las de su hermandad tiró de mí hacia la vida, chillando. Creación desde la nada. ¿Qué tiene en la bolsa? Un feto malogrado con el cordón umbilical a rastras, sofocado en huata rojiza. Los cordones de todos se eslabonan hacia atrás, cable de trenzados hilos de toda carne. Por eso es por lo que los monjes místicos. ¿Queréis ser como dioses? Contemplaos el ombligo: Aló. Aquí Kinch. Póngame con Villa Edén. Aleph, alfa: cero, cero, uno.

Cónyuge y compañera asistente de Adán Kadmón: Heva, Eva desnuda. No tenía ombligo. Contemplad. Barriga sin mancha, hinchada y grande, broquel de tenso pergamino, no, trigo en blanco montón, auroral e inmortal, irguiéndose por los siglos de los siglos. Vientre de pecado.

Enventrado en pecado, tiniebla fui yo también, creado, no engendrado. Por ellos, el hombre con mi voz y mis ojos y una mujer fantasma con cenizas en el aliento. Se agarraron y se separaron, cumplieron la voluntad del emparejador. Desde antes de los siglos Él me quiso y ahora no puede querer que no sea, ni nunca. Unalex eternapermanece en torno a Él. ¿Es eso entonces la divina substancia en que Padre e Hijo son consubstanciales? ¿Dónde está el pobre del bueno de Arrio para poner a prueba las conclusiones? Guerreando toda la vida contra la contransmagnificandijudibangtancialidad. Heresiarca de mala estrella. Exhaló su último aliento en un retrete griego: euthanasia. Con mitra llena de lentejuelas y con báculo, atascado en su trono, viudo de una sede viuda, con el omophorion erecto, con el trasero coagulado.

Las brisas caracoleaban a su alrededor, brisas mordientes y ansiosas. Ahí vienen, las olas. Los caballos marinos de blancas crines, tascando el freno, embridados en claros vientos, los corceles de Mananaan.

No tengo que olvidarme de su carta para la prensa. ¿Y después? El Ship, a las doce y media. Por cierto, vamos despacio con ese dinero, como buen joven idiota. Sí, tengo que.

Aflojó el paso. Aquí. ¿Voy a casa de tía Sara o no? La voz de mi padre consubstancial. ¿Has visto últimamente a tu hermano Stephen el artista? ¿No? ¿Seguro que no está en Strasburg Terrace con tía Sally? ¿No podría picar un poquito más alto que eso, eh? Y y y y dinos, Stephen ¿cómo está tío Si? Oh, sufridísimo Dios, ¡con qué me he casado! Loh chiquilloh en lo alto del henil. El pequeño chupatintas borracho y su hermano, el trompetista. ¡Altamente respetables gondoleros! Y Walter el de los ojos bizcos tratando de señor a su padre, ¡nada menos! Señor. Sí, señor. No, señor. Jesús lloró, y no es extraño, ¡por Cristo!

Tiro de la asmática campanilla de su casita con las persianas cerradas: y espero. Me toman por un acreedor, atisban desde un rincón escondido.

—Es Stephen, señor.

—Hazle pasar. Haz pasar a Stephen.

Un cerrojo corrido y Walter me da la bienvenida.

—Creíamos que eras alguien diferente.

En su ancha cama el tío Richie, entre almohadas y mantas, extiende sobre la colina de sus rodillas un sólido antebrazo. Limpio de pecho. Se ha lavado la mitad de arriba.

—Buenas, sobrino. Siéntate y acércate.

Echa a un lado la bandeja en que hace sus notas de gastos a la atención de Maese Hoff y Maese Shapland Tandy, protocolizando poderes, atestados y un mandato de comparecencia. Un marco de encina negra sobre su cabeza calva: elRequiescatde Wilde. El bordoneo de su engañoso silbido hace volver a Walter.

—¿Qué, señor?

—Whisky para Richie y Stephen, díselo a madre. ¿Dónde está?

—Bañando a Crissie, señor.

Compañerita de cama de papá. Terroncito de amor.

—No, tío Richie…

—Llámame Richie. Al diablo esta agua de lithines. Te echa abajo. ¡Whisky!

—Tío Richie, de verdad…

—Siéntate, o si no, qué demonios, te echo abajo de un golpe, Harry.

Walter bizquea en vano buscando una silla.

—No tiene en qué sentarse, señor.

—No tiene dónde ponerlo, idiota. Trae la butaca Chippendale. ¿Quieres un bocado de algo? Nada de esos malditos melindres aquí. ¿Una buena tajada de tocino frito con un arenque? ¿De veras que no? Tanto mejor. No tenemos en casa más que píldoras contra el dolor de riñones.

All’erta!

Bordonea compases delaria di sortitade Ferrando. El número más grandioso, Stephen, de la ópera entera. Escucha.

El afinado silbido vuelve a sonar, sutilmente matizado, con chorros bruscos de aire, mientras sus puños aporrean un bombo en sus rodillas almohadilladas.

El viento es más dulce.

Casas de ruina, la mía, la suya y todas. Decías a la gente bien de Clongowes que tenías un tío juez y un tío general del ejército. Sal fuera de ellos, Stephen. La belleza no está ahí. Tampoco en la empantanada bahía de la biblioteca de Marsh donde leíste las desteñidas profecías del abad Joaquín. ¿Para quién? La chusma de cien cabezas del recinto de la catedral. Odiador de su especie, salió corriendo del bosque de la locura, con la melena espumeando bajo la luna, los globos de los ojos hechos estrellas.Houyhnhnm, narices de caballo. Las ovales caras caballunas. Temple, Mulligan, Foxy Campbell. Abba Padre, furioso deán, ¿qué agravio incendió sus cerebros? ¡Paf!Descende, calve, ut ne nimium decalveris. Una guirnalda de pelo gris en su amenazada cabeza, mirádmele bajar gateando hasta el escalón inferior (descende!), agarrando una custodia, con ojos de basilisco. ¡Baja, cholla calva! Un coro devuelve amenaza y eco, ayudando en torno a los cuernos del altar, con el latín nasal de los curapios removiéndose rollizos en sus albas, tonsurados y ungidos y castrados, gordos de la grasa de los riñones del trigo.

Y en el mismo instante quizá un sacerdote a la vuelta de la esquina elevándolo. ¡Tilintilín! Y dos calles más allá otro encerrándolo en una píxide. ¡Tilintilín! Y en una capilla de la Virgen otro engulléndose toda la comunión él solo. ¡Tilintilín! Abajo, arriba, adelante, atrás. Dan Occam ya lo pensó, doctor invencible. Una neblinosa mañana inglesa, el duende de la hipóstasis le cosquilleó los sesos. Al bajar la hostia y arrodillarse oyó entrelazarse con su segundo campanillazo el primer campanillazo del transepto (ése está elevando la suya), y al levantarse, oyó (ahora yo estoy elevando) sus dos campanillazos (ése se está arrodillando) tintineando en diptongo.

Primo Stephen, nunca serás santo. Isla de santos. Eras terriblemente piadoso, ¿no es verdad? Rezabas a la Santísima Virgen para no tener la nariz roja. Rezabas al diablo en Serpentine Avenue para que la viuda regordeta de delante de ti se levantara un poco más las faldas, en la calle mojada.O si, certo!Vende tu alma por eso, ea, trapos teñidos sujetos con alfileres alrededor de una mujer pielroja. ¡Más, dime, más aún! En la imperial del tranvía de Howth, solo, gritando a la lluvia:¡Mujeres desnudas! ¡Mujeres desnudas!¿Y de eso qué, eh?

¿Y de eso qué? ¿Para qué otra cosa se han inventado?

Leyendo dos páginas a cada vez de siete libros cada noche, ¿eh? Yo era joven. Te hacías reverencias a ti mismo en el espejo, adelantándote al aplauso seriamente, con cara impresionante. ¡Hurra por el condenado idiota! ¡…Rra! Nadie lo ha visto: no se lo digas a nadie. Libros que ibas a escribir con letras por títulos. ¿Ha leído usted su F? Ah, sí, pero prefiero Q. Sí, pero W es estupendo. Ah, sí, W. ¿Recuerdas tus epifanías en hojas verdes ovaladas, profundamente profundas, copias para enviar, si morías, a todas las bibliotecas del mundo, incluida Alejandría? Alguien las había de leer al cabo de unos pocos miles de años, un mahamanvantara. Como Pico della Mirandola. Sí, muy parecido a una ballena. Cuando uno lee esas extrañas páginas de uno que desapareció hace mucho uno se siente uno con uno que una vez…

La arena granujienta había desaparecido de sus pies. Sus botas volvían a pisar húmedo magma crujiente, conchas de navajas, guijarros chirriantes, todo lo que choca en los innumerables guijarros, madera cribada por la carcoma marina, perdida Armada Invencible. Mefíticos bancos de arena esperaban chupar sus suelas hollantes, exhalando hacia arriba aliento de alcantarilla. Los costeó, andando cautamente. Una botella de cerveza se erguía, encajada hasta la cintura, en la masa pastelosa de la arena. Un centinela: isla de la sed temible. Rotos aros de tonel en la orilla: en tierra, un laberinto de oscuras redes astutas: más allá, lejos, puertas falsas garrapateadas de tiza, y en lo más alto de la playa, una cuerda de secar ropa con dos camisas crucificadas. Ringsend: wigwams de atezados pilotos y patrones de barcos. Conchas humanas.

Se detuvo. He dejado atrás el camino a casa de tía Sara. ¿No voy a ir allí? Parece que no. Nadie por aquí. Se volvió al nordeste y cruzó la arena más firme hacia la Pichonera.

—Qui vous a mis dans cette fichue position?

—C’est le pigeon, Joseph.

Patrice, en casa con permiso, lamía leche caliente conmigo en el bar MacMahon. Hijo del pato salvaje, Kevin Egan de París. Mi padre es un pájaro, lamía la dulcelait chaudcon joven lengua rosa, gorda cara de conejito. Lamer, lap, lap,lapin. Sobre la naturaleza de las mujeres, había leído en Michelet. Pero tiene que mandarmeLa Vie de Jésusde Léo Taxil. Se la prestó a su amigo.


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—C’est tordant, vous savez. Moi je suis socialiste. Je ne crois pas en l’existence de Dieu. Faut pas le dire à mon père.

—Il croit?

—Mon père, oui.

Schluss. Lame.

Mi sombrero de Barrio Latino. Dios mío, sencillamente hay que caracterizarse según el papel. Necesito guantes color pulga. ¿Eras estudiante, no es verdad? ¿De qué, en nombre del otro demonio? Peceene. P.C.N., ya sabes:physiques, chimiques et naturelles. Ajá. Te comías tus pocos cuartos demou en civet, ollas de carne de Egipto, entre codazos de cocheros eructantes. Basta que digas en el tono más natural: Cuando yo estaba en París,boul’Mich, solía. Sí, solía llevar encima tickets perforados para probar la coartada si me detenían por asesinato en algún sitio. Justicia. En la noche del diecisiete de febrero de 1904 el encartado fue visto por dos testigos. Otro tipo lo hizo: otro yo. Sombrero, gabán, nariz.Lui, c’est moi. Parece que lo pasaste muy bien.

Caminando orgullosamente. ¿Cómo quién intentabas caminar? Lo he olvidado: un desheredado. Con el giro postal de madre, ocho chelines, la retumbante puerta del correo estampada en tus narices por el portero. Dolor de muelas de hambre.Encore deux minutes. Mire el reloj. Tengo que entrar.Fermé. ¡Perro a sueldo! A tiros, hacerle pedacitos sangrientos con, bum, una escopeta de perdigones, pedacitos hombre espachurrado paredes todo botones dorados. Pedacitos todos jrrrrclac a su sitio vuelven chascando. ¿No se ha hecho daño? Oh, todo está perfectamente. ¿Ve lo que quiero decir? Choque esos cinco. Bueno, está muy bien todo.

Ibas a hacer milagros, ¿eh? Misionero en Europa siguiendo al fogoso Columbano. Fiacre y Escoto en sus taburetes de castigo en el cielo hacen desbordar sus potes de cerveza, riendoruidosolatín:Euge! Euge!Fingiendo hablar mal el inglés cuando arrastrabas la maleta, tres peniques un maletero, a través del limoso muelle, en Newhaven.Comment?Con rico botín te volviste:Le Tutu, cinco números desgarrados dePantalon Blanc et Culotte Rouge: un telegrama francés, azul, curiosidad para enseñar: —Madre muriéndose vuelve casa padre.

La tía cree que mataste a tu madre. Por eso no quiere.

Por la tía de Mulligan un brindis,la razón en seguida se verá:ella fue la que siempre hizo a los Hannigancon decencia tener la familia.

Sus pies marchaban con súbito ritmo orgulloso sobre los surcos de la arena, a lo largo de los pedruscos de la muralla sur. Los miraba fijamente con orgullo, apilados cráneos de mamut de piedra. Luz dorada en el mar, en la arena, en los pedruscos. El sol está ahí, los esbeltos árboles, las casas limón.

París despertando en crudo, cruda luz de sol en sus calles limón. Miga húmeda de panecillos humeantes, al ajenjo verderrana, su incienso matinal, cortejan el aire. Belluomo se levanta de la cama de la mujer del amante de su mujer, el ama de casa empañuelada se afana, una bandeja de ácido acético en las manos. En Rodot, Yvonne y Madeleine renuevan sus bellezas tumbadas, destrozando con dientes de orochaussonsde pastelería, las bocas amarilleadas por elplusdeflan breton. Pasan caras de hombres de París, sus complacidos complacedores, rizados conquistadores.

El mediodía dormita. Kevin Egan enrolla cigarrillos de pólvora entre dedos pringados de tinta de imprenta, sorbiendo su hada verde, como Patrice la suya blanca. Alrededor de nosotros, engullidores se echan tenedoradas de judías picantes tragadero abajo.Un demi setier!Un chorro de vapor de café desde la bruñida caldera. Ella me sirve, a la señal de él.Il est irlandais. Hollandais? Non fromage. Deux irlandais, nous, Irlande, vous savez? Ah oui!Creyó que querías un quesohollandais. Tu postprandial, ¿conoces esa palabra? Un tipo que conocí una vez en Barcelona, un tipo raro, solía llamarlo su postprandial. Bueno:slainte!En torno a los bloques marmóreos de las mesas, el enredo de alientos vinosos y gaznates gorgoteantes. El aliento de él pende sobre platos manchados de salsa, el colmillo verde de hada despuntando entre sus labios. De Irlanda, los Dalcasianos, de esperanzas, conspiraciones, de Arthur Griffith ahora, AE, guía, buen pastor de hombres. Enyugarme como compañero suyo de yugo, nuestros delitos nuestra causa común. Tú eres el hijo de tu padre. Conozco la voz. Su camisa de fustán, floreada color sangre, hace temblar sus borlas españolas por sus secretos. M. Drumont, famoso periodista, Drumont, ¿sabes cómo llamó a la reina Victoria? Vieja bruja de dientes amarillos.Vieille ogressecon losdents jaunes. Maud Gonne, hermosa mujer,la Patrie, M. Millevoye, Félix Faure, ¿sabes cómo murió? Hombres licenciosos. Lafroeken, bonne à tout faire, que restriega desnudez masculina en el baño en Upsala.Moi faire, dijo.Tous les messieurs. No estemonsieur, dije. Costumbre muy licenciosa. El baño es una cosa muy íntima. No le dejaría a mi hermano, ni siquiera a mi propio hermano, cosa muy lasciva. Ojos verdes, os veo. Colmillo, lo noto. Gente lasciva.

La yesca azul arde muriendo entre las manos y arde clara. Sueltas hebras de tabaco se inflaman: una llama y un humo acre iluminan nuestro rincón. Crudos huesos de la cara bajo su sombrero de conspirador. Cómo escapó el cabecilla, versión auténtica. Disfrazado de novia, hombre, velo flores de azahar, salió disparado por el camino a Malahide. Así lo hizo, de veras. De jefes perdidos, los traicionados, fugas locas. Disfraces, agarrados, desaparecidos, no aquí.

Enamorado despreciado. Yo era entonces un muchachote espléndido, te lo aseguro. Te enseñaré algún día mi retrato. Sí que lo era, de veras. Enamorado, por amor de ella rondó con el coronel Richard Burke, jefe hereditario de su clan, bajo los muros de Clerkenwell y, acurrucados, vieron una llama de venganza lanzarles a lo alto en la niebla. Cristal roto y mampostería desmoronándose. En el alegre Parí se esconde, Egan de París, no buscado por nadie sino por mí. Haciendo sus estaciones diarias, la mísera caja de tipografía, sus tres tabernas, la cueva de Montmartre donde duerme su corta noche,rue de la Goutte-d’Or, tapizada con rostros de los desaparecidos, cagados de moscas. Sin amor, sin tierra, sin esposa. Ella está tan fenomenalmente a gusto sin su proscrito, madame, enrue Gît-le-Coeur, canario y dos huéspedes de postín. Mejillas de albaricoque, una falda cebrada, vivaz como la de una muchachita. Despreciado y sin desesperar. Di a Pat que me viste, ¿quieres? Una vez quise encontrarle un trabajo al pobre Pat.Mon fils, soldado de Francia. Le enseñé a cantarLos muchachos de Kilkenny son unos tíos valientes y ruidosos.¿Conoces esa vieja canción? Le enseñé a Patrice ésa. Viejo Kilkenny: San Canice, castillo de Strongbow sobre el Nore. Es así, oh, oh. Me toma de la mano, Napper Tandy:

Oh, oh, los muchachosde Kilkenny…

Débil mano consumida en la mía. Han olvidado a Kevin Egan, él no a ellos. Recordándote ¡oh Sión!

Se había acercado al borde del mar y húmeda arena abofeteaba sus botas. El nuevo aire le saludaba, con arpegios en sus nervios locos, viento de loco aire de semillas de luminosidad. Eh, no estaré andando afuera, hacia el barco faro de Kish, ¿no? Se detuvo de repente, con los pies empezando a hundirse lentamente en el suelo tembloroso. Volver atrás.

Volviéndose, escrutó la orilla sur, los pies hundiéndose otra vez lentamente en nuevos agujeros. Aguarda el frío espacio abovedado de la torre. A través de las troneras, las lanzadas de luz se mueven siempre, lentamente siempre, tal como se hunden mis pies, deslizándose hacia la oscuridad sobre la esfera de reloj del suelo. Oscuridad azul, caída de la noche, profunda noche azul. En la oscuridad de la bóveda esperan, las sillas echadas atrás, mi maleta en obelisco, en torno a una mesa de vajilla abandonada. ¿Quién va a recogerla? Él tiene la llave. No voy a dormir allí cuando llegue la noche. Una puerta cerrada de una torre silenciosa sepultando sus cuerpos ciegos, el sahib de la pantera y su perro perdiguero. Llamar: sin respuesta. Levantó los pies de la absorción y volvió atrás siguiendo el muelle de pedruscos. Tomar todo, conservar todo. Mi alma camina conmigo, forma de las formas. Así en mitad de las velas de la luna mido con mis pasos el sendero sobre las rocas, plateadas en color sable, oyendo la tentadora creciente de Elsinore.

La creciente me sigue. Puedo observarla pasar desde aquí. Vuelve atrás entonces por el camino de Poolbeg hasta la playa, ahí abajo. Trepó sobre los juncos y los viscosos bejucos y se sentó en una banqueta de roca, apoyando el bastón de fresno en un saliente de la roca.

La carcasa hinchada de un perro yacía repantigada en los sargazos. Delante, la regala de un bote, hundida en la arena.Un coche ensabléllamó Louis Veuillot a la prosa de Gautier. Esas pesadas arenas son lenguaje que la marea y el viento han sedimentado aquí. Y ahí, los túmulos de constructores muertos, un laberinto de madrigueras de ratas comadrejas. Esconder oro ahí. Pruébalo. Lo tienes. Arenas y piedras. Pesadas del pasado. Juguetes de Sir Lout. Fíjate que no recibas una, pam, en la oreja. Yo soy el muy jodido gigante que echa a rodar todos esos jodidos pedruscos, huesos para mis piedras pasaderas. ¡Fiifoofum! Juelo la jangre de un jirlandej.

Un punto, un perro vivo, creció ante la vista corriendo a través de la extensión de arena. Señor, ¿me irá a atacar a mí? Respeta sus fueros. No serás señor de otros ni esclavo suyo. Tengo mi bastón. Quédate bien sentado. Desde más lejos, caminando hacia la orilla a través de las crestas de la marea, figuras, dos. Las dos Marías. Lo han metido en sitio seguro entre los juncos. Veo, veo. ¿Qué ves? No, el perro. Vuelve corriendo a ellas. ¿Quién?

Las galeras de los Lochlanns corrían aquí a la playa, en busca de presa, con sus proas de picos sangrientos cabalgando una baja rompiente de peltre fundido. Vikingos daneses, con collares de tomahawks reluciendo sobre el pecho cuando Malachi llevaba el collar de oro. Una bandada de balenópteros varados en el caluroso mediodía, lanzando chorros, revolcándose en los bajíos. Luego, desde la hambrienta ciudad de jaulas, una horda de enanos con jubones de cuero, mi gente, con cuchillos de desollar, corriendo, encaramándose, dando tajos en la verde carne de ballena, revestida de grasa. Hambruna, peste y matanzas. Su sangre está en mí, sus lujurias son mis olas. Me moví entre ellos por el Liffey helado, aquel yo, cambiado en la cuna, entre las crepitantes hogueras resinosas. A nadie hablé: nadie a mí.

El ladrido del perro corría hacia él, se detuvo, retrocedió corriendo. Perro de mi enemigo. Sencillamente me quedé pálido, silencioso, acorralado.Terribilia meditans. Un justillo color prímula, la sota de la fortuna, sonreía de mi miedo. ¿Por eso te angustias, el ladrido de su aplauso? Pretendientes: vivir sus vidas. El hermano de Bruce, Thomas Fitzgerald, caballero sedoso, Perkin Warbeck, falso retoño de York, en calzones de seda de marfil rosablanco, prodigio de un día, y Lambert Simnel, con una escolta de maritornes y buhoneros de guerra, barrendero coronado. Todos los hijos del rey. Paraíso de pretendientes entonces y ahora. Él salvó a algunos de ahogarse y tú tiemblas ante el ladrido de un chucho. Pero los cortesanos que se burlaron de Guido en Or San Michele estaban en su casa propia. Casa de… No queremos que nos vengas con tus abstrusidades medievales. ¿Harías lo que hizo él? Habría cerca una barca, un salvavidas.Natürlich, puesto allí para ti. ¿Lo harías o no? El hombre que se ahogó hace nueve días al largo de Maiden’s Rock. Le esperan ahora. La verdad, desembúchala. Yo querría. Intentaría. No soy un nadador muy bueno. Agua fría blanda. Cuando metía la cara en ella en la palangana en Clongowes. ¡No veo! ¿Quién está detrás de mí? ¡Fuera deprisa, deprisa! ¿Ves la marea fluyendo deprisa por todos los lados, ensabanando deprisa los bajos de las arenas, color cáscara de cacao? Si tuviera tierra bajo los pies. Quiero que su vida siga siendo suya, y la mía siga siendo mía. Un hambre que se ahoga. Sus ojos humanos me gritan desde el horror de su muerte. Yo… Con él hundiéndome del todo… A ella no pude salvarla. Aguas: amarga muerte: perdida.

Una mujer y un hombre. Le veo las enaguas. Sujetas en alto con alfileres, apuesto.

El perro de ellos corría contoneándose en torno a un banco de arena invadido por el agua, al trote, olfateando por todas partes. Buscando algo perdido en una vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. El silbido chillón del hombre le hirió las flojas orejas. Se dio vuelta, volvió de un salto, se acercó, trotó sobre ancas chispeantes. En campo de gules, un ciervo pasante, de color natural, sin astas. En el borde de encaje de la marea se detuvo, con las patas delanteras rígidas, las orejas aguzadas hacia el mar. Su hocico levantado ladró al ruido de olas, manadas de morsas. Serpenteaban hacia sus patas, rizándose, desplegando muchas crestas, una de cada nueve rompiéndose, salpicando, desde lejos, desde aún más afuera, olas y olas.

Buscadores de berberechos. Vadearon un trecho en el agua y, agachándose, sumergieron sus bolsas, y volviéndolas a levantar, salieron vadeando. El perro ladró corriendo hacia ellos, se irguió y les manoteó, cayó a cuatro patas, y otra vez se irguió hacia ellos con muda adulación de oso. Sin que le hicieran caso, se mantuvo junto a ellos mientras se acercaban hacia la arena más seca, con un andrajo de lengua de lobo jadeando roja desde sus quijadas. Su cuerpo a manchas se contoneaba por delante de ellos, y luego echó a correr en un trote de becerro. El cadáver estaba en su camino. Se detuvo, olfateó, dio vueltas majestuosamente, hermano, acercó la nariz, giró en torno, olfateando deprisa perrunamente por completo todo el pelaje arrastrado del perro muerto. Cráneo de perro, olfatear de perro, ojos en el suelo, avanza hacia una sola gran meta. Ah, pobre cuerpo de perro. Aquí yace el cuerpo del pobre cuerpo de perro.

—¡Andrajos! Fuera de ahí, chucho.

El grito le hizo volver furtivamente a su amo y un sordo puntapié sin bota le lanzó sano y salvo a través de una lengua de arena, encogido en el vuelo. Volvió disimulándose en curva. No me ve. A lo largo del borde del muelle, arrastró las patas, vagabundeó, olió una roca y, por debajo de una pata trasera, orinó brevemente hacia una roca que no olió. Los sencillos placeres del pobre. Sus zarpas traseras entonces desparramaron arena: luego las zarpas delanteras hurgaron y ahondaron. Algo enterró allí, a su abuela. Hozó en la arena, hurgando, ahondando, y se detuvo a escuchar el aire, volvió a rascar la arena con una furia en sus garras que cesó pronto, leopardo, pantera, engendrado quebrantamiento conyugal, buitreando a los muertos.


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Después que él me despertó anoche el mismo sueño, ¿o no? Espera. Portal abierto. Calle de prostitutas. Recuerda. Harún al-Raschid. Lo estoy casi casi. Aquel hombre me guiaba, hablaba. Yo no tenía miedo. El melón que tenía, me lo acercó a la cara. Sonreía: olor de fruta cremosa. Esa era la regla, decía. Adentro. Venga. Alfombra roja extendida. Ya verá quién.

Con las bolsas al hombro, avanzaban fatigosamente, los rojos egipcios. Los pies lívidos de él, saliendo de unos pantalones remangados, azotaban la arena pegajosa; una bufanda ladrillo oscuro estrangulando su cuello sin afeitar. Ella, con mujeriles pasos, le seguía: el gachó y su gachí. El botín colgado a la espalda de ella. Arena suelta y trozos de conchas formaban costra en sus pies descalzos. El pelo le flotaba al aire, tras la cara, áspera del viento. Detrás de su señor, compañera ayudante, tira allá, a la gran urbe. Cuando la noche esconde los defectos de su cuerpo, llama bajo su chal pardo, desde un soportal ensuciado por los perros. Su hombre está invitando a dos del Royal Dublin en O’Loughlin de Blackpitts. Besuquéala, cómetela, en la jerga pringosa del pícaro, por, Oh, mi chupadora tía cachonda. Una blancura de diabla bajo sus andrajos rancios. El callejón de Fumbally aquella noche: los olores de la tenería.

Blancas tus patas, roja tu jeta,y tus magras son bien duras.Ven al catre ahora conmigo.Agárrate y besa a oscuras.

Delectación morosa llama a eso Panzo Tomás de Aquino,frate porcospino. Adán antes de la caída montaba y no se ponía cachondo. Déjale que brame:tus magras son bien duras. Lenguaje ni pizca peor que el suyo. Palabras de monje, cuentas de rosario charloteando sobre sus cinturones: palabras de pícaro, duras pepitas se entrechocan en sus bolsillos.

Pasan ahora.

Una mirada de reojo a mi sombrero de Hamlet. ¿Y si de repente estuviera desnudo, aquí mismo donde estoy sentado? No lo estoy. A través de las arenas de todo el mundo, seguida por la espada flamígera del sol, hacia occidente, marchando hacia tierras de poniente. Camina penosamente, schleppea, arrastra, remolca, trascina su carga. Una marea occidentalizante, tirada por la luna, sigue su estela. Mareas, de miríadas de islas, dentro de ella, sangre no mía,oinopa ponton, un mar vinoso oscuro. He aquí la esclava de la luna. En sueño, el signo húmedo marca su hora, la manda levantarse. Cama de esposa, cama de parto, cama de muerte, con velas espectrales.Omnis caro ad te veniet. Viene él, pálido vampiro, a través de la tempestad sus ojos, sus alas de murciélago ensanguinolando el mar, boca al beso de la boca de ella.

Ea. Clávale un alfiler, ¿quieres? Mis tabletas. Boca para el beso de ella. No. Debe haber dos. Pégalos para el beso de la boca de ella.

Sus labios labiaron y boquearon labios de aire sin carne: boca para el vientre de ella. Entre, omnienventrador antro. Su boca molde moldeó aliento que salía, inverbalizado: uuiijáh: rugido de planetas cataráticos, globados, incandescentes, rugiendo allávaallávaallávaallávaallávaallá. Papel. Los billetes, malditos sean. La carta del viejo Deasy. Aquí. Agradeciendo su hospitalidad arrancar el final en blanco. Volviendo la espalda al sol se inclinó sobre una mesa de roca y garrapateó palabras. Es la segunda vez que me he olvidado de llevarme papelitos de notas del mostrador de la biblioteca.

Su sombra se extendía sobre las rocas mientras él seguía inclinado, terminando. ¿Por qué no sin fin hasta la más remota estrella? Oscuramente están ahí detrás de esta luz, oscuridad brillando en la claridad, Delta de Casiopea, mundos. Yo, aquí sentado, con la vara augural de fresno, con sandalias prestadas, de día junto a un mar lívido, inobservado, en la noche violeta caminando bajo un reino de insólitas estrellas. Arrojo de mí esta sombra finita, inelectable forma de hombre, la llamo para que vuelva a mí. Sin fin, ¿sería mía, forma de mi forma? ¿Quién me observa aquí? ¿Quién, jamás, en algún sitio, leerá estas palabras escritas? Signos en campo blanco. En algún sitio a alguien, con tu más aflautada voz. El buen obispo de Cloyne sacó el velo del templo de dentro de su sombrero de teja: velo de espacio con emblemas coloreados tachonando su campo. Aguanta bien. Coloreados en un plano: sí, está bien. Plano lo veo, luego pienso la distancia, cerca, lejos, plano lo veo, oriente, atrás. ¡Ah, ya lo veo! Se echa atrás de repente, congelado en el estereoscopio. Chac, y ya está el truco. Encuentras oscuras mis palabras. La oscuridad está en nuestras almas, ¿no crees? Más aflautada. Nuestras almas, heridas de vergüenza por nuestros pecados, se nos aferran aún más, una mujer aferrándose a su amante, más cuanto más.

Ella se fía de mí, su mano suave, los ojos de largas pestañas. Ahora ¿a dónde demonios la estoy llevando más allá del velo? A la ineluctable modalidad de la ineluctable visualidad. Ella, ella, ella. ¿Cuál ella? La virgen en el escaparate de Hodges Figgis el lunes buscando uno de los libros alfabéticos que ibas a escribir. Ojeada penetrante le lanzaste. La muñeca a través del lazo bordado de su sombrilla. Vive en Leeson Park, con un dolor y cachivaches, dama literaria. Habla de eso con alguna otra, Stevie: una mujer fácil. Apuesto a que lleva esos malditos corsé ligas y medias amarillas, zurcidas con lana desigual. Háblale de tartas de manzanas,piuttosto. ¿Dónde tienes la cabeza?

Tócame. Ojos suaves. Mano suave suave suave. Estoy muy solo aquí. Ah, tócame pronto, ahora. ¿Cuál es esa palabra que saben todos los hombres? Estoy quieto aquí solo. Triste también. Toca, tócame.

Se echó atrás, tendido del todo sobre las rocas puntiagudas, metiéndose de mala manera en un bolsillo el apunte garrapateado y el lápiz, con el sombrero inclinado sobre los ojos. Es el movimiento de Kevin Egan el que he hecho, dando cabezadas al echar la siesta, sueño sabático.Et vidit Deus. Et erant valde bona. ¡Hola!Bonjour. Bienvenido como las flores en mayo. Bajo el ala del sombrero observó el sol sureante a través de pestañas trémulas a lo pavo real. Estoy cogido en esta ardiente escena. La hora de Pan, el mediodía faunesco. Entre plantas serpientes cargadas de goma, frutos rezumando leche, donde las hojas se abren anchamente sobre las aguas flavas. El dolor está lejos.

No te arrincones más a cavilar.

Su mirada caviló sobre sus botas de ancha puntera, desechos de un becerro,nebeneinander. Contó los pliegues de cuero arrugado donde el pie de otro había tenido tibio nido.El pie que golpeó el suelo en orgía, ese pie yo desamo. Pero te encantó cuando te pudiste poner el zapato de Esther Osvalt: chica que conocí en París.Tiens, quel petit pied!Amigo de veras, alma hermana: el amor de Wilde, que no se atreve a decir su nombre. Él me dejará ahora. ¿Y la culpa? Yo soy así. Todo o nada.

Desde el lago Cock, el agua fluía de lleno, en largas lazadas, cubriendo verdidoradas lagunas de arena, subiendo, fluyendo. Mi bastón de fresno se lo llevará la corriente. Tengo que esperar. No, pasarán allá, pasarán rozando las rocas bajas, remolineando, pasando. Mejor acabar pronto este asunto. Escucha: un habla de olas en cuatro palabras: siisuu, jrss, rssiiess, uuus. Aliento vehemente de aguas entre serpientes de mar, caballos encabritados, rocas. En copas de rocas se empoza: plof, chop, chlap: embridado en barriles. Y, agotado, cesa su habla. Fluye cayendo pesadamente, fluyendo anchamente, flotante remolino de espuma, desplegada flor.

Bajo la marea hinchada vio las algas retorcidas elevarse lánguidamente y balancear brazos reluctantes, subiéndose las enaguas, en agua susurrante meciendo y volviendo a lo alto esquivas frondas de plata. Día tras día: noche tras noche: elevadas, sumergidas y dejadas caer. Señor, están fatigadas: y, en respuesta al susurro, suspiran. San Ambrosio lo oyó, suspiro de hojas y olas, esperando, aguardando la plenitud de sus tiempos,diebus ac noctibus iniurias patiens ingemiscit. Reunidas para ningún fin: vanamente soltadas luego, fluyendo allá, volviéndose atrás: telar de la luna. Fatigadas también a la vista de amantes, hombres lascivos, una mujer desnuda resplandeciendo en su reino, ella atrae hacia sí una redada de aguas.

Cinco brazas allá.A cinco brazas de fondo yace tu padre. A la una dijo. Hallado ahogado. Marea alta en la barra de Dublín. Empujando por delante un suelto aluvión de broza, bancos de peces en abanico, conchas tontas. Un cadáver subiendo blanco de sal, meciéndose hacia tierra, paso a paso una marsopa hacia tierra. Ahí está. Échale el anzuelo pronto.Aunque hundido en el suelo de las olas. Ya le tenemos. Despacio ahora.

Bolsa de gas cadavérico macerándose en sucia salmuera. Un temblor de pececillos, gordos de esponjosa golosina, sale como un relámpago por los intersticios de su bragueta abotonada. Dios se hace hombre se hace pez se hace lapa ganso se hace montaña de edredón. Alientos muertos respiro yo viviente, piso polvo muerto, devoro un urinoso excremento de todos los muertos. Izado rígido sobre la borda alienta hacia arriba el hedor de su tumba verde, con el leproso agujero de la nariz roncando hacia el sol.

Un cambio marino éste, ojos pardos azulsalado. Muertemarina, la más suave de todas las muertes conocidas del hombre. Viejo Padre Océano.Prix de Paris: cuidado con las imitaciones. Simplemente póngalo a prueba. Nos hemos divertido enormemente.

Ven. Tengo sed. Se está nublando. No hay nubes negras en ninguna parte, ¿verdad? Tormenta. Cae todo él luz, orgulloso rayo del intelecto.Lucifer, dico, qui nescit occasum. No. Mi sombrero con venera y mi bordón y sus mis sandalias. ¿A dónde? A tierras de poniente. El poniente se encontrará a sí mismo.

Tomó el puño de su fresno, esbozando suavemente unas fintas, demorándose todavía. Sí, el poniente se encontrará a sí mismo en mí, sin mí. Todos los días llegan a su fin. Por cierto, el siguiente, ¿cuándo es? El martes será el día más largo. De todo el alegre año nuevo, madre, tralará lará. Lawn Tennyson, caballero poeta.Già. Para la vieja bruja de dientes amarillos. Y Monsieur Drumont, caballero periodista.Già. Mis dientes están muy mal. ¿Por qué, digo yo? Toca. Ése se pierde también. Conchas. ¿Debería ir a un dentista, quizá, con este dinero? Este. El desdentado Kinch, el superhombre. ¿Por qué es eso, me pregunto, o quizá significa algo?

Mi pañuelo. Él lo tiró. Me acuerdo. ¿No lo recogí?

Su mano hurgó vanamente en los bolsillos. No, no lo recogí. Mejor comprar uno.

Dejó el moco seco sacado de la nariz en el filo de una roca, cuidadosamente. Por lo demás, que mire quien quiera.

Detrás. Quizá hay alguien.

Volvió la cara por sobre un hombro, retrorregardante. Moviéndose a través del aire, altas vergas de un barco de tres palos, las velas recogidas en las crucetas, en arribada, a contracorriente, moviéndose silenciosamente, barco silencioso.

2[4]

El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa espesa de menudillos, las mollejas, de sabor a nuez, el corazón relleno asado, las tajadas de hígado rebozadas con migas de corteza, las huevas de bacalao fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que daban a su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa.

En riñones pensaba mientras andaba por la cocina suavemente, preparándole a ella las cosas del desayuno en la bandeja abollada. La luz y el aire en la cocina eran gélidos, pero fuera, por todas partes, hacía una suave mañana de verano. Un poco de vacío en el estómago le daba.

Los carbones se enrojecían.

Otra rebanada de pan con mantequilla: tres, cuatro: está bien. A ella no le gustaba llenarse el plato. Está bien. Dejó a un lado la bandeja, levantó el cacharro del agua de la parte de atrás del fogón y lo puso de medio lado al fuego. Allí se quedó asentado, opaco y rechoncho, con el pico saliendo para arriba. Taza de té pronto. Muy bien. Boca seca.

La gata andaba rígidamente dando la vuelta a una pata de la mesa, cola en alto.

—¡Mkñau!

—Ah, estás ahí —dijo el señor Bloom, apartándose del fuego.

La gata maulló en respuesta y anduvo de nuevo rigidamente alrededor de una pata de la mesa, maullando. Igual que como anda por mi mesa de escribir. Prr. Ráscame la cabeza. Prr.

El señor Bloom observó con benévola curiosidad la flexible forma negra. Limpia de ver: el brillo de su lustrosa piel, el lunar blanco bajo la punta de la cola, la ojos verdes destellantes. Se inclinó hacia ella, con las manos en las rodillas.

—Leche para la michina —dijo.

—¡Mrkñau! —gritó la gata.

Les llaman estúpidos. Ellos entienden lo que decimos mejor de lo que nosotros les entendemos a ellos. Ésta entiende todo lo que quiere. Vengativa también. Cruel. Su naturaleza. Curioso que los ratones nunca chillen. Parece que les gusta. No sé qué le pareceré a ella. ¿Altura de una torre? No, puede saltar por encima de mí.

—Miedo de las gallinas, es lo que tiene —dijo, burlón—. Miedo de las pitas-pitas. Nunca he visto una michina tan estúpida como esta michina.

Cruel. Su naturaleza. Curioso que los ratones nunca chillen. Parece que les gusta.

—¡Mrkrñau! —dijo la gata, fuerte.

Miró a lo alto, cerrando de vergüenza en un guiño sus ojos ávidos, maullando largo y quejumbroso, enseñándole los dientes blancoleche. Él observó las oscuras estrías de las pupilas estrechándose de avidez hasta que los ojos fueron unas piedras verdes. Entonces se acercó al aparador, tomó el jarro que el lechero de Hanlon acababa de llenarle, y echó leche de tibias burbujas en un platillo, que dejó despacio en el suelo.

—¡Gurrjr! —gritó la gata, corriendo a lamer.

Él observó cómo le brillaban los bigotes como cables en la débil luz, al inclinarse tres veces a lamer con ligereza. No sé si será verdad que si se los cortan ya no pueden cazar ratones. ¿Por qué? Brillan en la oscuridad, quizá, las puntas. O una especie de tentáculos en la oscuridad, quizá.

La escuchó lam-lamer. Huevos con jamón, no. No hay huevos buenos con esta sequía. Necesitan agua dulce pura. Jueves: tampoco buen día para un riñón de cordero en Buckley. Frito en mantequilla, un poquito de pimienta. Mejor un riñón de cerdo en Dlugacz. Mientras hierve el agua. La gata lamía más despacio, dejando luego limpio el platillo con la lengua. ¿Por qué tienen la lengua tan áspera? Para lamer mejor, toda agujeros porosos. ¿Nada que pueda comer ésta? Echó una ojeada alrededor. No. Con suave crujir de las botas subió la escalera hasta la entrada, y se detuvo junto a la puerta de la alcoba. A ella le podría gustar algo sabroso. Rebanadas finas con mantequilla, eso le gusta por la mañana. Sin embargo, quizá, por una vez.


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Dijo a media voz en el recibidor destartalado:

—Doy una vuelta hasta la esquina. Vuelvo en un momento.

Y cuando hubo oído a su voz decirlo, añadió:

—¿No quieres nada para el desayuno?

Un blando gruñido soñoliento contestó:

—Mn.

No. No quería nada. Oyó entonces un caliente suspiro profundo, más blando, al darse vuelta ella, con un tintineo de las arandelas de latón sueltas, en el jergón. Tengo que mandarlas arreglar, realmente. Lástima. Desde Gibraltar, nada menos. Ha olvidado el poco español que sabía. No sé cuánto pagaría su padre por esto. Estilo antiguo. Ah sí, claro. Lo compró en la subasta del gobernador. Adjudicado en seguida. Duro como una piedra para regatear, el viejo Tweedy. Sí, señor. Fue en Plevna. He ascendido desde soldado raso, señor, y a mucha honra. Sin embargo, tuvo bastante cabeza como para hacer aquel negocio de los sellos. Bueno, eso sí que fue previsión.

Su mano descolgó del gancho el sombrero, encima del abrigo grueso con las iniciales, y el impermeable de segunda mano, de oficina de objetos perdidos. Sellos: estampas de revés pegajoso. Estoy seguro de que hay un montón de oficiales metidos en negocios. Claro que sí. La sudada inscripción en la coronilla del sombrero le dijo mudamente: Plasto’s Sombrero Alta Cal. Atisbó rápidamente dentro de la badana. Tira blanca de papel. Bien segura.

En el umbral, se tocó el bolsillo de atrás buscando el llavín. Ahí no. En los pantalones que dejé. Tengo que buscarla. La patata sí que la tengo. El armario cruje. No vale la pena molestarla. Mucho sueño al darse vuelta, ahora mismo. Tiró muy silenciosamente de la puerta del recibidor detrás de sí, más, hasta que la cubierta de la rendija de abajo cayó suavemente sobre el umbral, fláccida tapa. Parecía cerrada. Está muy bien hasta que vuelva, de todos modos.

Cruzó al lado del sol, evitando la trampilla suelta del sótano en el número setenta y cinco. El sol se acercaba al campanario de la iglesia de San Jorge. Va a ser un día caluroso, me imagino. Especialmente, con este traje negro lo noto más. El negro conduce, refleja (¿o refracta?) el calor. Pero no podía ir con ese traje claro. Ni que fuera un picnic. Los párpados se le bajaron suavemente muchas veces mientras andaba en feliz tibieza. La camioneta del pan de Boland entregando en bandejas el nuestro de cada día, pero ella prefiere las hogazas de ayer, tostadas por los dos lados crujientes cortezas calientes. Te hace sentirte joven. En algún sitio, por el este: ponerse en marcha al amanecer, viajar dando la vuelta por delante del sol, robarle un día de marcha. Seguir así para siempre, sin envejecer nunca un día, técnicamente. Caminar a lo largo de una plaza, en país extraño, llegar a las puertas de una ciudad, un centinela allí, también un veterano, los grandes bigotes del viejo Tweedy apoyándose en una especie de larga jabalina. Caminar por calles con celosías. Caras enturbantadas pasando. Oscuras cuevas de tiendas de alfombras, un hombretón, Turko el Terrible, sentado con las piernas cruzadas fumando una pipa retorcida. Pregones de vendedores por las calles. Beber agua perfumada con hinojo, sorbete. Andar errando todo el día. Podría encontrar algún que otro ladrón. Bueno, pues a encontrarlo. Se acerca la puesta del sol. Las sombras de las mezquitas a lo largo de las columnas: sacerdote con un pergamino en lo alto, enrollado. Un estremecimiento de los árboles, señal, el viento del anochecer. Sigo adelante. Cielo de oro que se desvanece. Una madre observa desde la puerta. Llama a casa a sus niños en su oscuro idioma. Alto muro: detrás, cuerdas pulsadas. Noche cielo luna, violeta, color de las ligas nuevas de Molly. Cuerdas. Escuchar. Una muchacha tocando uno de esos instrumentos, cómo se llaman: dulcémeles. Paso.

Probablemente no es ni pizca así en la realidad. Tipo de cosa que se lee: tras las huellas del sol. Estallido de sol en la portada. Sonrió, complaciéndose a sí mismo. Lo que dijo Arthur Griffith de la cabecera sobre el artículo de fondo en elFreeman: un sol de autonomía elevándose en el noroeste desde el callejón de detrás del Banco de Irlanda. Prolongó su sonrisa complacida. Toque judaico ése: sol de autonomía elevándose en el noroeste.

Se acercaba a donde Larry O’Rourke. De la reja del sótano subía flotando el flojo gorgoteo de la cerveza. A través de la puerta abierta el bar lanzaba efluvios de gengibre, polvo de té, masticaduras de galleta. Buena casa, sin embargo: al final mismo del tráfico de la ciudad. Por ejemplo, M’Auley ahí abajo: nada bien como situación. Claro que si hicieran pasar una línea de tranvía a lo largo de la Circunvalación Norte desde el mercado de ganado a los muelles, el valor subiría como un cohete.

Cabeza calva sobre la persiana. Listo viejo loco. Inútil trabajárselo para un anuncio. Sin embargo, él conoce mejor su negocio. Ahí está, por supuesto, mi valiente Larry, apoyado en mangas de camisa contra el cajón del azúcar, observando al dependiente con mandil que friega con escobón y cubo. Simon Dedalus le imita clavado bizqueando los ojos para arriba. ¿Sabe lo que le voy a decir? ¿Qué, señor O’Rourke? ¿Sabe qué? Los rusos, no serían más que un aperitivo para los japoneses.

Párate y di una palabra: sobre el funeral quizá. Triste cosa lo del pobre Dignam, señor O’Rourke.

Al doblar a la calle Dorset, dijo con viveza, saludando a través de la puerta:

—Buenos días, señor O’Rourke.

—Buenos días tenga usted.

—Un tiempo delicioso.

—Ya lo creo.

¿De dónde sacan el dinero? Llegan acá, mozos pelirrojos del condado de Leitrim, enjuagando los cascos vacíos y echando los fondos en la bodega. Y luego, míralos ahí, florecen como si fueran unos Adam Findlaters o unos Dan Tallons. Además piensa en la competencia. Sed universal. Buen rompecabezas sería cruzar Dublín sin pasar por delante de una taberna. Ahorrarlo, no pueden. Se lo sacan a los borrachos, quizá. Ponen tres y sacan cinco. ¿Qué es eso? Un chelín acá y allá, rebañando. Quizá en los pedidos al por mayor. Haciendo el doble juego con los corredores en plaza. Cuádralo con el jefe y nos partimos el trabajo, ¿entiendes?

¿Cuánto sería eso sobre la cerveza en un mes? Digamos diez barriles de mercancía. Digamos que sacara el diez por ciento. O más. Quince. Pasó por delante de San José, Escuela Nacional. Clamor de chiquillos. Ventanas abiertas. El aire libre ayuda a la memoria. O un sonsonete. Abeecee deefege kaelemene opecú erreseteuuve uvedoble. ¿Son chicos? Sí. Inishturk. Inishboffin. En su jografía. La mía. Monte Bloom.

Se detuvo delante del escaparate de Dlugacz, mirando absorto las madejas de salchichas, morcillas, negras y blancas. Cincuenta multiplicado por. Las cifras se blanqueaban en su mente sin resolver: disgustado, las dejó extinguirse. Las relucientes tripas atestadas de carne picada le alimentaban la mirada y respiraba en tranquilidad el aliento tibio de la sangre de cerdo cocida con especias.

Un riñón rezumaba gotas de sangre en el plato con adornos en hoja de sauce: el último. Se detuvo ante el mostrador junto a la criada de al lado. ¿Lo compraría también ella, pidiendo las cosas con una tira de papel en la mano? Agrietada: la sosa de lavar. Y una libra y media de salchichas de Denny. Los ojos de Bloom descansaron en sus vigorosas caderas. Woods se llama él. No sé qué hace. La mujer es de cierta edad. Sacudiendo una alfombra en la cuerda de la ropa. Sí que la sacude, caramba. El modo como se le agita a cada sacudida su falda torcida.

El salchichero de ojos de hurón dobló las salchichas que había descolgado con dedos manchados, rosasalchicha. Carne sana ahí: como de ternera de establo.

De un montón de hojas cortadas, tomó una. La granja modelo de Kinnereth, a orillas del Tiberíades. Puede convertirse en un ideal sanatorio de invierno. Moisés Montefiore. Creí que era él. La casa de la granja, con la tapia alrededor, el borroso ganado pastando. Alejó la hoja; interesante; leyó más de cerca, el borroso ganado pastando, la hoja crujiendo. Una joven ternera blanca. Aquellas mañanas en el mercado de ganado las reses mugiendo en sus corrales, ovejas marcadas, chaf, caída de estiércol, los ganaderos con botas claveteadas abriéndose paso entre la suciedad, palmeando con la mano un cuarto trasero de carne madurada, aquí hay una de primera, varas sin pelar en la mano. Pacientemente sostenía la hoja al sesgo, inclinando los sentidos y la voluntad, y con su blanda mirada subyugada en reposo. La falda torcida balanceándose golpe a golpe a golpe.

El salchichero arrebató dos hojas del montón, le envolvió sus salchichas de primera y le hizo una mueca roja.

—Aquí tiene, señorita mía —dijo.

Ella le alargó una moneda, sonriendo descarada, con su gruesa muñeca extendida.

—Gracias, señorita mía. Y un chelín y tres peniques de vuelta. ¿Y para usted, si tiene la bondad?

El señor Bloom señaló rápidamente. Alcanzarla y andar detrás de ella si iba despacio, detrás de sus jamones en movimiento. Agradable de ver primera cosa por la mañana. Date prisa, maldita sea. Aprovechar la ocasión mientras dura. Ella se quedó quieta a la puerta de la tienda al salir al sol y luego derivó perezosamente a la derecha. Él lanzó un suspiro por la nariz: ellas nunca comprenden. Manos cortadas de la sosa. Uñas de los pies con costras, también. Escapularios pardos en jirones, defendiéndola por delante y por detrás. El aguijón de la indiferencia se encendió en su pecho hasta ser débil placer. Para otro: un guardia franco de servicio la abrazaba en Eccles Lane. A ellos les gustan de buen tamaño. Salchicha de primera. Oh, por favor, señor policía, me he perdido en el bosque.

—Tres peniques, por favor.

Su mano aceptó la tierna glándula húmeda y la deslizó en un bolsillo de la chaqueta. Luego hizo subir tres monedas del bolsillo del pantalón y las dejó sobre el erizo de goma. Allí quedaron, fueron leídas rápidamente y rápidamente deslizadas, disco tras disco, al cajón.

—Gracias, señor. Hasta otra vez.

Una chispa de afanoso fuego de ojos zorrunos le dio las gracias. Retiró la mirada al cabo de un momento. No; mejor no; otra vez.

—Buenas días —dijo, marchándose.

—Buenas días, caballero.

Ni señal. Desaparecida. ¿Qué importa?

Volvió por la calle Dorset, leyendo con seriedad. Agendath Netaim: sociedad de plantadores. Para adquirir al gobierno turco vastas extensiones yermas de arena y plantarlas de eucaliptos. Excelentes para sombra, combustible y construcción. Naranjales e inmensos melonares al norte de Jaffa. Usted paga ocho marcos y ellas plantan un dunam de terreno para usted con olivos, naranjos, almendras o limoneros. Los olivos, más baratas: los naranjos necesitan riego artificial. Cada año le mandan un envío de la cosecha. Su nombre queda registrado para toda la vida como propietario en los libros de la asociación. Puede pagar diez al contado y el resto en plazos anuales. Bleibtreustrasse 34, Berlín, W. 15.

Nada que hacer. Sin embargo, hay una idea ahí.

Miró el ganado, borroso en calor plateado. Plateados olivos empolvados. Largos días tranquilos: podar, madurar. Las aceitunas se meten en tarros, ¿no? Me quedan unas pocas de Andrews. Molly las escupía. Ahora conoce el sabor. Naranjas en papel de seda embaladas en cajas. Cidras también. No sé si el pobre Cidron seguirá vivo, en la avenida Saint Kevin. Y Mastiansky con la vieja cítara. Veladas agradables que teníamos entonces. Molly en el sillón de mimbre de Cidron. Buena de agarrar, fresca fruta cérea, elevarla a las narices y oler el perfume. Así, pesado, dulce, perfume silvestre. Siempre el mismo, año tras año. Sacaban precios altos también me dijo Moisel. Arbutus Place; Pleasant Street; placeres de los tiempos antiguos. No tienen que tener defectos, dijo. Viniendo desde tan lejos: España, Gibraltar, el Mediterráneo, Levante. Cajas amontonadas en el muelle de Jaffa, tipo registrándolas en un libro, estibadores manipulándolas descalzos en monos sucios. Ahí va como se llame que sale de. ¿Qué tal? No me ve. Tipo que uno conoce lo justo como para saludarle un poco latoso. Tiene la espalda como aquel capitán noruego. A lo mejor me lo encuentro hoy. Carro de riego. Para provocar la lluvia. Así en la tierra como en el cielo.

Una nube empezó a cubrir el sol del todo despacio, por entero. Gris. Lejos.

No, así no. Una tierra baldía, pelado yermo. Lago volcánico, el mar muerto: nada de peces, sin algas, hundido en lo profundo de la tierra. Sin viento que levante esas olas, metal gris, venenosas aguas neblinosas. Azufre llamaban a lo que llovía; las ciudades de la llanura; Sodoma, Gomorra, Edom. Nombres muertos todos. Un mar muerto en una tierra muerta, gris y vieja. Vieja ahora. Parió a la más vieja raza, la primera. Una bruja encorvada cruzó desde Cassidy, agarrando por el cuello una botella de una pinta. La gente más vieja. Se fue errante muy lejos por toda la tierra, de cautiverio en cautiverio, multiplicándose, muriendo, naciendo en todas partes. Ahora yacía ahí. Ahora ya no podía parir más. Muerto: el hundido coño gris del mundo.

Desolación.

Un gris horror le quemó la carne. Doblando la hoja en el bolsillo dobló hacia la calle Eccles, apresurándose a casa. Fríos aceites se deslizaban por sus venas, congelándole la sangre: la vejez con la costra de una capa de sal. Bueno, ya estoy aquí. Boca sucia de por la mañana malas imaginaciones. Me he levantado de la cama por el lado malo. Tengo que volver a empezar esos ejercicios de Sandow. Manos en el suelo. Manchadas casas de ladrillo pardo. El número ochenta todavía sin alquilar. ¿Por qué será eso? La valoración es sólo veintiocho. Towers, Battersby, North, MacArthur: ventanas de la salita emparchadas de letreros. Parches en un ojo enfermo. Oler el suave humo del té, vapores de la sartén, mantequilla crepitante. Estar cerca de su amplia carne tibiamente encamada. Sí, sí.

Rápida luz tibia del sol llegaba corriendo desde Berkeley Road, velozmente, en ágiles sandalias, siguiendo el sendero que se iluminaba. Corre, ella corre a mi encuentro, una muchacha con pelo dorado al viento.

Dos cartas y una postal estaban por el suelo en el recibidor. Se paró a recogerlas. Sra. Marion Bloom. Su rápido corazón se refrenó al momento. Caligrafía impetuosa. Señora Marion.

—¡Poldy!

Al entrar en la alcoba mediocerró los ojos y avanzó a través de una tibia media luz amarilla hacia su cabeza encrespada.

—¿Para quién son las cartas?

El las miró. Mullingar. Milly.

—Una carta de Milly para mí —dijo con cuidado— y una postal para ti. Y una carta para ti.

Le dejó la postal y la carta en la colcha cruzada, cerca de la curva de las rodillas.


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—¿Quieres que levante la persiana?

Al subir la persiana hasta medio camino con suaves tirones, la vio con el rabillo del ojo lanzar una ojeada a la carta y meterla debajo de la almohada.

—¿Está bien así? —preguntó él, volviéndose.

Ella leía la postal, apoyada en el codo.

—Milly recibió las cosas —dijo ella.

Él esperó hasta que ella dejó a un lado la postal y se recostó otra vez lentamente con un suspiro de comodidad.

—Date prisa con ese té —dijo—. Estoy reseca.

—El agua está hirviendo —dijo él.

Pero se retardó despejando la silla; su enagua a rayas, ropa sucia tirada; y levantó todo en una brazada al pie de la cama.

Cuando bajaba por las escaleras de la cocina, ella le llamó:

—¡Poldy!

—¿Qué?

—Calienta antes la tetera.

Hirviendo, ya lo creo: un penacho de vapor por el pico. Echó agua hirviendo en la tetera y la enjuagó y puso cuatro cucharadas colmadas de té, inclinando luego el cacharro del agua hasta que fue cayendo dentro. Habiendo dejado el té a hacerse, puso a un lado el cacharro del agua y aplastó con la sartén las ascuas, observando cómo resbalaba y se fundía el trozo de mantequilla. Mientras desenvolvía el riñón la gata maullaba hacia él con hambre. Darle demasiada carne no cazará ratones. Dicen que no quieren comer cerdo. Kosher. Aquí está. Dejó caer hacia ella el papel untado de sangre y echó el riñón entre la crepitante mantequilla fundida. Pimienta. La esparció por entre los dedos en círculo sacándola de la huevera agrietada.

Luego hendió y abrió la carta, echando una ojeada por la hoja abajo y por el revés. Gracias; nueva gorra; el señor Coghlan; excursión al lago Owel: joven estudiante: las bañistas de Blazes Boylan.

El té estaba hecho. Llenó su taza con bigotera, imitación Crown Derby, sonriendo. Regalo de cumpleaños de su Millyfilili. Sólo cinco años tenía entonces. No espera; cuatro. Le di el collar de símil ámbar que rompió. Echando pedazos de papel de estraza doblados en el buzón para ella. Sonrió, sirviéndose el té.

Oh Milly Bloom, tú eres mi dulce amor,mi espejo en el poniente y el albor.Ya te prefiero a ti sin un florínque a Katey Keogh, con burro y con jardín.

Pobre viejo, el profesor Goodwin. Un caso terrible, hacía mucho. Sin embargo, era un viejo muy bien educado. Modales a la antigua solía hacer reverencias a Milly desde el escenario. Y el espejito en su sombrero de copa. La noche que Milly lo trajo al salón. ¡Eh, mirad lo que he encontrado en el sombrero del profesor Goodwin! Todos se rieron. Ya entonces, el sexo que despuntaba. Sinvergüencilla que era.

Clavó un tenedor en el riñón y lo hizo chascar dándole vuelta: luego encajó la tetera en la bandeja. La panza chocó al levantarla. ¿Está todo? Pan y mantequilla, cuatro, azúcar, cucharilla, su leche. Sí. La subió por las escaleras, con el pulgar enganchado en el asa de la tetera.

Abriendo la puerta con la rodilla, hizo entrar la bandeja y la puso en la silla junto a la cabecera.

—¡Cuánto has tardado! —dijo ella.

Hizo tintinear las arandelas al incorporarse con viveza, un codo en la almohada. Él bajó los ojos tranquilamente hacia su volumen, y entre sus grandes tetas blandas en pendiente dentro del camisón como las ubres de una cabra. La tibieza de su cuerpo acostado se elevó por el aire, mezclándose con la fragancia del té que se servía.

Un jirón de sobre roto se escapaba de debajo de la almohada con hoyos. Él, cuando ya se marchaba, se detuvo a alisar la colcha.

—¿De quién era la carta? —preguntó.

Caligrafía atrevida. Marion.

—Ah, de Boylan —dijo—. Va a traer el programa.

—¿Qué vas a cantar?

—Là ci darem, con J. C. Doyle —dijo ella— yDulce y vieja canción de amor.

Sus labios carnosos, bebiendo, sonrieron. Olor más bien rancio que deja el incienso al día siguiente. Como el agua enturbiada de un florero.

—¿Quieres que abra un poco la ventana?

Ella dobló una rebanada de pan en la boca, preguntando:

—¿A qué hora es el entierro?

—A las once, creo —dijo él—. No he visto el periódico.

Siguiendo su dedo que señalaba, él levantó de la cama una pernera de sus bragas sucias. ¿No? Entonces una liga gris retorcida, anudada en torno a una media: planta deformada y reluciente.

—No: ese libro.

Otra media. Su enagua.

—Se debe haber caído —dijo ella.

Él tocó acá y allá.Voglio e non vorrei. No sé si ella lo pronuncia bien eso:voglio. En la cama no. Se debe haber resbalado abajo. Se agachó y levantó la colcha. El libro, caído, despatarrado contra la panza del orinal con greca anaranjada.

—Enséñame aquí —dijo—. Le he puesto una señal. Hay una palabra que quería preguntarte.

Tragó un sorbo de té sosteniendo la taza por el lado sin asa, y después de secarse los dedos deprisa en la manta, empezó a buscar en el texto con la horquilla hasta encontrar la palabra.

—¿Mete en qué? —preguntó él.

—Aquí está —dijo ella—. ¿Qué quiere decir eso?

Él se inclinó y leyó junto a la pulida uña del pulgar.

—¿Metempsicosis?

—Sí. ¿Con qué se come eso?

—Metempsicosis —dijo él, frunciendo el ceño—. Es griego; del griego. Eso quiere decir la transmigración de las almas.

—¡A, diablos! Dilo en palabras sencillas.

Él sonrió, mirando de soslayo los ojos burlones de ella. Los mismos ojos jóvenes. La primera noche después de las charadas. El Granero del Delfín. Pasó las hojas mugrientas.Ruby: el orgullo de la pista. Hola. Ilustración. Un italiano feroz con látigo de cochero. Debe ser Ruby orgullo de la en el suelo desnuda. Sábana prestada bondadosamente.El monstruo Maffei desistió y lanzó a su víctima de sí con un juramento. Crueldad detrás de todo. Animales drogados. Trapecio en Hengler. Tuve que mirar a otra parte. La gente con la boca abierta. Pártete el cuello y nos partiremos el pecho de risa. Familias enteras de ellos. Los desarticulan de pequeños para que se metempsicoseen. Que vivimos después de la muerte. Nuestras almas. Que el alma de un hombre después que muere. El alma de Dignam…

—¿Lo has terminada? —preguntó él.

—Sí —dijo ella—. No tiene nada indecente. ¿Sigue ella enamorada todo el tiempo del primer tipo?

—No lo he leído nunca. ¿Quieres otro?

—Sí. Busca otro de Paul de Kock. Un nombre bonito que tiene.

Ella se echó más té en la taza, observándolo fluir de reojo.

Tengo que renovar ese libro de la biblioteca de la calle Capel o escribirán a Kearney, mi fiador. Reencarnación: esa es la palabra.

—Alguna gente cree —dijo— que seguimos viviendo en otro cuerpo después de la muerte, y que hemos vivido antes. Eso lo llaman reencarnación. Que todos hemos vivido antes en la tierra, hace miles de años, o en algún otro planeta. Dicen que lo hemos olvidado. Algunos dicen que se acuerdan de sus vidas pasadas.

La perezosa leche devanaba espirales cuajadas por su té. Mejor recordarle la palabra: metempsicosis. Un ejemplo sería mejor. ¿Por ejemplo?

ElBaño de la ninfasobre la cama. Lo regalaban con el número de Pascua dePhoto Bits: Espléndida obra maestra en reproducción en color. Té antes de echar leche. No muy distinta de ella con el pelo suelto: más delgada. Tres con seis di por el marco. Ella dijo que haría bonito sobre la cama. Ninfas desnudas; Grecia; y por ejemplo toda la gente que vivía entonces.

Hojeó el libro hacia atrás.

—Metempsicosis —dijo— es como lo llamaban los antiguos griegos. Creían que uno se podía cambiar en un animal o en un árbol, por ejemplo. Lo que llamaban ninfas, por ejemplo.

La cuchara de ella dejó de remover el azúcar. Se quedó mirando fijamente al aire, inhalando con las aletas de la nariz ensanchadas.

—Huele a quemado —dijo—. ¿Dejaste algo al fuego?

—¡El riñón! —gritó él de repente.

Se encajó el libro de mala manera en un bolsillo interior y, golpeándose los dedos de los pies contra la cómoda rota, salió deprisa hacia el olor, por las escaleras abajo, con piernas de cigüeña asustada. Un humo picante subía en iracundo chorro de un lado de la sartén. Empujando una punta del tenedor bajo el riñón lo despegó y lo volcó del revés como una tortuga. Sólo un poco quemado. Lo sacó de la sartén y lo echó en un plato, haciendo gotear encima el escaso jugo pardo.

Taza de té ahora. Se sentó, cortó y untó de mantequilla una rebanada de la hogaza. Raspó la carne quemada y se la echó a la gata. Luego se metió en la boca una tenedorada, mascando con discernimiento la sabrosa carne blanda. En su punto. Un buche de té. Luego cortó dados de pan, mojó uno en la salsa y se lo metió en la boca. ¿Qué era eso de un estudiante joven y una merienda? Alisó la carta junto al plato, leyéndola despacio mientras masticaba, mojando otro pedazo de pan en la salsa y llevándoselo a la boca.

Queridísimo Papi:

Muchísimas gracias muchísimas por el maravilloso regalo de cumpleaños. Me está muy bien. Todo el mundo dice que estoy hecha una belleza con mi gorra nueva. Recibí la maravillosa caja de chocolatinas de mamá y le escribo. Son maravillosas. Me está yendo muy bien ahora en el asunto de las fotos. El Sr. Coghlan me sacó ayer una a mí y a la Sra. La mandará cuando la revelen. Ayer tuvimos mucho trabajo. Un día muy bueno y estaban todas las elegancias de patas gordas. Vamos el lunes al lago Owel con unos cuantos amigos a hacer una merienda de cualquier cosa. Mi cariño para mamá y para ti un beso muy grande y gracias. Les oigo tocar el piano abajo. Va a haber un concierto en el Greville Arms el sábado. Hay un estudiante joven que viene por aquí algunas tardes se llama Bannon y sus primos o no sé quién son peces gordos y canta la canción de Boylan (casi iba a poner Blazes Boylan) sobre esas bañistas. Dile que Milly filili le manda sus mejores saludos. Ahora tengo que terminar con todo mi cariño.

Tu hija que te quiere,

MILLY

P.D. Perdona la mala letra, tengo mucha prisa. Adiós.

Quince años ayer. Curioso, el quince del mes también. Su cumpleaños fuera de casa. Separación. Me acuerdo de la mañana de verano cuando nació, corriendo a sacar de la cama a la señora Thornton en la calle Denzille. Vieja divertida. Cantidades de niñitos ha tenido que ayudar a venir al mundo. Desde el principio supo que el pobre Rudy no iba a vivir. Bueno, Dios es bueno, señor. Lo supo en seguida. Tendría ahora once años si hubiera vivido.

Su rostro vacío se quedó mirando fijamente, con compasión, la postdata. Perdona la mala letra. Prisa. El piano abajo. Va saliendo del cascarón. Pelea con ella en el café XL por lo de la pulsera. No quiso comerse los pasteles ni hablar ni mirar. Descarada. Mojó otros pedazos de pan en la salsa y comió trozo tras trozo de riñón. Doce con seis por semana. No es mucho. Sin embargo, podría irle peor. Teatro de varieté. Joven estudiante. Tomó un trago de té más fresco para bajar la comida. Luego volvió a leer la carta de nuevo: dos veces.

Ah bueno: sabe cuidarse ella misma. Pero ¿y si no? No, no ha pasado nada. Claro que podría. Esperar en todo caso hasta que pase. Una chiquilla de mucho cuidado. Sus finas piernas subiendo a la carrera las escaleras. Destino. Madurando ahora. Presumida: mucho.

Sonrió con turbado afecto hacia la ventana de la cocina. El día que la sorprendí en la calle pellizcándose las mejillas para enrojecérselas. Un poco anémica. Le dieron leche demasiado tiempo. EnEl Rey de Erínaquel día alrededor del Kish. Aquella condenada vieja cáscara de nuez se sacudía bien. Ni pizca de canguelo. Su bufanda azul claro suelta al viento con su pelo.

Todas rizos y hoyitos, su bellezava a hacer que un día os hierva la cabeza.

Bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero en su día libre, cantando. Amigo de la familia.Os yerva la cabeza, dice. Muelle con faroles, atardecer de verano, banda.

Esas bañistas, esas bañistas,esas bañistas tan guapas y tan listas.

Milly también. Besos jóvenes: los primeros. Lejos ahora pasados. Sra. Marion. Leyendo repantigada ahora, separándose las mechas del pelo, sonriendo, trenzándolas.

Un suave espasmo de pena le bajó corriendo por el espinazo, aumentando. Ocurrirá, sí. Evitarlo. Inútil: no me puedo mover. Dulces labios leves de muchacha. Ocurrirá también. Sintió la corriente de espasmo extenderse por él. Inútil moverse ahora. Labios besados, besando besados. Carnosos pegajosos labios de mujer.

Mejor donde está allá abajo: lejos. Ocuparla. Quería un perro para pasar el tiempo. Podría hacer un viajecito allá. En el puente de mitad de agosto, sólo dos con seis ida y vuelta. Seis semanas faltan, sin embargo. Podría agenciarme un carnet de prensa. O a través de M’Coy.

La gata, habiéndose limpiado toda la piel, volvió al papel manchado de carne, lo olisqueó y caminó despacio hacia la puerta. Se volvió a mirarle, maullando. Quiere salir. Espera delante de una puerta alguna vez se abrirá. Dejarla esperar. Está agitada. Eléctrica. Truenos en el aire. Estaba lavándose la oreja dando la espalda al fuego, también.

Se sintió pesado, lleno: luego un suave aflojamiento de las tripas. Se puso de pie, desabrochándose el cinturón de los pantalones. La gata le maulló.

—¡Miau! —dijo él, en respuesta—. Espera a que esté listo.

Pesadez: viene un día de calor. Demasiada molestia arrastrarse escaleras arriba hasta el descansillo.

Un periódico. Le gustaba leer en el retrete. Espero que ningún cretino venga a llamar a la puerta justo cuando estoy.

En el cajón de la mesa encontró un número viejo delTitbits. Se lo dobló bajo el sobaco, fue hasta la puerta y la abrió. La gata subió en suaves brincos. Ah, quería subir al piso de arriba, acurrucarse hecha una bola en la cama.

Escuchando, la oyó decir:

—Ven, ven, michina. Ven.

Salió al jardín por la puerta de atrás: se detuvo para escuchar hacia el jardín de al lado. Ningún ruido. Quizá colgando ropa a secar. La criada estaba en el jardín. Muy buena mañana.

Se inclinó a observar una esmirriada hilera de menta que crecía junto a la pared. Hacer aquí un invernadero. Trepadoras rojas. Enredaderas de Virginia. Hace falta abonar todo el terreno, es una tierra sarnosa. Una capa de hígado de azufre. Todos los terrenos son así sin estiércol. Aguas de fregar. Greda, ¿eso qué es? Las gallinas en el jardín de al lado: la gallinaza es muy buen abono para encima. Pero lo mejor de todo es el ganado, especialmente cuando se alimentan con esas tortas de semillas aceitosas. Capa de estiércol. Lo mejor para limpiar guantes de cabritilla de señora. Lo sucio limpia. Cenizas también. Regenerar todo el terreno. Criar guisantes en ese rincón. Lechuga. Entonces tener siempre verdura fresca. Sin embargo, los huertos tienen sus inconvenientes. Esa abeja o moscardón aquí el lunes de Pentecostés.


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Siguió andando. ¿Dónde tengo el sombrero, por cierto? Debo haberlo vuelto a colgar en el perchero. O estará tirado por el suelo. Curioso, no me acuerdo de esto. El perchero está demasiado lleno. Cuatro paraguas, su impermeable. Recogiendo las cartas. La campanilla de la tienda de Drago sonando. Qué raro estaba pensándolo en ese momento. Pelo castaño brillantinado sobre el cuello de la camisa. Nada más que un lavado y un cepillado. No sé si tendré tiempo para un baño esta mañana. Calle Tara. El tipo de la caja de allí dicen que ayudó a fugarse a James Stephens. O’Brien.

Voz profunda que tiene ese tipo Dlugacz. Agenda ¿qué va a ser? Ea, señorita mía. Entusiasta.

Abrió de una patada la puerta desquiciada del retrete. Más vale tener cuidado no mancharme estos pantalones para el funeral. Entró, inclinando la cabeza en el bajo dintel. Dejando la puerta entreabierta, entre el hedor de enjalbegado mohoso y telas de araña rancias, se desabrochó los tirantes. Antes de sentarse atisbó por una rendija hacia la ventana de la casa de al lado. El rey contaba sus tesoros. Nadie.

Encuclillado sobre la tabla redonda desplegó el periódico pasando las hojas sobre las rodillas desnudas. Algo nuevo y fácil. No hay mucha prisa. Retenerlo un poco. Nuestra colaboración premiada.El golpe maestro de Matcham. Escrito por el señor Philip Beaufoy, Club de los Espectadores, Londres. Al autor se le ha pagado a razón de una guinea por columna. Tres y media. Tres libras con tres. Tres libras, trece con seis.

Tranquilamente leyó, conteniéndose, la primera columna, y cediendo pero resistiendo, empezó la segunda. A medio camino, rindiendo su última resistencia, permitió a sus tripas liberarse tranquilamente mientras leía; aún leyendo pacientemente, ese ligero estreñimiento de ayer ha desaparecido del todo. Espero que no sea demasiado grande no vuelvan las almorranas. No, exactamente lo conveniente. Así. ¡Ah! Estreñido, una tableta de cáscara sagrada. La vida podría ser así. No le conmovía ni afectaba pero era algo vivo y bien arreglado. Imprimen cualquier cosa ahora. Temporada estúpida. Siguió leyendo sentado en calma sobre su propio olor que subía. Bien arreglado, eso sí.Matcham piensa a menudo en el golpe maestro con que conquistó a la risueña brujita que ahora. Empieza y termina con moralidad.Juntos de la mano. Listo. Volvió a echar una ojeada a lo que había leído, y a la vez que sentía sus aguas fluir silenciosamente, envidió benévolamente al señor Beaufoy que había escrito eso y recibido pago de tres libras, trece con seis.

Podría arreglármelas para un esbozo. Por el señor y la señora L. M. Bloom. Inventar una historia sobre algún refrán. ¿Cuál? En otros tiempos solía anotar en el puño de la camisa lo que decía ella vistiéndose. No me gusta lo de vestirnos juntos. Me corté afeitándome. Ella se mordía el labio, al engancharse el cierre de la falda. Contándole el tiempo. 9.15. ¿No te ha pagado Roberts todavía? 9.20. ¿Cómo iba vestida Gretta Conroy? 9.23. ¿Cómo se me habrá ocurrido comprar este peine? 9.24. Me siento hinchada con esa col. Una mota de polvo en el charol de su bota: frotándose vivamente por turno la punta de cada zapato contra la media en la pantorrilla. La mañana después del baile de beneficencia donde la banda de May tocó laDanza de las horasde Ponchielli. Explicar eso: horas de la mañana, mediodía, luego el anochecer viniendo, luego horas de la noche. Lavándose los dientes. Eso fue la primera noche. Su cabeza al bailar. Las varillas de su abanico chascando. ¿Ese Boylan anda bien de medios? Tiene dinero. ¿Por qué? Noté que le olía bien el aliento al bailar. Inútil canturrear entonces. Aludir a eso. Extraña clase de música esa última noche. El espejo estaba en sombra. Frotaba vivamente su espejo de mano en el chaleco de lana contra su teta llena y ondulante. Atisbándolo. Arrugas en sus ojos. No era posible estar seguro, no sé por qué.

Horas del anochecer, muchachas en tul gris. Horas de la noche luego con puñales y antifaces. Idea poética rosa luego dorado luego gris luego negro. Sin embargo, también fiel a la realidad. Día, luego la noche.

Arrancó bruscamente la mitad del cuento premiado y se limpió con él. Luego se ciñó los pantalones, se puso los tirantes y se abotonó. Tiró de la puerta del retrete, agitada en sacudidas, y salió de lo sombrío al aire.

En la luz clara, iluminado y refrescado de miembros, observó cuidadosamente sus pantalones negros, los bajos, las rodillas, las bolsas de las rodillas. ¿A qué hora es el entierro? Mejor mirarlo en el periódico.

Un rechinar y un sombrío zumbido en el aire, allá arriba. Las campanas de la iglesia de San Jorge. Daban la hora: sonoro hierro oscuro.

Ay-oh, ay-oh.Ay-oh, ay-oh.Ay-oh, ay-oh.

Menos cuarto. Otra vez ahí: los armónicos siguiendo por el aire. Una tercera.

¡Pobre Dignam!

[5]

El señor Bloom avanzaba con seriedad, junto a grandes carros de carga, pasando ante Windmill Lane, el molino de linaza de Leask, la central de correos y telégrafos. También podía haber dado esa dirección. Y ante el hogar de los marineros. Se apartó de los ruidos mañaneros del muelle y entró por la calle Lime. Junto a las casas baratas de Brady, vagueaba un chico de la tenería, con su cubo de desperdicios al brazo, fumando una colilla masticada. Una niña más pequeña con un eczema en la frente le lanzó una mirada, sujetando distraída un aro de tonel. Dile que si fuma no va a crecer. ¡Ah, déjale! Su vida no es ningún lecho de rosas. Esperando a la puerta de las tabernas para llevar a padre a casa. Vuelve a casa con madre, padre. Hora muerta: no habrá muchos aquí. Cruzó la calle Townsend, pasó junto a la cara ceñuda de la capilla Bethel. Él, sí; casa de; Aleph, Beth. Y dejó atrás la funeraria de Nichol. A las once es. Suficiente tiempo. Estoy seguro de que Corny Kelleher le ha pescado ese trabajo a O’Neill. Cantando con los ojos cerrados. Cornudo. La encontré una vez en los jardines. En lo oscuro. Qué pillines. Un espía: policía. Ella dijo su nombre y dirección con el tororón tororón pon pon. Ah sí, seguro que se lo ha pescado. Enterrarle barato en un comosellame. Con el tororón tororón tororón tororón.

En Westland Row se detuvo ante el escaparate de la Belfast and Oriental Tea Company y leyó las etiquetas de los paquetes en papel de estaño: mezcla selecta, la mejor calidad, té de familia. Bastante caliente. Té. Tengo que pedirle un poco a Tom Kernan. Pero no podría pedírselo en un entierro. Mientras sus ojos seguían leyendo vagamente se quitó el sombrero inhalando su brillantina y elevó la mano derecha con lenta gracia por la frente y el pelo. Una mañana muy calurosa. Bajo los párpados caídos sus ojos encontraron el diminuto lazo de la badana de dentro de su Sombrero Alta Cal. Ahí precisamente. Su mano derecha descendió al hueco del sombrero. Los dedos encontraron en seguida una tarjeta detrás de la badana y la trasladaron al bolsillo del chaleco.

Qué calor. Se pasó la mano derecha una vez más, más despacio, por la frente y el pelo. Luego se volvió a poner el sombrero, aliviado; y volvió a leer: mezcla selecta, preparada con las mejores marcas de Ceilán. El Extremo Oriente. Debe ser un sitio delicioso: el jardín del mundo, grandes hojas perezosas en que flotar a la deriva, prados floridos, lianas serpentinas las llaman. No sé si será así. Esos cingaleses vagabundeando por ahí al sol endolce far niente. No dando golpe en todo el día. Duermen seis meses de cada doce. Demasiado calor para pelearse. Influencia del clima. Letargia. Flores del ocio. El aire les alimenta sobre todo. Ázoes. Invernadero en el Jardín Botánico. Plantas sensitivas. Nenúfares. Pétalos demasiado cansados para. La enfermedad del sueño en el aire. Andar sobre pétalos de rosa. Imagínate tratando de comer callos y uña de vaca. ¿Dónde estaba aquel tipo que vi en esa foto no sé dónde? Ah, sí, en el Mar Muerto, flotando tumbado, leyendo un libro con una sombrilla abierta. No se podría hundir aunque lo intentara: tan denso de sal. Porque el peso del agua, no, el peso del cuerpo en el agua es igual al peso del ¿qué? ¿O es el volumen lo que es igual al peso? Es una ley más o menos así. Vance en la escuela media, haciendo crujir las coyunturas de los dedos, enseñando. El currículum de estudios. Currículum crujiente. ¿Qué es el peso realmente cuando se dice el peso? Treinta y dos pies por segundo por segundo. Ley de la caída de los cuerpos: por segundo por segundo. Todos caen al suelo. La tierra. Es la fuerza de la gravedad de la tierra lo que es el peso.

Se dio vuelta y cruzó la calle lentamente. ¿Cómo andaba esa de las salchichas? Así más o menos. Andando, sacó del bolsillo de la chaqueta elFreemandoblado, lo desdobló, lo enrolló a lo largo como una batuta y golpeó con él la pernera del pantalón a cada lento paso. Aire descuidado: sólo dejarme caer por ahí dentro a ver. Por segundo por segundo. Por segundo por cada segundo, quiere decir. Desde el bordillo disparó un agudo vistazo a través de la puerta de la estafeta. Buzón de alcance. Depositar aquí. Nadie. Adentro.

Adelantó la tarjeta a través de la reja de latón.

—¿Hay cartas para mí? —preguntó.

Mientras la empleada buscaba en un casillero, él miró al cartel de reclutamiento con soldados de todas las armas en desfile, y se aplicó el extremo de la batuta contra los agujeros de la nariz, oliendo papel de trapos recién impreso. No hay respuesta probablemente. Me excedí demasiado la última vez.

La empleada le devolvió la tarjeta a través de la reja con una carta. Él dio las gracias y echó una rápida ojeada al sobre a máquina.

Sr. D. Henry Flower

Lista de Correos, Westland Row.

Ciudad.

Contestó, de todas maneras. Deslizó en el bolsillo de la chaqueta tarjeta y carta, volviendo a pasar revista a los soldados en desfile. ¿Dónde está el regimiento del viejo Tweedy? Soldado licenciado. Ahí: gorro de piel de oso y penacho. No, ése es un granadero. Puños en punta. Ahí está: fusileros reales de Dublín. Casacas rojas. Demasiado vistosas. Por eso debe ser por lo que les persiguen las mujeres. El uniforme. Más fáciles de alistar y de instruir. La carta de Maud Gonne para que se los lleven de la calle O’Connell por la noche: deshonra para nuestra capital irlandesa. El periódico de Griffith machacando ahora el mismo clavo: un ejército podrido de enfermedades venéreas: imperio ultramarino ultramarrano. Parecen a medio cocer: hipnotizados o algo así. Vista al frente. Marcar el paso. Izquierdo: cerdo. Derecho: pecho. Regimiento del Rey. Nunca verle vestido de bombero o de guardia. Masón, sí.

Salió con indolencia de la estafeta y dobló a la derecha. Hablar: como si eso arreglara las cosas. Metió la mano en el bolsillo y el índice se abrió paso bajo el cierre del sobre, abriéndolo en desgarrones a sacudidas. Las mujeres hacen mucho caso de eso, no creo. Los dedos sacaron la carta y apelotonaron el sobre en el bolsillo. Algo sujeto con un alfiler; foto quizá. ¿Pelo? No.

M’Coy. Quítatele de encima deprisa. Me desvía de mi camino. Me fastidia estar acompañado cuando uno.

—Hola, Bloom. ¿A dónde vas?

—Hola, M’Coy. A ningún sitio especial.

—¿Qué tal va ese cuerpo?

—Muy bien. ¿Cómo estás tú?

—Se va viviendo —dijo M’Coy.

Con los ojos en la corbata y el traje negro preguntó respetuoso en voz baja:

—¿Ocurre algo… ninguna desgracia, espero? Veo que vas…

—Ah, no —dijo el señor Bloom—. El pobre Dignam, ya sabes. Hoy es el entierro.

—Claro, pobre chico. Así que es eso. ¿A qué hora?

Una foto no es. Quizá una insignia.

—A… a las once —contestó el señor Bloom.

—Tengo que intentar llegarme por allí —dijo M’Coy—. ¿A las once, no? No me enteré hasta anoche mismo. ¿Quién me lo dijo? Holohan. ¿Conoces al cojito Hoppy?

—Sí, le conozco.

El señor Bloom miraba al otro lado de la calle el coche de punto estacionado a la puerta del Grosvenor. El portero izaba la maleta hasta el hueco tras el pescante. Ella estaba quieta, esperando, mientras el hombre, marido, hermano, parecido a ella, buscaba suelto en el bolsillo. Muy elegante ese abrigo de cuello redondeado, caliente para un día como éste, parece tela de manta. Descuidada postura de ella con las manos en esos bolsillos de parche. Como aquella altiva criatura en el partido de polo. Las mujeres, todas espíritu de casta hasta que tocas el sitio. Bien está lo que bien parece. Reservada a punto de rendirse. La honorable Señora y Bruto es un hombre honorable. Poseerla una vez le quita el almidonado.

—Estaba yo con Bob Doran, anda en una de sus temporadas de líos, y ese como se llame Bantam Lyons. Ahí mismo en Conway estábamos.

Doran Lyons en Conway. Ella se llevó al pelo una mano enguantada. Entró Hoppy. A echar un trago. Inclinando atrás la cabeza y mirando a lo lejos desde sus párpados velados vio la luminosa piel de cierva brillar en el fulgor del sol, las trenzas en moños. Hoy veo con claridad. La humedad por ahí quizá da larga vista. Hablando de unas cosas y otras. La mano de la dama. ¿Por qué lado subirá?

—Y dice él:¡Qué cosa más triste lo de nuestro pobre amigo Paddy! ¿Qué Paddy?digo yo.El pobrecillo Paddy Dignam, dice él.

Al campo: probablemente a Broadstone. Botas altas castañas con cordones colgando. Pie bien torneado. ¿Qué anda enredando ése con el suelto? Ella me ve que estoy mirando. Siempre con el ojo listo por si algún otro tipo. Buen repuesto. Dos cuerdas para su arco.

—¿Por qué?digo yo.¿Qué le pasa de malo?digo.

Orgullosa; rica; medias de seda.

—Sí —dijo el señor Bloom.

Se echó un poco a un lado de la cabeza parlante de M’Coy. Sube en un momento.

—¿Qué le pasa de malo?dice él.Que se ha muerto, dice. Y, palabra, se llenó el vaso.¿Es Paddy Dignam?digo yo. No lo podía creer cuando lo oí. Estuve con él el viernes mismo, o fue el jueves, en el Arch.Sí, dice.Se ha muerto. Se murió el lunes, pobre chico.

¡Mira! ¡Mira! Destello de seda ricas medias blancas. ¡Mira!

Se interpuso un pesado tranvía tocando la campanilla.

Me lo perdí. Maldita sea tu jeta charlatana. Se siente uno como si hubieran cerrado dejándole fuera. El Paraíso y la Peri. Siempre pasa así. En el mismo instante. La chica en el portal de la calle Eustace. El lunes era, arreglándose la liga. Su amiga cubría la exhibición de.Esprit de corps. Bueno, ¿qué hace ahí con la boca abierta?


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—Sí, sí —dijo el señor Bloom tras un sordo suspiro—. Otro que se va.

—Uno de los mejores —dijo M’Coy.

Pasó el tranvía. Ellos iban hacia el puente de la Circunvalación, la rica mano enguantada de ella en el agarradero de acero. Brilla, brilla: el fulgor de encaje de su sombrero al sol: brilla, bri.

—La mujer bien, supongo —dijo la voz cambiada de M’Coy.

—Ah sí —dijo el señor Bloom—. De primera, gracias.

Desenrolló la batuta de periódico distraídamente y distraídamente leyó:

¿Qué es un hogar que no tienecarne en conserva Ciruelo?Incompleto. ¿Y cuando viene?Una antesala del cielo.

—A mi costilla le acaban de ofrecer una actuación. Mejor dicho, todavía no está formalizado eso.

Otra vez la historia de la maleta. De todos modos, no ocurre nada malo. No estoy para eso, gracias.

El señor Bloom volvió sus ojos de grandes párpados con amabilidad sin prisa.

—A mi mujer también —dijo—. Va a cantar en una cosa muy elegante en el Ulster Hall de Belfast, el veinticinco.

—¿Ah sí? —dijo M’Coy—. Me alegro de saberlo, viejo. ¿Quién lo organiza?

Sra. Marion Bloom. Todavía no levantada. La reina estaba en su alcoba comiendo pan con. Sin libro. Ennegrecidos naipes extendidos a lo largo del muslo de siete en siete. Dama morena y hombre rubio. La gata pelosa bola negra. Tira desgarrada de sobre.

La dulce yviejacanciónde amorviene dea-mor, la dulce…

—Es una especie de gira, ¿sabes? —dijo Bloom, pensativo—.Dulce canción. Se ha formado un comité. Participan en los gastos y en los beneficios.

M’Coy asintió, pellizcándose el rastrojo del bigote.

—Bueno —dijo—. Es una buena noticia.

Se puso en movimiento para marcharse.

—Bueno, me alegro de verte tan bien —dijo—. Ya te veré por ahí.

—Sí —dijo el señor Bloom.

—¿Sabes una cosa? —dijo M’Coy—. Podrías hacer poner mi nombre en el entierro, ¿quieres? Me gustaría ir pero a lo mejor no puedo, ya comprendes. Hay un caso de un ahogado en Sandycove que podría aparecer y entonces el forense y yo tendríamos que bajar si se encuentra el cadáver. Simplemente metes mi nombre si no estoy, ¿eh?

—Lo haré —dijo el señor Bloom, poniéndose en marcha—. Quedará bien.

—Eso —dijo M’Coy radiante—. Gracias, viejo. Yo iría si me fuera posible. Bueno, hasta otra. Con poner C. P. M’Coy basta.

—Se hará —contestó el señor Bloom con firmeza.

No me ha pillado dormido ese truco. El toque rápido. Punto débil. Ya me habría gustado. Maleta por la que tengo un especial antojo. Cuero. Esquinas reforzadas, bordes con remaches, cierre doble de seguridad. Bob Cowley le prestó la suya para el concierto de la regata de Wicklow el año pasado y no ha vuelto a tener noticias de ella desde aquel buen día hasta hoy.

El señor Bloom, paseando hacia la calle Brunswick, sonreía. A mi costilla le acaban de ofrecer una. Chillona soprano pecosa. Nariz para cortar queso. No está mal a su manera: para una baladita. No tiene nervio. Tú y yo, ¿no sabes? En el mismo bote. Dando jabón. Ponerte frito, eso es lo que pasa. ¿No oyes la diferencia? Me parece que él tira un poco a ese lado. No sé por qué, me cae mal. Pensé que lo de Belfast le impresionaría. Espero que la viruela de allí no vaya a peor. Suponte que no se quiere revacunar. Tu mujer y mi mujer.

¿No será que me anda celestineando?

El señor Bloom se paró en la esquina, con los ojos errando por los carteles multicolores. Ginger Ale aromática Cantrell y Cochrane. Liquidación de verano en Clery. No, tira derecho. Hola. Esta nocheLeah: la señora Bandman Palmer. Me gusta verla en eso otra vez. ElHamlet, hizo anoche. En traje de hombre. Quizá era una mujer. ¿Por qué se suicidó Ofelia? ¡Pobre papá! ¡Cómo hablaba de Kate Bateman en ese papel! A la puerta del Adelphi en Londres hizo cola toda la tarde para entrar. El año antes de que naciera yo fue eso: el sesenta y cinco. Y la Ristori en Viena. ¿Cuál es el nombre, exactamente? Por Mosenthal es.Rachel, ¿no? La escena de que siempre hablaba él, donde el viejo Abraham, ciego, reconoce la voz y le pone los dedos en la cara.

¡La voz de Natán! ¡La voz de su hijo! Oigo la voz de Natán que dejó morir a su padre de dolor y pena en mis brazos, que dejó la casa de su padre y dejó al Dios de su padre.

Cada palabra es tan profunda, Leopold.

¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Me alegro de no haber entrado en su cuarto a verle la cara. ¡Aquel día! ¡Vaya por Dios! ¡Fuu! Bueno, quizá fue lo mejor para él.

El señor Bloom dobló la esquina y pasó ante los lánguidos rocines de la parada de coches. Es inútil seguir pensando en eso. Hora del saco de pienso. Siento haberme encontrado a ese tipo M’Coy.

Se acercó más y oyó un crujir de avena dorada, las plácidas dentelladas. Los grandes ojos de ciervo le contemplaron pasar, entre el dulce hedor avenoso del orín de caballo. Su Eldorado. ¡Pobres bestias! Maldito lo que saben ni les importa con las largas narices encajadas en los sacos de pienso. Demasiado llenos para hablar. Sin embargo tienen de comer todo lo que necesitan y para tumbarse. Castrados además: un muñón de gutapercha negra oscilando flojo entre las ancas. Podrían ser felices así, de todos modos. Unos buenos pobres brutos parecen. Sin embargo, su relincho puede ser muy irritante.

Sacó la carta del bolsillo y la metió dentro del periódico que llevaba. Podría tropezarme con ella aquí mismo. El callejón es más seguro.

Pasó por delante del Refugio del Cochero. Curiosa esa vida de a la deriva de los cocheros, haga el tiempo que haga, en todas partes, por horas o por carrera, sin voluntad propia.Voglio e non. Me gustaría darles algún cigarrillo que otro. Sociables. Gritan unas pocas sílabas al vuelo cuando pasan. Canturreó:

Là ci darem la manola la lala la la.

Dobló a la calle Cumberland y, dando unos cuantos pasos, se detuvo al socaire de la pared de la estación. Nadie. La serrería de Meade. Vigas amontonadas. Ruinas y viviendas. Pisando con cuidado pasó por encima de un juego de rayuela con el tejo olvidado. Ni un alma. Cerca de la serrería un chico en cuclillas jugaba al guá, solo, disparando la bola con hábil pulgar. Un sabio gato atigrado, esfinge parpadeante, le observaba desde su tibio alféizar. Lástima molestarles. Mahoma cortó un trozo de su manto para no despertarla. Ábrela. Y en otros tiempos yo jugaba a las canicas cuando iba a la escuela de aquella vieja. Le gustaba el resedá. Sra. Ellis. ¿Y el Sr.? Abrió la carta dentro del periódico.

Una flor. Creo que es una. Una flor amarilla con pétalos aplanados. ¿No se ha enfadado entonces? ¿Qué dice?

Querido Henry:

Recibí tu última carta y te la agradezco mucho. Siento mucho que no te gustara mi última carta. ¿Por qué metiste los sellos? Estoy terriblemente irritada contigo. De veras que me gustaría poderte castigar por esto. Te llamé niño malo de ese modo porque no me gusta ese otro mundo. Por favor dime qué quiere decir de verdad eso otro. ¿No eres feliz en tu casa pobrecito niño malo? De veras que me gustaría poder hacer algo por ti. Por favor dime qué piensas de mí, pobrecilla de mí. Muchas veces pienso en ese nombre tan bonito que tienes. Querido Henry ¿cuándo nos vamos a encontrar? Pienso en ti tantas veces como no tienes ni idea. Nunca me he sentido tan atraída por un hombre como contigo. Estoy tan trastornada con esto. Por favor escríbeme una carta larga y cuéntame más. Acuérdate de que si no te voy a castigar. Así que ya sabes lo que voy a hacer contigo, niño malo, si no me escribes. Oh qué deseos siento de conocerte. Henry querido mío, no te niegues a mi súplica antes que se me agote la paciencia. Entonces te lo contaré todo. Adiós ahora, querido niño malo. Hoy me duele mucho la cabeza y escribe a vuelta de correo a tu anhelosa

MARTHA

P.D. Dime qué clase de perfume usa tu mujer. Quiero saberlo.

XXXX

Arrancó gravemente la flor de su alfiler, olió su casi noolor y se la metió en un bolsillo sobre el corazón. El lenguaje de las flores. A ellas les gusta porque nadie puede oírlo. O un ramillete envenenado hacerle caer desplomado. Luego, avanzando despacio, volvió a leer la carta, murmurando de vez en cuando una palabra. Irritada tulipanes contigo querido amor-de-hombre castigar tu cactus si no por favor pobre nomeolvides qué deseos siento violetas a querido rosas cuándo nosotros pronto anémona nos encontraremos todos malo belladona tu mujer de Martha perfume. Una vez leída entera la sacó del periódico y se la volvió a meter en el bolsillo de la chaqueta.

Una débil alegría le abrió los labios. Cambiada desde la primera carta. No sé si la ha escrito ella misma. Haciéndose la indignada: una chica de buena familia como yo, una persona respetable. Podríamos encontrarnos un domingo después del rosario. Gracias: paso. Acostumbradas escaramuzas del amor. Luego a perseguirse tras las esquinas. Malo como una pelea con Molly. El cigarro tiene un efecto calmante. Narcótico. La próxima vez ir más lejos. Niño malo; castigar; miedo a las palabras, claro. Brutal ¿por qué no? Probarlo de todos modos. Cada vez un poco más.

Palpando todavía la carta en el bolsillo le sacó el alfiler. Alfiler corriente, ¿eh? Lo tiró a la calzada. Sacado de su ropa de no sé dónde: sujeta con alfileres. Extraño la cantidad de alfileres que tienen siempre. No hay rosas sin espinas.

Chatas voces dublinesas le retumbaban en la cabeza. Aquellas dos bribonas esa noche en el Coombe, enlazadas bajo la lluvia.

Ah, Mary perdió el alfiler de la braga.No sabía qué hacerpara sostenerla en altopara sostenerla en alto.

¿Sostenerla? Sostenerla. Duele mucho la cabeza. Estará con sus asuntos probablemente. O todo el día sentada escribiendo a máquina. Enfocar los ojos es malo para los nervios del estómago. ¿Qué perfume usa tu mujer? Bueno, ¿podrías explicar semejante cosa?

Para sostenerla en alto.

Martha, Mary, Marta, María. Vi aquel cuadro no sé dónde se me ha olvidado ahora un antiguo maestro o falsificado por dinero. Él está sentado en casa de ellas, hablando. Misterioso. También las dos bribonas en el Coombe escucharían.

Para sostenerla en alto.

Agradable especie de sensación de atardecer. No más errar por ahí. Simplemente quedarse ahí quieto; penumbra tranquila; que siga corriendo todo. Contar sobre sitios donde uno ha estado, costumbres extrañas. La otra, el cántaro en la cabeza, preparaba la cena: fruta, aceitunas, deliciosa agua fresca sacada del pozo frío de piedra como el agujero de la pared en Ashtown. Tengo que llevar un vasito de papel la próxima vez que vaya a las carreras al trote. Ella escucha con grandes ojos oscuros suaves. Contarle: más y más: todo. Luego un suspiro: silencio. Largo largo largo descanso.

Pasando bajo el puente del ferrocarril sacó el sobre, lo rompió rápidamente en jirones y los esparció hacia la calzada. Los jirones se echaron a revolotear, se desplomaron en el aire húmedo: un revoloteo blando, luego se desplomaron todos.

Henry Flower. De la misma manera uno podría romper un cheque de cien libras. Simple trozo de papel. Lord Iveagh una vez cobró un cheque de siete cifras por un millón en el Banco de Irlanda. Lo que demuestra el dinero que se puede sacar de la cerveza. Sin embargo el otro hermano Lord Ardilaun se tiene que cambiar de camisa cuatro veces al día, dicen. La piel le cría piojos o bichos. Un millón de libras, espera un momento. Dos peniques la pinta, cuatro peniques el cuarto, ocho peniques un galón de cerveza, no, uno con cuatro peniques el cuarto, ocho peniques un galón de cerveza, no, uno con cuatro peniques el galón de cerveza. Uno con cuatro a cuánto cabe en veinte: alrededor de quince Sí, exactamente. Quince millones de barriles de cerveza.

¿Qué digo barriles? Galones. De todos modos, alrededor de un millón de barriles.

Un tren que llegaba le traqueteó pesadamente sobre la cabeza, vagón tras vagón. Barriles se le entrechocaban en la cabeza: opaca cerveza chapoteaba y se le arremolinaba dentro. Las bocas de los barriles se abrieron reventando y una enorme inundación opaca se desbordó, fluyendo toda junta, en meandros, a través de bancos de barro sobre toda la tierra lisa, un perezoso remolino encharcado de bebida llevándose adelante las flores de anchas hojas de su espuma.

Había alcanzado la puerta trasera de Todos los Santos, abierta. Entrando en el porche se quitó el sombrero, sacó la tarjeta del bolsillo y la volvió a meter detrás de la badana. Maldita sea. Podía haber intentado trabajarme a M’Coy para un pase a Mullingar.

El mismo aviso en la puerta. Sermón por el Reverendísimo John Conmee S.J. sobre San Pedro Claver y las misiones en África. Oraciones por la conversión de Gladstone hicieron también cuando él estaba casi inconsciente. Los protestantes lo mismo. Convertir al Dr. William J. Walsh D. D. a la verdadera religión. Salvad a los millones de China. No sé cómo se lo explican a los chinitos paganos. Prefieren una onza de opio. Celestiales. Herejía podrida para ellos. Buda el dios de ellos tumbado de lado en el museo. Tomándolo con tranquilidad la mano en la mejilla. Palitos de perfume ardiendo. No como Ecce Homo. Corona de espinas y cruz. Idea ingeniosa San Patricio y el trébol. ¿Palillos para comer? Conmee: Martin Cunningham le conoce: aspecto distinguido. Lástima que no me le trabajé para que metiera a Molly en el coro en vez de ese Padre Farley, que parecía tonto pero no lo era. Les enseñan a eso. No va a ir por ahí con gafas azules y el sudor chorreándole a bautizar negros, ¿verdad? Las gafas les impresionarían la fantasía, centelleando. Me gustaría verlos sentados alrededor en corro con sus labios gordos, en trance, escuchando. Naturaleza muerta. Se lo meten dentro con los labios como leche, supongo.

El frío olor de la piedra sagrada le llamó. Pisó los gastados escalones, empujó la puerta con resorte y entró suavemente por detrás.

Algo en marcha: alguna ceremonia. Lástima tan vacío. Bonito sitio discreto para tener alguna chica próxima. ¿Quién es mi prójima? Atestado a las horas de música solemne. Aquella mujer en la misa de medianoche. Séptimo cielo. Mujeres arrodilladas en los bancos con escapularios carmesí al cuello, las cabezas inclinadas. Un grupo de ellas arrodilladas ante la balaustrada del altar. El sacerdote pasaba por delante de ellas, murmurando, sosteniendo la cosa en las manos. Se detenía ante cada una, sacaba una comunión, le sacudía alguna que otra gota (¿están en agua?) y se la ponía limpiamente en la boca. El sombrero y la cabeza se inclinaban. Luego la siguiente: una vieja diminuta. El sacerdote se inclinó para ponérselo en la boca, todo el tiempo murmurando. Latín. La siguiente. Abre la boca y cierra los ojos. ¿Qué?Corpus: cuerpo. Cadáver. Buena idea el latín. Los deja atontados primero. Asilo para agonizantes. No parece que lo mastiquen: se lo tragan solamente. Idea rara: comer pedacitos de cadáver. Por eso lo entienden los caníbales.


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Se quedó a un lado observando pasar sus máscaras ciegas por el pasillo abajo, una por una, y buscar sus sitios. Se acercó a un banco y se sentó poniendo en el regazo el sombrero y el periódico. Estos pucheros que tenemos que llevar puestos. Deberíamos hacernos modelar los sombreros en la cabeza. Estaban alrededor de él acá y allá, con las cabezas aún inclinadas en sus escapularios carmesí, esperando a que se les fundiera en el estómago. Algo como esos mazzoth; es esa clase de pan; panes de la presentación sin levadura. Míralas. Ahora apuesto a que las hace sentirse felices. Chupachup. Sí que las hace. Sí, lo llaman el pan de los ángeles. Hay detrás de eso una idea muy grande, una especie de sensación de que el reino de Dios está dentro de uno. Primeras comuniones. Abracadabra a penique el trozo. Luego se sienten todos como una reunión de familia, lo mismo que en el teatro, todos en el mismo embarque. Sí que se sienten. Estoy seguro de que sí. No tan solos. En nuestra confraternidad. Luego salen como emborrachados. Sueltan presión. La cosa es si uno realmente cree en ello. La curación en Lourdes, aguas de olvido, y la aparición de Knock, estatuas sangrando. Un viejo dormido junto a ese confesionario. De ahí esos ronquidos. Fe ciega. A salvo en brazos del reino futuro. Adormece todo dolor. Despiértenme a esta hora el año que viene.

Vio al sacerdote dejar guardada la copa de la comunión, bien metida, y arrodillarse un momento delante de ella, enseñando una gran suela gris de bota por debajo del asunto de encajes que llevaba puesto. Suponte que perdiera el alfiler de la. No sabría qué hacer. Calva por detrás. Letras en la espalda. ¿I.N.R.I? No: I.H.S. Molly me lo dijo una vez que se lo pregunté: Ingratos Hemos Sido. O no: Inocente Ha Sufrido. ¿Y lo otro? Inocente Nos Restituyó Inmortalidad.

Encontrarnos un domingo después del rosario. No te niegues a mi súplica. Aparecer con un velo y un bolso negro. El anochecer y la luz detrás de ella. Podría estar aquí con una cinta al cuello y hacer lo otro sin embargo a escondidas. Sus reputaciones. Aquel tipo que traicionó a los Invencibles solía recibirla, Carey se llamaba, la comunión todas las mañanas. En esta misma iglesia. Peter Carey. No, pensaba en Pedro Claver. Denis Carey. Imagínatelo un poco. La mujer y seis chicos en casa. Y todo el tiempo preparando aquel crimen. Esos meapilas, ese sí que es un buen modo de llamarles, siempre tienen un aire escurridizo. No son tampoco hombres de negocios por las buenas. Ah, no, ella no está aquí; la flor; no, no. Por cierto ¿rompí ese sobre? Sí: debajo del puente.

El sacerdote enjuagaba el cáliz: luego se echó adentro los restos limpiamente. Vino. Hace más aristocrático que por ejemplo si bebiera lo que ellos están acostumbrados, cerveza Guinness o alguna bebida no alcohólica: el bitter Wheatley de Dublín o el ginger ale (aromático) de Cantrell y Cochrane. No les da nada de él; vino de presentación: sólo lo otro. Triste consuelo. Piadoso engaño pero con mucha razón: si no no harían más que venir viejos borrachos a cuál peor, a echar un trago. Es extraño toda esta atmósfera del. Muy bien. Perfectamente bien, eso es.

El señor Bloom volvió los ojos hacia el coro. No va a haber música. Lástima. ¿Quién tocará aquí el órgano? El viejo Glynn sabía hacer hablar al instrumento, elvibrato: cincuenta libras al año dicen que ganaba en la calle Gardiner. Molly estaba muy bien de voz aquel día, en elStabat Materde Rossini. Primero el sermón del Padre Bernard Vaughan. ¿Cristo o Pilatos? Cristo, pero no nos tenga toda la noche con eso. Música es lo que querían. Dejaron de patear. Se oía volar una mosca. Le dije que dirigiera la voz hacia aquel rincón. Sentía la vibración en el aire, el lleno, la gente mirando a lo alto:

Quis est homo.

Alguna de esa música sacra antigua es espléndida. Mercadante: las Siete Palabras. La duodécima misa de Mozart: aquelGloriaque tiene. Aquellos viejos papas tenían afición a la música, al arte y estatuas y cuadros de todas clases. Palestrina, por ejemplo, también. Lo pasaron estupendamente mientras les duró. Sano también el salmodiar, las horas bien reguladas, luego destilar licores. Benedictine. Chartreuse verde. Sin embargo, lo de tener eunucos en su coro resultaba un poco excesivo. ¿Qué clase de voz es? Debía ser curioso oírla después de sus propios bajos fuertes. Entendidos. Supongo que después no sentirían nada. Especie de plácido. Sin inquietudes. Echan carnes, ¿no? Glotones, altos, piernas largas. ¿Quién sabe? Eunuco. Un modo de salir del asunto.

Vio al sacerdote inclinarse y besar el altar y luego darse vuelta y bendecir a toda la gente. Todos se santiguaron y se pusieron de pie. El señor Bloom lanzó una ojeada alrededor y luego se puso de pie, mirando por encima de los sombreros ascendidos. Ponerse de pie al Evangelio por supuesto. Luego todos se volvieron a arrodillar y él se sentó otra vez tranquilamente en el banco. El sacerdote bajó del altar, sosteniendo la cosa apartada de él, y él y el monaguillo se contestaron uno a otro en latín. Luego el sacerdote se arrodilló y empezó a leer un tarjetón:

—Oh Dios, nuestro refugio y fortaleza…

El señor Bloom adelantó la cara para captar las palabras. En inglés. Echarles el hueso. Recuerdo vagamente. ¿Cuánto hace de tu última misa? Gloria y la Inmaculada Virgen. San José su castísimo esposo. San Pedro y San Pablo. Más interesante si uno entendiera de qué trata todo. Admirable organización, sin duda, funciona como un reloj. Confesión. Todo el mundo quiere. Entonces se lo contaré todo. Penitencia. Castígueme, por favor. Gran arma en manos de ellos. Más que médico ni abogado. Mujer muriéndose por. Y yo chschschschschschs. ¿Y ha chachachachacha? ¿Y por qué lo hizo? Ella baja la mirada a su anillo para encontrar una excusa. Galería de los susurros las paredes tienen oídos. El marido se entera para su sorpresa. La bromita de Dios. Luego sale ella. Arrepentimiento a flor de piel. Deliciosa vergüenza. Rezar ante un altar. Ave María y Santa María. Flores, incienso, velas derritiéndose. Ocultar sus rubores. El Ejército de Salvación barata imitación. Prostituta arrepentida dirigirá la palabra a la reunión. Cómo encontré al Señor. Tipos de cabeza equilibrada deben ser los de Roma: organizan toda la función. ¿Y no arramblan con el dinero también? Legados además: al P. P. a su absoluta discreción de modo vitalicio. Misas por el descanso de mi alma que se han de decir públicamente a puerta abierta. Monasterios y conventos. El sacerdote en el pleito del testamento Fermanagh declarando como testigo. No había modo de bajarle la cresta. Tenía respuesta lista para todo. Libertad y exaltación de nuestra Santa Madre Iglesia. Los doctores de la Iglesia: levantaron los mapas de toda la teología de eso.

El sacerdote rezó:

—Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla y sé nuestro refugio contra las iras y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la celestial milicia, por el poder divino lanza al infierno a Satanás y los otros espíritus malignos que discurren por el mundo para la perdición de las almas.

El sacerdote y el monaguillo se pusieron de pie y se marcharon. Se acabó todo. Las mujeres se quedaron atrás: dando gracias.

Mejor será ahuecar. Hermano Zumbido. Se da una vuelta con la bandeja quizá. Pagad vuestro precepto pascual.

Se puso de pie. Hola. ¿Estaban abiertos todo el tiempo estos dos botones de mi chaleco? A las mujeres les encanta. Se enfadan si uno no. Por qué no me lo dijiste antes. No te lo dicen nunca. Pero nosotros. Perdone, señorita, tiene una (fffu) nada más que una (fffu) pelusa. O la falda por detrás, la abertura desenganchada. Atisbos de la luna. Sin embargo me gustas más desarreglada. Buena suerte que no era más al sur. Pasó, abotonándose discretamente, por el pasillo y salió por la puerta principal a la luz. Se quedó un momento sin ver junto a la fría pila de mármol negro mientras delante y detrás de él dos devotas mojaban manos furtivas en la bajamar de agua bendita. Tranvías; un carro de la tintorería Prescott; una viuda en sus crespones. Me doy cuenta porque yo también voy de luto. Se cubrió. ¿Qué hora va siendo? Y cuarto. Todavía hay bastante tiempo. Mejor que me hagan esa loción. ¿Dónde está eso? Ah sí, la última vez. Sweny, en Lincoln Place. Los farmacéuticos rara vez se mudan. Aquellos tarros verde y oro son demasiado pesados de mover. Hamilton Long, fundada en el año del diluvio. El cementerio hugonote aquí cerca. Visitarlo algún día.

Se encaminó al sur por Westland Row. Pero la receta está en los otros pantalones. Ah, y también se me olvidó ese llavín. Qué fastidio este asunto del entierro. Bueno, pobre chico, no es culpa suya. ¿Cuándo fue la última vez que lo mandé hacer? Espera. Cambié un soberano, recuerdo. El primero de mes debió ser o el segundo. Ah, él puede mirarlo en el libro de las recetas.

El farmacéutico pasó hoja tras hoja. Un olor arenoso y marchito parece que tiene. Cráneo encogido. Y viejo. Búsqueda de la piedra filosofal. Los alquimistas. Las drogas te envejecen después de la excitación mental. Letargia entonces. ¿Por qué? Reacción. Una vida entera en una noche. Poco a poco te cambia el carácter. Viviendo todo el día entre hierbas, pomadas, desinfectantes. Todos sus morteros de alabastro. Almirez y mano de almirez. Aq.Dist. Fol.Laur. Te Virid. El olor casi le cura a uno como la campanilla de la puerta del dentista. Doctor Probatura. Debería medicarse un poco a sí mismo. Lectuario o emulsión. El primer tipo que cogió una hierba para curarse tuvo bastante valor. Ingredientes. Hace falta tener cuidado. Aquí hay bastante como para cloroformizarle a uno. Prueba: vuelve rojo el papel de tornasol azul. Cloroformo. Dosis excesiva de láudano. Pociones para dormir. Filtros de amor. El jarabe paragórico de amapola malo para la tos. Atasca los poros o las flemas. Los venenos son las únicas curas. Remedio donde menos se espera. Lista la naturaleza.

—¿Hace unos quince días, señor?

—Sí —dijo el señor Bloom.

Esperó ante el mostrador, inhalando el agudo olor de drogas, el polvoriento olor seco de esponjas yloofahs. La mar de tiempo ocupado en contar los dolores y molestias de uno.

—Aceite de almendras dulces y tintura de benjuí —dijo el señor Bloom— y también agua de azahar…

La verdad es que a ella le ponía la piel tan delicadamente blanca como cera.

—Y cera blanca también —dijo.

Hace resaltar lo oscuro de sus ojos. Mirándome a mí, con la sábana hasta los ojos, española, oliéndose a sí misma, mientras yo me arreglaba los gemelos de los puños. Esas recetas caseras son muchas veces las mejores: fresas para los dientes: ortigas y agua de lluvia: avena dicen empapada en leche sin descremar. Alimento para la piel. Uno de los hijos de la vieja reina, ¿era el duque de Albany?, tenía sólo una piel. Leopold, sí. Tres tenemos nosotros. Arrugas, juanetes y granos para empeorar la cosa. Pero también tú quieres un perfume. ¿Qué perfume usas tú?Peau d’Espagne. Esa flor de azahar. Jabón de pura crema de leche. El agua está tan fresca. Buen olor tienen estos jabones. Es hora de tomar un baño a la vuelta de la esquina. Hammam. Turco. Masaje. La suciedad se le reúne a uno en el ombligo. Más bonito si lo hiciera una chica bonita. También me parece que yo. Sí yo. Hacerlo en el baño. Curioso estas ganas yo. Agua al agua. Combinar la utilidad con el placer. Lástima que no hay tiempo para un masaje. Entonces sentirse fresco todo el día. El entierro será más bien deprimente.

—Sí, señor —dijo el farmacéutico—. Fueron dos con nueve. ¿Ha traído una botella?

—No —dijo el señor Bloom—. Hágalo, por favor. Yo volveré hoy más tarde y me llevaré uno de estos jabones. ¿Cuánto son?

—Cuatro peniques, señor.

El señor Bloom se llevó una pastilla a la nariz. Dulce cera limonosa.

—Me llevo éste —dijo—. Así serán tres con un penique.

—Sí, señor —dijo el farmacéutico—. Puede pagarlo todo junto cuando vuelva.

—Muy bien —dijo el señor Bloom.

Salió de la tienda paseando, la batuta de periódico bajo el sobaco, el jabón en fresco envoltorio en la mano izquierda.

En su sobaco, la voz y la mano de Bantam Lyons dijeron:

—Hola, Bloom, ¿qué hay de bueno? ¿Es el de hoy? Déjate ver un momento.

Se ha vuelto a afeitar el bigote, ¡por Dios! Largo frío labio superior. Para parecer más joven. Parece fragante. Más joven que yo.

Los amarillos dedos con uñas negras de Bantam Lyons desenrollaron la batuta. También necesita un lavado. Quitarse lo peor de la suciedad. Buenos días, ¿ha usado usted el jabón Pears? Caspa en los hombros. El cuero cabelludo requiere engrasarse.

—Quiero ver lo de ese caballo francés que corre hoy —dijo Bantam Lyons—. ¿Dónde está ese maricón?

Restregó las hojas llenas de pliegues, sacudiendo la barbilla sobre su alto cuello duro. Prurito de barbería. El cuello apretado, perderá el pelo. Mejor dejarle el periódico y quitármelo de encima.

—Puedes quedártelo —dijo el señor Bloom.

—Ascot. Copa de Oro. Espera —masculló Bantam Lyons—. Un momentito. Máximo un segundo.

—Precisamente iba a tirarlo por ahí —dijo el señor Bloom.

Bantam Lyons levantó los ojos de repente, con un débil guiño.

—¿Qué es eso? —dijo su voz aguda.

—Digo que te lo puedes quedar. En este momento iba a tirarlo por ahí.

Bantam Lyons dudó un momento, mirando de medio lado: luego volvió a echar las hojas extendidas en los brazos del señor Bloom.

—Me voy a arriesgar a eso —dijo—. Toma, gracias.

Salió a toda prisa hacia la esquina de Conway. Vete con Dios.

El señor Bloom volvió a doblar las hojas en un cuadrado exacto y metió dentro el jabón, sonriendo. Estúpidos labios los de ese tipo. Apostando. Una verdadera epidemia, últimamente. Chicos de recados que roban para apostar seis peniques. Rifa de un gran pavo tierno. Su fiesta navideña por tres peniques. Jack Fleming desfalcando para jugar, luego escapado de contrabando a América. Ahora lleva un hotel. Nunca vuelven. Las ollas de Egipto.

Caminó alegremente hacia la mezquita de los baños. Le recuerda a uno una mezquita, ladrillos rojos, los minaretes. Mira, hoy deportes en el College. Lanzó una ojeada al cartel en herradura sobre la verja del parque del College: un ciclista encorvado como una pescadilla. Anuncio horriblemente malo. En cambio si lo hubieran hecho redondo como una rueda. Luego los radios; deportes, deportes, deportes; y el cubo del eje, en grande; College. Algo para atraer la mirada.

Ahí está el matasiete parado delante de la caseta del portero. Cultivarle: podría darme una vuelta por ahí dentro de fiado. ¿Qué tal está, señor Matasiete? ¿Qué tal, señor?

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