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Authors: David Safier

Yo, mi, me… contigo

 

Ya es bastante difícil que un hombre y una mujer compartan la vida. Pero cuando un hombre y una mujer tienen que compartir además el mismo cuerpo, el caos es completo… Rosa busca soluciones para su corazón roto. Un día, mediante hipnosis, es transportada al pasado, con tan mala fortuna que se ve transformada en un caballero que está batiéndose en duelo. Estamos en el año 1594, y ese hombre se llama William Shakespeare. Rosa no podrá volver al presente hasta que descubra qué es el verdadero amor, y para lograrlo sólo cuenta con la ayuda de un Shakespeare enamoradizo que odia sentirse controlado por una mujer. Mientras discuten entre ellos compartiendo un mismo cuerpo, se darán cuenta de que antes de poder amar a alguien deben aprender a quererse a sí mismos.

David Safier

Yo, mi, me… contigo

ePUB v1.2

Carlos.25.03.2012

Diseño original de la colección: Josep Bagá Associats

Título original:Plötzlich Shakespeare

Primera edición: octubre 2011

© Rowohlt Verlag GmbH, Reinbeck bei Hamburg, 2010

© Editorial Seix Barral, S. A., 2011

© Traducción: Lidia Álvarez Grifoll, 2011

ISBN: 978-84-322-0941-3

A Marion, Ben y Daniel…

… y, naturalmente, también a Max:

sin vuestro ser, mi ser sería un «no ser».

ADVERTENCIA AL LECTOR

Este libro tiene una falta de fundamento histórico impresionante.

1

¡Vaya, hombre, yo era una especie de mujer cliché! Comparadas conmigo, incluso las protagonistas de las películas de Hollywood eran de lo más original: llevaba años siendo unasingle, mi reloj biológico me estaba tocando lo que no suena y me bañaba en una piscina de autocompasión: mi gran amor iba a casarse con su gran amor y, por desgracia, no era yo.

—¿Qué tiene ella que no tenga yo? —lloriqueé mientras cogía de mi desastre de nevera una botella de licor de hierbas Ramazzotti.

—Tiene estilo, Rosa —contestó Holgi, mi mejor amigo homosexual que, a diferencia de los mejores amigos homosexuales de las protagonistas de Hollywood, no estaba como un tren, sino que más bien parecía un pequeñohobbit.

—Hay preguntas que no quieren respuesta —suspiré, y puse la botella y una copa encima de la mesa.

—Y parece una top model —prosiguió Holgi a pesar de todo. Él creía firmemente que los amigos tenían que tratarse con absoluta sinceridad.

Y, desgraciadamente, tenía razón: mientras que Olivia tenía un tipo que haría que hasta Heidi Klum se tirara de los pelos de envidia, yo tenía celulitis, las pantorrillas demasiado gruesas y, con mala luz, parecía un puma con la tripa caída.

Lo dicho, yo era un cliché total.

—Y ha estudiado una carrera.

—¡Yo también! —protesté.

—Tú, Magisterio en Wuppertal. Ella, Medicina en Harvard.

—Cállate ya —contesté, y me serví un Ramazzotti.

—Además, es de la misma clase social que él, Rosa.

—¿Qué parte no has entendido de «cállate ya»? ¿«Cállate» o «ya»? —pregunté.

—Y no es tan respondona como tú —dijo sonriendo burlón.

—Ya sabes —comenté con una sonrisa agridulce— que tengo muchos aparatos idóneos para arrancarle a alguien su virilidad… las pinzas para los espaguetis…, el exprimidor… la batidora.

—Y tiene buenos modales.

—¿O sea que yo los tengo malos? —pregunté, y bebí un sorbo de mi Ramazzotti.

—Bueno, Rosa, tú siempre ríes demasiado fuerte, a veces eructas y amenazas a tipos muy agradables y atractivos con despojarlos de su virilidad. Además, reniegas como si fueras la hija ilegítima de Uli Hoeneß y del pato Donald.

—Prefiero no imaginar el acto de procreación entre los dos —respondí.

Desgraciadamente, mi amigo también tenía razón en lo de los modales. Mientras que Jan siempre sabía exactamente cómo había que comportarse en un restaurante de postín, yo ya estaba contenta si reconocía el cuchillo del pescado y no hacía el ridículo al leer la carta y preguntar cosas como: «¿Vitello Tonnato no es un cantante italiano?»

Me quedé mirando la foto de la invitación a la boda: Jan y Olivia formaban una pareja de película, algo que Jan y yo nunca habríamos podido ser. Sin embargo, habíamos creído que estábamos hechos el uno para el otro. Eso había sido en otra época, cuando nos conocimos, el día en que le salvé la vida. Fue en la playa de Sylt. Yo tenía veintitantos años y estaba con Holgi de vacaciones en el camping; Jan pasaba las vacaciones con sus amigos de Harvard en la casa de veraneo de sus padres en Kampen. Sí, exacto, no sólo procedíamos de dos mundos distintos, sino también de dos universos distintos.

Si a Jan no le hubiera dado un calambre mientras nadaba y yo no me hubiera dado cuenta, seguramente nunca nos habríamos conocido. Y él se habría ahogado. Pero nadé unos pocos metros hacia él —en aquella época estaba más o menos en forma física—, me sumergí y lo saqué, casi inconsciente, a la superficie. Acudieron los socorristas en una lancha y nos subieron a bordo. Jan volvió a abrir los ojos cuando ya estaba en la barca. Me miró con sus maravillosos ojos verdes y susurró fascinado: «Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca.»

Y yo susurré: «Gracias, igualmente.»

Fue amor al primer susurro.

En cambio, la madre de Jan, que no me tragaba, valoraba ese primer encuentro de manera no tan romántica: «Su amor por ti lo provocó la falta de oxígeno.»

En realidad, yo fui un dolor de muelas para la distinguida familia de Jan, sobre todo después de presentarles a mis padres. Cegados por nuestro amor, Jan y yo habíamos considerado atractiva la idea de que nuestros padres se conocieran en una cena informal. Desgraciadamente, la reunión se transformó en el peor encuentro de dos bandos distintos desde la batalla de Stalingrado.

Al principio, todos se esforzaron: los padres de Jan explicaron solícitamente sus vacaciones en un club de golf en las Seychelles, y mis padres hablaron jovialmente de su parcela en el camping. Entonces mi madre comentó divertida que había contraído una infección vaginal por hongos muy molesta en Badesee.

Acto seguido, la madre de Jan apartó a un lado su plato.

Mi padre no se dio cuenta y se sintió obligado a comentar que, ahora, él también necesitaba pomada fungicida. Entonces, el padre de Jan también apartó a un lado su plato. Y yo me pregunté si a mi edad aún podía conseguir que alguien me adoptara. La madre de Jan, mosqueada, calificó a mis padres de «rústicos originales», a lo que mi madre replicó: «Mejor rústicos que estirados.» A partir de ahí, la velada cayó en picado: acabó antes de los postres, con la recomendación de mi madre a la madre de Jan de «vomitar la escoba que se había tragado», y con la recomendación de la madre de Jan a su hijo de «buscarse a una mujer en un establo de más categoría».

Al final, Jan y yo nos quedamos solos en la mesa del restaurante, yo me zampé con tristeza tres de las seis raciones de tiramisú que habíamos pedido y no sentía el más mínimo entusiasmo ni por mi establo ni por el de Jan.

Cuando estaba a punto de apurar de un trago el Ramazzotti, Holgi añadió:

—Pero hay una cosa que tú tienes y Olivia no.

—¿Padres que hablan de hongos vaginales?

—Sí. Pero me refería a otra cosa.

Puse los ojos en blanco, no quería oír nada más.

—No te preocupes, sólo pretendo completar mi lista —dijo Holgi con una sonrisa de ánimo.

Quizás, pensé, también le oiría decir algo agradable. Así pues, decidí seguirle el juego:

—Vale, ¿qué tengo yo que no tenga esa guarra?

—Olivia no lo ha engañado.

—¡Yo tampoco he engañado nunca a Jan! —protesté, y apuré de un trago el Ramazzotti.

—Sí lo hiciste, Rosa —objetó Holgi, sonriendo amablemente.

—Cuestión de definiciones —contesté tímidamente, sabiendo con exactitud que la definición no dejaba mucho margen de maniobra.

Ocurrió exactamente dos años atrás. Con el paso del tiempo, nuestro maravilloso amor había cambiado. Habíamos empezado como Romeo y Julieta y nos convertimos en Romeo y la Dromedario. Al menos así me sentía yo, que iba con la autoestima por los suelos. En esa época, Jan era ya un dentista de éxito, propietario de una consulta enorme con laboratorio dental anexo en el centro de Düsseldorf, y yo sólo era una insignificante maestra a la que no le gustaba demasiado su trabajo. Cada día me preguntaba más y más qué hacía un hombre tan maravilloso, exitoso y cosmopolita como Jan con una mujer tan mediocre como yo. Una pregunta que, por cierto, también se planteaban muchas personas de su entorno.

Yo contaba con que en cualquier momento Jan me engañaría con una de las muchas mujeres de bandera que sus amigos, sus padres y sus colegas le presentaban continuamente con la esperanza de que Jan reconociera de una vez por todas que sería mejor enviarme al desierto, a ser posible sin agua.

Por eso fue tan edificante para mi autoestima que Axel, el profesor de gimnasia y ciencias naturales, intentara ligar conmigo en una fiesta con la gente del trabajo. Axel era un ligón tronera y sumamente encantador, que se parecía a Hugh Jackman y se había acostado más o menos con todas las maestras del mundo occidental. Yo era la única a la que aún no había logrado seducir porque yo quería mucho a mi Jan. Seguro que eso también era lo único que me hacía atractiva a sus ojos; Axel necesitaba mi foto para completar su álbum de trofeos.

En la fiesta, mientras sorbíamos un ponche de frutas tras otro y nos comíamos la fruta macerada en alcohol, Axel estuvo flirteando conmigo. Me hizo cumplidos e incluso consiguió que el término «maciza» me pareciera halagador. Al final, cuando se ofreció a acompañarme a casa, me entraron calores, puesto que estaba claro que sólo me llevaría a casa después de hacer una paradita en su piso. Me despedí a toda prisa de él y salí corriendo al exterior, donde me recibió un aire sofocante de tormenta de verano. Sin embargo, Axel no aflojó, me siguió afuera y me susurró al oído con voz profunda:

—Tú también quieres, Rosa.

La elocuencia no era precisamente su fuerte. Pero sí la espontaneidad. Me estrechó resuelto entre sus brazos, me atrajo hacia él y… qué voy a decir… Estaba borracha. Hacía calor, bochorno… Y yo sólo soy una mujer.

Axel me besó salvajemente, pero eso encajaba con un tipo que se parecía al actor que interpretó a Lobezno en el cine. Mientras mi conciencia realizaba los últimos intentos de lanzar una advertencia, mi libido gritaba de alegría, a coro con mi maltratada autoestima, que se sentía revaluada por el interés de aquel hombre atractivo. Lástima que a Jan se le hubiera ocurrido la idea de venir a buscarme a la fiesta porque habían anunciado tormenta y sabía que me daban miedo. Era un hombre tan tierno, tan cariñoso.

Cuando nos pilló, a Axel y a mí, besuqueándonos, preguntó conmocionado:

—Rosa… ¿qué estás haciendo?

—¿A ti qué te parece? —contestó Axel.

La delicadeza tampoco era su fuerte.

Yo sólo miraba fijamente la cara de espanto de Jan. En ese momento tendría que haberle dicho que lo había hecho por complejo de inferioridad, que el rechazo de sus amigos y de su familia me destrozaba… Pero, en vez de eso, balbuceé:

—Yo, ejem… Tenía una cosa en la boca… y él quería ayudarme…


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Jan luchaba contra las lágrimas: la mujer a la que había apoyado durante años a pesar de tanta oposición se estaba besuqueando con un extraño. Y eso demostraba que todos tenían razón: yo no merecía ser su Julieta. En ese momento, a Jan se le hundió el mundo. Mejor dicho: nuestro mundo. Y yo había pulsado la tecla de la autodestrucción.

Dejé la copa de Ramazzotti en la mesa, delante de Holgi; después de ese recuerdo prefería beber directamente de la botella.

—También hay otra cosa que tú tienes y Olivia no… —añadió Holgi en tono amigable.

—No quiero oírla.

—Tú…

—¡Me da la impresión de que lo que no quiero es oírte a ti! —refunfuñé.

Holgi tenía que parar de una vez de hurgar en mis heridas, tampoco había que exagerar con la franqueza entre amigos.

—Tú tienes más corazón que ella, Rosa.

Miré asombradísima a Holgi, que sonreía para darme ánimos.

—Y tienes mucho carácter —afirmó elogioso—. Nunca te quedas con el culo al aire.

—Y eso que es descomunal —dije sonriendo irónicamente.

—Y tienes sentido del humor. Y por todo eso eres también mucho más fantástica que Olivia.

Las palabras de Holgi me confortaron más de lo que podría haber hecho cualquier Ramazzotti. Era lo bueno de tener un amigo que siempre era franco. También era sincero en los elogios.

Volví a mirar la foto de la invitación de boda y me pregunté si Jan aún sentiría algo por mí, si aún seguiría pensando en secreto que yo era más fantástica que Olivia. Al fin y al cabo, sólo me había dejado porque yo le había roto el corazón. Tal vez debería luchar por él, ir a verlo a su consulta de dentista y recordarle que antes los dos pensábamos que estábamos hechos el uno para el otro. Proponerle que quizás deberíamos volver a intentarlo y que él podría decirle a la tontaina de Olivia que se fuera a pasear sola por su establo la escoba que se había tragado… Y mientras lo pensaba, volví a servirme una copa.

Tres Ramazzotti más tarde me ponía en camino hacia la consulta.

Quería volver a conquistar a Jan. Como las protagonistas de las películas de Hollywood.

Puestos a ser un cliché, ¡mejor serlo del todo!

2

Cuando Holgi se dio cuenta de que quería ir a ver a Jan, me siguió hasta la puerta de mi pequeño piso de alquiler diciéndome cosas como «ay, ay, ay», «madre mía» y «conozco a un psicólogo muy bueno».

Le expliqué que yo era un cliché y que las protagonistas típicas y tópicas de las películas de Hollywood siempre tenían éxito cuando pedían perdón en el último momento y confesaban su amor. Ellas solían hacerlo delante del altar y yo, en comparación, lo hacía antes, puesto que la boda no se celebraría hasta dentro de dos días.

—Pero —me dio que pensar Holgi— todas esas mujeres han sufrido una evolución antes del final y han cambiado su carácter. Lo único que te ha cambiado a ti en estos años ha sido el tipo.

Eso era cierto; comparado conmigo, el monstruo de las galletas era un tío comedido.

—Y hay otra razón por la que no deberías ir a verlo —explicó Holgi, y se interpuso entre la puerta y yo.

—¿Cuál?

—Jan no es tan fantástico como piensas.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué no?

—¿Que por qué no? ¡Es dentista!

Aparté a Holgi a un lado, salí del piso y le oí gritar desesperado detrás de mí:

—El psicólogo es bueno… muy bueno… ¡Hasta me ha ayudado a superar la envidia fálica…!

Yo ya no lo escuchaba, cogí el coche y me dirigí al centro de Düsseldorf, a la gran clínica dental de Jan. La chica rubia de recepción me explicó con una sonrisa postiza de dentífrico que Jan tenía visitas hasta las seis, y se concentró de nuevo en el ordenador. Eché un vistazo al reloj y me di cuenta de que no estaba en condiciones de esperar un par de horas, puesto que tenía el nivel justo de alcohol para llevar a cabo mi alocado plan. En un par de horas seguro que habría perdido todo el ímpetu y el coraje etílico.

—Pero ¡es que yo tengo visita con él ahora! —dije enérgicamente.

La mujer miró en el ordenador y dijo:

—No será usted el señor Bergmann, ¿verdad?

—Quería decir de aquí a diez minutos —me apresuré a corregir el farol.

—Ah, entonces usted es la señora Reiter.

—Sí, claro, yo soy la señora Reiter —repliqué pasada de rosca.

La recepcionista me miró dudando. Luego comprobó que yo (o sea, la señora Reiter) ya había dado antes los datos del seguro médico para el tratamiento y me señaló el consultorio número 1. Entré a lo que era como cualquier consultorio de dentista: un bonito y pequeño vestíbulo al infierno. Olía a desinfectante. Estaba iluminado con luz fluorescente y se oía la típica música de fondo. Cuando vi los instrumentos de tortura y mientras me preguntaba por qué la humanidad era capaz de volar a la Luna pero no conseguía inventar una odontología humana, oí unos pasos que se acercaban. Se me aceleró el pulso, enseguida volvería a ver a Jan. Respiré hondo, repasando mentalmente las palabras que iba a decirle. La puerta se abrió y entró… Olivia.

Se me cortó la respiración.

Olivia se había recogido el pelo en una trenza y llevaba una bata blanca, pero incluso con eselooktenía el descaro de parecer mucho mejor, mucho más elegante y mucho más aristocrática que yo. A juzgar por la bata, ahora trabajaba con Jan en la consulta. Y estaba como mínimo tan sorprendida de verme como yo de verla a ella.

—¿Rosa? Creía que la señora Reiter…

¿Qué iba a decirle? ¿Confesarle que había contado una trola porque quería quitarle a su futuro marido?

—Ejem… yo… yo… yo… me han dejado pasar, he venido para una revisión —balbuceé.

Olivia caviló un momento.

—Ya, bueno… Entonces, siéntate…

—Yo… yo pensaba que Jan…

—Tiene una intervención aquí al lado, puedo hacerlo yo.

Tragué saliva.

—¿O no te fías de mí? —preguntó machacona.

Pues claro que no me fiaba. Olivia no me había tragado nunca porque ya quería a Jan antes de que yo lo pescara en el mar.

—Ejem… sí… sí… claro… que me fío de ti —repliqué y me senté indecisa en la silla.

Olivia se puso en plan superprofesional y cogió uno de esos trastos con un espejito para ver los dientes.

—Pues entonces, abre la boca —me pidió.

Hice lo que me ordenaba.

—Uf —dijo, ligeramente asqueada.

—«Uf»… ¿Cómo que «uf»? —pregunté preocupada.

Hacía dos años que no iba al dentista porque una visita me habría recordado demasiado a Jan.

—El aliento te huele a alcohol —contestó Olivia un poco indignada.

Me puse colorada.

—Y esto no tiene buen aspecto.

—¿No tiene buen aspecto?

Me dio mal rollo.

—Con «no tiene buen aspecto» me refiero a que está fatal.

—¡¿Fatal?!

Empecé a tener miedo.

—Realmente fatal. Un agujero enorme. Pero no te preocupes, enseguida lo arreglamos —explicó Olivia, y cogió un taladro.

—No… no hace falta que lo arreglemos ahora —repliqué despavorida.

—Sí, hay que arreglarlo —afirmó fría y profesionalmente. Luego pulsó un botón del intercomunicador y dijo: «Señora Asmus, necesito algodón en el consultorio 1.»

—¿Algodón? ¿Para qué necesitas algodón? —pregunté desconcertada.

—Para limpiar los instrumentos.

—Ah, bueno —dije.

—Y para detener la hemorragia.

—¿¡DETENER LA HEMORRAGIA!?

No me lo podía creer.

—No te preocupes —respondió Olivia.

¿No te preocupes? ¡¿No te preocupes?! Para la muy tonta era fácil decirlo, ella estaba en el lado correcto del taladro.

—Levanta la mano si te duele —recomendó.

Puso en marcha el taladro, que empezó a zumbar, y yo moví la mano al instante, antes de que la cabeza del taladro pudiera acercarse a mi boca.

—Eso no puede haberte dolido —dijo Olivia, y me hundió en la butaca.

El taladro zumbó entonces delante de mi cara, ya no podía huir sin que ese trasto me grabara en la mejilla un dibujo en zigzag, y entonces parecería que había caído en manos de un tatuador con párkinson.

El taladro entró en mi boca al abordaje y Olivia dijo:

—Oh, se me ha olvidado preguntarte si querías anestesia. Pero ya está bien así, ¿verdad?

Cuando lo preguntó, creí ver en ella el amago de una sonrisa sádica. Y, adrede, hizo caso omiso de mis manoteos.

3

Diez minutos más tarde, seguía allí sentada, con dolor y una pila de algodón en la boca. Olivia había dejado el taladro.

—No ha sido para tanto, ¿verdad? —preguntó.

Sí, había sido para tanto y más. Pero no pensaba reconocerlo y darle a Olivia esa satisfacción. Por eso le hice una señal levantando el pulgar con valentía. Con todo aquel algodón en la boca no podía articular palabra.

En la radio sonaba Abba. Me vino a la cabeza que Abba se llamaba así por las iniciales de los nombres de quienes fundaron el grupo —Agnetha, Björn, Benny y Anni-Frid— y me pregunté cómo se habría llamado Abba si sus nombres hubieran sido Frieder, Bjarne, Merle y Friedafrid. ¿FBMF? ¿O qué habría ocurrido si los músicos hubieran tenido los siguientes nombres: Frietjof, Ulla, Catherine y Karlsson?

En ese momento irrumpió en la sala Jan, también con bata y contando indignado:

—Alguien se ha hecho pasar por la señora Reiter, que ahora está en la sala de espera, enfadadísima…

Entonces me descubrió y se detuvo en medio del movimiento. Seguía teniendo un aspecto magnífico a sus casi cuarenta años, mucho mejor que el mío a los treinta y cuatro. Me quedé embelesada al verlo. Amaba a ese hombre. ¡Por encima de todo!

En cambio, Jan no parecía embelesado, sólo completamente atónito.

—Rosa…, ¿te has hecho pasar por la señora Reiter?

No tenía ni idea de qué debía contestarle. Pero nunca había podido mentir a Jan y por eso moví la cabeza afirmativamente.

—¿Por qué? —inquirió.

—Porque está borracha —explicó Olivia.

Jan se acercó a mi boca y me olió el aliento.

—Vaya, pues es verdad —dijo preocupado.

Me dio tanta vergüenza que deseé que la silla me tragara. Había imaginado mi gran acción de reconquista de una manera muy distinta.

—¿A qué has venido? —preguntó Jan con voz insegura.

Me levanté y me quité el algodón de la boca. Me dolía, pero me daba igual. Las heroínas de Hollywood no conocen el dolor.

—Eso no es bueno para la herida —me reprendió Olivia.

—Tiene razón —añadió Jan.

Era reconfortante ver que todavía era capaz de preocuparse por mí.

—Tengo que decirte una cosa urgentemente —expliqué a Jan. Luego señalé a Olivia y añadí—: A solas.

Jan dudó. Eso puso visiblemente nerviosa a Olivia.

—¿No pensarás escuchar a esta mujer? —preguntó con cierto matiz de espanto.

Me gustó que tuviera miedo. Al parecer, todavía me consideraba una amenaza. Eso era una buena señal. Abba cantaba entoncesThe winner takes it all…Enseguida se sabría quién de nosotras dos sería la «winner».

—Espera fuera, por favor —pidió Jan.

Olivia no daba crédito a sus oídos. Pero Jan se mantuvo firme con la mirada, de modo que salió del consultorio sin decir palabra. Y yo lo interpreté también como una buena señal: Jan echaba a su futura esposa por mí. ¿Podía tener esperanzas?

—Bueno, Rosa… ¿Qué querías decirme? —preguntó Jan.

Él también estaba nervioso. ¿Presentía lo que iba a ocurrir? ¿Tenía las mismas esperanzas? ¿Podía tener yo la esperanza de que él tuviera la misma esperanza?

Empecé a parlotear nerviosa.

—He venido para decirte que siento mucho la cerdada que te hice, y que me gustaría horrores deshacer lo hecho, pero por desgracia no se puede viajar al pasado… —Se me escapó una risita nerviosa, bebí un trago de agua de uno de esos vasitos de plástico que hay en las sillas de dentista y siempre están llenos, y proseguí—: Quiero pedirte perdón…

Él callaba, estaba confuso, intentaba procesarlo todo, pero saltaba a la vista que no lo conseguía. Luego pronuncié la única frase que importaba, todo el parloteo anterior era irrelevante, se trataba únicamente de esa frase y de la respuesta de Jan.

—Yo aún te quiero.

Jan tuvo que tragar saliva. Y yo tuve que esperar su respuesta. El tiempo se dilató, quizás sólo fueron segundos, pero a mí me parecieron horas, días, años, eones. Durante ese tiempo percibido habrían podido surgir civilizaciones y se habrían podido extinguir. Si Albert Einstein hubiera vivido ese momento, habría reescrito la teoría de la relatividad. Jan se dispuso por fin a contestar. Casi se me paró el corazón de nerviosismo. Aquel consultorio, aquel vestíbulo del infierno podía transformarse en el cielo en cualquier instante. Todos mis sueños podían hacerse realidad. Mi triste vida podía volver a tener sentido.

—Pero yo ya no te quiero —dijo en voz baja.

Fue como si alguien me desgarrara el corazón, de tanto que me dolió.

Jan me miraba disculpándose, era evidente que le sabía mal hacerme tanto daño.

—Yo te quería —empezó a explicar— y después de aquella historia me derrumbé… —Sonrió débilmente, pero yo me sentía demasiado débil para sonreírle débilmente—. Pero gracias a esa experiencia he madurado —prosiguió—. Ahora sé mejor lo que quiero, y el amor con Olivia es un amor profundo, adulto… un amor maduro… Sabemos que estamos hechos el uno para el otro… y… y… —Vio en mi cara que yo no quería oír por qué con Olivia todo era mucho más fantástico que conmigo, y concluyó—: Y tal vez no debería seguir hablando.

Me miró, calló y, antes de que me dijera algo tan tonto como «podemos seguir siendo amigos», lo liberé de su inseguridad.

—Ve con ella, yo ya encontraré la salida.

Asintió, volvió a mirarme un instante y luego se fue al pasillo con su Olivia y la abrazó, cosa que a todas luces la alivió. Realmente había tenido miedo de mí.

Los observé: así pues, su amor era maduro, maravilloso e inmenso, estaban hechos el uno para el otro… Eso había dicho Jan. No sólo no me quería. Quería más a Olivia de lo que jamás me había querido a mí. Entonces, en mi interior se quebró todo. Todas mis esperanzas, mis ganas de vivir y mi autoestima.

Abba cantaba «The looser is standing small».

Y yo pensé: Frietjof, Ulla, Catherine y Karlsson.

Odiaba horrores ser un cliché.

Y deseaba tanto no seguir siéndolo.


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4

Mientras tanto,

en la vida de William Shakespeare

Londres, 12 de mayo de 1594

Sir Francis Drake, el almirante de la reina, había desenvainado su imponente espada y me gritaba:

—¡William Shakespeare! ¿Osas compartir la cama con mi mujer mientras yo lucho en el mar por Inglaterra?

Yo estaba en cueros delante de él. En su noble alcoba. Junto a su esposa Diana, también desnuda.

Por lo visto, el almirante había regresado a la patria de su última travesía antes de lo que esperábamos y no habíamos oído sus pasos sobre la escalera de madera, probablemente porque los ahogaron nuestros gemidos voluptuosos. Evidentemente, yo sabía que me exponía a un inmenso peligro manteniendo relaciones carnales con la mujer del mayor héroe de Inglaterra, el vencedor de la Armada española. Sin embargo, en ese hecho radicaba todo el estímulo erótico, el hormigueo de pasión que justificaba el deseo por Diana. Había muchas féminas que la superaban en belleza, aunque eso no se le podía reprochar a Diana ya que, al fin y al cabo, era una mujer madura, casi pasada, pues ya tenía veintisiete años.

Y en lo tocante a sus artes amatorias, bueno, no estaban muy desarrolladas. En honor a la verdad, habrían dado motivo para entonar cantos de lamentación.

—¡Me las pagarás, Shakespeare!

La ira del noble, vestido elegantemente con un delicado jubón abullonado y calzas de seda ajustadas, hizo que las venas se le hincharan tanto que me atreví a confiar en una rápida salvación gracias a un repentino ataque de apoplejía por su parte.

Diana observaba temblando y aterrorizada a su esposo, y decidió escabullirse desmayándose.

—Estoy mareada —anunció con voz estridente, probablemente con la esperanza de que uno de nosotros dos la cogiera.

Cayó al suelo. Ninguno de los dos corrió presto en su ayuda.

Yo no, porque mi garganta desnuda estaba siendo amenazada por la espada, y sir Francis tampoco porque estaba demasiado ocupado manteniendo la hoja en mi garganta. Diana se golpeó la cabeza contra el armazón de la cama, tallado en madera noble de las nuevas tierras, lo cual provocó un sonido hueco del que no era posible saber con certeza si provenía del armazón de la cama o de la cabeza de Diana.

Bajé la vista un momento y sentí incluso compasión por ella, pero ni la mitad de la que sentía por mí: sir Francis me mataría allí mismo, sobre su piel de oso, ensartándome con la espada. Nunca podría escribir las grandes obras de teatro con las que soñaba desde niño, en la pequeña Stratford; sólo sería conocido por las mediocres que había escrito hasta entonces. Nunca sería rico y nunca más me entregaría al trato carnal sin compromiso con mujeres hermosas. Tampoco me pelearía nunca más con mis queridos amigos actores, ni me emborracharía ni iría de putas con ellos, ni los vería apostando fuerte a pedorrearse… Bueno, a lo último, probablemente podría renunciar…

Pero, por encima de todo, nunca volvería a ver a mis hijos, nunca más podría oír sus maravillosas risas… y la idea me provocó una pena infinita.

—¡Defiéndete, Shakespeare! —exigió Drake, interrumpiendo mis pensamientos sentimentales sobre la vida que no podría seguir viviendo.

—Una idea excelente —repliqué—, pero ¿cómo voy a defenderme si mantenéis la hoja en mi garganta?

Drake sacó otra espada de un soporte que había en la pared y me la lanzó. No empecé con demasiada elegancia, puesto que era mucho más grande que las espadas con las que actuábamos en las escenas de lucha en el teatro. El arma pesaba en mi mano. Tenía que decidirme: podía implorar por mi vida como un ratón miserable o luchaba por ella contra el mejor espadachín del reino como un verdadero hombre.

Opté por el ratón miserable.

—Dejadme ir —imploré, y me arrodillé en el suelo—. No me matéis, os lo suplico, noble lord, concededme vuestra clemencia.

Ciertamente, mi conducta no era muy digna, pero era inteligente y sabia, pues ¿de qué servía la dignidad si estabas medio muerto?

—Te defiendas o no, Shakespeare, pagarás por tus actos.

Drake levantó la espada para asestar el golpe. Diana despertó, vio que su esposo iba a cortarme la cabeza y se apresuró a cerrar de nuevo los ojos.

Así no llegaba a ninguna parte. Rápidamente cambié de táctica.

—No volveré a poneros los cuernos, ya no deseo a vuestra mujer. Como bien sabéis, en la cama es como una tabla.

Diana abrió entonces de nuevo los párpados y gritó:

—¡Córtale la cabeza!

—¡Colgaré tu cabeza ante las puertas de la ciudad! —exclamó Drake con rencor, y avanzó un paso hacia mí.

Como no quería acabar de divertimento cruel para campesinos embrutecidos que venían a Londres a poner en venta sus mercancías, busqué a toda prisa una escapatoria a mi terrible situación. Y la única escapatoria consistió en un avispado ardid:

—Sir Francis, detrás de vos…

Reconozco que el ardid no era demasiado original, sino más bien como los que se encuentran en las deplorables comedias de mis colegas dramaturgos, pero cumplió su cometido. Sir Francis, que estaba acostumbrado a que lo acecharan pérfidamente los alevosos asesinos católicos de la Corona española, miró atrás. En ese momento, me levanté de un brinco, corrí hacia la ventana de su palacio y miré abajo, al Támesis, que se deslizaba suavemente en la oscuridad. Aunque sabía que el agua estaría muy fría, trepé ágilmente por la ventana hasta alcanzar la repisa de piedra y salté sin titubear. Cuando me sumergí en las heladas aguas, me enojó por un momento la circunstancia de que los criados de Drake echaran precisamente allí las heces de la casa.

Al salir a la superficie, respiré en busca de aire y empecé a nadar para salvar mi vida. Miré atrás hacia el palacio de Drake, que estaba en la ventana rojo de ira. Pero no saltó tras de mí para emprender la persecución. Al parecer, él también sabía dónde solían echar sus heces los criados.

—¡Te mataré, William Shakespeare! —gritó.

Me sentía demasiado débil para contestarle con una réplica ocurrente. Me limité a nadar siguiendo la corriente del Támesis, levemente iluminado por unas cuantas antorchas en la orilla. El agua fría me helaba la piel desnuda, pero las venas se me helaron aún más al pensar que Diana deseó mi muerte. Precisamente aquella Diana que hacía tan sólo unos minutos había proclamado que me amaría eternamente. Así eran las mujeres de la gran ciudad de Londres, engañaban al marido y luego exigían la cabeza del amante. Pero no me importaba; al fin y al cabo, no pensaba volver a consagrar nunca más mi corazón a las mujeres, ¡sólo mi cuerpo! Porque si una cosa he aprendido en la vida es que, cuando se cae en las garras del amor, únicamente se pueden pedir dos cosas: una cuerda y una silla coja.

5

Después de unos cuantos Ramazzotti-curapenas más, Holgi me metió en la cama. Mientras me tapaba con cariño, pronunció la frase más tonta que se le puede decir a una mujer con penas de amor:

—Hay más madres que tienen hijos guapos —y completó—: Y no son dentistas.

No era que no hubiera intentado quedar con otros hombres. En los últimos dos años, me había apuntado a portales de contactos con nombres como «elite-amor.com.» y había ligado con hombres que pertenecían a la élite tanto como yo. En los portales de contactos sólo encuentras mercancía estropeada.

Primero fue Thomas, un periodista educado, pero un poco aburrido, y cuando estaba en la cama con él sólo pensaba, alternativamente: «Pero ¿qué hace?» y «Esto tiene gracia».

Luego vino Peter, que en su perfil detallaba que le interesaba la poesía, y había colgado una foto donde parecía agraciado. Por desgracia, en nuestra primera cita quedó claro que Peter escribía «poemas eróticos», que la foto era falsa y que en realidad parecía un ogro.

Finalmente apareció en mi vida Olaf, un trabajador social que lo hacía de mala gana porque aún no había superado lo de su ex mujer, Eva. Lloraba tanto por ella que incluso le había escrito una canción:

I love you Eva,

And I will go,

Wherever you are, Eva,

even if it is in Papua Nueva.

Después de que me la cantara en un momento de debilidad, yo también quise irme a la Papúa Nueva.

Pero lo comprendía un poco; al fin y al cabo, yo misma cantaba en pensamientos: «I love you Jan, and I will go, wherever you are, Jan, even if it is Azerbayán.»

Ése era el problema de los portales de contactos, que intentaban buscarte a alguien que estaba tan hecho polvo como tú. Y por eso sólo encontré hombres que estaban tan hechos polvo como yo. Y yo no quería a nadie que se me pareciera. Yo quería a alguien que fuera diferente. Yo seguía queriendo a Jan.

—Tú sabes que lo he intentado con otros hombres —le contesté a Holgi, balbuceando un poco a causa del Ramazzotti.

—No necesitas a un hombre para toda la vida, te basta con alguien para una noche —replicó, y se puso a cantar de buenas a primeras, como le gustaba hacer a veces—: Una noche, una noche, si estás frustrada, píllate a alguien para una noche, luego te duchas y te maldices, ¡pero te olvidas del frustre por una noche!

Me miró esperanzado, pero yo no podía imaginarme una sola noche. No estaba de humor para algo así. Y aunque lo estuviera, ¿con qué hombre querría sexo si no con Jan?

6

A la mañana siguiente tenía una resaca horrorosa, y el hecho de que me tocara guardia a la hora del recreo no consiguió precisamente que mejorara. Doscientos alumnos de primaria hacían tanto ruido como ochocientas personas normales, y pensé que seguramente había más silencio en las pistas de un aeropuerto incluso cuando aterrizaba un Concorde supersónico.

Me había hecho maestra por vergüenza. En realidad, mi sueño había sido escribir musicales desde que, a los siete años, había vistoLa sirenitay había oído a Sebastian, el cangrejo, cantarBajo el mar. Luego, a los quince, escribí mi primer musical. Se titulabaLuna lobunay trataba de una muchacha que se enamoraba de un hombre lobo y cantaba con él el gran dúo final de la obra: «El amor que nuestro corazón acuna / es mucho más grande que la luna» (lo dicho, tenía quince años). Por desgracia, le enseñé el musical a mi profesor de lengua, que opinó que yo tenía más probabilidades de viajar a Marte que de escribir musicales en el futuro. Eso acabó con mi carrera de escritora antes de haberla iniciado y por eso decidí estudiar Magisterio después de aprobar la Selectividad. Para ese trabajo, yo era como la mayoría de mis colegas: bastante incompetente. Tal vez debería haber cambiado de trabajo, pero no tenía ni idea de qué tenía que hacer con mi vida. Además, era muy amiga de las vacaciones y de cobrar la nómina con regularidad. En cambio, no era muy amiga de los niños incordio. Y aún menos de los padres ambiciosos, por no hablar de las autoridades educativas y sus ideas sobre reformas siempre distintas (¿le darían todos al LSD?).

Mientras pensaba en mi desastrosa vida en general y en mi penosa actuación delante de Jan en especial, se me acercó el pequeño Max, un niño de segundo con rizos:

—¡Kevin es un cabón! —despotricó.

—¿Un cabón? —pregunté desconcertada.

—Sí, un cabón total.

Estaba claro que el pequeño tenía problemas para pronunciar algunas consonantes.

—¿Y por qué? —pregunté, aunque no me interesara especialmente.

—Ha atado a León con unas esposas al radiador de la clase.

—¿QUÉ?

Había despertado toda mi atención.

—Con las esposas de su papá. Es policía. Las ha taído al colegio a escondidas.

—¡Cabón! —maldije.

—Lo que yo he dicho —comentó Max, y me llevó a la clase, donde el pequeño León, el típico niño-víctima gordo, estaba realmente encadenado a la calefacción.

—Tengo pipí —dijo León lloriqueando.

Manipulé las esposas, pero no tenía ni idea de cómo abrirlas. Cuando estaba a punto de llamar al director, llegó Axel, el profesor de gimnasia.

—Ya lo hago yo. Tengo experiencia con esposas… —aclaró.

—… de la que sería mejor no hablar en presencia de un alumno de segundo —lo interrumpí.

Axel sonrió burlón, abrió las esposas hábilmente con un alambre y León se fue corriendo al lavabo. De Kevin, ni rastro.

—Voy a machacar a Kevin —anunció el pequeño Max.

—No tienes que pelearte —dije, intentando de mala gana evitar una pelea, aunque realmente pensaba que el pequeño Kevin se había ganado un poco de leña.

—Pero Kevin es un capón —despotricó Max, y echó a correr.

—¿Un capón? —preguntó Axel desconcertado.

—Problemas con las consonantes —expliqué.

—Ah, por eso ayer gritaba: «¡Timmy es un hili!»

Suspiré y luego propuse:

—Tendríamos que mandarlo a clases de refuerzo.

—Y tú y yo tendríamos que hacer algo esta noche —replicó Axel esbozando una amplia sonrisa.

Me lo había pedido muchas veces desde el desastre del beso, hacía dos años. Pero siempre lo había rechazado, cosa que por lo visto me hacía cada vez más interesante a sus ojos.

—Tengo invitaciones para el circo —dijo sonriendo—. ¿Te apetece acompañarme?

Normalmente le habría dado calabazas, pero de repente oí en mi cabeza la voz de Holgi: «Una noche, una noche…»

7

Aquella tarde, Axel llevaba una camiseta que le marcaba el cuerpo y una cazadora de cuero la mar de moderna. No se parecía en nada a mi intelectual y elegante Jan, y eso estaba bien. Con Axel no había que tener mala conciencia por aprovecharse de él para tener sexo intrascendente, al fin y al cabo, una relación que durara más de una semana sería para él un récord maratoniano.

Empezó la función. Una acróbata china salió a la pista. Doblaba el cuerpo con tanto arte que Axel dijo:

—Una amante así me daría miedo.

Pensé que no tenía nada que temer después conmigo en la cama, puesto que mi flexibilidad se situaba más bien por debajo de la media.

Cuando la acróbata china acabó su espectáculo, que sólo con verlo ya me dolían todas las articulaciones, el presentador anunció la gran atracción del espectáculo:


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—Y ahora, damas y caballeros, ¡el incomparable, el único, el mítico mago Próspero!

Sonó una música envolvente y salió a la pista un hombre que parecía un comparsa sacado de una película de vampiros: era alto y flaco, tenía unos ojos negros de mirada penetrante y vestía ropa negra. Por encima, una capa ancha y negra. No costaba nada imaginarlo durmiendo en un ataúd con tierra de su Transilvania natal. Al llegar al centro de la pista, anunció con una voz que sonó mística:

—El alma de las personas es inmortal y renace una y otra vez.

—Ojalá no sea siempre de maestro —se burló Axel.

«Ojalá no sea de mí», completé en pensamientos.

—Aprendí —prosiguió Próspero— el venerable arte de la regresión con los monjes shinyen en el Tíbet. Ellos me mostraron que en otro tiempo fui un poderoso guerrero del príncipe mongol Ablai Khan.

—Y todos se tronchaban de risa a sus espaldas —siguió bromeando Axel.

No me reí con su broma, el hombre de la pista me impresionaba. De alguna manera, removía algo en mi interior, como si estuviera a punto de anunciarme una profunda verdad.

—Ahora —explicó Próspero con gestos ceremoniosos— trasladaré a alguien del público a una vida anterior. Y ese espectador descubrirá todo el potencial de su alma inmortal y podrá utilizarlo. ¡Se encontrará a sí mismo!

Esa promesa me pareció bastante imponente.

—¿Algún voluntario? —preguntó Próspero, mientras paseaba por la pista majestuosamente ondeando la capa.

—Ser voluntario nunca es bueno —comentó Axel.

Próspero se acercó al público y yo me sentí de repente inquieta. No me escogería precisamente a mí para bajar a la pista, ¿verdad? No me gustaba ser el centro de atención y, con mi visita a la clínica dental, había superado con creces mi necesidad de actuaciones penosas en esta vida. Aunque, curiosamente, me asaltó una sensación aún más honda: algo se agitaba dentro de mí, me daba miedo sumergirme en una vida anterior. Qué tontería, si yo nunca había pensado seriamente en la reencarnación. Además, mi intelecto sabía que eso no existía y que el tipo que paseaba por las filas de espectadores era igual de serio que un trilero albanés. O que un vendedor de productos financieros.

Intenté tranquilizarme. Había muchos espectadores en el público y, además, yo estaba sentada bastante arriba en la grada: fijo que el hipnotizador se decidiría por otra persona. Con todo, cuando se acercó seguro a nuestra grada, empezó a temblarme todo el cuerpo.

8

Mientras tanto,

en la vida de William Shakespeare

Londres, 13 de mayo de 1594

—William, a nadie le gusta un final desgraciado en una comedia —me reprendió Kempe con su potente voz de barítono mientras caminábamos de madrugada por las estrechas callejuelas de Southwark.

Entre las casas inclinadas había vendedores y vendedoras ofreciendo a voz de grito su mercancía: ocas, sandalias o su propio cuerpo. Sí, señores, en Southwark, la ley de Londres no tenía ninguna influencia. Gentes de mal vivir, como prostitutas o actores, podían respirar allí libremente, aunque respirar libremente sólo procuraba un placer relativo gracias a los numerosos mendigos que orinaban en las calles.

Los burdeles estaban permitidos en Southwark, igual que los teatros. Por eso el dueño de nuestro Rose Theatre, el siempre avaro Philip Henslowe, había abierto un prostíbulo justo al lado del Rose, adonde atraía a los espectadores después de la función. No era de extrañar, pues, que siempre me exigiera condimentar mis obras con muchas escenas de amor turbulentas.

—Will, ya tuvimos la peste en la ciudad… —prosiguió Kempe.

Con sus estridentes calzas amarillas y su chaleco de colores alegres y chillones destacaba en la multitud. A su lado, a mí se me veía realmente pálido con mi última camisa de lana (literalmente, pues la penúltima tuve que dejarla en la alcoba de Drake).

—… así que haz el favor de reescribir el final deTrabajos de amor perdidosy haz que todos se casen.

—Entonces la obra será una tragedia —repliqué.

Kempe frunció el ceño, y le expliqué:

—En la comedia, la pareja de enamorados se une siempre en el quinto acto. Pero si hubiera un sexto acto, ese acto mostraría el transcurso del amor, y la comedia se transformaría en tragedia.

—William —dijo Kempe compasivo—, tienes una visión muy triste del amor.

—Realista —repliqué, y añadí—: La visión realista del amor es siempre triste.

—Will, espero de todo corazón que algún día consigas curar tu alma. De lo contrario, mucho me temo que nunca llegarás a ser un dramaturgo brillante.

Antes de que pudiera replicar a Kempe, vi delante del Rose a una joven de baja estatura y cabellos negros. Era Phoebe, la hija de Henslowe, el dueño del teatro. Phoebe bizqueaba un poco y no era en absoluto una belleza, pero tampoco era tan fea como para preferir emigrar a las colonias salvajes antes que mirarla.

—Ahí tienes a tu admiradora —dijo Kempe sonriendo burlón, y antes de entrar en el teatro, me advirtió—: Trátala bien o Henslowe contratará a otra compañía para su teatro.

Phoebe se me acercó y me preguntó tímidamente:

—Querido William, ¿has leído la carta que pasé ayer por debajo de tu puerta?

—Sí —mentí sin ambages.

Evidentemente, no la había leído, puesto que después de mi excursión nocturna a nado por el Támesis tuve que meterme a toda prisa en la cama para entrar en calor.

—¿Apruebas mi deseo? —preguntó Phoebe esperanzada.

—Sí, claro —la seguí engañando.

Fuera lo que fuera lo que había escrito en la carta, yo no quería ni podía ofender a la hija del dueño del teatro.

—¿De verdad? —preguntó.

—Por supuesto —contesté.

—Entonces, ¡esta noche me desvirgarás! —Phoebe me miraba radiante.

Me dio un ataque de tos.

—¿Te ocurre algo?

—No… no… —dije, y seguí tosiendo.

—¿Lo harás? —preguntó visiblemente turbada.

Contemplé su escaso atractivo, tragué saliva y me dije: ¡un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer!

—Pero debemos tener cuidado de que mi padre no se entere —explicó Phoebe—, porque si se entera tendrás que casarte conmigo. Y si te niegas, te torturarán sus esbirros.

Vaya, la cosa se ponía cada vez más alegre.

Me pregunté si no debería revelarle que yo ya me casé en su día, pero decidí que no. Nadie en Londres tenía por qué conocer la suerte que había corrido en mi ciudad natal.

Por lo tanto, esforzándome por ser encantador, dije:

—Ven a medianoche a mi modesto aposento.

Phoebe me dio un beso en la mejilla y se fue con paso alegre, mientras yo me juraba que el resto de mi vida leería todas las cartas justo al recibirlas. Apenas había concluido ese juramento, de repente oí pisadas de caballos y un fuerte griterío. Miré a mi alrededor y vi que los comerciantes, los pedigüeños y las prostitutas saltaban despavoridos a un lado para evitar ser pisoteados. A lomos de los corceles iban unos hombres vestidos con ropa aristocrática, unos hombres que nunca se veían en Southwark, sólo en la corte de la reina. ¡Y en cabeza cabalgaba sir Francis Drake!

—William Shakespeare, ¡te reto a un duelo! —gritó por encima de la algarabía.

En verdad, me dije, el valor, la energía y la temeridad de aquel hombre sólo eran superados por una cualidad: su testarudez.

9

—No te preocupes, el hipnotizador no puede vernos aquí arriba.

Axel se había dado cuenta de que yo estaba temblando de miedo. Me cogió la mano para tranquilizarme. Suave y cariñosamente. Eso me sorprendió, puesto que solía ser más bien sobón. Lo miré y me sonrió ensimismado. ¿Había cierto enamoramiento en su mirada? Eso era prácticamente imposible. Axel no era de los que se enamoraban. Y menos aún de alguien como yo. ¿O tal vez sí? ¿Porque yo era la única que le había dado calabazas durante años? Retiré mi mano de inmediato. Los ojos de Axel parecieron entristecerse por un breve instante. Dios mío, ¿no estaría de verdad…?

Me apresuré en mirar al frente, y vi que Próspero se estaba acercando. El corazón me latió más deprisa. El mago venía directo hacia nosotros. Como si notara mi presencia. Estaba a tan sólo dos filas. Se me paró la respiración. Pero entonces se detuvo delante de un hombre gordo y bajito.

—Venga conmigo, por favor.

—Gracias a Dios —musité, y respiré hondo.

Próspero me oyó y me lanzó una mirada penetrante. Luego bajó a la pista con el hombre.

Un sudor frío me cubrió todo el cuerpo. Seguramente tendría que volver a ducharme antes de mi rollito de una sola noche.

Axel intentó cogerme de nuevo la mano, pero esta vez la retiré antes de que se acercara demasiado, y también me aparté de él. Ese rechazo, al que no estaba acostumbrado, hizo que se pusiera a parlotear:

—Rosa, ya sé que piensas que soy un ligón… y que sólo quiero acostarme contigo, pero yo no quiero acostarme contigo…

—Vaya, ¡muy amable! —dije, sonriendo burlona.

—Perdona, no quería decir eso… Es sólo que… he cambiado… Ya he cumplido los treinta y cinco… y ahora busco algo sólido en la vida…

Típico. Precisamente cuando, por una vez en la vida, yo quería un rollo de una sola noche, el donjuán de las maestras maduraba.

No quise continuar con la conversación y le indiqué a Axel que callara. Asintió confundido y miramos hacia la pista. El hombre rechoncho le estaba confesando al mago que tenía poca autoestima y yo pensé: «Bienvenido al club.»

Próspero explicó pomposamente que enviaría a aquel hombre tímido a una vida anterior y, gracias a ello, descubriría el potencial de su alma inmortal. El mago gesticulaba y matizaba las palabras como si hubiera asistido a la escuela de Klaus Kinski para sobreactuaciones. Próspero cogió un gran péndulo dorado, el gordinflón lo miró fijamente y cayó en trance con los conjuros del hipnotizador. Entonces, de repente empezó a hablar en inglés con un acento muy marcado:

—Where am I?

—What’s your name?—preguntó a su vez Próspero.

—William Cody —contestó el hombre.

Axel me susurró al oído:

—William Cody… es Buffalo Bill, el héroe del Oeste.

El hombre gordo y bajito se levantó, de repente no sólo hablaba en otra lengua, sino que ya no vacilaba. Próspero le pidió a su ayudante que fuera a buscar a toda prisa las armas de la mujer pistolera del circo. El gordinflón empuñó los Colts y apuntó hacia el público. Todos temimos que acabaríamos siendo actores secundarios en una próxima masacre, y nos agazapamos. Pero antes de que el pánico aumentara, Próspero intervino y animó a Cody a ejecutar algún número de tiro. Lo hizo, ¡y cómo! Primero en dianas, siempre en el blanco. Acto seguido, disparó a unas velas encendidas y, para acabar, echó a volar a un papagayo del circo. El ave aleteó por debajo de la cúpula y Cody disparó tres veces al animal. Pero éste no cayó al suelo, sino que continuó aleteando despavorido. Tres plumas arrancadas de un disparo limpio descendieron planeando lentamente hacia la pista.

—Para sorprender a propios y extraños, pistoleros y protectoras de animales —intentó bromear Axel, pero yo no escuchaba; la transformación del gordo inseguro era demasiado fascinadora y emocionante.

Próspero le pidió a Cody que volviera a mirar el péndulo, y éste regresó a su antiguo «yo» alemán y vacilante. Con una pequeña diferencia:

—¿Cómo se siente? —le preguntó el hipnotizador.

—Más valiente —contestó el hombre, sonriendo satisfecho.

El público prorrumpió en aplausos. Y yo también.

Por primera vez en mi vida le tenía envidia a un gordo.

Cuando Axel y yo salimos de la carpa después de la función, nos hizo falta un rato para volver a charlar. Yo no tenía muy claro si me apetecía alargar la noche con él. Evidentemente, Axel notaba mis reservas. Confuso, me preguntó si quedaríamos otro día. Aquel hombre buscaba realmente una relación. Precisamente él. Precisamente conmigo. ¿Podía ser más absurda la vida?

Habría sido injusto dejarle creer que yo también buscaba algo sólido.

—Axel, ¿puedo serte sincera?

—Pues claro, Rosa.

—Yo sólo quería pasar contigo una noche agradable.

—De acuerdo… —dijo, y respiró hondo—. Eso ha sido sincero.

—Y ahora ya no quiero ni eso.

—Eso casi ha sido demasiado sincero.

—Porque tú buscas una relación y no jugaría limpio contigo.

—Bueno —dijo Axel con una sonrisa algo forzada—, también puedo soportar un poco de juego sucio.

—Pero a mí no me gusta jugar sucio —repliqué suavemente.

Axel estaba afectado. Y su vulnerabilidad me conmovió: el donjuán tenía corazón, y sentimientos. Y le sentaban bien. Pero tenía una pega decisiva: no era Jan.

Después de que Axel se despidiera, me compré un algodón de azúcar antifrustración, caminé mustia con él por el circo de noche y me fijé en que un gordinflón bajito, que había sido Buffalo Bill, se dirigía a una de las caravanas. Parecía contento y satisfecho. No era de extrañar: Próspero le había enseñado el potencial de su alma. Ni idea de cómo, probablemente todo había sido una farsa. Más aún, ¡seguro! No obstante, deseé un poco de esa maravillosa farsa: Jan iba a casarse con otra, yo tenía una profesión que me producía más o menos la misma alegría que una erupción súbita de acné y no sabía qué hacer con mi vida. Ni siquiera me las apañaba con un rollito de una sola noche. Si mi alma tenía algún potencial, yo no tenía la más remota idea de cuál podía ser.

10

Mientras tanto,

en la vida de William Shakespeare

Al parecer, a la vida no le complacía complacernos, conjeturé cuando el caballo de Drake se detuvo delante de mí. La vida era más bien un sádico jovial y yo era su víctima predilecta.

—Ahora ya no podrás huir de mí —tronó el héroe de Inglaterra mientras sus hombres me rodeaban.

Efectivamente, la huida ya no era una opción.


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—Sir, tenéis un inmenso talento para destacar lo evidente —repliqué.

A Drake no le divirtió el comentario, pero tanto daba si lo encolerizaba aún más; de todos modos, aquel hombre iba a apagar la luz de mi vida.

—Puedes elegir el lugar y las armas para el duelo —ofreció displicente.

Drake no era sólo el mejor espadachín del reino, sino también el mejor tirador; tendría ventaja con cualquier arma.

—¿Qué arma eliges, bribón? —inquirió.

—Patatas —contesté.

Drake no daba crédito a sus oídos.

—Son buenas para la salud. Especialmente en los duelos.

—Cogeremos las espadas —determinó Drake excitado.

—¿Aceptaríais que el lugar fuera la India?

—¡No!

—Ya me lo imaginaba… Pero quizás podría decidir la hora del duelo. Estaba pensando en el próximo siglo…

—¡No! —me interrumpió.

—No sois un caballero.

—¡No consiento que me hable así un canalla como tú! —Enrojeció de ira—. Lucharemos aquí y ahora.

Eso me pareció sin duda demasiado pronto.

—Elige a tus padrinos —masculló el noble.

Le pedí que me siguiera al Rose, pues allí estaban las únicas personas que tal vez querrían ser mis padrinos.

El teatro olía a madera y al sudor de los espectadores de la última función. El escenario se alzaba en el centro del edificio; los espectadores podían vernos situándose de pie alrededor o desde uno de los numerosos palcos. Hacía años que aquel teatro era mi mundo. Y si tenía que morir, quería hacerlo allí, sobre las tablas.

Junto al escenario sólo estaban Kempe y Robert, un muchacho vestido de mujer que estaba ensayando el papel de Julieta. Gracias a un maldito edicto del censor de la corte, las mujeres no podían actuar en el teatro, lo cual provocaba que, para mi gusto, las escenas de amor que escribía tuvieran siempre un toque demasiado afeminado en el escenario.

El animoso Kempe se acercó presuroso a Drake, queriendo salvarme de su ira bendita:

—Sir, sed clemente. William Shakespeare es ciertamente un bufón…

—¡Eh! —exclamé.

—Pero es nuestro bufón, y aunque sus obras son de una calidad mediocre…

—¡Eh, eh!

—… y están empapadas de patetismo…

—Tres veces ¡eh!

—… esas obras llenan esta casa de espectadores, y ellos son la razón de nuestra miserable existencia.

—¿Sabes qué me importa a mí todo eso? —preguntó Drake al rollizo actor.

—¿Nada? —conjeturó Kempe.

—¡Exacto!

Kempe se me acercó con la cabeza gacha y me susurró con tristeza:

—Perdona, amigo mío, yo lo he intentado.

—Habría renunciado con gusto a ese intento —repliqué.

En el acto me enojé conmigo mismo por haber sido tan brusco: Kempe era el mejor amigo que jamás había tenido. Me había salvado la vida en muchas ocasiones. La primera vez, cuando mi corazón estaba tan enfermo de pena que, a orillas del riachuelo de Avon, decidí clavarme un puñal. Si Kempe no hubiera ido de camino a Stratford con su compañía de teatro y, ágil como una gacela a pesar de su tripa, no me hubiera arrebatado el puñal, yo habría acabado con mi vida de puro dolor.

—¿Quién será tu padrino? —inquirió de nuevo Drake.

—Ese hombre —dije señalando al muchacho vestido de mujer, que se sorprendió tanto como Kempe, Drake y sus hombres.

Si había una posibilidad de sobrevivir, ésta consistía en encolerizar tanto a Drake que cometiera un error en el duelo. A ser posible, un error mortal.

El almirante de la reina miró a Robert, todo maquillado, y exclamó:

—¡Te burlas de mí!

—Robert es un buen padrino, y mejor amante, según cuentan en las calles de Southwark. Tal vez deberíais probar con él, no puede ser peor que vuestra esposa.

Los hombres de Drake se echaron a reír. Y él tenía una mirada asesina en los ojos. ¡Bien!

11

Seguí a cierta distancia al gordinflón feliz que había sido Buffalo Bill y lo vi llamar a la puerta de una caravana. Abrió Próspero, que entonces llevaba vaqueros y una camisa de leñador, y le alargó un pequeño sobre. El gordo contó sin tapujos el dinero que había dentro.

El algodón de azúcar se me cayó del susto.

—No puede ser —me dije en voz baja.

Próspero, que por lo visto tenía un oído bastante fino, se percató de mi presencia. Vio que lo estaba mirando. Yo vi que él me miraba. El gordinflón vio que Próspero veía que yo lo miraba… y vio la manera de poner tierra por medio.

El mago me fulminó con su mirada penetrante, pero no me dio miedo. Sentía demasiada curiosidad por saber cómo se había producido exactamente el engaño, me acerqué a él y le pregunté abiertamente:

—¿Cómo lleva a cabo el truco? No puede sacar cada día al mismo hombre a la pista, eso no pasaría desapercibido…

—Hay muchos artistas en paro —respondió Próspero. Sorprendentemente, no intentó excusarse sino que parecía muy seguro—. Ayer tuve a una mujer que baila con serpientes, y en la función afirmamos que había sido bailarina en la corte del califa Abu Bakr.

—Seguro que con la regresión superó sus bloqueos sexuales bailando —conjeturé con cierto retintín sarcástico.

—Exactamente —confirmó, y volvió a entrar en la caravana.

Moví los pies un momento, indecisa; luego lo seguí. La caravana de Próspero era de lo más normal: una cama, ducha, unos cuantos libros. Ningún ataúd con tierra de Transilvania. Nada enigmático. Sólo el péndulo dorado, que estaba tirado de cualquier manera encima de una mesa plegable de madera. En las paredes había colgadas unas cuantas fotos suyas, en una se le veía vestido de monje en un templo. Al menos, no había mentido en lo del Tíbet.

—Así que todo eran chorradas —constaté dolida.

Una pequeña parte de mí había deseado realmente que aquel hombre no fuera un charlatán.

—Las regresiones no son una chorrada —objetó—. Los monjes shinyen han hallado realmente el modo de enviar la conciencia al pasado.

Sonreí irónicamente.

—No me cree —afirmó.

—Muy observador.

—Hay cosas entre el cielo y la tierra que el saber erudito no imagina ni en sueños —dijo Próspero sonriendo—. Sabemos tanto del universo como un perro de telefonía móvil.

En eso quizás tenía razón: al fin y al cabo, los científicos cambiaban cada dos por tres los modelos que usaban para explicar el mundo.

—Quiero ayudar a la gente. Y las funciones en el circo me traen gente. Por eso las hago —dijo, y sus palabras sonaron extrañamente sinceras—. Siempre hay alguien entre el público que espera ayuda. Luego, algunos se atreven a venir a verme al día siguiente.

—O sea que es usted timador por misericordia —me burlé.

—Podría decirse así —replicó sin rastro de ironía—. Seguro que usted ha pensado que sería maravilloso poder darle un nuevo rumbo a su vida.

Miré al suelo como si me hubieran pillado en falta.

—Al parecer he vuelto a ser muy observador —dijo, sonriendo satisfecho.

Aquel hombre leía en mí como en un libro abierto. Un libro tituladoMi desastrosa vida y yo.

—Puedo darle un nuevo rumbo a su vida —explicó Próspero con voz insinuante y profunda.

Tragué saliva, un nuevo rumbo para mi vida sería de agradecer, suponiendo que el nuevo rumbo fuera mejor que el viejo, lo cual tampoco podía ser tan difícil.

—¿Quiere? —preguntó Próspero, y yo empecé a sentir miedo. ¿Qué se proponía aquel tipo? ¿Hipnotizarme?

—Yo… yo… —farfullé—. Yo creo que me he dejado la plancha enchufada en casa…

Di media vuelta para irme. Pero Próspero se interpuso serenamente en mi camino, cerró la puerta de la caravana… y cogió el péndulo de la mesa.

12

Drake estaba en el escenario, desenvainó su espada y cortó amenazadoramente el aire con ella, del mismo modo que pronto me rebanaría el cuello.

—Lo conseguirás, William. Tú eres el mejor —musitó Robert.

—Me animaría más si me lo dijera un hombre sin voz de falsete —repliqué en un susurro.

Drake se me acercó a paso ligero blandiendo su espada. Yo estaba obligado a desenvainar también la mía. Era una espada de teatro ligera con la que el príncipe de Navarra correteaba en nuestra última obra,Trabajos de amor perdidos. La cabeza me bullía. ¿Qué iba a hacer? Tenía que atizarle con mis armas, con palabras. Si provocaba con insidia a Drake, quizás cometería un error que yo podría aprovechar para asestarle una estocada mortal.

—Sólo he tenido una amante que fuera peor que vuestra esposa —proclamé.

—¿Quién? —preguntó Drake, picado por la curiosidad de saber quién podía ser más horrorosa que su esposa en la cama.

—Vuestra señora madre.

Drake se abalanzó rojo de ira hacia mí e intentó asestarme un primer golpe, que pude parar sin problema. Gracias a las escenas de espadachines poseía unas dotes modestas cuando se trataba de luchar a espada.

—Robert, mi padrino, también se acostó con vuestra madre. Ama a las mujeres que tienen más barba que él.

—Si vuelves a ofender a mi madre… —amenazó Drake.

—Se ofende todas las mañanas, justo cuando se mira al espejo —repliqué mientras paraba una estocada que apuntaba directamente a mi corazón.

Drake me obligaba a retroceder con pasos rápidos y yo estaba a punto de caerme del escenario. Había llegado el momento de intensificar las ofensas, a ser posible hasta lo inaudito.

—Vuestra madre trabaja en el puerto, en los pesqueros. —Drake se quedó desconcertado, y yo concluí—: ¡De hediondez!

Drake resolló. Yo continué con mi osado juego:

—Y cuando sale de allí y se adentra nadando en el mar, las ballenas se alegran de volver a acogerla en el seno familiar.

—MI MADRE NO ES UNA BALLENA —gritó Drake, y me atacó con la espada, una y otra vez.

Había conseguido apartarlo del elegante estilo por el que era admirado en todo el reino.

—Lo admito, es demasiado delgada para ser una ballena —gemí mientras intentaba rechazar los coléricos embates.

—ARGGG —gritó entonces como un animal enfurecido.

—Os expresáis de un modo fascinante —me burlé.

—ARGGG.

—Y tan variado.

—¡ARRRGGGGGG!

—Dejadlo o sentiré celos de vuestro arte para fabular.

El enfurecido Drake me dio en el brazo. No fue un gran rasguño, pero la sangre brotaba de la herida como de una pequeña fontana. Mi estrategia parecía fallar. Miré a Kempe y vi que sus ojos también irradiaban poca confianza. Mi muerte parecía aproximarse inexorablemente y sería dolorosa. Dios mío, cuánto deseaba que otra persona estuviera en mi lugar.

13

Próspero sostenía el péndulo delante de mí.

—Las verdaderas regresiones no transcurren como en la pista —explicó.

—¿Y cómo transcurren? —pregunté, aunque hubiera preferido largarme, puesto que la curiosidad que sentía era tan grande como el miedo.

—Relajadamente. El viajero en el tiempo se tumba y cae en una especie de sueño. Luego permanece todo el rato relajado —contestó Próspero.

—¿Una especie de sueño? —inquirí.

—No dura mucho en nuestro tiempo, sólo unas horas. Pero, en la regresión, durante esas horas algunos viajeros han vivido toda una vida en el pasado.

—¿Toda una vida?

—Tienen la sensación de haber estado años o incluso décadas en el pasado. Yo mismo viví cinco años siendo un guerrero de Ablai Khan. Y sólo estuve dos horas en trance.

—Bueno, al menos la gente obtiene algo a cambio de lo que paga —me burlé, aunque las rodillas me temblaban ligeramente.

—No acepto dinero.

—Entonces, ¿qué? ¿Bonos?

—Mi misión es ayudar a la gente —replicó Próspero, y me acercó el péndulo dorado—. Mire fijamente el péndulo.

—No lo dirá en serio —dije sonriendo con nerviosismo.

—Mire fijamente el péndulo.

Quise apartar la vista, pero oscilaba tan plácidamente. Y la voz de Próspero era tan agradable.

—Mire fijamente el péndulo…

—Vuestra madre, con su sola presencia, es capaz de despojar a los hombres de su fertilidad.

Mis tentativas de provocar a Drake eran cada vez más desesperadas. Entonces, de repente, se me cerraron los ojos.

—Así, muy bien… sígalo con la mirada… —susurró Próspero.

El péndulo oscilaba de un lado a otro con regularidad, me sentía tranquila y pensé: «Realmente no está nada mal un péndulo, qué relajante.»

—¿Cuál es el mayor problema de su vida? —preguntó Próspero.

—El amor… —respondí relajada, y me senté en su catre.

—Suele ocurrirle a la mayoría de las personas. Eso se debe a que no saben qué es el verdadero amor.

Los párpados se me cerraron lentamente. Me invadió un cansancio inaudito.

Fue como si alguien me hubiera dado un bebedizo para dormir. Todavía balbuceé:

—Seguro que vuestra madre también es capaz de castrar ovejas con su sola presencia…

—Ahora túmbese —susurró Próspero.

Yo estaba completamente relajada y me tumbé de espaldas.

—No piense en nada.

—Hum… no pensar en nada… suena seductor…

Sonreí y cerré del todo los párpados.

La vista se me nubló definitivamente, pronto moriría atravesado por la espada de Drake. Mi penúltimo pensamiento de añoranza fue para mis hijos: Susanna… Judith… Hamnet… Y mi último pensamiento fue para el amor de mi vida… Anne… mi maravillosa Anne…

—Ahora viajará al pasado —oí decir a Próspero en la lejanía—. Pero debo advertirla. El viaje es peligroso y si muere estando en el pasado, su espíritu morirá también en el presente. O sea que tenga cuidado.

Si no hubiera estado tan profundamente relajada, eso me habría dado un miedo terrible.

Y, finalmente, oí decir a Próspero en voz muy baja:

—Volverá a despertarse cuando haya descubierto qué es el verdadero amor.


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14

Lo primero que oí a continuación fue:

—¡Mi madre no castra ovejas!

Lo primero que vi fue a un hombre enfurecido, con bigote y de pie encima de mí, que por lo visto estaba tirada en el suelo. Distinguí que el hombre llevaba medias y, sin querer, me vino a la cabeza: «Homosexual. O bailarín de ballet. Probablemente ambas cosas.»

Lo primero que sentí fue dolor. Me dolía el antebrazo, me ardía horrores. Miré instintivamente y vi que llevaba una especie de camisa ancha (me recordó las camisas de corsario deLos piratas del Caribe) y que la camisa estaba rasgada. O no, más bien estaba desgarrada. En el punto donde se encontraba el desgarro, la camisa era de color rojo oscuro. Estaba sangrando.

Dios mío, ¡estaba sangrando!

Descubrí que, por debajo de la sangre, el brazo era muy peludo. Los pelos negros estaban pegados por la sangre. Era imposible que eso fuera mi brazo, ¿no?

No, ¡fijo que no lo era!

Pero, entonces, ¿por qué sentía aquel terrible dolor?

Antes de que pudiera empezar a procesarlo todo, el hombre se inclinó hacia mí gritando:

—¡Mi madre no castra a nadie!

¿Por qué le importaba tanto eso? En otras circunstancias, le habría recomendado educadamente que hiciera psicoterapia; por lo visto, tenía que superar urgentemente algo con su madre. Pero la conversación era impensable, aquel tipo quería matarme… ¡con una espada! ¡Con una espada de verdad! ¿De qué iba aquel mal viaje? ¿Había ido a parar realmente a una vida anterior?

Tonterías… Seguro que era un sueño hipnótico. Próspero había hecho oscilar su péndulo ante mis ojos y yo había entrado en trance.

Pero todo aquello, aquel tipo bramando sobre mí, el dolor, el miedo, todo parecía mucho más real que cualquier sueño que jamás hubiera tenido. Mucho más intenso. Era en directo, en color y en 3-D. ¡Como la vida misma!

No, no exactamente, incluso daba la sensación de ser más real que la vida misma. Un poco más real. Quizás se debía a la gran cantidad de adrenalina que fluía por mi cuerpo. Si es que ése era mi cuerpo… Aquel antebrazo sangrando, ¡definitivamente no era mío! Al menos yo no quería que lo fuera. Dolía demasiado. Y si entonces ya dolía tanto, ¿qué terrible dolor sentiría cuando aquel loco me abriera el cráneo con su arma?

El hombre levantó la espada para asestar el golpe mortal.

Me dominó el pánico, la asfixia, un miedo increíble. Me sentí como un animal en el matadero, no se me ocurría ninguna idea.

—¡Échate a un lado! —oí gritar a una voz profunda—. ¡Rápido!

Eso hice exactamente de manera instintiva. La espada de aquel hombre descendió silbando y se clavó a menos de diez centímetros de mí, y noté una fuerte corriente de aire. Si no me hubiera echado a un lado, me habría partido por la mitad. Pero su espada se clavó en la tabla de madera donde yo estaba tirada un instante antes. Sí, estaba tirada sobre una tabla de madera. ¿Me encontraba en un barco pirata?

El hombre, maldiciendo, intentó arrancar la espada de la tabla; la había hincado con tanta fuerza que tenía dificultades para recuperarla. Me levanté de un salto y vi que me encontraba en una especie de escenario que se alzaba en medio de una gran sala, también construida en madera. Así pues, aquello no era un barco pirata. Algo era algo.

Lo que había alrededor y en lo alto, ¿eran palcos? Tanto daba. Bajé la vista para mirarme: llevaba botas negras y también medias. ¿Por qué estaban tan abombadas en la zona de la entrepierna?

«No pienses en ello», me dije.

Observé cómo el hombre que maldecía estaba sacando la espada del suelo y murmuraba algo así como «voy a castrarte».

¿Castrarme? ¿Tenía eso algo que ver con las medias abombadas?

«¡NO PIENSES EN ELLO!», me ordené.

Antes que nada tenía que salir de aquel embrollo. Por un instante pensé que a lo mejor debería limitarme a esperar hasta que despertara de la hipnosis, pero entonces volvió a aquejarme un dolor en el brazo y recordé que todo aquello era muy real. Y me vino a la mente otro pensamiento: ¿Y si muero aquí? Próspero había dicho que también moriría mi espíritu. Entonces mi cuerpo, que estaba tumbado en la caravana del circo, sufriría una especie de apoplejía. ¿Iba a arriesgarme a ello? Terminantemente, ¡no!

El loco ya había arrancado la espada del suelo con una fuerza infinita y acababa de darle una patada a una segunda espada, más ligera y que estaba en el suelo, para que yo no pudiera alcanzarla. Pero yo no me proponía hacerlo, puesto que no sabía nada de esgrima. De hecho, no sabía luchar con nada. Ni siquiera con los puños. La última vez que me metí en una pelea fue en segundo de primaria, cuando el incordio de Niels, un niño gordo que siempre molestaba a los más pequeños en el parque infantil, se pasó toda la tarde cantando: «Rosa, Rosa, en los pantalones se hace una cosa.» En un momento dado, se me cruzaron los cables, corrí hacia Niels y lo tiré del tobogán. El crío chocó con la barbilla en el borde metálico del tobogán. Empezó a sangrar y a llorar. Y yo recibí una larga ovación de los demás niños del parque.

El chalado se acercaba con mirada asesina. Salí corriendo, con unas piernas que, según comprobé contenta, corrían bastante deprisa aunque llevaran medias. Nunca antes había podido correr tan rápidamente, ni siquiera de jovencita, cuando aún practicaba deporte con regularidad. Por lo visto, me habían tocado en suerte unas piernas musculosas. ¿Serían tan velludas como los brazos? ¿Tendría eso algo que ver con las medias abombadas?

«¡NO PIENSES EN ELLO!», me grité a mí misma.

Bajé de un salto desde el entablado al suelo de arena y eché a correr pasando por delante de un joven maquillado y vestido con ropa de mujer de otra época. (¿Eran todos homosexuales?) A su lado había un hombre gordo, vestido con ropa más extremada que Elton John. (Ya no había duda, todos eran homosexuales.)

Seguramente aquel gordo había sido el que antes me había gritado con voz profunda que me echara a un lado. Eso lo convertía inevitablemente en la persona más simpática del recinto… sala… de donde fuera que me encontraba.

Busqué desesperadamente una salida de aquel extraño edificio, vi una gran puerta de madera y me dispuse a correr hacia ella.

—¡Detente! —gritó el espadachín chalado detrás de mí.

«Pero si no me muevo», pensé.

—¡Detente! —gritó de nuevo, en voz más alta y agresiva.

Corrí hacia la puerta sin volverme una sola vez. La puerta no estaba cerrada, sólo entornada. No tenía ni idea de qué mundo habría detrás, pero esperaba que fuera menos violento.

—¡DETENTE! —oí de nuevo.

Mi mano ya se dirigía hacia la puerta para abrirla y huir, cuando oí un disparo. Sonó como un petardo de Fin de Año. A mi lado reventó un pedazo de puerta y olió a madera quemada. Aquel tipo había disparado. ¡Había disparado de verdad! Si, como dijo Próspero, aquello era una vida anterior, mi verdadera vida me pareció de repente enormemente atractiva.

Me temblaba todo el cuerpo. Me di la vuelta lentamente y vi que el tipo me apuntaba con una pistola antigua que parecía sacada del atrezo de una película de piratas. Si me disparaba, lo único que yo podía hacer era rezar para que no me doliera y para que el espíritu de mi cuerpo, que estaba cómodamente tumbado en la caravana del circo, no muriera por mucho que Próspero hubiera insistido en advertírmelo. Pero si mi cuerpo perdía su espíritu, probablemente pasaría el resto de mi vida llevando pañales y babeando a causa de la apoplejía.

¿Qué debía hacer? En las películas, el héroe suele tener una idea genial en esos casos, como quitarle el arma al villano, por ejemplo, desconcertándolo con comentarios agudos. Igual que James Bond al señalarle educadamente al amo del mundo en potencia que acababa de acostarse con su amiguita. Y que ella le había hablado de la impotencia del aspirante a amo del mundo. Pero, allí, la única que estaba desconcertada era yo.

El gordo con chaleco de Elton John agarró una tabla de madera. Quería tumbar de un trancazo a mi asesino en potencia.

«¡Buena idea!», pensé, poco pacifista. Al menos, tenía a alguien de mi parte.

Por desgracia, unos cuantos hombres con medias muy elegantes avanzaron hacia el gordo. Estaba claro que eran partidarios del loco, pero no dijeron nada, se limitaron a amenazarlo lúgubremente con sus espadas. El gordo, resignado, dejó caer la tabla, que chocó estrepitosamente contra el suelo. Después me miró con tristeza, saltaba a la vista que no quería perderme. Al parecer, yo significaba mucho para él. Y si aquel hombre parecía homosexual y yo tenía los brazos peludos y llevaba medias abombadas, ¿podía ser que yo lo fuera…?

¡¡¡NO PIENSES EN ELLO!!!

El loco volvió a apuntarme. Apretaría el gatillo en cualquier momento. La mano no le temblaba en absoluto; de pronto parecía tener mucha sangre fría. Casi daba la impresión de que ya cargaba con muchas muertes en su conciencia, seguro que eso tenía algo que ver con algún trastorno en la relación con su madre.

Tenía que impedírselo, tenía que hacer algo para ganar tiempo, y dije lo primero que se me ocurrió:

—¿Habéis probado con terapia?

El loco me miró extrañado y caí en la cuenta de que probablemente aún faltaba bastante para que se inventara el diván de psiquiatra.

Sin embargo, con esa pregunta había impedido que apretara el gatillo; tenía que continuar si quería aumentar mis probabilidades de sobrevivir.

—Me refería a si os habéis planteado alguna vez hablar con alguien sobre vuestra madre castradora.

—¡YO NO TENGO PROBLEMAS DE CASTRACIÓN CON MI MADRE!

—Ya, y por eso gritáis tanto —repliqué con mucha tranquilidad.

El loco se sintió atrapado en falta y bajó ligeramente la pistola. Ahora se trataba de seguir por ese camino:

—Seguro que vuestra madre era muy severa, puede que nunca os abrazara…

—¡Eso no es verdad! —objetó con vehemencia—. Me abrazaba a menudo. Siempre. ¡Incluso me dejaba dormir en su cama!

Los hombres del loco soltaron unas risitas a su espalda. Él empezó a sentirse avergonzado. Mostrándome lo más comprensiva posible, insistí:

—No tiene nada de malo que un niño duerma con su madre.

—¿De verdad? —preguntó inseguro, y bajó del todo la pistola.

Aquello parecía funcionar. Sólo le hacía falta un poco de consuelo.

—Es muy normal —susurré, y su semblante se suavizó—. Y también es muy saludable para el ánimo del crío.

—¿Sí?

—¡Segurísimo! —confirmé.

—¿Aunque el muchacho tenga ya diecisiete años?

Sus hombres se echaron a reír entonces a carcajadas.

Eso hirió visiblemente al loco. Los miró encolerizado y dejaron de reír de inmediato. Luego se dio la vuelta hacia mí, enfurecido. Y yo empecé a balbucear:

—Bueno… a los diecisiete… a algunos… digamos que quizás… les parecería… un poco extraño… Pero…

—¡Te estás burlando de mí! —gritó, y me apuntó con la pistola.

Pronto dispararía. Respiré hondo e intenté tranquilizarme: tal vez Próspero había mentido y a mí todo aquello no me afectaría en nada, quizás no acabaría en el asilo con una apoplejía, sino que despertaría en mi sano juicio en la caravana del circo. Y entonces le metería a Próspero el péndulo allí donde no pudiera volver a usarlo.

El dedo del loco apretó el gatillo muy lentamente, casi con placer. El muchacho vestido de mujer empezó a sollozar y gritó:

—Will… Will… Will.

A saber qué quería decir con eso.

Mi viaje al pasado —o mi descabellado sueño hipnótico— tocaría a su fin tan deprisa como había empezado, y probablemente sería un fin mortal. Se me encogió el corazón hasta convertirse en un grumo apocado.

Entonces oí que la puerta se abría a mi espalda. Me golpeó en todo el espinazo y caí al suelo. Detrás de mí oí unos pasos enérgicos y una voz de hombre:

—¿Qué ocurre aquí?

Abrí los ojos y vi que el loco no estaba demasiado entusiasmado con la interrupción.

—Walsingham, ¿qué hacéis vos aquí?

—He venido a buscar al dramaturgo —explicó un señor mayor con barba, que llevaba un sombrero alto negro y lucía una gran gorguera blanca en el cuello que seguramente identificaba su alto rango.

El viejo tenía el carisma de alguien que no estaba acostumbrado a que nadie le replicara. Probablemente tampoco sobrevivía nadie que le replicara. Y es que lo acompañaban unos soldados que llevaban cascos y corazas ligeras de metal, y daba la impresión de que harían cualquier cosa que aquel hombre les exigiera: luchar, morir, bailar la lambada…

—El dramaturgo debe morir —protestó el loco, a quien el tipo de la gorguera había llamado Drake.

Deduje rápidamente quién de los presentes debía de ser el dramaturgo. Y el hecho de que utilizara el artículo masculino «el» para señalarme confirmó todos mis temores.

—La reina de Inglaterra quiere verlo —dijo el de la gorguera.

La reina de Inglaterra, y claro, primero pensé en la mujer bajita que había obstaculizado el camino al trono a Carlos con su recalcitrante longevidad. Pero, evidentemente, allí habría otra reina. Ni idea de cuál, pero, por lo visto, yo había ido a parar a Inglaterra y, a juzgar por las armaduras, a una época muy anterior.

Todo aquello era, por desgracia, demasiado concreto y consistente para ser una simple alucinación. Porque, pensándolo con lógica, una alucinación debería de componerse de imágenes y de informaciones que se hubieran acumulado en mi subconsciente. Pero yo nunca había estudiado historia de Inglaterra en el colegio, no había visto ninguna película ni ningún documental sobre el tema y ni por asomo me había interesado por ella. Sin embargo, entendía el inglés y lo hablaba todo el rato como si me hubiera criado con esa lengua. Cada vez era más verosímil: había ido a parar de verdad a una vida anterior.

Vaya, hombre, ¿por qué no podía haber aterrizado en un sitio más agradable? Por ejemplo, en Beverly Hills. En una mansión. Como novia de James Dean. Que de vez en cuando, mientras James estaba de rodaje, recibía la visita de un joven Marlon Brando.

Drake seguía apuntándome con el arma, no quería atender al otro hombre.

Contuve la respiración.

—Drake, a la reina no le divertiría que lo matarais.

A mí tampoco, pensé, pero continué sin respirar del miedo que tenía.

Drake me miró, luego miró al tal Walsingham, de nuevo a mí y otra vez a Walsingham, que también lo escrutaba con una mirada sombría y, finalmente, bajó el arma de mala gana.


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Volví a respirar.

—Bien hecho —comentó Walsingham.

—Lo mismo digo —se me escapó.

Los dos hombres me lanzaron una mirada severa. Probablemente no era buena idea hablar más de la cuenta en ese mundo anterior. Por lo tanto, cerré la boca. Drake se retiró a regañadientes con sus hombres, no sin antes susurrarme:

—Esto aún no ha acabado.

—Qué pena —dije suspirando.

¿Cuándo acabaría aquello? ¿Cuándo demonios volvería a despertar? ¿Qué había dicho Próspero? Puede darte la impresión de que vives toda una vida en el pasado. Ay, Dios santo, ¿duraría aquello muchos años?

Mientras yo luchaba desesperadamente contra la idea de tener que vivir mucho tiempo en esa pesadilla, el hombre gordo con el chaleco de colores chillones se sentó resollando en un banco, que se encorvó ligeramente bajo su peso. Se secó con un pañuelo el sudor que le cubría la frente. La situación parecía haberlo agotado, lo más probable es que hubiera perdido tres kilos en los últimos minutos y ya sólo pesara 143. El muchacho, sin embargo, corrió hacia mí y me abrazó sollozando.

—Has sobrevivido, Will…

Entonces comprendí que ése era mi nombre: «Will.»

Walsingham, el de la gorguera, se volvió hacia mí:

—Venid, enseguida.

Asentí educadamente. Quería irme de allí. Y puesto que lo más probable era que una reina viviera en un palacio, allí todo debería de ser mucho más agradable que en ese… Sí, ¿dónde me encontraba realmente? Miré por primera vez con tranquilidad a mi alrededor: parecía un teatro. Seguramente allí se representaban las obras del escritor, que ahora era yo, y el muchacho que me empapaba con sus sollozos el hombro de la camisa era muy probablemente un actor.

Por primera vez sonreí un poco: no era de extrañar que de adolescente me hubiera gustado tanto pensar en musicales, ¡en otra vida había sido escritor!

Sin embargo, no debía de ser muy popular o el tal Drake no habría querido matarme. Walsingham hizo una señal a sus soldados para que arrancaran de mi lado al muchacho. Éste se deslizó hacia el escenario quejándose con vehemencia de la viril rudeza de los soldados, aunque por su mirada podía deducirse que, en sus adentros, la encontraba muy atractiva.

—¡Vámonos! —ordenó Walsingham, cuya autoridad era realmente impresionante.

Yo también habría bailado la lambada antes que ponerme a malas con aquel hombre. O el baile del limbo. Incluso «los pajaritos».

—La reina os necesita, a vos y vuestro arte, Shakespeare.

Pensé que no había oído bien.

¡¿¡Shakespeare!?!

15

¿Yo era Shakespeare? ¿El Shakespeare de verdad? Pero, sobre todo: ¿sería Shakespeare hasta que saliera de aquel embrollo?

Bueno, en cualquier caso, mejor eso que Kafka.

Intenté recapitular a toda prisa lo que sabía de Shakespeare. Tal vez habría algo que podría ayudarme. Nunca había prestado mucha atención en clase de inglés, aunque el profesor siempre nos decía que era importante para la vida conocer bien a Shakespeare. Pero no había comentado nada de una vida anterior. Y desgraciadamente también era un muermo, tenía una voz tan soporífera que podría haber sumido en un profundo sueño incluso a un predicador del odio. Para conseguir que el curso fuera al menos un poco atractivo, un día nos llevó al teatro municipal a ver una función deHamleten la que los actores se pasaban todo el rato brincando desnudos por el escenario. Apenas entendí una palabra del texto antiguo y lo único que aprendí aquella noche para la vida fue que los actores no tienen una bonita profesión.

EstudiamosHamletdurante un semestre entero. O sea que tuvimos que analizar al tipo indeciso que hablaba con espíritus y calaveras durante semanas: no era una figura con la que se identificaran los adolescentes. Al menos, los que no estaban planeando una masacre. No trabajamos otras obras, y si tenía una ligera idea deRomeo y Julietaera porque había visto la película con Leonardo DiCaprio. A juzgar por ella, Shakespeare era un hombre romántico que creía en el verdadero y gran amor. Igual que yo.

—Venid presto —ordenó Walsingham, el Gorgueras, en tono áspero.

Aquel hombre me daba miedo. Me flanquearon dos de sus soldados y otro abrió el portalón. Salimos del teatro, los rayos cálidos del sol me dieron en la cara —en rigor no era mi cara, pero la sentía como mi cara— y vi que me encontraba en una callejuela llena de casas de madera viejas y torcidas. El aire olía tan fuerte a orina como sólo había notado en el centro de Düsseldorf cuando acababa el carnaval. Se veían muchísimas personas, la mayoría vestidas con harapos. Una mujer, calculé que rozaba los treinta, me sonrió:

—Una noche conmigo sólo te costara veinte chelines, cariño.

Como mucho tenía la mitad de los dientes, y los que le quedaban estaban llegando a su fecha de caducidad. Su boca parecía la pesadilla de cualquier fabricante de cepillos dentales.

—¡Lárgate, ramera! —ordenó Walsingham, el Gorgueras.

—También puedo darte placer a ti, viejo —replicó la mujer—, salta a la vista que hace mucho que no has sacado a pasear la cola.

Walsingham contestó fríamente:

—Ya te buscaré si algún día siento la profunda necesidad de que me salgan forúnculos en los genitales.

Acto seguido, la puta se largó ofendida y maldiciendo a Walsingham, deseándole que «sus genitales» pasaran una buena temporada en un tornillo de banco. Walsingham, por su parte, le gritó que el tornillo de banco probablemente lo tenía ella entre las piernas. Por lo visto, en aquella época imperaba la grosería, allí no se percibía nada del romanticismo deRomeo y Julieta.

Los soldados de Walsingham me condujeron hasta un carruaje negro. Él se sentó frente a mí, el cochero se puso en marcha y yo contemplé por la ventana abierta las callejuelas llenas. El ruido que hacía la muchedumbre harapienta era ensordecedor. Su manera de expresarse era mucho más ordinaria que en nuestro tiempo. Y si no escuché mal, las enfermedades de transmisión sexual eran un tema de conversación muy popular. Allí, seguro que mi madre habría encontrado a alguien con quien hablar de sus hongos vaginales.

El carruaje llegó a una gran plaza donde cientos de personas se habían reunido delante de un escenario sobre el que se alzaba un gran tajo de madera. Walsingham dio la orden de detenerse al cochero. La gente vociferaba. Unos soldados subieron a rastras al escenario a un hombre encadenado y maltrecho. Los soldados empujaron al hombre sobre el tajo de madera, de modo que el cuello quedó encima y la cabeza sobresalía por delante. Estaba clarísimo: iban a decapitar al pobre hombre. La gente vociferó aún más entre risas. Había que decirlo: allí, la gente no tenía un buen sentido del humor.

—¡Larga vida a España! —gritó el prisionero.

—España vivirá más que tú —se burló el Gorgueras de Walsingham.

El verdugo levantó el hacha en el aire y el público contuvo la respiración. A mí me pareció un momento oportuno para examinar con interés el tapizado interior del carruaje.

Entonces oí un ruido sordo y, poco después, el júbilo de la masa.

—No habéis mirado, Shakespeare —censuró Walsingham cuando el carruaje volvió a ponerse en marcha.

—Pensé que sería de mala educación vomitar sobre vuestro elegante calzado —repliqué débilmente.

Durante los minutos siguientes estuve en silencio. Para mi corazón civilizado, aquello había sido demasiado. Para mi estómago, otro tanto de lo mismo. Eché de menos mi casa, mi sofá, a Holgi… ¡Jamás en la vida resistiría pasar allí unos años de tiempo percibido!

¿Qué más había dicho el mago chiflado? ¿Cuándo volvería a despertar? Cuando hubiera descubierto qué es el verdadero amor. Pero yo seguía pensando que mi amor por Jan era el verdadero amor, ¿o no?

16

A medida que avanzábamos por la ciudad, todo se iba volviendo más lujoso. Los carruajes se amontonaban en las calles, en muchas casas había picaportes dorados, apenas olía a orines y las mujeres llevaban vestidos con unos corpiños que parecían diseñados por sádicos extremadamente creativos. Casi todos los hombres paseaban con medias elegantes, o sea que las medias no indicaban una orientación homosexual, porque si todos los que llevaban medias eran homosexuales, Inglaterra se habría extinguido rápidamente. No obstante, la moda de los hombres constituía una prueba de que los diseñadores mencionados no eran heteros. Pero ¿en qué época lo han sido?

Un hombre vestido de negro, que tenía algo de monje, se irguió en lo alto de un muro de la ciudad y gritó:

—Son las doce en punto, y sereno en el Reino de Inglaterra.

El tipo debía de ser algo así como el servicio de información horaria local.

—¿Sereno? —ironizó Walsingham—. Una apreciación un tanto eufemística.

No quise preguntar por qué el clima no estaba tan sereno en el Reino de Inglaterra; al fin y al cabo, a mí me iba mucho peor que a la vieja Inglaterra.

—Que a Inglaterra le vaya bien o no depende de vos, Shakespeare.

Lo miré con sorpresa. ¿El destino del país dependía de un dramaturgo? ¿Por qué? Y si realmente era así y yo me encontraba en el cuerpo de Shakespeare, aquello no era una buena noticia para el país.

Ni para mí.

—Y si no cumplís vuestra misión también os irá mal a vos, tanto como al caballero que acabamos de ver.

¡Me lo imaginaba!

El carruaje torció por un camino de grava y subió hasta un palacio. No era el palacio de Buckingham que yo conocía por los documentales sobre la princesa Diana. Aquél era mucho menos ostentoso. Saltaba a la vista que allí vivía una reina que se preocupaba por cosas que no tenían que ver con la decoración. El carruaje se detuvo y nos recibió una guardia de soldados con unos preciosos uniformes azules y rojos. El de la gorguera les indicó con una señal que se apartaran a un lado, y los soldados se apresuraron a cumplir la orden; Walsingham era un hombre de cuyo camino te apartabas con sumo placer. Entramos en las salas de techo alto del palacio. Por todas partes se alzaban imponentes columnas, en las paredes colgaban unos enormes tapices horrorosos y muchas pinturas en las que se veían batallas medievales en las que a nadie le habría gustado participar. Walsingham me acompañó hasta una gran puerta de roble ante la que hacían guardia dos soldados. Se detuvo y me dijo:

—Quiero que me escribáis un soneto de amor.

¿Un soneto? Eso era un tipo de poema, hasta ahí llegaba, pero ¿para qué lo quería? ¿Se había encaprichado de mí? ¿Eran todos homosexuales?

—No será para Inglaterra, ¿verdad? —inquirí.

—No —replicó, y de repente afloró en él algo parecido a un sentimiento—. Quiero entregárselo a una mujer muy especial.

¿Aquel hombre tenía sentimientos? ¿De quién podía haberse enamorado alguien como él? ¿De la bruja mala de Oz? Walsingham se dio cuenta de que lo estaba mirando con escepticismo y recuperó de inmediato la severidad, me agarró por el brazo y se dirigió a la puerta de roble. Los soldados la abrieron velozmente y entramos en una sala al fondo de la cual había una mujer sentada en un trono dorado. Debía de rondar los cincuenta, llevaba un imponente vestido blanco y dorado con corsé y lucía una diadema en la cabeza. Su pelo, recogido en un moño, era rojizo y su cara pálida parecía decir: tengo muy malas pulgas.

—Majestad —dijo Walsingham haciendo una reverencia.

Al darse cuenta de que yo no la hacía, me dio un codazo en las costillas y yo también me incliné de inmediato.

—Dejadnos solos, Walsingham —ordenó la reina.

A Walsingham, eso no le gustó, pero se doblegó a los deseos de la reina y se fue.

—Me alegro de veros, Shakespeare —dijo la reina a modo de saludo, sin que yo tuviera la sensación de que pensara realmente lo que decía.

—Gracias —contesté esforzándome por ser cortés.

—¿Seréis tan amable de acompañarme a mis aposentos privados? —preguntó sin rodeos.

¡Oh, Dios mío! ¿Quería acostarse conmigo la reina?

17

Lo primero que volví a oír fue la voz de la reina diciendo:

—¡Hacedlo por Inglaterra!

Lo siguiente que vi fue a la propia reina. ¿Por qué estaba ante ella? ¿Cómo había ido a parar allí? Hacía un momento, Drake se disponía a cortarme la cabeza con su espada. ¿No lo había conseguido? ¿Tal vez yo ya estaba muerto?

—No temáis, mi querido Shakespeare, no pretendo seduciros —dijo la reina sonriéndose.

Me vino a la cabeza, no sin cierta vanidad, la pregunta: ¿Por qué no? ¿No me encontraba lo bastante deseable?

Me dispuse a plantear la pregunta, pero mis labios no obedecieron y sólo oí salir de mi boca:

—Qué alivio.

Pero yo no quería decir eso.

Además, ¡tampoco era prudente decir algo así!

—¿Os sentís aliviado porque no pretendo seduciros? —me preguntó la reina fríamente—. ¿No me encontráis deseable, joven?

—Bueno, ejem… nosotros dos… no sería apropiado… —dije para salir del apuro.

—Vaya, vaya. ¿No sería apropiado? ¿Y por qué no? —inquirió.

¿Qué debía contestar? ¿Que yo realmente era una mujer en un cuerpo de hombre? Entonces me habría hecho encerrar en el manicomio y no costaba imaginar que, en aquella época, esas instituciones no serían precisamente acogedoras. Así pues, sin darle más vueltas comenté:

—Soy demasiado joven para vos.

¿Demasiado joven para la reina? Dios mío, ¿qué había dicho mi boca? ¡En presencia de la reina no estaba permitido mencionar su edad!

Quería dejar de soltar tonterías. Pero no podía parar, mi boca no parecía unida a mi conciencia. Tampoco podía darle órdenes a mi cuerpo: yo quería salir corriendo, pero él no me obedecía, y yo ni siquiera me lo notaba. Era como si un espíritu se hubiera apoderado de mí. Sí, eso debía de ser, ¡estaba poseído por un espíritu!

La reina me miró sombría.

—Ejem… quiero decir… es culpa mía, naturalmente…, no vuestra… —balbuceé atemorizada.

—¿No es mía? —insistió.

—No, claro que no… Tampoco parecéis tan vieja.

—¿Tan viejaaaa?

Por el amor de Dios, ¿aquel espíritu quería llevarme al cadalso?

La reina me miró fríamente. La frente se me cubrió de sudor y continué hablando con nerviosismo:

—No sois vieja… Como mucho tenéis cincuenta y cinco años… o algo así…


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—Tengo cincuenta y uno —replicó la reina glacialmente.

Ya era una certeza, aquel espíritu quería matarme.

—Ejem… sí, claro… lo sabía, parece que tengáis cincuenta y uno, ni un día más…

—Así pues, ¿no parezco más joven de lo que soy? —la reina siguió apretándome las clavijas.

El sudor me chorreaba por la frente.

—¿Tal vez sería mejor que me callara…? —propuse.

—Una sabia decisión —consideró la reina.

—Una sabia decisión, espíritu —ratifiqué, pero nadie lo oyó, puesto que no podía hablar en voz alta, sólo podía pensar.

—Y ahora, seguidme —ordenó la reina.

Observé indefenso cómo mi cuerpo poseído seguía a la reina y cruzaba una puerta situada detrás del trono hasta un pasillo que conducía al ala privada del palacio.

Dios mío, ¡la de cosas que podría hacer allí el espíritu para llevarme a la perdición!

18

—Vos y yo nunca, nunca, nunca más volveremos a hablar de la edad —ordenó la reina mientras recorríamos un pasillo revestido de madera sin el más mínimo glamour.

La parte privada del palacio era austera. En las paredes había antorchas colgadas, algunas estaban encendidas, puesto que no había suficientes ventanas por las que pudiera penetrar la luz del día. Descubrí un espejo y me paré delante, sumamente intrigada por saber qué aspecto tenía siendo Shakespeare. Vi a un hombre de cabellos oscuros, de veintitantos largos y con un rostro bastante atractivo, seguro que arrasaba entre el otro sexo. También tenía unos ojos muy tristes, de esos que solían despertar el instinto protector en las mujeres. Yo también tenía ojos tristes, al menos eso solía decirme Jan. Quizás era cosa de mi alma inmortal, que paseaba tristemente de vida en vida. ¿Había ido tal vez a parar al pasado para romper el círculo vicioso de mi tristeza?

—No tenemos tiempo para vanidades —apremió la reina y aligeró aún más el paso.

Caminaba a todo trapo a pesar del vestido con corsé, que debía de pesar más o menos como una camioneta.

—¿Conocéis la situación en Irlanda? —me preguntó mientras yo me esforzaba por seguir su marcha.

¿La situación en Irlanda? No la conocía ni siquiera en mi propia época.

—Hmmm —contesté, pues.

Murmurar sin definirme me pareció lo más prudente en esas circunstancias.

—Los irlandeses católicos se han rebelado y están a punto de alzarse con la victoria gracias a la ayuda de los españoles. Si los irlandeses ganan, los españoles se animarán a atacar a Inglaterra. Y nosotros no podremos vencer en esa guerra. ¿Sabéis qué significaría eso?

—Hmmm.

No tenía la más remota idea.

—Los españoles me ejecutarían.

—Hmmm.

—Por lo que parece, no lo lamentaríais mucho.

La reina puso de nuevo cara de no estar muy contenta.

—Oh… quiero decir… sí… sí… Eso me dolería muchísimo…

—Me alegra que mi bienestar signifique algo para vos —dijo la reina con un retintín sarcástico, y se detuvo ante una puerta—. Mi alcoba.

¿Qué quería de mí si no pretendía seducirme? La reina abrió la puerta y entramos en una gran pieza en la que había una enorme cama con dosel, del que colgaban unas cortinas ligeramente transparentes. A través de las cortinas se distinguía la silueta de un hombre que estaba tumbado en la cama y roncaba.

—Y aquí está el problema —dijo la reina.

¿Un hombre en la cama? Bueno, eso era un problema que compartían algunas mujeres.

—Es el conde de Essex —explicó la soberana— y en estos momentos debería estar dirigiendo nuestro ejército en la guerra contra los irlandeses.

Vi una jarra de vino tinto junto a la cama y até cabos.

—Pero ¿está demasiado borracho para encontrar el camino a Irlanda?

—De momento, no encuentra ni el camino a su cama. Y para que nadie de la corte lo vea en este estado, se encuentra en mi alcoba.

—¿Por qué bebe? —pregunté.

—Está enamorado y su amor no es correspondido.

—¿De vos? —quise sonsacar a la reina.

—No —replicó, y en su voz se escuchó cierto matiz de lamento. Por lo visto, sentía algo por él.

La reina Isabel pareció adivinar lo que yo estaba pensando y preguntó con severidad:

—¿No creeréis que yo siento algo por un hombre?

Recé para que el espíritu no contestara. Por favor, por favor, espíritu, cierra tu boca… Quiero decir: ¡mi boca!

—No… no… No lo creo —contesté con nerviosismo—… Vos sois la reina…

—Exacto.

—Y, como tal, los hombres no os importan…

—Exacto —ratificó.

—Bien dicho, espíritu —solté aliviado.

Todavía añadí:

—Seguro que aún sois virgen…

—¿Parezco una vieja solterona? —preguntó la reina ofendida.

Oh, ¡Dios mío!

—Ejem… no… no… No parecéis en absoluto una solterona… Seguro que habéis tenido muchos hombres… —balbuceé.

—¡Arggggg!

—Así pues, ¿creéis que he perdido la inocencia sin estar casada? —preguntó la reina inquisitorialmente.

Dios mío, ¡allí podían usar en tu contra todo lo que decías!

Aquella conversación empezaba a ponerme de los nervios:

—Escuchadme, sinceramente, ¡me da lo mismo si os habéis acostado con algún hombre o no! Pensaba que hablábamos del conde de Réflex.

La reina se quedó sorprendida por mi arrebato, aunque intentó que no se le notara.

—Conde de Essex —me corrigió la reina fríamente.

—¿De quién está enamorado?

—De la condesa María de Warwickshire.

—¿Está casada?

—No, pero no quiere ver a ningún hombre en siete años.

Algunas mujeres lo comprenderían muy bien.

—¿Por qué precisamente siete años?

—Porque entonces terminará el luto. Su hermano ha muerto y eso le ha roto el corazón. María no volverá a la vida normal hasta entonces.

Vaya, por lo visto, la gente de esa época no sólo tenía debilidad por los insultos ordinarios, sino también cierta tendencia a la teatralidad.

—Vos, mi querido Shakespeare, ayudaréis a Essex con vuestro maravilloso instinto para el lenguaje. Escribidle poemas de amor. Escribidle canciones de amor… Haced lo que se os ocurra, lo único que importa es que lo ayudéis a conquistar el corazón de María.

—Para que luego, enamorado y correspondido, masacre a los irlandeses.

—Exacto. ¿Debo mencionaros qué os ocurrirá si fracasáis? —preguntó la reina.

Recordé al verdugo y repliqué:

—No, gracias, ya tengo el estómago revuelto.

La reina asintió, se acercó a la cama y corrió las cortinas de seda.

—Os presento al conde de Essex.

Al ver al hombre que roncaba, me quedé sin respiración. Me mareé. Y no porque exhalara tanto alcohol que podría haber anestesiado a un montón de reses en el matadero. No, me sentí mal por otro motivo: el conde era clavado a Jan.

19

El parecido con Jan era realmente chocante, sólo que el conde llevaba el pelo largo hasta los hombros, como un Beatle en la fase de experimentación con las drogas.

Pero lo más desconcertante, lo más sorprendente, lo más trastornante era que se parecía a Jan el día en que nos conocimos. En que nos enamoramos. En que nos besamos por primera vez. Y en que fue nuestra primera vez.

Después de que lo hubiera salvado, estando aún en la lancha de los socorristas, Jan me invitó a una fiesta informal en la playa esa misma noche. Lo único que tenía que hacer era ir a casa de sus padres en Kampen.

Mientras me arreglaba emocionadísima en la tienda de campaña de Holgi para ir a la fiesta, le pedí a mi amigo que me acompañara a la tierra de los ricos, a Kampen. Pero no quiso porque en el restaurante Mariachi había conocido a un simpático camarero de temporada, español, que, según Holgi, tenía unas castañuelas impresionantes.

Me puse un top, sandalias y mis mejores pantalones cortos, y me fui sola en coche a Kampen. La casa de los padres de Jan era grande y muy bonita. Con el dinero que había costado seguro que se podría haber saldado la deuda exterior de algún que otro país africano. Al llegar, me di cuenta de que los demás invitados no entendían lo mismo que yo por «informal». Mientras que yo me había plantado allí con mi mejor ropa de diario, las mujeres llevaban elegantes vestidos de diseño y los hombres camisetas caras de marca. Sólo una vez en la vida me había sentido tan fuera de lugar. El día en que me senté desnuda en el autobús de línea. Y, afortunadamente, sólo fue un sueño.

Por desgracia, la fiesta en la playa era real. De hecho, pensé en largarme enseguida, pero Jan me saludó:

—Aquí está mi salvadora.

Me llevó a la terraza, que daba directamente a la playa, y me agasajó con champán y gambas a la plancha. Cosas a las que podías acostumbrarte sin problema. Sus amigos me miraron un poco moscas cuando pedí kétchup, pero en general no me trataron con arrogancia, pues había librado a su amigo de morir ahogado. Olivia, que en aquella época ya parecía la mujer perfecta para Jan, me dio las gracias de todo corazón y dijo:

—Le has salvado la vida a un hombre muy especial.

En aquel instante no me tomaba por una competidora, ni le pasó por la cabeza que alguien como Jan pudiera interesarse por alguien como yo. En aquel momento, yo también lo consideraba improbable.

El disc-jockey inauguró el baile, puso la canciónTime of my life, de la películaDirty Dancing, y me entraron ganas de bailar para reducir un poco la tensión. Pero, desgraciadamente, observé que todos bailaban en pareja. Jan y Olivia tenían muy buena estampa, podrían haber participado tranquilamente en un concurso. Me habría gustado mucho estar entre los brazos de Jan en lugar de Olivia, pero no dominaba el disco-fox. De adolescente, me había borrado del curso de baile a la segunda clase porque comprobé que, cuando se trataba de elegir chica, los chicos desarrollaban conmigo una tendencia a la huida parecida a la de los japoneses cuando Godzilla visitaba Tokio.

—¿Quieres bailar, salvadora? —me preguntó Jan cuando la canción acabó.

—Oh, a mí no me gustaDirty Dancing—mentí.

No iba a meter la pata diciéndole que, además de no poder vestir tan bien como sus amigos, también era una nulidad bailando.

—¿Qué te gusta, entonces? —preguntó Jan.

Vi sus maravillosos ojos verdes, y le habría contestado: «Dirty Kissing».

Entonces vi que Olivia miraba hacia nosotros un poco molesta y sólo deseé una cosa: largarme de allí. A ser posible, con Jan.

—Me apetece dar un paseo —contesté.

Para mi sorpresa, Jan no se lo pensó dos veces.

—Fantástico.Let’s go—dijo.

Y, en él, ese «let’s go» no sonó ridículo como en la mayoría de los hombres, sino elegante y sofisticado. Fue increíble: ¡se marchó de su propia fiesta por mí! Caminamos junto al mar, y la luna pareció poner todo su empeño en demostrar lo cursi que podía llegar a ser. Las estrellas brillaban a centenares. Una visión de la que nunca disfrutabas si eras una niña de ciudad.

Jan y yo conversamos de maravilla y nos contamos incluso anécdotas bochornosas: él me explicó que, cuando estaba en el internado inglés, una vez tuvo que mear entre unos matorrales y justo entonces pasó por delante el director del internado, que tenía tan malas pulgas como Severus Snape. Yo le conté que, en una excursión con alumnos de primaria, estando de prácticas, tuve que mear entre unos matorrales y uno de los niños gritó: «Mi móvil nuevo hace fotos.»

Jan se lo pasaba bien charlando conmigo. Según comentó, nunca había hablado con nadie de esas cosas. Y aún menos había podido reírse con alguien de anécdotas tan bochornosas. Cuanto más nos reíamos, menos importancia tenían las diferencias sociales. Cuando nos sentamos en la arena de la playa, vimos pasar un pequeño delfín nadando, una imagen romántica que, sin el desastre del cambio climático, probablemente nunca se habría dado en Sylt. Contemplamos el animal, que saltaba contento sobre las olas, y nos miramos conmovidos. Me abrazó con ternura. Luego me besó. A partir de ese momento, no hubo vuelta atrás para mí: me había enamorado sin remedio. Y él también.

Ahora, delante de mí, en la cama de la reina, había un hombre que era casi clavado a Jan en aquel entonces. Acerqué mi mano temblorosa a su mejilla para cerciorarme de que no era un espejismo, lo toqué… y retrocedí al instante, estremecida. El hombre que tenía ante mí era real, de carne y hueso. Volví a acercarme a él, le acaricié la mejilla con ternura y me invadió el mismo hormigueo agradable de aquel día.

¡¡¡Yo nunca le había acariciado la mejilla a un hombre!!!

—¿Amáis a los hombres? —preguntó sorprendida la reina.

Oh, Dios mío, ¿aquel espíritu pretendía arruinar también mi fama?

—No… no… no amo a ningún hombre —aseguré, y retiré la mano de la mejilla del conde.

Al menos el espíritu no amaba a los hombres. Una menudencia que cabía agradecer.

—No amar a los hombres es una sabia postura —replicó melancólica la reina.

Seguro que había tenido malas experiencias.

Aún le quedaba una advertencia para mí:

—Querido Shakespeare, hay otra cosa que podría complicaros la vida.

—¿Y de qué se trata?

—En la corte hay espías de la Corona española que tienen mucho interés en matar a Essex. Su vida está siempre en peligro y, ahora, la vuestra también.

Ojalá no hubiera preguntado.

—¡Salvad Inglaterra! —me exhortó la reina, y salió del aposento.

Yo estaba demasiado trastornada para despedirme de ella. Simplemente, no podía apartar la vista de Jan…, quiero decir, del conde. Se despertó gruñendo, abrió los ojos y le costó enfocar la vista. Pasó un rato hasta que empezó a hablar:

—¿Dónde… dónde estoy?

—Estáis en la alcoba de la reina —contesté, intentando que no se me notara nada, ni que se parecía a mi ex ni que yo no pertenecía a esa alcoba ni a esa época, por no hablar de ese cuerpo.

—Yo… ¿he hecho algo con la vieja…? —preguntó.

—No, no habéis hecho nada.

—Bien —contestó, y pareció muy aliviado.

Me guardé de decirle que su alivio no entusiasmaría a la reina.

—¿Quién sois? —me preguntó.

A esas alturas, aquella pregunta no era tan fácil de responder. Después de cavilar un momento, opté por la respuesta simple:


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—Soy… William Shakespeare.

—¡No lo eres! —grité desesperado.

—¿Por qué estáis aquí? —quiso saber el conde—. ¿Sois amante de la reina?

—No, no lo soy.

—Entonces, los dos hemos tenido suerte —replicó desperezándose.

¡Incluso se desperezaba igual que Jan!

—¿Qué hacéis aquí? —me preguntó.

—Debo ayudaros a conquistar a María.

—María —suspiró enamorado.

Sus ojos verdes miraron con añoranza a la lejanía. Y yo sentí un soplo de celos. Era totalmente absurdo. ¡Aquel hombre no era Jan!

—María es el amor de mi vida —dijo con melancolía.

—Por mi experiencia, el amor de la vida no dura toda la vida —contesté con tristeza.

—Entonces no sabéis qué es el verdadero amor —contestó despectivamente.

—Eso… puede ser —dije tragando saliva, puesto que, según Próspero, mi tarea consistía precisamente en descubrir eso en el pasado.

—No sé cómo podéis serme de ayuda con vuestra falta de conocimientos, Shakespeare.

—Sinceramente, yo tampoco —contesté en tono apagado, y me eché en la cama de la reina.

El colchón era durísimo, cómo no iba a tener tan mal humor la reina. Dormir en una cama como aquélla debía de ser el infierno.

—¿Sois poeta? —preguntó Essex de repente, después de un rato de silencio.

—No, ¡yo soy el poeta! —exclamé.

—Yo también le escribí un poema a María —explicó Essex.

Antes de que yo pudiera replicar nada, empezó a recitarlo:

—Oh, María, cuando no te veo, siento un gran vapuleo, oh, María, a tu lado iría con brío…

El conde no era poeta.

—Oh, María, si supieras cuánto te ansío…

Haría mejor ultrajando a Irlanda y no nuestra hermosa lengua.

—¿Qué os parece? —preguntó Essex inseguro, y se dio cuenta de que mi entusiasmo era limitado. Por eso, sin esperar respuesta, dijo—: Lo sé… lo sé… Yo no soy poeta. Pero en estos tiempos alocados hay que hacer la corte a las mujeres con poemas. No con hechos. Y yo tengo otros talentos: soy valiente, soy fuerte, soy buen amante…

—Los hombres que afirman ser buenos amantes no suelen ser buenos amantes —objeté.

—¿Y vos cómo lo sabéis? —me preguntó.

—Yo… ejem… lo sé en teoría —repliqué.

Essex se echó a mi lado en la cama, se quedó tumbado muy cerca de mí y esa proximidad me electrizó como aquella vez con Jan.

—¿Podríais hablarle a María en mi favor? —preguntó Essex—. Hablarle bien de mí. Un hombre con vuestro don de la palabra tal vez podría encargarse de que María rompiera sus votos. Tal vez incluso podríais conquistar su corazón para mí.

Me miró suplicante, parecía que su vida dependiera de conquistar a aquella mujer. Eso no me gustó nada. En ese momento sentí realmente celos.

—Veré qué puedo hacer por vos —contesté, evasiva.

La esperanza brilló en sus ojos. Me dio un abrazo y dijo:

—Sois un buen amigo, Shakespeare.

El abrazo me trastornó, casi me sentí como en nuestra primera noche a orillas del mar. ¡Apenas conseguía distinguir entre Jan y aquel hombre!

Trastocada, trastornada, casi espantada, me deshice del abrazo del conde. Sólo me faltaba eso, ¡estar en el pasado y encima enamorarme!

Salí de la alcoba a toda prisa. El conde corrió desconcertado tras de mí, asegurando de nuevo que yo era en verdad su única esperanza de conquistar a María. Me dio un medallón en cuyo interior encontraría una imagen de su adorada para que la identificara. Dejé plantado a Essex y corrí pasillo abajo; al pasar el siguiente recodo me apoyé en la pared e intenté pensar con claridad: deseé encarecidamente que aquel álter ego de Jan no tuviera nada que ver con mi tarea de descubrir qué era el verdadero amor.

Pero, por supuesto, comprendí que así sería.

De algún modo.

Y entonces constaté otro problema: ¡tenía que hacer pis!

20

La problemática de «estoy en otro cuerpo» cobró de repente una nueva dimensión. Urdí a toda prisa un plan para poder manejar esa situación algo delicada: me aguantaría mientras fuera posible. A lo mejor conseguía descubrir qué era el verdadero amor en los próximos quince minutos y volvería a despertar en el presente. Entonces, el problema del pis se habría solucionado por sí solo. Pero notaba bastante presión en la vejiga y, cosa interesante, esa sensación en un hombre era exactamente igual que en una mujer.

Anduve arriba y abajo dando pasitos, inquieta. Cuando me asomé al patio por una ventana y vi una fuente que murmuraba contenta, lo tuve claro: no aguantaría quince minutos. Si no quería hacérmelo encima, tenía que encontrar un lavabo. Ya pensaría en cómo haría pis siendo un hombre cuando llegara el momento.

Así pues, le pregunté a una cortesana emperifollada con un vestido ancho de volantes y exageradamente maquillada que venía hacia mí:

—Perdón, ¿dónde hay un baño por aquí?

—¿Baño? —preguntó extrañada.

—Váter —aclaré.

—¿Váter? —preguntó.

—¡RETREEETEEE!

—Todas las alcobas tienen uno —replicó la mujer mosqueada, y reemprendió la marcha.

Yo esperaba que hubiera aseos públicos. Pero tanto daba, no había otra elección. Abrí la puerta de la habitación más próxima y, afortunadamente, estaba vacía. De hecho, dentro sólo había un escritorio noble con una silla aún más noble delante; parecía tratarse de una especie de despacho. A primera vista no se divisaba ningún aseo. Pero había una puerta de madera forrada de piel. Al otro lado, supuse, podría estar el baño.

Me acerqué, abrí la puerta con ímpetu, y sí, allí había un váter medieval: una gran caja de madera noble, con un agujero rodeado de cojines donde podías sentarte. O sea que podría haber meado allí tranquilamente.

Lástima que la reina ya estuviera sentada en él.

En plena faena real.

Me vio.

Y no le hizo ninguna gracia.

En verdad, habría preferido renunciar a esa visión.

La reina me miraba con extrema frialdad, la temperatura ambiente descendió perceptiblemente varios grados.

—Ejem… ¿así que está ocupado? —comenté, intentando romper el hielo.

Los ojos de la reina se fruncieron hasta convertirse en una ranura, y yo empecé a temblar.

—No es lo que creéis… —intenté tranquilizarla.

—¿O sea que no estoy sentada delante de vos en el retrete? —preguntó la reina gélidamente.

—De acuerdo, sí es lo que creéis —reconocí por fuerza.

—Alegraos de que aún os necesite para salvar Inglaterra —explicó con voz de hacha de verdugo—. Y ahora desapareced tan deprisa como podáis.

—¡Ya me voy! —contesté, cerré de un portazo y salí corriendo tan deprisa como pude para volver al pasillo.

Lo supe a ciencia cierta: la visión de la reina en el retrete me perseguiría hasta el final de mis días.

Cuando me detuve, me di cuenta de que, del susto, ¡aún tenía más urgencia! A través de una ventana, mi mirada fue a parar a los jardines del palacio y se me ocurrió que las mujeres siempre envidiábamos a los hombres porque podían mear sin problemas entre los arbustos. Así pues, decidí ir al jardín a hacer precisamente eso. Al llegar al exterior, lo primero que vi fue de nuevo la fuente, que con su murmullo hizo que mi problema se acuciara aún más. Corrí hacia el matorral más cercano y rumié cómo debía manejar la situación: decidí bajarme las medias, no tocar nada por abajo ni tampoco mirar. Para que todo se desarrollara sin manos y sin que me alcanzara el chorro, me incliné ligeramente hacia delante.

El espíritu se complicaba la vida para hacer aguas menores.

Me alivié y de repente oí ladridos a lo lejos.

¡Los perros guardianes de la reina!

Parecían perros.

Si el espíritu no se subía velozmente las calzas y echaba a correr, los perros me morderían en mis partes ¡y en el futuro yo también podría interpretar papeles de mujer en nuestro teatro!

Parecía que los perros se acercaban. Me subí las medias.

—¡Corre! —le grité al espíritu, pero no me oyó.

Ya podía ver a los perros, eran dos dóbermans que recordaban aZeusy aApolo, de la serieMagnum, aunque se los veía aún menos mimosos. De repente oí gritar a una voz en algún sitio:

—¡Correeeeeeeeeee!

Pensé que, gritara quien gritara, era una buena idea y salí a la carrera entre los matorrales, por los caminos de grava bien trazados…

Estaba pasmado, el espíritu echaba a correr. ¿Me habría oído?

Corrí y corrí, los perros me perseguían y acortaban la distancia. Deprisa.

—¡Más deprisa! —grité.

Eso también era una buena idea. Corrí aún más deprisa.

¡El espíritu podía entenderme! Mis gritos lo habían empujado a escucharme.

Por muy deprisa que corriera y por mucho que mi cuerpo de Shakespeare fuera notablemente más atlético que mi cuerpo de Rosa (lo cual tampoco era especialmente difícil), no podía escapar de semejantes perros. Aquellas bestias estaban ya a pocos metros de mí. Vi que enseñaban los dientes y pude distinguir en sus ojos una especie de ilusión por el sabroso bocado. El miedo me impedía percibir las cosas claramente, entonces oí exclamar a la voz:

—¡Trepa al muro!

Los canes casi me habían dado alcance y pronto me convertiría en comida para perros. Pero, afortunadamente, en ocasiones así la adrenalina invade el cuerpo humano. Justo cuando el mal aliento de los perros penetraba en mi nariz (¿con qué los alimentaban, contzatziki?), hice acopio de mis últimas fuerzas, pegué un brinco y seguí corriendo hacia el muro. Los perros ladraban como locos y daban dentelladas al aire. Uno de ellos, un poco más grande, le dio un mordisco a la manga de mi camisa abullonada, pero sólo agarró la tela, no mi brazo.

Los perros pronto despedazarían mi cuerpo. ¿Qué había hecho yo para merecerlo? De acuerdo, sabía perfectamente qué había hecho para merecerlo. Cargaba con una gran culpa. Entonces me vino a la cabeza una idea tan obvia como espeluznante: ¿era aquel espíritu un espíritu vengador?

Alcancé el muro jadeando y trepé deprisa a lo alto, un logro que mi cuerpo de Rosa no habría conseguido ni siquiera con todas las drogas que produce el propio cuerpo. Di una voltereta en lo alto y me tiré al otro lado. Caí a plomo sobre un césped blando y oí a los perros aullar, frustrados porque les habían quitado su comida. Respiré con dificultad y me sequé el sudor de la frente.

—¿Puedes oírme, espíritu? —pregunté, intentando disimular el miedo de que se tratara de un terrible espíritu vengador.

Miré asustada a mi alrededor, pero no se veía a nadie.

—Estoy aquí dentro, espíritu.

La voz procedía realmente de mi interior. Y le pregunté:

—¿Quién eres?

—Quién voy a ser… Soy William Shakespeare.

21

Así pues, no sólo estaba en el cuerpo de Shakespeare, sino que también me encontraba con Shakespeare en el cuerpo de Shakespeare. La cosa se ponía cada vez mejor. El único pequeño consuelo era que no estaba con Kafka en el cuerpo de Kafka.

—¡Deja libre mi cuerpo, espíritu!

¿Shakespeare me tenía por un espíritu? Bueno, seguramente eso tenía lógica para él; en su época, la gente era supersticiosa y él no se había apuntado como yo a un seminario involuntario de regresión con Próspero. Con todo, sorprendía que aquello no fuera un simple viaje hipnótico, en el que se estimulaban y despertaban algunas áreas desaprovechadas del cerebro con ayuda de las cuales podías recordar una vida anterior. Aquella regresión funcionaba de otra manera, como un auténtico viaje en el tiempo. Así que a eso se refería Próspero al decir que los monjes shinyen habían descubierto cómo se puede enviar la conciencia de viaje al pasado. Si algún día daba con esos monjes, les daría una patada de aúpa en sus cuencos tibetanos.

—¿Me has oído, espíritu?

—Sí, habláis en voz bien alta —contesté en pensamientos. Pasé del «tú» al «vos» más respetuoso; después de todo, estaba hablando con Shakespeare.

—¿Espíritu? Te he hecho una pregunta.

No me había oído. Eso significaba que yo podía oírlo en pensamientos, pero cuando yo hacía lo mismo, Shakespeare no me entendía. Por lo visto, sólo funcionaría si lo decía en voz alta:

—Sí, puedo oíros.

—¿Eres… eres un espíritu vengador?

—No… no lo soy.

—¿Lo juras?

Quería quitarle un poco el miedo a Shakespeare, y por eso dije:

—Lo juro por lo más sagrado.

—Gracias a Dios…

—Me llamo Rosa —me presenté.

—¿Eres una mujer?

—No, ¡un caniche! —dije irritada—. Pues claro que soy una mujer.

—Eres respondona, luego eres realmente una mujer. Eso explica también tu manera poco ortodoxa de hacer aguas menores.

—Creo que en las próximas horas beberé muy poco para evitar esas situaciones —contesté.

—¿Qué significa eso…? Tú… tú… ¿no vas a salir de mi cuerpo?

—Lo siento, pero no puedo —le confesé.

—¡¿No puedes?! ¿Qué significa eso?

—Creedme, si pudiera, lo haría de inmediato. Pero el hombre que me ha enviado…

—¿Qué clase de hombre? —la interrumpí.

—Bueno… ejem… era una especie de mago…

—¡Entonces tenemos que ir de inmediato a ver a ese mago!

—Vive… vive demasiado lejos para ir a visitarlo —aclaré compasiva.

Lo de que la distancia no era tanto espacial como temporal, me lo guardé. Antes de que Shakespeare pudiera replicar, se acercó un soldado joven y grandullón.

—Eh, ¿qué haces tú aquí? —me preguntó de malos modos.

Levanté la cabeza para mirarlo y contesté ciñéndome a la verdad:

—La respuesta es bastante compleja.

—¿No serás un espía español que planea un atentado? —inquirió el soldado, y puso la mano en la espada, listo para desenvainar.

Aquella gente estaba empezando a hincharme las narices con su agresividad latente, y por eso contesté con un ligero deje de irritación:

—¿Qué espía español que preparara un atentado contestaría a esa pregunta diciendo: «Sí, soy un espía español que prepara un atentado»?

El soldado me miró muy ofendido y desenvainó la espada.


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—Espíritu, tienes tendencia a meterme en líos.

—Haced el favor de cerrar la boca —grazné.

El soldado, que no podía oír a Shakespeare, contestó desconcertado:

—Pero… si no he dicho nada.

—Yo tampoco hablaba contigo —le expliqué.

El soldado miró a su alrededor y afirmó confundido:

—Pues aquí no hay nadie más.

Sin duda, le dio la sensación de que le estaba tomando el pelo y me puso la espada en el gaznate. En ese instante, noté que yo tenía nuez.

—Yo, ejem… Hablaba conmigo mismo —balbuceé.

—¿Contigo mismo? —El soldado estaba sorprendido.

—Me reprendía por haber sido tan insolente contigo —mentí—, y por no haber tratado con el merecido respeto a un hombre como tú, que lucha con tanta valentía y honor por su reina.

El soldado se sintió muy halagado, y Shakespeare me elogió por ello:

—Eso no ha sido del todo necio, espíritu.

—Gracias —contesté. Y el soldado afirmó de nuevo confundido:

—Si ahora tampoco he dicho nada…

—Pero he visto comprensión en tus ojos.

El soldado movió la cabeza asintiendo, gritó «¡Larga vida a la reina!» y se fue. Respiré hondo. Eso sí, sólo un momento, ya que Shakespeare preguntó:

—¿Y qué haremos ahora? —inquirí impaciente.

Me devané los sesos pensando en ello: tenía que salir de algún modo de aquel embrollo. Sólo lo conseguiría si descubría en qué consistía el verdadero amor. Y la única pista que tenía hasta entonces era que el conde se parecía a Jan.

—¿Tienes por fin una respuesta a mi pregunta, espíritu?

—Dejad de llamarme «espíritu». ¡Me llamo Rosa! —contesté crispada.

Una voz cortante preguntó sorprendida a mi espalda:

—¿Os llamáis Rosa?

Me volví y vi al Gorgueras de Walsingham. No me había dado cuenta de que se había acercado; aquel hombre era como una sombra silenciosa. No supe qué contestar y balbuceé:

—Ejem… yo… yo…

—… estoy ensayando una nueva obra —le apunté al espíritu.

No estaría bien que Walsingham pensara que yo estaba loco. Comparadas con las casas de locos de Londres, las mazmorras de la Torre eran un pedacito de paraíso.

—Estoy ensayando una nueva obra —contesté a Walsingham, tal como Shakespeare me había dictado.

—Ajá —replicó Walsingham. Pareció que se lo tragaba, y luego preguntó—: ¿Y por qué estáis aquí fuera?

—Bueno, ejem… tenía que hacer pis —contesté ciñéndome a la verdad.

Walsingham me miró indignado, y si alguien podía mirar indignado, ése era él. Señaló con la mano un carruaje que estaba cerca y le hizo señas al cochero para que se aproximara.

—El carruaje os llevará ahora de vuelta y os recogerá mañana para ir a la finca de la condesa María. Os aconsejo que tengáis éxito haciendo de alcahuete. La Torre ya está abarrotada de enemigos de Inglaterra y no me gustaría que los verdugos tuvieran que trabajar aún más por vuestra causa.

—Yo… también estoy a favor de la jornada laboral regulada —contesté tragando saliva.

—¿Jornada laboral regulada? —preguntó Walsingham enarcando una ceja ligeramente perplejo.

Puesto que no parecía una persona muy abierta a las ideas sindicalistas, contesté:

—Olvidadlo. —Y subí rápidamente al carruaje.

Poco antes de que cerrara la puerta, Walsingham todavía me susurró al oído:

—Y acordaos del soneto que debéis escribirme. Os lo advierto. Si es malo, también haré que os encierren en la Torre.

El carruaje se puso en marcha, miré por la ventana a aquel hombre enigmático y suspiré.

—Ese tipo no tiene una manera muy agradable de motivarte.

—¿No conoces a Walsingham, Rosa?

—No soy de aquí —contesté—, y me gustaría añadir de todo corazón: ¡gracias a Dios!

—Walsingham es el hombre más poderoso del reino, los servicios secretos están a sus órdenes. Es el más estrecho consejero de la reina y durante casi una década también fue su amante secreto. Luego ocurrió algo entre ellos. Nadie sabe qué fue. Probablemente la menopausia.

—O Essex —repliqué.

—¿Essex?

—La reina siente algo por él, eso salta a la vista.

—La reina es incapaz de albergar verdaderos sentimientos.

—¿Porque es una reina?

—Porque es una mujer poderosa.

—Vaya, no me gustaría veros en un debate con Alice Schwarzer —comenté.

—¿Quién es Alice Schwarzer? ¿Una dama atractiva?

—Una feminista que se os comería en el desayuno.

—Yo nunca me quedo a desayunar con una mujer.

—Con vuestra actitud no es de extrañar que las mujeres no os inviten.

—A las mujeres les gustan los cumplidos. Y yo tengo talento para los cumplidos.

Aquel hombre tenía una curiosa imagen de las mujeres y, como diría mi alumno con problemas de pronunciación, era un hilipoias redomado. Si ésa era realmente mi alma en una vida anterior, no la soportaba.

22

—Los cumplidos son los atrapamoscas de las mujeres.

—Y pensar que en mi época creen que erais un romántico —dije sacudiendo la cabeza.

—¿En tu época? ¿Qué quieres decir? —pregunté desconcertado.

¿Debía explicarle a Shakespeare de dónde venía? Eso seguramente dinamitaría su imaginación. Así es que decidí mentirle un poco:

—Me refería a mi tierra.

—¿No eres de Londres?

—No, nací en Wuppertal… —empecé a decir, y Shakespeare me interrumpió antes de que pudiera explicarle que ahora vivía en Düsseldorf.

—Wuppertal, nunca he oído hablar de ese lugar.

—Tampoco os habéis perdido nada.

—Y en… Wuppertal… ¿han oído hablar de mí? —Me sentía muy halagado.

Estaba claro que el poeta necesitaba que le mimaran el ego. Pero ¿quién no lo necesitaba? A mi propia inseguridad siempre le había ido bien que Jan dijera que me encontraba guapa. Por eso aún dolía más que ahora se lo dijera a Olivia.

—¿Qué dice de mí la gente de Wuppertal? —pregunté, ansioso por saber el eco de mi fama en el mundo.

Pensé un momento qué debía contestar y llegué a la conclusión de que Shakespeare estaría más a buenas conmigo si lo halagaba. Por eso contesté:

—Admiran vuestras obras.

—¿Alguna en especial?

—Hamlet… —Mencioné la única que había estudiado en el colegio.

—Hamlet, pero si aún no la he terminado —repliqué con perplejidad.

—Bueno… ejem… La fama precede a la obra incluso antes de estar terminada —me apresuré a decir.

—Con razón, será una comedia magnífica.

—Ejem… ¿Comedia? —pregunté sorprendidísima.

—Trata de un danés que no consigue decidirse —expliqué—. Por ejemplo, si Hamlet va a una taberna, se pregunta: «Tomo vino o no tomo vino». Y si quiere comer algo, reflexiona: «Como cerdo o no como cerdo»…

Por lo visto, Shakespeare aún estaba muy lejos de la versión definitiva de la obra. Aún era un hombre relativamente joven. Me pregunté qué lo habría movido en el transcurso de los años a convertir una comedia en una tragedia.

—… Y si Hamlet yace desnudo en la cama con una mujer, se pregunta: «entro o no entro»…

—Os agradecería que no prosiguierais —le pedí entonces.

—Como quieras, espíritu… Ya me callo —contesté un poco dolido de que no quisiera saber nada más de mi nueva obra.

—Bien…

—Puedo estar callado como una tumba…

—Es bueno saberlo…

—Para ser exactos, comparada conmigo, una tumba es una auténtica cotorra…

—Perfecto…

—Y yo…

—¿Shakespeare?

—¿Sí?

—¡¡¡Cerrad el pico de una vez!!!

El espíritu era más maleducado que una prostituta infectada de hongos.

Mientras Shakespeare por fin se callaba y el carruaje cruzaba las zonas pudientes de la ciudad, jugueteé con el medallón donde se encontraba el retrato de la condesa María. Entonces me asaltó un terrible pensamiento: ¿Y si aquella mujer se parecía a Olivia igual que Essex se parecía a Jan?

La idea me puso muy nerviosa y se me humedecieron las manos.

Ahora, encima, el espíritu se ponía a transpirar. ¡Con mi cuerpo!

Decidí contar mentalmente hasta tres y luego abrir el medallón. Y mientras contaba, no dejaba de pensar:

«Uno: Ojalá la condesa no se parezca a Olivia.»

«Dos: No soportaría que Jan y ella también acabaran siendo pareja aquí.»

«Tres: Porque eso probablemente significaría que sus almas se habían amado a lo largo de los siglos.»

«Cuatro: En cuyo caso Olivia, y no yo, sería para Jan el gran amor de su vida.»

«Cinco: Ya había contado hasta tres.»

«Seis: Volveré a contar hasta tres.»

«Uno: Estoy demasiado jiñada para abrir el maldito medallón.»

«Dos: Pero también tengo demasiada curiosidad para dejarlo correr.»

«Tres: ¿Qué hago?»

«Cuatro: Debería practicar otra vez lo de contar hasta tres.»

«Cinco: O sea, volver a empezar desde el principio.»

«Uno: Ah, ¡qué caray!»

Abrí el maldito medallón.

La mujer del retrato no se parecía a Olivia.

No, ¡era una versión todavía más guapa y encantadora de Olivia!

Por lo visto, no sólo yo había vivido en esa época, sino también Jan y Olivia. ¿Sería que sus almas habían vagado de vida en vida, siempre en circunstancias distintas? A lo mejor sus almas ya se habían enamorado en la época de los romanos o en el antiguo Egipto, o habían recorrido ya nuestro planeta en la Edad de Piedra. Tal vez Jan fue un hombre prehistórico llamado Urghh, y Olivia una mujer prehistórica llamada Uftata, y un día Urghh le sacudió un mazazo en la cabeza a Uftata, la arrastró hasta su cueva y allí se lo montó con ella.

¿Tenía que aprender algo de todo eso? ¿Que existe el verdadero amor entre dos almas predestinadas? ¿Que había que dejar que ese verdadero amor siguiera su curso en vez de interferirlo como yo había hecho? Yo me había cuidado de que Jan estuviera unos años conmigo, hasta que, como él había dicho, había encontrado «el amor más profundo, maduro» con Olivia. Lo habría encontrado mucho antes si yo no me hubiera entrometido. ¿Había sido yo una mera interferencia en el ciclo eterno del amor?

Sí, creo que era eso: el verdadero amor entre dos almas existe. Recorre milenios. Y está predestinado. Y yo tenía que hacerle el favor de no cruzarme en su camino. Había aprendido la lección en el pasado. Una lección terriblemente dolorosa.

Entonces pensé que en cualquier momento despertaría de nuevo en la caravana del circo.

Pero no lo hice.

Esperé. Y esperé. Y esperé. Pero seguía sin despertar. Me incorporé, me asomé por la ventana abierta del carruaje en marcha, miré hacia el cielo y grité desesperada:

—¡Lo he pillado! ¡Misión cumplida!

Y me acordé de que George Bush había anunciado lo mismo en la guerra de Irak: «¡Misión cumplida!»

El espíritu no sólo era maleducado, también desvariaba como un perro castrado intentando fornicar con una castaña.

No tenía ni idea de a quién le gritaba. ¿A Dios? Bueno, seguro que toda esa idea de las almas había sido suya. Y fijo que también había inventado lo del amor. ¿Quién más podía haber sido? ¿O eran las almas simplemente algo que se originó sin la intervención de un poder superior? ¿A través de la evolución? ¿Un simple elemento de la naturaleza? Entonces, la cuestión de qué almas estaban predestinadas para qué almas y cuáles no tampoco tenía nada que ver con un ser divino, sino con la biología. Una biología que los humanos simplemente todavía no conocíamos, por no hablar de comprenderla. Y si la evolución había producido las almas, entonces no tenía que gritarle a un dios en el cielo. Al parecer, lo que mi alma tenía que aprender era otra cosa. Pero ¿qué podía ser? ¿Qué tenía que saber yo del verdadero amor de las narices?

23

Tenía que librarme imperiosamente de aquel espíritu. No quería ni pensar que mis hijos se encontraran con él. Quedarían trastocados de por vida. Más de lo que ya estaban a causa de su madre.

Pero ¿cómo escaparía del espíritu? Mientras reflexionaba sobre esa cuestión, me noté muy cansado. Estar poseído por un espíritu, hablar con él, estar a su merced, me exigía una fuerza casi hercúlea. Cada vez me costaba más pensar; aun así, poco antes de perder el sentido, se me ocurrió una solución al dilema: la única persona que podía sacarme de aquella pesadilla era el gran alquimista John Dee, un hombre que conocía los secretos de la magia negra mejor que mi amigo Kempe a las prostitutas de Londres. Ese alquimista ya había obrado maravillas: había hecho fértiles a los infértiles e infértiles a los fértiles, y se decía que incluso había inventado una píldora que estimulaba a los hombres viejos en el trato carnal. Sólo con ese invento habría podido acumular más oro del que había en el Tesoro de Inglaterra. Sin embargo, por alguna razón oscura, eso no le interesaba. Según decían, lo único que le interesaba eran las lejanas tierras asiáticas: sus religiones, usos y costumbres. Habría podido comprenderlo si le interesaran las mujeres asiáticas. Pero sus gustos no importaban, él podría ayudarme. Sólo había un problema: ¿cómo conseguiría llevar al espíritu hasta el alquimista? Y, mientras cavilaba sobre la cuestión con mis últimas fuerzas, perdí definitivamente la consciencia.

Contemplé desde el carruaje la agitada vida de Londres. Los comerciantes, los paseantes, los niños que correteaban por las calles con camisas hechas jirones, todos eran mucho más ruidosos que la gente de nuestro tiempo. Renegaban más alto, hablaban más alto, reían más alto… Simplemente, eran mucho más animados. Si aquellos londinenses no hubieran tenido tan mal la dentadura, casi habrías podido envidiarlos por su vitalidad.

Con todo, seguro que ellos tenían una existencia más complicada y más problemas que nosotros en nuestro tiempo. Sí, claro, nosotros también lo teníamos complicado con el miedo a perder el trabajo, la globalización o el cambio climático, pero, si lo comparábamos con la vida de la gente que había vivido en los milenios anteriores (ya fuera la mujer prehistórica Uftata, los esclavos romanos o las amantes de Gengis Khan), lo teníamos bastante bien.


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Por otro lado, ¿de qué servía la comparación? Como solía decir mi padre: «Por desgracia, mi ciática no mejora porque la gente pase hambre en África.»

Aquellas gentes no se lamentaban de nada, a pesar de tantas fatigas: en vez de eso, renegaban, vociferaban y gritaban. Y mientras las miraba, no pude evitar pensar que, en mi época, llevaban siglos muertas. Hacía mucho que eran polvo en la tierra, incluso sus ataúdes eran polvo en la tierra, y probablemente también lo eran sus lápidas. Aunque vivieran ochenta años, su existencia sólo sería un abrir y cerrar de ojos en el curso de la historia del mundo. Lo mismo valía para la gente de nuestra época en el tercer milenio. Todo lo que tanto nos alteraba acabaría siendo completamente insignificante en el transcurso del tiempo: las crisis económicas, las catástrofes climáticas, las tarifas de los móviles…

Todos éramos de lo más efímero.

El único consuelo era que, por lo visto, el alma renacía aunque no nos diéramos cuenta. Al parecer, el alma vivía su propia vida inmortal, mientras todo lo demás moría: tanto los distintos cuerpos que albergaban sucesivamente el alma, como el espíritu que constituía nuestro «yo», nuestra personalidad, nuestra individualidad. El «yo» consciente de mí, Rosa, moriría. Lo único que siempre quedaría era el alma, una sustancia eterna sin conciencia.

Me pregunté si aquella gente haría las cosas de otra manera si supiera lo que yo sabía ahora: que su «yo» era efímero. La mujer gorda con una falda raída, ¿se enfadaría tanto porque las manzanas que pretendían venderle estaban carcomidas por los gusanos? El viejo de las calzas demasiado ceñidas, ¿seguiría permitiendo que su mujer se burlara de él diciendo que era «hombre con unos cataplines que parecían ciruelas pasas»? La condesa María, ¿lloraría la muerte de su hermano durante siete años si supiera que no habría muchos más períodos de siete años en su vida? El chaval de unos once años que se ofrecía en la calle a los viandantes para echar las ratas de sus casas a cambio de dinero, ¿no iría a la escuela si fuera más consciente de que sólo podía desarrollar esa vida?

Y yo, ¿me habría hecho maestra?

Más bien no.

En aquel instante comprendí cuánto tiempo precioso había malgastado ya. Por ejemplo, con mi primera experiencia sexual. Y con la segunda. Y con muchas otras. Y con mis primeras relaciones. En total, eso sumaba aproximadamente una tercera parte de mi vida, que había malgastado y nunca recuperaría.

Además, aún había un montón de cosas que no había apreciado en mi vida y de las que, visto en retrospectiva, debería haber disfrutado más: el tiempo que mis padres querían pasar conmigo. Tampoco había sabido valorar nunca debidamente el tiempo que pasaba con Holgi (siempre pensaba que necesitaba amigas de verdad, como las chicas deSexo en Nueva York, pero Holgi siempre estaba a mi lado: cada vez que me emborrachaba, él me llevaba a la cama y así impedía que pasara noches enteras durmiendo con la cabeza metida en la taza del váter) y, naturalmente, también contaba el tiempo que había pasado con Jan y que yo, tonta de mí, no había disfrutado lo suficiente porque estaba preocupada por el miedo a que me dejara por otra, más inteligente y hermosa. ¿Tal vez era eso lo que tenía que aprender? ¿Que debía disfrutar más de la vida? ¿Que el verdadero amor se centra en la vida?

Si era así, aún me quedaba un largo camino por delante.

24

El carruaje llegó al empobrecido barrio donde se encontraba el teatro en cuyo escenario yo había aterrizado en el pasado por la mañana. El cochero me dejó delante del Rose y me recordó que pasaría a buscarme al día siguiente para ir a ver a la condesa María. No me apetecía nada encontrarme con una reencarnación (o mejor dicho, una predecesora) de Olivia, pero aún tenía menos ganas de que me encerraran en la Torre. Así pues, le dije al cochero:

—Hasta mañana.

Cuando se fue, pregunté:

—¿Qué hacemos ahora, Shakespeare?

No recibí respuesta.

—¿Shakespeare? ¿Me habéis oído?

No dio señales de vida. O aún se sentía ofendido o había abandonado el cuerpo. Eso habría sido al menos una suerte en la desgracia. A falta de alternativas, me dirigí al teatro. En ese momento, cientos de personas acudían en masa al edificio para ver la función. La mayoría llevaban ropas harapientas. Al parecer, en esa época el teatro no era para ciudadanos cultivados, sino que más bien era comparable al cine en nuestra época, aunque, afortunadamente, sin palomitas ni nachos con salsas que causaban los mismos estragos en las paredes del estómago que los ácidos de Alien en el suelo de la nave espacialNostromo.

Sentí curiosidad y decidí seguir a la gente, sobre todo porque, según deduje a partir de un cartel, se representaba la mejor comedia que la humanidad jamás había visto:Trabajos de amor perdidos. En lo que respecta a textos publicitarios, el teatro de entonces y el cine actual también eran comparables. Sólo cabía sorprenderse de lo poco que había evolucionado la industria publicitaria con el paso de los siglos.

En la entrada del Rose estaba el joven vestido de mujer que había visto por primera vez en el duelo con el loco de Drake. Se alegró muchísimo de verme y chilló emocionado:

—Will, temíamos que Walsingham te hubiera encerrado en la Torre.

Me abrazó y me dio cientos de besos en las mejillas, se comportaba como Bruce Darnell hasta los topes de éxtasis.

—Lo de la Torre aún podría ocurrir —contesté con un deje de fatalismo, y aparté educadamente al joven.

—¡Hola, bardo! —resonó una voz detrás de mí.

Era el gordo con el chaleco de colores chillones. Me agarró por los hombros con sus zarpas, tan fuerte que fue un milagro que no me rompiera en mil pedazos.

—Después de la función —atronó—, ¡iremos a emborracharnos!

En vista de las circunstancias, emborracharse era una idea muy atractiva, y tampoco quería hacerle un desaire a aquel tipo simpático. Lo último que necesitaba era que a alguien le asaltara la sospecha de que yo no era Shakespeare. Así, pues, contesté:

—Eso estaría bien.

—¡Y nos zamparemos unos muslos de pollo asados! —exclamó contento el gordo.

De hecho, me ladraba el estómago y, puesto que deduje que los muslos de pollo asados no tendrían un sabor muy distinto a los de nuestra época, contesté de nuevo:

—Eso aún estaría mejor.

—¡Y luego fornicaremos con las prostitutas! —exclamó el gordo radiante de ilusión.

—¿QUÉ?

—Fornicaremos con las prostitutas. Hasta que nos paguen de puro agradecimiento.

—¡No, gracias! —me apresuré a contestar.

—¿Por qué no? —preguntó el gordo, sorprendido.

—Porque no —contesté.

—¿Y por qué no?

Con las prisas, sólo se me ocurrió una respuesta típica.

—Tengo la regla.

—¿Que tienes… QUÉ? —El gordo estaba estupefacto.

—Ejem… —me corregí deprisa y corriendo—, quiero decir que tengo la regla de no dormir con prostitutas.

—Pues ayer no tenías esa regla.

¿Shakespeare frecuentaba los burdeles? Mi alma me resultaba menos simpática a cada segundo que pasaba.

—Yo mismo te elegí la prostituta —prosiguió el gordo—. Se llama Kunga y viene de tierras lejanas de África. Sabe hacer cosas maravillosas en el trapecio…

—¿En el trapecio? —pregunté con desasosiego.

—Sí, se cuelga cabeza abajo y cuando el hombre que tiene delante se desabrocha los…

—¡No te lo he preguntado! —me apresuré a interrumpirlo.

—¿En serio no quieres acompañarme? —El gordo estaba muy desilusionado.

—No, no… Necesito dormir urgentemente.

—Shakespeare, ahora mismo no me gustas nada —comentó el gordo, y me miró lleno de preocupación, como siempre hacía Holgi. ¡Exactamente igual!

Luego cantó una canción tonta, igual que hacía Holgi:

—¡Runga, Kunga, tú te pierdes a la chatunga!

Sus rimas eran igual de malas que las de Holgi. Además, el gordo se parecía mucho a mi mejor amigo en su manera directa de ser. ¿Sería que no sólo las almas enamoradas se arrastraban juntas a través de los siglos, sino que también lo hacían las almas amigas?

—Empieza la función —gritó el chico vestido de mujer, y salió corriendo hacia la parte de atrás del escenario.

El gordo lo siguió y quiso que yo lo acompañara. Pero, en primer lugar, yo no tenía ganas de seguir escuchando sus canciones sobre las cualidades de Kunga y, en segundo lugar, quería quedarme entre el público. La gente estaba de pie alrededor del escenario, sólo había asientos en la parte de arriba para los pocos nobles que se atrevían a frecuentar la zona. El ambiente no era como en el cine, sino que se parecía más bien al de un concierto de rock. Y las estrellas eran los actores. Nada más salir a escena los primeros, el público ya lanzó gritos de alegría. Empezó la obra y los espectadores disfrutaron huyendo de sus duras vidas y dejándose llevar a las imaginarias tierras de Navarra, donde el joven rey y sus amigos prestaban juramento de no relacionarse con mujeres y dedicarse únicamente al estudio de la literatura y la ciencia. Como era de imaginar, esa promesa no resultaba fácil de cumplir, pues la princesa de Francia y sus amigas aparecían en Navarra y los jóvenes nobles se volvían locos por ellas. Una historia de amor delirante, al estilo de las que conocíamos por las comedias de Hollywood, se puso en marcha sobre el escenario. Al público no le molestaba que el reino de Navarra donde transcurría la acción se ilustrara con poquísima escenografía (desde una perspectiva moderna, francamente ridícula). No necesitaban grandes decorados, ni efectos especiales que costaban una millonada; se los imaginaban gracias a los actores. Y eso que hacía falta mucha imaginación: por algún motivo que se me escapaba, todos los papeles femeninos estaban interpretados por jovencitos, con lo cual las escenas de amor tenían cierto aire deLa jaula de las locas.

Aquel teatro era muy distinto al de nuestra época; allí se trataba de entretener a la gente, de ofrecerles emociones, y no de rollos macabeos abstractos para culturetas. Y los espectadores se implicaban: se alborotaban cuando los hombres, locos de amor, hacían el ridículo, se ablandaban cuando los enamorados confesaban sus sentimientos y contenían el aliento cuando el rey de Francia moría y la princesa tenía que regresar a su país sin poder casarse antes con su gran amor, el rey de Navarra.

Incluso en hombres rudos, que probablemente sólo lloraban si les metían el dedo en el ojo en una pelea, afloraban los sentimientos. Yo también tenía lágrimas en los ojos, y no sólo porque me identificara con el hombre vestido de mujer que interpretaba a la princesa. Lo que me emocionó sobremanera fue que más de mil personas se entusiasmaran tanto con la historia que olvidaran sus preocupaciones y experimentaran emociones profundas y maravillosas. Emociones que en sus vidas reales quizás nunca sentirían. Y todo porque Shakespeare había escrito una obra.

Mi alma era capaz de eso… ¡increíble!

¿Significaba que yo también era capaz? ¿Que había más cosas en mí?

¿No sería fantástico?

No muy probable.

Pero fantástico.

25

Al final de la función, hombres y mujeres estaban de acuerdo en que Shakespeare debía de ser la persona más romántica del mundo o no habría podido escribir semejantes diálogos amorosos. «Si supieran…», pensé.

Pero luego me vino algo a la cabeza: ¿Se podían escribir semejantes manifestaciones de amor si no se sentían? Quizás la gente tenía razón: Shakespeare debía de tener un lado romántico en algún lugar profundo de su interior.

Y aún me chocó otra cosa:Trabajos de amor perdidosera una comedia alegre, pero no acababa bien. ¿Por qué tenía un final tan triste? ¿Estaría relacionado con la vida de Shakespeare? ¿Algo lo había afligido tanto que sólo podía expresar su romanticismo en sus obras? ¿Era un alma herida? ¿Igual que yo?

Al acabar la obra, le pedí al gordinflón llamado Kempe que me acompañara «a casa». Yo no tenía ni idea de dónde vivía Shakespeare, y el dramaturgo seguía sin responderme. Kempe salió conmigo del teatro, a la calle iluminada por la luz rojiza del atardecer, donde los espectadores animados se ponían en camino hacia sus hogares.

—¿No me dirás que no tenemos un oficio fantástico? —preguntó apasionado el gordinflón.

—Yo… diría que sí —afirmé dándole la razón.

Hacer feliz a la gente debía de ser realmente fantástico. Sí, claro, también había maestras que ejercían de maravilla su oficio y encontraban satisfacción en él, pero yo no pertenecía en absoluto a ese grupo. Yo más bien hacía infelices a los niños, y la cosa era mutua. Los alumnos y yo estábamos en una situación donde todos perdíamos.

—La gente sale muy contenta, eso es magnífico… —opiné.

—No me refería a eso —replicó Kempe.

—¿Ah, no? —pregunté sorprendida.

—No tenemos que ir a trabajar todos los días, podemos dormir hasta tarde, podemos enseñar el culo en el escenario sin que los soldados nos corran a latigazos… Somos bufones y gozamos de la libertad de los locos. Y la guinda del pastel de nuestra vida es que el dueño del teatro también tiene un burdel. ¿Seguro que no quieres acompañarme a ver a Kunga?

—No, no… Me duele la cabeza.

—Hay otra prostituta nueva, se llama Kitty —dijo Kempe, y se puso a cantar otra vez—: Y Kitty es tan prieta que me encanta tocarle una te…

—No, gracias —lo interrumpí antes de que continuara cantando—. Necesito tumbarme.

—También hay una mujer nueva que se llama Vicky.

—¡Ni se te ocurra hacer una rima con su nombre!

—Te estás haciendo viejo —dijo Kempe suspirando—. Y eso que tienes diez años menos que yo.

Kempe me acompañó hasta una casita de madera que tenía un aspecto bastante miserable por fuera, y se despidió de mí para ir a ver bailar a Kunga:

—Cuando Kunga baila es una joya, y a mí se me excita la…

Le cerré la puerta en las narices.

Luego escudriñé con la mirada aquella casa vieja y vi una escalera estrecha y muchas puertas; era obvio que allí vivía mucha gente. Seguramente Shakespeare no ganaba mucha pasta con sus obras; de lo contrario, se podría haber permitido un alojamiento mejor. No tenía la más remota idea de en qué habitación viviría. Subí por la escalera estrecha y torcida, encontré la puerta de una habitación abierta, me colé dentro y vi un camastro de madera espartano, una tina de madera donde probablemente podías sentarte para tomar un baño y una pequeña mesa sobre la cual había una pluma, un tintero y un montón de pergaminos. Me acerqué a la mesa, eché un vistazo al texto escrito en la hoja de encima y leí: «Hamlet, una comedia. De William Shakespeare.» Entonces lo supe: aquél era el hogar del bardo, podía echarme a descansar por fin.


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Me senté en la cama, me quité los zapatos y descubrí que Shakespeare era propenso a que los pies le olieran a queso.

Ignoré como pude el olor y me tumbé. Contemplé el techo de madera oscura, luego el ventanuco desde donde se podía ver el cielo estrellado —ya era de noche—, que brillaba de manera realmente impresionante. Como aquel día junto al mar, cuando Jan y yo nos besamos por primera vez. El recuerdo de aquel maravilloso momento me confortó: aquel beso había sido uno de los escasos momentos de mi vida que había disfrutado enteramente, del que nunca tuve que arrepentirme y por el que había valido la pena vivir.

Mientras me deleitaba con los recuerdos, llamaron a la puerta. Por un instante temí que entrara Kempe con Kunga, Kitty y Vicky, y que colgaran allí mismo un trapecio. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió y entró una chica con un vestido marrón. Tenía un rostro corriente y me miraba ensimismada con sus ojos ligeramente bizcos.

—Soy yo —dijo exultante.

—Sí… Ejem… Cierto… Eres tú… —confirmé.

Encendió las velas que había en la habitación y yo intenté descubrir discretamente cuál era mi situación:

—Y… ¿Y qué haces por aquí?

—Voy a desnudarme.

—¿DESNUDARTE?

De golpe y porrazo comprendí cuál era mi situación.

—Exacto, tu pequeña Phoebe va a desvestirse —confirmó, y me sonrió con los ojos un poco más bizcos.

Luego, la pequeña Phoebe hizo realidad sus palabras. ¡Y era más que rápida desnudándose! Por lo visto había subestimado a las mujeres de la época, que eran realmente hábiles despojándose de sus corsés.

Pocos segundos después, la joven estaba completamente desnuda delante de mí y me pedía:

—Ahora desnúdate tú.

—Ejem… Mejor no… —balbuceé.

—¿Por qué no?

Busqué una excusa deprisa y corriendo, y la encontré:

—Porque… me huelen los pies.

—Pues no te quites las calzas —dijo Phoebe sonriendo.

—Pero es que el olor las traspasa —repliqué con voz ligeramente aguda, intentando salir de aquel follón.

—Cuando amo a un hombre, lo amo todo entero.

No se dejó liar y se sentó a mi lado en la cama. Nunca había estado tumbada tan cerca de una mujer desnuda. ¡Y tampoco lo había echado nunca de menos!

—Ejem, pero es que mis pies apestan de verdad. Huele —dije, y acerqué desesperada el pie a Phoebe.

—Aguantaré la respiración —replicó sonriendo ampliamente Phoebe, que apartó el pie y empezó a desabrocharme la camisa.

—Yo… Yo… También me huelen los sobacos.

Siguió desabrochando imperturbable.

—Y he comido cebolla —expliqué presa del pánico.

—Nada me detendrá —dijo Phoebe con una sonrisa.

Para subrayar sus palabras, empezó a besuquearme el cuello. Eso me resultó extremadamente desagradable. Antes de que la cosa degenerara, me apresuré a decir:

—Deberías irte.

Phoebe me miró totalmente estupefacta:

—Pero… tú… Tú prometiste desvirgarme.

¡Shakespeare era un capullo!

—Tal vez en otra ocasión —le ofrecí torpemente—, cuando tenga los pies limpios.

—No, la noche maravillosa tiene que ser hoy.

—Oh, sabes, la primera vez no es tan maravillosa, si uno pudiera saltársela…

—Hace poco me dijiste otra cosa —me interrumpió—. Dijiste que eras el rey de la desfloración.

¡Shakespeare era el rey de los capullos! Antes de que pudiera replicar nada, la joven deslizó su mano hacia mi entrepierna, ¡directa a las calzas!

No podía ser que hiciera eso.

Me acarició allí con la mano.

¡No podía hacerme eso!

Continuó acariciando.

Algo se movió dentro de mis calzas.

¡Oh, Dios mío!

Acarició con más esmero.

Algo se movió aún más dentro de mis calzas.

¡OH, DIOS MÍO!

Phoebe se esforzaba de verdad.

Las calzas empezaron a tensarse ligeramente.

¡OH, DIOS MÍO! ¡OH, DIOS MÍO! ¡OH, DIOS MÍO! ¡DIOS! ¡DIOS! ¡DIOS!

Salté de la cama, despavorida.

—¡No me toques ahí! ¡No me toques ahí! —grité.

—¿Por qué no?

—¡Yo tampoco me toco! —contesté fuera de mí.

—¿Tú tampoco te tocas? ¿Y cómo haces pipí?

—Me inclino hacia delante.

—¿Te inclinas hacia delante? —preguntó Phoebe, francamente perpleja.

—¡Da igual! —apremié—. ¡Sal de mi habitación!

Phoebe me fulminó con la mirada.

—¿Sabes qué pasará si me echas?

—Sí —contesté agitada—. ¡Evitaré el acto sexual más extraño de toda la historia de la humanidad!

No replicó a ese comentario, seguramente sorprendente para ella, sino que masculló:

—La pequeña Phoebe le contará a su padre que tú me has desvirgado.

—Pero eso no es verdad —contesté desconcertada.

—Aun así, lo haré.

—Pero ¿por qué?

No acababa de entenderlo.

—Porque entonces sus hombres te perseguirán y te arrojarán por la ventana.

¡La pequeña Phoebe era una cabronaza!

—Pero si me desvirgas, la pequeña Phoebe no le dirá a su padre que tú la has desvirgado —dijo sonriendo con malicia y una mirada bastante bizca.

Si todas las mujeres de aquella época eran así, comprendía un poco la imagen negativa que Shakespeare tenía de ellas.

—¿Qué? ¿Te acostarás conmigo? —me pidió con su mirada bizca que probablemente pretendía ser seductora.

Y volvió a deslizar la mano hacia mi entrepierna. Yo me enfrentaba a la elección entre la muerte y unas calzas donde se podía colgar una percha.

Eso no era una elección.

—¡Haz el favor de irte! —le pedí sin ambages.

Phoebe escrutó mi semblante decidido. Lágrimas de furia y desesperación brotaron de sus ojos; estaba furiosa como la madre de un alumno de primaria cuando le explican que su hijo no destaca por su conducta de superdotado, sino simplemente por su conducta.

—¡Eres muuuuuy malo! —gritó Phoebe.

Agarró sus cosas y se vistió casi tan deprisa como se había desvestido. También había subestimado a las mujeres de la época en lo tocante a la velocidad para vestirse.

—¡Te arrepentirás! —refunfuñó al salir de la habitación.

Me la quedé mirando. Me daba miedo, pero intenté tranquilizarme. Tal vez sólo era un farol. Si tanto quería que Shakespeare la desvirgara, no se encargaría ahora de que lo mataran. La gente de aquella época estaba más loca que yo en las cosas del amor, pero no llegarían tan lejos. ¿O sí?

Volví a tumbarme en la cama y suspiré profundamente. Cuando menos lo esperaba, echaron la puerta abajo. Tres hombres enormes, vestidos con camisas negras, calzas negras y capuchas oscuras que recordaban al Ku Klux Klan, se precipitaron en la habitación. Y yo pensé: «Oh, mierda, ya han llegado.»

26

Los hombres con capucha me agarraron y me arrancaron de la cama. Hicieron el trabajo con suma dureza y me pregunté si no habría sido mejor dejar que Phoebe se entretuviera en las calzas. Yo misma contesté a la pregunta con un categórico: «¡No!»

—Puedo explicarlo todo… —empecé a decir, si bien no sabía exactamente cómo explicarlo.

Phoebe había ido a contarle a su padre que yo la había desvirgado. Si me limitaba a decir que era mentira, seguramente no me creerían.

—No queremos explicaciones… —musitó el primer encapuchado.

—Yo… Yo… lo admito… He estado con ella…, pero soy impotente —solté presa del pánico. A lo mejor se creían que no me había acostado con Phoebe porque no podía y que, por lo tanto, ella continuaba siendo virgen. Así pues, proseguí—: No se me levanta.

Jamás habría pensado que algún día pronunciaría esa frase.

—Pues ya va bien con lo que planeábamos hacerte —dijo el segundo encapuchado amenazando a saco—. ¡Te vamos a cortar los huevos!

Hacía muy poco que era un hombre, pero aquello me sonó bastante desagradable. Me pregunté de nuevo si no habría sido mejor acceder a los deseos de Phoebe. Y de repente ya no estuve tan segura de seguir contestando a la pregunta con un «no».

—Y después te rebanaremos el cuello —se guaseó el tercer encapuchado.

Era el más alto de los tres, tenía una voz profunda y vibrante y parecía ser el jefe. Para dar más fuerza a sus palabras, sacó un puñal de plata.

¡Ah, tendría que haberme acostado con Phoebe!

El cabecilla me puso el puñal en la nuez y presionó con la hoja. Noté que la piel se desgarraba y un pequeño reguero de sangre caliente fluía por mi cuello. Estaba a punto de gritar de miedo.

—La boca cerrada —musitó el cabecilla.

Sentí un miedo increíble, como nunca antes en toda mi vida, ¿o debería decir en mis dos vidas? Estaba a punto de hacérmelo encima.

—Harás lo que te digamos —exigió el cabecilla intimidándome.

No le contesté.

—¿Por qué no contestas? —preguntó.

Me habría encantado responderle: ¡Porque tú, tonto del haba, has dicho que tuviera la boca cerrada! Pero, como la sangre ya me chorreaba lentamente desde el cuello hasta el esternón, decidí que era mejor contestar suavemente:

—Entendido.

—Bien.

El hombre bajó el puñal.

Yo respiré hondo.

—Ahora mismo iré a ver a Phoebe.

—¿Phoebe? ¿Qué Phoebe? —preguntó desconcertado el jefe.

—La mujer a la que tenía que desflorar —contesté.

Otra frase que jamás pensé que llegaría a pronunciar algún día.

—No tengo la más remota idea de qué me estás hablando —comentó el cabecilla, que parecía confundido.

—Pero si vosotros queríais matarme porque no me acosté con ella —comenté, no menos perpleja ante su perplejidad.

—Válgame Dios, poeta, por lo visto tienes problemas a mansalva —dijo riendo el hombre con voz profunda y vibrante.

Y los otros dos encapuchados también se rieron.

—Ya lo sé —contesté, aún más confusa: ¿Aquella gente no tenía nada que ver con Phoebe? ¿Entonces? ¿Qué querían de mí o, mejor dicho, de Shakespeare?

El hombre dejó de reír en seco y explicó:

—Nuestro jefe quiere que Essex siga siendo infeliz. Tú te ocuparás de ello. De lo contrario, ¡volveremos! Y no seremos tan clementes contigo.

Luego, los tres hombres salieron del pequeño cuarto de Shakespeare. Así pues, no los había enviado el padre de Phoebe, ellos tenían en su agenda algo más siniestro: si su misterioso señor no quería que Essex levantara cabeza, entonces actuaban contra los intereses de la reina. ¿Qué había dicho la soberana? Que si Inglaterra ganaba la guerra a Irlanda, los españoles recibirían un duro golpe. Y para ganarla, Essex tenía que dirigir las tropas. Si no lo hacía, Inglaterra perdería contra Irlanda. Y España aprovecharía ese momento de debilidad para aplastar su reino. Por lo tanto, deduje que los encapuchados y su jefe eran espías españoles que pretendían impedir que Essex superara sus penas con mi ayuda y partiera hacia Irlanda.

¡No hacía ni veinticuatro horas que estaba en el pasado y ya me había implicado en una intriga de Estado!

Eso me infundió más miedo que el puñal en el cuello, pues una cosa estaba clara: tenía que descubrir a toda prisa qué era el verdadero amor. Porque allí, antes o después, alguien me mataría. Probablemente antes.

27

Me dolía la herida del cuello y me hacían daño los brazos. Me levanté y me acerqué a un pequeño espejo colgado en la pared. Estaba sucio y torcido. Por lo visto, Shakespeare no era precisamente un fanático del orden, lo cual lo hacía un poquito más simpático.

En el espejo comprobé que el corte del cuello se estaba cerrando. Me quité la camisa y examiné los hematomas de los brazos. El torso de Shakespeare estaba bien formado, quizás era un poco delgaducho, pero atractivo. En cualquier caso, más atractivo que mi poco atractivo cuerpo de mujer en el tercer milenio. Si hubiera visto el torso de Shakespeare en una playa, me lo habría quedado mirando. Pero, puesto que en aquel momento yo me encontraba dentro de ese cuerpo, volví a ponerme la camisa a toda prisa. Caminé arriba y abajo con nerviosismo por la pequeña habitación. Estaba demasiado inquieta para echarme en la cama, por no hablar de dormir. Después de lo ocurrido, ya no podía pegar ojo. En casa me habría tumbado en el sofá, me habría mordido las uñas y habría pasado horas haciendozapping, buscando la enésima reposición de series comoMujeres desesperadas, The O. C. o inclusoSensación de vivir, sólo para constatar que todos los canales estaban atarugados de programas de cocina o de mujeres medio desnudas que, con problemas de dicción, pedían que alguien las llamara. Pero, puesto que en la Inglaterra de Shakespeare había cierta carencia de televisión por cable, desgraciadamente no podía distraerme con eso. Así pues, continué caminando por la austera habitación, arriba y abajo sobre las tablas de madera que crujían. En verdad, Shakespeare no disfrutaba de un estatus elevado. O bien no ganaba dinero con sus obras, lo cual costaba imaginar con tantos espectadores, o bien se gastaba el dinero en otras cosas: ¿prostitutas?, ¿alcohol?, ¿tabaco? Mi Holgi —y Kempe también— seguramente habría dicho que hay inversiones bastante peores.

Mi mirada se posó en un cuadro colgado en la pared que estaba tapado con un paño rojo. Me acerqué, quité el trapo y vi a una mujer dulce de mirada cariñosa. Quizás no era de una belleza deslumbrante, pero tenía una sonrisa confortadora. Comparada con aquella mujer, la trillada Mona Lisa era una sonrisitasamateur. Eché un vistazo al dorso del retrato y allí, en letras pequeñas, ponía: Mrs. Shakespeare.

O sea que Shakespeare estaba casado. Pero ¿por qué no había ningún indicio de que allí viviera una mujer? A lo mejor estaba divorciado. Pero ¿existía el divorcio en aquella época? Seguramente no. Era de suponer que los matrimonios sólo podían separarse usando una guadaña y borrando todo rastro acto seguido.

Lo más probable era que Mrs. Shakespeare viviera en otro sitio porque hacía mucho que no soportaba al rey de la desfloración.

Volví a tapar el retrato de Mrs. Shakespeare y eché un vistazo a los papeles que Shakespeare había escrito con una larga pluma negra y tinta del mismo color.Hamlet, una comediaestaba encima. Aparté elHamletcómico y debajo encontré el comienzo de un poema:

Tú eres comparable a un día de verano

que tanto me gustara

Hum, eso todavía no era un poema, por mucho que los versos fueran del poeta más célebre de la historia del mundo. Saltaba a la vista que al joven Shakespeare todavía le faltaba algo para convertirse en un gran autor.


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Me senté en el pequeño taburete de madera que había junto a la mesa y empuñé la pluma. Me iba como anillo al dedo. Noté una agradable sensación al sujetarla. La mojé en el pequeño tintero manchado y empecé a escribir sobre el papel apergaminado:

¿A un día de verano te comparo?

El tiempo de verano es muy avaro…

Me salió con mucha facilidad, no tuve ni que pensarlo. Y, sorprendentemente, no sonaba tan mal. Y eso que hacía mucho que no había escrito nada; de hecho, desde que mi profesor del instituto me comentó que a nadie le gustaría una historia donde una chica se enamora de un ser sobrenatural.

Haría bien el profesor en preguntarle a Stephenie Meyer.

Los profesores son unos idiotas.

Yo tenía que saberlo, después de todo también daba clases.

Componer aquellos versos me deparó una alegría enorme. Así pues, seguí pensando qué más podía decirse en contra del día de verano para que pareciera malo frente a la belleza de la persona de la que se hablaba en el poema. Con todo, no había que empañar demasiado el día de verano si se pretendía que la comparación continuara teniendo fuerza y ensalzara en su gracia a la persona amada. Recordé una escena de amor que había escrito para mi musical mucho tiempo atrás, en la que el hombre lobo y su gran amor estaban de picnic en un campo cubierto de flores mientras se acercaba una tormenta:

y agita los capullos en el viento

Eso tampoco sonaba mal. Con el viento conseguía deslucir las hermosas flores ligeramente, sin despojarlas de su belleza. Por lo visto, seguía teniendo la misma sensibilidad para imágenes cursis que cuando era una quinceañera. Pero ¿qué rimaba con «viento»?

¡Oh, qué hermoso portento!

O quizás:

¡Escúchame bien, esperpento!

O tal vez:

La playa huele a pescado que es un lamento.

Tuve que concentrarme un poco, seguro que había algo más que peces muertos a orillas del mar: ¿«argento»?, ¿«ungüento»?, ¿«pimiento»? Todo bastante flojo. ¿Qué tal si probaba con «sentimiento»?

¿A un día de verano te comparo?

Tú tienes más dulzura y sentimiento.

El tiempo de verano es muy avaro

y agita los capullos en el viento.

Contemplé los versos y me inundó una sensación maravillosa. Por fin había vuelto a escribir algo después de tantos años. Y no estaba nada mal. Un poema con rima y métrica. Lo había logrado. ¡Había logrado algo!

Era fantástico lograr algo. Aunque sólo se tratara de unos versos. O quizás era fantástico precisamente porque se trataba de unos versos.

¿Debía aprender que mi verdadero amor era la escritura?

28

—Tus versos no son espantosos del todo.

Me llevé un susto tremendo al oír esas palabras. Estaba tan absorta en el poema.

—¿Sha… Shakespeare?

Volvía a estar despierto, muerto de cansancio, pero verdaderamente encantado con lo que el espíritu llamado Rosa había hecho con mis versos:

—Cambiar el poema para que la persona sea mucho más hermosa que el día de verano ha sido muy buena idea.

Era la primera vez que alguien elogiaba lo que yo había trasladado al papel. Fue una sensación increíble, que me llenó de orgullo como ninguna otra cosa en toda mi vida. Y no lo había hecho cualquiera. No era mi madre, que en alguna ocasión, cuando yo era adolescente, había elogiado cómo tocaba la batería mientras los vecinos organizaban un pequeño linchamiento. No, ¡era el mismísimo Shakespeare quien me tributaba el reconocimiento!

Me entusiasmó que Rosa hubiera conseguido avanzar en el soneto que me ocupaba desde hacía tanto tiempo. Su logro liberó algo en mí.

—Podría continuar devaluando el verano —sugerí, y declamé:

o bien abrasa el sol desde la altura

o un velo nubla su óculo dorado…

—Ahora tenemos que encontrar algo que rime con «altura», Rosa.

Ya no me llamaba «espíritu», sino Rosa. Eso también me colmó de alegría y empecé a buscar con él una rima:

—Partitura…

—… violeta oscura…

—… corsé basura…

—… miembro de envergadura…

—Eso último no me interesa —comenté mirando hacia mi entrepierna, y sugerí—: ¿Por azar de la natura?

—¡Muy bien! —celebré—. Pero no acaba de funcionar la métrica. Es mejor así:

o bien abrasa el sol desde la altura

o un velo nubla su óculo dorado;

ya por azar o anhelo de natura

lo bello va perdiendo su legado.

Rosa escribió los versos con ágil pluma. Examiné la estrofa. Era realmente buena. Fue algo sorprendente, delirante, reconfortante. Embelesado, comenté:

—Nunca había escrito tan bien.

—¡No me digáis!

—Con lo que hemos intimado hasta ahora, ya podríamos tutearnos, ¿no? —le propuse a Rosa en un arrebato de euforia.

—De acuerdo —repliqué, y me sentí halagada. Bueno, él me había tuteado todo el tiempo, y ahora yo podía hacer lo mismo—: Me llamo Rosa, ya lo sabes.

—Encantado. Yo, William.

—Sí, ya lo sé —dije sonriendo satisfecha. Los estudiosos del arte dramático palidecerían de envidia ante ese tuteo con Shakespeare.

—¿Tú también eras poeta cuando vivías, Rosa? —inquirí.

Me pregunté si debía explicarle que yo procedía del futuro. Pero había visto suficientes películas al estilo deRegreso al futuropara saber que, si lo hacía, se embarullarían algunas cosas. Si le hablaba de la vida en nuestro milenio, el curso de los acontecimientos podría variar. Tal vez entonces Shakespeare escribiría un libro como el de Nostradamus, en el que advertiría de muchas catástrofes a las generaciones venideras: guerras, accidentes de avión, Dieter Bohlen y su música…

Quizás no sería tan malo, pero sólo a primera vista. Porque, y eso también se sabía por las películas, siempre que alguien intentaba influir positivamente en el futuro, la cosa se torcía y luego iba a parar a un presente completamente distinto. Un presente en el que tal vez Erich Honecker gobernaría en toda Alemania. O Joseph Goebbels.

O incluso el televisivo Florian Silbereisen. Por lo tanto, decidí ser parca en información y me limité a contestar:

—Soy maestra.

—El oficio más infame del mundo.

Vaya, ni siquiera allí eran bien vistos los maestros. Sólo me faltaba oír que teníamos demasiados días de vacaciones. Un poco alterada, me defendí:

—Bueno, seguro que hay algún que otro oficio más infame.

—Mi rival Marlowe estuvo encerrado un tiempo en la Torre. Cuando salió, me explicó con bravuconería que los verdugos no eran tan terribles como su antiguo profesor de latín.

¿Qué podía contestar? ¿Tenía que defender una profesión que no me gustaba? En vez de eso, volví a echarle una ojeada al poema.

—Es realmente hermoso…

—Podemos estar satisfechos, aunque no esté acabado.

—Por lo visto, formamos un buen equipo —constaté.

Un equipo. La idea era sorprendente pero muy acertada, al menos en lo referente a la escritura. Así pues, dije:

—¿Quién lo hubiera imaginado?

—Sí —afirmé, igual de perpleja que Shakespeare—, ¿quién lo hubiera imaginado?

Seguro que mi profesor de alemán no.

29

Me contó que trabajábamos en un soneto: un poema de cuatro estrofas y catorce versos, o sea que aún nos faltaban seis para completarlo. Mientras escuchaba atentamente las explicaciones de Shakespeare, oí que fuera se acercaban unos pasos.

—Vaya, hombre, seguro que vienen por lo de Phoebe —me lamenté.

—¿Phoebe? —pregunté con espanto—. ¿Por qué iban a venir por lo de Phoebe? ¿Y por qué hablas en plural? Dios mío, Rosa, ¿qué has hecho?

—Ya te lo contaré luego —contesté para acallar a Shakespeare, porque ya estaban llamando a la puerta.

Los golpes sonaron demasiado educados para ser de los encapuchados o de los esbirros del padre de Phoebe, a los que aún no conocía, aunque tenía muy claro cómo serían sus modales.

—¿Quién es? —pregunté con voz temblorosa.

—Soy yo. Permitidme entrar —contestó una voz profunda y hermosa.

Era la voz de Jan.

Corrí hacia la puerta, la abrí con el corazón latiéndome a mil y allí estaba el conde de Essex. Su parecido con Jan volvió a dejarme sin habla. Llevaba una camisa abullonada negra y unas calzas del mismo color muy elegantes y, sobre todo, muy anchas. Por fin un hombre que no daba la impresión de que en cualquier momento se pondría a bailar elLago de los cisnes.

—¿Cuándo iréis a ver a María? —preguntó Essex con un ligero balbuceo.

Había vuelto a beber. Cuando Jan me pilló con el profesor de gimnasia, también se emborrachó como un mercenario en el Congo o un estudiante en Lloret de Mar. Por lo visto, no era emocionalmente tan estable como yo pensaba.

—Walsingham quiere que vaya a ver a la condesa mañana —le expliqué.

—¿Conseguiréis conquistarla para mí? —preguntó Essex, inseguro.

La inseguridad le sentaba muy bien a aquel hombre con redaños. Lo contemplé fascinada.

—¿Por qué me miráis así? —preguntó desconcertado.

—¿Co… cómo os miro? —repliqué, sintiéndome descubierta.

—Con ojos de afeminado —fue la respuesta clara y directa.

Tragué saliva.

—¿De verdad lo estás mirando con ojos de afeminado? —exclamé asustado. Yo no podía ver la expresión de Rosa.

No le di respuesta a Shakespeare porque Essex la habría oído.

—Y cuando alguien me viene con afeminamientos, me convierto en un jabalí rabioso…

—No creo que se refiera a un jabalí rabiosamente afeminado.

El semblante de Essex corroboraba la suposición de Shakespeare. Y yo busqué una excusa:

—Mis… mis ojos dan esa impresión porque hay poca luz.

Mientras hablaba, encendí unas cuantas velas más.

—Entonces, ¿podéis conquistar a María para mí? —insistió Essex mientras abría una botella de vino que estaba junto a la cama de Shakespeare.

No se tomó la molestia de buscar una copa y bebió directamente de la botella. Por muy noble que fuera, tenía los modales de un famosillo de las revistas del corazón.

¿Qué podía hacer? Por un lado, la reina ordenaría mi muerte si no ayudaba a Essex y, por otro, los espías españoles me matarían si lo ayudaba. Un dilema genial. De repente tuve una idea: si Essex conquistaba por su cuenta a la condesa, la reina estaría contenta y los espías españoles no podrían cargarme el mochuelo, ya que yo no habría participado en ello. Encendí la última vela y me volví hacia Essex.

—Tal vez sería mejor que la condesa os escuchara directamente a vos.

—¿Escuchar? —preguntó el noble.

—¿Qué tal con un soneto? —propuse.

—¡Pues escribidme uno, bardo! —me exhortó—. ¿O tendré que encargárselo a Marlowe, vuestro rival?

—Él sólo proporcionaría material de escaso valor —aclaré quisquilloso.

No tenía la más remota idea de quién era el hombre del que los dos hablaban. Y me importaba un bledo. Así pues, contesté:

—Debéis escribirlo vos.

—Ya sabéis que mis poemas son como vuestros pies. —Essex arrugó la nariz.

—¿Apestan? —conjeturé, y él movió la cabeza afirmativamente.

—Eh, vosotros dos, ¿estáis insultando a mis pies?

De nuevo no contesté al bardo, y me calcé a toda prisa sus zapatos, que estaban junto a la cama.

—Tenéis que escribirme el poema, pies malolientes.

—El olor es por culpa de los zapatos —intenté explicarme sin que nadie me hiciera caso.

—Tal vez podríais cortejar a la condesa de otro modo —le propuse al conde—. ¿Cómo soléis actuar con una mujer?

—La aúpo, le doy un beso apasionado y luego la llevo con brío a mis aposentos.

—Ah…, ya —repliqué.

Siempre había sospechado que Jan tenía garra, que bajo su aspecto refinado dormitaba algo salvaje, pero ahora tenía la prueba y no conseguía decidir qué debía pensar al respecto.

—¿Se lo habéis hecho también a la condesa? —pregunté cautelosa.

—Lo intenté, pero después de haberla aupado, se interpuso una nadería…

—¿Qué nadería?

—Me dio una patada en mis partes…

—Semejantes reacciones de una dama me resultan harto conocidas.

—Pero vuestras partes no eran la nadería, ¿verdad? —pregunté atónita.

—No creo —comenté divertido.

—No —contestó Essex, un poco cabreado—, me refería a la patada de la condesa.

Carraspeé sin saber dónde meterme y procuré volver a encarrilar el tema.

—No tenéis que escribir un poema perfecto. Bien mirado, no tiene por qué ser un poema, lo que importa es que vuestras palabras salgan de vuestro corazón, ¿no es cierto?

Essex no entendía a qué me estaba refiriendo.

—Intentadlo. Imaginad que yo soy la condesa —propuse.

Cuando hacíamos cursillos de formación para profesores, los encargados delcoachingsiempre nos obligaban a participar en juegos de roles y, sorprendentemente, a veces funcionaban. A lo mejor podía echarle una mano a Essex con eso.

—¿Vos… vos sois la condesa? —preguntó desconcertado.

—Sí, como en una representación teatral.

El conde asintió, eso lo entendía. Al parecer, en aquel siglo a todo el mundo le gustaba el teatro. Era un auténtico espectáculo de masas.

—Decid lo que sentís por mí —lo animé.

—¿Por vos? —preguntó desconcertado.

—Os lo explicaré otra vez. —Realmente, era un poco duro de mollera—. En estos momentos, no soy un hombre, ahora soy la condesa que tanto adoráis.

El conde no estaba muy seguro.

—No sé…

—Intentadlo. Dejad volar la imaginación.

—Los soldados no tienen imaginación, Rosa.

Essex vacilaba.

—Pero… yo no domino las palabras.

—Seguro que podéis confesar vuestro amor a la condesa sin necesidad de poemas —afirmé para animar a Essex.

El conde se puso entonces muy nervioso.

—¿Qué podéis perder? —pregunté.

Lo meditó, tomó un buen trago de vino, dejó la botella a un lado, hizo de tripas corazón y se plantó delante de mí:


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—Condesa… —balbuceó, hecho un manojo de nervios.

—¿Sí? —pregunté; realmente me divertía aquel juego.

Me miró a los ojos y, desde lo más hondo de su corazón, dijo:

—Condesa, sois la criatura más bella, maravillosa y fantástica que jamás haya visto.

Hacía años que no oía ningún cumplido de Jan. Por eso sus palabras me tocaron de lleno. Era tan hermoso oírlas de boca de un hombre con un cuerpo idéntico al de Jan y que incluso albergaba su alma.

—Yo… yo… —Dejó de hablar, sobrepasado por sus propios sentimientos. Gracias al alcohol, se había metido por completo en situación.

—¿Qué ibais a decirme? —inquirí, y me acerqué a él.

Sólo nos separaban unos pocos centímetros. Saltaban chispas. Como ocurre en una primera cita. Mejor dicho: como al final de una primera cita fantástica. Como aquel día con Jan a orillas del mar. Justo antes de nuestro primer beso.

—Ejem, Rosa… ¿de qué va todo esto exactamente? —pregunté espantado.

Yo ya no escuchaba a Shakespeare, sólo al conde.

—Yo… yo… os amo —susurró Essex, lleno de sentimiento y mirándome con anhelo.

¡Cuánto tiempo había añorado oír aquellas palabras! Y aunque se vertieran en la más estrafalaria de todas las situaciones imaginables, fue maravilloso.

—Yo… también a ti —repliqué, sobrepasada por mis propios sentimientos, y olvidé tratar de vos al conde.

Oh, Dios mío, lo último que me faltaba, Rosa estaba enamorada del conde.

Nuestros rostros estaban a sólo unos milímetros de distancia y el conde, totalmente inmerso en el juego de roles, sonrió feliz.

—¿Es eso cierto?

—Sí —contesté de todo corazón.

—¡¡¡No!!!

—¿Tú también me amas? —preguntó el conde, sonriendo radiante de felicidad; él también había renunciado al «vos».

—¡Ni lo sueñes!

Mirar a los ojos a Essex… a los ojos a Jan, me hechizó. Fuera de mí, acerqué mis labios a los suyos. Él no se apartó. También estaba fuera de sí. Por el alcohol. Por sus sentimientos hacia la condesa.

—Es hermoso oír que me amas… —susurró Essex.

—Gracias, igualmente —repliqué en voz baja.

Y luego lo besé.

—Oh…, ¡Dios… mío!

Los labios del conde eran un poco más ásperos que los de Jan, pero sabían igual. Durante un milisegundo me sentí en el séptimo cielo.

Aquello era el infierno y por eso grité:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

El grito de Shakespeare me espantó, y yo también grité a pleno pulmón:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

Y luego Essex bramó:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

Sin embargo, no lo hizo porque yo hubiera gritado «¡Ahhhhhhhhh!», sino más bien por el beso.

—¿¡¿¡¿¡Me has besado!?!?!? —exclamó el conde, horrorizado—. ¿Qué juego infame te traes conmigo?

—Bueno… —Busqué las palabras adecuadas, pero no encontré ninguna.

—¡Cállate! —Se apartó tambaleándose y cada vez más descontrolado—. ¡Debería matarte, miserable!

Continuó retrocediendo, dispuesto a desenvainar la espada, pero tropezó con la mesa. Al hacerlo, tiró una vela encendida, que cayó sobre los papeles y los prendió de inmediato.

—¡Hamlet, la comedia! —grité despavorido.

—¡Nuestro poema! —grité yo.

—¡También!

Me abalancé sobre la mesa, aparté la vela de un manotazo y tiré al suelo los papeles que ardían. No había que sentir lástima porHamlet, de todos modos Shakespeare tendría que transformar la historia del danés indeciso en una tragedia. La buena suerte en la desgracia fue que, con esa acción, conseguí salvar el poema que habíamos empezado. La mala suerte en la desgracia fue que la madera seca del suelo se incendió rápidamente. En un abrir y cerrar de ojos me encontré en medio de un círculo de fuego.

30

A las casas de la vieja Inglaterra había que reconocerles una cosa: ardían como la paja. Las llamas se avivaron a mi alrededor y me entró un pánico atroz: ¡iban a achicharrarme! Me vino a la cabeza una imagen de una película sobre Juana de Arco que había visto tiempo atrás. Al principio de la película, unos religiosos quemaban a unos herejes. Los herejes gritaban y gritaban mientras las llamas los devoraban lenta y dolorosamente, y vociferaban implorando a Dios que los salvara de aquel terrible tormento. Al verlo, pensé tres cosas. Primera: qué forma más horrible de morir. Segunda: aquellos religiosos tenían una manera muy curiosa de interpretar el amor cristiano al prójimo. Y tercera: ¿qué dios permite algo así? ¿El dios de las bromas pesadas?

Ahora, yo misma me encontraba cercada por las llamas y sentía un miedo indescriptible a sufrir el mismo dolor que aquellos herejes. Y a que, al morir allí mismo, mi cerebro y mi cuerpo también murieran en el presente. Bueno, mi alma probablemente se reencarnaría, eso ya lo tenía claro a aquellas alturas. Viviría una nueva vida (ojalá no fuera en Afganistán ni en Bangladesh, ni en casa de Britney Spears). O sea que el alma estaba más o menos a salvo. Pero mi espíritu, mi conciencia, mi «yo»… ¡se extinguiría para siempre! Además, continuaba sin saber qué era el verdadero amor. Sería tremendamente triste morir sin haber conocido el verdadero amor.

Las llamas eran cada vez más altas y me tapé la cara con los brazos para protegerme. Entonces oí gritar a Essex:

—¡Allá voy!

Saltó dentro del círculo de fuego envuelto en una manta gris, la echó encima de los dos, me agarró por las caderas y dio otro salto para retroceder. Las calzas se me quemaron un poco por abajo, pero la manta nos protegió de las llamas. Al parecer, Essex se había rociado con el agua de la jarra que había junto a la cama (confié en que se trataba de una jarra de agua y no de un orinal).

Essex era como todos los hombres del ejército: un idiota insensato. Nadie en sus cabales navegaría por medio mundo por orden de la reina ni cortaría la cabeza a hachazos a gentes de otras tierras sólo para llevar plátanos a Inglaterra. Pero a veces era bueno tener cerca a uno de esos necios valerosos. ¡Ahora, por ejemplo! Si no hubiera besado ya a Essex —por mediación de Rosa—, ¡seguro que le habría dado un beso en aquel instante!

—¡Aún no estamos a salvo! —me gritó Essex.

Levantó un poco la manta para que pudiéramos encontrar el camino y vi que el fuego ya había alcanzado una viga de madera que estaba sobre nosotros. Echamos a correr y entonces la viga cayó al suelo con estrépito y nos cerró el paso. Había llamas detrás y había llamas delante. Y, por desgracia, también al lado y encima de nosotros. ¡No había escapatoria!

Con todo, al menos moriría en brazos de Jan. En aquel momento estábamos muy juntos, al menos físicamente. Agazapados debajo de la manta gris, ignoré la circunstancia de que realmente olía un poco fuerte a cuña de enfermo. Miré a la cara a aquel hombre maravilloso y no pude evitarlo: volví a darle un beso en la boca.

¡En verdad que no había imaginado así mi último instante en este mundo!

Esa vez, Essex no me miró sorprendido ni tampoco espantado, sino totalmente desconcertado. No quería matarme por el beso, como unos segundos antes, sino que más bien parecía… ¿agitado emocionalmente? ¿Le había gustado un poco el beso? Eso era imposible, ¿no? Sería una locura. Una locura aún mayor que todo lo que me había pasado hasta entonces.

Pero quizás, tal vez, a lo mejor, podía ser que nuestras dos almas estuvieran predestinadas y que él lo notara en ese instante aunque yo me hallara dentro del cuerpo de un hombre. A lo mejor yo no era la interferencia en el ciclo del amor eterno entre Jan y Olivia. ¿Quizás era Olivia la que no dejaba de torpedear una y otra vez el amor eterno de dos almas predestinadas? ¿El alma de Jan y la mía?

Tenía que saberlo y por eso volví a besar a Essex, esta vez dulcemente en la mejilla.

No supo cómo reaccionar.

Algo en su interior se sentía terminantemente atraído por mí.

Y, a pesar del increíble calor que hacía, eso me produjo un agradable escalofrío.

Seguro que Essex tampoco había imaginado así sus últimos instantes en este mundo.

Fue un momento casi romántico, lástima que el fuego se avivara a mis pies. El calor allí abajo se hizo insoportable. Tanto que tuve que ponerme a dar brincos para escapar de las llamas que devoraban el suelo. Essex hizo lo mismo. Y, así, los dos saltamos arriba y abajo como turistas que se han olvidado de ponerse las chancletas en una playa de Grecia a pleno mediodía. El fuego empezó a chamuscarme las calzas; ya estaban negras y arderían en cualquier momento. Despavorida, brinqué cada vez más y más alto. Eso ya no tenía nada que ver con el romanticismo, sino más bien con ideas como: ojalá me hubiera ido a la cama con Axel y no a la caravana del hipnotizador.

Entre el chisporroteo de las llamas oí de golpe un crujido. Procedía de la madera carbonizada debajo de nuestros pies. El suelo cedía lentamente a causa de nuestros saltos despavoridos.

—¡Tenemos que dejar de saltar! —le dije aterrorizada a Essex.

—Entonces nos quemaremos —replicó.

—Y, si no, romperemos el suelo.

Fue acabar de decirlo y lo atravesamos. Entramos en caída libre y yo le grité a Essex al oído:

—¡SOCORROOOOO!

Nos desplomamos contra el suelo del piso de abajo, de donde los moradores debían de haber escapado del fuego hacía rato. Yo aterricé encima del pobre Essex, que amortiguó mi caída. Aun así, continué gritándole al oído:

—¡OOOOOOO!

—Deja de gritar o me volveré… ¡mierda!

—¿Te volverás «mierda»? —pregunté perpleja.

—No —contestó señalando hacia arriba—. El techo está a punto de derrumbarse. Por eso he gritado «mierda».

—Mierda —confirmé con la vista clavada en un madero en llamas que acababa de soltarse.

Con gran presencia de ánimo, Essex cogió impulso y rodó conmigo hacia un lado mientras el madero se estampaba a tan sólo medio metro de nosotros.

Entonces fue Essex quien quedó encima de mí. Y yo miré de nuevo a mi salvador con ojos enamorados, cosa que lo desconcertó visiblemente.

—Te estaría muy agradecido si dejaras de mirarme constantemente de ese modo.

—¿Te molesta? —pregunté.

—Por asombroso que parezca, no —contestó en voz baja.

¡Pues a mí, sí!

—Hay algo en ti que me atrae… —balbuceó Essex confundidísimo, y lo dijo mirándome realmente fascinado.

Si yo hubiera estado en un cuerpo de mujer, fijo que en aquel momento me habría besado. El corazón me latía con fuerza porque ya no cabía negarlo: ¡existía realmente una conexión entre nuestras almas! Una conexión que había perdurado a través del tiempo. Incluso más allá de la línea divisoria entre los sexos.

31

En situaciones extremas la gente reacciona de manera extrema, naturalmente. Y si salíamos de aquella, Essex tenía mi permiso para besarme. Por mí, como si quería lamerme la cara como un chucho. Pero ¡aquél no era el momento adecuado! Por eso grité:

—¡Tenemos que salir de aquí, Rosa!

Aunque Shakespeare tenía razón, no me gustó que destruyera aquel momento mágico con sus palabras.

—Tenemos que levantarnos —le dije a Essex, que asintió moviendo la cabeza.

Sacamos fuerzas de flaqueza y salimos corriendo del piso vacío hacia la escalera, que también estaba ardiendo. Había humo negro por todas partes, apenas se veía nada. Bajamos las escaleras a trompicones y cada vez costaba más respirar. El humo era cada vez más espeso, te obstruía los pulmones. Por asombroso que pareciera, Essex era el que peor lo llevaba.

El cuerpo de un actor que se desgañita todos los días en el escenario está en mejor forma que el de cualquier soldado.

Sujeté a Essex, que poco a poco fue perdiendo el conocimiento. A mí apenas me sostenían las piernas y me sacudían unos fuertes ataques de tos. Pero no podía dejar tirado a Essex. Además, amaba demasiado a aquel hombre… o a Jan… o a su alma… Así pues, lo bajé entre estertores por la escalera. A través de la espesa humareda distinguí el contorno de la puerta. Bajé el último peldaño, sólo faltaban unos metros para llegar a la libertad. Sin embargo, el humo era cada vez más espeso e insufrible, yo tosía mucho y me daba la impresión de que escupía grumos de alquitrán. Sentí un mareo, mi conciencia menguaba segundo a segundo. Con mis últimas fuerzas alcancé la puerta. Palpé a través del humo negro buscando el picaporte. Mi mano resbaló por la madera de la puerta en busca de un tirador. La madera estaba muy caliente, noté en los dedos un hollín denso y pegajoso… ¡y por fin di con el picaporte! Iba a tirar de él con mis últimas fuerzas… y comprobé que ya no me quedaban últimas fuerzas. Me desplomé, con Essex inconsciente en mis brazos, justo ante la puerta, a pocos centímetros de la salvación. Los dos moriríamos asfixiados. O quemados. Lo que ocurriera antes. Y mi último pensamiento fue: una muerte al estilo de las grandes tragedias de amor.

Si no se tenía en cuenta el mal olor de la manta.

Si aquellos dos paletos no hubieran pasado tanto rato mirándose enamorados a los ojos, nos habríamos salvado y no moriríamos vilmente delante de la puerta. Pero tuve suerte en esa desgracia inconmensurable: al desmayarse Rosa, de repente volví a notar mi cuerpo. Asombradísimo, intenté mover los dedos… ¡y lo conseguí! ¡Podía controlar de nuevo mis extremidades! ¡Qué alegría tan increíble! A pesar del calor sofocante y de hallarme en peligro de muerte, me sentí inmensamente feliz de no estar aprisionado en mi cerebro. Sin embargo, ironías del destino, llevado por la euforia perdí unos segundos valiosísimos moviendo los dedos contento arriba y abajo, como un niño pequeño que aprende a contar. Cuando quise levantarme a duras penas, el humo me privó de mis sentidos y me desplomé. A pocos centímetros de la puerta de mi casa. Ahí, fue mi último pensamiento, acabaría mi vida, en los brazos de un soldado. Eso no era un final para una gran tragedia, ni tampoco para una gran comedia. Hacía falta un nuevo vocablo para mi estúpido modo de actuar: ¡aquello era una cretinedia!

32

—WILL… —Oí decir a alguien en la lejanía.

—¡WILL! —El grito fue más fuerte.

—¡¡¡WILL!!!

No me atrevía a abrir los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Con Próspero en la caravana del circo? ¿O en una nueva vida en casa de Britney Spears? Pero ni Próspero ni Britney me habrían llamado «Will». Además, aún hacía mucho calor y apenas podía respirar; por lo tanto, seguía en las escaleras llenas de humo. Les di a mis ojos la orden de abrirse y a través del humo negro distinguí una figura alta y gruesa: ¡era Kempe! Había derribado la puerta y me había cogido en brazos.


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—Te llevaré fuera —dijo jadeando el gordo.

—Salva a… Jan —balbuceé.

—¿Quién es Jan? —preguntó Kempe confundido.

Entonces volví a perder el conocimiento.

Cuando volví a despertar, estaba tumbada en la calle frente a la casa incendiada; junto a mí, Essex, aún inconsciente. Y, delante de mí, el actor rechoncho que ahora llevaba el chaleco de colores chillones totalmente tiznado.

—Me has salvado la vida —murmuré.

—Empieza a ser costumbre —replicó.

—¿Costumbre?

—Ya es la quinta vez —dijo sonriendo burlón.

—¿Cómo?

—Las he contado. La primera vez fue cuando intentaste matarte.

—¿Yo intenté matarme?

—Por la pena que te había causado tu esposa…

¿Shakespeare tenía penas de amor por su esposa? ¿Y por eso incluso intentó quitarse la vida? En aquel momento, sentí simpatía por él. Así pues, en el fondo de su corazón no era un arrogante que despreciaba a las mujeres, sino que su rechazo frente al sexo femenino tenía su origen en un gran dolor. Era un alma herida, como yo había supuesto. Igual que yo. A lo mejor incluso más que yo, puesto que yo nunca había intentado matarme por Jan, tan sólo había malgastado algunos años de mi vida.

¿Dónde se había metido Shakespeare? Estaba callado. No creía que hubiera desaparecido, me parecía notar su presencia en mi cuerpo, perdón, en su cuerpo. ¿Estaría todavía inconsciente?

—La segunda vez que te salvé la vida —prosiguió Kempe— fue cuando expresaste ante el conde de Worcestershire la suposición de que sus padres eran con toda seguridad hermanos. La tercera vez fue cuando la abadesa del convento de Cambridge iba a matarte a palos por haberles enseñado a dos de sus monjas que la ascesis era una bobada.

Soltó una carcajada. Tenía la misma risa reconfortante que mi amigo Holgi, y era realmente un buen amigo de Shakespeare, igual que Holgi para mí. Cuántas veces me había consolado cuando yo estaba hecha polvo. Cuántas veces tuvo que verme llorando por Jan mientras me dormía. Cuántas veces había venido a mi casa porque, estando ya en el váter, me había dado cuenta de que una vez más me había olvidado de comprar tampones.

Cierto que Holgi no arriesgaba su vida, pero había renunciado a más de un rollito de una noche, que seguramente le habría complacido más que pedirle tampones al dependiente de la gasolinera. ¿Y cómo se lo había agradecido yo? No especialmente. Siempre lo había dado por hecho, nunca le había dicho que, a su modo, significaba tanto para mí como Jan. ¿Era eso lo que debía aprender sobre el verdadero amor? ¿Que es la amistad?

—Ahora mismo acabo de salvarte por cuarta vez —dijo Kempe sonriendo, y con ello interrumpió mis pensamientos.

—Creía que ésta era la quinta vez.

—No, ésa viene ahora, amigo mío.

Miré con sorpresa a Kempe.

—Los hombres de Henslowe quieren matarte. Phoebe le ha explicado a su padre que la has desvirgado.

—Pero ¡no es verdad! —protesté.

—Pues entonces vas a tener bronca sin la diversión previa —dijo Kempe con una sonrisa de fingida compasión.

—Muy gracioso —refunfuñé.

—Escóndete en el teatro —propuso Kempe.

—¿No será donde irán a buscarme primero? —inquirí.

—Ya lo han hecho, por eso no volverán. Y yo los despistaré en la búsqueda, los llevaré al burdel, donde unas cuantas damas, a las que he pagado, los esperan para distraerlos… y para alegrarles la vida con un poco de sífilis.

—Eres un buen amigo —dije, suspirando de alivio y pronunciando la frase que debería haberle dicho a Holgi hacía mucho tiempo. Pero como no estaba allí, estreché a Kempe. Muy fuerte. Y confié en que algún día también tendría la oportunidad de estrechar a Holgi de la misma manera.

—Me estrujas como un luchador —dijo Kempe soltando una estruendosa risotada.

—Lo hago por amor —repliqué sonriendo, lo cual lo dejó visiblemente asombrado.

—No me gustaría ser testigo del amor de los luchadores —dijo Kempe esbozando una sonrisa.

Entonces mis ojos se posaron en Essex, que continuaba inconsciente. Parecía tan desvalido, allí tumbado, cubierto de hollín y con la ropa llena de agujeros provocados por el fuego.

—¿Y qué pasará con él? —pregunté con preocupación.

—Lo llevaremos con nosotros al Rose.

Cuando llegamos al teatro, subimos a Essex como pudimos al escenario y lo dejamos allí tumbado. Kempe se despidió para ejecutar la misión sífilis. Shakespeare continuaba sin hablar conmigo. Así pues, me encontraba totalmente sola en el teatro, que presentaba un ambiente radicalmente distinto al de unas horas antes. Estaba tranquilo, la multitud revoltosa y entusiasmada que a última hora de la tarde enfebrecía con los actores y se lo pasaba bomba se había acostado hacía rato. La luna y las estrellas brillaban por encima de la claraboya, con una claridad que jamás había visto, ni siquiera aquella noche con Jan junto al mar. Aquella vista era una de las ventajas de estar en un siglo sin problemas medioambientales. La única polución salía de mi ropa llena de humo, que tenía que cambiarme ya. Pero, puesto que en mi cuerpo de hombre eso seguramente me complacería tanto como antes vaciar la vejiga, decidí esperar un poco. Respiré hondo y procuré ordenar mis pensamientos: había aprendido mucho sobre el amor. Que hay almas que están predestinadas a través de todos los tiempos. Aunque seguía sin saber exactamente si Jan estaba predestinado para mí o para Olivia. El alma de Jan y la mía seguro que estaban unidas de alguna manera, eso ya lo tenía claro. Pero, aun así, me pregunté: ¿Era yo realmente su gran amor eterno o sólo era la tentación que entorpecía el verdadero amor? Una tentación que siempre le afectaba en situaciones extremas: antes, cuando estuvo a punto de ahogarse en Sylt y, en el pasado, a punto de morir quemado en casa de Shakespeare.

También había aprendido que no había cultivado suficientemente mi amor por mi mejor —y único— amigo. Y que la vida era demasiado corta para no gozar de ella, aunque no sabía exactamente cómo debía disfrutarla. Pero saltaba a la vista que, a pesar de todo, aún no había aprendido bastante del verdadero amor como para regresar a mi presente.

Suspiré, miré a mi alrededor, fui hacia la parte de atrás del escenario y vi un pequeño escritorio con tinta, pluma y una vela. Igual que el que había en casa de Shakespeare. Probablemente allí escribía de vez en cuando algún cambio en sus obras. Me incliné sobre los papeles y vi una sola frase garabateada: «El infierno se ha vaciado y todos los demonios están aquí.»

Esbocé una sonrisa y recordé que también había aprendido algo más sobre el amor: que yo amaba la escritura.

Me saqué del bolsillo de la camisa el soneto comenzado y me alegré de que el papel estuviera sano y salvo, si bien se le habían chamuscado un poco los bordes. Encendí la vela y extendí el papel sobre la mesa. Un poco de hollín de la camisa se esparció encima del papel. De golpe y porrazo, oí:

—El papel se va a manchar.

—¡Dios santo! —grité espantada, y lo abronqué—: Tienes debilidad por los momentos de impacto.

—Un momento, un momento, ¿quién ha impactado aquí a quién? ¡No fui yo quien besó a un hombre!

—Bueno… Hilando fino, sí que fuiste tú —insinué—. Era tu cuerpo.

—No me apetece que me lo recuerden.

—Tú has sacado el tema.

—Y también lo zanjo.

—Buena idea.

—Pero me agradaría que no volvieras a besar a ningún hombre.

Puesto que no podía prometérselo, callé. Al cabo de un rato, Shakespeare propuso:

—Tenemos que cambiarnos de ropa.

—¿Qué?

—Tenemos que lavarnos y cambiarnos de ropa.

—Soy una mujer y no pienso desvestir a un desconocido aunque esté metida en su cuerpo —aclaré.

—Pero no podemos presentarnos así, cubiertos de hollín, delante de la condesa María para cumplir nuestro encargo. Y si no lo hacemos, acabaremos en la Torre.

—Por lo que me han dicho, no sería mucho peor que estar en el colegio —comenté corrosiva, aun sabiendo que el hombre tenía razón. Había que lavarse y cambiarse de ropa. Decidida, puntualicé—: Pero los calzoncillos se quedan donde están.

—¿Qué son unos calzoncillos?

—¿Cómo que «qué son unos calzoncillos»?

—No he oído nunca esa palabra.

—¿No sabes qué son unos calzoncillos?

No me lo podía creer. ¡Había ido a parar a un siglo en el que todavía no se habían inventado los calzoncillos!

—¿Qué son unos calzoncillos? —pregunté otra vez.

Cavilé un momento y pensé que difícilmente cambiaría el futuro si le revelaba a Shakespeare el concepto de calzoncillos y, por lo tanto, le describí en qué consistía uno de los mejores inventos de la humanidad. Cuando acabé, dijo impresionado:

—Con unos calzoncillos, más de uno podría evitar las marcas marrones en las calzas.

Considerándolo de ese modo, los calzoncillos tal vez eran el mejor invento de la humanidad. No obstante, saberlo no me ayudaba. Si me cambiaba de ropa, tendría que desvestirme. Así pues, preferí no cambiarme de ropa.

—¿De veras no quieres desnudarme?

Al parecer, Rosa era una mujer decente, de las que no abundan. Poco a poco iba pensando que podrían haberme asaltado espíritus mucho más terribles que Rosa: el espíritu de Atila, rey de los hunos, el de Nerón o —no quería ni imaginarlo— el de mi detestable madre. Si ella hubiera tenido que desvestirme… No quería ni imaginar semejante pesadilla. Volví a concentrarme a toda prisa en el problema que se había presentado.

—Existe una posibilidad de salir del dilema.

—Como me digas que podrías llamar a una mujer para que te desnude, ¡te arreo!

—Pues entonces te arrearías a ti misma.

—Valdría la pena.

Rosa los tenía bien puestos, hablando metafóricamente, claro, puesto que eran míos. Sin embargo, me lo estaba pasando en grande, me gustaban las mujeres con temperamento.

—He descubierto una cosa en el incendio. Cuando tú duermes o estás inconsciente, puedo recuperar mi cuerpo —le revelé.

Eso me extrañó. Pero realmente parecía una buena solución; así no tendría que lavarle el cuerpo a Shakespeare. Además, después de tantas aventuras estaba muerta de cansancio, agotada.

—Parece un buen plan —contesté, pues, a Shakespeare—. Tengo muchas ganas de dormir.

Me acerqué a un diván que había en un rincón entre objetos de atrezo como banderas, lanzas y caballos de madera. El diván tenía cierto aire romano, parecía uno de esos desde donde los Césares gritaban: «¡Orgías, dadme más orgías!» Me tumbé, pero no hubo manera de conciliar el sueño. Tenía demasiada adrenalina en la sangre. Además, apestaba a humo.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—No puedo dormir.

—Tal vez yo pueda ponerle remedio. Desde hace unos años, la gente canta una nueva nana que gusta mucho a todos los niños ingleses. Una cancioncilla de verdad. A lo mejor te ayuda.

—No lo dirás en serio… —dije sonriendo burlona.

—Duerme, niñito, duerme. Papá está guardando el rebaño… —empecé a cantar sin más.

—¡Oh, no! —exclamé, echándome a reír.

—Mamá está sacudiendo el tronquito…

—Francamente, eso suena malicioso…

—Seguro que lo es.

—Sobre todo porque el padre está guardando el rebaño —comenté sonriéndome—. Por lo tanto, la pregunta es: ¿qué tronquito sacude la madre?

—Sólo cabe suponer que se trata de otro hombre. Alguien que no huele tan mal como el pastor.

—¿El cuñado, quizás?

—O el cura.

—Por eso la mamá quiere que el niño se duerma de una vez. Para que el niñito no se forme una mala opinión de Dios si los pilla juntos.

—Tarde o temprano, todo el mundo se acaba formando esa opinión.

—Por ejemplo, el padre, que está en el prado y no sospecha nada del asunto del tronquito.

—El pobre hombre seguro que entretanto busca satisfacción con las ovejas.

—Gracias, con esa imagen en la cabeza fijo que ya no podré dormir —comenté sonriendo con ironía.

—A mí me sabe mal por el cura.

—¿Porque tendrá problemas con sus superiores por tener relaciones carnales?

—No, de las relaciones carnales disfrutan hasta los obispos.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque tiene un tronquito en vez de una buena tranca.

Solté una carcajada; había que reconocer que Shakespeare tenía sentido del humor.

—En ese caso, a mí me sabe peor por la mujer —contesté.

Solté una carcajada; había que reconocer que Rosa tenía sentido del humor.

Era la primera vez que me divertía de verdad en el pasado. Para ser exactos, era la primera vez que me divertía de verdad desde hacía bastante tiempo.

Era la primera vez desde hacía tiempo que estaba alegre de veras. Para ser francos, era la primera vez que estaba alegre de verdad desde la gran catástrofe de Stratford.

¿Tal vez tenía que ser capaz de apreciar mi alma?

33

Rosa y yo continuamos fabulando con la historia del pastor, el cura y el tronquito; constatamos entre otras cosas que el término «amor pastoril» poseía cierta connotación zoofílica y nos lo pasamos en grande. Nuestras risas se fueron convirtiendo en amplias sonrisas a medida que Rosa se adormecía, y al final se durmió contenta. Me pregunté qué aspecto tendría Rosa, qué impresión causaría ver a aquella mujer tumbada en el diván. ¿Era encantadora? ¿Incluso fascinante? ¿Tan fascinante como ocurrente?

Ahuyenté de mí esos pensamientos, no podía volver a perder un tiempo precioso. Recuperé el control de mi cuerpo, me quité la ropa sucia, me apresuré a lavarme, encontré ropa limpia en los arcones del teatro y me puse en camino para ir a ver al alquimista Dee. Caminé de noche por Southwark, cuyas calles estaban desiertas. A esas horas, en las calles y en los prostíbulos sólo quedaba la chusma de la chusma: rateros, ladrones y recaudadores de impuestos. Pasé a toda prisa por delante del burdel de Henslowe, que estaba cerrando sus puertas. Los clientes se tambaleaban por las calles, algunos ya se rascaban sus partes. Pensé si no debería hacer una paradita en el burdel —a la gente del teatro nos hacían descuento y también nos servían después de cerrar—, pero entonces salió Kempe tambaleándose borracho con unos cuantos matones de Henslowe. ¿Qué hacía con aquellos canallas despreciables? ¿Por qué le daban las gracias por haberlos invitado? Y, sobre todo, ¿por qué me hacía señales con la mano para que me esfumara?

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